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Sinopsis. Jota Erre es dueño de un perro de pelea que ha quedado ciego, tiene unos cuantos casetes de Chamín Correa, un Dodge Dart 70 que no arranca, un reloj de mano al que se le descompuso el segundero, un zapapico Truper y una guitarra con la que cantó en su boda. Un día, viendo una película de Pedro Infante, se da cuenta de que la pobreza ni en la tele es bonita. Entonces agarra a su esposa y a sus dos hijos, y baja de la sierra. Pronto descubrirá que la mayoría de los que han emigrado de su pueblo a Culiacán vive como Dios manda: si no lo tienen, lo compran, y si no lo compran, lo arrebatan. Jota Erre terminará imantado por ese mundo de dinero y pólvora, y hará lo que esté a su alcance para poder cantar ese corrido que dice: Ya empecé a ganar dinero, las cosas están volteadas, ahora me llaman patrón, tengo mi clave privada. Para convertirse en un capo que se respete, Jota Erre probará suerte como achichincle, motero, sicario, narcomenudista, lavador de droga y prestanombres. Esa vida, sin embargo, lo llevará a conocer la mala suerte y a entenderlo de una vez por todas: “Eso de que todo aquel que entra al narco se hace rico, es nomás un pinchi mito”.

Intento número uno. Todo empezó así: estaba yo en mi cantón, oyendo a Chamín Correa bien acá, cuando llegó un primo que había bajado de la sierra bien cuajado, bien billetudo. “Pariente —me dijo—, ocupo una gente de harta confianza pa’ bajar la mota a Culiacán”. Y no sé, como que ves, en un jale de ésos, una ilusión de hacerte rico y dices chingue a su madre, de aquí soy. Yo ya estaba fastidiado de vender productos naturistas. Aquí en Culiacán a la raza no le interesa morirse de un infarto o del azúcar, y pos casi no vendes. ¿Y qué hice? Le entré. Pa’qué te digo que no, si sí. Además, en esos años, te hablo de los noventa, el jale estaba tranquilo. El cártel era uno solo y no había las broncas de hoy, donde tienes que definirte si trabajas pa’l Chapo Guzmán o pa’ los Beltrán. Como si uno no supiera que, escojas a quien escojas, de todas maneras te van a matar. Total que mi cabeza de volada se puso a hacer cuentas y la verdad resultaba una buena pachocha irme de motero. Mi amá se enojó, pero no le hice caso. Ya ves que los sinaloenses somos mitad tercos y mitad vale madres. “Nomás te voy a decir una cosa cabrón —me dijo mi amá—. Si te matan, que Dios no lo quiera, no vengas a aparecerte por aquí, que ya con el ánima de tu padre tengo suficiente”.

(Culiacán. Jota Erre serpentea por la avenida Lázaro Cárdenas, a la altura de la colonia Popular. La estética Ilusión está cerrada porque la dueña, Micaela Cabral, recibió hace pocos días la visita de un tipo que no fue a cortarse el pelo. Fue a decirle “te traigo un regalo”, sacó la nueve milímetros y le disparó seis veces. Jota Erre se sabe ésta y otras historias del puñado de muertos que deambulan por estas calles. Él no quiere morir. Por eso me ha pedido que no ponga su nombre. Tampoco le gustaría que hable del trabajo por el que conoció al Hijo del Santo ni que describa su rostro. Acepta, eso sí, decir que hoy se dedica a la cantada, que tiene dos mujeres y que roza los cuarenta años.

Ése fue el trato. Y, una vez aceptado, nos trepamos a un auto que le diría a cualquier valet que recibirá buena propina, y Jota Erre aceleró como si pisara una serpiente. Así llegamos hasta aquí, el cruce con la calle Río Aguanaval, la última parada de Micaela.

Jota Erre dice que esa cuarentona no estaba involucrada en la mafia, que la han de haber tumbado porque, últimamente, en Culiacán se mata por capricho. Y tiene razón: en febrero, el mes que terminó ayer, hubo más muertos que días: 41 de los 130 en todo Sinaloa. Hasta podría decirse que en esta ciudad la tasa de natalidad, 1.5 por día, se controla por el mismo número de asesinatos.

Pero no quiero desviarme del tema; yo he venido aquí a escuchar la verídica historia de Jota Erre).

Tú sabes que no sólo de pan vive el hombre y ai te voy tendido como bandido a Tamazula. Yo me wachaba como el jefe de los moteros, con una troca bien chila y con el cuerno bien terciado. Y nada, bato. Llegué de achichincle. De pinchi gato. Y pos a trabajar, ni modo que qué. Ahí aprendí que pa’ que no nos vieran los helicópteros de los guachos, teníamos que ir a un arroyo a empaquetar la mota en greña. Y eso sí: nada de hablar ni agarrar cura con los compas. Si dices algo o te andas riendo, el jefe te suelta un chingazo.

¿Has estado cuando empaquetan la mota? Chale, entonces no has vivido. Como nadien habla nomás se oyen los ruidos de los gatos hidráulicos y de la cinta canela. ¿Sí sabes que con los gatos se hacen los cuadritos? Pos sí, con esa madre armas los paquetes, y ya luego los envuelves con hule delgadito, del que usan las doñas en la cocina, y después viene la cinta canela. Les echas grasa pa’que no se mojen cuando los lleven por mar, y al final les avientas otra pasada de hule y cinta. Eso hice durante tres meses, hasta que se juntaron como cinco toneladas. “Tú y tú van a bajar la mota”, nos dijo mi primo y nos dio un radio de esos de banda corta y las llaves de los camiones. Y ai te fui, siguiendo a los punteros, los weyes que van en las cuatrimotos diciéndote si hay guachos o no. Todo iba bien, pero como el jale lo haces de noche, pos no miras muy bien y yo me fui a estrellar. Tuvieron que mandar otra media rodada, pasamos la mota en friega y nos quedamos en un pueblo porque nos amaneció. Total que pa’ no hacértela tan larga, entregué el jale en Culiacán y me lancé a cobrarle a mi primo. “En la vida todo se paga —me dijo—. Y tú desmadraste un camión”. “Pero pariente, no chingue, si no fue porque quise”, le contesté. “Nada, nada pescadito, cuentas claras, amistades largas”. Nomás porque mi amá es su madrina, sacó doscientos pinchis dólares. Le valió madre que le haya dicho que me había rifado al cien. Pinchi bato. Si yo no sé por qué me aferré. Desde esa vez debí haber entendido que en el narco está duro el piojo.

Vida mafiosa. Sentado en una hielera y escuchando un corrido le jalé a un cuerno de chivo, rodeado de mis amigos con los versos recordaba todo lo que en mi vida he sido, canta el Coyote ahora que Jota Erre maneja por los Huisaches, un arrabal donde la mayoría de los jóvenes piensa que la mejor salida es la fama y el sabor de una muerte violenta.

—La chamacada de hoy está enferma de mafia —me dice este Jota Erre que, vale contarlo de una vez, habla tan rápido que parece estar en una lucha constante contra un cronómetro—. Los plebes le entran al negocio nomás pa’ rozarse con el Macho Prieto o con el Chino Ántrax, los pistoleros del cártel. Entran pa’ decir que son gente del Chapo o del Mayo Zambada, y así imponer respeto y sentirse la cagada más grande. Quieren andar en una troca pa’ darse una vuelta a las prepas y subirse una morrita…
—Pero al final tienen dinero, ¿no? —lo interrumpo.
—¡Ni madres! —y pega en el volante para reafirmar sus palabras—. Las trocas que traen son robadas, porque los jefes se los permiten pa’ trabajar; la ropa que usan es china, chafa, pura imitación; las pistolas tampoco son suyas, y si conocieras en la ratonera que viven te darían más lástima.
—Pintas una vida muy distinta a la que aparentan.
—Yo anduve en el negocio, tengo amigos en él, y puedo decirte que un setenta por ciento, si no es que más, está bien jodido. Se gastan lo poco que ganan en droga y pisto. Aquí en Culiacán a nadien le gusta confesar su pobreza, prefieren pedirte fiado y decirte que es pa’ una inversión.

Intento número dos. “Quihubo bato —me dijo un compadre por teléfono—. Se lo voy a decir rapidito porque estos tratos no debe escucharlos ni la sombra de uno”. Y que me suelta que quería mis servicios pa’ mover cocaína. Hasta bendije a los pinchis colombianos. Y no sé, como que me dieron ganas de brindar conmigo mismo, con mi alma se puede decir. Y ai me tienes yendo a su cantón pa’ que me explicara el jale. Neta que me waché en Bolivia, en Perú, en Colombia y en todos esos pinchis países drogos. Y nada. Mi compadre me mandó a Mexicali. Me dijo que rentara una casa pa’ guardar la coca, que yo la iba a recoger en el Golfo de Santa Clara y que otro bato la cruzaría por California. Pero qué coca ni qué nada, era mota. “Ni modo —me dije—. Y me eché un gallo, pero nomás pa’ que apestara”.

En el primer jale no tuve problemas. La mota llegó a su destino. La bronca fue que mi compadre no me pagó. “Es que tenía deudas, pero pa’l siguiente cargamento tiene su dinero”, me prometió.

Ese segundo cargamento fue en Semana Santa. Me acuerdo porque durante el día nos vestíamos de turistas. Ya sabes: bermudas, sandalias y lentes oscuros. Ya en la noche íbamos a donde estaba el faro descompuesto, que se conoce como El Machorro. Ahí esperábamos a los pangueros. Una de esas noches les echamos tres veces la luz de la lámpara pa’ decirles que se acercaran, que ya estábamos listos. Pero ellos nos contestaron con dos luces. Y dos luces, por si no sabes, es que hay peligro. Echamos un zorro alrededor, pero todo estaba bien oscuro y no vimos nada. Decidimos aguantar. Y no sé, pero en una de ésas waché hacia el faro y que alcanzó a ver a un bato prendiendo un cigarro. “¡Ya nos cayeron, fuga, fuga!”, les dije a mis compas y en friega nos abrimos. Yo venía en una troca que traía la gasolina pa’ los pangueros y, ¡madres!, que se atasca en la arena. No, pos patas pa’ qué las quiero. La bronca es que nunca he sido delgado y me fui cayendo entre los balazos. Me fui tocando el cuerpo, pero no tenía nada, sólo miedo. “¡Policía judicial, párate cabrón!”, alcanzaba a oír, y yo nomás pidiéndole a Dios que me ayudara, aunque ya sé que no debo meterlo en estas pendejadas. Total que alcancé a llegar al pueblo y le pedí ayuda a un viejo pescador. “Compa —le dije—. Me vienen siguiendo, hazme el paro; mi troca se quedó atascada, pero ahí tengo doscientos litros de gasolina, son tuyos si me ayudas”. Y como la gasolina en esos lugares vale oro, el bato me escondió en una troje donde guardaba cagadero y medio.

Los judiciales empezaron a buscarme casa por casa. “¿Dónde andas cabrón?”, alcanzaba a escuchar que gritaba un bato, que luego supe era el comandante Jorge Magaña, el papá del chavalo ese que mató a una familia en el Defe, ese que se llama Orlando. “Orita que te encuentre me vas a ver a la cara pa’ que sepas a quién buscar en el infierno”, gritaba el comandante y yo me oriné. Total que no me hallaron y hasta las horas salí de la troje pa’ darle los doscientos litros de gasolina al viejo y me jalé a Mexicali.

Cuando llegué, vi la casa toda desordenada, como si la hubieran cateado. No, pos mejor me fui, pero afuerita ya estaba el comandante Magaña con mis compas. “¿Así que tú eras al hijo de la chingada que andaba buscando ayer? —me dijo—. Pos te salvaste porque ya arreglamos el asunto”. Y el arreglo” era que la policía se quedaría con la mitad de la mota. Me acuerdo que hasta nos ayudaron a descargarla de las pangas.

Mi compadre me pagó quinientos dólares. Me dijo que le había perdido al jale, que entendiera la situación y yo lo mandé a la chingada. Casi cuatro meses arriesgando el pellejo pa’ quinientos dólares. La mitad se lo mandé a mi esposa y con el resto compré productos naturistas que quise vender en Mexicali. Digo quise, porque el día que salí a venderlos, iba caminando cuando un bato me aventó la troca. Era el comandante Magaña. “¿Quihubo pinchi sinaloense, traficando y no me avisan?”, me dijo de entrada y sacó la pistola. “No jefe, ya no ando en ese jale, ya trabajo limpiamente”, y le enseñé mis productos. Me creyó después de darme unos zapes y cortar cartucho en mi cabeza. “Es tu día de suerte —me dijo—. Necesito a alguien con contactos pa’ cruzar polvo”. Pensé que la vida me estaba dando otra oportunidad y le dije que sí. Tiré mis productos en la carretera y me subí con él. En el camino fue más específico y me desanimé: en realidad quería que fuera madrina, que anduviera madriando a los puchadores y me pagaría con autos robados pa’ que yo los vendiera. Vas a pensar que soy un idiota, pero nunca me ha gustado robar. Me pueden acusar de todo, pero no de ratero. Y pos ai te vengo a Culiacán sin un pinchi peso.

Autógrafo. En la marisquería donde comemos, una preparatoriana se acerca e interrumpe a Jota Erre.
—¿Usted es Jota Erre, el cantante?
—No —le contesta Jota Erre—. Me parezco, pero no.
—Sí es, a mí no me va a engañar.
—Oquéi, si tú lo dices —y Jota Erre sonríe como diablo en pastorela, encogiéndose de hombros.
—Deme su autógrafo —dice la preparatoriana, entregándole una liberta y el bolígrafo.
Firmó Jota Erre: “Con todo mi cariño. El que se parece a Jota Erre”.

Intento número tres. La fuerza de la costumbre es cabrona y yo extrañaba andar en el ajo. Te estoy hablando ya del 2003, 2004. Y así, cuando más lo pedí, que me busca un viejón de mi pueblo. “Quiero que me hagas un paro —me dijo—. Ve a matar a un cabrón que me debe dinero, ¿cómo ves?”. “Simón —le contesté sin pensarla—, nomás porque no he tenido chanza, pero cuando hay que chingar, chingo, y que cuando hay que pasar desapercibido…”. “Ya, ya, párale —me dijo—. ¿Tienes visa?”. “Simón”. Y ai te voy esa misma noche a Tijuana, pa’ pasarme a San Ysidro.

“Cuando llegues, le hablas a tal bato; él te va a llevar con el que me debe”, me había dicho el viejón y yo seguí las instrucciones. “Compa, soy Jota Erre, ya ando aquí”, dije por teléfono. “Está bien, nos vemos en el cruce de la gásinton y la mein”, me dijo y yo sin saber dónde estaba eso porque nunca había ido al gabacho. Le pregunté a una pochita que estaba dos tres y me dijo que debía subirme al troley, que contara tres estaciones, que ai me bajara y saliendo ai estaban esas calles. Y sí, bajando del troley vi la gásinton y la mein. “Compa, ya estoy aquí”, le volví a llamar. “¿Donde está usted hay un macdonals?”, me preguntó. Waché y le dije que sí. “¿Enfrente hay un futloker?”, volvió a preguntarme. Waché y le dije que sí. “Ai voy, deme unos quince minutos”. Y pasó una hora y nada. Entonces le hablé al viejón y le conté que el bato me traía como su pendejo.

“¿Sabe?, yo creo que éste también está coludido con el que le debe”, le dije. “Pos mira —me contestó—. En cuanto lo veas dile que te dé las armas, le preguntas dónde vive aquel cabrón y tumbas a los dos”. Como a las dos horas le marqué al bato. “Oiga, hijo de su pinchi madre, aquí me tiene esperándolo como vil tacuache, no mame”. “A ver compa, ¿dónde está, que no lo miro?”. “Pos aquí, frente a macdonals”. “Pos no lo miro y eso que la calle está vacía”. Y yo diciéndole: “Pos si ya son las tres de la mañana, a esta hora ya hasta los perros se fueron a dormir”. “A ver, compa, pregúntele a alguien cómo se llama dónde está”. “Pero si no hay nadien”. Y caminé hasta la parada del camión y un bato que hablaba español me dijo: “En nacional ciry”. Le volví a marcar al bato y le dije: “¡Estoy en nacional ciry, cabrón!”. “No, compa, está usted muy pendejo —me dijo—. Yo estoy en Fontana, como a tres horas de donde me está hablando”. Chale. ¿Yo qué iba a saber que en el gabacho hay miles de calles guásinton y mein?

Ya en Fontana, el bato me llevó hasta donde según vivía el wey que tenía que matar. Me dijo qué troca manejaba, que estaba gordo como cochito y me dio su apodo. Me la pasé wachándolo una semana hasta que se apareció el cabrón. En friega saqué el pistola y entré a su casa rompiendo la puerta. “¡Hasta aquí llegaste, pinchi cerdo!”, le dije apenas lo vi. El bato era puerco pero no trompudo, y le di una madriza a la Charles Bronson. Luego corté cartucho y le dije: “Me manda el viejón, ¿cuáles son tus últimas palabras?”. Sé que se oyó bien mamón, pero fue lo único que se me ocurrió. “¡No me mates, compa!, ¡no me mates!”. Y yo diciéndole que no fuera puto, que los de Durango nos dejábamos ir con calma y dignidad, porque me habían dicho que era de por ahí. Él empezó a decirme que conocía a fulano y zutano, que ellos le podían ayudar a conseguir el dinero. Yo me saqué de onda porque yo conocía a esa gente. “¿Pos cómo se llama, compa?”, le pregunté. ¿Y qué crees? El bato era uno de los de la clica de mi carnal. Valiendo madre. Si no lo reconocí fue porque estaba bien gordo y ya se le había deformado la cara. “¿Entonces tú eres Jota Erre?”, me preguntó y terminamos dándonos un pinchi abrazo.

Le conté cómo estaba el jale y él me pidió veinte días pa’ juntar el dinero. Yo le dije al viejón que el bato se estaba escondiendo, pero que me diera tiempo pa’ encontrarlo. “¿Oiga? —le pregunté—. ¿Y si el bato quiere pagar?”. “Pos se la perdonas porque es de la familia”. Total que todos los días salí de fiesta con el gordo. Pero lo bueno se acaba pronto y yo me regresé a Culiacán, porque pagó.

Nomás bajé del avión y fui derechito a la casa del viejón. De los tres mil dólares que me había dado de viáticos, ya nomás me habían quedado como cincuenta dólares, y él me había dicho que al regresar fuera a verlo pa’ pagarme el trabajito. Me recibió de volada, me abrazó, me dijo que le había gustado mi dedicación, o algo así, y que en la mañanita fuera a su rancho, que ahí iba a estar Miguelón, su hombre de confianza, pa’ decirme qué seguía. Ir al rancho del viejón no cualquiera, y por eso pensé que, mínimo, me iba a regalar una de sus trocas o me pagaría con droga. Y que voy llegando a la hora que me dijo, que pregunto por el Miguelón y que me ponen a podar el pinchi pasto y darles de tragar a los caballos. Neta. Te lo juro por mis hijos. No, pos no aguanté. Le di las gracias al viejón y volví a la calle a vender mis productos naturistas.

El pistolero. Komander: Qué sorpresa encontrarlo en mi rancho. Erick Estrada: Hace un rato lo estoy esperando. Komander: ¿Por qué trae bastantes pistoleros? Erick Estrada: Yo prefiero bastante dinero. Komander: No comprendo de qué estás hablando. Erick Estrada: Me pagaron por asesinarlo.

—La chamacada escucha corridos como éstos y ya andan diciendo que traen callos en los dedos de tanto jalar el gatillo —filosofa Jota Erre cuando pasamos por el estadio de béisbol. Luego baja la ventanilla entintada para ver los guindas exactos, y les mienta la madre a los Tomateros—. Te decía: a los sicarios de hoy les pagan dos mil pesos a la semana, cuando mucho. O sea, esos batos nomás saben una cosa: que van a morir y que no será una muerte fácil.

Intento número cuatro. Un día entendí que el narco es el negocio más individualista de todos, que es onda de uno y nomás. Que aquí dos cabezas sirven pa’ que te den en la madre más pronto, y por eso no está de más ser desconfiado. Por eso nunca pude trabajar bien allá en Michoacán. Ai te va pa’ que me entiendas:

Un narco segundón me propuso que fuera su socio en el cruce de mota. ¿Wachas? Ya no iba a ser un pinchi gato. Esto era más grande, era un jale donde no faltaría quien quisiera arañarnos las manos de tanto billete que tendríamos. “No, compa, siempre salgo jodido”, le dije porque el bato sabía que yo era de los que no se dejaban ir de hocico a la primera. Y me estuvo rogando hasta que le dije arre pues. Él puso millón y medio de pesos, y lo que debía hacer era comprar la mota, transportarla, cruzarla y cobrar. Lleva las de ganar, y sin tanto riesgo porque en ese entonces, como el 2006, todavía te dejaban trabajar por tu cuenta, siempre y cuando pagaras piso. La bronca fue que los de Juárez y los pinchis Zetas se pusieron ambiciosos y violentos, y pos ahora es una locura llevártela tú solo. Pero te decía: ai te voy tendido como bandido a mi pueblo pa’comprar mota. Y nada. Todos tenían apalabrada la mota con el Chapo y no pudieron venderme. Fui a Badiraguato y nada, quesque la siembra había estado jodida por el calentamiento de no sé qué, que nomás había salido pa’ trescientas avionetas, y que iban pa’ los Beltrán. Fui a Atascaderos, en Chihuahua, y tampoco; ya estaba vendida a los Carrillo. No, pos bajé bien agüitado. “¿Sabe qué compa? —le dije a mi socio—, este negocio parece estar hecho con la mano del diablo, no hay mota”. “¿Cómo no va a haber, compa, si es lo que sobra?”. “Se lo juro por la tumba de mi padre”. Mi socio hizo unas llamadas. “Ya está compa —dijo—. Váyase a Michoacán, allá por Lázaro Cárdenas, allá sí hay”. Y me fui en fuga, pensando en el billete que me iba a embauchar si salía el jale.

Allá llegué con un bato bien pinchi enfadoso, con dientes de plata y que se la tiraba de galán. Dos días me estuvo castre y castre con que los sinaloenses éramos güevones, borrachos, feos y maricones. Tuve que ponerle unas pinchis ganatadas en la cara y decirle que nos fuéramos respetando, que yo había ido a comprar mota y él a conseguirla.

Donde estábamos era una playa, y pa’ subir por la mota era en chinga; máximo tres horas. El mundo ideal. Desde el primer día nos pusimos a bajar unos kilos y entre más bajábamos, más insoportable se ponía el bato enfadoso. ¿Cómo te diré? Era presumido. Sacaba mi troca y se paseaba por el pueblo con el estéreo a todo volumen. “Compa, ya déjese de payasadas, nos van a atorar”, le reclamé. “¿Cómo cree?, aquí todo está controlado”. De andar por la troca pasó a aventar balazos y luego a emborracharse y decir que trabajaba pa’ unos sinaloenses pesados. Ya no dijo más porque, una mañana, llegó la judicial a mi hotel. Quise salirme por la ventana, pero por todos lados había policías. Cuando salí, waché que tenían todo madriado al bato enfadoso. “¡No he dicho nada, no he dicho nada!”, decía el cabrón. Le dije al comandante que sí, que era de Sinaloa, y que estaba ahí porque un socio y yo queríamos poner una empacadora de camarón que traeríamos de Mazatlán. “Pos fíjese que no le creo, pero tampoco le hemos encontrado a este fulano la mota; lo voy a vigilar, ya está advertido”, y se fue. La mota estaba en la casa de la amante del bato enfadoso, por eso no la encontraron los federales.

Y luego luego le hablé a mi socio: “Este pinchi bato enfadoso jodió todo, mañana me voy”. “¿Cuánta mota ha juntado?”. “Tonelada y media”. “Está bueno, mañana le mando las pangas y véngase ya”.

Al otro día mi socio cumplió con la palabra y llevamos la mota a las pangas. Y yo creo que eran la una de la mañana cuando nos cayó la judicial. “¡Trépese, compa, trépese!”, me dijo el panguero, y ai te voy. En ese momento, la verdad, no me agüitó que háigamos dejado media tonelada en la playa. Lo que yo quería era perder a la policía. Y sí. Le dimos tan recio mar adentro que nos perdimos hasta nosotros. Como habíamos salido en fuga, al panguero no le dio tiempo de poner la brújula. Y ai fue cuando le juré a Dios que si me ayudaba a librarla sería el último jale.

Sería bien largo contarte cada uno de los siete días que estuvimos perdidos. A lo mejor hasta escribo una novela de eso. Lo que sí te digo es que como al cuarto día empecé a alucinar: veía tráilers en el mar, y eso que no le metí al perico como los dos batos con los que iba. Ellos, en algún momento, se quisieron matar a cuernazos; se reclamaban mutuamente por lo de la brújula. Yo me quemé todo, parecía cáscara de mango podrido, y bajé kilos como nunca. En el quinto día vimos un barco, pero era de la Marina y otra vez a altamar. La gasolina se nos empezó a acabar y, cuando creímos que nos íbamos a morir en una panga llena de mota, apareció un barco. Nos ayudaron a subir, mis compas les apuntaron con los cuernos, y yo nomás les pedí de comer y agua. La neta nos alivianaron. Hasta nos orientaron con la brújula. Estábamos a veinte horas de las Islas Marías. Y así, a puro motor muerto, pudimos llegar a Mazatlán. Ahí nos rescató mi socio.

Yo quería descansar, pero en chinga tuve que irme a Mexicali pa’ vender la mota porque ya se estaba poniendo café, y así ya no sirve. La vendí, cierto, pero bien barata y ni siquiera recuperamos la inversión. O sea: no gané ni madres.

Plebitas chacalosas. Lucen las mejores marcas y ropa de pedrería, los más caros celulares, uno para cada día, las uñas bien decoradas, les gusta verse bonitas.

