Lapidados por la TV

Publicado: 11 marzo 2016 en César Bianchi
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Ana le puso Paspol, porque la beba tenía la colita paspada.

Eran los últimos gramos de un tubo ya estrujado. En la casa de los Velázquez nada se desaprovecha. Después de untarle la pomada, tiró el tubo vacío y se acostaron. Ella, su marido Washington y la pequeña Caterine de diez meses en la cama grande, Natalia de 8 años y María Victoria de 6 compartían -y lo siguen haciendo- la cama de una sola plaza.

Se acostaron y durmieron. Todos apretujados para darse calor. Faltaban cinco días para el invierno. Apenas despertó, Washington se puso la indumentaria verde oliva y se fue al trabajo. Es empleado del ejército: hace cuchillos y sables decorativos como los que manipulaban los Blandengues de Artigas, el prócer, el Padre de la Patria.

Ana siguió durmiendo un poco más: ese día, 16 de junio de 2009, no tenía que ir a limpiar ninguna casa ajena. Cuando se despertó, sobre las 10, notó que a Caterine le costaba respirar y tenía la cara morada. Lo llamó a Washington pero él no atendió el celular, corrió hasta lo de una vecina y desde ahí llamó a la emergencia médica de Salud Pública y no la atendieron. Entonces probó con el número de emergencias 911 y tampoco. Finalmente tuvo suerte en la comisaría del barrio, la 17. Un patrullero salió hacia el ranchito del barrio Nueva Quinta, un vecindario que no figura en el mapa de Montevideo.

A las 10.30 de la mañana el móvil policial que ofició de ambulancia los llevó a la policlínica del barrio Capitán Tula y una hora después, las cámaras de la televisión mostraban cómo un patrullero se llevaba a Ana Freire, de 30 años, y a Washington Velázquez, de 40, esposados rumbo a la comisaría, sospechados de violar y asesinar a su propio hija.

***

Los movileros de los canales de televisión abierta se enteraron del caso por escuchar clandestinamente la radio policial desde redacciones o pisos de estudio. Y allá fueron, a esperar a los presuntos violadores a la salida de la policlínica. Los acusados salieron con la cabeza gacha, se metieron en un patrullero con los vidrios bajos en pleno invierno y fueron entrevistados para todos los informativos capitalinos. Los policías escoltas miraron para otro lado.

El movilero Santiago Bernaola le preguntó a Washington:

—¿Violaste a tu hija?

Otro de los periodistas presentes era Jean George Almendras, cronista policial de larga experiencia, muy recordado en Uruguay porque una vez, al perseguir un delincuente que huía le gritó a su camarógrafo: “¡No te cagués González!”. Almendras se acercó a Washington:

—¿Tiene pruebas de que es inocente?
—Soy inocente –contestó Washington.

Almendras insistió con una pregunta extraña.

—¿Inocente por qué?

Como si en Uruguay el derecho y la Constitución no hubieran dejado claro negro sobre blanco que lo que se debe probar es la culpabilidad de una persona en un hecho delictivo. Esa noche, todo el país vio a Washington y Ana yéndose en patrullero.

Esa mañana, cuando Ana llegó con Caterine a la policlínica de Capitán Tula, Marisol Souza Garate, pediatra de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE), dijo que la niña ya era un “fenómeno cadavérico”. La médica igual revisó el cadáver y encontró un líquido espeso entre las nalgas. No le preguntó a la madre de qué se trataba, en ese mismo instante concluyó que era semen. Y terminó de convencerse de que Caterine había sido violada por sus padres al comprobar dilatación anal.

Para ese entonces, el camión basurero ya se había llevado de la vereda de la casa de los Velázquez el frasquito que tenía Paspol, la pomada que Washington conseguía gratis en el Hospital Militar y así se ahorraba los 80 pesos (4 dólares) que costaba en una farmacia.

Para Nicolás Pereyra, abogado de la familia Velázquez, es “inexcusable” el error de la médica.

—Como mujer que tuvo hijos, no puede confundir semen con una pomada para la paspadura de la cola. Y además, en los cadáveres es muy común la dilatación anal. Es común en los fenómenos cadavéricos -dijo en su despacho del centro de Montevideo. Sentado a su lado, Washington Velázquez asentía con la cabeza.

