Una flor para Jorge García Usta

Publicado: 5 octubre 2016 en Alberto Salcedo Ramos
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Lo conocí una tarde de noviembre de 1985 y me cayó como una patada en el estómago. Él estaba en su escritorio del periódico El Universal, en la vieja sede de la Calle San Juan de Dios.

A mis dulces 22 años, no entendía cómo había gente que podía escribir en medio de aquella atmósfera tan estridente. Un redactor se levantaba de vez en cuando de su silla, para bailar porros con una pareja imaginaria. Su escritorio era un caos de papeles, montañas de libros y hasta ropa. Dos periodistas discutían sobre el Happy Lora. Otro, sobre política. Una redactora de cabello tinturado como por su enemiga, soltaba una perorata insufrible sobre las reinas del Concurso Nacional de Belleza. Al fondo se escuchaba el tableteo lluvioso de las viejas máquinas Remington.

Álvaro Anaya, el jefe de redacción, fue quien me lo presentó. El tipo ni siquiera levantó la cabeza, no me concedió la menor importancia. Sin dejar de mirar su cuartilla, extendió la mano derecha con desgano. Pero no dijo ni mu. Álvaro le informó que me había llevado hasta donde él porque yo quería conocerlo. Y se refirió a mí como el nuevo redactor, “un muchacho barranquillero”. Entonces, por fin, el hombre habló.

Erda, loco -dijo, remedando burlonamente el acento barranquillero-: ¡espero que tú seas por lo menos de los que usan medias!

Aún recuerdo que me quedé paralizado por el asombro. Pero si acaso pensaba que aquel había sido su dardo más inamistoso, estaba muy equivocado. A continuación, el tipo se dio la vuelta en su silla y me soltó otra descarga, esta vez mirándome de manera desafiante.

¿El gentilicio de ustedes es barranquilleros o barranquillosos?

***

Más allá de su desdén, hubo otros detalles que me llamaron la atención en aquel primer encuentro: por ejemplo, el hecho de que él se mantuviera al margen de las distintas tertulias de los redactores. No leía en voz alta cada párrafo que iba escribiendo, ni preguntaba a los gritos si Venancio se escribe con “c” o con “s”, ni gastaba saliva criticando la manera de vestir de la esposa del gobernador. Lo suyo era pegar una palabra detrás de la otra con una disciplina silenciosa. Se notaba a leguas que el oficio era para él un asunto muy serio. Escribía sentado a horcajadas, con las piernas a ambos lados de la silla, como si estuviera domando un potro muy brioso.

Ahí, en ese primer encuentro, estaba pintado Jorge García Usta: su sentido del trabajo, su ironía corrosiva, su manera de enconcharse para que no lo alcanzara cualquier persona sino solamente aquellas que a él le interesaran. Jamás se entregaba en la primera, ni en la segunda, ni en la tercera ocasión. Eso lo inhabilitaba para el protocolo, pero lo predisponía para la amistad. Como no estaba en el plan de hacerse el simpático con todo el mundo, resultaba difícil llegar a él. Era especialmente arisco frente a los seres extraños, sobre todo si se le acercaban con maneras empalagosas. Pero una vez entraba en confianza, una vez comprobaba que el intruso, después de todo, no representaba ningún peligro, se quitaba la máscara de la antipatía y abría todas las puertas y ventanas. Entonces era el mejor amigo, el mejor hermano. Lo arropaba a uno con afecto, se transformaba en un viejo precoz dispuesto a salvar nuestras almas mundanas con sus consejos. Era paternal, incluso, con la gente de su misma edad. A pesar de llevarme apenas tres años, parecía haberse leído todos los libros de este mundo que valían la pena. Como además tenía vocación de pedagogo, cogía mis textos y los descuartizaba con un bolígrafo azul mordisqueado en la punta, y mientras hacía eso iba expresando en voz alta algunas reflexiones formidables sobre el uso del lenguaje. Me enseñó que la búsqueda de la palabra precisa no es un lujo exótico, como creen algunos reporteros cuadriculados o incultos, sino un deber. Y que el buen periodismo puede ser también una fuente de belleza estética.

