Amar a Miguel, matar a Miguel

Publicado: 22 mayo 2014 en Dante Leguizamón
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Sí, pero él de chico había querido ser cura”.
Emilia

Miguel murió a manos del novio de su hija en una siesta de mayo. Los vínculos familiares indican que el asesino es algo así como su primo. El crimen ocurrió en un barrio de Córdoba. Un lugar donde todos están unidos por algún tipo de parentesco, donde todo tiene un sentido si se quiere encontrarlo.

El lugar se ubica en la zona oeste de la ciudad. Aunque la Policía lo considera un sector único, una villa, en realidad el lugar contiene tres asentamientos diferentes cuyos vecinos están enfrentados entre sí. Villa Santa, Monte Negro y un grupo de casas de plan, rodeadas por un alambrado al que medio en broma se lo llama El Barrio Cerrado.

En ese territorio de no más de siete manzanas conviven unas cuatro mil quinientas personas. En los últimos tiempos la zona tiene una presencia estable en las páginas de policiales de los diarios. La muerte de Miguel, a quien en el barrio todos conocían como el “Gorila” Miguel, es quizá el hecho más relevante de los últimos tiempos y el que mejor revela los secretos que se esconden tras los muros de ese mundo precario.

Madre

El chico ingresa a la casa nervioso, acelerado, preocupado. No le gusta que su madre esté acompañada. No le gusta la compañía. Se dirige a ella.

—¿Tenés algo?
—No, nada. Queda un poquito nomás.

Contesta Maru.

—Una camioneta roja está dando vueltas. Si pateo la puerta arreglá todo.

Tiene unos diecisiete años y está vestido con el buzo de un conocido club de Córdoba que supo de tiempos mejores. Se pierde por la puerta de chapa que da al patio.

La camioneta puede ser de la Policía. La casa está ubicada en los márgenes del barrio. El olor de las aguas servidas se cuela por la ventana anulando los esfuerzos del sahumerio.

A cada rato alguien golpea para comprar droga. Adentro están Maru y una de sus hijas, Emilia. Emilia parece Florencia de la V. Tiene tetas enormes. Hechas o, quizá, infladas.

La mujer mayor es la madre de Miguel, el muertito. Llora. Dice que se va a vengar. Quiere vengarse de los que mataron a su hijo. No quiere saber nada con eso que en Tribunales llaman Justicia.

—La Justicia se llama dinero, se llama poder.

Afirma ella, que estuvo dos años presa por tener diecisiete porros encima.

Tuvo a Miguel antes de cumplir dieciocho, hace treinta y dos. En el año 1976 llegó con su hijo al barrio que está del otro lado de la villa. En esa época le ayudó una mujer llamada Mabel que con el tiempo se convirtió en algo así como su madre adoptiva.

La madre de Miguel formó pareja con otro hombre (viudo y con dos hijos) que le dio a Miguel un apellido —Andrada— y a ella muchos hijos; algunos propios, otros ajenos. Miguel siempre se llamó Roberto, pero desde chico le dijeron Miguel. Miguel y santiagueño.

—Le decían así porque sí. Viste que en el barrio a todo el mundo se le llama así. Tucumano, Santiagueño, Cordobés… Porteño.

Miguel estudió para recibirse de Técnico en Motores Diesel.

—Sí, pero él de chico había querido ser cura.

Acota Emilia.

—Claro. Por eso cuando estuvo preso se convirtió en pastor. Empezó a robar cuando le quedaba una materia para recibirse. Tenía diecisiete años.

Maru llora. Habla de su hijo como si se tratara de un ángel. No lo puede creer muerto. De alguna manera saberlo muerto la mata a ella. Todavía hoy cree que puede entrar caminando por la puerta para saludarla. Para decirle como le dijo aquella vez tomándose el corazón. La mañana del día en que lo mataron.

—Vieja, a vos y al club, los llevo acá.
—Me dejó un vacío que no se va a llenar. No tengo consuelo.

Mujer.

