El hombre atento

Publicado: 12 enero 2016 en Natalia Paez
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A la hora del almuerzo, Gustavo Santaolalla apaga los equipos de música. El productor de rock y pop latino más influyente del mundo no puede sentarse a comer si están tocando una canción. Hay quienes no consiguen escribir, ni estudiar, ni conversar, ni tener sexo si no están en silencio: la música les impide concentrarse en lo que hacen. A Gustavo Santaolalla, la comida lo distrae de la música. Cuando era adolescente y escuchaba The Beatles, Santaolalla trataba de oír el trabajo de George Martin, el productor que sumó arreglos sinfónicos en sus canciones y convirtió el talento rustic de cuatro muchachos en un sonido que conquistaría el mundo. Cada vez que oía The Who, Santaolalla buscaba la mano de Kit Lambert, el manager que convenció al grupo de fusionar el rock y la ópera para lograr una complejidad sonora que los haría pasar a la historia. Cuando ponía The Kinks, Santaolalla reconocía la influencia del productor Shel Talmy, quien los llevó por primera vez a un estudio y grabó con ellos el hit que los hizo famosos —You really got me—, tal vez el más emblemático del pop británico de todos los tiempos. Gustavo Santaolalla, el nombre que aparece cada vez que uno teclea «gurú del rock latino» en Google, creció escuchando a los hombres que convirtieron a unos grupos de muchachos en las mejores bandas de la historia. Hoy, cada vez que prestamos atención a algunos de los temas más conocidos de Café Tacuba, Juanes, Bersuit Vergarabat, Molotov, Los Prisioneros, Jorge Drexler, Divididos, Julieta Venegas, La Vela Puerca, Caifanes o Bajofondo, estamos escuchando a Gustavo Santaolalla.

—La atención también es un don —dice—. Por eso no puedo comer y escuchar música. Si estás atento ves cosas que otra gente no puede ver.

Santaolalla lleva un esmoquin negro que resalta sus ojos celestes. Acaba de salir de la habitación del hotel donde se hospeda en Buenos Aires y, antes de empezar la sesión de fotos, se mira al espejo y descubre una arruga diminuta que arruina la caída de la tela debajo de una manga. Una productora corre hacia él con un alfiler para alisarla. Santaolalla vuelve a mirarse al espejo, entiende que todo está en orden, y la sesión puede comenzar.

El músico y productor que ha ganado dos Óscar, un Globo de Oro, dos Grammy, dos BAFTA y catorce Grammy Latinos por su trabajo, es capaz de percibir lo que otros no ven. Veinticinco años antes de nuestro encuentro en Buenos Aires, una tarde calurosa a finales de los ochenta, Gustavo Santaolalla había caminado entre los puestos de vinilos de la feria cultural El Chopo, en México D.F., para ir a escuchar a una banda de muchachos que, además de escasa experiencia, tenían sólo tres instrumentos y no sonaban demasiado bien. Después de oírlos en el escenario decidió gastarse hasta el último centavo de su presupuesto para que pudieran grabar su primer disco. Esos músicos jóvenes que antes de conocer a Santaolalla ni siquiera se habían planteado entrar en un estudio, y que al comienzo fueron rechazados por disqueras como EMI y BMG —hoy Sony Music— se convirtieron en Café Tacuba. En 2009 la banda recibió de las manos de Morrisey el premio Leyenda MTV. Su disco Re fue elegido en 2013 como el mejor álbum latino de toda la historia por la revista Rolling Stone. «Tiene la capacidad de ver las cosas cuando flotan en el aire», dijo Quique Rangel, el bajista del grupo mexicano. «Sabe sacar lo mejor de cada uno», me contó Meme, el tecladista de Café Tacuba. «Es algo así como nuestro gurú», dijo Rubén Albarrán, el cantante de la banda. «Gustavo Santaolalla apareció y se me empezaron a abrir las puertas», declaró el músico colombiano Juanes. «Ve mucho más allá que un mero músico», dijo la cantante brasileña Marisa Monte. No sólo los medios le dicen ‘gurú’ a Santaolalla: los artistas con los que ha trabajado hablan de él como si fuera, más que un productor, un guía espiritual con una percepción superior.

