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Sandra Rojas vive en una casa de dos pisos con una biblioteca modesta y tés de muchos sabores en la despensa de la cocina. Bajo una luz amarilla, un hombre con rastas y un niño miran un cuaderno. Son las siete y treinta de la noche, y la mujer que desde hace dos décadas toca el bajo y canta con Polikarpa y sus Viciosas ya está empiyamada. Lleva el pelo de un rojo apagado y rapado el costado izquierdo de la cabeza. Un tatuaje de cráneos grisáceos se asoma por la manga derecha de su camisa.

—Yo vivía en Chapinero Alto, en la 64 con primera, y a la vuelta de mi casa había una calle cerrada y un parque que daba hacia la carrera tercera, pegadito a una invasión. Mi papá era el típico cachaco de clase media y nos tenía prohibido ir hacia ese lado porque “Allá vive una gente terrible”, decía.

Es amable. Me recibió con una hospitalidad que no esperé encontrar después de escuchar tantas veces Machos, la canción de finales de los noventa en la que despotricaban contra los hombres. Confiesa que cuando tenía siete años esculcó un cajón de su papá, se robó un par de monedas y se voló hacia el barrio de invasión.

—En la plaza de mercado vendían unos heladitos de barrio que costaban veinte pesos, y me compré uno con esa plata. Luego me hice amiga de un chico de por ahí, y armamos un equipito de béisbol. No sabes cuánto le agradezco a esa gente, la “gente terrible”. Me cambió la vida.

Dante, su hijo de seis años, está haciendo tareas junto al padre, Emiliano, de 44. Después de un largo silencio, Sandra dice:

—Mierda, la vida se pasa muy rápido. Este año cumplo cuarenta.

Sandra se graduó del colegio en 1993 y entró a la Universidad Javeriana a estudiar Artes Audiovisuales.

—El primer trabajo que tuve fue en un programa cultural para un canal nacional. Ese ha sido el explotadero más grande de mi vida. Tenía que hacer de todo: investigación, libretos, programar al camarógrafo, producción, realización, recoger a la presentadora en un carro destartalado y cuadrar la alimentación del equipo. Fue como un año de camello por el que sólo me pagaron 500.000 pesos. Ahora es diferente, porque trabajo en Cátedra de Derechos Humanos.

El trabajo que hoy hace (en el que, entre otras cosas, debe coordinar desde el diseño de un flyer hasta una charla) es eso que el punk y la gente terrible le enseñaron a observar en detalle.

—Llegué al punk por andar callejeando desde que tenía la edad de él —dice, y señala, apretando los labios, a Dante.

Al terminar el colegio empezó a andar con un grupo de skinheads denominado REA (Rechazo a la Explotación Animal), en el que sólo había cuatro mujeres; allí conoció a las otras polas: Lorna Vázquez y Paola Loaiza. Lorna tocó la guitarra durante dos años y luego la remplazó Andrea Rico, sustituida posteriormente por Marcela Uribe. La formación actual se estableció años más tarde.

—Mamá, ¿Lorna ya dejó de tocar? —pregunta Dante.
—Lorna ya dejó de tocar, mi amor. Se volvió cristiana.

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Existe el mito urbano de que Polikarpa y sus Viciosas fueron las primeras punkeras en la escena under bogotana, y eso no es del todo cierto.

—Tienen mucha importancia porque ellas fueron la primera banda completamente femenina —dice Marco Sosa, fundador de la librería anarquista La Valija de Fuego—, pero hubo mujeres antes de ellas que hicieron punk. Jessica, de Sin Pudor, tocó en muchas bandas antes. Lo que sí es completamente cierto es que revolucionaron la escena con su pelo de colores, minifalda y una propuesta musical diferente, influenciada por el hardcore punk polaco, aunque en principio no fueron bien recibidas.

En el estudio de la casa, junto a su bajo y una planta de diez vatios, Sandra nombra algunas bandas colombianas de los años ochenta y noventa en las que tocan o tocaron mujeres: Demencia Libertaria, con Rocío en la voz y la batería; Fértil Miseria, con Yolanda en la batería, Piedad en el bajo y Vicky en la voz; I.R.A., con Mónica Moreno en la voz y la batería.

