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El papá de Daniela fue a darle un beso de buenas noches y descubrió que a su hija le faltaba un mechón de pelo. Hace unos meses, la niña tenía la cabeza completamente sana. Usaba el pelo largo, liso, recogido con cintillos de colores que combinaban con su ropa. Le pedía a su papá que le colgara varios espejos en el baño para peinarse y usaba uno hasta en la ducha, para enjuagarse bien todo el champú. Daniela soñaba con tomarse ese cabello largo y frondoso en una cola de caballo. Pero su mamá nunca la dejó. Decía que ese moño, atado con colets, le iba a dañar el pelo. Ahora, más de veinte años después, Daniela tiene 34 años y cuando intenta comprender por qué empezó a arrancarse el pelo, a veces piensa que fue una forma de rebelarse contra su mamá.

Estaba frente a uno de los espejos que su papá le colgaba en el baño y en la partidura descubrió que le crecían unos hilitos irregulares, que arruinaban su peinado perfecto. Se los arrancó. “Desde ese día, nunca más lo pude controlar”. Se sentaba a hacer las tareas y en vez de tomar el lápiz, se llevaba las manos a la cabeza. Se sacaba pelos durante horas, como en trance. Cuando al fin paraba, el piso amarillo se había oscurecido de pelos.

Mantuvo este ritual durante meses, hasta la noche en que su papá la descubrió. Sus padres, sin saber qué hacer, la llevaron al dermatólogo, luego un psicólogo y más tarde un psiquiatra. Ninguno supo explicar qué le pasaba a Daniela.

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Hace 25 años, cuando Daniela aún no empezaba a sacarse el pelo y vivía con sus papás en Puente Alto, la psicóloga María Inés Pesqueira atendía al otro lado de Santiago, en Vitacura, y recibió en su consulta un caso que nunca había visto: una mujer que no podía dejar de sacarse el pelo.

Era una veinteañera que había desfilado por un sinfín de consultas y que había gastado la poca plata que tenía buscando soluciones. Lloraba desesperada. María Inés se declaró incompetente, pero la historia de la joven la conmovió y se propuso investigar para ayudarla.

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Daniela pensaba que no existía una palabra para el impulso de sacarse el pelo y que era la única en el mundo que lo hacía. Se cortaba el pelo ella misma porque le daba vergüenza ir a la peluquería. Se tapaba los pelones con otros mechones más largos. Odiaba los actos del colegio en los que había que peinarse un tomate o una trenza. Temblaba cuando le preguntaban ¿qué te pasó en la cabeza? Mentía. Jamás le decía a nadie su secreto.

La primera vez que lo contó, fue a su pololo de la adolescencia, cuya respuesta la hizo sentir como niñita chica: si la descubría sacándose el pelo, él le pegaba en las manos. También la manipulaba. Cada vez que ella intentó terminar la relación, él le decía que nadie la iba a querer con el pelo así.

Cuando Daniela se fue a vivir con Sebastián –su actual pareja– lo difícil de compartir una casa no fue acostumbrarse a las mañas domésticas del otro. Lo angustiante fue el pelo. “En la noche esperaba que él se durmiera o me escondía en el baño para, por favor, poder sacarme”.

Daniela se sentía ahogada, reprimida. Necesitaba contarle a Sebastián. Y cuando lo hizo, se relajó. “Empecé a sacarme millones de pelos y él empezó a encontrarlos”. Aparecían en distintos lugares de la casa. Él le decía “¡Dani, mira cómo estás!”. Peleaban. Ella le prometía que iba a cambiar, pero los pelos seguían apareciendo.

Lo demás en su relación iba bien. Daniela estaba terminando de estudiar ingeniería y los fines de semana iban a la casa de sus papás con las hijas de Sebastián, todo en familia. Incluso hablaban de tener un hijo juntos.

–Pero le decía al Seba, yo no quiero ser mamá mientras esté así. Quiero que mi hijo se sienta orgulloso de mí.

Daniela tenía 32 años y un largo historial de tratamientos médicos. Había estado en terapia de grupo con adolescentes que se hacían cortes en la piel. Había guardado los pelos que se sacaba en un sobre. Había tomado Ravotril y Sertralina. Había sido hipnotizada. Había respondido interrogatorios eternos en los que le preguntaban una y otra vez por algún hito doloroso de su infancia. Nada funcionó. Daniela necesitaba recuperar el pelo que tenía a los doce años y ninguna conversación bajo secreto profesional le daba lo que ella quería.