—Esta música del movimiento alterado es pura enfermedad —dice Jota Erre, ahora que suena en el estéreo una tal Jazmín—. Esa música y que aquí anden paseando las hijas de los pesados hacen que las morras se sientan narcas. Unas se ven débiles, pero consiguen cuernos y se vuelven poderosas. Y las otras sueñan con andar con uno de su calaña. Pero volvemos a lo mismo: en el narco la mayoría de los batos no tiene ni dónde caerse muerto.
—Si alguien de ellos te escuchara pensaría que les tienes envidia.

Jota Erre me mira con cierto desprecio y da vuelta en la primera calle. Toca el claxon frente a una casa que el tiempo le ha dado un poco de consistencia. Un tipo, que no pasará de los treinta años, sale y saluda a Jota Erre.
—Compa: ¿cuánto llevas en el jale?
—¿Por qué? —pregunta el tipo desconfiado y me mira como si fuese policía.
—¡Contesta, cabrón!, ¿cuánto? —interviene Jota Erre.
—Ya voy pa’ los ocho años —le contesta.
—¿Y tienes dinero?
—Pos no tanto así, pero traigo esa troca que levanta morras de a madre.

Jota Erre acelera y me dice:
—¿Wachaste cómo está el pedo?

Intento número cinco. Mis días como narcomenudista fueron fugaces. Tardé más en aprender cómo lavar la coca que darme cuenta que el traficante termina trabajando pa’ pagarle al cártel o termina muerto. Yo empecé a vender grapas y cuando iba a cobrarle a la gente me salía con la pistola, diciéndome que no me iban a pagar. Y que a ver cómo le hacía. Por eso te digo que ahí no duré mucho. Luego, un capo me buscó pa’que le lavara un kilo de la buena. Y ai me tienes comprando el éter, la acetona, el ácido clorhídico, el amoniaco, el papel y las vasijas. Yo había lavado por pedacitos y esa vez, por güeva se puede decir, lavé toda de un jalón. ¡Y madres!, que se me echa a perder. Le dije al narco y él me salió con que tenía dos días pa’ pagarle. El bato era cabrón, nomás de oírlo mentar se le pegaba a uno la diabetes. Y ai me tienes consiguiendo quince mil dólares. Pedí prestado aquí y allá, le vendí el alma a unos cuantos, y hasta mi mamá vendió un carrito que tenía. Chale, quién sabe por qué, pero como que todo se echa a perder en esta vida, ¿no?

Reflexión sierreña. —¿Te arrepientes de algo? —le pregunto a Jota Erre cuando vamos camino a la fiesta de un locutor de radio en Culiacán.

—Sí y no —dice y los dientes le relucen como el acero—. Sí, porque pude aprovechar el tiempo en algo más de bien. No, porque le puedo decir a mis hijos que el narco no es el mundo que pintan. No, porque nunca robé ni maté a nadien. Yo creo que la vida debe ser la que está arrepentida de que siga yo aquí, porque este jale es como la lotería, y el premio gordo es vivir.

El último intento. Mi dizque carrera de narco estaba de picada. Ya no quería saber nada. Ora sí le iba a cumplir a Dios. Pero pa’ ese entonces me buscó la mano derecha de uno de los más chacas. “Lo ocupamos pa’ que sea el prestanombres, le vamos a pagar bien”. Como nomás se trataba de hacerle el paro a una gente, pos no entré en conflicto con Dios. Lo que tenía que hacer era acompañarlos a Oaxaca, decir que era empresario, hospedarme en el hotel Victoria y esperar a que llegara una avioneta llena de coca. Y ai te fui vestido bien acá, bien placoso. Llegué y me presentaron al viejón, al dueño de la droga. “He oído de ti, dicen que eres honrado, pendejo, pero honrado”, me dijo y yo nomás me reí. Ni modo que qué.

Me hospedé en el Victoria, ya te dije, y me puse a esperar. Había días que nomás dormía y otros jugaba ajedrez con el viejón. Una tarde, el brazo derecho me dijo que la avioneta iba a llegar esa noche, que si todo salía bien, yo me devolvía a Culiacán con un buen billete. Bajé al restorán y me puse a tragar como cochito de pura alegría. Me acuerdo que en la tele estaba una película de narcos, y yo pensé que qué sentido tenía verla si yo estaba con el viejón. En eso, vi a dos batos que en los diez días que llevaba hospedado nunca había visto. Y luego otros tres. Y luego otro. Salí, fui con los pistoleros del viejón y les dije lo que había visto. Ellos me mandaron a avisarle al viejón y, cuando subí, el viejón ya sabía cómo estaba el rollo: “¡Son militares, ya nos chingaron!”.

Desde morro, casa a la que iba, casa a la que veía por dónde saltarme. Y pos en el hotel había encontrado una escalerita que te llevaba a otro predio. “No se agüite, patrón, yo lo voy a sacar”, le dije y me lo llevé. Cruzamos la calle y él se subió a un carro y se fue. Su brazo derecho me dijo que yo también aplicara la fuga, que el cargamento había sido decomisado, que no iba a haber billete.

Me regresé a Culiacán como pude, pero no perdí la esperanza de una buena recompensa. Al tiempo lo vi en Guadalajara. ¿Y sabes qué pasó? Nada, nomás me abrazó, me dijo que nunca iba a olvidar lo que hice por él y me regaló un bucanas dieciocho. Valiendo madre.

El señor de la montaña. Un tipo sostenía el Nextel. Al otro lado del auricular alguien escuchaba el cóver que cantaba Jota Erre: Joaquín Loera lo es y será prófugo de la justicia, el señor de la montaña, también jefe en la ciudad; amigo del buen amigo, enemigo de enemigos, alegre y enamorado así es Loera, lo es y será.

Cuando terminó de cantar, el tipo del Nextel se acercó a Jota Erre y le entregó el radio. Escuchó: “Canta usted muy bien, compa, lo felicito; ai cuando se le ofrezca algo en todo México nomás búsqueme”.

—¿A poco era el Chapo? —le pregunto a Jota Erre cuando llegamos a su casa.
—El mismo que viste y calza.

Jota Erre se desparrama en el sillón y empieza a platicarme su vida como músico. Pero ésa es otra historia.

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Nunca has caminado por el Cerro de la Cruz, pero por la manera en que el guía llama al lugar, “la Pus de La Laguna”, sabes que inspira miedo el mero hecho de nombrarlo. Apenas subas, te darás cuenta de que, en vez de trepar hacia el cielo, bajarás hacia el infierno. Pronto verás que los barrios son casuchas apeñuscadas en las laderas del cerro, reproduciéndose obscenamente como las cucarachas. Y pronto, también, caminarás por callejuelas empinadas, gatearás escalinatas hechas sin ninguna planeación, no sabrás si hay más basureros que callejones sin salida, te toparás con teléfonos públicos destrozados, con perros vagabundos y observarás paredes pintarrajeadas y agujereadas que te harán entender que, por estos rumbos, la única que tiene paso libre es la muerte. Para que esto jamás lo dudes, el guía te llevará hasta donde están las jaurías de sicarios, tan jovencitos ellos, y tú supondrás que para ser matón solo se necesita tener muchos güevos. En algún momento notarás que hay tantos chicos empistolados, culebreando arriba de las motos, y tantos vendedores de droga barata que jurarás que si este cerro no es la octava maravilla del mundo, poco le hace falta para serlo. Cuando mires de nuevo hacia las casas amontonadas o cuando te fijes que los militares saludan a los narquillos como si fueran viejos conocidos, comprenderás que Dios aquí no se siente y le preguntarás al guía qué carajos hacen ahí. Él, que suele ser frío como el hielo, te responderá que de estos barrios salen a diario la chispa y la leña que han mantenido encendido el matadero en Torreón y Gómez Palacio. En los últimos seis años, casi tres mil setecientas personas han sido asesinadas como si la gente estorbara. Entonces, el guía te hablará del cártel de Sinaloa y de los Zetas, dos bandos agarrados de los R-15 que tienen a La Laguna entera de espectadora.

***

Desde que me acuerdo, aquí en el cerro se matan. Mis papás me contaron que, en sus tiempos, la gente pasó de los machetes a los cuchillos y de los cuchillos brincaron a las balas. Yo nací por ese’ntonces, cuando el mero bueno de acá del poniente de Torreón, era el Chaqui, un viejón que sicareaba pa los ricos de la Laguna. Desde los setenta, el Chaqui controló todo el trasiego de coca y mota, hasta que lo mataron por ahí del noventa. Ese bato siempre jaló pa los sinaloenses, ¿sí me entiendes? O sea, el acta de nacimiento del Cerro de la Cruz está firmada por el cártel de Sinaloa. Por eso cuando los zetones apañaron el cerro nos la pasamos rebotando muertos por esta pinchi vida. Pero ya me estoy adelantando. Con el cártel de Sinaloa, te decía, la raza estaba bien contenta. Uno sabía que sólo se morían los abusones, los soplones, los hijos de la chingada, ¿sí me entiendes? Neta que aquellos sí fueron tiempos bien perros. Todavía por el año 2003, el Chapo Guzmán se daba sus vueltas por acá y toda su gente, el Chompe, el Toro Montoya, el Dany, el César, el Gitano, el Rambo y el Saico eran los reyes del cerro y, por qué no decírtelo, nosotros sus pinchis siervos, o como se diga. ¿Sabes cuándo empezó la bronca? Ai te va: fue en 2004, cuando el Diri le entró al negocio de la coca. El Diri había sido tránsito, por eso se ayudó de la policía municipal pa irse metiendo al cerro. Los chapitos le dieron chance al Diri porque no lo miraron como competencia. Pa mí ese fue el error, ¿sí me entiendes? Y te voy a decir por qué: en 2005 llegó Heriberto Lazcano a Torreón. Media Laguna lo supimos porque el bato mandó coronas de flores a las oficinas de la estatal. Ésa fue la presentación de los zetones. Me acuerdo de que por esos días, los chapitos pasaron casa por casa pa decirnos que no nos mortificáramos, que el Lazcano y el Diri no iban a agarrar mecha, que los zetones nunca se atreverían a subir el cerro. ¿Y, cuál? El Lazcano fue a apalabrarse con el que era alcalde, un bato del PAN, y todo se fue a chingar a su madre.

[Conozco al guía desde hace algunos años y sé que no me mentiría. Publicar su nombre sería contraproducente. Aquí a los informantes, según me ha advertido, los queman en una pira de llantas.]

Los zetones apañaron el cerro de un día pa otro. Los chapitos nomás se quedaron con la Polvorera y la Durangueña. Los que nos quedamos de este lado, en la Libertad, en Cerro Azul, en la Victoria, en la Buenos Aires, en la Independencia, en El Huarache, en la San Joaquín, vimos cómo los zetones comenzaron a extorsionar a los comerciantes del Mercado Alianza y a todo aquel que tenía un negocio en el centro. Donde está la antigua harinera, ahí por donde subimos, torturaban a los que se resistían. Dos patrullas siempre cerraban la calle de la harinera pa que nadie se acercara a ver el matadero de gente. Un día pasó por ahí el reportero ese de Multimedios y miró cuando los zetones mataban a un viejón, por eso lo levantaron… Ándale, Eliseo Barrón, ¿sí me entiendes? Se puso bien pesado. Todo el poniente, que en los hechos es el centro de Torreón, era zetón. A las putas las padrotearon y las que no se dejaban, las quemaron. A los niños los enviciaron con piedra, los reclutaron de sicarios, y a los federales que no tenían comprados los corrieron de su hotel, aquí a unas calles, a punta de balazos. Cuando se cansaron del poniente se fueron al oriente a robar carros, a secuestrar, a decapitar a quien se les atravesaba. Era bien común verlos en camionetonas, custodiados por los municipales, recorriendo las calles como si fueran tiburones con el hocico abierto. Con los zetones, todos en La Laguna comenzamos a tener las mismas posibilidades de ser secuestrados, desmembrados, tableteados o ser colgados de los puentes. Para ellos matar era como sacar al perro a miar. Lo único que hacían era coger, drogarse y asesinar. Muchos fuimos a hablar con los chapitos, les pedimos paro y nomás nos dijeron que, mientras los zetones no se metieran a la Durangueña, ellos no iban a hacer nada. Asuntos de negocios, supongo. Así pasamos 2006. Pero a mediados de 2007, a un zetón que le decían comandante Gabito se le ocurrió pararse a medio cerro y se puso a disparar hacia la Durangueña. Ese día comenzó la pinchi guerra.

***

Entre los pocos negocios que han salido ganando con la guerra de La Laguna están las funerarias. Apenas esta tarde en que le volaron medio cráneo a un joven sicario, empleados de unas diez funerarias se disputaron al muerto. “Somos buitres y buitrear es lo que hacemos”, me dijo uno que presumió a los familiares del matoncillo contar con el mejor reparador de cabezas. Otro trabajador ofreció el servicio de la cremación exprés, una buena oferta hoy en día en que los pistoleros a sueldo han agarrado la mala costumbre de ir al cementerio para dispararle a los vivos en pleno entierro. Había otro tipo, el de Puerta al Cielo, que pareció sugerirle a la hermana del difunto que todos los que se velaban en esa empresa terminaban cara a cara con Dios. Sólo alcancé a escuchar a uno que habló de la dignidad. Ninguno de los empleados, que yo recuerde, ocultó su necesidad por vivir de la muerte ajena. Al final, el cadáver del sicario fue a dar a los velatorios Del Pueblo. Ahí conocí a Xoili García, el encargado. Pero eso sucedió después de entrar al anfiteatro del Hospital Universitario.

En Torreón todo mundo sabe que si te matan terminarás en el sótano del Universitario. “A veces hemos tenido hasta treinta muertitos en un solo día”, me dijo Fernando Álvarez, un tipo dicharachero que se encarga de cuidar el hospital por las tardes. “Y como nomás tenemos cuatro camillas y espacio para seis en el congelador, a muchos hemos tenido que encaramarlos en el suelo; vieras cómo se mira esta madre: parece el pinchi rastro”. La carnicería de hoy tiene sólo en el mostrador unos brazos, una pierna y pocas vísceras de un chico que serrucharon anteayer. Nadie ha ido a reclamarlos. Fernando cree que en pocos días tendrán que tirarlos.

El anfiteatro apenas medirá unos veinte metros cuadrados, parece más un pequeño laboratorio de la clase de biología y, por más cloro que utilicen para desinfectarlo, aquí nunca deja de oler a carne podrida. Fernando me contó que los forenses se han vuelto expertos en abrir esternones y en coserlos. El punto flaco del hospital, sin embargo, es cuando los sicarios han ido a visitar al paciente con el único propósito de terminar su trabajo. “El otro día vino un güey a traerle flores a un herido, subió al cuarto como si nada, le aventó el ramo en la jeta y le disparó ocho veces a la cabeza; yo creo que el bato lo remató de esa manera para ver si también teníamos buenos neurocirujanos”, me dijo Fernando y yo no supe qué parte de la historia era broma.

—Tienen cámaras de vigilancia, ¿no? —le dije.
—Pero no sirven de mucho —contestó alzando los hombros—. Fíjate: la semana pasada vinieron dos sicarios por uno de sus compañeros que estaba herido. Traían unos riflones. ¿Tú crees que les iba yo a cobrar?

Salí del Universitario pensando que a Torreón le hacía mucha falta que alguien le engrapara el corazón.

Torreón es un nicho que ningún empresario de respeto dejaría fuera de su plan de negocios. Aquí la muerte tiene dinero, compra sicarios por cuatrocientos dólares al mes, usa horrorosas camisas Versace y quiere ser enterrada como Dios manda. No en balde, desde que empezaron las rachas de violencia, las seis funerarias que antes había ahora se pelean el mercado con otras veinte. “Gringos, chilangos, regios y poblanos han abierto funerarias a lo cabrón”, me dijo Xoili García, el encargado de funerales Del Pueblo.

La fachada de Del Pueblo bien puede ser la de un taller mecánico. De pronto hace pensar que por situaciones tan insalubres es que las almas de los muertos quedan en pena. Pero uno nunca debe dejarse llevar por las apariencias. Las finanzas de esta funeraria han mejorado porque la mayoría de los sicarios son pobres. “No te voy a mentir —me dijo Xoili—. Bendito Dios, nos llegan uno o dos muertitos al día”.

La funeraria Del Pueblo dista mucho de algunas otras que visité. Recuerdo que en una había ataúdes con los más variados ornamentos y colores: negros, grises, marrones, dorados y plateados; otros tenían molduras muy complejas, por no decir barrocas. Pero los mejores fueron aquellos que, en oro, se les había grabado en el lomo la silueta de un R-15. En otra funeraria vi el más variopinto muestrario de cruces. Con Xoili sólo había féretros tradicionales con herrajes de bronce y cristos hechos sin el menor cuidado.

Le pregunté a Xoili cómo había cambiado la muerte en Torreón, y sus ojos adquirieron ese aspecto distante, típico de los que hablan de cosas ocurridas mucho tiempo atrás. “Antes, de cada diez muertos había un jovencito; hoy, de cada diez hay once morros y otro viene en camino”, me dijo con su humor involuntario que a mí me hacía reír. Xoili también me contó que a las familias ya no les gusta ni velar ni enterrar a su difunto. La moda ahora es la cremación. “Los familiares tienen miedo de que los sicarios los ubiquen y la agarren contra ellos, pero yo les digo que no sean gachos, que despidan al muertito; lo hago porque es bien triste llevárnoslo en una cobija y echarlo al fuego sin que nadie le llore, pero también provoco el funeral porque así le damos trabajo al embalsamador, al de las flores, al del café, al del estacionamiento; todos ocupamos dinero”, me dijo y enseguida hizo las cuentas: en una cremación gana dos mil quinientos y mil más por cada funeral.

Xoili no quiso despedirse sin contarme algo que sabrá Dios desde cuándo le estaría quemando la lengua: la corrupción de la muerte. “Buitreamos porque los del Ministerio Público están bien apalabrados con la funeraria Flores. A ellos les dan preferencia. No sé si eso haya tenido qué ver con el asesinato de Santos Flores. Él era el dueño y lo mataron ahí mismo en la funeraria. Lo que quiero decirte es que nosotros nomás queremos un negocio parejo, porque sí está de la fregada eso de buitrear”.

EXTERIOR

Lentamente descubrimos un paisaje construido contra la gente. Son barrios cuesta arriba igual que la vida misma. El sol encandila en Gómez Palacio, pero se mira nítido. No hay sangre, no hay esmog; el aire que azotó por la mañana se los ha llevado a lugares más lejanos. Un perro orina la tanqueta estacionada de los militares y, justo ahí, se escucha a Carlos Santana con “Oye cómo va”. Entonces las imágenes en color sepia empiezan a encimarse:

Ora vemos a un par de chicos, flacos y secos como una rama, tumbados sobre la banqueta: han inhalado tanta piedra que desde hace tiempo viven en el olvido. Ora una gasolinera está en llamas. Ora un carro explota. Ora una turba de chicos saquea los negocios. Ora en pleno basurero apreciamos a un joven sicario al que no sólo lo cosieron a balazos, también le arrancaron toda la piel del rostro. Ora un centenar de policías municipales son desarmados violentamente por un batallón de soldados; tarde o temprano alguien iba a acusarlos de estar en la nómina de los Zetas. Ora se observa una manta en la que, a pesar de las faltas de ortografía, se lee que los soldados cuidan las espaldas del cártel de Sinaloa. Ora cinco comandos roban igual número de bancos con una sincronía de relojero. Ora truenan los cuernos y en el patio de una primaria los niños se tiran al suelo. Ora unos encapuchados asaltan una camioneta de valores y todavía, con parsimonia, se dan el lujo de contar ahí mismo el dinero. Ora a un sicario le estallan la cabeza cuando sale del casino; uno de los paramédicos pensará que el tipo parece un doberman con lesión cerebral. Ora en uno de los laberintos, aquellos de calles ciegas, violan a una niña que apenas tendrá siete años. Ora unos narcos secuestran a dos periodistas que en su vida han cubierto la nota roja.

NARCO

(Está encapuchado y trae un R-15 en bandolera; los periodistas permanecen atados de las manos sudan como si hubieran corrido un maratón.)

O cubren lo que está ocurriendo o pa la próxima los matamos.

Ora ocurre un motín en la cárcel; vemos a los presos armados, alzando los puños como si hubieran vencido; enseguida, sin embargo, aparece un puñado de militares disparándoles como si estuvieran en la feria y jugaran tiro al blanco. Ora una mujer y su bebé mueren en medio de una balacera. Ora nos muestran negocios cerrados, escuelas vacías y decenas de casas a la venta. Ora los soldados desmantelan puestos ambulantes, donde los Zetas venden piratería, ropa y dulces. Ora un grupo de prostitutas se manifiesta porque se ha acabado la vida nocturna. Ora la foto del Feroz aparece frente a nosotros y, quienes lo conocieron, se acuerdan que él fue el primero en desafiar a los narcos de la casa. Ora la gente se organiza en los barrios para enrejar calles. Ora los empresarios se largan de la ciudad y la industria se cae. Ora una señora que vende gorditas en el centro les paga doscientos pesos a unos chicos que van en motocicleta; es la cuota semanal para que no la maten. Ora vemos fotografías de unos veinte trabajadores de la fiscalía de Durango que han sido asesinados. Ora la fiscal, Sonia de la Garza, aparece sonriente, rodeada de sus escoltas mal encarados. Y ora una manta señala a De la Garza y a los federales como los protectores de los Zetas.

ALCALDESA ROCÍO REBOLLO

(Está sentada en la mesa de juntas. Enciende un cigarrillo.)

¿Miedo? No, no, no. Yo tengo que demostrarle a la gente que en nuestra ciudad se puede vivir tranquilo.

En la siguiente escena vemos a la alcaldesa temblando: han baleado su casa.

FONDO NEGRO

***

Gómez Palacio, también conocido por el alias de “Gómez Balazos”, es la capital del odio. En sus casi mil kilómetros cuadrados uno puede comprar armas por menos de cien dólares y a un policía por lo doble. Los Zetas se adueñaron de casi toda la municipalidad en 2007, pero el 11 de enero pasado se les acabó el corrido: 159 municipales fueron detenidos por el Ejército. Los Zetas no fueron los únicos que abrieron la cartera. El cártel de Sinaloa compró el Cereso. Eso evitó, durante un tiempo, que sus sicarios que eran arrestados en La Laguna fueran llevados a cárceles de Coahuila, donde los Zetas deciden quién es enviado a la inmensidad del infierno. Hoy, ese Cereso ha sido cerrado por los federales, los mismos que trabajan para los Zetas.

Yo no venía pensando en todo eso, pero el colega que me trajo a Gómez hablaba de los Zetas y de los Chapos como Santana hablaría de las guitarras. Por mi colega supe que la tasa de crecimiento poblacional en Gómez se ha controlado así: 1.6 muertos al día por 1.3 nacimientos, de modo que durante algún tiempo la ciudad no rebasará los trescientos cincuenta mil habitantes. Supe, también, que cuando los municipales fueron desarmados por el ejército, los Zetas se lanzaron a robar bancos para presionar a los militares. Entendí que Torreón y Gómez son dos ciudades que los gobiernos de Coahuila y de Durango siempre las han visto como el trasero de sus estados. Y me enteré, además, de que el cártel de los tal Cabrera habían llegado a La Laguna y eso complicaba más la guerra.

Cuando bajé del auto del colega, lo primero que vi fueron tres tanquetas del Ejército estacionadas frente a la presidencia municipal. Un regidor, que pidió no poner su nombre, me contaría luego que, durante la sesión de cabildo, un militar había irrumpido para decirles que un comando atacaría la alcaldía. Por eso, aquella mañana, había más soldados en las oficinas que gente tratando de hacer un trámite. La única que parecía no estar alterada por la amenaza era el tercer miembro de la familia Rebollo que ha gobernado este municipio: Rocío.

“Tengo un hijo de diez años y gobierno esta ciudad, ¿tú crees que debo tener miedo? —me dijo la alcaldesa mientras encendió un cigarro con cierto estilo—. Me han amenazado dos veces, pero para mí que esas llamadas fueron puro cuento”. Rocío también me presumió que todas las noches se trepaba en su Suburban sin blindar y recorría los barrios de Gómez. “Trato de generar confianza, decirle a mi gente que todavía se puede vivir con tranquilidad; créeme: yo no me voy a mover de aquí”. La alcaldesa no le dio mucha importancia al arresto de sus policías o tal vez no quiso hablar del asunto. Para ella lo importante fue contarme de los cadetes que pronto saldrán de la academia, que los policías con ella ganan ochocientos cincuenta dólares mensuales y que les consiguió un seguro de vida por casi noventa mil. No se lo dije, pero en La Laguna todos los policías tienen un precio.

Rocío se despidió diciéndome que la próxima vez que nos viéramos en Gómez todo iba a estar mejor. Cuatro días después, el martes 5 de febrero, un colega me escribió: “Balearon la casa de la alcaldesa, no hay lesionados”. Desde entonces he pensado que Rocío tomará la oferta que hace poco le hizo el gobernador Jorge Herrera: renunciar a la presidencia municipal e irse de diputada local.

