La ciudad del Mago

Publicado: 19 junio 2014 en Roberto Valencia
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Mágico corre antes de que la pelota se despegue del pie del Negro Cabrera. Vestido de oro galopa diez doce quince metros, y a su estela el defensa Tuto Sañudo. Aún fuera del área, Mágico frena en seco y en la frenada acaricia el balón, un toque tímido con la izquierda que quiebra la cintura del acosador. La pelota retrocede medio metro, Mágico tras ella, pero otro defensor llamado Chiri lo espera desenvainado…

El calendario dice 14 y septiembre y 1986. El estadio Ramón de Carranza acoge un partido de la cuarta fecha de la Liga española: Cádiz Club de Fútbol versus Real Racing Club de Santander. Los locales se imponen 2-0, doblete de Mágico. Los relojes marcan las ocho menos cinco cuando desde el círculo central el Negro Cabrera ha soltado el esférico. La defensa racinguista está bien plantada, y Mágico, solitario como un jaguar y escorado a la izquierda. Que pase lo que pasará es tan probable como que coincidan el cumpleaños con un eclipse total de sol. Pero es el Mago quien está recibiendo. En las gradas, diluidos entre diecinueve mil cadistas entregados están el niño José Diego, el empresario Miguel Cuesta, el quinceañero Manuel Camacho, otro niño de once llamado Emilio, el joven Doña con sus amigotes… Todos miran lo mismo: a Mágico contra un muro defensivo; incluso después de quebrar al Tuto Sañudo parece quimera. Nada indica todavía que este minuto, el 24 de la segunda mitad, quedará tatuado en el corazón de miles.

… Chiri lo espera desenvainado, pero Mágico lo supera limpio con un recorte derecha-izquierda en un espacio más estrecho que un ascensor estrecho. Parece que al fin se adentrará en el área, pero reniega, y con el cambio evita a un tercer racinguista, Manuel Roncal, que se desliza por la grama, los pies por delante. La pelota y su dueño entran en la media luna.

El portero Pedro Alba ha visto desde sus dominios la galopada, el recorte, el dribling, el cambio. Ha amagado la salida pero se ha arrepentido en la línea del área chica, confiado quizá en que miraba una única camisola amarilla en un desfile de blancas. Pero con seis caricias el salvadoreño ha roto al Tuto Sañudo, a Chiri, a Manuel Roncal, y ahora solo Alba se interpone. Mágico acaricia la pelota una última vez, se la acomoda. Alba flexiona las piernas sobre la cal, se tensa como gato al acecho, espera un zapatazo desde fuera del área.

***

Jorge Alberto González Barillas nació en San Salvador el 13 de marzo de 1958, hijo de Óscar Ernesto y de Victoria, benjamín entre ocho hermanos. El primogénito, Mauricio PachínGonzález, despuntó en las filas de Atlético Marte y fue seleccionado nacional; quizá por ahí se explica la tempranera pasión del niño Jorge. A los dieciocho Mágico debutó en la máxima categoría del fútbol salvadoreño con la camisola de ANTEL. Destacó de inmediato y en noviembre de 1976 vistió de azul y blanco para sendos choques amistosos contra el Vitória Setúbal (Portugal) e Independiente de Medellín (Colombia). Marcó un gol. Pero aún le quedaban seis años en su terruño, en los que se enfundó las camisolas de Independiente de San Vicente primero y de Club Deportivo FAS después.

La selección de El Salvador obtuvo su boleto para el Mundial de España-82 porque se lo robó al México de Hugo Sánchez. El desempeño de Mágico en la fase de clasificación fue determinante, con actuaciones sobresalientes ante Panamá, Honduras y México. Pero el tarro de las esencias más preciadas lo destapó en los partidos preparatorios primero, y en el escaparate mundialista después. En el Mundial Mágico brilló como un diamante entre el carbón, se llegó a escribir, por el triste papel desempeñado por la Selecta.

Dicen que el Atlético de Madrid se mostró interesado, pero Mágico se dejó engatusar por Camilo Liz, el secretario técnico del Cádiz CF, modestísimo equipo andaluz que acababa de descender a Segunda. Fichar por el cuadro amarillo lo alteró todo, quizá para bien.

Mágico aterrizó en el aeropuerto de Jerez el 27 de julio de 1982, dos semanas después de que la Italia de Paolo Rossi ganara el Mundial, y abandonó la ciudad algún día de mediados de 1991. Con el Cádiz CF disputó dos temporadas en Segunda y seis en la máxima categoría. Sus números no explican ni justifican idolatría alguna: de 150 partidos en Primera –veinticinco en promedio por temporada–, en solo 92 disputó los noventa minutos, y anotó 42 goles.

La más productiva de sus temporadas –la 1983-84, con 14 dianas en 31 partidos, tercero en el Trofeo Pichichi– despertó el interés real del Atalanta (Italia), del Hellas Verona (Italia) y del París Saint Germain (Francia), y el presunto del Fútbol Club Barcelona. Pero ninguna negociación cuajó. La 1984-85, la que debía haber sido la de la consagración, resultó un vía crucis, con gravísimos problemas disciplinarios que condujeron a una abrupta ruptura con la dirigencia y desembocó en un traspaso-despido al Real Valladolid CF, donde deambuló tres meses para el olvido. La temporada 1985-86, cuando tenía la edad talismán de 27 años, huyó de España y se desvaneció en California, en Baja California, en El Salvador. No practicó fútbol profesional.

