Plante un árbol, construya un ataúd y muera tranquilo

Publicado: 28 mayo 2016 en Alex Ayala Ugarte
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Un domingo templado, nueve años atrás, Raúl Mercado Salvatierra no logró terminar el hígado de su almuerzo porque le sorprendió un mareo. Eran las doce del mediodía y no se había atragantado con un trozo de carne, como muchos pensaron luego en Suri, el poblado boliviano en el que vivía. Su cuerpo simplemente colapsó, como lo hace la tierra cuando hay un cataclismo. Y Raúl se fue a cámara lenta. Sangró un poco por la nariz. Caminó desde la puerta de la cocina hasta la del comedor balanceándose para los lados como un tentetieso y, minutos después, murió de pie, con los brazos caídos de los muñecos de trapo y la cabeza apoyada sobre el pecho de Marcelino Mendizábal, un campesino de ojitos vivarachos, manos tostadas y voz aflautada que a veces lo cuidaba.

Aquella jornada, como si algo presintiera, Raúl, que acababa de cumplir 89 años, le había pedido a la hermana de su empleada doméstica que lavara toda su ropa y las sábanas y las colchas de su cama. Se había calzado el único pantalón que estaba más o menos limpio y, como no veía ninguna otra en condiciones, se había puesto una camisa blanca de corte italiano que guardaba para su sepelio: la “camisa de muerto”, así la llamaba. Nunca se había atrevido a utilizarla y murió con ella puesta, mientras el resto de su vestimenta, la de uso casual, secaba al sol en el patio de su casa.

La estela que Raúl dejó detrás tenía más de bodegón que de escena macabra: un plato con sobras junto a un vaso de agua, un catre vacío, sus prendas mojadas, una esquina repleta de papeles amarillentos y libros. La muerte como una secuencia estática.

La historia del instante en que Raúl dejó de respirar, sin embargo, va más allá de aquel segundo en que el mundo se detuvo. Comenzó a escribirse 60 años antes en una parcela familiar próxima a Suri, cuando Raúl plantó un nogal que cortaría casi tres décadas después para que un carpintero hiciera el ataúd en el que debían enterrarle.

***

Se siembran árboles como un tributo para las nuevas generaciones: porque reducen la contaminación, oxigenan el aire, ahogan los ruidos, intervienen en el ciclo del agua, protegen el suelo y mantienen ecosistemas diminutos a su alrededor. Pero no siempre. Raúl plantó el suyo por una razón menos altruista y más práctica: ni en su pueblo ni en los alrededores había funerarias y quería un último adiós sin complicaciones para nadie.

En Yokohama (Japón), los problemas cuando alguien se muere son sobre todo de espacio: allí el negocio de vanguardia son los “hoteles” que en vez de habitaciones de lujo ofrecen féretros refrigerados para que los cadáveres no se descompongan mientras esperan el turno de ser atendidos en alguno de los crematorios de la ciudad. En Italia, la población de Falciano del Massico lanzó una ordenanza que prohíbe a sus habitantes y a los turistas “ir más allá de los límites de la vida terrenal” porque ya no existe campo suficiente en el cementerio. En Suri, el principal dolor de cabeza siempre ha sido literal: tener dónde caerse muerto. Casi nunca hay un cajón preparado cuando alguien estira la pata.

–Mi padre nos dejó el cajón y también ladrillos y cemento para que armáramos la tumba, unas verjas de fierro numeradas, para que las montáramos alrededor, y la fosa marcada. Además, en uno de sus armarios, había un frac negro bien planchado con brillo en las solapas, una corbatita de terciopelo, zapatos, calcetines y ropa interior sin estrenar. Todo eso, para que lo velaran –dice ahora Daily Mercado, una de las hijas de Raúl, mientras fuma tabaco negro en un cómodo sofá de su casa de La Paz, que se halla en un barrio sin enormes edificios, que tiene más de campiña humilde que de madriguera urbana.