Agotada y frustrada, decidió superarlo sola. Lo intentó durante años, pero siempre recaía. Entonces asumió la realidad: una vez más, necesitaba ayuda profesional.

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María Inés Pesqueira recuerda: “Me puse a estudiar, porque dije, ¡qué es esto de sacarse el pelo! No tenía idea ni de cómo se llamaba. De hecho, la paciente lo sabía y yo no”. Leyendo, descubrió que la tricotilomanía es un trastorno de control de los impulsos, con rasgos de trastorno de ansiedad y obsesivo compulsivo. Un hábito incontrolable que lleva a las personas a arrancarse vellos de distintas partes del cuerpo, “porque es muy rico”.

Hoy, María Inés dirige y enseña en el Centro MIP, donde se especializan psicólogos. En una de sus clases, explica los orígenes de esta dolencia: puede ser genético, biológico o ambiental.

–O una mezcla de los tres. Las personas aprenden a relajarse sacándose el pelo. Así, una predisposición genética o biológica es reforzada por el ambiente.

Según un estudio español de 1987, hay 8 millones de afectados en el mundo –principalmente mujeres– quienes se jalan el pelo de la cabeza, las pestañas, las cejas o el pubis. No existen estadísticas más recientes, mucho menos locales. Además, pocas personas confiesan su enfermedad. Es difícil saber cuánta gente en Chile vive con tricotilomanía.

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A inicios de 2013, Daniela llegó a la consulta de Pedro Retamal, psiquiatra y académico de la Universidad de Chile. Desesperanzada y llena de vergüenza, contó una vez más la historia de su enfermedad sin nombre. Luego de escucharla, Retamal le preguntó lo que ningún médico antes: ¿te puedo mirar la cabeza? Daniela autorizó al doctor, y el veredicto la dejó perpleja.

–No te preocupes, resolver esto es muy sencillo.

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Estaba en la oficina y se le ocurrió googlear. Escribió: sacarse el pelo. En los resultados, Daniela leyó por primera vez la palabra tricotilomanía. También encontró grupos donde gente de distintos países hablaba de su experiencia. Quiso conocer a chilenos como ella y creó el grupo de Facebook “Tengo Trico Chile”. Ahí leyó a una mujer de Arica que no podía salir a la calle sin usar un pañuelo en la cabeza, a un papá preocupado por su hijo que estaba quedando calvo a los seis años, a una pareja de Puerto Montt que se conoció en el grupo y que ahora, juntos, intentan superar la tricotilomanía.

En paralelo, el doctor Retamal le había dictado tres mandamientos: tomarás fármacos, harás ejercicio y averiguarás de casos similares en tu familia. “No sé si tú te has dado cuenta, pero yo tengo un problema –decía Daniela a sus parientes– ¿tú haces algo raro también?”. Encontró a un primo que se arrancaba la barba y una prima que perdía el pelo por alopecia difusa. También recordó que durante su infancia había visto a su abuela sacándose costras y rompiéndose la cara. Eso, ahora ella lo sabe, se llama dermatilomanía, el hábito incontrolable de arrancarse la piel. “Es muy probable que en tu familia haya algo genético”, le explicó el psiquiatra.

Hablarlo la envalentonó. Pensaba, “¿por qué tiene que darme vergüenza estar enferma?”. Varias veces las hijas de Sebastián –su pareja– le habían preguntado qué le pasaba en el pelo. Un domingo, en el almuerzo, se arrojó. Repasaron la historia. Vieron en el tablet las fotos de Daniela a los doce años, cuando usaba cintillos de colores sobre su pelo largo y frondoso. También las fotos de su adultez, cuando usaba cintillos para disimular la pérdida de su pelo corto y débil.

Las niñas le preguntaron si podían tocar cómo era su pelo ahora. Daniela sintió los dedos pequeños y livianos curioseando sobre ella. Lloró. Tenía 33 años y por primera vez permitía que alguien le tocara la cabeza.

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–Qué ganas de que la gente que sufre tricotilomanía sepa que no tiene por qué avergonzarse –dice María Inés Pesqueira y luego explica el método que desarrolló para tratar esta enfermedad. Primero, dejar de esconderse. “Hablarlo y abrirse con sus más cercanos ayuda mucho”. Segundo, complementar una terapia psicológica con farmacoterapia recetada por un psiquiatra. “Deben medicarse, si no, es pura pérdida de tiempo”. Tercero, asumir que es imposible evitar la tentación de arrancarse vellos. “No centrarse en por qué comenzó a sacarse el pelo, sino poner lupa en cómo detenerse”. Es decir, cambiar de paradigma: comprender que la tricotilomanía –al igual que muchas otras enfermedades psicológicas– no se mejora, solamente se maneja.

