Madre busca

Publicado: 1 noviembre 2015 en Leila Guerriero
Etiquetas:, , ,

Un chico. Un chico de dos, de tres, de cuatro años en una calesita, comiendo un helado, abrazado a un muñeco de Garfield. Un adolescente. Un adolescente de trece, de catorce, de quince años con las palabras “punk” y “rock” escritas en los puños, sacando la lengua hasta el mentón, sonriendo con los ojos ocultos por Ray-Bans oscuros, haciendo el gesto de fuck you, vestido con una remera de Led Zeppelin, tocando la guitarra. Un hombre joven, delgado, con el pelo corto, con el pelo en enérgica copa de rulos, con bigote ralo, sin bigotes, el rostro delicadamente oval, la nariz ancha, los ojos rasgados, cantando ante un micrófono.

Una mujer. Una mujer un día de verano mercurial, su rostro de nariz pequeña, pómulos altos, rodeada de cámaras, diciendo, la voz precisa, la dicción perfecta: “Lucas no está, Lucas no aparece, ya recorrimos todos los hospitales y mi hijo no está en ninguna parte. Les pido que nos ayuden a encontrarlo”. Una mujer en la televisión, sosteniendo la foto de un hombre joven de rostro delicadamente oval, la nariz ancha, los ojos rasgados y, debajo, la leyenda, el videograph que, desde el 22 y hasta el 24 de febrero de 2012, mutó, como una bestia inversa, de la esperanza y la duda –“Una madre busca a su hijo: Lucas Menghini Rey”– a todo lo que sucedió después.

***

El 22 de febrero de 2012, a las 8.32 de la mañana, un tren de la línea General Sarmiento chocó contra el andén al entrar en la estación de Once de la ciudad de Buenos Aires. Minutos después, las primeras imágenes empezaban a llenar las portadas de los diarios y las pantallas de televisión: dos vagones encimados, un hombre con medio cuerpo fuera de una ventanilla, todo bajo un sol rampante y un cielo de serenidad perfecta.

A esa hora, en la localidad de Merlo, una profesora de geografía terminaba de tomar examen a sus alumnos de segundo año. Se había levantado a las seis de la mañana y había recorrido la distancia entre su casa en San Antonio de Padua y esa escuela del barrio Rivadavia en su Fiat Palio rojo, viejo. Tenía, como era natural en esas circunstancias, el teléfono celular sin sonido. A las 8.40, cuando terminó con el último alumno, encontró 20 llamadas perdidas, casi todas de Paolo Menghini, su ex marido y padre de su hijo Lucas, de 20 años. Llamó para preguntar qué sucedía y él la tranquilizó: “Quedate tranquila. Hay un accidente de tren en Once, y es el tren que siempre toma Lucas. No puedo comunicarme con él, pero ya estoy yendo a su trabajo para ver si llegó”. Entonces María Luján Rey, madre de Lucas Menghini Rey (que era músico, que tenía una hija de cuatro, que trabajaba desde hacía un año y medio en un call center del microcentro porteño y que tomaba el tren cada mañana para llegar hasta allí), subió a su auto y empezó a desandar el camino hacia su casa pensando, o tratando de pensar: “Seguro que Lucas se quedó dormido y no
estaba en el tren”.

***

—¡¡¡Lara, qué es ese ruido!!!

Son las dos de la tarde de un día de principios de febrero de 2014, y el patio de la casa de María Luján Rey, en San Antonio de Padua, parece asediado por un bombardeo: un ruido duro
de cosas chocando entre sí.

—Debe ser el lavarropas –dice Lara, su hija de 18 años, desde un cuarto.
—Dale, fijate, Lara.

María Luján Rey está en la cocina, sentada ante la mesa en la que hay una notebook, un teléfono celular, un cenicero y cigarrillos. Usa una remera de mangas cortas que deja ver las chimeneas que se tatuó en un brazo pero tapa la golondrina del hombro y la frase “Madera noble, roble es mi corazón” que le recorre la espalda, más arriba de los omóplatos. El espacio reducido, las cortinas a cuadros, la mesa rodeada por un banco de madera, le dan al espacio un aspecto infantil y abigarrado. Una puerta de chapa separa la cocina del patio donde están el perro –Walas, por Walas de Massacre–, el lavarropas, una pileta inflable con restos de agua enmohecida, una parrilla.

—Lari, dale, fijate.

En la puerta de la heladera hay una foto de Lucas Menghini Rey. Debajo, alguien escribió: “Lo amo”.

—Qué pesada, ma.

Lara Menghini usa el pelo teñido de rubio. Tiene tatuajes –en la pierna, la cadera, la espalda, la mano–, un piercing en el ombligo, otro en la nariz. Saluda, amable pero escueta, y abre la puerta que da al patio.

—Sí, ma, es el lavarropas. Lo apago.
—Bueno, dale, apagalo.

María Luján Rey enciende un cigarrillo. Es un día caluroso. Habla del aire acondicionado: no le gusta, cree que el cuerpo se tiene que regular de forma natural.

—Igual, con mi vicio del pucho, el aire me complicaría. Todo cerrado, con aire, no. Lucas fumaba un montón. Y Lara blanqueó el pucho cuando fue lo de Lucas, cuando fue la tragedia. Lucas fumaba desde los 14. Le decían Chimu, por chimenea. Una de sus bandas se llamaba Chimeneas. Por eso me tatué las chimeneas en el brazo.

Hable del cigarrillo, del aire acondicionado o del budismo que practica desde 2004, todo deriva en lo que pasó entre el 22 y el 24 de febrero de 2012, durante las 66 horas en las que su rostro y el de su hijo se multiplicaron en pantallas y diarios de todo el país.

—¿Vos creías que Lucas iba a aparecer?
—Sí. Lo primero que pensé, cuando salí a buscarlo, fue: “Lo encuentro en un hospital, lo agarro y me lo traigo”.

Después de recibir la noticia del choque, María Luján Rey llamó a Lara desde el auto y le pidió que fuera hasta el departamento que su ex marido –que vive en la Capital– tiene en Padua, para ver si Lucas, que había pasado la noche ahí, no se había quedado dormido.

—El día anterior había tocado con su banda, Sistemática, en los corsos de Padua. Yo lo fui a ver y se acostó a las cuatro de la mañana. Por eso pensé que se había quedado dormido. Pero cuando Lara fue al departamento de Paolo no había nadie. Así que lo llamé a mi papá y le dije que me viniera a buscar para ir a la Capital.

***

—Yo me enteré porque me llamo María Luján, Tuti, nosotros le decimos Tuti –dice Omar Rey, el padre de María Luján.

Su casa, en Merlo, es enorme y fresca, con un patio donde cría gallinas y un living con hogar a leña donde hace asados. Aquí y allá hay cañas de pescar, botas de goma. Vive con su pareja, Estela. Tiene 75 años y levantó esta casa, como casi todo lo demás, con sus propias manos. En el verano de 2013, un año después del choque del tren, estaba arreglando su canoa cuando, con la moladora, se cortó el brazo izquierdo: tendones, músculos, el hueso. María Luján llegó al hospital y armó una revolución hasta que logró que lo trasladaran a un sitio de alta complejidad.

—Tuti es brillante, inteligente. El día de lo de Once la fui a buscar. Estaba muy preocupada, pero la vi fuerte, como ella es. Muy celosa, eso sí.
—Uf –dice Estela, que llega y se sienta junto a la puerta del estudio.

***

—Primero pensé: “Se quedó dormido”. Cuando supimos que no, pensé: “No tiene por qué haber estado en ese tren”. Pero Paolo fue a buscarlo al call center, y tampoco había llegado.