El abogado de la familia enjuició al Estado: a ASSE como responsable del error médico en el diagnóstico y al Ministerio del Interior. Pidió 750.000 dólares para resarcir el daño moral de una forma no simbólica, sino a la altura de la doctrina y la jurisprudencia. La Justicia falló a favor de los Velázquez y contra el Estado pero dijo que 11.000 dólares eran suficientes para emparchar el dolor ocasionado. El caso está a estudio del Tribunal de Apelaciones de segundo turno.

La tele dijo muchas cosas ese día: Nazario Sampayo de canal 12 dijo que la niña “fue violada y como consecuencia de ello, llegó al centro de salud muerta”.

***

En el barrio Nueva Quinta suenan Señora de las cuatro décadas, de Arjona, y Fuiste, de Gilda. Un vecino de los Velázquez que martilla un clavo contra una madera ve a Washington y le dice que pase cuando pueda, que tiene que pedirle algo. Washington, bigotito fino y tabaco La Paz armado entre los labios, dice que después se da una vuelta. Ese hombre que martilla es de los pocos que todavía le dirige la palabra.

La casa no tiene piso: apenas contrapiso, dos sillas y un mini sofá que ya no da más. Cada tanto pasan un gato auriblanco y otro negro azabache. De la pared pintada de celeste furioso cuelga una especie de alfombra con dos patos navegando un arroyo de aguas mansas. En el horno hay restos de una tarta de fiambre.

Natalia y María Victoria están de vacaciones y juegan en su pieza: la de los cuatro, sólo los divide una delgada separación de durlock. Ana Freire, la mamá, busca la cédula de identidad de Caterine, que está junto al papel de certificado de defunción.

—Su segundo nombre era Jazmín, como la flor.

Aquella mañana, recuerda, Washington se había ido a trabajar y la beba se despertó con problemas para respirar. Tras varias llamadas frustradas, la atendieron en la seccional de Policía 17 y en cinco minutos ahí estuvieron.

Llegaron a la policlínica de Piedras Blancas. Enseguida aparecieron cinco o seis médicos hasta que una pediatra se hizo cargo del estudio más profundo. Dos minutos después de haber llegado, un policía le dijo a Ana que Caterine había muerto. Y la pediatra le preguntó: “¿Usted sabe que esta nena está violada? ¿Sabe quién fue? ¿El padre, el tío?”

Ella dijo “la nena no está violada”, pero no pudo ni hacer preguntas, porque en ese instante los policías que la habían auxiliado, le colocaron las esposas y la metieron en un patrullero. Ahí llegó Washington a la policlínica. Lo esposaron y lo metieron en la parte de atrás de una camioneta policial. Lo abordaron varios cronistas, que se habían enterado por la radio interceptada.

—¿Usted sabe qué pasó con la nena?
—No. Si no me dice, yo no sé.
—La nena fue violada y usted es el sospechoso número uno -le notificó un policía.

Ana siente que la trataron como a “la peor madre del mundo”.

—Me preguntaron si tenía un… ¿cómo se dice?… cuando uno anda con otro…
—¿Amante?
—Eso, si tenía un amante que se metiera en mi casa.

Ella dijo que no, que a su casa sólo entraban su marido y su cuñado, tío de la nena. Para qué…

Walter, hermano de Washington, iba todas las mañanas a la casa de los Velázquez a buscar un bolso de herramientas para ir a trabajar en la zona como albañil. Ese 16 de junio, cuando Walter llegó a la vivienda de su hermano, lo esperaba un enjambre de periodistas. Y la policía. Le informaron que su sobrina había sido violada y luego asesinada, le preguntaron si tenía algo que ver con eso. Walter dudó, quedó shockeado. Lo esposaron y se lo llevaron detenido. En ese momento un reportero le preguntó si él era el violador. Walter contestó:

—Yo soy un laburante. Que se haga justicia, por mí que me hagan un ADN.

El parte policial -tan afecto a los gerundios- que fue presentado en el juzgado, dice en referencia a Walter Velázquez: “…mostrándose muy nervioso y titubeando en su respuesta en referencia al hecho, por lo que se procedió a su detención y conducción” a la comisaría.

Esa noche Ana Freire y Washington Velázquez la pasaron en un calabozo de la seccional 17 de Montevideo, en celdas separadas. Hacía mucho que no dormían en camas distintas.

