La señora del café y el señor de los enchufes

Publicado: 20 julio 2015 en Julio Villanueva Chang
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La señora que sirve café en la central de buses de Montevideo siempre sabe de qué va a hablarle un extraño. «A veces es más fácil hablar con un desconocido», me dice Raquel Quirque, una desconocida con tres letras Q en su nombre. Se ha sentado en una sala de espera de Tres Cruces, la terminal de viajeros de Uruguay, tras horas de pie en Del Andén, un café en el ombligo de esta central de transportes donde ella dice buenos días, azúcar o edulcorante, con la voz de una tía que sirve el desayuno sin prisas. Raquel Quirque es rubia, Sagitario, viste de negro, responde su teléfono con el ringtone del himno del Club Atlético Peñarol y se despierta antes de las cinco de la mañana. A esta hora del almuerzo, su esposo está tras el volante de un bus en una carretera como chofer de la Compañía Oriental de Transporte. La boletería queda frente al lugar donde ella sirve café a los pasajeros y el hijo de ambos trabaja en el departamento de encomiendas de la misma compañía. No es casualidad: se llama familia. La Señora Q ha acabado su turno en la cafetería y no deja de abrazar el termo que usa para tomar mate. Su marido le trae la yerba desde el interior de Uruguay, desde donde lleva a esos desconocidos que cada día se acercan a hablar con ella. Toda la vida de Raquel Quirque gira alrededor de Tres Cruces. «Voy a un supermercado y en vez de preguntar ‘¿cuánto es?’, digo: ‘¿algo más?’. Suena el teléfono de mi casa y digo: ‘Café del Andén, buenas tardes’». Su cortesía en piloto automático anuncia una alegre fatalidad: quiere envejecer sirviendo café en Tres Cruces.

—Yo tengo un dicho que es «De acá al BPS o al Norte».

El BPS es la caja estatal de jubilaciones de Uruguay. El Norte es el cementerio más grande de Montevideo.

—Me jubilo o me muero acá —dice—. Pero buscarme otro trabajo, no.

La terminal de Tres Cruces tiene en su puerta principal un cartel de bienvenida: AQUÍ SE ENCUENTRA UN PAÍS. Los carteles de bienvenida suelen ser demagógicos. Si uno es extranjero y llega un domingo a un Montevideo de calles desoladas, es posible que se pregunte dónde están todos los uruguayos. Si va ese mismo domingo a la medianoche a Tres Cruces, tendrá la respuesta: todos los uruguayos están allí. El paisaje humano es bastante homogéneo y con cierto color local: gauchos con teléfonos inteligentes y ejecutivos adictos al mate. Gente rebuscando entre sus bolsillos el boleto de viaje, llevando niños con una mano y maletas con la otra, matando el tiempo con un cigarrillo, durmiendo en la sala de espera con la boca abierta, universitarias llegando tarde con sus boletos en la boca. Señores cargando trajes a la espalda para evitar que se arruguen, viajeros con mochilas del tamaño de un chico gordo de once años, señoras ahorcándose con bufandas. Un turista caminando de memoria con un folleto de viajes, músicos despeinados con guitarras en estuche negro, jóvenes extraviados buscando a alguien, pasajeros tragando comida rápida en marcha, mamás esperando a sus hijitas con muñecas en la puerta de un baño. Hombres que aún usan relojes y las manos en los bolsillos, mujeres ejecutivas arrastrando maletas con cadencia y estilo, una chica con un parche en el ojo por una cirugía. Tipos rapados andando como si alguien los persiguiera, niños rapados por la quimioterapia en sillas de ruedas, hombre negro y mujer blanca besándose. El señor que ha metido varias monedas a un teléfono público y dijo hola-hola en vano, un bombero serio y con uniforme azul marino, un muchacho con la camiseta del Gremio de Porto Alegre y otro con la de Boca Juniors, epidemias de viejos con gorras de béisbol, manadas de adolescentes con audífonos, familias que se abrazan como si fuera la última vez. Viajan por los diecinueve departamentos de Uruguay, un territorio que puede atravesarse en menos de medio día por bus, que es cien veces menor que el tamaño de Rusia, un kilómetro cuadrado más grande que Surinam y cuya población entera equivale a los nacidos cada año en el vecino Brasil. Es un país llano y diminuto, sin futuro para los aviones de pasajeros, la tierra prometida para un empresario de transportes de ómnibus. Casi la mitad de los uruguayos vive en Montevideo. En 2011 la terminal-shopping recibió veintiún millones de visitas: siete veces la población de Uruguay. Tres Cruces, «donde se encuentra un país», no es un cartel demagógico: es un teatro para un antropólogo del viaje breve. Un laboratorio de conversación con desconocidos.

—Y vos, cuando tomás un café, conversás —dice la Señora Q—. El mate es más personal.

La Señora Q es una etnógrafa involuntaria. Durante casi dos décadas ha observado a viajeros y compradores en Tres Cruces, una terminal que ya es mayor de edad. No impone ella la distancia de la cortesía: contagia la cercanía de la confianza. Cuando conversa, mira a los ojos. El Café del Andén tiene dos locales: el del primer piso, dominado por las boleterías y las salas de espera de los autobuses; el del segundo, donde venden postres entre las demás tiendas del shopping. Raquel Quirque llega a trabajar al amanecer y se va a la hora del almuerzo. Inyecta de agua caliente los termos para beber mate. Los clientes le piden tortugas, unos panes redondos con jamón y queso. Le piden también medialunas, esos bizcochos que de lunar no tienen nada. Sin embargo, la verdadera ocupación de la Señora Q es mirar: ver lo que, a fuerza de tanto ver, ya no vemos. O lo que es igual: ver lo que preferimos no ver. Por ejemplo, cosas de vida o muerte. Toda la gente del interior tiene que pasar por Tres Cruces para curarse. La terminal queda cerca de varios hospitales, incluyendo uno de niños con cáncer. Y ella ve a los enfermos. Ve la angustia de los padres. Ve cómo se va curando un niño. Ve cuando dejan de venir. Tomar demasiado café tiene mala prensa. Pero ella dice que servir café en Tres Cruces le ha cambiado el cerebro.