La mañana del 22 de febrero, mientras Paolo marchaba a la estación de Once, María Luján, su padre y su hija Lara empezaban a recorrer los hospitales.

—Pero no estaba ni en los hospitales ni en las listas.

Cientos de familiares buscaban, como ella, a sus heridos y sus muertos. A las 13.30 del mediodía, cinco horas después del choque, la Superintendencia de Bomberos dio por finalizado el operativo de rescate. Para entonces, los medios hablaban de 50 muertos y 676 heridos, pero Lucas seguía sin aparecer.

—Dijeron que ya no quedaba nadie en el tren. Entonces empezamos a pensar: “Está en un hospital, mal registrado”. Y empezamos la recorrida otra vez.

Se habían sumado a la búsqueda dos hermanos de Paolo –Graciela y Leonardo– y primos y amigos de Lucas. Todos los canales de televisión transmitían en directo el desastre de dimensiones épicas y la historia de Lucas Menghini Rey empezaba a abrirse paso con entidad propia. En los canales de noticias, María Luján Rey repetía como un mantra oscuro, sosteniendo una foto de su hijo: “Estoy buscando a mi hijo. Salió de Padua a la mañana, tomó el tren y nunca llegó al trabajo”. En algún momento, ella y Paolo decidieron ir a la morgue.

—Pero yo sentía que Lucas no iba a estar ahí. Cuando entramos, nos mostraron las fotos y yo iba diciendo: “No, no es”. Y, mientras pensaba “qué suerte” me sentía una mierda por sentir alivio, porque esa persona que te mostraban era el padre, el hijo de alguien.

De la esperanza al horror y, de ahí, otra vez a la esperanza. Lucas quizás se había quedado dormido, pero no; Lucas quizás había llegado a su trabajo, pero no; Lucas quizás no viajaba en ese tren, pero sí; Lucas quizás estaba en los hospitales, pero no.

Lucas –músico, malhumorado, fumador, rey del carisma– se había esfumado.

El jueves 23 de febrero, en un informe de prensa, el secretario de Transporte de la Nación, Juan Pablo Schiavi, dijo que “si esto hubiera ocurrido ayer, que era un día feriado, seguramente hubiera sido una cosa mucho menor”, e hizo mención a la costumbre argentina de apiñarse en los primeros vagones para llegar más rápido a la salida (en los dos primeros, que se encimaron, se registró la mayor cantidad de muertos y heridos). María Luján, mientras tanto, había sido convocada a la morgue para revisar fotos que ya había visto. Cuando salió la esperaban los medios. Furiosa porque, como había anticipado, las fotos no eran de Lucas, dijo: “Quiero que me den una lista de todos los heridos. Mi hijo tomó el tren en Padua y no sé dónde está”.

—Y mientras, los que tenían que buscarlo me decían: “¿Usted está segura de que iba en el tren? ¿No tendrá una noviecita?”. Las preguntas te daban la pauta de que no lo estaban buscando, y pensábamos: “No lo buscan porque no nos creen”.

Sólo en dos ocasiones dejó de fumar: durante los embarazos de sus hijos. En el sexto mes del de Lara festejaban el cumpleaños de Lucas y se cortó un pulgar con un cutter. La sangre salía a chorros y se dio cuenta: se había cortado una arteria. Impávida, pidió una toalla, se envolvió y les ordenó a su madre y a su suegra: “Préndanme un pucho y llamen a una ambulancia”. En el hospital, después de coserla, el médico le recetó pastillas para el dolor pero le dijo que no tomara más de una por día, por el embarazo. Ella le contestó: “Si es peligroso, no las voy a tomar. Me la banco”.

***

María Luján Rey nació el 4 de agosto de 1969, hace 45 años. Tiene un hermano mayor –Juan Manuel– y una menor a la que le lleva cuatro años, María del Carmen. Juan Manuel, de adolescente, empezó a tocar en una banda, la contagió con sus propios gustos musicales –Spinetta, Led Zeppelin– y le dio sus primeros cigarrillos. Ella aprendió a leer a los cuatro y era una niña sensible y buena alumna a la que su familia apodaba María Sauce –por llorona– y María Limón, por malhumorada. La infancia transcurrió en el oeste del conurbano con una situación económica buena: su padre vendía bolsas de arpillera, tenían autos nuevos y casa en Piriápolis, Uruguay. Elba, su madre, era militante peronista, hija del fundador de la primera unidad básica del PJ en Padua y cuando, ya grande, empezó a estudiar Psicología, María Luján la ayudó a preparar exámenes. Más que con Elba, los hermanos se criaron con una vecina, Mamá Iole, que atendía las cosas a las que en aquella casa los adultos no daban importancia: los cumpleaños, el colegio. Cuando María Luján tenía 17, sus padres se separaron y siguió a eso un tiempo confuso. Juan Manuel se mudó con su padre; después, peleada con su madre, María Luján hizo lo mismo hasta que, peleada con su padre, volvió a casa de Elba. Salió de allí embarazada de cinco meses, casada con Paolo Menghini.

***

La voz de María del Carmen Rey, la hermana menor de María Luján, llega por teléfono desde Tierra del Fuego. Es docente, su marido es miembro retirado de la Armada, estudia la carrera de bibliotecaria, hace artesanías en madera.

—Ella tiene un idilio con mi papá, pero él siempre hizo diferencia entre los hijos. El año anterior a la tragedia nosotras volvíamos a Buenos Aires desde Tierra del Fuego. Se rompió el auto y ella quería decidir lo que había que hacer. Entonces le dije: “Es mi auto, yo sé lo que hay que hacer”. Bajamos y empezamos a los gritos. Le dije que sabía que la solución a todos sus problemas hubiera sido que yo no existiera, y ella me dijo que yo era perfecta, que papá siempre estaba pendiente de mí. Después nos dimos un abrazo, porque yo la adoro. Es incondicional. Pero cuando mis papás se separaron ella tenía 17, y mi mamá la convenció para que atestiguara en contra de él, como que no nos pasaba dinero. Y eso a mi papá le generó una enemistad terrible. Una vez él me trajo unos Kickers y a ella no le trajo nada. Después, mi hermana se peleó con la nueva señora de mi papá y cuando nació Lucas mi papá no quiso conocerlo. Cuando Lucas tenía dos meses, mi hermana fue y le dijo: “Te presento a tu nieto”. Mi papá siempre fue muy hiriente con ella. En Paolo encontró un gran compañero. Venía de relaciones tormentosas, y Paolo fue la calma.

—¿Le iba bien con los varones?
—Todos estaban enamorados. Era hermosa, líder, y con el que le gustaba salía. He visto a muchos llorar por ella.

***

—Elba no era la típica mamá que les prepara los útiles a los chicos –dice Omar Rey–. Cuando nos separamos, pasé de tener lancha, casa en Piriápolis, a perder todo. Mis principales clientes eran los ingenios azucareros, y cerraron y me quedé sin nada.

Empezó a fabricar toldos de lona, vivió en Uruguay, donde conoció a su segunda pareja, y regresó a Padua en plena crisis de 2001. Con el país en llamas, pensó que vender comida para pájaros podía ser un buen recurso. Así, otra vez desde cero, montó un negocio.

—María Luján sacó algo de ese espíritu kamikaze. Ella me quiere al extremo. Es muy celosa.
—Todo bien mientras estábamos de novios –dice Estela–. Ahora, cuando nos juntamos, sonamos. Pero yo digo que si no fuera por el budismo ella no estaría parada.

***

—Mi viejo te dice: “¿Qué te hiciste en la cabeza?”, y eso quiere decir que te queda lindo lo que te hiciste en el pelo.

