Nadie te odia tanto si no te ama

Publicado: 28 octubre 2014 en Leila Guerriero
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—Pasá, pasá, es chiquito, es el típico departamento de portero, pero me encanta. No vivo acá, vivo en otro departamento de la planta baja, éste lo alquilo porque tiene luz, balcón, lugar para los perros y los gatos. ¿Vos tomás té? Tengo uno riquísimo, japonés, que lo compré en Japón. Estuve en Japón hace poco, cantando “María de Buenos Aires”, primera vez que la canto en décadas. Ay, mirá vos, esta perra. Ni la mires porque te va a volver loca. Sentate mientras yo hago el té. Mirá la gata: ya te fichó. ¿Vos tomás con azúcar? Hoy ha sido una locura. Estaba con una alumna, porque doy clases de interpretación, y me llamó el productor de Notorius, el lugar donde voy a hacer el espectáculo de canciones de Astor y Vinícius, y me volvieron loca a llamados. Mirá esta pobre perra, está con displasia, pero no le duele. En cuanto vea que sufre, la pongo a dormir. Eso sí, no escucha nada, sorda como tapia. ¿Cuántos años tenés vos? Ah, una piba. Yo tengo 73. Y tomo sol y no me pasa nada. Es genético. Me pongo el coso, la cosa, la pantalla solar de sesenta en la cara, y me voy a tomar sol. Fumar ya no fumo, fumaba hasta hace diecisiete años, pero no hay que fumar. Yo no fumo y no tomo café.
—¿No te gusta el café?
—Me gusta, pero lo tengo que preparar y me da pereza. Sentate. Mirá, esos son caramelos de café. Agarrá, llevate. Ah, pero sos una piba. Por no decir una pendeja, porque no nos tenemos confianza. A ver, a ver, dónde está el té, dónde está el té. Ay, perra, salí. ¿Vos tomás con azúcar?

La luz del sol entra serena a la sala de este departamento de Barrio Norte, Buenos Aires. Hay una mesa de madera rústica, dos bancos largos, un sofá, tres gatos, tres perros, un televisor, una biblioteca, un escritorio.

—No sabés lo que fue hoy. Me llamaba todo el mundo. Sin azúcar me dijiste. Por eso sos flaca. Yo también soy flaca, pero vos más.

En una de las paredes hay una hoja de papel amarillenta, enmarcada, en la que se lee la letra de un tango escrita a máquina y con algunos tachones en lápiz: “Por las noches cara sucia/ de angelito con bluyín/ vende rosas en las mesas/ del boliche de Bachín”.

—¿Ésa es la letra de “Chiquilín de Bachín”?
—Sí, es. Ésa es la caligrafía de Ferrer.

“Chiquilín de Bachín” es un tango compuesto por Astor Piazzolla y el poeta Horacio Ferrer en 1969, un clásico automático que interpretó por primera vez una mujer llamada Amelita Baltar que ahora, tres y media de la tarde de un día de abril del año en curso, con una camisa gris sobre pantalones blancos, el pelo rubio ceniza que le cae sobre la frente en un mechón que aparta con el pulgar y el índice, como una reina importunada por una mosca, sirve té japonés en el departamento en cuyas paredes repletas de fotos hay apenas dos de Astor Piazzolla, bandoneonista, compositor, argentino, uno de los mejores músicos del siglo XX y el hombre que fue su pareja durante seis —tormentosos, magníficos— años.

—Después me odió, me odió. Me hizo la vendetta, no me perdonó nunca. Pero nadie te odia durante veinte años si no te ama.

***

María Amelia Baltar nació el 24 de septiembre de 1940. Es hija de María Amelia Oviedo Olmos, que a los 21 años se casó con un dandy principesco: Pichón Baltar. Los dos vivían en Junín, una ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires, y provenían de familias con posiciones económicas razonablemente buenas. Amelita Baltar —María Amelia, Amelia, Amelie, Amelita— fue única hija de ese matrimonio y, cuando cumplió un año, su padre compró una chacra en las afueras. Se crió rodeada de patos, perros, gallinas y cabras, cantando canciones en francés que le enseñaba su madre, hasta que se mudaron a Buenos Aires y ella empezó a ir al colegio. Cancelado aquel vergel bucólico, dos barrios elegantes de la capital —Recoleta y Barrio Norte— se transformaron en su centro de operaciones y en el paisaje del resto de su vida.

—Por suerte, mis viejos vinieron a este barrio, porque imaginate, vivir en Morón, en San Antonio de Padua, en Devoto. Qué horror. Yo, más allá de avenida Córdoba, no sé qué hay.