Virginia tiene treinta y cinco años, pero parece de cincuenta. Se puso de novia con Miguel cuando él tenía diecisiete y tuvieron que esperar hasta que ella fuera mayor para que los dejaran casarse. En realidad lo que pasaba es que, siendo menor, Miguel estaba preso. Mónica habita la casa de bloques en la que antes vivieron juntos. En el corazón de Monte Negro.

—Si no fuera por este embrollo la vida sería realmente muy difícil.

El embrollo es la venta de droga al menudeo. La explicación viene al caso porque cada tres minutos llega algún chico en moto a comprarle droga.

Con el Santiagueño Miguel tuvieron varios hijos. De los catorce años que estuvieron casados él pasó casi diez preso por dos asaltos. En su prontuario figuran un homicidio y unos cuantos hechos violentos. En la etapa más tranquila de su vida, cuando sólo se dedicaba a vender droga y había dejado de robar, se encontró con la muerte.

Todo comenzó unas semanas antes. Las hijas mujeres más grandes de Miguel (de trece y dieciséis años) habían ido a bailar al Estadio del Centro y aunque ya era de mañana, sólo la más grande había regresado. La menor se fue con un chico de veinte, Melena, que también vive en Monte Negro. La madre salió a buscarla y la trajo a las patadas.

—Estaba en una situación que no se corresponde con una chica de trece.

Explica Virginia sin demasiados argumentos.

Al saber lo que había pasado, Miguel prometió venganza contra el pretendiente. Le mandó a decir al chico que desapareciera del barrio y que ni se acercase a su hija. Así se encendió la llama que terminaría en el crimen.

El día que lo mataron, Miguel iba a ver un partido a bordo de su Peugeot 305 plateado. En el camino se cruzó con el chico de veinte que noviaba con su hija de trece. Miguel lo encaró, lo golpeó y le dijo que no quería verlo. El chico se fue pero a los pocos minutos volvió acompañado por un hermano y con una pistola calibre 32.

Miguel le dijo que tirara y el chico tiró.

Tras el entierro Virginia fue a visitar a los padres de los asesinos de su marido para decirles que estaba todo bien y que no quería tener problemas.

—Tengo que cuidar a mis hijos, el más chico tiene ocho años y está porfiado con que va a vengar la muerte de su padre.

Otra mujer.

—Los hijos de puta de tus sobrinos lo mataron al Miguel.
—Ta bien si era un verdugo ese culiado…
—Pendejos culiados, son tu sangre, son una bosta igual que vos.

Así recuerda Laura cómo increpó a su marido, el gringo Alfred, jefe de la barra brava del club del que todos son hinchas, cuando éste llegó de la cancha el día de la muerte y se enteró de lo que había pasado.

—¿Por qué no fui al velorio? Por esa hija de puta de la Maru. Nunca se lo voy a perdonar. Estuve a punto de ir, pero si ella saltaba la iba a cagar matando.

Laura es hija de Mabel, la mujer que recibió y adoptó a Maru y a su hijo Miguel cuando llegaron al barrio, en 1976. Aunque Laura profesa amor por Miguel no parece tener ninguna simpatía por Maru, la madre del muerto.

No fue al velorio porque temía que Maru le echara en cara que sus sobrinos políticos mataron a Miguel. Dice eso y lanza una cadena de chismes sobre la vida de aquella mujer.

—Yo lo quería mucho al Miguel y no me dejó despedirlo. La hija de puta esa lo dejaba en casa cuando éramos chicos y se iba de joda. Mi mamá lo cuidaba. Ella nunca se preocupó por él. A mi mamá él le decía abuela.

Laura es la única de las mujeres vinculadas a Miguel que no vende droga. Casada con el gringo Alfred, parece acatar la ley que impone el jefe de la barra brava a sus soldados. Nada de vender en la cancha. Desde hace unos años se fueron de Monte Negro. Sin embargo, de alguna manera siempre están allí.

Para confirmar que no dudaría en castigar a Maru, Laura cuenta de una vez que descubrió a su marido saliendo de la cancha con una amante. El barrio confirma la anécdota. El gringo Alfred recibió una cuchillada en la puerta del estadio. Laura corrió a la amante por ocho cuadras. La juventud de la otra pudo más que su odio.

