Laura Bozzo no puede ver el sol [desde la única cárcel-estudio de TV-hogar del planeta]

Publicado: 1 diciembre 2014 en Juan Manuel Robles
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Detrás de la puerta cerrada está Laura Bozzo. Tiene un vestido de noche color rosa, las piernas descubiertas y zapatos dorados que brillan y se adhieren al piso con suave contundencia. Sonríe a la cámara en cuclillas. Más tarde, cuando ella observe la fotografía en una pantalla, dirá que se ve muy puta y descartará la toma («ésa no es mi imagen»), pero ahora ella es pura felicidad. Tiene un reloj de oro que resplandece por efecto de los reflectores. No se sabe si el reloj da la hora correcta pero, visto de lejos, es un bonito símbolo del tiempo, aunque también podría leerse como un recordatorio de que la estrella de televisión lleva dos años encerrada y, por lo tanto, la manecilla corta ha dado unas 17,500 vueltas desde que la detuvieron. Laura Bozzo siempre ha vivido en una burbuja que otros vigilan, pero el encierro físico pertenece a una dimensión para la que nadie está preparado. He llegado a verla a su estudio de grabación donde vive en arresto domiciliario, esa suerte de cárcel desde donde se transmite su reality show por la cadena Telemundo. Está encerrada aquí acusada de recibir tres millones de dólares de Vladimiro Montesinos, el mafioso hombre de inteligencia del ex presidente Alberto Fujimori. Estoy en la sala principal. Arriba, dominándolo todo, un letrero que dice Laura con letras doradas es un primer símbolo del imperio. Debajo del letrero, jugando con la laptop del escritorio, está Christian Suárez, el novio argentino de la diva: nariz larga, redondos ojos marrones y una expresión general de buena gente. Laura tiene cincuenta y tres, y Christian tiene veintiocho, aunque en la foto de la pareja que está junto a la computadora portátil una extraña conjunción de artificios visuales hace que se vean de la misma edad.

Laura Bozzo se mueve y sus largas extremidades se ven sueltas, elásticas, ágiles: parecen formar parte de un itinerante aparato de propaganda muscular que tiene por objetivo convencerte de que, pese al encierro, a Laura la vida no la abruma, y que camina ligera porque no tiene culpas que cargar. Luce delgada, regia. Han pasado tres años desde que se hizo la operación de aumento de busto y glúteos, y muchos más desde que se mandó a desaparecer aquel lunar de carne que refulgía, imprudente, al lado de su boca en sus primeras apariciones televisivas. Ahora saluda efusivamente al fotógrafo, un profesional fashion que suele retratar a las modelos más perfectas del Perú. En la sala contigua, hay un apretado gimnasio en donde resalta un aparato que sirve para engrosarle las piernas. Lo usa tres veces por semana, de cuatro a seis de la tarde, bajo las instrucciones de un personal trainer. Laura Bozzo cuida mucho su figura. No llega a los extremos de cuando tenía veinte años, tiempos de anorexia en que sólo comía una manzana al día, pero la sigue cuidando con dedicación. Todos los días bebe las claras de veinticinco huevos crudos. «Me ha cambiado la masa muscular», dice.

Nada de eso debería causar asombro. Verse bien es parte de su trabajo, y Laura Bozzo es, ante todo, una profesional. Hay energía en sus ojos cuando comenta lo que ha hecho para conseguir la figura que tiene. Vigor, método, tenacidad. «Si comes harina, cómela con verduras. No mezcles nunca proteína con carbohidratos, ni con dulces. La proteína en la noche hace que tu organismo queme la grasa. Cuando no comes proteína en la noche, en cambio, la grasa aumenta. La gente cree que comiendo fruta en la noche va a adelgazar y mentira: el cuerpo genera más grasa porque siente que le falta». Imagino a Laura Bozzo mientras duerme plácidamente y alguna especie de fuego interior lucha contra ciertas células. Cuando la detuvieron, en julio del 2002, y empezó el arresto domiciliario, ella mandó a colocar un colchón en el piso para dormir. Creía que la orden judicial iba a ser temporal. Al cabo de ocho meses, su novio la convenció de traer una cama. A veces, cuenta, tiene pesadillas con los casos de su programa. También suele soñar con el mar. Ha dormido más de 700 noches aquí.

