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La primera vez que vi actuar a Shirley Stonyrock fue en la boda de una amiga de mi esposa. Shirley Stonyrock es drag queen…

Era una fiesta de lujo. Quito: Hall del Museo del Agua. Trajes y vestidos de primera, elegantes manteles, una mesa repleta de bocaditos de sal, una mesa repleta de bocaditos de dulce, licores, una banda tocando toda la noche y esa vista iluminada de las iglesias del centro a través del enorme ventanal.

Shirley y dos colegas suyas irrumpieron casi a la medianoche en el escenario; con sus coloridos atuendos, con sus pelucas y maquillajes. Bailaron, gritaron, simularon que cantaban, no paraban de moverse. Hicieron su show por más de 20 minutos y vi todo tipo de reacciones. Los novios, encantados; muchos invitados se volcaron sobre el escenario para verlos como a estrellas de rock; otros, con recelo, comenzaron a alejarse; algunos no supieron ni cómo reaccionar.

Emilia y su esposo Marcelo quisieron sorprender a todos. No les dijeron ni a sus padres que esa noche, en lugar de la típica ‘hora loca’, habría un show drag. Él vivió en Barcelona y llegó fascinado por cómo allá era tan común ver drags; ella creció en Australia y este tema siempre la apasionó. “Queríamos darles un regalo, algo que nos representara –confiesa Emilia-. La mayoría de mis amigos dijeron que les encantó. Pero mi abuela materna me contó que muchos señores se quedaron pasmados y que algunos amigos de mi papá pusieron mala cara”…

Desde hace un par de años, unos 10 drag queens en el país han decidido abrir su horizonte y no solo hacer shows en discotecas o teatros, sino llevarlos también a fiestas privadas, desde cumpleaños hasta aniversarios. Shirley es una de ellas y cree que es un “acto de valentía”. Claro, una cosa es actuar en un sitio fijo, donde todo el mundo sabe a lo que va, y otra es enfrentarse a un público desconocido, que no los esperaba, y tener “la incertidumbre, el miedo de no saber cómo van a reaccionar”.

Ese matrimonio terminó con Shirley interpretando a Amy Winehouse y Emilia cantando junto a ella en medio de la algarabía del público. Shirley recuerda que le dedicó parte de su baile a un tipo de unos 30 años y que él se sintió incómodo, hasta el punto de echarse para atrás y lanzarle una mirada inquisidora. Pero que un hombre “bien puesto y elegante”, de unos 50 años, le coqueteó y le hizo “ojitos” en pleno show. Todo puede pasar.

El camerino

Mauricio Erazo es el hombre tras Shirley Stonyrock. “Es increíble cómo un solo rasgo puede cambiar tanto el rostro de una persona”…

…Habla Mauricio luego de delinear sobre su ojo derecho la perfecta ceja de Shirley. “Mira la diferencia”, me dice y se pone frente a mí para que compare ese ojo con el izquierdo, que aún no está maquillado.

Esa noche hará su show en una fiesta de cumpleaños. Han pasado siete meses desde la boda de Emilia. Es una casa de tres pisos; el último, donde normalmente funciona un taller de modas, ha sido convertido en discoteca.

Mauricio tiene 33 años, es pequeño, delgado, moreno; el pelo negro y lacio. Lleva Converse negros, jean desteñido, camiseta a rayas pegada al cuerpo y una bincha que forma una pequeña cola en su cabeza.

“El drag es la más completa rama del teatro –sonríe-. Hay actuación, fonomímica y danza”. Para él, esto no es un pasatiempo ni un trabajo, es su forma de vida. Está dedicado a eso todo el día, cada día. Cuando no está actuando, mira videos, crea coreografías, diseña vestuarios, aprende sobre maquillaje…

Por eso no ha parado de promocionarse en redes sociales, atender a cuanto medio de comunicación lo ha buscado. Y por eso ha decidido aceptar contratos para fiestas privadas. No le interesa esconderse, quiere que su arte sea visto por tanta gente como sea posible.

Cuando era niño siempre solía jugar a ser artista. Él y sus primos armaban escenarios imaginarios y cantaban, bailaban, actuaban como en las películas. El 29 de agosto del 2008, Mauricio se vistió por primera vez de Shirley Stonyrock. Era la semifinal del concurso ‘Queen of queens’ (Reina de reinas), al que se presentaban drags principiantes con el afán de demostrar que tenían ‘madera’. Ganó y ese fue el día en que su sueño comenzó a cristalizarse.

El improvisado camerino que le han dado esa noche es un diminuto cuarto, lleno de máquinas de coser, en el que han dejado una silla y una mesita sobre la que él tiene 11 brochas de diferentes tamaños y un sinfín de implementos de maquillaje: esponjas, bases, labiales, delineadores…

La transformación de Mauricio en Shirley tomará esa noche más de tres horas. Normalmente se demora dos, pero todo depende de la complejidad. Aquella vez en Halloween, cuando Shirley interpretó a ‘La payasa maldita’, tardó cinco horas en estar listo.

Siempre lleva un espejo de mano, pero también necesita uno grande, de pared. Lo primero es afeitarse. Luego se pone goma en barra sobre sus cejas y se echa polvo blanco. Parece que se las hubiese depilado por completo. “Las cejas son el marco del rostro, por eso son lo primero en desaparecer de la cara de Mauricio”.

Desaparecer… ¡Es literal! A medida que Shirley va asomando, Mauricio queda relegado hasta el punto en que se va. No es solo maquillaje. Cuando Mauricio creó el personaje, quiso que fuera todo lo opuesto a él. Él es introvertido, tranquilo, tímido, “un tipo común”. Ella es una rompecorazones: extrovertida, sociable, sensual, “una diva completa”.

Mientras se maquilla, Shirley comienza a expulsar a Mauricio de su cuerpo. Bebe una cerveza. Por su rostro han pasado cinco capas de base, una dosis de escarcha, sombras, rímel, rubor. La puerta del ‘camerino’ permanece cerrada. Afuera, los bits del reguetón suenan cada vez más fuertes, ahora ya no se escuchan las conversaciones de los invitados. Shirley comienza a moverse al ritmo de la música, con gestos fuertes, bate la cabeza de un lado a otro…

En una maleta negra, junto al vestido que usará esa noche, están las esponjas que Mauricio siempre lleva para vestir a Shirley. “Como te habrás dado cuenta, no tengo ni culo, ni tetas, ni caderas, así que me ayudo de las esponjas. Tengo que usar cuatro o cinco pares de medias nylon para ir armando todo”.