Barrio Norte y Recoleta son la columna en torno a la cual se organiza todo: los almuerzos en el restaurante del Museo de Arte Decorativo, la caminata por los lagos de Palermo y la avenida del Libertador, su modisto que atiende a la vuelta del hotel Alvear. Todo lo demás —todo lo que está más allá de la avenida Córdoba— es un territorio que rehúye, pero que debe recorrer cada domingo para ir a la iglesia bautista a la que pertenece desde hace diecisiete años, y que queda en el corazón del popularísimo barrio del Abasto, repleto de vendedores callejeros, inquilinatos.

—Cuando voy a la iglesia me tomo el colectivo y llego al Abasto. Y caminar esas tres cuadras escuchando los gritos: “¡Comidita calientita!”, te dicen los cosos. Todos los guisachos los sacan de una olla y los sirven. De todo venden. Falta que vendan gente. Mmm, qué rico. Mojar las galletitas en el té, algo que no se debe hacer.

En Buenos Aires, vivió con sus padres en la casa de la abuela paterna, en la calle Ayacucho, un escenario de prosapia para años que no fueron buenos.

—Vivíamos de la plata de mi abuela. A mi papá, cuando se gastó la fortuna de la familia, no le quedó nada. Trabajar no sabía. Y le tocó la época de Perón, que para trabajar había que afiliarse al partido peronista, y nosotros somos radicales. Para mí, el líder, Perón, fue la desgracia de la Argentina, porque después vino Isabel Perón y llegó la triple A, y después la dictadura. Ay, un cuete de perro, un pedo de perro, menos mal que es suavecito. Disculpame, nunca hacen esto, no sé qué les pasa.

Abajo de la mesa, un perro se agita. Puede llamarse Nina, o Arena, o Blue Blue. Los perros y gatos son tantos que no se sabe quién es quién, cuál es cuál.

—Mi padre falleció a los 54 años, era alcohólico. No de estar borracho del día a la noche, pero a veces pasaba tres días tomando. Yo no podía decirle a una amiga “Vení a estudiar a casa”, porque no sabía qué día mi papá iba a tomar. Cuando él estaba bien, nos quedábamos a la noche, yo leyendo un libro, mamá cosiendo, y él agarraba una lapicera y le escribía en el borde del diario una cuarteta a mamá, y se la mostraba, y ella decía “Ay, Pichón”.

Mientras iba al colegio secundario empezó a estudiar guitarra, aunque no quería ser música ni cantante sino actriz, y se pasó buena parte de aquellos años improvisando representaciones frente al espejo de una cómoda.

***

—Lo primero que me viene a la mente es su capacidad de trabajo —dice Nora Raffo, una de sus amigas más antiguas—. Íbamos juntas al colegio y su familia no tenía grandes recursos económicos, entonces empezó a dar clases de guitarra. Siempre supo sacar partido de su físico. Tenía una actitud de modelo. Era muy cautivante. Nosotras ya estamos en edad de retirarnos, viste. Pero ella no. Sigue, como si tuviera 40 años. Es muy generosa, pero no le pidas que te escuche, porque no escucha, y habla mal de todo el mundo. Éste es un hijo de puta, éste es aquello otro. Es muy mal hablada. Es una señora de Barrio Norte, elegante, pero rea.

***

La sala está limpia y ordenada, pero aquí y allá se ven almohadones llenos de pelo, sillas deshilachadas por garras felinas, fundas que ya perdieron la batalla contra los arañazos de los gatos y los perros que, a lo largo de años, ella ha encontrado en las calles, y ha entrenado en el arte de orinar en areneros y comer como se debe.

—Les hiervo carcasas de pollo que me vende un carnicero. A veces vienen con tanta carne que salen unas ensaladas y unos sánguches fantásticos.

En 1962, empezó a cantar, como si siempre lo hubiera hecho, en un grupo de folklore llamado Quinteto Sombras.

—Yo nunca decidí que me iba a dedicar a cantar. Un día vino un amigo y me dijo “Che, hay un conjunto de chicos”. Se les había ido la que cantaba y empecé. Después, cuando me casé con Alfredo, dejé un año, para cuidar a Mariano, mi hijo más grande.

Tiene dos hijos, Mariano y Patricio, de dos parejas diferentes. El primero nació en 1964, cuando hacía poco que ella se había casado con Alfredo Garrido, un productor que por entonces era periodista.

—Nos conocimos en una fiesta juvenil —dice Alfredo Garrido, por teléfono—. Estábamos ahí, y de pronto dijeron: “Ahora va a cantar a Amelita”, y cantó ella y pensé: “Uy, no puedo bailar más”. Y ahí empezamos a noviar. Cuando nos casamos, se ocupó muchísimo de Mariano. Dejó su carrera para ocuparse de él. Yo la quiero mucho. Imagínese: fue mi primer amor.