Daily, de 61 años, se llama así porque al nacer casi se muere. Porque su madre tuvo problemas a mitad del embarazo y el parto fue bastante complicado. Porque nació y creyeron que no respiraba: se veía morada. Porque Raúl, por si la perdían, hizo llamar a un cura para que la bautizara. Porque luego alzó un bote de leche en polvo de una balda. Porque en sus instrucciones, en inglés, la palabra “daily” era la que mejor le sonaba. Porque a continuación la pronunció: “Que se llame Daily”, dijo sin meditarlo mucho. Porque justo después la bebé, Daily, llenó con su llanto el dormitorio en el que estaban.

Cuando murió Raúl Mercado, Daily lloró otra vez llena de rabia, aunque ya se lo esperaba.

–Un mes y medio antes –recuerda–, soñé que unas monjitas y unos curas oraban durante un entierro, que un ataúd volaba de un lado a otro como si fuera una alfombra mágica y que los niños echaban juguetitos dentro. Y me dije: ese es mi padre.

Y un mes y medio después, su padre fue: dejó de ser, como los peluches que se rompen.

En la cocina-living-comedor de Daily hay un lienzo de colores suaves en el que Ricardo Pérez Alcalá, el mejor acuarelista que ha tenido Bolivia, retrató a Raúl de espaldas. En él, el anciano avanza encorvado en compañía de varios gallos, a través de una senda solitaria. Pérez Alcalá lo pintó con una soga que se desliza sobre sus hombros y se amarra en mitad del espinazo, adquiriendo la forma de Cristo crucificado.

–“Esta es la cruz que cargó tu padre”, me dijo el pintor cuando me regaló el cuadro. Creo que trató de representar su sufrimiento. Mi papá vivió muchos años solo, de-ma-sia-dos –silabea Daily, y luego apura un cigarrillo en silencio, mirando al suelo.

***

La primera vez que Raúl Mercado pensó que moriría fue durante la Guerra del Chaco (1932-1935), una disputa entre Bolivia y Paraguay por los terrenos donde yace buena parte del gas que ha hecho un poco más ricos a unos bolivianos que siguen siendo pobres. Lo reclutaron a los 16, la edad en la que uno solo piensa en chicas o en irse de parranda con los amigos. Y partió a lomo de una mula a ese paredón exorbitante que era el campo de batalla, con una manta que le dio su madre para que aguantara el trayecto.

Las noticias que llegaban del Chaco Boreal, uno de los parajes más desolados e implacables de América Latina, solían ser grotescas. Allá, en mitad de planicies interminables donde a veces era imposible hallar una sola gota de agua limpia, en medio de bosquecillos de vegetación enana y suelos agrietados rodeados de arena y piedras, los pocos charcos con los que se topaban los militares estaban llenos de parásitos que provocaban vómitos y diarreas. Algunos, en este punto del mapa que también era conocido como el “infierno verde”, a más de 30 grados de temperatura, solo conseguían calmar la sed bebiendo sus propios orines. Otros, para no desfallecer antes de tiempo, devoraban con ansiedad la suela desgastada de sus botas. Muchas fotos de la época muestran a jóvenes consumidos dentro de sus uniformes raídos. A menudo, el peligro era el teatro de operaciones mismo, y no los proyectiles que zumbaban como abejorros.

Raúl estuvo a las órdenes de un sádico capitán que les exigía retornar de cada escaramuza con las orejas de los paraguayos caídos –las debían ensartar en un delgado alambre antes de entregárselas a su superior, que las guardaba luego como si fueran una especie de amuleto para mantenerse a salvo: su buen humor, al parecer, dependía del número de órganos cercenados al enemigo–. Y volvió del frente maltrecho: con uno de sus pulmones perforado y parte de su labio inferior destrozado por un roce de metralla.

