El país de la calma

Publicado: 10 agosto 2015 en David Santa Cruz
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―Mira, el único peligro que hay en Uruguay es, que de repente, te des cuenta que llevas dos días tumbado en el pasto viendo crecer la hierba, tomando mate ―dice Ángel Galán, un periodista español avecindado en Montevideo. Tiene razón.

Cuando sucede viene el estupor, sientes vergüenza; piensas que estás desperdiciando tu vida. Luego, el síndrome de abstinencia por la falta del estrés–ira–angustia–depresión y todo el coctel químico que el cerebro reproduce en ciclos de tensión–carga–descarga–distensión. Que cada vez se acortan: tensión–carga–descarga. Sin tiempo al descanso: tensión–carga, tensión–carga, tensión–carga. Hasta enloquecer. Piensas. No pasa nada. Entonces suspiras. Sí, parece que la hierba hace ruido cuando crece pero tú no la escuchas. Te relajas. Piensas. Así son las cosas acá.

***

El 27 de abril de este 2014, la banda de heavy metal Megadeth, tocó en el Teatro de Verano, el principal escenario para conciertos del país. En algún momento del concierto, un grupo de personas desplegaron una bandera enorme con el logotipo de la banda, lo que llamó la atención del vocalista, Dave Mustaine.

―Denme un segundo, tengo que tomarle una foto a esto, voy por mi celular ―dijo y desapareció del escenario.

Expectantes, los casi cuatro mil asistentes se movían con el mismo vaivén y suave rumor que las olas del Río de la Plata cuando se estiran sobre las playas de Montevideo.

Al regresar, el guitarrista pelirrojo tomó la foto y llamó a su esposa.

―Hola amor. ¿Te acuerdas que hablábamos a dónde mudarnos si viviéramos fuera de América? Bueno, nos mudamos a Uruguay.

La ovación no se hizo esperar, el comentario de Mustaine abonaba a la sensación de que Uruguay es un gran lugar para vivir. Aunque quizá sólo esté de moda. Ya en septiembre de 2013, Steven Tyler, vocalista de la banda de hard rock, Aerosmith había dicho que el de Uruguay era el mejor presidente del mundo y que más mandatarios deberían seguir el ejemplo de José «Pepe» Mujica. Que, qué duda cabe, es hoy una estrella más: uno de los principales activos promocionales de la República Oriental del Uruguay.

―¿La moda es argentina, latinoamericana o más extendida? ―pregunta, mientras tomamos un café, Gabriela, una chica que vive en el barrio contiguo al mío en Buenos Aires.
―Mundial ―respondo.
―¿Y empezó?
―En 2012, por una entrevista que el diario español El Mundo le hizo a El Pepe, la titularon «El presidente más pobre del mundo». ¡Y zas!, todos los medios fueron a buscarlo. Luego los uruguayos legalizaron el matrimonio gay, y luego la marihuana, y el aborto…
―Quizá que hayan llegado a semifinales en fútbol en 2010. ¿Tendrá también algo de incidencia? ―dice ella.

¡Ah sí! El futbol. ¿Qué pasó en 2010? Googleo discretamente en el teléfono. ¡Ah!, el mundial de Sudáfrica. Holanda contra Uruguay. Recontra googleo: Uruguay ganó dos mundiales, el primero de la historia, en 1930, jugaba de local. El segundo fue tragedia ajena, 1950. Maracaná, 250 mil espectadores, Brasil en la final como favorito. Uruguay se coronó.

―Es posible ―le digo a Gabriela.

En 2013 la revista inglesa The Economist nombró a Uruguay el mejor país del mundo. Dicen que se lo dan por la aprobación del paquete de reformas. Dicen también que están abriendo un camino que no sólo mejorará a una sola nación, sino que si son replicadas, beneficiarían al mundo.

***

Su figura bonachona y regordeta que corona con una franca sonrisa lo hacen parecer afable. Lo es, aunque a veces refunfuña. Con el éxito que tiene, alguien debería fabricar un muñeco de peluche a su imagen y semejanza. En las calles de Montevideo la gente lo ve y se sorprende, sacan de inmediato los celulares y le toman fotos.

