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Lo conocí una tarde de noviembre de 1985 y me cayó como una patada en el estómago. Él estaba en su escritorio del periódico El Universal, en la vieja sede de la Calle San Juan de Dios.

A mis dulces 22 años, no entendía cómo había gente que podía escribir en medio de aquella atmósfera tan estridente. Un redactor se levantaba de vez en cuando de su silla, para bailar porros con una pareja imaginaria. Su escritorio era un caos de papeles, montañas de libros y hasta ropa. Dos periodistas discutían sobre el Happy Lora. Otro, sobre política. Una redactora de cabello tinturado como por su enemiga, soltaba una perorata insufrible sobre las reinas del Concurso Nacional de Belleza. Al fondo se escuchaba el tableteo lluvioso de las viejas máquinas Remington.

Álvaro Anaya, el jefe de redacción, fue quien me lo presentó. El tipo ni siquiera levantó la cabeza, no me concedió la menor importancia. Sin dejar de mirar su cuartilla, extendió la mano derecha con desgano. Pero no dijo ni mu. Álvaro le informó que me había llevado hasta donde él porque yo quería conocerlo. Y se refirió a mí como el nuevo redactor, “un muchacho barranquillero”. Entonces, por fin, el hombre habló.

Erda, loco -dijo, remedando burlonamente el acento barranquillero-: ¡espero que tú seas por lo menos de los que usan medias!

Aún recuerdo que me quedé paralizado por el asombro. Pero si acaso pensaba que aquel había sido su dardo más inamistoso, estaba muy equivocado. A continuación, el tipo se dio la vuelta en su silla y me soltó otra descarga, esta vez mirándome de manera desafiante.

¿El gentilicio de ustedes es barranquilleros o barranquillosos?

***

Más allá de su desdén, hubo otros detalles que me llamaron la atención en aquel primer encuentro: por ejemplo, el hecho de que él se mantuviera al margen de las distintas tertulias de los redactores. No leía en voz alta cada párrafo que iba escribiendo, ni preguntaba a los gritos si Venancio se escribe con “c” o con “s”, ni gastaba saliva criticando la manera de vestir de la esposa del gobernador. Lo suyo era pegar una palabra detrás de la otra con una disciplina silenciosa. Se notaba a leguas que el oficio era para él un asunto muy serio. Escribía sentado a horcajadas, con las piernas a ambos lados de la silla, como si estuviera domando un potro muy brioso.

Ahí, en ese primer encuentro, estaba pintado Jorge García Usta: su sentido del trabajo, su ironía corrosiva, su manera de enconcharse para que no lo alcanzara cualquier persona sino solamente aquellas que a él le interesaran. Jamás se entregaba en la primera, ni en la segunda, ni en la tercera ocasión. Eso lo inhabilitaba para el protocolo, pero lo predisponía para la amistad. Como no estaba en el plan de hacerse el simpático con todo el mundo, resultaba difícil llegar a él. Era especialmente arisco frente a los seres extraños, sobre todo si se le acercaban con maneras empalagosas. Pero una vez entraba en confianza, una vez comprobaba que el intruso, después de todo, no representaba ningún peligro, se quitaba la máscara de la antipatía y abría todas las puertas y ventanas. Entonces era el mejor amigo, el mejor hermano. Lo arropaba a uno con afecto, se transformaba en un viejo precoz dispuesto a salvar nuestras almas mundanas con sus consejos. Era paternal, incluso, con la gente de su misma edad. A pesar de llevarme apenas tres años, parecía haberse leído todos los libros de este mundo que valían la pena. Como además tenía vocación de pedagogo, cogía mis textos y los descuartizaba con un bolígrafo azul mordisqueado en la punta, y mientras hacía eso iba expresando en voz alta algunas reflexiones formidables sobre el uso del lenguaje. Me enseñó que la búsqueda de la palabra precisa no es un lujo exótico, como creen algunos reporteros cuadriculados o incultos, sino un deber. Y que el buen periodismo puede ser también una fuente de belleza estética.

***

La obra periodística de Jorge García Usta tiene, a mi modo de ver, tres vertientes principales, 1) El periodismo narrativo, 2) el periodismo investigativo y de denuncia, y 3) su trabajo como editor de revistas importantes, el cual le permitió, por un lado, ocuparse de su cultura y de su entorno, y, por el otro, formar un grupo de talentos jóvenes que hoy brillan con luz propia en Cartagena.

García Usta fue un exponente formidable del periodismo narrativo. Aparte de su habilidad literaria, tenía una gran formación teórica porque conocía a fondo el trabajo de los principales cultores del género en el mundo. Era dueño de una prosa cargada de imágenes sugerentes, dotada de ritmo, sensual, bella. Maniático del rigor, aconsejaba desconfiar de la inspiración. “Si ves que te sale muy fácil – sentenciaba – abre el ojo, porque algo debe estar fallando”. De modo que se autoflagelaba. Dudaba, rompía la cuartilla, empezaba de nuevo. Era, para decirlo con una idea de Sábato, un escritor auténtico, o sea, alguien a quien no solo conocemos por lo que escribe, sino también por lo que borra.

Siempre me impresionó su destreza en el difícil oficio de contar historias a través de escenas. Recreaba las atmósferas con vigor, captaba la psiquis de los personajes y tenía un olfato de tiburón para capturar la frase sentenciosa, inolvidable. Solo los maestros como él son capaces de encontrar el nervio principal de la historia en una simple escena. En sus manos este recurso no era un mero ornamento, sino una manera eficaz de revelar el carácter de sus personajes, y de acercar al lector a los hechos como si éstos ocurrieran frente a sus ojos. En su perfil Clímaco Sarmiento, la muerte del primer guerrero, García Usta apela a una curiosa escena inicial, con lo cual logra aproximarnos, de entrada, a la cálida intimidad del personaje. Y seducirnos de una vez por todas.

Clímaco Sarmiento entrecerró sus breves ojos de indio sabido, se levantó del sillón y se dirigió hacia la parte trasera de la casa, luego de advertirle al periodista:

—Si vamos a hacer la foto, que sea en el patio.

 Con sus resignados ojos zarcos, su última y definitiva mujer, Cristina Vega, lo vio atravesar el comedor con los lentos andares de su vejez, oyéndole decir:

Mire, aquí hay de todo. Es un patio bueno. Como en los pueblos. Donde uno ha estado haciéndose y se ha vuelto hombre.

Diez años atrás, Sarmiento, el autor de canciones populares inmortales como “Pie Pelúo” y “La vaca vieja”, era un hombre ágil, una especie de vaquero de pie ligero que igual tocaba en un gril selecto o se metía en los montes remotos a entusiasmar a los campesinos con los dones de su clarinete. Ahora, lenta, muy lentamente, miraba los peladeros del desolado patio de su casa en el barrio San Fernando, al suroriente de Cartagena. Al fin, avistó unas matas de plátano cuyas hojas estaban rayando por el acoso del verano y parecían refiladas por el cuchillo de un desocupado. “Es el tiempo”, explicó, misterioso, Clímaco, y en seguida las enmanojó para apartarlas de un manotazo amoroso, como quien agarra pelos de yegua.

Entonces -siempre mirándolo todo- se situó delante de las matas y miró hacia la cámara de fotografía con la resignación de un fusilado: los ojos extrañamente sosegados, las piernas tensas, el pecho combado por la respiración típica del asmático en receso.

En ese instante hizo rodar la mano derecha por la barriga, obedeciendo a un viejo hábito de charlador de río y halló en el camino dos ojales sin botones.

El encanto se deshizo.

—Aguante! -gritó. Aguante! gritó otra vez. – Jefe, tengo la barriga asomada.
—Pero eso no importa, maestro -sonó la voz del periodista. Parecía divertido.

Sarmiento entrecerró otra vez sus ojos.

—No, nada de eso. Después dicen que Clímaco Sarmiento no tiene botones.

Se reacomodó en su pose de fusilado, improvisó un poco de desacostumbrada solemnidad, y después se oyó varias veces el click de la cámara. Volvió a arrugar la cara y se desabotonó la camisa sobre el pecho.

—Vamos pa’ dentro – dijo, y el periodista lo siguió, viendo cómo Sarmiento batía sus anchos pantalones de montar caballo o desgracia.
Maestro, y usted por qué se puso delante del plátano?

Sarmiento puso la mano derecha en el borde de la puerta, los pómulos se le ajustaron de repente en el asomo de la gracia, y se volvió suavemente, sonriendo.

—Ahí dio usted donde era – dijo porque el plátano es como uno, dulce y durón, y además gustador. ¿No cree usted?

Hoy muchos pueden hacer eso, según se ve en varias de las revistas consagradas a defender el periodismo narrativo. Pero hace 20 años los referentes eran más bien escasos, especialmente en la Cartagena de nosotros, carente de buenas librerías. Lo que predominaba era el estilo ortodoxo, el del “dijo”, “señaló”, “anotó” y “puntualizó”. Por eso, sin duda, su aporte en este sentido es más meritorio.

A menudo, García Usta empleaba las escenas en un contexto anecdótico. Tenía un ojo de lince para reconocer la situación divertida, graciosa, capaz de revelar el sentido cómico de la vida. Lo mejor es que iba más allá del simple chiste: usaba este recurso para mostrar las motivaciones más profundas de sus protagonistas y para contextualizar los ambientes que hacían posibles sus reacciones. Eso se aprecia en el siguiente pasaje del perfil Landeros, el rey de la cumbia.

En San Jacinto no tardó en regarse, como fuga de hija de rico, la fama de Landeros como virtuoso del acordeón, y en caer el rumor en los periódicos verbales de cantinas y billares, pero Landeros sabía que era una fama apresurada, inquietante. Sabía que le faltaba mucho, que no tardarían en probarlo – como era costumbre en la tradición musical del pueblo – y temía una decepción prematura.

La primera oportunidad para examinar, en público, su destreza inicial llegó cuando Vicente Fernández, un comerciante del mercado público, alegrón y echado para adelante, lo repechó en una esquina de la plaza y lo convidó al mercado.

—Los matarifes te esperan – le dijo, aparentemente sin otra intención. Pero Landeros sabía que la mansa invitación encubría un desafío.

Fernández agregó:

—Sabemos que eres un diablo con ese aparato.

Landeros se sintió sin aire, pero el otro hombre aparentó no advertir la incomodidad de su alma.

—¿Qué es la vaina? Sabes o no sabes?
No es para tanto, Vicentino – respondió Landeros. Yo medio sé.
¿Qué tanto sabes?

Landeros creyó encontrar una salida fácil.

—Bueno, así como para alegrar borrachos.

El rostro de Fernández se iluminó.

—Ay, mi madre, Andresito, si eso es lo que necesitamos.

Los matarifes, algo ebrios, lo repararon al llegar, ceñudos, expectantes. Habían acabado las artes de la matanza y en el piso había sanguaza fresca, restos de tripas. Era un debut inesperado. (Uno de ellos, recuerda Landeros, dijo: “ándala, si el muchacho es hasta serio”).

Con los nervios enlazados en una sonrisa helada, Landeros se abrió paso para posesionarse del espacio donde tocaría. Abrió el cuerpo del acordeón, se encomendó a sus gracias y tocó las seis canciones que se sabía, variando el orden de repetición. Una hora después, los matarifes entusiasmados le jondeaban elogios celestes y lo incorporaban a la rueda de la bebezón.

En tres horas de música, Landeros se ganó 12 pesos, una suma de dinero que apenas podía ganarse en cinco días de duro trabajo de monte. Rosalba Landeros notó su orgullo guapachoso cuando volvió a su casa y le preguntó qué le pasaba. “Me voy pa’ la música, mamá”, dijo Landeros, y en seguida se dirigió a su hermano: “ahí te dejo las maticas de tabaco”.

Él nos enseñó que recrear una escena no es perder el tiempo sino ganarlo. Que la escena añade belleza pero también credibilidad, porque convierte al periodismo en una representación de la vida. Aquí ya no se trata solamente de dar la información básica, sino también los elementos esenciales del entorno. Eso, finalmente, es contar la realidad más allá de las cifras. Varias de las escenas escritas por Jorge, especialmente en el libro Diez juglares en su patio, son memorables. Y muy útiles, porque nos permiten ver a los personajes en su verdadera dimensión humana, medir su dolor y su gracia. Cuando Toño Fernández les echa maíz a las gallinas mientras evoca sus pesares, o cuando Clímaco Sarmiento, solo y resentido, mira con recelo a los chicos que juegan fútbol frente a su casa, uno entiende por fin lo que quiso decir Flaubert cuando advirtió que “en los detalles está la verdad”.

El tramo final del reportaje Toño Fernández, un hombre que era más que todo el mundo, aparte de ser uno de los mejores momentos del periodismo narrativo colombiano, contiene una carga emotiva que sobrecoge al lector. Uno se enfrenta a ese pasaje con una mezcla de júbilo – por la belleza del texto – y tristeza por la inmensa soledad de las criaturas que intervienen en la acción -. Durante muchos años, nuestro medio cultural magnificó la gira de Los Gaiteros de San Jacinto por Europa y Asia. García Usta desmitifica esa aventura con el recurso simple pero efectivo de hurgar en las penurias domésticas de uno de sus protagonistas. Y cómo lo hace? Con una escena inolvidable:

En vísperas del almuerzo, Fernández, descamisado y obstinado, indaga por la comida con varios ruidos estripados, hasta que lo tranquiliza su mujer, que es la única que reconoce todos esos sonidos descalabrados en que ha concluido su voz de mando. En vez de hablar, Fernández se acompaña de gesticulaciones muy veloces, de unos ojos que siguen irradiando un fulgor autoritario y un abundante recelo. Su mujer, Encarnación, oye sus relatos sin levantar la vista de la máquina donde cose vestidos. Durante días lo oyó hablar sin interrumpirlo.

Solo una vez lo hizo.

Nos quedamos los tres en la casa, pues había comenzado a caer una tempestad arrasadora que quería destrozar los canales de desagüe. El patio estaba iluminado por los relámpagos, pero Fernández, impasible, seguía comiendo su almuerzo con una cuchara, y las migas de comida las hacía bolitas antes de tirárselas a los animales: el perro y las gallinas, los patos y los cerdos.

—Pruchi, je, hay para todos – les dijo.

Luego mencionó algo confuso sobre la lluvia y el hombre, y dijo que en Europa no llueve como aquí. Su mujer, Encarnación, dijo de repente:

—Todo el mundo habla de Europa, de los que se fueron a Europa, pero no de las que nos quedamos aquí.

Contó en seguida cómo, durante la famosa travesía a Europa, sus pequeños hijos salían a vender bollos por las calles para ganarse la vida y mantener la honra de la casa, en medio de la espera angustiosa que duró años; cómo no recibían una sola línea de carta en un pueblo que tampoco preguntaba por ellos y comenzaba a considerarlas viudas; recordó que algunos amigos iban a darles noticias de ilusión sobre las aventuras de su marido y sus amigos en países remotos, con nieve y trenes, donde eran aplaudidos y famosos. Y recordó el día que Toño apareció por la casa, sin rastros de aquel triunfo tan lejano, y más que un hombre triunfante le pareció un machetero más que volvía a su casa, cansado, al atardecer. Pero era el final de aquellos que a las mujeres de los gaiteros les pareció un bullanguero pero peligroso disparate.

Encarnación asumió esa soledad sin hombre como otra imposición del destino y su amor siguió igual, abastecido por las costumbres de la lealtad. A lo que más de atrevió fue a desanimar a sus hijos de la música y a desdecir, en voz alta, de los gaiteros borrachos.

Oyéndola hablar ese día, Fernández se quedó callado en la silla. Dejó de hacer bolitas de comidas y los animales se dispersaron. De repente, soltó un pujido y comenzó a llorar, y los animales alborotados regresaron a sus pies para pedir más comida. Su mujer se puso en pie y fue hacia él.

—Ya, mijo, ya eso pasó, ya – dijo ella, mientras le sobaba la cabeza.