Su primer contacto con la realidad más allá de las trincheras fue un hospital, donde le hicieron un injerto en ese labio que se veía como un pellejo inútil y donde sanó de otras heridas menos profundas. Poco después de aquella cirugía, Raúl atisbó a lo lejos a uno de sus hermanos que también había combatido y reaccionó como si se tratara de un espíritu, pues lo imaginaba preso en Asunción o bajo una lápida en algún páramo desierto. Corrió hacia él, se besaron en la boca y el júbilo inicial se transformó en tragedia: a Raúl se le salieron los puntos de sutura y, aunque lo intentó, no logró recuperar el pedazo de boca que le había dado de nuevo la apariencia de hombre intacto.

–Desde aquel día, pidió que no se preparara sopa cuando tenía invitados porque no podía terminarla sin hacer ruido. Y cada vez que se tomaba un cafecito, yo le decía: papi, es el café más rico que he escuchado nunca –comenta Daily. Lo hace con los ojos encendidos, como si los sorbos que su padre regalaba fueran aún música para sus oídos.

Cuando se sobrevive a una experiencia extrema, las secuelas psicológicas y físicas que quedan suelen dar para llenar una agenda de teléfonos. Raúl Mercado heredó varias manías de la Guerra del Chaco: no perdonaba la siesta –la echaba recostado en una hamaca– y acopiaba víveres en cantidades industriales –según Daily, no se hacía faltar quesos y fiambres porque, a lo Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, había jurado que no volvería a pasar hambre–. Padeció también algunos traumas: durante la noche, las pesadillas lo acosaban y se despertaba gritando que le disparaban. Y una obsesión lo perseguía:

–Creía su deber dejarlo todo listo para su entierro –dice su hija.

La muerte es un signo de interrogación que no puede registrarse con anticipación en el almanaque; y el único recurso ante ella para los que acostumbran dejarlo todo atado es adelantarse. Algunos preparan su funeral y se dan el lujo de escoger el tipo de ceremonia, la mortaja y hasta la banda sonora para despedirse; a otros les basta con adquirir el nicho en el que tarde o temprano serán víctimas de la gusanera; y hay quienes firman su testamento a los 20 años para que sus calzones amarillos de la buena suerte o su colección de discos de Elvis Costello y de Frank Sinatra no acaben en poder de algún impresentable. Raúl Mercado optó por convertirse en el adalid del hágalo usted mismo. Su máxima: plante un árbol, construya un ataúd y muera tranquilo.

Cuando conocí a Raúl, en 2002, él disimulaba las marcas que dejó en su labio la Guerra del Chaco con una perilla canosa de académico, se ayudaba de un bastón para avanzar por el piso resbaladizo de Suri y guardaba su famoso féretro en uno de los dos cuartitos que le servían de refugio. Me encontré con él en la plaza principal del pueblo y luego nos dirigimos a su casa mientras me agarraba del antebrazo para evitar tropiezos.

El ambiente principal era un estudio húmedo y mal iluminado, con una mesa, un calendario, una tumbona, algunos documentos y una máquina de escribir antigua en la que Raúl tecleaba de vez en cuando para entretenerse. Encima de aquella escenografía en la que nada parecía estar de más había una viga. Y sobre ella, envuelto en un par de frazadas, estaba el ataúd: un cajón corpulento con los bordes raídos y la cubierta puesta.

–Lo acabo de hacer fumigar, ya sabe, por los bichos –me dijo Raúl señalando arriba, y después hizo amago de sonreír, pero apenas logró esbozar una mueca traviesa–. Es mi segundo cajón –me explicó a continuación. Me pidió ayuda para bajarlo y lo apoyamos sobre una banca sin espaldar, procurando que no se abriera.

El primer cajón –el que nació de aquel nogal que cuidó casi 30 años con mimo y que troceó al alcanzar el tamaño adecuado–, según contaba, “era mucha cosa”: cien por cien artesanal, con un tallado impecable y su nombre escrito en letras de imprenta.

–Lastimosamente, tuve que prestarlo –dijo después observando el techo–. Un buen amigo se finó y sus familiares necesitaban uno para mandarlo al agujero. El que me devolvieron, este que usted está tocando ahora, es más ordinario que el que tenía.