***

Es media tarde del día 724 de cárcel televisiva. Laura Bozzo está mansa y silenciosa en medio de su set. No lleva zapatos, está echada y rendida sobre una alfombra, y tiene su mano entrelazada con la de su novio Christian Suárez. Ha dejado de ser peligrosa. Las tribunas de madera que corresponden a su público están vacías, y en vez de cámaras hay obreros en cuyos cascos de protección se lee una L que los identifica, y que está repetida en la pared central. Nadie grita. Nadie llora. Nadie dice yo no fui, señorita Laura, esa plegaria recurrente que se ha trasladado al imaginario cotidiano de venezolanos, colombianos, portorriqueños, mexicanos: una de esas cosas que algunos recuerdan cuando no hay nada que hacer, como cualquier tic del Chavo del Ocho. Una periodista venezolana que no se pierde un programa de Laura me dijo que cuando alguien de su grupo de amigos en Caracas llega tarde, los otros se voltean, alzan los brazos y dicen: «Que pase el desgraciado», imitando la furiosa pantomima de la conductora. También me narró de memoria un programa en que una viejita se entera de que su nieta era una pepera. Mi amiga no sabía qué quería decir pepera, pero gracias al show lo supo: una muchacha atractiva que roba a los hombres poniéndoles un somnífero (pepa: pastilla) en el vaso. Una cámara oculta mostraba a la nieta en acción en un local nocturno. Abuela y niña peleaban en el set, y más tarde irrumpía súbitamente el sujeto que había sido víctima de las pastillas. «Me encanta la música que ponen cuando entra él. Es magnífica», me dijo la venezolana.

Pero nada de eso ocurre ahora en el estudio de Laura Bozzo. Sólo hay un ruido de taladros en el plató por el que Telemundo dice haber gastado dos millones de dólares. La Bozzo está relajada mirando arriba, y su entrecejo es una planicie blanda que no pronostica tormentas. Su sonrisa, amplia, es una superposición de lecciones aprendidas e implantes. Recibe el flash del fotógrafo con la misma disposición con la que recibiría las olas del mar en la cara. Flujo continuo de bienestar. Es sábado. Vuelvo a la sala y veo que Christian Suárez pone en la laptop su nuevo disco, producido en Argentina por José La Mona Jiménez, una máquina de hacer discos considerado el cordobés más famoso del mundo. Play. «Abusaste de la vida / abusaste de esa niña / tu sed saciabas a oscuras». El novio dice que la canción está basada en casos reales de violación que aparecen en los periódicos. Cambia a otro tema. «Y si te fui infiel, me olvidé quién era / y si he sido infiel, me olvidé de ella». La música es fuerte, pegajosa. Luego viene un homenaje: «Se siente, se siente / Laura está presente / Se siente, se siente / se siente su amor / protege a los pobres y a los desamparados». Pero el clímax del disco es maravilloso. El novio ha tomado grabaciones de la voz de Laura Bozzo en pleno programa y les ha agregado una orquesta, y un coro musical que canta parodiando a los panelistas y al público. «Señorita Laura / Señorita Laura», dice el coro antes de pasar al enardecido «Como un perro, ¡fuera! / Como un perro, ¡fuera!», ese grito final que la animadora lanza después de emitir su veredicto contra un miserable (un hombre, siempre) que entonces debe largarse. En el disco, la voz de la conductora suena como un instrumento musical maligno, sí, pero que encaja gloriosamente. «¿Quién es el padre de esa criatura?, a ver habla, pues. ¡Habla!». También se escucha el llanto de una panelista. Todo sobre un ritmo festivo que no se detiene.