La relación de ambos es algo complicada. A veces Shirley aparece en escena como Shirley, pero otras veces interpreta a Amy Winehouse, a Selena, a Madona, a Tina Turner… Así ha recorrido muchas ciudades en Ecuador y en su rol como Lady Gaga fue a Colombia y a Argentina.

—Entonces, llega un momento en que tú vives tres personajes a la vez: Mauricio, Shirley y, digamos, Madona.
—Exactamente.
—Pero quien interpreta a Madona es Shirley, no Mauricio.
—Así es. Mauricio se queda en el camerino, él no sale a escena. Cuando salgo, cuando cruzo la puerta, soy Shirley, Mauricio se queda aquí.
—Es algo raro, porque a la final Mauricio termina siendo solamente el maquillista de Shirley.
—Yo prefiero verlo como un mánager. No solo hago el maquillaje, también diseño, creo la coreografía… Pero es verdad, Mauricio le tiene un poco de envidia a Shirley.
—¿Por qué?
—Precisamente por eso, porque quien sale al escenario es ella. Mauricio también actúa en otros teatros, canta; pero la fama, el reconocimiento, los tiene Shirley. Es como si el sueño de él lo estuviera viviendo realmente ella. Muy poquita gente me dice Mauricio. Voy a una discoteca: Shirley por aquí, Shirley por acá. Alguien llegó a decirme: ‘¿Por qué no vienes siempre como Shirley? Ella cae mejor que tú’. ¡¡¡Imagínate!!! Esa perra quiere quitarme hasta a mis amigos.

(Da los últimos toques al maquillaje de ella y, cuando dice esta frase, se ríe estrepitosamente y se lleva una mano a la boca).

A pesar de todo, Mauricio quiere profundamente a Shirley. Cada 28 de agosto le celebra su cumpleaños; hay fiesta, pastel y baile. Este año cumplirá ocho. Mauricio es Cáncer, Shirley es Leo.

Pasadas las once de la noche, él ha desaparecido. Ella se mira al espejo. Se admira. Antes de salir al escenario, pide un vodka tonic y una maciza mancha de labial queda impregnada en el vaso.

El otro show

Shirley Stonyrock está parada de espaldas al público. La mano izquierda en la cintura y la derecha estirada señalando al techo. Un reflector ilumina su silueta y proyecta la sombra en la pared. Su vestido es largo, amarillo y lleno de caritas de Bob Esponja. Usa tacones dorados de 12 centímetros de alto, collar, pulseras y una peluca afro exageradamente grande.

La gente la mira expectante… El Dj entiende su señal y comienza a sonar ‘I’m so excited’, de los Pointers. Ella suelta un grito y comienza a bailar. La escena parece incluso la de un show de Broadway.

Hay varias formas de hacer drag: ‘queen’, cuando un hombre interpreta a una mujer; ‘king’, cuando una mujer actúa de hombre; ‘glam’, cuando un drag queen personifica a una diva; ‘animal’, cuando se caracteriza a un animal; ‘monster’, cuando se interpreta a un ente, una creación de terror; ‘fishy queen’, cuando un hombre se vuelve una mujer con actitud cómica; ‘faux’, cuando una mujer hace de drag queen…

Shirley es completamente ‘glam’. Domina los altísimos tacones como muchas mujeres no logran hacerlo, sus movimientos son delicados, estilizados. Mauricio tiene frenillo y durante mucho tiempo por eso le hicieron bullying, pero ella ha sabido sacar partido de esa dificultad para pronunciar la letra ‘r’ y muchos han llegado a decirle que es una diva parisina llegada a Ecuador…

… A los ocho años, el padre de Mauricio salió de la cárcel y le confesó que no era su padre. Y ese día le cambió la vida. “Hay una historia que me han contado los que yo pensaba que eran mi familia. Pero realmente no sé qué de todo eso es cierto”.

De lo que le han dicho, su madre era una joven colombiana que llegó al país luego de ser violada por un primo. Comenzó a trabajar como empleada, no quería tener al bebé y se enamoró del hijo de sus jefes. Tuvo al bebé y se regresó a Colombia, dejándolo como regalo a sus patrones, que terminaron criando a Mauricio como sus abuelos. Al poco tiempo (no quiere contar por qué), el joven de esa casa, o sea, quien decía que era su padre, fue a parar a prisión.

Luego de ocho años llegó, le contó esta historia y lo obligó a vivir con él. “Me vio desde el principio más como un empleado que como un hijo. Me sacó de la escuela. Me golpeaba. ¿Ves esta cicatriz? (me enseña la cabeza). Fue por un palazo que me dio solo porque me olvidé de sacar los papeles higiénicos del baño. Nunca hubo abuso sexual. Todo eso fue un shock y marcó definitivamente lo que es mi vida, para bien o para mal. ¡Para bien, creo yo!”…

Cundo habla sobre esta parte de su historia, es el único momento en que se le borra la sonrisa. Habla despacio, bajito. A ratos hasta parece que se le quiebra la voz.

A los 12 años se escapó de la casa de su padre: “Es la mejor decisión que he tomado en la vida. Yo no practico ninguna religión, pero ahí es cuando digo que Dios existe. Me encontré con gente muy buena, alguien que me dio posada, alguien que me dio mi primer trabajo como lavaplatos, gente que me cuidó. Volví a la escuela, me gradué; fui al colegio, me gradué”.

Desde pequeño, Mauricio se sentía “diferente”, pero recién a los 20 años reconoció abiertamente que es homosexual. Antes había tenido unas cuatro novias y pasó, “como todos”, por una etapa de negación en la que no quiso admitir que le gustaban los hombres. Repite varias veces, como tratando de que no queden dudas, que ser drag no tiene nada que ver con el género, que cualquier heterosexual puede practicar este arte. Pero también reconoce que en Ecuador la mayoría de drag queens son homosexuales. “Si conozco dos o tres heterosexuales, sería bastante”.