Sobre la mesa de la casa de María Luján Rey hay una pila de volantes que dicen “Justicia por las Víctimas de Once”. El 22 de febrero de este año, 2014, habrá un acto en la Plaza de Mayo para recordar el segundo aniversario de lo que ella y 20 familias nucleadas en un grupo informal llaman tragedia, jamás accidente. La diferencia encierra un concepto: lo que sucedió en Once, sostienen, pudo haberse prevenido si el dinero para el mantenimiento de los trenes no hubiera sido desviado (hacia sus propias arcas) por funcionarios y empresarios corruptos. Eso transforma un accidente –obra de la fatalidad– en una masacre con responsables.

—Mi viejo te tiraba la carpa en el fondo y la tenías que armar 100 veces hasta que te salía. Y mientras tanto te decía: “Sos boluda”. Pero todas las cosas que tienen que ver con las manualidades, con saber usar un taladro, las aprendí de
mi viejo.

A los 17 o 18 años tuvo su primer trabajo, comenzó a militar en la Juventud Peronista y a estudiar Magisterio.

—Trabajaba en una unidad sanitaria de Merlo. Milité hasta los 20, porque la JP bancaba a Luder y, como ganó Menem, teníamos que bancar a Menem. Y me fui.
—¿Paolo militaba?
—No. Siempre fue más de izquierda, pero no militó nunca.

Paolo Menghini estudiaba, hacía música y tocaba en la misma banda en la que tocaba el hermano de María Luján, de modo que todos eran amigos. Un día propuso dar un paso más y ella sólo aceptó tres años más tarde. A los tres meses de empezar la relación quedó embarazada y se casaron. Cuatro años después –en medio de una economía precaria– nació Lara. Para entonces, María Luján trabajaba en el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, como secretaria, un puesto que mantuvo ocho años hasta que cambió el ministro y no le renovaron el contrato.

—¿Hay algo de comer? –pregunta Lara, entrando en la cocina.
—Te dije si no querías una tarta.
—No, ya fue, me hago un omelette –dice Lara, sacando una sartén.
—Yo cocino bárbaro. Pero ahora hago pocas cosas en casa. Muchas veces por la lucha de justicia de Once, y muchas
veces por acompañar a otros. A los inundados de La Plata. O a la red antimafia de Rosario. Pero tampoco soy la madre que lo deja todo para que brillen los vidrios. Si Lara tiene el cuarto despelotado, cierro la puerta y adiós.
—¿Y antes eras de cocinar?
—Sí, era –dice Lara.
—No seas guacha –dice María Luján, riéndose.

Impostan un tono de reproche, como dos actrices de comedia brillante en un guión aceitado y autoparódico: la madre que no se ocupa de su hija, la hija que se queja de que su madre no se ocupa de ella.

—No tiene horarios. Lucas era igual. Le podía entrar al dulce de leche mientras comía fideos a las cuatro de la tarde. Pero ahora estoy demasiado metida en esto. Y por ahí para Lara es un poco denso.
—Yo estoy acostumbrada –dice Lara, echando en la sartén un spray para freír.
—Sí, pero por ahí se incomoda. El otro día fuimos a comprar dulce de leche y una mujer me tuvo tres horas. “Siga luchando, mi hijo también viaja en tren.” Por un lado la entiendo y por el otro me jode. Está buenísimo que la gente no se olvide. Pero vas a comprar dulce de leche, no vas a hablar de la tragedia de Once. A nosotros no se nos terminó la vida con Lucas. Nuestra vida cambió, pero no nos quedamos sin vida. La gente te mira y dice: “Mmm, no llora”. La vez pasada un tipo puso en Twitter: “Le enseñaste a tu hijo a transgredir normas y por eso terminó muerto, bancatelá”. Yo nunca contesto. Por un comentario bueno va a haber mil que van a decir: “Esta mujer se dedica a la bebida”.

Fuma sosteniendo el cigarrillo con la punta de los dedos, manteniendo los otros recogidos hacia la palma.

—Hay gente que te dice: “Ay, qué lástima que fumás”. Y, sí, también tengo artritis reumatoidea y no tiene nada que ver con el pucho.
—¿Tenés desde hace mucho?
—Desde antes de la tragedia. Pero después dejé de darle bolilla. Me habían dado una medicación que puede afectar la vista. Tenía fecha para ir al médico en esos días y no fui. Empecé a ver menos, dije: “A ver si es la medicación”, y la dejé.
—¿Ves mejor?
—No. Veo menos porque estoy más vieja.

Fue una madre que mezclaba formas estrictas –retaba, repartía penitencias–, cuidados amorosos –preparó los souvenirs y la torta de todos los cumpleaños de sus hijos– y una comunicación que funcionaba, en temas como el sexo, la religión o la política, de manera fluida. Cuando a los 13 Lucas empezó a tocar la guitarra, a componer, a ratearse para ir a un bar de Padua llamado Frida, hacía dos años que, en 2004, Paolo Menghini y María Luján Rey se habían
separado.

—Nos llevábamos muy bien, pero yo tenía la sensación de que la vida pasaba por el costado. El es el mejor papá que le podría haber dado a mis hijos, y yo no tengo dudas de que piensa lo mismo de mí.

Durante los catorce años que vivieron juntos, compartieron las tareas de la casa pero, como su padre le había enseñado a pintar, cortar, desatascar, la maquinaria pesada corría por cuenta de ella. El día en que Lucas, de 15, llegó para contarle que había dejado embarazada a su novia Romina, de 17, María Luján estaba pintando la habitación de Lara.

—Les dije: “Cuenten conmigo, pero yo no voy a opinar si está bien, mal, si el aborto va o no va”. Era la vida de ellos.

Lucas y Romina nunca vivieron juntos y sólo fueron pareja hasta que su hija, Guadalupe Paz, cumplió seis meses, pero, aun así, Lucas tenía a la nena tres veces por semana en casa de su madre.

—Me acuerdo de escucharla llorar a Paz a la noche, y yo diciendo: “Ay, si la agarro no llora más”. Pero le decía: “Lucas, probá con tal cosa”. No era: “Damelá que la calmo”. Nunca me moví de ese rol: yo soy la abuela, no la tengo que criar. Era re buen padre. La cambiaba, la dormía. El empezó a laburar porque tenía a Paz. Hacía casi un año que trabajaba en el call center. Decía que era un laburo comecabeza. Vendía Cablevisión y Fibertel y le iba muy bien. Le pasaba la plata a la mamá de Paz, y el resto lo gastaba en la música, cigarrillos, cerveza. Decía: “La música no se vende”. Y yo le decía: “Pero tenés que comer, por qué no hacés covers y vas a un bar”. Ni loco. Era muy cabezadura. Un carácter tremendo. Cuando se enojaba, se cegaba.

***

—Con Lucas me llevaba bien –dice Omar Rey–. Pero nos veíamos poco. Lo criaron muy suelto. Cuando me dijo que iba a ser padre, yo no daba dos mangos. Dije: “Qué va a ser padre éste, si fuma como un murciélago, chupa”. Y sin embargo era un papá de la gran flauta. Tenía un carácter bravo, pero era el único de toda la familia que se llevaba bien con Elba, mi ex. Ella es kirchnerista a muerte. El 22 de febrero, el día del aniversario de lo que pasó, ella puede poner en el Twitter: “Un día como hoy se murió Humphrey Bogart”.

Llorar no es una opción para un hombre como él, de modo que no debe ser cómodo lo que le sucede ahora, inesperadamente.

