El hombre bala no se rinde

Publicado: 28 mayo 2014 en Diana María Pachón
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Se creía Supermán hasta que una caída le recordó que era humano. Ocurrió en septiembre de 2009 durante una presentación en Cali. Israel Gasca se trepó al filo del cañón mientras era elevado lentamente a una altura de once metros. Estaba seguro, levantaba las manos como si estuviera celebrando una victoria anticipada. El público aplaudía sin dejar de ver como su figura se empequeñecía a medida que aumentaba la altura. “Todo tiene que ser exacto. Mi limétricamente medido. Volará a una distancia de 25 metros antes de llegar a la red” anunciaba el locutor del circo desde abajo. El hombre bala se metió en la boca el cañón, estiró el cuerpo, pensaba terminar la función para ir a jugar bolos con Tuti-Fruti, el payaso del circo. El hombre del micrófono empezó el conteo regresivo y los 2,000 espectadores coreaban los números. ¡5, 4, 3, 2, 1! un estruendo de pólvora estalló y como un proyectil salió Israel. A los ocho metros de distancia el cuerpo disminuyó la velocidad y, como un cuerpo que cae de un edificio, cayó fuera de la red. Los espectadores se pararon de sus sillas. Sonaron gritos de histeria, llantos de niños, y los paramédicos entraron con una camilla para sacar al accidentado.

Tuti-Fruti estaba detrás del escenario hablando con una señorita que acababa de conocer. Cuando escuchó que no sonaban los aplausos acostumbrados sino una gritería, creyó que había sido la última presentación de su mejor amigo. Se metió en el tráiler para que los asistentes no vieran las lágrimas de un payaso y se desmaquilló el rostro. No fue capaz de salir al escenario para distraer a los asustados asistentes.

El hospital de trajes blancos de enfermeras y médicos ese día se llenó de color. Trapecistas con el rostro escarchado y acróbatas vestidos de lentejuelas esperaban sentados en la recepción la noticia de la muerte de su compañero. El médico se acercó a los familiares del Hombre Bala y con voz de pésame les dijo que quizá sería su última noche de vida.

De camino a la clínica el cuerpo se estaba desangrando y entró en estado de coma. El diagnóstico: riñón y bazo reventados, fractura de la pelvis y el brazo derecho, destrucción de los huesos del brazo izquierdo y ruptura del omoplato.

Pasaron diez días de inconsciencia. Cuando despertó estaba conectado a toda clase de aparatos. No recordaba nada. Al lado estaba su madre, su novia y su abuela que le contaron lo ocurrido. No lo podía creer. Al prender el televisor se vio a sí mismo en las noticias locales flotando en el aire y luego caer como un muñeco. Ver ese video le dolió más que el día del accidente. Jennifer, la novia, le preguntó si él quería seguir cometiendo esa locura. El Hombre Bala cerró los ojos, pensó, no podía hablar porque tenía tubos en la boca, para responder asintió con la cabeza afirmando que sí quería repetir la hazaña.

Israel, antes de ser el hombre temerario que es hoy, era un niño con un “bulto de sal a cuestas” como le decían sus amigos de infancia. Las correrías y los juegos terminaban para él en algún hospital o envuelto en vendajes caseros. Se fracturó casi todas las extremidades. En la adolescencia fue apodado “9-11” –número que recuerda el episodio de las Torres Gemelas–. Sus familiares decían que no pintaba para ser acróbata. Parecía haber nacido en el lugar equivocado, pues venía de una estirpe de cirqueros creada en 1938.

Nació en Ciudad de México y fue criado como un gitano que andaba de ciudad en ciudad acompañando a sus padres en las rutinas circenses. Pasaron los primeros años y “El bulto de sal”, el “9-11”, el niño que se caía con mirar el suelo, se opuso a la mala suerte y le dijo a su madre que quería participar en las rutinas, pero no como payaso sino haciendo acrobacias. Poco a poco fue aprendiendo a cruzar la cuerda floja, a pararse sobre los caballos y a participar en el Círculo de la Muerte en el que tres motos giran en una esfera de cinco metros de diámetro. La mayor parte de su vida vivió en Norteamérica y hace una década está radicado en Colombia en donde trabaja en los circos de su familia.

