Yo ya me voy a ir

Publicado: 15 febrero 2016 en Aníbal Santiago
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Con el oído al teléfono, el pequeño Iván oyó esa mañana las palabras que su padre le había repetido desde sus cinco años, la misma frase que lo condenaba a no conocerlo, o a conocerlo sólo por la voz lejana que llegaba por el auricular un par de domingos al mes hasta Tlaltepango, su pueblo: “Hijo, si sigo en Estados Unidos es para que no les falte de comer a ti y a tus hermanitas”.

Esta vez la respuesta del niño tlaxcalteca no fue un “sí, papá”, ese “sí, papá” resignado más que comprensivo, con el que siempre quedaba sepultada no sólo la plática sino cualquier ilusión: “Por mí ya no trabajes más –fue lo que le contestó Iván–, porque yo ya me voy a ir”.

En algún lugar del Nueva York primaveral del 29 de mayo pasado, Salvador Cote Blas oyó la respuesta de su hijo y se molestó. Hacía siete años que el albañil había cruzado el río Bravo huyendo con pavor de la justicia de Tlaxcala, y su único hijo varón jamás lo había confrontado.

Por eso no le mandó un beso, ni le pidió que se portara bien y tampoco le dijo “adiós”. El castigo fue un “pásame a tu mamá”. Iván extendió el teléfono a Ángeles Ximello, su joven madre, que oía la plática junto a sus tres hijas: Alejandra, Mariana y la menor, Vanesa, una niña de siete años con retraso mental.

Iván ya no dijo nada más. En instantes en que Ángeles escuchaba a su marido quejarse por la conducta de Iván, el pequeño subió en silencio a la azotea. El matrimonio cruzó comentarios sin importancia. Pasaron cinco minutos antes de que Salvador, quizá afectado por algo cercano a un presentimiento, pidiera a su esposa: “Pásame de nuevo a Iván”.

“Hijas, busquen a su hermano allá arriba”, pidió la mujer. Mariana y Alejandra subieron a la azotea. Ahí, en efecto, estaba su hermanito de 10 años. La cinta de una bata de baño amarrada al tendedero estrujaba su cuello. Las niñas vieron a Iván desvanecido, con la piel violeta, los ojos cerrados y la cabeza colgante.

Por el teléfono descolgado, sin entender qué ocurría, lo último que Salvador escuchó fueron los gritos desesperados de su esposa y sus hijas.

El remedio era antes

La mañana del lunes 30 de mayo apareció una pequeña nota interior en la sección Estados del diario Reforma: “Se suicida menor por bullying”.

En realidad, el periódico hacía eco de la suerte de juicio sumario de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Tlaxcala, que en el boletín 100/2011, señaló: “El niño tomaría esa drástica decisión porque era objeto de burlas y malos tratos de parte de sus compañeros de clase. La madre del hoy occiso mencionó en su declaración ministerial que su hijo Iván N. era víctima de acoso escolar, cuyo problema podría haberlo orillado a tomar la decisión de quitarse la vida colgándose de los tendederos del patio”.

Según la Dirección de Prevención del Delito de la PGR, el año pasado hubo 190 suicidios por bullying. Pero todos a partir de los 12 años, con el inicio de la pubertad. El hecho de que un niño de sólo 10 años se quitara la vida, más allá de la razón para hacerlo, podía marcar un hito en México. Sobraban motivos para averiguar qué había ocurrido.

El mapa de Tlaxcala en el que Tlaltepango aparecía como un pueblito que retoñaba tímidamente en las faldas de La Malinche, sugería agradables postales de pueblo mágico, con calles empedradas, techos de dos aguas y fachadas de adobe.

Pero la bienvenida que ofrece Tlaltepango es muy diferente. Al boulevard que lleva hacia la población lo invaden negocios de block, bovedilla, viguetas, cacahuatillo, tepetate, piedra, grava, arena. Expenden sobre una calle atestada de vehículos de carga, desde estaquitas hasta tráilers.

El plomizo vestíbulo de la comunidad anticipa el escenario que se repetirá en cada calle: muros repletos de graffiti, bloques toscos de tabique que sirven de casas, y milpas sucumbiendo bajo cerros de ladrillo o cascajo que los hombres de aquí usan en su oficio.

Disculpe, ¿sabrá dónde ocurrió la muerte de un niño? –pregunto al primer viejo que veo en el pórtico de su casa.
—¿El que se mató?
—Sí.
—Uuh, hasta el canal –añade don Modesto Sáinz e indica algún punto remoto de la comunidad.

La Calle del Canal se anuncia con una gran cruz blanca de cemento alzada sobre el asfalto. Atrás de ella, el canal de Tlaltepango: lecho de podredumbre y basura del pueblo. Y a sus flancos, los hogares donde las mujeres hacen nixtamal para vender en Puebla. Pasos adelante surge la casa con el número 51. Un moño blanco cuelga en la fachada. De no ser por esa discreta cinta de luto, uno pensaría que esta familia vive días prósperos: la construcción de un segundo piso casi concluye, la entrada acaba de ser pavimentada y dos columnas nuevas esperan lo que será el techo de un cobertizo.