***

La obra periodística de Jorge García Usta tiene, a mi modo de ver, tres vertientes principales, 1) El periodismo narrativo, 2) el periodismo investigativo y de denuncia, y 3) su trabajo como editor de revistas importantes, el cual le permitió, por un lado, ocuparse de su cultura y de su entorno, y, por el otro, formar un grupo de talentos jóvenes que hoy brillan con luz propia en Cartagena.

García Usta fue un exponente formidable del periodismo narrativo. Aparte de su habilidad literaria, tenía una gran formación teórica porque conocía a fondo el trabajo de los principales cultores del género en el mundo. Era dueño de una prosa cargada de imágenes sugerentes, dotada de ritmo, sensual, bella. Maniático del rigor, aconsejaba desconfiar de la inspiración. “Si ves que te sale muy fácil – sentenciaba – abre el ojo, porque algo debe estar fallando”. De modo que se autoflagelaba. Dudaba, rompía la cuartilla, empezaba de nuevo. Era, para decirlo con una idea de Sábato, un escritor auténtico, o sea, alguien a quien no solo conocemos por lo que escribe, sino también por lo que borra.

Siempre me impresionó su destreza en el difícil oficio de contar historias a través de escenas. Recreaba las atmósferas con vigor, captaba la psiquis de los personajes y tenía un olfato de tiburón para capturar la frase sentenciosa, inolvidable. Solo los maestros como él son capaces de encontrar el nervio principal de la historia en una simple escena. En sus manos este recurso no era un mero ornamento, sino una manera eficaz de revelar el carácter de sus personajes, y de acercar al lector a los hechos como si éstos ocurrieran frente a sus ojos. En su perfil Clímaco Sarmiento, la muerte del primer guerrero, García Usta apela a una curiosa escena inicial, con lo cual logra aproximarnos, de entrada, a la cálida intimidad del personaje. Y seducirnos de una vez por todas.

Clímaco Sarmiento entrecerró sus breves ojos de indio sabido, se levantó del sillón y se dirigió hacia la parte trasera de la casa, luego de advertirle al periodista:

—Si vamos a hacer la foto, que sea en el patio.

 Con sus resignados ojos zarcos, su última y definitiva mujer, Cristina Vega, lo vio atravesar el comedor con los lentos andares de su vejez, oyéndole decir:

Mire, aquí hay de todo. Es un patio bueno. Como en los pueblos. Donde uno ha estado haciéndose y se ha vuelto hombre.

Diez años atrás, Sarmiento, el autor de canciones populares inmortales como “Pie Pelúo” y “La vaca vieja”, era un hombre ágil, una especie de vaquero de pie ligero que igual tocaba en un gril selecto o se metía en los montes remotos a entusiasmar a los campesinos con los dones de su clarinete. Ahora, lenta, muy lentamente, miraba los peladeros del desolado patio de su casa en el barrio San Fernando, al suroriente de Cartagena. Al fin, avistó unas matas de plátano cuyas hojas estaban rayando por el acoso del verano y parecían refiladas por el cuchillo de un desocupado. “Es el tiempo”, explicó, misterioso, Clímaco, y en seguida las enmanojó para apartarlas de un manotazo amoroso, como quien agarra pelos de yegua.

Entonces -siempre mirándolo todo- se situó delante de las matas y miró hacia la cámara de fotografía con la resignación de un fusilado: los ojos extrañamente sosegados, las piernas tensas, el pecho combado por la respiración típica del asmático en receso.

En ese instante hizo rodar la mano derecha por la barriga, obedeciendo a un viejo hábito de charlador de río y halló en el camino dos ojales sin botones.

El encanto se deshizo.

—Aguante! -gritó. Aguante! gritó otra vez. – Jefe, tengo la barriga asomada.
—Pero eso no importa, maestro -sonó la voz del periodista. Parecía divertido.