Christian Suárez es un cantante pop de la bailanta argentina que llegó de Buenos Aires a Lima en 1999, cuando una fiebre de intérpretes lampiños –conocidos aquí como chicheros– alborotaba adolescentes y desafinaba el dial. Su grupo se llamaba Complot. Un día, fueron invitados a una edición especial de LAURA EN AMÉRICA, que por entonces era el programa top de la televisión peruana. «Noté que nadie le hablaba y me acerqué», evoca Christian. Unas semanas después, la conductora y el cantante montaron un sketch musical humorístico disfrazados de Olivia Newton-John y John Travolta en GREASE. Semanas más tarde, salieron de Batman y Gatúbela. Cumplen años en la misma fecha. «Como Michael Douglas y Catherine Zeta Jones», dice Laura Bozzo, súbitamente incorporada a la escena. Cálculo rápido: el mismo día de invierno en que Christian cumpla treinta y cinco años, Laura cumplirá sesenta. Será viernes.

En cambio, el cumpleaños cincuenta y dos cayó sábado y fue maravilloso. El cantante Ricardo Montaner arribó hasta el estudio en vuelo directo desde Venezuela. Montaner también solía encallar su yate en la casa que la Bozzo tiene en Miami, a unos cuatro mil kilómetros de distancia del estudio donde ahora está reclusa, y en el que ya ha consumido unas 17,500 horas/mujer de su hasta entonces libérrima existencia. No es para reírse. Antes de dejarte llevar por el bizarro goce estético de ver a una estrella de televisión encerrada, detente: piensa en los dos últimos años de tu vida. Rebobina veinticuatro meses y aprieta play. Ahora imagina todo ese tiempo en una locación única. Sin salir. Laura insiste en decir que ella vive feliz porque su conciencia está tranquila y que su reclusión es un alimento para el espíritu. Sin embargo, por momentos, se le escapan ráfagas de desesperación: «¡Estoy acá jodida mientras todos los ladrones de la mafia de Montesinos están en la calle!», clama. Christian asiente. Siempre asiente. «Da bronca saber que no podés de repente salir a la calle, porque si salís empiezan a especular si la dejé o no la dejé. Eso psicológicamente a ella la afecta». No da detalles de tales lesiones psicológicas. Puede que tenga algo que ver con las visitas que le hace Fernando Maestre, un famoso psicoanalista de la radio. La Bozzo vuelve a sonreír altivamente como volteando la página. Siempre decide cuándo hay que voltear la página. Ambos están comiendo juntos, y me percato de un detalle: desde donde está sentada, a Laura Bozzo le basta ponerse de pie, caminar dos metros, abrir la puerta, bajar cinco escalones y allí está: su estudio de grabación, la ventana por la que ingresa a millones de hogares, como un consuelo al hecho de que en la vida real no pueda salir del suyo.

El ruido de taladros no cesa. Ver el set de Laura Bozzo sin gente es como ver un coliseo sin leones. Es una quietud honda, alimentada por la melancólica geometría de las cosas inútiles. Ella, sin embargo, parece sentirse muy bien acostada, tomándose fotos. «Es su altar», había especulado Cecilia Cebreros, productora de su programa entre 1995 y 1999. A Cebreros se le iluminó la cara cuando le hablé del set de televisión, cuando le dije que, así como antes, la conductora se presenta ante cámaras bajando de una enorme escalera. «Laura baja con su tremendo tamaño, un metro setenta y cinco que se convierten en un metro ochenta con tacos, y se para frente a sus humildes panelistas, quienes, por supuesto, están sentados. Esa disposición no es gratuita. Eso le da poder. Es Dios. La idea es ésta: yo bajo y te digo a ti que no sabes ni mierda, te condeno». Laura Bozzo sigue posando para las fotos en el estudio. La pegajosa canción de Christian continúa sonando en mi cabeza.

—Como un perro, ¡fuera!, ¡fuera! Como un perro, ¡fueeeeera!

De pronto un gran danés negro entra en el estudio por uno de los pasadizos destinados a la presentación de los «casos», imitando la irrupción en escena de un panelista. Es un perro negro y se llama Blacky. Los obreros, que han visto más de una vez el programa, se ríen del fortuito juego semiótico. Veo a Blacky entrando al set con la lengua rosada afuera, perrunamente despreocupado, y pienso: él no sabe que su dueña llama perros a los hombres abusivos, a los violadores, a los padres en fuga. Pero conoce algo más valioso: la libertad. Lo he visto una mañana en el parque enorme que está a dos manzanas de la casa-encierro. A un hombre le pagan por llevarlo hasta allá. Cuando los vi, ambos la pasaban bien sobre el césped. Lejos, en el estudio de TV, comenzaba el día 641.

