El niño que ríe: el caso del Hombre Araña de La Plata

Publicado: 3 febrero 2016 en Javier Sinay
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“Concentrate, Lorena”, se dice a sí misma. “Concentración”, repite una y otra vez. Pero es difícil. Es difícil, incluso, mantener la cordura. Tiene un bolígrafo en la mano y treinta preguntas de un multiple choice de Matemática y Física sobre el banco. Son las ocho y media de la mañana y está rindiendo el examen de ingreso a la carrera de Medicina, en la Universidad de La Plata, bien conocido y temido por su exigencia: mil trescientos alumnos se anotan cada año, pero no llega a aprobar ni siquiera la mitad.

Lorena tiene 19 años y ya a los 15 sabía que quería ser médica, cuando, fascinada, se quedaba hasta tarde viendo documentales con ambulancias en Discovery Channel. Lorena es de Río Colorado −una pequeña ciudad perdida en la provincia de Río Negro, donde nace la Patagonia− y prefirió estudiar en La Plata, aunque estaba más cerca de Bahía Blanca, que también tiene una universidad reconocida. Parecía una ironía, pero era más fácil entrar a Medicina en La Plata que en Bahía Blanca, donde primero había que aprobar un año de otra carrera afín, como Farmacia o Bioquímica. La primera decisión de Lorena había sido anotarse en Farmacia, en Bahía Blanca, porque su padre no podía mantenerla en la capital de la provincia. Pero al día siguiente de la inscripción, cuando el viejo se dio cuenta de que ella no estaba del todo conforme, las cosas cambiaron: “Mañana nos vamos para La Plata”, le dijo él. “Pero papá, me acabo de anotar en Farmacia”, le respondió ella. El padre insistió, y ella no pudo ocultar su alegría: marcharon a La Plata, alquilaron el primer departamento que vieron (en la calle 10, no muy lejos del centro) y Lorena se puso a estudiar.

Ahora, con las treinta preguntas de Matemática y Física delante de ella, se pregunta si todo esto tiene sentido. Lorena ya rindió este examen hace un año y falló. La nueva chance no está siendo más fácil. Pero aún tiene esperanzas de romper el maleficio: ha estudiado, ha repetido de memoria las fórmulas, ha empapelado su casa con cartulinas llenas de ecuaciones. Necesita cuarenta respuestas correctas para aprobar, de las sesenta que son en total: quince de Matemática y quince de Física un día, quince de Biología y quince de Química al día siguiente. Ella prefiere las de Matemática, donde nunca se equivoca. En Química sabe que si no calcula con precisión puede llegar a un resultado errado. En Biología suele tropezar ante el sentido ambivalente de las preguntas y las nomenclaturas similares de los aminoácidos y las proteínas. Y en Física siempre es difícil plantear bien el problema.

Pero todo es más difícil para Lorena si antes de entrar a rendir el examen cree que sus compañeros la están observando, y los ojos de ellos se sienten, invariables, en su nuca. Todo es más difícil, una vez más, si el día anterior al examen, el lunes, Lorena presencia el amanecer desde las ventanas de una fiscalía, declarando. Todo es más difícil, por último, si dos noches atrás, el domingo, Lorena se va a dormir pensando en las ecuaciones y se despierta a mitad de la noche, sobresaltada, descubriendo que alguien entró a la casa para violarla.

“Lorena, concentrate”, se repite, entonces.

Entre las ecuaciones de Matemática aparecen las imágenes de aquella noche, demasiado vívidas como para ser archivadas por ahora en la categoría de recuerdos: su madre gritando (“¡Lorena, Lorena!”), forcejeando con un pibe, los dos agarrados de los brazos como si bailaran un vals horrible en la puerta del balcón, hasta que él pierde el equilibrio y se va para afuera, pasándose del otro lado de la baranda, y perdiéndose en la noche, como un batman endemoniado. Lorena lo ve todo a cierta distancia, demasiado borroso desde su miopía. Está paralizada por el pánico, sentada en la cama, sin poder moverse: para comprender, necesita sus lentes de contacto y no los tiene puestos. Al principio cree que todo es parte del sueño en el que estaba, pero ante la crudeza de los gritos de su madre se da cuenta de que está despierta, viviendo una pesadilla demasiado real. Y es entonces cuando escucha los disparos. Son tres explosiones que parecen detonar adentro de su cabeza, o muy cerca, como los truenos de una tormenta a su alrededor. Se suceden una detrás de la otra: ¡bang! ¡bang! ¡bang! Un pensamiento feo cruza la mente de Lorena, tan feo que trae un dolor punzante: alguien acaba de matar a su mamá. Entonces sí: se para y prende la luz. Su mamá aparece con el resplandor blanco y la abraza. Está viva. Y la abraza, muy fuerte.

Juntas salen al balcón, por donde se fue el que recién estaba adentro. “¿Estás bien?”, le pregunta alguien más a Lorena. Es la voz de un hombre: “¿Estás bien?”, repite. Es su vecino, un muchacho que está en el balcón de al lado, separado por una mampara de vidrio opaco, y le habla sin verla. Lorena adivina un arma en su mano. “Sí”, le responde ella. No puede decir más. El vecino desaparece. “¡Lo mató, lo mató!”, grita su madre. “¿Pero a quién mató?”, pregunta Lorena, que no entiende qué está sucediendo. Su madre tiene una sola respuesta: la abraza de nuevo, con los ojos llorosos y la respiración agitada.

Pocas horas más tarde, una chica no mucho más grande que ella le ofrece un té con bastante azúcar. “Estás pálida”, le dice. “En unos minutitos vas a hablar con el fiscal en su despacho.” Lorena no puede dejar de pensar en el examen que tiene que rendir al día siguiente, mientras toma el té. Su madre está declarando. Lorena escucha de lejos el interrogatorio: el fiscal le pregunta una y otra vez si el que entró a su casa tenía un arma. “Era el violador”, le asegura a Lorena la chica que le alcanzó el té. El violador: ella sabe que se refiere al terror anónimo que azotó a la ciudad de La Plata durante los últimos días, alguien que esperaba la noche para trepar a los balcones y entrar a los departamentos donde dormían chicas solas. Las tomaba por sorpresa y les hacía pasar la peor experiencia imaginable: las violaba y les robaba. “Era un pibito, nomás, quién lo iba a decir…”, escucha Lorena, pero siente que está en otro lugar, muy lejos de ahí. Tal vez, en un lugar llamado realidad. Porque todavía no cree que esto que está viviendo sea real. Cuando Lorena quiere saber más sobre el violador, ya es demasiado tarde: el relato ha concluido. “No te va a hacer bien hablar de esto”, le dice la chica, y cambia de tema.

Al día siguiente, lunes 24 de marzo de 2008, la noticia es tapa: “Mataron a tiros al supuesto ‘hombre araña’”, titula el diario El Día, de La Plata. Una foto del edificio donde vive Lorena ilustra el artículo. Otros medios también la difunden. Y el martes, un día después, Lorena se evade de las ecuaciones de Matemática en el aula de la facultad de Medicina pensando que muchos de los que la rodean, futuros médicos algunos, futuros bochados otros, vieron su historia en los medios y saben que ella es la última chica a la que quiso someter el temido hombre araña violador. Una vez más: “Concentrate, Lorena”.

