El silencio de Amanda

Publicado: 1 julio 2014 en Pedro Bahamondes
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El álbum, escondido como un tesoro en su casa, conserva varias fotografías familiares en blanco y negro. Amanda, la única hija de Víctor Jara, decide compartir una sola: en la imagen aparece ella de niña y cargada de bolsos, y más atrás, el avión en el que acababa de aterrizar en Madrid. Del día en que fue tomada, en octubre de 1973, dice recordar poco. Casi nada.

Amanda Jara tiene 48 años, y al cumplir los 9, cuando cursaba cuarto básico en el liceo Manuel de Salas de Ñuñoa, su madre, la bailarina inglesa Joan Turner, les dijo a ella y a su media hermana Manuela –de 53 años, hija del coreógrafo Patricio Bunster– que harían un largo viaje. Un mes antes, el golpe de Estado había sacudido al país, y a los pocos días, su padre, el actor, director de teatro y cantautor Víctor Jara, había aparecido muerto con 44 balazos en el cuerpo.

La mañana del 18 de septiembre, Amanda quedó en casa a cargo de Mónica, la nana que la había criado, mientras Joan iba a reconocer el cuerpo de su esposo a la morgue del Servicio Médico Legal. Los días siguientes, Amanda los recuerda oscuros. Varias veces, su madre salió de la casa vestida con la mejor de sus pintas hacia la Embajada Británica en busca de ayuda.

Tras varios intentos, le ofrecieron salir del país, volver a Londres. Joan aceptó.

La noche del 15 de octubre de 1973, las tres cruzaron el pasillo del Aeropuerto de Santiago, acompañadas por un equipo de la televisión sueca y dos funcionarios de la Embajada Británica. Además de la ropa que llevaban puesta, cargaban tres maletas repletas de fotografías, grabaciones y discos. Años después, se convertirían en el legado póstumo de Víctor Jara, y darían la vuelta al mundo antes de conocerse en Chile.

Amanda recuerda que caminó y caminó, que tomaron un avión y que a las horas aterrizaron en Madrid. Al pisar tierra, un hombre se le acercó y le tomó una fotografía. Mientras esperaban el segundo avión que las llevaría a Londres, el mismo hombre volvió para venderles la imagen. Joan la compró y guardó. Hoy, 40 años después de aquel día, Amanda aún la observa.

—Tenía la vista perdida, muerta, sin sentir nada. Era como un zombie, y los zombies no sienten el dolor ni la pena. En ese minuto, lo último que se podía sentir era pena. Había que sobrevivir.

Lo sentía así desde aquel martes 11 de septiembre. Esa mañana, ella y Manuela habían llegado hasta el liceo, en plena calle Irarrázaval. Las clases nisiquiera habían comenzado cuando su padre llegó a buscarlas. Se veía nervioso. Los tres partieron de vuelta a casa, en la calle Colón, en Las Condes, donde hoy vive Joan, a sus 84 años.

El resto lo revela ella misma: “Me acuerdo de nosotras tres escondidas debajo de la mesa. Los Hawker Hunter pasaban muy bajo, imagino que rumbo a la casa de Allende, en Tomás Moro. En las calles se escuchaban los bombardeos y los gritos de quienes estaban siendo allanados. La población Colón Oriente, muy cerca de allí, fue desmantelada por completo”, recuerda.

Y agrega: “Antes de salir de la casa, rumbo a la UTE, mi papá tomó su guitarra y se despidió de cada una. Se subió a la Renoleta y partió”. Fue la última vez que ellas lo vieron con vida. A la mañana siguiente, las fuerzas militares desalojaron el lugar, y varios detenidos fueron llevados al Estadio Chile. Entre ellos iba aquel cantautor ligado a la Unidad Popular y recientemente nombrado Embajador Cultural. Víctor Jara, su padre.

Fantasmas en Londres

Amanda heredó el nombre de su abuela paterna, una cantora popular de apellido Martínez. A los 2 años de edad, le diagnosticaron diabetes, y desde aquel día siguió una estricta dieta, debía orinar en una bacinica para controlar el azúcar y, cuando era necesario, Joan hervía una jeringa de vidrio y una aguja en una olla. Después, la pinchaba.

