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Matadero y beneficio

Publicado: 15 septiembre 2012 en Andrés Delgado
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“Tengo tres años de edad y en pocos minutos seré sacrificado. Seré despellejado, me abrirán en canal, me sacarán el corazón, trozarán mi hígado, me cortarán la cabeza, rebanarán mis patas y me extirparán los ojos. Son las tres de la mañana y el beneficiadero está en plena faena. Otros novillos hacen fila en dirección de una rampa. Los humanos nos sacrifican en la madrugada para que los restaurantes tengan carne fresca al mediodía. Tal vez por esa obsesiva puntualidad con los restaurantes es que a mi muerte la llaman beneficio. Y es muy posible que esta misma noche una porción de mí caiga en las brasas de un asadero y unas muelas humanas terminen por triturarme. Tengo tres años, soy un novillo de 400 kilos y eso quiere decir que estoy bueno para comer, literalmente”

Si un novillo pudiera escribir su diario, esto es lo que más o menos escribiría antes de su muerte:

“Estamos encerrados en la Central Ganadera de Medellín, en un corral lejos de la planta industrial para que no sintamos el olor a sangre de nuestros congéneres y no nerviemos ni comencemos a dar patadas y cabezazos. Nos bañan con agua fresca que cae sobre mi cabeza y me sienta bien. Después del baño estoy más relajado. Un sujeto con bata blanca me alza la cola, mira por debajo, se levanta y me palmotea el lomo. El procedimiento se llama inspección ante-mortem, para determinar que no tengo ninguna enfermedad y que estoy en condiciones de morir en esta madrugada. En fila, vamos pasando por una rampa. Ahora camino sereno, con dignidad. Ha llegado mi hora”.

Hasta aquí el diario del novillo.

Huele mal

En la sala de sacrificio el olor es vomitivo. Es un fuerte olor entre boñiga, herrumbre, sangre y sustancias químicas que le produce arcadas a quien no esté acostumbrado. Esto es un beneficiadero, pero parece una línea de ensamble de Sofasa [compañía colombiana de montaje de automóviles]. Lámparas blancas, sierras crujientes, golpes de troqueles, rieles en la altura. No hay reses en el piso sacudiéndose mientras se desangran. Hay pasillos congestionados de operarios con pesados delantales amarillos, guantes largos, botas industriales y cascos de obra civil. El siguiente novillo ingresa a la plataforma y queda atrapado. Un operario retiene su cabeza en la caja de sacrificio y empuña una pistola neumática de perno. Apoya el cañón entre los ojos del animal y dispara. El perno rompe el hueso frontal, destroza los sesos, pero el animal sigue vivo. Al disparo ese se le llama insensibilización; el novillo está y no está. Es un procedimiento diseñado para el bienestar del animal, para que no se angustie con la idea de la muerte, ni se huela lo que le viene después.

El novillo tiene los ojos abiertos, pero no ve, ni se da cuenta en qué momento le amarran una pata trasera y lo levantan cabeza abajo. Está atontado y su corazón aún bombea sangre. La lengua le cuelga, casi tocando el piso. Este procedimiento se llama izamiento. Una vez arriba, avanza por el riel elevado entre el sonido industrial de las poleas, los golpes y las sierras. Más adelante, un operario sostiene el cuchillo vampiro. Este pedazo de metal es un tubo con punta diagonal, conectado a una manguera que va a una bolsa plástica transparente. El operario clava el cuchillo vampiro en la yugular. La sangre roja y caliente comienza a descender por la manguera y se recoge en la bolsa. Con este operario sería imposible una pela a cuchillo. Finalmente el novillo muere por anemia aguda en aproximadamente diez minutos. No quedan rastros de violencia. Aún así no quisiera que un hindú ingresara a la planta de beneficio, ni llorara las reencarnaciones de su madre y su cuñada.

“Tenemos un proceso muy tecnificado”, me dice el médico veterinario Jorge Mario Escobar, gerente de la Central Ganadera, el beneficiadero de 28 hectáreas fundado en 1954, ubicado en la autopista norte, a 6 kilómetros del centro de Medellín. La usanza de los viejos matarifes consistía en zanjar el cuello sin previa insensibilización. La muerte era traumática. Los novillos perdían el equilibrio, desangrándose a borbotones; caían lanzando patadas y coces, inundando el recinto de sangre. Los novillos sufrían y el organismo, en su agonía, liberaba sustancias que dañaban el sabor y la textura de la carne. Ahora es distinto. El procedimiento de insensibilización fue todo un logro después de muchos años de estar buscando alternativas que mitigaran el sufrimiento del animal. En Medellín, hay grupos de activistas en contra del consumo de carne. No han entendido que es un asunto natural, que comemos carne hace milenios y que los novillos no son mascotas sino bienes de consumo.

En canal

El novillo colgado se desliza por el riel. En la próxima estación de trabajo se despelleja la carne, se apila el cuero, y en la siguiente, se abre la panza en canal. Es un trabajo que requiere un operario con destreza para manejar una poderosa sierra eléctrica que tronza los huesos como si se deslizara por un blando y grueso filete. También se necesita cursar en el Sena [Servicio Nacional de Aprendizaje] Operaciones básicas de sacrificio bobino y Buenas prácticas de manufactura, BPM. A los trabajadores se les exige además rasurarse barba y bigote, no portar anillos ni pulseras y mantener las uñas limpias y bien cortadas. Todo esto para cumplir con el decreto 1500 que regula la oficina del Invima, ubicada dentro del mismo beneficiadero. El operario gana un sueldo de 700 mil pesos mensuales [unos 275 euros] y cubre un turno heroico: de doce de la noche a ocho de la mañana. Lo leímos en el diario del novillo: “la jornada debe hacerse en la madrugada para que los restaurantes tengan carne fresca al mediodía”.

Las regulaciones del Invima obligan a la Central Ganadera a cumplir con las normas de inocuidad y realizar procedimientos modernos, donde se priorice la muerte digna del animal. La planta tiene capacidad para beneficiar 640 novillos por turno de trabajo; la velocidad del riel es de 80 animales por hora. El doctor Escobar se deleita, como si se tratara de un lomito a la pimienta, con el ritmo de la línea de producción: especialización del trabajo, estandarización de procedimientos, estudios de métodos y tiempos, ergonomía y cero tiempo perdido en cambios de referencia. Si a la sierra de pecho se le parte un tornillo, toda la línea se detiene. La solución: planes de mejoramiento intensivos en el mantenimiento mecánico. Y en verdad el riel elevado, las luces blancas de neón, los operarios uniformados, las estaciones de trabajo, los sonidos de sierras, pistones y golpes, son los mismos que en una fábrica manufacturera.

La diferencia: mientras en Sofasa, a medida que un Renault Logan avanza por el riel, los operarios le agregan componentes. En el matadero —el doctor Escobar insiste en que es beneficiadero, pero cada cosa tiene su nombre—, en el matadero, digo, a medida que el novillo avanza, los operarios lo desvalijan. En Sofasa, al final del recorrido, el Logan está ensamblado. En el matadero, al final, no queda nada del novillo. Es desmontado en su totalidad, pieza por pieza.

Y ninguna parte se desperdicia. Con la sangre se produce harina, morcilla, carnes frías y es utilizada en la industria farmacéutica. Con la bilis, laxantes. Con el estiércol, abono orgánico. Con el miembro viril, juguetes para mascotas. Así es, los perros son los que terminan comiéndose el pipí del novillo. Con el intestino delgado se hace la chunchurria de Buenos Aires. Las vísceras del novillo van a dar a la paila [sartén] de la cocina o son utilizadas como materia prima para los concentrados animales. Nada se desperdicia. El ganado siempre ha sido un excelente negocio. No es gratuito que el oficio de cuidar vacas en corrales se llame ganadero, porque en efecto, quien lo practica, es un indiscutible ganador. Con las patas, se preparan gelatina y colágeno. El cuero va directo a las curtimbres. Con los cachos se producen artesanías y botones porque no creemos, como los chinos, que sean afrodisíacos.

La lengua también se come, pero ahora no la ofrecen en las cartas de los restaurantes. No porque sea de mal sabor, sino porque pedirla es un atrevimiento. Imagínese: “mesero, deme lengua por favor”. En otros casos el asunto llegaba a excesos vulgares cuando, sin esperar la privacidad, el novio le preguntaba a la novia, en presencia del mesero: “Amor, ¿quieres lengua?” No, definitivamente, había que retirarla de la carta.

Los cálculos renales son una verdadera fortuna. Cada gramo de estas piedras cuesta más que uno de oro. Aún así, no hay manera de predecir que un novillo tenga en los riñones o en la vesícula biliar, una de estas valiosas perlas orgánicas. Para evitar robos en la Central Ganadera, la mesa de acero inoxidable donde se abren estas vísceras está vigilada por una cámara. Gracias a esa cautela se impide que los cálculos vayan a parar en el mercado negro de la Plaza Minorista, donde se comercializan bajo cuerda. Al matadero llega un sujeto con lentes oscuros y un maletín de cuero, compra la mercancía y se larga. Se lleva en promedio 200 gramos al mes. No se sabe qué hace con ellos. Se especula que son materia prima para microcomponentes japoneses, pero debe ser falso porque los cálculos renales se cuidan con celo desde años antes del desarrollo de la electrónica. El asunto es un misterio; ni el doctor Escobar supo contestar la pregunta.