Mónica Moreno, ícono femenino del punk paisa, dice:

—A las Polikarpas las he visto siempre igual: el sonido, el discurso y la estética. Su proyecto está bien definido y se mantienen después de 20 años.

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—¿En qué momento decidieron armar la banda? —le pregunto a Sandra.
—Un día les dije a Paola y a Lorna: “No, no, señoras, yo no soy dama de compañía de ningún man”. Y arrancamos a tocar en el ensayadero de Skartel. Montamos cuatro canciones y grabamos un casete, muy mal grabado, por cierto. Nos invitaron a tocar por primera vez en el Colegio Emilio Valenzuela. En esa época, muchos toques se hacían en colegios. Después, una gente de la Javeriana nos grabó cinco canciones, las mandamos a la convocatoria de Rock al Parque y quedamos. Así pasó todo, de golpe.

Una tarde, en la Universidad Javeriana, Sandra se encontró con su amigo Jorge Pizarro (el fotógrafo y músico), que venía acompañado de la mujer que completaría esta trinidad femenina del punk bogotano: Andrea Restrepo.

***

Andrea está sentada frente a dos vasos de café y se arregla con los dedos el flequillo negro que le cubre parte de la frente. Lleva puesta una chaqueta negra al estilo The Ramones, botas, bufanda roja y unas gafas oscuras, redondas y grandes que, debido a una pequeña infección ocular, no se quitará durante la entrevista.

—Yo voy a hacer las preguntas, ¿vale? —me dice.
—Vale.

Sólo formula una.

—¿Leíste mi tesis?
—No…

“Una lectura de lo real a través del punk”, artículo publicado en la revista Historia Crítica, de la Universidad de los Andes, es una versión reducida de su tesis. Es quizás, junto con el libro Punk Medallo, de David Viola (I.R.A.), uno de los documentos más juiciosos que se han escrito sobre el surgimiento del punk en Colombia, más específicamente en Medellín. De acuerdo con el artículo de Andrea, este género musical fue una reacción al narcotráfico, al fenómeno del sicariato y al desinterés estatal por la juventud marginal. En un texto publicado en 2012 por la revista Universo Centro, Ignacio Piedrahíta escribió: “Sin instrumentos ni conocimientos musicales, los punks respondieron con un ‘No’ filosófico y estético a los engañosos valores de la moto fácil y el plomo gratis”.

Andrea tiene 37 años y es, en cierto modo, el resultado de un devenir familiar marcado por las humanidades: una abuela socióloga y fundadora en los años setenta del primer movimiento feminista socialista colombiano; un padre rockero, guitarrista de las legendarias bandas Los Flippers y Malanga; y una madre corresponsal de un diario español de izquierda.

—Polikarpa transgredió el orden machista del punk en la Bogotá de los noventa —dice Andrea—. Polikarpa reivindicó a las mujeres en el escenario musical y político del país. Es que el punk debe ser eso, una reacción política contestataria; para mí, es importante cuestionar lo que han sido el sistema patriarcal y la participación de las mujeres en lo social, y aunque creo que el punk no genera grandes procesos reales de transformación, sí acompaña y agiliza causas políticas. Es un motor. Pero si el punk no se articula de manera consciente, no sirve para nada.

Historiadora de la Universidad Javeriana, Andrea trabajó entre 2005 y 2007 con el sociólogo y periodista Alfredo Molano reconstruyendo historias de algunas comunidades del Putumayo. Luego colaboró con la Red de Mujeres Combatientes y con la Red de Conflicto Armado Colombiano. Actualmente se enfoca en el derecho a la paz y en las víctimas de la violencia.

Se levanta a las cuatro y media de la mañana, pues tiene un hijo que va al colegio; trabaja en una oficina de ocho a seis; y por si fuera poco, cursa un máster en Género y Políticas Públicas en la Universidad de los Andes.

—Durante muchos años, Polikarpa se centró en el movimiento de mujeres, pero al tiempo trabajamos en una campaña en contra de Coca-Cola y en contra de la minería. Para eso estudio y para eso trabajo. La única coherencia posible dentro de un ideal es convertirlo en trabajo y política diarios.

Sale del café y camina con prisa. Estira el brazo, pero ningún taxi para.