El nuevo ataúd, el de repuesto, era negro, con un revestimiento de color arcilla y sin aderezos. Un objeto vulgar, como los juguetes de plástico o los electrodomésticos modernos. Al principio, Raúl blasfemaba cada vez que lo veía.

–Para mi padre, aquel cambio fue un disgusto –dice su hija. Pero acabó por acostumbrarse y comenzó a mostrarlo con orgullo cada vez que recibía visitas. Al fin y al cabo, era igual de funcional que el primero que tuvo: un abrigo de madera más en el que pudrirse a gusto.

***

En 2011, Zeli Ferreira Rossi, un jubilado del estado brasileño de Minas Gerais, confesó que descansaba todos los viernes en un féretro en homenaje a un amigo suyo que fue asesinado en 1986. “Mantengo la costumbre desde que él no está, y cuando un viernes no puedo dormir ahí adentro, se me quita el sueño. Se trata de un buen sitio para rezar y reflexionar”, declaró a la prensa por aquel entonces. En Indonesia, las tumbas de la tribu de los torajas son naturales: huecos excavados en enormes paredes de piedra donde meten los cadáveres embalsamados para que todos los vean y nadie se olvide de los que se fueron. Y en Malasia, para combatir la mala suerte, los devotos del templo de Looi Im echan la siesta en cajones de lujo –en las entrañas del santuario mismo– mientras rezan por ellos. “Nos preguntamos por nuestro pasado y nos tropezamos con un ataúd”, escribió la poeta Nazik al-Malaika en Chispas y cenizas en 1949. Para Raúl Mercado, el pasado siempre fue un período difícil de mencionar: un reguero de muertos.

–A mi abuelita, su mamá, se la tragó un río. El caballo que montaba tropezó con unos troncos, cayó de un puente, y ella, como era gordita, no pudo zafarse y se la llevó un golpe de agua. Mi padre asumió que fue su culpa y casi enloquece: estuvo dos años buscándola. Al final, le hicimos creer que un hueso de burro era de su madre y eso fue lo que enterró, junto a un pedazo de vestido floreado que él había hallado en una rama –comenta Daily mientras vierte un chorro de bourbon en un vaso de cubata.

Es un miércoles soleado y estamos nuevamente en su casa de La Paz, sobre una especie de risco que hace tres años se vino abajo parcialmente tras un deslizamiento que fue como un tsunami pero con olas de escombros. Nos acompañan María Luisa y Elsa Mercado, hermanas de Raúl, dos ancianas entrañables –una, entrada en carnes y de movimientos acartonados, y la otra, delgada y ágil– que llevan tomando bourbon desde primeras horas de la mañana. María Luisa viste una blusa holgada. Elsa, una chompa de ganchillo. Ambas usan lentes. Y entre trago y trago hacen un repaso prolijo de la genealogía de la familia, una estirpe acostumbrada a los desenlaces imprevistos.

–A mi marido lo masacraron unos asaltantes en un camino –dice Elsa sin afligirse, como quien anuncia que perdió a su mascota una soporífera tarde de domingo.

–El mío se murió en un remolino cuando trataba de salvar a nuestro hijo de cuatro años, que estaba en el río. Y aún los extraño a ambos –dice luego María Luisa mientras se recuesta en un sillón de cojines desgastados, adornado con una piel de tigre.

–Otro tío mío se pegó un tiro, sin querer, con la escopeta. Y no pudieron hacer nada para auxiliarle –añade Daily con el tono indiferente de quienes revisan a diario los avisos necrológicos de los periódicos para ver si ha fallecido alguno de sus vecinos.

Lo hace mientras dibuja círculos con su dedo sobre el borde de cristal de su vaso de whisky, como si estuviera calculando la probabilidad de que algo así sucediera de nuevo, quizás porque para los Mercado la realidad siempre estuvo rodeada de malos presagios. Hace algunos años, una hermana de Raúl apareció muerta en su asiento de autobús mientras esperaba a que este partiera. Otra se intoxicó al ingerir pescado en mal estado y tampoco vivió después para contarlo.