Vale decir, finalmente, que ningún pedazo, ninguna garra, ninguna excrecencia del novillo cae al río Medellín, y a eso lo llama el doctor Escobar, un buen balance ambiental.

Impuesto al degüello

La raza más común en Colombia en cuestión de carne es la Brahman, descendiente del cebú, proveniente de la India. Se diferencia del ganado europeo por su giba. El valor del ganado se mide en la masa muscular que se obtiene en el menor tiempo posible. En Colombia, los novillos alcanzan los 400 kilos en tres años. En Argentina, las vacas obtienen ese mismo peso en la mitad de tiempo, gracias al tipo de ganado y a la geografía; en las pampas las vacas argentinas pastan con mansedumbre, son extremadamente perezosas y crecen con los músculos flácidos y pulposos. El filete de calidad debe tener un balance entre grasa y músculo. Esa característica se llama marmórea, como las vetas negras en el mármol blanco, las vetas de grasa blanca en la carne roja.

La Central Ganadera no es dueña de ningún novillo; es la intermediaria entre el vendedor y el comprador. Ambos cierran el negocio en los corrales de la Central en un evento conocido como la Feria Ganadera. Allí se presta el servicio de corral y factura $51.400 pesos [unos 29 euros] por cada res beneficiada, y adiciona un impuesto con el nombre más truculento de todo el estatuto tributario: Impuesto al degüello, de $17.900 pesos [unos diez euros] por res.

Ahora bien, todo hay que decirlo, en Medellín también comemos caballo. El matadero La Mosca, en el municipio de Rionegro, por ejemplo, sacrifica caballos y su carne se comercializa en restaurantes y carnicerías. Las deliciosas butifarras callejeras, que nos rescatan de las peores borracheras a las tres de la mañana, son producidas con carne de caballo. En realidad, eso no tiene nada de malo. Evitar meterle el diente a los caballos es un tabú y un despropósito. Es un condicionamiento cultural absurdo como el que tienen los judíos contra el cerdo o los hindúes, que se mueren de hambre mientras engordan vacas y ratas pardas. En la Argentina se cultivan caballos y se los comen en jugosos filetes de diez centímetros de ancho. Sirven el filete con un cuchillo desechable de plástico y el trinchete se desliza entre la carne como si fuera mantequilla. Imagínense la delicia.

En Medellín también abunda el mercado negro de carne de caballo. Si a un campesino en San Pedro de los Milagros se le enferma un potro flaco y acabado y no puede recuperarlo, el campesino no pierde. Lo sacrifica, se lo eecha a los hombros y lo baja en moto hasta San Cristóbal. Un distribuidor pirata lo compra, lo estruja en la maleta de su Mazda 323 y lo transporta a una casa de barrio, como tantas otras, donde funcionan carnicerías clandestinas con todo su arsenal de neveras, mesas de faena, sierras eléctricas, cuchillos, operarios, y, por supuesto, buenos clientes en carnicerías y restaurantes. ¿Alguna vez se ha preguntado cómo es posible comerse un sabroso menú ejecutivo por $5 mil pesos [menos de tres euros]? Ya sabe la respuesta.

Según Acopi, el consumo de carne per cápita por año en Colombia es de 17 kilos. En Argentina, 55. Brasil es el primer exportador de carne a nivel mundial, lo sigue Australia, y Colombia ocupa el décimo puesto. Argentina no está en el primer renglón exportador porque prefieren comerse las vacas que exportarlas. Aún en las peores crisis económicas, los australes siempre han ostentado el título de primer consumidor de carne del mundo.

Desde hace milenios estamos obsesionados con la carne. Punta de anca, tabla, mondongo, churrasco, solomo, hígado, ojos, nalga, lengua. Incluso la iglesia católica le dio un giro metafórico a la lujuria y la llamó de manera gráfica “el pecado de la carne”. En la tradición se recomienda la abstinencia de saborear la carne viva y amorosa o jugosa y asada durante los viernes de Cuaresma. Según el catecismo del padre Astete, esta regulación debe cumplirse entre los 6 y 60 años. Quien esté por fuera de este rango puede mandarse la carne que quiera y no queda en pecado. La iglesia y sus vainas. Es más, hasta hace pocos años, si durante los viernes de Cuaresma usted se comía un par de muslos a punta de picos quedaba la posibilidad de quedar pegado a ellos.

El cuadril es la parte externa y trasversal del cuarto trasero de la vaca. Contiene la tabla, la posta, el huevo de aldana y el solomito. Es un culo delicioso. Andrés Calamaro dice en una canción: “Y así suene muy poco sutil, de tu cuadril no me olvido nunca más.”

La carne es un placer. Y un pecado. De gula y de lujuria. Nuestra costumbre es comernos a nosotros mismos. Gracias a ello y a que nos comemos nuestras vacas, esta especie ha sobrevivido por centurias.

¿Qué quieres comer hoy? Cuello, hoy quiero comerte el cuello.

La vida de los animales es un libro de J. M. Coetzee y narra la relación de los humanos con los animales. Paseando por corrales llenos de vacas dice Coetzee: “No he visto horror alguno, no he visto ningún matadero. Sin embargo, estoy seguro de que están ahí. Simplemente no se anuncian al público”. El asunto es: nos encanta la carne pero nos repudia su sistema de producción. En Discovery Channel hemos visto cómo se produce el cereal, la cerveza y el pan, pero nunca veremos el capítulo de la producción cárnica. Es mejor que otro sujeto mate la vaca, y bien lejos. Obvio. La muerte no es asunto para ver. A menos que usted sea lector de prensa amarilla.

Casa de masajes

Publicado: 11 abril 2011 en Andrés Delgado
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Sentado en el sofá de la sala, me refresco la garganta con un buen trago de cerveza Pilsen. Siento que la efervescencia me sube por el pecho, de modo que llevo el puño a la boca para eructar con decencia. El patrón de la casa acaba de meterse por un pasillo estrecho para llamar a las chicas de los masajes. La sala donde estoy es cerrada como un horno. El aire es denso y la bombilla de cuarenta bujías alumbra con miseria. Los muebles están descosidos. Una nevera con el logo de jugos Tuttifrutti está llena de cervezas. Una pared, con la pintura descascarada, tiene un afiche-calendario pegado con chinches. Me doy otro trago de cerveza fría y escucho las risas y el parloteo que se aproxima. La situación es esta: imagínese que va de visita a la casa de un amigo. El amigo lo deja en la sala y va a la pieza. En vez de volver con el último dvd pirata que compró, regresa acompañado con ocho mujeres. Todas en tangas diminutas. Delicioso, ¿no? Ninguna de ellas suma 25 años. A vuelo de pájaro, todas se ven muy buenas. Me siento como un niño antojado, mirando una carta de postres de Crepes and Waffles. ¿Quién no ha soñado con una fila de mujeres en tangas para escoger? Bendita sea la Arabia Saudí, la arena del desierto y el calor infernal, los camellos, los oasis y los turbantes. Creo que me convertiré al islam.

Las casas de masajes provocan curiosidad. Bien sea por la atracción que ejercen las mujeres fáciles y desconocidas o simplemente por calmar el deseo de saber cómo son estos lugares. La curiosidad comienza a picar al recibir, en el centro de la ciudad, un papelito de publicidad. “Disfruta tus fantasías”, dice la credencial de la casa Ángeles de Fuego. “Déjese atender por nuestras hermosas chicas”, anuncia la casa Latinas. En promedio, media hora cuesta 30 mil pesos y una hora 50 mil. Incluso hay promociones desde 20 mil. Es muy fácil dejarse tentar, pues el centro de Medellín está infestado de bellezas que trabajan en casas de masajes. Sin embargo, es difícil saber con precisión la estadística oficial de mujeres que ejerzan la prostitución en estos sitios. Las causas que impiden tener un censo real son varias: la clandestinidad, la movilidad de las casas y de las mujeres; el miedo para acogerse a los programas y la intimidación de los patrones. En 2010, la Fiscalía recogió 1.500 denuncias de abuso sexual efectuado por proxenetas, pero sólo se atendieron 480 casos. Por otro lado, el programa de la Alcaldía “Por una vida más digna” ha atendido unas 1.800 personas que ejercen la prostitución. Lo que sucede es que, si bien unas entidades quieren reducir el negocio, otros sujetos en cambio se ven obligados a promoverlo. ¿Qué sería de los solteros, con los dientes torcidos y caspa en el pelo, sin sus putas? Ni que decir de los casados.

Sentado en el sofá de la casa, sostengo la Pilsen y estiro la derecha para apretar la mano de Marcela. Las mujeres hacen fila para conocerme. Marcela me mira maliciosa, me pica un ojo y desaparece en tangas por el pasillo, pero antes, le veo un precioso lunar en el cachete del culo izquierdo.

—Hola, Adriana,—me dice otra— mucho gusto— y me da un piquito.

—Pedro— le contesto, sabiendo que todos aquí nos cambiamos el nombre. Adriana es blanquita y no tiene brassier. Tiene unas enormes puchecas de mesera. Cuando se agacha para darme el pico, empina la nalga y sus pezones rosados apuntan al piso.

