Los coyotes domados

Publicado: 5 junio 2014 en Oscar Martínez
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El coyote volvió mucho antes de lo esperado. Normalmente se tardaba más de 20 días, pero en esta ocasión apenas habían pasado cinco o seis días desde que había cruzado la frontera entre Guatemala y México. Por eso se extrañó Fernando, el motorista del coyote en El Salvador, cuando recibió la llamada de su jefe. Era agosto de 2010, y el coyote pedía a su motorista que lo recogiera en la frontera San Cristóbal, del lado salvadoreño. Venía solo, sin ninguno de los seis migrantes que se había llevado. El coyote -recordó Fernando cuando contó la historia a la Fiscalía- regresó nervioso, sin explicar lo sucedido, dando excusas a medias: “Me mordió un perro”, recuerda Fernando que le dijo el coyote. A los días, Fernando sabría que al coyote no lo mordió ningún perro en México. Lo mordió algo mucho más grande.

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El miércoles 25 de agosto de 2010, los periódicos de El Salvador amanecieron con esta noticia en sus portadas: “Encuentran 72 cadáveres en un rancho en Tamaulipas”. Un muchacho ecuatoriano de 18 años había llegado la madrugada del día 23, cansado y herido de bala en el cuello, hasta un retén de la Marina mexicana. Había dicho que era sobreviviente de una masacre perpetrada por los amos y señores del crimen en ese Estado norteño de México, Los Zetas. Los marinos ubicaron el lugar y llegaron hasta un municipio llamado San Fernando y se internaron hasta un ejido llamado La Joya, en la periferia del corazón de ese lugar. Ahí, afuera de un galpón de cemento con apenas techo, encontraron a un comando armado. En medio de la nada, a la orilla de una callecita de tierra, se enfrentaron a balazos. Murieron tres pistoleros y un marino. Huyeron los demás pistoleros. Entraron los marinos y vieron lo que había dentro del galpón: recogidos contra la pared de cemento como un gusano de colores tristes, amontonados unos sobre otros, hinchados, deformados, amarrados, un montón de cuerpos. Masacrados.

Gracias al testimonio del ecuatoriano sobreviviente, un muchacho de nombre Luis Freddy Lala Pomadilla, al día siguiente los periódicos hablaron de migrantes masacrados. Poco a poco, día a día, la noticia se confirmó: 58 hombres y 14 mujeres migrantes de Centroamérica, Ecuador, Brasil y la India habían sido masacrados por un comando de Los Zetas.

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Fernando —el motorista— asegura que el día que la noticia salió publicada en los periódicos de medio mundo, recibió una llamada del coyote.
—Me voy. Si viene la Policía, vos no me conocés —dijo el coyote.
—¿Por qué?
—¡Ah! Vos no sabés nada de mí.

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Fernando es el nombre clave que durante el juicio contra seis salvadoreños acusados de integrar una banda de coyotes le dieron al testigo clave. Fernando conocía desde la infancia al coyote. Eran vecinos cuando Fernando quedó desempleado y accedió a trabajar como el motorista del coyote. Normalmente —relató en varias ocasiones Fernando ante un juez, ante las fiscales de la unidad de trata y tráfico de personas y ante agentes de la División Élite contra el Crimen Organizado (DECO)— sus funciones eran recoger al coyote, llevarlo a conversar con algunos de los potenciales migrantes, llevarlo a las reuniones con los demás miembros de la organización, llevarlo y traerlo a la frontera con Guatemala cuando iniciaba o regresaba de un viaje. Sus funciones, hasta aquel agosto de 2010, no incluían mantener la boca cerrada cuando la Policía apareciera.

En diciembre de 2010, la Policía apareció. Capturó a Fernando y también capturó a un hombre de 33 años llamado Érick Francisco Escobar. Según la Fiscalía, la Policía, Fernando y otros testigos, él es el coyote.

La detención se realizó cuatro meses después de la masacre en San Fernando porque fue hasta septiembre cuando Cancillería de El Salvador recibió el informe forense de México, donde se establecía que 13 de los asesinados en aquel galpón abandonado eran salvadoreños. Los investigadores policiales buscaron a los familiares de las víctimas y obtuvieron siete testimonios coincidentes. El coyote con el que habían negociado se llamaba Érick, y su número telefónico —que luego sería rastreado por la Policía— era el mismo. Uno de esos testigos, un hombre cuyo hijo fue masacrado a balazos por Los Zetas en aquella carnicería de Tamaulipas, fue el único de los siete que dijo poder reconocer a Érick. Y lo hizo. Durante el proceso señaló al que según él había sido el coyote que guio a su hijo a la muerte.

Fernando fue capturado en el mismo operativo en el que cayó Érick. Fernando era acusado de pertenecer a la red, pero tras unas semanas en el penal de San Vicente —donde era obligado a dormir sentado a la par de un inodoro—, el hombre decidió contar en una declaración jurada a las fiscales y a los investigadores de la DECO lo que sabía.