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Daniela llevaba casi un año de tratamiento con el doctor Retamal. Sentía menos ansiedad y se arrancaba menos pelo. “Pero me crecía muy débil”. Entonces, fue a “Pelucas Avatte”, buscando alguna extensión que, de momento, le disimulara los pelones.

–¡Ay! Aquí han venido muchas niñas así, yo no sé por qué hacen esa tontera de sacarse el pelo– dijo la vendedora y le explicó que no existía lo que ella buscaba. Le sugirió que se rapara y se comprara una peluca. Daniela nunca lo había pensado, pero aceptó. Allí mismo, le afeitaron la cabeza. Pagó $400 mil por la peluca, se la puso y se fue a su casa, aguantando el llanto desde Providencia hasta Puente Alto.

Para asegurarse de recuperar las zonas donde sólo había piel, se rapó otras tres veces. El cabello le crecía más rápido y más fuerte. Tras cuatro meses de esconder su cabeza rala y de arrancarle varios pelos a la peluca, el picor y la transpiración se hicieron insoportables. Se quitó la peluca y terminó con su exilio autoimpuesto. “Me quiero hacer un corte”, dijo. Y, después de veinte años, regresó a la peluquería. Su pelo medía 1,5 centímetros.

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Concentrada en su nuevo tratamiento, Daniela se olvidó de los estudios, pero el Duoc se los recordó. Recibió una carta de aviso: había caducado el plazo para rendir su examen de título. Si quería retomar, debía pagar. Fue al instituto con un certificado médico y contó su historia. El jefe de carrera y el rector no sabían qué era la tricotilomanía. Después de googlearlo, le dijeron “te vamos a dar una nueva oportunidad”.

Sentía miedo del examen, de sentarse frente a los cuadernos y llevarse las manos a la cabeza. Desde el día en que se rapó en Avatte, no se quitaba ningún pelo. Comparaba su rehabilitación con la de los drogadictos. Pensaba, si me arranco un solo pelo, no voy a parar más. Entonces buscó ayuda. Si estaba sola en su casa, invitaba a su hermano o se iba a la de su mejor amiga. Para evitar arrancarse pelos en la noche, le pidió encarecidamente a Sebastián que se durmiera después de ella. Estudiaba sentada en el patio y no encerrada en la pieza; los obreros que trabajaban ampliando la casa de al lado la hacían sentir acompañada.

Se preparó durante semanas. Reprobó. “Yo estaba feliz. Había logrado estudiar y no sacarme un pelo. Para mí, ésa era la verdadera graduación”.

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La segunda vez que Daniela rindió el examen de título, aprobó. “Quedé como Julito Martínez estudiando ingeniería, pero ahora tengo más pelo que el Seba”. Por fin puede conversar con calma sobre “la trico”. Se está preparando para ser mamá y no puede creer lo que ve cada mañana al mirarse al espejo: una mujer sonriente con el pelo sano.

Sólo le falta una cosa para completar su felicidad: “Una cola de caballo. Peinarme la cola de caballo que he querido siempre”.

La cazadora de Facebook

Publicado: 30 enero 2015 en Arelis Uribe
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Conocí a una mala mujer por internet. O eso pensaba yo.

Lo primero que tengo que explicar es por qué la conocí. O cómo. Yo era community manager en una agencia que me pagaba dos sueldos mínimos por trabajar 45 horas semanales. Estudié periodismo, una carrera que se estaba viniendo abajo, hasta que apareció internet. De esta revolución digital y sus nuevos cargos en inglés, a mí me tocó ser community manager.

El community manager es el vocero de una marca en internet. Es un rubro hipócrita. Soy vegetariana y mi cliente es la faenadora más grande de Chile, ésa que transformó a Freirina en una cerdópolis, un pueblo con más chanchos que personas. Miguel, que se sienta a mi lado, es ciclista furioso, de ésos que van a las marchas y jamás se comprarían un auto. Su trabajo es escribir en el Facebook de la automotora más grande de Japón. Detrás de mí está Daniela, una feminista que maneja la cuenta de un producto de limpieza. Su tarea es conversar con las mujeres sobre lo maravillosa que se ve la cocina cuando está limpia.

