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Cinco minutos antes de morir, René Favaloro se puso la pijama, caminó unos pasos hasta el comedor y dejó siete sobres blancos sobre la mesa: una carta para su secretaria privada, Diana Truden, cuarenta y seis años menor que él, con quien estaba a punto de casarse, y otras a nombre de sus sobrinos, sus amigos de la infancia, “las autoridades competentes” y su empleada doméstica, Ramona Giménez, a quien agradecía por los años de servicio y dejaba una carta de recomendación.

Eran las primeras horas de la tarde del sábado 29 de julio del año 2000 cuando en su departamento de Palermo, un barrio de la ciudad de Buenos Aires, Argentina, fue hasta el baño, cerró la puerta y dejó una nota pegada en el espejo. A esa hora, en el escritorio del entonces presidente de la nación, Fernando de la Rúa, había otra carta que nadie llegaría a leer a tiempo. El cirujano que había desarrollado la técnica del bypassaortocoronario, que sólo en Estados Unidos salva setecientas mil vidas por año, estaba a punto de apretar el gatillo del revólver calibre treinta y ocho que apuntaba a su corazón.

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Cuando murió René estábamos todos en mi casa. Nos llamó un político ofreciéndonos un cajón presidencial con una gran bandera y hacerse cargo de la Fundación —dice Roberto Favaloro—. Y lo mandamos a la puta que lo parió.

La puteada del sobrino de René Favaloro retumba en el silencio de su oficina. Roberto es el director de la Fundación Favaloro, uno de los centros médicos más avanzados de Argentina y Latinoamérica, donde cada año se atiende a medio millón de pacientes y se realizan alrededor de tres mil cirugías coronarias y trasplantes cardiacos, de médula ósea, pulmonares, hepáticos y renales. Roberto ocupa el lugar que perteneció a su tío desde la creación de la Fundación, en 1975, hasta el día de su muerte. Algunos médicos y familiares aseguran que él era la debilidad de René: el hijo que nunca tuvo

—René fue hasta el último día como mi padre —dice Roberto mientras deja deslizar su cuerpo por el respaldo del sillón.

A primera vista, el parecido con su tío resulta asombroso: tiene el mismo cabello blanco y tupido, lleva siempre el ceño fruncido y la misma expresión de eterna amargura.

—Creo que René sabía cuál sería su final, aunque era como Don Quijote y quizá sentía que podía seguir luchando.

Habla pausado, con oraciones cortas, y dice que nunca escuchó que su tío mencionara la posibilidad de suicidarse, que siempre se manifestaba a favor de la vida. Por eso, en un primer momento, la familia pensó que podía tratarse de un homicidio y tardaron quince días en cremarlo.

—Los valores que tenía René eran peligrosos: honestidad y pasión hoy son términos subversivos.

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René Favaloro tenía siempre el ceño fruncido y la mirada de quien atraviesa un vendaval, la mandíbula cuadrada, los pómulos bajos, el cabello cano —peinado prolijamente hacia atrás—, el gesto de amargura. Había nacido el 12 de julio de 1923 en un barrio humilde de empleados de la industria frigorífica de la ciudad de La Plata, El Mondongo, cincuenta y cinco kilómetros al sur de la ciudad de Buenos Aires. Su padre, Juan Bautista Favaloro —ebanista—, le enseñó desde muy pequeño las técnicas para trabajar la madera, y durante las vacaciones de verano pasaba horas con su hermano Juan José, tres años menor, haciendo artesanías en el taller familiar donde, a pesar de las necesidades económicas, el arte era más importante que el dinero. La madre, Geni Ida Raffaelli —modista—, siempre contaba que a los cinco años René acompañaba a su tío doctor, Arturo Cándido Favaloro —el único con educación universitaria en una familia de inmigrantes sicilianos—, durante las visitas domiciliarias a los pacientes, y decía que él también sería médico. Cuando caía la noche, le gustaba vagar por los bosques y las plazas. “Tuve tiempo de corretear y robar los primeros besos furtivos entre las sombras nocheras de los amores chiquilines y conocer después a esa mujer que el hombre encuentra en su juventud, con la que transita los caminos del amor total y siente hasta el tuétano, por primera vez, la marca del sexo”, escribió en Recuerdos de un médico rural(Torres Agüero Editor, 1980). Eso habrá sentido en el colegio secundario cuando se enamoró de una compañera de aula, María Antonia Delgado —Tony—, e iniciaron un noviazgo intenso.