—De qué puedo quejarme si tengo salud y trabajo —dice la Señora Q—. Acá ves problemas reales. Si los comparás con tu vida, soy Alicia en el País de las Maravillas.

Alicia en el País de las Maravillas nació en Minas, una ciudad más calmada que Montevideo, que ya es más calmada que casi todas las capitales del mundo. Los uruguayos tienen un temperamento de bajo voltaje que sufre metamorfosis explosivas cuando acuden al estadio Centenario. La reputación de un país diminuto que produce vacas felices, fanáticos del fútbol y melancolía. Es un país de inmigrantes, sobre todo españoles e italianos, a quienes se les atribuye cualidades de suizos y portugueses. La sentencia «triste como uruguayo contento» es un chiste que encanta a los argentinos. Los uruguayos deslindan todo el tiempo que no son argentinos, igual que los canadienses se cansan de que los confundan con los gringos. Uruguay tiene una de las tasas de suicidio más altas de las tres Américas, el carnaval teatral más largo e inofensivo del mundo, y uno de los presidentes más viejos y austeros del universo. «Somos un país que ama los fines de semana largos tanto como la libertad», dijo José Mujica, que nació el mismo año en que murió el tanguero Gardel, a quien los uruguayos reclaman uruguayo. El presidente dice que sus paisanos aman la vida en minúsculas, la serenidad y los afectos. En Tres Cruces hay más afectos que serenidad.

—Es divertido el trato con la gente —dice la Señora Q—. Aunque haya momentos que te apabullan.
—El del interior te pide por favor —dice Natalia Benavides, quien ha trabajado en Atención al Cliente—. El de la capital te exige.
—El del interior es más amoroso y previsor —insiste la Señora Q—. Siempre le sobra el tiempo. Un montevideano vive más apurado.

Ver un rostro entre miles todos los días y entre todos ellos recordar un solo detalle. Una biografía en un solo pestañeo.

—Hoy la gente está más agresiva —dice ella sin parpadear—. No sé. Alguien puede tener más problemas que yo y no lo discuto. Pero nunca se lo increparía a un desconocido.

La Señora Q mira con ojos maternales, de esos que no puedes engañar.

—Dicen mis compañeros que, cuando los rezongo, pongo los ojos duros. Como que no parpadeo.

Un chico que trabaja en el café le aconseja una sola palabra.

—Parpadeá.

***

El jefe de la Torre de Control de Tres Cruces, un hombre acostumbrado a resolver líos entre más de cien conductores de autobuses, no tiene automóvil. Prefiere ir a pie. «La primera vez que me senté en un volante —dice— fue arriba de un bus». Empuñando un radiotransmisor, Osvaldo Torres dirige el tránsito en las calles lluviosas que rodean a Tres Cruces un viernes al final de la tarde. Es la hora punta. «La terminal es un enorme rompecabezas —me dice en botas de hule— que debemos armar continuamente». Los paraguas son parte del panorama, y Torres lleva un impermeable de color fosforescente. Los transeúntes caminan ensimismados y pensativos bajo el agua. Cuando no son torrenciales, todas las lluvias parecen uruguayas. El país tiene distancias tan breves que todos los días miles viajan de ida y vuelta entre la capital y el interior. El hormigueo crece los principios y fines de semana. Hay días y horas en que ingresan a la terminal tres ómnibus por minuto. Horas en que los habitantes del país se encuentran, pero también se tropiezan. «Me gusta andar así entre la gente», dice Torres, el señor del tráfico pesado. Cada viernes, entre seis de la tarde y siete de la noche más de cien ómnibus entran y salen de cuarentaiún plataformas en una sola hora. «Es el momento más importante de la semana y lo disfrutamos», dice con cara de viernes. «Se nos carga el cuerpo de adrenalina». Ha bajado de su discreta torre de dos pisos, desde donde un equipo de controladores avista el caos sobre ruedas. Torres tiene el talento de mando de un general. Podría hasta dirigir la lluvia.

—Me gustan los que comandan un grupo humano que va al frente —dice el jefe—. La gente que manda y predica con el ejemplo.

Torres siempre quiso ser un militar, pero el destino le fue imponiendo ironías y azares. Fue guía de turismo en la Organización Nacional de Autobuses, una empresa de transportes cuyo ícono era un galgo a lo Greyhound. Explicaba desde la historia de una ciudad hasta la morfología de una catarata. Un día de esos hubo que correr un camión y él estaba allí. El destino siempre le dio oportunidades: una tía se había casado con un marino que llegaría a ser comandante en jefe de la Armada, y de niño iba con frecuencia a casa de ellos. Una noche, cuando tenía diez años, se quedó a dormir allí y se tiró en el jardín a mirar el cielo. Fue cuando su tío, el comandante del mar, le señaló una estrella, una de las favoritas de los navegantes, la de más fulgor en la constelación de Tauro. Hoy una de las hijas de Torres lleva su nombre: Aldebarán. Nunca olvidará esa noche. «Soy un marino frustrado», admite. En algún momento, pasó por su cabeza ingresar a la escuela naval. Torres es un almirante imposible.