Tres meses después de las primeras capturas, la Policía detuvo a un hombre que había logrado mantenerse prófugo durante todo ese tiempo. La DECO detuvo en el municipio de Tecapán, Usulután, a un hombre corpulento, dirigente del equipo de fútbol de primera división Atlético Marte y dueño de buses de la ruta 46. Su nombre es Carlos Ernesto Teos Parada. Según las investigaciones fiscales y la declaración de Fernando, él era el jefe de la red de coyotes en la que Érick trabajaba.

Sabas López Sánchez, un muchacho de 20 años, y Karen Escobar Luna, de 28, eran también de Tecapán. Ambos terminaron formando parte de aquel gusano de colores tristes.

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En su declaración ante las fiscales, Fernando dibujó un mapa con palabras. El mapa que Fernando dibujó permite imaginarse que los migrantes, al menos los seis que iban con Érick, pasaron sus últimos días colgados a un tren de carga como polizones.

Fernando describió dos rutas. Una de ellas empezaba en Chiapas, donde cientos de miles de migrantes ingresan cada año luego de mojarse las piernas cruzando el río Suchiate que hace de frontera con Guatemala. La ruta seguía por Veracruz, lo que hace pensar que los migrantes ya antes habían alternado entre caminatas por el monte y autobuses chiapanecos durante 280 kilómetros donde el tren no funciona, hasta llegar al municipio de Arriaga, montar la bestia de acero durante 11 horas bajo el inclemente sol agostino, hasta llegar al municipio de Ixtepec, ya en el Estado de Oaxaca, donde cambiaron de tren y se subieron a uno mucho más veloz, que va a unos 70 kilómetros por hora, y que tarda entre seis y ocho horas para llegar al Estado de Veracruz, al municipio de Medias Aguas, donde los trenes que vienen de Oaxaca y de Tabasco se juntan para viajar en una sola línea hasta las proximidades de Ciudad de México. Desde ahí escalaban hasta llegar a Ciudad Victoria, viajar a Reynosa e ir a Nuevo Laredo, Tamaulipas, para intentar ganarle al río Bravo, ganarle a la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos y entrar al vasto Estado de Texas.

Fernando había explicado que conocía a Érick como un hombre de vicios. Un bebedor y cocainómano. Le gustaba, como dijo el testigo, andar “de zumba”.

Tomar alcohol y consumir cocaína, en el mundo de los coyotes, es como tomar whisky en el de los jugadores de póquer. No tiene nada de particular. Y sería solo un rasgo identificativo, una curiosidad, de no ser porque en este caso pasó lo que pasó.

En una ocasión, contó Fernando a las fiscales, Carlos Teos y Érick se reunieron en Usulután junto con otros miembros del grupo. Eso ocurrió más o menos un mes antes de la masacre. Teos dio algunas instrucciones, habló de la ruta, habló de nuevos contactos y ordenó a uno de los presentes que sacara el dinero. Fernando observó armas de fuego. El hombre regresó con un rollo de billetes y le entregó a Érick 3,000 dólares, el dinero que cubría el viaje de algunos de los viajeros.

Los familiares de los seis salvadoreños que fueron acribillados por Los Zetas aseguran que el acuerdo con Érick era pagar entre 5,700 y 7,500 dólares por el viaje. Todos pagaron la mitad antes de la partida. La otra mitad se pagaría allá, en Estados Unidos, a la llegada que nunca ocurrió.

Fernando relató que tras aquella reunión, Érick le pidió dirigirse a San Salvador, y ahí al bulevar Constitución, y ahí a una callejuela que entra a una comunidad llamada La Granjita, dominada por una vieja pandilla llamada Mao Mao. Ese lugar es conocido comúnmente como La Pradera, porque a la entrada de la callejuela de tierra hay un motel con ese nombre. Érick quería comprar cocaína, y su motorista lo llevó. Ahí mismo en el carro, dijo Fernando, Érick se metió unos buenos “narizazos”.

Los narizazos serían un rasgo identificativo de un coyote. Una curiosidad, de no ser porque el relato de Fernando termina como termina.

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Una de las muchachas que iba en el viaje con el coyote llamó durante el camino a una de sus familiares que luego se convirtió en denunciante del coyote. La muchacha, dice la versión fiscal, era optimista:

—Estoy en México y voy con la persona que me fue a traer. Estoy bien, dale saludos a todos, les aviso cuando esté en Estados Unidos.

El hijo del señor que luego señaló a Érick también llamó. También era optimista.

—¿Con quién vas? ¿Vas con Érick? —preguntó el papá.
—Sí, papá, aquí está con nosotros todavía, no se ha separado.

Aún no había pasado lo que pasó. Los pequeños detalles aún no habían terminado en un gusano de colores tristes.

* * *

El 11 de agosto, según reportes de Migración de El Salvador, con uno o dos minutos de diferencia, abandonaron el país por la frontera San Cristóbal sei migrantes que 13 días después serían masacrados en un galpón abandonado en Tamaulipas.

Fernando —el motorista— asegura que una noche antes habían sido concentrados en dos hoteles que están a unas cuadras de la terminal de autobuses que van hacia el occidente de El Salvador. Algunos migrantes estaban hospedados en el hotel Ipanema y otros en el hotel Pasadena. Se trata de hoteles de paso, que cobran unos 17 dólares por una habitación doble, estancia de camioneros, buseros, migrantes y coyotes.