—¿Por qué?
—Por lo mismo por lo que todavía no se masifica esto de llevar los shows a las fiestas privadas, porque aún están presentes los estereotipos. Hay gente que cree incluso que todos nosotros somos transexuales, que nuestro sueño es convertirnos en mujeres, pero no necesariamente es así. Algunos han usado este arte como trampolín para eso, pero la gran mayoría somos gays. Yo soy un hombre al que le gustan los hombres y moriré siendo un hombre al que le gustan los hombres.
—De lo que conoces, ¿cómo es en otros países?
—Hay muchos países en donde la mayoría de los drag queens son heterosexuales.

Eso de que un hombre le coquetee no es tan raro. Pero tampoco lo es que alguien se le quede viendo mal. Pero eso le anima. “El drag es para trasgredir, para romper estereotipos. Es para incomodar. Si veo que alguien se incomoda con mi show, me da más ganas de seguirle, de dedicarle mi baile”.

Hay muchas anécdotas. Hace poco llamaron a Mauricio de parte de un alto funcionario de un ministerio pidiéndole un ‘servicio’ y confundiendo a Shirley con una prostituta transgénero. Él les dijo que se informaran bien, les explicó lo que hacía y colgó.

Su presentación termina con la canción ‘Reach out’, de Gloria Gaynor. Abraza al cumpleañero y se pone a bailar junto a los invitados. No acostumbra a quitarse su vestuario enseguida. “¿Te imaginas maquillarse durante tres horas para que solo te dure 20 minutos? ¡No! Yo siempre me quedó un rato con el traje para disfrutar de la fiesta”.

Su casa

En la pared del fondo están pegadas las fotografías de las actrices Marilyn Monroe, Audrey Hepburn, Greta Garbo y un disco de vinilo. Junto a ellas está ‘Rupaul’, el drag queen más famoso de Estados Unidos y probablemente del mundo. Un tipo tan bien maquillado que realmente parece mujer y se ha convertido en el referente de Shirley Stonyrock.

La casa que, literalmente, comparten Shirley y Mauricio, es un lugar pequeñito pero acogedor. Lo escribo en ese orden: ‘Shirley y Mauricio’, porque en verdad la casa le pertenece mucho más a ella que a él. Tras la puerta, lo primero es una cocina de dos metros cuadrados con un diminuto mesón y el lavaplatos que en la mañana de ese martes luce atiborrado de trastes sucios.

Luego viene el dormitorio-sala-comedor. La cama y su espaldar lleno de pilas de videos y películas musicales, la mayoría con temática drag. Frente a la cama un televisor y algunos libros tirados. El escritorio, con una computadora personal y una pequeña mesita que funge de comedor. Las paredes llenas de cuadros de Shirley, imágenes que han hecho varios fotógrafos famosos. No hay ni una sola foto de Mauricio.

La diferencia más grande se ve en los vestidores. La ropa de Mauricio está en un clóset de menos de un metro, oscuro y escondido junto a la puerta del baño. La de Shirley ocupa tres de las cuatro paredes de un espacio más grande que todo el resto de la casa. Es su camerino. Un espejo enorme, una peinadora, piso de baldosa y sus 200 trajes, sus 30 pelucas y sus 24 pares de zapatos.

Cada vez que Mauricio habla sobre su trabajo, su rostro se enciende. Es como el rostro de un niño presumiendo su juguete nuevo en Navidad. En su escritorio guarda una carpeta bastante gorda con todos los recortes de periódicos y revistas en los que se ha publicado sobre Shirley. “Si me ofrecieran otro trabajo diciéndome que me van a pagar más, pero haciendo otra cosa, no lo aceptaría”. En promedio, logra reunir un salario básico al mes; a veces más, a veces menos. Y recuerda su sueño de niño: ser artista, bailar, actuar. “Estoy cumpliendo mi sueño, estoy haciendo lo que quería. Soy completamente feliz”.

Hay que comprender eso para saber por qué estos hombres decidieron llevar su arte un paso más allá. Daniel Moreno interpreta a la mítica Sarahí Basso y es uno de los maestros de Mauricio. Ambos ven este oficio igual, a tiempo completo. “El trabajo escénico del drag es un espectáculo cabaret, es como una revista musical para entretener al público, pero no solo a uno en específico, nosotros nos hacemos al público. Yo he tenido que ir a desfiles de modas, despedidas de solteros, matrimonios. Una vez tuvimos que interpretar un bolero que era el preferido de dos viejitos que celebraban su aniversario y pidieron un show nuestro como regalo”.

—¿Te puedo citar?
—Claro, no hay problema.
—¿Cómo te cito?
—Daniel Moreno, quien interpreta a Sarahí Basso. Es que estamos empeñados en que se reconozca nuestro nombre, porque a veces identifican solo al personaje.

(Esta lucha interna entre el personaje y el intérprete es común entre quienes han desarrollado este arte a ese nivel)

Ahora Mauricio está estudiando técnica vocal. Él canta, pero quiere que un día Shirley también lo haga en un show en lugar de recurrir a la fonomímica. Añora que todo el mundo lo conozca, presentarse en otros países, tener un programa de televisión, hacer un calendario tipo ‘la chica Pilsener’.

No tiene novio, pero quiere formar un hogar. Le gustaría adoptar. Le recuerdo que no podría hacerlo en este país. “Bueno, lo que tenga que ser, que sea, he decidido no forzar las cosas”.

La franja traslúcida que hay en el techo del camerino de su casa le da al sitio una iluminación muy cálida. “Fue hecha especialmente para mí”, me dice, mientras recoge una de sus pelucas del piso.

(…) “Y a todas estas, ¿qué tengo que hacer para ser portada de SoHo? De tanto que hemos hablado, ya me veo yo en esa portada”. Suelta la más grande carcajada. Así es Shirley Stonyrock.

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En la estantería metálica hay un cuadro de Jesucristo, otro de la Virgen y varias figuritas de santos católicos. Junto a todos ellos, en la pared, un póster del Che Guevara: fondo rojo, silueta en negro, una estrella en la boina.