***

—Alfredo es un tipazo. Bien nacido, bien criado. Pero yo me casé para irme de casa. No estaba súper enamorada. Nos separamos tres años después.

En una pequeña sala que funciona como recibidor hay un piano vertical, un mueble repleto de CDs: Jacques Brel, Roberta Flack.

—Tango yo no escucho. Soy más del rock, de la canción francesa. Yo ni bailar el tango sé. La vez pasada…

Encadena las frases con verborragia bulímica, como si sus palabras hicieran un esfuerzo descomunal por ir detrás de un pensamiento que salta de una cosa a la otra sin hacer pie.

—¿Habías tenido novios antes de Alfredo?
—Pero sí. Igual, yo perdí la virginidad a los 18 muy bien cumplidos, porque no se usaba perderla antes. Fue casi una violación. Un tipo mucho más grande. Yo estaba de vacaciones, y estuve histeriqueándole todo el verano. Un día me dijo: “Vení que te acompaño a tu casa”. Y me llevó al río y pum, tum, zac. Yo tenia 18, el tipo 32 y me encantaba. Después me llevó a casa, me dio un beso y me dijo: “Bueno, chau”. Como quien dice: “Espero que no me jodas más”. Pero no me dejó trauma. Lo estuve histeriqueando tanto que medio me lo busqué.
—Bueno, eso no…
—Y a los tres meses conocí a un tipo y me puse de novia, y nunca creyó que nunca me había acostado con un tipo. De lo bien que yo hacía el amor. Algo innato que me salía.
—¿Dónde habías aprendido, leyendo?
—Nada. Me enseñaba la calentura, qué sé yo. Yo siempre hice vida de hombre. Hacía lo que quería. Yo creo que con papá le perdí el respeto al hombre. El hombre, mientras yo lo quería, bien. Pero después, chau.

En abril dio una serie de conciertos en una disquería–bar llamada Notorius, un sitio prestigioso dentro del circuito del jazz, y emprendió otra serie en una gran sala, Tango Porteño. Aunque siempre trabaja, la economía parece estar al límite, y en la conversación se reitera la idea del ahorro: las segundas marcas de detergentes que son igual de buenas que las primeras; las camisetas compradas en oferta.

—En Tango Porteño pagan muy bien, entonces voy a comprar dólares y un lavarropas. El que tengo tiene 19 años, anda estupendo, pero un día, viste, se rompe y chau, entonces lo regalo a la iglesia y me compro otro. Ahora tuve un gasto enorme, porque mi hijo Mariano, que siempre fue modelo, vive en Sudáfrica y está buscando trabajo allá, para tener la residencia. Cumple 50 y le mandé el pasaje para que viniera a festejar acá. Lo pagué yo, él no está bien económicamente.
—¿Cuántos años tiene tu otro hijo, Patricio?
—Treinta y tres.
—¿Qué hace?
—Vive en casa. Hace pelotudeces. Hace las compras del supermercado. Saca los perros. Tuvo un problema con un socio, hace tres años, y quedó con una depre. Desde entonces no hace nada.
—¿Cómo te arreglabas con los chicos y una vida de actuaciones, de viajes?
—Mi mamá. Ella se ocupó mucho.

Se levanta, va hasta la sala donde está el piano, toma un portarretratos, vuelve.

—Mi mamá. Una divinura. Murió hace nueve años, a los 88. Yo sueño una vez a la semana con mamá joven. ¿Sabés lo que es haber soñado con tu madre joven, con esa divinura? Una discreción, una fineza. Mirá la piel, los pómulos, los labios. Yo no heredé nada de ella, nada más que la artrosis. ¡Ay, artrosis! Me tengo que ir al kinesiólogo.

Es delgada, pechos altos, piernas largas. Sentada o de pie, permanece con la espalda recta y gira en bloque, con una media vuelta dramática y teatral. Ahora se pone los anteojos de sol, abre la puerta, cierra la puerta, llama el ascensor, abre el ascensor, sube al ascensor, dice que la chica que la ayuda a limpiar gasta demasiado detergente para lavar los platos, baja del ascensor, abre la puerta de calle y, en la vereda, grita:

—¡Ahhh, mirá! ¡Lo que pusieron ahí enfrente!

Enfrente pusieron —hace un par de horas— un contenedor para deshechos reciclables. Amelita Baltar recoge un envase de gaseosa vacío que alguien arrojó en la vereda, cruza la calle, lo mete en el contenedor, regresa y dice:

—Lo inauguré. Nos vemos la semana que viene, vuelo, me voy a tener que tomar un taxi.

De modo que allá va, camino al kinesiólogo —¡artrosis, artrosis!—, la mujer que le puso voz y rostro a la banda de sonido de una época.