***

Tenía en vilo a toda la ciudad. Con 48 horas de diferencia había violado a una chica e intentado abusar de otra, que eligió saltar al vacío desde su balcón, en un segundo piso, para evitar el ataque sexual aun a costas de enfrentar la muerte. Pero tuvo suerte: quedó enganchada en los barandales y amortiguó su caída, salvando la vida. Aún así, fue internada en un hospital, para luego regresar a su pueblo natal en estado de shock. El violador las había sorprendido en sus departamentos, a solas, a las cinco de la madrugada. Cuando ellas se despertaron, él ya estaba adentro. Algún tiempo atrás había cometido otros ataques sexuales y algunos robos: entraba sin hacer ruido y atrapaba a sus víctimas cuando ya no podían defenderse. Las violaba con un cuchillo en la mano, haciéndoles sentir su olor penetrante, mezcla de sudor, mugre y poxiran. Las amenazaba con una mentira: les decía que afuera tenía un cómplice y que iba a ser peor si se resistían. Y después se iba, descolgándose por la misma ventana por la que había entrado, llevándose cámaras de fotos, celulares y billeteras, y hundiendo a las chicas en el fango de un drama largo y horrible. El hombre araña solía elegir estudiantes, pero uno de sus ataques, quizás el más espeluznante, había quebrado el patrón: se había animado a someter a una anciana de 78 años con una maldad sin límites.

El diario Hoy le había dedicado la tapa del suplemento Trama Urbana, que publicaba ocho páginas de noticias policiales y judiciales. “Un peligro”, era el título, y la ilustración mostraba a un hombre trepando una pared. Al lado, la portada se completaba con otros dos títulos llamativos: “Crimen de la cajera: ‘Era un pibe callado, no parecía chorro’” y “La familia ladrona dio otro golpe”. Se ve que no eran días de calma en la ciudad. Si acaso él vio la tapa que le dedicaban los muchachos de Trama Urbana, se habrá sentido orgulloso: quizá, tanto como un rockero que alcanza la primera plana de Rolling Stone o como un futbolista que aparece en la de Olé.

La policía no sabía demasiado sobre él. Ni siquiera conocía el número exacto de ataques que había cometido. Podían ser cuatro, pero en el peor de los casos se remontaban a ocho. Y eso sin contar los que podrían no haber sido denunciados. En el Gabinete de Delitos contra la Integridad Sexual de la Dirección Departamental de Investigaciones de La Plata, la teniente primero Laura Paiva estaba desesperada por darle algún sentido a la información que le llegaba con cada nueva denuncia. Estaba acostumbrada a investigar violaciones y abusos horribles, pero la histeria colectiva que se vivía en la ciudad le metía presión, y el área de acción del joven violador, en un radio de unas veinte cuadras en la zona céntrica de la ciudad, parecía una provocación. Con la ayuda de la comisaría del barrio, había montado una estrategia de carnadas para atraer al violador: las agentes se sacaban por un rato el uniforme y hacían el papel de mujeres solas que se dejaban ver por la calle y dormían con la ventana abierta. Para completar la escena se instalaron autos con cámaras que registraban todo lo que pasaba en los callejones oscuros. Pero nada daba resultado.

Los ataques del hombre araña violador habían comenzado el 2 de febrero de 2008. El 7 hubo otro. Y el 13, uno más. En marzo recibieron denuncias dos veces más: el 17 y el 18, cuando la chica se tiró del balcón. Había tres ataques más, que podrían no corresponder al mismo sospechoso, pero tampoco eran tan diferentes como para dejarlos aparte. En el Gabinete, la teniente Paiva trabajó con otras agentes durante febrero y marzo relacionando los hechos, las características físicas y las zonas de las denuncias. “Todas las víctimas mencionaban a un chico jovencito”, me dice ahora. La teniente Paiva no parece una teniente de la Policía Bonaerense: ha pasado los treinta años, pero no hace tanto; viste de civil, informal, y lleva aros artesanales. “Eso de que fuera un chico nos sorprendía: ¡que un pibito adolescente anduviera por la calle abusando de la gente! ¿Abuso sexual, tan chiquito? No lo podíamos creer.”

El modus operandi del hombre araña desconcertaba a los investigadores: alcanzaba a subir al primer piso y al segundo; y de alguna manera, había marcado su record trepando al tercero. Al principio, la teniente Paiva no entendía cómo hacía para atacar a las chicas en sus departamentos. “Con la sucesión de ataques empezamos a observar que siempre había algún escalón o alero para subir”, dice. “Y él, con esa edad y una contextura física más bien menuda, era una gacela.” Lo que nunca sabrá es si el hombre araña elegía primero a sus víctimas o al escenario de los hechos: para ella, no ha quedado claro cuál de las dos variables tenía prioridad.

A medida que se sumaban los ataques, las víctimas ayudaron a confeccionar algunos identikits del violador. Eran retratos que mostraban a un pibe de facciones mestizas, con la nariz achatada, los labios gruesos, las orejas grandes y la tez mate. Los retratos tienen una frialdad y una quietud que difícilmente me permitan imaginar el terror que causaba ese rostro. Algunos testigos lo habían descripto con un flequillo cruzado; otros, que lo conocieron más tarde, dijeron que llevaba el pelo corto debajo de una gorra. Pero fue un remisero de 20 años, que trabajaba en el sur de La Plata, el que le permitió a la teniente Paiva identificar al pequeño violador: el remisero le entregó un nombre para esos dictados de rostro.

“En todos los hechos, el violador se robaba objetos chiquitos, fáciles de descartar, de vender y de llevar: celulares, cámaras o dinero”, cuenta la teniente Paiva. La investigación comenzó a partir de esos elementos, siguiendo el rastro de las llamadas que se hacían de los celulares robados. Una llamada fue hecha pocos minutos después de un abuso. La línea de destino pertenecía al remisero. La teniente lo citó a declarar, aunque dudaba de él: sospechaba que podía ser un cómplice, o incluso el mismo atacante. Cuando vio que el muchacho se mostraba sincero, le explicó a quién estaba buscando. El chico colaboró. Y contó que el que lo había llamado era un pibe que viajaba con él de vez en cuando, y que le decía que estaba yendo al Parque de la Costa. La teniente Paiva se sorprendió: parecía que el violador había elegido pasar un día en un parque de diversiones para celebrar el éxito de sus ataques. El hombre araña le dijo al remisero que se había subido a otro remís, y que el chofer estaba perdido. Le pedía que le indicara, por teléfono, cómo llegar al Parque. “Es una cosa de chicos eso de robar un celular y usarlo para llamar a un conocido: no hay ninguna autopreservación”, considera la teniente, satisfecha frente a la clave que le permitió desenredar el ovillo.

El remisero le dijo que el chico se llamaba Brian y tenía 16 años, y que vivía en un barrio periférico del sur de la ciudad de La Plata. La teniente Paiva comprobó que los archivos policiales lo tenían fichado: unos días atrás, el miércoles 12 de marzo, había sido detenido mientras trepaba un edificio. Por orden de un juzgado de menores, el domingo siguiente había sido alojado en una Casa de Abrigo, un centro de minoridad de régimen abierto en el que convivían chicos con causas penales y asistenciales. Algunos de los viejos y tremebundos institutos de menores estaban siendo reemplazados en la provincia de Buenos Aires por centros como este, donde los chicos debían ser estimulados a reintegrarse a su hogar en un plazo máximo de un mes. La Casa de Abrigo tenía una canchita de fútbol y una escuela. Pero para Brian estar ahí era una pérdida de tiempo: a las pocas horas se fugó.

El remisero declaró que su cliente era un pibe solitario: no tenía novia, nunca viajaba acompañado, y solía parar en cíbers o en las plazas del centro de la ciudad. Como hacía viajes largos, el remisero le había dejado su número particular para ganarse su confianza, y Brian lo llamaba desde cabinas públicas o celulares cambiantes. Lo citaba en una esquina suburbana y le decía que manejara hasta el centro de la ciudad. Nunca era el mismo origen; nunca, el mismo destino. Brian era un chico de la calle, pero no un mendigo, observó el remisero. Decía que trabajaba de albañil, pero nunca estaba sucio. Y siempre tenía a mano los veinte pesos que costaba el viaje. Parecía que andaba en algo raro. Pero al remisero no le interesaba averiguar en qué. Y cuando la unidad de Paiva había conseguido agrupar todas las causas bajo un mismo patrón e identificar a Brian, él decidió subir al departamento de Lorena.