—Uno piensa… me gustaría haber hablado más con mi nieto. Pero bueno… al menos no me llevaba mal. Y él era muy atento conmigo.

***

Son las nueve y media de la mañana de un día de febrero. Paolo Menghini está en una isla de edición de Canal 7, donde trabaja desde 1995 como editor de noticias. Cuando el tren chocó, él estaba en su trabajo. Fue hasta la redacción a buscar un informe, encontró un desbande y preguntó qué pasaba.

—Y me dijeron. Era el tren que tomaba Lucas. Llegué a Once en la negación total. Estaba en la estación y decía: “Uy, cuántos heridos”. En un momento dije: “Puta, ¿no habrá algún muerto acá?”. Y pasan dos policías con las bolsas negras y pensé: “Hay muertos, hay muertos”. Y se me congeló la sangre.

***

El viernes 24 de febrero de 2012, por la mañana, Lucas Menghini Rey no había aparecido. En la división Sarmiento de la Policía Federal, dentro de la estación de Once, se empezaron a revisar filmaciones de las cámaras de seguridad y Lara vio en una, correspondiente al andén de Padua, a un chico que subía por la ventanilla a una cabina destinada al guarda, entre los vagones 3 y 4. Apenas lo vio, dijo: “Ese es mi hermano”. María Luján y su cuñada Graciela estaban en el Hospital Alvear cuando las llamaron para pedirles que regresaran a la estación sin explicarles lo que sucedía. Mientras tanto, en Once, las personas encargadas del rescate se asomaban a la ventanilla de la cabina y veían en el piso, donde había permanecido desde el día 22, el cuerpo de Lucas Menghini Rey. María Luján atravesaba la ciudad en auto y no podía ver que la televisión cambiaba el videograph “¿Dónde está Lucas?” por uno que rezaba “Apareció el cuerpo de Lucas en el cuarto vagón”. En el hall de Once, cientos de usuarios empezaban a gritar: “¡Cristina dónde está!”, “¡Schiavi hijo de puta!”, “¡Que se vayan todos!”. Los trabajos para sacar el cuerpo de la cabina, reducida a 30 centímetros, ya
habían empezado.

***

—Está todo filmado –dice María Luján Rey, en la cocina de su casa–. Se suben dos cosos, miran por la ventana y uno hace: “Acá está”. Estaba en el piso, en la cabina. Por al lado pasaron los bomberos con los 50 muertos y nunca se asomaron. Cuando llegué a Once fuimos a un cuartito y un tipo dice: “Habríamos encontrado un cuerpo…”. Y yo a los gritos: “¡El cuerpo de quién!”. Y el tipo: “Tendría las características…”. Y yo: “¡Decimeló, sorete!”. Yo ya sabía, pero quería que tuviera los huevos de decir: “Encontramos a su hijo en el vagón, tres días después, porque somos unos ineptos inoperantes del orto”.

Arriba, en la estación, la gente arrojaba piedras y la policía reprimía con gases lacrimógenos mientras algunos familiares de Lucas pedían que pararan, que no sumaran más espanto. Abajo, María Luján, abrazada a su hermana que había llegado desde Tierra del Fuego, repetía: “Mi nene, mi nene”.

—Lo primero que pensé fue si Lucas había tenido sobrevida, si había muerto porque estos inoperantes no lo buscaron. Cuánto tiempo había estado ahí esperando que lo encontraran. Una hora, dos horas. Mirá si estuvo un día entero vivo y nosotros dando vueltas. Pero no. Lucas murió en el momento. Eso lo supe cuando leí la autopsia, tiempo después. Fue duro leerla, pero si Lucas había estado esperando doce horas, yo lo quería saber.

Ahora, en el atardecer de un día de verano tan bello como aquel en que encontró el cuerpo de su hijo, María Luján Rey dice:

—Y con todo el dolor del mundo, cuando Lucas aparece me duermo sabiendo que mi hijo está muerto. Cuando no sabía dónde estaba no me podía dormir porque decía: “¿Cómo me voy a ir a dormir si mi hijo puede estar necesitándome en algún lado?”.

¿Fueron –además de la laceración de aquella búsqueda– las declaraciones de Schiavi; fue el comunicado de la Presidenta de la Nación que a las diez de la noche del día del accidente expresó condolencias escuetas al tiempo que anunciaba la suspensión de los corsos en esa época de carnavales? Sea como fuere, las diferencias entre el gobierno nacional y esa familia (de militantes peronistas, de hombres que lloran escuchando a Spinetta) empezaron de inmediato.

***

—Hay imágenes que no se me van a borrar en la vida, en la vida, en la vida –dice Paolo Menghini.

En ocasiones repite varias veces la misma frase como si quisiera drenar alguna cosa, arrancarse algo pegajoso y tóxico de la memoria.

—Lo que nos han hecho. Lo que nos han hecho. A mí no sólo me destrozaron la vida de la manera más cruel. Cuando además tuviste que ver morirse gente en el andén, deambular por los hospitales, la morgue. Recibir llamados de gente enferma. El 23, cuando salgo de la morgue, recibo un mensaje de texto: “Quedate tranquilo, estoy bien”. Llamo y me atiende una chica, y se empieza a reír y me dice: “No, era una joda, jaja”. Hubo varios de ésos. En esos días de búsqueda me han generado, para con los jefes del operativo de rescate, sentimientos para los que yo no fui criado. No los voy a perdonar en mi vida. No lo buscaron. Estaba en el vagón cuatro. Ponían una escalera, miraban y lo encontraban. Y no lo hicieron. Disculpame.

Cada vez que no puede seguir hablando, abre los ojos, inspira hondo, y dice: “Disculpame”. Cuando tuvo que reconocer el cuerpo de su hijo en la morgue pidió que sólo le mostraran la mano derecha donde Lucas tenía –desde niño– la marca de una quemadura.

—No quise ver más. Lucas se fue dormido y escuchando música. Si uno tiene que elegir alguna puta manera de que haya cambiado de estado en esas circunstancias, es la mejor manera que puedo desear para él.

***

El 5 de febrero de 2014, seis bomberos murieron mientras apagaban un incendio en el barrio porteño de Barracas. De inmediato, se decretaron dos días de duelo nacional y les rindieron homenajes de héroes. A las tres de la tarde del día siguiente, 6 de febrero de 2014, María Luján Rey abre la puerta de su casa. Está hablando por teléfono, hace señas de “pasá, pasá”. Sobre el living hay un pequeño entrepiso. Allí está la biblioteca, con títulos de Rosa Montero, Saramago, García Márquez. Siempre leyó mucho, pero desde febrero de 2012 no puede permanecer alejada de las noticias sin sentir que se pierde algo importante. El altar budista está empotrado en una de las paredes del living: es un armario chico que permanece con las puertas cerradas.

—Sí, el 22 a las siete de la tarde es el acto en Plaza de Mayo –le dice a alguien al teléfono–. Sin banderías políticas. La justicia no es para el PO, La Cámpora, el MST; es para todos.

Después se sabrá que ha pasado algo extraordinario, pero para ella es otro día más: otro día de una vida en la que dejó de ser una profesora de geografía para ser una mujer que sabe qué cosa es una cámara de casación y a quién hay que pedirle el mangrullo para un acto en Plaza de Mayo.

—Bueno, dale. Mil gracias por llamar.

Un gato bebé, que ayer se metió por el jardín y fue acogido en la casa, salta entre sus piernas. Le pusieron Flan y tiene el tamaño y el color de una esponja para lavar los platos.

—Era una política de no sé qué partido –dice, colgando–. Está indignada, dice, porque dieron dos días de duelo por los bomberos. No sabés si te llaman para ponerte fichas o qué.