Toco y no hay respuesta. Por el filo del portón se divisa una pila de ladrillos que hace de cama para una muñeca de greñas rojas. En el patio gris reposan costales de cemento. Un vecino dice con recelo que Ángeles Mora, madre de Iván, salió hace rato de la mano de su hija menor, “la enfermita”. No sabe a qué hora volverá.

Minutos después, una anciana delgada –después sabré que es Alberta, su suegra– abre la casa de Ángeles: “Yo hago el aseo. Ni los conozco, no sé qué pasó”, miente y cierra.

Cruzo al otro lado del canal, donde vive Verónica, una vecina: “Ángeles nunca fue una persona de hablar, no dice nada a nadie y menos desde lo del niño”, advierte, justo en el instante en que señala: “Es ella, ahí está”.

Me apuro, pero cuando la pequeña mujer de cuerpo encorvado me observa a 20 metros, entra y cierra el zaguán. El que sale, poco después, es un sonriente regordete: Francisco, primo de la mamá.

—No conozco a ninguna Ángeles y tampoco sé nada de eso que usted me habla (el suicidio).
—La mamá del chico acaba de entrar, déjeme hablar con ella.
—Aquí no entró nadie. Le pareció –refuta y se mete.

Decido esperar sentado en la banqueta. En media hora no pasa nada, hasta que de golpe surge del zaguán una voz femenina que reclama:

—Si el niño ya está “guardado”, el remedio era antes, no ahorita.
—Sólo quiero saber por qué Iván hizo eso –explico.
—Haga justicia en la escuela. Averigüe ahí, no aquí.

Su papá mató a alguien

En la Calle del Canal sólo suenan los ladridos de los tropeles de perros callejeros y de uno que otro auto que va a San Pablo del Monte, cabecera municipal. Sus pobladores, cientos y cientos de albañiles, van y vienen cruzando la autopista para laborar de lunes a sábado en la ciudad de Puebla. El domingo es la paz de sus músculos extenuados.

Por eso, cualquier grito, el que fuera, hubiera sido un desgarro en esa mañana apacible. Pero aquellos gritos eran aún más que eso. Eran un vendaval de desdicha. Los hermanos Artemio y José Luis Blas salieron espantados a la calle y alzaron la vista: los lamentos provenían de un par de casas a la derecha, la número 51, hogar de Ángeles, la sobrina de ambos. “Cuando entré, ella bajaba en brazos a Iván –dice José Luis–. Aún respiraba”.

Cerraron el paso del primer auto que cruzó. “Se nos está muriendo”, imploraron al conductor, que hundió el acelerador para llegar en dos minutos al Hospital Comunitario Vicente Guerrero. Artemio corrió a Urgencias y entregó a los médicos Alberto Corona y María Pérez Zecua el lánguido cuerpo, de una tibieza que daba esperanza. Sobre la camilla, los médicos buscaron vida. Revisaron en Iván las frecuencias cardiaca y respiratoria, la presión sanguínea, la dilatación capilar y la temperatura. No encontraron un solo signo vital. “Llegó muerto”, aclara la doctora Zecua. Sin oxígeno, su cerebro había perdido la circulación. Iván había fallecido por asfixia.

Poco después de las 10 de la mañana, el doctor Corona pidió que el niño fuera trasladado al mortuorio. “Estábamos conmocionados”, recuerda.

Ángeles se quebró cuando el médico legista de la procuraduría estatal consignó frente a ella, en el acta de defunción, que su hijo de sólo 10 años se había suicidado. Aunque con el llanto encima, la ama de casa tuvo la firmeza para declarar a un agente ministerial que en la escuela había niños que hostigaban con saña a Iván.

Trato de obtener información oficial. Seledonio Capultitla, alcalde de Tlaltepango, no quiere sospechas: “El bullying está descartado”, dice, y lanza su hipótesis sobre el origen del suicidio: “La TV enseña esas cosas a los niños”.

No existe manera de entrevistar a sus compañeros por que son menores de edad y hay una implicación legal en el caso. En busca de rastros de ese supuesto acoso localizo a dos madres cuyos hijos eran amigos y compañeros de Iván. Piden omitir sus nombres.

—Es que Iván no sabía la historia de su papá –dice M de entrada.
—¿Cuál historia?
—Hace un tiempo su papá se juntaba en banda –cuenta S– y en una riña mató a un muchacho. La policía quería atraparlo y por eso se escapó a Estados Unidos. Un compañerito le dijo cruelmente a Iván que su papá había matado. Y que por eso nunca iba a volver.
—Por eso –añade M–, los niños rechazaban a Iván.

La Cueva del Oso

“¡María, párate, a tu hijo lo mataron!”.

La violencia del alarido que la despertó esa madrugada de domingo fue tal que las palabras que el propio grito contenía no significaron nada por un instante. María Sánchez Román saltó de la cama como si experimentara un ultraje y cuando se repitió en silencio lo que estaba oyendo, sacudió a su marido para arrancarlo del sueño. Florencio abrió los ojos y se enteró de la desgracia.