***

El clima, el tráfico, el barrio: esas charlas son siempre aburridas. Los vecinos se preguntan cosas sin importancia, más por compromiso que por interés. Lorena y su vecina del 1º C apenas se saludaban. La vecina se llamaba Natalia y había llegado a estudiar Comunicación Social a La Plata desde la ciudad costera de General Lavalle. Tenía 26 años y hacía dos que convivía con su novio. Ninguna de ellas sabía cómo se llamaba la otra, pero Lorena fue la primera que se animó a tocar el timbre para pedir uno de esos típicos favores de vecinos. Era viernes, y durante todo el día había diluviado. La lluvia traía granizo, y había caído con tanta fuerza que las piedras habían roto uno de los ventanales del departamento de Lorena −el que daba al patio interno del edificio−. Lorena entró a su casa y descubrió los CDs en el suelo y los apuntes desparramados, en un alboroto inusual, tanto como para pensar que alguien había entrado a robar, pero el agua en el piso era una señal clara de que todo se debía a la furia de la tormenta.

El ventanal estaba roto y Lorena se asustó: ella también había escuchado sobre el misterioso hombre araña. El último ataque, en el que la chica se había arrojado desde el balcón, fue en la calle 13, esquina 57; y Lorena, que vivía en el número 1571 de la calle 10, entre 64 y 65, sintió que estaba demasiado cerca. Lo suficiente como para tratar de arreglar cuanto antes ese vidrio roto.

Lo primero que hizo fue llamar a su mamá: ella iba a ir a La Plata el lunes para estar cerca de su hija el día del examen; pero como la voz de Lorena sonaba algo angustiada, le dijo que adelantaría el viaje y llegaría al día siguiente, el sábado. Después, sí, Lorena le tocó el timbre a Natalia, su vecina del 1ºC. Ella estaba en La Plata de casualidad: con su novio tenían planes de visitar a su familia en la costa, pero se amargaron cuando descubrieron que el auto no arrancaba. Lorena le contó a Natalia que tenía un vidrio roto y le pidió cinta adhesiva para taparlo con unos cartones. Mientras lo reparaban tuvieron una charla breve, la primera después de meses de hola y chau.

—¿Por qué no te vas a dormir a la casa de alguna amiga? Por ahí estás más tranquila −le sugirió Natalia.
—No, todo bien, yo me quedo acá −Lorena quería aparentar que se sentía segura en su departamento.
—Bueno, cualquier cosa yo me quedo acá al lado.

Antes de irse, Natalia se refirió al hombre araña: sus ataques eran tan comentados en las esquinas de la ciudad que ya era como hablar del clima, la típica conversación pasatista de los vecinos aburridos:

—Encima, está este loco que anda violando a las chicas acá cerca… −le dijo Natalia −. Yo también estoy un poco nerviosa, porque mi ventanal del balcón no traba y siempre estoy sola porque mi novio trabaja con horarios raros −se detuvo y luego, con la convicción de haber ideado algo importante, le propuso−: Si llegás a escuchar algo, gritá; y si yo escucho algo, grito. Y cualquiera de las dos sale a ver qué pasa.

Natalia se fue de la casa de su vecina preguntándose si ella sabría el motivo de los horarios raros de su novio. Lorena no se lo había preguntado. Quizá no le pareció importante. O tal vez ya sabía que él era policía. Nicolás, el novio de Natalia, también tenía 26 años. Todavía tenía cara de pibe, pero llevaba el pelo corto −como todos los oficiales− y eso le daba un aire serio. Era de San Clemente, una localidad cercana a General Lavalle, el pueblo en el que se había criado Natalia. Pero fue en un boliche de Santa Teresita, a mitad de camino, donde se habían conocido seis años antes. Él era un cadete de la escuela de Policía Ramón Falcón que en esos días llevaba con orgullo su primer uniforme, y parecía un chico sereno y maduro, diferente de los novios con los que ella había estado perdiendo el tiempo.

Natalia cursaba el tercer año de Comunicación en la Universidad Nacional de La Plata. Los dos tenían 21 años. Nicolás era lo que Natalia llamaba “un policía de alma”: desde chico supo que quería llevar la placa de la Policía Federal, como su abuelo. Y a diferencia de los jóvenes de General Lavalle que se metían en la fuerza porque no encontraban trabajo −y que a Natalia le daban un poco de vergüenza ajena−, y en un país donde “policía” es mala palabra para muchos pibes, Nicolás tenía una vocación marcada y no medía riesgos. Ella contaba sus anécdotas con orgullo, como esa vez que, paseando por el Obelisco, un tipo le arrebató la cámara a dos turistas yanquis y Nicolás, en su día libre, lo corrió unas cuadras hasta agarrarlo, reducirlo y entregárselo a un vigilante. El novio había hecho una carrera ejemplar, y ostentaba el rango de oficial subinspector, ejerciendo el puesto de Jefe de Guardia en una comisaría del barrio porteño de Palermo. Entraba a trabajar a las seis de la mañana y dormía en horarios extraños, pero todavía el sistema policial, esa compleja maquinaria de voluntades y hábitos que rige a la institución, no lo había contaminado. “Mi novio es un buen policía”, decía Natalia a quien quisiera escucharla en la universidad, pero sabía que en la facultad de Comunicación, la misma en la que había estudiado Miguel Bru −una de las víctimas más emblemáticas de la violencia policial, asesinado y desaparecido a los 23 años por policías de la Comisaría 9ª de La Plata−, “bueno” y “policía” sonaba a contradicción.

Nicolás también había escuchado sobre el hombre araña, pero no estaba tan preocupado como su novia y su vecina. Por eso se quedó dormido a las once de la noche, como siempre, pensando en despertarse a la tres de la mañana para tomar el micro y llegar a Buenos Aires a las seis. Y ni siquiera se despertó cuando su novia, sin poder contener sus nervios ante unos ruidos en el balcón, le susurró “Nico, hay ruidos, escuchá, escuchá”.

***

La primera ventana del 1571 de la calle 10, la de la planta baja, tenía barrotes horizontales. Eran siete, cilíndricos, tan relucientes que daba lástima poner un pie sobre ellos y ensuciarlos. Pero Brian los trepó sin perder el tiempo: eran una escalera perfecta. Era la una y media de la noche del lunes 24 de marzo de 2008. Su última semana había sido vertiginosa y atroz: el domingo 16 se había fugado de la Casa de Abrigo donde lo habían internado unos días atrás; el lunes 17 había entrado en el departamento de una estudiante de Ciencias Económicas de 25 años, la había sometido y se había marchado robándole cien pesos y un celular (desde el que había hecho la llamada a su remisero de confianza para que le diga como llegar al Parque de la Costa); y el martes 18 había atacado a una chica de 19 años que cursaba la carrera de Odontología, pero no la había podido violar: ella fue la que se tiró por el balcón. La sucesión de los hechos alarmaba a la gente, y este último caso le dio a Brian fama a nivel nacional. Sus días abominables no habían terminado: mientras trepaba por los barrotes, quién sabe, tal vez saboreara de antemano un nuevo ataque y se viera en las portadas de los diarios del día siguiente.

