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A sus 54 años, Agapito Pazos Méndez vivió su único día en el mundo. Conoció el mar en la costa de Galicia, recibió el beso de una mujer y comió su plato preferido. Nada mal para un condenado a no pisar la tierra. Luego lo devolvieron al Hospital Provincial de Pontevedra, donde había entrado a los 11 años y donde murió a sus 80, cuando tuvo suficiente de espiar el cielo por la ventana de la sala de medicina interna.

Esta es la vida de un hombre que pasó casi siete décadas encamado en un hospital. Su padrón municipal decía: “Agapito Pazos Méndez. Calle Loureiro Crespo, Hospital Provincial, habitación 415, cama dos. Pontevedra”.

La primera vez que lo sacaron del hospital, una siesta de mayo de 1984, asomó la cabeza para sentir el viento salado del mar.

La segunda vez, a fines de abril de 2010, fue para enterrarlo.

“Adiós al niño de la 415”, titularon los diarios gallegos primero y el resto de España después. El adulto con espina bífida y seso de niño que fue un secreto en vida y un tabú bajo tierra. Las versiones se recrudecieron entonces. ¿Quién era este inquilino que ocupó la cama de un hospital durante 69 años?

Una vez le preguntaron si comprendía que había un mundo afuera. Agapito señaló la calle y frunció el ceño. Como que los ruidos del exterior eran terribles para él.

***

Nadie podría decir que Pontevedra, en el noroeste de España, no sea una ciudad de gallegos mansos, macerados en la relativa quietud de sus 82.000 habitantes.

Franjo Padín Casas se da vuelta a toda máquina.

—¡Oye, ten cuidado con lo que dices! Agapito pasó su vida aquí adentro porque un hospital es peor que una cárcel, te encierran y no sales más. Vamos, que en todos los países los hospitales son siempre lugares peligrosos, con muchos secretos.

Con más de 30 años como cuidador de enfermos en el Hospital Provincial, debe saber de lo que habla. La fuga de Agapito al mar también fue un secreto, una maniobra arriesgada de la que Padín Casas no podía quedar afuera.

—Es que ese hombre llevaba toda su vida encerrado y queríamos quitarlo, pero teníamos problemas con las monjas. Lo quitamos tres cuidadores, Elías, Licer y yo, pero no recuerdo cómo.

Marisol Dorado, una enfermera que dedicó 33 de sus 38 años sanitarios a atender a Agapito, dirá en otra ocasión que se organizaron para sacarlo durante la siesta sin que se enteraran las monjas.

—Sí, pero aguarda que es mi turno para contar. Te decía que lo metimos del lado del copiloto en un Renault 12, bien atado con el cinturón para que no se cayera. El fulano iba todo asustado, había muchos coches y él estiraba la mano para protegerse. Piensa que en su vida había visto uno. Lo llevamos hasta la costa de Lanzada–O Grove, que era la más cercana, y pusimos el coche contra un acantilado. Agapito quedó extasiado, con los ojazos fijos en las olas, sin decir palabra. Perdió el habla. Imagina qué sintió con el viento en la cara y ese mar lapislázuli.

De regreso pasaron por la casa de una empleada del hospital y Agapito ligó un beso, una gaseosa y un pedazo de su queso favorito.

Cuando lo regresaron a la habitación 415, al atardecer, las monjas habían puesto el grito en el infierno.

Padín Casas habla en pose de denuncia:

—Sabes, para mí Agapito no era disminuido como dicen los demás. Preveía la muerte y esas cosas. Una vez fui a retirar un cadáver y me señaló a un enfermo, bajó el pulgar y dijo: “No te vayas muy leijos, que éste ya parte también”. No llegué a dejar el cadáver que ya me llamaron para buscar al otro. Él miraba a los pacientes y decía si iban a vivir o morir.

El pulgar de Agapito era el de un César.

Los mismos cuidadores intentaron otra vez llevarlo a mirar aviones, pero las monjas se desquiciaron. Hubiera sido de leyenda, seguro. Pero los hubiera son tiempos que no existen.

***

Si hay precisiones pendientes en esta historia están sepultadas en la fila tercera del nicho 80 de la zona octava del cementerio pontevedrés de San Mauro: “Agapito Pazos Méndez, 11/12/1930-23/4/2010”. Lo que ocurre entre esas fechas es de una magia real, con olor iodado de hospital.

La gaviota negra es un documental en vías de darle detalles a los 80 años de Agapito. Lo prepara a cuentagotas Generoso Martínez Acevedo, quien en 1958, a sus 4 años, fue tratado en Pontevedra de una neumonía con dos inyecciones caducadas que lo despellejaron vivo. Pasó cuatro años internado en el Hospital Provincial, alimentado con yemas de huevo crudas y aceite de bacalao. Si hasta le tenían preparado el entierro y todo, pero sus recuerdos son de correr por los pasillos del hospital empujando a Agapito en una silla de ruedas.

—La primera vez que lo vi, Agapito estaba contra un ventanal con ropa azulada. Parecía una niña. Una vez que recuperé fuerzas, me gustaba hacerlo rodar por los pasillos. Otra vez lo llevé al depósito de los muertos. Ya se sabe, travesuras de niños, y eso que él ya tenía 30. Pasamos cuatro años con Agapito jugando en un lugar de muerte. Y así y todo vivimos.

Es que la muerte es una señora demasiado seria para jugar con niños. Si había en ese hospital dos compadres del alma, eran Generoso y Agapito. Tanto como para que Generoso recuerde que por la cabeza de Agapito pasaba otro mundo, un mundo hecho de sentidos, palabras y gestos que hacían del hospital su universo.

El tiempo hizo de las suyas y Generoso no volvió a pisar el hospital. No se pudo despedir de su amigo.

Con los años pasaron cosas, y para responder a mil preguntas hace falta un periodista de los de antes. Hoy es otro día en Pontevedra y Celestino Vieitez cuenta que debe haber dado la vuelta cuatro veces al mundo, pero que la de Agapito fue la nota más complicada de su vida.

—Me entero de que este hombre llevaba 50 años en la cama del hospital, pero me encuentro con todas las trabas políticas porque Agapito costaba al contribuyente una cantidad de pesetas bestial y no querían que eso se supiera. Entonces todos huían de darme información, y cuando la Administración se entera me amenaza con que lo iban a trasladar a un centro especializado a que quedara a su suerte. ¿Quieres saber lo que hice?

Celestino fundó y redactó El Sol de Sanxenxo, un periódico quincenal de tres mil ejemplares que costaba 100 pesetas aquel diciembre de 1989 en que tituló Agapito, 50 años encamado en el hospital provincial. Acompaña una foto de Agapito sonriendo sin mirar a la cámara, tapado con una colcha cuadriculada y apoyado en su brazo izquierdo, y el epígrafe: “Es testigo silencioso de las alegrías y desvelos del Hospital Provincial desde hace medio siglo. Su cama y su habitación es todo su reino”.

Fue su único reportaje en vida. Celestino escribió aquella vez: “Ninguna de las personas entrevistadas supo concretarnos con exactitud la fecha en que fue recogido un pequeño niño que apareció envuelto en un mantel a cuadros azules y blancos, en un verano de los años 30. El recién nacido sería criado con todo mimo y cariño por los 30 empleados con que contaba el centro por aquel entonces. Que se sepa, nadie de la familia de este crío se preocuparía de él, hasta que a finales de los años 50 se acercó por el hospital un joven que dijo ser su hermano y que le hizo compañía durante dos horas. A partir de ese punto, los funcionarios más antiguos no recuerdan a ningún familiar de Agapito que se acercase a visitarlo”.

La nota se pierde en nombres de médicos y monjas que convivían con Agapito, y remata: “Agapito no puede expresarse verbalmente de una forma normal, habla por una especie de gruñidos y tan sólo es comprendido por unas ocho personas. Sin embargo, su inteligencia es sobresaliente y no se le pasa por alto ningún tipo de detalle. Cuenta con un televisor y una radio, manejando su puesta en marcha con un interruptor eléctrico colocado en la cabecera de su cama. Su apetito es bueno, desayunando grandes tazones de pan con leche, y sus mejores amigos son los muñecos. En su monótona vida se destaca la visita que realizó en el año 84 a Sanxenxo, con el único fin de ver el mar”.

—Tú dices que la nota se pierde, pero bien liado estuve por escribirla. El valor del reportaje estuvo en que se descubrió una vida que no era normal, pero a la vez no di pistas de gastos porque las repercusiones podían costarle el puesto a gente de la Administración involucrada en el fraude, entre comillas, de un costo que no se debía mantener. No querían desprenderse de Agapito porque era el hijo de todos.

Y Celestino cedió, no fuera a ser cosa que… El reportaje se publicó con la cautela de una penitencia y no hubo debacles ni púlpitos atronadores. Nada impediría el transcurrir de Agapito como un baúl en los fondos de un hospital que arrancó en 1890 como el asilo más importante de Galicia.

“Durante este año de 1941 fueron atendidos en el hospital 3.016 enfermos: 2.088 hombres y 928 mujeres, de los cuales fueron alta por curación 1.845 hombres y 792 mujeres”, dice el investigador Antonio Días Lema en su Historia del Hospital de Pontevedra. Uno de esos 3.016 era Agapito. El alta, que en realidad fue su baja, tardó más de 25.000 días.

***

Pontevedra-Madrid

Estimado periodista:

Supe de su interés por la historia de Agapito. Le diré algunas cosas, pero como ex director del hospital prefiero que no revele mi nombre para tranquilidad de mi conciencia y del secreto médico que nadie está dispuesto a romper.

Digamos que para comprender hoy el caso Agapito es necesario comprender el concepto del individuo enfermo en la beneficencia. Para la época de la Guerra Civil el hospital cumplía funciones multiuso, diferente de lo que hoy se entiende por un hospital, y la beneficencia era para tratar a los pobres. La leyenda cuenta que Agapito baja de un pueblo de la montaña, del lado de Lalín, pero los enfermeros más viejos nunca se pusieron de acuerdo en la fecha. Lo recibe una monja de muy pequeño, venía metido en un cajón rústico con forma de cuna y ya tenía las piernas inválidas. No había otro hospicio preparado para tratar a inválidos, y eso explica por qué se quedó. Se dice que estuvo una temporada en el hospital y volvió a su casa, pero al cabo de unos meses se lo volvió a ingresar por alguna enfermedad y ya nunca más se lo quitó.

Yo llegué al hospital en los ‘70 y me encontré con Agapito en la sala de Medicina Interna: eran esas salas antiguas, de piso de madera, con veinte camas de un lado y veinte del otro, y Agapito ocupaba una en el medio. Tenía un coeficiente medianamente bajo y hablaba un gallego cerrado, dificultoso, pero comprendía perfectamente lo que ocurría a su alrededor. Desde allí vigilaba a todo el mundo y si faltaba una cartera o sucedía algo fuera de lo común, él nos avisaba. Al punto de que guardaba la llave del armario de los medicamentos durante la noche y los domingos. Cuando yo entraba en la sala, hablaba primero con él para que me diera el parte de los enfermos.

Pensar que este señor vivió todos esos años en una sala donde había enfermos y enfermedades de todo tipo y jamás hizo infecciones ni úlceras, habla de que la unidad de enfermería lo tenía como oro en paño. Agapito fue pasando de generación en generación, sobrevivió a infinidad de jubilaciones pero siempre hubo quien se encargaba de su cuidado.

Con los años cambió el mundo y cambió la tradición hospitalaria en Pontevedra. Se tiró el viejo pabellón donde estaba Medicina Interna y se hicieron habitaciones con dos camas y un cuarto de baño para cuatro. Agapito llegó al final de sus días en la cuarta planta del hospital, con una ventana que daba a la calle y un televisor. Parece que le describiera al cliente de un gran hotel; pero algo así era.

Acabado el franquismo se les concedió una pensión a los discapacitados y una asistenta social le consiguió un dinerillo que Agapito guardaba en una caja de caudales al pie de su cama. Porque era suya, no del hospital: una cama de reserva perpetua que nunca se puso como cama de hospitalización para que nadie pudiera ocuparla ni trasladarlo. Incluso cuando pasamos a depender del Servicio Gallego de Administración se transfirieron todas las camas menos la de Agapito porque no figuraba en los papeles, no existía para nadie más que él y punto.

Ni siquiera cuando a fines de los ‘80 un gerente intentó trasladarlo a un asilo porque no le cabía en la cabeza que Agapito estuviera tanto tiempo en el hospital. Se le argumentó que los enfermeros eran su familia y que todos en el hospital lo entendíamos así. Además, y esto se lo pregunto a usted, ¿no es de sentido común creer que ningún asilo estaba preparado para recibir a un niño tan grande?

Hay una anécdota muy bonita y es que lo llevaron a conocer el mar. La Diputación tenía en O’ Grove el sanatorio para niño tuberculosos de los huesos y usaron esa excusa para meterlo en una silla de ruedas y bajarlo a la playa. Vino encantado, muy asombradito. Hoy eso no sería posible por la tutela jurídica de los enfermos, pero hablamos de una época en que se llevaba a los muertos en las furgonetas como si nada.