Una de las fiscales del caso cuenta que durante la investigación consiguieron una orden de registro del hotel Pasadena. Entre los huéspedes encontraron a un niño de 10 años y a un joven de 18 que estaban a la espera de iniciar el viaje con sus coyotes: estos eran un hombre que había sido deportado de Estados Unidos recientemente y un policía supernumerario. Ambos fueron detenidos. Encontraron también a un guatemalteco de nombre José María Negrero Sermeño. La policía solicitó sus antecedentes por radio, y pronto les respondieron que tenía una orden de captura por el delito de tráfico de personas girada por un juez de Cojutepeque. Le decomisaron sus teléfonos y ahí encontraron números de agentes policiales, de migración, de la frontera, agendas donde precisaba nombres de delegados de migración de Guatemala y El Salvador, así como tarjetas de presentación de varios funcionarios. Cuando hicieron el análisis telefónico de las llamadas de ese hombre, encontraron que se comunicaba con Érick y Carlos Teos.

Los migrantes que serían masacrados subieron a un autobús internacional que iba hacia la capital guatemalteca, contó Fernando. Érick le entregó al motorista 120 dólares. Según Fernando eso correspondía a 20 dólares por migrante, y eran para que el conductor del autobús sobornara a algún policía que se percatara de que los migrantes iban siendo guiados. Érick, él y otro hombre —Carlos Arnoldo Ventura, que luego sería condenado a cuatro años de prisión por tráfico ilegal de personas— se fueron en carro hasta la frontera. Fernando recuerda que durante el camino, Érick fue conversando por teléfono con Carlos Teos sobre rutas y fechas.

En el expediente fiscal se consigna que Carlos Teos —que tiene visa de turista para entrar a Estados Unidos— salió de El Salvador hacia Estados Unidos casi una semana después de que lo hicieran los migrantes. Fernando aseguró que Teos era quien se encargaba de recibir a los migrantes en Estados Unidos, entregarlos a sus familiares y cobrar la segunda mitad por el viaje. En algunas ocasiones hay registro de salida de Teos, pero no de entrada al país. La hipótesis fiscal es que Teos regresaba cargado de dinero, y evadía controles para ingresar al país y no declarar. El análisis de las cuentas bancarias de Teos demuestra que es un hombre que puede pasar de tener cero dólares a tener casi 10,000 en menos de un mes; de tener 85,000 un mes y 94,000 tres días después.

Lo último que Fernando supo de Érick es que cruzó la frontera sin pasar por el registro, con la idea de abordar el autobús del lado guatemalteco y emprender el viaje con sus migrantes.

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Tiempo después, Fernando recibiría la llamada de Érick. Una llamada que llegó muy pronto.

—Me voy. Si viene la Policía, vos no me conocés —dijo el coyote al regresar.

El coyote desapareció unas semanas. Cuando reapareció, dijo Fernando en su declaración jurada, que Érick le contó que un pequeño detalle, ese sutil rasgo característico de estos hombres de vida dura, cambiaría por completo esta historia.

Érick dijo que se había gastado un dinero que es sagrado en estos viajes. Érick se gastó en vicios la cuota que tenía que pagar a Los Zetas en Tamaulipas. Érick se gastó la cuota que un coyote debe pagar a esa mafia mexicana para que cada migrante pueda seguir migrando. Érick —relató Fernando— sabía que había tocado un dinero obligatorio, un dinero que no se negocia, y por eso abandonó a los seis salvadoreños que querían entrar a Estados Unidos.

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Cuando una de las fiscales del caso cuenta que Carlos Teos y Érick fueron absueltos por un juez suplente del juzgado especializado de sentencia de San Salvador, se le corta la voz. Se le insinúa el llanto.

A pesar del testimonio de Fernando, del análisis de llamadas, del reconocimiento del padre de uno de los muchachos masacrados, a pesar de que con las mismas pruebas y el mismo testimonio de Fernando otro juez condenaría luego a otros dos miembros del grupo, este juez absolvió a Érick y a Carlos Teos.

—Fue un asombro, estábamos celebrando… Bueno, qué tristeza. Todos nos volteábamos a ver, nadie lo creía.

La Fiscalía ha puesto un recurso y espera que la Sala de lo Penal revierta el fallo y obligue a que otro juez juzgue el caso.

Mientras, lo único que queda de los familiares de las víctimas, es el testimonio que ya rindieron. Todos los familiares de los migrantes masacrados que declararon recibieron amenazas telefónicas. A todos les dijeron que los iban a desaparecer, a asesinar, relataron a las fiscales antes de largarse de sus casas hacia otro lugar.

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Lo que pasó en aquel rancho es ya historia contada. Historia contada por un muchacho.

Luis Freddy Lala Pomadilla, de 18 años, se sentó en la ciudad ecuatoriana de Riobamba al mediodía del 14 de septiembre de 2010. Se sentó para contestar las preguntas que, vía video, le hacía un fiscal desde la Ciudad de México. Pomadilla es uno de los dos sobrevivientes. Él asegura que también sobrevivió otro muchacho, que era de noche y lo vio huir de entre los muertos, pero que luego escuchó alboroto, persecución, disparos.