El 18 de marzo empezará el juicio por el choque del tren de Once, que tiene 300 testigos y 29 procesados, entre los que se cuentan el maquinista Marcos Córdoba, que conducía la formación; los ex secretarios de Transporte Ricardo Jaime y su sucesor, Juan Pablo Schiavi; el director de Trenes de Buenos Aires (la concesionaria del Sarmiento en el momento del choque) Claudio Cirigliano; el ex subsecretario de Transporte Ferroviario Antonio Luna, y los ex directores de la Comisión Nacional de Regulación de Transporte Pedro Ochoa Romero y Antonio Sícaro. La figura por la que se los procesa es administración fraudulenta y descarrilamiento con estrago culposo, pero la familia de María Luján Rey, querellante en la causa, los acusa por asociación ilícita y dolo eventual, dos figuras que implican intención y conciencia acerca de los efectos que tiene desviar fondos de los subsidios destinados al mantenimiento de un transporte público. En paralelo a esa causa, la familia Menghini Rey inició otra contra siete miembros de la Superintendencia de Bomberos de la Policía Federal, a cargo del operativo de rescate, por “violación de deberes de funcionario público”, o sea, por no haber buscado debidamente a Lucas. El 5 de febrero, cuando María Luján escuchó los nombres de los seis bomberos muertos en Barracas, le pareció reconocer el de uno de ellos. Fue a buscar la causa y vio que, en efecto, uno de los fallecidos –Leonardo Arturo Day, jefe de los Bomberos de la Policía Federal– estaba entre los procesados. De modo que se pasó el día ante el televisor, viendo cómo un hombre a quien ella considera uno de los responsables de los peores tres días de su vida era coronado de flores.

—Es una sensación de mierda, porque uno no le desea la muerte a nadie, pero el tipo en la declaración dice que no tiene nada que ver con que no lo hayan encontrado a Lucas. Que él buscaba vivos, no cadáveres. ¡Hijo de puta, cómo sabía que Lucas estaba… era un cadáver! Lo tendría que haber buscado como si estuviera vivo. Dice que estuvo tres o cuatro días sin dormir por lo que había visto. Y yo pensaba: “Yo también estuve cuatro días sin dormir, pero haciendo lo que vos no hiciste: buscando a mi hijo”.

La voz se torna un río de cólera, una furia blindada.

—Además, murió cumpliendo con su deber y la familia lo encontró a los cinco minutos. No tuvieron que dar vueltas durante 66 horas. Pero no quise salir a decir nada, porque debe haber una mina llorando a su hijo, como yo.

De pronto, tocan el timbre. Ella camina hasta la puerta, abre y dice: “¡Hola!”, con una voz que ha perdido cualquier resto de enojo. Gustavo Bustamante y su madre, Ester Bustamante, son el hermano y la madre de Federico Bustamante,
que murió en el choque, y han venido a buscar volantes del acto del 22 para repartir. Ester se apoya contra la mesada y Gustavo, bajo el marco de una puerta, llena la cocina con su presencia monumental.

—¿Viste lo de los bomberos de ayer? –pregunta María Luján, y repite, de manera más o menos exacta, lo que ha dicho antes.

—Ester la escucha, muda. Después, cuenta cómo aquella mañana ella misma pudo haber estado en ese tren, de camino a su trabajo como empleada doméstica, y María Luján –aunque debe conocer la historia– la escucha, muda.
—Ayer saqué la causa –dice María Luján–, y Lara vio la autopsia. Quiso leerla y me dijo: “Es menos de lo que yo me imaginaba, pensé que tenía la cabeza destrozada”. Le dije: “No, la cabeza la tenía intacta. El cuerpo no. Tenía una lastimadura en una pierna, el jean tiene un tajo”. Y me dice: “¿Pero vos tenés el pantalón?”. Le digo: “Tengo toda la ropa que llevaba puesta tu hermano. El pantalón, el buzo, las zapatillas, el calzoncillo”. Y Lara me dice: “Tirá todo eso”. Pero yo no lo voy a tirar. Tengo los dos encendedores, el paquete de Philip Morris vacío, la mochila. A la ropa mi vecina la lavó y me la dio. El domingo 26, cuando nos juntamos con Paolo para preparar la conferencia de prensa que hicimos el 27,  agarro el buzo de Lucas y me lo llevo. Estábamos en un departamento y de pronto empezamos a sentir un olor terrible. Hasta que me di cuenta que era del buzo. Un olor a podrido que… No es olor a podrido de cualquier cosa. Inclusive cuando decís: “Hay olor a bicho muerto”, no, ni siquiera a bicho muerto. Es un olor rarísimo.
—Es olor a sangre machucada –dice Ester.

Hay un segundo de silencio y María Luján dice:

—Lara me decía que tirara todo porque las almas no descansan. Y yo le dije: “¡Nena, con lo que descansaba tu hermano vivo, mirá que no va a descansar estando muerto!”. Se la pasaba durmiendo.

***

—Con María Luján no creo que seamos ejemplo de nada –dice Paolo Menghini–. Pelea por su hijo como lo hizo siempre, y yo también. Cuando supe que uno de estos bomberos estaba imputado en la causa, para la familia de ese tipo todos mis sentimientos. Pero no para él. No puedo. No sólo porque murió en cumplimiento de su deber, sino porque además me generó un dolor que no se me va a terminar en la vida. Lucas no está. Pero estos corruptos delincuentes hijos de puta, aunque destrocen la historia argentina, a Lucas no lo tocan. Disculpame.

***

Cuando el bar Frida Cerro, los dueños y amigos se nuclearon en una casa comunitaria de Padua –Casa Frida– donde se hacen recitales y ferias americanas, y donde Lucas pasaba mucho tiempo. Fue allí donde la familia decidió hacer lo que nunca llamaron velatorio sino despedida. El 25 de febrero dispusieron un ataúd sin cruces y lo colocaron en el patio, bajo un árbol de laurel. Paolo Menghini cantó canciones de Spinetta y de los Beatles. María Luján y Lara, que también practicó el budismo, recitaron la Ceremonia de los Muertos, y una larga caravana marchó más tarde al cementerio. Después, María Luján fue a hacer lo que tenía que hacer: buscar a Paz, su nieta, para decirle que ya no volvería a ver a su padre.

***

El día es gris y destemplado. María Luján Rey, como en medio de una escenografía inmóvil, está, otra vez, en la cocina de su casa. A lo largo de semanas contará, con mano firme, la manera en que buscó y encontró a su hijo, pero cuando recuerda el momento en que habló con su nieta parece una mujer sumida en un lugar ruinoso y desesperanzado.

—Nos sentamos en el piso. Le dije: “Bueno, Paz, hubo un accidente con el tren que lleva a la gente a trabajar”. Y empezó a decir: “Mi papá no, mi papá no”. Le dije: “Sí, tu papá iba en el tren y se lastimó mucho”. Y lloraba y decía: “Ay,
ay, mi papá no”.

Habla sin mirar a los ojos, con una pedagogía suave, como si no le estuviera contando eso a un adulto sino, una y otra vez, a su nieta de cuatro años.

—Y le dije: “Sí, Pachu, papá se murió, así que no lo vamos a volver a ver”.

Esa misma noche hubo una marcha de vecinos hacia la estación de Padua. Cuando la marcha terminó, ella les dijo a los amigos de Lucas: “¿Y la guitarra? Sin guitarra no es el Chimu”. Los amigos llevaron las guitarras y ella se quedó con ellos, cantando hasta el amanecer.