“He tenido diabetes toda la vida y no es nada terrible, sobre todo ahora que las jeringas se venden como lápices, que la insulina es mejor y que puedo andar con el kit siempre. Cuando estoy agitada me veo el azúcar y me aseguro. Nunca corro el riesgo”, comenta. Controlarse implica pinchar la yema de uno de sus dedos y colocar la muestra de sangre en el glucómetro, que a los segundos arroja los niveles de glucosa en su sangre. Lo hace un par de veces al día.

A los 9 años, cuando llegó a Londres, Amanda ya sabía pincharse sola. Ese día fueron recibidas en el aeropuerto por un grupo de ingleses que conocía la situación en Chile y que estaba dispuesto a dar asilo a los exiliados que llegaban hasta allí. Fue un poeta inglés, su esposa actriz y sus dos hijas, quienes se ofrecieron a acogerlas en su casa, en un barrio al norte de Londres.

Acostumbrarse no fue fácil. Amanda no hablaba inglés, y pronto tuvo que retomar los estudios. Fue inscrita en el Gospel Oak, un colegio laico al que asistían las dos hijas del hombre que las había recibido. Allí, Amanda tuvo una profesora que hablaba español y que la apoyó en todo. La incorporó a un curso con alumnos de su misma edad y en clases para niños con problemas de lenguaje, para reforzar el inglés.

Tras un año en Londres, Joan comenzó a recibir invitaciones de varios países que querían oír su testimonio y saber de Víctor Jara. Pasó por Alemania, Italia, Dinamarca, Francia y Grecia, entre otros. Aún siendo niña, Amanda la acompañaba en sus viajes, y se topaba con el rostro de su padre en banderas y gigantografías. “Había una gran solidaridad en el mundo con Chile, y los chilenos que estaban acá no creían o no querían creer lo que pasaba. Era muy confuso. Durante los viajes de mi mamá nos dimos cuenta de que son muchas las personas que tienen una experiencia similar a la nuestra. Es lamentable, pero es así”.

En su casa en Londres no se oían los discos de su padre. Era un pacto silencioso entre las tres. Hacerlo era recordar, y los recuerdos eran como un fantasma que asustaba a todos. Los días se los pasaban estudiando, escuchando la radio Moscú para saber lo que ocurría en Chile y aprendiendo cosas nuevas. La primera fue cocinar, pues ninguna sabía hacerlo. Quien cocinaba en Colón era su padre. Su especialidad eran las sopas.

—¿Qué te quedó de él?
—Su imaginario, el ser meticuloso, el gusto por la cocina. Yo no lo conocí mucho, pero recuerdo las pascuas y navidades cuando se disfrazaba, y los ensayos en mi casa con harta celebración. También de las vacaciones al sur. Llegábamos hasta donde diera la Citrola, después la Renoleta. Dos veranos fuimos al lago Lanalhue, a Nahuelbuta, a Contulmo. Mi papá partía a investigar a caballo. Él trabajaba mucho.

Los domingos eran sagrados para los Jara. Si no había tertulia en casa, salían de paseo por la Quinta Normal. Jamás faltaba la guitarra o la música. Si en casa se oían las piezas de Vivaldi y Bach durante los ensayos de Joan, en los paseos y viajes eran las canciones de Atahualpa y Violeta Parra, los favoritos de Víctor. Amanda, sin embargo, nunca aprendió a tocar guitarra, tampoco a cantar.

Volver

A los 16 años, comenzó a militar las Juventudes Comunistas en Londres. Se reunía con otros chilenos exiliados y participaba en manifestaciones callejeras contra Margaret Thatcher, las guerras antinucleares y de las Islas Malvinas. Entonces lucía como una hippie, usaba el pelo largo y ropa ancha. Sin embargo, se rodeaba de punks, oía bandas como The Clash, Sex Pistols y The Stranglers, y le gustaba ir a tocatas, aunque pudiera recibir algunas patadas.

A esas alturas dominaba el inglés, sabía conducir y se sentía tan inserta en la cultura pop londinense como para sufrir, como todos los ingleses, la muerte de John Lennon en 1980. Además, estaba por terminar la secundaria en el Camden School for Girls, donde había elegido especializarse en Historia, Español y Arte.