Su deseo de niño empezó a cumplirse en 1941: se inscribió en la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de La Plata y ya en primer año pensaba que con un poco de esfuerzo podía ser el mejor de la clase.

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La consagración como cirujano en Estados Unidos, el aporte a la Medicina con el desarrollo del bypass, la decisión de renunciar a ingresos millonarios para volver a su país y crear un centro de avanzada que estuviera al nivel de los mejores del mundo pero al alcance de toda la comunidad, sus denuncias contra los manejos del sistema de pagos de las obras sociales y finalmente su suicidio hicieron de René Favaloro una víctima emblemática de la corrupción política argentina de la última década del siglo pasado.

Durante mucho tiempo, Favaloro fue el personaje que todos los políticos argentinos querían tener a su lado en la foto. Varios candidatos a la presidencia intentaron tenerlo como compañero de fórmula. Cuatro presidentes le ofrecieron el cargo de ministro de Salud. Y aunque haya muerto hace más de una década, en algunas encuestas que se realizaron en Argentina para medir el nivel de honestidad de celebridades, su nombre aparece por encima del de la Madre Teresa, Mahatma Gandhi y Nelson Mandela. En un concurso televisivo que buscaba al representante del “gen argentino”, recibió más votos que Diego Armando Maradona y el Che Guevara. Más de cuatrocientas mil personas dijeron que les gustaba la página de Facebook que alguien creó con su nombre, y todos los días le escriben mensajes como estos: “Grandes ideales, perseverancia, gran capacidad de lucha, sabiduría y nobleza: siempre lo han distinguido. Por eso su paso por la vida ha dejado huellas”. “Doctor, cuánta falta nos hace hoy usted que fue uno de los últimos patriotas”.

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En 1950, en Jacinto Arauz, un pueblo humilde de un poco más de mil habitantes en la zona más desértica de La Pampa, seiscientos kilómetros al oeste de Buenos Aires, el único médico que había, Dardo Rachou Vega, se enfermó y tuvo que abandonar el lugar para realizarse un tratamiento en Buenos Aires. El tío de René Favaloro, antiguo poblador de la zona, pensó en su sobrino que recién había terminado los estudios universitarios y le ofreció el trabajo por tres meses. En Buenos Aires, Favaloro pensó que los tres meses pasarían rápido y que ser médico rural sería una buena oportunidad para sumar experiencia. Una tarde de mayo de 1950 partió con una valija y algunas pertenencias. Y al poco tiempo empezó a reorganizar el sistema de salud del pueblo. Enseñó a las comadronas que asistían los partos a hervir los hilos y a utilizar alcohol para desinfectar las heridas, y logró bajar la mortalidad infantil. Tomó muestras de sangre a todos los habitantes, armó una lista clasificada por tipo y factor y creó un banco de sangre viviente —formado por potenciales donantes— disponible las veinticuatro horas. Cuando había una cirugía programada, se comunicaba con los que tenían el mismo grupo y factor que el paciente y los mantenía en alerta. Cumplidos los tres meses, el doctor Rachou volvió a Arauz y le ofreció a Favaloro continuar en el pueblo. Favaloro viajó a La Plata para casarse con su novia Antonia y, al final de la luna de miel, se instaló definitivamente en Jacinto Arauz. El hermano, Juan José, que se había recibido de médico en La Plata, siguió sus pasos y se sumó al equipo de trabajo.

—Jacinto Arauz lo marcó y lo cambió mucho —dice el sobrino, Roberto, mientras se refriega los ojos con las manos en un gesto de cansancio.

Favaloro transformó una casona vieja en una clínica con veintitrés camas y una sala de cirugía. Enseñó a prevenir enfermedades y organizó charlas abiertas a la comunidad en las que brindaba pautas para el cuidado de la salud. Y a los que no tenían dinero, los atendía gratis.

—El lugar se convirtió en un centro tan importante que viajaban de otras ciudades más grandes para operarse con él.

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Y en pueblo chico, las hazañas del nuevo médico rural empezaron a comentarse en cada esquina.

Hay varias leyendas de la cirugía cardiovascular, pero René fue el más creativo.

Es una tarde de junio de 2012, y el lugar, un consultorio privado de Recoleta, un barrio de clase alta de Buenos Aires. Mariano Favaloro es primo de René. Lleva el cabello y los bigotes blancos, las gafas caídas hasta el vértice de la nariz y tiene voz grave, de locutor.