Pablo Román, su sobrino y vecino, acababa de llegar, agitado y sudoroso. Huía de una pelea que terminó en una golpiza mortal para Pedro, su primo de 17 años, hijo menor de María y Florencio.

Tres horas atrás, cuando el sábado perecía, los dos jóvenes albañiles habían deambulado por las calles de su pueblo, San Sebastián Aparicio, en busca de cervezas para celebrar que ya acababa el año. Pero todas las tiendas estaban cerradas.

“Vamos a la Cueva del Oso”, propuso Pablo, y Pedro aceptó. Esa noche del 20 de diciembre de 2003, el único bar de Tlaltepango, el pueblo aledaño, estaba a tope. Las 20 mesas y la barra eran un hervidero de gritos, palmadas, insultos y bromas refrescados por cientos de caguamas que saciaban la sed de fiesta de los albañiles venidos de los pueblos del municipio de San Pablo del Monte.

Los primos entraron al bar. Y ahí surgen sucesos confusos, reconstruidos en el Juzgado Cuarto de Tlaxcala con base en dichos que fueron y vinieron con la misma ligereza con que los parroquianos jugaban baraja española esa noche.

Pedro y Pablo coincidieron en una mesa con dos personas: el hoy fallecido Guadalupe Marcelino y su hermano Ascensión, identificados por pobladores de la región como miembros de Los Huaraches, una célebre y ya desaparecida banda delictiva local. “Estaban todos juntitos, cotorreando”, recuerda Concepción Romero, dueño del bar.

Al calor del alcohol, los cuatro comenzaron a interactuar con los ocupantes de una mesa vecina. Según la versión de los hermanos Marcelino, en ella bebían Salvador Cote las, albañil de 22 años, padre de tres niñas y un niño, Iván, que en nueve días más, la víspera de la Nochevieja, cumpliría tres años. Según otros alegatos, incluido el de Salvador, él ni siquiera se hallaba en La Cueva del Oso.

—¿Quién estaba en esa segunda mesa?
—No me acuerdo –comenta Concepción Romero, el propietario del bar.

Un hecho sin discusión es que los ánimos entre ambas mesas se calentaron. Romero guarda recuerdos frescos: “Se retaban de una mesa a otra: ‘yo te invito’, ‘no, yo’, ‘yo invito dos’, ‘yo otras dos’. Como pedían cerveza tras cerveza, le dije al de la barra: ‘Ya no les despaches, se están picando a ver quién tiene más dinero’. Hasta que el que se llamaba Pedro me dijo ‘dame tres cervezas’ y quiso pagarme 200 pesos. Le dije: ‘No te voy a despachar. Termina eso y te vas’. Al final los saqué a todos: ‘¡Váyanse fuera!’”.

Pero eso no impidió que a las dos de la mañana la disputa degenerara en una riña. “Otros seis entraron al bar para participar en la golpiza. Vinieron a lo que vinieron: a desmadrear”.

—¿A una persona llamada Salvador Cote lo vio ahí?
—Como no sé quién es, no sé si estaba –responde Romero.

La aún inexplicable furia se descargó contra Pedro. “Se le fueron con una botella, lo patearon entre todos y con un banco de fierro lo remataron en la cabeza”, cuenta Irma, su hermana mayor. La averiguación previa sostiene que le fracturaron la nuca de ese modo. Pero el dueño del bar –quien asegura desconocer la identidad de los agresores– lo niega: “Fueron tres patadas a la cabeza contra el filo de la banqueta. Se la apachurraron”. Romero, quien asegura no conocer a los agresores, observó a Pedro tirado en la calle: “El golpe le dejaba ver los sesitos. Y dije ‘esto no está bien’”.

Lo subió a su auto y lo llevó al Hospital Comunitario Vicente Guerrero.

—¿Quién es? –le preguntó el médico.
—No sé, lo encontré tirado en la calle. Me retiro, para no tener problemas.

Mientras Concepción dejaba a Pedro en el hospital y volvía a su bar, en el pueblo colindante, San Sebastián Aparicio, los Sánchez Román vivían una zozobra.

Pablo alegó que estaba traumatizado, se encerró en su casa y se negó a contar a Florencio y María dónde habían dado la golpiza a su hijo. Los padres optaron por buscar el cuerpo en las calles y pidieron a Irma, su hija mayor, ir al Hospital Vicente Guerrero.

Ahí, un médico le dijo que hacía un rato habían llevado a un joven inconsciente y que por su grave estado lo trasladaron al Hospital General de Tlaxcala. Mostró a Irma la ropa con la que el herido había llegado, para que la identificara. “Me entregaron unas botas, un pantalón y una playera. La cartera y el reloj se los habían robado”.

—Todo esto es de mi hermano –confirmó Irma al doctor.

Dos kilómetros arriba, Concepción ya estacionaba su auto junto a La Cueva del Oso. Pese a que el bar había cerrado, afuera aún bebían seis hombres: “Eran los que habían madreado a Pedro”, detalla Romero.