—Hasta hoy —dice— me pregunto por qué no lo hice.

A las seis y cinco de la tarde, Torres se mueve como una autoridad del tránsito bajo la lluvia. Dirige la calle zigzagueando entre una fila de once buses. Tras ellos se avistan unos más. Los rostros de la gente mirando por la ventana de los buses son retratos aburridos: caras con vaho en el vidrio, caras de recién despiertos, caras de sólo existe la música en mis audífonos, caras de ojalá vengas a recogerme. Los ómnibus aparecen uno tras otro y eliminan toda la visibilidad de otros coches. Las empresas tienen nombres de espías como Agencia Central, playeros como Turismar, mayúsculos como CITA y COT, geográficos como Paysandú o amables como Bonjour. Tienen eslóganes clásicos —«Nos encanta llevarte»— o prometen conexión a Internet desde sus puertas. Todos están obsesionados por convertir sus autobuses en camas de hotel. Para el jefe de la Torre de Control las distinciones no existen. Ejerce su comando en diez mil metros cuadrados de territorio. Una vez, uno de los choferes había abandonado un ómnibus en la terminal más tiempo del prudencial sin reportárselo.

—Me tuve que extralimitar —dice como disculpándose—. Le tuve que decir que, estando dentro de la terminal, incluso para ir a cagar me tenía que avisar a mí.

A las seis y treinta de la tarde, hay una legión de pasajeros esperando irse.

Señores revisando su boleto por si se equivocan.

Chicas con maletas muy floridas o muy negras.

Gente abriendo sus paraguas contra el cielo.

El Almirante Imposible ve desfilar en la pantalla de su computadora fotos de buques abriendo fuego. Ve desfilar fotos de sus tres hijas y nietos, a unos compañeros del transporte, citas que le gusta leer en voz alta, ciudades como Río de Janeiro, mujeres como Marilyn Monroe y la Madre Teresa, boxeadores como Cassius Clay, cantantes como Frank Sinatra, militares como el general Patton. En la serie de retratos que desfilan por su pantalla tiene también la fachada de una boletería en la terminal a la que enviará un e-mail de reproche. «Una de mis tareas es preocuparme de que los locales tengan una estética». Tiene una gata llamada Maika, a la que encontró en la calle. Es fan del Defensor Sporting Club porque no le gustan los clubes que siempre ganan. Le fascinan las teorías de conspiración: se acuerda dónde estaba el día y la hora que mataron a Kennedy. Fuma cada vez menos, pero fuma todavía un paquete de diez cigarrillos al día. Fuma más a partir de que oscurece. Tiene amigos de bar, pero sobre todo uno lejano y favorito: un primo hermano que fue traductor de las Naciones Unidas y con quien conversa por Skype. Su madre, que tiene noventa años, se llama Valkiria y la tiene en una casa de ancianos. Su esposa es cajera de una de las empresas de transporte. Torres va a cumplir sesenta años, la edad legal para jubilarse.

—No —dice—. Esto es lo mío.

***

Nadie sueña con incendios una madrugada de Navidad. El 25 de diciembre de 2010, Torres, el jefe de la Torre de Control de Tres Cruces, dormía a doscientos kilómetros de Montevideo hasta que alguien le dio la noticia del fuego. «Es como si a un capitán le avisaran que le han hundido el barco», recuerda Torres. «Uno se siente a la deriva». El incendio había estallado minutos antes de las dos de la mañana, en el entrepiso de una tienda de zapatos y un local de ropa deportiva. Eduardo Robaina, el Jefe de Operaciones de Tres Cruces, que había trabajado todas las navidades de los veinticuatro años anteriores, interrumpió su descanso de la que iba a ser su primera Navidad libre: estaba en la casa de su madre, en Canelones, a cincuenta kilómetros al norte de Montevideo. «Después de llamar a los bomberos, me llamaron a mí». El fuego estaba convirtiendo en cenizas nueve tiendas del shopping. La Señora Q no supo del incendio hasta esa mañana. «Fue como si se me fuera el alma del cuerpo», dice, y no volvió a Tres Cruces hasta dos días después. «Fue un regalo nefasto de Papá Noel», dice Pablo Cusnir, el gerente de marketing. «Nos sacó a todos de nuestro sueño cuando estábamos fuera de Montevideo. Y mi mujer estaba embarazada». Esa mañana, Osvaldo Torres, que había dispuesto todo para volver a trabajar dos días después, regresó a su torre y la encontró convertida en un gabinete de crisis: el presidente del directorio Carlos Lecueder, el vicepresidente Luis Muxi, el gerente general Marcelo Lombardi discutían qué hacer. «Estos hombres van a tener que conducir el naufragio o dirigir el rescate», se dijo el Almirante Imposible. Y el gerente general, que esa madrugada celebraba una barbacoa con más de cincuenta invitados, enrumbó hacia la terminal. Nunca se descubrió el origen del incendio. Los bomberos apagaron el fuego a las siete y media de la mañana.

—Uno se enfrenta con situaciones que son más o menos conocidas —dice Lombardi—. Esto era absolutamente desconocido.