–Y mi madre, durante una crisis nerviosa, tras una larga enfermedad, trató de lastimarse en la misma habitación en la que mi papá conservó su féretro durante décadas –me comenta Daily–. Yo era muy chica por aquel entonces, pero aún recuerdo que, para que mi mamá se recuperara, comencé a recitar el rosario sobre tapas de botella, hasta que las rodillas se me llenaron de llagas.

Tras aquel episodio aciago, su madre hizo las maletas y emigró a la ciudad de La Paz con sus ocho hijos. Y Raúl, que los vio marchar como quien ve pasar el tren, sin poder hacer nada para detenerlos, decidió permanecer en el pueblo. “Lo mejor que he tenido creo que es la soledad”, me confesaría unos años después mientras posaba al lado de su ataúd. Fueron las últimas palabras que yo le escuché. Nunca más volvería a verlo.

Daily, que en sus ratos libres lee la baraja española y el I Ching –una suerte de vademécum chino para evitar la mala vibra–, cree que lo que golpea a los Mercado día tras día es su propio karma:

–Nuestra sangre está maldita. Tenemos muchos nudos que desatar. Hay problemas que se transmitieron de unos a otros sin que hayamos hecho nada para resolverlos. No hemos sido lo suficientemente conscientes de que algo no funciona en nuestro interior, de que algo no funcionó nunca. Yo también me he quedado sola, como mi padre, por ejemplo. Pero por lo menos he hecho esfuerzos para remediarlo.

Hace algunos años, Daily montó un club para solos y solas en el que se conversaba y bailaba a veces hasta la madrugada. Lo acabó cerrando a los pocos meses.

En Suri –recuerda Daily–, Raúl casi siempre se acostaba pronto: a las 20:30. Y se levantaba con los gallos: a las 5:00. Era un hombre de costumbres bien marcadas. Solía calzarse el pantalón hasta las costillas. Cuando la comida no estaba preparada a las 12:00 en punto, no almorzaba. Escuchaba a Mozart y a Beethoven en un tocadiscos que en otra época era último modelo. Se volvía loco cuando le cambiaban el dial en el que seguía la radionovela. Y algunos piensan que siempre fue un iconoclasta.

Cuando era joven –y el pueblo un rincón privilegiado que se caracterizaba por las señoronas que se enroscaban el cabello para que sus peinados terminaran en un moño discreto, por las jovencitas que vestían trajes largos y elegantes y por las abuelas que usaban abanicos para que corriera el aire–, alimentaba los chismes en la plaza principal cada vez que se paseaba por allí con su pelo largo y su barba desaliñada, como si fuera un hippie desorientado en una fiesta de gala. Años después, como corregidor, ayudó a solucionar una infinidad de crisis de pareja y pleitos caseros. Como abogado autodidacta, se ganó más de una enemistad por apoyar a los campesinos –en detrimento de los patrones– cada vez que había algún conflicto por tierras. Y además fue un gran aficionado al fútbol. La imagen que algunos aún tienen de él es con medias y una pelota entre las piernas. Se dice que tardó 50 años en colgar los botines y retirarse.

También, que era generoso, que muchos domingos partía una pierna de vaca y convidaba a los que pasaban por inmediaciones de su propiedad, que apuntaba en un cuaderno el dinero que prestaba (y nunca recuperaba) y que solía echar una mano gratis a enfermos y embarazadas.

–A todos colaboraba –dice su hija–. Él no era médico, pero sí sabio, leía muchísimo. Y sabía desde colocar un inyectable hasta bajar la fiebre.

