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Misrata calling (XXIV)

Publicado: 6 octubre 2013 en Alberto Arce
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A fuerza de repetición, los personajes y la obra se van consolidando cada día, hasta el punto de que los combatientes de la barricada nos saludan por nuestro nombre. Este frente luce hoy mejor organizado que el día anterior, con más hombres y más armas, más esquinas en las que ocultarse y más vehículos con artillería casera. Continúan cayendo morteros de vez en cuando, pero la dinámica ya no es la del chaparrón de muerte que nos recibió ayer. De alguna manera, ha dejado de parecerse a una ratonera para transformarse en un corral de gallinas cluecas abierto al patio por el que los rebeldes se pasean luciendo sus armas. Un extraño lugar desde donde seguir avanzando.

Gran parte de lo que vemos son escenas en moviola acelerada, como todo lo que se repite con una cierta frecuencia dentro de esta anomalía.

Para preparar el avance lo primero es asegurar cobertura colocando una línea de morteros y RPG con los que comenzar a hacer ruido y distraer al enemigo. Es una forma de decir: “Estamos aquí, despertad”. La mitad fallan, describiendo una parábola de apenas unos metros y explotando delante de nosotros. Sorprende ver las pocas bajas que provoca el caos amigo. A nuestras espaldas podemos ver las pick-up con su ruidosa artillería preparadas para avanzar por la carretera, y lanzar el mensaje de que “vamos a por vosotros”. En esta fase se suman al arsenal uno de esos incatalogables biberones lanzamisiles que tanto juego le dan a la foto y tan poco a las posibilidades de victoria. Fuego y ruido acompasado, de ida y vuelta. Disparan desde aquí y se responde desde allí hasta media mañana.

Pero el movimiento real sobre el terreno es mucho más sutil y discreto que la parafernalia artillera. No sé si efectivo. Es una conquista minuciosa del terreno, metro a metro.

El ataque lo lleva a cabo la infantería, por llamarla de alguna manera. Se trata de un centenar de hombres que avanzan sigilosamente por los laterales, campo a través, en maniobra de emboscada envolvente, mientras el ruido y el fuego pesado ataca y distrae a los soldados del ejército gadafista por el centro. Todo un alarde de estrategia. Son ellos los que, si llegan, plantearán el combate cuerpo a cuerpo y tomarán la posición.

Alguien, el más decidido quizás, se levanta y comienza a discutir con sus compañeros. No se trata de demostrar coordinación ni de convencer con argumentos irrefutables, sino de ser el primero, tarea fácil en medio de la ansiedad reinante. Cualquiera podría hacerlo. Antes de que termine de discutirse el plan de ataque, varios jóvenes se ponen en pie y preparan sus armas.

Sin tiempo para desarrollar teorías sobre el miedo ni terminar las oraciones, escondidos los motivos reales de lo que sucede tras el grito persistente que interpela a la protección de Dios o el trance protector que quizás busca provocar, varias decenas de rebeldes ya se han lanzado entre pinos y olivos a la ofensiva.

En la primera parada un hombre maduro tocado con gafas Rayban asume el liderazgo. Por algún motivo, aunque sólo sea la situación de tapón sin salida en la que se encuentran o por su voz grave y autoritaria, se le escucha, aunque no se le obedezca.

El improvisado jefe de la operación, el hombre de las Ray Ban y la voz autoritaria, discute con otro joven combatiente que quiere salir a buscar a sus compañeros. Una ráfaga demasiado cercana desaconseja la acción, pero varios metros más allá y sin pedir permiso –nadie podría dárselo ni negárselo–, dos chicos se han ido por su cuenta para otear el terreno y recopilar esa información que habría sido mucho más útil tener antes de comenzar el ataque.

La espera se hace eterna. Mientras unos fuman en silencio, los combatientes que comenzaron la jornada rezando, continúan sintonizando a Dios. La mayoría se conforma con quedarse tirado en el suelo con la mirada perdida en el infinito, sin ofender a los que rezan, pero confiando más en la protección física de la tierra que en la espiritual de su Dios.

La munición siempre escasea, tanto en retaguardia como en primera línea del frente. Cuando llega una caja con proyectiles, el reparto se realiza en función de la rapidez con la que los combatientes se abalanzan sobre lo que se reparte. Con algo más de munición en los bolsillos de algunos milicianos, salimos de nuevo a la carrera a través de un paisaje confuso formado por árboles y montículos de tierra que separan las fincas. De vez en cuando hay que atravesar campos de cultivo y olivares, que ofrecen mejor paisaje pero peor protección.