—Si a mí me hubieras dicho el 21 de febrero: “¿Qué hacés si mañana tu hijo choca con un tren, no aparece, y después de tres días aparece muerto?”, yo te decía: “Me mato”. Y bueno. No me maté. Cuando lo extraño mucho pongo su música. Por algo le pasó a él. Yo, por mi creencia, no creo en las casualidades. Lucas no terminó el secundario, era muy mal alumno. Yo lo hinchaba para que terminara. A veces digo qué bueno que no me dio pelota y se dedicó a la música. Mirá si me hubiera dado bola y se hubiera dedicado solamente a dar las materias. ¿Hoy qué me quedaba? La tarjetita del call center.

***

El domingo 26 de febrero de 2012, un día después de enterrar a su hijo, María Luján Rey fue a comprar algo para el desayuno y, al salir, levantó el diario. En la segunda página vio el titular: “Lucas viajaba en un lugar prohibido”. El día anterior, la ministra de Seguridad de la Nación, Nilda Garré, había difundido un comunicado que decía: “Se identificó que el cuerpo de Menghini se encontraba dentro de la cabina de conducción del motorman del cuarto vagón, lugar vedado a los pasajeros (…)”. El 27 de febrero, María Luján y Paolo dieron una conferencia de prensa. “Es una necesidad mía –leyó ella aquella tarde con un tono en el que ya se conjugaban la indignación marcial y el dolor sereno– (…) expresar mi más enérgico repudio al comunicado emitido por el Ministerio de Seguridad de la Nación encabezado por la doctora Nilda Garré, en el cual deja entrever la posibilidad de que Lucas tenga responsabilidad en lo sucedido (…) Tratar de convertir a la víctima en culpable es un recurso vil, bajo, bastardo y canalla (…).”

Los heridos por el choque fueron 800. Los muertos –se incluye un embarazo en gestación– 52.

***

Leonardo Menghini está sentado ante una mesa en una sala de juntas, en un despacho del microcentro. Es, además del hermano de Paolo, el abogado de la familia en el juicio contra los responsables del choque. En 1994 dejó la profesión
para dedicarse a la música hasta 1998, cuando retomó, y está convencido de que éste será su último trabajo, que después se dedicará a otra cosa.

—Nosotros somos gente de izquierda. Siempre pensé que el trabajador es el último eslabón de la cadena. La gente ve como inexorable que a los laburantes los caguen. Lo que no pueden creer, en este caso, es que no hayan buscado al pibe. Yo adhiero a muchísimas cosas de este Gobierno, pero la negativa de asumir la responsabilidad de lo que pasó deja en evidencia el desinterés real que tiene por cosas populares. Y la principal prueba de su responsabilidad es todo esto que dicen que están haciendo con los trenes: trayendo coches nuevos, arreglando vías. Si pudiste hacerlo en dos años, ¿cómo no pudiste hacerlo en diez? No quisiste. Y si no quisiste, te cagaste en el pobre.

***

En medio del caudaloso pasillo de Canal 7, de cara a un día con lluvia en vendaval, caminando hacia la salida, Paolo Menghini dice que él lleva adelante una lucha que ha sido desatendida por el partido gobernante.

—No sólo, pero sobre todo por el partido gobernante. Y trabajo en un canal estatal. Eso no me ha traído ningún conflicto. Acá sólo encontré comprensión y apoyo. Pero las diferencias que el grupo del que formo parte tiene con el gobierno nacional son las mismas que yo tengo. Suscribo a cada palabra que dice este grupo. Absolutamente.

***

Faltan pocos días para el acto del 22 de febrero de 2014 y Lara está sola en casa porque su madre fue con una amiga a repartir volantes al centro de Padua. Buena parte de su vida escolar transcurrió en un colegio privado en el que fue buena alumna y abanderada. Quiere empezar a estudiar Diseño y hoy –como casi siempre– tiene planes de tatuarse. Empezó a hacerlo hace dos años, un día después de que encontraran a su hermano, y ahora se tatúa con la naturalidad de quien va a la peluquería.

—Antes no me dejaban, pero cuando fue lo de mi hermano dije: “Ya fue”, y la misma mañana de la despedida me tatué en la espalda la tapa del disco que él no llegó a grabar.

Habla en un tono tajante, con displicencia amable y desencanto.

—No sé si lo que mantenemos es la calma. Lo que mantenemos es la cordura. A veces a un amigo le pasa algo, y uno le dice: “¿Y de eso te quejás?”. Pero no está bueno. Porque los raros somos nosotros. No podés medir las cosas por algo tan extremo que te pasó. Yo lo extraño a mi hermano, pero ya se murió, mi vida no se quedó frenada en eso. Mis papás luchan para que se haga justicia, y eso está bien, pero yo no voy a dedicar mi vida a eso.
—¿Nunca pensaste “por qué me pasa a mí”?
—No. Jamás. Porque yo creo que no me pasó a mí. Creo que le pasó a mi hermano.

La casa tiene zonas más ordenadas –la cocina–, menos ordenadas –el cuarto de baño donde, dentro de la bañera, se acumula la ropa para lavar– y plenamente desordenadas, como el cuarto de Lara y el antiguo cuarto de Lucas. El de Lara parece haber sufrido una requisa. El colchón está desnudo. Junto a la cama hay un mueble indiscernible, cubierto por ropa (cosas verdes, cosas grises, cosas floreadas). A los pies, una tabla de skate sin ruedas, sostenida por dos ladrillos huecos. El armario está abierto. Del barral cuelga una sola percha. En la puerta, una frase: “Queda prohibido llorar”.

—¿Querés ver el cuarto de mi hermano?

El cuarto de Lucas se usa para amontonar cosas pero está, en muchos aspectos, como lo dejó. Separado de la casa, se accede atravesando el patio. Hay una bicicleta, cajas, rollos de cables. Las paredes están empapeladas con hojas de diario, recorridas por dibujos, nombres de bandas –Viejas Locas–, frases –“Al carajo con Dios y la Virgen”–, siglas: EZLN. Ejército Zapatista del Pueblo.

—Lucas defendía a este Gobierno. Mi papá era re kirchnerista. Por eso le costó, después. Porque defendía algo que lo perjudicó más que a cualquiera.

***

María Luján y su amiga Mariela acaban de llegar del centro de Padua y están sentadas en el piso del living, recortando cartones para que la cera de las velas no se escurra de las botellas donde irán insertas durante el acto de Plaza de Mayo. Podrían ser dos maestras haciendo cualquier manualidad.

—Nadie te enseña a estar expuesta –dice María Luján–. Vos enterrás a tu hijo, pero el resto opina si lloraste poco, si estás empastillada. Tenés que fumarte a la que viene y te dice que no podía quedar embarazada y le pidió a Lucas y quedó, o la que no podía caminar y se le apareció Lucas en la copa de un árbol y caminó.

Se ríe, mordiéndose el labio inferior. Lara baja del entrepiso cargando un álbum de fotos. Está repleto de imágenes de Lucas y de Lara, de Paolo, de los hermanos de Paolo, pero no hay ninguna foto de la madre de María Luján.

—Vive en Mar del Plata. No tengo una relación fluida. Es ultrakirchnerista. Para mi vieja es el bajón de haber perdido a su nieto, y listo. No entiende que su nieto murió por la corrupción de estos hijos de puta. Porque no los ve como
hijos de puta.
—¿Eso te enoja?
—No. Cada uno lidia con esto como puede.

Lara, sentada en el alféizar de la ventana, hace un gesto de hastío y dice:

—Me voy a tatuar.
—Nena, tenés hormigas en el traste, como tu hermano.