Édison Cosíos siempre fue un joven revolucionario. O así lo recuerda Vilma Pineda, su mamá… El 15 de septiembre del 2011, a las cinco y cuarto de la tarde, ella recibió la noticia más dura de su vida: su hijo tenía 17 años de edad y un policía le disparó una bomba lacrimógena directamente a la cabeza, mientras el muchacho participaba en una manifestación en contra del Gobierno de Rafael Correa.

Durante los siguientes seis meses, ella literalmente vivió en dos hospitales, el uno público y el otro privado. El diagnóstico final de los médicos fue devastador: ‘Estado vegetativo permanente’. Cuando ella decidió llevarse a su hijo, unos doctores le dijeron que no llegaría vivo ni a su casa. Otros, que viviría a lo mucho unos cuantos días más.

Han pasado tres años y medio y no solo que no ha muerto sino que Édison Cosíos ya ni siquiera pasa todo el tiempo acostado en su cama. Cuando entro en su habitación, pintada de un intenso azul pastel, él está en una silla especial, sentado junto a la ventana, recibiendo directamente el sol profundo del mediodía. Una especie de gorra de baño blanca cubre su cráneo, pero no logra disimular la hendidura provocada por el impacto de la bomba. Parece dormido.

“‘Edy, aquí está Alexis, él es periodista y quiere escribir sobre ti. Salúdale”. Sin la ayuda de nadie, el muchacho levanta la mano derecha y la extiende. Estiro la mía y él la aprieta con fuerza. “Hola, Édison. ¿Cómo estás?”, pregunto. Él hace puño la misma mano y levanta el dedo pulgar… Alcanzo a ver un escudo de la Liga de Quito. “¿Eres liguista? Yo soy barcelonista”. Habla su mamá: “Édison, ¿qué les haces a los barcelonistas?”. Y él levanta el dedo medio para hacerme la ‘mala seña’… Sonríe.

Sobre su cama está un letrero con su nombre en letras doradas y mayúsculas: ÉDISON COSÍOS. Abajo, un enorme cartelón lleno de fotos: con su familia, con sus amigos, con alguna novia… Ahí se ve a un joven blanco, delgado, sonreído, que dista mucho del hombre casi inmóvil y callado que está en la habitación. Junto al cartelón, muchos globos que han ido dejando las personas que lo visitan. El más grande tiene forma de corazón y la leyenda: “Quiero que mi cariño te acompañe por siempre”.

***

Al joven Cosíos la política le interesó desde pequeño pero nunca fue afín a ningún partido. En el Colegio Mejía formó el Movimiento Combatiente Alfarista y la primera vez que se postuló a la Presidencia del Consejo Estudiantil obtuvo muy pocos votos. Eso lo sabe bien Carlos Collaguazo, quien su compañero y lo define como su líder. “En el Colegio debíamos tener plata para hacer campaña, o vincularnos con algún partido. Y nosotros ni teníamos plata ni queríamos unirnos a nadie”.

Collaguazo estudia ahora Ciencias Políticas en la Universidad Central. Reconoce que Cosíos tenía “el don de la palabra”. “Podía convencernos de hacer algo solo con hablar. Hacía amigos con mucha facilidad, siempre estaba alegre. A veces, cuando alguien tenía que irse temprano, él le convencía para que se quedara en las discusiones de política o preparando las campañas”.

Por esos días, el Gobierno promulgaba el Bachillerato Unificado, que eliminaba las especializaciones en los colegios y definía que todos los estudiantes recibirían el mismo título. Con eso Cosíos nunca estuvo de acuerdo.

Los alumnos del Mejía habían decidido salir a protestar, pero el Movimiento Combatiente Alfarista, al que identificaban como MCA, decidió que no iría porque justo en ese momento estaban buscando apoyo para la segunda campaña de Cosíos rumbo al Consejo Estudiantil.

Las manifestaciones fueron fuertes el martes 13 y el miércoles 14 de septiembre y todo hacía pensar que la cosa empeoraría el fatídico jueves 15.

El Colegio Mejía es una construcción antigua, gigante y de paredes blancas. Eran casi las cinco de la tarde y Édison Cosíos les dijo a sus compañeros que debía ir a encontrarse con su novia. Se despidió y se fue sin haber participado de las protestas. Pero justo cuando estaba por salir del colegio, alcanzó a ver cómo los policías comenzaron a meterse por la puerta principal para reprimir a los estudiantes. En ese momento, tomó la decisión más cara de su vida: regresó, cogió un escudo con las siglas MCA y dio la orden: “Vamos a defender a nuestro Colegio”. “Édison le tenía una especie de ‘pica’ al Gobierno”, confiesa Collaguazo.

Las normas de seguridad pública mandan que los policías deben disparar las bombas lacrimógenas hacia arriba en un ángulo de 45 grados para que si llegasen a caer sobre alguien, a lo mucho le rompan la cabeza. Pero Collaguazo asegura que esa tarde los policías irrumpieron disparando directamente a los cuerpos de los estudiantes. “Hubo muchos compañeros que se salvaron de milagro. Édison incluso tenía el escudo y se quiso proteger pero creo que la bomba llegó tan rápido que no le dio tiempo a nada, le pegó duro en la cabeza”.

Doña Vilma Pineda nunca olvidará el momento en que sonó el teléfono. Su esposo estaba del otro lado y le dijo: “Tienes que salirte de donde estés porque al Édison le han disparado”.

***

La casa de la familia Cosíos Pineda queda en el barrio La Argelia, en el sur de Quito. Un lugar enquistado en las montañas, lleno de calles empinadas, muchas de tierra, otras empedradas, pocas adoquinadas y una pavimentada. La de ellos es adoquinada. Por esos lares no se respira esmog.

Cuando decidieron que el joven regresaría al hogar, el Gobierno hizo algunas modificaciones en la vivienda. Para entrar, hay que cruzar una larga rampa de cemento. La puerta de calle es de metal azul. Esa, la puerta de ingreso a la sala y la del cuarto de Édison tienen más de dos metros de ancho. Las hicieron así para que las camillas y la propia cama del joven pudieran entrar y salir cada vez que fuera necesario. Lo primero que se ve es la sala, enseguida la habitación de Édison, luego el comedor, la cocina y el resto de cuartos asoman tras un largo corredor. El piso es de cerámica blanca.