Con 18 años se anotó para estudiar Sociología y Comunicación Audiovisual en el Goldsmiths College London. A los días, las dudas la invadieron. “Me imaginé entre jamaiquinos, iraníes e irlandeses, y pensé que me iba a perder. ¿Dónde iba a quedar mi verdadera identidad en una sala multicultural? No quería terminar siendo una inglesa inmigrante más, y pensé venir a Chile por un año. Se lo comenté a mi mamá y le pareció bien. Me vine en 1983”.

A mediados de ese año, Amanda aterrizó en Santiago, en un país que desconocía y la asustaba. La vieja casa de Colón estaba arrendada por una amiga de la familia que no dudó en recibirla, y ya instalada, se puso a merodear por las calles, a reconocerlo todo.

Su idea de permanecer un año en Chile la descartó cuando supo que su madre pensaba regresar y al conseguir que la aceptaran como oyente en la Universidad Arcis, en 1984. Entró becada por la misma institución a la carrera de Comunicaciones Visuales por un año, y luego por otros cuatro a la de Bellas Artes, donde se acercó por primera vez a la pintura. Allí todos sabían que era la hija de Víctor Jara, y Amanda se sintió protegida. En un mundo aparte.

Un día se rapó al cero y dejó solo unas cuantas mechas al viento. Así asistió a su primera marcha en Santiago, una de las primeras en cuestionar públicamente la legitimidad del régimen. Esa mañana caminó sola varias cuadras por avenida Matta entre la multitud. De pronto, un coro de manifestantes gritó: “Compañero Víctor Jara, presente”. Era la primera vez en su vida que sentía algo así. Respiró hondo, contuvo las lágrimas que hoy se le arrancan de rabia, y contestó: “Presente”, como si se tratara de un muerto ajeno, y a la vez el suyo y el de todos los que la rodeaban.

Allí nadie sabía quién era ella, ni por qué sus lágrimas caían al apretar el puño y los dientes. Desde entonces, Amanda lo prefirió así, y se volvió una sombra entre la multitud, en el eco justiciero de varias otras voces. En una más.

Nueva vida en Quintay

La actual casa de Amanda es una fortaleza impenetrable. Cuesta llegar, esquivar el ladrido de los seis perros callejeros que adoptó y sobre todo, lograr que ella invite a pasar. El terreno, de mil metros cuadrados, está frente a la Playa Grande de Quintay y el cerro Curauma, en la Quinta Región. En el lugar hay tres casas de madera rodeadas de flores. La primera la ocupan ella y Nego, su pareja, la segunda se convirtió con los años en su taller de pintura, y la tercera es para las visitas.

Allí levantó su mundo aparte desde 1991, cuando eligió partir y esquivar Santiago y los tumultos. Hasta entonces había trabajado algunos años en publicidad, produciendo comerciales para televisión. Al tiempo se aburrió. Tampoco terminó la carrera de Bellas Artes, pues creía que para aprender a pintar no necesitaba la universidad, sino el espacio y la tranquilidad. Alejada de la ciudad, en medio de la creación de la Fundación Víctor Jara, liderada por su madre, y los procesos judiciales por su muerte, Amanda se escabulló.

Durante años se negó a dar entrevistas, a aparecer en actos públicos y a convertirse en el rostro de la causa de su padre. Tampoco quiso militar en un partido político. “Yo siempre he sido la de atrasito. Mi mamá y mi hermana son las que han dado la gran batalla. Para el funeral de mi papá, en 1998, yo empujé el cajón desde atrás, como escondida. Nunca quise estar arriba, quería estar donde estuviera la gente, donde ocurrían las cosas. Mi labor es apoyar a mi madre. Además, creo que por ser la hija de Víctor hubiera sido utilizada, y yo no quería ser el banderín de nadie”, comenta.

Un día de 1989, sin planes en mente, salvo pintar, tomó el auto y junto a su madre comenzaron un viaje sin destino. Siguieron el camino más verde y que topara con el mar, guiadas por un folleto turístico. A una hora de Santiago, y después de sortear un camino de tierra y los cerros, Amanda dio con aquella caleta de pescadores, sin pensar que allí comenzaría su nueva vida. Durante un año, arrendaron una pequeña casa con Joan, y al año siguiente compró el terreno en el que vive hoy.