A Cristina le miro los pies. Está descalza, es morenita y delgada; en shorts de índigo con el cierre abajo. Le veo los pantis. Son rojos. Cristina está fresquita, como acabada de duchar. También me dan la mano Tatiana, Carolina y Natalia Y otras dos.

Con la cerveza en la mano, pienso en pedirle al patrón que vuelva hacerlas pasar. Recuerdo que Alfredo alguna vez me dijo: “jamás se coma lo primero que vea.” Alfredo es abogado, tiene 34 años y un sólido matrimonio con una diseñadora profesional. Tiene dos hijos y una férrea trayectoria como fornicador de medio día. Él mismo lo dijo: “Solo los putañeros tenemos el privilegio de hacer el amor los martes a las tres de la tarde”.Entonces le pregunté si su mujer lo había pillado alguna vez. “Nunca”, contestó.

En una oportunidad, encamado con una de sus puticas, Alfredo no fue capaz de venirse. La chica poseía un formidable culo de comadre. “Éramos amigos, yo la visitaba y tomábamos cervecita”.

El día que Alfredo no se “desarrolló” fue de lo más extraordinario. Finalmente se vistieron y cada cual se fue a lo suyo. En las horas de la noche, cuando Alfredo llegó donde su esposa, se cambió la ropa y colgó el pantalón en el perchero. Entonces su mujer tuvo que esculcarle, buscando una plata, y encontró un condón arrugado, pero vacío. Furiosa, le hizo el reclamo. Alfredo improvisó sin pensar: “¡Mi amor, ese Ricardo es un hijueputa!”. La excusa resultó perfecta: su compañero de trabajo, por pura maldad, le había metido el preservativo al pantalón.

—Menos mal el condón estaba vacío, —me dijo Alfredo—, porque como le digo, ese día no alcancé a venirme.

—Pero ¿cómo diablos fue a dar ese condón al pantalón?— le pregunté.

—Me parece que fue la putica. Ella sabe que soy casado y, como no me la comí bien comida, creo que estaba celosa.

Alfredo me invitó a la casa de masajes donde es cliente fijo. Eran las 4:30 de la tarde. Tocamos en una casa cerca del Parque del Periodista y nos abrió una señora de unos 50 años, con cara de tendera, cigarrillo y chanclas. Se llamaba Rosalbita. Alfredo saludó de pico y un abrazo muy sentido. Entramos y pasamos por la primera sala, luego por una segunda y finalmente nos sentamos en una tercera instancia. Los corredores eran oscuros. La casa era como un chorizo. El mobiliario estaba gastado y las paredes no colgaban un cuadro. Pedimos cerveza y cigarrillo. Alfredo le comentó mi proyecto sobre la crónica para UNIVERSOCENTRO. “Pregunte lo que quiera, —me dijo Rosalbita—, pero no ponga mi nombre.” Entonces llamó a las muchachas. Eran solo dos. Era un mal día con poca demanda y oferta. Una de ellas era negra con interiores blancos. Se llamaba Vanesa. Alfredo la sentó en sus piernas. La otra era blanquita, se llamaba Tatiana. Estaba en tangas, como si no se hubiera bañado en todo el día.

Según Alfredo, el secreto para disfrutar las puticas es hacerse cliente. Ir “serruchando allí y allá” no es buena idea. Alfredo me cuenta que alguna vez ensayó en una casa desconocida y le robaron el celular cuando se quedó dormido.

Sentados en la sala, Alfredo preguntó:

—¿Por qué tienes en el hombro ese morado, Rosalbita?.

—Esta semana casi me viola un tombo — contestó.

El uniformado la encerró en el baño y por nada se la come ahí. Ella se resistió y el tipo le pegó un puñetazo. “Lo voy a denunciar”, remató Rosalbita.

Por lo que noté, las historias aparecerían sin hacer muchas preguntas. Las tres mujeres tomaron cerveza por cuenta de nosotros. La sala era oscura. Mientras hablamos, íbamos fumando y tirábamos la ceniza al piso.

La segunda razón que tiene Alfredo para hacerse cliente es no correr un riesgo: que no se le pare. “Por más putañero que usted sea, llave, —me dijo—, ir de putas causa miedito”. Entiendo lo que me dice. Visitar las putas causa curiosidad, expectativa, nervios y cierto vértigo. Precisamente, lo que las hace tan atractivas. Pero estas emociones pueden desembocar en un suceso terrible. Que a usted no se le pare. “A menos que se tome un viagra, —dice Alfredo—, pero tomar viagra con las putitas no tiene sentido, con mi mujer sí”.

Otro trago de cerveza en la sala de Rosalbita.

—Ayer un man me estaba dando por detrás -nos contó Tatiana, la blanquita— y casi rompe el condón.

Una calada de cigarrillo. Tatiana nos cuenta que su primera vez en el negocio fue con un político de La Alpujarra, “un diputado”. Ella tenía 17 años y el tipo le pagó 300 mil por un polvo. Desde ese momento se hizo “adicta a la plata fácil —dice y continúa—, la gente le pone mucho misterio a este trabajo pero la cosa no es tan difícil, uno se empelota se lo deja meter y ya”. Además, nos dijo que trabajar de prepago en la calle es mucho mejor que en las casas de masajes.

—Rosalbita, y ¿cómo son las muchachas nuevas? —le pregunté pensando en los papelitos que dicen “se solicita personal bien presentado”.

—Todas las semanas vienen —contestó— pero no se amañan. Las condiciones son: mayores de edad y un examen de sangre reciente. Una muchacha nueva, que nunca había putiado, hubo que enseñarle a poner condón. Aprendió con una botella. Se le dijeron las reglas: no se deje tocar mucho, no de besitos, y si el cliente quiere una chupadita de teta pídale más plata. Y nunca, nunca diga que es la primera vez. Pero esta culicagada, lo primero que se le dijo y lo primero que hizo. Cuando el primer cliente la eligió, ella confesó que estaba muy nerviosa y, claro, el hombre se aprovechó de eso. Se la comió como le dio la gana, como será, que hasta la puso a pupar y después el tipo le bajó a la cuquis.

—!Huy, fuchi! —reniegan a la vez Tatiana y Vanesa.

De los 30 mil que cada cliente paga por media hora, Rosalbita se queda con 13 mil y ellas con 17. Vanesa la negrita dijo que prefería putiar en vez de terminar el bachillerato para después ganarse un “miserable mínimo”. En su casa, la mamá no sabe a qué se dedica, pero lo supone y no le dice nada porque Vanesa pagaba los servicios públicos.

—Hay tipos que son muy groseros —dijo Vanesa sentada en las piernas de Alfredo— pero este man es un caballero, yo lo conozco— y le da un besito en el cachete.

La tercera razón que tiene Alfredo para hacerse cliente tiene un carácter financiero: obtener crédito. Según él, los patrones de algunas casas le han llegado a fiar. Algunos martes se va de putas y sin un peso en el bolsillo. Se toma unas cervezas, picha y paga a los quince días. “Me he demorado hasta un mes pagando un polvo —dice—, pero pago, porque yo soy muy honrado”.

En la casa de Rosalbita tocaron la puerta. Ella se levantó para abrir. Nos quedamos atrás. Es un cliente. Rosalbita lo sentó en la primera sala. Cuando volvió, acosó las muchachas para que salieran donde el tipo. Vanesa y Tatiana se acomodaron las tanguitas y salieron caminando. Ambas estaban descalzas. Alfredo y yo fumamos mirando al techo. Me pareció que las nenas caminaban en dirección del patíbulo.

Regresó la negrita y se sentó. Un segundo después, Tatiana pasó por el corredor seguida por un sujeto. Ambos iban con el entrecejo fruncido. Bien lo dijo Camargo: “En el sexo hay que descansar de la cortesía y el amor”. Pero no tanto. El tipo con gafas y panza, tenía cara de profesor de escuela. Tatiana, en efecto, iba para el matadero.

Rosalbita volvió a sentarse. Eran las seis de la tarde y a las siete se cierra el chuzo. Otra ronda de cerveza. Me pareció estar haciendo visita en la sala de una tía. El timbre volvió a sonar. Rosalbita fue y volvió con una preciosura de escasos 16 años. Nos presentó. “Mucho gusto, Susana”. La niña se sentó con la columna derechita. Parecía una colegial. A Alfredo le brillaban los ojos:

—¿Y tú trabajas aquí?

—No —contestó— vengo a saludar.

Nadie le creyó, pero igual le seguimos la corriente. Nos contó que estudiaba en la U de A bacteriología y comentó varias historias sobre los profes, compañeros y exámenes. Alfredo estaba encantado. Vanesa la miraba de arriba abajo. Yo pensaba en Tatiana, la blanquita, y en lo que sucedía en una alcoba de la casa.

Rosalbita fue por otra ronda de cervezas y Susana, la niña, se levantó al baño.

—Mucha perra —dijo Vanesa— dizque no putea…, una es la que trabaja aquí y esa perra viene y se roba los clientes, Rosalbita lo sabe.

Alfredo y yo tomamos cerveza y nos hicimos los pendejos.

No habíamos hablado mayor cosa, cuando volvió a aparecer por el corredor el cliente de Tatiana. Pasó rápido y se largó. Era hora de cerrar el negocio. Vanesa y Tatiana se arreglaron para salir. Rosalbita caminaba con una trapera de aquí para allá. Me gritó: “Tiene que venir con más tiempo para que me entreviste de verdad” y se metió por un corredor. Nos quedamos con Susanita. Ella sacó el celular y nos preguntó el número de teléfono. Alfredo me miró malicioso.