—Después del suicidio, todos los años me invitan a un programa de televisión para hablar de René. Pero la última vez dije que no. No voy más. Estoy cansado.

Se queda unos segundos en silencio. Dice que ésta será la última entrevista en la que hablará de su primo.

—Mi mujer no quiere que hable más de la muerte de René. Piensa que algunas de las cosas que yo diga pueden dañar su imagen.

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Era fanático del futbol y del club Gimnasia y Esgrima de La Plata. Tenía algunas cábalas, como ir a los entrenamientos de su equipo. Y si algún domingo ganaba, a la semana siguiente volvía a la misma hora y estacionaba el auto en el mismo lugar. Le gustaba la historia latinoamericana, salir de pesca, hablar de próceres independentistas como José de San Martín, detenerse a mirar los campos al costado de la ruta. Era generoso, prolijo, temperamental, meticuloso y humilde. Los que lo conocieron decían que tenía una personalidad arrolladora y un carisma increíble y se tomaba la vida en serio. En las fotos de los diarios y las revistas se le ve siempre serio: vestido con un delantal blanco sentado delante de una biblioteca repleta de libros, o de traje hablando frente a sus colegas en un congreso de medicina.

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La experiencia en Arauz duró doce años. Cada vez más deslumbrado por los avances de la cirugía torácica que leía en las revistas que recibía del extranjero, en 1962 pensó que para ser el mejor debía ir a perfeccionarse donde habían comenzado a realizar operaciones cardiacas de alta complejidad. Consiguió una carta de recomendación y ese mismo año se integró al staff del Departamento de Cirugía Torácica de la Cleveland Clinic Foundation, de Ohio, Estados Unidos. Su función consistía en ordenar el quirófano y cumplir guardias cada cuarenta y ocho horas. Y de a poco, se fue ganando la confianza del director del instituto. Luego de cinco años de estudio y trabajo en la Cleveland Clinic, se convenció de que podía operar y utilizar la vena safena —ubicada en la pierna— como si fuera un parche, en la cirugía de pacientes que llegaban de urgencia con síntomas como angina de pecho o un ataque cardiaco y presentaban arterias del corazón obstruidas.

El 9 de mayo de 1967, Favaloro realizó la primera operación exitosa de bypass, ante una enfermedad que hasta ese momento se cobraba más de medio millón de vidas al año sólo en Estados Unidos y marcó ese día como uno de los más importantes de la historia de la cardiología mundial. Sin embargo, después de catorce intervenciones llegó a la conclusión de que el método tenía sus limitaciones y debía perfeccionarlo. En la intervención número quince logró anteponerse a la zona obstruida con otro conducto y consiguió sacar sangre nueva y fresca directamente desde la arteria aorta, que sale del corazón. A esa técnica —el puente aortocoronario—, que a principios del siglo pasado el investigador y médico francés Alexis Carrel había probado en animales y Favaloro se encargó de perfeccionar, se le conoció en todo el mundo como “bypass Favaloro”. Él lo explicaba así: “Aquel día me sentí como si fuera un plomero que entraba a una casa donde los caños estaban tapados. Puse caños nuevos y, de pronto, un torrente de linda sangre oxigenada fluyó al corazón”.

En 1968, la Cleveland Clinic comenzó aplicar el bypass en forma sistemática. Un año después, las operaciones de bypass llegaron a quinientas setenta. Favaloro transmitió su experiencia en congresos a los que concurrían cardiólogos de todo el mundo y editó un libro, Tratamiento quirúrgico de la arteriosclerosis coronaria, que fue traducido a varios idiomas.

Aunque la técnica del bypass no había sido su idea primigenia, el mérito de Favaloro fue esforzarse por perfeccionarla, salvarla de todos sus defectos y realizarla en reiteradas ocasiones hasta conseguir su estandarización a nivel mundial.

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No era un hombre de muchas amistades. Escapaba rápido de las reuniones sociales y las fiestas. Si lo invitaban a cenar, nunca se quedaba después de las once de la noche. Cuando no trabajaba, viajaba a congresos de medicina. Y cuando no viajaba, leía alguno de los libros y revistas de investigación científica que siempre tenía apilados en la mesa del comedor de su casa. A los setenta y siete años, cumplía con las mismas obligaciones que los médicos residentes. Si había alguna urgencia, era el primero en llegar. Con la familia, recuerda el sobrino, era divertido. Uno de sus pocos amigos fue Carlos Penelas, un poeta que editó más de veinte libros y a quien Favaloro quiso conocer después de leer su libro Conversaciones con Luis Franco(Ediciones de Poesía, 1978).