Las granjas, abandonadas primero por sus habitantes y posteriormente por los soldados del ejército que las ocuparon y saquearon, con sus campos de cultivo quemados, son un serio obstáculo. El hedor a animales muertos, las habitaciones vacías y los pasillos llenos de objetos amontonados, crean un ambiente apocalíptico. Tras asegurar que cada edificio no esconde bombas o soldados rezagados, se repite siempre la misma escena. Agruparse, beber agua y esperar a que los valientes se arrastren solos hacia la nada y avisen al grupo para que les siga.

En uno de los descansos, mientras comparten platos de macarrones que acaban de llegar, fríos, en una pick-up que sigue sus carreras, Mohammed Abdelhamed, de 18 años, nacido en Leeds, Reino Unido, estudiante de ingeniería hasta el mes de febrero y responsable de un RPG en el mes de mayo, hace recuento. “Llevamos cinco días avanzando de la misma manera, en pequeños grupos y campo a través, para encerrarlos y sorprenderlos. El único problema que tenemos ahora es que sabemos que tienen a familias como rehenes y las utilizan para protegerse. Eso nos frena bastante”. No hemos visto a ninguna familia, pero como excusa suena bien. Mohammed tartamudea al hablar y le bailan los ojos. Probablemente no se da cuenta y se negase a reconocerlo si alguien se lo propusiese, pero necesita dormir.

Tras los campos planos, llega la colina, ese obstáculo final que impide tener la más remota idea de lo que espera detrás. Hay que ascenderla a ciegas, refugiándose entre los olivos que trenzan la pendiente y deteniéndose en el suelo justo antes de su cima para no regalar un blanco fácil. Al otro lado se oye música árabe moderna que pinchan a todo volumen los leales a Gadafi para motivarse y escapar, aunque sea por un rato, de la guerra.

Cuando se acaba la cobertura del fuego amigo, hay que lanzarse cuesta abajo y sin protección atravesando un paisaje de árboles quebrados por la artillería. Ibrahim, que espera a mi derecha, no lleva ametralladora, pero sí un gran cuchillo de bayoneta. “Mi hermano y yo solo tenemos un arma y lo compartimos. El cuchillo para uno y el fusil para el otro”. Muchas veces, la única manera de conseguir un arma es avanzar en primera línea y esperar a que alguna se quede sin dueño. Son armas que pasan de cadáver en cadáver sin oponer resistencia ni venderse a 3000 dólares, precio de mercado del Kalashnikov en Misrata.

Antes de la carrera final y con el enemigo ya a tiro de oído, las charlas se olvidan de la estrategia y entran en el terreno de la fabulación, que es el mejor método para matar el tiempo y calmar los nervios. La música traída por el viento les sirve para convencerse de su superioridad. Y convencerme a mí de paso. “Están borrachos. Los soldados beben porque nos tienen miedo. Cuando les hagamos prisioneros te hablarán en español en inglés y en francés por la borrachera que llevan encima. ¿Español, tú eres español, verdad?, ¿eres del Madrid o del Barcelona?”.

No tengo tiempo a responder. Pero hago un inciso. No me gusta el fútbol. No he sido capaz de ver un partido entero en mi vida. Y eso les parece aún más extraño a los rebeldes libios que la música que comparto con ellos a través de un auricular. “Dejan los tambores de sonar, y un gong anuncia la retirada…” He decidido que cada vez que alguien me pregunte si soy del Madrid o del Barça le preguntaré por su canción favorita de Nacho Vegas o les pondré a tope esa de La Buena Vida que dice “Cada día trato de acertar por dónde saldrás,
eso es tanto como adivinar qué nos va a pasar”.
 Lo hice en Kabul y resultó, se rieron de mí y dejaron de preguntar. Aquí, en Misrata, también. Sólo me falta domesticar a los taxistas guatemaltecos. Si exportamos algo, que al menos tenga valor.

La orden de ataque llega en forma de una mano que ondea y un silbido. Todos echan echado a correr y comienzan a disparar como saben, como buenamente han podido. A todas partes y a ninguna. Disparan con una mano. Disparan sin mirar. Disparan al aire. Disparan al suelo. Si no tienen más cuidado, los de la segunda fila, les dispararán a los de la primera por la espalda. O a mí, que me he quedado colgado y en medio de la feria. Se dispersan, pierden cualquier tipo de orden o formación. No tienen ni idea de dónde está el objetivo. Se desordenan. Se tiran al suelo. Dejan de disparar. Dejan de correr. Algunos dan la vuelta inmediatamente. Otros, los más valientes, siguen levantándose, siguen corriendo, siguen disparando. Contra un montículo de tierra que no pueden ni soñar con cruzar. Pero cada vez son menos. Pasan los minutos. Los de la primera fila se están quedando solos. Si de la posición inicial salieron casi 100 hombres, cuando llega la hora de verdad, cuento menos de una docena de hombres disparando.