Cuando Guadalupe y Ascensión Marcelino, compañeros de mesa de Pedro, estaban retirándose del lugar, llegó una camioneta de la Policía Municipal. “Mientras se iban gritaron a los policías: ‘¡Ellos fueron los que pegaron!’. Acusaron a los que estaban tomando”, agrega el dueño.

Los agentes obedecieron a los Marcelino y arrestaron a seis: Juan Romero, Arturo y Antonio Galindo, Miguel Serrano, Gregorio Rosas y Salvador Cote Blas, papá de Iván.

Los Marcelino, en cambio, regresaron esa noche a casa. Desde entonces, sin embargo, el pueblo tuvo sospechas: “Cuentan que quienes golpearon a mi hermano fue la banda Los Huaraches, de la familia Marcelino –confía Irma, hermana de Pedro–. Ellos lo negaron. Yo no lo sé”.

Estamos tristes porque nos dejaste

Las familias Cote y Mora eligieron un ataúd blanco de pino tallado, por el que tuvieron que pagar 6 mil pesos. Y, para abreviar el duelo, pidieron a los empleados de la funeraria San José no dar ningún tratamiento al cuerpo. “Fue triste ver que un niño murió así”, opina Germán Pisen, el gerente, quien se ocupó de que, como se lo solicitaron, el féretro tuviera cristal corrido, para que se viera la angulosa cara morena de Iván.

El cortejo fúnebre, de 30 personas, fue tan discreto que apenas se percibían los sollozos y las pisadas pedregosas que accedían al Panteón de Tlaltepango. En el sepelio, Ángeles le contó a Araceli Guevara, maestra de su hijo, que la semana previa al suicidio, su hija menor, Vanesa, sufrió graves convulsiones epilépticas. Mamá e hija habían viajado hasta el Hospital Infantil de Tlaxcala, donde pasaron muchas horas. El niño se quedó en casa con sus otras dos hermanas.

El martes en que se cumplen 35 días del entierro busco el lugar donde descansa el cuerpo de Iván. En este pueblo ceniciento con aire cargado de pesadumbre el panteón es el único estallido de colores. Pero este mediodía sólo visitan las tumbas floridas los zanates que revolotean entre moscas. Entre tantos sepulcros resulta difícil ubicar el de Iván.

Dos albañiles construyen el techo de una de las tristes casas con vigas saltadas que rodean el cementerio. Acompañan, alegres, a José Alfredo, que en un radiecito canta: Yo te abandono pa’ estar parejos / yo, yo que tanto lloré por tus besos… Al fondo, en el área de niños difuntos, destaca un sepulcro con flores que hace poco debieron estar rozagantes. “Aquí descansan los restos del niño Salvador Iván Cote Mora. Nació el 30–12–2000 y falleció el 29–05–2011 a la edad de 10 años. Recuerdo de sus padrinos y familiares”.

Hay seis botes oxidados con claveles blancos, una cubeta azul con una rosa solitaria y un bote grande de champú Caprice con veladoras y gladiolas blancas. Un pequeño Cristo dorado yace en medio de la cruz, abrazada por un tallo verde de una blanca flor plástica. Ahí, escrito en negro, su epitafio: “Estamos tristes porque nos dejaste, pero sentimos consuelo al saber que estás con Dios”.

¿Qué tanto puede escribirse ante la muerte de un niño? Leo los epitafios de los tres pequeños vecinos de Iván. El de Lilia Medina: “Dios buscaba un angelito y se fue contigo, Señor”. El de Karina Ximello: “Dios me dio la vida, Dios me mandó a llamar, no se queden tristes, yo descanso en paz”. Y el de María Gómez: “Pudiste ser un ave, una estrella, una flor, y ahora eres un ángel de Dios”. Sobre los entierros, sus familias dejaron una paleta Tutsi, un payaso de bonete rosa, un Quico de juguete.

Antes de partir, María, la chica que atiende la tiendita frente al panteón, cuenta cómo fue el día que inhumaron a Iván: “Fue un sepelio silencioso. Demasiado”.

Yo ya me voy a ir

Iván cargaba con la pelota a donde fuera. A la tienda, a la escuela, a casa de su amigo Freddie. Tac tac tac, se le iba el día con la manía de golpetear el balón en actitud distraída, como quien va por la vida silbando. Jugaba a viajar con la mente hasta el estadio Azteca para imaginar que era Salvador Cabañas. Aunque su América nunca le dio el gusto de verlo campeón, el paraguayo le alegraba el domingo. “Y cuando llegaba octubre, todos los días con su papalote”, recuerda su tío José Luis. Iván aprovechaba el viento que dejan correr las casas bajas de Tlaltepango para volar junto al canal de aguas negras los papalotes que él hacía y que contemplaba absorto cuando se suspendían en lo más alto.

Iván dormía mal. Desde que tenía un año, su hermana Vanesa, dos años menor, padecía crisis epilépticas que en la madrugada arrancaban a todos del sueño. De chiquito veía con pánico cómo su madre luchaba por calmar a la niña, que carece de habla y juega como un bebé de meses. Pero la edad lo cambió: “Iván ya ayudaba a su mamá casi todas las noches en los ataques que le daban a Vanesa –dice su abuela Alberta–. La quería: la alimentaba, le compraba galletas”.