—Hágale rápido —lo acosó la niña.

Alfredo le dictó y luego yo le di el mío. Susana los guardó y nos hizo una llamada perdida a cada uno.

—Me llaman y nos vemos en la tarde, pero no aquí —dijo—, porque a las siete tengo que estar con mi novio – y remató con esa sonrisa de colegial.

Más tarde, Alfredo y yo nos fuimos a rematar a un billar. Vanesa tenía razón: Susanita nos salió maestra.

Todo esto, hasta que fui a la casa de masajes sin la compañía de Alfredo. Tenía que hacer el trabajo de campo para la crónica, meterme en una pieza y probar un masaje púbico. Las ocho mujeres se presentaron y se metieron por el corredor. Sentado en el sofá de sala, con el patrón esperando que le dijera el nombre de mi elegida, me acordé de lo que dijo Alfredo: “Jamás se coma lo primero que vea”. Sentí el sofoco de la sala. Miré el calendario pegado con chinches y sentí vértigo. Me hubiera tomado un viagra.

Para entonces, había truncado la relación entre cuerpos y nombres. Creo que había una Claudia y una Yuliana, no recuerdo bien, pero es que en todas las casas de mansajes hay Claudias y Yulianas. No retener los nombres fue un problema grave, muy grave. ¿Tatiana era la yegua morena con una cola de caballo en el pelo? O era Carolina, no recordaba. Me parece que Vanesa tenía un culo cartagenero, dominicano, brasilero, un culo tropical, en todo caso, o era de Natalia. El patrón me miró: “Diga pues, a ver cuál le traigo”. Me tomé un trago de Pilsen y me rasqué la cabeza.

Al azar dije “Adriana” y el patrón se perdió por el corredor. De vuelta, llegó de la mano de unos senos preciosos. Adriana en tacones, tangas y puchecas, me hizo levantar del sofá. Me agarró de la mano, me subió por unas escalas y yo la seguí como un niño regañado. Efraín Medina dijo: “Es increíble cómo funciona el juego de la seducción, siempre el que se cree cazador resulta ser la presa”.

Un marine en tierra firme

Publicado: 7 diciembre 2010 en Andrés Delgado
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Bolita de nieve

El sol calienta con rencor las vías polvorientas de Bagdad, cuando una columna de 4 hammers del ejército gringo se detiene. El sargento al mando quiere realizar requisas de control en Haifa, una de las principales arterias de la ciudad. Los soldados encargados de las ametralladoras calibre 50, ubicadas en el capó de los vehículos, cubren a los compañeros que dejan la protección del blindaje y salen a la calle. Cuando Mateo Cervantes salta del hammer y corre hasta la esquina para asegurar el perímetro, desea que la ocurrencia de su sargento no dure mucho tiempo, y requise rápido lo que vaya a requisar. La guerra en Irak está en su punto más crudo. Es Enero del 2004 y el diciembre pasado capturaron a Saddam. La guerra de guerrillas se ha recrudecido. Un soldado americano en una calle de Bagdad es carne de cañón. Sudando y con el fusil apretado, Mateo mira nervioso a los ciudadanos iraquíes: el bigote de los hombres, las sandalias de las mujeres. Para Mateo, todos ellos tienen cara de terroristas. Cualquiera podría acercarse y explotar cerca, para matarlo o dejarlo mutilado.

Menos mal ya todo quedó atrás. Ahora estoy con Mateo en la sala de su tío mientras hablamos. Mateo Cervantes Uribe me dice que el ejército de Estados Unidos lo incapacitó el año pasado por los ataques epilépticos que comenzó a sufrir, producto —según él— de las múltiples bombas que detonaron cerca. «Las esquirlas no me hicieron daño, lo que me afectó el cerebro fueron las ondas de las explosiones». Entonces pone en la mesita de centro un sartal de fórmulas médicas. «Estaba perdiendo el juicio tomando esas cosas ―dice―, quería dejarlas porque ya no tenía epilepsia, pero en el ejército me obligaban a tragarlas, y por eso vine a Medellín donde mi tío y mi abuela, para poder dejarlas».

Cuando le pregunto cómo decidió enlistarse en el ejército, esto es lo que me cuenta. El 11 de septiembre de 2001, justo a la hora de los ataques terroristas, estaba en su colegio, en Long Beach. Las calles de Nueva York colapsaban por el pánico y el caos. Aun así, al día siguiente, lo obligaron a asistir al colegio. Entonces llegó una delegación del ejército. «La guerra de Iraq estaba planeada desde tiempo atrás ―dice Mateo―, así como también la logística de reclutamiento parecía estar preparada desde tiempo atrás, pues al día siguiente a los ataques estaban en mi colegio, al otro día», insiste. Pero eso lo cuestiona ahora. Para entonces tenía dieciséis años y cursaba último año de bachillerato. Cuando dos militares ingresaron al salón, Mateo quedó embrujado. La fuerza y el orgullo que esos corpulentos hombres lo sedujeron. Los militares invitaron a los jóvenes a unirse a la tropa con un discurso de orden patriótico, en el que se enaltecía el espíritu estadounidense, su libertad, su historia, su ejército, y se argüía la obligación de luchar en contra de los terroristas, de los enemigos de la nación. Pero Mateo estaba sordo. Lo único que le funcionaba eran los ojos para mirar a los militares y la imaginación para verse a sí mismo en camuflado, sosteniendo un fusil, trotando con cartucheras y botas, y cantando himnos militares. «Quería ser parte de los más guerreros», confiesa. Su incorporación al ejército estaba decidida.

En Long Beach, Mateo vivía como inmigrante ilegal, con su mamá, su padrastro y un hermano medio, hijo de ellos dos. Mateo era la mosca en la leche de la familia y su padrastro se encargaba de recordárselo a cada momento. Luego de terminar el bachillerato, las oportunidades se reducían a una: irse de la casa y trabajar en cualquier cosa, por cualquier sueldo. La única ventaja con la que contaba era su apariencia: blanco, rubio, ojos azules y un acento perfecto en su inglés. De resto, su futuro era el mismo de cualquier inmigrante latino e ilegal. En esta situación, la guerra es una fábrica de empleo. Una tarde, sentado en el comedor con su familia, Mateo anunció el alistamiento en el ejército. Su mamá no dijo palabra y miró de reojo a su esposo. «¡Que se vaya!», dijo éste con energía, y el asunto quedó zanjado.

Mientras Mateo me cuenta cómo fue su entrenamiento militar en Fort Benning, en Georgia, en el año 2002, yo recuerdo cómo fue el mío en el Batallón de Policía Militar N° 4, en Medellín, en 1997. Sus historias son idénticas a las mías. El entrenamiento militar va en dos direcciones: mejoramiento físico y amoldamiento psicológico. Desde los primeros días, los reclutas no podíamos separarnos un segundo del fusil. Por eso trotábamos con él, hacíamos gimnasia con él, aprendíamos a manejarlo, a dispararlo, desarmarlo y limpiarlo. Hacíamos fila con él, dormíamos cerca de él, comíamos con él. La idea es que uno asuma su manejo con naturalidad, con soltura. Finalmente, el fusil se vuelve una extensión del cuerpo; si no lo tiene a la mano, el soldado siente que le falta algo para estar completo; mejor dicho, es como salir a la calle sin las llaves de la casa.

Los reclutas se levantan temprano, corren todo el día, cantan todo el día y no comen durante todo el día. En pocas semanas están flacos y demacrados. Mateo me cuenta que cuando su mamá lo visitaba en la base, sus compañeros la miraban con morbo exagerado. Más tarde, el comandante de instrucción se le acercaba. «Siempre era así ―dice Mateo―, se me acercaba y me preguntaba cuándo le iba a presentar a mi mamá».

Lo fundamental en el entrenamiento es el lavado de cerebro. Los entrenan para obedecer. En el ejército se trata, sobre todo, de acatar y no de pensar. No es gratuito que, en los países democráticos, los militares no puedan pertenecer a partidos políticos y por ende tengan prohibido votar.

Mateo me relata uno de los castigos que imponían sus instructores. La pena se llama «la bolita de nieve». Consistía en obligar a los reclutas a levantarse a la medianoche, darse un duchazo, enjabonarse hasta el copete —hasta quedar como una «bolita de nieve»—, y salir a la plaza de armas, en chanclas y empelotas, a trotar enjabonados. Durante el trote, la tropa canta y grita himnos de guerra. Mateo me canta un estribillo: «¿De qué está hecho el cielo? ¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre roja y brillante!». Al terminar, me pregunta si yo también cantaba en el ejército. «Pues claro», le digo, y le canto una rima que nos enseñó un sargento, mientras nos obligaba a revolcarnos en un pantano: «Sube, sube, guerrillero, que en la cima yo te espero, con granadas y morteros, tus ojitos sacaremos».