Solemos confundir a los productores musicales con managers o intermediarios. Los críticos del éxito mainstream suelen acusarlos de titiriteros: señores que eligen a un grupo de músicos, los reúnen en un estudio, les hacen interpretar canciones como fórmulas, les consiguen contratos y les aconsejan como peinarse. «Es una forma de hacerlo —dice Santaolalla con cierto desdén—. Yo no puedo». Casi nadie fuera de la industria sabe lo que hace un productor musical. En realidad, su trabajo se compara con el de un director de cine: el productor es quien imagina el disco en su cabeza cuando aún no existe, acompaña a los músicos en sus ensayos, busca lo mejor de sus temas, les pide más canciones, escribe arreglos, incorpora instrumentos, decide tecnologías de grabación, elige el equipo técnico de trabajo, administra tiempos, establece criterios de edición y mezcla, selecciona las tomas en el estudio, les dice «otra vez, otra vez, otra vez». El sonido y la estética artística de una banda en un disco, explica Daniel Albano, director de la carrera de Producción Musical de la Escuela de Música de Buenos Aires, son el sello de un productor. Santaolalla repite que sólo graba discos con músicos que tengan una voz propia, una visión artística definida. Su negocio es el de un jardinero atento: encuentra en los artistas un germen que otros no ven, y trabaja obsesivamente con ellos para que eso crezca, tome forma y se convierta en una identidad. Después de pasar por sus manos, ese germen casi siempre toma forma de disco de platino. A finales de los noventa, Santaolalla recibió el demo de un músico colombiano que había sido rechazado por sellos que buscaban estilos más comerciales. Santaolalla lo escuchó y meses más tarde viajaba a Medellín para producir el primer disco de estudio de aquel muchacho que fusionaba ritmos folclóricos con rock. Hoy Juanes lleva vendidos más de quince millones de discos y ha ganado veinte Grammy Latinos. El músico y productor Brian Eno —David Bowie, U2, Coldplay— dice que elige a los artistas por su sentido del humor. El productor Rick Rubin —Black Sabbath, Kanye West, Eminem— elige a los artistas cuando siente que le gusta pasar el tiempo con ellos. Gustavo Santaolalla dice que los elige con «la panza». Es lógico que no pueda comer mientras presta atención a la música.

—Algo me vibra y siento que me atrae.

En la habitación de su hotel en Buenos Aires, sobre la mesa del living, hay un libro de Krishnamurti: El conocimiento de uno mismo. Santaolalla levanta el libro y me lo muestra. Krishnamurti es uno de sus autores de cabecera. Para comprender cualquier cosa, explica el filósofo indio —una pareja, un cuadro, un paisaje, los árboles— hace falta verdadera atención. Escuchar exige hacer a un lado las distracciones, y eso supone olvidarse también de las opiniones y creencias propias. Para Krishmanurti, la atención verdadera es un modo de estar alerta que surge sólo cuando no estamos obsesionados en nosotros mismos. Santaolalla aprendió a prestar atención desde niño, pero tardó unos treinta años en dejar de estar obsesionado con su propio plan de ser un músico exitoso.

***

Santaolalla ganó dos premios Óscar por componer las bandas sonoras de Secreto en la montaña y de Babel tocando instrumentos de cuerda que nadie le enseñó a tocar: el ronroco (un charango andino) y el úd (el laúd árabe). Santaolalla montó una bodega en Argentina y produjo tres vinos que ganaron medallas de oro en las Sélections Mondiales des Vins de Canadá sin tener ninguna experiencia como bodeguero. Santaolalla compuso la banda de sonido para el videojuego The last of us, elegido juego del año en los Games Developers Choice Awards 2013, sin haber trabajado nunca para un videojuego. Santaolalla abrió una editorial para publicar libros de arte y fotografía sin haber sido nunca editor, estrenó un musical en Toronto sin haber hecho nunca un musical, y trabaja para montar un show de ballet sin haber hecho nunca un espectáculo de danza. Santaolalla tiene sesenta y tres años, es uno de los productores musicales más influyentes del mundo, pero no sabe leer música.