García Usta tenía un gran tino para elegir aquellas escenas que le permitieran explorar la vida de sus seres en un contexto individual que, al mismo tiempo, fuera global. La soledad tremenda de Toño Fernández es la soledad de todos los gaiteros: la de Juan Lara, por ejemplo, obligado por la pobreza a cambiar su propia casa por víveres, con el tendero de su barrio. O la de José Lara, que en su vejez vagaba sin rumbo fijo por las calles de Cartagena, bajo los soles más inclementes. Más de una vez le oí decir a Jorge que la poesía- necesaria para dignificar el periodismo – va más allá del lenguaje: es saber buscar lo grandioso de lo simple, lo sublime de lo cotidiano. Él hablaba – recuerdo – de una “poesía situacional”, que es aquella que subyace en las acciones más elementales de los hombres. Uno lee su obra y entonces comprende de qué manera aplicaba él este concepto. Por ejemplo, en el remate del perfil que sobre Abel Antonio Villa, escribió en la revista Solar:

Abel Antonio va a empezar la parranda, pero se detiene y alza la vista. Con la botella de whisky en la mano, se recompone en la silla. Cada vez que va a iniciar una parranda, hace una especie de juramento y evocación de los músicos vivos y muertos que respeta y quiere, de todos esos hombres con los que ha compartido una alegría, una tristeza, un destino.

 Va dejando caer un chorrito de whisky sobre el piso, después de cada nombre:

 —Por Luis Enrique dice, y deja caer un chorrito.
Por Alejo dice, y deja caer otro.
Por Juancho Polo, por Pacho Rada, por Lorenzo Morales…

Concluye la ceremonia y mira a los bebedores impacientes que lo miran también a él, esperando la orden de partida.

—Ya podemos empezar dice Abel Antonio -. Ahora sí estamos todos reunidos.

Gracias a su pericia en la concatenación de las escenas y a su habilidad para explorar el paisaje interior de sus personajes, García Usta nos dejó un periodismo narrativo universal y atemporal, dos virtudes poco frecuentes.

Tite Curet Alonso, ese gran compositor puertorriqueño, utilizó la imagen de un “periódico de ayer” para cantarle a una mujer que ya no estaba vigente en su corazón. Jorge Luis Borges coincidió con él cuando advirtió que en el mundo no hay nada más nuevo que el periódico de hoy, ni nada más viejo que ese mismo periódico al día siguiente. Pues, bien: el periodismo de Jorge García Usta no es un periódico de ayer, porque no fue escrito para el olvido sino para el recuerdo. Es memoria viva de la cultura a la cual se sentía ligado, testimonio de la época que le tocó en suerte.

Jorge García Usta tenía un feroz sentido de pertenencia a sus raíces. Así, el periodismo narrativo le sirvió también para exaltar la cultura popular, excluida durante largos años de la agenda informativa de nuestros medios. Lo mismo podía narrar la historia de un pescador de Ararca que la de un locutor de boxeo, la de un agricultor cordobés que la de una matrona sincelejana. Muchos de los excelentes periodistas que coincidieron con él en la época de El Universal como Gustavo Tatis, Alberto Martínez y Elsa Mogollón, entre otros – aún recuerdan su legado, muy útil a la hora de valorar nuestro patrimonio cultural.

***

El llamado periodismo investigativo y de denuncia fue otra de sus obsesiones. Esa inclinación se debía, en parte, a su carácter de hombre necio al que le gustaba ir más allá de lo evidente. Como además era desconfiado por naturaleza, siempre hundía el dedo en la torta para asegurarse de que no tuviera por dentro ninguna tachuela peligrosa.

Me consta que Jorge era, en esencia, un tipo porfiado, discutidor. Con la misma exaltación con que defendía a un periodista olvidado como Clemente Manuel Zabala, podía criticar después a un compositor consagrado como Rafael Escalona. En cualquier caso, se cuidaba de buscar los argumentos necesarios para sustentar sus puntos de vista. He aquí, a propósito, una muestra de la andanada que soltó contra Escalona:

Cuando en 1982, en medio de los esplendores de la entrega del Premio Nobel, el compositor, Rafael Escalona dijo que él le había dado de comer al entonces famoso novelista García Márquez cuando éste era pobre, la imagen de Escalona como compositor pueblerino, sabroso y campechano, y su imagen de costeño leal, comenzaron a erosionarse. Ya estaba, por entonces, erosionada en ciertos ambientes de compositores y en sectores de Valledupar, donde la imagen del Escalona compositor y del Escalona hombre, eran percibidas como dos caras de una misma moneda: la del poder social y la egolatría desenfrenada, que producidos por los orígenes humanos y los cambios sociales, se trasladan a la utilización de la música.

En el código costeño de la amistad, un hombre que es capaz de recordarle en público o en privado a otro hombre, sea o no su amigo, que le dio un plato de comida, produce la peor impresión y recibe los peores calificativos. Algunos campesinos dicen que para decir cosas así “se necesita tener el alma contrahecha”.

Era, qué duda cabe, parte de su naturaleza. Por un lado, le gustaba investigar, irse hasta el fondo. Y por el otro, señalar lo turbio. No solo cuando opinaba sino también cuando narraba, le daba rienda suelta a ese ser aguafiestas que lo habitaba.

A mí, francamente, se me antojaban excesivas algunas de sus polémicas, como esa que planteó para documentar la tesis de que García Márquez aprendió a escribir en Cartagena y no en Barranquilla. Me temo que García Márquez aprendió a escribir en ambos lugares pero, en el fondo, no aprendió del todo en ninguno de los dos. Me temo que, a la hora de la verdad, agarró de cada ciudad lo que le servía para su maleta de trotamundos, y luego siguió su viaje por otros sitios, tomando en cada caso lo que creía necesario para llegar al destino final. A mí me parece que Jorge se exasperó demasiado con este asunto y que magnificó la influencia de Rojas Herazo en la obra de García Márquez. Sin embargo, es evidente que investigó de manera seria, y es evidente que dijo algunas verdades que con el tiempo van a crecer aún más.

Esa tendencia a la polémica está presente en la obra periodística de Jorge, no solo en las columnas de opinión que publicaba en El Periódico de Cartagena con el título de La raya en el agua, sino también en sus reportajes. Con frecuencia, salpicaba sus narraciones con apuntes editorializantes. En el ya citado relato sobre Clímaco Sarmiento hay ciertos dardos contra el compositor Rafael Escalona – en aquel entonces directivo de Sayco – por haberle incumplido a Sarmiento la promesa de una pensión vitalicia. Y aquí hay otro ejemplo de sus sátiras, tomado de una crónica que publicó en la revista Solar sobre el comentarista deportivo Melanio Porto Ariza:

A sus 74 años, Melanio Porto Ariza parece no esperar nada de Cartagena, esa ciudad que tuvo murallas hechas por negros y después se asustó con la crónica deportiva hecha por los mestizos.

Ahora bien: con polémicas o sin ellas, lo cierto es que Jorge García Usta era un investigador nato. Jamás se conformaba con la voz única del personaje principal, jamás hacía periodismo con una sola fuente, así se tratara del mismísimo Jesucristo. Escarbaba montones de periódicos, se sumergía durante horas en las bibliotecas, oía muchas voces, gastaba sin remordimiento la suela de sus zapatos. Sabía, sin duda, que el buen periodismo es aquel que se construye con base en muchas miradas diversas, con base en una exploración plural. Los archivos históricos, por cierto, eran una de sus grandes pasiones. Allí encontraba los elementos necesarios para contextualizar los hechos que contaba, para abarcarlos en una perspectiva mucho más amplia. Y, por supuesto, para continuar la polémica. A menudo, estas fuentes bibliográficas le servían como punto de partida para armar formidables crónicas sobre sucesos viejos. Una vez, por ejemplo, elaboró un relato divertido sobre el tiempo en que García Márquez – pobre e indocumentado – escribía discursos para coronar reinas populares. En otra ocasión evocó la visita que la diva argentina Isabel Sarli hizo a Cartagena durante el Festival de Cine de 1968, cuando “sus admiradores quedaron perplejos por el tamaño y el ímpetu de su escote” y la sometieron a un acoso que “le produjo varios morados en las piernas”.

Volviendo al punto de partida, el del periodismo investigativo y de denuncia, debo decir que Jorge García Usta con su madre, Nevija Usta, persona clave en su formación y en su obra ejercía el oficio con una notable conciencia social. Ya sé que esa frase, en estos tiempos, puede sonar como una antigualla sospechosa. Pero puedo dar fe de que su actitud era genuina. A veces, a la hora del almuerzo, su casa de la calle Don Sancho se convertía en una Torre de Babel: uno llegaba sin que nadie lo invitara, y allí se encontraba con edil de la Boquilla, un bibliotecario de La Puntilla, un poeta enorme como Rómulo Bustos, un economista como Alberto Abello o un decimero de abarcas rotas. La Cartagena de entonces era todavía feudal: yo escuché a algunos dirigentes diciendo que la ciudad se deterioró en el momento en que los españoles se fueron. Tenían nostalgia del látigo, querían seguir construyendo murallas de piedra y castillos coloniales. Un día despertaron del sueño y descubrieron que lo que ellos llamaban coloquialmente “Corralito de piedra” se les había convertido en un caos de mototaxis, contaminación, corrupción y congestión vial. Jorge anticipó muchos de esos problemas, lo cual le costó el puesto en El Universal, porque aquella ciudad era absolutamente excluyente e intolerante con la crítica. Envilecida por el turismo, por la necesidad de atraer gente a cualquier precio, vivía una mentira terrible que después terminaría creyéndose. Recuerdo que a veces las calles de Manga amanecían alfombradas de peces muertos, por la contaminación de la Bahía de Cartagena, y pese a una evidencia monstruosa como ésa, en el periódico local no salía nada. O a veces salía, pero minimizado en las páginas interiores, como tratando de que la noticia fuera invisible. Yo mismo fui víctima de semejante mentalidad castradora una vez que publiqué una crónica sobre un niño de Mariangola, Cesar, al que por equivocación le transfundieron sangre contaminada de SIDA en la Clínica Napoleón Franco Pareja. Un “notable” de la ciudad pidió mi cabeza. Y el político Joaquín Franco Burgos escribió en la página editorial del periódico un comentario en el cual se mostraba extrañado de que se le hiciera tanta bulla a la calamidad de un niño que ni siquiera era cartagenero. Y hasta se preguntaba si acaso la gente del Cesar compraba la lotería de Bolívar.

Hoy, por fortuna, han surgido nuevos canales de información, como las revistas Aguaita yNoventaynueve, y ya la otra ciudad puede, por lo menos, expresarse, pues no existe ese unanimismo que nos tocó a nosotros. Creo, sinceramente, que esa conquista se le debe en gran parte a Jorge, ya que él siempre luchó contra la corriente. Ejerció un tipo de periodismo con conciencia política y social, fundó medios alternativos, levantó la voz sin miedo.

Yo, que siempre he sido más apático en estos temas, a veces no compartía sus furores. Para molestarlo, le decía que a mí me gustaba que el pez grande devorara al chico, que el lobo se comiera a Caperucita Roja, que a la lechera se le cayera el cántaro y que al final, para festejar tanto desastre, nos comiéramos en un sancocho a la gallina de los huevos de oro. Le decía que este mundo estaba jodido desde antes de que nosotros naciéramos, y nada podríamos hacer para enderezarlo. El me miraba con sorna, callaba. Una noche vio, nítida, la oportunidad de desquitarse, y la aprovechó con la misma sevicia que empleó el día que nos conocimos. Estábamos en el Muelle de los Pegasos dándonos un banquete, cuando de pronto llegó un indigente, me raponeó el jugo de níspero y se fue corriendo. Quise perseguirlo, pero la voz de Jorge me detuvo en seco.

—Aja, maestro -exclamó, mirándome con malicia -: a usted le gusta que el lobo se coma a Caperucita, pero se pone bravo si un gamín le roba su jugo. ¿Cómo es esa vaina?

Después me dio una palmada conmiserativa en el hombro y me dijo que para evitar que nos arrebaten la comida, deberíamos averiguar de vez en cuando por qué hay tantos indigentes y cuáles son los problemas que ellos tienen. “Ese es el verdadero reto del periodismo”, remató, esta vez con el rostro grave.

También en el periodismo de denuncia Jorge nos dejó lecciones valiosas. Para empezar, de equilibrio, de sensatez. Tenía prejuicios, como la mayor parte de los seres humanos, pero sabía mantenerlos a raya cuando investigaba una situación turbia. Buscaba muchas voces, confrontaba puntos de vista, les daba a los personajes cuestionados – así fueran los bribones más repugnantes – la oportunidad de defenderse.

Cualquiera que busque sus investigaciones sobre la contaminación de la Bahía de Cartagena o sobre la deforestación de la Popa, comprobará la pulcritud con la cual contrastaba sus fuentes.

García Usta siempre ejerció el periodismo con dignidad. Y esa dignidad le impedía arrodillarse, mendigar, prestarse para que lo manosearan. A él lo sacaba de quicio el argumento de que los malos sueldos justifican untarse las manos con la podredumbre de un soborno. Como era furiosamente independiente, prefería enredarse en varios trabajos simultáneos y sudar mucho para ganarse el pan de manera decente, como le enseñaron sus mayores. Sin embargo, no alardeaba de ese don, que a mí me parece aleccionador.

Pese a ser sicorígido, como yo, usaba con frecuencia el recurso de la burla, en especial si era contra el prójimo. Sabía reírse de sí mismo, pero eso sí: por

nada del mundo permitía que los demás se rieran de él. Eso, de alguna manera, impedía que su sentido del humor fuera intachable. Sin embargo, sus apuntes eran tan explosivos como geniales. Tuve el privilegio de ser testigo de varios de ellos. Y ahora, para cerrar mi breve aproximación a su obra y a su personalidad, he elegido uno en el que aparece como quisiera recordarlo siempre. Por los días en que salió al mercado la primera edición de Diez juglares en su patio, que escribimos juntos, yo solía enfurecerme cuando veía en los medios reseñas triviales, de esas que apenas informan cuántas páginas tiene el libro, cuánto vale y dónde se consigue, pero no arriesgan un juicio crítico sobre su concepción. Jorge, que ya estaba curtido en el tema, porque había publicado varios libros, me miraba con sorna, como siempre, y callaba. Un domingo, recuerdo, un diario de publicación nacional publicó una foto enorme de la portada de Diez juglares en su patio, encima de unos breves piropos que a todas luces parecían gratuitos, pues era evidente que el autor no sabía por dónde le entraba el agua al coco. Ese día, viendo mi enojo, Jorge no se quedó callado como las veces anteriores, sino que soltó un gracejo sublime:

—Carajo, blanco – me dijo -: usted sí es el hombrecito inconforme! Resulta que el tipo nos elogia, y usted quiere que además se lea el libro!

UNO

Darío Silva avista una vieja pelota en el patio de su casa paterna. Mientras va a buscarla lo observo con atención. Me sigue asombrando que camine con tanta seguridad. En septiembre de 2006, cuando sufrió el accidente de tránsito que lo apartó del fútbol, muchos pensaron que quedaría cojo. Pero hoy no solo camina sin renquear sino que además es capaz de bailar candombe. Si algún extraño irrumpiera ahora en este lugar no se percataría de que tiene una prótesis en la pierna derecha.

Silva sacude la pelota contra el tronco de un árbol, la hace girar entre sus manos callosas. A continuación retoma el tema que interrumpió hace un momento: su indisciplina como futbolista. Dice que en la Copa América de 2004, disputada en Lima, se escapó todas las noches del hotel donde estaba concentrado con la selección uruguaya; que cuando jugó en Peñarol llegó muchas veces trasnochado a la cancha; que durante su periodo en el Portsmouth se volvió más fiestero.

—¿Cómo hacías para volárteles a los ingleses?
—Allá los equipos no se concentran antes de los partidos. Es más fácil salir de noche.
—Con razón el Portsmouth en esa época no levantaba cabeza.
—Y en esta, tampoco.

Entonces suelta la carcajada.

—Lo que pasa, ¿viste?, es que ellos confían en uno. Uno es adulto y sabe cuidarse.
—Sobre todo, cuidarse. Entiendo.