***

En la oficina del primer piso, donde a veces me toca esperarla, hay dos hombres. Uno tiene bigotes y juega Solitario en la computadora. El otro es un tipo moreno, de escaso cabello, patillas, y una morfología craneana similar a la de un foco de luz. Se dedica a comer choclo. Lo veo luchando con la coronta y su rostro se me hace familiar. Se llama Hugo Vente. Ha sido el chofer de Laura Bozzo durante más de diez años, y ahora ha tenido que reemplazar ese trabajo imposible por el de guardia de seguridad. Echa la coronta rapada al tacho de basura y pienso en lo que alguien me ha dicho: este hombre podría escribir un libro y hacerse millonario. Vente es el leal servidor que ha convertido su humanidad en una extensión psicomotriz del sistema nervioso de su jefa. Cuántas veces aceleró. Cuántas veces frenó de golpe para socorrer a un indigente que se pegó al vidrio del vehículo. No es falsa la leyenda de una Laura Bozzo recogiendo a desahuciadas almas en pena. En 1998, en pleno apogeo de su programa en América TV, creó la ONG Solidaridad Familia, una institución dedicada en principio a atender casos de mujeres maltratadas, pero que pronto, por iniciativa de la conductora, empezó a recibir otra clase de visitantes. «Laura era capaz de recoger de la calle a una mujer que apestaba por las heridas», afirma una psicóloga que trabajó en esa institución. El local de la ONG funcionaba en el edificio donde se grababa el programa. La psicóloga recuerda: «Estábamos trabajando y, de pronto, llamaban de seguridad diciendo “Laura tiene un caso”. Bajábamos como locos, porque, si te demorabas, podía putearte. Y allá abajo estaban ella, el chofer y el caso. “No te preocupes, ellos te van a atender”, decía Laura, y juah, nos lo dejaba».

—¿Y qué pasaba después?
—Se iba, se olvidaba del tema. Buscaba a su maquillador, su teléfono, su guión, y ya. Nosotros teníamos que resolverlo.

Laura Bozzo es una máquina de prometer cosas. Trabajar con alguien así es saber que vives rodeado de diminutas bombas de tiempo. Su actual productor, el venezolano Miguel Ferro, lo confirma de algún modo. «Es increíble ver cómo es Laura con el dinero. Es un desastre. Algo puede costar cien dólares, y si lo necesita el niñito ¡hay que buscarlo pues!», dice, con calculado orgullo promocional, haciendo énfasis en el lado humano de la animadora. En cambio, los profesionales de Solidaridad Familia de la época del gobierno de Fujimori no hacen énfasis en el lado humano, y prefieren recordar los hábitos demagógico-compulsivos de su jefa. «Ella siempre dijo yo te soluciono, yo me encargo, yo lo hago. Yo, yo, yo. Tratamos de combatir eso, pero ella no entendía», dice la psicóloga. Una vez, llegó una señora con un hijo que tenía el rostro desfigurado por quemaduras. «Ofrezco tratamiento para este niño», dijo Laura en su programa. Como Solidaridad Familia no tenía recursos, la estrategia del equipo era canjear tratamientos por publicidad con hospitales y laboratorios, aprovechando la popularidad del programa. El Hospital del Niño operó al menor. A los seis meses, su madre volvió. La piel de su hijo había crecido, así que había que operar de nuevo. No había dinero, pero la mujer dijo algo que muy pronto se volvería una queja recurrente: «La doctora Laura me lo prometió». Tuberculosos. Sidosos. Pacientes en espera de un órgano vital.

—La gente empezó a pedirnos cosas en las que no podíamos ayudarles. Decían: necesito sangre para mi mamá. Necesito un ojo. Una pierna. Las colas eran largas.