El fiscal mexicano estaba más centrado en preguntar a Pomadilla por nombres y apodos. Le preguntó por El Coyote, El Degollado, Chabelo, El Kilo, Cabezón, le preguntó por El Gruñón, un “kaibil guatemalteco”, y por cinco salvadoreños, le preguntó si los reconocía como zetas. Pomadilla dijo que entre ellos no se hablaban, que por eso apenas recordaba a El Kilo —Martín Omar Estrada, que luego sería capturado y condenado como jefe de plaza de Los Zetas en San Fernando—. Pomadilla —que al igual que los seis migrantes salvadoreños fue abandonado por su coyote— recuerda que eran unos ocho zetas, todos armados, que se conducían en un pick up doble cabina blanco y en una todoterreno Trooper, los que detuvieron los tres camiones donde viajaban decenas de indocumentados en su intento por acercarse a la frontera. Recuerda que los llevaron hasta San Fernando y ahí los formaron contra el muro del galpón. Recuerda que uno de los zetas preguntó si entre esos hombres y mujeres había alguien que quería entrenarse para pertenecer a Los Zetas. Recuerda que solo un muchacho migrante levantó la mano y dijo que sí. “Pero igual lo mataron”. Lo mataron a él y a 71 personas más. Pomadilla, que sobrevivió porque lo dieron por muerto, recuerda que después, durante unos tres minutos, tronó un arma. Fue un concierto de balas de una sola arma que duró hasta acabar con la vida de 72 migrantes.

Los Zetas son una banda de cavernícolas. Tal como me dijo un coronel que formaba parte del contingente que mantenía un estado de sitio en Alta Verapaz, Guatemala, en 2011, para intentar echar a esa mafia, son tipos que primero disparan, torturan, asesinan y después preguntan si sus víctimas les harán caso.

Sin embargo, lo cavernícola no les quita lo mafiosos. En cada una de las actividades de esta banda a la que intento entender desde 2008 hay un solo interés: multiplicar el dinero. ¿Por qué secuestrar a 72 migrantes, llevarlos hasta una zona perdida de un municipio rural y masacrarlos? ¿Qué ganaron con eso?

La principal hipótesis divulgada por las autoridades mexicanas asegura que Los Zetas dispararon disgustados porque los migrantes no quisieron integrarse a la banda criminal. Una de las mujeres que eran guiadas por Érick y que murió en aquella masacre era una joven de 18 años del departamento de La Libertad. ¿Es ese el perfil de reclutas que Los Zetas buscan?

La historia de los seis migrantes salvadoreños que acabaron asesinados, que se supone pagaron por el pequeño detalle de que su coyote decidió consumir más cocaína y alcohol del que podía financiar, habla de otra lógica. El que no paga, no pasa. Migrar por México tiene tarifa, y la cobran Los Zetas.

Los coyotes o migrantes que quieran burlar ese peaje se enfrentarán a esos cavernícolas. ¿Qué manera más poderosa de demostrarlo que 72 cadáveres apiñados en un gusano de colores tristes

Todo parece adquirir lógica cuando se piensa que Los Zetas pretendían consolidar un mensaje entre los coyotes y los migrantes. Pero para dar eso por seguro, para entender cómo esa mafia cambió los códigos de un mundo de rudos coyotes hay que buscar a algunos de esos guías clandestinos.

Hay pocos lugares mejores que el departamento de Chalatenango, en El Salvador, para encontrar a algunos de los mejores coyotes.

* * *

En la mesa hay seis envases de cerveza vacíos y un plato de bocas variadas que el traficante de queso y cigarros picotea. Estamos en un restaurante y hotelito en las afueras de la ciudad cabecera de Chalatenango, que no es sino un pueblo con un banco y algunos restaurantes de comida rápida, pero pueblo al fin y al cabo. El traficante de queso, a quien conocí gracias a que un intermediario nos presentó, me asegura que el restaurante y hotel donde estamos es de uno de los más conocidos coyotes chalatecos. Sin embargo, el recelo con el que se nos acerca el hombre, atraído por saber quién soy y qué hago en su negocio, hace que el traficante de queso recule en sus intenciones de presentármelo.

Este hombre regordete se dedica a eso justamente, a traficar quesos y cigarros. Compra quesos a bajísimos precios en Nicaragua y trae cientos de marquetas de 100 libras escondidas en falsos contenedores de camiones, o se encarga de coordinar el paso de camiones con cigarros chinos o rusos que van en contenedores marchamados hasta Ocotepeque, Honduras. Deja que el camión cruce la frontera, quita el marchamo e ingresan por puntos ciegos de la frontera pick ups llenos con los cigarros que se venden a la mitad del precio que los demás en una tienda chalateca. En muchas de las tiendas de por aquí es más fácil encontrar cigarros Modern que Marlboro.

Como el plan A del traficante se ha caído, y como por alguna extraña razón está empecinado en no desilusionarme en mi búsqueda de un coyote, se quita la gorra de la cabeza, respira profundo, achina los ojos y dice:

—Bueeeeeno, si aquí si usted levanta una piedra encuentra un coyote, el problema es que los jóvenes, los nuevos, son más asustadizos y no querrán hablar con un periodista. Puede ser que nos mande al carajo, pero vamos a intentar con el mero mero. Yo a él le estoy muy agradecido, porque él me enseñó el oficio de traficar queso. Él es el coyote que les ha enseñado el trabajo a todos los demás. Es el primer coyote de Chalate.