***

Ten por seguro que orita ya saben de ti, te dice el guía cuando caminan por la Durangueña y tú imaginas lo peor: ves cómo te rodean los sicarios, sientes cómo te levantan, pides que te maten de un solo tiro y te dejas llevar con la esperanza de que tiren tu cadáver para que tu familia tenga qué enterrar. Sales de tus cavilaciones cuando el guía te dice que están en San Joaquín, pero de santo no tiene nada el barrio. “Los sicarios que dejaban salir del Cereso de Gómez, llegaron aquí y de aquí salieron a rafaguear los antros, ¿sí me entiendes?”, te cuenta y tú recuerdas las matanzas del Ferry, las Juanas y la Quinta. Entre las tres se habla de sesenta y nueve muertos, pero el guía te dice que esa cantidad apenas fue la de uno. Cierto o no, no hay un número para corroborarlo. “La idea fue pegarle a los bares de los zetones, pero los Chapos mandaron a puro loco y mataron a mucha raza inocente”, se queja el guía y enseguida te remarca que la balacera en el bar Tornado, una que apenas sucedió el 5 de enero pasado, fue hecha por los Zetas, pues el antro ya era del cártel de Sinaloa. Cuando termine de hablar, pensarás que todos los cárteles mexicanos son iguales: practican todos los sinónimos del verbo matar, sin sentimiento de culpa. A seguir caminando. Ahora el guía te dice que mires discretamente hacia la punta del cerro. “Hay dos águilas”, susurra. Las águilas, por si no sabes, son adolescentes que tienen la imperiosa necesidad de ganarse unos dólares. Si un solo vehículo, persona, animal o cosa entra al cerro y ellos no lo reportan, les darán sus tablazos. Volver a caminar. “En aquella casa es donde torturan a los zetones”, dice el guía mientras sus dedos apuntan a un lugar indescifrable. “Ahí mismo los destazan con sierra eléctrica o les aplican el torniquete, ¿sí me entiendes?”. Y el torniquete, por si tampoco lo sabes, es un filoso alambre que, amarrado a dos tubos, te arranca el pescuezo. Más tarde, cuando rodees el panteón, verás a cuatro chicos armados, chicos que muy seguro no conocerán la vejez. Los saludarás y ellos, aunque nunca los hayas visto en tu vida, te regresarán el saludo con cierta familiaridad. En algún momento le preguntarás al guía qué tan cierto es un informe militar que se ha publicado. Como él no sabrá a qué te refieres, les contarás: según el Dany ha roto con el Chapo, el Cerro de la Cruz ya no es del cártel de Sinaloa y los Zetas están aprovechando la ruptura para recuperar fuerzas. El guía se reirá y te dirá, primero, que ni el Dany ni otro trabajador del Chapo se han salido del carril; te contará que el poniente es cien por ciento de los chapitos y que a los Zetas cada vez los repliegan más hacia el oriente de Torreón. “¿Entonces qué desmadre se traen en Gómez?”, le preguntarás y él te dirá que todo se debe a que los policías federales y gente de la fiscalía de Durango quieren que los Zetas regresen. Todo eso, claro, lo sabrás cuando acabes de rodear el cementerio. Ahorita, apenas el guía te está contando que cuando el comandante Gabito disparó hacia la Durangueña, los chapitos limpiaron el cerro a punta de cuernos y R-15. “Los zetones ni las manos metieron”, te dice y describe muertes que a cualquiera le darían pesadillas. Una quedará en tu mente: la de aquella yonqui que, sólo por comprarle piedra a los Zetas, fue fusilada frente a un sacerdote.

***

“Cuando supimos que habían llegado los Zetas a La Laguna, muchos dijimos: ‘Por fin habrá acción’. Qué pendejos, nunca comprendimos que nos iba a ir tan mal”, me dice un colega en Torreón, y yo recuerdo todo lo que me han contado otros reporteros de La Laguna durante estos días. Los de Gómez Palacio, por ejemplo, me hablaron del secuestro que hace poco sufrieron dos de ellos, todo porque los narcos quieren que se publiquen las mantas que cuelgan en los puentes. Otro me platicó del día en que un comando fue a visitarlo a su casa; desde entonces dejó el periodismo. Unos de Torreón fueron citados por los Zetas a mediados de 2008; les dijeron que ellos determinarían qué publicar; sobra apuntar que, si no lo hacían, los matarían. A Eliseo Barrón, de Milenio Laguna, lo levantaron el 29 de mayo de 2009 y a una chica que vendía publicidad para el mismo diario la secuestraron tiempo después. Al Siglo de Torreón le han ido a disparar dos veces y, hace cosa de un año, unos sicarios que después de la balacera abandonaron más de diez cuernos de chivo —como para que nadie dudara de que su arsenal no tiene fondo— buscaron a ciertos periodistas para reclamarles que ellos no habían huido del lugar como decían sus notas, que ellos no eran ningunos cobardes.

“Los medios de toda La Laguna sólo reportamos los hechos”, me dijo un editor de las noticias locales. “Preferimos no investigar más, porque aquí los narcos no se andan con medias tintas”. El último gran susto fue el que ocurrió el pasado jueves 7 de febrero: cinco trabajadores del Siglo de Torreón fueron secuestrados durante algunas horas. Los colegas de La Laguna creen que los del Siglo no serán los últimos.

***

1) Drug Dealer pasa por mí al hotel. Basta verle el brillo paranoico que hay en sus ojos para asegurar que viene manejando hasta las cejas de cocaína.

2) Drug Dealer no habla español, sino argot. Aprendo nuevas palabras de viejos conceptos: los patrones son los soldados, los pandas son los federales, los perritos son los municipales, el dragón es el convoy de los militares, la pintura verde es la mota, el maguito es una cápsula de color amarillo donde viene la coca y la fresita es una dosis más pequeña.

3) Drug Dealer dice que la mariguana no sólo es para los maleantes. “El brus li, la yanis, el morrison y el jendrix la fumaban”.

4) Drug Dealer me explica que la ciudad nunca sube al Cerro de la Cruz, pero de arriba bajan a toda hora. Nosotros vamos de subida. Venimos a comprar droga.

5) Drug Dealer me da indicaciones: “Si te preguntan qué rollo contigo, les dices que eres mi camarada, que no sólo eres vicioso sino también desconfiado y por eso me acompañaste; y ojo: no se te ocurra decir algo de los zetones porque de aquí no salimos”. Si alguien se me acerca como me dice, seguro cantaré como un canario.

6) Drug Dealer cree que, para los últimos dos gobiernos panistas de Torreón, los Zetas y los municipales fueron su mayor pasión.

7) Drug Dealer tiene algo qué decir antes de llegar a la Polvorera: el Chapo es dios y yo pienso que gente como él necesita de mitos y mentiras para vivir.

8) Drug Dealer se estaciona y baja a comprar la droga. En el lugar hay jóvenes y portentosas máquinas de matar. Usan gorras Ed Hardy, visten playeras Polo o Lacoste (seguramente made in China), traen jeans y calzan tenis de la pantera enfurecida. Salvo por la gorra, estoy a tono con ellos. “Por donde cagan estos morros nadie pasa, así que ojalá hayas wachado bien cómo está el rollo”, me dice Drug Dealer apenas regresa.

9) Drug Dealer cree tener la capacidad de ver la violencia que lo rodea sin que le afecte. “Así somos los norteños: cerramos los ojos, los oídos y somos muy felices”.

10) Drug Dealer me deja en el hotel. Le digo que se quede con la droga y, antes de irse, le pregunto qué espera de esta vida. Se queda callado. No soy psiquiatra pero creo que muy pronto no quedará nada en su cerebro.

***

Vine a la parroquia de San Judas Tadeo, al oriente de Torreón, no porque haya sido asaltada ayer. Vine porque hoy conoceré a cuatro mujeres y un hombre que llevan años buscando a sus hijos. Antes de que me cuenten sus casos, sin embargo, tienen varias quejas qué soltar:

–Ya no nos gusta hablar con los reporteros porque no publican nada; sólo vienen para hacerse famosos, nos utilizan.

–Al gobernador no le interesan nuestros hijos, pero no fuera el sobrino que le mataron porque movería cielo, mar y tierra.

–Aquí nosotras hemos investigado, hasta nos hemos sentado con los narcos para que nos digan dónde podemos encontrar a nuestros hijos; ¿y todo para qué? ¿Para que la subdelegada de la PGR, la tal Claudia González a la que informábamos todo, la arrestaran por estar ligada a los Zetas?.

–No crea, si hasta ganas nos dan de ir con la gente del Chapo pa que nos ayuden.

Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos, con sede en Coahuila, empezó en Saltillo. Don Raúl Vera convenció a cuatro familias para organizarse y el resto lo ha hecho la desgracia. Las cifras actuales hablan de poco más de mil seiscientas personas desaparecidas en el estado, todo desde que los Zetas y el cártel de Sinaloa andan agarrados de la greña. El pasado 15 de enero, Enrique Peña Nieto iba a recibir a las mujeres que tengo enfrente, pero les canceló.

Ángeles: “Mi hijo, Jesús Antonio Mena, me llamó a las doce y media de la noche. No pude contestar y estuve llámele y llámele, hasta que me contestó un señor. Dijo que era zeta y me pidió veinte mil pesos, pero ya no volvieron a buscarme. Perdí mi trabajo de veinte años, me vino la diabetes y mi nieta trae la anemia porque no quiere comer, dice que quiere ver a su papá. Jesús desapareció el 30 de junio de 2010. La policía aceptó la denuncia, pero como robo de auto.”

María Elena: “Alguien nos dijo que los Zetas se habían llevado a Hugo, a mi hijo Hugo González, hasta Nuevo Laredo. Por eso mi esposo fue a ver si era cierto. Uno de los jefes lo recibió. Mi marido le dio el dinero que nos pidió y en dos segundos le dijo que no, que a ése no lo habían levantado ellos. Hugo tiene veintisiete años. Se lo llevaron con dos amigas de un restorán del centro de Torreón”.

Óscar: “Yo estaba trabajando en Atlanta cuando mi esposa me llamó: a Jesús se lo habían llevado dos encapuchados. Me vine y nos pusimos a investigar. Resulta que mi hijo iba en su moto y se le cerraron en un carro. Lo persiguieron varias calles, hasta que se derrapó. Me dicen que Jesús les dijo que se llevaran la moto, pero a él también lo subieron a una camioneta. ¿Sí le dije completo el nombre? Es Jesús Daniel Flores García. Despareció el 1 de mayo de 2009. Ya se me fueron todos mis ahorros de tanto buscarlo aquí y allá”.

Blanca: “Mi hijo, Iván Barush, fue al bar ese del Tornado, el que acaban de balear un día antes de Reyes. Él fue el 11 de agosto de 2011, y no salió. Sus amigos me han contado que se pelearon por andar de coquetos con la novia del guardia. Sólo a Iván no lo soltaron. Uno de mis nietos dice que quiere ser narco para buscar a su papá”.

Amelia: “Estábamos en nuestra casa de Matamoros, un pueblo pegado a Torreón, cuando unos encapuchados se nos metieron y se llevaron a mi esposo, Javier Burciaga Vázquez. Mi yerno, José Francisco Juárez, quiso defenderlo, pero también lo treparon a las camionetas. Le dimos ocho mil pesos a una licenciada que nos dijo que estaban en la cárcel, pero nomás nos robó. Pagamos brujos y ellos nos dijeron que ya iban a llegar, que ya no nos mortificáramos. Y como pasó un año, mejor nos fuimos a Zacatecas. Allá la vida fue muy dura. Nomás nos deprimimos. Entonces nos regresamos, aunque no saliéramos de la casa. Mi nieto, Luis Carlos, se desesperó de tanto encierro y un día me dijo: Abue, yo quiero trabajar, tengo treinta y dos años y pos quiero ayudar a traer dinero. Se fue al día siguiente y nunca regresó. Yo ya orita nomás creo en la justicia divina”.

***

El Rubio, un ex policía municipal de La Laguna, no quiso que habláramos de frente. Optó por contarme lo que sabía por medio del mail. Sólo nos escribimos tres veces.

Mail uno:

los de la letra nos leyeron la cartilla lueguito de cuando llegaron. o jalan o jalan cabrones. con esas palabras crees tu que alguien no le iba a entrar? además nos amenazaron con matar a nuestra familia. nuestros jefes nos dijeron que apechugaramos que nos iba a caer lana, pero ellos se quedaron toda. nuestro trabajo fue apoyar a los de la letra, apañar el poniente. con esto te digo que todo fue obligado. ahorita todavía hay unos que se creen narcos y están ayudándoles a los zetas para entrar a gómez. no sé si sepas pero cambiaron a los federales y ellos también andan chingando a los chapos. ayer en gómez no solo balearon la casa de la alcaldesa, también le metieron un susto a carlos herrera, ese es el cacique de gómez.

Mail dos:

los chapos no quieren a los municipales. el pedo ahora es que los municipales de torreón trabajan para los chapos y los de la letra andan matando polis. a uno lo rafaguearon afuera de su casa, cuando estaba lavando su carro. eso fue hace como una semana, allá en matamoros.

Y mail tres:

los chapos balearon en 2009 el premier y el 20, que era el jefe de plaza, mandó llamar a 35 municipales: director operativo, lobos y bravos para cagotearlos. los citaron en una finca de fac. y madero. todos de civiles.

delante de ellos, la burra, un morrillo de 16 o 17 años, bien loco, desquiciado, y que dice que hablaba con los muertos: decapitó con un cuchillo a 5 chapos que habían agarrado. les dijeron a los municipales que si seguían permitiendo que los chapos reventaran les iba a pasar lo mismo. un güey de apellido de león, director operativo de seguridad pública del oriente de torreón, no aguantó la carnicería y se desmayó. luego los dejaron ir.

***

El guía ahora te indica dónde, cómo y cuándo los Chapos fueron matando a los Zetas. Te habla de un tal Negro, pasa por el Junior y acaba con Chuy Caguamas. Ahí pensarás que los ajustes de cuentas se propagaron en todo el poniente como el sarampión. Y ahí, también, decidirás que no quieres saber nada más. Lo que ansías es ya largarte del cerro. Extrañamente te sentirás débil, como cuando has ido a donar sangre. Bajarán por donde llegaron, por el Mercado Alianza. Se despedirán donde se encontraron por la mañana. Tomarás un taxi e irás a visitar al escritor Carlos Velázquez. Hoy es su cumpleaños, así que no querrás arruinarle la fiesta contándole todo lo que has visto y escuchado. Se tomarán un par de Macallan y después otros. Entonces te contará del 7 de octubre de 2010, cuando fue al bar Marioneta a echarse una cervezas con unos amigos. “Los disparos zumbaban como cuchillas de afeitar”, te dice cuando ya te ha contado que uno de esos escuadrones perfectos para matar llegó en embestida al bar e hicieron los que mejor les sale. “Neta cabrón que nunca había escuchado tiros con esa fuerza, ni cuando me agarró una balacera en el Oxxo”. Otro escritor, Daniel Herrera, te contará la otra parte de la historia porque él también la vivió: “Nos tiramos al piso y nuestro compa la Marrana comenzó a sangrar; dijimos: A este cabrón le dieron. Pero no: se cortó el brazo con una botella. Que yo me acuerde, los sicarios sólo mataron por los que iban”. Más tarde te enterarás que ese día Fernando Vallejo, de visita en Torreón, tenía pensado acompañar a Carlos y a Daniel, pero declinó por cansancio. Inevitablemente pensarás en La virgen de los sicarios y te imaginarás a Vallejo en aquella balacera diciendo: “La fugacidad de la vida humana a mí no me inquieta; me inquieta la fugacidad de la muerte: esta prisa que tienen aquí para olvidar”. Para ese entonces, verás que en Twitter circula la información sobre el asesinato de cuatro jóvenes a unas cuantas cuadras de ahí y tu recordarás otra frase que le leíste a Vallejo: “La muerte viaja siempre más rápido que la información”. En algún momento subirán a la azotea del edificio donde vive Carlos y, desde ahí, contemplarás casi todo Torreón. Entonces caerá la noche y todo se verá como un inmenso charco de sangre seca.

Acapulco Golden

Publicado: 7 julio 2013 en Alejandro Almazán
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Hace unos meses, cuando estuve en Acapulco, encontré a mi muerto saliendo del hotel. Hoy, apenas aterrice el avión, el fotoperiodista Bernandino Hernández llamará para decirme que, antes de las siete de la mañana, una jovencita fue asesinada en plena costera Miguel Alemán, allá por donde me voy a hospedar.

Querré contestarle que a Acapulco, como al doctor Frankenstein le sucedió con su monstruo, los narcos se le fueron de las manos, pero Berna estará más entretenido en platicarme otros dos homicidios que han ocurrido hace algunos minutos: el de una señora y su hija que vendían atole. “Las mataron en la calle Amapolas, colonia Unidos por Guerrero”, me dirá por el celular y a mí me parecerá que la dirección debe ser una mala broma. No lo es. Tampoco lo es el hecho de que todas las mujeres en Acapulco tengan ya las mismas probabilidades de ser secuestradas, violadas o degolladas. Berna, quizás el único fotógrafo del puerto que aún le sigue la pisada a la muerte, me llevará más tarde a donde un vendedor de pescado acaba de recibir dos disparos de una 38 súper. No se necesitan cuatro años de estudio en criminología para saber que, después de los tiros a la cabeza, el hombre perdió el control de la camionetita, se salió de la carretera de Pie de la Cuesta y los vecinos terminaron por robarse los kilos de camarón que llevaba el difunto, como si éste sólo fuera una mera basurilla tirada sobre la banqueta. Pasadas las cuatro de la tarde supondré que la industria de la droga ha tenido suficiente por hoy, pero la cabrona no puede tomarse vacaciones. Así que una hora después, a dos hermanos, niños todavía, los dejarán hechos un manojo de plomo al lado de una cancha de futbol. Hasta que los peritos se lleven a los chicos, su madre podrá soltar el llanto, como si pariera otra vez.

“Te ha tocado un buen día”, me dirá Berna en cuanto le avisen por teléfono que otra mujer ha sido ejecutada, ahora en la colonia Ciudad Renacimiento. No es que Berna sea de sangre fría. De hecho, antes de tomar una foto, siempre espera a que se le reacomode el corazón. Él no quisiera retratar a los muertos de esta guerra, pero alguien debe hacerlo. Ni modo de compartir la fantasía gubernamental de que los crímenes son menos, de que el ejército ha logrado domesticar a los narcos y de que la estrategia de quien les habla en cadena nacional, o sea el presidente de la República, es parte de la solución. Ni modo, también, de que Berna no sepa que hay dos Acapulcos: uno es el de los bikinis deslumbrantes, el que presume a sus clavadistas en las guías turísticas, el que sedujo a Johnny Weissmüller y a Tin Tan, el que tiene leyes, autoridades y cuenta con tres millones de habitantes que tratan de salir adelante; en el otro Acapulco, desde 2005, no ha parado la guerra. Es una guerra por la plaza, donde el grupo de los Beltrán Leyva y otros cárteles venidos a menos se han unido para acabar con el Chapo Guzmán. Es una guerra donde policías y militares también pelean por su tajada, donde a la prensa se le controla a fuerza de asesinatos o amenazas y donde la línea entre el gobierno y el narco no está muy clara. Es una guerra, para acabar pronto, que en 2012 mató a poco más de 7.5 personas por día. En los cien días que lleva este año, la gente sigue siendo asesinada como si fueran zancudos: van poco más de cuatrocientos muertos.

En este Acapulco vive Berna y hoy, arriba de su Tsuru, lo habremos de recorrer.

***

Por lo que me cuenta el alcalde Luis Walton y un viejo comandante, la era de los Beltrán Leyva fue la época dorada de la paz en Acapulco: los asesinatos no pasaban de trescientos al año y siempre, a toda hora, llegaban al puerto barcos cargados de cocaína. Los buenos tiempos se habrán acabado a mediados de 2005, cuando los Zetas asomaron la cabeza y a otros se las cortaron. Los Beltrán respondieron como saben hacerlo, a punta de bala, y comenzaron los levantones y los ejecutados por todos lados. Políticos, estudiantes, cantantes, choferes, niños, mascotas, nadie se salvó. Los Zetas se reordenaron y respondieron con más balazos. Pero el vaso que derramó la bahía fue la división del cártel de Sinaloa. Se comenzaron a matar unos con otros y decenas de cadáveres aparecieron en estacionamientos, tirados al lado de carreteras, dentro de autos, a la entrada de oficinas de gobierno o frente a comandancias de la policía. Desde entonces, Acapulco ha tenido muchos logros: es la ciudad más violenta de México, es la cuna de esos miles de jóvenes que ningún narco de respeto dejaría fuera de su plan empresarial, es el inventor del Cártel Independiente de Acapulco y de La Barredora, y los conocedores de mariguana dicen que la Golden debería ser el orgullo del puerto.

Este lugar, como quien dice, es la puerta del infierno aunque no se sepa.

***

Acapullo está lleno de cruces y Bernandino Hernández sabe la historia de casi todas ellas. “En esta esquina desollaron a un urbano [camionero]”. “En aquel callejón dejaron cuatro cabezas”. “Éste es el puente donde han colgado a un chingo de batos”. “En aquella tiendita descuartizaron a una doña”. Berna, además de ser freelance en AP y Cuartoscuro y de hablar mucho con poco aire, parece una enciclopedia del crimen. Puede llenarte de historias hasta hacerte pensar que estás sangrando. Pero Berna tiene sus códigos. “Pa’ mí, más que nada, está el respeto a las víctimas”, me dice ahora que vamos por la avenida Ruiz Cortines, una larga y fea calle que bien podría ser la capital de las cruces de hierro, “Por eso nunca tomo rostros ni cicatrices ni doy nombres; tampoco me interesan los narcomensajes ni investigo qué cártel está atrás de cada asesinato. O sea, me cuido mucho de no hacer pendejadas”.

Pero Berna, como todos, las ha cometido. Sucedió a mediados de marzo de 2011, en la colonia Simón Bolívar. Berna, con su cuerpo chupado como el de un pájaro, llegó al barrio cuando todavía los sicarios estaban agarrándose a balazos. “Pendejo —se dijo para sí mismo—, ¿qué estoy haciendo aquí?”. Se bajó de su vocho rojo y corrió a esconderse. Tocó en casa de una anciana, pero ésta no lo dejó entrar. “Y que me meto a la fuerza, carnal —me dice Berna muy serio por vez primera—. Me metí a güevo porque sentí a la pinche muerte agarrarme la mano, carnal. Estuve metido como media hora entre la lavadora y una pileta bien apestosa. Cuando salí, mi coche tenía dieciocho cuernazos. Se los dieron directo. Los compas fotógrafos me abrazaron porque creyeron que me habían matado. Ya luego me llevé el vocho así, todo balaceado; iba cagado de miedo”.

Berna se sabe Acapulco de memoria. Por eso, apenas conoce la ubicación del “11 con 32” (asesinato por arma de fuego), traza la ruta y pisa el acelerador como si estuviera aplastando a una víbora. Camino a Pie de la Cuesta habremos de encontrarnos a mucho joven halcón que se miran débiles, pero estamos seguros de que con una AK-47 se vuelven poderosos. Pensaremos por las cruces sobre la carretera, que acá la temporada de asesinatos no tiene para cuándo ser declarada ilegal. Sabremos de secuestros, de extorsiones y de todo ese tipo de cosas que ya no se publican. Y miraremos la vastedad de la bahía desde unos barrios que no sólo suben lastimeramente hacia el cielo, sino que se entretienen atronándose con su música y compitiendo por matar.

Pero eso sólo sucederá hasta que tomemos la carretera libre a Pie de la Cuesta. Ahorita, Berna apenas va culebreando por el mercado municipal, y yo recuerdo dos historias que leí en abril de 2011: la de Dalia Serna y la de Antonio Valdez, ambos líderes de comerciantes que en la guerra entre el cártel de Sinaloa y los Beltrán debieron tomar bando. A Dalia le mandaron a casa la cabeza de uno de sus hijos y a Valdez lo ejecutaron con todo y sus escoltas. “La maña no perdona”, me dice Berna justo ahora que cruzamos por la zona de los bares y señala uno en donde asesinaron a cuatro, otro en donde acribillaron a una jovencita y aquel medio ostentoso que pertenecía a Édgar Valdez, la Barbi, cuando todavía podía pasearse en moto por la costera y mataba tortugas porque los chillidos de éstas eran música para sus oídos.

Acelerar.

Dejamos atrás la avenida Cuauhtémoc y Berna me cuenta que los taxis azules tienen prohibido subir más allá de donde estamos. “Los contras creen que son halcones, por eso al que sube lo matan; en las colonias sólo rifan los taxis amarillos y los rojos”. Los que tampoco se acercan al Acapulco de los barrios son policías y militares. “La estrategia federal sólo se ha dedicado a cuidar al Acapulco turístico”, me dirá mañana Luis Walton, el alcalde acapulqueño que, cuando sale de su casa, se desplaza en una camioneta a prueba de balas que le heredó el presidente municipal anterior, Manuel Añorve.

Pero como la entrevista con Walton será hasta mañana, ahorita vemos a los primeros autos con engomados de Ferrari o de una amapola. Dicen que sin esas calcomanías nadie puede moverse en territorios hostiles. “Nomás pocos carros las traen —me dice Berna—, por eso la gente supone que esas calcas se las dan a pura raza que anda bien metida”. Paramos en una miscelánea. El tendero es Ricardo Cortés y tiene algo qué decir: es cierto que su patrona, Clemencia Figueroa, tenía mala fama de apropiarse de los terrenos, pero no debieron haberla matado. Ocurrió hace apenas una semana. Un taxi se apareció cuando Clemencia jugaba con cuatro niños. Tres tipos se bajaron y, enfrente de los chicos, la ejecutaron. A uno de los niños le tocó un balazo en la espalda. Ya está recuperado, pero su madre se endeudó de por vida para pagar el hospital. “Aquí ya no sabes si te mata el narco o cabrones que nomás se aprovechan de tanta muerte”, me dice Berna cuando nos trepamos de nuevo a su Tsuru. Me cuenta, además, que ya cualquiera en Acapulco roba, extorsiona, secuestra, mata y viola a nombre del crimen organizado. “El otro día unos batos estaban pidiendo la cuota en comercios del centro y nada, eran nomás unos pobres pendejos”, me dice Berna, y yo pienso en los números que la procuraduría del estado tiene del río revuelto de 2012: más de quince mil robos, setenta y cinco secuestros y trescientos cincuenta violaciones. Pero también sé que los números son resbalosos, porque acá la gente no habla y cierra los ojos.