Se habían conocido hacía diez años por medio de una amiga en común en el barrio La Gruta de Lourdes. Washington vio en Ana a una mujer tranquila, compañera, alguien con quien podía hablar de todo. Ana vio en Washington a un hombre emprendedor, laburante, con ganas de progresar. Salieron una vez, la pasaron bien, tomaron litros de mate, se enamoraron. Washington tenía un rancho cerca del Borro. Ana vivía un tiempo con una amiga, otro tiempo con otra. Él la invitó a vivir a su casa. Enseguida vinieron los hijos.

Esa noche en la comisaría ninguno durmió. No saben si fue porque los acusaban de haber violado y matado a su hija, porque la “cama” era una tarima de cemento frío sin almohadas, por no haber soportado el asedio de los comunicadores, o por no haber asumido la muerte de la pequeña.

O por todo eso junto.

Esa noche, Bernaola, de canal 10, dijo por televisión que Washington “aparentemente abusaba también de las otras dos hijas”.

En todos los canales de televisión hubo imágenes de la casa de los Velázquez en Nueva Quinta. Algunos camarógrafos le hicieron un primer plano a la cédula de identidad de Caterine. Canal 10 eligió el daño menor: no atosigar con preguntas al tío albañil y no mostrar el documento de identidad de la beba, apenas la fotografía: se la ve durmiendo plácidamente.

Tres años después del episodio de la detención equivocada de los padres de Caterine, el periodista Jean George Almendras dice que la culpa fue de la pediatra y de la Policía, pero que él no se arrepiente de nada. Habla como un corresponsal de guerra y dice que en el fragor de la lucha no hay tiempo para pensar un abordaje periodístico elaborado.

—No estábamos hablando del robo de una gallina, estábamos ante un delito contra la infancia que causó conmoción pública.

Almendras omite un detalle: sólo había una presunción de delito, no un delito comprobado.

—Cuando estamos en el campo de batalla tratamos de dar las posibilidades a nuestro alcance tomando en cuenta todas las partes. Todos los canales les preguntamos, después es responsabilidad de ellos contestar o no.

Almendras no tiene claro si sometió a un pobre diablo al escarnio público, porque –dice- no sabe muy bien qué es escarnio público.

—Si vas a hacer una investigación, no demonices nuestra profesión –exige.

Admite que dio por sentado que el padre era culpable del delito porque la pediatra era una “fuente calificada”. Él se la jugó y lo justifica:

—Yo antes de afirmarlo o preguntarle a los familiares “¿usted lo hizo?”, por la izquierda le pregunto a personas de confianza para que me den una pista, un elemento, para hacer esa pregunta. Si tengo elementos para tirarme a una piscina, me tiro, y si está sin agua, bárbaro. No somos jueces de la Justicia.

El periodista dice que se dejó llevar por lo que le informaron los médicos y policías que actuaron en el caso, pero insiste en que hizo bien su trabajo.

—No me equivoqué. Con el fallo judicial ya no puedo decir nada, me allano a lo que dice la Justicia.

Almendras se tiró a la pileta y se dio de bruces contra el fondo, se rompió la cara. Hoy, fuera de circuito, se dedica a investigar a los OVNIS y a tratar de determinar la existencia de vida extraterrestre.

***

Esa noche, en la comisaría, a Ana, Washington y Walter les hicieron interrogatorios por separado con el típico juego del policía bueno y el policía malo. Dice el abogado de la familia que a Ana le sugerían que su marido había violado la nena, a Washington le decían que había sido su hermano Walter y a Walter que el degenerado era el padre de la criatura.

—Yo le eché la culpa a él –dice Ana. Washington, cabizbajo, está sentado a un metro- Me llenaron la cabeza con que había sido él, y pensé que podía ser, sí.

Washington dice que entendió que su mujer pudiera pensar eso, porque estaba alterada por el hecho. Pero dice lo suyo:

—¿Cómo iba a ser yo? ¿Y las otras dos hijas estaban bien y nunca les había pasado nada? Yo cuando fui para el juzgado ella me dice “para mí que fuiste vos”, pero yo no me enojé con ella. Fue un momento de problemas y todo eso.

