Un perro sin pelo en la tierra de los hombres barbudos

Publicado: 13 junio 2016 en Marco Avilés
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Cuando Piji y yo paseamos por las calles de Maine nos sorprenden diversas versiones de la misma pregunta: «Perdona, ¿es eso un perro?». La raza más popular de esta región ubicada en la esquina noreste de Estados Unidos, donde vivimos desde mediados de 2014, es el labrador, un tipo de perro peludo que disfruta con felicidad los climas extremos: hermosos veranos donde todo es verde y crueles inviernos donde todo se cubre de nieve. Piji es un Perro Peruano sin Pelo. El nombre de su raza es una descripción cruda de su naturaleza exterior. Quienes se atreven a tocarlo sostienen que su piel tiene la textura de los elefantes. Y es caliente. Muy caliente. Pero este rasgo que compensa su falta de pelaje no es suficiente en los duros inviernos del norte. Cuando Maine se cubre de nieve, las patas de Piji se congelan, las orejas se le caen a pedacitos y el sólo ejercicio de mear se vuelve una aventura para la cual es imprescindible vestirlo con gorro, botas y chaqueta. Su naturaleza tropical lo vuelve un ser frágil y raro a la vista. Vestido, algunos lo encuentran similar a E.T. Desnudo, los niños creen que es el duende de Harry Potter. Un amigo leñador lo llama El Chupacabras.

Durante sus primeras semanas en los Estados Unidos, Piji no fue un perro que asombraba sólo por carecer de pelo. Le habían salido granos en el lomo, estaba flaco y se le notaban las costillas. Parecía refugiado de un pasado de hambre y violencia. Los lugareños, acostumbrados a los labradores gordos y peludos, se detenían a observarlo como a una rareza rescatada de un circo. ¿De dónde venía? ¿Qué le había pasado? ¿De verdad era un perro? Piji callaba manteniendo la intriga.

La burocracia peruana no es amable con quienes andamos en dos patas. Es peor cuando tienes cuatro. A fines de junio de 2014, Piji y yo, muchachos solteros, nos preparábamos para viajar a la tierra de Pluto y Rin Tin Tin. Llamé a la aerolínea para confirmar que no hubiera problemas. Un empleado me dio la mala noticia con amabilidad. Debido al calor del verano norteamericano, la empresa no permitía que las mascotas viajaran en vuelos regulares. Los animales corrían peligro de sofocarse.

El tipo me sugirió consultar compañías de carga. Quizá alguna nave tuviera cámaras temperadas para trasladar a Piji a salvo del calor. Marqué con miedo el teléfono de una agencia de aduanas. Piji dormía enrollado en su cojín azul ajeno a su destino.

Un funcionario optimista respondió el teléfono. Su agencia era experta en trasladar animales, me dijo. Él mismo había gestionado el viaje de una perrita de competencia la semana anterior.

—¿De qué raza es su perro?
—Sin pelo.
—Uy, no –dijo después de un breve silencio–. Eso es más jodido.

Las leyes del Perú protegen a los perros sin pelo, Patrimonio nacional, como si se tratara de huacos vivientes. Un indicador de dudosa seguridad en un país donde gran parte de los huacos están abandonados o en manos de traficantes. Muchos perros sin pelo vagan sueltos en las playas del norte. Y al mismo tiempo, criadores particulares aprovechan el prestigio reciente de la raza y cultivan camadas que venden a miles de dólares. El nombre del documento que debía conseguir confundía. «Constancia de Exportación de Ejemplares de Raza Perro Sin Pelo del Perú». Exportar, dice el diccionario, consiste en vender algo en otro país. Piji y yo sólo queríamos viajar. No quería deshacerme de mi mejor amigo.

***

Poco después de que Barack Obama y su familia se mudaron a la Casa Blanca, la Asociación del Perro Peruano sin Pelo les ofreció un ejemplar como mascota. El cachorro se llamaba Machu Picchu y –según decían– era el perro ideal para las hijas del presidente de Estados Unidos. Su falta de pelo evita las alergias y las pulgas, son fáciles de asear, y no huelen a perro. Si la Casa Blanca lo aceptaba, el ofrecimiento incluía un manual de cuidados para Machu Picchu. Los migrantes humanos no llevamos manual de instrucciones, pero los países nos reciben con uno. Hace unas semanas mi suegro me obsequió la Constitución Política de Estados Unidos. Jim suele ser muy generoso, pero aquel regalo no era una muestra de cariño.

—Todas las mañanas voy a tomarte un examen –dijo entregándome el librito de tapas guindas y letras doradas–. Si no te sabes de memoria las normas, voy a llamar a LePage.