Entonces llegaremos al ejido de San Isidro, que de santo no tiene nada. Hasta hace unos minutos Fabián Pantaleón era un vendedor de pescado. Pero hace rato se encontró con la máquina de la muerte y hoy sólo se sabe que es el cuarto asesinado del día y que será borrado por el siguiente.

***

Si alguna vez vienes a Acapulco en autobús, seguro conocerás la escandalosa avenida Cuauhtémoc. Con toda probabilidad, cuando salgas de la central camionera, el taxista te llevará hacia abajo, hacia la costera, donde está el Acapulco del parachute y el bungee. Pero, ¿qué tal si decidieras ir camino arriba? Si eso fuera, pasarías por el concurrido mercado, las pensiones económicas y las prostitutas que han dejado lo mejor de ellas. Luego avanzarías por la calle Michoacán, darías vuelta a la derecha por Coahuila y entonces llegarías al corazón de la colonia Progreso. Ahí, sobre la calle Vicente Guerrero, verías autos baleados y a decenas de motocicletas que alguna vez fueron usadas por sicarios para cumplir con su trabajo. Aquí es una delegación de la procuraduría del estado. Lo comprobarías apenas observes esa enorme puerta a prueba de balas que pusieron hace cosa de un año, después de que dos policías fueron asesinados en la entrada. Ya adentro, caminarías por el estacionamiento donde los agentes le construyeron un templo a San Judas Tadeo. Y seas creyente o no, seguro sentirías su vacío. Cuando llegues al final del estacionamiento, podrías acercarte a uno de los trabajadores del Servicio Médico Forense (Semefo) que se encarga de recoger los cadáveres. El desdentado Esteban te contaría que veintinueve es el mayor número de muertos que ha levantado en un solo día y que hoy, martes 6 de abril, dos de la tarde, ya lleva tres de los siete que recogerá. “Antes eran muchos los muertos, ahorita ya estamos calmados”, te diría Esteban, como si pocos muertos ahora fueran meros detalles. Te platicaría, además, de la vez en que unos sicarios los pararon para llevarse un cadáver, del día aquel que bajaron a otro con la única intención de descuartizarlo, de aquella ocasión cuando le tocó ir a La Quebrada por una veintena de desmembrados, de que el truco para no sentir nada consiste en olvidarse de los asesinatos, y hasta te enseñaría que un “11 con 32” es un ejecutado, justo lo que le estarían avisando a Esteban por la radio.

Pero en Acapulco hace treinta y cinco grados y las cervezas están bien frías. Así que ni te preocupes, dile al taxi que te lleve a la costera, lejos de esta portentosa máquina de matar.

***

Había un jovencito que cantaba en las pozolerías de toda la avenida Ruiz Cortines. Los narcos lo contrataban mucho. Un día le dijeron que los acompañara y él se subió al carro porque pensó que iba a cantarles en una casa. Subieron hasta uno de los cerros y ahí sacaron a un hombre que venía en la cajuela, todo golpeado. “Te toca matarlo”, le dijeron los narcos al jovencito y le dieron una pistola. Como no pudo hacerlo, uno de los sicarios le quitó el arma, mató al hombre aquel y le dijo al jovencito que era un cobarde. Pero ahí no acabó la historia…

(De pronto el padre Jesús Mendoza comienza a llorar y yo me siento un buitre por haberle preguntado qué caso, de la delirante y asesina colonia La Laja, es el que nunca ha dejado de perseguirlo.)

Cuando mataron al que llevaban encajuelado, sacaron un machete y le dijeron al jovencito que, por no disparar, le tocaba el trabajo más difícil: descuartizarlo. “¿O a poco te quieres morir?”, le dijeron y él lo hizo. Yo hablé muchas veces con él antes de que se fuera de Acapulco, pero nada pude hacer. Ya le habían desgraciado la vida.

El padre Jesús es un hombre canoso de piel morena y de una bien llevada mediana edad. Vive en la ladera de un cerro, donde construyeron la parroquia de San Nicolás. Toda la gente que conocí no tiene más que alabanzas para él. Para unos es el mejor sacerdote que ha tenido La Laja. Para otros es el cura que visita a los enfermos, el que presta dinero a los necesitados, o el que siempre tiene una solución para cada problema y una cita de la Biblia para cada ocasión. Para mí, ahora que lo he conocido, me parece uno de los pocos hombres que no ven a Acapulco por encima del hombro. Es decir: desde que todas las colonias que cruzan la avenida Ruiz Cortines dejaron el machete por la bala y conjugaron el verbo matar, el padre Jesús decidió que él iba a hablar con los familiares de los muertos, que iba a recuperar espacios públicos y que iba a llorar a los difuntos.

“Acapulco está al borde de lo incontrolable —me dijo el padre apenas nos saludamos—. Su violencia es una crisis humanitaria”. Durante casi una hora, el cura me contó por qué cree él que en Acapulco uno puede matar a alguien y nunca pasa nada: por el involucramiento directo del Estado. “Siempre vemos que arrestan a un narcomenudista, a un sicario, a un halcón o a un narco de baja monta, pero nunca detienen a los políticos que los protegen”, me dijo y seguramente ha de haberse acomodado por enésima vez sus anteojos para la miopía. También me platicó que muchos familiares de víctimas han ido a buscarlo y que otro tanto igual se ha largado de los barrios, después de que los amenazaran por buscar al curita éste. Me habló de cómo, cada semana, sale a recuperar las calles de la bala: levantando cruces de cinco metros de altura en parques o en peligrosos callejones. Me dijo que a muchos jóvenes los están obligando a enrolarse en la infantería del narco y que, en el mercado, la maña le cobra veinte pesos diarios a cada locatario. Ah, porque aquí, como llegó a decirme Berna, el que no paga, no vende.

—¿Y a usted, padre, no quieren matarlo?
—Pues mira, no sé. Pero puedo decirte que me pusieron de guardia a un halconcito.

La relación con el halconcito no está muy clara. El padre Jesús no sabe muy bien si lo vigila, si quiere matarlo o lo está cuidando.

—A veces lo veo a todos lados donde voy y enseguida se me desaparece. A veces he discutido con él. Y otras ocasiones se para debajo de las escaleras y él, por sus pantalones, dice quién pasa y quién no —me dijo el padre y soltó la única sonrisa que le vi en el día.

“Esperanza sí hay, carnal —me dijo Berna después—. Nomás que tanto pinche muerto la opaca”.

***

Quién sabe si uno salga predispuesto a la calle, pero pareciera que en Acapulco la violencia es parte de la misma vida, como la brisa en el aire. La ciudad, por ejemplo, está construida contra la gente, tiene un tráfico como para maldecir el invento de la rueda, y los federales y soldados le apuntan a quien los mira feo. En las calles ves al camionero que salpica a la chica bonita, y ésta le grita: ¡Hijo de tu puta madre, pendejo, vas a amanecer cortado en pedazos!; ves cómo peatones y conductores se retan a chingadazos, escuchas cómo las sirenas hienden el aire, sientes que el sol anda encabronado; te enteras del tipo que acaban de matar afuera del colegio Guajardo, cuando dejaba a sus hijas en la puerta; te cuentan las cifras del desempleo, miras negocios cerrados porque sus dueños no pudieron con la cuota, recuerdas que Acapulco es el lugar número uno en México para la prostitución infantil; el de la gasolinera se enoja contigo por no darle propina; conoces barrios en donde los niños parecen comer tierra, ves toda esa basura amontonada en las esquinas porque es tal la deuda del ayuntamiento que no hay camiones recolectores, miras a una señora poner una cruz nueva sobre la avenida; te platican que aquí la maña suele vengarse y que, por eso, han ido a rematar a los heridos al hospital y los matones siempre han salido muy campantes.

Quién sabe si uno salga predispuesto, pero este Acapulco poco tiene del que uno conoció de niño.

***

En Acapulco, los vivos saben muy bien adónde buscar a sus muertos: al Semefo de la calle Vicente Guerrero, dentro de las instalaciones de la delegación de la procuraduría. Me pregunto cómo en pleno día, con todos estos policías alrededor, han venido sicarios a rescatar cadáveres de la morgue. El doctor Ricardo Berlanga, director del Semefo, tampoco se lo explica, pero tiene la seguridad de que no será la última vez que lo hagan. “Y cuando vengan, pueden llevarse lo que quieran, aquí no nos vamos a arriesgar”, me dice Berlanga en actitud zen. La serenidad del médico, sin embargo, es diametralmente opuesta al trabajo que tiene a diario. “En un día se juntaron treinta cuerpos —me cuenta—. Y tuvimos que amontonarlos, porque ni modo que los dejáramos en el estacionamiento”.

Desde hace un mes han dejado de apilar los cadáveres como si fueran reses. Alguien en el gobierno del estado entendió que la muerte se había rebasado a sí misma y autorizaron la urgente remodelación del Semefo de Acapulco. “Ya no cabíamos y a eso súmale que varios días tuvimos cuarenta y cinco cuerpos sin reclamar”, me dice Berlanga y se peina el bigote espeso con los dedos, como si tuviera controlada la situación. Tanto cadáver regado en las calles, pues, orilló a que este Semefo cuente ahora con tres refrigeradores para guardar quince muertos en cada uno (antes tenían uno y era muy pequeño). Ocasionó, también, que hoy se trabaje sobre siete planchas en vez de tres, que hayan puesto ventilación y que tenga recursos para contratar a antropólogos, porque por estos rumbos no hay semana que no encuentren osamentas. “En lo que va del año llevamos cuatrocientas necropsias —me dice Berlanga—. Así que trabajo, tenemos; ni modo que pongamos un letrero que diga: ‘Favor de morirse'”.

Cuando el doctor me lleve adentro de la morgue, o como me dijo Berna: “El pabellón de la guerra”, le preguntaré si puede dormir sin tener pesadillas. “Si te dijera que ya ni siquiera pienso en el balón ése al que le pegaron la cara de un desollado, seguro pensarías que perdí el interés del asombro, y vas a tener razón: con todo lo que ha pasado en Acapulco, a mí ya no me sorprende nada”, me contestará con parsimonia y luego se inclinará sobre el sillón como diciendo: Uno tiene que buscar ganarle a la muerte.

Yo creo que, en el fondo, Berlanga no es esa montaña de hielo que aparenta ser. Lo digo porque cuando me cuente de aquella vez en que le trajeron treinta decapitados, le costará algo de trabajo describir cómo decidió tomarles fotos a las cabezas y enseñárselas a los familiares para identificar rápido cada cadáver.

***

Un aparato de aire insonoro mantiene la oficina del alcalde Walton deliciosamente fresca. Lo caliente ha estado allá afuera: el 4 de febrero pasado, seis turistas españolas fueron violadas, aunque haya gente del gobierno del estado que aún contradice el hecho; el 23 de febrero, un turista belga murió a tiros; el 5 de mayo, dos turistas canadienses sufrieron un asalto y, si siguiéramos las noticias de hace una semana, sabríamos que:

El jueves, dos jovencitas fueron encontradas a la vieja usanza: manos atadas a la espalda, la boca cubierta con una cinta y varias balas en la cabeza. Ese jueves, en la noche, otra chica fue ejecutada dentro de una estética.

El viernes, en el Cerro del Veladero, ahí donde dicen que hay mucho que desenterrar, fueron hallados tres cadáveres y una osamenta.

El sábado, un restaurante sufrió un ataque; asesinaron a dos mujeres y una más quedó herida. Tres horas después, a las siete de la noche, liquidaron a un vendedor de discos piratas y otro hombre fue ametrallado dentro de su auto.

El domingo mataron a un lava-autos, a un joven que vendía droga y a una adolescente que trabajaba en una tortillería; a ella la degollaron…

El lunes, un taxista fue ejecutado.

Y hoy, medio día del miércoles, han matado a un tipo fuera de un colegio y a un policía dentro de su casa.

—No te voy a mentir —me dice Walton, apenas terminé de enumerarle los últimos muertos—, la violencia en Acapulco volvió a arreciar.
—¿Y usted qué está haciendo?
—Hace poco no tenía secretario de Seguridad Pública. Nadie quería y el que quería, ya te imaginarás. Pero apenas llegó el que nos mandó la Policía Federal (Jesús Cortez), hicimos el antidoping a los municipales y seiscientos no pasaron la prueba.

Walton es un tipo bonachón que a veces, cuando se le entrevista, sus respuestas no dicen mucho. A veces, incluso, hasta parecen no agobiarle los números rojos con que recibió el ayuntamiento: la deuda pública de poco más de ochocientos millones de pesos y el segundo lugar de la ciudad más violenta en el mundo, sólo detrás de San Pedro Sula, Honduras. En ambos números, para ser francos, no hay para cuándo recuperarse. “Si el presidente Peña Nieto no le mete dinero a Acapulco, esto va a estar muy, muy difícil”, me dice, y yo pienso que quiere que entienda que no habrá entonces creación de empleos, que el poco turismo extranjero que aún se atreve a venir, dejará de hacerlo, que no habrá cómo seguir con los programas sociales, que cerrarán hoteles, que no podrá comprar armamento, que nunca podrá tener una policía confiable, que los barrios van a tener hambre, que el narco ganará la batalla…

—La estrategia federal también ha fallado —me dice porque no quiere cargar con toda la culpa—; hasta ahora sólo se ha dedicado a cuidar al Acapulco turístico, pero yo les digo que hay que ir a la colonias.

En las colonias, a estas horas en que hablo con Walton, la policía ha encontrado el cadáver de un hombre en un avanzado estado de descomposición. “Si Miami superó la mafia cubana, si Chicago venció a Al Capone y si Nueva York derrotó al crimen, Acapulco también puede salir adelante”, me dice el alcalde y se encoge de hombros, como quien sabe que eso ya no está en sus manos.

***

Por lo regular, los taxistas y los camioneros son la última opción que tiene un reportero para contar una historia. Acapulco, sin embargo, debería ser la excepción a la regla. Debería, porque al menos a la semana matan a dos de ellos, porque algunos trabajan para los narcos, porque muchos son extorsionados y porque en un camión que aún recorre la avenida Ruiz Cortines han matado a cinco choferes. De ahí que escuche a Felipe, el taxista que me ha traído al hotel. Regresó a casa y eso, en estos tiempos, es un hecho histórico.

La maña nos tiene prohibido subir a las colonias, por eso, cuando la señora con un bebé en los brazos me pidió que la llevara a la Zapata, le dije que no. “Ándele, todavía hay sol”, me rogó y yo dije: chingue a su madre, vamos pa’ la Zapata. En todo el camino nos fuimos platicando. Ya ni me acuerdo de qué, pero creo que algo hablamos de los hijos. Cuando pasé la Comercial Mexicana, eso no se me olvida, la señora habló por teléfono. “Ya acércate, pa’ que me recojas, el taxi me va a dejar sobre la avenida”, le dijo a alguien y yo me fui por la lateral. Y apenitas me estacioné, que se me cierra una camioneta. “¡Órale, cabrón, bájate!”, me dijo un bato que venía armado y luego regañó a la señora. Le dijo que se había tardado o algo así. O sea, eran del mismo grupo. Llegué a decirle al bato que me estaba confundiendo, pero comenzó a pegarme para que me subiera a la camioneta. Me llevaron hasta Chilpancingo, a una casa donde tenían a harta gente. Me pusieron la pistola en la cabeza, se reían de mí. Después llegó un joven y les dijo que se habían equivocado, que yo no era halcón, pero como ya estaba ahí, vieran qué podían sacarme. Yo traía las llaves de un Tsuru que apenas había comprado, así que no sólo mi familia pagó treinta mil pesos de rescate, sino que también les firmé la factura de mi coche. Ah, y se quedaron con el taxi, nomás me dieron para el camión.

***

Muchos peligros acechan al que camina por las calles de la colonia Santa Cecilia. Sin darte cuenta, puedes estar en medio de una balacera. Puede que un sicario, con pistola en mano, te pregunte si has visto pasar a “una morena chichona”. Puede que encuentres un cadáver tirado sobre la calle. O puede que saliendo de la escuela te secuestren. Esto último fue lo que les pasó al maestro Gilberto Moreno y a su sobrina, Tiaré Juárez, afuera del Colegio de Bachilleres número 7. Lo que siguió después fue muy triste: alumnos, profesores, padres de familia, pero sobre todo los familiares, juntaron el rescate de dos millones de pesos y, aún así, mataron a los secuestrados. Eso sucedió el 1 de marzo pasado. Desde entonces, nadie ha vuelto al Cobach y las clases para 950 alumnos se volvieron nómadas. Se han impartido, por ejemplo, en una unidad deportiva en el centro, de donde los echaron porque los de Liconsa iban a tener fiesta, y también en el zócalo, donde me recibe Ángel Pérez Brito, el portavoz de los profesores.

De entrada, Pérez Brito me dice que no están negados a regresar al plantel, pero se queja de que los funcionarios del gobierno del estado no los hayan vuelto a recibir, después de que les prometieron reubicarlos. “Esa gente nomás está jugando con nosotros —sigue disgustado—. Y nuestra seguridad no es un juego”. Pérez Brito no exagera. Antes del secuestro de Moreno y su sobrina, a dos maestros les robaron su auto, a unas alumnas las violaron y a tres chicos más se lo llevaron y nunca regresaron.

Nancy, una chica de sexto semestre, me dice que a ella no le gustaría regresar. “La zona se puso muy peligrosa, hay mucho narco”, murmura mientras escribe en una cartulina: “Señor gobernador: queremos clases y justicia”. La justicia llevó a un chico a la cárcel por la muerte de Moreno y Tiaré; sin embargo, alumnos y maestros del Cobach no creen que sea el único culpable. “A ése lo agarraron de casualidad, pero falta que detengan a toda la demás banda”, me dice Pérez Brito y comienza a organizar a los chicos: van a manifestarse en la costera. Ya no quieren tomar clases en el zócalo, bajo un sol que no tiene madre.

En la noche que le llame a Pérez Brito para saber si tuvieron una respuesta del gobierno, me dirá enfadado: “Ora sí que ni el chalán del góber nos echó un telefonazo”.

En el periódico, un anuncio en el pecho del occiso pronostica tormentas eléctricas todo el año: por chivo, para que aprendan a respetar.

Antonio Salinas, Serial, Tierra Adentro

Destino: las colonias Simón Bolívar, Zapata y Ciudad Renacimiento, tres barrios que parecen estar peleando por el monopolio de la violencia. Acompañantes: Berna y el poeta Antonio Salinas. La primera regla: bajar los vidrios, porque aquí se sabe quién entra y quién sale, y más vale que te reconozcan. La segunda: rezar, si se es creyente.

1) Es mediodía y en la Avenida Zapata hay una cacofonía constante de música, gritos y una voz insoportable que repite: “A-quí esss-taaá en el pe-rio-ooódico, a-quí vieee-nen los cha-ma-cos que a-ca-ban de a-se-si-naaar…”. En esta avenida, que parece haber sido construida en los tiempos de Edison, el 6 de abril de 2011, los narcos le prendieron fuego al tianguis, pero la lumbre se descontroló y la Comercial Mexicana también se quemó. En esta avenida, además, hay una comandancia que han baleado como cinco veces; por eso los policías y ministerios públicos trabajan todo el día encerrados. Y en esta avenida, también, la cuota orilló a cerrar los comercios; los pocos que siguen abiertos es porque pagan o porque tienen muchos güevos. Por aquí cerca, en el cruce de las calles 10 y 21, siete chicos de la misma cuadra fueron levantados. Sus cadáveres aparecieron luego en Plaza Caracol. Desde entonces, a los vecinos les cuesta caminar por esa calle.

2) La última gran balacera que sucedió en la Simón Bolívar fue el 1 de agosto de 2012. Ese día, quemaron una casa, les dispararon a casi una docena de negocios y murió una persona. Pero la Simón Bolívar no sólo tiene fama de ser uno de los barrios más desnutrido de Acapulco, también es uno de esos lugares donde un muerto es poca cosa. Por eso, aquella balacera no mereció los titulares. En cambio, las otras dos (una el 15 de marzo de 2011 y otra dos días después) terminaron en los despachos de las agencias internacionales de noticias. Dicen que aquello era una tronadera. Dicen que los pistoleros venían en cuatro camionetas. Dicen que no, que eran cinco, pero una estaba ponchada. Algo sí es seguro: en toda la calle Ayacucho, la casa que no fue rafagueada, le prendieron fuego. Pero no fue todo: un sicario que venía huyendo entró a la casa esa de adobe, de doña Carmela, los contras lo siguieron y comenzaron a disparar; el sicario logró huir y doña Carmela murió abrazando a sus dos nietos, quienes también fallecieron.

3) “En estos barrios hay una desolación bien jodida —dice Toño—. No hay oportunidades, no hay comida, la raza se siente atrapada y, como no ven ninguna luz, se meten a la maña como si fuera un trabajo digno”.

A Toño, por cierto, le mataron a un medio hermano.

4) Me siento como si hubiese ido a donar sangre. Ya no quiero que, en la Renacimiento, una amiga de Toño me diga que ella cree que tanto muerto es porque se perdieron los valores y me cuente, entonces, la historia de cómo el divorcio de unos tíos llevó a sus primos a terminar en la cárcel y en el cementerio. Ya no quiero que doña Amelia me platique que hace poco vio cómo levantaron a una jovencita, con todo y niña. Ya no quiero pensar en la teoría de que han matado a tanta mujer porque ya son ellas las que venden, obligadas o no, la droga. Ya no. Pero hay que hacerlo.

***

Hay un niño, cuyo nombre no debo decir, que todavía el año pasado pensaba que de grande quería ser narco. Hoy toca el violín en la Orquesta Sinfónica de Ciudad Renacimiento.

Dicen que la sinfónica es la única buena idea que ha tenido el gobernador Ángel Aguirre y que, después del caso de las españolas que fueron violadas, Aguirre quiso bajar el escándalo y ordenó crear otra orquesta en el barrio de la violación: la Bonfil. Sea cierto o no, la sinfónica de la Rena es un oasis de paz. Sí, es verdad que los niños ensayan bajo el sol y que no saben si les construirán salones con las ganancias obtenidas en el concierto que dieron junto con Plácido Domingo. Es verdad que el gobernador los usa políticamente y que no les dejan pasar agua porque alguna ganancia debe tener el Polideportivo. Pero también es verdad que la sinfónica y coro tiene a trecientos veinte chicos, de entre siete y dieciocho años de edad, fuera de la infantería del narco.

“Los niños de la Rena son carne de cañón para la maña y se pensó darles una opción”, me dice el director de la sinfónica, Amilcar Montero. La alternativa, con plata de Conaculta, fue un hecho en julio de 2012 y muy pronto los niños llenaron los espacios. Desde ese tiempo, los chicos ensayan todas las tardes de entre semana. Todos los instrumentos son prestados, aunque pueden llevárselos a casa para ensayar. Las clases son impartidas por integrantes de la Sinfónica de Acapulco y, lo más importante para estos niños pobres, son gratuitas.

“Mi hijo se la pasaba todo el día en la calle o viendo la tele —me cuenta doña Adriana—. Y desde que lo traje aquí se la pasa ensayando; ¿usted cree que no voy a estar contenta?”. Raúl, uno de los chicos, me dice que él llevó a la sinfónica a dos amigos que ya andaban haciéndole ojitos al diablo. Y Montero me platica que de la veintena de niños que llegó con actitudes delincuenciales, a todos se les ha ablandado el corazón.

—¿Los narcos no se han metido con la sinfónica? —le pregunto a Montero.
—Pues no sé si porque aquí tenemos a niños que son sus hijos o sus hermanos, pero hasta nos cuidan —me contesta cuando los ensayos deben reanudarse.

Acá adentro hay música.

Es una pena que allá afuera todavía no haya ópera posible.

UNO

Nos han dejado solos en el patio de la prisión, y lo primero que le pregunto a Yaretzi es cuánto cobraría por matarme. Ella me mira como se mira al muerto que no es de nadie, con el rostro impasible, de retablo, y luego, con ese aire de femme fatal que a cualquiera doblegaría, dice: “Vales lo mismo que toda la demás gente, nada”. Parece que la chica goza herir con saña, pero aunque su voz sea suave tiene mucha autoridad. Hace unos siete años, cuando Yaretzi cumplió los dieciocho, adquirió cierta habilidad en una escuela militar: matar con pistola. Esas manos talentosas la llevaron a conocer al narco del pueblo. Un narco que, como Dios manda, recluta a quien tenga el valor suficiente para jalar un gatillo y la imperiosa necesidad de ganarse unos dólares. Él le enseñó otros trucos, como torturar, disparar ráfagas de coche a coche, secuestrar y desaparecer a las personas. Yaretzi iría por su muertito veintiséis, pero los guachos la arrestaron por traer dos cuernos de chivo en bandolera. Por eso estamos en el patio de esta cárcel, de cuya ubicación no debo acordarme.

Esta chica de estatura corta y moral alta empezó a matar al por mayor cuando se rompió el estricto orden que había alrededor de la muerte. Porque al menos aquí en Chihuahua, la muerte llegó a tener sentido antes de que Vicente Carrillo se uniera a los Zetas para acabar con el Chapo Guzmán. Antes, a uno le estallaban los sesos por perder un cargamento, por chivato o por no entender que la traición y el contrabando son cosas incompartidas. La colega que me ha acompañado a la prisión dice que aquéllos sí fueron buenos tiempos. Hoy, como más tarde me lo hará saber Yaretzi, ya no importan nombres ni razones. “Los que sicariamos no necesitamos motivos”, dirá y se echará para atrás esa cabellera negra y limpia que no perdona al viento. Matar por capricho, pensaré cuando esta artista de la muerte se marche a su celda, se ha vuelto el verbo favorito del México contemporáneo y la vida únicamente es el complemento para conseguirlo.

Pero eso sucederá hasta el final.

