Perfil y último adiós del hombre más obeso del mundo

Publicado: 29 agosto 2014 en Florencia Molfino
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El 27 de mayo, dos semanas antes de su cumpleaños número 49, se extinguían en las llamas del crematorio San Roberto de Nuevo León, los 394 kilos que fueron alguna vez Manuel Uribe Garza, el hombre que en 2006 rompió el récord Guinness como el más pesado del mundo. Manuel había muerto la víspera en el Hospital Universitario de Monterrey a donde llegó con la ayuda de una grúa, y desde donde partió rumbo al crematorio de la misma manera.
 
Meme, como lo conocían en su natal San Nicolás, estaba acostumbrado a ser trasladado en grúa sin despegarse de su cama, como si ésta fuera ya parte de su enorme naturaleza. También se había habituado a mantener sus piernas abiertas en un split permanente, a no bañarse solo, a no poder abarcar con la mirada ni con las manos su cuerpo completo, a no ver más partes de su casa que el perímetro de la sala, a estar permanentemente expuesto al mundo exterior como una pieza de museo, y a ver —a su vez— el mundo exterior desde la puerta convertida en vitrina. 
 
Y sin embargo, sonreía, luminoso, como un enorme buda regiomontano, y respondía al saludo de “Hola, Manuel, ¿cómo estás?”, con un “Bendecido, hermano” que llenaba de sosiego a quien lanzaba esa pregunta, pues si él podía responder estando así, quién no. 
 
Manuel había sido llevado al hospital el 2 de mayo por un problema menor derivado de la obesidad, pero aunque regresó ese día a casa, debió volver a ser hospitalizado horas más tarde, y no volvió a salir de allí hasta casi un mes después, muerto.
 
Rumbo al norte
 
Manuel Uribe Garza nació en una familia de clase media baja en el municipio de San Nicolás de los Garza, Monterrey, el 11 de junio de 1965. Era el primero de dos hermanos, y uno más de una racha de infortunados intentos. “Cuando él nació yo no podía tener niños porque se me venían”, explica su madre, Otilia Garza, en alusión a los penosos abortos espontáneos que sufrió antes de tener a Meme. Eso hizo que ella se lo “regalara a Dios”, que lo asumiera como un “préstamo”, en sus propias palabras.
 
De su infancia y adolescencia en San Nicolás quedan recuerdos de cuando jugaba futbol americano en la Prepa 7, a donde asistió, localizada apenas a una cuadra de su casa. También quedan memorias de cuando su padre —una figura ausente, quizá por su muerte algo temprana— quedó azorado ante las dimensiones de su hijo, quien ya comenzaba a perfilar el metro noventa y tantos que mediría.
 
“Cuando estaba en secundaria era talla 42”, dijo su madre y recordó una ocasión en que Meme le pidió a su padre que le prestara algo de ropa porque no cabía en la suya. “Pero cómo va a ser talla 42, eso es muy grande y usted es un niño”, dijo su padre, a lo que Meme, con su natural inocencia respondió: “Y qué, ni modo que vaya a cortarme las pompis”, cuenta Otilia.
 
Por aquel entonces, Manuel era un joven corpulento que se dedicaba a la reparación de calculadoras y máquinas de escribir. Habilidoso con las manos y bueno para diseñar soluciones (su propia cama, hecha de acero y que podía ser fácilmente manipulable por la grúa de protección civil, es un ejemplo), pronto tuvo una oferta para mudarse a Estados Unidos a probar suerte.
 
Comer es la forma más primitiva de sobrevivir emocionalmente los embates de la vida, explica el doctor Armando Barriguete, psiquiatra y nutriólogo director de la Clínica de Trastornos de Alimentación del Hospital Ángeles. De todas las formas en que una persona puede lidiar con la realidad, la comida es la más elemental: viene de aquellas primeras memorias gratificantes de la más antigua infancia, de los tiempos de la lactancia y más atrás: “El bebé cuando es amamantado descubre que comiendo se acaba la tensión. Ahí se descubre la conducta alimentaria, pero lo grandioso es que se da cuenta que él puede acabar con la tensión. Eso todos lo tenemos registrado. La comida y la conducta social asociada a ésta refuerza el que comiendo se acaban las tensiones”, dijo Barriguete, quien también fue asesor de la Secretaría de Salud para la campaña de prevención de la obesidad.
 