Pero en Cádiz la semilla había germinado. Querido con creciente locura por la afición, el Mundial de México-86 sirvió de excusa al presidente cadista Manuel Irigoyen para viajar a San Salvador a buscarlo y redimirlo. “Pese a su genio futbolístico, una descuidada vida personal le llevó al pozo del fracaso y el anonimato. Ahora ha vuelto”, escribía el periodista Carlos Funcia en el diario El País, pocas semanas después de su aclamado retorno. Remachaba: “La trayectoria deportiva y personal de Mágico González tiene tintes de leyenda. De difícil personalidad, parece que ni los éxitos ni los fracasos dejan huella en su ánimo y está como ausente cuando se le felicita”. Eso y así se escribía sobre él en septiembre de 1986.

Salvo el enigmático paréntesis, Mágico estuvo ligado al Cádiz CF entre 1982 y 1991. En esos años marcó goles imposibles, dribló, se emborrachó, durmió, soñó, confesó que su mejor sueño era ser feliz, alternó con Camarón de la Isla, se metió a una hinchada en la bolsa, comió pescaíto frito, bailó flamenco, obvio que no se tomó el fútbol como un trabajo, derrochó cuanto pudo, erró penales, macheteó culebras, enamoró, se drogó, gozó, fue condenado a seis meses y un día por abusos deshonestos, goleó al Barça, goleó al Real Madrid, forjó una leyenda a su pesar, rehuyó a los periodistas siempre que pudo, hizo méritos suficientes para entrar en el Salón de la Fama y triunfó como triunfan los que no miden la felicidad por los ceros en la cuenta bancaria.

Mágico jugó al fútbol y vivió la vida. O quizá vivió el fútbol y jugó la vida.

Casi un cuarto de siglo después de su salida del Cádiz, y aunque lo hizo por la puerta de atrás, quienes más lo disfrutaron no lo olvidan. Fotografías de Mágico decoran docenas de tabernas y cafeterías gaditanas, los DVD con sus hazañas se guardan como joyas de la abuela, su rostro sigue omnipresente en las gradas del Ramón de Carranza. Y en la calle Pelota, a cincuenta metros de la catedral, hay una tienda que vende a cinco euros camisolas con su caricatura. Y en la plaza San Juan de Dios, el Bar Los Pabellones imprime calendarios de bolsillo con su imagen y la de Camarón. Y en la tienda oficial del club aún hay quien compra la elástica amarilla y pide que le estampen ‘Mágico’ en la espalda. Y en un negocio llamado Deportes Bernal tienen… Y en…

Casi un cuarto de siglo después Mágico sigue vivo en Cádiz.

***

Intuía, sospechaba, me habían dicho… pero lo visto en Cádiz supera todo lo presupuestado. Veintitrés años después de su último partido oficial de amarillo aún se venera al salvadoreño, veneración que de alguna manera beneficia a El Salvador entero. Al final va a tener razón el colega Daniel Herrera…

Son casi las ocho y media del 2 de abril de 2014, pero España adoptó el fin de semana pasado el horario de verano y no quiere anochecer. Yo regreso de una entrevista en la Federación Gaditana de Fútbol, y en la calle Brunete leo ‘Nosferatu Tattoo Studio’. Desde que planifiqué mi visita a Cádiz me propuse pasar por algún sitio así, como un termómetro para medir el grado de idolatría. ¿Habrá algún gaditano tan loco como para grabarse a Mágico en la piel? Entro. Tres hombres con ropajes informales y oscuros platican detrás del mostrador. Me presento, les cuento el porqué.

—No, aquí no hemos tatuado nada del Mágico –dice José Diego, 35 años ahora, un niño en aquella tarde inolvidable contra el Racing de Santander.
—¿Pero lo tienen en catálogo o algo?
—No. Todo el mundo está siempre diciendo: me tengo que hacer al Mágico, me tengo que hacer al Mágico… pero no. Aunque sí hay gente que se lo ha tatuado, yo lo he visto, vamos. Gente de Brigadas, sobre todo.

Brigadas es Brigadas Amarillas, la barra brava del Cádiz CF.

—El Baguetina dice que se lo va a hacer –apunta Chencho Fernández, otro del trío.
—Ah, sí, es verdad –recuerda José Diego–, el Baguetina se está haciendo la pierna entera con nosotros. Ya le hemos hecho el estadio antiguo y esas cosas… y dice que se va a hacer al Mágico.
—¿Y cómo dicen que se llama? –pregunto.
—Baguetina. Él se mueve con la gente de Brigadas.

Anoto el nombre sin mucho entusiasmo, consciente de que dejaré Cádiz en veinticuatro horas.

Ya con el salvadoreño sobre la mesa, José Diego agarra carrera, casi ni tengo que preguntar.