—Te espero el miércoles a las doce en mi casa —dice Penelas por teléfono—. Sé puntual porque no voy poder darte más de una hora de entrevista.

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Después de consagrarse en Estados Unidos con la técnica del bypass, en 1971 Favaloro pensó que podría levantar un centro médico como la Cleveland Clinic en Argentina. Una tarde de octubre rechazó una oferta de dos millones de dólares anuales para quedarse en Estados Unidos y redactó una carta dirigida al jefe de cirugía cardiovascular. “Querido doctor Effler: como usted sabe, no existe cirugía cardiovascular de calidad en Buenos Aires. Los pacientes se van a diario a San Pablo o a Estados Unidos. Algunos tienen suficiente dinero para viajar, pero otros deben realizar tremendos esfuerzos económicos (un paciente tuvo que vender su casa) […] Una vez más el destino ha puesto sobre mis hombros una tarea difícil. Voy a dedicar el último tercio de mi vida a levantar un Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular en Buenos Aires”.

Aunque sabía que a los cuarenta y siete años lo más conveniente era permanecer en la Cleveland Clinic, el deseo de ser reconocido en su país pudo más que la razón. Dos días después, el doctor Effler le respondió por escrito: “Querido René: tu carta no me ha sorprendido, no obstante me ha desilusionado profundamente […] La pérdida será tremenda. Ya que no tengo ilusiones de tener otro Favaloro. Podré, en los próximos diez años de mi carrera, estimular a jóvenes emprendedores a que traten de alcanzar tu récord”.

Con la ayuda de su hermano y un equipo de colaboradores, en 1975 creó la Fundación Favaloro, que funcionaba como un anexo del Sanatorio Güemes, de Buenos Aires. Tenía como eje central desarrollar un plan de salud para que, con un aporte mínimo de todos los ciudadanos, se pudiera operar a cualquier persona en cualquier hospital público en forma gratuita. Otros objetivos eran poner un tope a las ganancias de los médicos y de los laboratorios, obtener para la fundación un apoyo estatal fuerte y atender también los sectores más humildes de la población. De todos los objetivos, sólo pudo cumplir con los dos últimos.

Sabía que sin el apoyo económico de los gobiernos no podía concretar su proyecto de medicina comunitaria, y por eso, en 1976, después de oponerse al golpe militar que depuso a Isabel Martínez de Perón y mientras el país comenzaba a vivir la década más violenta de su historia, fue una de las primeras personalidades de la ciencia y la cultura en visitar al dictador Jorge Videla.

“Yo creo que detrás de la dictadura militar están todos los argentinos”, dijo Favaloro en abril de 1982, entrevistado por un canal de televisión, unos días antes de viajar a las Islas Malvinas para presenciar la asunción del entonces gobernador militar Mario Benjamín Menéndez.

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La casa de Carlos Penelas, un departamento antiguo del centro de la ciudad de Buenos Aires, parece la de un anticuario. En las paredes no hay lugar para más libros y adornos: portarretratos, cuadros, diplomas, angelitos de cerámica, caballitos de mar moldeados en porcelana, tapices y figuras de bronce.

—La única ambición de Favaloro era la medicina —dice Penelas, cruzado de piernas en un sillón floreado—. Y en eso era muy competitivo. Pero cuando lo veías en un momento tranquilo, era otra persona. Un hombre formidable. Lo que pasaba era que siempre estaba con los dedos en el enchufe. Tenía una preocupación permanente por el país y una idea de patria. Le molestaba mucho cuando le decía que todos los gobiernos robaban, aunque creo que en el fondo coincidíamos en muchas cosas. En la primera charla que tuvimos, en 1978, casi sin conocerme pero sabiendo de mi formación anarquista por mi libro que había leído, sacó una tarjeta con su nombre y me dijo: “Carlos, llévala en el bolsillo. Si te detienen, pedí que me llamen a mi casa o donde sea”. Y ése fue un gesto que no me voy a olvidar más.