Antes de subir nuevamente al segundo piso de la casa-estudio-cárcel, observo al señor Vente una vez más. Cuánta información en reposo. En 1995, cuando Laura Bozzo aún no era famosa, el auto en que Hugo Vente la llevaba a ella y a su hija atropelló a una niña de seis años. Según la manifestación policial de la madre de la atropellada, Laura Bozzo dijo, ya en el hospital: «Por tu culpa, mi hija ha sufrido un estado de shock. ¿Quién la manda a tu hija a que se cruce?». La niña murió. Sobre esto, la animadora sólo contesta: «Ése es un asunto de mi chofer; no mío». Según otra ex productora de Laura Bozzo, la diva solía telefonear a la esposa de Vente para gritarle cuando él no aparecía. Quizás por solidaridad, todos recuerdan con cariño a Vente, un tipo simple, de pueblo, leal hasta los bigotes para con su jefa, aunque no ajeno a travesuras mínimas y extravagantes. Se necesitarán estudios posteriores para saber si es posible trabajar mucho tiempo con Laura Bozzo sin sufrir trastornos. Según personas del equipo de producción de ese entonces, Vente perpetraba una fechoría recurrente. Le gustaba acercarse a alguno de ellos y preguntarle: ¿Sabes cuántos años tiene la doctora?, ¿cuántos te ha dicho que tiene, ah? ¿Quieres saber? ¿Sí? Y dicen que en un clímax de suspenso casi televisivo, el chofer-guardaespaldas mostraba ese tesoro bidimensional que era la cúspide de su aventura: el documento de identidad de la jefa. Laura Cecilia Bozzo Rotondo. Fecha de nacimiento: 19 de agosto de 1951.

—Nací Leo con ascendente Leo. Siempre fui muy jodida.

***

Hay niños a los que les enseñan el valor de las cosas. Todo cuesta, nada es infinito, lo que haces siempre rebota en alguien, tus padres no serán eternos. Laura Bozzo no pertenece a ese montón. Cuando iba a visitar a su abuelo –recuerda– le quitaba la billetera y se iba corriendo a encerrarse en el baño. «Agárrame si puedes», decía. Vaciaba todo. Dice que jamás ha visto a otra niña manejando tal cantidad de billetes. Era un juego que a su abuelo no debía importarle mucho pues, en el momento de ir a las tiendas de ropa, le decía que se comprara todo lo que quisiera. Todo. «Mi cabecita no tenía límites», dice ahora entre las paredes de su encierro. Sospecho que dice eso porque le gusta que la vean así, que se la imaginen así. Es una confirmación del mayor capital que posee: Laura no actúa. Es la misma mujer sin escrúpulos que ven en la pantalla. «Siempre fui la misma loca de mierda», afirma. Lo que no hace explícito es que siempre hubo alguien listo para pagar los platos rotos, alguien dispuesto a apagar sus incendios.

Su mejor amiga de infancia la define como una mujer generosa. A Cecilia Merino se le viene a la mente la imagen de Laura administrando el quiosco del Sophianum, un colegio de monjas para niñas-bien. Dice que Laura Bozzo tenía una obsesión por demostrar que ella podía hacer algo distinto: no podía ser una administradora cualquiera. Les ofrecía más chocolates, más dulces. ¿Quieres uno? Toma dos. Toma tres. Toma. Toma. Toma. Por supuesto, el resultado era un descalabro financiero. A fin de mes, la madre de la niña Laura se encargaba de cubrir el déficit. En otra ocasión, la futura animadora se fue en yate con Merino y otras amigas. Manejó a toda velocidad por la costa de Ancón hasta embestir el yate donde se encontraba el presidente de la república Juan Velasco: cholo, nacionalista, organizador de una reforma agraria. «Todos lo odiábamos», dice hoy la animadora a modo de explicación. Su madre llegó a la comisaría para solucionar el problema. Sus nombres aparecieron en un periódico. Quedó terminantemente prohibido que se vendiera gasolina a la niña Laura.

Pido a Cecilia Merino un episodio que para ella grafique la ternura de su amiga. Se pone a pensar un rato y recuerda el día de su matrimonio. Laura Bozzo, invitada de honor, agarró al flamante esposo de la cabeza y le dijo:

—Como no la hagas feliz, yo te mato.