De sus padres no sé nada. Se rumoreaba que la familia vino a visitarlo algunas veces al principio, cuando recién lo metían en el hospital, pero luego ya no volvió. No nos queda otra que apelar a la memoria, porque en 2004 un incendio destruyó el almacén con los archivos del hospital y se perdieron los informes clínicos de todos los pacientes. El pasado de Agapito desapareció como la historia misma del hospital.

Hay muchas otras leyendas misteriosas alrededor de Agapito, pero dudo de que sean ciertas. Esta historia podría haber pasado en cualquier hospital del mundo. Es una historia de humanidad. Por favor, cuando escriba sobre Agapito subraye humanidad.

***

No es bueno ver morir a un personaje de la infancia. Agapito agonizaba por un derrame y porque, según la enfermera Marisol Dorado, desde que lo subieron al cuarto piso, en 1974, el niño se desorientó y le tocó envejecer.

A ella la llamaron el 23 de abril de 2010 para que corriera al hospital. Llegó deshecha y se quedó con Agapito hasta que lo llevaron en un cajón, igual que lo trajeron 69 años antes. Sentía que esa muerte los mataba también a los enfermeros, y eso que desde pequeña la habían acostumbrado a las ferocidades de la vida: su padre, el enfermero José Dorado, le contaba sobre un niño que habían abandonado en el Hospital Provincial con las piernitas truncas, metido en un cajón.

Ni modo de adivinar que ella entraría a trabajar en Medicina Interna a sus 18 años y que pasaría los siguientes 33 con Agapito. Se dedicó a alimentar a los enfermos y limpiarles el culo, pero se impacientó cuando Agapito, que la miraba con desconfianza, le pegó tres bastonazos. “Oye que tú serás mucha cosa, pero mejor te calmas o dejo entrar a esa gaviota, ¿la ves?”. Agapito miró con terror al pájaro libre y largó el bastón.

Desde entonces, pobre de él si le tironeaba el uniforme a una enfermera para verle las tetas o se negaba a comer: “Mira que llamo a Marisol y mete a la gaviota”. Y Agapito comía de mil maravillas. Marisol nunca lo recordó más feliz que cuando le daban queso. Excepto esa vez que una gaviota entró de veras y picoteó la feta del plato. “¡Queiso, queiso!”, gimoteó Agapito, y a Marisol se le rompió el corazón. Se especializó en los músculos de su cara para saber cuándo tenía hambre y cuándo sueño, pero le sorprendía que nunca llorara.

En eso estaban cuando alguien preguntó por qué ese hombre llevaba tantos años internado. Ahí la cosa se puso fea: la Diputación les colgó a los enfermeros el teléfono y la dirección les cerró la puerta. “Escuché que el padre de Agapito es alguien muy importante en Pontevedra y por eso está bien protegido”, dijo uno, y ese decir se propagó contagioso por el hospital.

Marisol jura que desde la dirección se taparon cosas, y que no está claro que esa Maruja que apareció ahora sea la hermana de Agapito. Como que tampoco cierra que nadie de la dirección haya estado en el entierro: Agapito es tabú aún muerto. Lo dice y se deja caer en la silla, sin ánimo para nada excepto para llevarle flores al cementerio de por vida, lo que en su mundo privado la conecta con esa tarde en que se las ingenió para sacarlo de la habitación y subirlo al Renault 12 que enfiló al océano.

Por eso a Marisol le enoja que alguien diga que Agapito era un pobrecito; porque él, cuenta ella, no conoció otra vida ni conoció otro mundo, pero esa vida y ese mundo lo hicieron feliz en su infancia perpetua. Tuvo sus navidades, sus propios cubiertos y sus regalos, como ese enorme perro de peluche de una paciente que falleció y fue a parar a la pieza 415.

Lo que pasaba por su mente ya es otra historia.

***

Pueblo de Anzo. Lalín, Galicia

—Tú te viniste de tan lejos para entrevistarme porque lo es tu destino. ¿Hablas gallego?
—No, señora Maruja. Mejor español.
—Lo haré intento en español. ¿Cosa quieres saber?
—De Agapito. Cuénteme su historia. ¿Conoció a su hermano?
—¡Pues claro! Somos tres hermanos de tres padres diferentes. Nacimos en Lalín: Manuel en el ’28, Agapito en el ’30 y yo en el ’37. Me adoptaron unos señores y trajeron a Anzo porque sabían que era una niña sola sin cuidados. Mi madre la vi sólo una vez, murió cuando yo con 8 años. Mi hermano mayor, que está malito ahora, se vio con recursos de nada cuando murió mi madre y encima con Agapito que no tenía columna. Y Manuel todo el día trabajando la labranza y cargando a Agapito en la espalda. Dime, ¿te parece bien cargar con un niño a los 13 años? Entonces la vida muy dura para todos.
—¿Es así que abandonan a Agapito en el hospital?
—Eso que abandonan es mentira. Unos vecinos ayudan a Manuel con la entrega de Agapito para que estese más descansado. Entonces lo dejan con 11 años en el hospital y yo más grande lo visitaba seguido y él me decía que lo llevara a casa y yo no podía llevarlo. Con Manuel fuimos muchas veces a verlo y Agapito nos miraba fijo, pero siempre mejor que se quedara en el hospital porque ahí lo cuidaban bien y Manuel y yo teníamos muchos hijos. Nunca pensamos en quitarlo, no tenía sentido.
—En el hospital se dice que el padre de Agapito era alguien importante.
—No sé quién su padre, pero Agapito no era hijo de nadie importante. Agapito era Pazos Méndez, el apellido de mi madre. Sé que el padre de Manuel era un cura, pero la vida de Agapito más única que todas porque estuvo en el hospital siempre.
—¿Nunca le pidieron los médicos quitarlo del hospital?
—Yo no podía quitarlo porque estaba con familia adoptiva que me decía qué hacer. En el hospital Agapito estaba todo contenido pero yo pensaba qué difícil para él, mejor morirse que vivir así toda la vida. Una vez lo llevaron a ver la mar. ¿Lo sabías?
—¿Cuándo lo vio por última vez?
—Dos años antes de su morir. Fuimos con Manuel pero Agapito no hablaba ni no miraba, ya muy malito. Nos enteramos por la tele de su morir, el hospital no me avisa. Todo así, medio misterioso. Agapito no es el único que tuvo vida complicada.

***

Hasta que un día lo sacaron al mar. Los enfermeros Padín Casas y Dorado ya contaron lo suyo. Que el remate sea del ideólogo de la fuga, el cuidador José Licer:

―Pongamos que te cuento que Agapito me decía “mira, la caille” porque desde su ventana nunca vio otra cosa. Que a mi entender no tenía precisión del tiempo ni del mundo de afuera. Que su percepción del bien y del mal eran otras y que en los 31 años que pasé a su lado no logré comprender jamás su raciocinio, pero que sé que en su interior percibía la muerte. Que Agapito en el hospital fue un icono oculto, un murmullo que se agranda cada día sin vistas a morir. Déjame decirte que nada de eso se compara con los ojos que puso en el mar.

Reducir la vida de un hombre de 80 años a un manojo de líneas suena irrespetuoso. Mejor dejarlo frente al mar, con el viento en la cara. Sin palabras.

Ramón Ferrari estaba por almorzar cuando le clavaron cinco puñaladas. En la cocina pegada al almacén donde estaba el cadáver, la Policía encontró un vaso con terma light y un tenedor pinchado en un tomate. Le habían prohibido el azúcar por una diabetes repentina. El primer cuchillazo fue mortal y el hombre de 68 años no tuvo posibilidad de evitar los cuatro siguientes. Su yerno, Daniel, halló el cuerpo en una pieza del almacén que hacía de lavadero. María Teresa llegó detrás y gritó: el grito inmediato de una mujer que perdía 36 años de casada para debutar como viuda.

Demasiado para un lugar como Morrison: restar uno de sus 3.242 habitantes es algo que hace ruido y llama la atención de la gente. Unas 100 personas fueron hasta el almacén para ver si era verdad que habían matado al “Chichito” Ferrari.

Una trabajadora social del pueblo dirá luego que en esa siesta de diciembre de 2011 se cometió “algo así como el tercer crimen en Morrison en 60 años”. Estadísticas con metal filoso.

Nada de esto se imaginaba Claudia Ferrari mientras aceleraba la moto y rezaba por su padre.

Nada de esto se imaginaba Carmen de los Milagros Nievas mientras mezclaba la cal y calculaba la cantidad de ladrillos para terminar la casa de la que sería expulsada.

Un poco de esto, tal vez, se imaginaba allá, cerca del río, el asesino, que a sus 17 años había aprendido a clavar el cuchillo pero no a esconder la evidencia.

El calor de diciembre pudría las cosas.

***

Lo foráneo, alguna vez, fue lo local.

Morrison (como quien dice: sudeste de la provincia de Córdoba / mucha soja, mucho maíz / alguna que otra inundación que empobrece la soja y el maíz / mayoría italiana y una plaza con una crucifixión de 15 metros de altura que parece advertencia) fue una ofrenda a lo que venía de afuera. Morrison se llama Morrison por Charles Morrison.

Vélez Sársfield, autor del Código Civil argentino, había bautizado al conglomerado con el nombre de Zuviría en homenaje al ministro de Justicia que participó de la construcción del primer tramo del ferrocarril que llevaría a Rosario. Pero a los ingleses qué puede importarles nuestro Código Civil. En 1907 murió en Londres el director de los ferrocarriles en la Argentina, Charles Morrison, y la colectividad británica le dijo al presidente José Figueroa Alcorta que para qué llamar a ese pueblo Zuviría si podía llamarlo Morrison. Entonces sí, lo foráneo fue lo local y pasemos a lo siguiente.

Lo siguiente es esto: el sinsentido. La historia de un país se fosiliza cuando intenta explicar –justificar- la práctica cotidiana de hacer de comer sin plata.

Porque el asesino de Ramón Ferrari es eso: una secuela tardía de aquella promesa de pampa fértil que un siglo atrás pobló de colonias las aldeas de la provincia. Sobre este adolescente se sabe poco y ese poco no lo favorece: hijo de un padre muerto y de una madre con muchos hijos, correntino, abandono, migración, trabajador golondrina. Un extraño en un pueblo pequeño. Un elemento de riesgo, diría un analista de seguridad.

Podría haber ocurrido que el hombre que contrató a este muchacho tuviera campos a trabajar en otro sector que no fuera Morrison. Podría haber ocurrido que sí estuvieran en Morrison, pero alejados del comercio de Ramón Ferrari. Podría haber ocurrido que estuvieran cerca del comercio, pero que el adolescente tuviese una contención que no le permitiera perder la cabeza por un sándwich de miga o unas alpargatas. Podría haber ocurrido que el trabajador no fuera golondrina por obligación, pero eso sería potencializar demasiado.

Los Podría y los Hubiera son tiempos que no existen. Y sujetarse a eso es una pérdida de tiempo para un adolescente que tuvo que ganarse el plato metiendo mano en la cosecha. Como sea, el hombre que lo contrató conocía en el pueblo a Carmen de los Milagros Nievas, madre de Diego, Estefanía, Alexander y Wanda (+), abuela de Delfina. Una familia de sangre gitana que, como todo gitano auténtico, había nacido en La Carlota pero sabía lo que era no quedarse quieta.

Esa vez llevaba ocho años en Morrison, y qué mejor que pedirle a la Mili Nievas si podía recibirlo un mes en su casa. Qué mejor que un foráneo para otros foráneos. Comenzaba lo que, para muchos morrisenses, sería una alianza peligrosa que justificaría la expulsión de Carmen de los Milagros Nievas del pueblo a cambio de no agredir a su familia.

***

―Así que vos querés que te cuente de la noche que nos echaron a patadas de nuestra propia casa.

La frase tiene peso dramático, pero puede ser engañosa. Estefanía la suelta con una naturalidad que confunde: su voz mantiene la misma vibración leve cuando dice Querés que te alcance un mate o Querés que te cuente de la noche que nos echaron a patadas o Sabés que creo que el correntino también me iba a apuñalar a mí.

Por las ventanas se cuela una mañana agradable de mayo de 2012, pero en la cocina pelada de los Nievas hace frío. Y eso que es pequeña: sentarse en la mesa implica chocar con las piernas del otro. En este caso, con Estefanía y sus pantuflas lanudas de recién levantada. Mastica un criollo, cuenta que está desocupada pero que no dejará el secundario para adultos, dice No Delfi, dejalo al señor, cuando su pequeña Delfina se sujeta en las piernas del extraño y le manotea la lapicera. Estefanía tiene el pelo corto, ondulado, y una cara alegre que tendrá recaídas en tramos del relato.

No fue fácil encontrar a Milagros y su familia; el primer rastro era lo que había dicho a los periodistas el intendente de Morrison, Jorge Cura: “La mujer reflexionó y decidió irse. Tuvimos una reunión en la que comprendió que su situación había llegado a un límite y la convivencia no iba a ser la más adecuada. No es una resolución mía. Lo que yo quería hacerle entender era que su familia corría ciertos riesgos; si estaba dispuesta a asumirlos, que retornara a su hogar. Ella dijo que no le quedaba otra que irse. Veremos socialmente cómo la vamos a ayudar”.