Adentro del departamento del 1º D, Lorena dormía un sueño químico: para descansar mejor y aplacar los nervios del examen tomaba una pastilla de Clonazepam por día, repartida en un cuarto a la mañana, otro al mediodía y la mitad a la noche. Su madre, Norma, había llegado el sábado, adelantando su viaje por el granizo. Si no hubiera sido por la lluvia, Norma no habría cambiado su pasaje original, y mientras Brian trepara los peldaños ella estaría en la ruta, viajando desde Río Colorado. Pero ahí estaba, dando vueltas en la cama sin poder dormirse. Hasta hacía un rato, había estado leyendo Inés del alma mía, la novela de Isabel Allende, acostada en la cucheta de su otro hijo, que vivía con Lorena y que esa noche estaba visitando a su novia en Bahía Blanca.

Norma, la madre de Lorena, tenía insomnio: su mente se perdía en cavilaciones que iban de aquí para allá, como las hojas de los árboles que se entreveían a través de la cortina, movidas por la brisa. La imagen hubiera sido una linda postal para quedarse dormida muy despacio. Pero algo quebró la calma de la noche. Primero, una sombra fugaz. Norma se sobresaltó y dio un brinco que la dejó sentada en la cama. Ella también había leído las noticias sobre el hombre araña. Pero no podía ser él, pensó. Volvía a acostarse cuando la sombra se acercó lentamente a la puerta ventana del balcón. Era una figura pequeña e indudablemente humana. Pronto fue tan nítida como real el miedo de Norma. Sintió que estaba viviendo todas las películas de terror juntas, y de nuevo, algo la impulsó: se paró y se lanzó hacia la ventana, al encuentro de la sombra. Corrió la cortina y descubrió que la ventana ya estaba abierta; y que Brian estaba ahí, frente a ella, mirándola fijo con sus ojos inyectados en sangre y una media sonrisa encajada en sus facciones lampiñas de muchachito.

En momentos así, la gente se transforma y se desconoce. Norma era una mujer de casi cuarenta años, y su trabajo en la cocina y en el lavadero del hospital de Río Colorado le había dejado una tendinitis en las manos, que se le dormían o se le hinchaban cada vez más seguido. La mujer medía unos centímetros más que Brian, que era petiso, pero más fuerte que ella. Y sin embargo fue Norma la que, incluso dolida por la tendinitis, le saltó encima y lo agarró de los hombros y del cuello de la campera de jean. Quedó cara a cara con él, tan cerca como para descubrir su acné de adolescente y desafiar esa mirada extraviada, por momentos furiosa, a la que se habían reducido sus ojos rojos.

Norma se dio cuenta, en el contraataque, que Brian no estaba ahí por ella, sino por Lorena, y decidió luchar hasta el final para defender a su hija: se inclinó sobre Brian y lo empujó para atrás. Fue en ese momento cuando vio que él se reía. Su media sonrisa ahora era completa y burlona, y desnudaba sus dientes grandes y cuadrados, sin borrarse ni siquiera ante las peores embestidas de Norma, que comenzó a gritar por su hija (“¡Lorena, Lorena!”) y a insultarlo hasta hacerle perder el equilibrio. Brian logró escapar, descolgándose del balcón con agilidad por los mismos barrotes por los que había subido, y todavía se reía: le resultaba ciertamente divertido ver a una señora tan alterada.

Los gritos de Norma habían despertado a su hija y a sus vecinos. Nicolás había salido al balcón, frenético, con el arma en la mano y una orden en la boca: “¡Alto, policía! ¡Alto!”. Adentro, Lorena acababa de despertarse del sueño pesado del Clonazepam y lloraba asustada, desde la cama. Su madre corrió para abrazarla y todavía no había llegado hasta ella cuando los tres disparos cortaron la brisa de la noche.

***

Nicolás mató a Brian. Fue con un tiro certero en la cabeza. Y fue casi de casualidad: Brian ya había descendido los siete metros que separaban el balcón de la calle cuando desenfundó un revólver Iver Johnson. Era un .38 corto niquelado, y era tan viejo y tan plateado que parecía uno de los que usaban los cowboys. Nicolás también había salido al balcón con un arma, la pistola Bersa Thunder 9 milímetros reglamentaria, y gatilló al ver el resplandor del revólver con el que Brian le apuntaba mientras huía, sin detenerse ante la voz de alto. Tiró sin ver, al tiempo que se escondía detrás de la baranda del balcón, convencido de que Brian iba a hacer fuego antes. La oscuridad de la calle no le permitía advertir dónde estaba el violador: Nicolás hizo tres disparos frenéticos e intuitivos. Dos balas se perdieron en la noche. Y la tercera entró por la nuca de Brian. Como si no pudiera escapar a su destino de morir esa madrugada de lunes.

Lorena y su mamá aparecieron en su balcón, y se encontraron con una certeza escalofriante en boca de Nicolás: “Creo que lo maté”, repetía. Abajo había quedado Brian, desparramado en el pavimento. “¡Es el pibe, es el pibe que anda violando a las chicas!”, gritaba Norma. Nicolás entró a su habitación. Hasta hacía un minuto, estaba durmiendo con Natalia al lado. Pero ahora estaba en problemas. Y ella lo miraba desde la cama, con sus enormes ojos negros desorbitados. “Llamá al 911”, le dijo él. “No, no, mejor dame a mí, que llamo yo”. Natalia marcó y le pasó el celular. Él habló sin demasiado detalle: “Pueden venir, por favor, que acá hay una persona herida”. Después se vistió y bajó a la calle. Natalia, en cambio, fue a ver a Lorena, que todavía lloraba. Y unos minutos después bajó con ella.

Los policías llegaron en tres patrulleros y cercaron la zona donde estaba el cuerpo. Brian los esperaba, muerto, boca arriba, con un orificio de salida de bala en la frente y algo de sangre alrededor de su cuerpo. Unos metros más allá estaba el revólver. Lo revisaron: estaba descargado. Nicolás contó lo que había pasado y quedó detenido. Encontraron su Bersa Thunder 9 milímetros sobre la cama, donde él la había dejado, con trece balas en el cargador y una en la recámara.

***

Un periodista de Canal 9 informaba desde la vereda de la calle 10, donde había ocurrido todo: “Se trataría de un chico de 16 años…”. En otro canal, el cronista de policiales Mauro Szeta también daba la noticia, con su acostumbrado tono sombrío: “Un joven oficial de la Policía Federal escuchó los gritos de sus vecinas y salió al balcón a ver qué pasaba”. Zapping: los vecinos aparecían en cámara y opinaban, pidiendo mano dura y muerte a los violadores.

Algún tiempo después, comencé mi propia investigación. Hablé con policías, abogados y periodistas. Y me di cuenta de que iba a ser difícil rastrear los pasos de Brian: era un chico que no había tenido domicilio fijo y que no había ido a la escuela. Sus pasos no habían dejado huellas. Pero yo quería encontrar una respuesta a la pregunta que quedaba detrás de la ola de ataques: ¿quién era este pibe al que toda la ciudad despreciaba, celebrando su muerte?

En los últimos años Brian se había transformado en una sombra, abandonando su casa, un hogar muy pobre, y perdiéndose entre las siluetas anónimas de la calle. Siendo todavía un bebé, había migrado desde el norte del país con su familia, que consiguió un terreno para levantar su casa al sur de La Plata. El barrio era una zona de chacras y casonas en el siglo XIX, pero cuando la familia de Brian llegó las cosas habían cambiado: el tono general era de decadencia, óxido y soledad.

El padre de Brian era operario de una fábrica y murió antes de que su hijo aprendiera a decir “papá”. La madre, Abigail, tuvo que salir a trabajar en los invernáculos de la zona cosechando tomates. Era una mujer excedida por los cinco hijos que había tenido con un par de hombres y por su pobreza. Pasaría mucho tiempo hasta que volviera a formar pareja, y su familia encontrara algún tipo de orden. Entretanto, Brian tuvo una infancia más o menos contenida, pero nunca serena. Era el menor de los hermanos, y era tan esquivo que ni siquiera jugaba a la pelota con sus amigos. Pero era travieso. Y abandonó la escuela pronto, lejos de la mirada de su madre, que trabajaba todo el día. Brian había aprendido a leer, pero casi no sabía escribir. Cuando se enteró, Abigail lo volvió a anotar, pero esta vez en la escuela complementaria de una iglesia evangelista que congregaba a los vecinos más humildes del barrio. Un año más tarde, su hijo volvió a abandonar, y ni la copa de leche ni la ropa que le conseguían pudieron retenerlo.