Un álbum de fotos en blanco y negro registra esos días de inocencia. En la primera imagen, Laura luce tranquila sentada al borde del mueble, dispuesta a tomar su primer pisco sour. Tiene quince años. Hay algo enigmático en su mirada, los ojos ligeramente vueltos hacia arriba en gesto de incipiente soberbia ante la cámara. Sostiene el vaso sin contundencia y es la única del grupo de chicas que no sonríe. Otra: Laura Bozzo carga en sus rodillas a un bebé cachetón que hoy tiene un programa de análisis económico en la televisión por cable. En otra foto, lleva botas negras hasta los muslos, y hace un gesto ladeado que no llega a la coquetería pero que trasciende la timidez, una expresión de esas que te dicen que lo más importante no es el momento congelado, sino lo que vendrá más tarde, dentro de un minuto o después de tres décadas. Los labios se abren ligeramente en un punto minúsculo, como si estuviera soplando algo. Son labios que dicen demasiadas cosas incluso en estado de inmovilidad, labios grandes o agigantados por una sombra perenne en el mentón, el mismo mentón que, décadas después, rellenaría con silicona. En la foto siguiente tiene unos trece años. Está cerca del mar. La brisa despeina un cabello que se acaba de teñir de rubio.

***

La había visto en persona por primera vez algunos meses atrás. Todavía era verano, y yo iba acompañando a un maquillador muy chic que tenía por misión dejarla hermosa. Laura Bozzo estaba frente a su espejo personal, uno de esos espejos rodeados por focos. Había mandado a pedir un abrigo Roberto Cavalli de cuero y se demoraban en traerlo. Gracias a Telemundo, la colección de Cavalli llega a sus manos un mes antes de que salga al mercado. Su novio Christian dice que es un privilegio sólo otorgado a súper estrellas como JLo o Madonna. Aunque Christian dice muchas cosas exageradas («estábamos en una firma de autógrafos en Chicago, se acercó una mujer con un niño autista, y de pronto al ver a Laura, el chico empezó a reaccionar»), un reportaje de THE SUNDAY MAGAZINE TELEGRAPH, de Inglaterra, confirma sus palabras. Ese día, sentada en su silla reclinable, Laura Bozzo empezaba a sufrir los efectos de la impaciencia. «¿Dónde está mi Cavalli de cuero?». En eso llegó una mujer. Laura volteó a mirarla. Fuego. Era la tarde del día 612.

—Mamita, si esto es cuero, mejor te vas tres meses de vacaciones, ¿no?

El carácter de la diva es impredecible. «Sus respuestas podían ser totalmente distintas dependiendo del momento en que le hablabas», recuerda la psicóloga de Solidaridad. Hoy ha pasado todo el día con dolor de muelas. Sólo me recibe cuando termina su sesión con un dentista delivery que vino a curarla. Por eso me habla con el cachete inflado. Carece de maquillaje. Me exige ser rápido. Sobre el escritorio, las lecciones de inglés que una profesora particular le da dos veces al día. Son ejercicios para completar espacios en blanco del tipo You shouldn’t, You must, esos verbos que en inglés sirven para decirle a alguien lo que debe hacer. Se prepara para lanzarse al mercado norteamericano. Sueña con una entrevista a Hillary Clinton. Aunque Laura suele hacer escarnio público de las mujeres humildes que soportan la infidelidad del macho («algo que jamás toleraría»), me dice que con Hillary Clinton actuaría distinto. «Hay mujeres que se regalan a un hombre poderoso para sacarle provecho», acota, repentinamente serena.

—No tiene ningún sentido que ella estalle frente a alguien inteligente. No funciona.

Ilustra su ex productora Cecilia Cebreros. La idea es simple: es muy fácil manipular las emociones de personas sin secundaria completa. La productora de TV no lo dice como una condena, sino como un mea culpa. «Todos los que hemos trabajado con ella nos hemos convertido en pequeñas Lauritas. Es que no ves gente, ves un material de trabajo». Cebreros confirma una vieja leyenda sobre el programa de Laura: en el estudio había duchas especialmente acondicionadas para que los panelistas no olieran mal. A un hombre lo bañaron cinco veces. Recuerda el anatómico problema que representaba conseguirles zapatos. «Es gente que toda su vida ha caminado en sandalias. Su talla no te dice mucho, porque los pies son más anchos de lo normal», dice. Cebreros también admite que ganó dinero con Laura. Dinero y poder. «En la época de Fujimori, yo tenía más poder que varios de los políticos que salían en la televisión». Admite que le bastaba decir que pertenecía a la producción del programa de la Bozzo. Se le abrían muchas puertas.