Sarmiento entrecerró otra vez sus ojos.

—No, nada de eso. Después dicen que Clímaco Sarmiento no tiene botones.

Se reacomodó en su pose de fusilado, improvisó un poco de desacostumbrada solemnidad, y después se oyó varias veces el click de la cámara. Volvió a arrugar la cara y se desabotonó la camisa sobre el pecho.

—Vamos pa’ dentro – dijo, y el periodista lo siguió, viendo cómo Sarmiento batía sus anchos pantalones de montar caballo o desgracia.
Maestro, y usted por qué se puso delante del plátano?

Sarmiento puso la mano derecha en el borde de la puerta, los pómulos se le ajustaron de repente en el asomo de la gracia, y se volvió suavemente, sonriendo.

—Ahí dio usted donde era – dijo porque el plátano es como uno, dulce y durón, y además gustador. ¿No cree usted?

Hoy muchos pueden hacer eso, según se ve en varias de las revistas consagradas a defender el periodismo narrativo. Pero hace 20 años los referentes eran más bien escasos, especialmente en la Cartagena de nosotros, carente de buenas librerías. Lo que predominaba era el estilo ortodoxo, el del “dijo”, “señaló”, “anotó” y “puntualizó”. Por eso, sin duda, su aporte en este sentido es más meritorio.

A menudo, García Usta empleaba las escenas en un contexto anecdótico. Tenía un ojo de lince para reconocer la situación divertida, graciosa, capaz de revelar el sentido cómico de la vida. Lo mejor es que iba más allá del simple chiste: usaba este recurso para mostrar las motivaciones más profundas de sus protagonistas y para contextualizar los ambientes que hacían posibles sus reacciones. Eso se aprecia en el siguiente pasaje del perfil Landeros, el rey de la cumbia.

En San Jacinto no tardó en regarse, como fuga de hija de rico, la fama de Landeros como virtuoso del acordeón, y en caer el rumor en los periódicos verbales de cantinas y billares, pero Landeros sabía que era una fama apresurada, inquietante. Sabía que le faltaba mucho, que no tardarían en probarlo – como era costumbre en la tradición musical del pueblo – y temía una decepción prematura.

La primera oportunidad para examinar, en público, su destreza inicial llegó cuando Vicente Fernández, un comerciante del mercado público, alegrón y echado para adelante, lo repechó en una esquina de la plaza y lo convidó al mercado.

—Los matarifes te esperan – le dijo, aparentemente sin otra intención. Pero Landeros sabía que la mansa invitación encubría un desafío.

Fernández agregó:

—Sabemos que eres un diablo con ese aparato.

Landeros se sintió sin aire, pero el otro hombre aparentó no advertir la incomodidad de su alma.

—¿Qué es la vaina? Sabes o no sabes?
No es para tanto, Vicentino – respondió Landeros. Yo medio sé.
¿Qué tanto sabes?

Landeros creyó encontrar una salida fácil.

—Bueno, así como para alegrar borrachos.

El rostro de Fernández se iluminó.

—Ay, mi madre, Andresito, si eso es lo que necesitamos.

Los matarifes, algo ebrios, lo repararon al llegar, ceñudos, expectantes. Habían acabado las artes de la matanza y en el piso había sanguaza fresca, restos de tripas. Era un debut inesperado. (Uno de ellos, recuerda Landeros, dijo: “ándala, si el muchacho es hasta serio”).

Con los nervios enlazados en una sonrisa helada, Landeros se abrió paso para posesionarse del espacio donde tocaría. Abrió el cuerpo del acordeón, se encomendó a sus gracias y tocó las seis canciones que se sabía, variando el orden de repetición. Una hora después, los matarifes entusiasmados le jondeaban elogios celestes y lo incorporaban a la rueda de la bebezón.

En tres horas de música, Landeros se ganó 12 pesos, una suma de dinero que apenas podía ganarse en cinco días de duro trabajo de monte. Rosalba Landeros notó su orgullo guapachoso cuando volvió a su casa y le preguntó qué le pasaba. “Me voy pa’ la música, mamá”, dijo Landeros, y en seguida se dirigió a su hermano: “ahí te dejo las maticas de tabaco”.