—A ver si hago bien la cuenta —dice Andrea mientras espera—. Primero salió un casete, después el CD con Libra, luego el sencillo de Animales muertos, siguió uno que nos produjeron en Japón con Defuse —banda integrada por mujeres japonesas—, sacamos un siete pulgadas en Europa con distribuidores independientes y nos acaban de reeditar el primer disco en acetato, en Holan… ¡Taaaxi!

Antes de cerrar la puerta, me dice que “la más entregada a la música en la banda es Paola”.

***

Junto a un semáforo de la avenida 19, Paola Loaiza, baterista y una de las fundadoras de Polikarpa y sus Viciosas, levanta la mano, la sacude, y sonríe. Tiene el pelo pintado de fucsia, como una muñeca, y camisa, chaqueta y pantalón negro.

—Qué pena. Llegué hace tres días a Bogotá y me la he pasado con Nawal (su hijo de 20 años) de un lado a otro, de una casa a otra. Por eso la demora.

A primera vista, es la más punkera de las tres integrantes de la banda. Nació en el Caquetá, pero a los cinco años, después de la muerte de su padre, se vino a Bogotá con su mamá y sus dos hermanas. De niña ayudaba en Sanandresito con los mandados a cambio de muñecas y estudio, pero a los doce se fue de la casa.

—Rodé mucho. Viví con skinheads y con punkies. Después de un tiempo terminé trabajando en una pescadería (que luego se convertiría en un clásico ensayadero). Cuando nació Nawal yo tenía 17, y su nacimiento es, en cierto modo, parte del nacimiento de la banda.

Con una cerveza en la mano, dice que esperemos a unos amigos.

—Yo lo hice todo al revés: me fui de la casa, tuve mi hijo y luego validé el bachillerato. Se supone que uno primero estudia y luego hace su vida, como Sandra y Andrea. Pero no me quejo, siempre he llevado la vida que quiero y afortunadamente vivo de la música.

En el 95, Nawal sufrió una neumonía que obligó a Paola a aceptar la propuesta de salir en un comercial de Pony Malta. La banda (especialmente Sandra, a quien confundían con Paola) fue señalada de hipócrita y capitalista.

—Con mi hijo de meses en el hospital, tuve que aceptar. El día del rodaje, en el chorro de Quevedo, llegaron todos los punkeros y pensé: “Ay jueputa, me van a cascar”. “¿Usted qué está haciendo?”, me preguntaron, y les dije que estaba trabajando, que si querían Pony. Me tocó parármeles. Del susto que tenía, se me salió la malta por la nariz en plena grabación. Tiempo después, en un concierto que hicimos con Fértil Miseria, dos chicas lanzaron panfletos que decían “Pony Malta y sus Ambiciosas” cuando íbamos a empezar a tocar. Me paré de la batería y les dije que por qué se gastaban la plata del chorro en pendejadas.

Compramos una botella de whisky en la 19 con octava y seguimos caminando. Sin darme cuenta, me he unido a un jolgorio de amigos íntimos que celebran el regreso de Paola a la ciudad.

—Yo siempre he sido de contactos —dice Paola—. En los noventa me escribía con gente de afuera: yo mandaba discos y fanzines para que ellos me enviaran su música. A eso me dediqué: a vender música y a conocer gente de otros países. Y todos esos contactos dieron pie para organizar la primera gira de la banda en Europa. Allá, al final de cada concierto, poníamos cumbias y otras músicas colombiana. Si vieras a los europeos enloquecidos con nosotras.
—¿Por qué volver a Bogotá?
—Viví en Medellín como desde los 20; hasta ahora vuelvo a Bogotá. Es que mi vida siempre ha sido la música. He tocado con muchas bandas y hasta tuve una escuela para niños, casi todos especiales, que se llamó Walden, como el libro de Thoreau. En Walden di clases de shaolin, de música y de arte, porque mi exesposo es pintor. Luego colaboré con Comfenalco en la organización de exposiciones de arte. Ahora estoy acá y ya veremos.

***

Fue en 1994 cuando las Polas jugaron con el nombre de la heroína revolucionaria Policarpa Salavarrieta y se inspiraron en algunos de sus principios para hacer música. Hoy, 17 de agosto de 2014, después de 20 años, están en el escenario Plaza del parque Simón Bolívar cantando No al servicio militarBotín de guerra y Libertad, en la duodécima edición del festival más grande del continente. Policarpa las sigue inspirando.

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