Laura Bozzo afirma tener ciento cincuenta y dos de coeficiente intelectual. No hay pruebas al respecto. El único indicio, además de su astucia, es su memoria prodigiosa. Lee algo y se lo aprende en minutos. «Es rapidísima, es increíble cómo se aprende todo lo que le dices», recuerda su ex productora. Imagino las lecciones de inglés siendo devoradas sin parpadear. Sigue hablándome de Hillary Clinton, pero de pronto veo que su mirada me abandona para centrarse, artera, en un punto de fuga situado detrás de mí. «Apágala», dice, y entiendo algo: una orden de Laura es como un rayo fulminante que te desarma, un proyectil áspero que no va al cerebro sino a algún escondrijo del sistema nervioso central, algo rápido e incomprensible que hace que mi dedo índice esboce un trayecto de veinte centímetros al aparato, pero con tal velocidad que presiono el botón incorrecto. Laura Bozzo sigue mirando a lo lejos. Alza la voz.

—Claaaro, ¿no? Como a una le están haciendo una entrevista, el chico se va a la calle –dice.

Christian se acerca a paso lento. Llega. Sonríe. Lleva una chaqueta negra y un gorrito blanco. Está impecablemente vestido, como quien se prepara para salir. De su cuello cuelga una cadena gruesa con una pequeña escultura de micrófono plateado. «Me estoy probando la ropa», dice. Laura lo mira: es como una madre severa en un rapto de comprensión. «Sí, ¿no? ¿Boludita soy yo?, ¿no?». Christian se sienta con nosotros. En silencio.

Los comentarios de la prensa que acusan a Christian Suárez de gigoló son maniqueos y fáciles. Sólo Dios sabe si él la ama de verdad, pero es innegable que el dinero no es el único móvil de la relación. Laura Bozzo es, en el sentido cabal del término, una fábrica de sueños. «Ella es como Maradona para mí», dice él, y ésas son palabras fuertes viniendo de un argentino. «Para mí es una fantasía, es como vivir en una burbuja». Dice que como fan siempre sintió tristeza de ver cuán inaccesibles eran sus ídolos: «Siempre hay un guardaespaldas que te dificulta las cosas», observa, y yo pienso en su contextura frágil y su andar de pantera rosa. En cambio, todo es distinto con ella. El jet set de Miami se acerca a Laura Bozzo, la saluda, la mima, le hace pensar que su trabajo es bueno. Ahora Christian abre un álbum de fotos. Es el día de la presentación de los premios Billboard del 2002. Foto con Ricky Martin. Foto con Christian Castro. Con Thalía. Con Marc Anthony. Con la fallecida Celia Cruz. «Nunca se vayan a dormir con una discusión de por medio», le recomendó Celia Cruz a la pareja. Azúcar.

—No es el caso del vivo que se enamoró de la multimillonaria conductora. Cuando la conocí, ella no era lo que es ahora. Hemos crecido juntos.

Dice el novio. Y sí, he visto ternura entre ambos. Un día, él estaba viendo en el cable una película con Meg Ryan. El peinado de la actriz le pareció perfecto. Cogió su cámara digital y capturó una fracción de la película. Imprimió la fotografía y dijo: «Esto quiero lograr con ella». El estilista de turno cogió el papel impreso. Laura Bozzo. Meg Ryan. Laura. Meg. He visto también cómo le canta canciones de amor improvisadas y dulces. «Ella sabe lo que yo soy para ella, y yo sé lo que ella es para mí. No tenemos por qué rendir cuentas a nadie. El día que, que, Dios no lo permita –y no lo va a querer–, pero el día que esto se acabe, ni ella me debe nada a mí ni yo le debo nada a ella, y está todo bien. ¿Entiendes? O sea, nadie se va a reprochar nada», dice Christian Suárez. Laura lo mira impostando confusión.