Para ese entonces ya era un nene de carácter fuerte, embravecido, que reaccionaba mal, especialmente ante los gritos de Abigail. Ella difícilmente podía criar cinco hijos: volvía a su casa muy cansada después de varias horas de juntar tomates para ganar algo dinero y darles de comer. Caminaba las largas hileras sembradas del invernáculo, de ida y vuelta, juntando los frutos con un canasto en la mano. Cada canasto se descargaba para llenar una jaula, que, completa, se valuaba en tres pesos. Si el día era provechoso, Abigail podía llenar cuarenta jaulas de tomates. Pero no podía estar en su casa y enseñarles buenos modales a sus hijos: ella había elegido, al menos, que tuvieran la panza llena.

Una tarde, en un inusual día de recreo, Abigail retó a Brian y le tiró de la oreja, harta de que se cruzara por delante del televisor. Él salió de la casa llorando. Tenía bronca. Odiaba a su madre, al televisor y al mundo. Entonces recogió algunas piedras embarradas y comenzó a arrojarlas a las ventanas, sin puntería. Adentro, mientras las hermanitas de Brian la miraban asustadas, Abigail seguía viendo televisión: su cabeza estallaba, su estómago hacía ruido, y las piedras repiqueteaban contra las paredes de madera. Abigail pretendió ignorarlas. Pretendió sentirse un poco más tranquila. Pretendió estar frente a un problema menor. Cuando se le acabaron las piedras y las lágrimas, Brian se fue caminando hacia cualquier lado, alejándose de la casa. Sabía que iba a terminar errando como un sonámbulo por la ciudad, y que a la noche alguien le iba a indicar cómo volver, pero no le daba miedo perderse. No era la primera vez que lo iba a hacer. A los 9 años, la posibilidad de tener una vida normal comenzaba a marchitarse.

***

¿Existía la chance de que Brian no fuera un monstruo? En la ciudad de La Plata su nombre estaba condenado a ser sinónimo de horror, pero había una sola manera de responder a ese interrogante, y era entrar a su morada. Yo sabía que era una tarea compleja y que podía encontrarme con gente molesta, capaz de echarme con insultos y amenazas. Pero había que probar: mi investigación se construía en base a intentos.

Tenía un solo dato, que había podido rescatar luego de una charla con un policía que tuvo la gentileza de revisar su archivo. Me había pasado un cruce de calles. “Una casa amarilla”, me había dicho. En realidad, el color amarillo se correspondía con la madera roída y la pintura desgastada por el sol y la humedad. Un toldo hacía las veces de puerta y un perro flaco y costilludo daba la bienvenida. Brian había pasado su infancia en esta casa, pero ya no estaba aquí. “En La Plata solamente se quedó Blanca, su hermana”, me dicen desde la puerta. Blanca no está muy lejos: se mudó a lo de su suegra, a un par de cuadras. Vive en una calle de tierra, frente a un baldío surcado por unas vías abandonadas. La casa tiene una galería de plantas y enredaderas que conduce hasta la puerta, y una ventana que hace de kiosco.

Clap-clap: golpe de palmas. Sale un hombre de pocas palabras y le explico por qué estoy ahí. “Voy a llamar a Blanca”, dice y desaparece. Pasan unos segundos. El tipo vuelve con un vaso de gaseosa: “Ya viene”. La bebida tiene color naranja y sabor indefinido. Pero en pocos lugares me han recibido con esta hospitalidad, con algo para tomar, sin suspicacias.

Blanca, la hermana de Brian, llega desde el fondo de la casa. Tiene 21 años y antes de que se presente ya se la adivina tímida. Sus ojos brillan con una luz particular: hay simpleza, candidez y algo de ingenuidad en esa mirada. Brian había mostrado furia y extravío en su última noche, algo muy diferente de lo que proponía ahora su hermana. Blanca trae en brazos a su bebé de dos meses. Desde adentro de la casa la observan sus otros hijos, de dos y tres años: los sobrinos de Brian.

Ningún periodista vino a tocar la puerta luego de la muerte de Brian: nadie quiso sacarle la careta al hombre araña. Acaso a la opinión pública le alcanzaba con el tiro en la nuca y el fin de los ataques. Blanca acepta charlar conmigo como si me hubiera estado esperando desde aquel fatídico 24 de marzo en que su hermano fue muerto. Es curioso: yo estaba listo para enfrentarme a una situación tensa, e incluso había anotado una lista de buenos argumentos para insistir y ganar unos minutos de charla, pero no fue necesario nada de eso. Blanca, en cambio, me invita a tomar asiento en unos troncos desparramados a la sombra.

“Brian me contaba a mí sus cosas”, arranca, con un vaso de esa gaseosa indefinida en su mano, y su bebé en el pecho. Los recuerdos pasan con palabras escuetas y anécdotas breves. Dice que fue a los once años cuando Brian comenzó a meterse en problemas, cada vez más alejado de su hogar. “Le gustaba callejear”, cuenta. Su hermano salía a la mañana y volvía después de la medianoche, solo o acompañado por la policía. A veces pasaba la noche fuera de casa. Su madre lo retaba, le preguntaba por dónde andaba, le pedía que no se perdiera más. Pero a Brian no le importaba el castigo: a la mañana siguiente volvía a salir.

Pronto cayó preso por primera vez. Otra de sus hermanas, Belén ­−un año menor que Blanca−, se acostumbraría a ir a buscarlo a la comisaría. Brian ya había aprendido a arrebatar billeteras, carteras y celulares como si fueran golosinas: se lo habían enseñado sus amigos de la calle, pibes tan desamparados como él, o aún más, que dormían en las plazas del centro de La Plata y vivían en un mundo violento y sin adultos. A veces, cuando pasaba la noche fuera de casa, Brian se sumaba a las ranchadas y dormía con ellos, que se abrigaban con cartones y compartían los botines y las limosnas. Para Abigail, enterarse de eso fue suficiente: ella misma decidió internar a su hijo en un hogar asistencial de menores.

Todavía hoy, Blanca no entiende por qué Brian se rebelaba y elegía esa vida. Ella vive con la familia del padre de sus hijos, que trabaja en los invernáculos, como muchos de sus vecinos. Blanca y su pareja se conocieron en la iglesia evangelista −la misma a la que fue su hermano− y no han perdido su fe. Ella terminó la escuela primaria, pero nunca inició la secundaria porque tuvo que meterse a trabajar juntando tomates con su madre. El trabajo en el invernáculo era duro y Blanca, que ahora se dedica a criar a sus tres hijos, aún lo recuerda con desagrado. Pero sabe que, por algún motivo, su suerte fue mejor que la de Brian.

***

El Che Guevara custodiaba el futuro de los niños. Lo hacía desde un mural colorido, en el patio del hogar asistencial en el que Brian pasaría algún tiempo. Había llegado hasta ahí derivado por una causa asistencial: llevaba un año en la calle pidiendo monedas para comer e ir a jugar a los videojuegos y hacía tiempo que no pisaba la escuela. Abigail no podía dejar su rutina sacrificada en el invernáculo y sólo los hermanos mayores cuidaban de Brian. Algún tiempo atrás, un juzgado de menores había tomado parte en el asunto. La madre, como derrotada, había planteado la posibilidad de la internación de sus hijos más pequeños.