A veces, manejaba un extraño manual llamado El insípido, que tenía muy poco en común con los tratados medicinales clásicos. Los títulos de sus capítulos y los epígrafes eran poemas en sí mismos: “El caso clínico, la mente, la boca, los pelos y los pies del hombre civilizado”, “Las cinco sonatas del organismo enfermo”, “Las ondas cortas, más terribles que los piojos”, “Anarquía glandular”, “Curvofobia, el horror a la grasa” o “El hombre cava con los dientes su sepultura”. Sus reflexiones, en ocasiones, una locura: “Un hombre es consecuencia de lo que come. El tipo racial de los ingleses está influenciado por el roast beef y las patatas cocidas. El abdomen de los teutones y sus cráneos dolicocéfalos provienen de las salchichas y la cerveza. Y un español, después de ingerir ‘cocido’ obra con arreglo al calórico exagerado de este alimento: o baila jota o se pelea”, decía en la página 233. Y varias de sus recomendaciones parecían sacadas de un refranero. “Quien quiera vivir sano, coma poco y cene temprano”, aconsejaba en la 144.

Raúl solía cenar a las 18:00 o a las 18:30, pero seguir a rajatabla algunas de las “recetas” de su libro no le garantizó una salud de hierro. Y cuando se enfermaba era complicado sacarlo de Suri.

–Él se quejaba de que en la ciudad la piel se le escamaba. Por eso, no nos visitaba mucho –recuerda Daily–. Una de las últimas veces que fuimos a buscarlo, los vecinos nos rodearon porque que no querían que él viajara. “Don Raúl tiene que morir aquí. Aquí ha de ser su entierro”, decían. Por aquel entonces, su estómago no funcionaba bien. No podíamos controlar su diarrea. Y tras mucho insistir nos dejaron ir, pero tuvimos que prometer que, si pasaba algo, regresaríamos con el cadáver.

No hizo falta: retornó a Suri sano y salvo.

–Y con mucha hambre –ríe su hija.

***

Entre La Paz y Suri hay 325 kilómetros y varias tumbas. Muchas de ellas, al pie del camino, consisten en un montón de piedras superpuestas armando una especie de cono con una cruz metálica en la cima. Daily dice que, de niña, se tapaba la cara cada vez que pasaba por esta carretera porque le daba muchísimo miedo. Hoy es un viernes de finales de abril y lo que hace para no mirar más allá de la ventana es correr rápidamente la cortina del autobús y cubrirla. Afuera, la carretera se estrecha a ratos como si alguien la hubiera tajado con un machete, y son comunes los barrancos y los barranquillos. Afuera, los ocres y los verdes se prenden y se apagan como los focos cuando parpadean. Afuera, hay un olor intenso a eucalipto. Afuera, los tejados de algunas aldeas se ven como si los hubieran moldeado en mitad del valle. Y mientras los paisajes se forman y se difuminan constantemente, ajeno a todo, delante de nosotros, dentro del vehículo, cabecea un anciano de traje, con el mentón salpicado de pelos blancos, sombrero y bastón.

–Es igualito a mi padre –me susurra Daily, que se ha teñido el pelo de un color rojo cereza. Es la primera escapada que hace al pueblo desde que Raúl murió, y está inquieta.

El bus se queda en Licoma, parada casi obligada entre camioneros, y la siguiente parte del recorrido es suicida: un zigzagueo de 40 minutos a lomos de una mototaxi que besa la tierra en las curvas cerradas y espanta a las vacas con un claxon que tartamudea.

Suri es un conglomerado de calles por las que sube y baja un viento ligero. Una sucesión de construcciones de una o dos alturas con las puertas grandes y robustas y las ventanas chicas. Un lugar con menos de 500 habitantes que se eleva sobre el cerro y sobrevive gracias a los cítricos y a los cultivos de hoja de coca –omnipresentes desde hace varios siglos–. Un paraíso rural en el que casi nunca sucede nada destacable, y en el que las últimas noticias casi siempre guardan relación con el fallecimiento de alguien.

–Hace algunos días, murió Francisco, el último ex combatiente de la Guerra del Chaco nacido aquí. Recién lo trajeron y lo enterraron –anuncia una prima de Daily en cuanto llegamos, mientras los mosquitos ponen su rúbrica en nuestros codos y tobillos.

–Cuando mi papá murió, su velorio estaba lleno y cociné lo que más le gustaba: sopa de maní y pollo con mucha zanahoria. Nadie se quería ir. Hasta un borrachito se quedó y, claro, al amanecer estaba ebrio, ¿te acuerdas? –le dice Daily a su prima, que frunce el ceño y no deja de observarse un dedo que se machucó hace poco partiendo leña.