El castigo y el canto son ejes cardinales del entrenamiento: enseñan al recluta a encajar con obediencia en el rompecabezas militar. Con el castigo físico enseñan a obedecer. Y lavan el cerebro a punta de canciones. Por culpa de la infracción cometida por uno solo de sus miembros, por uno solo, el castigo se le aplica a la totalidad del pelotón. De esta manera el infractor queda doblemente señalado: primero, por los instructores que imparten el castigo. Segundo, por los propios compañeros, pues por su culpa los han levantado en la mitad de la noche a trotar enjabonados. Rascarse la cabeza durante una formación, no llevar las botas lustradas, o no alisar la sábana del catre, son motivos de castigo. Con la «bolita de nieve» se corrigen todos estos y otros deslices de la tropa. El soldado, además de aprender la disciplina, va asimilando la impotencia y con ella la rabia y la violencia, estados de ánimo muy provechosos para los comandantes que saben explotar estas reacciones en el campo de batalla.

Guerra étnica

El 7 diciembre del 2009, cinco atentados terroristas ocurrieron en diferentes puntos de Bagdad que dejaron 127 muertos y más de 400 heridos. Según explicaron los medios de comunicación, se trataba de ataques efectuados por el grupo terrorista Al Qaeda y el partido ilegal Baaz, que reúne a los simpatizantes del otrora líder Saddam Hussein. Los atentados podrían tener dos explicaciones: la primera, el anuncio de celebrar elecciones generales el próximo 7 de marzo. La segunda, la subasta de contratos petroleros pactada por Estados Unidos. Actualmente, existen en territorio iraquí diez yacimientos de crudo sin explotar.

Estos y otros atentados terroristas demuestran que, a pesar de los esfuerzos por consolidar un gobierno central, la estabilidad del país no está cerca, en especial a causa de los viejos conflictos entre las principales etnias del país. En Iraq hay dos etnias religiosas: chiitas y sunitas, una diferencia importante pues son las dos ramas que dividen al islam. Los chiitas representan el brazo más ortodoxo musulmán y su poder proviene de Irán, donde son mayoría. Por fuera de Irán, los chiitas permanecen en constante amenaza. En el caso de Iraq, el 65% de la población es chiita, pero hasta la caída del régimen el control estatal lo detentaba un sunita, Saddam Hussein. Para mantener el control, Hussein ejercía una constante represión sobre los chiitas. Las rivalidades entre ambas etnias han llegado a puntos críticos. Los bandos en la guerra entre Irán e Iraq en los ochenta fueron precisamente los chiitas, en Irán, y los sunitas, en Iraq.

Una de las represiones más feroces que sufrieron los chiitas iraquíes sucedió al finalizar la guerra del Golfo. Cuando la mayor parte del ejército iraquí quedó destrozada en 1991 y las fuerzas de la coalición, lideradas por Estados Unidos, lo obligaron a salir de Kuwait, los líderes de la oposición chiita iraquí pensaron que había llegado la hora de su revancha y que podían derrocar a su presidente con la ayuda de la coalición. Se produjeron levantamientos y revueltas en el interior del país. En respuesta, Hussein aplastó la rebelión popular contra su régimen utilizando los restos de su diezmado ejército. Fue una carnicería humana a los ojos indiferentes de las tropas internacionales, que se dieron vuelta en la frontera y regresaron a Kuwait. Si la coalición no siguió avanzando hasta Bagdad ello se debió, según argumentaron los estrategas y políticos en su momento, a que temían que Saddam se defendiera del ataque con armas químicas.

Entre tanto, la rivalidad entre chiitas y sunitas iba en aumento. Saddam Hussein se rodeó de personas de su más alta confianza porque sabía que la venganza chiita se calaba con fervor. A este peligroso caldo étnico hay que sumarle el componente kurdo. Los kurdos son un pueblo sin un Estado propio, diseminado en el suroeste asiático entre Irán, Iraq y Siria. El norte de Iraq es mayoritariamente kurdo, que es sunita, como lo era Hussein, pero en vista de la negativa del gobierno iraquí a proporcionar un territorio propio, los kurdos fueron sus enemigos. En la guerra irano-iraquí, las guerrillas kurdas se aliaron con Irán y al final de la guerra del Golfo Saddam también sofocó su levantamiento con violencia.

Si en la época de Saddam los sunitas detentaban el poder congregados en el partido Bazz, desde los edificios estatales, en la actualidad están replegados en guerrillas, apoyados por Al Qaeda, y ejecutando atentados terroristas como los sucedidos el pasado 7 de diciembre de 2009.

Pelotones de reacción rápida

Mateo Cervantes vive en el barrio Belén La Nubia, en el occidente de Medellín. Sentado en uno de los muebles de la sala de su casa, sigue el relato. Me cuenta cómo era la vida cotidiana en la guerra. Con veintiún años, formaba parte de los Quick Reaction Force (QRF), pelotones de treinta marines que cumplían misiones de reacción rápida en Iraq. Si una granada de mortero enemigo impactaba en la base, los artilleros hacían sus cálculos y entregaban al comandante del QRF una coordenada para que él y sus hombres se dirigieran al lugar del hostigamiento. Entonces sonaba una alarma, y si el marine Cervantes y sus compañeros de pelotón estaban comiendo, de inmediato dejaban los platos a medio camino para colgarse su armamento y salir disparados en los humvees. Mateo pertenecía a esta fuerza especial de infantería gracias su currículo: entrenamiento básico de tres meses y medio en la base militar Fort Benning en Georgia; cinco meses en el paralelo 38 de Corea; una primera estadía en Iraq de siete meses; curso de paracaidismo en dos meses y medio en una base de las fuerzas aéreas en Estados Unidos, y de nuevo «a la mierda ―dice con un dejo de orgullo―, de nuevo a la guerra como un verdadero soldado de infantería en los QRF, pues sólo el 2% del ejército es parte de la infantería, o sea, los que van al frente de batalla», asegura, queriendo recalcar que eran los más valientes.

Además de las reacciones rápidas, los QRF tenían órdenes de realizar chequeos en la población y sobornar iraquíes en busca de información útil.

En una oportunidad el convoy de Mateo salió en busca de un poblado donde, según informantes, había canecas con rockets y fusiles. Cuando llegaron a las casuchas asentadas en el desierto, no encontraron más que a una mujer sentada con prendas negras de pies a cabeza. Era un pueblucho fantasma. Los únicos habitantes eran la mujer y un calor de infierno. Los soldados rodearon el lugar y el comandante de la columna fue donde la mujer, acompañado por el intérprete iraquí adjunto, un tipo delgado, vestido a lo paisano iraquí, con una pistola al cinto. La mujer no dijo una sola palabra, a pesar de que intentaron hacerle soltar aunque fuera un movimiento de cabeza. Se mantuvo sentada, mirando el horizonte pesado y chispeante de calor. El intérprete le dijo al comandante que por lo que veía esa mujer odiaba a los estadounidenses. Los hombres escudriñaron las casuchas. En una de ellas, en el piso de tierra amarilla, encontraron la entrada a una caleta, un hueco estrecho por el que se ingresaba a un pequeño túnel donde debían estar escondidas las armas. Como ninguno de los soldados podía pasar por el hueco, el comandante ordenó llamar al más delgado: Mateo Cervantes. Mateo se quitó el armamento e ingresó por el oscuro hueco, aún a sabiendas de que podía tratarse de una trampa. Aparte de la linterna, su única protección era la pistola 9 mm que el comandante le prestó y los lentes transparentes con los que se cubría los ojos del polvo del desierto. Cuando bajó, vio en el fondo sombrío unas canecas. Mateo miró el piso y las paredes oscuras del túnel y dudó un momento en dar un primer paso. Podría pisar una mina. Azuzado como un perro de caza por su comandante, Mateo comenzó a avanzar a tientas. Cuando llegó hasta el botín, comprobó que se trataba de un cargamento con fusiles kalashnikov. Luego salió a dar aviso. La única precaria trampa, en el interior del túnel, eran tres anzuelos de pesca colgados del techo dispuestos para engarzar ojos enemigos. Cuando Mateo caminaba por la oscuridad, los anzuelos chocaban contra las gafas transparentes y luego resbalaban por el casco. Cuando estuvo fuera del túnel, su sargento lo felicitó y exhortó a los demás a ser buenos soldados, como Cervantes.