“Brian era uno más, no tenía ninguna particularidad”, me cuenta Susana, la directora del hogar, que trata de recordar algún signo que pudiera haberle llamado la atención, pero no lo consigue. Me sorprendo y quiero recomendarle alguna pastilla para la memoria. Pero más tarde descubriré que la directora no es la única persona que habla de un Brian opaco. Como él, muchos de los chicos que buscan refugio en el hogar sufren la ausencia del padre. “La madre hace todo lo posible por ocupar un rol que no puede ejercer”, considera Susana. “Pero lo que necesita el pibe es el límite del padre. Y como no encuentra a nadie que tenga el derecho a ponérselo, hace lo que quiere. Muchos de los fracasos que tenemos tienen que ver con eso: es difícil rescatar a los pibes criados por mamás solas a las que no les dan bolilla.”

Brian tuvo dos etapas en este hogar, que trabaja con objetivos a largo plazo, a diferencia de la Casa de Abrigo adonde estuvo unos días antes de su muerte. La primera fue cuando el juzgado lo derivó al hogar convivencial; y más adelante llegó la segunda, algunos meses antes del desenlace, cuando fue enviado al centro de día. En el primer período, Brian convivió con otros niños, al sumarse a una unidad familiar de ocho, encabezada por una madre sustituta −que tampoco recuerda especialmente al pequeño hombre araña−. La rutina en ese hogar convivencial era de escuela y granja. Pero Brian estaba cerca de su casa, y dos meses después decidió irse. Más adelante, el centro de día le ofreció por un tiempo más tareas escolares complementarias, con talleres de música, teatro, artesanías y oficios. Desde el mural, el Che Guevara no sólo amparaba el porvenir de los niños, sino también los sueños de los fundadores del hogar: en la década del 1970, a los 17 años −casi la misma edad que tenía Brian cuando murió−, Susana había comenzado a restarle tiempo a sus estudios de Derecho para hacer trabajo social y apoyo escolar en los barrios pobres; y en los años ochenta inició el hogar junto a otros militantes.

“Cuando nos enteramos de lo que pasó con Brian, nos extrañó”, sigue ahora la directora. “Todo el tiempo trabajamos con chicos amenazados por el camino de los robos o la droga, pero no por el de las violaciones, eso jamás lo hubiéramos imaginado.” Susana sabe que, a veces, la exclusión gana la pulseada y no hay fuerza suficiente para oponerse: algunos de los chicos que pasaron por el hogar terminaron rindiéndose ante la adversidad a la que parecían estar condenados. “Cuando pasa algo así nos desanimamos bastante. Pero muchas veces que un pibe termine bien o mal tiene que ver con su propia decisión.” Susana se amarga: “Brian pasó por acá dos veces. Lo importante era estar el tiempo suficiente, pero lamentablemente no se quedó”.

***

Cuando Abigail, harta de la vida en La Plata, decidió abandonar la ciudad y volver al norte del país, Brian, que tenía 15 años, comenzó a vivir su propia crónica de niño solo. “Lo que pasa es que, viste cómo es el destino: cada cual tiene el suyo. Yo pienso que él terminó de esa manera por el abandono. Una mamá no puede irse así”, considera Regina, la suegra de Blanca. Ella conoció a Brian siendo un niño, y asegura que el exilio de Abigail empeoró las cosas y disgregó el hogar: los hermanos mayores, que vivían en La Plata, comenzaron a pasar más tiempo con sus parejas y Brian se quedó solo.

La calle parecía ser su única alternativa. Y los arrebatos, su modo de vida. A veces volvía a la casa de madera roída, donde lo esperaban Blanca y sus sobrinos. Brian les compraba galletitas y se quedaba mirando televisión y charlando. Le gustaban los dibujitos: hacía zapping entre Dragon Ball Z, Pokemon y Los Simpson. Le decía a Blanca que le preocupaba cómo estaban, pero al rato se iba, y no importaba si ella quería retenerlo. En una de esas visitas, Brian vio por televisión un comercial del Parque de la Costa y le preguntó a su hermana si quería acompañarlo, pero ella le dijo que no. Algún tiempo después se daría el gusto, yendo luego de uno de sus últimos abusos, y una llamada por celular a su remisero para pedirle las coordenadas del Parque sería la pista que la teniente Paiva tomaría para desenredar el ovillo e identificarlo. Y aunque faltaba mucho para que eso ocurriera, Blanca no necesitaba preguntarle nada para darse cuenta de que su vida estaba descontrolada: “Cuidate, no hagas desastres”, le decía ante su aspecto maltrecho. Brian le juraba que le iba a hacer caso, pero andaba más en Plaza Moreno y en el cíber que en su casa.

A los 15 años, su independencia era total. Brian vivía su día a día sin saber a dónde iba a terminar cuando cayera el sol. Su hermana cuenta del día en que él se subió al tren y se fue a Mar del Plata. Era verano y quería conocer la playa. Blanca, que había ido de excursión con el colegio, le había contado lo lindas que eran la arena y las olas. Brian lo comprobó en su propia piel: pisó los caracoles, se entremezcló con la multitud de la playa Bristol y se dejó llevar por el mar. Y desde ahí llamó a su hermana para contárselo. “Viajaba mucho”, dice ella. “A veces se iba para Buenos Aires, en tren hasta Constitución, porque le gustaba, decía que era re lindo y que había muchas cosas para ver.” Mientras lo cuenta, Blanca lo imagina, encantada: ella, que sólo vive a sesenta kilómetros de la capital del país, no la conoce.

Pero su tono cambia cuando confiesa que la vida de Brian se oscureció con drogas, armas, dinero sucio y peleas: poco a poco, descubrió que su hermano ya no era el mismo que antes. Sus travesuras habían desembocado en algo serio y él, que no se daba cuenta de los riesgos, se enorgullecía. “Mirá lo que tengo acá”, le dijo una vez, levantándose la remera y mostrándole un revólver en la cintura. Blanca se alarmó, pero él le dijo que no pasaba nada, que el revólver estaba descargado. “Tené cuidado con eso”, le pidió ella. Y es difícil dejar de pensar que Brian encontró su final con un revólver descargado en las manos, acaso el mismo.

Blanca ocupaba un lugar que la superaba: tenía que mantener a raya a su hermano, pero el tiempo que lo veía era tan breve que apenas podía decirle que se cuidara y abrazarlo. Brian sabía que ella nunca había abandonado la fe: era una creyente persistente y convencida. Y, como no admitía el robo, él nunca le mostró sus botines. Como sea, quería ayudarla. Y la única manera que tenía era compartiendo algo de su dinero sucio. En una de esas visitas a la casa, sacó de sus dos bolsillos unos cuantos billetes doblados. Más de mil pesos. Blanca nunca había visto tanta plata junta. Se miraron en silencio. Blanca estaba incómoda: “No quiero nada de eso”, le dijo, contundente. Al lado estaba Belén, la hermana menor de Blanca, la misma que solía ir a buscar a Brian a las comisarías. “¿Vos querés plata? Yo te presto”, la tentó Brian. Ella sí aceptó, pero él se la entregó a solas, en un rincón. No se animaba a hacerlo delante de Blanca.

Sin embargo, no todo era dinero fácil e independencia en la vida de Brian. Más de una vez apareció golpeado, lleno de moretones. “Él no sabía pegar ni defenderse. Buscaba roña pero después no se la aguantaba”, cuenta Blanca. Ella le preguntaba qué le había pasado, quiénes le habían dado la paliza. Pero él negaba todo y decía que se había caído. “Ojo con lo que hacés”, le recriminaba ella de nuevo. “Siempre te estoy diciendo que te portes bien y no hagas cosas de las que después te tengas que arrepentir.”