—Yo al Mágico lo vi jugar –dice entusiasmado–. Soy socio desde pequeño, por mi padre, que me llevaba siempre.
—Ajá…
—Aquel 3-0 al Racing yo lo vi en el estadio, y me acuerdo… pero como si fuera ayer, vamos. Lo vi sentado en Tribuna. Los niños nos sentábamos en las primeras filas, mientras que nuestros padres lo veían más arriba. Recuerdo levantarme del asiento para ver bien la carrera, cómo regateó a uno, a dos, a tres… y el gol. Yo me giré para buscar a mi padre, que me respondió con una sonrisa y cerrando el puño. Él ya falleció, pero Mágico a mí me trae muchos recuerdos de mi padre…

Quizá esta sea la magia de la que tanto se habla en Cádiz.

Pregunto si conocen otros lugares o personas que sientan genuina admiración.

—Pues aquí a la vuelta siempre hay aparcada una moto que tiene la cara del Mágico pintada.

***

La persona encargada de la sección de deportes del Diario de Cádiz se llama Guillermo Doña Viaña, pero firma Willy Doña. Suena apropiado suponerle conocimientos sobre el cadismo porque va para las tres décadas pendiente del acontecer futbolístico del Cádiz CF. “Yo al Mago primero lo conocí como aficionado, porque como periodista deportivo comencé en el 88”, matiza de entrada, como si 26 años fueran un suspiro. El propósito de incluir su voz es que aporte mesura a un sentimiento muchas veces desmesurado.

—El Mago coincidió con la mejor época en la historia del club –dice Willy Doña–, algo que en gran parte fue por su presencia.
—Cuando uno mira sus números, la verdad es que no son tan sorprendentes.
—Pero siendo este un club modesto, aportaba algo impresionante. En el fútbol español nunca se había visto un hombre con esa habilidad, capaz de hacer maravillas con el balón, con una naranja, con una pelota de papel… con lo que fuera.
—¿Qué tanto de lo que se dice de él es mito y qué tanto realidad?
—Lo de las pataditas a una naranja es totalmente cierto. Se ponía a hacerlo en una discoteca o en cualquier sitio. Era más habilidoso que Maradona. Inconstante, sí, al punto que aquí varios entrenadores lo tuvieron de suplente, pero en habilidad superaba a Maradona.
—¿Qué explicación tiene que un suplente sea tan recordado?
—Incluso sabiendo que era porque golfeaba, la gente lo pedía en el estadio. Pitaban al entrenador si no lo sacaba.

Otros extranjeros que dejaron huella, dice, son el delantero peruano Máximo Mosquera, que jugó la temporada 1962-63, y el chileno Fernando Carvallo, cuyo paso coincidió con el primer ascenso a Primera.

—Pero es abismal la diferencia entre el cariño que se le tiene a Mágico y a Carvallo, que podría ser el segundo –dice Willy Doña–. Mágico hoy es el ídolo de un montón de niños que ni habían nacido cuando estuvo aquí, que lo más que habrán visto son videos por internet.
—¿Y entre los que lo vieron jugar?
—El cariño que se le tiene es muy intenso pero es… como de barra de bar, porque ni siquiera el club le ha sabido homenajear.
—Pero era indisciplinado, irregular, irresponsable… ¿alguien así merece ser homenajeado?
—Como cadista que soy… la verdad… yo me alegro de que fuera indisciplinado. Si no, a las diez jornadas se lo hubiesen llevado.

El Cádiz CF estuvo en Primera desde 1985 hasta 1993, codeándose con el Barça, con el Real Madrid, con el Athletic de Bilbao. Tras esas ocho temporadas consecutivas que enorgullecen al cadismo, el equipo solo ha retornado a la élite una vez, en 2006, y la alegría duró un año.

—Y sí, salvo en los dos primeros años, nunca fue un gran goleador –dice Willy Doña–, pero aquí sabíamos que esa no era su principal virtud.
—¿Cuál era esa virtud?
—Que hubo una época en la que los defensas contrarios temblaban cuando se enfrentaban al Cádiz, y dio la casualidad que de la cantera salieron buenos jugadores como los hermanos Mejías, en especial Pepe. Toda esa gente tenía más libertad, porque el equipo rival al completo tenía que estar pendiente de Mágico, ¿comprendes?

Una época en la que los defensas contrarios temblaban, dice Willy Doña.

***

Alba se tensa como gato al acecho, espera un zapatazo desde fuera del área. Pero Mágico no chuta recio. Se deja caer hacía atrás para picar la pelota con efecto, que primero suuuube y luego baaaaja, en vaselina de ensueño. Alba ni siquiera trata de atraparla. Solo sigue la parábola con la mirada. “Esperaba que pegara en el larguero”, dirá. Pero no. El balón entra manso por la escuadra.

De la chistera del Mago ha salido… un ornitorrinco.