Un día, cuando tenía diez años, su profesora de guitarra en Ciudad Jardín —un barrio de calles arboladas y familias de clase media en la provincia de Buenos Aires— le pidió que tocara una pieza. El niño Santaolalla, que estudiaba música desde los cinco años, la interpretó a la perfección, pero su profesora no lo felicitó. En cambio le tapó los ojos, eligió un lugar diferente en la partitura, y le pidió que empezara desde allí. Él se quedó en silencio. Se había aprendido el tema de oído, pero no podía leer el pentagrama. La profesora confirmó sus sospechas y llamó a su madre: «No puedo seguir enseñándole —le dijo—. Su oído puede más que mi teoría». Santaolalla cursaba quinto grado en un colegio inglés, era monaguillo en la Iglesia, y su forma de escuchar y aprender comenzaba a alejarlo de ciertas enseñanzas. Una tarde le pidió una cita al cura de su parroquia porque estaba obsesionado con una idea: si Dios era bueno y todopoderoso como le habían enseñado, ¿por qué no hacía desaparecer al diablo? Si Dios permitía que el diablo siguiera existiendo —le dijo al cura—, era lógico pensar que trabajaba para él. Al igual que su profesora de música, el párroco lo escuchó y llamó a sus padres, pero en este caso para decirles que tal vez debían exorcizar a su hijo. Gustavo Santaolalla tenía once años, y atravesaba su primera crisis espiritual.

—Me imaginaba el paycheck que Dios le pasaba al diablo todos los meses para hacer el trabajo sucio— dice, y se ríe con la mitad de su rostro.

Cuando está afinando un instrumento, preparándose para tocar o examinando la ropa para una sesión de fotos, Santaolalla lleva un gesto grave, expectante —el ceño fruncido, la boca ligeramente entreabierta—, de profunda concentración. Un gesto adusto que podría ser confundido con hosquedad si no fuese porque a cada momento lo desarma como una máscara de goma para lanzar poderosas carcajadas. Es la misma cara de concentración que puede verse en una foto que le tomaron a los cinco años, en una fiesta del jardín de infantes. La imagen cuelga en el living de la casa donde creció, en Ciudad Jardín, a unos treinta kilómetros de Buenos Aires: allí se lo ve a Santaolalla con un delantal blanco y un moño a lunares, llevando una batuta en la mano, mientras dirige una orquesta formada por sus compañeritos. Orfelia Abatte, la mamá del músico, todavía recuerda que aquel día en el jardín Pinocho una mujer se acercó y le dijo: «Cultívelo. Lleva la música adentro». No hacía falta que se lo dijeran.

—No sabés cómo le daba la entrada a los triángulos. Tenía una habilidad…— dice Abatte con un orgullo que no le cabe en el cuerpo.