Él nos enseñó que recrear una escena no es perder el tiempo sino ganarlo. Que la escena añade belleza pero también credibilidad, porque convierte al periodismo en una representación de la vida. Aquí ya no se trata solamente de dar la información básica, sino también los elementos esenciales del entorno. Eso, finalmente, es contar la realidad más allá de las cifras. Varias de las escenas escritas por Jorge, especialmente en el libro Diez juglares en su patio, son memorables. Y muy útiles, porque nos permiten ver a los personajes en su verdadera dimensión humana, medir su dolor y su gracia. Cuando Toño Fernández les echa maíz a las gallinas mientras evoca sus pesares, o cuando Clímaco Sarmiento, solo y resentido, mira con recelo a los chicos que juegan fútbol frente a su casa, uno entiende por fin lo que quiso decir Flaubert cuando advirtió que “en los detalles está la verdad”.

El tramo final del reportaje Toño Fernández, un hombre que era más que todo el mundo, aparte de ser uno de los mejores momentos del periodismo narrativo colombiano, contiene una carga emotiva que sobrecoge al lector. Uno se enfrenta a ese pasaje con una mezcla de júbilo – por la belleza del texto – y tristeza por la inmensa soledad de las criaturas que intervienen en la acción -. Durante muchos años, nuestro medio cultural magnificó la gira de Los Gaiteros de San Jacinto por Europa y Asia. García Usta desmitifica esa aventura con el recurso simple pero efectivo de hurgar en las penurias domésticas de uno de sus protagonistas. Y cómo lo hace? Con una escena inolvidable:

En vísperas del almuerzo, Fernández, descamisado y obstinado, indaga por la comida con varios ruidos estripados, hasta que lo tranquiliza su mujer, que es la única que reconoce todos esos sonidos descalabrados en que ha concluido su voz de mando. En vez de hablar, Fernández se acompaña de gesticulaciones muy veloces, de unos ojos que siguen irradiando un fulgor autoritario y un abundante recelo. Su mujer, Encarnación, oye sus relatos sin levantar la vista de la máquina donde cose vestidos. Durante días lo oyó hablar sin interrumpirlo.

Solo una vez lo hizo.

Nos quedamos los tres en la casa, pues había comenzado a caer una tempestad arrasadora que quería destrozar los canales de desagüe. El patio estaba iluminado por los relámpagos, pero Fernández, impasible, seguía comiendo su almuerzo con una cuchara, y las migas de comida las hacía bolitas antes de tirárselas a los animales: el perro y las gallinas, los patos y los cerdos.

—Pruchi, je, hay para todos – les dijo.

Luego mencionó algo confuso sobre la lluvia y el hombre, y dijo que en Europa no llueve como aquí. Su mujer, Encarnación, dijo de repente:

—Todo el mundo habla de Europa, de los que se fueron a Europa, pero no de las que nos quedamos aquí.

Contó en seguida cómo, durante la famosa travesía a Europa, sus pequeños hijos salían a vender bollos por las calles para ganarse la vida y mantener la honra de la casa, en medio de la espera angustiosa que duró años; cómo no recibían una sola línea de carta en un pueblo que tampoco preguntaba por ellos y comenzaba a considerarlas viudas; recordó que algunos amigos iban a darles noticias de ilusión sobre las aventuras de su marido y sus amigos en países remotos, con nieve y trenes, donde eran aplaudidos y famosos. Y recordó el día que Toño apareció por la casa, sin rastros de aquel triunfo tan lejano, y más que un hombre triunfante le pareció un machetero más que volvía a su casa, cansado, al atardecer. Pero era el final de aquellos que a las mujeres de los gaiteros les pareció un bullanguero pero peligroso disparate.