En Navidad siempre hay incendios, pero los incendios pertenecen al gobierno de lo inesperado. Lombardi cree que pudo haber sido un fuego artificial caído en el techo. O un cortocircuito en el aire acondicionado. Lo que no destruiría el fuego lo arruinarían el humo y el agua. El hollín y el olor a quemado aplastaron el aire. Después del incendio, hubo que arremangarse los pantalones. «Uno sabía todas las mañanas al levantarse que el día iba ser horrible», dice Lombardi. «Lo único que había todos los días era docenas de problemas». Las jornadas de trabajo comenzaban a las seis de la mañana y terminaban a las once de la noche. «Vi cómo había quedado: los bancos de madera seguían armados pero hechos carbón, y todo estaba inundado», recuerda la Señora Q. «Los locales se habían convertido en agujeros negros». Ana Claudia Casas, administradora de Óptica Lux, uno de los nueve comercios que perdieron todo, recuerda desde sus anteojos: «Es como si hubiera caído una bomba. Todo negro. Fierros torcidos por todos lados». Lilian Lerena, una vecina que hace sus compras en Tres Cruces, lo resume así: «Vi mucho humo, pero más tristeza». Fue una tragedia sin muertos ni heridos, con unos siete millones de dólares en pérdidas. «Siempre tuve la necesidad de entrar al local y encontrar algo», recuerda Casas, quien administra la óptica. «Una patilla, un lente, no sé. Necesitaba encontrar algo tal como había quedado». Tenía cientos de anteojos allí. Las gafas de sol se venden más en Navidad.

—¿Y tu mujer te hablaba por teléfono? —pregunto a Lombardi.
—Sí —responde—. Pero con monosílabos.

Esa Navidad, cuando el gerente general de Tres Cruces volvió a casa, sus hijas ya estaban dormidas. Adiós vacaciones. No habría ganas de celebrar el fin de año. Debían improvisar soluciones urgentes para que el servicio de autobuses no se detuviese, informar sobre las pérdidas a los comerciantes, reconstruir el shopping. Primero idearon un lugar de entrada y otro de salida de los autobuses. Cuando uno baja de un ómnibus, sólo se va. Pero cuando uno sube, debe identificar el coche. No puede equivocarse. Las partidas de ómnibus tenían que continuar desde Tres Cruces. El mismo día de Navidad armaron una terminal de llegadas en un estacionamiento frente al Estadio Centenario. Tenían botellones con agua para los pasajeros, baños químicos, una sala de espera en el asfalto, música y altavoces, carpas para protegerse del sol y hasta un carro de chorizos. Fue una terminal de campaña. El público lo entendió. Pero en Tres Cruces, a unas cuantas calles de allí, todos los medios de prensa exigían novedades del servicio. «Una situación de emergencia exige verticalidad y todo el equipo se adaptó», cuenta Lombardi. «Las decisiones se tomaban y no se discutían: se ejecutaban». Fue una improvisación colectiva entre vecinos, autoridades y comerciantes. En un mes, a fines de enero de 2011, la terminal volvió a correr en un ciento por ciento, y en cinco meses se reabrió el centro comercial. Hubo que reconstruir una treintena de unos cien locales. El shopping volvió a ser un lugar de fantasía.

—Más que pesadillesco fue inolvidable —dice Torres.

Un incendio ayuda a desajustarte el cuello. Para Pablo Cusnir, gerente de marketing, hombre de acción y de ventas, ir a trabajar con corbata era necesario para un ejecutivo, como un chef se pone el delantal para cocinar. Había enterrado su pasado de melenudo hijo de una peluquera, de tronco incapaz de meterse en una camisa, de pies histéricos contra los zapatos. Cuando no llevaba corbata, Cusnir se sentía muy incómodo de tratar con otros comerciantes. En las semanas posteriores al incendio, nadie en Tres Cruces se preocupó demasiado por volver a los trajes. Elegían un pantalón digno para caminar entre los restos del fuego. Era verano y el incendio acostumbró a Cusnir a andar sin corbata. Meses después, el gerente de marketing cambió el timbre de llamadas de su teléfono. Había empezado a odiarlo. Desde el día de la tragedia, cada vez que lo llamaban a su teléfono era el ruido de un problema. Lo llamaban su esposa o su madre y más líos. Lo llamaban desde las seis y treinta de la mañana hasta las once de la noche para contarle más problemas. Ya lo tenía asociado: el timbre de su teléfono sólo anunciaba un lío tras de otro. Un día, en una reunión de trabajo, el ruido del teléfono de uno de los presentes lo crispó. Era el mismo timbre de su teléfono los días posteriores al incendio. Un fantasma en forma de ringtone.

—Era como un vacío —dice Cusnir—. Se me ponía la piel de gallina.

El gerente de marketing buscó otra melodía.

Hoy contesta con rock&roll.

El único hombre que una mujer espera conocer tras un incendio es un bombero. Hay excepciones que se oponen a esta lógica. Dos días después de esa trágica Navidad, Natalia Benavides, una mujer rubia y alta que trabajaba en el departamento de Atención al Público, acudía a la terminal improvisada en el estadio Centenario para recibir a los pasajeros. David Souza, un cajero de la empresa de ómnibus General Artigas, más bajito que ella, iba al mismo lugar para recibir a los buses de su compañía que llegaban desde Brasil. «Traté de ser amable y le dije que hablaba otros idiomas, que cualquier cosa me consultara», dice ella. «Vio que yo tenía dificultad para hablar portugués», dice él, «y aprovechó para lucirse diciendo que hablaba distintos idiomas». Él empezó a invitarla a salir; ella no quería. Él insistía; ella se disculpaba. Él nunca había tenido una historia estable con nadie; ella pensó que nunca podría estar con alguien como él. Un día antes de acabar el año, ella ofreció darle el número de teléfono de cualquiera de sus compañeras si él aceptaba llevar en su moto a un amigo que le compraría cigarros. Él dijo que lo llevaba pero que sólo quería el número de ella. Ella no le dio ningún teléfono; él le pidió su número al amigo. Él empezó a escribirle mensajes; ella empezó a responderle. Ella y él compartieron el mate. Ellos tuvieron un hijo. Ellos se conocieron por un incendio. Allá ellos.