La madre del músico argentino es una mujer menuda, bajita, coqueta, que siempre quiso estudiar guitarra pero nunca pudo. Orfelia Abatte tiene noventa y tres, viaja a Los Ángeles cada año a visitar a su único hijo, y todavía conserva en una caja fuerte la canción que él le compuso hace cuarenta años, cuando murió su marido. Gustavo —“Gusi”, dice ella— es muy parecido a su padre, Alfredo Santaolalla, un ejecutivo que conoció cuando era secretaria en la compañía de publicidad Walter Thompson. Orfelia y Alfredo eran una pareja de melómanos. Santaolalla recuerda que sus padres compraban discos a montones en una época en que conseguir variedad exigía esfuerzo y dedicación. En su casa se oía tango, folclore, jazz, música popular europea, rock, música clásica, brasileña. Su padre cantaba tangos mientras se afeitaba, y el futuro creador de Bajofondo —ese grupo que ha seducido a oyentes del mundo fusionando tango y otros ritmos rioplantenses con música electrónica— se paraba en la puerta del baño a escucharlo. A los cinco años, cuando entró a la escuela primaria, Santaolalla recibió de las manos de su abuela su primera guitarra y empezó a estudiar música con una profesora. Su primera composición fue una chacarera dedicada al cura de su escuela, y sus primeras actuaciones las hizo tocando en la parroquia. Santaolalla quería hacer música y quería ser cura, pero antes de llegar a la adolescencia su precocidad lo alejó de la iglesia y de los pentagramas. Entonces convirtió la música en una religión autodidacta. A los once años armó su primer grupo folclórico. A los doce tuvo su primera guitarra eléctrica. A los trece escuchó por primera vez a los Beatles y ese sonido —dice— le cambió la vida. Eso era lo que quería hacer. Santaolalla ensayaba tanto que el cielo raso del living de su casa se derrumbó dos veces por las vibraciones de los amplificadores. Leía con fascinación la parte de atrás de los discos que compraban sus padres: allí aparecía el nombre de los productores que lo habían hecho posible. El arte de hacer discos —dice— siempre le interesó tanto como hacer música. A los dieciséis firmó su primer contrato para grabar con Arcoiris, el grupo que formó con tres amigos de la iglesia, y a los dieciocho produjo el primer disco de León Gieco, un cantautor que se convertiría en un referente de la música latinoamericana. Arcoiris fue uno los grupos fundacionales del rock argentino, y contenía ya los elementos que se convertirían en el sello de Santaolalla: la búsqueda de una identidad que aporte al rock sonidos de una cultura propia, y la búsqueda de una conexión emotiva o espiritual. Los Arcoiris fusionaron ritmos folclóricos con el rock, y sumaron instrumentos como el bombo, el charango y la flauta, cosas que ningún grupo argentino había hecho. Fue una aventura musical y mística: cuando terminó la secundaria, Santaolalla se fue de su casa y formó con los integrantes del grupo una comunidad liderada por Dana Winnycka, una modelo ucraniana trece años mayor que hacía de guía espiritual, de la cual se enamoró. Dana había viajado por el Tibet y la India, y estableció para todos una disciplina rígida inspirada en algunas filosofías orientales: tenían prohibido el sexo, el alcohol y las drogas.

—Con Arcoiris éramos más una comunidad religiosa que hippie— dice Santaolalla.

En un mundo donde coexistían las ideas del Che Guevara y la psicodelia, mientras los Beatles viajaban a la India y la mayoría de los rockeros abrazaba la trilogía sexo-droga-rock and roll, los Arcoiris se volvieron una vanguardia involuntaria: practicaban la trilogía yoga-naturismo-meditación. Las búsquedas espirituales —religiosas o paganas— son casi un lugar común de la historia del rock: George Harrison se aferró al hinduísmo, Bob Dylan se convirtió al cristianismo, Leonard Cohen lleva décadas dedicado al budismo, Cat Stevens se hizo musulmán devoto y cambió su nombre, Jim Morrison se fascinó con el chamanismo. Los salseros Richie Ray y Bobby Cruz dejaron la música durante veinte años para fundar iglesias. Ricky Martín —que también fue monaguillo— se hizo seguidor del budismo. Juanes mismo tuvo su conversión religiosa y dijo que seguía a Jesús a su manera. Las historias sobre el fervor espiritual de los músicos suelen ir acompañadas de relatos que van de los excesos a la salvación. Santaolalla, fiel a su precocidad, fue de la religión a los excesos. Hasta mediados de los setenta vivió como un monje disciplinado en la comunidad Arcoiris, y llegó a sacar cinco discos con ellos hasta que se escapó, formó otra banda —Soluna— y a empezó experimentar todo aquello que se había reprimido. Pero la mística de trabajo y algunos principios de las filosofías orientales ya estaban en su vida.