Encarnación asumió esa soledad sin hombre como otra imposición del destino y su amor siguió igual, abastecido por las costumbres de la lealtad. A lo que más de atrevió fue a desanimar a sus hijos de la música y a desdecir, en voz alta, de los gaiteros borrachos.

Oyéndola hablar ese día, Fernández se quedó callado en la silla. Dejó de hacer bolitas de comidas y los animales se dispersaron. De repente, soltó un pujido y comenzó a llorar, y los animales alborotados regresaron a sus pies para pedir más comida. Su mujer se puso en pie y fue hacia él.

—Ya, mijo, ya eso pasó, ya – dijo ella, mientras le sobaba la cabeza.

García Usta tenía un gran tino para elegir aquellas escenas que le permitieran explorar la vida de sus seres en un contexto individual que, al mismo tiempo, fuera global. La soledad tremenda de Toño Fernández es la soledad de todos los gaiteros: la de Juan Lara, por ejemplo, obligado por la pobreza a cambiar su propia casa por víveres, con el tendero de su barrio. O la de José Lara, que en su vejez vagaba sin rumbo fijo por las calles de Cartagena, bajo los soles más inclementes. Más de una vez le oí decir a Jorge que la poesía- necesaria para dignificar el periodismo – va más allá del lenguaje: es saber buscar lo grandioso de lo simple, lo sublime de lo cotidiano. Él hablaba – recuerdo – de una “poesía situacional”, que es aquella que subyace en las acciones más elementales de los hombres. Uno lee su obra y entonces comprende de qué manera aplicaba él este concepto. Por ejemplo, en el remate del perfil que sobre Abel Antonio Villa, escribió en la revista Solar:

Abel Antonio va a empezar la parranda, pero se detiene y alza la vista. Con la botella de whisky en la mano, se recompone en la silla. Cada vez que va a iniciar una parranda, hace una especie de juramento y evocación de los músicos vivos y muertos que respeta y quiere, de todos esos hombres con los que ha compartido una alegría, una tristeza, un destino.

 Va dejando caer un chorrito de whisky sobre el piso, después de cada nombre:

 —Por Luis Enrique dice, y deja caer un chorrito.
Por Alejo dice, y deja caer otro.
Por Juancho Polo, por Pacho Rada, por Lorenzo Morales…

Concluye la ceremonia y mira a los bebedores impacientes que lo miran también a él, esperando la orden de partida.

—Ya podemos empezar dice Abel Antonio -. Ahora sí estamos todos reunidos.

Gracias a su pericia en la concatenación de las escenas y a su habilidad para explorar el paisaje interior de sus personajes, García Usta nos dejó un periodismo narrativo universal y atemporal, dos virtudes poco frecuentes.

Tite Curet Alonso, ese gran compositor puertorriqueño, utilizó la imagen de un “periódico de ayer” para cantarle a una mujer que ya no estaba vigente en su corazón. Jorge Luis Borges coincidió con él cuando advirtió que en el mundo no hay nada más nuevo que el periódico de hoy, ni nada más viejo que ese mismo periódico al día siguiente. Pues, bien: el periodismo de Jorge García Usta no es un periódico de ayer, porque no fue escrito para el olvido sino para el recuerdo. Es memoria viva de la cultura a la cual se sentía ligado, testimonio de la época que le tocó en suerte.

Jorge García Usta tenía un feroz sentido de pertenencia a sus raíces. Así, el periodismo narrativo le sirvió también para exaltar la cultura popular, excluida durante largos años de la agenda informativa de nuestros medios. Lo mismo podía narrar la historia de un pescador de Ararca que la de un locutor de boxeo, la de un agricultor cordobés que la de una matrona sincelejana. Muchos de los excelentes periodistas que coincidieron con él en la época de El Universal como Gustavo Tatis, Alberto Martínez y Elsa Mogollón, entre otros – aún recuerdan su legado, muy útil a la hora de valorar nuestro patrimonio cultural.