Esa relación con la comida siempre se dio, pero hay dos elementos que la vuelven peligrosa en la actualidad: “Cuando mi entorno se modifica tengo un riesgo altísimo de recargarme en conductas buscando generar equilibrio, y la conducta a donde acudimos es la alimentaria. Siempre ha sido así, pero hoy hay excesos, hoy hay extras, mayor variedad y a menor precio, hoy hay una accesibilidad gigantesca que no había hace 30 años, hoy la producción y la variedad son mayores y el precio menor”, explicó el experto.
 
En el caso de Manuel, ese ambiente se modificó con la muerte de su padre y con su breve experiencia en Estados Unidos, a donde emigró con sólo 23 años y recién casado, y de donde regresó más obeso que nunca.
 
Volver y no ser el mismo
 
La dificultad para crecer, para enfrentar la vida y para lidiar con las propias emociones están dentro de las causas de las conductas alimentarias no saludables como la anorexia, la bulimia y la compulsión por comer. Así las cosas: sería interesante preguntarse qué ha ocurrido en la sociedad occidental en las últimas tres décadas, en los aspectos emocional y psicológico, para que se haya gestado una oleada de sobrepeso y obesidad.
 
“Es importante que cuando el mexicano vea esto su primera preocupación sea que no está tan lejos de ellos [los obesos como Manuel]. Digamos que él fue la cereza del pastel, pero sólo 27 por ciento estamos en peso normal. Estamos todos en una misma plataforma y muy fácilmente podemos pasar de lo normal al sobrepeso y del sobrepeso a la obesidad”, alertó el doctor Barriguete, y se refirió al ambiente “obesogénico” en el que vivimos, a las características sociales, urbanas, etcétera, que hacen que México ocupe hoy el primer lugar en obesidad a nivel mundial, con 70 por ciento de su población con un índice de masa corporal superior al normal, algo así como 80 millones de mexicanos, siendo que el tres por ciento de los 120 millones de habitantes del país padece obesidad mórbida.
 
Quizá parezca un porcentaje insignificante hasta que se cuantifica en millones: tres y medio millones de personas. A nivel global, la epidemia de obesidad ha pasado en el transcurso de esas mismas décadas de unas 800 mil a más de dos mil 100 millones de personas con sobrepeso y obesidad.
 
Se estima que el peso total de la población humana es de 287 millones de toneladas (según la ONU). En este contexto, Manuel Uribe Garza, el hombre de media tonelada que ganó el récord Guinness como el más pesado del mundo en 2006, no es una excepción sino uno más de los extremos a los que podemos llegar. No es exagerado decir que estamos en medio de una crisis y que este tema es más común de lo que nos gustaría aceptar. Prueba de ello es que en el mismísimo Nuevo León, entre dos pueblos a menos de una hora de distancia, hayan coexistido dos hombres de apellido Garza con obesidad mórbida e inmovilizados en una cama.
 
José Luis Garza Ramírez tenía 47 y vivía en el municipio de Juárez. Obeso desde hacía años, habría alcanzado los 452 kilos dos años antes de su muerte, tras caer en una fuerte depresión al perder a sus padres. Con menor infraestructura y producción que las creadas para sí mismo por el ingenio de Manuel, José Luis debió ser trasladado al hospital, en una emergencia médica, tras derrumbar la pared completa de su cuarto. Murió en el camino de un infarto. Antes de esto, Meme le había hecho llegar una canasta con frutas. Y es que estaba entusiasmado con los resultados conseguidos con la dieta de La Zona que lo había ayudado a perder más de 200 kilos, llevándolo incluso a dejar su lugar como el hombre más gordo de México a su vecino juarense, José Luis Garza.
 
La fe que mueve
 
—¿Cómo estás, mamá?
—Bien, hijito, ¿y tú?
—Bien, ya el lunes me dan de alta.
 