***

Todos creen que la Señora Q conoció a su marido en Tres Cruces. El prejuicio se disfraza de fantasía: tiene algo de lírico y aventurero conocerse en el paradero de un autobús y mejor si llueve. Pero cuando Raquel Quirque, la Señora Q, empezó a trabajar en el Café del Andén, ya llevaban nueve años y una nena juntos. Había trabajado en una pizzería del Montevideo Shopping, donde conoció a los futuros dueños del café. En verdad, había trabajado en todos los shoppings de Montevideo. «Una terminal de buses es especial», dice la Señora Q. «Es otra gente, otro movimiento, otra curiosidad. Quería trabajar en Tres Cruces». El dueño del Café del Andén es un médico. Entonces era el doctor que iba a las casas de los trabajadores de la Compañía Oriental de Transportes para confirmar si estaban enfermos. Un día fue a casa de ella para controlar la salud de su esposo. El marido había empezado a trabajar en el garaje de la COT: llevaba los camiones al lavadero y los devolvía al estacionamiento. El enfermo se convirtió en chofer cuando inauguraron Tres Cruces, y ella en la Señora Q. Dormir con un conductor de ómnibus es a fin de cuentas procurar que en la carretera nunca se vaya a quedar dormido.

—Es una gran responsabilidad mantenerse despierto —dice ella, parpadeando.

Hay alguien que sabe bastante de choferes sin tener que dormir con ellos: Julio Sánchez Padilla es propietario de la empresa de transportes CITA y unos de los fundadores de Tres Cruces. Hay en su figura de patriarca y en su biografía la sospecha de que sabe demasiado: juez de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Roma y Tokio, récord Guinness por dirigir sin interrupciones el programa televisivo de fútbol más antiguo del mundo —Estadio 1, todos los lunes desde 1970—, y un guerrero sobreviviente de dos infartos. Sánchez Padilla cuenta historias con la pausa de quien sabe que es escuchado. Décadas de polémicas televisadas entre el bien y el mal, décadas de convivir con choferes que cargan vidas y toneladas. El Señor del Récord Guinness recuerda sobre todo a uno de sus conductores de ómnibus, un tal Febres. Dice que era un tipo elegantón, prolijo y puntual. Dice, además, que ya ha muerto.

—No hay más choferes como Febres —lamenta el Señor del Récord Guinness—. La gente se toma sin amor la tarea por la que en algún momento pidió por favor.

La Señora Q, que lleva durmiendo más de veinticinco años con el mismo chofer, cree que no hay conductores como Montiglia, su marido al volante de un Scania. Tiene un hijo que trabaja tan despierto como su padre en el Departamento de Encomiendas de Tres Cruces. Tiene una nuera que también trabaja en Encomiendas en Tres Cruces. Y tiene una hija que trabaja en una tienda de ropa, que no está en el shopping de Tres Cruces pero que va a visitarla a Tres Cruces. Hay miles de estudiantes universitarios que viajan casi todos los fines de semana al interior, y miles de ellos recibiendo encomiendas de sus padres: cajas con comida, ropa arreglada, animales. Y van a Tres Cruces por esas cajas, por la camisa planchada, por el guiso que el viernes les hizo la madre. Van desesperados en busca de esa caja. Van a romper lo que la envuelve. Es una caja de la conexión con la tierra. Enviar una encomienda sigue siendo enviar una caja. La comida favorita de mamá no se puede enviar por Internet. Y en Uruguay todos los viajes son cortos. Por eso los guisos llegan bien.

Su hijo, que trabaja entre guisos ajenos, ve a veces más animales que gente.

—Ve pollitos casi a diario —dice la Señora Q—. Pollitos en vaivén. Van y vienen en cajas con agujeros.

Su hija, la única del clan que no trabaja en Tres Cruces, también va a la terminal.

—Pero viene a ver a la madre —me dice la madre.
—¿De qué habla con su marido todos los días?
—De todo, menos del trabajo. A pesar de que él lleva a tantos pasajeros, yo soy quien conversa más con la gente.

Hay quienes vuelven a casa para olvidarse del trabajo.

Hay quienes hacen de olvidar todo un trabajo.

Samantha Navarro tiene una canción de Tres Cruces.

No es cumbia. Ni tango. Ni candombé. Es desamor.

La cantante tiene un cabello frondoso y ondulado como sus canciones. Y dice así: ♫Terminal Tres Cruces/grissssss amanecer/toma tu mochila/no te quiero ver♫. Se trata de un amor de verano, de una despedida. ♫Terminal Tres Cruces/ que te vaya bien/ yo te quise tanto/ pero ya no sé♫. Deseo. Desengaño. Duda. ♫Y ahora estoy perdiendo tooooodo lo que encontré/y me estoy odiando♫. El remate de la canción dice: ♫Y me estoy sangrando♫. Tres veces. Tres Cruces. Crucifixión. El personaje de la canción, según ella, no es ella, aunque todos creamos que es ella. Es un personaje mixto que compuso oyendo historias de despedidas. «Quise tratar toda la terminal como si fuese una sola persona», se explica. «El personaje que me inventé siente que no va más a ser capaz de amar». Lo que no inventa Navarro es que Tres Cruces ha atravesado su vida como sus más de trescientas canciones. Cuando era niña, tomaba un ómnibus que pasaba por el descampado donde iban a construir la terminal. Estudió guitarra, química, antropología. Es sumiller, escribe cuentos de ciencia ficción, canta. Cuando viaja a dar conciertos en el interior, Samantha Navarro sube a un autobús de Tres Cruces. Desde la ventana del ómnibus de su infancia vio cómo movían una plaza cuando construían la terminal. Por entonces trabajaba de secretaria y estudiaba química en la universidad.