Si Paolo Menghini habla de su hijo como de un talento perdido (“Para mí es un legado que se conozca la obra de Lucas”), su madre habla de él como de alguien desordenado, buen padre, cariñoso, simpatiquísimo, de pésimo carácter, que se vestía en ferias americanas y se cortaba el pelo solo. Hacia el final de la tarde, María Luján y su amiga volverán al centro de Padua, a repartir volantes. Como si un día sin hacer nada fuera –entonces sí– un día sin Lucas.

***

Poco después del choque, el ministro de Planificación Julio De Vido anunció que el Gobierno pediría ser querellante en el proceso judicial, pero la Cámara Federal lo rechazó por estar el Gobierno en la línea de responsables. Cinco días después del choque, en un acto público en Rosario, la Presidenta pidió que las pericias de lo que había sucedido en Once no tardaran más de quince días, porque “los 40 millones y las víctimas necesitan saber quién es el responsable”. Dos semanas después del choque, Schiavi renunció a su cargo y la administración del transporte pasó al ala del Ministerio del Interior conducido por Florencio Randazzo.

***

—Sí, dos temas de Pity y después nosotros. No sé si habló con Axel.

Faltan pocos días para el acto del 22 y María Luján habla por teléfono con Paolo, mencionando nombres de músicos y bandas. Cuando cuelga, dice que están intentando que algún grupo los acompañe en el acto.

—En esta época hay mucha gente de gira. Por otra parte, el Gobierno se ha encargado de instalar que nosotros somos la oposición, entonces un tipo dice: “Voy, canto por la justicia y me pierdo un show en Tecnópolis”, y los re entiendo.
—¿Tuviste pareja después de Paolo?
—Siete años de convivencia catastrófica. Fernando. El Chino. Logré que terminara el secundario, que consiguiera trabajo, que se internara por su adicción a las drogas. Yo lo conocía desde chico, pero cuando lo volví a encontrar decía que había dejado de consumir. Fue chamuyo. Me banqué el año de internación, el año de reinserción social. Para haberme enganchado con una persona enferma tendría algún punto enfermo yo. A los dos meses de lo de Lucas, estábamos por ir a un cumpleaños y me dijo: “Yo no voy”. “¿Por?”. “Estoy esperando el momento menos doloroso.” “¿Para qué?” “Para irme.” Y le dije: “Es éste. Agarrá todo y andate”.

Durante los siete años de convivencia con Fernando, María Luján trabajó haciendo duendes de arcilla que vendía en las ferias de las plazas mientras estudiaba el profesorado de geografía. Desde que se recibió, trabaja como suplente en la secundaria 22 de Merlo, en la 26 de Padua, en la media 17 de Merlo centro, en la media 10 de Merlo.

—Me gusta generar en los pibes una semillita de curiosidad. Pero últimamente me interesa más que entiendan que una persona boliviana es un igual, y que salir a afanar estéreos no es laburo.

A lo largo de la tarde, ella y Paolo seguirán intentando contactar a un grupo que pueda tocar el 22. Finalmente, no conseguirán a nadie.

***

El edificio donde funciona Radio La Colectiva, en Buenos Aires, era una sucursal del Banco Mayo. Ahora, en esos tres o cuatro pisos, hay viviendas, cooperativas, la radio. Es sábado, y María Luján y su sobrina Lucila, prima de Lucas, están siendo entrevistadas en un programa del mediodía. Cuando van a un corte, la conductora pregunta:

—¿Existió alguna posibilidad de que Lucas estuviera vivo?
—No –dice María Luján, seca.
—Muere en el momento.
—Sí.
—Mirá vos. Mirá vos.

María Luján no dice nada pero hace un gesto imperceptible: lo contrario de la amabilidad y la paciencia. Después, ya en la calle, enciende un cigarrillo y mientras camina dejando volantes en los parabrisas de los autos dice:

—¿Se nota que me caliento mal? El morbo de la gente siempre quiere más. Quiere que encima estuvo vivo y que encima pasaron todas esas horas. Como no es la sangre de ellos, ni las tripas de ellos…

***

A dos días del acto en plaza de Mayo, el living de la casa está atiborrado de bolsas que contienen las botellas que se usarán como candelabros. María Luján está en la cocina, organizando equipos: un equipo de gente para las velas, otro para estampar remeras.

El 25 de febrero del año 2013, cuando se cumplió un año de la despedida de Lucas en Casa Frida, ella escribió una carta abierta donde insistía en que la ministra Garré no se hacía responsable “de la ineficacia de las personas que están a su cargo”.

—Me tocaron el timbre a las ocho de la noche y era un tipo con un sobre: “Se lo manda la ministra”. Yo me quedé helada, no lo quería abrir.
—¿Por qué, qué pensaste que había?
—Fotos. Pensé que me había mandado fotos del lugar en el que estaba Lucas para decir: “¿Ve que era difícil de encontrar?”. Yo nunca quise ver esas fotos. Pero no. Eran cinco carillas, en las que decía que yo había malinterpretado sus dichos, que la habíamos dejado como un monstruo. Creo que todos los funcionarios se han manejado con el prejuicio de pensar que por el hecho de vivir en el conurbano y usar el tren éramos gente que iba a poder silenciarse. Y justo les tocaron dos que encabezan, que protestan. Yo nunca los voté a los Kirchner, pero Lucas apoyaba este proyecto.

Un auto se detiene en la calle y llega Lara. Saluda, parca.

—¿Te tatuaste el otro día?
—No, voy mañana.
—Te dieron el primer permiso y no paraste –dice María Luján–. Tu hermano era obediente. Le dijimos que no y nunca se hizo. Murió a los 20 sin un solo tatuaje. Ella es arisca. Esta se va a morir y…

Una breve pausa.

—…se va a morir a los 87 siendo arisca. Pero ahora le toca todo doble, todo el amor va para ella, ¿no?

María Luján Rey fue, por pedido de su hija y de sus compañeros de colegio, la única madre acompañante en el viaje de egresados a Bariloche en 2013. Usa, sin que suenen impostadas, frases como “se escabió la vida, la pendeja”.

***

El 22 de febrero de 2014 es –una vez más– un día espléndido. A las siete de la tarde, la Plaza de Mayo está repleta. A las siete y media hablan Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo de la Línea Fundadora; el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel; el director de cine Juan José Campanella (“No somos golpistas ni destituyentes. Que digan eso de nosotros es el peor insulto que se nos puede hacer. Sólo estamos pidiendo justicia”). Entre una cosa y otra, Gabriela Radice y Sebastián Wainraich leen adhesiones al acto: Frente de Izquierda, Kevin Johansen, la juventud socialista del MST, el líder de la comunidad Qom Félix Díaz. Alrededor de las ocho, María Luján Rey y Paolo Menghini suben al escenario para leer el discurso central, y tras ellos sube una nena rubia con una remera negra en la que se ve, estampado, el rostro de su padre: Lucas.

—Al Gobierno le exigimos desde el primer día lo que merecíamos –lee Paolo–: que nos dieran una ayuda integral, un seguimiento de las lesiones físicas y psíquicas, y nunca lo hicieron.
—Señalamos como principal responsable de ese abandono –lee María Luján– a la señora presidente Cristina Fernández de Kirchner. Es responsable porque nunca instruyó a sus ministros y secretarios para que se ocuparan de todos nosotros y de las consecuencias del desastre al que nos arrastraron.
—No habrá tenido tiempo –dice Paolo, con sorna–. Pero sí tuvo tiempo para lapidar a quienes opinan diferente. Un gobierno que se ufana de estar del lado de los más necesitados nos abandonó a nuestra suerte.