―¡Que viva El Pepe!, ¡Que viva Mujica! ―grita un grupo de cinco o seis brasileños que iban saliendo a la calle y coincidieron con el mandatario.

Él los saluda con la mano en alto, les dice algo que no alcanzo a registrar y amaga con entrar al auto. Voltea como si se olvidara de alguna cosa. Levanta la vista, despacio, hacia los periodistas que lo esperábamos. Cuando constata que seguimos ahí con los micrófonos, libretas y grabadoras en la mano abre los ojos y la boca, ladea la cabeza y separa un poco las manos con los pulgares hacia afuera, en un gesto mezcla de desencanto y resignación. Pareciera decir «pero, ¿todavía siguen aquí?». Deja caer los hombros y avanza hasta donde estamos. Da pasos lentos, pesados. Le llueven las preguntas, capotea todas, es fin de semana y sale de un acto protocolario con militares. Esos, a los que combatió rifle en mano siendo guerrillero. Esos que lo encerraron en una celda oscura, húmeda y desaseada. Y que luego de escaparse de ella, en una fuga de película, lo confinaron a siete años de aislamiento sin dejarlo leer. Esos militares que lo orillaron a la locura al recluirlo durante dos años en un pozo. Donde su único entretenimiento era alimentar, con migajas de pan, a siete ranas. Ahí  aprendió que la hormigas gritan y que cualquier rata se domestica.

―Presidente ¿El tamaño de las fuerzas armadas está bien en Uruguay? ―pregunta un reportero.
―Pienso que probablemente  necesite rectificación.
―¿Se necesitan menos militares? ―replica una voz de mujer.
―Se necesitan para realizar un conjunto de tareas que no podemos cumplir todavía. Ahora es mucho más complejo que antes, hay ciertos conocimientos como de sísmica, de planimetría, que son difíciles de captar en el país.

Pero que el presidente evada ese tipo de respuestas sobre los militares no es sólo parte de la cordialidad entre instituciones y poderes reales y fácticos. El uruguayo es en lo general dual a este respecto. En 1989 se esperaba que triunfara el plebiscito para derogar la «Ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado» la cual permitía la amnistía de militares y policías que violaron derechos humanos durante el gobierno cívico militar. Pero los uruguayos decidieron mantenerla y renunciar a la posibilidad de juzgar a sus dictadores, aún y a pesar de que la Suprema Corte consideraba dicha ley como inconstitucional.

—Yo tengo una memoria y sus recuerdos. No puede ser de otra manera. Pero dejo una cosa bien clara: el libro de mis cuentas pendientes, ese yo lo perdí —le dijo en 2005 al periodista brasileño, Marco Aurélio Weissheimer.

El día es flojo y no hay mucho de donde cortar. Tiramos preguntas, a ver si da nota. José Mujica se exaspera.

―¡Si cada cual me va a plantear su problema particular, no me voy más de acá! ―Dice y aún así contesta, elaborando las respuestas.

Dos días después me llega un correo electrónico de la oficina de la presidencia: «Hemos recibido su solicitud y agradecemos el interés que expresa, dada la intensa agenda del Presidente, es muy difícil concretar la entrevista».

***

Luego de la entrevista de El Mundo, la  granja de Mujica se convirtió en centro de peregrinaje para los periodistas del planeta. Todos en busca del presidente que siembra flores, repara él mismo su tractor, tiene una perra coja como mascota, y además vive desde siempre con la misma mujer que también fue guerrillera y ahora es senadora. Al igual que su marido, ella creía que la mejor forma de cambiar el mundo era mediante el proceso revolucionario. Ella también fue encarcelada, vejada y tuvo su gran fuga.