—Era como un lugar de perturbación cuántica —recuerda la cantante—. Un movimiento de máquinas y de cosas que yo jamás había visto.
—Se creó un nuevo centro de la ciudad —dice el Señor del Guinness.
—¿Qué hace usted cuando va a la terminal? —pregunto.
—Sólo saludar —añade él—. Nada más. Porque todo el mundo está en movimiento.

El Señor del Guinness tuvo en su poder la maqueta de Tres Cruces cuando allí aún no sucedía nada. En 1990, años antes de su inauguración, Julio Sánchez Padilla era el Señor del Transporte en Uruguay. «La terminal era lo fundamental», insiste. «El shopping, lo accesorio». Dos décadas después llegó el incendio. El ex presidente de la Asociación Nacional de Transportistas, quien conoce de infartos, sabe que una tragedia puede convertirse en un estilo de resucitar. Hoy Tres Cruces luce sin mamparas, sin albañiles, sin ruido. Lo que La Cantante del Pelo Frondoso veía por la ventana del ómnibus cuando era niña es hoy otra canción. No es más bulla bruta: es orquesta fusión, escenario de encuentro y despedida, ensayo de laberinto. Los habían insultado por querer construir una terminal allí. El día de la inauguración de Tres Cruces, Sánchez Padilla colocó una placa dorada en el hall principal. Dijo un proverbio conocido: «Las grandes obras las sueñan los santos locos, las ejecutan los luchadores natos, las disfrutan los felices cuerdos y las critican los inútiles crónicos». Toda frase entre comillas demanda enemigos para su futuro. El Señor del Guinness es un militante de Peñarol —«a usted se lo puedo decir porque es extranjero»— y un admirador de Carlos Lecueder, el presidente del directorio de Tres Cruces que viaja por el mundo y regresa con ideas para sus centros comerciales. Hoy el patriarca de los transportistas casi no visita la obra. En su lugar, cada miércoles, su empresa lleva a cientos de niños del interior a visitar Montevideo.

—Algunos que vienen del interior más alejado —dice Sánchez Padilla— no conocen el mar.

La Señora Q tiene una vista privilegiada a un mar de extraños. Y tiene un don: Quirque es un imán a quien uno se acerca a contarle algo. Una mujer gorda y rubia aparece caminando frente a la sala de espera y aumenta su sonrisa cuadro por cuadro cuando se da cuenta de que ella la mira. Durante tres años y medio, Sandra Díaz Reyes limpió un baño de mujeres en Tres Cruces. Durante tres años y medio vivió de un sueldo, pero sobre todo de las propinas que le dejaban otras mujeres. Había llegado como una empleada de escoba y trapeador hasta que un día faltó la señora responsable de ese baño frente a un Mc Donald’s. Desde entonces Sandra Díaz Reyes lo cuidó como si fuese una prolongación de su casa. Compraba con su dinero un perfume más agradable que el desinfectante oficial, lo decoraba como si fuese su sala durante las fiestas de fin de año, les pedía a sus clientas que, por favor, lo dejasen impecable. Nada como la fila de un baño de mujeres para empezar a conocer a una mujer: «Veía a las que andaban en la cola y sabía quién me iba a dejar limpio el baño», recuerda la Señora que Limpiaba Retretes. Esa tarde, en medio de la multitud de pasajeros que andaban por la terminal, ambas se detuvieron a conversar en la sala de espera. Como si tuviesen un radar para identificarse.

—Nosotros vemos más allá de lo que ustedes piensan —dice la Señora Q—. Detectamos a todos con una mirada de rastreo.

No se acordaba del apellido de la Señora que Limpiaba Retretes. En Tres Cruces, la memoria del detalle es neblinosa. Recuerdas episodios estelares, olvidas los nombres completos. Es una memoria emotiva, dramática, anecdótica. Sandra Díaz Reyes dejó de atender el baño de mujeres cuando se separó del padre de sus primeros cinco hijos. La empresa de conservar un baño público impecable tiene más de amor propio que de detergente. La imagen cinematográfica de un baño de mujeres tiene un olfato más cercano a la vanidad que a la fisiología, a los lápices de labios que a los intestinos. Los baños de Tres Cruces no son cinematográficos: son de necesidad urgente, de gente haciendo cola, de impacientes. La Señora Q recuerda un día trágico. Fue al año siguiente de inaugurar Tres Cruces. Sandra Díaz se había tomado su media hora de descanso y la estaba cubriendo una compañera. La muchacha de limpieza empezó a gritar y llamó a los de seguridad: había encontrado un feto en la bolsa de una papelera.

—Fue mi peor día en Tres Cruces —dice—. El otro fue el incendio.

La Señora que Limpiaba Retretes sabe que un baño es un gran teatro. Hay tragedias y comedias.

—Yo era muy histérica con la limpieza —dice ella sobre el baño de su casa—. Aprendí lo que mi madre me enseñó. Y mis hijas también.