La sala es un lugar pequeño pero acogedor. Dos sillones y una mesa de madera en la que están fotos de toda la familia. El ventanal muestra en el fondo a un pequeñito Panecillo.

Antes del accidente, Vilma Pineda era operaria en una fábrica de ropa. Pero desde ese momento, su vida y su único trabajo es cuidar a su hijo. Al día siguiente del bombazo, los doctores le dijeron que tenía muerte cerebral. Y, aunque enseguida cambiaron su diagnóstico a un coma profundo, ella tuvo que estar “pegada” a su hijo todo el tiempo.

Las primeras semanas estuvo en el hospital Eugenio Espejo. Luego fue trasladado al De los Valles, que es privado, pero la cuenta fue asumida por el Estado. “Llegó un momento en el Eugenio Espejo, en que los médicos ya me querían mandar a la casa. Parece que no querían que mi hijo muriera ahí. Nuestro caso se hizo público y toda la gente estaba pendiente. Creo que ellos preferían que se supiera que murió en la casa y no ahí”.

Durante los meses de hospital, Vilma Pineda tuvo que resignarse a leer de todo en redes sociales. Sus otros dos hijos le mostraban que muchas personas le decían que debía ‘desconectar’ a su hijo. Y ella cree que eso era una muestra de ignorancia porque su hijo nunca estuvo conectado a nada.

También tuvo que escuchar a una doctora cuando le dijo: “Déjelo ir”. Y ella hasta ahora no comprende por qué se lo dijo. “Había mucha gente hablando y opinando sobre nuestro caso. Cuando yo estaba en los hospitales, llegaron varias personas a decirme: ‘A mí me pasó lo mismo’, ‘mi hijo está igual’… A expresarme su solidaridad. Personas que yo no conocía y cuyas historias ha permanecido en secreto. Yo estoy segura de que si mi caso no se hubiera contando, no hubiera recibido nada de ayuda, ni del Gobierno ni de nadie. Por eso yo soy muy agradecida del periodismo. Creo que los medios de comunicación han sido mis aliados en esta dura lucha”.

La última vez que Vilma Pineda vio a su hijo consciente fue en la mañana de aquel 15 de septiembre que jamás olvidará. Su esposo, ella y Édison se sentaron a desayunar temprano. El joven no les habló de los preparativos para su campaña, ni de las protestas de sus compañeros, ni de su cita con su novia por la tarde. Hablaron “de temas normales, de cualquier cosa”.

Luego, ella y su hijo se fueron juntos en el bus que pasa por La Argelia y se despidieron en la avenida Napo. Allí ella se bajó, le dio, como todos los días, su bendición, le dejó un beso y le pidió que se cuidara y que volviera temprano a la casa.

***

Todo cambió hace casi un par de años. La habitación de Édison tiene unos doce metros cuadrados. Hay una televisión, un escritorio con varios frascos de cremas y medicamentos, un archivero, un sillón donde pasan las noches las enfermeras y un ‘sofá cama’ donde Vilma Pineda y su esposo duermen cada noche desde que regresaron a casa.

Aquella mañana, la enfermera de turno y Vilma arreglaban la habitación, ponían crema en la espalda del joven y bromeaban. No recuerda sobre qué, pero recuerda que bromeaban. Y, de repente, con uno de sus chistes, Édison sonrió.

Yo no lo podía creer. Grité, salté, pedí que le tomaran una foto, pero no alcanzamos. Nunca había hecho ningún movimiento. Me emocioné mucho, grité como loca”, recuerda la madre.

Esa noche, cuando sus otros hijos, ambos mayores que Édison, llegaron a la casa, ella le contó todo a su familia. Su hijo se acercó a Édison, le tomó la mano y le dijo: “Si me escuchas, guambra, me vas a hacer lo que siempre me hacías cuando jugábamos”. Y fue la primera vez que Édison levantó su dedo medio para hacer la ‘mala seña’.

Luego de eso vinieron muchas sonrisas más. Muchos gestos. Hubo más apretones de mano. Cada vez ellos le hablaban más. La madre les contaba esto a todos los médicos que mandaba el Ministerio de Salud. Ellos se limitaban a leer la historia clínica, anotaban algo, o parecía que anotaban algo, pero nunca dijeron nada.

Una vez un doctor “jovencito” llegó a la casa y, cuando Vilma Pineda salió de la habitación, aprovechó para preguntarle a la enfermera qué tan cierto era lo que decía. “Luego, la enfermera me lo contó. Como ellas han sido testigos de todo lo que ha pasado, cuando el médico le preguntó, ella contesto: ‘¿O sea que no nos cree?’. Luego le pidió a Édison que saludara al doctor. Y él lo saludó. Le pidió que le apretara la mano y el se la apretó… Ahí en el baño el doctor se daba contra la pared diciendo: ‘no es posible, no es posible’”.

Este joven doctor pidió ese día la visita de un neurólogo, un especialista que pudiera hacer una mejor valoración. Esa fue la mejor noticia que Vilma Pineda recibió en mucho tiempo. Se hizo ilusiones pero no pudo evitar también ponerse triste, porque comprendió que hasta ese momento nadie le había creído ni le habían tomado en serio. “Debían haber estado pensando que yo estaba loca, que veía lo que quería ver”.

Llegó entonces un médico de más experiencia, y más años, enviado desde el Estado. Pero cuando llegó, leyó la historia clínica y terminó con la ilusión en menos de un minuto y de la manera más brusca. “¿Para qué me manda a llamar, señora? –dijo-. Usted sabe que su hijo no se va a recuperar. Lo que está haciendo son cosas normales dentro de su condición”. Y eso fue todo.

Esa noche la madre de Édison sufrió. Se sintió devastada. Pero al siguiente día decidió que no se iba a dejar vencer. A él le encantaba la música de un grupo de cumbia que se llama La Vagancia. A través de una sicóloga, consiguió su contacto y logró que fueran a la casa, con todos sus instrumentos, y le dedicaran un concierto privado. “Ese día mi hijo se rió más que nunca. Fue increíble, parecía que quiso levantar los brazos para aplaudirlos”.