Por lo pronto, les cuento que Yaretzi llegó al patio de la prisión conducida por una custodia que se sentía más grande que las tinieblas. “Sólo quiero saber cómo funciona tu mundo”, le dije a Yaretzi, y ella entendió que el tipo que tenía enfrente no había venido a visitarla para resolver los asesinatos. Aceptó y luego pidió una sola cosa, como si buscara la redención: “Debes escribir que creo en Dios y que estoy arrepentida”. Así será. Pero primero hay que empezar cuando ella trabajaba para el Diablo.

DOS

Pon que me llamo Yaretzi, como mi amá. A ver si cuando lea la nota viene a visitarme la cabrona. Seguro les ha de estar diciendo a mis dos hijos que su madre, además de andar de puta, sicarea. Pero, te decía: los sicarios no nacemos, nos hacemos. Yo me hice en la escuela militar. ¡En serio! Salí de ahí con el corazón hecho piedra, odiando a toda la gente. Bien raro. Como que en esas escuelas te enseñan a no querer a nadie. Y como yo nunca fui de las que se quedaban en su casa, anduve en las calles y ahí encontré a mi patrón. Le sigo diciendo así, aunque ya lo mataron. Él me bautizó a la niña y, ya luego, me hizo al chamaco. Pinche abusón. Lo levantaron como al mes que tuve a Brandon. Según a la esposa le dijeron que lo pozoliaron vivo allá en Ciudad Cuauhtémoc. Yo por eso, si un día me levantan, espero ya estar muerta antes de que me torturen o me corten la cabeza. No quiero verles la cara a esos perros porque soy capaz de buscarlos en el infierno. Pero, te decía: yo no entré a este jale porque hayan matado a mi patrón. No. Fue por dinero. Los hombres sicarean por diversión, porque les divierte matar, les da un no sé qué que los hace sentir la cagada más grande. A la bestia. Las mujeres entramos por dinero. Al menos lo mío fue así. Eso de que andamos en este jale por amor es una mamada. Y te decía: yo empecé a los veinte años. Al principio trapiaba, limpiaba vómito y sangre. Luego fui mandadera y de ahí pasé a cóndor —el que ubica a los contras—. Después fui lince —el que levanta y tortura— y de ahí me pusieron a sicariar. Así estuvo el rollo, bato. Desde entonces me puse a matar.

Más tarde, cuando regrese al hotel, leeré al escritor Paul Medrano:

La diferencia entre el hombre que mata y el que no se atreve es mínima, imperceptible. Porque en esencia todos llevamos el espíritu criminal adentro, escondido a fuerza de educación, amistad y un amorfo sentimiento de justicia. Mas en ocasiones se vuelve incontenible y se libera de su enclenque encierro para regresarse por todas las venas. Caliente y sublime. Eso es lo que da valor para jalar el gatillo. Ésa es la diferencia.

TRES

Apenas ayer por la noche, en un restaurante de Ciudad Juárez, la Güera quiso ser mi Marco Polo en el mundo del sicariato de lápiz labial.

Llegó haciendo ruido con sus tacones como si hubiese querido dejar huella. La mujer era tan guapa que inspiraba pensamientos indebidos. Tal vez sea cierta su leyenda: los hombres nacieron para adorarla. Olía, vestía y desparramaba Ed Hardy como toda chica edhardyzada. “Soy la Güera, la sicaria”, se presentó con ínfulas de “Camelia la Texana”, y yo le creí a esta hembra de corazón porque sus uñas, largas y brillantes, eran una especie de navajas suizas.

Amado Carrillo, el Tony Soprano de Chihuahua y virtuoso de la muerte, tuvo un caballo al que llamó Silencio, y eso era lo que la Güera menos guardaba. Blofeaba. Decía que dormía con un Kaláshnikov debajo de su almohada y llegó a contar una estrafalaria historia sólo para remachar que los días de matar le sabían ya a aceite quemado. No porque le desagradara ser pistolera, pero como ocurre con la cerveza, después de mucha, fastidia.

En el tren de confesiones, sin embargo, la Güera aceptó que en los últimos veinte minutos se había inventado una vida. Su trabajo en el cártel era otro, no menos arriesgado: coquetearle a los narcos rivales; saber todo de ellos, nunca contar nada sobre ella y entregarlos al jefe para que les arrancara los dedos, les cortara los testículos y les agujereara la cabeza.

Algunos narquillos que han sido arrestados han dicho que estas modernas Mataharis salieron de los huevos de la Línea, esos pistoleros del Cártel de Juárez que han estado usando la estrategia más vieja para conservar la plaza: matar a los contras. Hoy se sabe que el Cártel de Sinaloa tampoco ha dejado fuera a las mujeres de su plan empresarial. Los narcos de esta última década han entendido que hay mucha gente por matar y necesitan manos que estén dispuestas.

Los Artistas Asesinos, los Aztecas, los Mexicles, la Güera y tantos más de sangre fría son parte de esa mano de obra barata. A la Güera, a diferencia de estas tres bandas, no le gusta decir para qué cártel trabaja. Al principio, por el desprecio con que llegó a referirse del Chapo Guzmán, pensé que su santo patrono era Vicente Carrillo. Pero a Vicente también maldijo y pidió a la Santa Muerte que el Chapo, su paisano, conquistara este país de muertos.

Con quien sea para quien trabaje, la Güera ha puesto su gotita de sangre para que 29% de las ejecuciones en México sucedan en este estado. Podría decirse que esta linda chica ha enrojecido lo suficiente al río Bravo para que la diabetes, la vieja líder, haya sido superada por el asesinato como causa principal de muerte en Chihuahua.

La Güera, por ejemplo, entregó al cártel a un policía que en la cama solía prometerle amor infinito. A otro, un narcomenudista, le soportó golpes y el sexo más salvaje, todo para llevarlo a una casa de seguridad donde lo torturaron hasta que lo decapitaron con una motosierra. También tuvo que flirtear con un gordo de aliento insecticida que lavaba dinero para los rivales. “A ése lo pozoliaron”, dijo la Güera con una indiferencia de reptil, y yo imaginé al tipo metido de cabeza en un tambo con ácido, pataleando.

—¿Y a poco no sueñas con toda esa gente que has entregado al matadero? —le pregunté, y ella tamborileó las uñas sobre la mesa.

—Si lo hiciera, me tragaría el remordimiento —contestó y soltó una sonrisa con la que hubiese sido capaz de sentar al Chapo y a Vicente Carrillo para hacer las paces—. No me estoy riendo de ti —advirtió con suavidad—, es que orita me acordé de un hijo de la chingada.

Ese hijo de la chingada que le alebrestaba las entrañas era un matoncillo que, al parecer, no quería ni a su madre. Todo el día andaba hasta las cejas de cocaína y mataba a la misma velocidad con la que hablaba. Se vendió al otro cártel y, para comprarse vida, se fue a esconder a una ranchería de Parral. Allá lo encontró la Güera, en una cantina. “Me costó trabajo entregarlo porque el bato siempre andaba armado y escoltado”, me dijo la Güera. “Tuve que acostarme con él todo un pinche mes”, reprochó, y después contó que al tipo lo descuartizaron y que a dos de sus escoltas los quemaron. “A ésos, lueguito que los levantaron, les echaron gasolina y los prendieron vivos”.

Debo confesar que todavía sigo sin entender qué parte de este crimen llevó a la Güera a sonreír.

CUATRO

a) Marta se pincha las venas y muchas voces brillantes le hablan todo el tiempo. En uno de esos delirios, escucha: en este país puedes matar a quien quieras, al cabo no pasa nada; anda, agarra el cuerno de chivo y escoge.

b) Marta lleva días en busca de una oportunidad. “Quiero ser sicaria”, les dice a sus jefes y uno de ellos le advierte: “En este jale sólo hay dos cosas seguras: no debes confiar en nadie y tú también serás asesinada”. Ella lo va a pensar mejor.

c) Marta se entera de que su padre ha muerto por un infarto y en vez de ir al funeral, va a la casa y le roba dinero a su mamá. Sabe que, tarde o temprano, cerrará la carpintería que forjaron sus padres, que se acabará la clase media y que ella no tendrá cómo comprar la droga. Chingue a su madre, qué tanto es tantito. “Jefe: le quiero jalar al fogón”. “Primero acompaña a la clica y luego vemos”. Marta ha estado esperando ese día, y ese día ha llegado.

d) Marta y un grupo de pistoleros levantan a una soplona en el centro de Ciudad Juárez. Quienes vieron cómo arrastraron a la vieja de las greñas y cómo la treparon a un camionetón bárbaro olvidarán pronto el crimen, porque Juárez, y todo México, no sólo se borra la vida, también la memoria, y quienes recuerdan no salen vivos de la historia.

e) Marta azuza a sus amigos con una voz cargada de entusiasmo: “¡Hay que quemarla!”. La soplona va amordazada y la música sale a chorros por la ventana.

f) Marta escucha al jefe del escuadrón de la muerte: “¿Quieres quebrarla, morra?”. “Simón, no hay pedo”, contesta e infla el pecho como un gallo. Ella sabe, como se lo dijo un chamán, que los asesinatos son meras compensaciones para equilibrar al universo.

g) Marta va a matar a la soplona, pero tiene un dilema: ¿martillo o la nueve milímetros?

h) Marta escoge el martillo y le rompe la cabeza a la vieja. Luego mira a su jefe como quien se quita un peso de encima.

i) Marta siente chingón, sabe lo que es la adrenalina.

j) Marta me explica: “Tu primera muerte es como tu primera cogida, no la olvidas. Y hasta ese momento es cuando sabes si sientes culpa o no, y como yo no sentí ni madres, le agradecí a la Santa Muerte haberme permitido matar a esa pinche soplona”.

k) Marta no tenía nada personal en contra de la narcomenudista. Ni siquiera la conocía. Tampoco le vio la cara. “Cuando matas no tienes que ver al difunto, porque se te queda y puedes volverte loco”.

l) Marta quiere recalcar algo antes de continuar: la Santa Muerte es su guía. Dice que esa calavera de dentadura maltrecha se lleva a ricos y pobres por igual, y que por eso cree en ella. Ahorita le tiene prendida una veladora negra porque necesita fuerza y poder. Después le pondrá una amarilla, para la buena suerte.

m) Marta me enseña a la Santa, tatuada en su espalda como una barda publicitaria.

n) Marta tiene que ir a la celda de enfrente. Está enganchada a la cocaína y necesita esnifar su dosis del almuerzo. Ese hábito se está llevando lo mejor de ella.

CINCO

Llegas a aquella pira de llantas y lo primero que ves incendiándose es la cabeza de tu hermano. Quienes lo asesinaron no se han conformado con decapitarlo. Entonces terminas empotrada a la tierra y lloras como si quisieras llorarle para siempre. Tú se lo advertiste: “No te metas, estás muy morro y las armas las maneja el Diablo”. “Pero tengo güevos”, te contestó. “Aquí no hay que tener güevos, sino odio por la gente”, le dijiste, y a él le importó un carajo tu consejo. Ahora está muerto, partido en dos, y tú acordándote, sabe por qué, de aquella narcomenudista, la que mataste para graduarte como sicaria. Fue cuando tenías veintiún años. Acuérdate, Yaretzi. Fue el mero día de las madres. Desde que la viste treparse a su carro la querías matar. Esa vieja fue la que anduvo diciendo en el barrio que tú eras una puta y todos, hasta tu marido, le creyeron. Ella, siempre lo dices, arruinó tu vida. Si un día hasta te aventó a la policía. Y mira lo que fueron las cosas: te ordenaron matarla. La vieja ya había sido advertida que no vendiera drogas del otro cártel, y aun así se arriesgó. Tú sólo cumpliste órdenes.

Yaretzi se anima de repente e imita el sonido del cuerno. Tatatatatatá. La narcomenudista vuelve a ser cosida a balazos esta tarde de diciembre, y Yaretzi me dice que todavía hoy sueña con la vieja.

—¿Y cómo la sueñas?

—Sin ojos, gritando que ojalá me muera. Pero otras veces me suplica la cabrona, me dice que la mate rápido, con el cuerno, así como la quebré.

Los siguientes minutos, Yaretzi hablará de sus alucinaciones. Ora alguien la jala del cuello. Ora la pavón negra que le regaló su hermano cobra vida y le ordena matar al padrastro. “Cuando estés disparándole le recuerdas al cabrón que la hija que tienes es suya”. Ora le mueven las cosas de su celda. Y ora una voz, que parece barritar, se le sube a los oídos. “Ésos han de ser los gritos del último hombre que maté a balazos”.

SEIS

En menos de una hora, la Güera habló de muchas cosas: de la camioneta 4×4 en la que anda por Juárez como si fuera un tiburón con el hocico abierto. De lo barata y pura que es la droga en Chihuahua. Que los desaparecidos son tantos y por eso todas las cifras son conjeturas. “50n un (h¡in60 105 mu3r705 qu3 y4 n0 (4b3n 3n 105 núm3r05”, dijo y casi se oyó cómo cambiaba las letras por números. Dio a entender que la violencia creció a la par de los gobernantes corruptos. Habló del día que su primo mató a la novia a golpes, de los sicarios que van al hospital a visitar pacientes heridos para terminar su trabajo, del tío que es cantante y de las ganas que tenía ella de ser actriz. También dijo que los mil dólares que el cártel le paga al mes los invierte en cosméticos, ropa y tangas.

—Poca plata para mucho riesgo —le dije cuando terminó su perorata didáctica.

—Sí, pero mi novio me compra todo.

—¿Es narco?

—Comandante, pero es lo mismo.

—¿Y qué es lo mejor que te ha comprado?

—Las chichis. Se miran bien, ¿no?

La Güera se tocó los senos. No pude contradecirla.

—¿Cuando te miras al espejo, a quién ves?

Ella se recogió el pelo, torció la boca y ya luego contestó:

—Haces preguntas bien raras.

Segundos después, el mesero trajo los cortes de carne y la Güera comió como si hubiera recién bajado de la luna. Se dio tiempo, eso sí, para enumerar a la clase de gente que ha seducido para luego entregarla a los sicarios que no perdonan nada. En su mayoría eran encargados de las plazas.

—No entiendo —le dije—, ¿cómo le haces para que no te identifiquen? Has de ser una mujer muy mencionada entre la malindranada.

—Siempre cae uno. Acuérdate que los hombres piensan con el pene.

Entonces la Güera agarró su bolso Ed Hardy y se marchó. Por eso no volverá a aparecer en esta historia.

Se fue caminando con la seguridad de las cabras en el monte.

SIETE

Chihuahua es una de las siete maravillas del mundo moderno. Y si no, debería serlo: es un bife bien cocido de casi 248 mil kilómetros cuadrados en el que no para de escurrir la sangre. Cada día, desde diciembre de 2006, siete personas son asesinadas; tres o cuatro de ellas, según el humor de los narcos, ocurren en Ciudad Juárez. La nota roja ha caído en frases sin sujeto por verbos y predicados muertos. El periodista Charles Bowden dice que en Chihuahua “la gente puede convivir con los asesinatos y saber que las personas desaparecen a plena luz del día y seguir tan campante diciendo: bueno, eran malas personas”. En Chihuahua la violencia arrecia. Tin Tan se debe estar revolcando en su tumba por ver a su tierra adoptiva convertida en una máquina de la muerte.

Pero ya me desvié. Yo vine aquí a contarles sobre las chicas Kaláshnikov.

OCHO

Yo he muerto dos veces. (Yaretzi se jala la camiseta y me muestra un agujero en el hombro. Dice que tiene otro en la espalda). Es verdá. Los tiros ni se sienten, pero qué frío te da. Parece como si fueras de hielo o no sé de qué. Y luego se te va la fuerza, ai andas como un pinche muñeco de alambre. Pero eso no se compara cuando te levantan y te torturan. Ahí sí le pides a Dios que ya te mueras. Eso de que torturen es el peor de los dolores. Muchos que han levantado debían dinero, y justo ese día que los levantan andan vendiendo hasta su madre. Yo no. Yo no les ofrecí nada a los cabrones que me levantaron. Yo nomás me dejé llevar. Creo que me violaron todos, los cuatro cabrones que eran. (Yaretzi mira hacia el piso, como si quisiera agarrarse a un punto. Un rato después dirá que aquel día, cuando abusaron de ella y le arrancaron dos uñas, fue cuando encontró a Dios). Lo vi cuando ya nomás miraba todo blanco, blanco. Era Dios. No pongas esa cara, pero allá tú si no me crees. De pronto abrí los ojos y el bato que me cuidaba estaba bien dormido, bien drogado. Y no me preguntes cómo, pero Dios me dio fuerza para desamarrarme y corrí, corrí como pinche loca y no me detuve. Yo le he dicho a Dios que cuando salga de aquí, nomás voy a matar a los que me levantaron y me retiro de este jale.

—¿Es posible dejar al cártel? —le pregunto.

—No. De ahí no sales si no es con las patas por delante.

—¿Entonces cómo te vas a retirar?

—No sé. Pero Dios me hará libre.

Yaretzi va a su celda. Regresará con una desmadrada Biblia y me señalará su salmo preferido. “No temas, porque yo estoy contigo. Siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. Isaías 41:10”.

Órale.

NUEVE

A veces, sin saberlo, uno va en curso de colisión y no puede hacer nada por cambiarlo.

Malandrín 1, el encargado de cobrar las extorsiones en la parte centro de Juárez, tuvo que ir a Ojinaga para vigilar un cargamento porque a Malandrín 2, el que debía hacerlo, lo habían ejecutado la noche anterior. Mientras Malandrín 1 llegaba a Ojinaga, acá en Juárez el jefe reacomodaba a su gente. A Marta le tocó reemplazar a Malandrín 1 y ella reclamó: “Pero yo soy sicaria, no la chingues”. Él, acostumbrado a mandar, le dijo a Marta que no la hiciera de pedo. “Es nomás esta semana”, fue irreductible. El jefe le ordenó que primero le cobrara la renta a un vendedor de ropa, con quien tenía viejas rencillas, y luego se largó a la cantina de siempre. Mientras el jefe pedía su whisky dieciocho años, Marta iba manejando y mentaba madres. Ella ya había matado a tres y ahora la habían reducido a una especie de abonero tacuachón. “Está bien, lo haré —pensó—. Pero lo voy a hacer a mi manera”. Y su manera fue empezar por los negocios que le quedaban de paso por el Eje Juan Gabriel. Al vendedor de ropa lo iría a ver hasta el final, nada más para hacer renegar al jefe. Antes, sin embargo, pararía a comer.

¿Y si sólo algo hubiera sido diferente?

Si Marta no hubiera ido a esos tacos de asada o le hubiese hecho caso al jefe; si a Malandrín 2 no lo hubieran asesinado y el jefe no hubiese sustituido a Malandrín 1 con Marta, seguro ella seguiría en las calles con su cuerno de chivo y la veintidós. Pero así como es la vida, por una serie de incidentes encontrados que nadie puede controlar, Marta llegó a un restaurante a cobrar la extorsión y le cayeron los militares.

“Esos pinches guachos me pegaron machín —me dice Marta—. Aquí los guachos están comprados por el Chapo y nos chingan a los contras”. Como nadie corroboró la historia, no tuve más remedio que creerle.

DIEZ

Yaretzi habla de las armas como Mijaíl Kaláshnikov hablaría del AK-47.

La cinco punto siete: a ésa le llamamos por acá la matacholos; tú la has de conocer como la matapolicías o la faiv seven. No hay chaleco antibalas o troca blindada que la derrote. Dicen que la inventaron en Bélgica, pero yo digo que ésa fue idea del Diablo. No patalea y eso te da precisión. Anda muy de moda entre la clica.

La treinta y ocho súper: con ésa le revientas la cabeza a cualquiera en medio segundo. La bala sale con un chingo de presión. A mí no me gusta porque pierdes tiempo en la recarga. Nomás una vez la usé para matar a un bato al que el jefe le bajó su novia.

La cuarenta y cinco: es muy práctica, pero siempre que sea Colt. Las otras luego se te disparan solas.

El erre: a ése le puedes poner hasta un lanzapapas (lanza granadas). Su bronca es que patalea mucho y te duele machín el brazo. Es mejor el Fal. Calibre tres ochenta. Pura sangre.

Y el cuerno de chivo: es mi favorito. Con un cuerno hasta a un elefante lo partes en dos y un niño puede dispararlo porque no se atasca. Aunque se llene de lodo, el cuerno te responde. Yo traía dos el día que me arrestaron. Eran Norinco y estaban bien chingones. Los dos me salieron en veintisiete mil pesos.

Yaretzi dice que tiene la misma puntería con una .22 que con un cuerno. Jura que sabe usar el lanzapapas y que desarma un erre en menos de un minuto. El director del penal, un tipo mitad terco y mitad vale madre, me había dicho que Yaretzi disparaba como si fuera un sexto sentido.

ONCE

Marta, la del rostro de niño. La que estudiaba administración de empresas. La fanática de los dulces de tamarindo. La que extraña a su novia. La que juró dar la vida por su clica. La que cuida a una doña de cara grande, como de catedral, que cayó en la cárcel por traficar coca. La que nació zurda hace veinte años. La que escucha los corridos del Chalino y de otros cantantes, en los que las historias dejen un halo de pólvora. La que no come verduras y pide la carne casi cruda. Esa misma Marta ya quiere terminar nuestra plática.

—Déjame preguntar algo más —le digo y ella acepta con un cigarro de por medio—. ¿Odias a Ciudad Juárez?

—No —responde a quemarropa—. Es mi ciudad y la quiero.

—No lo tomes a mal, no soy sacerdote ni ministerio público y no me interesa escribir un libro de autoayuda, pero, ¿entonces por qué te has esmerado en destruirla con los asesinatos?

Marta se mira avergonzada. Se lleva el cigarro a la boca y aguanta el humo en los pulmones como cuando fuma mariguana.

—No me había puesto a pensar eso —dice al soltar el humo—. Pero de que lloren en mi casa, mejor en la de ellos.

—Pero está muriendo mucha gente que nada tenía que ver con el narco, mucha gente inocente.

—Aquí no hay inocentes. Todos los muertos algo han hecho.

Yaretzi me dijo algo parecido: es gente de la droga matando a gente de la droga. Me rehúso a creerles.

—¿Y qué vas a hacer cuando salgas de la cárcel, Marta?

—Lo que venga.

—¿Seguirás en el narco?

—Lo que venga.

Marta es la prueba de que existe una resistencia humana natural a abandonar toda una vida y empezar en otro lugar.

DOCE

Yaretzi no fuma y nunca se ha drogado. No conoce al Chapo Guzmán ni a Vicente Carrillo ni a Heriberto Lazcano; sólo trata con capos segundones. No le gusta usar adornos. No soporta la hipocresía. No sonríe; dice que la muerte le chupó la risa. No le atraen los tatuajes. No ha vuelto a ver a su padrastro desde que la embarazó. No ha perdonado a los asesinos de su hermano, y tampoco recuerda el nombre de los que ella ha matado. Eso sí: se acuerda de las moscas que salían de aquellos difuntos, está segura que tanta matazón empezó cuando el Chapo rompió el pacto con Vicente Carrillo y cree que hay vida después de la muerte.

Nunca tienes tiempo para pensar en los asesinatos. Haz de cuenta que desconectas tu cabeza. Tú nomás sigues órdenes, como un trabajo más. ¿O a poco tú te mandas solo? Pos es lo mismo en este jale. Y como todo trabajo debes echarle ganas. Estar al cien. Si te drogas o te confías, terminas con un balazo en la frente. También por eso hay mucho muerto aquí en Chihuahua, porque los batos andan todo el día en la loquera y hacen pendejadas. Por eso mataron a los morros de Salvarcar, porque la clica andaba bien drogada. Dicen que su jefe ya los pozolió. Estar al cien. Ésa es la clave para seguir sicariando. Yo eso hice. Si me hirieron una vez fue porque los de mi patrulla venían pisteando y no se pararon en el retén. Estar al cien. Estar al cien.

—Matas, ¿y luego?

—Nada —dice Yaretzi—, no sientes nada. Habemos gente así.

—¿Alguna vez has pensado que ya deberías estar muerta?

—Cómo no. Yo creo que es lo único que te sorprende en este jale: seguir vivo.

—¿Qué te espera cuando llegue tu hora?

—El infierno. Y no creas, me da culo. Yo sé que he sido mala, pero Dios perdona hasta al más hijo de la chingada. Aquí en la cárcel me he acercado más a él. Le rezo todas las noches. Yo no necesito de la Santa Muerte o de Malverde, ésos nomás son intermediarios.

—¿Y lloras?

—Todavía no mucho, pero ai la llevo.

—Leí que Chihuahua es uno de esos lugares donde estar limpio no tiene sentido. ¿Tú crees que es cierto?

—¿Cómo?, no te entendí.

—Que más vale andar chueco que derecho.

—Pos es que aquí ser chueco es estar derecho.

—¿Y son mejores las sicarias que los gatilleros?

—Es que los hombres son muy arrebatados, para todo quieren disparar y eso enoja a los jefes. Las mujeres como que la pensamos más y eso también es el valor.

—¿Alguna vez se te ha quedado en la ropa el olor de un muerto?

—Varias. ¿Y sabes a qué hueles? A azufre. Es un olor como el que amanece los 16 de septiembre, después de tanta tronadera de cuetes.

—¿En el cártel para el que trabajas, hay mujeres que enamoran y entregan a los contras?

—Sí, anda de moda eso. Son morras bonitas. Son anclas. Pero más vale ser sicaria que andar de puta, ¿no?

—¿Tú sabes cuándo se va a acabar esta guerra?

—Sí: nunca. El narco es dinero y todos lo quieren.

—¿Alguna vez has decapitado?

—Nunca. Eso está bien saico.

—Pero lo hace el cártel con el que trabajas, ¿no?

—Sí, pero nomás es como para impresionar, para hacer sentir miedo.