La Señora que Limpiaba Retretes cree en la limpieza absoluta y en la Biblia. Capricornio risueña, no cree en el zodíaco. Cree en el Dios de los Evangelios, en el trabajo y en los amigos de su antiguo trabajo. Cree en tener siete hijos y en una madre que trabajó con ella limpiando los baños de la terminal y de un restaurante por las noches. Hacía sus compras en Tres Cruces. Celebraba los cumpleaños con sus amigas de Tres Cruces. Se fue a vivir a dos cuadras de Tres Cruces. Cuando se quedó sin trabajo en Tres Cruces, iba a visitar a sus amigas a Tres Cruces. Les vendió ropa en Tres Cruces. Trabajó en una fiambrería. Fue guardia de seguridad. Limpió casas. Conoció a su segundo esposo. Tuvieron dos hijos y abrieron juntos una panadería. «Yo venía del interior, de Salto. Tres Cruces marcó mi vida», dice la Señora que Limpiaba Retretes. «Allí aprendí que podía salir adelante con mis hijos». En ese tiempo, tenía cinco hijos. Uno de ellos era un futbolista del futuro: Luis Suárez, el número 9 de la Selección de Uruguay, aún no era el chico de los dientes de conejo que intimidaría a los arqueros del mundo. Tenía menos de diez años cuando iba a buscar a su madre al baño de mujeres de Tres Cruces. Sus hermanos lo mandaban a pedirle el dinero para comprar cosas de comer y el niño subía por las escaleras desde el baño hasta el supermercado. Luis Suárez jugaría en el Nacional de su país y en el Ajax de Holanda. Luego sería el chico del Liverpool de Inglaterra que haría que los porteros se arrepientan de cuidar su puerta. La madre de uno de los futbolistas más famosos del mundo fue una señora que fregaba baños.

—Me molesta que a veces la gente se te arrima por lo que él es hoy —dice su mamá—. Yo sé distinguir a las personas. Por eso tengo mi gente en Tres Cruces. Hoy aparece el tío y el primo que nunca existieron. Pero yo sé quién estuvo siempre.

La Señora Q recuerda a un hombre que estuvo siempre.

—Lo conozco desde que arreglaba los enchufes —dice—. Ahora arregla los problemas de todos.

El Señor Que Arregla los Problemas de Todos es un título todopoderoso. Exige casi una reverencia. Pero Eduardo Robaina es un señor calvo a quien le ha costado todo, incluso su barba de candado. El título del Señor Que Arreglaba los Enchufes nos devuelve a sus orígenes. Dejó tres años de estudios en una facultad de ingenieros para meter el músculo en una refinería. Bajó de las alturas de cálculos y proyecciones para sumergirse en un subterráneo de combustibles y cemento. El trabajo de un hombre lógico y rudo. Estudió hidráulica, termodinámica, química, tanques, bombas, logística. Trabajar en una refinería es un gimnasio del peligro: ser capaz de producir obras gigantescas y estudiar miles de detalles para evitar una catástrofe. Esa fue su escuela. Robaina entró en Tres Cruces como medio oficial de mantenimiento, un señor que proveía de enchufes y clavos. Hoy es el jefe de Operaciones. «Toda la bondad que hay adentro del gordo es la misma de cuando andaba poniendo enchufes», informa la Señora Q. «Pero no es lo mismo andar arreglando enchufes que tener que mandar a tanta gente». Robaina tiene todas las llaves maestras y todas las posibilidades de equivocarse.

—Nuestro trabajo es solucionar problemas —dice desde su más de cien kilos—. Y dentro de las ventajas de esto, a veces se puede ser humano.

El Señor que Arreglaba los Enchufes es una antena humana. Una escena se repite siempre en Tres Cruces: hombres, mujeres y niños enfermos a quienes el Ministerio de Salud Pública les paga un pasaje de bus para atenderse en un hospital de Montevideo. Regresar a casa depende de los cupos que les reservan por ley las empresas de transporte. A veces se quedan un día entero en la terminal esperando volver. A veces el Señor de los Enchufes paga la comida de una madre que espera con su hijo. La Señora Q lo ve a veces rebuscando dinero en sus bolsillos. Un enchufe siempre está ahí, humilde y explosivo, como esa rendija de la que nos previenen cuando niños. El Señor Que Arreglaba los Enchufes anda siempre con un radiotransmisor por Tres Cruces. Da la impresión que podría resolver hasta las penas de amor.

***

A la Señora Q, que conversa con miles de extraños como si fuesen su familia, también le toca callar. Hay un hombre que habla solo, es un monólogo y ella sólo lo mira, sonríe y asiente frente a él. Hay señoras que cuentan sus líos con el marido porque eso las oprime. «Se acostumbran a uno», dice. «O uno se acostumbra a ellos». Sólo hay que darse cuenta hasta dónde quiere llegar la gente. Están los que te cuentan todo y que nunca más los vuelves a ver. O están los que se saludan durante años y un día se van a vivir juntos, como Pablo Cusnir, el gerente de marketing que empezó de cadete y saludaba a una chica bonita de DHL que hoy es su esposa. Es normal que la Señora Q se encuentre aquí con gente de su ciudad, con ex compañeros de estudio, con amigos de la infancia. En Tres Cruces, encontró a las monjas de su colegio Nuestra Señora del Huerto. Cuando iba a la escuela, a las monjas sólo les veía la cara. Hoy ya les puede ver el pelo.

—La hermana Domitila —dice— sólo se acordó de mí cuando le dije quién era.