Silva vuelve a carcajearse. Luego dice que los futbolistas no forjan sus amistades en las canchas sino en los boliches. En las canchas, explica, él solo veía fecha tras fecha a los once jugadores del equipo contrario. Tenía que enfrentarlos y punto. A lo sumo intercambiaba con ellos un saludo durante el protocolo inicial o una palabra durante el partido. En los bares, en cambio, se topaba con multitudes de futbolistas, especialmente los domingos por la noche. Allí sí era posible intimar porque la presión de la competencia había quedado atrás.

Uno de esos amigos conseguidos en los boliches fue el panameño Julio César Dely Valdés. Cuando se conocieron, Silva pertenecía al Peñarol y Valdés, al Nacional. Pese a la rivalidad de sus equipos, tuvieron química desde el comienzo. Se emborrachaban después de los partidos, salían juntos con mujeres, compartían sus discos. Años después la vida les dio la oportunidad de jugar en el mismo club, el Málaga de España, donde conformaron una dupla goleadora. Silva cree que se entendían tan bien en las canchas porque habían intimado muchísimo durante las noches de farra.

DOS

—Cuando me ven en la calle se quedan locos los hijos de puta. Vos viste que yo no cojeo. Seguro piensan: “¿Y este no tenía una pata de palo?”.

Si hay algo que me ha impresionado en los cuatro días que he pasado con Silva es su procacidad. También, la habilidad de su pie artificial. Con ese pie encendió la moto de su hermana Andrea para llevarme a conocer el río Olimar. Con ese pie pateó una lata vacía de gaseosa en el barrio La Agraciada. Con ese pie saltó emocionado cuando su hijo Diego, de diez años, anotó un gol. Aquella tarde confirmé que en la cultura rioplatense el fútbol tiene unos rituales de iniciación similares a los del amor: acompañar al hijo en la cancha es como apadrinarle la primera novia.

Con el pie de la prótesis, digo, corrió hasta alcanzar un taxi que estaba detenido en el semáforo. Cuando nos acomodamos le dije al taxista que Darío Silva debe de haber sido el futbolista más indisciplinado de Uruguay en todos los tiempos.

—No crea —respondió, mirándome con malicia a través del espejo retrovisor—: los hemos tenido peores.
—¡O’Neill, O’Neill! —exclamó Silva, muerto de la risa.
—¿De dónde es usted? —preguntó el taxista.
—Colombiano.
—¿Ya vio la noticia de Fabián O’Neill?
—No.
—Ayer publicó un libro en el que habla de su indisciplina. Ha habido mucho revuelo.
—Peor que yo el hijo de puta —exclamó Silva entre risas—. Cuando estaba pequeño le llenaban la mamadera de vino.

Con ese pie recorrió varias cuadras para llevarme al restaurante donde gastó su primera mesada como esquilador de ovejas. Pidió ensalada rusa, bebió cerveza, afirmó que nunca más volverá a manejar un automóvil. Prefiere movilizarse en la motocicleta de su hermana o caminar. La camioneta donde andaba el día del accidente —añadió— quedó inservible. Sin embargo, se la vendió a una señora millonaria que colecciona objetos raros.

TRES

Silva me muestra el pie derecho. Dice que desde el primer momento se sintió cómodo con la prótesis, sin duda porque fue amputado por debajo de la rodilla, así que conservó la flexibilidad.

—Fue una cosa ilógica que ni yo mismo entendí —señala, y raspa el balón con las uñas.

Luego vuelve a hablar de su ética de trabajo como futbolista. Antes de hacer juicios hay que analizar muchas cosas, dice. Por ejemplo, él se mantuvo juicioso cuando jugó en el Cagliari, y sin embargo, solo marcó veinte veces en los cuatro años que duró el ciclo. En el Málaga, a pesar de que volvió a las juergas, duplicó sus goles. A él la disciplina excesiva le resecaba el alma, advierte. Por eso rendía más cuando disfrutaba la noche, así durmiera poco. Nada lo motiva más que amanecer entre los brazos de una mina. Eso es como reabastecerse de energía: le dan ganas de entrar a la cancha silbando y jugar cinco partidos seguidos.

Silva arroja el balón al suelo, me muestra su teléfono móvil.

—¿Ves cuántas rayitas le quedan a la batería?
—Una sola.
—Exacto. Cuando vos te pasás la noche garchando con una mina, la carga te llega hasta acá.

Y toca la pantalla con uno de sus dedos gruesos. Noto que tiene las uñas sucias.

Me asombran, digo, esas manos tan ásperas. Él responde que durante la mayor parte de su vida ha sido labriego. De niño esquiló ovejas, de adolescente ordeñó cabras. En aquella época el fútbol era apenas una diversión. Por las tardes se iba a jugar con sus amigos en cualquier calle del barrio. Los partidos se disputaban sin árbitros, sin reglas, y terminaban solo cuando la oscuridad de la noche imposibilitaba ver la pelota. Entonces aparecían los padres para ofrecer un brindis. Había vino, empanadas y, en algunas ocasiones especiales, bife. Al día siguiente todo el mundo retornaba a sus deberes.

Para Darío Silva, el fútbol era eso: respiro, camaradería. Pausa entre una jornada cumplida y otra por cumplir. En Treinta y Tres, el pueblo donde nació, las opciones siempre han sido escasas: laburo en el campo para garantizar el pan, fútbol en los ratos libres para entretenerse. ¿Qué más se puede hacer en esos parajes solitarios tan apartados de la capital?, pregunta.

—Se hace una cosa o la otra. ¡Ya está!

De modo que empezó a patear balones por la misma razón por la cual comenzó a arrear cabras: no había más alternativas. Sucedió cuando contaba, más o menos, seis años. Su padre era celador en una escuela y su madre, cocinera en otra. Para no dejarlo solo en casa, ambos se lo llevaban, por turnos, a sus puestos de trabajo. Cada colegio tenía cancha de fútbol, así que el pequeño Darío siempre terminaba metido en los partidos.

—¿Estudiaste en alguno de los colegios donde trabajaban tus viejos?
—Estudiar es un decir. Mi paciencia para eso es cero.
—¿“Eso”? ¿Te refieres al estudio?
—No me va la palabra “estudio” porque yo no estudié. Yo solo fui.
—¿Adónde fuiste?
—Fui al colegio donde laburaba mi padre. Pero era muy haragán.
—¿Hasta qué grado llegaste?
—Segundo. Me dormía en clase. Yo sabía que jamás iba a asomarme por una universidad.
—¿Y el fútbol?
—No pasaba nada con el fútbol.
—¿En la infancia no imaginabas que serías futbolista?
—Nada, no pasaba nada.
—Listo, no pasaba nada, pero ¿nunca imaginaste que podías ser futbolista?
—No.

Por lo menos —añade— no lo imaginaba cuando tenía diez años y comenzaba a esquilar ovejas. Los futbolistas le parecían unos señores famosos que aparecen por televisión jugando en estadios bonitos. Un pibe de provincia que solo aspiraba a entretenerse tras el laburo no accedería ni en sueños a un recinto de esos. Si alguien le hubiera profetizado en aquel momento su destino de futbolista, él lo habría refutado con una frase irónica de su padre: “¡Andá a cantarle a Gardel!”. Lo suyo, pensaba, sería la ganadería. Al entrecerrar los ojos sobre la almohada se veía en una finca propia orientando un rebaño de vacas Hereford.

La vida gira como una pelota, dice Silva ahora. Lo dice mientras pisa el balón con el pie derecho, el de la prótesis. Le doy un vistazo de abajo arriba. Calculo que mide, a lo sumo, 1,76. Me pregunto cómo pudo haber sido un atacante tan depredador con esa estatura. En la selección uruguaya, el 9 casi siempre ha sido un tipo de más de 1,80. Él retoma su idea: la vida es un viaje en redondo. Te desvías, te alejas, pero siempre llegas al lugar predestinado.

Siguió jugando de manera informal, dice. En este punto aclara que no recuerda cómo hizo el tránsito de la calle a la cancha. Lo que sí recuerda es que al principio, quizá por su estatura, fue ubicado como lateral derecho. Tenía velocidad, despliegue físico, ganas, potencia, pero en los recorridos largos fracasaba: no sabía hacer diagonales para acortar el terreno, tiraba mal los centros. Una tarde apareció un entrenador que lo alineó como delantero. ¡Bingo! El patito feo se convirtió en cisne: explosivo en los piques cortos, certero cuando quedaba en posición anotadora.

—¿Vos recordás lo que decía Menotti sobre Romario?
—No.
—Decía que dentro del área era mejor que Pelé.
—¿Te estás comparando con Romario?
—Andate despacio, cada quien entiende lo que quiere.

A continuación señala que Romario siempre fue su referente. Lo cita solo para darme a entender que cuando se convirtió en delantero mostró su mejor faceta dentro de la cancha. Ahí comenzó a despejarse su panorama. La vida, repite, es como una pelota. Da vueltas, va y viene, trae sorpresas, llega adonde debe llegar. Para demostrármelo, me cuenta cómo fue que el fútbol vino hacia él en un momento en que él no estaba yendo hacia el fútbol.

Oigo la historia, coreo su frase: la vida es como una pelota de fútbol. La pelota viaja, se escapa, la controlan los otros, se ve inalcanzable por allá lejos, se acerca, te llega de repente, te rebota, huye de ti, se eleva y, cuando ya la das por perdida, atraviesa un bosque de piernas y te cae cortita y al pie, toda tuya, frente al arco, para que te llenes el empeine con ella, ¡zas!, y metas el gol del triunfo en el último minuto.

Ese fue su caso, ni más ni menos: el balón perdido le llegó directo al pie. Sucedió en 1990, cuando tenía diecisiete años. Juan José Duarte, director técnico de la selección uruguaya sub-20, andaba observando jugadores. Una tarde anunció que viajaría a Treinta y Tres. El periodista radial que lo entrevistaba ni siquiera sabía dónde quedaba ese lugar. ¿Treinta y Tres? Un oyente llamó a la emisora para informar que el pueblo quedaba, más o menos, a trescientos kilómetros de Montevideo. Entonces Silva reconoció su oportunidad, vio de golpe lo que ocurriría. El resto es historia, concluye.

De la selección sub-20 que quedó cuarta en el Mundial de 1991 pasó al Defensor Sporting. Luego, al Peñarol; después, al Cagliari. Vinieron cuatro equipos más, y muchas convocatorias a la selección de mayores. Entonces Silva sintió que vivía al contrario de como lo había pronosticado: dedicado al fútbol y apartado de las granjas donde se hizo hombre. En su viaje se topó con lo inesperado. Asfalto, vértigo, esmog, grandes clubes, estadios llenos, hoteles de cinco estrellas, aplausos, fama, autógrafos, fotos de primera plana, mujeres, licor, discotecas, trasnochos, otra vez mujeres. Una camioneta, un tipo temerario que conduce borracho —él mismo— y el accidente que casi le arrebata la vida.

El accidente que lo hizo salir del fútbol por la puerta trasera, cuando apenas tenía treinta y cuatro años.

Un viaje redondo, después de todo, porque aquí está otra vez, a sus cuarenta y un años, como si nunca se hubiera ido.

Silva calla, mira hacia el otro extremo del patio, donde su hermana Andrea prepara café. Si analizamos bien el asunto —dice a continuación—, su predicción se está cumpliendo: hoy es el adulto estanciero que aparecía en sus sueños infantiles. No guía ningún rebaño de ganado Hereford, es verdad, pero en cambio sí tiene una tropilla de vacas Aberdeen Angus, y ovejas finas como las que esquilaba cuando era niño, ovejas Corriedale, nada menos, y también caballos árabes, y ciervos Axis, y una campiña bien podada.

CUATRO

Cuando estuvimos en su finca, a unos diez kilómetros del pueblo, Darío abrió un baúl en el que guarda recuerdos de su vida en el fútbol: una camiseta de Batistuta, un brazalete de Baresi, unas zapatillas de Ronaldo.

Me mostró sus animales, sus monturas de caballería, el retrato de sus padres ya fallecidos, las fotos de sus dos hijos, una tetera que le dieron en Paraguay y un poncho que le regalaron en Argentina.

Eso es todo lo que necesita para ser feliz, dijo.

Eso, más Lorena, su novia actual. Hace dos días se puso a pensar que ella es la única mujer a la que ha amado.

—¿Por qué lo crees?—Bueno, es la única a la que nunca le he sido infiel, ¡y llevamos más de un año juntos!
—¿Eras muy infiel?
—Ni te cuento.

Me extrañó que ventilara el tema. Para los futbolistas, eso hace parte de la mugre que se oculta bajo la alfombra. Él estuvo de acuerdo, y agregó que la promiscuidad solo sale a flote cuando el equipo pierde, o cuando el dueño necesita un pretexto para borrar a algún fulano de la nómina.

Entonces Darío volvió a hablar de su indisciplina. Un poco después de cumplir treinta años fue contratado por el Sevilla F.C. Allí coincidió con el andaluz Sergio Ramos, que entonces solo tenía diecisiete años.

Como Darío era tan desordenado, no quería que Ramos se le acercara, ya que podría dañarse viendo su mal ejemplo. Así se lo dijo.

—Pero es que tú me caes bien —le respondió Ramos.
—Bueno, hagamos algo —propuso Silva—: al andar conmigo vas a ver que yo digo cosas lindas, como que hay que portarse bien, y también hago cosas malas, como salir de farra la noche antes del partido. Bueno, fijáte en lo que yo digo, no en lo que yo hago.

Y volvió a soltar su eterna risotada.

CINCO

En la casa de los Silva ya huele a café.

Darío dice que Andrea, su hermana, es adicta al laburo. Cocina, plancha, barre, hace lo que sea necesario. Así es él: en su finca no se la pasa sentado viendo cómo vuelan los pajaritos sino sudando la gota gorda como le enseñaron sus mayores. Por eso tiene las manos ásperas: el trajín en el campo percude, encallece. Entonces guarda el teléfono móvil en el pantalón y me muestra el dorso de las manos. Inspecciono sus dedos gruesos, nudosos, su piel cundida de cicatrices.

Le pregunto de quién es el balón. Se encoge de hombros, el ceño fruncido, calla.

—¿Querés café?
—Sí.
—Creo que esta pelota es de mi sobrino.
—¿Cuántos años tiene tu sobrino?
—Y… ya es un hombre.
—¿Es futbolista también?
—Jugaba de chico. Después, largó.
—¡Quién sabe cuánto tiempo llevará esa pelota ahí abandonada!
—Es lo que te digo. Hace un ratito ni la veíamos, y ahora la tengo en el pie.

Quisiera saber, digo, si ha vuelto a meter goles con el pie derecho. Silva responde que por supuesto. A veces participa en torneos de veteranos. Ahí donde lo ven con su pata de palo —bromea— él todavía corre, todavía salta, y siempre que lo pongan mano a mano con el arquero, le va a pasar factura. Hace cuatro años estuvo en Colombia jugando en la despedida de su colega Iván René Valenciano. Después del partido hubiera podido bailar una tanda de candombe, porque se sentía entero.

—Me gustaría verte haciendo pinolas.
—¿Qué son pinolas?
—Cuando haces saltar el balón en el pie, una y otra vez, sin dejarlo caer.
—Ah, como jueguito…
—En algunas partes de Colombia les llaman pinolas y en otras, la 21.
—Qué nombres tan raros. Acá en Uruguay a eso se le llama “dominar”.
—Bueno, por favor, domina el balón para hacerte fotos.
—¡Estás loco!
—No entiendo.
—Así juegan los niños de siete años.
—¿Te parece malo?
—Mala, la muerte de mi abuelita. Pasa que no entrenamos así.
—¡Pero si no estamos en entrenamiento! Es solo para la foto.
—Decile a Maradona. Sacarías miles de fotos, ¿viste?, porque el tipo es capaz de durar una semana sin dejar caer la pelota.

Le pido el balón a ver si lo incito con mi ejemplo. Como apenas logro siete pinolas, Darío suelta una nueva risotada.

—Devolvémelo antes de que te broten hojas. ¡Sos un tronco!

Y otra vez se ríe.