Según mi Linkedin, soy experta en redes sociales y marketing digital. En la práctica, paso todo el día en Facebook. Soy una persona que se hace pasar por una marca, para que esa marca hable como si fuera una persona. Entonces, la faenadora saluda y pregunta qué tal, cómo va la semana, cómo están los niños. Y los humanos responden, todo bien, esperando el fin de semana, los niños en el colegio.

La tarea principal del community manager, o CM, es preparar concursos. Eres Don Francisco en internet: conversas, haces reír a la gente y, si te siguen el juego, les regalas un refrigerador o un mes de papas fritas. Sabes que los pobres hacen lo que sea por un premio.

Nuestros clientes quieren que gente linda participe en sus concursos, gente linda como la que sale en sus comerciales. Pero sucede lo contrario. Son señoras gordas y morenas las que más persiguen premios. Señoras que son una plaga a la que llamamos “cazaconcursos”. Señoras como Marjorie, la mujer que conocí por internet.

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Mi primera tarea de community manager fue hablar en nombre de una marca de ron. Miguel, el CM de los autos japoneses, me enseñó todo lo que debía saber: escribe tres mensajes al día y una vez a la semana regala un premio. Nunca me previno de las mujeres como Marjorie.

Tuvimos una reunión con el cliente, nos pidió un concurso en el que las personas grabaran un video cantando el jingle del ron. Le advertimos que sería difícil, ¿quién querría filmarse cantando una canción tonta sobre el Caribe para ganar unas botellas de ron chileno? Pero el cliente siempre tiene la razón.

El concurso fue un fracaso: la marca de ron tenía 18 mil fans y llegaron sólo dos videos. Uno era el de una mujer llamada Cwendolyn y el otro de una tal Marjorie. Los nombres dicen mucho, en especial en Chile, donde sólo los gringos y los pobres se llaman en inglés.

Corto dos trozos de papel y anoto sus nombres. Le pido a Miguel que escoja. Me entrega a la ganadora: Marjorie. Le doy play a su video. Aparece en el living de una casa chica. La escalera y la puerta de entrada caben en el encuadre. Tiene los ojos maquillados muy negros y un par de aros grandes y agitanados. Su cara es redonda y rosada, como si hace siglos un alemán hubiera salpicado sus genes en ese contorno mapuche. Las manos levantadas escarban el pelo largo y teñido rubio, en un gesto que busca desesperadamente ser sensual. Canta y mueve el escote de su blusa negra, mirando directo a la cámara.

Busco en el Facebook de Marjorie sus datos personales para avisarle que es la ganadora. En su muro encuentro algo que nunca imaginé: todos los mensajes son de concursos. Todos. “Gana este lindo reloj de Atavío”. “Comparte esta imagen y gana seis botellas para pasar un momento relax”. “CONCURSO, dale #megusta y estarás participando por productos Daily”. Me siento estafada, Marjorie me es infiel.

Le muestro la pantalla a Miguel. Él se ríe. “Te presento a las cazaconcursos”, dice, y empieza su cátedra.

– Las cazaconcursos son mujeres que pasan todo el día en las redes sociales buscando concursos. Son legión y son un problema. Sólo persiguen los premios, no se comprometen con las marcas y lo acaparan todo. Son viejas ociosas que escriben con faltas de ortografía y ganan casi siempre haciendo trampa. Mejor bloquéala y no le des el premio. Métete al grupo de community managers y busca la lista negra de cazadoras, ahí aparecen todas.

Me marea tanta información. Cazadoras de premios, un grupo secreto de community managers, listas negras. Me siento en El código Da Vinci. Miguel me envía una invitación para sumarme al exclusivo grupo “Soy un CM en Chile”. Acepto.

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“Soy un CM en Chile: aportando para hacer crecer las redes sociales responsablemente”. Son más de 700 miembros y sólo se puede ser parte del grupo con la invitación de otro integrante. A mí me invitó Miguel, el CM veterano que me apadrina y me explica cómo funciona esta hermandad.

– Se creó para colaborar, pero eso se perdió. Hay un caso emblemático, cuando el CM del diario La Hora, sin querer, tuiteó “fui a hacer caca”. Este error escatológico pudo pasar desapercibido, si no fuera porque otro community manager tomó un pantallazo de la frase y lo difundió en internet. Supuestamente, con la sana intención de que los demás aprendiéramos de las caídas ajenas.