El segundo rastro llevó a Bell Ville, 15 kilómetros al sureste de Morrison, pero se perdía fácilmente entre sus más de 33.281 habitantes. El tercero –el definitivo– lo dio la voz de una vecina oculta detrás de persianas: “Ah, sí. Ustedes buscan a esa gente que es de afuera. Fíjense en esa casa de rejas negras”.

Y en esa casa de rejas negras estamos sentados con Estefanía. Milagros aún no llegó y cuando llegue dirá A mí me amenazaron y me echaron de la casa que hice con mis manos solamente porque alojé a alguien que terminó siendo un asesino y sin embargo me condenaron socialmente.

Pero hasta que llegue, el relato pasa por su hija:

―Yo empecé a sospechar de este chico cuando se apareció con un pan dulce para tomar el mate. ¿De dónde sacó plata para comprar un pan dulce? Y ni hablar cuando se compró un jean, ahí le hice un chiste muy arriesgado. Le dije “che, no lo habrás matado vos al viejo Ferrari, ¿no?”. Pero él jamás nos faltaba el respeto, nunca. Era comedido, educado. Por eso yo no entiendo cómo hizo eso, pero hay quienes comentan que Ferrari lo trataba mal.

Dice Estefanía que el adolescente acordó parar un mes en su casa hasta tanto consiguiera otro techo, pero pasaron dos, tres, cuatro meses y seguía ahí. Poco antes del quinto, hablaron con él y le pidieron que se fuera. Si algo no sobraba en casa de los Nievas, era espacio y comida. El adolescente dijo Bueno mañana me voy, y al día siguiente faltaban él y la cuchilla de 40 centímetros de la cocina.

―Cuando mataron a Ferrari, ese chico ya no vivía más en mi casa desde hacía 15 días. Nosotros la ligamos de arriba. Nos acusaron de resguardarlo, de estar involucrados, y si no fuera por nosotros quizá nunca lo hubieran atrapado. Porque fue mi mamá la que lo entregó. El chico le dio plata a mi mamá para que le comprara un bolso y le contó que esa misma noche tenía que irse del pueblo. Al rato nos presentamos en la comisaría.

La reconstrucción policial expone esto:

No hubo movimientos extraños la noche del 15 de diciembre, noche del crimen.

Los colectiveros y taxistas coincidieron en no haber llevado ninguna cara diferente.

El homicida seguía en el pueblo y cerca del río se encontró un cuchillo con sangre.

Un sospechoso, menor de edad, domiciliado cerca de la despensa de Avellaneda y Mitre, tenía en su bolso ropa manchada con sangre, mercadería que habría sido de Ferrari y dos bolsas con 250 pesos en monedas.

Fue arrestado en la mañana del 16 e imputado por homicidio calificado.

―Mi mamá identificó el cuchillo porque fue carnicera ocho años y sabe de esas cosas. Nosotros lo presionamos al chico, le preguntamos “¿fuiste vos?”, y él se puso colorado y se tapó la cara con una mano. No quería que lo viéramos llorar. Qué sé yo si disimulaba, pero para mí que se le cruzó hacernos algo a nosotros también. Te digo más: la noche que lo mataron a Ferrari, vino a casa muy nervioso y se bañó con detergente.

La puerta se abre y entra Milagros Nievas. No es para menos que mire con recelo al periodista: un pasado reciente augura que debe estar harta de tener extraños en la casa.

***

Literalmente, un desconocido.

La muerte de Ferrari a manos de ese desconocido fue un sacudón violento al panal del pueblo. La gente asomó de a poco y la rabia se transmitió de boca en boca. El 19 de diciembre, 500 personas –el 15 por ciento del pueblo– marcharon a la comisaría dispuestas a clavar el aguijón.

Parece que se lo clavaron ellos mismos, porque tenían la sangre envenenada cuando gritaron Que la Nievas se vaya del pueblo o por nuestros hijos que quemamos todo.

La acusaban de ser una puta. La puta del pueblo que ofrecía su consuelo a los delincuentes golondrina, como ese mocosito correntino que “frecuentaba a esa mujer” para dormirse en su falda de madre.

Diría luego la Curia de Morrison:

―En lugares pequeños se confunden las cosas. El comerciante era un hombre honrado, trabajador, pero la mujer expulsada fue un chivo expiatorio y la gente de la marcha no quería entender de razones.

Diría luego el Jorge Cura de Morrison:

―Decían que no querían tenerla en el barrio, que era un ejemplo indigno para los hijos. Que su vivienda era frecuentada por hombres de otros lugares y que era difícil convivir con ella.

Diría luego el comisario mayor Luis Perafán:

―Este reclamo social fue desmedido y tuvo matices que no estuvieron dentro de la legalidad, como exigir que fuera excluida del pueblo una habitante. Si bien en su casa se encontraron pertenencias del homicida, la mujer aportó pruebas fundamentales para esclarecer el hecho. Y una cosa más: nunca se acreditó que fuera prostituta. Y si lo hizo, fue en la intimidad de su hogar.

María Magdalena o no, los manifestantes pidieron su cabeza. Mejor dicho, su lejanía. Que es a lo que se refería esa vecina que protestó porque el Intendente “le brindó a esa mujer un terreno, materiales y luz gratis, mientras otros que quieren formar una familia no tienen acceso a nada”.

Los vecinos protestones suelen ser muy crueles. Está el horrorizado sin pruebas fácticas: “Escuché muchos comentarios de que en la casa de esa mujer funcionaba un prostíbulo. Pedimos que la saquen del pueblo”. Está el de la visión distorsionada: “No lo vemos como un hecho discriminatorio, sino de inseguridad. Queremos que la Policía actúe con gente que viene de afuera”. Es raro que falte el acusatorio penal: “El asesino era cliente de la mujer. Ella es cómplice del crimen”.

Y están, claro, los que apoyaban a Milagros Nievas, pero quién iba a tener el coraje de enfrentarse a un espectáculo que llevó a Morrison a las tapas provinciales:

Hacen que una mujer se vaya del pueblo (La Voz del Interior)

Piden el destierro de una prostituta (El diario de Villa María)

Quieren expulsar a una prostituta porque atrae a delincuentes (Cadena3)

Y el intendente Cura cedió, no fuera a ser cosa que.

―Esta mujer recibía hombres en su vivienda y este asesino era una de esas personas. La situación ha provocado una preocupación muy grande en los vecinos ya que desarrolla su actividad en horas que no son las más prudentes. No era convencerla, sino hacerle ver la realidad. En la marcha agarraron a su hijo y si la Policía no intervenía, no sé si no lo mataban. Yo no quería echarla, pero de ahora en más su vida no iba a gozar de tranquilidad.

Dos días después, la marcha se repitió y hubo aplausos cuando se confirmó que la familia Nievas ya no pertenecía a Morrison. Eso sí: antes de dispersarse, reclamaron un registro de los trabajadores rurales que llegan a esa zona de la pampa pudiente.

No fuera a ser que esas 1.500 golondrinas que, según la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (Uatre), recaen por año en Córdoba se obsesionaran con el maíz de Morrison.

***

No le gustaban las fotografías, pero en un asado lo engancharon justo y no le quedó otra que sonreír. Ramón Ferrari emana esa impresión muda que tienen las imágenes de hombres muertos.

Es la fotografía que su hija Claudia acaba de traer de una habitación. La mira un rato y se enorgullece:

―¿Viste que soy igual a mi papá? No hay manera de pifiarle. Más parecida, imposible.

Se parecen tanto que  bastaría con describir a uno para darse una idea de los dos. Caras angulares, gringas. Miradas pujantes. Perseverantes a la italiana; es decir, tozudos.

Son las seis de la tarde en Morrison y el tamaño de ese cielo de franjas crema asustaría a un hombre urbano por la ausencia de construcciones que lo oculten.

Ausencia es sobre lo que se está hablando en esta casa. El último diálogo entre un padre y su hija:

―Fue el día que lo mataron. Fui temprano hasta el almacén y lo vi parado sobre una escalerita, acomodando los estantes. Le pregunté si estaba de repositor y me dijo que no sabía qué era eso. Es el que acomoda la mercadería, papá, le dije. Rió. Le gustaba reír.

En realidad, el último diálogo fue a mediodía. Claudia llamó a su madre y la atendió su padre. Se dijeron nimiedades y ella recuerda que él rió. Ramón estaba solo porque su esposa y su yerno habían viajado a Villa María a comprar en mayoristas. Faltaban dos horas para la siesta y no había siesta que Ramón no durmiera.

“Chichito” Ferrari y su esposa, María Teresa, se conocieron hace 37 años en un colectivo que iba de Bell Ville a Morrison. Bastaron 15 kilómetros de camino para que él, que por entonces se la pasaba manejando camiones, tuviera éxito con esa veinteañera que desde niña limpiaba casas de campo.

Nació Claudia, nació Hugo. Ramón siguió con sus camiones a lo loco y en 2001 largó todo para poner la despensa. Fea época para confiar en la economía nacional. Hizo malabares con los números y salió adelante. María Teresa lo acompañó detrás del mostrador dos meses antes del crimen, nunca con la sospecha de que terminaría por heredar ese lugar.

Reducir la vida de un hombre a un manojo de líneas suena irrespetuoso.

―Pero es que no sé qué contarte de nosotros. Somos gente de laburo, de remarla toda la vida. Gente que trató de hacer las cosas de manera decente y que lógicamente, con todo lo que pasó, le teme a los desconocidos que vienen de afuera. Mi papá era un simple comerciante y no sé qué pudo haber pasado para que lo atacaran así. No sé si discutió con ese chico, si lo atacaron por sorpresa, no sé. Lo que sí sé es lo que me contó mi mamá: desde tres días antes del ataque, ese chico vino siempre al almacén a preguntar por unas alpargatas. Para mí que algo tramaba.

Claudia llenaba la pileta para el cumpleaños de 15 de la hija de su marido cuando la llamaron para decirle que su papá había tenido un problema y no estaba bien. Ella rezó todo el camino al almacén para que no fuera la diabetes.

Después sucedió el combo de marchas y expulsiones.

―Ya sé que me vas a preguntar por lo que pasó con esa señora. Te puedo decir que nosotros participamos de las marchas para exigir justicia y seguridad, pero que no las organizamos. Yo no quiero culpar a nadie, pero tenés que entender que sospechemos de ciertas personas. ¿Importa si yo quería que ella se fuera del pueblo? Esa señora está en su derecho de volver porque supuestamente no hay nada que la involucre. Me da igual; al que yo más quería ya no lo tengo conmigo. Por donde se mire, los que perdimos fuimos nosotros.

Sólo una vez se cruzaron Claudia y Milagros desde el crimen: fue en la comisaría, y Milagros estaba entregando al sospechoso.

*

Otra vez, esa incomodidad de la fotografía de un muerto. Para colmo, de un angelito de 6 meses. Wanda sale de blanco. Wanda está enterrada en Morrison. Me pregunto si a Wanda la habrá matado una inyección errónea, como insiste Milagros Nievas cuando ningunea a los médicos que diagnosticaron la muerte súbita.

―Después de seis años, me enteré de la verdad. Mi beba tenía fiebre y me la mató un médico que se equivocó de inyección. Al día siguiente cambió de color y dejó de respirar. Y yo corriendo desesperada por todo Morrison, pidiendo un médico a los gritos mientras el hijo de puta de mi marido jugaba a las bochas en Ballesteros.
―¿Cómo te enteraste de todo eso?
―No importa. A lo que voy es que me iba a dormir todas las noches al cementerio hasta que me di cuenta de que mis otros hijos seguían vivos y comencé a buscar una terapia. Me anoté en un curso de albañilería y así fue como armé a mano mi propia casa. Yo tendría que haber nacido hombre, vos sabés.
―¿Sola la armaste?
―Sola. Bah, con ayuda de mis hijos, de algunos vecinos… Pero sí, sola. Cuando tuve el terreno, me agaché y dibujé con la mano cómo quería que fuera mi casa. Y mirá que tuve que remarla, en seis meses me robaron 3.800 ladrillos y pasé noches enteras durmiendo en la obra en construcción para cuidar los materiales. En la oscuridad éramos yo, el campo y una velita.
―¿Tenías trabajo?
―Ahora no tengo. Estamos cagados de hambre, sin plata y discriminados. Pero hice de todo: en Morrison tuve bar, tuve pool, tuve tiendas, fui carnicera, cosí pelotas en Bell Ville. Pero mi Wanda tenía un leve retraso mental y vendí todo para un tratamiento que le íbamos a hacer en Italia. Antes de que sigamos, decime, ¿para qué va a servir esta nota que estás haciendo?
―No lo sé… Supongo que para que se conozca tu versión de las cosas.
―Ajá.

Los Nievas y los Ferrari tienen algo en común: la derrota. Si a la historia la escriben los que ganan, ésta es una historia imposible de escribir.