El fuego de ametralladora con el que el enemigo se protege llegados a este punto, es imparable. Una barrera de fuego es lo que tiene -tenemos- por delante la docena de rebeldes coherentes que aún lo intentan. Sólo se puede progresar con el valor, inútil desde el punto de vista práctico, y que consiste en responder a la nada, disparar a ráfagas ciegas mientras se avanza. Es suicida y así se intenta. Pero ni con esas. En menos de dos minutos, todos están -estamos- con la cara apretada contra la tierra, incluso los coherentes y los valientes, sintiendo cómo las balas enemigas peinan la hierba y hacen temblar el suelo.

¿Todos?. No. Javier, que escribe, no necesita acercarse tanto – y no lo hace- Ricardo, que ya consiguió su foto del día, se ha ido corriendo a enviarla. Yo sí estoy tirado en el suelo, comiendo hierba, pero miro hacia arriba y Luc Delahaye, el cuarto compañero del metal en discordia, que siempre entran cuatro en un coche, el que dejó la Agencia Magnum para dedicarse al arte y olvidar el fotoperiodismo, está ahí en medio, firme, con su cámara extraña, de gran formato, a cuerpo descubierto, con la camisa abierta y un cigarro en la boca, sacando fotos. Firme. Inmóvil. Como si fuera un superhéroe con escudo protector invisible. O como si realmente todo aquello no fuera con él. Nunca alcanzaré a comprenderlo. Luc dice que si se sacan estas fotos de los diarios y se cuelgan en los museos se convierten en arte. Me parecía una inmensa chorrada de alguien que sólo quiere hacer dinero hasta que le vi con el cigarro en la boca, la camisa moviéndose con el viento y a contraluz -si tú estás en el suelo y él de pie, el contraluz es obligatorio- en medio de ese tiroteo. Si además, cuando todo acaba, sale entero, le preguntas ¿qué tal la foto? y te contesta con un “hoy tampoco ha merecido la pena” tan seco y hierático que no admite repregunta ni matiz, te crees lo del arte.

Esperando pasa siempre menos tiempo del que parece. Esperar y aguantar la respiración, casi sin fuerzas ya para mirarse, clavarle los ojos al vecino de escondite y que te ayude a buscarle una salida a esta situación. Algunos rezan todavía. Ahora sí, con justificación, no como antes. La siguiente bala puede entrar por cualquiera de las esquinas del cuerpo. Los has visto saltar delante de ti cuando reciben el balazo. El sonido es seco, el movimiento, rápido, y el grito tarda varios segundos en llegar. El herido se mira para identificar por dónde ha entrado y, como acto reflejo, taparse la herida con la mano. Imagino que el dolor ofusca aún más que el miedo y tratas de imaginar de dónde vienen poniendo tu atención en algo que disminuya el pánico. Te arrastras, revuelves y encoges sobre ti mismo para que las placas de cerámica que solo tú llevas te cubran. Orientas la cabeza de modo que sea el casco quien reciba lo que pueda llegarle a la cabeza. En ese momento es imposible pensar que a ti no te va a pasar.

Saco del chaleco antibalas una foto de mi hija y la miro. Sarah nunca me dijo que me había encajado fotos de Selma con cuatro meses en los huecos del chaleco. Así es como voy a esperar a que pase algo. La mejor escapatoria del miedo, es el masoquismo y la culpa. Pienso que no debería estar aquí, sino en casa con ella. Si me pasara algo no tendría porque entender esta estupidez. Ni ahora ni dentro de veinte años. Eso sí, no dejo de grabar ni de buscar el plano mientras pienso en estas cosas. Por un minuto de imágenes espectaculares que muestran -desde el suelo- como nos disparan, cobraré lo que cuesta el alquiler de un mes.

Me siento un padre muy irresponsable. Si no volviera a casa les jodería la vida a mi mujer y a mi hija, que crecería sin ningún recuerdo de mi. Intentar justificar todo esto con lo de pagar el alquiler no cuela. Es de una demagogia obscena. Hay decenas de modos más seguros de conseguir dinero. La única explicación creíble a por qué uno acaba tirado a tierra mientras le disparan dejando a su bebé recién nacido en casa es la de la pura adicción, mórbida, a la adrenalina.