—¿A qué te refieres? –pregunta.
—No, yo decía… que mañana, hipotéticamente, cuando me vaya…
—A la mierda te vas a ir. A la tumba –interrumpe la Bozzo medio en serio y medio en broma, y suelta una risa de ecos tenebrosos.

Súbitamente, nota que yo también estoy en la mesa. Me mira. Pide disculpas.

***

Pese a las apariencias, Laura Bozzo no guarda rencores. Según Christian, una vez ella le dio una espléndida bofetada a alguien que pasaba por la calle y le dijo chibolera. Es decir, vieja verde. «Le volteó la cara», recuerda. También Laura es capaz de amenazar a una psicóloga de Solidaridad Familia con meterla a la cárcel sólo por un malentendido rutinario. O de pegarle a una monja en el colegio. Pero la ruptura definitiva, la enemistad compulsiva, es algo que no encaja en su perfil. Su lógica me recuerda a la de un dictador africano llamado Omar Bongo, quien dijo una vez que la política del perdón era su mejor venganza (no por casualidad es el tirano más longevo de África). Hace un tiempo, Laura Bozzo marcó el número de Fernando Vivas, el crítico de televisión más influyente del Perú, un hombre que la ha hecho trizas, sistemáticamente, en columnas y reportajes que retratan a la animadora como una explotadora de la miseria humana y el asistencialismo más ruin. Simplemente, cogió el teléfono. «Fernandito», le dijo. «Puedo abrazar a mi peor enemigo, al que me ha hecho cosas horribles», me explica ella. Demasiados periodistas han escrito sobre la naturaleza peligrosa de sus fuertes abrazos.

Pero Laura Bozzo es una buena madre. A pesar de la fama, mima a sus dos hijas con una atención obsesiva. Una psicóloga de Solidaridad Familia recuerda que la Bozzo tenía una asistente personal a la que le pagaba ciento cincuenta dólares mensuales de su bolsillo. Era una mujer que vivía en un barrio pobre de las afueras de Lima. Pero el canal se atrasó dos meses en los pagos del personal. La mujer, desesperada, pidió a Laura un adelanto. Error. «¡No tengo plata!, ¿acaso no sabes que no me han pagado?», le dijo, según la psicóloga. También me dice que no fue eso lo que más le chocó, total, no había plata, sino lo que sucedería minutos después: la conductora sacó de su bolsillo doscientos dólares y se los dio a su chofer para que llevara a sus hijas a un parque de diversiones llamado Daytona Park. Conozco el parque. La pasas de maravilla con veinte dólares. Laura Bozzo dice que prefiere ser amiga de sus hijas, que nunca las juzgaría. Eso sí, durante mucho tiempo las obligó a ver su programa. Es una madre franca, que les habla de la vida frontalmente. Hace unos meses su hija mayor vino a Lima a visitarla. Al ver de cuerpo entero a su madre, le dijo:

—Me traumas, mamá. No puede ser. Tú eres mi mamá, yo tengo que estar mejor que tú. ¡Pero tú estás mejor!
—No jodas, pues hija. No tragues y vas a estar mejor que yo.

Ahora Laura Bozzo come un plato a base de centollo y yo no puedo evitar pensar que esta mujer encerrada siempre tuvo lugares especialmente acondicionados para sentirse libre, para perpetrar todas sus locuras asistidas. De niña tenía el departamento de su abuelo en Ancón –un balneario de la oligarquía de esa época–, donde pasaba casi todo el verano. En invierno se la llevaban todos los fines de semana a San Bartolomé, un lugar campestre en la sierra de Lima donde el día es claro y el cielo azul, un lugar en el que una vez trepó en burro tratando de llegar a la cima del cerro (al final, el burro se detuvo a la mitad y tuvieron que llamar a sus padres). Una constatación climática me asalta: Laura Bozzo nunca tuvo que verse obligada a dejar de ver el sol. Ahora termina de almorzar al final de una gris tarde de julio. Por las ventanas se cuela una luz moribunda, blanquecina y fea, que apenas llega a definir los contornos interiores, como aquel televisor de sesenta pulgadas que descansa al lado del oscuro gimnasio. El televisor está apagado.

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