La voz de Otilia Garza sonaba lejana, como si viniera desde el fondo de su cuerpo. No variaba casi de tono, como un encadenamiento de palabras sin forma ni color. Hablaba moviendo apenas los labios, con la mirada profunda, triste y opaca. Tengo la impresión de que seguía en shock por la muerte de su hijo, ocurrida hace unos 15 días, y a quien sigue esperando de regreso del hospital, tal como lo había prometido apenas dos días antes de morir.
 
He llegado a visitarla sin previo aviso y el cuadro que encuentro me deja pasmada: la salita que da a la calle y que Manuel ocupaba como dormitorio y que llenaba con su cuerpo, es ahora un cuarto enorme en el que hay dos sillas de jardín, una bicicleta estacionaria arrumbada en un rincón con otros objetos, una tele, un ventilador, y al fondo, donde estaba la cabecera de la cama, una mesita con un modesto altar en el que destacan el retrato de Manuel y Otilia sonrientes, y la urna con las cenizas de Manuel. También está el óleo en que lo pintaron tocado por Dios, con sus dimensiones y volúmenes fielmente retratados por la mano de un admirador. Manuel tenía fans en todas partes, dice doña Otilia, y en los últimos días una de sus mayores distracciones consistía en responder mensajes y cartas desde su teléfono.
 
En la casa de los Uribe Garza hay una ausencia y es la de la figura paterna, que se diluye entre sombras pues apenas ha sido mencionada. En alguna oportunidad,Manuel contó que su padre había muerto cuando él era joven, y que esa muerte habría pesado mucho sobre su estado anímico causándole depresión y llevándolo a comer para compensarla.
 
Fue Otilia Garza quien siempre se ocupó de Manuel, incluso cuando éste se mudó a Estados Unidos y su cuerpo comenzó a crecer a pasos agigantados hacia los lados.Fue ella quien comenzó a confeccionarle ropa a su medida y quien luego se encargaría de alimentarlo, limpiarlo y acompañarlo, como si siguiera siendo aquel bebé nacido 48 años antes.
 
Aunque parezca asombroso, Manuel caminó sobre sus piernas incluso cuando pesaba 600 kilos: fue capaz de mover esa inmensa humanidad hasta que le hicieron una lipectomía, una cirugía para extirpar el tejido adiposo. En esa operación se fueron 90 kilos de grasa abdominal, pero también la posibilidad de volver a andar: quedó postrado de por vida.
 
El doctor Barriguete explicó que en los casos de sobrepeso y obesidad lo primero en resentirse es la circulación, en particular hacia las extremidades, y que esa deficiencia en la alimentación celular hace difícil la cicatrización. Eso ocurrió con la cirugía de Manuel, cuya herida se mantuvo abierta por meses, haciendo que el proceso fuera sumamente doloroso.
 
Tras superar ese penoso momento, Otilia Garza cayó en un shock nervioso y Manuel se vio de pronto solo, postrado y desempleado, y pensó en suicidarse. Fue por aquel entonces cuando apareció la fe.
 
Un día en Monterrey
 
“Él siempre quería estar rodeado de gente y la verdad había mucha gente que lo conocía, ya fueran hermanos de la religión, vecinos…”, contó José Antonio Sánchez, empresario de Remuvik, una compañía regiomontana que realiza tratamientos para adelgazar y que fue la última en tratar el problema de Meme. Y aunque no haya sido gracias a ellos, el paciente murió.
 
La sospecha fácil apunta a ellos cuando se pretende una respuesta también simple a esa muerte prematura, pero no fui a verlos para hallar culpables, ni siquiera para encontrar datos escabrosos, sino para entender cómo un ser humano puede llegar a adquirir esas dimensiones, y dado que ellos son expertos en el tema, según apuntan, y tomando en cuenta que fueron quienes estuvieron en contacto con Manuel Uribe Garza en los últimos meses de su vida, pienso que pueden darme algunas pistas para comprender qué lo llevó a batir récords como el hombre más gordo del mundo, el que más peso perdió y el segundo (registrado) más pesado de la historia.
 
José Antonio Sánchez me citó a las 12 en el lobby del hotel Safi. Como no tengo celular, la única seña para reconocerlos era un iPad con estuche negro. Por suerte mi entrevistado me vio y reconoció a tiempo: el lugar estaba lleno de iPads, estuches negros, maletines ídem y hombres. Mi entrevistado no estaba solo: lo acompañaba David Camarillo, un joven alto, seguro de sí mismo, deportivo, saludable, alegre, carismático, es un ingeniero en alimentación que viene a explicarme los detalles técnicos de la dieta.
 