Ideas, todas, contradictorias con la responsabilidad que se le supone a quien es padre. Uno también fuma compulsivamente y sabe que está mal. Son cosas de las que cuesta quitarse. Pero si necesitas inflarte el ego y estos excesos te curan, un poquito, ese complejo de inferioridad en el que fuiste educado y esas mollejas que te daban los de tercero de BUP cuando estabas en octavo de EGB, bienvenidas sean las guerras que cubres como periodista.

Sin más palabras que gastar, cerramos el paréntesis.

Por imitación -es lo que han hecho los combatientes que me rodean- la única opción a esa muralla que ha construido frente a nosotros una ametralladora de 14.5 mm es levantarse y dar media vuelta.

Cinco horas para avanzar menos de dos kilómetros. Cinco minutos para desandarlo todo pensando sólo en cómo sobrevivir. Uno de los coherentes acaba de pasar a mi lado corriendo. Y luego otro. Y otro. Y otro. No puedo quedarme el último. Ni solo. Ni descolgado. No sé cómo levantarme pero si siguen pasando de zancada en zancada sobre mí, me quedaré solo. El valor ni se conoce ni se tiene. Surge por imitación y falta de alternativas. Hay que elegir el momento para salir de aquí con las balas viniendo por la espalda, brindado a la suerte, apurando ese demarraje desesperado que justifica toda una vida.

La carrera ha llegado hasta detrás de unos arbustos. Ya no estoy solo. Ahora somos unos cuantos. Cogiendo aire. Las balas sólo han tocado a uno, en el brazo. Lo suyo no es grave. Es milagroso que no hayan herido a nadie más. Físicamente. Porque la moral sí que ha caído. La amistad y la confianza aún más. Soheib, que ha vaciado sus cargadores delante de mí, llega escupiendo por la boca. Grita tanto que escupe saliva a buena distancia, reventándose la garganta a reproches.

“Me habéis dejado solo. Me he quedado solo y sin balas. He mirado hacia atrás y no estabais, habíais dado la vuelta. Éramos muy pocos allí, podían habernos matado a todos. Os lo pido por favor, os lo pido por Allah, no podéis volver a hacer eso. Me habéis dejado solo”. Comienza la bronca.

“¿Pero qué dices?. Todos hemos vaciado los cargadores. Todos hemos hecho lo que hemos podido. ¿Tú quien eres para llamarme cobarde?” Le espetan. Se gritan si pausa. Son adolescentes jugando a la guerra sin colchón. Improvisándola. “Deja de grabar. Apaga la cámara, Alberto. Esto no”.

Respeto. Me pierdo lo mejor, lo que realmente aporta. Mejor aún, en realidad yo no me lo pierdo. Se lo pierden los que no están aquí y sólo podrían llegar a oler la guerra a través de la cámara que ahora los rebeldes no me dejan levantar. Los demás siempre se pierden lo mejor, que es lo que yo me llevo en la memoria y los protagonistas en su trauma. Cada vez que decenas de personas que se llaman izquierdistas, solidarios, internacionalistas y anti-imperialistas me insulten, dediquen entradas en sus blogs o acusen de profesar un nuevo credo, siempre desde la comodidad de sus casas, recordaré que lo que para ellos son mercenarios de la OTAN e integristas islámicos no eran más que una panda de adolescentes en chándal, sin balas ni entrenamiento que se echaban en cara no saber ni siquiera como rodear una colina. Con enemigos como estos, las fuerzas revolucionarias que algunos aún ven en los ejércitos libio o sirio, muy incompetentes tienen que ser para no ganar sus guerras.

Mientras seguimos corriendo de vuelta a casa, más bengalas incendiarias que arrojan fuego, humo y meten prisa en la huida, alimentando ese miedo a ser golpeado por la espalda que se tiene en cualquier retirada. Miedo del que se alarga un buen rato, el que dura la sensación de derrota, sostenida y acrecentada, ya sin palabras que la pinten, hasta el regreso a la barricada original, la que organiza el Coronel Silsi consolidando sus containers de arena.

El sol ya baja y la posición, hoy, no ha avanzado ni un metro. Eso sí, la comida llega, puntual, tras el día de trabajo. Pasta para celebrar que nos hemos ganado el jornal. Cenamos todos juntos, sentados alrededor de la misma olla en esa postura imposible de talones pegados, brazos rodeando las piernas y culo rozando el suelo pero sin tocarlo que nos están enseñando a sentir cómoda. A la media hora nos hemos olvidado de todo.

Los macarrones con un poco de carne, tomate y ese toque picante están deliciosos y se puede repetir.

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