Paul LePage es el gobernador de Maine, el típico republicano que no quiere a los migrantes. ¿Mi suegro iba a llamarlo para denunciarme? No. Se trataba de una de sus clásicas bromas. Su hija mayor y yo nos casamos tres meses después de que Piji y yo llegáramos. Ahora vivimos muy cerca, en un bosque de abedules esbeltos y pinos de cuentos de hadas. El noventa por ciento del territorio de Maine está cubierto de vegetación, un escenario que no puede ser más diferente a Lima, esa ciudad emergente y desértica de diez millones de personas, donde yo solía vivir y trabajar como periodista. Pero el amor no estaba allí. Entonces migré. Esa es la historia que cuento cuando, advertido de mi exotismo, algún mainer me pregunta por qué estoy aquí y no allá. Mi migración no ha sido solo geográfica. Ser periodista freelance, sea en Maine o en Latinoamérica, no me daba dinero suficiente para vivir ni me hacía candidato a un préstamo hipotecario. Ser pinche de cocina sí.

Piji vive ajeno a estos dilemas. Él no tiene que contarle a nadie quién es, qué es, de dónde viene o por qué está aquí y no allá. (Los perros no tienen que explicarse a sí mismos). Por el contrario, su rareza invita a la fabulación. Mi suegro cree que Piji es un rey inca reencarnado. Lo llama Señor Piji, lo trata con reverencia y, cuando nadie lo observa, le da de comer trozos de carne de su propia boca. Mi suegra cree que un ser muy antiguo y sabio está atrapado en el cuerpo de este perro. Mi esposa afirma que Piji es un perro mimado, holgazán, vanidoso, que se cree persona. En el clímax de su confusión, dice A., Piji piensa que está casado conmigo. Es más, para Piji la mascota sería ella. Piji es una mezcla de cosas para mí: tiene algo de hermano, de amigo, de hijo y también de mí mismo. Se nota cuando conversamos. Le he «creado» una voz y una personalidad.

—Marco, ¿comer mosquitos es bueno?
—…
—Marco, comer mosquitos es bueno. Pruébalo.
—Qué asco, Piji.

Este Piji, el que habla, es un Piji que soy yo mismo. Un yo que juega con el misterio de su compañía. ¿Qué hay en su cabeza? ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Qué ve?

—Piji, estoy triste –le dije una mañana–. Anoche me fue mal en el trabajo.
—Marco, no estés triste. ¿Qué es estar triste? ¿Estar triste es bueno?
—…
—Marco, estar triste no es bueno. Vamos a jugar. Vamos a correr. El día está lindo.

Abrí la puerta de casa y, como siempre, lo seguí.

***

Piji y yo caminábamos en el bosque cuando un hombre armado con una escopeta vino a nuestro encuentro. Tenía una barba plomiza, cabello corto y quizá unos cuarenta años.

—Hola –gritó a la distancia–. Los estaba buscando.

No parecía un guardabosques. Vestía unos jeans gastados y una sudadera blanca. El arma se balanceaba a su paso como una advertencia. ¿Por qué alguien a quien no habíamos visto jamás nos andaba buscando? No había más gente en las cercanías. ¿Se trataba de un loco? ¿El típico serial killer americano? ¿Acaso Piji y yo íbamos a terminar cortados en pedacitos?

Piji suele ladrarles a los desconocidos, pero esta vez se mantuvo callado y quieto a mi lado, afectado por algo parecido a la sospecha. Seguíamos un pequeño sendero bajo la vegetación, que desemboca en el Cathance, un río navegable de aguas tranquilas. Aquél era mi día de descanso. Todo lo que quería era estar a solas con mi amigo.

El hombre siguió andando hasta que –según pude leer en sus ojos– decidió ser prudente y se detuvo a unos diez metros. Miraba a Piji con una mezcla de asco, miedo y curiosidad. Los tres formábamos un triángulo de western. Yo le temía al tipo y a su escopeta. El tipo le temía a Piji. Piji le temía al mundo.

—Sólo quería decirles que voy a hacer unas rondas de tiro al blanco –gritó el hombre–. No se vayan a asustar.

Luego señaló un tablero oculto entre los arbustos.

—Gracias por avisarnos –grité a mi turno y apunté a Piji–. Quizá el que se va a asustar más es él.

No sé si el hombre entendió esto como una amenaza. Se marchó con prisa.

***

El día en que iba a embarcar a Piji rumbo a Estados Unidos yo estaba tan nervioso debido a los trámites, que me ocurrió el típico gag de las comedias. Estacioné el carro frente a un lugar con nombre de parque de diversiones, Lima Cargo City, un complejo de oficinas y hangares que despachan productos a todo el mundo. Verifiqué que traía los documentos que había recabado durante un mes y bajé al encuentro del agente de aduanas encargado del traslado. Se llamaba Lucho y me esperaba en la puerta.

—¿Dónde está el perro? –me preguntó señalando mi carro vacío.