Es viernes, me pide que le dé el fin de semana para hablar con el señor coyote.

* * *

El señor coyote es grande y recio como un roble. Nos recibe, amable, al traficante de queso y a mí en su casa de Chalatenango. Manda traer unas tilapias, pide que las cocinen, que pongan arroz, que traigan cervezas y que calienten tortillas.

El traficante de queso ha conseguido lo que más cuesta al principio: convencer a una persona de que a cambio de historias y explicaciones, de que a cambio de su testimonio, uno como periodista guardará su identidad. El señor coyote me cree. Por eso la conversación inicia sin tapujos en esta tarde de octubre de 2013.

El señor coyote tiene ahora 60 años. Empezó en el negocio de llevar gente a Estados Unidos en 1979. En su primer intento por llegar como indocumentado a Estados Unidos, había pagado 600 colones —que al cambio de la época eran unos 240 dólares— a un coyote guatemalteco. El viaje fracasó cuando fueron detenidos en Tijuana. Durante su estancia en diferentes centros de detención conoció a otro coyote guatemalteco. El señor coyote, que entonces era un muchacho veinteañero, se ofreció a conseguirle migrantes en El Salvador. En aquel momento, recuerda el señor coyote, su oficio no era perseguido. Ningún policía detenía a alguien por ser coyote, y mucho menos lo juzgaban, como le ocurrió a Érick, en un juzgado especializado de crimen organizado. Tan a sus anchas se sentía que para promocionar sus servicios el señor coyote abrió una oficina en Cuscatancingo y publicaba anuncios en las páginas de publicidad de los periódicos en los que decía: “Viajes seguros a Estados Unidos”, e incluía el teléfono de su agencia. Luego de unos pocos meses, cuando ya había aprendido del guatemalteco lo que necesitaba aprender, el señor coyote se independizó. La gente llamaba a su agencia y preguntaba cuánto caminarían. El señor coyote explicaba que México lo cruzarían en bus, y que el cruce lo harían por Mexicali, San Luis Río Colorado o Algodones, y que no caminarían más de una hora. Así ocurría. Cuando el señor coyote juntaba a 15 o 20 personas, emprendía el viaje. Lo más que llegó a llevar fueron 35 personas. Cruzar México, recuerda el señor coyote, podía ser incluso un viaje placentero. “La gente no se bajaba del bus más que para orinar”, recuerda. En las casetas de revisión migratoria de la carretera ya todo estaba arreglado y apenas había que dejar unos dólares a los agentes de cada caseta.

A mediados de los ochenta, luego de que la Guardia Nacional cateara su oficina pensando que se trataba de una célula guerrillera, debido al intenso movimiento de gente, el señor coyote decidió retirarse algunos años, y alternó con estancias largas en Estados Unidos y trabajos esporádicos con grupos pequeños de migrantes.

En 2004 el señor coyote volvió de lleno a las andadas. Las cosas eran más difíciles, y aun empeorarían.

—Las cosas habían cambiado. En México había mayor seguridad, aquí ya era delito ser un coyote. Entonces la cuota de los coyotes era de 6,000 dólares por persona a donde quiera que fuera en los Estados Unidos. Pocas cosas eran como antes.

Los coyotes viajeros, los que hacían de lazarillos durante toda la travesía por México, eran contados.

—Ya entonces la cosa era más de coordinación, y así sigue siendo. Uno se encarga de poner la gente en la frontera de Guatemala con México, de ahí está el que lo levanta hasta el Distrito Federal, que es un mexicano. A él se le paga entre 1,200 y 1,300 dólares por persona. En el D.F. los agarra otra persona hasta la frontera con Estados Unidos. Ese cobra unos 800, y hay que darle unos 100 más por la estadía en la frontera y la comida del pollo. Uno estipula que de aquí a la frontera con Estados Unidos va a invertir unos 2,500. De ahí para arriba, a Houston, por ejemplo, la gente que los mete estaba cobrando 2,000. En Houston tiene que pagar uno a todos los que han pasado. Hoy cobran 2,500 dólares por la tirada. Ahí los tienen detenidos. Son casas de seguridad. Desde aquí mando el dinero por transferencia y van liberando a las personas. Cobraban 500 dólares por las camionetas que los llevaban hasta la casa donde iban. Hoy cobran 700. Por persona te quedan unos 1,000 o 1,500 dólares de ganancia.

Hay, como bien dice el señor coyote, maneras de abaratar los costos en México, pero eso implica métodos que para el señor coyote son “inhumanos”. Por ejemplo, meter a 120 migrantes en un furgón que va marchamado hasta la frontera. El marchamo se compra si se tienen los contactos adecuados en la aduana mexicana, y el reporte puede decir que adentro del furgón van frutas, cuando lo que en realidad van son decenas de personas sofocadas por el calor y el poco oxígeno, sin desodorante ni perfume, sin relojes ni celulares ni nada que timbre y los pueda delatar. Hay coyotes que por ahorrarse unos cientos de dólares embuten a la gente bajo un fondo falso de un camión bananero y los obligan a ir acostados durante más de 20 horas hasta la Ciudad de México. El señor coyote siempre pensó que eso es inhumano.