Quizá ese cansancio crónico del sueño entrecortado le impedía reír lo que debiera un niño de su edad. En contraste, lloraba mucho.

Hace un tiempo, Luis –un compañero suyo– jugaba en el patio de la escuela. Un movimiento hizo que se le rompiera la bolsa del pantalón y se le cayeran unas monedas. Iván se agachó, tomó un par y se las llevó al bolsillo.

En la salida, Esteban Sánchez vio a su hijo Luis llorando.

—¿Por qué lloras?
—Iván me quitó mi dinero.

El papá se acercó a Iván y le dijo: “Devuélveselo”.

“Iván me contestó ‘yo no le quité nada’ y empezó a chillar, desesperado, como si lo estuviera golpeando”, recuerda Esteban.

Y hace meses, Angélica y su hijo Freddie –otro compañero de la primaria– vieron a la salida un niño que lloraba.

—¿Qué te pasó? –preguntó Freddie.
—Mi tío no me quiso llevar a la casa –contestó Iván.
—¿Dónde vives?
—Hasta el canal.
—Vivimos por allá. No te asustes, amigo –añadió el chico, dos años mayor–, te vas con nosotros.

Freddie empezó a patear las piedras del camino y animó a Iván a que hiciera lo mismo. El juego lo fue tranquilizando.

—¿Qué imágenes guarda de Iván? –pregunto a Angélica, la mamá de Freddie.
—Días antes de morir me contó: “Mi hermanita se puso mala a las dos de la mañana y la llevaron al hospital. Me preocupa mucho, yo la amo”.

Desde aquel día en que se conocieron, Iván y Freddie se encontraban en un punto del canal e iban a la escuela y volvían juntos. Su amigo recuerda haber escuchado en esas caminatas una frase reiterada: “Me preocupa dejar a mis grandes amores: mi mamita y mi hermanita enferma. Porque yo ya me voy a ir”.

Freddie nunca le dio importancia a esas palabras.

Se burlan de mí

El Waka Waka de Shakira hace bailar a la primaria Vicente Guerrero con una alegría explosiva, vigorosa, física. Está por concluir el ciclo escolar más triste en la historia de este colegio del municipio de San Pablo del Monte, al sur de Tlaxcala, y quizá por eso en las decenas de ex compañeritos de Iván que ensayan la coreografía de fin de curso se descargan en risas, saltos y bromas, como si un deudo se descubriera a sí mismo pegando una carcajada tras un luto penoso y largo.

En el enorme patio repleto de niñas y niños de uniforme azul y rojo vuelan balones, hay corretizas, gritos exaltados, resbaladillas repletas, columpios que se alzan como misiles. En este patio, Iván tenía una diversión solitaria que extrañaba a los maestros: giraba sobre su propio eje.

Subo las escaleras para entrar en el 4o A, el grupo donde hasta hace poco tomaba clases Iván. En el trayecto al salón me ataca la idea de que Araceli, su maestra, no dará la entrevista: la procuraduría estatal, Reforma, El Sol de Tlaxcala, ABC Tlaxcala y decenas de medios electrónicos replicaron la noticia de que Iván se mató por bullying.

Pero quien abre la puerta del salón es una mujer de sonrisa suave que oye atenta las razones para entrevistarla. “Claro”, acepta, e invita a este salón verde con un cartel que indica: “Para ser sabio hay que leer diario”. Las paredes están rebosantes de mapas, afiches de dinosaurios, caballos, elefantes. En las repisas descansan libros y matrioskas de colores elaboradas por los alumnos con papel maché. Y sobre los pupitres, los compañeritos de Iván celebran con sándwiches, refrescos y risas el fin de curso.

—¿Cómo recuerda a Iván?
—Travieso, distraído, alegre y dejado de las tareas: no cumplía. Lo atribuí a que se preocupaba por su hermanita epiléptica. Un día me dijo: “Maestra, se burlan de mí por mi hermanita”.

A la otra mañana, la maestra se paró frente a los niños. “Nada tienen que decirle. Iván es afortunado: su hermanita es el ángel de su casa”.

—¿Lo siguieron molestando?
—No, ahí acabó –asegura esta profesora de unos 40 años que señala un cartelito sobre una puerta: “No pegar, no gritar, no insultar, no empujar”. Una especie de manual exprés anti bullying.
—La procuraduría estatal dice que investigan si Iván aquí sufrió bullying, y que por eso no puede mostrar la averiguación previa. ¿Ha venido alguien a investigar?
—Nadie.
—¿Y qué piensa de las acusaciones de bullying que hace la familia?
—No tengo nada que decir.

Yo no fui

El sol despuntaba ese domingo 21 de diciembre y Salvador no llegaba a casa. Ángeles, preocupada, indagó entre vecinos el paradero de su esposo. La noticia no tardó: se encontraba detenido por participar en una riña. La familia viajó hasta la procuraduría estatal. “Cuando llegamos –cuenta Alberta, su madre– mi hijo ya estaba hundido en el Cereso”.