De pronto, sin ningún aviso, se pone a dominar. Me pide que vaya contando en voz alta. Veo su rostro grave, concentrado —va una—, veo su pie izquierdo apoyado en el piso —van dos—, veo cómo el balón rebota suavemente en su pie derecho —tres—, veo cómo se tensa su cuerpo magro —cuatro—, veo sus brazos venosos —cinco—, veo cómo su camiseta lila se infla y se encoge —seis—, veo su nariz aguileña, veo sus pómulos angulosos —siete—, veo su piel cobriza —ocho—, veo su pelo ensortijado, ahora del color negro original —nueve—, veo la bota de su pantalón blanco arremangada hasta la rodilla —diez—, veo su pierna artificial cubierta con espuma de poliuretano —once—, veo cómo el muñón delgado de la prótesis naufraga en la abertura de su zapato. Me pregunto cómo se sostiene, por qué no se mueve.

Doce.

Trece.

Veo que Darío esboza una sonrisa burlona.

Catorce.

Descubro que no estoy contando con la vista sino con los oídos. Sigo oyendo, sigo contando.

Oigo el golpe de la pelota contra el empeine —quince—, oigo el jadeo de Silva —dieciséis.

Y ahora oigo su voz.

—Bueno, ya está.

Se detiene, atenaza el balón con la mano derecha. En seguida dice que nunca fue futbolista de pasatiempos. Los considera inútiles, pues en la cancha nadie anda tonteando. A él dénsela redondita en el área, y ya verán cómo pone a cobrar a todo el equipo.

Siempre creí lo contrario: que su nombre y la palabra divertimento encajaban sin tropiezos en la misma oración. Lo veía contento en la cancha, como más dispuesto a pasarla bien que a competir. En su pelo teñido de amarillo intuía un espíritu vivaracho, en su sonrisa permanente divisaba un temperamento afable. Además estaba el contraste entre su piel achocolatada y la piel blanca de sus compañeros. ¿Qué hacía ese negro mandinga revuelto con aquellos jugadores de aspecto europeo? En este punto Silva vuelve a largar la risotada.

—¡Pero si en la selección uruguaya ha habido más negros!
—Ya lo sé. Pero algunas veces tú fuiste el único.

Silva se mira un brazo, luego el otro.

—¿Te acordás de Marcelo Zalayeta?
—Sí, claro.
—¡A ese hijo de puta lo demoraron en el toaster más que a mí!

Y de nuevo suelta la carcajada.

A mi modo de ver, la apariencia correcta de Zalayeta no desentonaba en aquella tropa de blancos austeros. En cambio Silva me parecía, a ratos, un bailador de samba entrometido en una liga de tango. Era festivo, saltarín, desabrochado. Siempre creí que reivindicaba el significado primario del verbo jugar. Un día tenía el pelo amarillo, otro día rojizo; a veces lo usaba largo, a veces se rapaba. Celebraba los goles sacando la lengua, o brincando como canguro, o metiéndose el balón en la camiseta. Eso sí: aunque pareciera el miembro calavera del grupo, siempre actuó durante los partidos como un competidor feroz.

—Te ponés con firuletes y por ahí te matan.
—Entiendo: la pinta de payaso no impide trabajar en serio cuando empieza la función del circo.
—Si no, no cobrás.
—Claro.
—Cobrás con goles, no con jueguitos.

Calla un instante. Ahora tiene la pelota bajo el brazo izquierdo.

—Yo ensayaba penaltis en aquella pared. ¿Querés que tire uno?
—Claro.
—Patear es mejor que dominar.
—Claro, claro.
—Si nos imaginamos que esa pared es el arco, me vas a ver metiendo un gol con la derecha.
—¿Nunca te dijeron que pareces brasileño?
—¡Puta, miles de veces! Acordate de Catanha.
—Me acuerdo de Catanha, tu compañero brasileño en el Málaga. ¿Por qué lo mencionas?
—Nos confundían, ¿viste? A él le decían Silva y a mí, Catanha.

Andrea, la hermana de Darío, nos trae café.

—¿Ya le contó los desastres que hacía en casa? —me pregunta.
—No.

Entonces se miran, sonríen. Andrea me pasa el pocillo.

—Creció sin ley porque todos lo mimábamos. Es el menor de los tres, el único varón.
—¿Qué desastres hizo?
—Las paredes eran su portería. Mi padre vivía pagando vidrios rotos en el vecindario.
—Le queda muy bien su pelo amarillo.

Por toda respuesta, Andrea sonríe. Sus ojos verdes se iluminan.

—Mi pelo era como el de ella.
—Me imitaba desde pibito.
—Pero ella también me imitó. Ese pelo que tiene ahora se parece al mío cuando jugaba.
—El tuyo se parecía al mío.
—Los dos nos pintábamos.
—Sí, pero yo lo hice primero.

Ambos ríen. Darío arroja el balón al piso para recibir su café.

—¡Mirala bien a mi hermana, es trigueña! ¡A la hija de puta nunca la pasaron por el toaster!

Y suelta la enésima carcajada.

Andrea me mira, y después mira a Darío.

—Él me imitaba. Un día se puso lentes de contacto verdes.
—Pero eso fue de pibe, mirá que ya ni me acuerdo.
—Tuviste ojos verdes.
—No me acuerdo.
—Lo volviste a hacer cuando jugabas en el Málaga.
—Y, bueno, yo era dueño de una discoteca. Esos lentes fueron cosas de la fiesta.
—Me imitabas.

Entonces Darío se dirige a mí:

—¿Vos te imaginás las minas que me hubiera cogido con los ojos de mi hermana?

Y otra vez empezó a ahogarse de la risa.

Me sorprende que haya tenido una discoteca durante su paso por el Málaga. Silva responde que divertirse en un boliche propio siempre será más seguro que hacerlo en uno ajeno. Se trataba de una ocupación adicional como cualquier otra. Como estudiar de noche, por ejemplo, o cuidar un banco. El presidente del club sabía, sus compañeros sabían, la ciudad entera sabía. Nadie protestaba, pues la discoteca era “una inversión personal”. Además, él rendía en la cancha.

Jamás había conocido un deportista que se expresara de manera tan políticamente incorrecta. Para Silva —recapitulo en voz alta— beber antes de un partido era impedir que se le resecara el alma, desvelarse con una mujer era llenarse de motivaciones y atender una discoteca era como estudiar en jornada nocturna. En su credo personal ningún exceso es condenable si el futbolista ofrece resultados. Esto último lo aprendió con la experiencia, advierte entre risas. Al principio se escondía si veía periodistas deportivos en los boliches. Después descubrió que cuando rendía en la cancha a nadie le importaba si se acostaba temprano o amanecía en la calle. Por eso siempre llegó puntual a los entrenamientos, por eso siempre dejó el alma en cada jugada.

En este punto señala que a él le bastaban dos horas de sueño. Andrea asiente con la cabeza. Quisiera saber, digo, cómo puede competir en serio un futbolista desvelado y borracho. Entonces Darío esgrime su tesis más descarada: por haberse criado en el campo, tiene la ventaja de contar con un cuerpo muy fuerte. Me cuesta saber si en verdad piensa eso, o si solo me está gastando una broma. Por lo pronto, digo que quedamos notificados: debemos emplear a nuestros niños como ordeñadores de cabras para que más tarde disfruten de un libertinaje saludable.

Darío se ríe, dice que soy un hijo de puta. Luego agrega que la bohemia es muy común en el fútbol latinoamericano. Los entrenadores suelen mirar para otro lado, porque si ven demasiado pueden perder el control del grupo. Los compañeros suelen ser fieles al código de guardar silencio, porque nunca se ha dado el caso de que a un futbolista lo condecoren por soplón. El que muestra el trapo sucio afuera ensucia adentro. Además, ¿a quién le incumbe lo que vos hagás en tu tiempo libre? Emborrachate, cogete a ese minón que te pidió el autógrafo. Eso sí: al día siguiente llegá puntual al entrenamiento y rompete el orto laburando. Si ganás, nadie te armará lío.

Así funciona, concluye. Uno puede taparse los ojos para no darse cuenta o vendarse la boca para no hablar, pero la indisciplina está ahí.

—Lo que fue, fue. Ya está.

Me niego a creer —le digo— que cuando se encuentra a solas sea tan indulgente consigo mismo. Él responde que nunca lo ha sido. Siempre se ha culpado por su irresponsabilidad, y antes hasta se odiaba por eso. Pudo haber matado a los dos amigos que viajaban con él en la camioneta, pudo haberlos dejado inválidos. Menos mal no sucedió ni lo uno ni lo otro. Jamás se lo habría perdonado, así que ahora yo no estaría conversando con él sino solo con la morocha —y señala a su hermana.

No mató a los amigos, de acuerdo, pero humilló a su familia, la hizo sufrir mucho. Él también estaba desconsolado. Hacía como que olvidaba, como que todo le importaba un higo. Sin embargo, tenía un ahogo en el corazón. Veía su pierna rota, sentía sangre en un oído, escuchaba ruidos en la cabeza. Era quizá la voz de su conciencia. Nada ganaba con quedarse ahí, echado a la pena. Debía existir alguna forma de aprovechar la vida que le quedaba. Una tarde su psicóloga en Montevideo le dijo cuál era: valorarla, honrarla día tras día. Lo único que se le ocurrió entonces para lograr ese propósito fue devolverse para Treinta y Tres a cumplir su sueño de infancia.

Silva pone su mano áspera en mi hombro y me pide que lo acompañe hasta donde está la pared. Quiere que vea su último gol, ese que también fue el primero, el más bonito de todos, el que empezó a marcar desde niño en este patio amado.

La travesía de Wikdi

Publicado: 20 abril 2013 en Alberto Salcedo Ramos
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En la áspera trocha de ocho kilómetros que separa a Wikdi de su escuela se han desnucado decenas de burros. Allí, además, los paramilitares han torturado y asesinado a muchas personas. Sin embargo, Wikdi no se detiene a pensar en lo peligrosa que es esa senda atestada de piedras, barro seco y maleza. Si lo hiciera, se moriría de susto y no podría estudiar. En la caminata de ida y vuelta entre su rancho, localizado en el resguardo indígena de Arquía, y su colegio, ubicado en el municipio de Unguía, emplea cinco horas diarias. Así que siempre afronta la travesía con el mismo aspecto tranquilo que exhibe ahora, mientras cierra la corredera de su morral.

Son las 4:35 de la mañana. En enero la temperatura suele ser de extremos en esta zona del Darién chocoano: ardiente durante el día y gélida durante la madrugada. Wikdi —trece años, cuerpo menudo— tirita de frío. Hace un instante le dijo a Prisciliano, su padre, que prefiere bañarse de noche. En este momento ambos especulan sobre lo helado que debe de haber amanecido el río Arquía.

—Menos mal que nos bañamos anoche —dice el padre.
—Esta noche volvemos al río —contesta el hijo.

Diagonal adonde ellos se encuentran, un perro se acerca al fogón de leña emplazado en el suelo de tierra. Arquea el lomo contra uno de los ladrillos del brasero, y allí se queda recostado absorbiendo el calor. Prisciliano le pregunta a su hijo si guardó el cuaderno de geografía en el morral. El niño asiente con la cabeza, dice que ya se sabe de memoria la ubicación de América. El padre mira su reloj y se dirige a mí.

—Cinco menos veinte —dice.

Luego agrega que Wikdi ya debería ir andando hacia el colegio. Lo que pasa, explica, es que en esta época clarea casi a las seis de la mañana y a él no le gusta que el muchachito transite por ese camino tan anochecido. Hace unos minutos, cuando él y yo éramos los únicos ocupantes despiertos del rancho, Prisciliano me contó que el nacimiento de Wikdi, el mayor de sus cinco hijos, sucedió en una madrugada tan oscura como esta. Fue el 13 de mayo de 1998. A Ana Cecilia, su mujer, le sobrevinieron los dolores de parto un poco antes de las tres de la mañana. Así que él, fiel a un antiguo precepto de su etnia, corrió a avisarles a los padres de ambos. Los cuatro abuelos se plantaron alrededor de la cama, cada uno con un candil encendido entre las manos. Entonces fue como si de repente todos los kunas mayores, muertos o vivos, conocidos o desconocidos, hubieran convertido la noche en día solo para despejarle el horizonte al nuevo miembro de la familia. Por eso Prisciliano cree que a los seres de su raza siempre los recibe la aurora, así el mundo se encuentre sumergido en las tinieblas. Eso sí —concluye con aire reflexivo—: aunque lleven la claridad por dentro arriesgan demasiado cuando se internan por la trocha de Arquía en medio de tamaña negrura.

Prisciliano —treinta y ocho años, cuerpo menudo— espera que el sacrificio que está haciendo su hijo valga la pena. Él cree que en la Institución Educativa Agrícola de Unguía el niño desarrollará habilidades prácticas muy útiles para su comunidad, como aplicar vacunas veterinarias o manejar fertilizantes. Además, al culminar el bachillerato en ese colegio de “libres” seguramente hablará mejor el idioma español. Para los indígenas kunas, “libres” son todas aquellas personas que no pertenecen a su etnia.

—El colegio está lejos —dice— pero no hay ninguno cerca. El que tenemos nosotros aquí en el resguardo solo llega hasta quinto grado, y Wikdi ya está en séptimo.
—La única opción es cursar el bachillerato en Unguía.
—Así es. Ahí me gradué yo también.

Prisciliano advierte que con el favor de Papatumadi —es decir, Dios— Wikdi estudiará para convertirse en profesor una vez termine su ciclo de secundaria.

—Nunca le he insinuado que elija esa opción —aclara—. Él vio el ejemplo en casa porque yo soy profesor de la escuela de Arquía.

¿Podrá Wikdi abrirse paso en la vida con los conocimientos que adquiera en el colegio de los “libres”? Es algo que está por verse, responde Prisciliano. Quizá se enriquecerá al asimilar ciertos códigos del mundo ilustrado, ese mundo que se encuentra más allá de la selva y el mar que aíslan a sus hermanos. Se acercará a la nación blanca y a la nación negra. De ese modo contribuirá a ensanchar los confines de su propia comarca. Se documentará sobre la historia de Colombia, y así podrá, al menos, averiguar en qué momento se obstruyeron los caminos que vinculaban a los kunas con el resto del país. Estudiará el Álgebra de Baldor, se aprenderá los nombres de algunas penínsulas, oirá mencionar a Don Quijote de la Mancha. Después, transformado ya en profesor, les transmitirá sus conocimientos a las futuras generaciones. Entonces será como si otra vez, por cuenta de los saberes de un predecesor, brotara la aurora en medio de la noche.

—Las cinco y todavía oscuro —dice ahora Prisciliano.

Anabelkis, su cuñada, ya está despierta: hierve café en el mismo fogón en el que hace un momento tomaba calor el perro. Su marido intenta tranquilizar al bebé recién nacido de ambos, que llora a moco tendido. Nadie más falta por levantarse, pues Ana Cecilia y los otros hijos de Prisciliano durmieron anoche en Turbo, Antioquia. En el radio suena una conocida canción de despecho interpretada por Darío Gómez.

Ya lo ves me tiré el matrimonio
y ya te la jugué de verdad
fuiste mala, ay, demasiado mala
pero en esta vida todo hay que aguantar.

El fogón es ahora una hoguera que esparce su resplandor por todo el recinto. Cantan los gallos, rebuznan los burros. En el rancho ha empezado a bullir la nueva jornada. Más allá siguen reinando las tinieblas. Pareciera que en ninguna de las 61 casas restantes del cabildo se hubiera encendido un solo candil. Eso sí: cualquiera que haya nacido aquí sabe que, a esta hora, la mayoría de los 582 habitantes de la comarca ya está en pie.

Wikdi le dice hasta luego a Prisciliano en su lengua nativa (“¡kusalmalo!”), y comienza a caminar a través del pasillo que le van abriendo los cuatro perros de la familia.

***

Hemos caminado por entre un riachuelo como de treinta centímetros de profundidad. Hemos atravesado un puente roto sobre una quebrada sin agua. Hemos escalado una pendiente cuyas rocas enormes casi no dejan espacio para introducir el pie. Hemos cruzado un trecho de barro revestido de huellas endurecidas: pezuñas, garras, pisadas humanas. Hemos bajado por una cuesta invadida de guijarros filosos que parecen a punto de desfondarnos las botas. Ahora nos aprestamos a vadear una cañada repleta de peñascos resbaladizos. Un vistazo a la izquierda, otro a la derecha. Ni modo, toca pisar encima de estas piedras recubiertas de cieno. Me asalta una idea pavorosa: aquí es fácil caer y romperse la columna. A Wikdi, es evidente, no lo atormentan estos recelos de nosotros los “libres”: zambulle las manos en el agua, se remoja los brazos y el rostro.