―Milagros, te lo tengo que preguntar: algunos en Morrison dicen que eras prostituta y que eso generaba en el barrio un clima difícil de convivencia…
―¡Jajaja! Ojalá hubiera sido prostituta, así tendría con qué comer. No es mi problema lo que cada uno haga con su intimidad puertas adentro. Sí es mi problema que a mi familia la echen de su casa y duerma una semana en una comisaría. ¿Pasaste una semana entera en una comisaría?
―No.
―No teníamos ni para bañarnos. Lo nuestro fue una condena social.

La fotógrafa levanta la cámara y Milagros dice Ni si te ocurra sacarme, por favor, no ves que estoy horrible. Esperá que al menos me pinte un poco, soy otra persona cuando me arreglo. Coqueta.

Ese cigarrillo contrasta demasiado con sus uñas verdosas. Milagros tiene una cara áspera, callejera, que no se condice con una mujer de 39 años. Pelo acostumbrado a tinturas y ojos enérgicos que pueden adivinar lo que uno está pensando, lo que siente en ese momento.

―Yo puedo adivinar lo que vos estás pensando, lo que sentís en este momento. Es un poder que heredé de mi mamá, y que ella heredó de mi abuela india, y que yo le transmití a Estefi y ella a Delfina. Cosas de gitanos.

Cosas de gitanos: escucharlos, sí, pero mejor no preguntarles demasiado. No vaya a ser que adivinen que me acabo de poner nervioso.

Repasando, entonces: Milagros trabajó de todo, Milagros tiene tres hijos de tres padres, Milagros tiene una hija muerta enterrada en el lugar del que la echaron, Milagros construyó su casa para aprender a convivir con la cotidianidad de tener una hija muerta. Falta la anécdota con la que podría escribirse una historia paralela. Concretamente:

―Cuando era nena, mis padres me vendieron a una familia de gitanos que me casó con mi primer marido y a los 12 años quedé embarazada de Diego, que hoy tiene 27. Eso sí, a los cuatro meses de embarazo lo eché a patadas de la casa porque lo encontré en la cama con una prima.

Cada cual hace su juego en el juguemos a culpar al otro. La gente marchó para pedir la expulsión y el intendente Cura resolvió el problema de la manera más fácil. Dice Milagros que esa noche los sacaron de su casa descalzos, en pijama, y les dijeron que debían irse rápido de Morrison porque podían matarlos.

―Así, tal cual suena. Apenas pudimos manotear algunas cosas y en un patrullero nos llevaron hasta la comisaría de Bell Ville. Al otro día, Jorge Cura nos pidió que por nuestra seguridad no volviéramos, pero nos prometió ayuda.
―¿Pudieron al menos regresar a buscar sus cosas?
―Un policía se quedó de custodia para que no atacaran nuestra casa, así que algo rescatamos. Pero igual allá queda mucho todavía, son muchos años de vivir en un lugar para salir corriendo a otro.
―¿Qué pensás de todo lo que pasó?
―¿Y qué te parece a vos que pienso? Un día estoy en mi casa, juntando ladrillos para armar una piecita donde poner un maxiquiosco, y al otro me toca dormir toda una semana con la misma ropa y pasar la Navidad en una comisaría. Así estamos, sin nada.

Se comprende, pues, que Milagros diga que si ella quiere vuelve sin problemas a Morrison pero que ni loca lo hará porque muchos son falsos y egoístas. La casa se puso en venta y punto. Hasta que saquen buen precio y consigan otro lugar, la Municipalidad de Morrison se encarga del alquiler en Bell Ville.

Pero ojo, el “hasta que” no dura para siempre.

―Bueno, Milagros, me voy yendo así almorzás tranquila.
―¿Almorzar qué cosa? Si te digo que no tengo nada.

***

La tierra es importante. Cada tanto, María Teresa Ferrari y Milagros Nievas se cruzan en el cementerio de Morrison.

Esta es una historia de pérdida sin ausencia. Eso me dijo Jorge Sánchez, el papá de Nicolás Sánchez, el marido de Cristina Andreoni, un mediodía cualquiera de sábado en la ciudad de Córdoba. Él es un hombre que resiste; que sabe lo que es perder.

—Porque te aclaro que el padecimiento se me hizo carne. Cuando te pasa una cosa así, entrás en guerra con la injusticia. No es fácil acostumbrarse, pero jamás me voy a rendir. Ese irresponsable que destrozó a mi familia me dio el propósito de la lucha.

Jorge tiene 58 años y una entereza triste; la demostró aquel sábado cualquiera cuando lo llamé para acordar un encuentro al mediodía.

—No sé. No me siento bien -dijo. Quería evitar la entrevista.
—Pero es un ratito nomás. Luego puede dormir la siesta y recuperarse -argumenté estúpido.
—Qué mierda voy a poder dormir una siesta. Yo ya no tengo tiempo de una vida normal.
—….
—Pero no te preocupes. Te di mi palabra de que nos juntaríamos y la pienso cumplir. Lo único que te pido es que sea al aire libre, para poder fumar. El cigarrillo me tranquiliza.

No es fácil conversar con lo que queda de un padre que alguna vez se sintió más completo: un hijo inválido por un conductor prófugo y una esposa muerta de pena son situaciones que quitan el sentido a las palabras. Nomás queda, entonces, regresar a la esquina donde Franco Morata levantó con su Mini Cooper dos metros por el aire a Nicolás Sánchez.

Sucede que decir cualquier otra cosa -decir que Jorge no llora y que no tiene posibilidad de duelo porque perdió a su segundo hijo pero ese segundo hijo vive- sería una torpeza.

Mayo de 2008 o El impacto que cambió todo. Los testigos no titubearon: el cuerpo pegó contra el parabrisas, dio en el aire una vuelta desarticulada de muñeco y cayó de cabeza sobre el asfalto.

Indignados: los estudiantes que a las 5.30 de la madrugada acababan o empezaban la noche y vieron esa carambola humana en el cruce de las calles Ituzaingó y San Lorenzo.

Nueva Córdoba, el barrio que nunca duerme, concentró su coraje en esa esquina: Yo lo vi, oficial. Todos lo vimos. Era un Mini Cooper azul que subía por Ituzaingó. ¿Y usted puede creer que no frenó? O frenó apenas, el conductor asomó la cabeza y después aceleró. No sabemos bien hacia dónde, esto es un quilombo de gente y autos y luces y no podemos dar muchas precisiones porque todo fue muy rápido. Como una ráfaga. Este pobre chico estaba cruzando y el Mini Cooper lo levantó tres metros. No, no sé cómo se llama. Nadie de acá sabe; iba solo cuando lo atropellaron. ¿Viene la ambulancia ahora? La estamos llamando pero no llega y este chico tiene la cabeza empapada de sangre. ¡Oficial, se está por morir y el que lo atropelló se fue a la mierda! Mire… acá quedó un pedazo destrozado del auto.

El oficial Hugo Roberto Bazán levantó el aro de la óptica y se puso bajo un poste de luz: era una circunferencia de 30 centímetros de plástico cromado. Los estudiantes tenían razón: un Mini Cooper había sido el auto que atropelló a este chico que no sabemos quién es y no reacciona, está acá tirado y nosotros no podemos hacer nada más que ponerle una campera para que deje de temblar. Hace mucho frío.

Uno de los pocos testigos que se animó a acercarse al herido fue Diego Marcelo Arce, un estudiante que, en el juicio que tres años después enviaría a Franco Morata a la cárcel, recordó: Estaba frío y algunos querían abrigarlo y otros decían que mejor no, que mejor no lo tocáramos y esperáramos a la ambulancia. Me arrodillé a su lado y le toqué la mano: temblaba. Con dificultad cerró el puño y me apretó los dedos. Me acerqué un poco más y le susurré que todo iba a estar bien. Unas palabras de aliento. Le sostuve la mano hasta que se lo llevó la ambulancia.

La familia Sánchez empezaba a desmembrarse ese amanecer del 31 de mayo de 2008. En el preciso momento en que a Nicolás le abrían la cabeza en el Hospital de Urgencias para descomprimir una lesión neurológica que en lenguaje médico no se entiende, pero que suena feo: hematoma subdural agudo fronto temporal derecho, fractura parietal, edema cerebral difuso, hematoma subaracnoideo general, hematoma en párpado superior izquierdo.

Jorge: Te lo traduzco si querés. Significa que mi hijo no tiene posibilidad de pensar un futuro. Mucho menos, aferrarse a un pasado sano: no recuerda nada de lo que pasó cinco años antes del impacto. Tiene 26 años, tenía 23 cuando lo atropellaron y 18 de esos 23 años son una cosa en blanco. Significa que Nicolás no tiene lucidez ni para ir al baño por su cuenta. Él está, sí, pero pasa 14 horas por día sentado. Iniciativa cero. Mirá que hago un esfuerzo por acostumbrarme a este callo de vida, pero todavía no puedo. Mi principal obsesión es mantener siempre cerrada la ventana del séptimo piso por las dudas que a Nicolás se le ocurra tirarse.

Apuntes de familia. Cristina Andreoni. Arquitecta. Docente de matemática y plástica en una escuela hogar de Villa Mercedes, San Luis. Madre de tres: Sabrina (27), Nicolás (26), Adrián (22). Casi 50 años al lado de Jorge Sánchez: cinco como compañera de primaria, 15 de novios y 29 de casados.

Después del choque que incapacitó a Nicolás para siempre, ella hizo lo que haría cualquier madre con un hijo débil: sacrificó su salud por la de él. Tensión alta, congoja, nervios, depresión. Qué más da: Nicolás necesitaba a alguien y su madre no pensaba ceder ese lugar.

Tenía 56 años y el ánimo carcomido cuando le advirtió a Jorge que se sabía débil. Se acabó la fuerza necesaria para ver a un hijo herido. Estaba sentada con Nicolás esa tarde del 13 de setiembre de 2010 en la que le dio un derrame cerebral. El noticiero informaba que la Justicia había rechazado la probation –suspensión del juicio a prueba solicitada por los abogados de Franco Morata para evitar el juzgamiento-, por lo que sólo restaba la fecha de inicio en el Juzgado Correccional de Susana Cordi Moreno.

Adrián salía de misa en la Iglesia de los Capuchinos. Su hermana Sabrina, sobrepasada por lo vivido/sufrido con Nicolás, había abandonado sus estudios y regresado a San Luis. Adrián caminó una cuadra hasta el departamento de Hipólito Irigoyen y Derqui y encontró a su madre descompuesta sobre el sillón. Nicolás, al lado, sentado, sin posibilidad de reaccionar.

La mujer falleció al día siguiente en el Sanatorio Allende.

—Murió de angustia -dijo Jorge.
—Murió por un ACV -le explicaron los médicos.
—De angustia -cerró Jorge. Los médicos callaron.

Jorge: A ver, que alguien me niegue que a mi esposa la venció la congoja. Te cuento algo más: 20 días después de la muerte de Cristina, murió mi suegra, Dora. ¿Te creés que esas muertes no van de la mano?

Que alguien se atreva a negar, también, que la vida es una sátira sin sentido del humor: Adrián nació con una discapacidad en un brazo; Jorge, antes de mudarse por obligación a Córdoba, trabajó casi toda su vida en una ONG en Villa Mercedes que asistía a discapacitados; y Nicolás, antes de quedar discapacitado del cuerpo y la reflexión, eligió la carrera de Medicina para ayudar a su hermano Adrián.

Jorge: Cómo son las cosas: Nicolás quería ayudar a Adrián, pero fue Adrián quien terminó ayudando a Nicolás. Te lo digo con lágrimas en los ojos.

Pero Jorge no llora.

Nicolás. Cristina Andreoni no se había rendido por un padecimiento menor: su familia estaba rota. La explicación es concreta, pero no por eso sencilla: después del 31 de mayo de 2008, la familia Sánchez se acostó en San Luis y amaneció en Córdoba. Para los padres de Nicolás comenzaba una nueva rutina: la del destierro.

Así, tal cual suena: corte abrupto de la vida en casa para proteger a un hijo que estaba internado en provincias desconocidas. Porque Nicolás no sólo pasó por la terapia del Hospital de Urgencias y del Sanatorio Allende; en junio de 2008 sus padres consiguieron una de las 46 habitaciones en la prestigiosa Fundación para la Lucha contra las Enfermedades Neurológicas de la Infancia (Fleni) y se mudaron nueve meses a la ciudad bonaerense de Escobar, a la espera de mejoras en su hijo.

Nicolás y Sabrina eran los únicos de la familia Sánchez que vivían en Córdoba antes del choque. Sabrina aprovechó aquella semana de receso en mayo de 2008 para visitar a sus padres en Villa Mercedes. Nicolás también quería, pero el primer lunes de junio debía rendir su undécima materia en el tercer año de Medicina. No sería fácil mantener el promedio de 8,33, pero eso tampoco implicaba dejar de salir por una cerveza.

Salió a tomar algo en la populosa noche juvenil y a eso de las 5 decidió regresar al departamento. Encaró por San Lorenzo, pero nunca llegó.