Todos los medios de comunicación querían una historia que revelara el origen de su pobreza. La respuesta: dona el 90% de su sueldo a obras sociales. Algo insólito en una época donde la cleptocracia impera aún en medio de crisis económicas. Frente a este desprestigio El Pepe representa una visión romántica. No es que la gente desconozca que como tupamaro y anarquista participó en expropiaciones –robos a bancos para financiar la guerrilla–, secuestros y demás acciones de guerra. Es solo que Facundo y Ulpiano –sus nombres de batalla– desaparecieron tras recibir seis balazos y perder la libertad. El Mujica actual reconoce sus errores de  juventud y en junio de 2014, fue propuesto para recibir el premio Nobel de la Paz.

A José Mujica no le gusta el mote. Ha dicho que no es el más pobre del mundo, que pobres son aquellos que necesitan mucho para vivir, él es un campesino que tiene lo suficiente y que de momento agarró una chambita de presidente. Sus detractores lo tachan de radical y populista, de ser un demagogo que creó un personaje: El Pepe. Aunque los propios uruguayos dan fe de encuentros personales e historias de calle que indican lo contrario. En Valizas una de las playas más concurridas de Uruguay, escuché de boca de un ingeniero agrónomo decir que antes de llegar a la presidencia, Mujica iba a comprar las plantas y semillas para su chacra y siempre les compraba un poco a la empresa donde él laboraba y otro tanto a los de la competencia, así que en opinión del agrónomo así era para todo, equitativo en la medida de lo posible.

El estrellato llegó a su máximo el día que José Mujica se paró en la tribuna de las Naciones Unidas para hablar de la felicidad y el tiempo libre. Para declararse socialdemócrata como la mayoría de los guerrilleros que sobrevivieron a su propia utopía y se incorporaron a la lucha electoral. Pararse ahí además y decirle a la burocracia internacional que no sirven para mucho, que «nuestro mundo precisa menos organismos mundiales de toda laya, que organizan foros y conferencias que sólo sirven a las cadenas hoteleras y a las compañías aéreas».

Cuando José Mujica no es un soñador tiene que actuar como hombre de Estado. Tiene claro que vive en un sistema capitalista y que Uruguay con sus poco más de tres millones de habitantes es un actor minúsculo del sur dentro del concierto internacional. Rodeado, por si fuera poco, de dos gigantes regionales: Argentina y Brasil, que lo acorralan contra el Atlántico.

―Pero dentro de Uruguay no es una presidencia tan respetada en términos de logros ―dice el doctor en ciencia política Germán Lodola, cuya vertiente de investigación es precisamente la nueva izquierda latinoamericana.
―Se dice en Uruguay que no ha avanzado mucho en áreas donde se lo había propuesto inicialmente. Y tampoco ha tenido grandes logros en materia económica. Se le ve más como un gobierno estático ―dice el catedrático de la bonarense Universidad Torcuato Di Tella.

Durante el mes que estuve en Uruguay, 15 días en 2013 y otros tantos en 2014 pude comprobar que en efecto: aquello que nos parece romántico desde fuera, a los uruguayos les rompe las pelotas. Se puede percibir en las columnas de los diarios o en los medios electrónicos que la vida sencilla de Mujica parece una afrenta. A veces, aún sus más fieles seguidores no tienen más opción que levantar los ojos y  los hombros cuando su presidente llega a la toma de protesta del ministro de economía en chanclas y sin cortarse las uñas de los pies o bien cuando hace fila en un hospital público para ser atendido.

La crítica interna es parecida a la que había en México cuando el presidente Vicente Fox empezó a usar botas con traje o se comportaba como ranchero y no de manera protocolaria. En general, a la opinión pública en todo el mundo le molesta la chabacanería en un gobernante, dígase el rey de España cazando elefantes; Hugo Chávez cantando rancheras; Evo Morales fichado para jugar en un equipo profesional de futbol; Cristina Fernández diciéndole a políticos y empresarios que son como la gata flora –si se la meten chilla y si se la sacan llora– y así.

***

En Uruguay la mitad del año es carnaval y la otra mitad hace frío. Para el frío inventaron la grappamiel y para el carnaval las murgas. También hay candombe, parodistas, humoristas y revistas. Pero lo suyo es la murga.