José Antonio, en cambio, es el director de la empresa, un empresario, vamos, uno serio, amable y educado, de aspecto cansado y con una aparente calma interior que se derrumba en cuanto me da la mano fría y húmeda que revela sus nervios. Además del iPad con estuche negro llevaba un fólder beige. Me invitó con una seña a tomar una mesa en el restaurante del lobby. El restaurante era oscuro, tenía ese aire lúgubre que consiguen algunos sitios cuando exageran en la idea de lujo y elegancia. Como sea, aunque parecía un rinconcito del hotel Overlook de la película The Shining, sé que no hay ningún peligro en encarar la conversación con sinceridad y preguntarles por Manuel, cómo era, qué lo hacía feliz, cómo fue el tratamiento que le dieron y le hizo perder peso, cómo fueron sus últimos días.
 
“Manuel era un luchador”, dijo José Antonio. “Tienes que ser una persona alegre, con un espíritu y una fuerza interior que te mueva, de lo contrario sería imposible haber soportado 12 años de estar postrado en una cama prácticamente sin poder salir. Digo, sí salió de forma esporádica a dar algunas vueltas, cuando iba a predicar… Manuel era un amante de Dios, le gustaba mucho poder… que la gente escuchara de él la palabra de Dios”.
 
José Antonio contó que Manuel se sentía llamado a realizar una tarea espiritual, a predicar: “Incluso no sé si has visto un cuadro que hay por ahí, ese cuadro lo pintó alguien que lo conoció. Un día, platicando con Manuel, le dijo que él se veía tocado por Dios, y que quería lograr salir de ahí porque Dios le había pedido que extendiera su palabra. Era una fijación que él traía, era su meta. Él era cristiano, un hombre de mucha fe”.
 
El fin
 
“Nunca dejaba un cumpleaños en blanco, siempre hacía pachanga. Y ahora que estaba en el hospital, el día 10 de mayo, lo grabaron en una televisora y le dijeron [sic]‘¿Cuándo cumples años, Manuel?’, y él dijo ‘El 11 de junio’, ‘¿Y qué vas a hacer?’, y dijo ‘Pues un pachangón, pero ahora va a ser de puras frutas y verduras’”. Otilia relata con su voz sin variaciones los últimos días de Manuel antes de morir: “Cuando se fue de aquí fue porque se le había reventado una vena en una de las bolas que tenía en las piernas. Se fue a que se la cauterizaran. Ya vino con ella bien. 
 
Se fue como a las 12 y regresó como a las cuatro de la tarde, pero le quedó una temblorina y le dolía mucho. Fue mucha sangre la que perdió. Toda la noche tiró sangre, estaba empapado. Y luego el corazón, tenía taquicardia, le faltaba sangre. Entonces le habló a los bomberos y ellos se lo llevaron. Ese fue el motivo por el que lo internaron, porque no tenía nada, nada más la sangre que había perdido. Entonces le empezaron a poner mucha sangre, sangre, sangre, sangre, y ya se compuso. 
 
Luego ya estaba bien pero le dio una infección en la garganta [estando en el hospital] que se llama “algodoncillo” en los niños [candidiasis oral], entonces así estuvo, así estuvo en el hospital. No podían tocarlo por el dolor, cuando lo iban a bañar decía ‘¡no me toquen, no me toquen!’. Al final no podía comer por el algodoncillo, entonces lo alimentaban con suero. Le falló el riñón y ya después falló todo. Ya el domingo durmió todo el día. Dicen que se despertaba y volvía a cerrar los ojos”.
 
Otilia cuenta que no podía estar con él porque debía estar aislado. Recién fue a verlo el lunes, el día en que murió. La enfermera le dijo que aunque estuviera dormido podía oírla. Acarició su mano, y ese fue el fin. 
 