El joven albañil declaró que llegó al bar cuando la golpiza había acabado. José Luis Blas repasa las primeras palabras que oyó de su sobrino preso: “Lloraba diciendo ‘Yo no fui, tíos. Cuando llegué ya ni siquiera estaba el chavo al que le pegaron (Pedro Sánchez). Llegó la patrulla y nos agarraron a los que estábamos ahí”.

Según datos de la averiguación previa, quienes lo incriminaron fueron los hermanos Marcelino. “El líder de Los Huaraches, Guadalupe Marcelino, tenía cuates y relaciones en la procuraduría. Por eso hacía y deshacía y no le hacían nada”, revela un ex funcionario estatal que pide omitir su nombre.

Los seis detenidos cayeron en prisión pero sólo imputados por el delito de lesiones. Y es que Pedro, aunque inconsciente, con traumatismo craneoencefálico y conectado a un respirador, sobrevivía.

Al paso de los días –según consta en la averiguación previa a la que parcialmente pudo acceder emeequis– la abogada Lourdes Romero Méndez ayudó a liberar a Juan Romero Méndez (su propio hermano, por cuya fianza pagó casi 100 mil pesos), a Antonio y Arturo Galindo, a Miguel Serrano, a Gregorio Rosas y a Salvador Cote Blas. A cambio de 54 mil pesos de fianza, el papá de Iván logró la libertad tras permanecer cinco días confinado. “Toda la familia le prestó: le dimos aguinaldos, rayas de la semana, ahorros”, confía José Luis.

Salvador pudo volver a casa. En cambio, Irma e Ignacio acompañaban a su hermano menor, Pedro, en el Hospital General de Puebla: “Era como un muerto que respiraba”, recuerda ella.

Amiguero, alegre, seductor, en su agonía Pedro convocó en el área de terapia intensiva a muchas amigas. Murió el sábado 27 de diciembre, a seis días de ser atacado en el bar. “No podíamos creerlo –cuenta su hermana Irma–: era joven, tierno, cariñoso con sus sobrinas. Y no se metía en pleitos”.

Cuando Pedro murió, el caso pasó del delito de lesiones a homicidio. Se abrió entonces el proceso 348/2003. A inicios de 2004, la juez María Avelina Meneses Cante dictó orden de aprehensión contra tres personas, a quienes encontró culpables del asesinato: Arturo Galindo, Miguel Serrano y Salvador Cote Blas, el albañil nacido el 10 de octubre de 1981.

Ante la sentencia, la abogada Romero (quien no respondió a varias solicitudes de entrevista) se reunió con la familia de Salvador, su cliente. “Ella nos dijo: ‘Sálvese quien pueda: pueden esconderse ahorita’”, narra Alberta, madre de Salvador.

—¿Ustedes qué hicieron?
—Salvador se escondió unos días –reconoce su tío.

Arturo Galindo fue aprehendido el 23 de febrero de 2004. Miguel Serrano escapó de la justicia y aún es un prófugo. Salvador huyó de Tlaxcala el martes 20 de abril de 2004. Primos de Estados Unidos lo ayudaron a contratar un coyote y cruzar la frontera. Dejó en México a su esposa, a su hijo Iván y a sus tres hijas; la menor, Vanesa, una beba de pecho que ya manifestaba epilepsia. “Salvador escapó por miedo a caer en la cárcel sin haber cometido el crimen”, asegura su tío.

Desde entonces, casi ocho años después, no ha vuelto a México. “Igual que Miguel Serrano, Salvador se desarraigó del estado y no se ha vuelto a saber de él –señala Teresa Ramírez, jefa de la Unidad de Comunicación Social de la Procuraduría General de Justicia de Tlaxcala–. La averiguación está abierta. Hay que detenerlos porque el delito de homicidio no prescribe”.

Uno de los tres inculpados, Arturo Galindo, salió de prisión después de tres años, al parecer por falta de pruebas.

Pese a que la sentencia se dio hace ya más de siete años, la procuradora Alicia Fragoso rechazó entregar una copia de la averiguación previa, solicitada para conocer los testimonios que inculparon a Salvador y las bases del fallo.

Su familia jura que es inocente. “Los que agredieron (a Pedro) fueron los mismos que avisaron a la patrulla –insiste el tío del albañil–. Pegaron y, obvio, se largaron. ¿Cómo es posible que agarraran a gente inocente que llegó al bar cuando ya había pasado el acto?”.

Irma, hermana del fallecido, también sospecha del proceder de la justicia: “Yo no lo sé, pero cuentan que quienes golpearon a mi hermano fueron los de la banda Los Huaraches, de la familia Marcelino. Ellos lo negaron”.

Según el testimonio del dueño del bar, el gobierno estatal incurrió en una omisión clave: la procuraduría nunca estudió la escena del crimen y pese a ello encontraron culpable a Salvador.

—¿Fue algún policía al bar tras el homicidio?
—No –afirma Romero.
—¿Nunca?
—A los ocho días, pero vinieron a clausurar. Checaron la entrada.
—¿Usted ya había limpiado la escena del crimen?
—Sí, ya no había nada.