Aunque los CM son un rubro competitivo y cruel, los une un enemigo común. Entre las publicaciones sobre marketing, videos virales y errores de publicación, aparece esto:

– Y cuando nacieron los community managers, dios también creó a las cazaconcursos. ¡La cagó! 25 premios y una sola ganadora.
Abajo, una imagen que reúne mensajes de distintas marcas felicitando a una misma persona: Marjorie. Los community managers comentan:

Pía: ella es la reina de las cazaconcursos.
Ale: Que horror!!! Ella, Yasna Orellana, Cwendolyn, Pini Guti entre otras llevan años haciendo lo mismo.
Daniel: Que paso con la lista negra de los CM’S ¿?
David: Me ha tocado verla en concursos también!
Nicolás: si en tu concurso no participó Marjorie, replantea tu estrategia.

Un par de mensajes después, alguien comparte la preciada lista negra. Leo la nómina de cazadoras vetadas, entre ellas, Cwendolyn, Elizabeth y Marjorie. Tres mujeres chilenas con nombre en inglés.

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Nadie puede esconderse de Google. Escribo el nombre completo de Marjorie y encuentro su perfil de Facebook, de Twitter, de Youtube, de Pinterest, de Instagram. Esta mujer tiene más cuentas que yo, que soy la experta. Miro sus videos, está el del ron y otros donde se ven niños cantando jingles de otras marcas. Google me dice que vive en Buin, zona rural de Santiago, y que estudió, como los más pobres de Chile, en un liceo técnico de su misma comuna.

Sigo a Marjorie en Twitter y le mando un mensaje: “hola, ¿me das follow back para enviarte un dm?”. En menos de cinco minutos recibo una notificación en mi celular: Marjorie ha comenzado a seguirte.

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Soy periodista y te quiero entrevistar. Una verdad a medias, porque no trabajo escribiendo en ningún diario. “¿Y qué gano yo con esto?”, lanza sin rodeos. Le explico que nada, que los periodistas no le pagan a sus entrevistados. Se hace la difícil, pero al final acepta. Me pide que hablemos por Skype. Obviamente, Marjorie también tiene cuenta ahí.

La llamo y me contesta el mismo encuadre del video de ron. Se ve joven y guapa, pero no quiero simpatizar con ella, las cazadoras son el enemigo, la encarnación del egoísmo. Le pido que se presente. Ella se resume en cuatro frases: tengo 28 años, soy casada, elegí ser dueña de casa para criar a mis dos hijos y me gustan mucho las redes sociales y los concursos.

Me impresiona que tenga hijos, que esté casada, que se vea tan adulta y que tengamos la misma edad. Le pregunto cómo empezó con los concursos.

– Le pedí a mi marido que me dejara el computador para no aburrirme. Pensé que podía haber un trabajo por internet y tener un ingreso extra para la casa. Cuando me metí a Facebook, vi los concursos y empecé. En el 2010, gané mi primer premio, una radio en Nestlé, me acuerdo. Ahí le agarré el gustito.

Desde entonces, Marjorie ha acoplado los concursos a su vida. Su rutina de lunes a viernes me recuerda a la de mi mamá: se levanta a las seis de la mañana, viste a su hijo de seis años para el colegio, hace la limpieza de la casa, cocina el almuerzo, prepara la leche de su niña de dos años y, cuando se desocupa, como a las dos de la tarde, se acerca al computador.

– Una mitad del día soy dueña de casa, la otra mitad reviso concursos.

Con el tiempo desarrolló toda una metodología. Se suma a las comunidades de cada marca que encuentra en Facebook, Twitter, Instagram y Youtube. Participa en más de cien concursos al día. A ese ritmo, gana veinte premios al mes. Cada vez que la felicitan porque ganó, anota la marca y la fecha en un cuaderno. Así no se le olvida ningún premio.

– Hay veces en que no gano nada y eso es terrible para mí, porque le dedico tanto tiempo al tema del concurso. Otras semanas he ganado cinco veces. No son premios grandes, pero igual ayudan.

Marjorie me explica que los concursos le han traído muchos beneficios, porque ha ganado cosas para la casa que no podría haber conseguido de otra forma. Pienso en mi abuela, que además de dueña de casa, era costurera. Con ese trabajo adicional, le daba a mi mamá y a mis tíos cosas que mi abuelo no era capaz de comprar. Marjorie, por su parte, ha ganado mercadería, productos para el baño, cenas familiares y seguros de vida. El mejor premio que recuerda se lo dio la multitienda Falabella.