El señor coyote dice que la cuota, en los últimos cinco años, ha aumentado, y que nadie que se precie de ser buen coyote llevará a un migrante a Estados Unidos por menos de 7,000 dólares.

—Los riesgos son más ahora —dice el señor coyote y, con su dedo índice, dibuja en el aire una Z.
—¿Cuándo empezó usted a pagar a Los Zetas? —le pregunto.
—En 2005 se empezó a trabajar con Los Zetas, pero era mínimo, no era obligatorio. Tener un contacto de Los Zetas era una garantía, uno los buscaba. A través del coyote mexicano se armaba todo, igual que como se trabajaba con la policía. Después, ya ahí por 2007 empezaron a apretar al indocumentado directamente. No les importaba de quién era la gente. Se empezó cobrando 100 dólares por persona, eso se pagaba. Ahora lleva dos años lo más duro de estos jodidos.

Los Zetas, que surgieron hace 15 años como el brazo armado del Cártel del Golfo, se escindieron de esa organización allá por el año 2007. Quizá la cuota antes era un extra a su salario, y después se convirtió en un rubro de la organización.

—100 por migrante, ¿ese es el cobro de Los Zetas por dejarlos cruzar México? —continúo.
—Hoy la han subido a 200 dólares. En el precio (al migrante) se incluye la cuota para Los Zetas. El riesgo es mayor, por eso aumentó la cuota, el pollero ya no se quiere arriesgar por 1,000 dólares de ganancia.
—¿Usted se entiende con Los Zetas?
—Uno le deposita a los mexicanos, al mismo contacto coyote, y él se encarga. Yo no conozco a nadie de Los Zetas. Si alguien de aquí le dice que los conoce, es un bocón. Ese contacto mexicano tal vez está pagando 100 y a mí me cobra 200. Puede estar pasando. Pero hay que pagar.
—¿O?
—Bueno, eso pasó con la matanza en Tamaulipas, les debían, y a estos no les importó de quiénes eran esas personas. Ese fue un mensaje: a alguien se le olvidó pagar, entonces esto es lo que va a pasar. Y al que le toca responder es al coyote que de aquí salió. Nadie recoge gente para mandarla a morir, uno lo que quiere es ganar dinero y credibilidad.
—Pero hay coyotes que siguen viajando ellos con su gente por México.
—Un buen coyote que viaje él no existe, ni uno. Nadie se arriesga. Quizá para ir a dejarlos a Ciudad Hidalgo (frontera mexicana con Guatemala). Todo se hace pedazo por pedazo, uno coordina. Bueno, están los locos del tren. Los que van en tren cobran unos 4,000 o 5,000 dólares. Esos son polleritos que agarran dos, tres personas, o gente que en realidad lo que quiere es irse y ya antes viajó y conoce un poco el viaje en tren, y recoge dos o tres personas y con eso se van. Ahí es donde caen los secuestros. Si usted paga 200 dólares constante por persona, no lo molestan, pero si voy por mi propia cuenta… entonces… bueno. Ahí se enojan Los Zetas: “Este va a pasar y no va a dejar nada”, entonces aprietan y ponen cantidades de hasta 5,000 dólares por cabeza. Si usted trabaja con los contactos que conozcan a Los Zetas, tiene garantizado el cruce de México, ya no tiene problema. Si ellos son un grupo con muy buena coordinación con militares y policías. Incluso si lo detiene una patrulla y averiguan si ya pagó a Los Zetas, y usted ha pagado, lo sueltan de inmediato. Si descubren que no tiene contacto con Los Zetas, entonces está apretado, usted no va a ir a la cárcel, se lo van a llevar a ellos, lo van a entregar. Por eso desaparece la gente. México no es problema si uno tiene el contacto con Los Zetas. Si no…

Nos despedimos del señor coyote cuando Chalatenango se oscurece. Nos despedimos con ese “si no” y esos puntos suspensivos en la cabeza. Los puntos suspensivos, en el caso de los seis migrantes que salieron con Érick fueron una ráfaga de balas en un galpón abandonado. Los puntos suspensivos de otros pueden ser mucho más terribles. Si tienes contacto con Los Zetas, no hay problema. Si no…

* * *

A veces, a Bertila se le olvida lo que está hablando. Come poco. A sus sesenta y pocos años, Bertila llegó a pesar 100 libras. Desde que el 27 de marzo de 2011 su hijo Charli desapareció cuando viajaba desde San Luis Potosí hasta Reynosa, en el norte mexicano, acercándose a Estados Unidos, Bertila come poco y duerme mal. Sueña. Sueña que Charli no está muerto, que vuelve a casa y que ella le dice: “Pensé que algo te había pasado”. Y él contesta: “¿A mí? A mí no me ha pasado nada”. Eso sueña.

Harto de ganar cuatro dólares al día en una maquila, empujado por el cercano nacimiento de su primera hija y alentado porque el coyote del cantón le había prometido llevarlo y cobrarle hasta que él reuniera dinero en Estados Unidos, Charli decidió dejar su casa en Izalco y migrar. Se fue con el coyote y con otros cuatro migrantes.