De ser eso -alguien que se preparaba para rendir un examen-, se convirtió en el informe de esta pericia psicológica: Tiene dificultades para desplazarse por una hemiplejia izquierda. Camina lentamente ayudado por un andador. Debe ser asistido para trasladarse dentro y fuera del hogar, así como para otras tareas relacionadas con la higiene, la vestimenta y la alimentación. Su lenguaje resulta por momentos incomprensible por la dificultad que presenta en la articulación de las palabras. La memoria del trabajo y la memoria a corto plazo se encuentran significativamente afectadas, por lo que no puede estudiar ni trabajar.

La reflexión de arriba pertenece a las licenciadas Marcela Scarafía y Liliana Montero. Ambas apuntaron, también, lo siguiente: Si bien Nicolás refiere que éste es su mayor desafío de vida y que así lo ha tomado, puede observarse por otra parte la presencia de un importante estado depresivo, con ideación suicida recurrente, instalada ya de un modo tal que acompaña diariamente al joven, especialmente en lo que respecta al método que desea usar para darse muerte. La muerte de la mamá agrava la situación de Nicolás, que era una función muy primaria. Frente a la pérdida de la memoria, era la mamá quien le decía quién era y qué hacía. El duelo de la madre va a ser irreversible. No parece quedar un solo aspecto sano en este joven.

Si acaso queda algo sano, se intenta mantenerlo con una dosis diaria de cinco pastillas en el desayuno, siete en la merienda y nueve en la cena.

Jorge lo grafica así: Si le sirvo pescado, primero tengo que sacarle hasta la más pequeñita espina porque él no va a estar consciente de lo que está masticando.

Llevaba cuatro años de novio. Podía suceder que ella lo dejara, y así lo hizo.

Tenía su grupo de amigos. Podía suceder que varios de ellos dejaran de visitarlo con el tiempo, y así lo hicieron.

El hoy de Nicolás Sánchez es un tratamiento continuo con psicólogos, psiquiatras, psicoterapeutas, fonoaudiólogos y kinesiólogos. Una cantidad pesada para un padre de familia que debió dejar su trabajo en San Luis por necesidad obligatoria.

Franco o El juicio del precedente. Hay que ser justos: Franco Morata no tuvo intención de atropellar a Nicolás Sánchez. Ni siquiera lo conocía y no tenía por qué: pertenecían a ambientes diferentes. Pero no fueron las intenciones las que hicieron de Franco el nombre de un paria: fueron sus conductas previas y posteriores a destrozar a Nicolás con el Mini Cooper. Las mismas conductas previas y posteriores que sirvieron como fundamento jurídico para enviarlo a prisión.

Franco es el malo de la historia, aunque no es el propósito de esta crónica que suene como algo personal. Ocurre lo siguiente: si Jorge sabe lo que es perder, Franco sabe lo que es quedarse solo. Ser el momentáneo objeto de linchamiento social.

El juicio “Morata Franco, p.s.a. Lesiones Culposas Agravadas” empezó el 24 de febrero de 2011 y llegó a sentencia el 7 de abril siguiente, casi tres años después de que Nicolás intentara cruzar Ituzaingó y San Lorenzo.

Pero no puede contarse el juicio sin echar un vistazo a la vida del acusado: hijo de Pedro Rey Morata (+) y Gloria Fernández. 28 años. Hermano menor de Federico. Vivió desde siempre en barrio San Vicente. Secundario incompleto. Amante de las carreras de motos. Según él: mozo, cocinero, limpiador de “baños y vómitos de los demás”, vendedor de huevos y dueño de un porcentaje de dos bares en Nueva Córdoba. Tuvo un auto, después otro auto, después vendió los dos y compró el Mini Cooper negro con techo blanco que puso a nombre de su abuela, Carmen Cieri.

La madrugada en que atropelló a Nicolás, dijo, se dirigía a sus bares a supervisar cómo le había ido la noche.

Dijo, también, que no tenía antecedentes por infracciones de tránsito, pero la Justicia Administrativa Municipal de Faltas constató 22: tres por hablar por celular mientras conducía; dos por violar un cartel que prohibía girar a la izquierda; dos por violar un cartel que prohibía estacionar; una por cruzar un semáforo en rojo; dos por circular por carriles selectivos; dos por estacionar sobre un puente; una por estacionar sin pagar parquímetro; una por estacionar en doble fila; una por estacionar en una parada de ómnibus; tres por circular sin chapa patente; cuatro por obstruir el tránsito.

También fue sancionado por zigzaguear a excesiva velocidad con un cuadriciclo y pasar un semáforo en rojo para eludir a un patrullero en avenida Sabattini al 2.500.

Un antecedente demasiado riesgoso para alguien que, a la hora del descargo en el juicio, se atrevió a tutear a la jueza: ¿Vos te pensás que soy millonario? ¡No! He laburado toda mi vida como un burro. Yo no soy un delincuente, ¿me entendés? No le robé nada a nadie. No soy una madera ni un diablo, ¿me entendés lo que te digo?

Después, cuando las peritos psicólogas lo definieron como “una persona neurótica, con rasgos histéricos, psicopáticos y narcicistas”, él les respondió: Ustedes son unas genias por hacer semejante pericia mía y decir las barbaridades que dijeron.

Parecía que Franco hacía lo posible por ir a la cárcel, pero para eso debía seguir esforzándose: nunca en la historia del Poder Judicial de Córdoba se había sentenciado con prisión efectiva a un acusado por “lesiones culposas agravadas” (un delito excarcelable: pena mínima seis meses, máxima tres años).

Los “méritos” de Morata para quebrar ese invicto se dieron con lo que más arriba se nombró como conductas previas y posteriores, y que el fiscal Aldo Patamia reconfiguró “los hechos precedentes, concomitantes y posteriores” del episodio material juzgado.

Previas al choque: su amor por el acelerador / conducir el Mini Cooper con la pierna izquierda inutilizada a raíz de una operación por fractura que le impedía controlar el vehículo / la excesiva velocidad (más de 40 kilómetros por hora) con que transitó por calle Ituzaingó, rumbo al cruce con San Lorenzo / manejar acompañado por dos personas en el asiento delantero, lo que dificultó un maniobrar correcto / no respetar las normas de tránsito que obligan a disminuir la velocidad al llegar a la esquina, a desacelerar ante el semáforo intermitente y a frenar para dar paso a los peatones.

Él hizo juego de luces y tocó bocina, pero no apretó el freno.

Posteriores al choque: sintió el rígido impacto del Mini Cooper contra un cuerpo y escapó del lugar, dejando a Nicolás abandonado a su suerte / pidió presupuesto en la concesionaria Bremen para arreglar las abolladuras y esconder las pruebas materiales / huyó del país y se refugió tres semanas en Uruguay, aduciendo un tratamiento de fisioterapia en la pierna izquierda.

Cuando se entregó, tenía pedido de captura de Prefectura, Gendarmería y Policía Federal.

De ser eso –mozo, cocinero, limpiador de vómitos, dueño de bares-, se convirtió en un prófugo con nombre maldecido socialmente.

El día de la sentencia, la jueza Cordi Moreno adujo la terminología “peligrosidad social”, “personalidad moral desfavorable” y “riesgo procesal de fuga”. La cara de Franco se desfiguró: esos calificativos no sonaban nada bonito.

Lo condenaron a dos años de prisión efectiva y lo inhabilitaron a conducir por cuatro. Aunque es de suponer que la segunda parte, para cualquier acusado, sería lo de menos.

La jueza también ordenó una indemnización de tres millones y medio de pesos para las víctimas que debía ser afrontada por Franco Morata, su abuela Carmen Cieri y la compañía de seguros Berkley Internacional: un intento de compensación por haber extirpado el futuro de Nicolás Sánchez. El fallo civil todavía debe ser resuelto por el Tribunal Superior de Justicia.

En la sala del Juzgado Correccional Nº4 hubo algo de gritos y mucha lágrima.

Epílogo: la justicia permite dormir. Franco Morata salió de Bouwer en libertad condicional el 1 de diciembre de 2011. Cumplió ocho meses -238 días- de la condena de dos años porque así lo permitía una serie de requisitos del reglamento penitenciario.

¿Habrá sacado algo bueno de todo esto?

Jorge: Me causa gracia tu pregunta. Fijate que Morata es un modelo ejemplar: alguien que fue enviado a prisión por sus comportamientos neuróticos y narcisistas y que, apenas ocho meses después, fue liberado porque repentinamente se volvió una buena persona. Dejémonos de joder. Lo único que rescato de todo esto es que no hubo impunidad: Morata estuvo donde debía estar y esa certeza, cuando llega la noche, me permite dormir.

—Pero hay gente que dice que, considerando el daño que causó, estuvo preso poco tiempo.
—Puede ser, pero hay que bancarse un día en cana, ¿eh? Como correspondía, él recibió su condena. Esta historia ya está cerrada.

“Que se maten entre ellos”, concluye desde la autoridad que le da su uniforme azul y la frialdad que le dieron años y más años de patrullar las calles. Y lo dice convencido. Para él es un caso más de un malo que mata a otro malo. O de un malo que mata a otro peor. El caso de un chorito muerto. Un pibe de 15 años al que le salieron mal las cosas, tan mal que no llegó a los 16. Un negrito que buscaba un estéreo y encontró un puñadito de plomo. Pero no es un caso más. Es un caso que comenzó con un escopetazo y siguió con un muerto y un preso y que no terminó ahí. Continuó con una noche de furia que se prolongó en tres días de furia que le recordaron a los cordobeses que había un barrio olvidado llamado Villa Páez que no pueden volver a olvidar. Porque el muerto sigue muerto y el preso sigue preso y los problemas de Villa Páez siguen siendo problemas.

***

Desde el día en que Juan José González se tragó un pozo en medio de la calle, su nombre pasó a ser “Pocito”. Nada de Juan. Ni siquiera “Juanjo”. Sólo “Pocito”. Así lo rebautizó su madre Irene, quien en Villa Páez hacía años había dejado de ser Irene para llamarse “Pelusa”, “Pelu” para los amigos. Así son los barrios de Córdoba. Los nombres quedan olvidados en el DNI.

“Pocito” volvió a llamarse Juan José a las 2 de la madrugada del sábado 24 de septiembre de 2005, cuando un escopetazo se le metió por la espalda. Una hora antes, su madre le había dado permiso para jugar un rato al pool con “los chicos” mientras le calentaba la sopa. Total, eran unos minutos nomás: esa noche no había bailes. Pero un permiso a medias. La “Pelu” lo tenía bajo libertad vigilada: no fuera a ser que una camioneta del CAP lo levantara por tercera, o cuarta, o quinta, o sabe quién cuál vez.

“Patrullero que pasaba, patrullero que se lo llevaba”, reconoce meses después “Pelusa”. A la 1, “Pocito” salió de su casa en calle Miguel Gorman al 2100; el pool estaba a pocas oscuras cuadras. Su madre lo siguió y respiró tranquila cuando lo vio en el quiosco. Entonces volvió a casa para calentarle la cena.

Hay quien dice que las mujeres sienten, pero que las madres presienten. Para la “Pelu”, eso es falso. Ella no presintió nada. Ni siquiera cuando se escuchó un sonido seco, como de petardo que no terminaba de ser petardo. No entendió qué pasaba cuando alguien se asomó gritando “¡es Juan José, es Juan José!”. Eran las 2 de la mañana y “Pocito” ya no era “Pocito”. Ya había recuperado su nombre de DNI. Pareciera que la muerte es una señora demasiado seria como para presentársele con un simple apodo. “Pelusa” no recuerda dónde tiró el cucharón con que revolvía la sopa. Tampoco recuerda con qué o con quiénes se cruzó en esa carrera de 300 metros desesperados. Lo que no puede dejar de recordar es lo que vio. A su hijo, que se desangraba en la calle. “Hacía sonidos raros y gemía”. La calle se llenó de gente llena de sorpresa y confusión. Exactamente tres horas después, a las 5, Juan José murió en el Hospital de Urgencias.

***

Pasadas las cinco de la mañana de ayer falleció un joven de 15 años, después de ser baleado por la espalda por un vecino de barrio Villa Páez.

La agresión ocurrió a las dos de la mañana del sábado. Un hombre domiciliado en Arturo Orgaz y Francisco Tronge escuchó ruidos que provenían de su camioneta estacionada en la calle. Salió inmediatamente con una escopeta recortada y gatilló de lleno contra un chico de 15 años que salía corriendo del lugar. Fue un solo disparo el que le ingresó en el cuello y el costado derecho del cuerpo. El muchacho cayó al piso y presentaba pérdida de masa encefálica. Luego de la letal agresión, el sujeto, identificado como Jorge Luis Escovedo, de 37 años, se dio a la fuga, según consignaron fuentes allegadas a la investigación. Desde la fuerza especulan que el adolescente habría intentado sustraerle algún objeto de valor de la camioneta, desencadenando la terrible represalia del sujeto hasta ahora prófugo. (La Mañana de Córdoba, 25 de septiembre de 2005)

***

Sábado 24. El barrio despierta con la sorpresa de que mataron al “Pocito” y de que el autor del disparo, el albañil Jorge Escovedo, se escapó. La sorpresa se hace indignación, la indignación bronca y la bronca violencia. A la tarde, un grupo de vecinos y amigos de Juan José ataca a pedradas la casa de Escovedo quien, en su fuga, dejó a su mujer y cuatro hijos solos. Las cosas estaban mal e iban a estar peor. Carlos Maravankin, un vecino de Escovedo, sale armado a la calle y dispara contra la multitud. Hiere a un motociclista que pasaba por el lugar. La Policía tuvo que intervenir, ya no sólo para que no quemaran la casa de Escovedo, sino para que no quemaran a Maravankin.