Hace hora y media salimos de Arquía. La temperatura ha subido, calculo, a unos 38 grados centígrados. Todavía nos falta una hora de viaje para llegar al colegio, y luego Wikdi deberá hacer el recorrido inverso hasta su rancho. Cinco horas diarias de travesía: se dice muy fácil, pero créanme: hay que vivir la experiencia en carne propia para entender de qué les estoy hablando. En esta trocha —me contó Jáider Durán, exfuncionario del municipio de Unguía— los caballos se hunden hasta la barriga y hay que desenterrarlos halándolos con sogas. Algunos se estropean, otros mueren. Unos zapatos primorosos de esos que usa cierta gente en la ciudad —unos Converse, por ejemplo— ya se me habrían desbaratado. Aquí los pedruscos afilados taladran la suela. El caminante siente las punzadas en las plantas de los pies aunque calce botas pantaneras como las que tengo en este momento.

—¡Qué sed! —le digo a Wikdi.
—¿Usted no trajo agua?
—No.
—Apenas nos faltan tres puentes para llegar al pueblo.

Agradezco en silencio que Wikdi tenga la cortesía de intentar consolarme. Entonces él, tras esbozar una sonrisa candorosa, corrige la información que acaba de suministrarme.

—No, mentiras: faltan son cuatro puentes.

En la gran urbe en la que habito, mencionar a un niño indígena que gasta cinco horas diarias caminando para poder asistir a la escuela es referirse al protagonista de un episodio bucólico. ¡Qué quijotada, por Dios, qué historias tan románticas las que florecen en nuestro país! Pero acá, en el barro de la realidad, al sentir los rigores de la travesía, al observar las carencias de los personajes implicados, uno entiende que no se encuentra frente a una anécdota sino frente a un drama. Visto desde lejos, un camino de herradura en el Chocó o en cualquier otro lugar de la periferia colombiana es mero paisaje. Visto desde cerca es símbolo de discriminación. Además se transforma en pesadilla. Cuando la trocha se sale de la foto de Google y aparece debajo de uno, es un monstruo que hiere los pies. Produce quemazón entre los dedos, acalambra los músculos gemelos. Extenúa, asfixia, maltrata. Sin embargo, Wikdi luce fresco. Tiene la piel cubierta de arena pero se ve entero. Le pregunto si está cansado.

—No.
—¿Tienes sed?
—Tampoco.

Wikdi calla, y así, en silencio, se adelanta un par de metros. Luego, sin mirarme, dice que lo que tiene es hambre porque hoy se vino sin desayunar.

—¿Cuántas veces vas a clases sin desayunar?
—Yo voy sin desayunar, pero en el colegio dan un refrigerio.
—Entonces comes cuando llegues.
—El año pasado era que daban refrigerio. Este año no dan nada.

Captada en su propio ambiente, digo, la historia que estoy contando suscita tanta admiración como tristeza. Y susto: aquí los paramilitares han matado a muchísimas personas. Hubo un tiempo en el que adentrarse en estos parajes equivalía a firmar anticipadamente el acta de defunción. El camino quedó abandonado y fue arrasado por la maleza en varios tramos. Todavía hoy existen partes cerradas. Así que nos ha tocado desviarnos y avanzar, sin permiso de nadie, por el interior de algunas fincas paralelas. Doy un vistazo panorámico, tanteo la magnitud de nuestra soledad. En este instante no hay en el mundo un blanco más fácil que nosotros. Si nos saliera al paso un paramilitar dispuesto a exterminarnos, lo conseguiría sin necesidad de despeinarse. Sobrevivir en la trocha de Arquía, después de todo, es un simple acto de fe. Y por eso, supongo, Wikdi permanece a salvo al final de cada caminata: él nunca teme lo peor.

—Faltan dos puentes —dice.

Solo una vez se ha sentido en riesgo. Caminaba distraído por un atajo cuando divisó, de improviso, una culebra que iba arrastrándose muy cerca de él. Se asustó, pensó en devolverse. También estuvo a punto de saltar por encima del animal. Al final no hizo ni lo uno ni lo otro, sino que se quedó inmóvil viendo cómo la serpiente se alejaba.

—¿Por qué te quedaste quieto cuando viste la culebra?
—Me quedé así.
—Sí, pero ¿por qué?
—Yo me quedé quieto y la culebra se fue.
—¿Tú sabes por qué se fue la culebra?
—Porque yo me quedé quieto.
—¿Y cómo supiste que si te quedabas quieto la culebra se iría?
—No sé.
—¿Tu papá te enseñó eso?
—No.

Deduzco que Wikdi, fiel a su casta, vive en armonía con el universo que le correspondió. Él, por ejemplo, marcha sin balancear los brazos hacia atrás y hacia adelante, como hacemos nosotros, los “libres”. Al llevar los brazos pegados al cuerpo evita gastar más energías de las necesarias. Deduzco también que tanto Wikdi como los demás integrantes de su comunidad son capaces de mantenerse firmes porque ven más allá de donde termina el horizonte. Si se sentaran bajo la copa de un árbol a dolerse del camino, si solo tuvieran en cuenta la aspereza de la travesía y sus peligros, no llegarían a ninguna parte.

—¿Tú por qué estás estudiando?
—Porque quiero ser profesor.
—¿Profesor de qué?
—De inglés y de matemáticas.
—¿Y eso para qué?
—Para que mis alumnos aprendan.
—¿Quiénes van a ser tus alumnos?
—Los niños de Arquía.

Deduzco, además, que para hacer camino al andar como proponía el poeta Antonio Machado, conviene tener una feliz dosis de ignorancia. Que es justamente lo que sucede con Wikdi. Él desconoce las amenazas que representan los paramilitares, y no se plantea la posibilidad de convertirse, al final de tanto esfuerzo, en una de las víctimas del desempleo que afecta a su departamento. En el Chocó, según un informe de las Naciones Unidas que será publicado a finales de este mes, el 54% de los habitantes sobrevive gracias a una ocupación informal. Allí, en el año 2002, el 20% de la población devengaba menos de dos dólares diarios. En esta misma región donde nos encontramos, a propósito, se presentó en 2007 una emergencia por desnutrición infantil que ocasionó la muerte de doce niños. Wikdi, insisto, no se detiene a pensar en tales problemas. Y en eso radica parte de la fuerza con la que sus pies talla 35 devoran el mundo.

—Ese es el último puente —dice, mientras me dirige una mirada astuta.
—¿El que está sobre el río Unguía?
—Sí, ese. Ahí mismito está el pueblo.

***

La Institución Educativa Agrícola de Unguía, fundada en 1961, ha forjado ebanistas, costureras, microempresarios avícolas. Pero hoy el taller de carpintería se encuentra cerrado, no hay ni una sola máquina de modistería y tampoco sobrevive ningún pollo de engorde. Supuestamente, aquí enseñan a criar conejos; sin embargo, la última vez que los estudiantes vieron un conejo fue hace ocho años. Tampoco quedan cuyes ni patos. En los 18 salones de clases abundan las sillas inservibles: están desfondadas, o cojas, o sin brazos. La sección de informática causa tanto pesar como indignación: los computadores son prehistóricos, no tienen puerto de memoria USB sino ranuras para disquetes que ya desaparecieron del mercado. Apenas cinco funcionan a medias. Recorrer las instalaciones del colegio es hacer un inventario de desastres.

—Este año no hemos podido darles a los estudiantes su refrigerio diario —dice Benigno Murillo, el rector—. El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, que es el que nos ayuda en ese campo, nos mandó un oficio informándonos que volverá a dar la merienda en marzo. Hemos tenido que reducir la duración de las clases y finalizar las jornadas más temprano. ¡Usted no se imagina la cantidad de muchachos que vienen sin desayunar!

Ahora los estudiantes del grupo Séptimo A van entrando atropelladamente al salón. Se sientan, sacan sus cuadernos. En el colegio nadie conoce a nuestro personaje como Wikdi: acá le llaman ‘Anderson’, el nombre alterno que le puso su padre para que encajara con menos tropiezos en el ámbito de los “libres”.

—Anderson —dice el profesor de geografía—: ¿trajo la tarea?

Mientras el niño le muestra el trabajo al profesor, reviso mi teléfono celular. Está sin señal, un trasto inútil que durante la travesía solo me ha funcionado como reloj despertador. La “aldea global” que los pontífices de la comunicación exaltan desde los tiempos de McLuhan, sigue teniendo más de aldea que de global. En el mundo civilizado vamos a remolque de la tecnología; en estos parajes atrasados la tecnología va a remolque de nosotros. Allá, en las grandes ciudades, al otro lado de la selva y el mar, el hombre acorta las distancias sin necesidad de moverse un milímetro. Acá toca calzarse las botas y ponerle el pecho al viaje.

—América es el segundo continente en extensión —lee el profesor en el cuaderno de Anderson.

Se me viene a la mente una palabra que desecho en seguida porque me parece gastada por el abuso: ‘odisea’. Para entrar en este lugar de la costa pacífica colombiana que parece enclavado en el recodo más hermético del planeta, toca apretar las mandíbulas y asumir riesgos. El trayecto entre mi casa y el salón en el cual me encuentro este martes ha sido uno de los más arduos de mi vida: el domingo por la mañana abordé un avión comercial de Bogotá a Medellín. La tarde de ese mismo día viajé a Carepa —Urabá antioqueño— en una avioneta que mi compañero de viaje, el fotógrafo Camilo Rozo, describió como “una pequeña buseta con alas”. En seguida tomé un taxi que, una hora después, me dejó en Turbo. El lunes madrugué a embarcarme, junto con veintitrés pasajeros más, en una lancha veloz que se abrió paso en el enfurecido mar a través de olas de tres metros de alto. Atravesé el caudaloso río Atrato, surqué la Ciénaga de Unguía, hice en caballo el viaje de ida hacia el resguardo de los kunas. Y hoy caminé con Wikdi, durante dos horas y media, por la trocha de Arquía.

El profesor sigue hablando:

—Chocó, nuestro departamento, es un puntito en el mapa de América.

¡Ah, si bastara con figurar en el Atlas Universal para ser tenido en cuenta! Estas lejuras de pobres nunca les han interesado a los indolentes gobernantes nuestros, y por eso los paramilitares están al mando. En la práctica ellos son los patronos y los legisladores reconocidos por la gente. ¿Cómo se podría romper el círculo vicioso del atraso? En parte con educación, supongo. Pero entonces vuelvo al documento de las Naciones Unidas. Según el censo de 2005, Chocó tiene la segunda tasa de analfabetismo más alta en Colombia entre la población de 15 a 24 años: 9,47%. Un estudio de 2009 determinó que en el departamento uno de cada dos niños que terminan la educación primaria no continúa la secundaria. En este punto pienso, además, en un dato que parece una mofa de la dura realidad: el comandante de los paramilitares en el área es apodado ‘el Profe’.

Anderson regresa sonriente a su silla. Me pregunto adónde lo llevará el camino al final del ciclo académico. Su profesora Eyda Luz Valencia, que fue quien lo bautizó con el nombre de “libre”, cree que llegará lejos porque es despabilado y tiene buen juicio a la hora de tomar decisiones. Existen razones para vaticinar que no será un ‘profe’ siniestro como el de los paramilitares, sino un profesor sabio como su padre, capaz de improvisar una aurora aunque la noche esté perdida en las tinieblas.

CASA DEL HIELO, esquina del barrio Boston, Aracataca. Empiezo la historia del Macondo real en el mismo punto donde empieza la del Macondo de ficción. A este lugar acuden de cuando en cuando viajeros procedentes de todo el mundo, admiradores de Gabriel García Márquez que pretenden encontrar aquí, en el pueblo donde él nació, elementos tangibles de su universo literario.

Cuando ciertos nativos desocupados avistan a esos forasteros en las calles del pueblo, entienden que ha llegado el momento de actuar. Macondo será historia pura en las páginas de Cien años de soledad, compadre, pero aquí en Aracataca existe, es materia genuina, ellos lo ven cada día y pueden hacérselo visible a los visitantes que tengan fe en hallarlo más allá de la literatura. En esa casa esquinera, por ejemplo, fue donde el coronel Aureliano Buendía conoció el hielo que habría de recordar muchos años después, usted sabe, frente al pelotón de fusilamiento. Présteme la cámara si quiere y yo lo retrato ahí con su novia.

Si el turista pide más detalles, se le dan. La casa de madera fue construida en 1923. En su patio se almacenaban hasta 200 bloques semanales de hielo durante los tiempos de la United Fruit Company, multinacional que entonces manejaba la producción de banano en estas tierras. Para los abuelos que poblaban Aracataca en aquella época, la llegada del hielo representó un avance notable. Acababan de descubrir un prodigio que servía para conservar los alimentos y espantar el bochorno.

Algunas veces, los guías espontáneos añaden que durante gran parte del siglo pasado el hielo fue un símbolo de estatus. Tú sabes, viejo gringo, hielito para la limonada del mediodía y hielito para el refresco del atardecer. Un lujo que no podía permitirse todo el mundo, apenas los ricos de Aracataca y los mandamases de la compañía bananera. Los bloques venían desde Ciénaga en un tren de la United Fruit Company. Eran cubiertos con aserrín para evitar que se derritieran, pues la madera es un aislante térmico. El que quisiera beber frío debía ir al patio y picar un poco de escarcha.

—Eche, Míster, tú sabes cómo es la película por aquí con estos calores.

Es posible que mientras el guía atiende a los forasteros aparezcan niños en chanclas de esos que en la actualidad se ganan la vida vendiendo bolsas de agua helada. El anfitrión les dará un vistazo cómplice, sonreirá.

—Las vueltas que da la vida: antes salía carísimo beber agua fría y ahora es lo más barato del mundo. Trescientas barritas nada más, Míster. Hoy el hielo es el aire acondicionado de los pobres.

El guía retoma su discurso en el mismo punto en que lo había abandonado cuando hizo la digresión. Entonces dice que en los años veinte del siglo XX a los niños les encantaban esos bloques, pues estaban surcados por agujas que se tornaban iridiscentes cuando les pegaba el sol. Así que uno de los planes familiares predilectos era entrar en esta casa a contemplar el hielo. Gabito —así lo llaman casi todos— seguramente vino muchas veces con su abuelo, el coronel Nicolás Márquez. Lo que pasa es que según la novela quien vino a conocer el hielo fue el coronel Aureliano Buendía. ¡Es que ese Gabito es más embusterooooo!

En el Macondo real, mucha gente vive convencida de que conoce al dedillo cada elemento del Macondo ficticio. Cita a sus personajes como si los hubiera visto en la vecindad, describe sus espacios como si los tuviera al frente. De eso me habla ahora el poeta Rafael Darío Jiménez mientras entramos en la Casa del Hielo.

¿Casa del Hielo?

El nombre suena irónico: al franquear la puerta, nos recibe una vaharada de aire caliente. En el suelo hay un reguero de cables eléctricos y muchas piezas automotrices desbaratadas.

—Esto es ahora un taller mecánico —dice Jiménez.

***

Son muchos los visitantes que buscan en el Macondo real la resonancia poética del Macondo literario. Pero acá el hielo no es un témpano luminoso que permanece intacto en la memoria sino una sustancia vulgar que se deslíe entre las manos. Eso sí: me cuenta el poeta Jiménez que algunos visitantes insisten. Quieren saber, por ejemplo, qué mujer del pueblo fue el molde original de Petra Cotes, la amante de Aureliano Segundo en Cien años de soledad. Nunca falta un nativo astuto que aporte el dato solicitado.

—Esa es Fulana, la querida de Perencejo.