Estoy sentado en un solar de un cantón de Izalco con Bertila, la madre de Charli, y esto es lo que, con todas las dificultades que opone el dolor, me cuenta. Charli, el coyote y los migrantes se fueron un lunes dispuestos a alternar entre buses y trenes. El viernes, el coyote estaba de vuelta con los migrantes y sin Charli. Agentes migratorios los habían detenido en Oaxaca, sur de México. Los bajaron a todos, menos a Charli. Los deportaron. Charli continuó su camino.

Llegó hasta San Luis Potosí, ya en el norte, y se quedó cuatro días en casa de unos parientes lejanos que por cuestiones del azar se habían establecido en esa ciudad. Desde ahí, se comunicó por última vez no con Bertila, sino con Jorge, su hermano, que trabaja como obrero en Oklahoma. Jorge me dijo por teléfono que Charli tenía dudas. Para este momento, el coyote de su cantón ya había vuelto a salir con los cuatro migrantes en el segundo intento. Charli —recuerda Jorge— le había explicado al coyote sus ganas de seguir hacia Reynosa, de acercarse a la frontera y desde ahí conseguir un coyote que lo brincara al otro lado. Incluso Jorge intentó contactar a la coyota que lo había cruzado a él hacía unos años. Ella trabajaba pasando gente por la garita formal, con papeles de otras personas, o por el río Bravo. La diferencia era de 500 dólares: 2,500 una opción y 2,000 la otra. Charli no quería esperar más. Sin embargo, le contó a su hermano que el coyote de su cantón le había dicho que no se moviera, que él pasaría, que el camino estaba lleno de zetas, que lo detectarían, que andaban a la caza de los que no pagaban a un coyote que a su vez les pagara a ellos.

Jorge tenía alguna idea de que la situación era un camino de obstáculos. Hacía apenas unos meses, había llegado a Estados Unidos un primo de él, que le contó que estaba ahí de milagro: “Me dijo que al coyote que no se alía con Los Zetas le quitan a la gente y lo matan, y que andan buscando como locos a los coyotes que no pagan. Mi primo me contó que él iba con uno de esos coyotes, y cuando se dio cuenta de que lo andaban buscando Los Zetas se zafó y consiguió escaparse”.

Sin embargo, la espera es infernal cuando México se convierte en un limbo, en una escala interminable.

Charli decidió abordar el autobús hacia Reynosa.

* * *

El 6 de abril de 2011, las autoridades del Estado de Tamaulipas anunciaron el hallazgo de ocho fosas clandestinas en un ejido llamado La Joya, en San Fernando, en el mismo lugar donde Los Zetas habían masacrado el año anterior a 72 migrantes en un galpón derruido. Adentro de las fosas encontraron 59 cuerpos putrefactos, algunos con los cráneos destruidos.

Al principio, las autoridades del Estado intentaron minimizar la situación poniéndole etiquetas a los muertos: dijeron que eran “miembros de organizaciones criminales transnacionales, secuestrados y víctimas de violencia en la carretera”.

Los muertos no dejaron de salir de la tierra.

Las fosas siguieron apareciendo. Para el 8 de abril, luego de abrir 17 fosas, los cuerpos eran ocho; el 15 de abril, de 36 fosas habían sacado 145 cadáveres; el 29 de ese mismo mes, el gobernador de Tamaulipas anunció que habían encontrado un total de 196 personas asesinadas.

Luego se sabría que algo podía haberse intuido, algo podía haberse prevenido en un municipio que apenas un año antes había sido regado con la sangre de 72 migrantes. Y no solo eso: la organización estadounidense National Security Archive, con base en la ley de acceso de información de aquel país, logró desclasificar una serie de cables que eran enviados desde las representaciones estadounidenses en México a Washington, D.C. Las comunicaciones fueron enviadas principalmente desde el consulado de Matamoros, la ciudad fronteriza más cercana a San Fernando.

Los cables desclasificados daban cuenta de que entre el 19 y 24 de marzo de ese año, casi un mes antes de que se descubrieran todas esas fosas repletas de muertos, varios autobuses habían sido detenidos y sus pasajeros secuestrados en la ruta que iba hacia Reynosa.

Esa era la ruta que, pese a la insistencia de su coyote, Charli decidió tomar. Esa es la ruta que miles de migrantes de todo el mundo toman para dirigirse a la última prueba de su viaje: la frontera con Estados Unidos.

Esos secuestros no eran casuales, sino que durante todo marzo aquello fue una modalidad. Los autobuses eran detenidos cuando se conducían por la carretera federal 97 rumbo a Reynosa, una carretera de cuatro carriles rodeada por extensas planicies deshabitadas. Los pasajeros, migrantes mexicanos y centroamericanos en su mayoría, eran sacados de la carretera e internados en calles secundarias de los alrededores de San Fernando.

Aún no hay un consolidado. La comisión interdisciplinaria que intenta esclarecer la identidad de todos esos cadáveres aún trabaja, pero decenas de los cuerpos han sido identificados como migrantes mexicanos y centroamericanos, gracias a que muchas madres de migrantes desaparecidos acudieron a dejar muestras de sangre para los exámenes de ADN.