En 1968 la murga, La Milonga Nacional, intentaba explicarse a sí misma en su salida.

Murga es el imán fraterno
que al pueblo atrae y hechiza
Murga es la eterna sonrisa
en los labios de un Pierrot.

A mis oídos llegó de los labios de Jorge, un consumidor de pasta base de cocaína, que a veces cuida coches.

―Yo soy murguero ―me dijo al acercarse y mientras me extendía una lata de Jumex de durazno, mezclado con alcohol.
―Ajá ―contesté. Sin darme tiempo se arrancó cantando, la voz clara y educada. Departimos hasta las tres de la mañana.
―Yo era muy bueno, pero soy bohemio ―dice Jorge y se despide.

Una murga es un grupo vocal de 13 cantantes, un director y tres percusiones, que forman una ópera con guitarra, cajón, timbal y bombo. Van maquillados, lucen ropas coloridas, mezcla de arlequín y payaso vagabundo. Resumen cada año las noticias del país. Aún en la época de la dictadura tuvieron cierta libertad. Aunque a las más combativas, como La Soberana –compuesta por miembros del grupo guerrillero tupamaros– las desarticularon.

Para los seguidores del carnaval, no hay mayor ilusión que ir de camión con una murga recorriendo tinglados.

En 2014, la murga Momolandia quedó en segundo lugar del carnaval. El autobús es una fiesta que atraviesa Montevideo, rompe en silencio la tranquilidad de la ciudad. Adentro se vive un carnaval que afuera nadie ve.

―No flaco, ¿vos vas a caminar? Son las dos de la mañana, es re peligroso. ¡Te pido un taxi! ―me dice el cuidador de la puerta del Museo del Carnaval, uno de los tablados más socorridos durante la festividad.

Son apenas seis o siete calles sobre una peatonal bien iluminada, solitaria, pero tranquila. Así que me niego, me parece ridículo. Si fuera San Pedro Sula o Caracas, incluso dudaría en pedir un taxi. Uruguay junto con Canadá son los dos países más seguros del continente americano y en eso todos los estudios coinciden. Camino sobre Sarandí y llego a la catedral, ahí a 100 metros está el apartamento donde me hospedo. Mi anfitriona coincide con el portero: fui un irresponsable por estar caminando por la Ciudad Vieja a esas horas.

***

Maru Martínez es mi amiga. Es uruguaya. Originaria de 33, un pueblito que hace referencia a los 33 orientales que le arrebataron la Provincia de Uruguay a los brasileños. Hace rato que vive en Montevideo. Escribe que da envidia, tiene un blog hilarante: nolvidarme.wordpress.com. Si fuera española o argentina sería tan famosa como Maitena. Pero como le dijo Juan Carlos Onetti a Eduardo Galeano: «Mirá, pibe. Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, hubiera llegado a ser director de la banda del pueblo».

Las veces que he visitado el país me quedo en su casa, que ya siento como mía. Me encanta salir a la terraza y disfrutar la vista de la catedral con el Río de la Plata de fondo, todo antiguo, siempre igual. Sólo el viento muestra cambios. Un fuerte olor herbal, mentolado que me despierta más que el café que sostengo en mi mano. Sigo mi olfato, llego a la orilla de la terraza y miro abajo: unas hermosas plantas de marihuana, frondosas, salen por las ventanas de los vecinos.

—Siempre las han tenido —explica Maru—, sólo que ahora las sacaron al sol, ya no tienen que esconderlas.

***

A dos calles de mi casa montevideana, en Camacúa y Brecha, nació en 1846 el Conde de Lautremont, poeta maldito, autor de Los Cantos de Maldodor. Creció en medio de la guerra civil que los historiadores llamaron la Guerra Grande. En ella, Francia e Inglaterra con apoyo argentino intentaron adueñarse del recién conformado país.