El Ramón de Carranza explota. Diecinueve mil cadistas se abrazan celebran gozan hasta el delirio. Es un orgasmo colectivo que el niño José Diego disfruta con complicidad paterna y el empresario Miguel Cuesta y el quinceañero Manuel Camacho y Emilio… La celebración del futuro periodista Willy Doña deviene dolorosa. Sentado con sus amigotes en el Fondo Norte, la genialidad de Mágico le hace olvidar que está bajo una de las barras metálicas instaladas para controlar avalanchas.

—Ese gol estuvo a punto de costarme la vida –recordará casi 28 años después–. Con el salto me pegué un cabezazo con el hierro… que mientras mis amigos festejaban, yo estaba tirado, mareado perdido, vamos… Todavía me duele cuando me acuerdo.

Sobre el terreno Mágico también celebra a su manera, parco. Se arrodilla con parsimonia antes de pararse. Levanta los dos brazos y sonríe de medio lado, como niño travieso. Nada en su rostro indica que acaba de marcar un gol legendario. “Fui salvando obstáculos, según me iba encontrando piernas, pero solo creí en el gol cuando vi que el balón pasaba por encima de Alba”, responderá a un periodista que lo abordará después de la ducha.

Manuel Roncal continúa tirado en el suelo. El resto de racinguistas, cabizbajos, sumisos, brazos en jarra. Alba entra en su portería y recoge resignado la pelota. Cuando de a poco se apaga el grito de Gooool, escucha cómo el estadio comienza a corear el nombre de Mágico, mira el incipiente flamear de pañuelos blancos, intuye lo irrepetible del momento, y hace algo que nunca ha hecho y que nunca más hará: camina al centro del campo, busca al salvadoreño y le extiende la mano. Alba felicita a Mágico por su gol.

***

Las leyendas se construyen cuando hechos extraordinarios se repiten una y otra y otra vez, de padres a hijos, entre amigos. Mágico es leyenda. Sus hazañas no son solo suyas. Se dramatizan, se mitifican, se tergiversan, se exageran. Desatado el torbellino a veces pasa que –quizá sin malicia– algo que nunca ocurrió se cuela en el repertorio de gestas. Ese algo también se repite una y otra y otra vez. Y luego funciona la teoría goebbeliana que asegura que, mil veces repetida, la mentira deviene verdad.

Esto se cuenta en Cádiz: por una juerga infinita en la víspera, Mágico se presentó tarde a un partido de semifinales contra el Barça en el Trofeo Ramón de Carranza, el otrora prestigioso torneo estival de pretemporada. El juego arrancó, y los visitantes ningunearon a los locales, 0-3 al descanso. El salvadoreño se dejó ver por el estadio con el choque empezado. Con todo y goma, el entrenador lo obligó a vestirse de corto. Mágico salió en la segunda mitad y tuvo una tarde gloriosa. Con dos goles y dos asistencias, lideró la remontada con la que ridiculizaron 4-3 al Barça.

Se cuenta en Cádiz. Wikipedia lo bendice, en español y en italiano. Lo dice el diario español As en un generoso reportaje de octubre de 2013. Y con el matiz de que la remontada fue de 0-1 a 3-1, lo afirma incluso el más riguroso trabajo periodístico que jamás se ha publicado sobre Mágico, la serie de 128 páginas en once entregas que imprimió el diario La Prensa Gráfica entre febrero y julio de 2003.

Pero aquella hazaña nunca ocurrió.

Mágico solo enfrentó al Barça en el Trofeo Ramón de Carranza una única ocasión: el 26 de agosto de 1984, en partido de consolación. El Cádiz de Segunda se impuso 3-1 al Barça que esa temporada ganaría la Liga. Las crónicas del día después lo señalan como el artífice del triunfo. “Mágico volvió a ser punto y aparte. No marcó, pero de sus botas salió lo mejor de esta tarde para el olvido desde el prisma azulgrana”, escribió Pedro Ger, el enviado especial del diario catalán El Mundo Deportivo. Mágico jugó de partida. Ni llegó con el choque empezado ni anotó ni hubo remontada inverosímil.

La realidad a veces se deforma. Y si eso sucede con hechos que pueden ser desmentidos en las hemerotecas o desde cualquier computadora, ¿qué no pasará con las gestas cuya autenticidad descansa solo en el volátil testimonio de quienes supuestamente las vivieron? Si alguien alguna vez se animara a escribir un libro de vocación biográfica sobre un personaje tan exuberante, el reto principal sería cribar la mitología.

***

Salgo de Nosferatu Tattoo Studio y camino por la calle Brunete hasta la primera a la izquierda, como me han dicho que haga, para ver si está aparcadala moto con la cara de Mágico pintada. Emboco la calle Santa María de las Cabezas, estrecha y con un sinnúmero de motos parqueadas a un costado. Casi al final, cuando la decepción me está venciendo, veo un scooter Piaggio Fly 50 4T, blanco con detalles azules. Delante, el rostro y la melena inconfundibles.

Saco la cámara y tomo algunas fotografías. En esas estoy cuando me percato de que desde un pequeño bar que hay al otro lado de la estrecha calle me miran con recelo. Me acerco, explico la razón de mi curiosidad y pregunto si conocen al dueño.

—La moto es mía –dice Jesús Gutiérrez, la persona que atiende el negocio.