Inestabilidad en Iraq

Con la caída del régimen de Saddam Hussein, en marzo del 2003, llegaba la revancha de los chiitas iraquíes y kurdos. Lo que siguió a continuación fue el proceso de la reconstrucción de Iraq y la búsqueda de la estabilidad política. Lo que se quería era un gobierno democrático, de carácter laico, que redujera el peso de lo religioso en lo político, y con representación de las principales etnias y creencias del  país. Pero este proceso de normalización estuvo marcado por numerosos episodios de violencia y ataques terroristas realizados por la resistencia sunita. En agosto de 2003 se perpetró un atentado contra la sede de la ONU en Bagdad. En Najaf, ciudad santa chiita, un atentado terrorista acabó con la vida del ayatolá Muhammad Baquer al Hakim, personaje de gran importancia en la comunidad chiita iraquí. Con él murieron otras cien personas. En octubre de ese mismo año cinco carros bomba estallaron en Bagdad, causando más de 35 muertos y 200 heridos. A Saddam Hussein lo capturaron en diciembre de 2003 y lo pusieron a disposición de las autoridades interinas, quienes se comprometieron a procesarlo por crímenes de lesa humanidad. El conflicto interno crecía en intensidad. La guerra de guerrillas estaba en su peor momento. En enero de 2005 asesinaron a Alí al Ahaidari, gobernador de Bagdad. Entre tanto, se celebraron elecciones populares para el 30 de enero de 2005. El aparato legislativo, llamado Asamblea Nacional, la ocuparon chiitas en su mayoría, con 128 de los 275 asientos disponibles. La segunda fuerza política, representada por la coalición de los principales partidos kurdos obtuvo 53 escaños. Por su parte, los sunitas acudieron a las urnas y ganaron 44 diputados. En estas elecciones adquirió una especial importancia el hecho de poder incorporar a los sunitas a la normalización institucional del país. En agosto de ese mismo año más de mil personas perdieron la vida en una peregrinación chiita en la capital, al desatarse el pánico por el rumor de que terroristas sunitas perpetrarían una de sus acciones suicidas. El 22 de febrero de 2006, un atentado destruyó en Samarra la cúpula dorada de la mezquita de Al Askari, uno de los principales santuarios de los chiitas iraquíes. Las represalias contra los sunitas de Saddam se desataron de inmediato, iniciándose una gravísima espiral de violencia entre ambas comunidades religiosas. El país se sumergió en una guerra civil. El 30 de diciembre de 2006 ejecutan a Saddam Hussein en la horca, en Bagdad, dando cumplimiento a la sentencia del alto tribunal que lo juzgó. La condena se le impartió por la muerte de 148 chiitas en 1982. La reacción de la resistencia no se hizo esperar: el 22 de enero de 2007, un doble atentado con carros bomba en Bagdad segó la vida de cien personas.

En el ejército se hacen cosas muy feas

El 30 de diciembre de 2005, el convoy al que pertenecía Mateo fue víctima de una emboscada. En el momento en que patrullaba las calles, una mina casera IED (improvised explosive device) estalló cerca de uno de los humvees. Los soldados reaccionaron, saltando de los carros y protegiéndose, pero no encontraron un objetivo a dónde apuntar. El resultado del atentado fue un soldado muerto: Jonathan Pfender, el mejor amigo de Mateo en el ejército. Pfender estaba expuesto al fuego enemigo, a cargo de la ametralladora calibre 50, en la torreta del vehículo, cuando explotó la mina. Las esquirlas lo mataron al penetrarle en el rostro y el cerebro. Mateo sufrió un gran golpe moral. Me dice que desde ese momento empezó a dudar de su permanencia en el ejército. Él tiene tatuada esa fecha fatal en la muñeca de la mano izquierda: 30/12/05.

Cuando le pregunto cuántas personas mató en la guerra, me contesta con vaguedad:

―Maté a varios ―dice.

―Y cómo fueron esas muertes ―le pregunto.

―En combates y escaramuzas con las milicias de los fedayines ―contesta―, soldados al mando de Uday Hussein, el hijo de Saddam.

La muerte que más recuerda Mateo es la de una mujer. Patrullaban en una calle cuando de repente, de la nada, salió una mujer en dirección de los soldados. Llevaba chanclas y túnica verde oscura. Le ordenaron detenerse pero ella hizo caso omiso. El comandante de la patrulla le gritó a Cervantes: «¡Dispare, soldado, dispare!», y Mateo, obediente, alzó el fusil y le pegó dos tiros en el pecho. Luego comprobarían que era una campesina y que no tenía bombas en el cuerpo. «Cuando acabamos de patrullar y llegamos a la base, todos me daban palmaditas en la espalda: “¡Bien!, ¡bien! ―le decían sus compañeros―, eres un buen soldado”».

Entiendo lo que me quiere decir: todos en la base intentaban echar tierra a los actos de cobardía con felicitaciones y saludos. «Me siento mal, muy mal ―me confiesa―, me siento sucio, avergonzado, porque en la guerra se hacen cosas muy feas». Un mes antes de nuestra entrevista, Mateo envió un mensaje en un foro iraquí en inglés, en internet, donde ofreció disculpas por este y otros crímenes. «¿Cuáles más, aparte de esta mujer?», le pregunto empujado por la curiosidad. Entonces me mira desconfiado: «No te los voy a decir».

Desorden en la ocupación militar estadounidense

Aunque las viejas disputas étnicas fueron un potente motor de violencia en Iraq, otro factor que agravó la situación fue la manera en que el ejército estadounidense asumió el liderazgo en el país luego de la caída del régimen de Saddam Hussein en 2003. El reportero Jon Lee Anderson lo explica en su libro La caída de Bagdad, cuando entrevista al ingeniero Muayed al Musli en los suburbios occidentales de Bagdad, en abril de 2004. El ingeniero le dice a Anderson que «transcurrido un año de ocupación, tanto sunitas como chiitas estaban hartos de las humillaciones de los americanos». La entrevista entre Lee Anderson y el ingeniero  tuvo lugar en una mezquita donde se habían dado cita los ciudadanos iraquíes de ambas etnias para hacer donaciones de comida y medicina. La ayuda iba dirigida a Faluya. Allí la resistencia combatía a los estadounidenses, que mantenían sitiada la ciudad. En palabras del ingeniero: «Todos los iraquíes odian a los americanos, sunitas y chiitas tienen un enemigo en común». Anderson relata los atropellos que cometían los marines contra la población civil, en muchos casos a causa del desconocimiento de la cultura. La casa es el lugar más sagrado para los musulmanes y sus mujeres su posesión más preciada. Cuando los soldados ocupaban edificios y escuelas apostaban centinelas en el tejado. «Esto enfureció a los lugareños ―continúa acusando el ingeniero―, pues significaba que los soldados podían fisgar en los patios privados de sus casas y espiar a sus mujeres e hijas”. Pero en otros casos los abusos se hacían en forma premeditada. Los soldados tiraban abajo las puertas de las casas, robaban, molestaban a las mujeres con obscenidades y amenazaban poniendo una pistola delante de las narices. En La caída de Bagdad, Anderson cuenta cómo los iraquíes sentían que Estados Unidos los había engañado. Si ya habían derrocado a Saddam y no habían encontrado las supuestas armas de destrucción masiva, ¿por qué no se iban del país? «Los iraquíes son orgullosos y no quieren que los extranjeros vengan a gobernar» remata el ingeniero. Todos pensaban que en realidad Estados Unidos había armado la guerra por el petróleo y no por otra cosa. La hipótesis que tenían los iraquíes era que los estadounidenses querían dividir a sunitas y chiitas. En la medida en que esa rivalidad se reforzara, Estados Unidos tendría una excusa para permanecer más tiempo en el país. En vista de esto, en abril de 2004 se habían reunido ambulancias y camiones, con donaciones realizadas por personas de ambas etnias, para prestar ayuda a la resistencia que combatía contra los estadounidenses en Faluya.

Mateo en tierra firme

Hoy ya todo quedó atrás para Mateo y ahora está contándome la historia en la sala de la casa. Aunque es colombiano, se educó en Estados Unidos y hace diez meses vive en el barrio Belén La Nubia, donde su abuela paterna porque no quería volver a la casa de su mamá y de su padrastro. Mateo ahora tiene veinticuatro años y vive en su tierra natal, y además de ser profesor de inglés, camina por las calles girando la cabeza con cada mujer bonita que se cruza. Ahora duerme a pierna suelta sin que nadie venga a levantarlo a gritos y puede sentarse al comedor con su familia sin que ningún teniente le controle las visitas. Ya puede darse una vuelta por los pueblos de oriente, comer fresas con crema, montar a caballo y respirar con tranquilidad sin el fusil en las manos. Lo mejor es que tiene el cuerpo completo, no le falta ningún brazo, ninguna pierna. Mateo Cervantes está a salvo.

Al siguiente encuentro vamos a ver las fotos en un café, pues en la casa de su abuela no hay computador. Cuando llego al café, Mateo me sonríe con su cara de gringo y estira la mano. Lleva boina de sonero cubano, lentes de aumento y una mochila tejida, cruzada por el pecho. No tiene asomo de haber sido un soldado. No es alto ni corpulento. Por el contrario, parece un Kurt Cobain con gorra y mochila: tenis sucios, pantalón suelto, barba amarilla y desarreglada. Tal vez con su actitud quiere camuflarse y olvidar todo ese infierno de guerra. Eso es lo que pienso cuando lo veo, que quiere pasar por alto la sangre de campesinos iraquíes que le mancha las manos. Estaba pensando en esto cuando nos cruzó una muchacha con las caderas anchas. Mateo se petrificó, mirándola con verdadero morbo.

Entramos al local y nos metimos en una cabina. En unas fotos luce orgulloso: de pie, ríe y posa empuñando su fusil M-16. En otras está sentado, mirando el piso y decaído. En las fotos se nota el conflicto entre sentirse orgulloso y a la vez apenado. Finalmente supo la tontería de poner en riesgo su vida en una guerra ajena, «una guerra de políticos viejos ―dice Mateo―, porque la guerra no es de los jóvenes».

Más tarde nos vamos a una tienda. Pedimos cervezas y cigarrillos. Ahora puede tomarse su cerveza con la tranquilidad de la tardecita y fumar con calma su cigarrillo. Él es un marine en tierra firme. Su espacio físico no es una base militar, es una casa de familia. Mateo se ha salvado, ha regresado con los ojos nuevos y el cuerpo entero, sabiendo que muchos de sus compañeros volvieron sin piernas, o sin brazos, cuando no envueltos en una bolsa negra. Para esquivar el insomnio, todas las noches, se fuma un porro de marihuana. Sólo de esta manera logra relajarse y dormir. Los explosivos callejeros que hacen estallar los muchachos del barrio en estas festividades decembrinas son su pesadilla, tanto así que ha llegado a tirarse al suelo cuando escucha las detonaciones.