Domingo 25. Al mediodía, el velorio de Juan José no parece un velorio. Poco llanto, nada de silencio. Había rabia. Y mucho ruido. La casa se va llenando de vecinos, familiares y amigos más enojados que dolidos… con más furia que resignación. Además ven como una provocación que, a media cuadra de donde velan a Juanjo, una fila de policías custodie a la familia de Escovedo que apura su mudanza. “¡Miren a esos hijos de puta, cuidan al asesino en vez de cuidarnos a nosotros!”, grita alguien. No importa quién. Es el grito de uno, pero resume la bronca de todos. Los vecinos, palos y piedras en mano, marchan sobre la casa del homicida. Aparece la Guardia de Infantería armada con gases y balines de goma. Los palos y piedras chocan contra los cascos y escudos de los policías y rebotan. Vuelan gases y los balines de goma chocan contra la carne de los vecinos… y no rebotan. Llega la paz al barrio. Una paz irrespirable que huele a gas lacrimógeno.

Lunes 26. El barrio olvidado es noticia. Es la gran noticia: “Entre piedras y disparos, Villa Páez está en guerra” (Día a Día); “Villa Páez se convirtió en un infierno” (La Voz del Interior); “Furia sin fin” (La Mañana de Córdoba). Y no es para menos. Desde las 20 hasta entrada la madrugada del martes, la calle Tronge, a la altura de la casa de Escovedo, se hace campo de batalla. En una punta, un centenar de vecinos. Muchos de ellos, la mayoría jóvenes de la edad de Juan José, armados con gomeras, botellas y piedras. En la otra, móviles del CAP, la Guardia de Infantería y el Grupo Eter. En el medio, las cubiertas envueltas en llamas que hacen de barricadas. No hay luces. Tampoco hay una sola puerta o ventana abierta. Es una batalla desigual, pero a los vecinos no les importa. La bronca, a veces, puede más que el miedo. Ésta es una de esas veces. Sólo les importa desquitarse con la casa de Escovedo y todo lo que se ponga en medio. Sombras se acercan por los techos, tiran desde botellas hasta cascotes a los policías y se esfuman. Sombras suben a los árboles como gatos con gomeras en lugar de uñas; insultos y pedradas silban en la oscuridad y hacen retroceder a los policías hasta que sacan las escopetas y brrruuummm brrruuummm  brrruuummm  brrruuummm  brrruuummm , despejan techos y árboles.

Ahora reina el sonido redondo de las balas de goma y, varios metros más allá, el centenar de vecinos corre, pero no mucho. A los pocos segundos regresa en manada más grande. Todo se vuelve confuso: los periodistas, frenéticos, se refugian detrás de los policías; los policías, detrás de los móviles; y los móviles, que no tienen un “detrás” a donde ir, se hacen blanco de botellas, piedras, ladrillos y puteadas.

A la 1, tras cinco horas de lucha, una persona cruza las barricadas caminando hacia los vecinos. “Soy el padre Horacio, soy el padre Horacio”. El párroco es quien convence a ambos bandos de dejar las armas. Vuelve la paz, una paz que sigue oliendo a gas lacrimógeno.

***

El cura Horacio Saravia no duda: “A Juan José no lo mató el disparo, lo mataron el descuido y el olvido de las instituciones”. Con 30 años al frente de la Parroquia de Villa Páez debe saber de lo que está hablando. Conoce una a una las calles, conoce uno a uno los vecinos. Ha bautizado a decenas de bebés que luego fueron o son sus alumnos de Historia Argentina en la escuela que comparte terreno con la Iglesia de La Rioja y Silvestre Remonda, en Alto Alberdi. No duda en criticar, no duda en denunciar: “Debería haber una mayor dedicación del Estado a la educación y el empleo de los adolescentes de Villa Páez, que cuenta con gente honesta y solidaria. El problema es que ya no hay esperanza, lo último que debiera perderse”, explica. Son las 13. A las 13.30 tiene que continuar con sus clases secundarias. Ese recreo de media hora parece durar mucho más de 30 minutos mientras gritos y corridas de alumnos invaden la Dirección, donde Saravia suelta sus certezas: “En Villa Páez la gente se subestima, y cree que ellos mismos son pesados y violentos. Pero eso es porque no se valoran. El barrio está dividido entre un grupo menor, que optó por el delito de las drogas, y el resto, que lucha por la honestidad”. Pero no sólo están los pocos malos y los muchos buenos. Según Saravia, hay un tercer actor, un actor protagónico, en el drama que le toca vivir a Villa Páez: “Lo que diferencia a éste de otros barrios es la sospecha de que la Policía se aprovecha de la pobreza de la gente y colabora con los delincuentes”. Se pasa las manos por la frente como si quisiera despejar una mezcla del griterío de los chicos y del recuerdo del bautismo de Juan José. Cierra los ojos y enumera las causas por las que el barrio atacó la casa de Jorge Escovedo:

1) El descuido de las instituciones. 2) El incumplimiento de promesas del Gobierno. 3) El cierre de la fábrica cervecera, a mediados de la década del ’90. 4) La reurbanización del tramo de la Costanera que colinda con el barrio, lo que eleva el costo de vida en algunas viviendas.

“Todo esto fue creando bolsones de intolerancia”, resume con la vista fija en el reloj. Terminan los 30 minutos que duraron mucho más de media hora. Antes de irse suelta una frase, a modo de lamento, con la que define el lugar que el barrio ocupa en la ciudad: “Pobrecita Villa Páez, tan cerca del centro y tan lejos de las instituciones”.

***

La base del Distrito 1 funciona en el Pasaje Santa Catalina, al costado del Cabildo, en el mismo lugar donde, en tiempos del Proceso, el “D2” machucó carne de desaparecidos. Es una mañana gris, la llovizna y el viento nublan la cara de varios policías que “se escapan” unos minutos para fumar y bostezar antes de volver a las oficinas. El comisario mayor Osvaldo Folli, a cargo de ese distrito, tampoco puede con su cansancio. “¿En qué estábamos? -pregunta mientras se refriega los ojos- Ah, te decía que Villa Páez es un barrio conflictivo, porque si bien casi no hay homicidios o violaciones, el 90% de los detenidos es por robo o drogas. Pero lo más preocupante es que, de esos detenidos, la mayoría tiene entre 14 y 19 años. Ahí es mucho mayor el porcentaje de menores que se mandan macanas que en otros barrios”, afirma.  “De todos modos -da una tregua- ahí no es la ‘Ley de la selva’. Hay barrios mucho peores donde se mata a alguien y se lo entierra, y nosotros jamás nos enteramos. Villa Páez no es así”. Sigue y rompe la tregua: “Lo que se nota desde hace tiempo es que muchos chicos cometen delitos y luego son protegidos por los mismos vecinos. Ahí los perjudicados son los chicos, porque no son contenidos social ni familiarmente. Eso pasa porque hay un rechazo al policía, a la ley. Ante esto, ¿qué podemos hacer nosotros? Tenemos un barrio donde corre mucha droga, mucho alcohol, y donde casi todos los delincuentes juveniles están protegidos por los mismos vecinos…. Nosotros no podemos cumplir el rol de los padres. Que cada uno cumpla con el suyo. Más que parar en los quioscos a controlar a los menores que están bebiendo y mandarlos a sus casas, no podemos hacer”.

***

La cervecería es la frontera. Antes es Alberdi, después es Villa Páez. Hay que cruzar una calle, sólo eso. Parece que no cambia nada, pero cambia todo. El antes se ve lejano y el después asoma incierto. Tal vez es por las casas que se muestran más viejas que antiguas. Quizá es la forma en que se enciman sobre la vereda, sin jardines… casi sin aire. O puede que sea por esas callecitas que van doblando y doblando, que se van metiendo metiendo metiendo más y más en el barrio hasta que se les hace difícil salir. Es por todo eso y es por el miedo, un miedo que quieren frenar con rejas. En Villa Páez hay más rejas que ventanas. Es que el barrio ya no es lo que era y nunca fue lo que debió ser.

“El mapa nos indica que hacia el este, sobre la costa del Suquía, trazaron ‘Villa Páez’. Es que acaso fue en ese lugar donde en sus terrenos Teodomiro Páez quiso ‘formar un nuevo pueblo con casas de recreo de las familias cordobesas’, como lo indicaba el diario El Porvenir el 24 de marzo de 1888…. Edificación modesta la levantada en el barrio y no como la soñara Páez”, cuenta Efraín U. Bischoff en su “Historia de los barrios de Córdoba”. Tiene razón, y si queda alguna duda ahí están los vecinos del barrio para despejarla. Según el último censo, en el barrio viven 3.564 mayores de 15 años. De ésos, casi una tercera parte (972) no fue nunca a la escuela o ni siquiera terminó la primaria. La mayoría son jóvenes. Nadie se los explicó, pero esos adolescentes son más hijos de los ‘90 que de sus padres. La pobreza los marcó más que el apellido. Nacieron en un barrio de trabajadores… así, a secas, y crecieron en un barrio de trabajadores sin trabajo. No tienen qué hacer y tampoco a dónde ir. Sólo recorrer las calles del barrio. Esas calles que los van metiendo metiendo metiendo hasta que se les hace imposible salir. Para ellos la cervecería no es una frontera que cruzar para llegar a otra parte. Es sólo el esqueleto de un edificio derruido. Tan derruido como el barrio en que viven, como la vida que viven.

***

Delgado, morocho y bajito, un físico como dibujado para wing izquierdo, Juan José ya había adquirido los conocimientos básicos de un adolescente promedio de los barrios marginados de Córdoba. Conocía los pasillos de una escuela pública, conocía las esquinas y pools del barrio y conocía las camionetas del CAP por dentro. Con una hermana casi 10 años mayor que él, asumió estoico el hecho de ser el nene de la casa. Padre albañil y madre vendedora ambulante, en su casa siempre hubo poco de todo, pero de lo poco que hubo todo fue para él. “Cuidamos que nunca le falte nada”, recuerda su madre. Y lo lograron. Tuvo casa, comida y cuadernos. Lo básico. El problema es que a los adolescentes, a quienes todo les resulta poco, lo básico les parece nada. Nadie sabe si por conseguir lo que no encontraba en casa, por picardía o simplemente por seguir a los amigos, una siesta se metió en la abandonada cervecería y sacó unas latas que vendió a un almacenero del barrio. Complicidades de Villa Páez, al almacenero no le importó ni siquiera que las cervezas ya estuvieran vencidas. La cana lo levantó algunas veces. No muchas, sólo las suficientes como para llegar a conocerle la cara. “Siempre que andaban los del CAP, lo veían y se lo llevaban sin que hiciera nada”, se queja la “Pelu”. Tal vez para evitar que se lo volvieran a llevar, o prevenir alguna otra travesura, lo estuvo pispeando cuando dejó que fuera un rato al pool antes de la cena. Ya no importa el por qué, lo que importa es que no bastó. En la media hora que lo pedió de vista, Juan José se cruzó frente a la mira de la escopeta de Escovedo. El pibe, joggin gris, zapatillas grises, buzo marrón del colegio y rompevientos verde quedó tendido en la calle. La madre lo encontró con las manos en los bolsillos y mucha pero mucha sangre, tanta que no le dejaba ver los contornos de la herida. Tampoco le hizo falta para saber que su único hijo varón, el nene de la casa, se le estaba muriendo. Según la autopsia, la muerte se produjo por “traumatismo torácico y encefálico debido a las heridas de arma de fuego de proyectiles múltiples en tórax y cráneo que también le afectaron seriamente el riñón y los pulmones”. Le sacaron 38 perdigones.

***

El fiscal Alejandro Moyano tardó menos de seis meses, todo un récord en Córdoba, en establecer qué pasó aquella noche, o al menos qué entiende él que pasó. Partió de lo obvio: Juan José estaba muerto y Escovedo reconoció que él lo había matado, por lo que se trataba de un caso de homicidio. Faltaba saber en qué circunstancias pasó y, para eso, se basó principalmente en dos testimonios. El primero fue el de Escovedo: Que estaba en su casa esa noche, que sonó la alarma de su camioneta y salió a ver qué pasaba. Que ya lo habían intentado asaltar varias veces. Que por las dudas tomó su escopeta. Que encontró a dos personas que la estaban abriendo. Que una de ellas lo amagó con un arma. Que se asustó y disparó “al boleo”. Que tuvo miedo y huyó. El segundo testimonio fue el de “Monedita”, el pibe que iba con Juan José: Que Juan José “rateaba” por el sector, que lo invitó varias veces para ir a robar, que vio de lejos cómo Juan José intentó forzar la camioneta, que escuchó un grito y un disparo y él huyó. A Escovedo, Moyano no le creyó. Al amigo de Juan José le creyó, pero no le importó. El 17 de marzo procesó a Escovedo por “Homicidio simple, agravado por la comisión mediante el empleo de un arma de fuego”. No consideró que fuera en defensa propia. Juan José no estaba armado y cayó herido lejos de la camioneta. Es decir cuando estaba huyendo, por lo que ya no había nada que defender. Escovedo espera su juicio en una celda de Bouwer.