Por aquel entonces, Alejandro Dumas gozaba la fama de haber escrito Los Tres Mosqueteros. Y aunque nunca estuvo en Uruguay, contó su versión de la guerra en La Nueva Troya. Ahí asegura que el nombre de Montevideo se originó cuando el vigía del barco de Juan Díaz de Solís gritó: «montem video». Pero los historiadores señalan que en los mapas a este punto se le llamó Monte Ovidio.

Maru fue el primer habitante de ese país que conocí. Por ella supe que los uruguayos dicen «Ta» como muletilla por cualquier cosa. Que al Río de la Plata, lo llaman «el mar» por su vastedad; lo tratan como tal, se bañan en sus playas y construyeron una Rambla que bordea la ciudad. Que el refresco local es el Paso dos Toros de pomelo (toronja), que el chivito canadiense es el plato típico, que a los hot dogs les dicen panchos y que hay que comerse uno en La Pasiva. Que existe el mercado del puerto y también una playa hermosa llamada Valizas y una más hippie llamada Cabo Polonio, donde por decisión de los habitantes no hay electricidad ni agua corriente.

***

Al final de las dunas se ve Cabo Polonio. De no ser por el mar, parecería un pueblo perdido del desierto, de cualquier desierto. Se intuye un pueblo de pescadores pero salvo la artesanal y deportiva, la pesca está prohibida por decreto. Desde el 2006 se logró que también se prohibiera construir o utilizar la arena de la zona como material para construcción.

En esta playa no hay energía eléctrica ni agua potable, las pocas casas funcionan con pozos, desde siempre. Y los pobladores permanentes son apenas un puñado que viven del turismo que llega año con año durante el verano. Porque en invierno no queda nada más las calles de arena y una playa torturada por un mar furioso, tan gris como el cielo. El viento congela, y las casitas de madera son incapaces de proteger a nadie. Así que casi todos se van.

En el verano Cabo Polonio y Valizas –la playa vecina– se llenan de turistas europeos que buscan la experiencia natural; de artesanos que ven el poblado como un paraíso hippie y de turismo nacional que busca una playa sin argentinos y brasileños botando la plata y sintiéndose dueños del lugar. Sucede como en Punta del Este, un complejo turístico con una hermosa marina y hoteles all inclusive, algo muy parecido a Los Cabos y Cancún en México, a donde llegan los turistas que quieren disfrutar del clima y el mar, sin los nativos ni sus costumbres.

Al Cabo se llega desde el kilómetro 264 y medio de la ruta número 10. De ahí quedan unos 7 kilómetros de arena y algo parecido a un bosque, que se pueden recorrer solo camiones de redilas que recuerdan a las guaguas cubanas, a caballo, o caminando. La otra vía es desde Valizas, el poblado cercano, donde sí hay luz y agua corriente.

El camino desde este punto se a pie o a caballo. Primero se debe cruzar un río de unos seis metros de ancho que en su punto menos profundo debe medir 1.65 metros, vamos que yo mido 1.82 y el agua me llegaba a la clavícula. Luego se debe elegir, bordear los 10 kilómetros de playa o ir en línea recta a lo largo de 8 kilómetros entre dunas y pequeños pantanos. Todo bajo un sol calcinante o un frío insoportable.

Eso sí, en Uruguay no se puede acampar en la playa, es ilegal, y aunque nunca vi un policía en ninguna de las dos playas, nadie acampa.

A la noche Cabo Polonio se sume en una fiesta discreta, tampoco se puede hacer ruido y como no hay electricidad pues no es que se pueda poner el estéreo a todo volumen. Las fogatas abundan, los tambores, las guitarras, alguna pareja recién formada que solo durará esa noche furtiva o a lo sumo el verano.

***

La República Oriental del Uruguay es un país pequeño, tiene 176 mil kilómetros cuadrados de extensión y poco más de tres millones de habitantes. En México existen al menos cuatro estados que son similares a este país, tres de ellos más grandes. Los uruguayos son los mayores consumidores de carne y whiskey en el mundo. Tienen la mayor cantidad de vacas por habitante, no porque haya muchas vacas (12 millones de cabezas de ganado) sino porque son pocos habitantes.