La mañana de las detenciones, un móvil policial fue a buscar a Victoria y Natalia, que habían quedado al cuidado de una amiga de la mamá. El abogado Pereyra dice que a las nenas las “periciaron”: las llevaron a un baño, le bajaron la ropa y las tocaron para comprobar que no habían sido violadas.

Ellas, las niñas, no se acuerdan de nada. O no quieren acordarse.

Ambas vestidas por mamá con un buzo rosado, son de hablar poco y sonreír mucho. Estaban jugando alXA en la ceibalita, una laptop del Plan Ceibal, un programa gubernamental que instrumentó el ex presidente Tabaré Vázquez con el fin de llegar a “una computadora por niño” en el período escolar.
A María Victoria, hoy con 8 años, le va bien en la escuela, dice que tiene “muybuenosote” en el carné de calificaciones. A Natalia, de 10, le va un poco mejor: en aplicación se sacó buenomuybueno y en conducta muybuenosote.

—¿Se acuerdan de su hermanita Caterine?

Piensan, sonríen. Miran el contrapiso.

—Yo me acuerdo de mi hermana, sí -dice Natalia.
—¿Qué se acuerdan de ella?
—Papá dice que se reía todo el tiempo…
—Sí, o lloraba…-agrega la mayor.
—¿La mimaban mucho?
—Sí.
—¿Y se acuerdan qué pasó con la bebé?
—Ah, no me acuerdo- insiste Natalia.
—¿Preferís no acordarte o de veras no te acordás?
—No me acuerdo…Ah sí, nosotras todavía no habíamos salido para la escuela, vino la Policía y mamá me mandó a los de una amiga de ella. Después nos fueron a buscar unos policías y nos llevaron a una policlínicas, ahí nos revisaron. Me hicieron sentar en una escalerita y nos revisaron todas.
—¿Y qué recuerdos tenés, Natalia?
—De mañana yo estaba durmiendo, mamá me despertó, me dijo que fuera para lo de la Laura y después no me acuerdo de más nada. Me di cuenta que a Caterine le faltaba el aire. Me vestí y me fui con la María (Victoria).

Estuvieron una semana internadas en el Hospital Militar. Las autoridades del hospital no les permitieron a los padres hacerse cargo de sus hijas. Antes debía quedar claro que ellas no habían sufrido ningún tipo de abuso.

—Les hicieron estudios de toda clase, y una semana después nos las dieron -dice Ana.

Washington explica que Natalia contesta casi con monosílabos y que María Victoria no quiere hablar porque quedaron muy afectadas por la pérdida de la bebita. Desde entonces se atienden con un psiquiatra en el Hospital Militar. Los papás pagan un simbólico tique de 19 pesos (1 dólar) y ellas hacen catarsis.

***

La noche en la que los hermanos Velázquez y Ana Freire estuvieron detenidos en el calabozo de la comisaría 17, los policías buscaron que alguno confesara. A Ana le dijeron que su marido ya había confesado, a Washington le plantearon una oferta: si él confesaba, le darían un mejor lugar de reclusión en la cárcel, lejos de los que saben cómo darle la bienvenida a los violadores.

Washington dice que lo recuerda “clarito”:

—La primera pregunta fue si había sido yo el violador de mi hija. Después uno me dijo “decí que sos vos” y empieza a tocarme el pecho con el dedo índice. Otro me dijo: “¿tu mujer tiene amante?”. “No sé, pregúntele a ella, que vive conmigo”, contesté. “No me entendiste: tu mujer tiene amante”, me dijo. “Bueno, no sé, averigüe”, le contesté. “Hablá, porque sino hablás, te vamos a hacer hablar”.

Washington y su abogado lo tomaron como una amenaza de tortura. Los policías no los dejaron dormir: las preguntas se sucedían en procura de una revelación. Ellos, inmutables. En el parte policial los uniformados de la 17 escribieron: “Es de significar que en el momento de la indagatoria los padres de la niña no se emocionaron, se comportaron de manera fría, despectiva, sobradora, de que se les comprobara (si podíamos) la responsabilidad de ellos en el hecho”.

Para la Policía, que Washington y Ana no se hicieran cargo de los delitos de violación y homicidio de su propia hija los hacía más culpables.