Daniel Hinojosa tiene 28 años y es vocalista de La Vagancia desde su inicio, hace ocho. Describe cómo Édison movía sus manos, sus brazos, gesticulaba, reía… “Fue uno de los momentos más emotivos y gratificantes que hemos tenido. Ese día teníamos un compromiso y llegamos tarde porque nos quedamos siquiera unas dos horas en la casa de Édison, con su familia, sus amigos”.

Desde esa tarde vinieron muchas mejoras. Cada vez más respuestas, más sonrisas, comenzó a abrir el ojo derecho hasta la mitad …

Un día, el presidente, Rafael Correa, hizo una visita sorpresa. Llegó con varios ministros. “La primera vez que el Presidente vio a mi hijo, vio prácticamente un esqueleto. –Explica Vilma- Lo primero que le sorprendió fue que encontró a un chico bien ‘papeado’, con un buen semblante. Pero se sorprendió todavía más cuando le dije a mi hijo. ‘Édison, aquí está el Presidente, salúdale’”.

El muchacho le saludó, se rió, y le respondió un par de preguntas con su mano. Correa le recriminó a su Ministra de Salud por qué no le había informado acerca de estos progresos. Ella le respondió que tampoco nadie le había dicho nada. El Presidente pidió que desde ese momento un “buen” especialista de un hospital privado lo atendiera.

Este nuevo médico sí se tomó el tiempo para verificar los progresos del joven y le dijo a la familia algo que volvería a cambiarles la vida: “Édison ya no está en estado vegetativo, ahora tiene un nivel de conciencia mínimo. Yo no les puedo garantizar que alguna vez se levante, pero evidentemente está mejorando”.

***

Édison Cosíos mide un metro ochenta de estatura y su peso de toda la vida bordeaba los 60 kilos. Pero cuando salió del Hospital de los Valles pesaba 25. En su celular, Vilma Pineda guarda fotos de ese momento. Imágenes en las que, en efecto, más parece que se ve un cadáver. La piel tan pegada al esqueleto que es como si no hubiera nada más en medio.

Ahora, ha vuelto a sus 60 kilos, tiene de nuevo su color de piel y si no fuera por la hendidura en el cráneo y un orificio en el cuello por el que logra respirar, podría parecer que solo está dormido.

En el último año han pasado muchas cosas. El nuevo médico comenzó a darle una medicación que estimula la actividad cerebral. El celular de Vilma Pineda es como una especie de testigo. Ahí hay fotos en las que Édison está comiendo un chupete o bebiendo una cerveza con su propia mano y sin la ayuda de nadie. Hay fotos de las celebraciones de sus dos últimos cumpleaños, la casa llena de amigos, de tíos, de primos. Y hay fotos de la primera salida que hizo la familia, como familia, en mucho tiempo. Tomaron a Édison, dejaron en la casa la silla especial de posturas, lo sentaron en el asiento trasero de su auto con el cinturón de seguridad y se fueron al Quinche.

Vilma Pineda sabe que esta ha sido la batalla más dura de su vida. Y ha decidido librarla en estas cuatro paredes. Ella es pequeña, delgada y de pelo corto. Habla pausado y tiene voz dulce. Ahora ya casi no llora. Cree que es verdad aquello de que las lágrimas se acaban. Que casi casi ha llorado todo lo que podía llorar.

Ya casi nunca sale de su casa, por no decir nunca sale de su casa. Su día empieza a las seis de la mañana. Entonces tiene que levantarse y, con la ayuda de la enfermera, hacerle a Édison los primeros ejercicios de rehabilitación física. Él come a través de una manguera, una especie de sonda que le llega directamente al estómago. Y debe hacerlo cada tres horas. Ella le prepara de todo, desde huevos para desayunar, hasta un corte de la mejor carne para almorzar, con frutas, legumbres. De todo, pero todo licuado. Cada comida es todo un proceso porque hay que dársela con el ritmo adecuado para que no le vaya a hacer vomitar.

Todos los días, Édison recibe de su madre un baño de esponja. Durante el día, siempre, vienen al menos cuatro personas a hacerle terapias físicas y sicológicas. En la mañana, él permanece en su silla, cerca de las ventanas, o recorriendo la casa, o tomando el sol. Al mediodía, su madre le pone noticieros en la televisión. Es un espacio de relajación. Por la tarde, vuelve a la cama y entonces su mamá tiene que estarle cambiando constantemente de posiciones y poniéndole crema en el cuerpo para que no se le vaya a lastimar.

El día termina a las diez de la noche, cuando Édison recibe la última comida y todos se van a dormir. Así es la vida.

El neurólogo Braulio Martínez revela que el estado actual del joven se llama: ‘nivel cognitivo mínimo’. Dice que lo que está haciendo la familia es lo correcto, tratando de llevar la vida lo más ‘normal’ que permita la situación. Pero también es tajante al decir que es muy complicado hacer un pronóstico. “Nosotros nos basamos en probabilidades. La mayoría de probabilidades son que no se recupere. Pero el cuerpo humano no es matemático, tampoco es imposible”…

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El policía que disparó la bomba fue sentenciado primero a ocho años de prisión, pero luego la Corte Nacional de Justicia le bajó a cinco años la condena, que aún sigue cumpliendo. Vilma Pineda casi no quiere hablar de él. Se confiesa creyente pero el dolor lo siente cada día de su vida y no se considera capaz de perdonar.

Muchas veces se ha preguntado si los días de su hijo pueden llamarse realmente vida. De hecho, si a ella le pasara lo mismo, no quisiera vivir así. Pero esta es una guerra que quiere librar.

No puedo negar que tengo la ilusión de que un día mi hijo se levante y vuelva a ser el de siempre. No importa cuánto tiempo pase. Pero también es cierto que todos los días convivo con el miedo de que se muera. Cuando yo me lo traje a la casa, le dije a Dios: ‘En tus manos pongo a tu hijo, que un día me prestaste’. Los doctores me dijeron que no viviría más allá de unos días y aquí sigue y está mejorando. Creo que es por algo, creo que mi hijo tiene un propósito aquí. Y mientras él siga luchando, yo seguiré luchando también…”

Se trata de una masa gelatinosa, salada, anaranjada, rellena de cuero y patas de chancho y con forma de lavacara. Angelita Pazuña, una mujer de un metro 60 centímetros, morena y de pelo lacio, corta con un inmenso cuchillo algunos pedazos de esta masa y los coloca en una funda plástica transparente que cabe en una de sus manos… Pero la mujer indígena que recibe el producto no entrega a cambio dinero. De su chal azul marino, deja caer, sobre un tarro blanco, un poco más de una libra de cebada en grano. El trueque está hecho.