Proveedor de todo el dinero con que vive su familia, en siete años Salvador no ha vuelto a México. “Mi sobrino piensa ‘si regreso, a la cárcel’”, justifica José Luis.

Tampoco vino a sepultar a su hijo.

Lázaro resucitado

Desde el fondo de la iglesia veo cruzar el portón a Ángeles Mora Ximello. Tengo enfrente a la madre de Iván. Escuálida, castigada por las ojeras y jorobada, la joven que aún no cumple 30 años camina hacia la pila de agua bendita de la Parroquia de Cristo Resucitado con la actitud decaída de una anciana. En la mano izquierda lleva un ramo de gladiolas; en la otra, a Vanesa, su hijita, una espiga hecha niña con la frente cruzada de cicatrices, huellas de siete años de convulsiones.

Es 29 de julio, se cumplen dos meses de la muerte de Iván. Al templo de Tlaltepango han acudido unas 30 personas. Entre ellas, 10 niños, amiguitos y primos que guardan un respeto adulto en la ceremonia.

El sacerdote José Luis Díaz ha elegido un breve fragmento del Evangelio según San Juan para leerlo a los fieles y a Ángeles, que lo escucha atenta en la primera fila de bancas. En ese pasaje, Marta de Betania llora en su casa la muerte de su hermano Lázaro y hace un reclamo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto”. Y Jesús respondió: “Tu hermano resucitará”. Y resucitó.

Pero el pequeño Iván no es Lázaro. Por eso los dolientes no tienen más que rezar el rosario para difuntos y murmurar el “Te rogamos, Señor”, cuando el cura lanza el doloroso “Te rogamos el descanso eterno de Salvador Iván Cote Mora, que goce tu presencia eternamente”.

La misa termina. Ángeles me mira de reojo. Apura el paso con sus tres hijas y niega con la cabeza cuando busco hablarle.

Pero Alberta Blas, abuela de Iván, y José Luis Blas, su tío abuelo, aceptan platicar en una banca en la plaza central del pueblo.

“El niño no se veía acongojado, ido, cabizbajo”, aclara su tío, como descartando indicios de su decisión. “Pero era muy apegado con su mamá –matiza la abuela Alberta–. Nunca la quería dejar. Si iba a la tienda era ‘¿mamá, a dónde fuiste?’”.

—¿Qué motivos creen que tuvo para quitarse la vida?
—Asumimos que se desesperó por no tener a su papá y ver así a su hermanita. ¿Pero a quién culpamos? –dice él.
—¿Supo que su padre estaba acusado de un asesinato?
—No. Se mantenía en secreto para no herir al niño –responde Blas.
—¿En la escuela alguien se lo dijo?
—No sabemos.

De pie, silenciosa atrás de la banca en que están José Luis y Alberta, la abuela materna, Guadalupe Ximello interviene por un instante en la plática: “Unos niños de la escuela golpeaban a su nieto”.

Le hago un par de preguntas pero se niega a abrir la boca. Al tercer intento, musita: “Mi hija fue a reclamarles a las mamás de los niños”.

José Luis pierde la mirada en el piso, murmura: “Él ya traía eso”, alarga un silencio y recapitula: “En la azotea, donde siempre andaba, decía ‘me puedo aventar y rápido me muero’”.

Ese jugar a morir amenazaba dejar de serlo. Meses antes de ahorcarse, se resbaló de la escalera que da acceso a la azotea y quedó colgando de la marquesina –con un vacío de unos tres metros–, de donde hubo que bajarlo. “Al final nunca se aventó –dice José Luis y me mira frío a los ojos–. Pero ahí mismo se mató”.

Cómo es posible que un niño haga eso

La mañana del lunes 30 de mayo, la maestra Araceli Guevara entró al plantel y recibió la noticia más dura en sus 27 años de servicio: su alumno de 4o A, Iván Cote, se había suicidado. “Fue un golpe tremendo. Pensé ‘¿cómo es posible que un niño haga eso?’. Aún no lo creo, no sé si fue un accidente”.

Estremecida, se confesó sin fuerza para dar la noticia al grupo. Al lado de ella, las maestras Irma y Gloria se encargaron de informar a los niños. No dieron detalles. “Varios lloraron, otros estaban en shock y otros no lo creían porque lo vieron el sábado en la Central de Abastos”, relata la maestra, que les pidió escribir un mensaje de despedida a su compañero. “Ya estás con los ángeles”, “Te voy a extrañar en el recreo”, “Ya estás en lo azul”, escribieron algunos.

Araceli hurga en la conducta del niño. “Distraído sí era: estaba sentadito con la mente
en otro lado”.

—¿Había sospechas de que podía hacer algo así?
—Claro que no, fue completamente inesperado.

Apenas en abril pasado, Iván acudió a un campamento escolar en el Centro Vacacional La Malinche. Se arrojó de la tirolesa, quemó bombones, echó porras.