Los guías agregan a continuación que según decían sus padres que habían dicho sus abuelos, el Mauricio Babilonia de la novela era un electricista que cada vez que pasaba por donde los Márquez Iguarán —abuelos de Gabito— dejaba tras de sí un enjambre de mariposas amarillas. Curiosamente, muchos de los nativos jamás han leído un libro de García Márquez. Pero llevan años oyendo hablar de sus criaturas y de sus historias, saben de sobra cómo explotar ciertos códigos macondianos. Además, sienten que el Macondo de la literatura es un simple reflejo de la vida de ellos. Así que ¿para qué perder el tiempo buscándolo en las novelas cuando pueden verlo en sus propias esquinas?

—¿Ustedes quieren saber quién era la tal Rebeca que comía tierra? Una señora llamada Francisca que vivía en la calle Monseñor Espejo.

Le digo a Rafael Darío que si yo fuera un lugareño sin formación académica, también pensaría que conozco a mi coterráneo más ilustre sin necesidad de haberlo leído. Total, llevo años viéndolo en la prensa, he oído su voz en la voz de todo el mundo. Si fuera un aldeano más y cerrara los ojos para que alguien me leyera pasajes de Cien años de soledad en voz alta, sentiría que me nombran a mis parientes cercanos, sentiría que me conducen a través de senderos familiares. Reconocería el aguamanil donde se lavaba las manos la tía y el mosquitero donde se guarecía el tío. Reencontraría en la ficción ciertos objetos de la realidad que ya no se ven en la realidad misma: la cama de tijera, el gramófono, la bacinilla de peltre. Identificaría el gallo de riña de mi compadre, supondría que Remedios la Bella ascendió al cielo envuelta en las sábanas blancas que lavó mi nana esta mañana. Vería a Úrsula Iguarán como la personificación de mi bisabuela: cegatona, indestructible.

Entiendo a esos paisanos que no ven las historias de García Márquez como transposición poética de la realidad, sino como simple reproducción documental de los sucesos cotidianos que narraban los vecinos.

—Eche, gringo, ¿quién dijo que Gabito inventó esos cuentos? Él mismo se la pasa diciendo en las entrevistas que solo ha sido un notario. Vae pues, por mi madre.

Los paisanos de Gabito saben que él es un señor muy importante con unas alas enormes, ni más faltaba, saben que es célebre, celebrado, gracioso, distinguido, pero muchos de ellos no lo ven precisamente como fabulador, como alguien que creó el universo por el cual se volvió tan famoso. Lo ven tan solo como un amanuense, como un tipo que supo plasmar en los libros el acervo que heredó de sus mayores, un compadre que echó en su maletín de viaje los cuentos de todos, y los hizo circular hasta en el último rincón del planeta.

***

En este momento el poeta Rafael Darío Jiménez me entrega uno de los muchos recortes de prensa que ha ido acumulando en su larga vida como estudioso de la obra de García Márquez. Hace varios años fundó en Aracataca el restaurante Gabo, una especie de altar al que acuden los devotos del escritor. Allí pueden rendirle culto y, de paso, comerse un buen filete de pargo rojo con patacones. En las paredes hay portadas de revistas dedicadas a Gabito, fotografías de Gabito, autógrafos de Gabito. Mientras uno se sienta en el taburete de cuero a esperar el almuerzo, puede escuchar fascinado al anfitrión, que conversa con la gracia típica de los palabreros del Caribe.

—El primer Macondo que existió fue un árbol —dice—. Es originario de África y alcanza hasta 35 metros de altura.
—Como la bonga.
—Como la bonga. En la Zona Bananera había una finca que todavía existe. Se llama Macondo porque tenía muchos árboles de esos.
—La finca vendría siendo el segundo Macondo.
—Exacto. El tercero es el de Gabito. Él cuenta en sus memorias que un día iba viajando en tren y de pronto vio la finca a un lado de la carretera. Leyó el letrero “Macondo” de la fachada y quedó impresionado.
—Claro, esta historia de la finca también es una parte muy conocida del mito.
—Gabito cuenta que antes de acabar el viaje, supo que el pueblo de Cien años de soledad se llamaría Macondo.
—Tercer Macondo, pues.
—Sí, el tercero. El primero y el segundo eran Macondos reales. El Macondo de Gabito es un mundo imaginario como el condado de Yoknapatawa creado por Faulkner.

Le digo a Rafael Darío que, en principio, el Macondo de la ficción se alimentó del Macondo de la realidad, pero después empezó a suceder lo contrario: la voz del escritor —irresistible, contagiosa— le impuso ciertos códigos a la realidad. Para la muestra, un botón: en Colombia nunca hubo un registro exacto de los trabajadores masacrados durante la huelga bananera de 1928. Gabito escribió en Cien años de soledad que habían sido 3000, y así pasó a la historia. Entonces un congresista propuso un minuto de silencio en honor a las 3000 víctimas de la matanza.

Si en el remoto país capitalino los senadores de la República inventan la realidad a partir de la ficción, con mayor razón tienen que hacerlo los habitantes de este ardiente Macondo real donde nació el truco. Así las cosas, vamos desembocando en una conclusión exótica: también es posible reinventar la cotidianidad a través de los espejismos. La realidad como imagen de sí misma, la imagen como una nueva realidad.

Extiendo frente a mis ojos, por fin, el recorte de prensa que me acaba de pasar Rafael Darío. Él sonríe, pone su índice derecho sobre un párrafo escrito por el propio García Márquez. Lo leo en voz alta:

“Siempre he tenido un gran respeto por los lectores que andan buscando la realidad escondida detrás de mis libros. Pero más respeto a quienes la encuentran, porque yo nunca lo he logrado. En Aracataca, el pueblo del Caribe donde nací, esto parece ser un oficio de todos los días. Allí ha surgido en los últimos veinte años una generación de niños astutos que esperan en la estación del tren a los cazadores de mitos para llevarlos a conocer los lugares, las cosas y aun los personajes de mis novelas: el árbol donde estuvo amarrado José Arcadio el viejo, o el castaño a cuya sombra murió el coronel Aureliano Buendía, o la tumba donde Úrsula Iguarán fue enterrada —y tal vez viva— en una caja de zapatos”.

Sonrío, bebo un sorbo de la limonada repleta de hielo que hace un momento me trajo la camarera. Sigo leyendo.

“Esos niños no han leído mis novelas, por supuesto, de modo que su conocimiento del Macondo mítico no proviene de ellas, y los lugares, las cosas y los personajes que les muestran a los turistas solo son reales en la medida en que éstos están dispuestos a aceptarlos. Es decir, que detrás del Macondo creado por la ficción literaria hay otro Macondo más imaginario y más mítico aún, creado por los lectores, y certificado por los niños de Aracataca con un tercer Macondo visible y palpable, que es sin duda el más falso de todos. Por fortuna, Macondo no es un lugar sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere”.

De modo que Macondo no se lleva por fuera sino por dentro. Está en el alma, mucho más allá de las piedras del Macondo real, mucho más allá de las páginas del Macondo literario. Macondo es un mito que se elevó para siempre a los más altos aires, allá donde solo pueden alcanzarlo los más altos pájaros de la memoria.

Macondo es una invención tanto del autor como de sus cultores. Ahora bien: las licencias literarias con las que uno mata son las mismas con las que uno muere. En el epígrafe de Vivir para contarla, su libro autobiográfico, García Márquez dice: “La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”. Eso es, ni más ni menos, lo que aplican quienes hacen turismo con los elementos que le sirvieron a Gabito para hacer literatura. Ellos también tienen sus historias, ellos también narran. Eche, gringo, ahora no te pongas a averiguar si lo que oíste es cierto o falso. A nosotros no nos interesa esa vaina. Si te lo dijimos es porque es cierto. En el Caribe la verdad no sucede: se cuenta. ?Hace poco, otro gran escritor de esta región, Ramón Illán Bacca, me contó una historia de esas que demuestran que en el Caribe lo importante no es saber la respuesta sino decirla, y decirla con gracia. En cierta ocasión Ramón estaba conversando con un tipo que, de repente, mencionó “la espada de Demóstenes”. Ramón, dueño de una vasta erudición, no aguantó la tentación de corregirlo.

—Es la espada de Damocles.

Pero el tipo, lejos de acomplejarse, supo encontrar un argumento bastante digno.

—Bueno, da lo mismo que sea Demóstenes o Damocles porque en esa época todo el mundo andaba armado con espada.

Aquella mañana, al otro lado de la línea telefónica, Ramón soltó entre carcajadas su conclusión luminosa: en el Caribe a nadie le dan ganas de suicidarse por confundir el talón de Aquiles con el de Atila, ni por lavarle las manos a Herodes y dejárselas sucias a Pilatos. Así que resérvate esos escrúpulos racionales, Míster, no vengas de por allá tan lejos a dañarnos el cuento.

Cada persona con la que uno se tropieza tiene su propio Macondo, cada quien va por ahí con la historia que le tocó en suerte. Ahora, mientras Rafael Darío Jiménez guarda el recorte de prensa, recuerdo una anécdota que me contó el poeta Juan Manuel Roca cuando le anuncié mi viaje a Aracataca. Una tarde, después de un recital en Santa Marta, Roca vino a este pueblo con varios poetas de otros países, entre ellos el cubano Eliseo Alberto. El guía que los recibió era el tipo más locuaz del mundo. Sin ningún pudor buscaba en el Macondo real ciertas equivalencias del Macondo ficticio. La peste del olvido, según él, surgió en el Puente de los Varaos; el hilo de sangre que recorrió la Calle de los Turcos en Cien años de soledad era de un tipo que había sido amigo de su abuelo, y así.

Uno de los poetas, medio en broma y medio en serio, le obsequió un cumplido.

—¡Qué inteligente es usted!?Entonces el guía le expresó su gratitud al mejor estilo macondiano:
—Me gusta que me digas eso, poeta. Es que aquí en Aracataca todos somos inteligentes, lo que pasa es que Gabito es el único que sabe redactá.

***

Vine a la Zona Bananera del Magdalena, en el Caribe colombiano, porque me dijeron que acá quedaba Macondo, el mítico pueblo creado por el escritor Gabriel García Márquez. Llevo cuatro días recorriendo este territorio y aún sigo preguntándome dónde está Macondo, cuáles son sus confines.

—Macondo queda por allá arribita, compadre. Es una finca.
—¿Macondo? Ñerda, esa te la debo: no sé.
—Macondo es toda la tierra que pisamos —dice el poeta Rafael Darío Jiménez—. Por donde veníamos era Macondo y para donde vamos será Macondo.
—Eche, me extraña esa pregunta. Macondo está en los libros de García Márquez. ¿Acaso tú no has leído Cien años de soledad?

He encontrado a Macondo en varios elementos a lo largo de mi caminata. En las plantaciones de banano que se extienden a ambos lados de la carretera. En la canícula de las dos de la tarde. En la gallina jabada que puso un huevo en el alar y después alborotó el vecindario con su cacareo. En las calles contiguas a la finca donde nació esta fábula: polvorientas, torcidas. Sin duda, en ese pasaje el mundo es todavía tan reciente que muchas cosas siguen careciendo de nombre y para mencionarlas hay que señalarlas con el dedo.

He encontrado a Macondo, digo, en esa tristura que a veces tiene la gente aunque muestre una risa. En las conversaciones sobre la guerra, la guerra de siempre que pasa del Macondo real al ficticio y viceversa. En la anciana enlutada que a pesar de su apariencia frágil estremece la casa con su voz de mando. En el caos, en la desmemoria, en la repetición cíclica de nuestras calamidades. En los cuentos que me contaron sobre las disputas políticas eternas y sobre la corrupción sistemática. Macondo es esta Aracataca por donde voy caminando, aunque ya no sea una aldea de 20 casas de barro y cañabrava, como en la novela, sino una villa de 40.000 habitantes.

Macondo es también lo que he oído durante el viaje. Fui al colegio Gabriel García Márquez a entrevistarme con el profesor Frank Domínguez, conocedor de la obra de Gabito. Me dijo que Macondo es chispa, brujería. Mantente alerta y oirás su música. Macondo suena, Macondo canta, Macondo encanta.

—Si vas a escribir sobre Macondo —me dijo el profesor Domínguez— tienes que leer a Federico Nietzsche.

En ese momento, desde luego, me sentí a punto de alucinar.

—¿Nietzsche en Macondo?
—Claro que sí: Nietzsche. Él dijo la mejor frase que conozco para describir a Gabito: “La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar”.
—Qué buena frase.
—Es el epígrafe del libro que escribí para celebrar el humor de Gabito.

Cuando iba saliendo del colegio, volví a toparme con el espíritu disparatado del que me habló Ramón Illán Bacca. En una de las paredes leí la siguiente cita, atribuida al poeta “Pedro” Neruda: “Cien años de soledad es quizá la más grande revelación de la lengua española después de Don Quijote de Cervantes”.

A esas alturas ya había entendido las reglas de juego. En Macondo da lo mismo Pedro que Pablo porque acá, carajo, todos son poetas.

Ya dije que Macondo es lo que uno oye mientras transita por la Zona Bananera. Aguza el oído, quédate quieto cuando zumbe la brisa. Después caminas un poco más y oyes a la profesora Aura Ballesteros, a quien llaman “Fernanda del Carpio” porque es “la cachaca de la historia”. Ella nació en Simijaca, cerca a la fría Bogotá.

—Macondo es un chorro de luz —dice—. Acá el sol no se oculta por mucho tiempo.

Buscando a Macondo en los paisajes y en las voces de la Zona Bananera, desemboqué en una historia insólita, la historia del holandés Tim Aan’t Goor, quien llegó a Aracataca a lo mismo que llegan todos los visitantes: quería encontrar en la realidad la magia que le había deslumbrado en la literatura. Vino por una semana y ya lleva tres años. Hace poco construyó en el pueblo una bóveda para enterrar simbólicamente a Melquíades, el gitano inolvidable del Macondo ficticio.

Cuando conocí la tumba, me pregunté si el Macondo de mi crónica también tendría un final alegórico. Pero ahora estoy aquí, en Bogotá, frente a mi computador, convencido de que Macondo es mucho más que todo lo que vi y oí en la Zona Bananera. Macondo se vino conmigo porque siempre ha estado dentro de mí. Es la pasión por narrar que bebí en la palabra de Gabito, mi profeta, el único brujo al que le creo. Muchos pueden contar bien una historia, pero pocos son capaces, como él, de crear un universo personal fácil de identificar desde la primera hasta la última línea. Y por eso me parece más justo cerrar los ojos para que Macondo siga vivo en mi memoria y las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin la segunda oportunidad que se merecen.

I

Mientras llega el camarero con nuestros almuerzos, Boricua Zárate advierte que está acostumbrado a ser un extraño para casi todas las personas con las que se tropieza en la calle. La última vez que pateó un balón —añade, meditabundo— fue en 1985, es decir, hace veintiséis años. Así que el mesero joven que nos atiende en este restaurante de Barranquilla tendría que ser sobrino suyo para haberlo reconocido. De otro modo, ¿cómo podría saber que el cliente de cabello ralo al que acaba de tomarle el pedido, el cojo de la pierna ortopédica, fue uno de los dos defensores centrales de la Selección Colombia que en 1975 quedó subcampeona de la Copa América?

Boricua aprieta con las dos manos el mango de su bastón. Luego insiste en que su época como jugador de la Selección Colombia pasó hace más de tres décadas. Resulta apenas lógico que a estas alturas él se haya envejecido y no se asemeje ya al mocetón que el país conoció en las canchas. Pienso que tiene razón pero me abstengo de decírselo. El Boricua de los años setenta era uno de esos zagueros intimidantes que parecen andar siempre a punto de descabezar a alguien. El de hoy es un sesentón maltrecho al que uno no se imaginaría en una cancha de fútbol ni siquiera como espectador. Uno se lo figuraría, más bien, jugando dominó en un parque de jubilados.

Como lo he frecuentado durante cuatro días estoy familiarizado con él, pero si me lo hubiera topado en cualquier esquina sin antes ojear en la prensa las imágenes de su aspecto actual, seguramente lo habría desconocido. Y eso que pertenezco a la generación de hinchas nacidos en los sesenta. Yo alcancé a ser testigo de su carrera, lo vi enfundado en las camisetas del Junior, del Medellín y de la Selección Colombia. Un domingo remoto de mi adolescencia, incluso, lo tuve a pocos metros de distancia en el viejo Estadio Romelio Martínez. Era un hombre brioso a pesar de su corpulencia, lo contrario de este señor menguado y lento que ahora empieza a tomarse la sopa.