Brian dejó de escucharla el día que apareció con la nariz quemada, negra, de tanto aspirar pegamento. No podía ocultar que andaba “de bolsita”: sus compañeros de la ranchada lo habían iniciado hacía un tiempo y él ya no podía dejar el poxiran. Cuando quería mostrarse un poco más “careta” se ponía una curita en la nariz para tapar la zona morada. Hasta que Blanca descubrió que tenía una de esas bolsitas apestosas en el bolsillo y ató cabos: “¿Qué andarás haciendo vos?”, lo reprendió por vez número mil. Él hizo silencio. Se lo notaba angustiado. La visitó dos veces más, y luego pasó un tiempo sin aparecer. No tuvieron despedida: Blanca se enteró de su muerte con la noticia del último y fatal ataque del hombre araña, descubriendo recién entonces que se trataba de su hermano.

La historia de la familia era ya demasiado dura. Pero le esperaba algo peor: quince días antes de que Brian trepara al departamento de Lorena y encontrara su final, falleció la mayor de los cinco hermanos. Estaba embarazada una vez más y ya no podía alimentar tantas bocas. Había tenido su primera hija a los 15 años y sentía que no iba a poder luchar para seguir criando hijos. Decidió hacerse un aborto ella misma, pero la herida se le infectó, y poco tiempo después la llevó a la muerte. Tenía 30 años. El padre de sus hijos había fallecido algún tiempo atrás, cuando un colectivo lo arrolló. Más que nunca, Blanca tuvo que tomar las riendas de la familia. Por eso creyó que rescatar a Brian era un compromiso personal y familiar. Pero pronto se dio cuenta de que no iba a poder vencer la voluntad de su hermano, que le decía, con aire fanfarrón, “Yo hago lo que quiero y me llevan preso, pero me sueltan. Así que lo voy a volver a hacer”. Una sola vez Brian se quedó sin respuesta y bajó la mirada: fue cuando Blanca le preguntó si había pensado que le podía pasar algo grave.

***

Un cartel sobre el monitor de la computadora advierte: “AVISO SOBRE JUEGOS CON CARACTER VIOLENTO. La utilizacion del presente, por sus contenidos violentos, puede alterar la formacion y educacion del usuario (Ley 12.855, Art. 2)”. Al leerlo me asombro y me pregunto si Brian lo habrá visto alguna vez. Estoy sentado en la máquina número 15 del cíber al que iba Brian. Desde aquí, sólo hay que caminar tres cuadras para llegar a la casa de Lorena, escenario de su último ataque. Es posible que Brian haya estado frente a la máquina número 15 antes de trepar por esos barrotes. El cíber está en una casona reciclada, con la pintura de un dragón en la fachada. ¿Brian se habrá sentado alguna vez en esta misma computadora? ¿Habrá leído el aviso? ¿Le habrá dado risa? Al lado mío se mezclan pibes cantina y nenes del barrio. Ya es hora de reemplazar la máquina número 15: el teclado tiene cuatro quemaduras de cigarrillo y las teclas tipean con un clac-clac desvencijado. Con interés tanteo la carpeta de juegos: está repleta y no falta el Counter Strike, el popular juego en red en el que hay que matar o morir con un rifle en las manos, en primera persona.

El encargado del local es un muchacho con la cara llena de granos, y dice que no conoció a Brian. Explica que en marzo el empleado a cargo era un chico paraguayo, pero que se volvió a su país. Y agrega que las cosas cambiaron en este cíber: “El dueño es un chino que se hartó de un grupo de pibes medio vagabundos que se quedaban a dormir acá, y los echó a todos”. Pienso: seguro que Brian estaba entre ellos.

En la plaza Moreno, en el centro de la ciudad, charlo con un grupo de chicos que limpian los parabrisas de los autos que frenan con el semáforo rojo. Ellos conocen a Brian, y mencionan sus fechorías con cierto cholulismo: él es el único que ganó cierta fama, aunque para alcanzarla haya tenido que entregar su vida y arruinar la de los demás. Pero ninguno de estos chicos habló en persona con él ni sabe dónde están sus compañeros de ranchada. Dicen que, después de la muerte de Brian, aquellos se diseminaron por el conurbano bonaerense, para cambiar de aire y exorcizar la mala suerte de su colega.

***

Para el fiscal Marcelo Romero, la del 24 de marzo fue una semana complicada. A pesar de ser el titular de la Fiscalía Número 6, se encontraba en la Número 7, apoyando al fiscal titular, que era joven y nuevo en la tarea. En esos días agitados, un dirigente sindical llevó a su tropa a ocupar una destilería y, ante la detención que se le iba a imponer, redobló la apuesta con la amenaza de volarla. Por si fuera poco, en esos días la Fiscalía Número 7 recibió las denuncias de los tres últimos ataques del hombre araña, incluido el de su hora final, que llegaba con carátula de homicidio.

Los dos fiscales se dirigieron al lugar del hecho y encontraron el cerco policial alrededor del cuerpo de Brian, a quien, en la morgue, tres de sus víctimas identificarían como el hombre araña. “Al autor del disparo se lo aprehendió preventivamente y se le imputó el delito de homicidio, que es lo que corresponde en estos casos”, explica ahora Romero. Es un fiscal formal y preciso, que habla por delante de una bandera de la provincia de Buenos Aires que engalana su despacho. “Nunca habíamos sufrido tantos ataques por Internet.

Los lectores opinaban de a miles y siempre en contra”, dice Romero. La reacción popular que se veía en los medios con la detención del joven policía lo había tomado por sorpresa.
“El disparo mortal ingresó por la nuca, mientras la persona aparentemente escapaba”, continúa Romero. Y agrega: “Los peritos consideraron que era posible, pero para la fiscalía no estaba tan claro, porque podía tratarse de un exceso en la legítima defensa. Es decir, no fue que dos fiscales se ensañaron con un policía, sino que de verdad teníamos dudas”. Pero la gente que opinaba en los sitios web los diarios no se manejaba con la misma frialdad que la Justicia: “En algunos comentarios incluso pedían la pena de muerte para nosotros”, se sorprende aún el fiscal.

El lunes 24 de marzo −el mismo día en que ocurrió el último ataque− los investigadores decidieron hacer la reconstrucción del hecho. Fue poco antes de la medianoche: peritos, policías y fiscales invadieron el edificio de la puerta 1571 y sacaron sus propias conclusiones, trabajando hasta la madrugada. Con esos informes, la Fiscalía Número 7 solicitó la elevación a juicio para Nicolás, pero el juez de garantías −que es quien pone límites a las acusaciones de los fiscales mientras dura una investigación− entendió que Nicolás no había cometido un exceso en la legítima defensa. Es decir, que no había sido un caso de gatillo fácil. Que a los 26 años, él había logrado esquivar la mala fama de la Fuerza: no era un maldito policía.

La fiscalía no apeló la medida y archivó el expediente, y Nicolás fue sobreseído.

***

Lorena falló en el examen. Obtuvo 35 puntos sobre 60, pero necesitaba 40 para aprobar. Las últimas horas habían tenido de todo, menos la paz que necesita un estudiante para llegar a un examen. Sin embargo, no quería dejar escapar su ilusión tan fácil, y una semana más tarde probó suerte en el recuperatorio. Esos siete días también fueron difíciles: su madre no quería que Lorena estuviera en el departamento de la calle 10 y se la pasaban yendo y viniendo a la casa de una tía en Avellaneda. Su padre y sus hermanos también aparecieron en La Plata, para ayudar con la mudanza, que la familia había decidido como una tarea inmediata. Lorena estaba cansada y apenas podía estudiar en los ratos libres. En el recuperatorio arañó el ingreso: obtuvo 37 puntos. Y luego de dos años de esperanza, entendió que no iba a estudiar Medicina. Eligió entonces anotarse en la carrera de Técnico en Cardiología: ahora aprende todo sobre holters, electrocardiogramas y ergometrías.