Jesús Gutiérrez resulta ser un consumado magiquista. Cuando le detallo que trabajo en un periódico de El Salvador y lo que trato de hacer en Cádiz, se entusiasma, descuelga de las paredes fotos enmarcadas, me enseña una de él con Mágico, cuenta ciento y un anécdotas, me invita a una cerveza, me presenta a cuanto cliente cadista entra a su bar… y cada vez me convenzo más de que el colega Daniel Herrera tiene la razón. “En esos años había más magiquistas que cadistas”, sintetiza Jesús Gutiérrez su euforia. Me sugiere que vaya el domingo al estadio y compruebe que las gradas siguen llenas de pancartas que lo recuerdan.

—¿Y no has ido al Washisnai? –me pregunta–. Es el bar de Nandi, amigo mío de Brigadas. Ahí tienen fotos de Mágico, y llegan muchos cadistas.

Llama al Nandi por teléfono. Me lo pasa y hablamos. Ya es noche cerrada. Quedamos que mañana pasaré al Washisnai a desayunar, tipo ocho y media.

***

El Bar Gol es un santuario del cadismo, casi un museo. Está pegado al Ramón de Carranza, en el arranque de la Pintor Zuloaga, la calle en la que Mágico vivió un tiempo largo. El local es sobrio. El color dominante es el amarillo en todas sus tonalidades, y las paredes lucen colmadas de banderas, cuadros, amuletos varios y fotografías de los tiempos pasados y mejores, algunas desteñidas ya. Mágico es la indiscutible figura estelar.

El Bar Gol lo atiende desde tiempos inmemoriales Jesús Sánchez Granado, quien infinidad de veces le preparó un bocadillo o le sirvió una cervecita. “Cuando Juan José fichó por el Real Madrid [se refiere al mítico defensa cadista Juan José Jiménez, Sandokán], le vendió su coche al Mágico, un Ford Escort rojo”, dice Jesús.

Eran otros tiempos, otro fútbol, como menos divismo y menos ceros en las cuentas corrientes. La relación entre jugadores y aficionados también era más estrecha, sobre todo en Cádiz.

—Cuando se fue a Valladolid se llevó el coche rojo que tenía, pero como allí hacía tanto frío, se vino para Cádiz y allí dejó el coche. ¿Por qué? Yo creo que porque la ciudad, el clima y la forma de vivir del gaditano calaron en el Mago.

Quien habla ahora es Miguel Cuesta, empresario, cadista desde los sesenta y dirigente ocasional del Cádiz CF, del que ha sido vicepresidente. El 3-0 al Racing lo vio desde Tribuna. El empresario Miguel Cuesta ahora es consejero externo del club. Habla maravillas de Mágico, a pesar de que tuvo que tratarlo como directivo.

—Mucha culpa de lo que sucede ahora la tenemos los padres –dice–, que se lo hemos transmitido a nuestros hijos, pero es que fue tanto lo que nos dio el Mágico…
—Pero fue suplente mucho tiempo…
—¿Y tú sabes lo que es el estadio entero abucheando al entrenador? Muchas veces lo ponía por el público, aunque fuera diez minutos. Y con que esa tarde hubiese una sola jugada suya, un solo toque de balón… tú salías del campo… habiendo empatado, perdido o ganado, daba igual… y el comentario a la salida era: ¿viste cómo la tocó Mágico?
—¿Tan así?
—Es que en el fútbol el gol a veces es lo de menos, como en los toros. Cortar orejas y salir en hombros no es que con una buena ‘estocada’ se consigue; para ganarse al público a veces basta con dar dos ‘verónicas’ bien dadas, o dos ‘naturales’ bien hechos. Los aficionados a los toros eso apreciamos. Pues con el fútbol en Cádiz es parecido. Muchas tardes ver al Mágico tocarla era más que suficiente, aunque el partido se hubiera perdido.

El empresario Miguel Cuesta se expresa como un cadista más, con entusiasmo acrecentado si cabe, pero él ha estado y está en la órbita del Cádiz CF, un club que de alguna manera está en deuda con su jugador más carismático.

—¿Por qué están tan disociados el cariño de la afición y los gestos institucionales? –pregunto.
—Es una pregunta profunda y que merece ser analizada con mucho tacto.

Cuenta la anécdota de la visita de Mágico a Cádiz en febrero de 2001, cuando el diario Marca organizó un partido para recaudar fondos para las víctimas de los terremotos en El Salvador. Tras el viaje, el empresario Miguel Cuesta lo dejó en el Hotel Playa Victoria, para que descansara un poco, pero le advirtió de la importancia de la conferencia de prensa promocional que tenía para la tarde en el propio hotel. Como ya era la hora y no bajaba, subió y aporreó la puerta de la habitación. Mágico al final le abrió, somnoliento y envuelto en una manta, y se volvió a la cama.