“Ya me voy”, interrumpe de pronto Otilia, con la misma voz sin emoción con que respondió mi entrevista. ¿Perdón?, replico saliendo de la ensoñación en que me hundió su relato sin variaciones tonales. “Ya me voy”, repitió y me explicó que ya venía su hijo en camino —en camino del piso de arriba, donde vive con su familia— a buscarla para ir al templo de los Testigos de Jehová.
 
Perder o ganar
 
Remuvik no fue la única compañía que brindó tratamiento gratuito a Manuel para bajar de peso. Antes, los representantes en México de La Zona, creado por el doctor Barry Sears y que ganó popularidad al ser un sistema muy usado por celebrities hollywoodenses como Jennifer Aniston, hicieron lo mismo.
 
Para 2008, Meme había logrado bajar casi un tercio de su peso y se casaba por segunda vez en una boda tan mediática como la de una estrella de televisión y respondía entrevistas en talk shows desde su casa en Monterrey. Además, tenía su propia página de internet, manueluribe.com, que había sido abierta y era administrada por especialistas de La Zona en México y que daba cuenta de sus progresos.También se esbozaba un intento de ONG, la Fundación Manuel Uribe, que se promovía con el slogan “Si yo puedo, tú puedes”.
 
Lamentablemente nadie pudo. Hacia 2012 Manuel había recuperado el peso perdido y volvía a caer en la obesidad mórbida extrema de sus quinientos kilos. “Es que él hacía la dieta, pero cuando ya se hartaba comía de todo porque eran muy estrictas las comidas. Además, eran puras cosas… y a veces no había dinero, todo lo de dieta cuesta muy caro; por ejemplo, el kilo de jamón de pavo cuesta 200 pesos, compraba medio kilo y al otro día ya estaba todo baboso”, explica Otilia Garza, sobre los vaivenes de Manuel. 
 
Sin embargo, no deja de ser llamativo que alguien postrado e inmovilizado en una cama fuera capaz de hacer trampa en su dieta sin ayuda de alguien que le trajera lo necesario para romperla…Y es ahí donde entra el factor más llamativo en la historia de Manuel: la relación con su madre, la mutua dependencia, el miedo a crecer y romper el binomio. 
 
El doctor Barriguete explicó que la ausencia paterna y de una figura que ocupara ese sitio en la vida de la madre, ayudó a que ella volcará toda su energía en el hijo y a que éste no pudiera romper ese primer lazo afectivo, “cortar el cordón”, como habitualmente se le dice. Porque en los casos de conductas alimentarias anómalas siempre hay un componente emocional poderoso que lleva al desorden y a los extremos. Y si a eso se le suma un factor genético poco afortunado, como el de Manuel, cuyas células grasas crecían de forma anormal, se tiene un coctel perfecto para la obesidad.
 
Increíblemente, Manuel no tenía colesterol alto, diabetes ni hipertensión. Su cuerpo podría haber sido considerado sano bajo esos parámetros. “Los problemas que tenía Manuel eran producto de su obesidad: las infecciones, la retención de líquidos, la retención de linfa en las piernas”, explicó José Antonio Sánchez, de Remuvik. La causa oficial de su muerte, según los médicos que lo atendieron, fueron “Infecciones que provocaron complicaciones múltiples producto de su obesidad”.
 
Como sea, el fin de Manuel estaba anunciado desde el momento en que superó los 100 kilogramos y se dirigía impávido hacia la media tonelada. Vivió casi cincuenta años, una proeza para quien había pasado 12 de ellos sin moverse en una cama.
 
“Logró llamar la atención. Fue un personaje desbordado, que llamó la atención y fue querido”, dijo Barriguete levantando las cejas con asombro e incredulidad. Y es que aunque Meme decía sentirse bien en su cuerpo y aceptarse tal como era, el psiquiatra y nutriólogo opina lo contrario, lo que explica que haya llegado a ese grado de obesidad, y le haya resultado imposible crecer y desarrollarse como individuo, en lugar de permanecer anclado al hogar familiar.
 
“Este pobre hombre nunca aprendió a quererse, pero murió más querido que muchos”, dijo Barriguete y remató, lapidario, haciendo más notoria esa extraña relación entre conmiseración y asombro que despertó Manuel durante sus últimos 12 años de vida: “Él representa lo que es el sufrimiento”.
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