Uno de los mayores homenajes a un maestro es que años después un alumno cruce la calle sólo para saludarlo. Hay quienes pasan de largo. Otros corren a abrazarlos como si el azar fuese un milagro. Un día la administradora de Óptica Lux encontró en Tres Cruces a su profesor de Historia. Sólo recordaba su nombre: Ángel. Lo distinguió desde sus anteojos con 0.50 de miopía. Desde que se inauguró la terminal, Ana Claudia Casas trabaja nueve horas al día viendo a gente que no ve bien. A veces a la Chica de las Gafas le toca atender a gente con buena vista. Casos para el neurólogo Oliver Sacks.

—Venían a la óptica a pedirnos que les cortáramos el pelo —sonríe.

Uno de sus clientes la ve en Tres Cruces desde niño. Ha sufrido dos desprendimientos de retina. Tiene -31 de miopía.

—Hoy instala cables de fibra óptica —dice ella.

El destino es irónico con efectos especiales.

El gerente general de Tres Cruces, por ejemplo, no guarda su automóvil en el estacionamiento de la terminal: paga un parqueo privado frente a ella.

—Aquí no hay excepciones de privilegio —dice Lombardi.

Lombardi, un contador público que se aburrió de la contabilidad, tiene hoy la experiencia de calmar incendios.

—Un día —dice— detectaron que un miembro de Al Qaeda había pasado por aquí.

Interpol tiene una oficina en Tres Cruces. En ella no sólo se encuentra un país.

Ves a bolivianas que llegan a trabajar en casas de familias de clase alta.

Ves a extranjeros subir y bajar de los nueve mil taxis que llegan por día.

Ves a barras bravas de argentinos, brasileños y uruguayos.

Ves a bolivianas regresar maltratadas de las casas de la clase alta.

—Vi caer a uno del segundo piso —dice la señora Q—. Vino caminando, levantó la pata y se tiró. Un guardia del Café del Andén no lo pudo detener. El hombre saltó por encima de la baranda como si huyera de sí mismo y se fracturó una pierna seis metros más abajo. Nadie se daría cuenta de que el suicida no había muerto. Sólo preguntaron si se había tropezado.
—De tanto ver gente, ya no ves a la gente —dice la señora Q.

Lilian Lerena, una vecina que trabaja en la funeraria Previsión S.A., dice que sus clientes están vivos. El año anterior reconoció a un amigo de su infancia en la terminal. No lo había visto en más de treinta años. Hoy es dueño de una discoteca donde tocan cumbia.

—Quedamos que un día iba ir al baile —sonríe ella.

Natalia Benavides, ex promotora de Atención al Cliente, se acuerda de cosas que desaparecían.

—Un señor nos fue a preguntar si habíamos encontrado su dentadura postiza. No recordaba si la había olvidado en el baño.

Hasta que alguien la encontró.

Tres Cruces tiene un Departamento de Objetos Perdidos.

Si pasa un tiempo sin que nadie reclame su bicicleta o su paraguas, la compañía no los conserva. Los dona a escolares de Montevideo quienes, con suerte, no los perderán. Natalia Benavides aún cree en la especie humana.

—Es más la gente que devuelve que la gente que no devuelve —dice.
—¿Cómo se ve el mundo desde Atención al Cliente?
—La gente se ve como loca —dice ella—. Sin tiempo para nada. Y no se trata de una sola persona. Son todos los que pasan.

Nos devuelve la mirada en el reloj.

La Señora Q es tan puntual que es impuntual: llega media hora antes a trabajar y bebe mate en la entrada de Tres Cruces. Existen allí dos mundos, el de arriba y el de abajo. Ella trabajó nueve años en el primer piso y siete años en el segundo. Hoy está de vuelta en el epicentro. Quien va por arriba quiere comprar: pasea, mira, escoge. Quien va por abajo quiere viajar: toma mate, espera, conversa. Después de unas cinco horas en bus, a quien llega de viaje no le apetece ir al shopping de Tres Cruces: va en busca de un taxi o un abrazo. Los abrazos en mayúscula son el gesto más natural entre sus más de cincuenta mil pasajeros por día. Hay también allí actos solitarios, quién sabe si más del cielo o del infierno. Desesperados: un hombre se disparó un tiro en la cabeza en un inodoro. O absurdos: un señor murió tras atorarse un pedazo de costilla en la garganta.

—Tres Cruces es la gente —dice la Señora Q—. Alrededor de él giramos nosotros.

Antes de despedirse, Raquel Quirque, tres Q en trece letras, como nunca, parpadea. Donde hay multitudes, hay personas en serie. Uno es el mendigo, que exige el dilema constante de la caridad: dar o no dar. A veces, como no puede regalarles una medialuna del negocio, ella busca monedas de su cartera. A veces, cuando les da de comer, tiran la comida. Donde hay multitudes, hay también gente fuera de serie. Uno que otro maniático. Por años, la Señora Q tuvo un cliente que iba todos los días a desayunar. Era soltero. Trabajaba en un supermercado. Vivía en una casa oscura donde se había impuesto la costumbre de encender una sola luz a la vez. Por años buscó a la mujer que le servía el café como él quería: cortado tibio, dos sobrecitos de azúcar, sin espuma. Por años no faltó nunca y la única mañana en años en que no pudo ir telefoneó para avisar que no lo esperaran. Fue a Tres Cruces desde el día de su inauguración hasta que se jubiló. Hoy ya no se le espera, pero la señora que sirve el café sabe qué decirle cuando vuelve.

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