Laura no pudo despedir a Miguel. El velorio duró veinticuatro horas, se hizo en un rancho ubicado en el vértice entre Villa Santa, Monte Negro y el Barrio Cerrado. Pero ella no pudo verlo.

—La culpa la tiene la lenguda esa que andaba gritando contra los sobrinos del Negro.

Hermana.

Su mirada joven no esconde las marcas de una vida dura. Tiene veintinueve años, el pelo largo y oscuro como sus ojos. Las manos arrugadas. Vive con Marcelo, el hijo del gringo Alfred y Laura, junto a las vías, frente a la calle Los Cerros. Tienen cuatro hijos.

Los mates calientes, dulces como el almíbar, los ceba en la habitación de sus hijos que también es el comedor. La televisión catorce pulgadas está en Canal 12. La habitación es fría. Los colchones de las cuchetas están sucios, pelados. No hay colchas, sábanas, señales de abrigo.

Llegó a Villa Santa desde el barrio. Es hija de Maru y hermana de Miguel. Cuñada de Virginia y nuera de Laura.

En la cocina no hay alacena. Un único estante está destinado a un santuario para San Jorge. Velas de colores, rosarios, cuadritos y estampitas acompañan la foto del Santiagueño Miguel.

También vende cocaína y marihuana. Los clientes golpean las manos y esperan en la puerta. Desde el comedor que está en un nivel inferior se los ve sin cabeza, como seres decapitados esperando que los atiendan. Paula pasa la mano, entrega, recibe.

Habla de su hermano como si tuviera una espina clavada. Lo recuerda dulce, amable, jugando en la plaza del barrio, remontando un barrilete. Ahora está embroncada con la Virginia. Dice que la mujer de su hermano ya tiene un novio nuevo y le está faltando el respeto al muerto.

La noche del asesinato juró venganza, pero ahora sabe que no la va a llevar adelante. En el sector, asegura, el peor problema es que las cosas nunca se olvidan. Que a la muerte de Miguel hay muchos que no se la van a olvidar. Que habrá venganza. También dice que ella tiene cuatro hijos. Que tiene que hacerse la boluda.

—Mi único hermano. Me mataron a mi único hermano.

Repite a cada rato.

Le reconoce a Miguel sus cualidades. Dice que en el barrio se habla de un solo homicidio pero que a ella él le confesó dos.

Prefiere no hablar de sus sobrinas.

—Esas pendejas moqueras.

Hijas.

Las anécdotas que se cuentan en el barrio sobre las hijas de Miguel son bastante perturbadoras. Se dice que la muerte de Pancho Gorosito a manos del Gangoso Diego Duarte habría sido producto de un problema de celos entre ellos disputándose a la más chica, Valentina.

El Gangoso está preso. Al parecer, mientras junto a Duarte se tiroteaba con unos chicos de otro barrio, recordó a la hija de Miguel y decidió matar a su compinche por celos. Tres meses estuvieron detenidos los chicos de aquel barrio hasta que la pericia balística demostró que el disparo había salido del arma del Gangoso.

Otro rumor habla de un joven herido en la ingle que habría recibido una bala que en realidad iba dirigida a la mayor de las hijas de Miguel, Tanya.

Las hermanas son amigas de la Negra Marité, quien últimamente dejó los embrollos con chicos para vincularse con ladrones. Juntas forman un triunvirato que hace estragos en el baile los fines de semana.

Fin.

Después de matar los hermanos desaparecieron de Monte Negro. Dicen que estaban bajo los efectos del Rohipnol. Miguel llegó grave al Hospital de Urgencias. No sobrevivió a la intervención quirúrgica que pretendía salvarlo.

Esa noche llovieron tiros y piedras sobre la casa de los hermanos. Los padres no estaban. Alguien les había avisado. Los asesinos se entregaron unos diez días después. Uno quedó libre. El otro sigue preso.

La villa los espera.

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* Los nombres y los detalles geográficos de esta crónica fueron modificados para proteger a las fuentes.

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comentarios
  1. Dante Quinteros dice:

    muy bueno Dante espero el próximo libro a este lo imprimo un abrazo.-

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