A los 22 años vio por primera vez un cañón que podía tocar y en el que podía introducir su cuerpo. Antes solo los veía en la televisión y añoraba convertirse en esos hombres que cumplen el sueño de toda la humanidad: volar, aunque sea por tres segundos. Dos acróbatas norteamericanos y un ingeniero mexicano vinieron de Estados Unidos a Colombia con el cañón. Antes del primer lanzamiento la máquina fue probada con bultos de arena que a veces se estrellaban contra el suelo y otras veces caían sobre la red. Los dos norteamericanos traídos especialmente para el espectáculo se negaron a última hora por miedo a caer como uno de los bultos.

Con el cañón comprado y los acróbatas retirados, Israel encontró la oportunidad de lanzarse. Nunca sintió miedo a pesar de las historias de hombres que por volar hoy no pueden ni caminar, y de los que han perecido en el acto por una falla mecánica o una mala puntería. No le importó nada de eso y se metió en el cañón. Faltando dos segundos para el despegue tensionó el cuerpo, aguantó la respiración, puso recta la cabeza. Si no hay tensión en el cuerpo las piernas pueden subir más rápido que la cintura y causar una fractura, si no se aguanta la respiración se pueden maltratar los órganos por el impacto y si la cabeza no está rígida puede golpearse contra el cilindro. ¡Pum! Como un proyectil salió a una velocidad de 80 kilómetros por hora.

Son pocas las personas en el mundo que se han arriesgado a ser disparadas como proyectiles desde que se inició este oficio en 1875 cuando un científico canadiense conocido como Farini, inventó el dispositivo para lanzar humanos. En la actualidad solo existen cinco hombres bala. La mayoría se retiran a los tres años de ejercicio con dolor en la cintura, en la columna y en las articulaciones, condenados a una vejez prematura por el desajuste corporal. Israel sabe que si a los 40 años no ha muerto o no está en una silla de ruedas, va a tener el cuerpo maltrecho y cansado como el de un anciano.

Año y medio después del accidente, el Circo Grande de México en su gira por Medellín se prepara para la función de las 3:00 pm. Los espectadores comienzan a entrar en horda para ocupar las mejores sillas. Quieren ver al payaso, los caballos, el domador, el hombre que se trepa en las telas, pero ante todo vienen a ver a la bala humana.

Mientras salen a escena los percherones, los mandriles y el payaso, Israel se dirige a su tráiler y descuelga un traje azul acolchado con parches negros. Tiene siete trajes en total, la mayoría son mandados a hacer en Colombia por 500 dólares. Otros son comprados en Estados Unidos a diseñadores de ropa deportiva que cobran por cada prenda 1,000 dólares o más. El Hombre bala se viste, empolva el rostro, se aplica rubor en las mejillas y delinea sus los ojos. Es hora de la función.

Las luces de la carpa se encienden. El locutor anuncia la aparición del magnífico, el suicida, el que vio a la muerte de frente y no tuvo miedo, “Señoras señores, ¡el Hombre Bala!”. Después de 4,000 presentaciones y un accidente aún sale sonriendo, levantando las manos y gritando. La gente lo mira, las mujeres lo miran más, y los niños creen ver a un héroe de carne y hueso. Como en las 4,000 veces anteriores empieza el conteo seguido de un estallido de pólvora. Sale disparado, extiende los brazos y vuela; vuela por tres segundos cortando el aire y luego, aprovechando los últimos instantes antes de caer a la red, hace una voltereta. Israel dice que todas las veces son únicas y nunca se cansa de eso. Sabe que cada vez que se lanza está retando a la vida, pero esos segundos de libertad que tiene en el aire son los que lo llenan de felicidad. Su sueño, aunque sea trágico, caer fuera de la red y no volver a respirar, morir como desean morir todos los artistas de su familia, dentro de una carpa de circo.

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comentarios
  1. Mario Ernesto Lopez Arevalo dice:

    Es una historia impresionante ya que a pesar de los accidentes nunca dejo de creer en si mismo por que en esos segundos encontró la felicidad suspendido en el aire.

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