***

En 2013, después de doce años sin sacar un disco, lanzó El nuevo rumbo, producido por un músico joven llamado Sebastián Barbui, con invitados como Luis Alberto Spinetta, Fito Páez y nombres de alto prestigio: Luis Salinas, Raúl Carnota. El disco, editado por Random, incluye folklore, jazz, tango, canción brasileña, y tres temas escritos por ella. La crítica lo puso por las nubes y el disco ganó el premio Gardel —el máximo galardón de la industria discográfica local— al mejor álbum de tango en voz femenina. En el suplemento Radar del diario argentino Página/12, en enero de 2013, el periodista Mariano del Mazo se refería al “notable disco que acaba de sacar la Jane Birkin del tango (…) El disco es un triunfo de una buena idea, una idea audaz y fragmentaria basada en invitados imprevistos, la presentación en sociedad de tres letras de la propia Baltar y un regreso al pasado más lejano de su trayectoria: el folklore argentino (…) Amelita Baltar pertenece más a la sofisticación urbana de los años sesenta que a la densa y endogámica cultura del tango (…) Cuando Piazzolla descubrió a Amelita Baltar en una peña folklórica porteña, debe haber sentido que encontraba a su Brigitte Bardot”.

***

—Amelita todavía no llegó, pero llamó para avisar que la espere —dice una chica joven que abre la puerta del departamento y que, después, desaparece.

Son las cuatro de la tarde. En el departamento del último piso están los tres perros, los tres gatos, y todo a merced: casilla de mails abierta, cajones, cartas, agenda. En la biblioteca hay libros de Pablo Neruda, Mario Benedetti, Orhan Pamuk, Ibsen, Pirandello, un par de biografías de Astor Piazzolla. Sobre el escritorio, una lista: “dermatólogo, pasaje Gardel, carcasas pollo, churrascos”. En una estantería, el Premio Gardel. Como una tromba, ardiendo de indignación, diez minutos más tarde llega Amelita Baltar.

—Ayyy, llegué. Qué terrible. Tenía que cobrar un cheque y me fui a la jefatura de gobierno, y me dicen: “No, es en otra parte”. Y fui a ese lugar, y me dicen, no, debe ser en tal lado, y tampoco. ¿A vos te gustaba el té, o el café? Mirá, esta perra se está haciendo pis.

Viste una camiseta rosa, un chaleco gris, pantalones oscuros, los anteojos sobre el pelo rubio. Desaparece en la cocina, desde donde llega ruido de agua.

—Disculpame, tengo que pasar con una caca del gato —dice, atravesando la sala con un bollo de papel en la mano.

Abre la puerta del baño, arroja el papel al inodoro.

—Muy bien, muy bien, vamos a hacer el té. El té, el té.

Vuelve a desaparecer en la cocina. Se escucha su voz diciendo: “Muy bien, muy bien”, como si quisiera convencerse de alguna cosa.

—¿Hiciste algo en el pasaje Carlos Gardel?
—Sí, ni me hables. Una cosa al aire libre. Había una nenita de cuatro años que se metía todo el tiempo en el escenario. Y yo dije: “Herodes no vino hoy, ¿no?”.

Lleva hasta la mesa de la sala una tetera de cerámica, dos tazas de té, galletas. Se sienta, sirve.

—¿Vos te creés que la gente que estaba ahí le dijo al padre: “¿Podés agarrar a tu hija que está molestando a la artista?”. Encima, ayer me dejó colgada una alumna. Dos horas antes me mandó un mail diciendo que no venía.

En las paredes hay muchas fotos —ella de vacaciones con amigas, ella con otras cantantes—, pero hay sólo dos en las que está con Piazzolla. Son fotos de un hombre y una mujer sonrientes, sin nada que parezca unirlos.

—Bueno, hablemos del maestro.

La noche en que Piazzolla la vio por primera vez, ella cantaba con el Quinteto Sombras en un café concert llamado 676.

—Astor ya estaba divorciado de Dedé, su primera mujer, y tenía dos hijos. Fue a escuchar a un pianista amigo, que tocaba en ese lugar. Fue con un matrimonio y yo estaba saliendo con el hijo de ese matrimonio. Yo estaba divina. Mi minifalda, mis zapatitos.

Astor Piazzolla ya era un compositor al que los tangueros tradicionales atacaban, acusándolo de estar asesinando el género. Horacio Ferrer escribía las letras de sus tangos y entre ambos habían creado la ópera María de Buenos Aires, que durante un tiempo —pero ya no— había cantado Egle Martin, una mujer casada con la que Piazzolla se había enredado sentimentalmente. El día en que Piazzolla escuchó cantar a Amelita Baltar era, además de un hombre atraído por una mujer bella, un compositor revolucionario que necesitaba una voz femenina para grabar su ópera. Y Amelita Baltar era una tormenta. Una cantante de folklore bella y pop, que entendía la moda de la época —largos vestidos a rayas, botas altas, minifaldas, pantalones Oxford—, y que varias noches a la semana se sumergía en las boites porteñas —Afrika, Snob—, donde, apenas el DJ la veía entrar, ponía una canción de Iva Zanicchi que funcionaba como código para avisar a sus amigos que ella había llegado. De modo que Piazzolla vio dos piernas infinitas sostenidas por una voz ronca que le gustó mucho. Ella vio a un hombre mayor.