***

El llamado periodismo investigativo y de denuncia fue otra de sus obsesiones. Esa inclinación se debía, en parte, a su carácter de hombre necio al que le gustaba ir más allá de lo evidente. Como además era desconfiado por naturaleza, siempre hundía el dedo en la torta para asegurarse de que no tuviera por dentro ninguna tachuela peligrosa.

Me consta que Jorge era, en esencia, un tipo porfiado, discutidor. Con la misma exaltación con que defendía a un periodista olvidado como Clemente Manuel Zabala, podía criticar después a un compositor consagrado como Rafael Escalona. En cualquier caso, se cuidaba de buscar los argumentos necesarios para sustentar sus puntos de vista. He aquí, a propósito, una muestra de la andanada que soltó contra Escalona:

Cuando en 1982, en medio de los esplendores de la entrega del Premio Nobel, el compositor, Rafael Escalona dijo que él le había dado de comer al entonces famoso novelista García Márquez cuando éste era pobre, la imagen de Escalona como compositor pueblerino, sabroso y campechano, y su imagen de costeño leal, comenzaron a erosionarse. Ya estaba, por entonces, erosionada en ciertos ambientes de compositores y en sectores de Valledupar, donde la imagen del Escalona compositor y del Escalona hombre, eran percibidas como dos caras de una misma moneda: la del poder social y la egolatría desenfrenada, que producidos por los orígenes humanos y los cambios sociales, se trasladan a la utilización de la música.

En el código costeño de la amistad, un hombre que es capaz de recordarle en público o en privado a otro hombre, sea o no su amigo, que le dio un plato de comida, produce la peor impresión y recibe los peores calificativos. Algunos campesinos dicen que para decir cosas así “se necesita tener el alma contrahecha”.

Era, qué duda cabe, parte de su naturaleza. Por un lado, le gustaba investigar, irse hasta el fondo. Y por el otro, señalar lo turbio. No solo cuando opinaba sino también cuando narraba, le daba rienda suelta a ese ser aguafiestas que lo habitaba.

A mí, francamente, se me antojaban excesivas algunas de sus polémicas, como esa que planteó para documentar la tesis de que García Márquez aprendió a escribir en Cartagena y no en Barranquilla. Me temo que García Márquez aprendió a escribir en ambos lugares pero, en el fondo, no aprendió del todo en ninguno de los dos. Me temo que, a la hora de la verdad, agarró de cada ciudad lo que le servía para su maleta de trotamundos, y luego siguió su viaje por otros sitios, tomando en cada caso lo que creía necesario para llegar al destino final. A mí me parece que Jorge se exasperó demasiado con este asunto y que magnificó la influencia de Rojas Herazo en la obra de García Márquez. Sin embargo, es evidente que investigó de manera seria, y es evidente que dijo algunas verdades que con el tiempo van a crecer aún más.

Esa tendencia a la polémica está presente en la obra periodística de Jorge, no solo en las columnas de opinión que publicaba en El Periódico de Cartagena con el título de La raya en el agua, sino también en sus reportajes. Con frecuencia, salpicaba sus narraciones con apuntes editorializantes. En el ya citado relato sobre Clímaco Sarmiento hay ciertos dardos contra el compositor Rafael Escalona – en aquel entonces directivo de Sayco – por haberle incumplido a Sarmiento la promesa de una pensión vitalicia. Y aquí hay otro ejemplo de sus sátiras, tomado de una crónica que publicó en la revista Solar sobre el comentarista deportivo Melanio Porto Ariza:

A sus 74 años, Melanio Porto Ariza parece no esperar nada de Cartagena, esa ciudad que tuvo murallas hechas por negros y después se asustó con la crónica deportiva hecha por los mestizos.

