El drama de vivir arrancándose el cabello

Publicado: 13 noviembre 2015 en Arelis Uribe
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El papá de Daniela fue a darle un beso de buenas noches y descubrió que a su hija le faltaba un mechón de pelo. Hace unos meses, la niña tenía la cabeza completamente sana. Usaba el pelo largo, liso, recogido con cintillos de colores que combinaban con su ropa. Le pedía a su papá que le colgara varios espejos en el baño para peinarse y usaba uno hasta en la ducha, para enjuagarse bien todo el champú. Daniela soñaba con tomarse ese cabello largo y frondoso en una cola de caballo. Pero su mamá nunca la dejó. Decía que ese moño, atado con colets, le iba a dañar el pelo. Ahora, más de veinte años después, Daniela tiene 34 años y cuando intenta comprender por qué empezó a arrancarse el pelo, a veces piensa que fue una forma de rebelarse contra su mamá.

Estaba frente a uno de los espejos que su papá le colgaba en el baño y en la partidura descubrió que le crecían unos hilitos irregulares, que arruinaban su peinado perfecto. Se los arrancó. “Desde ese día, nunca más lo pude controlar”. Se sentaba a hacer las tareas y en vez de tomar el lápiz, se llevaba las manos a la cabeza. Se sacaba pelos durante horas, como en trance. Cuando al fin paraba, el piso amarillo se había oscurecido de pelos.

Mantuvo este ritual durante meses, hasta la noche en que su papá la descubrió. Sus padres, sin saber qué hacer, la llevaron al dermatólogo, luego un psicólogo y más tarde un psiquiatra. Ninguno supo explicar qué le pasaba a Daniela.

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Hace 25 años, cuando Daniela aún no empezaba a sacarse el pelo y vivía con sus papás en Puente Alto, la psicóloga María Inés Pesqueira atendía al otro lado de Santiago, en Vitacura, y recibió en su consulta un caso que nunca había visto: una mujer que no podía dejar de sacarse el pelo.

Era una veinteañera que había desfilado por un sinfín de consultas y que había gastado la poca plata que tenía buscando soluciones. Lloraba desesperada. María Inés se declaró incompetente, pero la historia de la joven la conmovió y se propuso investigar para ayudarla.

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Daniela pensaba que no existía una palabra para el impulso de sacarse el pelo y que era la única en el mundo que lo hacía. Se cortaba el pelo ella misma porque le daba vergüenza ir a la peluquería. Se tapaba los pelones con otros mechones más largos. Odiaba los actos del colegio en los que había que peinarse un tomate o una trenza. Temblaba cuando le preguntaban ¿qué te pasó en la cabeza? Mentía. Jamás le decía a nadie su secreto.

La primera vez que lo contó, fue a su pololo de la adolescencia, cuya respuesta la hizo sentir como niñita chica: si la descubría sacándose el pelo, él le pegaba en las manos. También la manipulaba. Cada vez que ella intentó terminar la relación, él le decía que nadie la iba a querer con el pelo así.

Cuando Daniela se fue a vivir con Sebastián –su actual pareja– lo difícil de compartir una casa no fue acostumbrarse a las mañas domésticas del otro. Lo angustiante fue el pelo. “En la noche esperaba que él se durmiera o me escondía en el baño para, por favor, poder sacarme”.

Daniela se sentía ahogada, reprimida. Necesitaba contarle a Sebastián. Y cuando lo hizo, se relajó. “Empecé a sacarme millones de pelos y él empezó a encontrarlos”. Aparecían en distintos lugares de la casa. Él le decía “¡Dani, mira cómo estás!”. Peleaban. Ella le prometía que iba a cambiar, pero los pelos seguían apareciendo.

Lo demás en su relación iba bien. Daniela estaba terminando de estudiar ingeniería y los fines de semana iban a la casa de sus papás con las hijas de Sebastián, todo en familia. Incluso hablaban de tener un hijo juntos.

–Pero le decía al Seba, yo no quiero ser mamá mientras esté así. Quiero que mi hijo se sienta orgulloso de mí.