—El Cádiz sí ha querido hacer alguna cosa, traerlo y que se encargara de la formación de los niños o algo así, pero…

Cuando uno habla con aficionados cadistas, raro es que no salga a relucir la escuela municipal de fútbol, que se bautizó con el nombre de Michael Robinson, un jugador británico que nunca vistió de amarillo, pero que, colgadas las botas, triunfó como comentarista deportivo y por los micrófonos acostumbraba a echar flores al cadismo. Infinidad de cadistas aún no digieren lo que juzgan como una traición. “Como lo del campus de Michael Robinson, por ejemplo –dic un viejo amigo de Mágico llamado Emilio Ramírez, 39 años hoy, un niño de once que festejó en el Fondo Norte el mítico gol–, en vez de ponerle el nombre del Mágico… la verdad es que no se entiende”. Incluso en una chirigota se pide.

—Yo estoy seguro de que el Cádiz Club de Fútbol hará algo con el Mago –dice el empresario Miguel Cuesta–. Será más temprano que tarde. Algún día se va a hacer algo importante.

***

Alba felicita a Mágico por su gol. El gesto le ennoblece tanto que ese apellido condenado al ostracismo futbolístico fuera de Santander se seguirá pronunciando con cariño y respeto en Cádiz en el siguiente milenio.

Esta noche el gol también será celebrado en el programa Estudio Estadio de Televisión Española. Y mañana faltará espacio en los periódicos para el torrent de elogios. “Mágico cosió el balón a su bota y sorteó a cuantos se le situaron delante, incluida su sombra”, dirá el diario ABC. “Gran festival de Mágico González, que esta tarde ha renovado las grandes actuaciones que le hicieron famoso”, se leerá en El Mundo Deportivo. “Ovación de gala”, en La Vanguardia. “Marcó al Racing un gol para la historia”, publicará El País.

Pero más importante es lo que pasa ahora, mientras Alba regresa hasta su portería después de felicitar a Mágico. Las gradas son una procesión de pañuelos. Se ensaya por primera vez algo que todos vieron por televisión en el Mundial que acaba de ganar la Argentina de Maradona: la ola. Y a Willy Doña la alegría lo ayuda a reponerse del golpe brutal. Y el quinceañero Manuel Camacho celebra y se desgañita. Y el empresario Miguel Cuesta, ídem. Y el niño Emilio no cabe de júbilo, junto a su padre en el Fondo Norte, y 28 años después dirá: “¿Su mejor gol? El del Santander; hacer eso a tres en un palmo de terreno…” Y el niño José Diego acaba de recibir un guiño de complicidad paterna que nunca –nunca– olvidará.

***

A las ocho y media de la mañana estoy, puntual como un vasco, en la Taberna del Washisnai, que es su nombre cabal, en la calle Beato Diego. Una foto de Mágico acuclillado preside el área futbolera del bar, entre un plasma y un sinnúmero de bufandas de clubes europeos. El local es inmenso, y al otro lado de la ‘U’ que forma la barra tiene un área flamenca, presidida por un cuadro de Camarón de la Isla con una guitarra a su vera. La camarera me dice que Nandi está al caer. Un cuarto de hora, media hora, tres cuartos… esto parece El Salvador. A las diez tengo otraentrevista lejos de aquí, en la barriada La Paz. Si puedo, regresaré a la Taberna del Washisnai en la tarde.

***

Quinceañero en el Fondo Sur la tarde mágica, Manolo Camacho es hoy un periodista de 41 que presenta El tren del gol, una tertulia deportiva que se emite en un canal de televisión local. Diez días antes de esta entrevista lo invitaron a un evento gastronómico-cultural celebrado en el Hotel Barceló, con el fútbol como plato principal. Su misión fue explicar en qué consiste el cadismo. En la fotografía de los carteles promocionales aparecía Mágico joven y vestido de torero en la plaza de toros del Puerto de Santa María.

—Ese día hablamos de por qué se prestó para esas fotografías. Yo creo que es porque se lo pidieron y, como él no sabía decir que no, por eso se vistió de torero.

Manolo Camacho es uno más entre los gaditanos que destacan la calidad humana. Creen que la manera de ser –con sus luces, con sus sombras– abonó a la idolatría.

—Como futbolista, yo lo tengo claro: es el más grande, ni Messi ni Maradona ni ningún otro. Como ser humano, un gran corazón, y quizá por eso llegó a ser lo que fue en Cádiz, porque no tenía más ambición que la de jugar al fútbol para pasarlo bien. Como profesional, también tengo claro que no es un ejemplo a seguir.
—¿Fue bueno para él que lo fichara el Cádiz?
—Mágico encajó en Cádiz a la perfección, y Cádiz lo acogió de la mejor manera, pero yo no sé si caer aquí le vino peor para triunfar, por lo peculiar de la ciudad, donde gusta mucho el fútbol arte, sí, pero también gusta la fiesta.
—Pero pocos jugadores podrán presumir de tanto cariño un cuarto de siglo después de colgar las botas.
—En Cádiz nos hemos quedado con lo bueno, con la magia. Y lo malo que tenía, que supongo que ya lo habrás notado, o no se comenta o se comenta… pero como con gracia.
—Indisciplinado, irregular, irresponsable…
—Como hablamos de fútbol, alguien puede ser indisciplinado, pero si es un fuera de serie, quedará. Y Mágico lo era, además de una persona que se preocupaba por los demás más que por uno mismo. Por eso es una parte muy importante del cadismo. Y el Cádiz es un equipo con más de un siglo de historia.