En alguna época se le llamó la Suiza de América por ser un refugio de capitales, ahora sólo le dicen paraíso fiscal.  Si bien su inflación no es de las más altas (8.3% frente al 20.8% de Argentina), el precio de la comida es tan alto como en la zona del Euro. El índice Big Mac ayuda a entenderlo mejor, en Uruguay la hamburguesa cuesta 4.91 dólares, mientras en México su precio es de 2.78.

Viven entre dos gigantes que para frenar la guerra decidieron que fuera un país independiente. Los brasileños y los argentinos. Los tres países producen carne, soja y productos de piel, por lo que Uruguay solo coloca en el mercado lo que los otros dos no pueden abastecer. Por lo que su economía se ve arrastrada por ambos. Por si fuera poco, en el Mercosur les impiden negociar por su lado, aunque llevan rato coqueteando con la Unión Europea y con la Alianza del Pacífico.

Los uruguayos llaman oficialmente a la «Semana Santa», la semana del turismo y es feriada no por tema religioso, sino porque es la época en que la gente sale de Montevideo para visitar a sus familias en las provincias. Esa semana la ciudad queda desierta y las playas se llenan. Desde 1929 el laicismo es una realidad como no lo es en ningún otro país de América.

Los uruguayos aseguran que el tango, el ritmo por excelencia de la argentina y Carlos Gardel, su mayor exponente, nacieron en Uruguay.

Las relaciones con el vecino siempre fueron complicadas: Si allá comen con picante, los de acá cagamos fuego, dice un cuplé de la murga Don Timoteo. Los tres últimos presidentes, no han abonado mucho para mejorarlo. Digamos que se les chispoteó al menos una vez a cada uno cuando creían que nadie los escuchaba. En 2002, el presidente uruguayo Jorge Batlle dijo a Bloomberg: «La situación argentina es de los argentinos, con los problemas de Argentina; una manga de ladrones del primero al último». Luego su sucesor, Tabaré Vázquez, dijo que consideró la posibilidad de una guerra con Argentina, por el tema de una planta de pasta de celulosa construida del lado uruguayo en la frontera de ambos países. Ya en 2013, Pepe Mujica se mandó una a lo grande en cadena nacional: «esta vieja [Cristina Fernández] es peor que el Tuerto [Néstor Kirschner]; el Tuerto era político, ésta es terca».

La sangre no llegó al río, se pidieron disculpas y todo sigue como siempre.

Si Francia y Alemania necesitaron media docena de guerras y llevar al planeta entero a dos de las mayores conflagraciones bélicas de la historia para poder ser vecinos cordiales. Y las dos coreas, teniendo una misma identidad, lengua y hasta lazos sanguíneos viven en un estado permanente de guerra (ahora suspendida) desde 1950. La diferencia entre uruguayos y argentinos es un sentimiento que se reduce a un chiste relajado.

―Ta, ¿sabés cómo se hacé un uruguayo? Necesitás masa para pizza, barro del Río de la Plata y un poquito de mierda. ¡Pero sólo un poquito! Porque si te pasás te sale argentino.

El chiste me lo han contado tantas veces que sería injusto adjudicárselo a un solo uruguayo.

***

―La película de El Gran Dictador de Chaplin [1940] no se exhibió en la argentina. La gente tenía que cruzar el río e irla a ver a Uruguay ―dice Gustavo Koniszczer, quien es argento-uruguayo―. Lo mismo pasó con el clásico del cine erótico, Emmanuelle.

«A principios del siglo veinte, el Uruguay era un país del siglo veintiuno», escribió Eduardo Galeano en Los Abrazos Rotos. Todo parece indicar que así fue hasta antes de la dictadura con más presos políticos per capíta en el mundo. El peruano Mario Vargas Llosa, reafirma en El Viaje a la Ficción, la admiración que le produjo la libertad en Uruguay pues se acercaba más a la de países europeos, que a la libertad de sus vecinos latinoamericanos.