***

La “Pelu” abre la bolsa y desparrama sobre la mesa docenas de llaveros con la

Ésta es la parte difícil de estas notas. La parte a la que nunca me acostumbro.

cara sonriente de “Pocito”. Son los mismos que reparte en marchas y misas que

Eso de hablar con los familiares. Cuando no me quieren prender fuego me

promueve para pedir que se haga justicia por la muerte de su hijo. Ojos rojos y

reciben como salvador, como si uno pudiera hacer algo serio. Pero bueno, es

manos temblorosas, alterna un hablar atropellado con silencios largos. “Me lo

el oficio. Acá estamos hurgando en los recuerdos de la gente y escuchando

mataron y ahora me lo ensucian… por qué su amigo declaró que estaban

el dolor, las quejas, los pedidos de justicia que nunca llega porque aunque

robando en la camioneta si eso no es cierto. Él no estaba robando ni escapando

metan en cana al que mató al pibe van a sentir que no basta.

ni nada. Mi hijo es bueno, por ahí tiene algunos problemas como todos, pero

Además, siempre lo mismo. Todos son inocentes, nunca hicieron nada, todos

no necesita robar… si le damos todo. Pero su amigo miente para limpiarse él

son víctimas, y más si están muertos. No le erraba Borges cuando decía que

porque él sí parece que anduvo tratando de abrirle la camioneta al hombre.

nada como la muerte para mejorar a la gente. Pero tiene razón.

Mi hijo sólo había ido al quiosco que está al lado de la casa y es ahí cuando

Escuchándola tiene razón. Escuchándolos a todos, todos tienen razón. A esta

me lo matan por la espalda, él ni estaba corriendo ni escapando. Si cuando lo

mujer le mataron el hijo. Son 15 años de abrazarlo, cuidarlo, verlo crecer y de

encontré tirado tenía las manos en los bolsillos. ¿Usted cree que alguien anda

un momento para otro se queda sin nada. Y yo acá tratando de saber si estaba

robando o escapando con las manos en los bolsillos? ¿Cómo se corre con las

choreando o no. ¿Importa si sí o si no? De todas maneras, en Argentina no

manos en los bolsillos?”.

hay pena de muerte para el robo de estéreos. Excepto en Villa Páez.

***

“Pelusa” habla y sus palabras van desde la negación y el dolor hasta el enojo y el desconsuelo para terminar en la desesperanza. Negación: “Juan es un buen chico, siempre sonriente, es la alegría de mi vida”. Dolor: “Me lo mataron como a un animal, con una escopeta y lo dejaron tirado en la noche, desangrándose, sufriendo…”. Enojo: “Esto no va a quedar así. Ese hijo de puta no puede volver a la calle. ¿Por qué va a seguir él vivo si mató a mi hijo? Eso no va a pasar…” Desconsuelo: “Qué voy a hacer, qué me queda, acabó con mi familia, acabó con mi vida, ya no hay nada”. Desesperanza: (habla Mercedes, una hermana de “Pelusa”) “La ‘Pelu’ tiene cáncer de mama, ya le sacaron un pecho y estaba bajo tratamiento, pero desde esa noche dejó de atenderse, ya no se hace ni la quimio, sólo llora y fuma… y cada vez se pone peor…”.

***

(Perfil de Jorge Escovedo, según los datos aportados por su hermano Miguel, quien se hizo cargo del sostenimiento de su familia mientras sigue detenido en Bouwer). Jorge (37) está casado por iglesia con Blanca y tiene cuatro hijos de 16, 10, 8 y 2 años. Habitualmente se dedicó a la construcción y cuando ocurrió el homicidio estaba trabajando en una empresa de perforaciones. Es reconocido como hombre corto de genio y de armas tomar. Llegó a Villa Páez un año antes del hecho procedente de Villa Urquiza, donde baleó a un hombre por defender a un vecino. Por ese caso no fue procesado. En su año en Villa Páez ya le habían querido robar cuatro veces. La quinta fue la última.

—En el barrio veían a su hermano como un tipo pesado…
—No es cierto. Mi hermano no andaba de joda como la mayoría en ése barrio. Él laburaba y no le alcanzaba. A esa casa se la alquilé yo y la pagaba yo. Incluso un par de meses antes había decidido buscarle otra en Alberdi porque no nos gustaba el barrio.
—¿Cómo interpreta lo que pasó esa noche?
—Él no salió a matar, porque si lo hubiera hecho hubiera salido a la calle, y no disparado desde dentro de la casa. Además, hubiera bajado a los dos pendejos y no a uno.
—¿Y lo que pasó después?
—La gente del barrio atacó la casa de mi hermano porque son todos delincuentes. Se protegen entre ellos, si te metés con uno saltan todos.

***

El policía recorre la calle como para imponer su presencia, pero lo que se impone a final de cuentas es la ausencia. Los pibes que están en la calle lo ven venir y se meten en las casas, y los que están en las casas cierran las ventanas. Con su paso azul y pesado vuelve a la camioneta. “¿Ves lo que digo? No quieren ni que nos metamos en el barrio. Acá ninguno es buenito. Después se andan matando y se arma el quilombo y nos echan la culpa de por qué no estamos. Por eso te digo que son broncas de ellos y al final se matan entre ellos”. En parte tiene razón. Sí se matan entre ellos. Pero no entre malos y malos. Tampoco entre malos y peores. Sino entre pobres y más pobres.

Piensa el presente guárdame para
mañana mañana mañana mañana
(César Vallejo, Trilce)

La mujer de rulos revueltos y piel chocolate hace a un costado la olla con churros azucarados y dice mirá, mirá lo que tengo que estudiar, lo mío parece la pesadilla de cualquier adolescente.

La noche de domingo es helada y amenaza con tragarse al mundo. Villa Dolores impresiona por su silencio.

Sólo su voz continúa y sí, efectivamente, lo suyo parece repelente para todo joven que se precie de ser un clásico alumno de secundario:

―La diferencia entre química y biología molecular es que la primera estudia la composición de los elementos. Los siete períodos de la tabla periódica, las propiedades físicas de los lantánidos y actínidos y los grupos atómicos. Te juro que es tan complicado que me hace llorar. En el primer examen me saqué un 3 y en el segundo, cuando me propuse disfrutar la materia, un 8. Igual, sería aburrido que todo saliera siempre bien, ¿no? Como en la vida, el estudio debe llevar algún riesgo y reprobar algo nos enseña mucho para el siguiente paso.

Explica, y coloca sobre la mesa la tabla periódica diseñada por Alfred Werner. Allá, por alguna parte vecina, un hombre se encabrona porque River Plate no puede con Olimpo.

―La segunda me gusta más. Mucho más. La biología molecular sos vos, soy yo. Es la estructura del ADN, la que analiza la composición de la vida. Todo el sistema molecular es complejo, los nucleótidos, las proteínas estructurales, el tejido vegetal y el reino animal… Qué se yo, ¡me encanta! Es el estudio del origen de cada partícula de vida.

Eli sonríe al mirar un dibujo mocho de un combinado de ADN que, con menos carácter que descaro, el oyente acaba de improvisar en su libreta.

―Te faltaron algunas líneas, quedó medio torcido ese ADN. Deberías meterte conmigo en el profesorado de Biología, vas a ver cómo te acostumbrás rápido a estos contenidos… ¡ja!

Este monólogo es el hoy de María Elizabeth Díaz. Sus 24 años. En instantes ella mirará el celular y dirá uy, se me hace tarde y tengo que cocinarles las milanesas a mis hermanos. Pero antes se acomoda en la silla y vuelve sobre los caminos más largos y complejos de su vida. Como los compuestos de la biología molecular.

―Es que es así. Quizá para otros sea mejor un camino alternativo, pero no para mí. No, a mí dejame con mi tendencia a elegir el camino más largo, ése en el que trato de entender la diferencia entre célula estructural, funcional y de origen. Por eso me metí en el profesorado de Biología, porque es una manera de demostrarme a mí misma que sí puedo. Imaginate lo que me costó llegar hasta acá. Cuando estaba en el primario, ni se me pasaba por la cabeza la posibilidad de hacer el secundario. Y cuando llegué al secundario, no pude disfrutar nada porque el tipo ése me abusaba todo el tiempo. Y acá me ves, hoy, yendo cuesta arriba con la biología pero feliz con el esfuerzo. De a poquito me voy haciendo.

Cuenta, y después mira el celular: Uy, se me hace tarde y tengo que cocinarles las milanesas a mis hermanos.

***

Causa “D/5/06”, caratulada “Díaz, María Elizabeth p.s.a de homicidio agravado por el vínculo”, a quien se le atribuye la comisión del siguiente hecho: el día ocho de febrero de dos mil seis, en hora que no se ha podido determinar con exactitud, pero que sería con anterioridad a las dieciocho horas, en el domicilio propiedad de la Sra. Cristina Romero, ubicado en calle Pública S/N, frente a la Plaza Principal de la localidad de San Javier, Departamento homónimo, Provincia de Córdoba, en circunstancias que la imputada Elizabeth Díaz, de dieciocho años de edad y embarazada, se encontraba en el interior del baño de la vivienda ut-supra mencionada, habría comenzado con trabajo de parto normal, dando a luz a un bebé con vida, nacido en término, de sexo femenino, cabellos negros, piel trigueña, de 3,250 kgrs., de 54 cms., para seguidamente darle muerte presumiblemente aplicándole varios golpes en la cabeza, no habiéndose podido determinar qué elemento habría utilizado o contra qué habría impactado la criatura recién nacida. Una vez fallecida su hija, la justiciable Díaz la habría colocado en una bolsa de material de nylon juntamente con una toalla verde y un buzo gris. Información que no figura en expediente y relevante para la causa: según relata Elizabeth, desde muy pequeña un allegado a la familia solicitaba su trabajo como empleada doméstica y abusaba sexualmente de ella sin llegar a tener acceso carnal, hasta la adolescencia. Ella manifiesta haber sentido mucho temor y generaba pensamientos o ideas fantasiosas de carácter mágico, como por ejemplo “ésta es la última vez, no ocurrirá más”.

Eso ya pasó. No se volverá sobre esta parte de la historia.

***

―Hablar sobre mi presente es contar cómo sigue mi vida, cómo he aprendido a crecer y a llevarme mejor conmigo misma. A entender por qué me pasó lo que me pasó. Que todo lo que hago es con el corazón y con mucho esfuerzo. Que la dignidad es sentir que soy servicial y que los demás también me lo hagan sentir. Tengo muchas responsabilidades y a veces pienso que me gustaría ser libre y no estar a cargo de nada, no hacer nada. Pero luego me doy cuenta de que es importante ocuparse y estar para alguien. Yo hago muchas cosas de gente grande, como cuidar a mis dos hermanos menores para que no dejen la escuela y no se repita mi historia con ellos. Hace un tiempo, mi hermanita me dijo “si no me hubieras llevado a vivir con vos, hubiera reprobado todas las materias”. Y ahora es re buena alumna. Veo lo que hago y no me arrepiento de ayudar a la estimulación y desarrollo de sus capacidades, como hago también con mi sobrinita. Lo que ocurre, ocurre por una razón. Yo no puedo mirar todo el tiempo hacia atrás y vivir con rencor contra el tipo que me hizo eso. El rencor te consume y te mata, y yo quiero vivir. Trabajo duro para hacer las cosas bien, y si de a poco lo logro es por el enorme esfuerzo de tanta gente que me rodea y me da tanto amor. Cuando yo estaba en el juicio, pensaba que merecía ser condenada y me culpaba a mí misma porque me habían absuelto. Pero ahora entendí que la crueldad que hubo conmigo no fue algo natural ni inocente. A veces, ser ignorante es sano, aunque eso también trae mucho sufrimiento. Te digo estas cosas para que veas que no es fácil hablar con alguien que fue víctima de abusos porque tocás su parte más sensible. Por eso la corté con dar notas, porque quiero preservar mi intimidad. Los periodistas me revuelven el estómago y la cabeza con sus preguntas y después se van, dejándome con una sensación de vacío. Como un hueco. No. No, no. Prefiero centrar mis energías en mi vida actual, me regocija mucho ver las cosas que con tanto empuje voy logrando.

Así es.

Eli se independizó.

Eli consiguió trabajo en una casa de familia.

Eli comenzó el profesorado de Biología.

Eli llevó a sus dos hermanos menores a vivir bajo su cuidado.

Eli está gestionando la posibilidad de tener una vivienda propia.