El togro, como se conoce a esta masa gelatinosa, es la ‘estrella’ de la feria que cada miércoles se hace en Cusubamba, una parroquia de 9.000 habitantes, enraizada en las montañas de Cotopaxi, a la que se llega tras una hora de recorrido en carro desde Salcedo. Un poblado al final de un camino empedrado y lleno de agujeros, rodeado de pencas, cipreses y unos árboles alargados y curvilíneos que ni se inmutan con el frío, el viento y la neblina matinal, que cubre todo el verde y casi no deja ver.

En el centro, a dos cuadras de la feria de los miércoles, hay una de esas torres de fierros rojos y blancos y una luz roja titilante en la punta, que sirven para mostrarles a los pilotos de aviones dónde están los sitios más altos de la Tierra para que no vayan a estrellarse. Es un lugar tan alejado del mundo ‘normal’, que parece que sería más fácil medir su altura en ‘metros bajo el nivel del cielo’ que en ‘metros sobre el nivel del mar’.

En la feria, cada semana se oferta de todo: coloridos sombreros, ponchos y sandalias, panes que aún guardan el sabor a horno de leña, espumillas blancas y rosadas, pescado frito, panelas inmensas y pesadas, gaseosas y jugos artificiales, manteca de res… Pero los habitantes de Cusubamba esperan con ansias el togro. Muchos lo comen solo, otros con una funda de mote y mapahuira.

Los secretos

 Dos mujeres llevan el togro hasta las alturas. Además de Angelita Pazuña, de 45 años, está su tía, María Guanoluisa, de 76. Ellas trabajan en puestos separados y las conocen como ‘las togreras’. Guanoluisa lleva más 50 años subiendo a Cusubamba y Pazuña 25.

Ninguna tiene más de dos minutos seguidos para conversar. La feria está dividida en dos partes: Un galpón de unos 150 metros cuadrados, de paredes blancas y concho de vino, con mesas de baldosa blanca y piso de cemento. Y un espacio exterior de unos 700 metros cuadrados, en el que la hierba compite con el cemento.

Afuera, unos puestos están cubiertos por grandes plásticos de colores colocados sobre estructuras de madera, a manera de carpas; otros, en cambio, prefieren sentarse en el suelo para vender. Adentro, las vendedoras simplemente ponen sus productos sobre las mesas de baldosa.

‘Las togreras’ están adentro. A su alrededor, hay un incesante desfile. Cada vez que ven que alguien se acerca, ellas se apresuran a cortar un pedazo y extienden su mano: “vendrá, caserita, ¿qué va a llevar?”, “pruebe, ¿cuánto le doy?”… Y la rutina casi siempre es la misma: el cliente toma el pedazo, lo prueba. Luego saca la cebada, la coloca en tarros o en costales y recibe el togro. Aquí cabe a la perfección aquello de ‘vender al ojo’, porque cada ‘togrera’ sabe exactamente cuánta cebada vale 25 centavos, o 50, o 75…

El togro es el resultado de cocinar por todo un día las patas y el cuero del chancho es unas ollas muy grandes. Cuando el agua, las patas y el cuero comienzan a compactarse de tanto hervir, la preparación habrá llegado a lo que ‘las togreras’ conocen como ‘el punto’. Entonces, será el momento de colocar la mezcla en las lavacaras plásticas que le dan su forma final. Llegará el achiote en grano, que le da su color anaranjado. Y le seguirán los aliños y toques finales: cebolla, ajo, sal, orégano, leche y algunos otros detalles que estas mujeres se guardan. Luego, esperan hasta que termine de cuajar y está listo para la venta.

Como la preparación tarda más de un día, las ‘togreras’ empiezan a hervir todo desde la tarde del lunes, para alcanzar a estar en la feria a eso de las ocho y media de la mañana del miércoles. “Antes se demoraba más, porque teníamos que cocinar en leña, ahora, con las cocinas a gas ahorramos por lo menos unas ocho horas”, explica Angelita Pazuña.

La mayor de las ‘togreras’, María Guanoluisa, es pequeña, ancha y usa un delantal y un sobrero de tela sobre su lacia cabellera cana. Habla fuerte, mira siempre a los ojos y no puede contener su sonrisa cada vez que habla del togro. Nadie sabe con exactitud desde hace cuánto tiempo se vende este producto o quién lo inventó, pero ella tiene 76 años y asegura que sus abuelos ya lo preparaban y vendían.

Ella comenzó a venderlo desde que tenía 20 años. “Antes, teníamos que subir en burros o caballos. Desde hace poco nomás hay buses y camionetas”. Cada miércoles, suben desde una parroquia rural de Latacunga llamada San Felipe, en donde hacen la preparación. Desde que llegan, comienzan a cortar el togro para venderlo y no dejan de hacerlo hasta que se van, a eso de las 14:00, casi siempre sin sobrantes.

El trueque

‘Cusumbamba’ significa en kichwa ‘Tierra de gusanos’. Precisamente porque eso es lo que abundaba en este lugar en sus inicios: gusanos, según lo explica el Presidente de la Junta Parroquial.

Es un pueblo cuyo centro se limita a unas cuatro cuadras. Un parque lleno de plantas y flores, con un árbol gigante en una de las equinas. Una iglesia con la fachada de adobe, que guarda su forma original. Una pequeña escuela. Un vacío dispensario médico. Una unidad de Policía. La Junta Parroquial. Y un local de Internet, recientemente inaugurado por el Estado.

La mayoría de los habitantes son indígenas. Hay muy pocos jóvenes en las calles. En un miércoles de feria, la imagen es repetitiva: decenas de personas bajando con sus chales o costales llenos de cebada bajando a hacer compras y decenas de personas, ya sin cebada, pero con fundas o costales llenos.