—¿Tú has tenido miedo?

—Nomás esa vez que me levantaron, hasta se me secó un riñón.

—¿Cómo que se te secó?

—Pos así nomás.

—¿Cuánto te paga el cártel?

—Me daba quince mil por quincena.

—¿Quince mil?

—Y estaba a punto de que me dieran treinta y dos mil.

—Mucho dinero.

—Por eso entré a este jale, ya te dije.

—Has de vivir bien, ¿no?

—No te creas. He estado ahorrando el dinero para mis hijos. Yo sí quiero que estudien, que sean alguien en la vida. Ellos todavía están chicos y no saben a lo que me dedico. De perdida que si un día se enteran, que me perdonen viendo que no me gasté el dinero.

—Al principio dijiste que mi vida valía igual que todas: nada, pero te pagan bien. Entonces sí hemos de valer algo, ¿no?

—Pos a mí no me pagan por muerto sino por día. Y si al día me pagan mil pesos, quítale quinientos que ahorro, los doscientos o trescientos de la tragadera, los cien de la gasolina. O sea: el muerto vale las balas que le metas y aquí nos las venden a diez pesos.

Por eso la vida, en estos tiempos, desaparece igual que el ruido del disparo.

Los Acapulco Kids

Publicado: 2 julio 2010 en Alejandro Almazán
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La primera vez que Jarocho me ofreció a una niña por 300 pesos le dije que sí, que a eso había ido al Zócalo aquella noche. El tipo, que cuidaba autos frente al Malecón, se echó la franela al hombro y sonrió de tal manera que los dientes le brillaron en el oscuro rostro, reventado por el acné. Luego, cuando se dispuso a traerla de un callejón, dije que no, que mejor volvería más tarde.

—De una vez, brother, el yate llega a la una de la mañana y ahí vienen gringos ya rucos que se llevan a las más morritas. Orita hasta te puedo conseguir una de nueve o diez años –dijo con cara de “tú me entiendes, no te cuento nada nuevo”, y sentí tremendo retortijón en el estómago.
—Regreso antes de esa hora, nada más no vayas a fallar.
—¿Qué pasó, brother? Los hombres sabemos hacer negocios. Y como me caíste a toda madre, te la voy apalabrar pa que te dé un servicio chingón. Ái tú te arreglas con ella si quieres cosas más perversonas.

Volví después de que el yate Aca Rey había tocado tierra firme. Entonces supe que Jarocho sólo era un mero cazador de clientes, que trabajaba para un proxeneta, y que la niña que llevaría esa noche se llamaba Allison. Era adicta a la piedra –esa droga barata que embrutece más que otras– y no pasaba de los 12 años.

***

Un día Acapulco se cubrió de verde y de cerdos salvajes que desafiaban los caminos de tierra. Las gargantas de los pescadores toltecas cantaban a los dioses, los bambúes crepitaban con el viento y los mangos petacones engordaban. Mil años después, los aztecas traerían la plaga hasta que Hernán Cortés y su gente la aplastaron a su vez con la gonorrea y la virgen de La Soledad.

Luego de 500 años de ensangrentar destinos, llegaron los grandes edificios a la bahía y dividieron la ciudad en dos: la cara bonita y el patio trasero. Agustín Lara le cantó a María Félix, Pedro Infante compró casa y Tintán amó el puerto por siempre. Entonces cayó el nuevo milenio y bajo el brazo trajo un racimo de pedófilos estadounidenses y canadienses que se hartaron de que en Cancún los señalaran. Ellos fueron los que corrieron la voz y, al poco tiempo, Acapulco se transformó en el paraíso de la carne más joven.

Desde entonces, los pederastas acarrearon consigo padrotes intocables, madrotas disfrazadas de mujeres abnegadas, nuevas estadísticas del VIH, tendejones para emborrachar a las niñas, revólveres, pobreza de la que unos se enriquecen, vientres abiertos, noches para velar a los chicos, home pages para ver el mapa y saber dónde encontrar niños; hoteleros y taxistas para el trabajo sucio. Rencor y noches y días de ajetreo.

Han traído hordas de niños al Malecón, al Zócalo, al canal que lleva las aguas negras a Hornos, al Oxxo que está rumbo a Telecable, a la Soriana de la Costera, a las canchas de la crom, al asta bandera, a Caleta y Caletilla, a la barda del restaurante Condesa, a la vuelta del salón de belleza Xóchitl, a la calle La Paz, al hotel Real Hacienda, al puente de la Vía Rápida, al semáforo de Aurrerá, a La Redonda que todos conocen como Las Piedras de la Condesa, a la playa que Cortés bautizó como Puerto Marqués, y a los puteros del centro.

Y es por ello que Unicef califica ya a Acapulco como la ciudad mexicana número uno en lo que a prostitución infantil se refiere. Ha desbancado a Cancún y a Tijuana.

En estos 1 882 kilómetros cuadrados se concentra casi todo lo que necesita un pederasta: playas increíbles, droga barata y en cantidades pasmosas, ojos que nunca ven y bocas que nunca hablan, hoteles 50% off, un bando municipal que estipula que en Acapulco no se multa a los turistas, prostíbulos donde la mayoría de edad se alcanza desde chicos, padres que piensan que los hijos son moneda de cambio, y niños, muchos niños, que por un bote de PVC o un poco de mariguana están dispuestos a encarar la vida y despistar la muerte con sus cuerpos.

***

En las callejuelas del centro, esas que suben dolorosamente hacia el cielo, está el bar Venus. Es una construcción vieja de dos pisos, pintada de mala gana. Es de un naranja parecido con el que Van Gogh pintó el melancólico cuadro The Old Tower in the Fields. La desvencijada puerta es azul, como si quien la cruzara fuera directo al paraíso. Pero no: los ventiladores giran sin énfasis, hay mesitas de lámina extenuada y los clientes son una bola de infelices a los que sólo les queda emborracharse para combatir el calor y la tristeza. Quizá lo más deprimente sea la pista donde bailan las mujeres de vientres poderosos: es una enorme ostra de concreto que arroja luces rojas y verdes. Todo aquello parece sacado de las películas o de los cómics de Alejandro Jodorowsky.

Mía bailaba en el tubo como una boa adormecida mientras de la rocola salía la voz de Noelia con eso de“tú, mi locura, tú, me atas a tu cuerpo, no me dejas ir”.

Mía, que en realidad se llamaba Ariadna, había cumplido los 14 años el 3 de septiembre pasado y estaba orgullosa de su edad porque eso le ayudaba a que los clientes se pelearan por ella.

Intentó sentarse en mis piernas y la mandé a la silla.

—¿Qué, eres joto? –preguntó con un hablar pastoso. Ya estaba algo ebria.
—No, pero tienes la edad de mi sobrina –y Mía miró como si me hubiera vuelto loco.

Luego, ordenó una cerveza mientras enumeró sus reglas:

—Me tienes que dar 40 pesos por estar aquí contigo; con eso ya pagas mi cerveza. Si quieres algo más, allá atrás hay cuartos. Cuestan 100 pesos y yo te cobro 200. Si quieres que te la chupe, son 100 más.
—A mí sólo me gusta platicar, soy reportero.
—Bueno, dame los 40 y platicamos.

Al sacar el dinero la miré bien: los ojos, de negro intenso, casi se perdían en la cara; estaba maquillada como los muertos, tenía papada, los pechos apenas le estaban creciendo y su cuerpo rechoncho era de un irreparable color cobrizo.

Pagué. Entonces Mía me contó que ese nombre se lo puso ahí un viejo, amigo de la patrona. A ella se le hacía muy estúpido, pero debía aguantarse. “Yo hubiera escogido un nombre como Esmeralda o algo así”. Era de Tierra Caliente, pero había llegado a Acapulco hace medio año para trabajar en un Oxxo, pero cuando le dijeron que en el Venus podía ganar 800 pesos al día mandó al diablo la idea de ser una cajera vestida con uniforme rojo con amarillo. “Ahí en el Oxxo iba a ganar como 50 pesos y a mí me gusta comprarme ropa”. Su mamá no sabe a qué se dedica y, si lo supiera, no le preocupa:“Porque yo la mantengo a ella, a mi abuelita y a dos sobrinos; como mi papá se fue a California y nunca regresó, necesitamos el dinero”.

Prostituirse no le quita el sueño. “En mi pueblo venden a las mujeres desde chiquillas, con eso pagan la tele que compran o las cervezas que no pagaron”. También dijo que le gustaría probar las drogas y que un día quiere ser actriz de telenovelas.

No habló más porque un gordo, al que le faltaban varios dientes y andaba todo andrajoso, la llamó con la mano en la cartera para que se sentara con él. Se bebieron una caguama como si ambos desfallecieran de sed. Luego, cuando en la ostra gigante bailaba una mujer que parecía haber ido con un carnicero a que le hiciese la cesárea, el tipo se llevó a Mía. Fueron a los cuartos.

***

—Mañana tendré dos chicos; acá nos vemos y te paso a uno.

Andrew tendrá unos 60 años y sus tres hijos ya le han dado cuatro nietos. Su segunda esposa, según contó, es 10 años menor que él y jura quererla igual que el día en que se conocieron. Puede que sea cierto. Andrew tiene cabello blanco, su piel está lo bastante bronceada como para parecer un trozo de marlin ahumado, y sus ojos son de un gris encendido. Su español es mordisqueado, pero da para platicar.

Supuestamente vive en Boston y trabajó en un pub donde los hombres le confiaron nostalgias y proezas de machos. Yo hice eso para acercarme a él mientras comíamos un cóctel de camarones en la playa Caleta. Andrew fue el único gringo que creyó que los niños también eran mi debilidad. Los otros con los que intenté conversar fueron displicentes y no sirvieron de mucho. Desde hace unos cinco años, cuando Jean Succar Kuri calentó Cancún, Andrew entró a las páginas de los pedófilos en Internet y supo a dónde emigrar: Acapulco. Y, sobre todo, a la playa Caleta.

—Me dijeron que en Caleta uno consigue niños, pero no sé cómo —le solté cuando Andrew combinaba los camarones con una coca cola de dieta.
—Es fácil –dijo con el tono de quien no miente–. Hay que tratar con aquellas mujeres —y señaló a las indígenas que aquella mañana vendían artesanías mal hechas y otras baratijas.
—¿Y qué les tengo que decir? —pregunté a Andrew y él me miró como quien le tiene lástima a un pordiosero.
—Cómprales algo de lo que venden o dales para que vayan a comer; el chico ya va en el precio.
—Como el desayuno…
—Sí, como la barra libre.

Para ser honestos, no supe si hablar más o propinarle ahí mismo un puñetazo. Nos quedamos callados porque no se nos ocurrió otra cosa y miramos el mar y sus virutas. Por ahí pasó un par de viajeros con mochilas al hombro, un tipo que vendía raspados, una costeña que hacía trencitas, un viejo que alquilaba cámaras de llanta para usarlas como flotadores, un par de pescadores que mostraban mojarras de 10 kilos, un matrimonio con su hijo en brazos, y unos niños que, como si fuesen cachorros, se revolcaban en las olas. A ellos, Andrew los escudriñó como hacen los críticos de arte.

—No les digas a las mujeres que eres mexicano, mejor háblales en inglés –Andrew rellenó el silencio.
—No me lo creerían. Creo que ya me jodí.
—Mañana tendré dos chicos; acá nos vemos y te paso a uno. Son tan inocentes…
—¿Y hoy no se puede? —No, anoche fue de locos
–replicó y ordenó media docena de ostiones con unas gotas de salsa Tabasco.

Cuando me despedí para no verlo nunca más, fui con algunas indígenas y, aunque hablaron en su lengua, entendí que me fuera al carajo.

Con la misma importancia me trató el salvavidas de la playa. Usó una lógica absurda y cínica para responder por qué no hace nada contra tipos como Andrew: “Yo nomás cuido que nadie se ahogue”.

PD: En el DIF municipal, Rosa Muller, una mujer con un corazón enorme, había contado que las indígenas tienen el hábito de vender a sus hijos a los extranjeros. A mexicanos no. Quién sabe por qué. Otro dato: Adriana Gándara, funcionaria del Centro de Atención a Víctimas de Delito de la PGR, ha dicho que al menos la mitad de los más de dos mil niños que se prostituyen en Acapulco son indígenas.

***

Agenda Amarilla del Novedades, El diario de la familia guerrerense. Viernes 21 de noviembre. Dos anuncios:

¡Chavita de secundaria! Tiernita, Bebita hermosa y sexy. ¿Qué esperas?
Chiquilla bonita. Soy estudiante de secundaria. Delgadita. Bustona. Llámame.

Llamé de un teléfono público. En el primer anuncio contestó un tipo que sabía su negocio. No recuerdo el nombre de la niña que ofrecía, pero la describió con tal labia que no dejaba resquicio alguno para creer que no existía cintura más delgada ni trasero más redondo y levantado que el de ella.

—Me hablas de una mujer de calendario, compa.
¿Estás seguro de que va en la secundaria?
—Te lo juro por Dios, carnal. La chamaca está garantizada, por eso te la estoy dejando en mil 500 pesos. Ira: ella va a tu hotel y después de dos horas me la regresas.
—Deja hospedarme y te llamo otra vez.
—Pásame tu celular.

Le di un número viejo que dejé de usar.

En el segundo anuncio clasificación xxx respondió una mujer con voz de niña. Suponiendo que sí era una estudiante de secundaria, dijo llamarse Lulú, se jactó de tener experiencia y reiteró que estaba dispuesta casi a todo. Cobraba 2 mil pesos y 500 más por tener sexo anal. Nada de fotos, nada de video.

—Estoy hospedado en el Mayan Palace –mentí–. ¿Y si no te dejan entrar?
—Ya he ido ahí. No te preocupes, me gusta su alberca, está bien grandota.
—Pues deja pensarlo y te busco.
—Anímate ya, más tarde voy a estar ocupada.
—¿Y no te da miedo que sea un asesino o algo así?
No me conoces.
—Tú tampoco.
—¿Y si te dijera que soy reportero y ando contando historias de niñas como tú?

Colgó.

***

Tú ponle ahí que me llamo Manuel. Tengo 16 años, pero me prostituyo desde hace 10, cuando me salí de la casa porque mi mamá nomás quería a mi padrastro, un viejo cabrón que sabe que si se mete conmigo mi banda de Ecatepec le pone en su madre. He andado por el DF, Hidalgo, Puebla, Veracruz, Cuernavaca y Chilpancingo. Aquí, a Acapulco, ya tiene que llegué como desde 2004. Y está chido.

[Estamos en el albergue del DIFmunicipal llamado Plutarca Maganda de Gómez, una religiosa a la que nadie recuerda. Aquí llegan los niños prostitutos que la directora del lugar, Rosa Muller, busca en las calles de Acapulco para darles comida, ropa, dejarlos que se duchen y, si quieren, vivir hasta que cumplan los 18. Ningún chico es obligado a quedarse.

Manuel es uno de esos niños que entra y sale del albergue dependiendo de las ganas que tenga de drogarse. Para comprar piedra y mariguana, con lo que le fascina dinamitarse el cerebro, sabe que debe cumplir con el círculo vicioso de escapar, prostituirse, comprar su cóctel letal y ropa nueva que le ayuda a alardear entre la banda de que él ha triunfado; luego vuelve al albergue.

Cuando está afuera, gana unos 6 mil pesos a la semana. A él se le hace una fortuna.]

En esto siempre hay clientes. La mayoría son viejos, pero hay de todo: gabachos, de Canadá, franceses y mucho mexicano. No es cierto que nomás los turistas de otros países nos busquen. Hay batos más dañados. Checa: está el payaso del Zócalo, el Chapatín; ese nomás quiere que uno le dé y nos regala drogas. Está el del Tsuru gris; es de Cuernavaca, le cae una vez al mes y levanta a dos o tres; paga bien. Está otro cabrón de la taquería Los Tarascos. Está un güey del hotel Real Hacienda que nos deja dormir y él tiene mucha piedra y PVC. Otro güey es uno que anda en una moto rojo; también es padrote. La que también le entra duro es una doña que luego vende burbujas de jabón en el centro; a ella le gustan las niñas y es madrota de mayates. Y está Fátima, una gringa ya señora que vive por el Fiesta Inn.

[Manuel no tendría por qué mentir, así que es mejor seguir escuchándolo.]

El precio que manejamos casi todos es de 200 pesos, más 100 por quedarnos a dormir. Los gabachos y las gabachas dan más: 400. Y lo chido también de ellos es que te llevan al parque Papagayo, a Recórcholis o se hospedan en hoteles bien chingones. Yo he ido al Avalón, al Hyatt, al Presidente, al Emporio y al Princess. Son muy bonitos. Pero no creas que me apantallan los gabachos. Sé inglés. Bueno, me defiendo. Sé decir cómo me llamo, mi teléfono, de dónde soy y todas las groserías. Así conquisté a una gringa. Tenía como 50 años. Es la gabacha más vieja con la que he estado. ¿La más chica? Una de 30, cuando yo tenía como ocho años.

[Manuel trae el cabello teñido de las puntas. Es un chico pura fibra con una mirada zigzagueante. Presume sus jeans Fubu o algo así, como si fuesen unos Versace. Lleva dos días sin drogarse.]

Eso es lo que no puedo dejar: las drogas. Los chochos no me gustan porque me amensan. Los hongos me ponen tonto y la coca me quita el sueño. Por eso prefiero la mariguana y la piedra. Unos se paniquean con la piedra, creen que los andan siguiendo, se les entume el cuerpo; a mí no. Ni siquiera me ha dejado loco. Ah, porque la piedra es cabrona. Muchos de la banda se han quedado idos, bien babosos. Con esos ya ni puedes platicar. Ni les entiendes lo que dicen. Pero te decía, con la mota y la piedra la hago. A veces también al PVC, pero poco porque se me mete el diablo. A ese le hago porque la lata cuesta 50 pesos y a mí, el de la ferretería, me lo da a 35. Es que hay noches que me quedo con él y me lo da más barato.

[Mientras habla, Manuel bosteza y parpadea como si lo hubieran sacado a patadas del sueño. Se despertó hace cosa de media hora. Por ahí de la una de la tarde.]

¿Qué más te puedo decir? Pues que aquí me ha tocado ver muchas muertes. A un jotito con el que me juntaba lo treparon a un carro y lo apuñalaron. No sé si eran sus clientes, pero yo vi caer al bato. Otro se murió de cáncer y una morrita de sobredosis. Ángel, el gordo, murió de sida. Yo hasta eso soy negativo. Aquí en el albergue nos hacen la prueba a cada rato. No le tengo miedo al sida. Soy un cabrón con suerte.

***

Allan García, uno de los editores de La Jornada Guerrero, tiene una memoria implacable para los datos duros y escalofriantes:

  • Hay paquetes exclusivos para pederastas que incluyen hotel y niño. Costos: de 200 a 2 mil dólares, según el grado de pubertad. El chico sólo recibe 20 dólares.
  • Desde los cinco años se prostituyen. A los 18 ya no sirven.
  • Los que controlan la prostitución infantil en Acapulco son, sobre todo, tailandeses.
  • Después del turismo y la venta de droga, la prostitución infantil es la actividad que deja más ingresos en Acapulco.

Allan recuerda bien esas cifras porque hace menos de un mes, durante la semana que el DIF Acapulco organizó para hablar del tema, los funcionarios locales de la PGRabrieron sus bases de datos.

En esas reuniones también se contó la historia del autobús con un azteca grabado en el parabrisas. Circula por todos lados, menos en su ruta. No levanta pasaje. Suben niñas que se van con hombres decrépitos cada vez que el camión se detiene. De hecho, a la hora de lavar el bus, en el río El Camarón, las chicas se pelean por hacer la limpieza porque el chofer no paga con dinero. Paga con droga y clientela que gasta a puño suelto.

***

Eric Miralrío, un acapulqueño que sirvió de guía al reportero, sugirió que buscáramos a Nayeli en el Malecón. La conocía porque apenas este año le había tomado algunas fotografías durante la realización de un documental. Por lo que le escuché decir, la chavita no pasaba de los 16 años, a los 13 fue mamá y su padrote le pegaba para imponer respeto. Parecía un gran personaje.

La segunda noche en que la buscamos, otro niño de la calle llamado Chucho nos dijo con su lengua drogada que a Nayeli la habían asesinado de 25 puñaladas. Ya no dijo más porque el PVC lo traía hecho un zombi.

Un día después, Rosa Muller, la directora del albergue del DIF municipal, contaría la historia de una Nayeli que resultó ser la misma que Eric conocía.

Y esto es lo que viene en la libreta de apuntes: Nayeli era una costeña que desde que nació fue linda. Antes de cumplir los siete años ya era parte del catálogo que un padrote mostraba a los clientes. A los 13, el proxeneta la hizo madre y le quitó el bebé porque le dijo que una adicta como ella lo terminaría matando. Nayeli se la pasó en las calles hasta que un chico de la banda se enamoró de ella y juntos lograron rentar un cuartucho allá por las fábricas. A principios de mayo pasado, salió drogada de su casa y se la tragó la tierra. Los reporteros de la nota roja la encontraron tirada en las calles, con 25 puñaladas. También la degollaron. Muller se enteró del asesinato por las páginas de El Sol de Acapulco, el diario que contabiliza a los muertos.

Lo que las autoridades llegaron a saber es que, por unos cuantos pesos, Nayeli delató un quemadero (lugar donde se consume droga). Y los traficantes no perdonan esas cosas. Cuando el DIF quiso recoger el cadáver en el forense para entregárselo a la familia, ya había desaparecido. Nadie quiso saber más del asunto. Muy pocos le lloraron.

***

Esa mañana la radio dijo que Acapulco estaría fresco, a no más de 33 grados. A Samy, sin embargo, el sol le caía como un piano en la cabeza: traía una tremenda resaca. Lo conocí en la playa Condesa porque un pescador con un ojo de vidrio llegó a ofrecer de todo: ostiones, el paseo en el paracaídas, hasta que aterrizó en el asunto de la mariguana y los niños.

—Conozco a los jotitos de Las Piedras, le puedo decir a uno que venga acá contigo o, si quieres, te lo puedes coger ahí mismo, no hay pedo. Todo el mundo lo hace ahí.

Samy traía un pantaloncillo rojo, la playera en el hombro y una sed endemoniada. Le dije que era reportero desde el arranque. Quién sabe si pudieron más las ganas de beberse una Yoli, pero se quedó un rato.

Primero dijo que nada más había ido a Las Piedras porque le urgía dinero. Pero ya en el tren de confesiones, presumió que su mejor experiencia fue con una pareja de cubanos, hace un año: mientras él recorrió el cuerpo de la mujer, el hombre lo grabó. Le dieron 100 dólares y con eso se fue a nadar al parque de diversiones Cici, comió en una taquería del centro, se compró dos camisetas y lo demás se lo inhaló. Dejó en claro que no era homosexual: “Yo nomás doy y tengo novia”, remarcó con la pose del Valiente de la lotería.

—¿Y usas preservativos? ¿Te cuidas?
—No me quedan.

Se fue hundiendo sus pies en la arena.

No lo he mencionado, pero Samy tiene nueve años.

***

Si Rosa Muller se lo propusiera, probablemente sería capaz de contar un millar de historias.

Por ella me enteré cómo Yahaira, una niña de Pachuca, llegó un día hasta la casa de Muller con un pastel de cumpleaños, una pierna gangrenada, una tuberculosis invencible y un VIH que le arrojaba dardos a las últimas defensas de su organismo. Murió hace un par de meses.

Otra historia que le duele a Muller es la de Oliver, de 12 años. Hasta hace unas semanas, además de prostituirse, se dedicaba a vender drogas. Se le hizo fácil consumir y no pagar al dueño del negocio. Para que escarmentara, para que entendiera que eso no se hace, lo amarraron con cinta canela a un árbol. En 15 días, sólo le dieron agua, sopa de pasta y un centenar de golpes. Así llegó al albergue. A los médicos les llevó varios días salvarle las manos y a él cinco minutos volverse a escapar. Muller, que sabe por qué dice las cosas, jura que a estas alturas Oliver debe estar muerto.

La historia más atractiva, sin embargo, es la de la propia Muller. Es decir, la de Mamá Rosy, como todos los chicos la llaman.

Resulta que su hijo, hoy de 13 años, solía ir a un internet ubicado atrás del hotel Oviedo, en pleno centro de Acapulco. Iba ahí porque le prestaban el play station sólo por dejarse tomar fotografías. Además, como el dueño del lugar le decía que en la casa de Mamá Rosy había fantasmas, al chico no le interesaba volver a su recámara si su madre no se encontraba.

Un día, a Mamá Rosy le llamó la atención que, súbitamente, su hijo fuese huraño, sudara por las noches y hablara de espíritus malignos a los que nadie podía derrotar. La curiosidad la llevó a indagar y a saber que en el café internet siempre había muchos extranjeros que a simple vista no resultaban nada confiables. Con el tiempo, contactó a la policía cibernética de la PFP y en pocas semanas se descubrió que aquel café internet era el centro de operaciones de una banda de pederastas.

En abril de 2003, las autoridades arrestaron a 18 pedófilos, 12 de ellos extranjeros, y rescataron a 10 niños. Entre los detenidos iba Enrique Meza Montaño, hijo del entonces regidor por Convergencia, Óscar Meza Celis. Enrique fue el único que obtuvo su libertad a las pocas horas. No importó que él, de 29 años, fuese el dueño del internet llamado Ikernet ni que fuese arrestado cuando estaba en compañía de dos menores.

A los otros, la PFP los presentó como parte de una banda que operaba en Europa, Estados Unidos, Canadá y México, además de vincularlos con dos artistas de la pedofilia: Robert Decker y Timothy Julian, ambos sentenciados en cárceles californianas. La edad promedio de los detenidos era de 65 años. Un par de ellos tenía VIH y se “suicidarían” después en las mazmorras acapulqueñas.