Además del aplazo en los exámenes, el ataque le dejó otras consecuencias: “Estar sola a la noche es lo peor que me puede pasar”, confiesa. Aunque sigue viviendo con su hermano, Lorena dice que cualquier ruido la pone nerviosa y que la oscuridad le molesta. Pero asegura que nunca se le pasó por la cabeza dejar la ciudad: “Un loco no va a arruinar mi vida”. Durante un tiempo, volvió a vivir en su mente el trauma de aquella noche. Soñaba seguido con Brian, incluso cuando se acostaba media hora a dormir la siesta. En esos sueños, Lorena miraba desde arriba todo lo que pasaba, viéndose a sí misma en la cama y a Brian en el balcón. A veces la historia cambiaba, y le tocaba ir a reconocerlo a la morgue. Pero ella, que nunca vio su rostro, tampoco lo descubría en el sueño. “Ahora ya volvió todo a la normalidad”, dice, serena. “Pero me fijo si me siguen o no, tal vez un poco perseguida, porque pienso que él podía llegar a saber que había una chica sola ahí arriba o a lo mejor me había seguido para ver a dónde vivía.”

Mientras Lorena rendía su primer examen, Nicolás pasaba el peor momento de su vida, preso en la delegación de la Policía Federal en La Plata. La culpa por haberle quitado la vida a Brian y el miedo a pagar con una larga condena eran insoportables. El lunes a la madrugada, luego del ataque y del llamado al 911, los policías se lo habían llevado detenido. Natalia, su novia, declaró hasta las siete y media de la mañana. Él lo haría al mediodía, primero ante los inspectores y después ante los fiscales, frente a quienes no podría contener el llanto. A las once de la noche comenzaría la reconstrucción del hecho, en los balcones de Lorena y de Natalia, para determinar si Nicolás contaba la verdad o si había disparado cuando Brian estaba de espaldas, ya escapando. Algunos vecinos comenzaron a organizar una marcha de protesta por la detención de Nicolás, pero él fue liberado antes de que pudieran concretarla. Se reencontró con su novia a las seis de la tarde del día martes.

“Nadie está preparado para pasar por algo así”, dice Natalia, y acepta que se indignó más de la cuenta con el fiscal. “Yo sé que son los pasos preestablecidos de la Justicia, pero estaba en duda el accionar de Nicolás sin importar que Brian hubiera ido a violar a una chica.” Hasta que el juez de garantías dictó el sobreseimiento, Nicolás creía que iba a ir a juicio y temía pasar una temporada a la sombra. “Yo no buscaba matarlo”, le decía a su novia, como queriendo alejar al fantasma de Brian. “Nico estaba acobardado, porque él hizo lo que tenía que hacer. ¿Y si no hubiera hecho nada?”, se pregunta Natalia. “Eso hubiera sido peor: que violaran a otra chica y en el departamento de al lado hubiera un policía que no hacía nada.”

Un mes más tarde, Natalia y Nicolás también abandonaron su departamento de la calle 10. Nunca charlaron demasiado sobre el tema. Él prefiere evitarlo. Cuando logré contactarlo, el joven policía me dijo que tal vez su novia aceptara contarme algo. Ella, para terminar la historia y el café que comparte conmigo, se encoje de hombros: “Nico ni siquiera fue a un psicólogo a hablar de esto, pero creo que le haría bien porque todavía es un chico”.

***

Y Blanca.

Ella fue la que tuvo que darle la noticia de la muerte de Brian a su madre, Abigail. Fue en una charla por teléfono. Abigail volvió a quebrarse, y lloró como había hecho quince días antes por su otra hija. En ese momento, Abigail había vuelto a La Plata para velarla. Cuando se enteró de la muerte de Brian le prometió a Blanca que iba a volver, pero ya no lo hizo.

Blanca suspira: “A Brian se le podría haber ido toda esa maldad yendo a la iglesia y rezando. Yo oraba por él y todavía hoy oro por su alma”. La hermana cree que Brian no quiso evitar su destino. El pastor de la iglesia le dio muchas oportunidades, le habló, lo quiso cambiar más de una vez. Pero a él no le interesaba. Cuando le daban consejos, él se reía con la misma risa que tanto aterraría a Norma, la mamá de Lorena, luchando cuerpo a cuerpo en el balcón, en una noche fatídica de otoño.

A Brian nadie lo pudo encaminar. Ni su madre, ni el hogar asistencial, ni la iglesia. Y Blanca cree que su alma no descansa en paz: “Por las cosas que hizo acá en la Tierra, los pastores ya me dijeron que debe estar en el Infierno”, se estremece. Regina, su suegra, agrega que cuando la gente hablaba del famoso hombre araña en la iglesia evangelista, en aquellos días de fines de marzo en que fue muerto, ella no se podía contener y se sinceraba: “Oren por mi nuera, porque él era su hermano, que Dios le dé fuerza para seguir su camino”, proponía.

El cuerpo de Brian tampoco encontró un reposo en paz. Cuando murió, Blanca estaba en el tramo final del embarazo del bebé de dos meses que ahora amamanta. Y ya venía de pasar el luto por su hermana. Estaba demasiado cansada para hacerse cargo sola. En la morgue tardaron unos días en entregarle el cadáver, y en el cementerio le pedían una serie de papeles difíciles de conseguir. Blanca y su suegro, el marido de Regina, juntaron algunos documentos y los llevaron, creyendo que el día del entierro había llegado. Iba a ser una sepultura íntima: ellos dos frente al ataúd de Brian, una flor, un cura y unos tipos que lo hundieran en el pozo. Pero en la administración les dijeron que todavía faltaban papeles. Blanca se dio por vencida: ya no podía seguir adelante. Ahora se amarga: “No sé qué fue de él, si está enterrado o no, o dónde está”.

Y en esa casa de suburbio, donde la fe en Dios es lo único que permite continuar a pesar de todas las tragedias y sacrificios que aparecen como si la vida fuera una carrera de obstáculos, Blanca elige recordar a un Brian alegre, distinto del monstruo de los ataques repugnantes que le arruinó la vida de aquellas chicas, y que generó una ola de miedo en la ciudad. Lo de recordar a un Brian alegre no es un lugar común. Es que lo único que le queda a Blanca de su hermano −lo único: el único objeto− es una foto vieja y doblada, en la que él se está riendo en un cumpleaños con algunos niños. Brian está vestido de fiesta, con una camisa, y muestra una sonrisa enorme de dientes de leche. Es la misma mueca risueña que lo acompañará para siempre, aun en su última hora. Blanca prefiere quedarse con la certeza de que Brian alguna vez fue un niño alegre. Un niño que reía.

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comentarios
  1. Yesica dice:

    Fuerte y rica en imágenes, emociones. La fuerza de la narración literaria hace a esta crónica, rica, muy rica. Gracias por compartirla.

  2. Soledad dice:

    Un niño que reía pero que arruinó la vida de muchas chicas ….. yo soy una de sus victimas la del día 7 de febrero casualmente también estudiaba medicina y pude terminar la carrera ! Viví el infierno en la tierra durante un año y medio … y aún pasado ya 9 años leo noticias de violaciones e inevitablemente me afecta es más el caso de Micaela reciente me llevo a la búsqueda de noticias y llegue al blog ! Lo único que puedo decir es que Cuabdo me pasó no tenía ningún deseo con respecto a el pero cuando murió sentí alivio Poruqe tenía miedo de cruzarlo en la calle y aterrorizarme como cuando me pasó 😦
    Sentimientos encontrados al leer la nota … triste la vida de ese pibe pero yo fui una de sus Victimas y solo yo se el infierno que viví !

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