– Tuve que sacarme una foto con mi mueble favorito en el Falabella más cercano. Tuve problemas hasta con el guardia, porque adentro de la tienda no se podían sacar fotos. La tomé rápido, la subí y gané. Me dieron una gift card de $200 mil. Me compré un plasma gigante con la plata.

A mi abuelo no le gustaba que su mujer trabajara, pero lo necesitaba. Le pregunto a Marjorie qué opina su esposo.

– Puros problemas. Me dice, “ay, ya estai metida en Facebook”, que lo dejo de lado a él y que le dedico demasiado tiempo a algo que no me da mucho. Pero él sí ha visto beneficios, porque esto no es hobbie, esto es un ingreso.

Un ingreso importante. Marjorie me cuenta que su marido está sin trabajo hace cinco meses. Desde entonces, el único sustento de su familia han sido los concursos.

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Toda la vida de Marjorie gira entorno a Buin. Su familia es de Buin, estudió en el liceo de Buin y en la plaza del pueblo conoció a su actual marido. Ella tenía 13 años y él, 17. Ya llevan 15 años juntos. En Buin.

– Él ha sido el único.

En el Facebook de Marjorie hay varias fotos de la pareja. Me cuenta que las pocas veces que han discutido, ha sido por los concursos.

La mayor pelea fue cuando le hackeron su Facebook. Ese día, Marjorie escribió su clave y no pudo entrar a su cuenta. Después de muchos intentos, se metió a mirar su perfil desde la cuenta de otra persona y descubrió que le habían cambiado las fotos, le habían borrado mensajes y le habían escrito “cosas horribles” en su muro. Su marido le dio un ultimátum.

– Me dijo, “corta el leseo y hazte un Facebook personal”.

Entonces, como Bruce Wayne, Marjorie tuvo que dividir su identidad: un Facebook personal y otro para los concursos.

– La envidia tiene que haber sido. Como vieron que yo ganaba mucho. Lo que pasa es que en este mundo de los concursos no soy solamente yo. Hay muchas.

Sé que son muchas, las he visto en la lista secreta. Le pregunto qué sabe de las otras cazadoras. Me cuenta que la mayoría de las mujeres que tiene en el Facebook de los concursos son “ludópatas, o sea, que les gustan los concursos”. Son más de cien dueñas de casa y las conoció a todas por internet.

– Con este tema una se hace amigas, conversa de la vida, de los problemas, de los concursos. Es como un trabajo que nosotras manejamos, si hasta nos decimos colegas.

Otro problema, me explica Marjorie, es que las marcas la bloquean. A veces ni siquiera ha ganado y la vetan. Tanteo el terreno antes de responder. Es entendible, le digo, no es la idea que gane siempre la misma persona. Ella asiente. Analizo los peligros y me aventuro un poco más. Le confieso que lo sé porque soy community manager. Marjorie sigue apacible, en silencio. Doy el salto final. Le revelo que, incluso, hay una lista negra con el nombre de las cazaconcursos más famosas. Entonces, cuando creo que mantengo a Marjorie quieta bajo la mira, ella voltea la perspectiva y me atrapa con una pregunta.

– ¿Estoy en la lista negra de los community managers?

Paso de cazadora a cazada.

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Una niña llora. Marjorie se aleja del computador y va a buscarla. Se sienta frente a la pantalla con su hija sobre el regazo y le pide que me salude. La niña mueve la mano y me sonríe. Marjorie la besa y le hace cariño. La pequeña se acurruca en sus brazos y deja de llorar.

Marjorie se merece la verdad: sí, le digo, estás en la lista negra. ¿Y quién ve esa lista? Me pregunta preocupada, ¿ustedes o las empresas también? Le explico que sólo los CM. Ella no hace más preguntas y abraza nuevamente a su hija.

Yo también termino las preguntas. Me despido y le doy las gracias por la entrevista. Marjorie sonríe y me dice “no, gracias a ti”. Cierro Skype.

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Sigo los pasos de Marjorie y esa semana participo en mi primer concurso. Me vendría bien complementar mis dos sueldos mínimos.

“Que gane la mejor”, me dice Marjorie por Twitter. Entiendo su indirecta.

Finalmente, nos gana una cazadora novata. Marjorie pierde una de sus cien apuestas diarias, yo doy por finiquitada mi incipiente carrera de cazadora. Decido no participar más, pero al día siguiente recibo una solicitud de amistad de Marjorie. Ahora somos amigas en su Facebook de concursos. Soy una colega más.