A finales de los setenta, cansado de pasar días enteros en las comisarías por llevar el pelo largo, Santaolalla emigró a Los Ángeles para huir del clima de miedo e intolerancia que la dictadura militar había sembrado en Argentina.El mismo año que llegó a Estados Unidos los Sex Pistols se separaban y The Ramones ascendía en los rankings musicales. Santaolalla se cortó el pelo, armó una banda new wave con su socio argentino Aníbal Kerpel y se subió a la nueva ola post punk. El grupo Wet Pinic —así lo llamaron— tuvo su minuto de gloria cuando la revista Rolling Stone eligió el videoclip de su tema “Cóctel” como uno de los mejores del año. Pero el éxito fue fugaz. Las cosas no salieron como él hubiera querido, y sobrevivió componiendo jingles y soundtracks publicitarios. Una noche, mientras se congelaba en un hotel barato de Nueva York y cenaba pan con queso, sin un centavo en los bolsillos, Santaolalla entró en crisis y entendió que debía replantearse su vida.Tenía que cambiar su manera de hacer las cosas.

—Me tengo que correr del foco, pensé. Voy a salirme de la obsesión por hacer mi proyecto propio. Voy a ayudar a otra gente.

En ese momento, dice, decidió poner su energía y su talento al servicio de otros. Cualquier biógrafo responsable sospecharía de una decisión tan espontánea y consciente, pero eso fue lo que hizo los veite años siguientes: se dedicó casi por completo a trabajar en proyectos de otros artistas. Los ayudó a definir una identidad y a pulir su voz, a ser reconocidos, a vender miles y millones de discos y a ganar premios. Uno de los libros que inspiraron a Santaolalla en su aproximación a las culturas orientales fue Mente zen, mente de principiante, del japonés Shunryu Suzuki, introductor del budismo zen en América. El libro explica que una de las bases de esta doctrina es actuar con la inocencia del que recién se inicia. Un alumno le pregunta a Suzuki cuánto ego necesitaba un hombre. El maestro le responde:

—Lo suficiente como para no tener ganas de tirarse frente a un autobús.

Cuando se renuncia a pensar «debo hacer algo especial», dice Suzuki, entonces se hace algo: a la mente del principiante se le presentan muchas posibilidades; a la mente del experto, pocas. Después de esa crisis personal, Santaolalla renunció a ser el protagonista, y construyó su carrera detrás de escena, poniendo su talento al servicio de otros artistas. En los últimos veinte años, su nombre pasó a figurar en letras pequeñas en la parte de atrás de algunos de los discos más vendidos en Sudamérica. Santaolalla hizo a un lado su ego para hacer crecer el nombre de otros, y terminó en la portada de la revista Time. En 2005 fue nombrado por esa revista como uno de los veinticinco latinos más influyentes en los Estados Unidos. El ranking que publicaron ubicaba a Santaolalla por encima de Jennifer López y de Salma Hayek, la actriz que al año siguiente le entregaría su primer Óscar. Cuando subió al escenario a recibirlo, con la sobriedad de un monje, dedicó su premio a todos los latinos.

***

Desde hace algunos años Santaolalla es convocado para dar charlas motivacionales ante empresarios interesados en conocer la fórmula de su éxito. El trabajo de un productor musical suele ser invisible para la mayoría de los oyentes, y su éxito nos genera una curiosidad más propia de un mago que de un obrero perfeccionista. Ante su auditorio, como cuando le piden consejos para los artistas jóvenes en alguna entrevista, Santaolalla aconseja tener disciplina, encontrar una identidad propia y mantenerse fiel a una visión. Los que esperan de él una receta mágica se decepcionan. Al hablar de su trabajo cita a Picasso («Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando»). Y no se cansa de repetir identidad, identidad, identidad. Cathleen Murphy, vicepresidenta de Sony Global, dijo que Santaolalla cambió las reglas de la industria: «Fue el creador de la música latina alternativa que ahora suena en todas las radios del mundo». Hay quienes lo acusan de ser parte de una maquinaria que fabrica productos en serie.

—Claro que soy parte de la industria. Pero no me considero un estereotipo de quienes hacen productos a medida del mercado.