A lo largo del discurso, se menciona a Florencio Randazzo, a Julio De Vido, a Cirigliano, a Schiavi. Cada vez, la gente silba y algunos, pocos, gritan: “¡Asesino!”. Cuando ambos terminan de leer, los familiares suben al escenario y Paolo, con la guitarra colgada, anuncia:

—Vamos a cantar una canción de lucha, de lucha y de más lucha.

Suenan los primeros acordes de un clásico de multitudes –“Pronto venceremos”– y los familiares empiezan a cantar, tímidamente, hasta que la voz decidida de María Luján Rey los arrasa como una fuerza imperante, como una voluntad
o como un puño, y todos la siguen.

***

—Estoy contenta, porque fue mucha gente. Pero no hubiéramos hecho el acto si tuviera a mi hijo durmiendo en casa.

Han pasado pocos días desde el 22 de febrero y la cocina está otra vez repleta de carteles –“Por los que se fueron, por los que estamos, por los que vendrán”– que planean colocar en las puertas de Comodoro Py cuando comience el juicio. Aunque la bautizaron en la iglesia católica, María Luján Rey nunca fue religiosa hasta que empezó a ir en 2004 a las reuniones de la organización budista japonesa Soka Gakkai.

—En el budismo uno debe hacerse cargo de ser quien dirige su vida. De ahí la idea del karma. Que mi sufrimiento no sea sólo sufrir, que se transforme en algo más. A veces pienso que empecé a practicar el budismo ocho años antes de lo que pasó sólo para prepararme para lo que tenía que vivir.
—¿En algún momento te pareció que no lo ibas a aguantar?
—No. Pero hay momentos donde decís: “Estoy triste y parece que todo lo que me falta va a ser igual”.

Después, alza la vista, que ha mantenido baja y concentrada en un papel que dobla sobre sí mismo, y pregunta:

—¿Querés que vayamos a Casa Frida?

Por el camino, en el auto, dice que empezó a escribir un libro que narra el primer año de su vida después del choque.

—Es raro escribir todo eso. Ahora estoy por llegar a enero de 2013, y a veces le tengo que preguntar cosas a los otros, porque hay cosas que borré o no registré.

(El libro, finalmente publicado el mes pasado por Planeta, bajo el título Desde mis zapatos, decía, en su versión original: “Veía periodistas por todos lados. Cámaras, móviles, micrófonos (…) y yo sólo quería encontrar a mi hijo (…) No pensaba en esos momentos en que alguien me vería en un noticiero (…) Era como si fuera una autómata, quería encontrar a mi hijo y lo único que pensaba era que cuantas más personas supieran de nuestra búsqueda más pronto lo íbamos a encontrar”.)

Casa Frida no queda lejos. Es añosa y descuidada, pero de estructura noble. En el porche, descalzos, están Federico y Fernando, amigos de Lucas. Cuando ven bajar del auto a María Luján, se acercan a abrazarla.

—¡Ey, Tuti! Hay que ir a buscarte para que vengas.
—¿Y ustedes? Hace mil que no van para allá. ¿Todo tranca?

Atrás, en el patio, el laurel bajo el que colocaron el cuerpo de Lucas es gigante: ramas de un verde casi negro que superan la altura de la casa. María Luján lo mira con admiración y dice:

—¿Me puedo llevar un poco? Para el guiso. Cuando haga los invito.

***

El martes 18 de marzo de 2014 comenzó el juicio oral y público. Por la mañana se supo que un grupo de familiares había llegado a un acuerdo extrajudicial, aceptando una suma de dinero a cambio de desistir de toda imputación. Paolo Menghini, consultado por los medios, dijo: “Son víctimas y merecen todo nuestro respeto. Las personas que accedieron a ese acuerdo no forman parte del grupo de lucha que ha sostenido el pedido de justicia. Nosotros lo hicimos por todos, pero respetando las decisiones personales”. A las once y media de la mañana, cuando el juicio ya había comenzado, él y María Luján sostenían contra el vidrio de la sala –que separa al público de los testigos y los jueces– un cartel que decía “Justicia”. Miraban al frente con la vista fija, como si quisieran morder.

***

Es 29 de julio de 2014, día gris, invierno. María Luján Rey apaga el cigarrillo apenas antes de empujar la puerta de la confitería Imperio, de Scalabrini Ortiz y Corrientes. Saluda, se sienta, dice que tiene un nuevo tatuaje: tres estrellas en el tobillo.

—Me las hizo Lara. No sabés cómo me dolió.
—¿Lara sabe tatuar?
—Se compró la máquina y practicó con piel de chancho y una calabaza. Y conmigo.

Desde que empezó el juicio, va todos los lunes y martes a Comodoro Py, sin perderse una audiencia. Con memoria implacable, como si no exponer cada segmento de un relato significara faltar a la verdad, recuerda la declaración de un guarda que terminó imputado por falso testimonio, la de la médica que atendió al maquinista Marcos Córdoba y, claro, el episodio con Schiavi.

—Era el segundo día del juicio. Estábamos en la vereda y cuando levanto la vista lo veo a Schiavi. Venía para donde estábamos nosotros, con Paolo y Leo. Entonces agarro el cartel de Justicia y lo levanto. El tipo viene como para abrazarme y Leonardo le pone la mano acá, y Schiavi le dice: “No la voy a tocar”. Y yo digo: “No, no me va a tocar”. Y me empieza a decir que hacía tanto que quería decirme que me entendía y que le daba mucha bronca cuando escuchaba que decían que Lucas había muerto por viajar en un lugar indebido, que Lucas en realidad había viajado donde había podido, que él había llorado mucho. Yo lo miraba. Con el cartel acá. Hasta que Leonardo le dijo: “Bueno, listo”. Y se fue. Bajé el cartel, y después de eso estuve un día en cama. Parecía que me habían cagado a palos. Una bronca. Yo le tenía que tener pena a él por lo mal que se había sentido.
—¿Sentiste pena en algún momento?
—No.
—¿Qué sentiste?
—Asombro. Lo que me ayudó a contener mis reacciones fue pensar: “No le voy a dar lo que quiere”.
—¿Y qué quería?
—Cualquier cosa que yo le hubiera dado. Llorar, pegarle, insultarlo. Cualquier demostración hubiera sido una victoria para él. Yo no quiero ganar nada, pero no quiero que se lleven lo que quieren de mí.

En el mes de julio de 2014 comenzaron a correr en el ramal Sarmiento algunas de las formaciones nuevas que anunció el ministro Florencio Randazzo. El 21 de ese mes la presidenta Cristina Fernández de Kirchner las inauguró diciendo: “¿Todos ubicaditos? (…) Tenemos que hacer rápido porque si no viene la próxima formación y nos lleva puestos”, y “(…) El tren no arranca si las puertas no están herméticamente cerradas (…) Para mí que he visto tantas veces viajar a la gente colgada del tren (…) Por una cuestión de que les gustaba tomar aire, la verdad que me parece un salto cualitativo”. María Luján retweeteó las declaraciones con un comentario –“Puaj”– que terminó en la portada del diario Perfil.

—Cualquier cosa que hagan con el tren está cimentada en 800 heridos y 52 cadáveres de los que nunca hablan.
—¿Podés viajar en el tren sin sentir aprensión?
—Sí. Una sola vez me sentí mal. Viajaba sentada en el piso y empecé a pensar: “Si el tren choca, ¿por dónde me van a entrar las chapas?”. La llamé a Mariela, mi amiga, y me dijo: “Bajate ya”. Y yo pensé: “No, si mi cabeza hace esto,
mi cabeza acomoda”.
—Y te quedaste.
—Y me quedé ahí. Sentada.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s