—Un señor gordito, con entradas en el pelo. Yo estaba saliendo con un bombón de mi edad. Astor estaba con los padres de ese bombón, que me dijo: “Están mis padres con Piazzolla, y te quiere conocer”. Fui. Él me dijo: “Tenés linda voz”. Y yo pensé: “¿Qué le pasa a este señor?”. Yo no sabía de qué hablar. Era un tipo del que me sonaba el nombre y nada más. Yo vivía en el mundo del folklore. Pero pasaron los días y me dijo de grabar María de Buenos Aires, y empezamos a ensayar. Yo me puse a estudiar sociología del tango, letras. Cada tanto él me decía: “Me invitaron al teatro, ¿venís?”. Como vivíamos cerca, me dejaba en mi casa y después seguía hasta la suya. Y me decía: “¿No querés tomar un cafecito en casa?”. Y yo no, no, y me bajaba y me bajaba. Y me bajé cualquier cantidad de tiempo, hasta que un día me habré tomado dos whiskies de más, fuimos y pum. Hicimos el amor y me enganchó. Hasta que volvimos a hacer el amor pasó un tiempo. Pero tuve como un click. Me atrajo el gordito. Pero no me gustaba. Vestía mal. Se ponía un traje con pantalones escoceses, un saco a cuadros, camisa rayada. Usaba guayaberas con florcitas. Era bruto, terminaba de comer y dejaba los cubiertos al costado del plato, y decía: “¿Por qué no me llevan el plato, si no tengo más comida?”.
—¿Y qué te atrajo?
—No sé si me enamoré, pero me gustó. Le enseñé a hacer el amor un poco mejor. Tenía… cualidades importantes, pero era muy rústico. Un tipo rudimentario en todo. Un poco después pasamos la noche juntos y al otro día nos pasaron a buscar para el almuerzo. Yo me estaba duchando y él ya había terminado, porque todo lo hacía en tres minutos, todo a lo bestia. Bueno, ese día escucho el piano, desde la planta baja, porque él vivía en un dúplex. Bajo la escalera, le digo: “¿Qué es eso?”. Y me dijo: “Es lo que me inspiró esta noche que pasé con vos”. Eso fue la Milonga en ay menor.

Un año después estaban viviendo juntos y la marca Piazzolla–Baltar, y su versión Piazzolla–Baltar–Ferrer, empezó a dejar huella. Ella era la muchacha joven que, con una voz personalísima —capaz de brillar en el risco de las notas altas y descender a las honduras opacas de los tangos—, interpretaba las letras kilométricas que un poeta barroco y surrealista —Horacio Ferrer— escribía para un compositor que demolía las formas conocidas. Eran el corazón de la vanguardia, y ella la musa grácil de aquel toro bestial a quien sus músicos, por exigente, llamaban “el Coronel”.

—Astor era muy hincha. No me dejaba cantar con la partitura, y las letras de Ferrer eran eternas. Y me obligaba a cantar en un registro más alto. Así me arruinó la voz.

Su primer disco es del año 1968. En la portada hay una foto suya, el pelo castaño, un cigarrillo sostenido en la mano derecha que se apoya en la frente. El álbum, de canciones folklóricas, llamado Para usted, ganó el Premio Revelación del Festival Nacional del Disco de ese año. Su segundo trabajo fue María de Buenos Aires, grabado con Astor Piazzolla en 1969. Ese año, Piazzola y Ferrer habían compuesto un tango extraño, que tenía aires de vals y una letra surrealista, y decidieron presentarlo a concurso en el Primer Festival Iberoamericano de la Danza y la Canción, que se hizo en el estadio Luna Park. Se llamaba “Balada para un loco” y empezaba, inolvidablemente, con aquel recitado: “Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, viste. Salgo de casa por Arenales, lo de siempre, en la calle y en mí, cuando de repente, de atrás de ese árbol, se aparece. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus”. La noche del 16 de octubre de 1969, Amelita Baltar salió a cantarlo en el Luna Park y, con la voz desmayada, recitó: “Las tardecitas de Buenos Aires…”. No había llegado al minuto cuando empezaron los gritos: yegua, puta, la puta que te parió.