Boricua se esfumó del panorama desde el momento en que se retiró de las canchas, y no volvió a aparecer en público. Jamás hizo el saque de honor en un partido importante ni en uno de poca monta; jamás fue entrevistado en los noticieros de televisión. Una que otra vez era evocado en son de mofa por los periodistas deportivos veteranos: cuando un zaguero pifiaba la pelota de manera horrible, o cuando la mandaba hacia las tribunas con un patadón antiestético, exclamaban: “Hizo la de Boricua”. Cuando el defensor se aturdía y en vez de rechazar el balón se quedaba estático viéndolo pasar por su lado, los comentaristas mayores citaban la frase burlona que el locutor Pastor Londoño decía a mediados de los años setenta: “No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí”.

Se referían, cómo no, al error que estigmatizó a Boricua durante la mayor parte de su carrera. Sucedió en el juego de vuelta por la final de la Copa América de 1975. Colombia había ganado 1 a 0 el primer partido, disputado en Bogotá. En el segundo partido, el de Lima, estaba alcanzando el título gracias al empate parcial, pero el equipo peruano mandaba en la cancha. De pronto, un atacante de Perú que avanzaba por la derecha envió un centro aparentemente inofensivo al área colombiana. Parecía que Zárate controlaría la situación de manera fácil, ya que el balón cruzaba englobado, manso, frente a sus narices. Bastaba con darle un cabezazo para mandarlo al córner o hacia un costado. Zárate, los brazos pegados al cuerpo, las manos posadas en las piernas, se quedó idiotizado viéndolo pasar, como si esperara que al balón mismo le diera la gana de alejarse sin causar problemas. O como si creyera que podía desviarlo con una simple mirada. Cuando el balón lo rebasó, intentó reaccionar, pero ya era tarde: Juan Carlos Oblitas irrumpía como un bólido por la izquierda. Al peruano, sin embargo, también lo sobró el balón y por eso no disparó en seguida. En todo caso logró detenerlo antes de que traspusiera la línea final. Entonces, de espaldas al arco, decidió jugarse un albur: le pegó un taconazo con la zurda para centrarlo de nuevo, a ver qué sucedía. Y lo que sucedió fue que le rebotó a Zárate en el pie derecho y se metió en la portería de Colombia.

Desde ese día hasta el momento en que se retiró, diez años después, Boricua soportó las chanzas más pesadas. Cada vez que la pelota llegaba a sus predios el público rugía con saña, mientras Pastor Londoño soltaba el consabido gracejo:

—No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí.

La gente se burlaba de él, incluso, en lugares distintos al estadio: en las calles, en los centros comerciales.

—No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí.

Aunque la broma lo irritaba, Zárate se mostraba risueño ante los provocadores, en parte por su temperamento apacible y en parte porque entendía que si perdía los estribos le iría peor. Para consolarse apelaba, además, a un argumento ingenuo: si se mofaban de él era porque, al menos, lo reconocían. Pero eso fue hace mucho tiempo, dice ahora, mientras aparta hacia un lado de la mesa el plato ya vacío de la sopa. Hoy solo encuentra indiferencia a su paso. Nadie lo señala con el dedo índice, nadie le pregunta por la Selección Colombia del 75. El taxista que nos trajo al restaurante, a propósito, no lo reconoció, pese a que vivió en el mismo barrio suyo cuando ambos eran adolescentes. Zárate sonríe, insiste en que ya está acostumbrado a esa situación.

II

En esta Colombia vertiginosa donde las noticias caducan al instante, un futbolista de los años setenta pertenece a la prehistoria. Más aún si su carrera fue gris y nadie volvió a saber de su vida durante el último cuarto de siglo. Ese personaje es a la prensa lo que el medicamento vencido a la farmacia: un producto desclasificado, sacado de circulación. Lo máximo que los editores de los periódicos podrían concederle es un rinconcito en la sección de efemérides, para evocar algún acontecimiento suyo —un autogol, por ejemplo— o contarles a los lectores en qué anda tras el retiro. Eso sí: el día que el personaje sufra un percance o estire la pata, será incluido otra vez, sin falta, en las páginas de actualidad. Ahora, mientras el mesero nos entrega las bandejas de pescado que le pedimos, recuerdo la frase irónica de Chesterton: “El periodismo consiste en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”.

Boricua hinca la punta del cuchillo en la posta de bagre frito. Dos años atrás nadie lo mencionaba, ni siquiera los locutores deportivos más viejos. Yo, lo confieso, tampoco lo extrañaba. No era que lo creyera ya un Lord Jones muerto: era que, sencillamente, su nombre se me había borrado de la memoria. Entonces sobrevino la calamidad que lo volvió noticia otra vez. “En estado crítico Boricua Zárate” —informaba El Heraldo a principios de 2010—: “Tiene diabetes y requiere ser amputado”. El reporte abundaba en detalles sobre las desdichas del personaje: sus dolencias, sus apuros económicos. Además advertía que Boricua no se encontraba afiliado a ninguna Empresa Promotora de Salud y, por tanto, los médicos se negaban a practicarle la cirugía. Sus excompañeros del Junior se aprestaban a organizar en Barranquilla un partido de veteranos para conseguirle fondos. Por primera vez nos mostraban el rumbo que tomó el personaje durante el tiempo en que le perdimos la pista. Al principio trabajó en las divisiones inferiores del Deportivo Independiente Medellín. Después se quedó sin empleo. Fue el momento en que surgieron las penurias: perdió el hogar, pasó hambre. Terminó yéndose para Mocoa, ciudad petrolífera de la región amazónica colombiana, donde se vinculó a una escuela de fútbol infantil. Un día amaneció con una uña del pie izquierdo encarnada. Como creyó que se trataba de un mal menor, no le prestó atención. Un mes después caminaba apoyado en un bastón.

—La pierna se me puso flaca como la de un niño con polio —dice Boricua.

Los cubiertos con los que corta el bagre naufragan en sus manos enormes. Mastica despacio, el ceño fruncido, la mirada grave.

Encuentro un parale-lismo entre el zaguero central que se durmió frente a aquel balón manso en la final contra Perú y el señor que se descuidó porque creyó que la uña encarnada era una minucia. Se me ocurre, además, una idea malévola: también este último Boricua “la dejó ahí”. Sin embargo, no me atrevo a comentarle en voz alta lo que estoy pensando. Me gustaría saber con qué ojos mira la realidad un hombre que no percibe ciertas señales de alarma que para los demás mortales resultan evidentes. Su hermana Isabel lo define como una persona ingenua y confiada. Físicamente parecería capaz de protegerse de cualquier adversidad, pero el pobre José —ella jamás le dice el apodo— siempre ha escondido a un niño indefenso dentro de ese cuerpo fortachón. Un niño que a veces es lento de reflejos.

—¿Por qué demoró para hacerse ver del médico la uña ulcerada?
—No, para nada, yo no me demoré. A mí la pierna se me adelgazó en cuestión de un momentico.

Me arrepiento de la pregunta: es injusto que uno se enferme y encima tenga que sentirse culpable. Veo otra vez el tenedor extraviado en la mano descomunal de Boricua, sus ojos que ahora no se me antojan graves sino afables. Definitivamente se parece al hombre que retrata su hermana: grandulón, desamparado, como un ogro bueno de historieta infantil. Así era también cuando jugaba: tosco, noble.

—Un locutor salió un día con este chiste: “Boricua pega más que un cable de energía pelado”.
—¿Y usted no era acaso pegador?
—A mí me expulsaron como dos veces apenas.
—Entonces, ¿de dónde salió esa fama?
—No sé. Vainas de ustedes los periodistas. Y como mido 1,82 y en esa época pesaba 86 kilos… Yo era muy fuerte. El que chocaba conmigo se caía, pero no era que me la pasara pegando patadas.

Manos grandotas, dedos muy gruesos. De alguna manera su contextura incidió en la clase de jugador que fue. Boricua no patrullaba la zona defensiva en la carroza de los príncipes sino en el burro de los leñadores. Quizá por esa razón lo olvidamos. Jugaba en el puesto de un exquisito como Beckenbauer pero pertenecía a la estirpe de un rústico como Scirea. ¿Lo que le cobramos, entonces, fue su falta de virtuosismo? Tal vez. El mundo no celebra al que corta la madera para hacer el violín sino al que crea la música.

Le digo a Boricua que el tiempo arrojó sobre él un manto de olvido pero, por otra parte, actuó en su favor. Si hubiera anotado aquel autogol a finales de los años ochenta o a principios de los noventa, cuando el fútbol colombiano estaba en la mira de las mafias y de los apostadores, posiblemente no estaría aquí echando el cuento.

—Huy, sí, de pronto me hubieran dado balín —dice con una expresión sombría.
—Así es.
—Vea usted el caso del finado Escobar…

En este punto Boricua hace el clásico gesto de la degollada, pasándose el índice derecho por el cuello. Se refiere al autogol que le costó la vida a Andrés Escobar tras el Mundial USA 94.

—Es preferible la broma de Pastor Londoño, ¿cierto?
—Sí, es preferible.

Y se ríe.

—¡No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí!

Y se ríe otra vez.

¡Ah, el tiempo! He pensado mucho en el tiempo a lo largo de estos días. Boricua ajustaba 36 años cuando se apartó de los reflectores y 61 cuando regresó a ellos. Mucha agua ha corrido desde entonces bajo el puente. El personaje dejó de usar las patillas gruesas que usaba en los setenta, se encorvó un poco, perdió varios dientes. Y, sobre todo, sufrió quebrantos de salud y se convirtió en un desempleado frecuente. Sin embargo, en los archivos de prensa se mantuvo ocupado pateando balones, ostentando la firmeza de un guayacán. El reducido sector de la sociedad que se acordaba de él, lo divisaba aún dentro del mismo vagón de sus años mozos, pero él había concluido ese viaje hacía una eternidad. Seguimos viendo a los exfutbolistas tal y como eran cuando jugaban, prestos todavía a cobrar el córner, o calentándose en la pista atlética. El día que decidimos buscarlos a ellos mismos para que nos cuenten qué fue de sus vidas, la realidad nos entra en los ojos como un puñado de tierra. Pregunta uno por Bonifacio Martínez, aquel veloz puntero del Junior, y responde Boricua:

—Me dijeron que anda en chancletas vendiendo pescado por las calles de Soledad.

Después pregunta uno por Ernesto Díaz, delantero de la Selección del 75, y vuelve a responder Boricua.

—Murió en una cancha de Estados Unidos. No tenía ni cincuenta años cuando le dio el infarto ese.

Enseguida pregunta uno por Pescaíto Calero, otro integrante de la Selección del 75, y a Boricua se le quiebra la voz en la respuesta:

—Hombre, Pescaíto murió en un accidente de tránsito en Pereira.

Y así sucesivamente.

Ayer, enfundados en una camiseta que llevaba cruzada en el pecho los colores de nuestra bandera, representaban a Colombia ante el resto del mundo; hoy andan desaparecidos, necesitados, muriéndose sin que nos enteremos. Y no nos enteramos porque ya no nos interesan, ya les pasó su tiempo. Si en estos momentos no pueden darnos circo, ¿por qué tendríamos nosotros que darles pan? Todo exfutbolista que llega pobre a la vejez —nos recordaba el entrenador holandés Rinus Michels— se vuelve extranjero en su propio país.

III

Al final de la tarde, cuando baja la temperatura en Barranquilla, Boricua sale de su casa en el barrio Montes y le da doce vueltas a la manzana. El médico que le ordenó la terapia —el mismo que le amputó la pierna izquierda— le aconsejó recorrer un kilómetro diariamente. Boricua dice que cumple la tarea de manera juiciosa, pero en cierta ocasión su hermana Isabel me condujo a escondidas hacia el patio para desmentirlo.

—Esos son puros embustes de él —me dijo, bajando la voz y mirando con cautela hacia el interior de la casa—. Él no camina todas las tardes. Viera usted la lucha que hay que tener para que salga a hacer el ejercicio.
—Pero ayer caminó conmigo…
—Sí, claro, y hoy va a caminar otra vez. En estos días sale a caminar porque usted está aquí.
—Caramba…
—Yo quiero que usted lo regañe. Como usted es periodista, a usted le para bolas.
—O sea que si no hay periodistas él no da ninguna vuelta.
—Bueno, él sí sale algunas veces. Pero yo quiero que usted lo regañe, porque el médico le pidió que camine con el bastón y él camina es con el caminador.

Esta tarde Boricua también utiliza el caminador. Dice que con el bastón se cansa mucho. Además, si usara el bastón tendría que caminar muy despacio, lo cual, según él, es poco recomendable en este barrio peligroso. A ambos lados de la calle 29 hay vecinos que vociferan como si estuvieran en una plaza de mercado. Boricua los mira de reojo, los saluda, y en seguida vuelve a fijar la vista en el piso. La prótesis, engarzada en un zapato de punta vaciada, le llega hasta el muslo. El Boricua de hoy será un alfeñique en comparación con el zaguero macizo de los años setenta, pero seguro es Sansón al lado del paciente demacrado que nos mostró la prensa a principios de 2010, en vísperas de la cirugía. Tres pasos, seis pasos, pausa. No es que le falle el estado físico —se excusa— sino que necesita más tiempo para acostumbrarse a su condición actual. Entonces separa los dedos tensos de las empuñaduras del caminador y estira las manos en el aire.

El sector por el cual avanzamos es considerado la Meca del fútbol colombiano. Al fondo, allá en la calle 30, vemos el Estadio Moderno, donde el 7 de agosto de 1922 se disputó el primer partido oficial de nuestra historia. Ese día se enfrentaron dos equipos cuyos nombres parecían aludir a los colores de nuestros partidos políticos tradicionales: Los Colorados y Los Azules. Después, en 1946 —tres años antes del nacimiento de Boricua—, el estadio fue sede de la Selección Colombia que ganó invicta los Juegos Centroamericanos y del Caribe.

La pasión de Montes por el fútbol surgió antes de que existiera ese estadio. Como las calles eran desnudas, terrosas, resultaban favorables para ciertos juegos. También se practicaba el ‘bate de la chequita’, una especie de béisbol en el que las pelotas eran las tapas de gaseosa que los jóvenes solicitaban en las tiendas. Los padres, dice Boricua, preferían ver a sus hijos jugando que cotorreando en las esquinas, donde se exponían a ser influenciados por los viciosos y por los ladrones. Tanto apreciaban los habitantes estos deportes que en los años sesenta, cuando la Alcaldía de Barranquilla anunció que empezaría a asfaltar el barrio, se rebelaron. Para ellos el pavimento era un simple afeite, pues allí nadie era dueño de ningún carro ni le tenía asco a la arena. Además temían que la medida desencadenara una crisis social. ¿A qué se dedicarían los muchachos —desempleados y sin estudios universitarios— cuando ya no tuvieran dónde jugar?

Ahora bordeamos un canal de aguas negras. Boricua dice que el fútbol lo salvó de “agarrar el mal camino”. Empezó a practicarlo, más o menos, a los ocho años. Entonces a ningún muchacho se le ocurría la idea de que ese pasatiempo sirviera para ganar dinero. Para ganar dinero estaban los oficios serios de los mayores: cargar bultos en la terminal marítima, o lavar envases en la fábrica local de cervezas, o vender butifarras en el centro de la ciudad. El fútbol era un simple recreo, un burladero para escondérseles a las tentaciones del ocio. Cuando mucho, le reportaría a quien lograra jugarlo profesionalmente unos cuantos pesitos para garantizar la vespertina del sábado en El Mogador, el cine del barrio. Lo de “profesionalmente” es un decir: Boricua recuerda que en 1970, cuando principió su carrera en el Junior, se sintió como si estuviera trabajando en una tienda. El jefe de personal le daba en efectivo los tres mil pesos del sueldo, un billete detrás del otro, y luego lo ponía a firmar un cuaderno escolar averiado en el lomo.

—¿Qué más, viejo Bori? —le grita un señor, cerveza en mano, desde la tienda de la esquina.