Ernesto «El Che» Guevara, ya como ministro de economía de Cuba, dijo en un discurso en el Paraninfo de la Universidad de la República, en Montevideo, el 17 de agosto de 1961: «Tengo las pretensiones personales de decir que conozco América, y que cada uno de sus países, en alguna forma, los he visitado, y puedo asegurarles que en nuestra América, en las condiciones actuales, no se da un país donde, como en el Uruguay, se permitan las manifestaciones de las ideas». Al año siguiente Cuba sería expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA), durante la octava reunión de ministros de relaciones exteriores, realizada en Punta del Este, Uruguay.

Eran momentos duros, la izquierda latinoamericana intentaba abrirse paso por distintas vías, mientras que la derecha buscaba frenar a toda costa que Cuba exportara la revolución. Derrotados los políticos, arrebataron los militares. Vargas Llosa culpa a los tupamaros por generar las condiciones que culminaron con el golpe en Uruguay el 27 de junio de 1973. Sin embargo en Chile, Salvador Allende había llegado por la vía de las urnas en 1970, y tres años después fue asesinado por los golpistas.

Salvo ese episodio, Uruguay siempre ha sido un país ejemplar, al que sólo le falta desarrollar un modelo económico que lo lleve al primer mundo.

―En el top ten de las marcas país de Latinoamérica, elaborado por FutureBrand ―dice Koniszczer, Director para Latinoamérica de la agencia de publicidad―, Uruguay es la nación que más primeros lugares ocupa en atributos específicos, entre ellos calidad de vida, seguridad, oportunidades laborales, mejor lugar para vivir, tolerancia, libertad política y libertad de expresión.

Es un paraíso.

Cuando investigué para esta crónica y comparaba lo que se decía del país oriental antes de la dictadura y después de ella, parecía que nada había pasado en medio, ni los muertos, ni los desaparecidos, ni los exiliados. La prisión donde estuvieron confinados los presos políticos –entre ellos Mujica– es ahora un lujoso centro comercial.

—A pesar de ser un extupamaro, a Mujica se le ve como un moderado. En una época donde la política está desprestigiada, Mujica se presenta como algo diferente. ―Dice Germán Lodola.
—Y eso que la época de los tupamaros fue muy violenta, hoy tienen un presidente que formó parte de esa guerrilla y que se ha convertido en un activo de imagen para Uruguay. ―Cuenta Koniszczer, a quien le tocó vivirla.

En 1985, el país regresó a la vía democrática, liberaron a los presos políticos, el Frente Amplio –un partido que aglutina a las izquierdas– salió de la clandestinidad y quienes antes optaron por la vía armada, decidieron participar en las urnas. Cuatro años después ganarían su primer espacio importante. El oncólogo Tabaré Vázquez, ganó la intendencia de Montevideo y en 2005, se convirtió en presidente del país.

«Sin el Frente Amplio y sin Tabaré no hubiera sido posible Mujica», dice Lodola. Con Tabaré Vázquez se intensificaron las transferencias de dinero en efectivo como política social.

―Afuera todos ven a El Pepe, pero Tabaré fue el que reactivó la economía. Si Mujica fue presidente es porque Tabaré puso las bases ―dice Natalia Chargoñia, una escritora uruguaya.

El activismo de los uruguayos sorprende. Lapop señala que la participación cívica ha descendido, no así la política. He platicado con dos o tres personas, pero ellos levantaron más de dos mil cuestionarios.

***

Un repartidor de leche, al centro del restaurante Bacacay, habla con dos mujeres empleadas del café:

―Es que yo creo que Tabaré no debió haber vetado el aborto. Es un derecho de las mujeres ―dice el repartidor.
―Hacía falta discutirlo, reglamentarlo. Además Tabaré es médico, no fue una cosa moral fue ética ―responde la cajera, una mujer que ronda los 40 años.