—Yegua, hija de puta. Nos tiraron monedazos. Era un tango atípico, y los más tradicionalistas estallaron. Yo casi no podía respirar.

El jurado, integrado por Vinicius de Moraes y Chabuca Granda, entre otros, declaró a la canción finalista en la categoría “tango”, y las furias fueron peores.

—La tuve que volver a cantar, y volvieron a chiflar. Fue una cosa muy fea, y el concurso lo ganó otro tango. Pero el lunes salió el disco a la venta, con “Balada para un loco” de un lado y “Chiquilín de Bachín” del otro. Para el viernes había vendido doscientas mil placas. Empezamos a hacer la balada en vivo, y la gente nos tiraba flores. Entonces aquella noche nefasta se desdibujó.

“Balada para un loco” es uno de los tangos más emblemáticos de Piazzolla, y aquello de “ya sé que estoy piantao, piantao, piantao” dio la vuelta al mundo en la voz de Baltar.

La vida con Piazzolla empezó a ser una cabalgata rutilante. Viajaban, se codeaban con Milton Nascimento, Iva Zanicchi, Charles Aznavour, se presentaban en el teatro Olympia de París. A veces iban a la bahía de San Blas, sobre el océano Atlántico, en la Argentina, donde Piazzolla pescaba.

—Él tenía una cosa de competitividad, y yo le decía: “Pero Astor, ponele que yo sea un rosal lindo, pero un rosal. ¡Vos sos un ombú, sos un genio!”. Y era muy celoso. Entrábamos a un cóctel y decía: “Ya me di cuenta de que lo miraste”. Yo no sabía de quién hablaba, pero cuando te meten la espinita empezás a mirar, y decís: “Uy, seguro que es ése”.
—¿Te iba bien con los hombres?
—No se me escapaba nadie. Por un día o por diez o por tres meses. Estuviera yo en el estado civil en que estuviera. Y volvía a mi casa y disfrutaba sin culpas. Era un modo de vivir muy masculino. Pero era muy discreta. Nos encontrábamos en un hotelito, entre las dos y las cuatro de la tarde. Yo decía que me iba a buscar a Mariano a la escuela, y salía un rato antes: “Voy a comprar zapatos”. Pero ahora ya está. Yo soy muy creyente, y como el Señor perdona todo, ya tengo todo perdonado. Desde que estoy convertida, nunca más me acosté con un tipo casado.
—¿Y cuando estabas con Astor también pasaban esas cosas?
—Eh… bueeeno… Era nada más que sexo y chau.

En 1973 se fueron a vivir a Roma, y Mariano, el hijo de Amelita, quedó en Buenos Aires.

—Estuvimos en Roma un año y medio. Y yo un día me compré el pasaje a la Argentina, y me vine. Saqué pasaje para el 27 de mayo, porque el 28 Mariano cumplía 10 años. El chico me extrañaba muchísimo, pero Astor, que sin una mujer no sabía ni limpiarse los mocos, me decía: “No vayas, me voy a quedar solo”. Y yo le decía: “Astor, el chico tiene diez años y vos 55”. Así que me vine.
—Pero algo habría pasado para que te fueras así.
—Y sí, había cosas de un poquito antes. Me había hecho abortar un chico de él.

***

Entre 1968 y 1974, ella fue —en los discos, en el escenario—, la muchacha que ponía la voz a tangos como “Balada para un loco”, “Memoria en ay menor”, “Preludio para el año 3001”. Con 28, 29, 30 años, navegaba sin dificultad por versos difíciles, arrancando chispas de luminosa oscuridad a tangos que decían cosas como las que dice “Balada para mi muerte”: “Moriré en Buenos Aires. Será de madrugada. Guardaré, mansamente, las cosas de vivir. (…) Mi penúltimo whisky quedará sin beber. Llegará tangamente mi muerte enamorada, yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis”

***

—Me había quedado embarazada cuidándome a lo loco. Me habré sacado el diafragma un poco antes, no sé. Él había estado de gira por Europa. El día que llegó estábamos en su departamento. Llegaba de Londres y me había traído un mameluco de jean, y me lo probé. Le dije: “Es medio justito y no sé qué va a pasar dentro de poco, porque estoy esperando un bebé”. Se puso como loco. “¡Cómo, si nos cuidamos!”. Y de ahí en más, fue una tortura mental. “¡Ya tenés un hijo, andate de acá y ponele Baltar, Piazzolla no le vas a poner a eso!”. A la mañana, a la tarde y a la noche. Y yo lloraba. Le decía: “Pero vino sin querer”. Estuvo quince, veinte días así. Ahí supe lo que era la crueldad mental. “Ponele Baltar, yo no quiero hijos”. Ahí se me vino abajo el tipo. Y nunca levantó. Al final dije: “Por favor, llamá a un médico, esto no lo aguanto más”. Ese menosprecio, esa subestimación. Él me dijo: “Bueno, media hora, te anestesian, te lo sacan y ya está”. Yo ya le había contado a Mariano que iba a tener un hermanito, porque qué iba a pensar yo que Astor… Bueno, el día que volví a las siete y media de la tarde a casa, que volví del horror, Mariano abrió la puerta. Le dije: “Hola, mi amor, el hermanito que estaba ahí adentro se murió y tuve que ir a que me lo sacaran”. Y me miró y me dijo, era zetudo: “Loz grandez no zirven para nada”. Y se puso a llorar. Y yo me puse a llorar y me fui a mi cuarto. Entonces vino Astor y me dijo: “Bueno, no te pongas así, vamos a programarlo con tiempo, y vamos a tener uno”. Y yo le dije, textuales palabras…