La tarde es fresca y el cielo es de color azul rey de diciembre. En Medellín estamos de fiesta. Una chica llega a la tienda acompañada de un perro café de raza labrador. Mateo le hace caras al perro y no a la chica. Ella está pasada de peso. Entonces él me dice que quiere tener una finca para tener dos perros y un gato. «Quiero vivir sin tener que pagarle a nadie». Se inclina y le habla al perro con pucheros, como si estuviera hablándole a un bebé. Me parece imposible que una persona tan frágil haya sido voluntaria para la guerra. Pero sé que en realidad esconde a un hombre rabioso y tímido que guarda recuerdos que lo avergüenzan, que le carcomen la conciencia y lo anclan en el remordimiento, recuerdos que se distorsionan, alargan y recrudecen, en los sueños de pesadilla con imágenes de su amigo Fender con la cabeza destrozada; recuerdos que vuelven en las noticias televisadas, en las que anuncian que en Bagdad han hecho explotar cinco carros bomba en diferentes puntos de la ciudad, matando e hiriendo a multitud de civiles y militares estadounidenses. «No volví a ver ningún noticiero… Allá todavía están mis amigos y esos campesinos iraquíes».

Nos paramos de la tienda, ya pagadas las cervezas, y caminamos. Cuando le hago saber mi impresión de que con esas gafas y esa gorra no parece haber sido un soldado, entonces saca pecho e intenta caminar con la columna erguida. Se quita la gorra con una mano y con la otra se saca los lentes. Ahora camina pavoneándose. Se ve ridículo con esa falsa rigidez. Lo miro y me provoca soltar la carcajada. Me parece que está bromeando y está burlándose de los soldados, caminando derecho, con rigor y aspereza. Pero como no estoy seguro de su broma, entonces contengo la risa. Luego de avanzar un poco más, me doy cuenta de que está intentando parecer fuerte de verdad y que el asunto no es para reírse de nada. Está completamente serio, intentando convencerme de haber sido un soldado de infantería de Estados Unidos. Entonces descubro en vivo y en directo su ingenuidad. Si a Mateo lo provocan, es capaz de cualquier cosa.

Para cambiar de tema le pregunto si se siente más estadounidense que latino. Contesta que no quiere tener una bandera en la cabeza, «una bandera significa un gobierno», dice, y continúa hablando colgándose las gafas y la gorra. Entonces vuelve a torcer la columna, esconde el pecho y recobra su paso relajado. Veo de nuevo al Kurt Cobain de antes: «Un gobierno es un presidente y yo no quiero ser asociado a ningún presidente». De nuevo es la persona sensata de hace unos minutos. Mateo chupa con hondura su cigarro mientras camina. «No sé cómo pude ser tan tonto… y que la tontería me durara tanto tiempo», y vuelve a chupar del cigarro. El calor, la sed y el miedo están en otro lado y no aquí al lado de su abuela, con los fríjoles paisas y la tranquilidad de su barrio. Toda experiencia de dolor es una experiencia mística. Debe estar pensando que Medellín es un paraíso y que a Estados Unidos no vuelve «ni loco, ni loco», repite.

En la batalla del calentamiento

La primera noche en el batallón, cuando apagaron las luces del alojamiento de la compañía de reclutas, ―quinientos soldados acostados en catres―, alguien eructó durísimo en la oscuridad y todos nos morimos de la risa. A continuación escuchamos una seguidilla de pedos, gritos y armamos una chacota que nos duró hasta que un teniente, encendió las luces y gritó:

―¡De pie, malparidos!

Eran las once de la noche y toda la compañía fue a dar al campo de parada en pijama, es decir, en pantaloncillos. Formados en pelotones, semidesnudos, calvos y en chanclas parecíamos judíos en un campo de concentración. En las siguientes dos horas, el teniente nos hizo entender, a punta de flexiones de pecho, sentadillas, polichinelas e insultos, que teníamos que acostarnos en silencio.

Corría el año 1996, en el Batallón de Policía Militar N°4, mejor conocido como el Batallón Bomboná y para entonces el SMART era un bebé y las revueltas de la UdeA eran aplacadas con brutalidad por pelotones antimotines de la Policía Militar. En los 80´s y 90´s, los pillos sobornaban con facilidad a la policía, pero no se atrevían a levantarle la voz a un soldado con brazalete de PM.

Héctor Abad Faciolince en su libro El olvido que seremos, habla del batallón N° 4 y comenta las denuncias que hizo su papá en contra de esta guarnición militar. “Yo acuso ―escribió don Héctor Abad Gómez en una columna de prensa― a los interrogadores del Batallón Bomboná, de estar aplicando torturas físicas y sicológicas a los detenidos por la IV Brigada”. El artículo se publicó poco después de que un amigo y discípulo de don Héctor fuera detenido por el Ejército en Medellín.

En los tres primeros meses de instrucción, a los reclutas nos castigaron por cualquier cosa. Una sombra en la barba, una mugre en las botas, una arruga en la cama o el olvido de una estrofa, ―de las once que tiene el himno nacional―, nos valieron horas de trasnocho. Cuando asistimos al polígono, donde disparamos por primera vez el fusil G3, y fueron pocos los que afinaron en la diana, el comandante nos bañó con baldados de agua y luego nos ordenó hacer rollos sobre un terreno polvoriento. Quedamos como pollos apanados, llenos de tierra.

Esa primera noche en el batallón, cuando armamos esa chacota con pedos y eructos, aprendimos a meternos en la cama en total silencio. En la oscuridad y tirado en mi catre, cerré los ojos, exhausto, rabioso e impotente. Así me quedé dormido y no sentí las tres horas de sueño. Inmediatamente cerré los ojos, pasó un segundo y de nuevo el maldito teniente prendió las luces y gritó:

―¡De pie, malparidos!

Eran las cuatro y media de la mañana y el primer día de entrenamiento nos esperaba.

Se hace sentir la fuerza del valiente

Karl von Clausewitz, el más clásico de los teóricos militares, decía que el fin de las guerras no son los ataques, ni los bombardeos, sino “la imposición de la voluntad política del vencedor”. Todo parecía indicar que el teniente estaba librando una guerra contra nosotros. Nos tenía como sus enemigos y como consecuencia de sus castigos doblegaba nuestro carácter y nos imponía su forma de pensar, su política.

Terminado el entrenamiento, fui trasladado con otros cuatro compañeros a la base militar de Bosconia, dos cuadras abajo de la estación Prado del metro. Bosconia era un patio de colegio del tamaño de una cancha de baloncesto. Éramos 20 soldados y prestábamos turnos de guardia. En el día pasaban docenas de buses, gente y en general el barrio estaba infestado de atracadores y extorsionistas.

Una tarde, llegó una señora agitada y nos avisó de un atraco en un bus. Yo estaba con Posada prestando guardia. Gritamos voz de “¡reacción!” y salimos en cacería. Logramos atrapar al pillo y lo llevamos hasta la base en un tren de patadas y puñetazos. Cuando íbamos a encerrarlo en el calabozo, se negó a entrar por el fuerte olor a berrinche concentrado en un rincón. Una semana atrás, la orden del sargento, comandante de Bosconia, había sido que en adelante orináramos allí, “para atender bien a los hijueputas que agarremos” ―había dicho―. De modo que el olor comenzaba a fermentar. La muenda que se ganó el pillo fue brutal y muertos de la risa lo obligamos a entrar en el calabozo.

Una noche, vimos bajar por la cuadra un par de travestis. Posada quiso requisarlos. Ellas-ellos estaban encantad@s porque los manoseara un soldado “bien macho”. Lo que no se imaginaban era que el asunto iba en serio. Posada no palmoteó los vestidos, sino que esculcó sus bolsos de cuero. En uno de ellos encontró seis baretos y dos gramos de perico. Posada se echó en el bolsillo la merca y detuvimos al dueño(a) del bolso. Cuando l@ íbamos a meter al calabozo, también se negó a entrar. De modo que saqué la correa y le zumbé varios fuetazos. Sus gritos de hombre despertaron al sargento, que se levantó rabioso en pantaloncillos y nos ordenó dejar paz al “mariqueta”. Al otro día, repartimos en el resto de la base el perico y la marihuana que decomisamos.

El periodo de instrucción de mi teniente había dado resultado. No sólo había doblegado nuestra voluntad, sino que habíamos adquirido la absurda lógica militar. ¡Todo un éxito el entrenamiento!

Por uno pagan todos

Luego de tres meses en la base militar de Bosconia, nos trasladaron al batallón Bomboná. Llegar de nuevo al Batallón fue un desastre. Una mañana, cantando el himno nacional con todo el personal del batallón, formado en la plaza de armas, un soldado se puso fue a silbar. Cuando acabamos de cantar, el coronel estaba furioso. Era una falta grave de respeto contra los símbolos patrios. El coronel mandó llamar al teniente Hernández, comandante de la compañía. Cuando el teniente estuvo al frente, el coronel le ordenó hacer “¡22 de pecho!”.