Ese hecho marcó a Mamá Rosy y fundó una ONG para proteger a los niños. De la gasolinera de su familia sacó los recursos y los chicos la fueron queriendo.

Pronto su nombre empezó a circular en el puerto y en 2005, cuando llegó Félix Salgado Macedonio a la alcaldía,éste la nombró directora del albergue Plutarca.

El próximo 31 de diciembre terminan los tres años de Mamá Rosy. Los chicos están tristes, dicen que volverán a las calles porque nadie los ha cuidado como ella. Muller, de ascendencia alemana, tiene pensado rentar una casona vieja para llevarse a los niños. “Ya veré cómo le hago, pero no quiero dejarlos, son presa fácil”, dice mientras se acomoda sus anteojos para la miopía. Lo que sí es un hecho es que su hijo poco a poco ha ido saliendo. Ya no ve fantasmas.

PD: El pasado miércoles 26 de noviembre, la estadounidense Patricia Katheryn O’Donovan denunció que el neozelandés Murray Wilfred Burney, también conocido como Mario Burney, estaba reclutando a menores de edad para reorganizar la red de pederastas que Meza Montaño y otros dejaron a la deriva.

***

Yo era de ésas que andaba vendiendo droga. El buenero (narco) hasta me dio una pistola para defenderme. Era una 22, bien perrona. Le entré porque a mí no me gustó eso de acostarme con los gringos. Bueno, lo que pasa es que un día uno me pegó y ya no quise. De ahí les tiré la onda a las mujeres, pero hubo una, creo que era de Italia porque hablaba bien chistoso, que se puso bien loca en el cuarto, como que quería matarme. Era flaquita y yo, ya ves, pues estoy llenita, así que le puse unos madrazos y me fui. Por eso me metí de dealer. Bueno, me metieron.

¿Cómo te explico? Aquí hay mucho buenero que nos agarra para vender porque a nosotros no nos meten a la cárcel, nomás nos quitan la droga y nos dan unos zapes. Y le entras porque le entras. Si no quieres, te pegan. Dicen que a uno hasta lo mataron. Ya luego me harté y mejor me vine al albergue. No sé qué haré ahora que Mamá Rosy se vaya. Es todo lo que puedo contar. Tengo una vida aburrida.

[Silvia, se llama Silvia. Para tener su edad, 14 años, es lo bastante fuerte como para destrozar un piso entero en un arrebato. Le gustaría tener una muñeca.]

***

Yo soy Norma. Crecí en Tepito, ahí en la calle de Jesús Carranza. Me fui de ahí porque mi mamá se murió. Tenía sida. Yo digo que mi papá la contagió; siempre fue muy mujeriego, pero quién sabe, mi mamá también tuvo sus novios y cuando andaba drogada no se fijaba.

[Otra vez en el albergue Plutarco. Otra historia. Otra niña invisible. Otro cigarro para aguantar.]

De lo otro, de cómo empecé a prostituirme, no me gusta hablar. Me da ansiedad. Pero ya estoy aquí, ya qué. Me voy a abrir. Mamá Rosy nos ha dicho que lo hablemos, que eso que trae uno es como una piedra en el zapato o como un anillo que se nos atoró en el dedo. A ver, ahí te va.

[A Norma, de 16 años, le han estado sudando las manos desde que sentó. Se la ha pasado secándolas sobre el short de basquetbolista que viste. Trae el cabello mal cortado, como si alguien le hubiese mordido la cabeza. Huele a jabón barato. Hace bombas con el chicle y tiene una sonrisa exacta.]

Tendría que empezar a contar que a los seis años me violó un primo. Luego, como a los ocho, me violó un tío, hermano de mi papá. Ya tenía como 11 años cuando mi papá llegó drogado y quiso hacérmelo. Sólo Dios sabe por qué no pudo. Si me lo hubiera hecho, seguro yo también tuviera sida. Desde ahí ya no me gustaron los hombres. Me dan asco. Pero hace como cuatro años cuando llegué a Acapulco, me dijeron que había señores que se acostaban con la chamacada. Yo, al principio, no quise. Luego ves que les regalan cosas y que la banda trae dinero. Entonces dije “chingue a su madre, le entro”. Eso sí: siempre lo he hecho bien drogada. Como que en mi juicio no se me da, hasta me dan ganas de vomitar. La bronca es que luego ni te acuerdas de lo que te hicieron. Yo luego he despertado con dolores en todo el cuerpo y con moretones. Con quienes sí me ha gustado, la verdad, es con las gringas. A ellas sí se los hago como con amor. Había una que me buscaba mucho. Ella me regaló un celular y ropa. Me dijo que quería llevarme a Estados Unidos para que viviera con ella, pero ya nunca volvió.

[Norma se levanta, dice que va al baño. Se ve rara, ansiosa, sin saber por qué. Todo empezó porque le pregunté si ese tatuaje mal rayado que dice Faby era en honor a la gringa y ella dijo que no, que Fabiola es una historia que ahora que vuelva va a contar. Regresa y cumple con su palabra.]

Fabiola fue mi novia, pero me hizo como trapeador. Era una cabrona. Decía que me quería y andaba con hombres. Yo le lloré, le dije que mi hijo, ¡ah!, porque tengo un hijo de cuatro años que no he visto hace mucho, necesitaba una mamá como ella. Le valió madre. Nomás me engañó. Hasta los papás de ella me querían, decían que algo como yo era lo que Fabiola necesitaba. Ahora la odio y amo a Diana, la chava que hace rato vino acá con su bebé. Diana sabe que ahora que termine de estudiar enfermería voy a cuidar de ella y el bebé. Lo malo de Diana es que todavía actúa como una niña y luego no sé ni lo que quiere.

[Intempestivamente, Norma me pregunta que si ya se puede ir. No puedo obligarla. Al poco rato, la psicóloga llega como un ventarrón con la mala noticia de que Norma se ha enterrado las uñas en la cara y que se la ha pasado quemando las cartas que le escribió a Fabiola. Me siento un imbécil.

Mamá Rosy irá a tranquilizarla y Norma volverá con el rostro sangrante. “No hay bronca, luego me pongo locochona”, dice con el tono de quien asume toda la culpa sin tenerla. “Ahorita me curo yo, ya me enseñaron en la escuela cómo hacerlo”. Lleva medio curso para auxiliar de enfermera. Se lo paga Mamá Rosy. Me dice que ahora que se reciba vaya a su graduación.]

***

Frente al bar Barbaroja, en la playa Condesa, abordé un taxi en la Costera Miguel Alemán.

—¿Tú sabes dónde puedo conseguir morritas?
—Ahorita, por la hora, nomás en el Tavares, el Sombrero o en las casas de cita. Ya son las cinco de la mañana.
—Pero tengo gustos raros: quiero niñas, o niños –dije mirándole los ojos por el espejo retrovisor. El conductor, como si le hubiera dicho que necesitaba comprar un perro, buscó entre su celular ciertos números de contactos.
—Conozco a un cabrón que tiene pura chamaquita.
Ya he trabajado con él, es seguro, no te roban y todo es muy discreto. Deja llamarle.

Habló con tal desenvoltura que bien podría renegociar el TLC.

—Dice que las tiene ocupadas. Es que ya es tarde, el bisne hay que hacerlo a media noche.
Aliviado, me bajé en un hotel que no era el mío. La cara del taxista, en la duermevela, no me dejó en paz.

***

Es viernes por la tarde y en el Zócalo de Acapulco hay una cacofonía sostenida. Cuando mis padres me traían yo sólo veía boleros libinidosos, indígenas que se la pasaban expulgando a sus hijos, jóvenes que llevaban en sus cabezas cubetas en equilibrios imposibles, perros comiendo basura, al vendedor de globos, una catedral cuya entrada olía a excremento, basura y tamarindo; un puesto de periódicos que sólo vendía malas noticias, la nevería, policías que se la pasaban rascándose la cabeza, un quiosco donde los gringos se tomaban fotografías con las indígenas, como si las mujeres fuesen unos macacos, y una acera de restaurantes donde uno terminaba con diarreas interminables.

Hubiese visto ese mismo zócalo si no fuera porque Mamá Rosy me hizo un croquis de lo que uno nunca ve.

Entonces vi que, en efecto, la banca que está frente al Oxxo es para que se sienten las mujeres que buscan niño. Unos metros adelante, a la derecha de sur a norte, hay otra banca que rodea un árbol. Esa es para las niñas. Los pederastas lo saben muy bien. Quien busca acción con manos infantiles tiene que sentarse donde trabajan los boleros; la mercancía llega sola. En la noche, con sacar el celular y mantenerlo encendido, basta para que los chamacos se ofrezcan. Ahí está la gorda que vende burbujas, metida en unas mallas de lycra, al lado de un tipo cuya cara parece retrato hablado de la PGR. Es la misma a la que tanto las autoridades del DIF municipal como los chicos ubican como madrota. Vi la lonchería Chilacatazo atestada de indígenas, pero no vi a gringos. Supuestamente, ahí las indígenas ofrecen a sus hijos a cambio de comida. Vi al viejo en short y zapatos que se la pasa ejercitándose mientras escoge a qué chico llevarse. Los extranjeros, sobre todo estadounidenses, comen en El Kiosco. Se la pasan analizando a los chicos como si fuesen catadores expertos.

Ni el mosquerío sabía de qué color ponerse por la pena.

***

Alexa, Chucho y El Quemado hunden sus rostros en los platos donde les han servido un vomitivo alambre de carne al pastor. Estamos en una taquería por los rumbos del Malecón.

Y como hablarán hasta que terminen de comer, sólo queda verlos. Sobre todo a Alexa.

Es muy delgada. Dicen que no estaba así. Que de un tiempo para acá trae diarreas. Su cabello tiene un color pariente muy lejano del rubio. Es casi negra. Trae una mochilita rosa donde guarda la lata de PVC. Ella es la menor de los tres: tiene 17 años y una década en la calle. El Quemado y Chucho, que ya rebasan los 20, contarán luego que la niña es huérfana y que qué bueno, porque sus padres le pegaban.

–¿Entonces qué quieres saber? –la voz de El Quemado repta por las paredes.
–Todo lo que quieran contar.

Alexa y Chucho, ya con el estómago medio lleno, se rehúsan a hablar. Pero El Quemado, quien ha perdido todo escrúpulo, resume la vida de ambos:

—A Alexa todo mundo se la ha cogido. Y el Chucho ha sido mayate.
—Cálmate, güey –reprocha Chucho, un tipo bajito que se cree luchador.
—Es la neta, ¿no? ¿Para qué nos hacemos pendejos?

Hay que decir las cosas como son.

—Pero ya no lo hago con hombres –se defiende Chucho.
—¿Pero le hicistes, qué no?
—Nomás un tiempo, de los ocho a los 14 años.

Alexa se mantiene callada. Nada la hará cambiar de opinión: dejará que El Quemado cuente lo que quiera. No le importa.

—Aquí todos hemos sido mayates –dice El Quemado–.

Uno necesita el dinero. Neta que si nos dieran trabajo dejamos esto, pero como que le valemos madre al gobierno. Ve a la Alexa, toda puteada. Ve tú a saber si está enferma.

La plática se interrumpe porque el mesero nos ha corrido de la taquería. La gente que comía en la otra mesa exigió que se largaran los tres pordioseros y el cliente con más dinero manda.

Camino a las canchas de la CROC, donde los tres duermen, El Quemado irá contando que ya no tienen tanta ropa desde que un canadiense al que familiarmente llamó Cris dejó de ir a Acapulco.

—¿Él se las regalaba? ¿Era religioso o algo así?
—No mames, compa, ese cabrón era un pinche cogelón de morritos. Venía muy seguido al Malecón porque tenía un velero. Ese bato nos daba un chingo de ropa y las drogas que quisiéramos por acostón.
—¿Y qué fue de él?
—Pues mira: el Cris tenía la maña de pegarles a los morros. Un día, un cuate al que le decimosEl Querétaro no se dejó y le puso sus madrazos. Lo mandó al hospital. Ya tiene como un año que el Cris no se para por aquí.
—¿Y qué hay de Alexa? Se ve muy mal.
—Simón. Es el sida, esa morra ya tiene sida. Pero uno no le dice para que no se agüite.
—¿Y qué hay de tu vida? ¿Por qué te dicen El Quemado?
—Porque cuando era morrito me quemé en la casa del Padre Chinchachoma. Se me prendió el suéter por andar de cabrón. Tengo toda la espalda como chicharrón.
—¿Y tus padres? ¿Tienes hermanos? ¿De dónde eres?
—No, no, no. De mí no vamos a hablar. Además ya te conté mucho y ni un pinche refrescoquisistes comprarme.
El Quemado se fue. Chucho se despidió con una pirueta de luchador. Y Alexa dijo que odiaba a los reporteros.

***

Jarocho, con sus pies descalzos y su hedor agrio, llevó a Allison hasta el auto. La niña traía un perfume grosero, el cabello lacio, estaba bronceada, apenas le estaban saliendo los pechos, y usaba sandalias y una pulsera de Hello Kitty.

—Bueno, yo los dejo –dijo Jarocho con sus 100 pesos en la mano por haber sido el intermediario y a mí me dio la desesperación.

Allison iba triste o asustada. No avancé mucho. Me estacioné por la Playa Tamarindos. Estaba por decirle que sólo platicaríamos, y nada más, cuando una camioneta me echó las luces. Pensé que era la policía. Me imaginé en la cárcel y en la contraportada de La Prensa. Pero no, era algo peor: una Lobo blanca doble cabina con vidrios polarizados.

—Es el que nos cuida –dijo Allison y volví a experimentar uno de esos momentos cuando el mundo parece detenerse.
—¿Y por qué nos sigue?
—Porque quiere ver en qué hotel voy a entrar.

Empecé a sudar y me sentí pegajoso. Lo único que se me ocurrió fue acelerar. Tan preocupado iba que pasé los semáforos en rojo. Entonces ahí sí me detuvo la policía. Bajé del auto y, entre murmullos, les tuve que decir que era reportero y que la niña era parte de la historia. Uno de ellos, el de mandíbulas potentes, le echó la luz a Allison y ella sonrió de tal manera que en ese momento hubiese podido venderle cocaína a cualquier cártel. “Pues si ya le pagaste, cógetela”, dijo el oficial y yo quise romperle la cara. “Sale, te vamos a dar el servicio”, dijo el otro con su diente de oro como Pedro Navajas. Ahí reparé que la Lobo blanca doble cabina no estaba. Llegamos al estacionamiento del hotel.

Cuando Allison, que en realidad se llamaba Gregoria, intentó bajarse del auto para entrar al local, la paré:

—Sólo me interesa que me cuenten historias.

Allison arrojó un gesto de incredulidad.

—Primero págame los 300 pesos y pon una canción de Belanova.
—No tengo ninguna de ella. ¿No te gusta U2?
—Pon lo que quieras, pero menos en inglés. Es que me gusta cantar, eso quiero ser de grande: cantante.

Caifanes se escuchó en las bocinas y ella echó a perder la canción. Entonces Allison tomó la palabra:

—Vengo de por allá de Zihuatanejo, allá tengo un novio europeo que luego viene a visitarme acá. Me trata bien. Me compra lo que yo quiera. Él me regaló un celular rosita. Nada más que el que nos cuida me lo quitó, dijo que eso no es para mujeres de mi edad. ¿Esto quieres que te cuente o algo más cachondo?
—Así está bien.
—Eres bien raro –y le dio una bocanada violenta al cigarro–. Bueno: pues a mi papá lo mataron y mi mamá está en la cárcel. Creo que se robó algo, no sé bien. Y como allá mis tíos me pegaban, pues mejor me vine para acá. Nomás terminé la primaria. Me gusta el color rojo y casi a diario el que nos cuida nos regala piedra.
Esa soy yo.
—¿Y vives en una casa, rentas un cuarto de hotel?
—Ahora me quedo en la casa del que nos cuida. Somos como siete y dos chamacos que se la pasan fregando.
—¿Y pueden salir solas?
—Depende.
—¿De?
—Depende.
—¿Y a quién prefieres: gringos, canadienses o mexicanos?
—Depende. Me gustan los que tienen dinero. Una vez un gringo me llevó a Cancún como un mes. Allá está muy bonito, no sé si conozcas. Aquí, una pareja me llevó una semana a su casa, nomás para estar con ellos, dormirme en medio de los dos y nadar sin ropa. No sé si lo sepas, pero cada cliente es distinto –lo dijo como si hubiese descubierto la rueda.
—¿Qué es lo mejor y lo peor que te ha pasado en este negocio?
—Lo mejor es conocer gente de todos lados y que además de pagarte te regalan ropa o piedra. ¿Lo peor?
Cuando nos pega el que nos cuida.
–¿Les pega mucho?
–Nomás cuando anda drogado. En su juicio es muy bueno. ¿Cómo te diré? Es cariñoso.
Jarocho me había dicho que no me excediera de la hora para no tener problemas y que dejara a Allison a un lado del bar Barbaroja, que ahí alguien la recogería. El plazo estaba por cumplirse. Allison se fue cuando Los Caifanes decían algo así como que “no dejáramos que nos comiera el diablo”. Cuando amaneció me largué de Acapulco, odiándolo.

Al final de esta historia Lino Portillo Cabanillas se quedará solo, enfurecido y con la idea de que lo van a matar.

Pero eso sucederá hasta el final porque en estos momentos, esta noche de jueves 6 de febrero de 2003, apenas le están informando que un juez le dictó el auto de formal prisión. Le dicen que el homicidio no se libra sólo con una fianza.

Por las maldiciones que arroja para sus adentros y por ese sabor a cobre que dice tener en el paladar, pareciera que lo acaban de desahuciar.

Por si fuera poco, otra situación lo saca de quicio: en la enfermería del Cereso de Culiacán, su celda hasta que le cicatrice esa nalga derecha reventada por un balazo en una emboscada, cuatro agentes del Ministerio Público de Sonora -allá debe otras muertes-, le leen declaraciones que lo inculpan en asesinatos y una docena de secuestros, como las del reo Guadalupe Atienzo Peinado, todavía en octubre pasado presunto compañero de Lino.

Dicha declaración espanta: habla de matanzas en las que habría participado Lino y donde incluso niños terminaron con el tiro de gracia; de ejecuciones donde autoridades y la prensa han vinculado a los Arellano Félix (“fui escolta de Benjamín”, declaró apenas el 3 de febrero cuando fue arrestado); de secuestrados que fueron asesinados y enterrados sin pudor alguno; de policías ejecutados y hasta de familiares que sólo matándolos dejó de odiar.

Lino niega casi todo, salvo el asesinato de una bailarina que fue su pareja. “Me agarraron de bajada, todo me lo achacaron a mí. Me puse nomás de moda”, se defiende.

Su expediente criminal que autoridades de cuatro estados del país han ido integrando (donde también se incluyen rumores), lo resumió quien coordinó todo el operativo para arrestar a Lino en la sierra de Baridaguato, el director de la Policía Ministerial de Sinaloa, Jesús Aguilar: “Es la historia de un hijo de la chingada”.

* * *

Lino Portillo Cabanillas, según los primeros estudios del Cereso:

Cocainómano desde los 16 años, alcohólico cada tercer día, presión arterial de 110/70, 90 kilos repartidos en 1.80, sicópata, un mercenario, una hermana epiléptica, una esposa (María Cruz Medina Pérez) arrestada en Sonora por el delito de secuestro, seis hijos pequeños con tres mujeres, estudió hasta quinto de primaria porque supo que era mejor andar de pistolero en El Tabachín, municipio de Baridaguato, donde nació el 23 de septiembre de 1968. Lino firma de acuse de recibo.

Lino, según los expedientes de la Policía Ministerial de Sinaloa:

En Sonora se hacía llamar Manuel Camacho Espinoza. En Tránsito de Culiacán se registró como Armando Araujo Almodóvar y así obtuvo su licencia para conducir. En Tijuana y en El Tabachín le decían Lino El Güero Quintana, porque bien dicen Los Tigres del Norte en la Banda del Carro Rojo que ese tal Lino no sabe cantar, no confiesa, pues sabe que el contrabando y la traición son cosas incompartidas.

Dos órdenes de aprehensión en Sinaloa. Una de ellas data de enero de 1990. En esos días la empacadora Chico Ruiz, en Mocorito, fue robada. Dos policías judiciales y un agente de seguridad resultaron asesinados. Hubo dos detenidos. Y Lino fue señalado como el orquestador del robo.

-Ni madres -dice 13 años después, rengueando, con su mano derecha conectada al suero y al antibiótico que le ayudan a recuperarse después de que una bala de grueso calibre de uno de sus enemigos intentó matarlo en el monte hace apenas unos días-. Puras mentiras, no hay pruebas.

Lo mismo dice sobre la segunda orden de aprehensión que se libró en su contra por el delito de homicidio intencional. Al comerciante Juan Aparicio Astorga lo mataron el 16 de mayo de 1998 cuando conducía su Grand Marquis blanco. Uno de los tres sicarios detenidos, confesó en su momento que Lino le había pagado 20 mil dólares por ejecutar a Astorga. El matón no puede reiterar su declaración, porque tan luego entró al penal de Culiacán fue asesinado.

Lino podrá contravenir tal la versión, pero en unas horas el juez sexto de primera instancia se basará en este expediente para dictarle el auto de formal prisión.

“Me quieren chingar, eso es lo que pasa”, dice Lino, mientras se atraganta de carne deshebrada con frijoles y que empuja con un vaso con agua de la llave. “No soy tan malo”.

-Pero mató a una bailarina, ¿no?

-Ah, pero fue en defensa propia. Se me echó encima y tuve que echarle dos tiros -dice y recuerda que de eso hace cuatro meses, allá en Ciudad Obregón, de donde huyó para refugiarse en la sierra de Baridaguato.

Aquella vez, según las autoridades sonorenses, Lino, su esposa, su amante la bailarina y otros tres hombres secuestraron a un militar, a un policía y a un testigo del plagio. No les pagaron el rescate de 200 mil dólares y los tres plagiados terminaron muertos y enterrados.

Al detener a algunos de los secuestradores, se supo que la bailarina Érika Albinera también murió; su cuerpo fue encontrado sobre la carretera; estaba calcinado.

-¿En defensa propia? Si ya la había matado para qué la quemó.

Se toma su tiempo Lino y luego dice.

-Bueno, ahí sí la cagamos. Aquella vez andábamos muy locos, muy drogados y pos perdimos el control. Ella también se alocó. Pero, en verdá, no soy más malo quel hambre. ¿A poco se ve que soy un hijo de la chingada?

Ciertamente, conectado a tantas sondas, parece un títere que da pena, aunque no por ello deja de asustar. El comandante Polanco, el que arrestó a Lino y está presente en la entrevista, le refutaría: “Si tu papá es un buen hombre, por qué no sacaste nada de él. Eres la pura maldad, bato”. Y Lino se sonríe.

Jesús Aguilar, el director de la ministerial, ya nos había advertido que Lino declaraba ya ser “un cabrón a toda madre, un ángel de Dios”, pero nos mostró testimonios de pobladores de Baridaguato donde Lino era, sencillamente, el azote de la región.

Unos le declararon a Jesús que desde hacía unos meses, Lino les exigía dinero con el dedo en el gatillo. Otros, los que se negaban, sufrían el secuestro de un familiar, siempre un niño o un anciano. “Por eso cuando lo arrestamos dijo Aguilar la gente nos comentó que, por el bien de todos, nunca lo dejáramos en libertad. Si regresa se lo van a chingar”.

* * *

Cuando lo arrestaron, Lino estaba tumbado sobre un petate en plena sierra de Baridaguato, su refugio para las emergencias. No podía moverse por el balazo en la nalga derecha que dos días antes recibió. Su madre le había llevado lo necesario para sobrellevar el dolor: Xilocaína, neo-melubrina, isodine, suero y valium.

También tenía una 38 súper, pavón negro “porque en el rancho siempre hay que andar empistolao”, con una cacha de plata y un águila grabada en oro; la policía dice que es el arma de todas sus muertes.

Hay medios que han publicado que la policía dio con Lino gracias a las versiones de otra de sus amantes, Célida Gastélum, una profesora rural de kinder que también fue herida durante la emboscada contra Lino y ahora está en una cama de hospital y prefiere abstenerse de hablar con la prensa.

“Se enamoró de mí por lo guapo que estoy”, diría Lino con arrogancia de puro macho.

La verdad, dice Aguilar, la mujer sólo ayudó en la ubicación en la sierra, porque el Grupo Antisecuestro de Ciudad Obregón ya le seguía la pista a un escurridizo Lino. Por ejemplo, encubiertos como camarógrafos que filmaban fiestas, los agentes grabaron a Lino en varias bodas y 15 años donde él fue el padrino, donde él pagaba todo.

Pidieron ayuda a las autoridades de Culiacán para que en sus archivos buscaran dos alias que usaba en Sonora. Cuando reconocieron la fotografía en una licencia, la suerte de Lino estaba echada.

Herido, Lino se arriesgó a que Célida viajara a Culiacán y diera los pormenores a la policía. Sabía que si se quedaba un día más en la sierra podrían rematarlo sus enemigos. Y sólo con nueve balas, pues el cuerno de chivo lo había perdido en la balacera, hubiera terminado como carne para los perros.

* * *

Lino asegura que la policía ministerial lo golpeó y fue obligado a declarar que fue pistolero de Benjamín Arellano Félix. Durante la entrevista, Lino y el comandante Polanco sostendrán una discusión al respecto. El agente lo dejará sin argumentos.