Boricua responde el saludo. Luego, el rostro ceñudo de siempre, me dirige una frase que no sé si es broma o reclamo:

—Vea que todavía hay quien se acuerde de mí.

Para desagraviarlo le digo que no solo me acuerdo de él sino de la época difícil que le tocó durante su carrera, esos años perdidos que fueron una especie de Patria Boba del fútbol: no clasificábamos a los mundiales, no le ganábamos a casi ningún equipo (el subcampeonato en la Copa América del 75 fue un hecho aislado); nuestros mejores clubes jamás pasaban de la primera ronda en la Copa Libertadores, nuestros mejores jugadores no le interesaban a nadie en el exterior. Mientras Boricua se pone a conversar con un vecino que le sale al paso, reproduzco en mi memoria algunas instantáneas de aquellos tiempos: veo a Pedro Pablo Pasculli metiéndonos dos goles y a Jorge Luis Burruchaga rematándonos con el tercero, en el Estadio El Campín de Bogotá. Perdemos 3 a 1 con Argentina y quedamos por fuera de México 86. Veo a los brasileños masacrándonos 6 a 0 en el Maracaná, así que tampoco iremos a Argentina 78. Pero no hay drama: caer ante Brasil es el tipo de traspié anunciado que solo nos hace encoger los hombros. Veo a continuación una imagen que revela nuestra mentalidad de entonces: tras el cuarto gol brasileño, el delantero Eduardo Vilarete se ubica en el centro de la cancha para reanudar las acciones. Sin embargo, en lugar de hacer el saque reglamentario se sienta encima de la pelota y empieza a manotear, impotente, como diciendo que estamos vencidos desde siempre, que no tenemos salvación, y que lo razonable es arrellanarnos de una vez por todas sin mover ni un puto dedo, pues pase lo que pase perderemos. Y eso fue, justamente, lo que le sucedió a la Selección Colombia durante aquel periodo de desastre: siguió perdiendo.

Cuando Boricua debutó llevábamos ocho años sin asistir a un mundial; cuando se retiró aún nos faltaban cinco para volver a clasificar. Mala suerte, pienso, mientras lo veo despidiéndose del vecino. En su época andábamos tan mal que lo más parecido a una hazaña que podíamos exhibir era el empate ante la antigua Unión Soviética, conseguido en Chile 62. Empezamos perdiendo 3 a 0 y al final igualamos 4 a 4. El histórico partido era una referencia obligatoria en Colombia, incluso para quienes nacimos después de aquel mundial. Todos, tarde o temprano, contábamos el chiste que en este momento le estoy contando a Boricua.

—¿Usted sabe qué significaban las letras “CCCP” que las camisetas de los soviéticos llevaban en el pecho?
—Me lo sabía, pero ahora no me acuerdo.
—Con Colombia Casi Perdemos.

Boricua sonríe. Luego vuelve a su expresión adusta. Da dos pasos, tres pasos. Su rostro cetrino destila sudor. Por un instante tengo la impresión de que ha envejecido diez años durante esta caminata. Le pesa la andadura, le pesa el país. Cualquier equipo de los grandes habría sobrevivido a un zaguero central limitado como él. Brasil, como todos sabemos, ganó el Mundial del 70 prácticamente sin arquero. Hubiera podido ganarlo también con Boricua en la defensa. Por eso supongo que el problema de Colombia en la Copa América del 75 no fue la presencia de Boricua, sino la ausencia de Pelé, Rivelino, Tostão y Jairzinho. Quisiera compartir mi deducción con él, pero me temo que la entendería como un sarcasmo, o como un artificio encaminado a hacerlo sentir bien. Boricua se enjuga el sudor de la frente con el índice derecho, se detiene de nuevo. Más que como un enfermo agotado por el esfuerzo físico, lo veo como un penitente castigado por nosotros. Primero dejamos que cargara él solo una cruz que tendríamos que estar cargando entre todos, la de nuestras frustraciones. Después lo olvidamos. Y ahora, cuando es un veterano discapacitado y sin ingresos, le damos la espalda.

Nos encontramos justo al frente del Estadio Moderno. Está distinto, dice Boricua. Antes no existían esas paredes frontales. Los espectadores entraban libremente y se sentaban en las graderías de cemento. En realidad fueron muchos los cambios que se presentaron en Barranquilla durante su ausencia, que empezó en 1976, cuando fue contratado por el Deportivo Independiente Medellín, y terminó en 2010, cuando regresó arruinado y enfermo. Desapareció el bar de salsa El Boricua, que inspiró su apodo (se lo puso el periodista Carlos Castillo Monterrosa). Disminuyeron las primitivas casas bajas, aumentaron las modernas casas altas. En la ciudad se siente más el olor del humo industrial que el de los caños. Ya nadie juega al ‘bate de la chequita’, ya no venden cubos de brillantina en las tiendas. Las flores de batatillas solo perduran en las canciones de Esthercita Forero. Y también se extinguieron los barberos que recorrían el barrio en bicicleta para ofrecer sus servicios de casa en casa. En esta urbe anárquica, desconocida, José del Carmen Zárate Samudio, Boricua, se siente a la deriva.

—Duré veinticinco años sin venir a Barranquilla.
—El año pasado volvió debido a su problema de salud. Antes de eso, ¿cuándo había venido?
—En el 85 vine con el Cúcuta. Me acuerdo porque fue mi último año como jugador. El Estadio Metropolitano estaba recién inaugurado y yo lo estrené.
—¿Por qué tanto tiempo sin venir?
—Bueno, usted sabe, en Medellín vivía con mi mujer y mis dos hijos.
—No entiendo. ¿Por tener mujer e hijos en otra ciudad no podía venir ni siquiera de visita?
—Nadie sabe la sed con la que bebe el otro. ¿Cómo iba a comprar los pasajes, si no tenía ni cinco centavos? Me quedé varado en Medellín y me tocó irme para El Putumayo porque fue la única parte donde salió trabajito.
—¿Nunca buscó en Barranquilla?
—No.?—¿Y ahora?
—Ahora es más difícil.

Afuera del estadio hay tres muchachos que nos miran insistentemente. Quizá sienten curiosidad por el forastero que anota en su libreta las palabras del vecino cojo. Al momento de empezar la caminata, Boricua me había aconsejado dejar la grabadora, el reloj y el teléfono móvil en la casa. Y hace unos minutos, cuando nos aproximábamos al Moderno, me pareció que masculló algo sobre ellos. Uno de los muchachos, el torso desnudo, lleva la camisa enrollada en la cabeza como un turbante. Otro tiene el rostro atravesado por una gran cicatriz. El tercero está de espaldas a nosotros. De vez en cuando se voltea, nos observa y sigue cuchicheando con sus amigos.

Husmeo a través del portón a los veteranos que, allá en la cancha, disputan un partido. No hay cámaras, ni vallas publicitarias, ni público. Me imagino a los protagonistas de este juego vespertino como viejas glorias a las que nadie les presta atención. Tal vez alguno también sufre una enfermedad o está necesitado. Jamás lo sabremos porque para ellos hace mucho rato cayó el telón. Juegan en la trasescena, adonde no llegan las luces halógenas de la industria del fútbol. Ellos son el tiro de esquina sin el patrocinador, la página ya desgarrada del álbum, el moho en el Botín de Oro. Mientras podían competir estaban blindados contra la miseria: recibían sueldos, primas. Cuando se retiraron quedaron desprotegidos. El futbolista profesional goza de inmunidad tanto tiempo como sea productivo en el campo de juego. Termina su carrera y ahí mismo, al salir del estadio, reencuentra sus problemas de siempre.

—Nos vamos —dice Boricua.

Nos vamos. Cuando hemos avanzado, más o menos, cincuenta metros, vuelve a hablar.

—Esos muchachos que nos estaban mirando son de aquellos. Lo que pasa es que me conocen y por eso se quedaron quietos.
—¿“De aquellos”?
—Rateritos. Ahí en esa esquina se roban como tres celulares todas las tardes.

Entonces pienso otra vez en los veteranos a los que hace unos minutos me imaginé como exfutbolistas legendarios abandonados a su suerte. Después de todo, allá en la cancha se encuentran seguros. Porque en Colombia, no nos engañemos, los estadios funcionan más como trincheras para proteger la vida que como santuarios del buen fútbol. Al encerrarse a jugar, lo que esos veteranos hacen, aunque no se den cuenta, es salvarse de los pillos que montan guardia en los alrededores. La mala noticia es que el partido se acabará, y cuando eso suceda tendrán que salir a exponerse. El país, que no los acompaña en su juego, los espera afuera con todas sus inclemencias. Y en estas calles ninguna pelota sirve como escudo. Boricua respira profundo. Todavía nos queda un largo trecho por recorrer.

IV

Estamos rastreando los archivos de Boricua para ver si damos con una foto de la Selección Colombia que nos representó en los VI Juegos Panamericanos, celebrados en Cali en 1971. Es la segunda vez que exploramos el cuaderno donde él tiene pegados sus recortes de prensa, pero seguimos sin encontrar lo que buscamos. En aquel equipo del 71 Boricua coincidió con el atacante Jaime Morón, quien hace seis años también se complicó a causa de la diabetes. Primero perdió una pierna, luego la otra, y finalmente murió, a los 55 años, en su natal Cartagena. ¿Habrá alguna otra selección de fútbol sobre la faz de la Tierra en la que dos jugadores hayan terminado amputados?

Boricua calla, sigue revisando sus recortes de prensa. La diabetes, advierte, le trastornó la vida. En este punto cierra el cuaderno para subrayar con sus grandes dedos una retahíla de calamidades. Se quedó sin trabajo —y agita el meñique en el aire—, regresó de improviso a Barranquilla —y sacude el anular—, tuvo que aprender a caminar otra vez —y agita el dedo del corazón—, se “recostó como mantenido” en la casa de su hermana Chave —y mueve el índice— y, sobre todo, se convirtió en un paciente crónico que debe estar todo el tiempo consumiendo medicinas —y menea el pulgar—. Cuando se le terminan los dedos, cierra la mano como si fuera a descargar un puñetazo contra algo, pero solo la posa suavemente en su muslo derecho. Entonces, la voz quebrada, dice que lo más triste de todo lo que mencionó es sentirse una carga para su hermana y sus sobrinos.

Si hemos abordado estos temas difíciles, a propósito, ha sido sobre todo por la presión de Isabel. Según ella, es injusto que su hermano siga contando en las entrevistas cómo fue que rebautizó a Hernán Darío Gómez, exdirector técnico de la selección Colombia, con el apodo de Bolillo, o cómo metió aquel autogol viejísimo del que ya nadie se acuerda. Siempre lo mismo, lo mismo. ¿Y quién pregunta por el Anafrin, que vale setenta y pico mil pesos? ¿Quién habla de los doce centímetros cúbicos de insulina que necesita diariamente? Solidarizarse con un deportista que representó a Colombia no es tomarle fotos ni darle palmaditas en el hombro. Tampoco es despacharlo para su casa con los recaudos de un partido de caridad disputado en su honor, y luego desentenderse de sus necesidades. Chave aclara, eso sí, que sin la misericordia de los amigos del fútbol a su hermano le habría resultado imposible sobrevivir. Menciona a exjugadores, a directores técnicos, a periodistas deportivos. Ellos organizaron el juego amistoso para recolectar fondos, ellos le consiguieron la cirugía, ellos le dieron ánimo en los días posteriores a la amputación. Pero, y más allá de eso, ¿qué hay para él? No puede ser que la única consideración que se merezca sea la limosna. Bastante que se jodió el cuero chupando sol en los entrenamientos. ¿Es mucho pedir que los equipos para los cuales jugó le encarguen alguna tarea en la que pueda sentirse útil y al mismo tiempo ganarse unos pesitos de manera honrada?

Boricua evade mi mirada, pasa mecánicamente las páginas del cuaderno. En la sala se siente un silencio pesado. Isabel vuelve a la carga, esta vez bajando el tono de la voz. A José le tocaron sueldos malísimos en su época, dice. Tanto así que cuando ya era titular de la Selección Colombia seguía yendo en bus urbano a las prácticas del Junior. Reunía sus moneditas por la mañana y se plantaba en la esquina del Estadio Moderno a esperar el transporte. Ahora cualquier Don Juan de los Palotes que esté empezando y nunca haya sido llamado a la Selección, llega al club en tremendo carro último modelo. Cuando muestran en la televisión las sedes deportivas de los equipos, ella no sabe si los jugadores están entrenando o cuidando un parqueadero público. El giro que ha tomado la conversación entusiasma a Boricua. Entonces sí me mira, sonríe. A continuación cuenta que, en efecto, el Medellín de finales de los setenta les pagaba mal y tarde a sus jugadores criollos. En cambio a los extranjeros les cancelaba puntual y en dólares. Un viernes de 1979 los futbolistas nativos estaban en las oficinas administrativas suplicando que les abonaran siquiera uno de los sueldos pendientes. Aunque el tesorero repetía que no había dinero, los jugadores se negaban a marcharse. Unos jugaban cartas, los otros leían cómics, los de más allá charlaban. De pronto divisaron al argentino Juan José Irigoyen saliendo de la gerencia. Exhibía una sonrisa de oreja a oreja y traía un fajo de dólares en la mano. Cuando pasó frente a ellos, odioso, empezó a abanicarse con los billetes. Ahí mismo los colombianos montaron en cólera y se le fueron encima.

—¿Qué le pasa, gran marica? —gruñó uno.
—Vaya a burlarse de su madre —lo increpó otro.
—¿Alguno de nosotros tiene cara de puta? —le preguntó Boricua—. Porque las que son felices cuando les muestran la plata son las putas.

Aquella fue la única vez —advierte Boricua— en que estuvo a punto de liarse a golpes con un compañero. Entonces Isabel, que evidentemente no se desvive por esa parte de la historia, retoma su tema en el mismo punto en que lo dejó cuando fue interrumpida. La situación actual de José es insostenible, advierte. El pobre es dizque entrenador de los exjugadores del Junior que participan en un torneo local para mayores de 55 años. ¿Quién le habrá dicho a él que esos vejetes panzones necesitan director técnico? Mire, el campeonato de ellos es lo que en Barranquilla se llama un vacilón, es decir, un divertimento. Allí se juega por gusto, solamente como pretexto para juntarse y beber cervezas al final de los partidos. José se arrimó a curiosear un domingo cualquiera de 2010, cuando ya el muñón de su pierna había cicatrizado. Necesitaba, simplemente, salir del encierro y tener con quién hablar. Se sintió tan bien en el reencuentro con sus compañeros de gremio que siguió asistiendo a la cita los domingos siguientes. En cierta ocasión, uno de los jugadores propuso hacer una colecta para ayudar a Boricua. Algunos aportaron monedas; otros, billetes. El recaudo total fue de cuarenta mil pesos. La donación se repitió, puntual, semana tras semana, y así se convirtió en un acto sagrado de la rutina dominical. Entonces Boricua decidió hacer algo para merecerse los treinta mil o cuarenta mil pesos que aquellos camaradas le entregaban al final de cada jornada: se autodenominó ‘director técnico’ del equipo.

—Cuarenta mil pesos —afirma Isabel, afligida.

Boricua cierra el cuaderno. Dice que, definitivamente, no tiene ninguna foto en la que aparezca junto a Jaime Morón.

—Cuarenta mil pesos —repite Isabel.

Todos volvemos a enmudecernos. Abro el cuaderno que Boricua acaba de abandonar en la mesa y me aparece un retrato suyo del año 75. Aunque exhibe el rostro grave de siempre, refleja un aire de satisfacción. Quizá lo que en aquel momento lo hacía lucir rozagante era la certeza de que se aprestaba a jugar. Estaba vivo, se sentía importante. Seguramente cuando el fotógrafo se le paró al frente Boricua no oyó el disparo de la cámara, porque lo que predominaba en el ambiente era el rugido del público. Hoy, en cambio, el silencio es tan profundo que se oiría, nítido, el clic del obturador. Si lo retrataran ahora, derrumbado en su mecedora de mimbre, quedaría con una expresión melancólica. En este otro extremo de la boca del túnel que ayer lo conducía a la cancha no se percibe el bullicio de la gente, sino el peso de la soledad.