Hace una pausa, toma aire y, con la voz cargada de ira volcánica, dice:

—“Salí de este cuarto y andate a la remil puta madre que te remil parió, y no entres hasta que yo te llame”. Eso le dije. Y se fue. Y ahí se rompió todo. Yo creo que sentí hasta asco, porque cómo ese hombre, la persona que yo amaba tanto…

Era 1972 y la relación duró, todavía, dos años más. Ella hizo, junto a otras dos cantantes, Susana Rinaldi y Marikena Monti, un espectáculo llamado Tres mujeres para el show, un éxito estruendoso.

—Después nos fuimos a Roma, y ahí lo dejé. Astor estuvo sin llamarme quince días y después empezó a llamar. Me decía: “Hice todo mal, no te valoré, sin vos no puedo vivir”. Y al cabo de dos meses vino a Buenos Aires, y empecé a aflojar. Se iba a Brasil, y me dijo: “Cuando vuelva, volvemos a estar juntos”. Entonces conocí a Ronnie Scally, en un asado. Un modelo que era un sol. Hicimos el amor y me encantó, y cuando a los veinticinco días llegó Astor, le dije: “Conocí a otra persona”. Yo creí no sólo que se moría, sino que me mataba. No me perdonó nunca. Y nunca más lo vi. Después él empezó a salir con la tercera viuda.

—¿La tercera viuda?
—La tercera mujer. Me odia. Porque yo fui el gran amor de Piazzolla. Él me odió durante años. Cuando le preguntaban por mí, decía: “El amor es ciego. Y sordo”. Pero vos no odiás durante veinte años a alguien a quien no amaste.

En 1990, en París, Piazzolla sufrió un ataque que lo dejó semiparalizado y, en 1992, falleció en Buenos Aires.

—Yo fui al velatorio. Fui hasta el cajón y le dije “Viste. ¿Para qué tanto odio?”.

En el libro Astor Piazzolla, a manera de memoria, de Natalio Gorin, el autor pregunta si la separación de Baltar fue conflictiva, y Piazzolla responde: “Sufrí mucho y me hizo daño (…) Los seis años que vivimos juntos fue como estar adentro de un volcán. Dios quiso que el final fuera así, violento, que se fuera de Italia (…) y nunca más se supo. Después me enteré de cosas peores. Gracias a dios, se rompió todo”.

—¿Tenés recuerdos lindos?

Se hace un silencio largo. Entrecierra los ojos.

—Era lindo meter cuatro cosas en un bolso e ir a visitar a su mamá a Mar del Plata. Era lindo ir a pescar con Mariano. Pero la vida linda pasa… y pasa. Te acordás de los momentos feos. Ahora ya soy grande, y está bien que el mundo se entere de cosas que yo pasé.

***

Después de su separación de Piazzolla, pasó cuatro años sin sacar un disco y su producción se volvió más espaciada: si en 1970 había grabado Amelita Baltar con Piazzolla y Ferrer; en 1971, La bicicleta blanca; en 1972, Piazzolla, Baltar, Ferrer; en 1973, Cantándole a mi tierra, recién en 1978 editó Nostalgias y pasaron casi diez años para Como nunca, un disco de 1989. Durante buena parte de todos esos años, su pareja de entonces, Ronnie Scally (que falleció en julio pasado), fue su manager.

—Pero no sabía hacerlo, y me hundió la carrera. Fueron épocas malísimas. Y encima yo tenía las cuerdas vocales destruidas, porque Astor me había hecho cantar en una tesitura más alta.

En 1982, cuando el hijo de ambos, Patricio, tenía un año, se separaron.

—Patricio tiene mala relación conmigo. Yo preparo algo de comer y lo dejo ahí y se lo lleva al cuarto. Si yo entro a su cuarto, se encierra con llave. Lloré mucho. Ahora me da mucha pena el tiempo que pierde ese chico de tener una relación así con la madre. Yo lo adoro.