Como periodista deportivo, Manolo Camacho sí recuerda haber informado de gestiones para materializar ese cariño. Hace algunos años, dice, se quiso reunir voluntades y fondos para una estatua en las afueras del estadio.

—Es verdad que no hay nada: ni estatuas ni calles ni plazas… pero si alguien que ha estado metido en una cueva cincuenta años, sin saber nada de lo que ocurría fuera, lo soltaran hoy en Cádiz, le bastaría preguntar a la gente para comprobar ese cariño. Y sí, seguramente se sorprendería de que no haya evidencias físicas de ese cariño.

***

El cadismo es como la salvadoreñidad. Cuesta definirlo. Se puede escribir una frase deslumbrante, un párrafo sentido y sonoro, un ensayo brutal, pero no dejarán de ser palabras, palabras que aspiran al imposible de retratar los sentimientos. No me gusta tomarme el fútbol como un trabajo, dicen que Mágico alguna vez dijo. Y no se lo tomó.

Hugo Sánchez, contemporáneo de Mágico, materializó 189 goles para el Real Madrid en siete temporadas, pero, ¿qué representa hoy para el madridismo? ¿En cuántos bares de la capital se le rinde pleitesía? ¿Lo idolatran los niños del nuevo milenio?

Mágico en Cádiz fue, es y será. En apenas un par de días mi libreta ha quedado plagada de frases que evidencian lo inigualable de su relación:

“Mi hermano mayor en su cartera lleva siempre una foto del Mágico”.

“El futbolero gaditano se conformaba con verlo saltar al campo”.

“Se le quiere porque tiene la misma personalidad que la gente de acá: era campechano y daba todo lo que tenía”.

“A las instituciones les preocupa elevar donde ya lo tiene la afición a una persona con comportamientos que no son el mejor ejemplo”.

“Era como uno normal de Cádiz, como si hubiera nacido en Loreto o en La Línea, solo que una máquina jugando al fútbol”.

Y la más poderosa de todas, que merece ser atribuida. Me la ha dicho Joaquín Revuelta, el director de la Escuela de Entrenadores de la ciudad: “El tema es que Jorge es Cádiz, y Cádiz es Jorge. No hay otra manera de explicarlo”.

El colega Daniel Herrera, jefe de redacción del periódico deportivo El Gráfico y alguien que ya ha estado en esta ciudad para preguntar sobre Mágico en calidad de periodista salvadoreño, me dijo antes de venir a Cádiz algo que me sonó bien, pero que yo juzgué exagerado e irreal. Ahora estoy convencido de que tiene razón.

***

Son las cinco y cuarto pasadas cuando regreso a la Taberna del Washisnai. El bar está casi vacío pero hay bulla; en el área flamenca un grupo de siete niñas de unos cinco años tratan de igualar los movimientos y los zapateos de una bailaora. La barra ahora la preside un joven al que le calculo 190 centímetros de altura y no menos de 250 libras. Es Nandi, el amigo de Jesús Gutiérrez. Tiene apenas 21 años. Nació siete años después del gol al Racing.

—Para mí Mágico es un mito, ¿me entiendes? Para la gente de otra generación es un buen futbolista, el mejor, pero para mí es un mito.

Nandi se llama Fernando Orgambides. Es gente de Brigadas.

—Soy el speaker, el que anima con el megáfono en el Carranza. Y cuando se está jugando mal y hay que meter caña a los jugadores, mencionamos a Mágico.
—Ayer, en una tienda de tatuajes, me contaron que alguien de Brigadas quiere tatuárselo en la pierna. ¿Has oído algo?
—Yo me lo quiero tatuar…
—No, pero me dijeron que era un tal… Baguetina.
—Sí, así me llaman también. ¿En Nosferatu estuviste?
—Cabal.

No sé si esto será magia o será una simple casualidad.

—En la vida tú cambias de novia, de casa o de ciudad, pero el equipo de fútbol no se cambia.
—¿Pero por qué tatuarse a Mágico?
—Lo primero que me tatué fue el escudo, en el brazo –me lo muestra–, y ahora en la pierna derecha me estoy haciendo una cosa más guapa, más grande. Ya me he hecho la mítica Torre de Preferencia; una foto mía animando al Cádiz que salió en el diario; he puesto ‘Living la vida ultra’, que es nuestra forma de vida; y me falta una foto de un autobús de uno de nuestros desplazamientos, y al Mágico, que quiero hacerlo de espaldas, para que se vea el ’11’ en la camiseta. En cuanto junte el dinero, ahí va a estar, vamos.
—¿Por qué no a Pepe Mejías, otra gloria y gaditano él?
—Es que Mágico es el que mejor representa el cadismo.

***

El niño José Diego acaba de recibir un guiño de complicidad paterna que nunca olvidará. “El 3-0 al Racing yo lo vi en el estadio”, le contará a un periodista un día de abril de 2014. Es el primer hat-trick de Mágico en Primera, y será el único.