Santaolalla se define primero como músico, y todos los artistas que produce tienen algo en común: la búsqueda de un sonido que identifique a la región. Durante las últimas dos décadas, él y su socio Aníbal Kerpel han producido músicos muy distintos entre sí, pero todos comparten cierto trabajo con ritmos locales: Juanes con vallenatos, la Bersuit con murgas y candombes, Café Tacuba con rancheras y boleros, Divididos con música de Atahualpa Yupanqui, Bajofondo con tango y ritmos rioplatenses, el dúo Orozco-Barrientos —unos músicos argentinos de provincia— con tonadas mendocinas. Y los fusionan con géneros como el rock, el pop, o la electrónica. El director de la carrera de Producción Musical de la Escuela de Música de Buenos Aires, Daniel Albano, cuenta que en el documental Everything is a Remix se describe al proceso creativo como el ejercicio de copiar, transformar y combinar. «Santaolalla logra en los artistas que produce un balance tan exquisito de estos tres factores —explica— que termina formándoles una identidad casi definitiva». El productor Brian Eno dice que en la música ya no existen grandes invenciones formales: se trata de experimentar con lo creado en los últimos sesenta años. El productor Rick Rubin dice que él crea música como un perfumista crearía una esencia: poco a poco y con algo de instinto. Daniel Albano cree que Santaolalla reúne las mejores condiciones para ser un productor forjador de estilo: su oído musical y estético, su capacidad de rodearse con grandes músicos e ingenieros de sonido, su experiencia como arreglador, su conocimiento de la música latina, sus viajes por las tres Américas en busca de música y tecnología, su habilidad para liderar y su disciplina. Quienes han trabajado con Santaolalla hablan de dos cualidades más: su obsesión por los detalles, y su insistencia en producir más y más para quedarse sólo con lo mejor.

A mediados de los ochenta Santaolalla regresó a la Argentina para producir una gira demencial junto a León Gieco, su primer ‘descubrimiento’ como productor. Durante casi dos años recorrieron el país desde la ciudad más austral —Ushuaia— hasta el extremo norte —La Quiaca—, grabando y filmando con músicos folclóricos nativos. Viajaron más de cien mil kilómetros, grabaron más de cincuenta horas de video y tomaron más de dos mil fotografías para producir De Ushuaia a La Quiaca, una gira que se convirtió en cuatro discos —uno de ellos listado entre los mejores cien discos del rock argentino por Rolling Stone—, un libro y un documental. Santaolalla ha dicho que ese viaje lo transformó. Allí conoció a cientos de artistas a los que no les interesaba grabar discos ni salir en televisión: hacían música porque para ellos era una necesidad vital. Y también conoció a su actual mujer, Alejandra Palacios, madre de sus hijos menores, Luna y Don Juan Nahuel. Santaolalla necesitaba un fotógrafo para la gira y ella se presentó a la entrevista de trabajo. Otros fotógrafos ya habían rechazado el proyecto.

—Me dijo que tenía que sacar cinco rollos por día, y que se sabía cuándo empezaba el viaje pero no cuándo terminaba. Era un delirio, pero vi en él a un productor increíble— me dice Alejandra Palacios.

Durante el viaje, Palacios y Santaolalla no se enamoraron enseguida: estaban concentrados en el trabajo. Él era muy caballero, cuenta su mujer, «un hombre a la antigua» que le abría la puerta de los autos y estaba atento a los detalles. Años después de aquella gira en la que se conocieron, cuando ella estaba por dar a luz a Luna, su primera hija con Santaolalla, en la sala de parto había otra mujer sosteniendo su mano, haciéndola respirar. Mónica Campins, la ex mujer de Santaolalla y madre de su hija mayor Ana, estaba allí para ayudarla a parir. Eso que la mayoría de los hombres creería imposible —ver a su mujer y a su ex unidas en un momento tan animal como trascendente— era consecuencia del efecto que Santaolalla produce en aquellos con los que se involucra. Hoy Mónica Campins es parte de la gran familia del productor argentino y vive muy cerca de la casa de Alejandra Palacios y Santaolalla. Para él, ese tipo de logros también tienen que ver con su trabajo.