La salida del avión estaba programada para las ocho de la noche. ¿Por qué tenía que traerlo conmigo si acababa de amanecer? Pensé que sólo iba a firmar documentos y pagar el flete. Lucho me miró con cara de nopuedocreerlo.

—Estos son aviones de carga –explicó rascándose la cabeza–. Si no traes al perro en una hora, no vamos a encontrar sitio.

Esa mañana había dejado la cama deseando que el último día de Piji en el Perú fuera un buen recuerdo. Ahora estaba a punto de graduarme como idiota.

Los próximos minutos ocurrieron en cámara rápida. Maldije el tráfico de Lima, adelanté autobuses asesinos, esquivé peatones suicidas, llegué vivo a casa. Desperté a Piji y le obligué a tomar agua con tranquilizante. Preparé una lonchera para perro. Lavé la jaula de viajes que mis dos gatos habían colonizado con todos sus pelos y olores. Verifiqué una vez más los documentos y salimos. No hubo tiempo para que él se despidiera de la familia. Ni para que recorriera una vez más los parques donde había olfateado doncellas. Ni para que le dijera adiós a las playas de arena donde había desenterrado innumerables huesos de pollo, sutil indicador de las preferencias gastronómicas e higiénicas del peruano de dos patas.

No sé a cuántas oficinas y ventanillas fuimos esa mañana ni cuantas colas hice, pero recuerdo bien la narrativa del trámite. Yo, Marco Avilés, ciudadano peruano, con DNI tal y domiciliado en mi linda casita, propietario del perro peruano sin pelo que respondía al nombre de Píjiri (murciélago en machiguenga, un idioma de la selva del Perú) y que estaba valuado en cien dólares americanos, exportaba esta mercadería por vía aérea a Estados Unidos, siendo la adquiriente, ergo la nueva propietaria del can, mi señorita novia A., oriunda del gran país del norte. En otras palabras, debido a la ensalada de trámites en que se había convertido mi vida reciente, ese día dejé de ser el dueño legal de mi perro. Los trámites locales habían convertido a un perro peruano sin pelo en uno estadounidense.

Piji tenía las orejas caídas y la expresión de sácamedeacá. Montacargas y hombrecitos con cascos y botas recorrían pasillos con anaqueles gigantescos, cámaras de rayos X y fajas transportadoras. El hangar parecía un escenario de Terminator V. Lucho se perdió en los papeleos. Yo saqué a Piji de su jaula y lo acompañé a un rinconcito para que pudiera orinar. Dejó un chorro copioso cerca de un cargamento de quinua orgánica con destino a Canadá. Un pastor alemán en tránsito a Colombia nos miraba deprimido desde su jaula.

Me despedí de Piji con un beso de buena suerte. Su avión haría escala en New Jersey. Un empleado de la aerolínea lo sacaría a orinar y le daría de comer. Luego seguiría rumbo a Boston, donde A. lo estaría esperando. El viaje de mi perro sería más eficiente y rápido que el mío. Al día siguiente, yo dormitaba en la sala de espera del aeropuerto de Dallas, en el lejano Oeste, frente a un caballero que daba cuenta de una pizza de ocho tajadas, cuando A. me llamó. Acababa de recoger a nuestro perro. Estaba bien, aunque había ocurrido un pequeño accidente. Su jaula se había hecho pedazos en algún punto del camino. Piji había completado el viaje dentro de un contenedor del tamaño de un automóvil. El empleado que lo custodiaba dijo que era el perro más lindo que había visto jamás.

***

Una madrugada, a la salida del restaurante donde trabajo, en Maine, me detuve en una gasolinera para calmar mi hambre. Cogí un sándwich de pollo y medio litro de gaseosa con tal desesperación que el encargado del local me preguntó si acaso acababa de huir de la cárcel.

Todos los encierros se parecen. Pasarte doce horas picando verduras entre cuatro paredes, como es mi caso, no es tan diferente de la penitencia diaria del reo, salvo que yo puedo marcharme a dormir con mi esposa y aquél no. El encargado de la tienda tenía los cachetes inflados y cubiertos por una barba rojiza, como un Papá Noel joven. En Maine, donde se celebra el Festival Anual de Pelo Facial, tener barba es común entre los hombres de clase trabajadora. Ser lampiño, como yo, es un rasgo de exotismo.

—Un restaurante, ¿eh? –sonrió con malicia el encargado cuando le expliqué de dónde venía–. ¿Qué tal si la próxima vez me traes un poco de comida?

Muchos creen que los cocineros viven moviendo la mandíbula. Pero el mundo de la alimentación está hecho de paradojas escondidas. ¿Por qué alguien que trabaja en un restaurante se muere de hambre todas las noches? La gasolinera no era el mejor lugar para explicar este misterio y menos ante aquel empleado confianzudo.