Ahora bien: con polémicas o sin ellas, lo cierto es que Jorge García Usta era un investigador nato. Jamás se conformaba con la voz única del personaje principal, jamás hacía periodismo con una sola fuente, así se tratara del mismísimo Jesucristo. Escarbaba montones de periódicos, se sumergía durante horas en las bibliotecas, oía muchas voces, gastaba sin remordimiento la suela de sus zapatos. Sabía, sin duda, que el buen periodismo es aquel que se construye con base en muchas miradas diversas, con base en una exploración plural. Los archivos históricos, por cierto, eran una de sus grandes pasiones. Allí encontraba los elementos necesarios para contextualizar los hechos que contaba, para abarcarlos en una perspectiva mucho más amplia. Y, por supuesto, para continuar la polémica. A menudo, estas fuentes bibliográficas le servían como punto de partida para armar formidables crónicas sobre sucesos viejos. Una vez, por ejemplo, elaboró un relato divertido sobre el tiempo en que García Márquez – pobre e indocumentado – escribía discursos para coronar reinas populares. En otra ocasión evocó la visita que la diva argentina Isabel Sarli hizo a Cartagena durante el Festival de Cine de 1968, cuando “sus admiradores quedaron perplejos por el tamaño y el ímpetu de su escote” y la sometieron a un acoso que “le produjo varios morados en las piernas”.

Volviendo al punto de partida, el del periodismo investigativo y de denuncia, debo decir que Jorge García Usta con su madre, Nevija Usta, persona clave en su formación y en su obra ejercía el oficio con una notable conciencia social. Ya sé que esa frase, en estos tiempos, puede sonar como una antigualla sospechosa. Pero puedo dar fe de que su actitud era genuina. A veces, a la hora del almuerzo, su casa de la calle Don Sancho se convertía en una Torre de Babel: uno llegaba sin que nadie lo invitara, y allí se encontraba con edil de la Boquilla, un bibliotecario de La Puntilla, un poeta enorme como Rómulo Bustos, un economista como Alberto Abello o un decimero de abarcas rotas. La Cartagena de entonces era todavía feudal: yo escuché a algunos dirigentes diciendo que la ciudad se deterioró en el momento en que los españoles se fueron. Tenían nostalgia del látigo, querían seguir construyendo murallas de piedra y castillos coloniales. Un día despertaron del sueño y descubrieron que lo que ellos llamaban coloquialmente “Corralito de piedra” se les había convertido en un caos de mototaxis, contaminación, corrupción y congestión vial. Jorge anticipó muchos de esos problemas, lo cual le costó el puesto en El Universal, porque aquella ciudad era absolutamente excluyente e intolerante con la crítica. Envilecida por el turismo, por la necesidad de atraer gente a cualquier precio, vivía una mentira terrible que después terminaría creyéndose. Recuerdo que a veces las calles de Manga amanecían alfombradas de peces muertos, por la contaminación de la Bahía de Cartagena, y pese a una evidencia monstruosa como ésa, en el periódico local no salía nada. O a veces salía, pero minimizado en las páginas interiores, como tratando de que la noticia fuera invisible. Yo mismo fui víctima de semejante mentalidad castradora una vez que publiqué una crónica sobre un niño de Mariangola, Cesar, al que por equivocación le transfundieron sangre contaminada de SIDA en la Clínica Napoleón Franco Pareja. Un “notable” de la ciudad pidió mi cabeza. Y el político Joaquín Franco Burgos escribió en la página editorial del periódico un comentario en el cual se mostraba extrañado de que se le hiciera tanta bulla a la calamidad de un niño que ni siquiera era cartagenero. Y hasta se preguntaba si acaso la gente del Cesar compraba la lotería de Bolívar.

Hoy, por fortuna, han surgido nuevos canales de información, como las revistas Aguaita yNoventaynueve, y ya la otra ciudad puede, por lo menos, expresarse, pues no existe ese unanimismo que nos tocó a nosotros. Creo, sinceramente, que esa conquista se le debe en gran parte a Jorge, ya que él siempre luchó contra la corriente. Ejerció un tipo de periodismo con conciencia política y social, fundó medios alternativos, levantó la voz sin miedo.