—No hablo de ir todos los días a la oficina, sino de trabajar las relaciones con la familia, con los amigos. Soy consciente que hago cosas que impactan a la gente, y siempre trato de que sea algo positivo.

Todos los proyectos en los que se involucra, dice Santaolalla, ayudan de alguna manera al descubrimiento de las personas. «Una de sus grandes cualidades es manejar muy bien la energía y las relaciones humanas. Es algo tan fuerte en él que inevitablemente terminó dedicándose a esto», me dijo el tecladista de Café Tacuba, Emmanuel del Real Díaz. «Es un movilizador. Pone a andar cosas. Y esas cosas terminan funcionando», dijo su amiga Marisa Monte, música y productora brasileña. «El trabajo de Santaolalla suele mostrarse con la presencia de lo étnico. Pero por sobre todo creo que valora el instinto, lo emotivo, la calidez. No importa qué forma tenga lo que produce, creo que él respeta y promueve lo emocional», dice Daniel Albano, director de la carrera de Producción Musical. Las películas con las que Santaolalla ganó premios también hablan de búsquedas, individuales o colectivas: Diarios de motocicleta, Secreto en la montaña, Babel. A los guiones con los que trabaja, dice, él los elige como a los artistas: con la piel y el estómago. Durante la última entrega de los premios Goya en España, Relatos salvajes ganó como mejor película iberoamericana pero Santaolalla —que compuso su banda sonora— no fue premiado por la música del filme. Sus nuevos fans adolescentes hicieron oír sus reclamos por Twitter. «Tendría que haber ganado el tío que hizo la música de The last of us», repetían. Santaolalla no se llevó ese premio, pero recibió una prueba de fidelidad de un público inesperado. Hacer cosas nuevas ha mantenido vivo su don para conmover a las personas: le permite prestar atención con el entusiasmo de un eterno principiante, y la pericia técnica de un escultor experimentado. Una vez le preguntaron al productor Rick Rubin si su creatividad había cambiado con el tiempo. «Al inicio yo era un completo novato —dijo Rubin—, ahora soy un completo novato con treinta años de experiencia».

Santaolalla volvió a sacar un disco solista en 2014, luego de varios años de trabajar únicamente en proyectos colectivos o de otros artistas. Desde hacía dieciséis años, cuando editó Ronroco —el disco que le abrió las puertas al mundo del cine— que no hacía un trabajo en solitario. Le puso de nombre Camino. En 2014 Santaolalla llegó también a la Argentina para filmar una serie documental sobre el Camino del Inca o Qhapaq Ñan, como se conoce en quechua al gigantesco sistema vial que integró el imperio incaico a través de seis países andinos, desde Chile hasta Colombia. El proyecto abarcaba siete provincias argentinas y arrancaba por Mendoza, donde Santaolalla tiene su bodega Cielo y Tierra. Para empezar eligieron una comunidad indígena Huarpe, en una zona cordillerana, cerca de la frontera con Chile. Santaolalla habló durante horas con la líder de la comunidad, Claudia Herrera, sobre la senda andina como un lugar sagrado para distintos pueblos, sobre sus antepasados, sobre la necesidad de buscar en los orígenes para mirar el presente. Santaolalla tenía la cabeza rapada, lo que en sus propias palabras le daba un aspecto entre astronauta, monje y enfermo mental. «Cortarse el cabello es el símbolo de retomar un camino, dar una vuelta al círculo, volver a caminar los mismos caminos quizás pero con más sabiduría y fuerza», dice Herrera. Después que se apagaron las cámaras, los huarpes hicieron una ceremonia para que los buenos espíritus acompañaran a Santaolalla. En la montaña, delante del fuego, le entregaron una pluma de cóndor para que llevara un mensaje a través de los distintos pueblos que iba a visitar, como hacía antiguamente el chasqui. Más que el portador de un simple mensaje, explica la líder de la comunidad, «el chasqui es un corredor espiritual». Santaolalla llevaba consigo su ronroco. Después de recibir la pluma tocó un tema para ellos, les regaló su instrumento, y volvió a retomar su camino.

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