Desde el recibidor llega el sonido del teléfono fijo.

—Debe ser él.

Se levanta, atiende.

—Hola.

Silencio.

—¿En mi billetera no está?

Silencio.

—Me están haciendo una nota. Bueno, ahí voy.

Cuelga el teléfono, se disculpa:

—Voy a bajar a buscar la tarjeta que necesita Patricio para tomar el colectivo.

Abre la puerta, cierra la puerta. El departamento queda otra vez solo, a merced.

***

Desde el lanzamiento de Como nunca luchó contra una voz mortificada, afónica. Recorrió médicos, fonoaudiólogos, alergistas. Al final, todo se arregló con un milagro cuando, en 1993, empezó a ir a la iglesia bautista. Volvió a cantar en vivo, editó dos discos en 1999, Leyendas y Referencias; Amelita de todos los tangos en 2001 y, doce años después, en 2013, El nuevo rumbo, que presentó en diversos shows. Pero eso, una vez más, es historia antigua.

***

La puerta del departamento se abre, y llega, agitada, desde la planta baja.

—Ya le mostré dónde estaba. No puedo más. Hace rato que no puedo ir a la iglesia, y la iglesia para mí es muy importante. Yo oré, y la voz empezó a mejorar. Fue un milagro, porque tengo las cuerdas vocales ensanchadas, por culpa de Astor, pero canto cada vez mejor.
—¿Seguís presentando el disco nuevo?
—No, porque el grupo me largó en septiembre de 2013. Sebastián, el productor, me vino a ver y me dijo: “Queremos seguir solos, estoy muy estresado por los llamados que me hacen porque vos no sos kirchnerista”. Así que estoy sola. ¿Querés que vayamos abajo?

Es el final de la tarde, y el departamento de la planta baja está oscuro. En el recibidor se amontonan las correas de los perros. En su habitación, la cama ocupa todo el espacio. En el comedor hay sofás cubiertos por telas, para que no los rompan los animales. El sitio donde duerme Patricio es un espacio triangular, separado de la sala por puertas de hierro repujado. Huele a cigarrillo y la luz de la tarde, mortecina, entra por una claraboya.

***

Es martes por la tarde, y ha dormido muy poco, a pesar de haber tomado medio Alplax y medio Valium.

—Desde que me desperté no puedo parar.

Sobre la mesa de la sala hay una caja con artículos y fotos: diarios de Argentina, Brasil, España, Francia, con títulos como “Le superbe tango d’Amelita Baltar”, “La passion Argentine”, “Amelita de todos os tangos”, “Una musa inspiradora”.

—¿Piazzolla te respetaba como artista?
—Yo creo que… él me amaba muchísimo, pero si no le hubiera gustado cómo yo cantaba, no me hubiera tenido en un escenario. La gente se moría cuando me escuchaba. El pudo llegar a ser el amor de mi vida. Pero no llegó a ser. Si no hubiera hecho eso, hubiera sido el amor de mi vida y yo tendría un hijo de 43 años. O una hija.

La puerta del departamento se abre y ella se sobresalta.

—Ay… eh… hola… eh…

Un hombre alto, de barba, entra cargando bolsas de supermercado y, sin saludar, se mete en la cocina.

—Hola, hola —dice ella, como si en vez de hola estuviera diciendo: “Quiero hacerte notar que no has saludado”.

El hombre dice algo que puede ser “hola” o “no me jodas”.

—Ella es… Leila. Está haciendo una nota para una… revista de… de… México.
—Hola —dice el hombre, y se va.
—Chau, chau —dice ella, con un temor que parece más bien una imitación del temor.

Después susurra, como si el hombre pudiera escucharla:

—Ése es Patricio. Tiene unos ojos así y una piel que es un angelito. Yo le pido al Señor: “Por favor, hacé como hiciste con Pablo”.
—¿Quién es Pablo?
—El apóstol Pablo, el único que no conoció a Jesús. Entregaba a los cristianos a los romanos para que los mataran, hasta que un día se desmayó y vino el Señor y le dijo: “Por qué me perseguís así”. Por eso le pido al Señor, que un día este chico se caiga en la calle y necesite ayuda y me diga qué pasa, mamá, te necesito. Vení, vamos a ver qué me trajo.

Sobre la mesada de la cocina hay tres bolsas de supermercado.

—Zapallitos, naranjas. A veces me dice: “¡Quién sos vos, quién sos!”. Y yo le digo “¡La que paga lo que comés, pedazo de pelotudo!”. Es como estar durmiendo con el enemigo. Pero mirá, me trajo naranjas. Me quiere.

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comentarios
  1. verito4005 dice:

    Preciosa! Una crónica perfecta. Gracias por compartirla.

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