Los policías que hicieron los interrogatorios no labraron actas, como se los exige la ley de procedimiento policial. Los tres sospechosos fueron citados a declarar al juzgado del magistrado Juan Fernández Lecchini y volvieron a la seccional. En el trayecto de la sede judicial al patrullero otra vez fueron entregados a los periodistas. Entre las preguntas de los movileros, se escuchó un grito dirigido a Washington:

—¡Es una beba de diez meses, señor! ¿Usted es conciente?

Al otro día se conocieron los resultados de la autopsia del forense Guillermo López: “El cuerpo tenía los genitales sanos, himen sano, ano con pliegues y sin lesiones y una lesión de eritema de pañal. Se aprecia crema entre labios y nalgas. Se abre tórax: pulmones poco aireados”. El forense dijo en una entrevista televisiva: “Todo pasa por la cautela. Por no ser cuidadoso, es mucho daño el que se puede hacer”.

Por culpa del eritema de pañal Ana le puso Paspol, para curar la colita. La falta de oxígeno no la supo explicar el forense, que habló de predisposiciones genéticas. El diagnóstico final, tras la autopsia, estableció que fue una infección generalizada.

El juez sentenció que debían ser liberados y archivó el caso. Pocas horas después, los padres velaron a su hija a cajón abierto.

***

Conocida la autopsia, los informativos fueron a buscar a la doctora que había diagnosticado la violación. Marisol Souza Garate no se mostró arrepentida, insistió con que Caterine “por lo menos” había sido víctima de algún abuso sexual. Hablaron también doctores de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE) y sí admitieron errores de procedimiento médico. El directivo de la Red de Atención Primaria de ASSE, Wilson Benia, reconoció que el caso no debió haber llegado con tanta rapidez a los medios de comunicación.

A tres años del episodio, Washington dice que en el barrio no lo tratan bien. Él trabajaba haciendo planchadas y levantando viviendas junto a su hermano Walter. Pero lo dejaron de llamar. Dice que lo miran de costado y cuchichean, cuando él pasa.

—Hablan por lo bajo, señalan con el dedo, como que te miro y no te miro. Yo, por ser militar, sé cuando hablan de mí por la espalda. Siento la murmuración de la gente.

A la mujer de Walter, el hermano, una vez en un almacén, le dijeron que su marido era un violador. “¿Y vos cómo sabés eso?”, le preguntó la esposa.

“Porque lo vi en la tele”, contestó. Y no hubo más que discutir.

A Ana le costó llevar a sus hijas a la escuela. Las primeras semanas debió ser escoltada por funcionarios del colegio porque la insultaban a los gritos. Una mujer le dijo: “Vos tenés un asesino ahí adentro; es un violador y vos sos una mala madre”.

El 16 de junio, Roberto Hernández, de canal 4, al hablar de Caterine, dijo mirando a cámara: “Una nena violada y aparentemente asesinada”.

***

Santiago Bernaola, el cronista policial de canal 10, recibió una llamada de una fuente “confiable”. La voz le dijo: “Tenemos un caso de presunta violación de una bebé de meses en el centro de salud de Piedras Blancas”. Allá fue él.

Cuando Bernaola llegó a la comisaría 17, los policías retiraban esposado al tío de Caterine, Walter Velázquez.

—Yo puse el micrófono pero el que hacía todas las preguntas era Almendras. Bernaola se enteró que la pediatra hablaba de violación porque había hallado mucosa en la materia fecal de la beba.

Bernaola reconoce hoy que no fue cuidadoso y se dejó llevar por la Policía y por el impulso de su colega Almendras. El reportero del 10 hizo un copete al aire diciendo que la Policía investigaba “un presunto caso de violación”. Sus colegas Almendras y Nazario Sampayo de canal 12 fueron a la vivienda de los padres de la criatura fallecida y a la casa del tío. Entrevistaron a los vecinos, hicieron primeros planos de la fachada de la casa de los Velázquez y hasta accedieron –gentileza de la Policía- a la cédula de identidad de Caterine, esa en la que aparece durmiendo plácidamente y detrás dice “no firma”.

—Para mí todo nació en un parte médico equivocado. No digo que todas las cagadas que nos mandamos (los periodistas) fueran culpa de la mujer, pero que la Policía haya detenido a los padres sí fue culpa de un mal diagnóstico de esta señora.