Una de esas madres fue Bertila. Uno de esos cadáveres fue Charli.

* * *

Bertila —sentada a una de las mesas de la pupusería que ha montado en el patio de su casa en un cantón de Izalco— tiene un pie en esta realidad y otro en sus pensamientos. La mirada a veces se le pierde, y ella parece olvidar que conversamos. Da la impresión de que imagina una situación, de que en su mente se proyecta una película. Y esa película, invariablemente, es triste. Esa escena con la que sueña es la de unos funcionarios devolviéndole un féretro o una caja o lo que sea —no le importa el envoltorio— con los huesos de Charli.

En diciembre de 2012, casi dos años después de que su hijo fuera secuestrado y asesinado por Los Zetas mientras viajaba en autobús, Bertila recibió de parte de la Procuraduría General de la República de México la confirmación de que el cuerpo de la fila 11, del lote 314, de la manzana 16 del Panteón Municipal de la Cruz en Ciudad Victoria, Tamaulipas, era su hijo Charli.

Describir el sufrimiento de quien ha sido madre de un desaparecido, de quien es madre de un asesinado, de quien no tiene ni siquiera unos huesos que enterrar —porque hoy, casi tres años después de la barbarie, Bertila no ha recibido los huesos de Charli— es un reto demasiado peligroso. ¿Qué adjetivo describe lo que Bertila siente? ¿Qué adjetivo le atina a ese dolor? Lo único que se me ocurre escribir es que Bertila no vive del todo en este mundo, que en su mente pasa una y otra vez una película triste y ella la ve y desconecta de este mundo. Lo que se me ocurre es escribir sus palabras:

—A mí, a veces, se me olvida lo que estoy hablando… a veces, cuando me preguntaban si sabía algo de Charli, yo sentía como si me estaban golpeando… como por dentro… yo caí, durante mucho tiempo caí… yo solo me tiré a la cama de él y estuve ahí. Han pasado dos años, siete meses, diez días. Los huesos… pues habría un poco de paz. Aunque quizás nunca podría yo tener la completa paz. Pero eso llenaría un poco mi vida, porque a veces me aterra. Cuando llueve fuerte me imagino yo que los huesos se pueden ir en una correntada y nunca encontrarlos. Eso me tiene… cada vez que oigo que en México hay un ciclón, que hay una tormenta, una onda tropical, yo pienso en eso. Es una angustia grande cuando veo que todos van a poner flores o le traen a sus seres queridos… yo no puedo recibir el mío.

* * *

De nuevo, resurge la pregunta. ¿Por qué secuestrar a Charli y a otros como él? ¿Por qué gastar gasolina, hombres, arriesgarse a ser detectado, solo para detener a un autobús con migrantes en una carretera? ¿Por qué tomarse la molestia de trasladarlos hasta diferentes ejidos de San Fernando? ¿Por qué asesinarlos con tal brutalidad? —porque la mayoría de cadáveres de las fosas no tenían ningún orificio de bala, habían muerto a golpes, con objetos contundentes, cortopunzantes, palos, machetes—. ¿Por qué la carnicería?

¿Por qué le pasó esto a Charli? ¿Por qué le pasó aquello a los seis migrantes que viajaban con Érick? ¿Por qué le pasó a 72 personas en 2010? ¿Por qué le pasó a 196 personas en 2011?

Supongo que el señor coyote de Chalatenango ya contestó. De cualquier manera, volveré a preguntarle.

* * *

Habíamos quedado en el mismo lugar, en el patio de su casa en Chalatenango, pero a última hora, el señor coyote cambia el plan. Me dice que está trabajando en una de sus fincas, que nos encontremos en la carretera, adelante de la Cuarta Brigada de Infantería. Que deje las luces intermitentes, me haga a un lado de la carretera y que él pasará pitando a mi lado.

Llega. Uno de sus trabajadores maneja. El señor coyote está borracho.

En teoría iríamos a una finca, pero cuando lo sigo me lleva hasta su casa. Nos sentamos en el mismo lugar que la vez anterior. Es difícil iniciar la conversación, porque quiere hablar de otros temas. Concedo. Durante un rato, hablamos de caballos de paso, discernimos si el appaloosa es mejor que el morgan; si el caballo de paso español está por encima del caballo de paso peruano.

Uno de sus hombres trae cervezas.

Ya hace una hora que hablamos de cosas de las que no he venido a hablar. Es un callejón sin salida. Yo pregunto y él contesta hablando de lo que le da la gana.

Finalmente, cuando entiendo que la conversación debe terminar, que él está cansado y los ojos se le cierran del sueño, de la borrachera, digo alzando la voz:

—No entiendo estas masacres y muertes y locura de Los Zetas…

Él, que quizá también entiende que la conversación debe terminar, responde alzando su voz.

—Está claro que ellos ya lanzaron el mensaje de lo que va a pasar al que no pague. Son mensajes. Yo le recomiendo a la gente que se entere antes de viajar. ¿Su coyote paga o no paga cuota a Los Zetas? Si no paga, que Dios lo proteja.

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