Aquella jornada, tras la comilona de rigor con lo que le entusiasmaba al muerto, Luciano Arroyo, un lugareño de manos grandes como guantes de obrero, fue el elegido para cavar el hoyo destinado a Raúl en el cementerio y para armar un cerco con fierros.

Luciano es un sesentón de orejas puntiagudas, rostro alargado y cejas muy pobladas y juntas. Trabaja como albañil y carpintero. Vive a pocos metros del centro del pueblo, y cuenta exagerando sus gestos, como si estuviera masticando el aire, que aquí, cuando fallece alguien, a menudo tiene que improvisar un féretro en menos de veinticuatro horas.

–Acá no pasa como en la ciudad, donde se usan materiales finos –explica–. En Suri, dependemos de los maderos que nos entregan los dolientes. Y no siempre son de calidad. Con buena madera, uno lo hace bien. Pero cuando es mala no hay manera. Yo nunca he pedido nada a cambio: me dan la voluntad nomás. Lo hago por humanidad.

Según Luciano, cuando no hay troncos ni tablones suficientes, algunos evacúan al difunto sin el cajón correspondiente: lo sientan en la parte de atrás de sus vagonetas, como si durmiera, y atraviesan los peajes del camino tratando de no levantar sospechas. Otros encargan su ataúd con anticipación para evitar imprevistos. Y hasta el momento, no ha habido nadie más como Raúl: capaz de convivir al lado del suyo durante décadas.

En la casa en la que aquel féretro permaneció durante años, Daily revolotea ahora agitada, como si no fuera real lo que está viendo. Lo que ve es una techumbre que seguramente no resistirá la próxima temporada de lluvias. Lo que ve es un escritorio pegado a una pared. Lo que ve es un baño con pedazos de papel higiénico alfombrando el piso. Lo que ve es un depósito abarrotado donde antes había gallinas. Lo que ve es un nido de pájaros en mitad de un tragaluz: un nido vacío. Sobre la viga en la que estuvo el ataúd, solo hay un puñado de telarañas. Y en la cocina en la que Raúl comenzó a desfallecer, el decorado es austero: un horno de leña, sillas que se sostienen apenas, restos de ceniza, unas ollas con la base quemada. Cuando Daily se asoma, resbala y cae.

–Es como si aún estuviera aquí presente su papá, ¿no ve? –le dice Marcelino Mendizábal, el cuidador, mientras se inclina para comprobar que no se ha roto ningún hueso. Daily, medio aturdida por el golpe, tarda un rato en reaccionar y no le responde.

Al día, siguiente, rumbo al cementerio, nos cruzamos con un par de agricultores que se dirigen a sus chacras y que saludan toscamente. Daily viste una polera blanca y una camisa rayada sin abotonar. Su andar es cansino. Sus pasos, irregulares y distraídos.

El cementerio de Suri crece sin ninguna planificación, al aire libre, sin tabiques de por medio, interrumpiendo una senda estrecha, como si fuera un pedazo de selva. La tumba de Raúl está cubierta de hojas y Marcelino tarda unos minutos en adecentarla con una escoba que ha armado con ramas secas.

“Papito, te amamos. Tu esposa, tus hijos, tus nietos y bisnietos. Raúl Mercado Salvatierra. 25 de agosto de 1916 – 4 de septiembre de 2005”, dice la lápida. Daily se arrodilla. Cierra los ojos con mucha fuerza y medita.

–Su padre ya estaba cansado –le consuela Marcelino–. Casi ni hablaba.

Antes de morir –corre el rumor– se hizo dar misa una mañana para despedirse.

–Como si adivinara –opina Marcelino.

Antes de morir, a su ataúd le decía “mi nave”.

“Mi nave ya está lista”, decía.

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comentarios
  1. Rocío Elizalde dice:

    En esta historia, hay un propósito de vida.

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