Bernaola llegó a la redacción del canal 10 y avisó a sus superiores: “Ojo, que para mí, este caso está agarrado de los pelos”. La primera decisión fue no poner el video editado al aire, pero canal 4 sí lo hizo y la guerra del rating pudo más que la mesura: el 10 también puso al aire el informe y Washington Velázquez se convirtió en violador y su mujer en una “mala madre”. Lo había dicho La Televisión.

Desde entonces, dice Bernaola, decidió no cubrir nunca más episodios de presuntas violaciones a menores de edad. Prefiere exponerse a una sanción o despido.

***

Los Velázquez nunca pudieron superar lo que pasó. Más de dos años después siguieron yendo a estrados judiciales a verles las caras a los cronistas que los atosigaron a preguntas incómodas y se subieron a la confusión del semen en vez de pomada para irritaciones de la piel. En marzo de este año fueron padres de nuevo: Santiago Ezequiel nació en el Hospital Militar y pesó dos kilos seiscientos.

El abogado defensor de la familia, que en principio había demandado a los canales privados, finalmente sumó a Almendras, Bernaola y Sampayo. La jueza Claudia Kelland citó a los periodistas a conciliación para lograr un acuerdo que evite un juicio millonario, pero Nazario Sampayo faltó a la cita. En la Justicia los Velázquez volvieron a encontrarse con Almendras y Bernaola, quien llegó sin abogado y dijo que no tenía dinero para pagarle los honorarios a alguien que lo defendiera y mucho menos para afrontar los 750.000 dólares que pide el abogado de la familia.

—Estoy en el Clearing de informes por falta de pago, no tengo tarjetas de crédito y viajo en ómnibus a trabajar, a veces a pie para ahorrarme el boleto. Si tengo que pagar algo, lo haré con cárcel – dijo en canal 4, su nuevo trabajo.

En la oficina judicial, Bernaola se cruzó con Gustavo Salle, conocido defensor de humildes, carenciados e militantes de izquierda iracundos contra el establishment. Salle había ido al juzgado como abogado de Jean George Almendras. Bernaola le pidió si como “gauchada” lo podía defender también a él. Salle aceptó y frente al juez se aprovechó de la propia imagen que el cronista quería proyectar: “Si quieren sacarle un peso a este trabajador, tendrá que dejarles su reloj, los zapatos y su camisa, porque no tiene plata. Después culpabilizó a los grandes tomadores de decisiones en la gerencia de los noticieros. Dijo, palabras más, palabra menos, que por más peligrosas o mal intencionadas que fueran las preguntas de los noteros, lo que sale en pantalla se “cocina” en los canales: los zócalos, las palabras que elijen los informativistas principales, la jerarquía de las noticias que determina el director del noticiero. Negó así responsabilidad de sus defendidos. También de Almendras, quien se había jugado la ropa por sus fuentes confiables que acusaban al militar Velázquez de ser un violador.

Sampayo, de canal 12, faltó. Entonces se lo volvió a citar para el lunes 30 de julio y volvió a ausentarse. El magistrado no dio por empezado el juicio porque, arguyó, quizás no le había llegado la citación a su lugar de trabajo.

Recién cuando la Justicia la apruebe, la demanda con sus 60 páginas, más cds, videos y recortes de diarios llegarán a cada demandado: los tres canales y tres periodistas que hicieron la cobertura del incidente. Ahí tendrán 30 días para planificar una defensa digna.

Bernaola piensa que el abogado Pereyra utilizó el caso “para hacer prensa”, pero también razona lo siguiente:

—La bebé se murió de una infección pulmonar aguda. ¿No le cupo responsabilidad a los padres por no haberla cuidado y no haber atendido la salud de su hija? En otro caso, los hubieran demorado y se hubiera cuestionado si cumplieron con los deberes de su patria potestad. Pero no, se señaló a los periodistas.

Pereyra dice que lo de Almendras y Bernaola llorando por su estado económico fue “payasesco”. Sabe que el daño moral causado a los Velázquez no se compensará con 750.000 dólares de cada cronista.

Para el abogado lo que pasó con sus defendidos fue un homenaje a la mejor TV chatarra satirizada en la película Asesinos por naturaleza, donde Robert Downey Jr. se excitaba al poner sangre en la tevé. Bernaola no la vio, y sólo quiere parecerse a Downey Jr. en Ironman: un superhéroe al que no entran las balas.

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comentarios
  1. Buenísima. Felicitaciones

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