Ya en los vestuarios los compañeros lo felicitan. Mágico se siente abrumado. Alguien entra y comenta que cientos gritan Mágico, Mágico, Mágico en la puerta del estadio, que lo están esperando… quizá porque intuyan que esta tarde la recordarán siempre y no quieren que termine. El sol se ha hundido en el océano, pero ahí siguen. Corean su nombre. Quieren subirlo en volandas, el gesto reservado para los mejores toreros. A Mágico no le agrada la idea. Le incomoda tanto alboroto. Se entera de que los juveniles están jugando un partido. La excusa perfecta. Duchado y vestido sale por el foso de vestuarios. Se sienta en las gradas como un aficionado más. Pero no lo es. Los pocos que quedan lo reconocen. Lo felicitan. Lo piropean. Lo asume con su mejor sonrisa, como mal menor. No es soberbia ni falsa modestia. Debe de ser magia.

Cuando la multitud de las puertas del estadio se ha dado por vencida, el periodista José María Valle lo aborda. Le pregunta por qué no ha dejado que lo saquen en hombros. “Yo quería ver el partido de juveniles”, responde Mágico, y remata con una frase que quizá hasta arranque una lágrima a algún magiquista: “Además, habría sido una falta de modestia por mi parte llevarme todo el mérito de un triunfo que trabajamos todos dentro del campo… que me perdonen los aficionados”.

Después del partido legendario de este 14 de septiembre de 1986, Mágico se sumirá en la oscuridad, como si le costara convivir con el éxito. No volverá a la titularidad hasta el 26 de octubre. No completará los noventa minutos hasta el 17 de diciembre. No marcará de nuevo hasta el 11 de enero, diecisiete semanas de sequía. Todo se lo perdonarán. El 5 de abril ante el Betis en el Benito Villamarín, se inventará un taconazo imposible para superar al portero, y el defensa Gail tendrá que estirar su brazo derecho casi hasta la dislocación para evitar el gol con la mano. Y esa jugada también se convertirá en hazaña. Y en Cádiz seguirán acordándose de ese taconazo imposible y maldiciendo al defensa Gail. Y quizá lo recuerden por toda la eternidad.

***

Cádiz se acaba en el barrio La Viña. Más allá, solo una estrecha lengua de tierra hasta el castillo de San Sebastián. Luego, el océano. Más luego, la América de la que vino la magia. La Viña es paso obligado para los turistas que quieren sentir los vientos, quizá lo más singular de una ciudad colmada de singularidades. La calle Virgen de la Palma está llena de restaurantes con sus mesas y sillas en el empedrado, y sus pizarras manuscritas que invitan a probar lo más trillado de la gastronomía local.

Me siento en el Bar El Palmito y pido una ensalada de la casa, unos boquerones fritos y una caña que me costarán trece dólares. Si todo va bien, en unas cuatro horas estaré subido en el tren que me alejará de la que ya no me cuesta identificar como la ciudad del Mago.

Entre boquerón y boquerón, mientras consolido apuntes y ordeno ideas, me asalta una duda: me han hablado tanto y tan bien de Mágico que creo demostrada la admiración honesta de los cadistas, de las personas ligadas de una u otra manera al club y al fútbol. Pero, ¿qué hay de los que nunca lo vieron jugar? Me aseguraron que es ídolo de jóvenes sin uso de razón cuando colgó la camisola amarilla. ¿Y si no es más que un espejismo fruto de la exageración propia del carácter de los gaditanos? Aprovecho que el bar está casi vacío para llamar al camarero.

—Disculpe, ¿usted en qué año ha nacido?
—En el 85.

Tenía pues 5 o 6 años cuando Mágico abandonó Cádiz. Se llama Álvaro Lozano. Le sumario el por qué de mi interés.

—¿Conoce a Mágico González?
—Hombre, en persona no –dice Lozano.
—¿Pero lo ubica?
—Sí, hombre, claro… si es una leyenda. Mágico González en Cádiz es una leyenda… si subió al Cádiz a Primera él solo… un hombre que ni entrenaba, se despertaba tarde, se recogía tarde, bebía mucho, le daba a las drogas… y aun así al Cádiz lo subió a Primera… él solo.

A Lozano se le encienden los ojos como me sucede a mí cuando hablo de mis hijas.

—Además te digo una cosa: es el mejor jugador pero… pero del mundo entero. Ni Messi ni Ronaldo ni Pelé… ¡nadie! Y por el Cádiz hizo mucho, pero mucho… Y aparte yo conocí a una de sus hijas. Ingrid me parece que se llamaba. La misma nariz del padre, vamos.
—Una pregunta más: ¿usted es cadista?
—Yo le voy al Real Madrid –dice Lozano–, el Cádiz muchos disgustos da.
—Pues esto saldrá publicado en El Salvador –comento.
—Claro, claro… que él era salvadoreño. Buena gente el Mágico.

Lo que el colega Daniel Herrera me escribió cuando supo que yo iría a Cádiz fue esto: “Te hacen sentir que ser salvadoreño es ser el mejor ciudadano del mundo. Gracias a Jorge”.

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