La camarera, una jovencita que no supera los 20 años, interviene:

―Tá, no sé ―dice en voz baja. Se toca el labio como para que no se le salgan las palabras― Sí, una debe poder decidir sobre su cuerpo, pero, no sé.
―De eso se trata, si vos no querés abortar porque crees que es malo, no lo hacés y ya, pero no hay porque imponérselo a los demás ―dice el lechero.

Quisiera interrumpirlos, preguntarles dónde viven. ¿Hasta qué grado estudiaron?, pero siento vergüenza de mi clasismo, de que me sorprenda una plática informada entre el lechero y las meseras. Veo por la ventana el Teatro Solís y me escondo detrás del periódico.

Esa misma semana de marzo del 2013 me volvería a suceder. Fue con los dueños de El Miró, el restaurante más barato y rico de la ciudad, ubicado en la calle de Ciudadela y Mercedes. Nos enfrascamos en una discusión sobre macroeconomía que se prolongó aún después de haber bajado la cortina del local.

***

¿Y si el chico no mató a su padre? ¿Podrían vivir ellos con la culpa de condenar a un inocente a pena de muerte? El juez se los había advertido: «si alguno tiene una duda razonable…». Y uno de ellos la tenía. Los actores de «12 hombres en pugna», iban por su quinta semana de éxito escenificado la obra de Reginald Roseen en el Teatro Circular de Montevideo. La tensión crecía y desbordaba en imprecaciones que, de acuerdo con el guión, en el pináculo del montaje trastocaba en violencia.

Luego la calma, el actor José María Novo encendía un cigarro para tranqulizar al personaje.

«No se puede fumar en un espacio cerrado»…

Se escuchó antes que se desvaneciera la nube de humo, y en medio del silencio…

«Apague ese cigarro. Por favor».

Era domingo, cuando la gente de mayor edad va al teatro.

La voz elevada pero calmada de una mujer, desde la segunda fila…

«Está prohibido».

El actor obedeció a la tercera llamada. La platea entera murmuró.

En Uruguay, el control social siempre triunfa. Durante el gobierno de Tabaré Vázquez (2005-2010), Uruguay se convirtió en el primer país del continente en prohibir el consumo de tabaco en lugares cerrados y edificios públicos.

Se hizo por decreto.

La nación más pequeña del Cono Sur fue el quinto país del mundo en hacerlo.

«Agradezcan que el presidente es oncólogo y no sexólogo», se leía en una pinta del centro de la ciudad.

―Todo lo que te generá dependencia te reduce libertad ―dice Álvaro, un artesano al que todos conocen como «El Chula». El encabeza la Red de Usuarios de Drogas y Cultivadores de Canabis del Uruguay―. Más que prohibir lo importante es informar. De ya te digo que no hay mayor droga que la ignorancia.

«El Chula» vive por la Plaza Gerardo Cuestas, en Montevideo. Un barrio donde la gente se conoce, las casas no tienen rejas y los niños juegan en la calle.

En 1974 la dictadura legalizó la tenencia para consumo de marihuana. Pero hasta el 2000 se iniciaron los movimientos a favor del auto cultivo, porque sin él se condena al consumidor al narcotráfico. De hecho lo que convierte en extraordinaria la legalización en el Uruguay no es que cualquiera pueda ponerse pacheco legalmente. Sino que por primera vez desde la Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes, un Estado se atreve a legislar sobre la producción y distribución de los mismos.

***

A los montevideanos les gusta pescar. Salen a la rambla hasta con cuatro cañas cada uno, tiran la línea y esperan en silencio. Beben mate sin parar y miran al horizonte porque el de la Plata es un río infinito que se mezcla con el mar.

―El país está de moda, pero no termino de entender qué es lo que lo hace tan distinto. Tan bucólico ―le digo a Matías, un carpintero de apenas 30 años que paciente espera que pique algún pez.
―La respuesta más profunda en la que puedo pensar es que la culpa de todo la tienen el río y el puerto, hasta que seamos un país.

Callo, pienso. Sí seguro que la hierba hace ruido al crecer pero es el rumor del río el que no me deja escucharla.

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