Quintay es de esos lugares donde la gente se saluda de nombre y apellido, donde no hay más ruido que el los pocos niños que juegan en la plaza. Amanda lo prefiere así, sin tanta gente alrededor, medio silencioso. Al principio, nadie la reconocía, hasta que un par de periodistas llegaron a entrevistarla con cámara en mano mientras estaba en el pueblo. Por eso, hay dos cosas que odia hacer: ir al supermercado y echarle bencina al auto.

Sus días los pasa en casa, los dedica a cultivar la tierra. El terreno tiene un inmenso jardín de toda clase de flores, un huerto y un invernadero donde crecen acelgas, apios, tomates, y lechugas. Y a veces, cuando lo siente, se encierra en su taller a pintar. El lugar está lleno de óleos, pinceles y lienzos de todos los tamaños. Al fondo hay varias obras, algunas sin terminar. La mayoría retrata imágenes costumbristas, paisajes verdes y otros con mar. Sin embargo, su miedo al rechazo le impide mostrar sus cuadros públicamente.

Algunos los vende a amigos y conocidos dentro de Quintay, y el resto termina colgado en las paredes de una de las tres casas, o amontonados en su taller. Solo Nego conoce todo su trabajo.

A Abed-nego Sepúlveda –pescador y buceador– el nombre real su pareja, lo conoció al poco tiempo de haber llegado a Quintay. Se enamoraron y ella se lo llevó a vivir a su casa. Llevan más de 18 años juntos. No tienen hijos. Durante las tardes, en el living de su casa, ambos cumplen con deberes irrenunciables en su rutina, cuando se puede: ver la teleserie brasilera a la hora de almuerzo, dos o tres capítulos de la serie Breaking Bad, y el noticiero de las 9.

—¿Cómo has visto la conmemoración de los 40 años del golpe de Estado y la reconciliación que varios impulsan?
—Este año ha sido particularmente ruidoso. Para los 30 no me llamaron tanto como ahora. De todos modos, me da gusto que esto se converse y discuta, es bien sano. Aún me asombra que estemos dando esta vuelta. Pasa por no mirar al pasado. Sobre la reconciliación, eso es algo individual. No se puede imponer. Esperar reconciliarse sin saber la verdad es imposible, creo yo, y 40 años es poco tiempo para sanar algo tan presente. A mí, personalmente, no me interesa que pidan perdón.

A 40 años de la muerte de Víctor Jara, el caso ha mostrado avances en la querella que comenzó en 1978. Dos oficiales en retiro del Ejército, Hugo Sánchez y Jorge Smith, fueron procesados en calidad de autores y otros seis como cómplices. Aún siguen en proceso. Durante la semana pasada, y a través los abogado Chadbourne & Parke, representantes de la familia en Estados Unidos, se presentó una demanda contra el ex oficial del Ejército y residente en Estados Unidos Pedro Pablo Barrientos ante el tribunal del Estado de Florida.

Hasta hace algunos años, mientras la fundación Víctor Jara funcionaba activamente –hoy está con luz amarilla por la clausura del galpón de la Plaza Brasil, desde junio pasado–, Amanda viajaba constantemente a Santiago. Con los años lo hizo cada vez menos. A veces se programa y visita a su madre y a sus cuatro sobrinos, los hijos de Manuela. Pero cuando no hay razón, cierra las puertas de su casa y se mantiene allí, rodeada de la manada de perros que vigila sus pasos.

Y a veces, cuando sale al pueblo a comprar, se encuentra con jóvenes mochileros que deambulan en busca de un camping. Más de alguno, dice, lleva el rostro de su padre en un esténcil pegado a la polera. Entonces se emociona, y una mezcla de rabia, pena y alegría le revuelve el estómago. “Qué bueno que el Víctor haya logrado traspasar su época. Siempre supimos que sería así. No se puede matar a un cantor. No es tan fácil matar a alguien que hizo algo en su vida. Hay quienes perdieron a un padre, una madre, hijo o hija hace 40 años, y no tienen fotografías ni grabaciones ni nada. En ese sentido, fuimos un poco más afortunadas”.

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