Eli no quería que se escribiera este texto.

Después, ya anulada la posibilidad de la crónica, cedió detalles de la infancia con sus padres en San Javier. Nada de ello se publicará. Es más: hasta acá, todo este relato jamás hubiese existido.

***

En comparación con otros departamentos, San Javier no es sencillo ni pudiente, pero es más sencillo que pudiente. Según el Censo Provincial de 2008, sus 51.692 habitantes (31.481 en Villa Dolores) se reparten en un promedio de 15.008 hogares; es decir, en razón de casi cuatro personas por vivienda, una de ellas menor de 14 años. De ese total, 1.660 hogares (5.644 personas) tienen problemas de hacinamiento y condiciones sanitarias paupérrimas; 592 casas no tienen siquiera baño; 871 tienen pisos de tierra; 883 techos de metal, plástico o cartón y 450 de caña, paja sola o paja con barro. El 47, 9 por ciento de la población del departamento no tiene cobertura de salud (11.380 hombres y 13.385 mujeres), y el 17 por ciento de ese total comprende a 4.393 niños y adolescentes de hasta 14 años.

“La ciudad de Villa Dolores fue fundada el 21 de abril de 1853 por un decreto del gobernador Alejo Carmen Guzmán. En aquella época, el Valle de San Javier era un sector alejado del mundo civilizado por las grandes sierras que lo dividían de la Capital y para llegar a Córdoba se necesitaban tres días de viaje en mula. La Capilla Nuestra Señora de los Dolores dio el nombre a la localidad que, a partir del año 1905, acentuó su desarrollo gracias a la llegada del ferrocarril ‘Buenos Aires al Pacífico’ que, en 1946, pasó a denominarse ‘Ferrocarril San Martín’” (Historia de la Fundación de Villa Dolores difundida por su propia Municipalidad).

El municipio de San Javier y Yacanto fue el elegido por las comunidades británicas que a fines del siglo XIX llegaron a Traslasierra para aceitar el negocio del ferrocarril. Cuando los rieles se oxidaron, San Javier quedó a merced de la historia que lo convertiría en un lugar pintoresco para los turistas que deambulan por la plaza principal, pero también en zona de subsistencia para los 1.635 lugareños que viven en los alrededores del municipio y no tienen tiempo para pensar en cosas pintorescas.

María Elizabeth pertenece al segundo grupo.

***

Pese a ser mitad de semana, la Terminal de Ómnibus es un hervidero que parece desesperado por llegar a cualquier parte. Por las ventanas de un bar de paso invade un sol potente, soberbio.

María Esperanza grita ¡míaaaa!, arrebata una galleta de coco y corretea alrededor de la mesa. Tiene 2 años, la altura de una niña de 2 años, las manitos y mofletes de una niña de 2 años y una mirada acuosa de ésas que obligan a detenerse en cada quiosco para comprarle todos los caramelos posibles. Aunque ella insista con los de menta y los escupa a las dos masticadas. Sí, déme de ésos también. Es inquieta, campechana.

Para desgracia de su inquietud, tiene los piecitos planos y está bajo tratamiento en el Hospital de Niños. A su tía Eli eso se le traduce en un esfuerzo telefónico que suele extenderse horas hasta que consigue un turno médico y también le significa sacrificar los miércoles por la tarde, único día de la semana en que no cursa el profesorado, y los jueves por la mañana, único día en que no trabaja, para traer a su sobrina carirredonda a Córdoba.

―Darles amor a los niños es algo que sirve para curar heridas.

Sonríe, y luego cuenta que cambió de opinión.

―Cambié de opinión. Está todo bien si querés armar algo sobre mi presente. De todas maneras, tenés que saber que lo poquito o mucho que voy reconstruyendo mi vida se debe al acompañamiento de tantas personas que me cuidan y son mi sostén. ¡Muchas, muchas! Estaría bueno si hablás también con alguna de ellas y ves a lo que me refiero.

El sol está tan insoportable como tentador.

―Qué hermosa mañana. ¿Me acompañás al Parque Sarmiento? Todavía faltan dos horas para que volvamos a Dolores y quiero llevar a mi sobrinita a que corra tranquila y vea los patos.

***

―Mary, acá te busca Mauro Viale.
―¿Quién?
―….. Mauro Viale, ese chimentero de Buenos Aires. ¿Cómo no lo conocés? Es un tipo que… bah, dejá, no importa. Acá hay un periodista de Córdoba que quiere hablar con vos.

Hace 16 años, María Luque y Patricio Pereyra abandonaron la sobriedad racional de Alemania para criar a sus hijos en Barranca de los Loros, un monte con camino de tierra y árboles agrestes que une Villa Las Rosas y San Javier. Quien se detenga allí no hará más que sentirse una ficción al pie de las Altas Cumbres.

Él descubrió su profesión como artesano y ella comenzó a dar clases de Historia y Lengua en la escuela secundaria de San Javier. Fue allí que tuvo como alumna a una joven “muy tímida, que hablaba con la cabeza baja y se sentaba sola en el aula”.

Durante el juicio, cuando Eli se animó a confesar que el bebé había sido el resultado de nueve años de abusos, Mary y otras docentes generaron una movida de trascendencia nacional para exigir la absolución de la imputada y posteriormente crearon la ONG “Argana” (Asociación Civil por el Fortalecimiento de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes), que promueve discusiones desde una perspectiva de género vinculadas con violencia familiar, noviazgos violentos, construcción de estereotipos y sexualidad.

Pero antes de seguir con “Argana”, Mary pide contar una anécdota que sintetiza a la Eli que fue y la conecta con la que es:

―Escuchá lo que te voy a contar. Antes del juicio, Eli pasó nueve meses presa en Bouwer. En San Javier se sabía que ella había matado a su bebé, pero nadie tenía idea de que había sido víctima toda su infancia y toda su adolescencia de ese patrón de estancia. ¡Mirá, mejor ni lo nombremos! Bueno, la cuestión es que con Inés, otra docente, fuimos a visitarla un domingo y Eli, al vernos llegar, nos dio un abrazo interminable. Nunca nadie me había abrazado así, de una manera tan sentida. Fue la primera vez que sentí su cercanía. Le preguntamos cómo estaba y nos dijo bien, estoy bien y muy tranquila porque es la primera vez que tengo una cama para mí sola, un baño para mí sola y porque me siento protegida. ¿Te das cuenta de lo que te digo? Ella se sintió libre recién en la cárcel. Vaya paradoja. La víctima presa y el abusador, suelto.

En poco tiempo, “Argana” elaboró estrategias de contención de jóvenes del municipio, conectó a mujeres en situación de violencia de género con el equipo del Consejo Provincial de la Mujer que funciona en el Hospital de Villa Dolores y llevó a cabo actividades culturales para niños y adolescentes como talleres de arte en la escuela secundaria y un encuentro de músicos. Fruto de la capacitación se publicó el cuadernillo El abuso duele. Programa Elizabeth, un antes y un después, en el que se leen cosas como la siguiente:

En todas las comunidades hay problemas, lo más importante es saber que se puede hacer algo con los problemas: encararlos, buscarles diferentes salidas. Y además, algo muy importante es no dejar de soñar. Los jóvenes y las jóvenes de esta zona tienen sueños e imaginan un mundo mejor. Estos son sus deseos:

Que en el pueblo haya un lugar donde divertirse y no tener que ir a otros lugares.

Que se pueda hacer un hospital así concurrimos todos.

Que haya más habitantes.

Que no haya violaciones y haya paz.

Que haya una plaza más grande.

Que venga un psicólogo a la escuela para que expresemos nuestros problemas.

Que se acabe la violencia familiar y haya más compañerismo.

Que seamos escuchados, no sentirnos solos y desprotegidos.

Que haya una radio hecha por nosotros, para jóvenes y adolescentes.

Y tantos otros “que” representativos del fortalecimiento de sus derechos.

Mary se entusiasma al contar detalles del trabajo colectivo post-Eli, pero no puede descuidarse de la cocción de las verduras porque de un momento a otro llegarán sus hijos a almorzar.

―¿Te quedás a comer con nosotros? Tomá nota: la Eli de hoy es la que realmente está libre. La Eli que se permite el contacto. La que cumple un rol de hermana-mamá con sus hermanos menores. La que habla de que alguna vez le gustaría casarse y tener hijos. Poné que fue la humanidad de los jurados populares lo que le permitió vivir. Y subrayá humanidad.

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Mario Morán es el presidente de la Cámara del Crimen de Villa Dolores. Es, por ende, quien juzgó a María Elizabeth Díaz y quien tuteló la discusión en la que seis jurados populares ganaron la absolución de la acusada contra el voto de cuatro. No es la intención de esta crónica meterse en tanto concepto judicial, por lo que solamente se citará el fragmento en que Morán habló sobre la disputa sensitiva del caso. Fue la parte en que dijo:

―Más vale que hubo una diferencia entre los jurados técnicos (nosotros) y los populares. Nosotros tenemos una mirada jurídica; el jurado popular, emocional. Seguramente en este caso hubo quienes estuvieron influenciados por una cuestión de maternidad y sexualidad. Y qué querés que te diga, yo también quería que ella fuese absuelta. Esa chica merecía una oportunidad para salir adelante.

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La imagen que sigue es un mejunje de patos coloridos disputándose las tutucas que les arroja María Esperanza. El sol brilla con un empuje agotador. Dos gimnastas se detienen a mirar los patos y siguen corriendo. O mejor dicho: se detienen a mirar a la nena rodeada de patos hambrientos y siguen corriendo.

―¡Ay, este pato me picoteó! María, tratá de tirar las tutucas más lejos. A ver, yo te ayudo…. Con la manito así, ¿ves?

Segundos después, la bolsa está vacía y los patos se alejan decepcionados. Eli mira los árboles, me pregunta a qué se dedican mis papás, si me gusta lo que hago, en qué facultad estudié.

―A mí me gusta el profesorado, pero con tantas cosas encima se me hace muy cansador. Son siete instancias evaluativas y sólo se pueden recuperar dos, así que en cuanto tengo un tiempito me meto de cabeza en el estudio. Pasa que trabajo a la mañana, curso a la tarde y estoy siempre pendiente de que mis hermanos coman, de que estudien, de que me alcance el sueldo a fin de mes. No es fácil llevar adelante un hogar sola. Por eso a veces trato de estudiar de noche, pero se me hacen las dos de la mañana y ya me tengo que levantar a las siete. Me acuesto un rato y… ¿Aquel edificio es Tribunales Federales? ¿Donde lo juzgaron a Menéndez?
―Sí.
―No se pueden creer las barbaridades que hicieron esos tipos. Esteee… te decía que me gustaría encontrar un trabajo relacionado a lo mío. Lo doméstico es muy demandante, hace ya muchos años que estoy en eso y quisiera hacer otra cosa. ¿Sabés qué me encantaría?
―¿Qué?
―Terminar el profesorado y dedicarme a la biología. Pero no ser docente, ser bióloga. Y me encantaría tener la posibilidad de vivir un tiempo en Córdoba y estudiar en la Universidad. Psicología, o kinesiología. Pero bueno, por ahora estoy concentrada en meterme en un plan de viviendas para tener mi propia casa en Dolores. Voy juntando plata para ver si llego. Este verano hice manualidades para vender en jardines infantiles, vos sabés, dinosaurios, muñecos, almohadones, mantitas, acolchaditos. Pude juntar algo que ojalá me sirva para entrar en ese plan. ¡Si dicen que son re lindas las casitas, todas de ladrillo! Así que veremos… Si no es este año, tengo esperanzas de que sea el próximo.
―Eli, ¿puedo leer el discurso que diste el día de tu recibida del secundario?
―Bueno. Lo busco en Dolores y te lo alcanzo. Ahhh, qué linda época. Todavía paso por el frente y me dan ganas de ir corriendo a sentarme en un aula. El secundario para adultos me dio mucho. Es más, creo que ahí fue donde verdaderamente empecé mi vida. ¡No sabés cómo llovió ese día! Estuve un rato largo en una peluquería y después el agua me desparramó todos los rulos. Me hubieras visto cuando pasé al frente a leer, ¡qué vergüenza! Estaba toda colorada.

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“… y recordando el primer día de clases, hace ya tres años, en un aula en la que los cajones de manzana se transformaban en provisorios bancos, y donde el espacio reducido nos obligaba a estar apretados, pero un aula donde hubo un lugar que nos sirvió para estar juntos, y en la que siempre estuvieron con nosotros grandes esperanzas que nos dieron la llave para ir abriendo las puertas que muchos de nosotros quizá ya habíamos cerrado. ¡Ha llegado el fin! El fin de una etapa. Y la suma de los miedos, dudas e inseguridades en que nos iniciamos se ha transformado en un manojo de alegría y felicidad que seguramente sabremos sobrellevar con valentía en una nueva etapa que comienza, con nuevos desafíos. Hoy nos vamos y no sólo nos llevamos un título de Bachiller, sino el de amigos, el de compañeros. A todos los abrazamos inundados de emoción y agradecimiento”.

Qué bueno que la esperanza es más viable que la química.