Daniela tenía 32 años y un largo historial de tratamientos médicos. Había estado en terapia de grupo con adolescentes que se hacían cortes en la piel. Había guardado los pelos que se sacaba en un sobre. Había tomado Ravotril y Sertralina. Había sido hipnotizada. Había respondido interrogatorios eternos en los que le preguntaban una y otra vez por algún hito doloroso de su infancia. Nada funcionó. Daniela necesitaba recuperar el pelo que tenía a los doce años y ninguna conversación bajo secreto profesional le daba lo que ella quería.

Agotada y frustrada, decidió superarlo sola. Lo intentó durante años, pero siempre recaía. Entonces asumió la realidad: una vez más, necesitaba ayuda profesional.

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María Inés Pesqueira recuerda: “Me puse a estudiar, porque dije, ¡qué es esto de sacarse el pelo! No tenía idea ni de cómo se llamaba. De hecho, la paciente lo sabía y yo no”. Leyendo, descubrió que la tricotilomanía es un trastorno de control de los impulsos, con rasgos de trastorno de ansiedad y obsesivo compulsivo. Un hábito incontrolable que lleva a las personas a arrancarse vellos de distintas partes del cuerpo, “porque es muy rico”.

Hoy, María Inés dirige y enseña en el Centro MIP, donde se especializan psicólogos. En una de sus clases, explica los orígenes de esta dolencia: puede ser genético, biológico o ambiental.

–O una mezcla de los tres. Las personas aprenden a relajarse sacándose el pelo. Así, una predisposición genética o biológica es reforzada por el ambiente.

Según un estudio español de 1987, hay 8 millones de afectados en el mundo –principalmente mujeres– quienes se jalan el pelo de la cabeza, las pestañas, las cejas o el pubis. No existen estadísticas más recientes, mucho menos locales. Además, pocas personas confiesan su enfermedad. Es difícil saber cuánta gente en Chile vive con tricotilomanía.

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A inicios de 2013, Daniela llegó a la consulta de Pedro Retamal, psiquiatra y académico de la Universidad de Chile. Desesperanzada y llena de vergüenza, contó una vez más la historia de su enfermedad sin nombre. Luego de escucharla, Retamal le preguntó lo que ningún médico antes: ¿te puedo mirar la cabeza? Daniela autorizó al doctor, y el veredicto la dejó perpleja.

–No te preocupes, resolver esto es muy sencillo.

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Estaba en la oficina y se le ocurrió googlear. Escribió: sacarse el pelo. En los resultados, Daniela leyó por primera vez la palabra tricotilomanía. También encontró grupos donde gente de distintos países hablaba de su experiencia. Quiso conocer a chilenos como ella y creó el grupo de Facebook “Tengo Trico Chile”. Ahí leyó a una mujer de Arica que no podía salir a la calle sin usar un pañuelo en la cabeza, a un papá preocupado por su hijo que estaba quedando calvo a los seis años, a una pareja de Puerto Montt que se conoció en el grupo y que ahora, juntos, intentan superar la tricotilomanía.

En paralelo, el doctor Retamal le había dictado tres mandamientos: tomarás fármacos, harás ejercicio y averiguarás de casos similares en tu familia. “No sé si tú te has dado cuenta, pero yo tengo un problema –decía Daniela a sus parientes– ¿tú haces algo raro también?”. Encontró a un primo que se arrancaba la barba y una prima que perdía el pelo por alopecia difusa. También recordó que durante su infancia había visto a su abuela sacándose costras y rompiéndose la cara. Eso, ahora ella lo sabe, se llama dermatilomanía, el hábito incontrolable de arrancarse la piel. “Es muy probable que en tu familia haya algo genético”, le explicó el psiquiatra.

Hablarlo la envalentonó. Pensaba, “¿por qué tiene que darme vergüenza estar enferma?”. Varias veces las hijas de Sebastián –su pareja– le habían preguntado qué le pasaba en el pelo. Un domingo, en el almuerzo, se arrojó. Repasaron la historia. Vieron en el tablet las fotos de Daniela a los doce años, cuando usaba cintillos de colores sobre su pelo largo y frondoso. También las fotos de su adultez, cuando usaba cintillos para disimular la pérdida de su pelo corto y débil.