Desperté a la mañana siguiente dispuesto a averiguar los efectos de mi desorden alimenticio. Fui a casa de mis suegros y trepé en la balanza que guardan bajo un escritorio. Piji me miraba desconcertado. Nuestra vida en común se había deshecho el día en que cambié la plácida vida de periodista por el lento purgatorio de una cocina profesional. Ahora trabajo desde el mediodía hasta la medianoche, un horario que me impide hacerme cargo de cualquier otro ser vivo. Por este motivo, y con el dolor de nuestras almas, cada inicio de semana mi esposa y yo dejamos a Piji en casa de mis suegros. Ellos lo alimentan, lo miman y lo dejan salir para que pueda orinar y cagar a sus horas. Al principio, él se paraba frente a la puerta y lloraba. Luego se acostumbró.

Esa mañana, la balanza informó que yo había perdido nueve kilos en el último mes. No haberlo notado era parte de un conjunto de olvidos generados por mi nueva rutina de trabajo: no me cortaba el pelo, no me afeitaba la pelusa de la cara, ni siquiera me podaba los pelos de la nariz. Mis días se repetían uno tras otro con el mismo argumento: levantarme, bañarme, tomar café, ir al restaurante, trabajar, parar en la gasolinera, dormir, levantarme, bañarme, ir al restaurante, parar en la gasolinera y así.

Las doce horas que paso en la cocina giran en torno a dos leyes fundamentales: 1) allí nadie se sienta jamás y 2) tener las manos desocupadas es un crimen. Por entonces, yo trataba de sobrevivir a las horas de servicio con la nerviosa voluntad del novato. Para ganar más tiempo a la hora de preparar mi arsenal de verduras picadas, adopté la mala costumbre de no almorzar. El hambre se iba durante las horas de servicio pero volvía como una maldición en cuanto salía del restaurante.

Guardé la balanza y me apuré en salir al trabajo. Piji me siguió hasta la puerta tocando mis manos con su hocico para llamar mi atención. Quería salir a correr, como solíamos hacer en otra vida. Ahora era imposible. Me agaché para abrazarlo, besé su cabeza negra y pelada y me despedí de él sin saber cuándo volveríamos a vernos. No intentó seguirme. Se sentó sobre sus patas traseras y me clavó sus ojos de perro enamorado.

***

Unas semanas más tarde mis hermanas llegaron de vacaciones trayendo consigo una despensa de chifles piuranos, maíces para tostar, cacao, panetones, quesos de Abancay, piscos acholados, inca kolas, ajíes amarillos, pancas, rocotos, entre otros manjares pe-ruanos. Parecían evangelizadores culinarios en pos de tierras paganas. Pronto entendieron que Estados Unidos es mucho más que el país de las hamburguesas, y que la mala fama de su cocina es un cliché revanchista inventado por sus detractores. Cuando menos lo esperaban, ellas disfrutaban sin culpas las papas, las langostas y los maravillosos frejoles de Maine.

Piji casi sufrió un infarto de felicidad al ver a la familia reunida y saltó durante horas alrededor. Según mi suegro, le alegraba oír nuestras conversaciones en español después de haber resistido casi un año escuchando el idioma de Rin Tin Tin. Mis hermanas lo abrazaron por turnos. A la primera oportunidad comentaron que estaba gordo. No dijeron robusto, ni macetón, ni siquiera agarradito. Exclamaron gordo, a secas.

Todo hombre ve a su perro con ojos de padre. Por eso le cuesta advertir sus defectos. Pero lo cierto es que el cambio de país nos afecta a ambos de maneras similares. Mi flacura y su gordura son una señal de lo mucho que nos cuesta encarar nuestra nueva vida de migrantes. A veces, cuando miro a Piji mirarme, le digo que el sacrificio será breve. Pronto estaremos juntos de nuevo y nos divertiremos como siempre. Pero en verdad no tengo ninguna certeza.

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comentarios
  1. Sonia dice:

    La vida del migrante es un desarraigo inobjetable. A mi me parece triste. Siempre serás extranjero, un extraño, fuera de sitio.

  2. Jose Pizarro dice:

    Gracias por el envìo.

    Atentamente

    Josè Manuel Pizarro

  3. Maria Jose Rosas dice:

    Hola, como estas? Mi nombre es Maria Jose, soy argentina, gracias por tu historia! Yo vivi 4 anhos en Peru, en varios lugares, entre ellos Lima, Cusco y el norte, en sus bellas playas (extranho horrores la comida nortenha). Hace 4 anhos me acompanha Chulay, mi calata, mi companhera, a la cual rescate del barrio chino, tan cruel..Ahora estamos en Israel con ella y mi pareja. Me gustaria tener tu contacto, para compartir informacion sobre nuestros incas, mi mail es mariajose-rosas@hotmail.com, un fuerte abrazo en la lejania

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