Lino pudo haberlo declarado durante la conferencia de prensa donde fue presentado, pero fue hasta que lo trasladaban cuando espontáneamente comentó a los medios locales que trabajó para “El Mín , el señor que arrestaron hace poco”, que éste le pagaba 10 mil dólares a la quincena por ser su pistolero, que para esa labor lo recomendó su paisano Jesús El Tesoro Ariel Salazar, que bien conoció a José Humberto La Rana Ramírez Bañuelos, lugarteniente del cártel de Tijuana ya también preso, que andaba con Benjamín el día que el cardenal Jesús Posadas Ocampo fue ejecutado, que ese día “se desafanó” de Benjamín, pues éste le dijo “que había valido verga todo”, que desde entonces sembraba mariguana en Yécora, Sonora.

Todo es falso dice 72 horas después de esas declaraciones.

“No tuve nada que ver con ellos, ni los conocí. Yo sí conozco Tijuana, pero porque allá vendía autos usados, a eso me dedicaba. Y en Sonora tengo una casita, pero sólo de descanso. Las casas que compré fue por trabajo honesto. La que tengo en Tijuana la presté a unos familiares que no tienen ni para tragar. Le digo que no soy tan malo”.

-Pero la policía hasta asegura que usted fue compadre de Ramón Arellano.

-No, el compadre de Ramón fue mi hermano Armando. Él era más chico que yo. Él sí fue su pistolero. A él lo mataron por defender a Ramón en Puerto Vallarta -se refiere a aquella madrugada del 8 de noviembre de 1992 en la disco Christine, donde gente del Chapo Guzmán tenía la misión de matar a los Arellano Félix.

-¿Y su hermano nunca lo presentó con los Arellano Félix?

-Bueno, sí. Iba a sus fiestas allá en Tijuana. Pero hasta ái. Nunca tuve una relación con ellos. Si luego hasta Ramón me quería matar.

-¿Y eso, por qué?

-Porque pensaba que trabajaba para El Mayo Zambada, pero no, yo sólo me dedicaba a cuidar mi ganado, allá en Baridaguato. No le hacía mal a nadie, si me tenían miedo era por las habladas, de que yo andaba con mucho matón.

-Se dice que traías unos cinco lugartenientes -interviene un agente ministerial.

-No, poco más.

-¿Y cómo supo que Ramón quería matarlo?

-Pues ya ven, los rumores que le llegan a uno.

Los rumores, también dicen que Lino habría estado en la ejecución de 12 hombres incluyendo niños en El Limoncito (ocurrida el 14 de febrero de 2001, en la sierra norte de Sinaloa). Al menos eso declaró Atienzo Peinado, aunque no ha sido comprobado.

Según las palabras de Atienzo (arrestado por secuestro), a Lino le gustaba hablar de más cuando estaba ebrio. Esas veces les dijo que lo de El Limoncito, “fue para que El Mayo Zambada sintiera lo que era le mataran a un familiar, pues Lino quería vengar a su hermano” Armando. Pero esos ejecutados no eran familiares de El Mayo , sólo trabajaban para él sembrando mariguana.

También Atienzo declaró que Lino había matado a un cuñado “porque lo quería entregar a las autoridades”. Que asesinó a un comandante de la Federal Preventiva en Mazatlán “por instrucciones”. Y que “había disparado” durante la ejecución en el Rancho El Sauzal, ocurrida el 17 de septiembre de 1998, donde 19 personas recibieron el tiro de gracia por una supuesta deuda de droga entre los Arellano Félix y Fermín Castro.

En esta historia, considerada la más sanguinaria del narcotráfico (pues entre los muertos había mujeres embarazadas y niños), sí hay orden de aprehensión contra Lino.

“Todo eso fue como un complot contra mí”, asegura Lino, quien todavía no tiene abogado, salvo el consejo de sus hermanas que ya lo han visitado y le regalaron un short y una playera que dice Culiacán, los mismos que ahora trae puestos. “Todos me tiraban. Era el malo favorito. Yo nunca haría eso de matar niños, también tengo hijos. Por Dios santo que no hay pruebas”.

-¿Y cómo explica que los que declaran en su contra dan bastantes detalles suyos?

-Pos sabe. Hubo un momento que hasta quise entregarme para aclarar las cosas, pero ya sabes que a la policía no hay que tenerle confianza.

-¿Qué le va a decir al juez para defenderse?

-Lo mismo que les digo a ustedes. Tarde o temprano muchas cosas no van a ser ciertas. La Virgen me va a cuidar.

* * *

Cuando Lino despidió de mala gana a los cuatro agentes del Ministerio Público sonorense y volvió a quedarse solo, estaba ya perdiendo los estribos. Le comentamos lo que el propio comandante Gómez, el encargado de la seguridad del penal, había dicho: “Hay gente en esta cárcel a la que Lino traicionó y hoy quiere verlo muerto”.

-Ya lo sé chingá, esta cárcel es un desmadre -atajó Lino, rascándose la rojiza barba-. Por eso quiero que me lleven pa’Almoloya.

Pero a estas horas la gente de la UEDO ni siquiera se ha parado en el penal; el capitán Pedregal, director de Readaptación Social en el Estado, ve que pasan los días y los reos del penal de Culiacán se están alborotando.

-¿Y se queda aquí, Lino?

-Pues soy hombre muerto. Esos cabrones me van a chingar.

-¿Quiénes?

-¿Cómo quiénes? Los matones del Mayo Zambada y otros. No te digo que también Ramón (Arellano) me traía ganas.

-¿Y por qué Ramón, si usted mismo declaró que trabajó para Benjamín Arellano?

-¡Que la chingada! Ya te dije que la policía me forzó a decir que fui pistolero de Benjamín, pero no es cierto- y se tumbó en el catre donde duerme; la boca le temblaba, tartamudeaba, tantas malas noticias y tantas preguntas durante el día lo habían hartado, le habían arrebatado toda aquella ligereza con la que hablaba-. Ya estoy hasta la madre de que vengan toda una bola de cabrones a pregunte y pregunte, como si fueran la ley y no periodistas. Tengo otras cosas en qué pensar en lugar de estar hablando con ustedes.

-¿En qué?

-¿En qué? Pues en qué crees: en librarla.

Posdata:

Lino no la libró. Cuatro días después de la entrevista fue encontrado muerto en su celda. La versión oficial es que terminó suicidándose, que se colgó. Off the record , un comandante dijo que, en realidad, había sido asesinado. Más de diez familiares de Lino también fueron ejecutados en los días posteriores. El comandante que comandó su arresto, Jesús Aguilar, resultó protector del Mayo Zambada; ahora está prófugo o muerto.

Ana, nombre ficticio empleado para proteger su identidad, fue secuestrada durante cinco días, 120 horas en las que conoció de cerca una estación en la que la vida parece perder todo sentido. Hoy, meses después de que ha visto, frustrada y perpleja, cómo la negligencia, la corrupción y el desdén de las autoridades han permitido que sus plagiarios sigan libres, acepta contar en Larevista la historia de esos momentos de espanto. Este es su relato, verídico, directo, de primera mano.

1.- Tengo enfrente de mí el retrato de Mario Alberto Bayardo Hernández, el hombre que me secuestró durante cinco días. En este instante del 2 de febrero de 2004 vuelvo a mirar el rostro de quien también me violó. Del hombre que forma parte de la infame lista de los diez más buscados en México. Del hombre cuya fotografía ha sido colocada en algunos espectaculares de este Distrito Federal, el hábitat natural de Bayardo, aunque la otra mitad de su vida la divida en Tlaxcala.

Es el mismo secuestrador que ha sido llevado tres veces a las prisiones capitalinas, pero extrañamente siempre queda libre y regresa a liderar la banda que lleva su apellido. Es el sujeto que tiene negocios de lavado de autos y es dueño de microbuses en el área metropolitana, según la PGR. Es el hijo de Alberto Bayardo Rosales, y el padre de Geraldyn Alberto, detenidos por ser los plagiarios de Laura Zapata y Ernestina Sodi.

Es El loco. Así lo apodé durante mi cautiverio. Juro que es el que hace 60 días, a principios de diciembre, me apuntó con un revólver y me dijo que lo abrazara como si fuera su novia.

Era de noche. Yo estaba a media cuadra de la casa de Marcelo Ebrard, el jefe de la policía capitalina que se jacta de que en su colonia, la Del Valle, no hay secuestros. ¡Ah! Es él. ¿Cómo diablos olvidas al cabrón insano que, al final, prometió buscarme para ver si, de casualidad, me enamoraba de él?

Y la foto que miro es reciente. Se la tomaron el 13 de noviembre de 2003, cuando la PGR anunció que había detenido al azote del sur de la ciudad. Sonará insólito, pero veinte días después ya estaba libre… secuestrándome.

Es él: su barba de candado que me restregó en el pecho; su clara piel que tanto deseaba que yo observara cuando me violó; sus ojos verdes que te asustan; y su ancho cuello que me obligó a acariciar.

Seguramente la playera amarilla que viste en el retrato tamaño infantil huele a suavizante de telas, su irremplazable aroma que aún tengo pegado a la nariz. Y aunque sus gordas manos no se aprecian, quizá traía ese carísimo reloj Audemars Piguet que alcancé a mirar, ya en la parte posterior del auto en el que me trasladaron a una casa de seguridad. Una casa que era el infierno.

Es él. El primer y último rostro que miré, porque entonces me colocaron parches sobre los ojos.

* * *

Aquella noche del 2 de febrero Ana telefoneó al policía judicial que le asignó la procuraduría capitalina y que ella llama Pejota. Aturdida, le contó lo de la foto de Bayardo. Le dijo que era el mismo que ella había descrito en el retrato hablado.

El Pejota le comentó con su desenfado de siempre: “¿A poco todavía no te das por vencida?”.

Semanas después, cuando un conocido le llamaría para decirle que en ese momento su secuestrador estaba en una plaza de toros, Ana recurriría a las autoridades federales, a la Agencia Federal de Investigación, en particular, que por esos días alardeaba de estar desmembrando bandas de secuestradores. Pero al final, terminaría hundida en la frustración.

* * *

2.- Desde antes de salir de aquella venta nocturna del Palacio de Hierro en Santa Fe, le dije a mi prima (que entonces iba a la mitad de un embarazo) que me sentía angustiada. Ella lo atribuiría a que tardamos casi diez minutos en encontrar en el estacionamiento el Clío negro, propiedad de la compañía en la que yo trabajaba.

Pero aquella ansiedad no me abandonó. Osciló. Bajó cuando dejé a mi prima en su casa, allá en Polanco, y un vigilante me deseó suerte.

Creció cuando estacioné el Clío, justo en la esquina de la calle donde vive Marcelo Ebrad. Bajé con mis bolsas del Palacio de Hierro. Abrí la reja de mi casa. Y miré la hora por última vez: las 10:45. Entonces, atrás de mí se escuchó un ruido tremendo, como si hubiera entrado un ventarrón.

3.- Eran dos tipos. Vestían trajes impecables, con mocasines. Sólo uno se agachaba y se cubría con una gorra que no cuadraba con su ropa.

Entonces el del traje gris, el de la barba de candado, el que apodé El Loco, el que ahora sé es Bayardo, sacó un revólver y, educadamente me dijo con su vozarrón que me volteara, que a partir de ese momento debía cerrar los ojos.

Dejé de verlo hasta que me arrancó las bolsas, me pidió el celular que me acababa de enviar un amigo de Europa y me colocó sobre los ojos la gorra de su acompañante. Durante los cinco días que duraría mi cautiverio no volvería a ver el rostro de nadie.

Me tumbaron en la parte posterior del auto. Reconocí que era el Clío por mis olores. El Loco recargó su codo y brazo sobre mis ojos y se acomodó en el asiento con los pies apoyados en mí. Me dejó en una posición tan incómoda que no podía respirar. Y yo sintiendo que el corazón se me salía.

El Loco trató de calmarme: “No te preocupes, tú eres una dama y nosotros unos caballeros, no te va a pasar nada”.

Le dije que se llevara todo, pero que me dejara ir, que toda mi riqueza estaba en mi bolso: tarjetas de crédito boletinadas por tantas deudas. “Nosotros no somos pinches raterillos y ya cállate”.

Y entonces sentí que algo se cerraba en mi espalda. Muchos pensamientos se desbocaron en mi cabeza: ¿me están confundiendo?, ¿así son los secuestros exprés?, ¿harían conmigo una snuff movie o sólo es una violación?

Salí de mis cavilaciones cuando El Loco empezó a acribillarme con preguntas: que si la mujer que había dejado en Polanco era mi hermana, que si no me había fijado que me perseguían desde Santa Fe, que dónde trabajaba, que si el carro era mío, y que qué inconciencia la mía de andar tan tarde en la calle…

Para cuando me pasaron a otro auto, un Jetta rojo, supe lo que es que los músculos ya no te obedezcan, que ni siquiera tengas fuerza para lanzar un grito; que tu cuerpo, desde ese momento, ya no te pertenece. Que has perdido la capacidad de oler y escuchar. ¿Ver? Jamás, los parches elaborados con gasa te clausuran los párpados. Eso sí, el aire frío fue la única realidad palpable.

Calculo que el traslado a la casa de seguridad habrá durado un par de horas. Casi todo fue en línea recta. Cuando nos estacionamos, El Loco me envolvió y alguien me cargó, pero me resbalé de sus brazos y mi cintura dio directo al filo de la baqueta. Escuché el vozarrón de El Loco reprobándolo y gritándole que tuviera mucho cuidado conmigo, pues me había convertido desde ya en la mujer de sus sueños.

Me llevaron a un cuarto, me aventaron en un colchón, me cambiaron los parches de los ojos por unos más grotescos y entonces llegó un hombre que dijo ser médico. Me obligó a desvestirme y, mientras hacía un registro minucioso de cada cicatriz en mi cuerpo, me dijo que sólo buscaba si no traía “un arroz”, un chip localizador. Luego me habrán pasado un escáner, que sonó en mi tobillo y se enojaron.

“¡Sí trae arroz, sí trae!” y alguien cortó cartucho. Pero el doctor lo detuvo: se dio cuenta que era un viejo clavo que une mis huesos desde la adolescencia.

Cuando terminó la revisión, El Loco me dijo dos cosas: Una: “Estas son la reglas: Si te pones loca, te madreamos. Si tratas de huir, te matamos. Si te quitas los parches, te matamos. Si te portas bien, verás que esto nunca ocurrió”.

Y dos: “Ya hablamos con tu papá, mi amor. Que regreses a casa depende de él. Porque, bueno, no te he dicho, pero estás secuestrada”.

Entonces me enrosqué en el colchón y tomé la cobija como si fuera un estúpido escudo. Ese fue mi pequeño mundo en cinco días.

* * *

El primero de la familia que se enteró del secuestro fue el padre de Ana, un profesor. Eran las tres y cuarto de la mañana cuando sonó el teléfono. El Loco fue breve: le exigió un millón de pesos de rescate y se disculpó de que le estuviera pidiendo dinero y no la mano de su hija.

También le dio instrucciones de dónde recoger el Clío negro y le advirtió que se lo devolvía a cambio de que la empresa donde trabaja Ana no levantara denuncia alguna.

El profesor se comunicó con algunos jefes de la policía que fueron sus vecinos. Y ellos mismos le recomendaron que no denunciara, que era mejor juntar la mayor plata posible -que no llegaría a más de 50 mil pesos-. Sería hasta el sábado cuando el secuestrador volvería a telefonear.

* * *

4.- Chavo, al que fue asignado mi cuidado, me contó por qué la casualidad me condenó al secuestro: iban por otros jóvenes, pero no pudieron alcanzarlos. Y estaban tan frustrados que de pronto apareció el Clío negro con una mujer a bordo. Chavo terminó compartiendo la soledad de mi encierro.

5.- La primera noche fue de insomnio.

Te sientes cómo te invade un vacío inconmensurable. Estás en el desamparo total.

6.- Chavo no pasaba de los 18 años. Y se identificó conmigo por una simple razón: él era adicto a la cocaína y yo había trabajado en una clínica de adicciones. Eso me funcionaría durante el cautiverio: gracias a la confianza que le inspiré, se abstuvo de aturdirme con tranquilizantes.

Y poco a poco fueron regresando mis sentidos. Agucé el oído lo más que pude para escuchar mi entorno: oía los rugidos de los autos o los rumores de tráilers, y me imaginaba que estaba a orilla de una carretera. Oía los programas de la televisión, y me ayudaba a calcular las horas.

Pero también escuché otras cosas.

Como una radio de banda que soltaba claves como “R10”, “R30”, o “un 24 en la 12”. Luego me enteraría que son contraseñas de la policía.

O como aquellos gritos de adolescentes que duraron toda esa noche y que Chavo me explicó el por qué: “Son dos morritas que traían un Jaguar. Ahorita están gritando porque las están violando. Pero no te angusties, le gustas al jefe y nadie te va a hacer daño. Salvo él, si se pone loco”.

Cada vez que fui al baño escuché llantos y los televisores o radios encendidos. Me imaginé los infiernos de cada uno. Chavo me dijo aquella noche que tenían “casa llena” de “visitas”, como nombran a los secuestrados.

7.- A la mañana siguiente, se escucharon helicópteros. Chavo me pegó una pistola en la cabeza y me dijo que, si era la policía, tendría que matarme, pues era mejor que lo condenaran a diez años por homicidio que a 40 por secuestro.

Los helicópteros se fueron. Chavo me pidió una disculpa y luego me dejó tocar la cacha de su pistola: ahí tenía grabada la imagen de San Judas Tadeo.

8.- Hablamos Chavo y yo de muchas cosas el día dos de cautiverio:

Que él ya tenía tiempo en este negocio. Que ganaba bien. Que compraban las revistas Caras, Quién y los suplementos donde los ricos son fotografiados en toda su altivez, para aprenderse bien los rostros de a quién van a secuestrar, pues ellos sólo raptan a gente adinerada.

Que, claro, también son matones. Que las banditas que han surgido son unos improvisados y ponen en riesgo el negocio, y que de ahí que ellos delaten a esos espontáneos con la policía. Que buena parte de los jefes policiacos en el centro del país son sus protectores. Que cuando los detienen deben tener lista una millonada para ofrecérsela al juez. Que ellos sólo plagian a mujeres y a jóvenes, sobre todo en antros como El Alebrije o el Palmas 500…

“A los viejos con dinero, los dejan morir sus hijos. Y las esposas, rencorosas, terminan por darnos las gracias”, me explicó.

Todavía lo escucho contándome una insalubre historia:

“Nos comunicamos con la esposa de un secuestrado y nos dijo que ojalá lo matáramos. La verdad nos dolió decirle al señor y hasta nos pusimos a sus órdenes por si quería que le echáramos bala a la pinche vieja desgraciada. Un compadre de él fue quien pagó el rescate. A la semana siguiente, leímos en el periódico lo de un asesinato de una mujer. Era la esposa. Ese güey la mató. ¿Imagínate al pinche loco que teníamos aquí? Por eso nos vamos con las morritas y los chavos, porque se ponen pedos, nos facilitan las cosas y por ellos sí pagan”.

9.- Otra noche de insomnio y de espanto: otros de la banda, inestables y brutales, empezaron a golpear a un joven; escuché su llanto. En eso entró Chavo muy agitado y me dijo que me pusiera a rezar con él, porque sus compañeros estaban drogados y ya habían matado a un secuestrado.

Dejé de rezar después de varias horas cuando escuché a El Loco: “¿Buenos días, mi amor, qué quieres de desayunar?”.

El desayuno fue una violación.

10.- El sábado llegó El Loco azotando la puerta y con un rostro enloquecido me dijo: “Tu papá no aguantó la negociación, le dio un infarto. ¿Ya ves? Dios quiere que te quedes conmigo”.

* * *

Aquello era mentira. El padre de Ana estaba a esas horas esperando la prueba de vida para entregar el dinero allá por las Pirámides de Teotihuacan.

Ana terminó rota. Desconsolada, le pidió a El Loco que por favor la matara. El secuestrador se enfureció y le soltó: “¿Estás enferma, estúpida? Te puedo matar, pero te quiero mucho”.

Hasta en la noche, Chavo le dijo a Ana que su padre estaba sano, que lo único que buscaba El Loco era verla humillada.

Y aunque el padre de Ana entregó el rescate, después de tantas indicaciones, su hija no llegó a casa.

* * *

11.- El domingo me quedé sola. Y al menos cuatro veces entró alguien distinto a mi cuarto, me pidieron que contara hasta diez y luego jalaban el gatillo. Terminaban riéndose.

Chavo no llegó hasta que empezó la final de Big Brother y lo maldije. Se disculpó diciéndome que había ido a visitar a su mamá.

Le conté que habían jugado a asesinarme.

“¿Si te ayudo a escapar me sacas del país?”, me diría luego Chavo, muy nervioso. Al escucharlo, lo único que sentí en ese momento fue que ya estaba decidido: me iban a matar.

12.- Cuando Omar Chaparro fue declarado el ganador de Big Brother, apareció El Loco y soltó: “¡Te vas, mi amor!”. Y ordenó a Chavo que me peinara y me limpiara con alcohol. Ahí, Chavo se me acercó al oído y me pidió esto: “Dime que Dios me bendiga, por favor. Dímelo”. Se lo dije.

Lo último que escuché de Chavo fue que no me confiara, que todo podía ocurrir.

Habré caminado unos 15 pasos, sujetada a las mano de Chavo, cuando sentí el frío y la voz de El Loco: “Vas a abrazarme como si fuera tu novio, ¿eh? No vayas a hacer ninguna pendejada, mi amor”.

Me subieron a una camioneta y en todo el trayecto, yo acostada, El Loco me manoseó y me dijo que yo le había traído paz a su vida y que estaba dispuesto a dejar “este trabajo” para casarse conmigo. “Te voy a buscar, mi amor”.

13.-El Loco me ordenó bajar y contar hasta 120 antes de quitarme los parches en los ojos. Que entonces caminara hacia mi lado izquierdo hasta encontrar un módulo de policía, donde pediría un taxi con el billete que me enroscó en la mano. Y me dio un beso el cabrón.

No lo creí. Yo tenía en la cabeza la imagen de El Loco dándome el tiro de gracia. Estaba tiritando. Me sentía en un precipicio. Tenía la boca reseca.

No escuché cuando la camioneta arrancó. Y ni siquiera podía contar. Pero lo que me trajo a la realidad fue el grito lejano de una señora: “¡Ya apaga la tele, pinche güevón!”.

Me arranqué los parches y apenas pude enfocar que estaba en una unidad habitacional. Corrí a buscar el módulo. Y, al llegar, el policía me miró con una expresión de sospecha muy comprensible: eran las tres de la mañana, y yo estaba sucia, maloliente y preguntándole dónde carajos estaba. “En Villa Coapa”, me dijo y me ayudó a tomar un taxi en la Calzada de las Bombas.

Sólo hasta que entré al taxi me vi al espejo y no era yo: tenía cinta adhesiva por todo el rostro, los ojos estaban morados, no tenía color.

El taxista pensaba que me había golpeado mi pareja hasta que se dio cuenta que una camioneta nos seguía. Le tuve que decir que había sido secuestrada y que esos de la camioneta eran los que me habían liberado.

* * *

Después de unos kilómetros de paranoia, el taxista dejó a Ana en casa. La camioneta se estacionaría casi enfrente de ella. Seguramente la vieron cómo Ana saltó al cuello a toda su familia y cómo la abrazó intensa y mudamente.

* * *

14.-Empecé a parchar mi vida.

Acudí a denunciar ante un ministerio público sin alma. Me hice carísimos análisis del VIH. Me topé con que en mi empresa mi jefa les contó a todos mi tragedia y me trataron con lástima; terminaron por despedirme. Mis amigos se alejaron. A mi padre le cayeron 20 años encima. A mis hermanas las condené a la demencia. Me quedé más pobre de lo acostumbrado.

Por fortuna me encontré con el Centro de Apoyo Sociojurídico a Víctimas del Delito Violento, de la procuraduría capitalina. Ahí me ofrecieron terapia sin ningún costo.

15.- Diez días después de que observé el retrato de Bayardo en la televisión y que no obtuve respuesta de mi Pejota, los diarios destacaron una noticia: un empresario había sido secuestrado en la colonia Del Valle, pero logró saltar de la Windstar donde lo trasladaban. La policía intervino y detuvo a los raptores; dos de ellos resultaron heridos.

Una de las fotografías que publicaron me cimbró: entre lo decomisado a la banda estaba una pistola cuya cacha tenía a San Judas Tadeo y un celular igual al mío, un modelo que no hay en México.

Los tenían en la delegación Gustavo A. Madero y fui para allá. Un comandante escuchó mi historia sin oírme. Le pedí verlos para intentar reconocerlos. Pero me trató con desprecio y me echó.

Por la tarde logré contactar al empresario que había librado el secuestro y me dijo que acababa de ir a denunciar. Pero que ya habían sido puestos en libertad “por falta de parte acusadora”.

16.- En internet logré conseguir algunos datos de Bayardo:

Una entrevista de López Dóriga con José Espina, presidente del Consejo Ciudadano, donde éste decía que Bayardo era protegido en Tlaxcala por funcionarios de allá.

Unas columnas de diarios tlaxcaltecas donde lo ligaban familiarmente con el subprocurador de justicia Edgar Bayardo.

Denuncias en contra de magistrados del Primer Tribunal Colegiado del Primer Circuito en Materia Penal, pues ellos liberaron a Bayardo en sus dos primeros arrestos de 1990 y 1999. Se dice que recibieron varios millones de pesos.

Le proporcioné esta información a mi Pejota y es hora que no se ha comunicado conmigo.

17.- Un domingo me llamó una amiga y me dijo: “El tal Bayardo está ahorita en la plaza de toros de Tlaxcala”.

Telefonee al número de la AFI donde reciben denuncias ciudadanas y me contestó una vieja pendeja:

-¿Bayardo? Y ése quién es, señorita.

Después de explicarle y darle señas, me dijo: “¿En una plaza de toros. No, señorita, ¿se imagina el gentío? Sígalo y llámenos luego”.

18.- Ahora, frustrada, estoy aquí contándoles la bitácora de mi cautiverio.