El empedrado camino que llega hacia él está plagado de cerradas curvas, en medio de la vegetación. En las mañanas, la niebla es tan espesa que cuando cobija a los árboles parece el escenario perfecto para una película de terror. Es un sitio tan lejano que en el trayecto uno puede ver ovejas del porte de caballos, perros regordetes que vistos desde atrás parecen cerdos e incluso un perro plomo del porte de un pequinés, pero con una frondosa melena como de león.

El pueblo cumplió recién 149 años de vida. Pero para llegar o salir, la gente aún usa mayoritariamente unas camionetas organizadas como transporte público, que generalmente pasan repletas, como líneas populares en una gran ciudad. Al amanecer, los niños, con uniformes y mochilas son los principales usuarios. Muy pocos usan los buses pequeños y destartalados que llegaron recién hace seis años al lugar.

Esta historia se da en pleno siglo XXI y en un país dolarizado, pero en la feria de los miércoles casi nadie conoce el dólar. Sólo contadas personas. La mayoría aún vive con del ‘trueque’. Aquí el dólar se llama cebada y los centavos son otros granos, como el trigo y el maíz que no son tan cotizados. Cusubamba es un pueblo inminentemente agrícola. Y son precisamente los granos su principal producción. La cuestión es que muy pocas personas tienen tanto dinero en efectivo como pensar en ir de compras un miércoles de mañana. Y, pues, los vendedores, que vienen de comunidades y cantones aledaños, Salcedo, Latacunga, Llacturco, Rumiquiche, Atocha, Aguamansa, Pujilí, San José, Las 4 Estaciones y Mulalillo, han tenido que acoplarse a recibir en pago el único fruto del trabajo de los habitantes de Cusumbamba: la cebada.

Con algo más de tres libras de cebada, Moaña Guano, por ejemplo, lleva par su casa, cuatro panes, un jugo artificial, dos fundas grandes de mote y, por supuesto, el infaltable togro. “A mi marido le encanta el togro, a mí no tanto. Pero él come todos los miércoles. Todas las semanas, se levanta temprano y emocionado porque ya llevo su buen desayuno”.

Con la cebada la gente compra literalmente todo: pan, mote, pescado, jugos, gaseosas, togro, panela, manteca de res, sombreros, bufandas… Y la imagen es siempre la misma: la compradora escoge su producto, saca de su chal una porción del codiciado grano, la deposita en unos tarros blancos o costales, que todas las compradoras tienen, y reciben lo que pidieron.

El negocio

 En Cusubamba, todos son pequeños. Ninguno debe superar el metro y 60 centímetros. La mayoría son ancianos de sombrero, ponchos y pantalones o faldas de tela. A eso de las 10 de la mañana, la feria de los miércoles está repleta. Las ‘togreras’ para ese entonces ya tienen lleno medio quintal de cebada cada una. Si logran llenar, regresarán satisfechas a sus casas. Otros productos más populares, como el mote, ya han logrado llenar dos y hasta tres costales.

Las ‘togreras’ venden la cebada al regresar a Latacunga. Y la mayoría de los comerciantes hace lo mismo. Pero no todos. La señora que llega desde Pujilí con su pan recién horneado, por ejemplo, la utiliza ella directamente para alimentar a sus gallinas y para su propio uso en su casa.

Tampoco hay un precio fijo para cada quintal de cebada. María Guanoluisa dice que es una gran alegría cuando puede vender uno a 20 dólares. Pero Angelita Pazuña jura que puede conseguir un precio de hasta 25 dólares. Además, Pazuña vende, además del togro, las patas del chancho por separado, y para esa venta si exige dinero en efectivo. Cada pata cuesta entre 2 dólares y 3 dólares y medio.

Y eso afecta también en sus ganancias. Mientras Guanoluisa sale a pérdida todos los meses, Pazuña gana hasta 150 dólares.

Incertidumbre y modernidad

Cuando el reloj se aproxima a las 11, las tres cuartas partes de los costales de las ‘togreras’ están llenas. Cada vez hay menos gente desfilando por los puestos de la feria de los miércoles y algunos vendedores ya han comenzado la retirada. Ya en este punto, las vendedoras comienzan a recordar aquellos tiempos en que la feria era mucho más concurrida y el negocio era mucho mejor. La feria siempre ha sido los miércoles. Pero las ‘togreras’ añoran esos miércoles, antes de los buses, cuando regresaban a caballo o en camionetas pero con tres o cuatro costales repletos de cebada.

“Después llegó la modernidad. Los caminos empedrados. Las camionetas. Los buses. Los jóvenes comenzaron a emigrar a Quito, a Ambato, a Latacunga, a Guayaquil, a Cuenca, a España, a Italia… y mandaban dinero a sus familiares que se quedaron aquí. Y entonces ellos ya no necesitaban a esperar a la feria de los miércoles, bajaban hasta Salcedo y ahí en las tiendas compraban cualquier cosa cualquier día. Ahí ya la feria comenzó a decaer. Pero luego, cuando la gente comenzó a cobrar el bono solidario, muchos ya tenían dinero en sus bolsillos más seguido, llegaron los buses y ahora ya es más fácil que todos bajen a comprar en los pueblos más grandes”. Así define ese salto temporal María Guanoluisa, la mayor de las ‘togreras’.

A las 11 y media, la feria está casi vacía y los quintales de las ‘togreras’ casi llenos. A pesar de la baja en el negocio, las dos ‘togreras’ prometen que seguirán preparando este singular alimento hasta que sus fuerzas les acompañen. Angelita Pazuña, ya comenzando a limpiar sus lavacaras vacías, dice que está acostumbrada a ganar ese dinero y colaborar en su casa y que no piensa dejar de hacerlo. María Guanoluisa, también en labores de limpieza, confiesa que sus hijos ya no quieren que siga trabajando. “Me dicen que ya estoy vieja, que ya no venga, que me puede pasar algo, pero, auque pierda dinero, pero para mí quedarme encerrada ahí en la casa. Toda la vida he trabajado, ya no me acostumbro a estar sentada”. Y ahí estarán las ‘togreras’, mientras la feria de los miércoles que mantiene vivo el trueque se siga resistiendo a la modernidad y los habitantes de Cusubamba sigan buscando su añorado togro.