Yo, que siempre he sido más apático en estos temas, a veces no compartía sus furores. Para molestarlo, le decía que a mí me gustaba que el pez grande devorara al chico, que el lobo se comiera a Caperucita Roja, que a la lechera se le cayera el cántaro y que al final, para festejar tanto desastre, nos comiéramos en un sancocho a la gallina de los huevos de oro. Le decía que este mundo estaba jodido desde antes de que nosotros naciéramos, y nada podríamos hacer para enderezarlo. El me miraba con sorna, callaba. Una noche vio, nítida, la oportunidad de desquitarse, y la aprovechó con la misma sevicia que empleó el día que nos conocimos. Estábamos en el Muelle de los Pegasos dándonos un banquete, cuando de pronto llegó un indigente, me raponeó el jugo de níspero y se fue corriendo. Quise perseguirlo, pero la voz de Jorge me detuvo en seco.

—Aja, maestro -exclamó, mirándome con malicia -: a usted le gusta que el lobo se coma a Caperucita, pero se pone bravo si un gamín le roba su jugo. ¿Cómo es esa vaina?

Después me dio una palmada conmiserativa en el hombro y me dijo que para evitar que nos arrebaten la comida, deberíamos averiguar de vez en cuando por qué hay tantos indigentes y cuáles son los problemas que ellos tienen. “Ese es el verdadero reto del periodismo”, remató, esta vez con el rostro grave.

También en el periodismo de denuncia Jorge nos dejó lecciones valiosas. Para empezar, de equilibrio, de sensatez. Tenía prejuicios, como la mayor parte de los seres humanos, pero sabía mantenerlos a raya cuando investigaba una situación turbia. Buscaba muchas voces, confrontaba puntos de vista, les daba a los personajes cuestionados – así fueran los bribones más repugnantes – la oportunidad de defenderse.

Cualquiera que busque sus investigaciones sobre la contaminación de la Bahía de Cartagena o sobre la deforestación de la Popa, comprobará la pulcritud con la cual contrastaba sus fuentes.

García Usta siempre ejerció el periodismo con dignidad. Y esa dignidad le impedía arrodillarse, mendigar, prestarse para que lo manosearan. A él lo sacaba de quicio el argumento de que los malos sueldos justifican untarse las manos con la podredumbre de un soborno. Como era furiosamente independiente, prefería enredarse en varios trabajos simultáneos y sudar mucho para ganarse el pan de manera decente, como le enseñaron sus mayores. Sin embargo, no alardeaba de ese don, que a mí me parece aleccionador.

Pese a ser sicorígido, como yo, usaba con frecuencia el recurso de la burla, en especial si era contra el prójimo. Sabía reírse de sí mismo, pero eso sí: por

nada del mundo permitía que los demás se rieran de él. Eso, de alguna manera, impedía que su sentido del humor fuera intachable. Sin embargo, sus apuntes eran tan explosivos como geniales. Tuve el privilegio de ser testigo de varios de ellos. Y ahora, para cerrar mi breve aproximación a su obra y a su personalidad, he elegido uno en el que aparece como quisiera recordarlo siempre. Por los días en que salió al mercado la primera edición de Diez juglares en su patio, que escribimos juntos, yo solía enfurecerme cuando veía en los medios reseñas triviales, de esas que apenas informan cuántas páginas tiene el libro, cuánto vale y dónde se consigue, pero no arriesgan un juicio crítico sobre su concepción. Jorge, que ya estaba curtido en el tema, porque había publicado varios libros, me miraba con sorna, como siempre, y callaba. Un domingo, recuerdo, un diario de publicación nacional publicó una foto enorme de la portada de Diez juglares en su patio, encima de unos breves piropos que a todas luces parecían gratuitos, pues era evidente que el autor no sabía por dónde le entraba el agua al coco. Ese día, viendo mi enojo, Jorge no se quedó callado como las veces anteriores, sino que soltó un gracejo sublime:

—Carajo, blanco – me dijo -: usted sí es el hombrecito inconforme! Resulta que el tipo nos elogia, y usted quiere que además se lea el libro!

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comentarios
  1. Andrea dice:

    Hombre generoso y brillante, Jorge García Usta. Como siempre, un placer leer a Alberto Salcedo.

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