Humillado, frente a todo el batallón, Hernández cayó a tierra y flexionó los brazos 22 veces.  Cuando se levantó, el coronel lo miraba como a una cucaracha y le ordenó volver a la fila y lo previno contra otro grillo “entre sus soldados”.

Ahora seguía el castigo: toda la compañía, ordenó el coronel, incluidos sus cuadros de mando, tendríamos que ir hasta la meseta, monte arriba, llegando al corregimiento de Santa Elena. “Fácil”, pensamos todos.

―Van a subir a la meseta ―gritó el coronel― pero se llevan los catres al hombro.

De un plumazo nos borró la risita. Salimos a las 9:00am cargando tablas, catres y colchones, por el camino de la montaña. A las doce del día llegamos a la cima con los trastos. Prendimos una fogata inmensa y sólo cuando el coronel, por radio-teléfono, dijo haber visto el humo, agarramos las tablas-catres-y-colchones montaña abajo. Más adelante nos dimos cuenta del verdadero motivo que tuvo el coronel contra Hernández. Un soldado que trabajaba como mesero en el casino de oficiales la escuchó: el teniente Hernández, en una fiesta, se había burlado de un afiche que el coronel tenía en la sala de su casa: un calendario de Cerveza Pilsen con una modelito mostrando el culo.

Más tarde, cuando bajamos de la meseta, nos fuimos a la cama. Con el permiso del teniente Hernández, nos arrastramos en la oscuridad del alojamiento hasta el cuerpo durmiente del incauto que silbó el himno nacional. Le soltamos varias bolsas de agua y le descargamos una docena de tablazos. El teniente, “el grillo” y la compañía entera había recibido su merecido. La ley del castigo es: “Por uno, pagan todos”. Al día siguiente, no quedaba duda, seríamos mejores soldados.

1.

Un domingo que me negaron el permiso para ir de visita a mi casa, decidí volarme. El servicio militar es como una condena en la cárcel. En compañía de otros dos amigos saltamos por encima de la reja, cuando un centinela nos echó el ojo sin que nos diéramos cuenta. Estábamos esperando el bus, todos contentos, cuando un pelotón de reacción nos agarró por sorpresa. Nos llevaron a la Guardia. A los diez minutos, el teniente Hernández fue por nosotros en su carro.

El batallón Bomboná queda en Buenos Aires, un barrio alto en una montaña antioqueña. Para ir desde la Guardia hasta el polígono, hay que subir dos kilómetros por una loma de venganza. De modo que cuando el teniente fue por nosotros a la Guardia, furioso, porque, sus soldados lo estaban haciendo quedar mal, apagó el auto y se inventó el primer castigo de la tarde: empujaríamos su carro desde la Guardia hasta el polígono por esa pendiente larga y tortuosa. Pero antes, llenamos la caja del carro con cinco sacos de arena. El cielo estaba azul y un sol de domingo radiaba el mediodía.

Empujando el carro con esfuerzo y ganando distancia por la loma, vi que el teniente nos echaba un vistazo furibundo desde el espejo retrovisor. Los tres soldados íbamos pensando en la tontería que habíamos cometido. Por nuestra culpa, le llamarían la atención a Hernández. Al llegar al polígono, estábamos agotados. El teniente Hernández no dijo palabra. Prendió el carro, dio el giro y gritó:

―¡Los espero en la Guardia!―. Descolgó el carro montaña abajo, y nosotros a correr detrás de él. Si queríamos que el castigo no se alargara demasiado, tendríamos que obedecerle con pleitesía. Nos esperaba una larga jornada de castigos.

2.

Más tarde, el teniente nos llevó a alojamiento. Cuando entramos, cuatro o cinco soldados vagaban entre los camarotes.

―Voy a contar hasta tres ―gritó el teniente― para que se larguen de aquí…, ¡y voy en dos!.

Los soldados salieron disparados y sólo quedamos con el centinela del armamento. El teniente no quería testigos. Algo traía en la cabeza. Le ordenó al centinela que fuera en busca del sargento Mafla. Hernández nos llevó a un rincón. Agarró una tabla de un camarote y nos ordenó posición de “punto cuatro arriba”. A cada uno, nos cosió tres tablazos en el trasero. El teniente empuñaba la tabla como si fuera un bateador de beisbol y con odio zumbaba la madera. Cuando llegó mi turno, sentí con cada tablazo una penetrante picazón en las insuficientes carnes de mi nalga. Por nada y me pongo a chillar del dolor.

Cuando llegó el centinela acompañado del sargento Mafla, el teniente le ordenó:

―Les saca la mierda a estos soldados, sargento…, pero bien sacada…, ¿oyo?―y se largó.

3.

Los tablazos del teniente Hernández fueron el castigo más humillante que sufrimos. Aún así, comparado con otras torturas en el Ejército, nuestra historia fue un caso de rabiosas caricias. En la historia del Ejército de Colombia se tiene registro de graves atropellos contra los soldados. El caso más sonado recientemente sucedió en 2006, en la base militar de Piedras, en el departamento del Tolima. En su defensa, los militares dijeron que era parte de la instrucción contra-insurgente. También es de Clausewitz el axioma que dice: “los soldados deben temerle más a sus propios oficiales que al enemigo.”

Por este episodio, el entonces comandante del Ejército, general Reynaldo Castellanos, fue destituido de su cargo por parte del presidente Álvaro Uribe y reemplazado por el general Mario Montoya. Dos años después, en 2008, un juez condenó a 15 y 16 años de prisión a los 13 suboficiales que cometieron la tortura.

4.

Cuando el teniente nos propinó los tablazos, se cuidó de no tener testigos en el alojamiento. Desde tiempo atrás, ese castigo estaba prohibido, pero el teniente no se iba a quedar con la espinita enterrada. Sus soldados dejaban en evidencia la indisciplina de la compañía, haciéndolo quedar mal ante el coronel y el resto del batallón. Le debíamos una. Y la cobró. Eso sí, cuidándose de que nadie lo viera. Igualmente nosotros, con el pecado encima, no lo denunciaríamos.

Soldadito de plomo

Para descansar de los soldados más lepras, el teniente nos mandó a la base militar de ISA. En la montaña, nuestra misión era prestar guardia en el día y en la noche. La base militar de ISA está incrustada en la montaña. El bosque de pino y las garitas rodean el edificio, desde donde se controla la red de interconexión eléctrica. Al igual que las plantas hidroeléctricas del país, el edificio de ISA era permanentemente amenazado por la guerrilla. En el bosque, cada quinientos metros había un puesto de guardia. Las únicas compañías dentro de la garita eran la conciencia y el fusil. El medio para comunicarse era un radioteléfono. Cada hora se hacían reportes de novedades.

En las noches había que estar pendiente de la reja iluminada por lámparas. A mí me importaba un carajo que se tomaran las instalaciones de ISA. El compromiso, cuando prestaba guardia, era con mi garganta. No fuera que algún guerrillero alcanzara a violar la reja y, luego con sigilo, al treparse a la torre, me zanjara el cuello. En cambio para el podrido Ejército, mi vida costaba menos que una libra de sal. De llegar a ser emboscado, el coronel del batallón lamentaría el robo de mi fusil.

En las patrullas por el perímetro de la base de ISA, no volví a molestar a la gente. No requisaba a nadie en los retenes y, a menos que el comandante de la patrulla me lo ordenara directamente, detenía un carro para echarle un vistazo. En una oportunidad descubrí un conductor borracho. Lo bajé del carro, le escribí en un papel el teléfono de la base y lo empaqué en un taxi. Con otro soldado nos llevamos el carro y al día siguiente se lo devolvimos al señor. Había decidido no seguir el juego de los militares y su absurdo poder de mando.

Durante un retén, descubrimos en la cajuela de un carro media libra de marihuana prensada. Cuervo y el Conejo se reían y se frotaban las manos. El cabo me ordenó llevar al sujeto a la base y esperar allí hasta que acabara el retén para él mismo encargarse del “traficante”. Todos sabíamos que el procedimiento adecuado era reportarlo a la Policía. También sabíamos que, por lo general, con ese tipo de infracciones no pasaba mayor cosa. La Policía se llevaba al tipo y al rato lo soltaban. Ya nos había pasado en otras ocasiones. Por eso el cabo decidió tomar la justicia en sus manos.

―No llamemos a los tombos ―me dijo― y mientras tanto, dele una paliza bien hijueputa a este marihuanero, pa´que aprenda.

Cuando el Cabo volvió a la base, yo estaba fresco con el tipo. Sentados en el comedor, hablamos, tomamos tinto y fumamos Kool light.

El Cabo me miró decepcionado. En ese momento llegó a la base militar de ISA una patrulla de la Policía. El cabo se sentó a mi lado y me arrebató el cigarrillo. Se echó una calada y luego sopló con rabia el chorro de humo.

―Ay Delgado ―se lamentó―, usted no pasó de ser un soldadito…, un soldadito de plomo.

Asentí y le pedí que me devolviera el cigarrillo. Cuando me lo dio, aún estaba entero. Lo tiré al piso y lo estrujé con la bota.

A la semana siguiente, nos devolvieron al Batallón y el 3 de diciembre de 1997 salimos de la prisión y estaba de regreso a mi cuarto, tirado en la cama, escuchando Pink Floyd, Led Zepelin y Black Sabbat, sabiendo que la próxima comida sería en el comedor de la casa.