Las niñas le preguntaron si podían tocar cómo era su pelo ahora. Daniela sintió los dedos pequeños y livianos curioseando sobre ella. Lloró. Tenía 33 años y por primera vez permitía que alguien le tocara la cabeza.

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–Qué ganas de que la gente que sufre tricotilomanía sepa que no tiene por qué avergonzarse –dice María Inés Pesqueira y luego explica el método que desarrolló para tratar esta enfermedad. Primero, dejar de esconderse. “Hablarlo y abrirse con sus más cercanos ayuda mucho”. Segundo, complementar una terapia psicológica con farmacoterapia recetada por un psiquiatra. “Deben medicarse, si no, es pura pérdida de tiempo”. Tercero, asumir que es imposible evitar la tentación de arrancarse vellos. “No centrarse en por qué comenzó a sacarse el pelo, sino poner lupa en cómo detenerse”. Es decir, cambiar de paradigma: comprender que la tricotilomanía –al igual que muchas otras enfermedades psicológicas– no se mejora, solamente se maneja.

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Daniela llevaba casi un año de tratamiento con el doctor Retamal. Sentía menos ansiedad y se arrancaba menos pelo. “Pero me crecía muy débil”. Entonces, fue a “Pelucas Avatte”, buscando alguna extensión que, de momento, le disimulara los pelones.

–¡Ay! Aquí han venido muchas niñas así, yo no sé por qué hacen esa tontera de sacarse el pelo– dijo la vendedora y le explicó que no existía lo que ella buscaba. Le sugirió que se rapara y se comprara una peluca. Daniela nunca lo había pensado, pero aceptó. Allí mismo, le afeitaron la cabeza. Pagó $400 mil por la peluca, se la puso y se fue a su casa, aguantando el llanto desde Providencia hasta Puente Alto.

Para asegurarse de recuperar las zonas donde sólo había piel, se rapó otras tres veces. El cabello le crecía más rápido y más fuerte. Tras cuatro meses de esconder su cabeza rala y de arrancarle varios pelos a la peluca, el picor y la transpiración se hicieron insoportables. Se quitó la peluca y terminó con su exilio autoimpuesto. “Me quiero hacer un corte”, dijo. Y, después de veinte años, regresó a la peluquería. Su pelo medía 1,5 centímetros.

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Concentrada en su nuevo tratamiento, Daniela se olvidó de los estudios, pero el Duoc se los recordó. Recibió una carta de aviso: había caducado el plazo para rendir su examen de título. Si quería retomar, debía pagar. Fue al instituto con un certificado médico y contó su historia. El jefe de carrera y el rector no sabían qué era la tricotilomanía. Después de googlearlo, le dijeron “te vamos a dar una nueva oportunidad”.

Sentía miedo del examen, de sentarse frente a los cuadernos y llevarse las manos a la cabeza. Desde el día en que se rapó en Avatte, no se quitaba ningún pelo. Comparaba su rehabilitación con la de los drogadictos. Pensaba, si me arranco un solo pelo, no voy a parar más. Entonces buscó ayuda. Si estaba sola en su casa, invitaba a su hermano o se iba a la de su mejor amiga. Para evitar arrancarse pelos en la noche, le pidió encarecidamente a Sebastián que se durmiera después de ella. Estudiaba sentada en el patio y no encerrada en la pieza; los obreros que trabajaban ampliando la casa de al lado la hacían sentir acompañada.

Se preparó durante semanas. Reprobó. “Yo estaba feliz. Había logrado estudiar y no sacarme un pelo. Para mí, ésa era la verdadera graduación”.

***

La segunda vez que Daniela rindió el examen de título, aprobó. “Quedé como Julito Martínez estudiando ingeniería, pero ahora tengo más pelo que el Seba”. Por fin puede conversar con calma sobre “la trico”. Se está preparando para ser mamá y no puede creer lo que ve cada mañana al mirarse al espejo: una mujer sonriente con el pelo sano.

Sólo le falta una cosa para completar su felicidad: “Una cola de caballo. Peinarme la cola de caballo que he querido siempre”.

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