El guía de los niños en ese viaje, el profesor de educación física Enrique Alarcón, muestra en su cámara varias fotos digitales: Iván, muy alegre, aparece a punto de deslizarse en la polea y riendo con amigos. “Se la pasó muy divertido”, confirma el maestro con gesto incrédulo. No obstante, en la clase de deportes era caso aparte: “Quedaba agotado luego de cada ejercicio y tenía que dejarlo descansar, algo que no me pasaba con nadie: Iván estaba desnutrido y la prueba eran los jiotes de su piel”.

El maestro, preocupado, mandó un recado a su mamá. “Simple: le pedí que a su torta le pusiera queso, frijoles y aguacate”.

Los alumnos con problemas de agresión, distracción y/o atraso son canalizados a un “grupo especial” de 30 niños. El rezago de Iván, cuyas calificaciones iban de 6 a 7, no
ameritaron integrarlo.

—Nunca fue reportado con problemas de aprendizaje –aclara la maestra de educación especial Irma Sánchez–. Escribía, leía, lento pero aprendía.
—¿Y en su grupo hay niños que ejercen bullying y pudieran dañarlo?
—Aquí no ha habido bullying. Ocurre lo normal, nada que pase de un pelotazo.

En el último año que cursó, Iván había dejado de hacer tareas. A la vez, su mamá ya no asistió a las juntas de padres. Por eso su maestra citó a Ángeles para saber qué pasaba: “Su respuesta fue ‘no tengo con quién dejar a mi hija’. A su mamá, una señora tímida que hablaba poco, le pedí estar más pendiente del niño, que hiciera las tareas. Me dijo que platicaría con él”.

—El papá de Iván está acusado de un asesinato. ¿Alguien en la escuela se lo dijo?

La maestra hace un gesto de absoluta sorpresa:

—No en mi clase –responde.

Se fue el pelón cabrón

Busco a la familia de Pedro una tarde después de una tromba. San Sebastián Aparicio es un ramillete de riachuelos grises de piedras rodantes. Toco en una casita de lámina. “¿Qué necesita?”, pregunta Florencio, padre del albañil asesinado, un enjuto señor de gorrita que frunce el ceño cuando oye qué investigo. “¿Ya para qué?”, responde en seco.

En silencio, oye a su esposa, María, que sale a atender en la vereda. Bajo la llovizna enlaza recuerdos que pintan a Pedro como un muchacho bueno: “Me decía todo el tiempo ‘mi reina’, ‘¿qué hace usted, mi reina?’. Llegaba de trabajar y se picaba su huachinanguito, sus frijolitos y decía ‘le pongo limón para que me sepa mejor mi comida”.

Ignacio, hermano de Pedro, dos años mayor, hace memoria con la mueca desorientada de quien busca salir de una nebulosa y cuenta el capítulo más reciente: hace cerca un año, un agente apellidado Mejía les pidió que vieran varias fotos para ayudarlo a identificar a los culpables. “Si no estuvimos en el bar, ¿cómo podíamos saber?”, pregunta Ignacio y niega con la cabeza, aturdido por la sandez judicial.

Y al instante, pegando una carcajada, comparte un recuerdo de su hermano: “Perdió su América y apostó. El cabrón se nos fue pelón”.

Antes de partir, cuento a la familia que en Tlaltepango, el pueblo vecino, se suicidó un niño de 10 años, el hijo de alguien que la justicia halló culpable del homicidio. Ninguno reacciona.

—¿No les suena el nombre de Salvador Cote Blas?

Los tres hacen el gesto del que no tiene idea de qué le hablan.

—No –atina a decir Ignacio–, a nosotros ni siquiera nos dijeron que hayan encontrado un culpable. Ese nombre jamás lo habíamos escuchado.

El amor de mis amores

Ya sin Iván, la casa junto al canal adquiere cada amanecer una nueva normalidad. Alberta, la abuela viuda, carga su masa hasta Puebla para vender gorditas en Villa Las Flores. “La casa está muerta –dice la anciana–. Mi hijo está lejos y por Iván llevo un dolor como si un hijo se hubiera muerto. Estoy desolada”. Luego susurra una plegaria: “Salvador no era pandillero, sólo era un albañil. Que Dios me lo traiga”. Y antes de decir adiós, hace una pregunta: “Que regrese y se aclare esto. ¿Cómo le puedo hacer?”. No sé qué contestar.

Alejandra y Mariana, hermanas mayores de Iván, caminan solas hacia la escuela. Ángeles, su madre, sale y cierra con llave. De la mano de Vanesa, que camina a trompicones, tomará una combi que las dejará en el Hospital Infantil. Esta mañana la casa ya ha quedado sola.

Lo último que Iván vio desde su hogar después de subir las escaleras fue el Popocatépetl: el majestuoso volcán puesto ahí, en el paisaje de su azotea, como un Dios protector único testigo de su muerte.

Horas después de los gritos sin consuelo del domingo 29 de mayo, apareció en la casa un dibujo póstumo. Dentro de un corazón y en un campo lleno de flores coloridas, Iván pintó a su hermana enferma. Y en un costado, escribió: “Para Vanesa, el amor de mis amores”.

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