Penelas se pone de pie y camina hasta la cocina. Dos minutos más tarde vuelve con dos tazas de café y dice que detrás de toda esa energía también había en Favaloro un mundo afectivo muy complejo, cierto fatalismo, ciertos elementos autodestructivos y, por cierto, contradicciones.

—Como cuando fue a Malvinas. ¿Pero cómo hacía para no ir? Si necesitaba préstamos del gobierno o el aval financiero. Favaloro me decía: “Me tienen agarrado de los huevos”.

Había soñado con levantar un centro médico de avanzada en Buenos Aires, pero no había tenido en cuenta un detalle: a diferencia de lo que ocurría en Estados Unidos, en Argentina no existía una ley que permitiera a las empresas descontar impuestos de las donaciones.

—Si hay que recordar a Borges cuando hablaba bien de Pinochet, mejor no recordarlo. A Favaloro, salvando las distancias, hay que recordarlo por lo que hizo con el bypass, la docencia y la investigación.

Penelas se toma unos segundos, hace silencio y mira la hora en su reloj como si estuviera apurado.

—Todo lo que quieras saber está en mi libro.

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Una tarde primaveral, en el cuarto piso del edificio de la Fundación, en la oficina que alguna vez perteneció a René, Roberto Favaloro toma café y dice que no cree que su tío haya tenido que ver en algo con los militares.

—Sí sé que durante la dictadura ayudó a escapar a mucha gente del país. Como él era conocido, venían a pedirle ayuda. En aquellos años, que tu nombre apareciera en una agenda ya era peligroso. Yo en ese momento no estaba en Argentina porque había ido a estudiar a Estados Unidos.

Unos días después, un doctor que trabajó y compartió durante más de diez años consultorio con René, Mario Racki, dice que Roberto fue uno de esos nombres que aparecieron en una agenda y que René lo ayudó a escapar del país:

—Roberto militaba en la agrupación política de izquierda Montoneros y lo habían encontrado repartiendo panfletos. Los militares le dijeron a René: “Doctor, si a su sobrino no lo saca del país, lo matamos”. Y lo mandó a Estados Unidos. Roberto le debe la vida y unas cuantas cosas a su tío. Gracias a su contacto con las Fuerzas Armadas, René salvó a muchas personas. Y éste creo que es un capítulo de su vida que debería saberse.
“—¿Ayudará la vuelta de la democracia?

“—Quiero ser optimista, siempre lo he sido… Espero que Dios o el destino nos haga ver la luz, pero si la vamos a hacer como la estamos haciendo, sin hablar con claridad, no creo. Todos tenemos que ir al altar de la patria a confesar los errores que cometimos, que no son exclusivos de los militares. Veo que vuelve la demagogia que tanto mal le hizo al país, ya casi ni se habla mal del peronismo, por temor a que vuelva a ser gobierno”.

Así respondía Favaloro en un reportaje publicado en enero de 1983 en la edición número 97 de la revista Humor, que sería secuestrada antes de salir a la venta por orden del gobierno militar.

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Siempre cercano al poder de turno, en 1983 apoyó públicamente la candidatura del radical Raúl Alfonsín, y durante su presidencia la Fundación obtuvo subsidios millonarios y el aval del Estado para solicitar créditos en el Banco Interamericano de Desarrollo. En 1989, durante la presidencia del peronista Carlos Menem, fue nombrado asesor ad honórem del Ministerio de Salud y Acción Social, y su nombre circuló entre los candidatos a vicepresidente para acompañarlo en la reelección. En 1998, durante la presidencia del radical Fernando de la Rúa recibió diecisiete millones de dólares anuales para mantener su proyecto de medicina gratuita y solidaria.

—Favaloro quiso hacer un proyecto fenomenal que podía funcionar en Suecia o Finlandia. No acá —dice Penelas con el ceño fruncido, mientras camina por el living de su casa—. Porque acá todo era un negocio. Los préstamos nunca llegaban enteros. Este país era de una corruptela feroz. Todo está en mi libro.

En la biografía póstuma Diario interior de René Favaloro (Editorial Sudamericana, 2003), Penelas escribió: “Favaloro vio cómo, mientras el país se estaba derrumbando, sus sueños se congelaban y era presa de la rapiña, el desmérito y el total olvido de la ciencia. En el campo de la medicina, que para él era un santuario, se instaló el imperio de lo económico y del liso y llano mercantilismo”.

Ahora, Penelas vuelve a mirar su reloj.

—Discúlpame, pero me tengo que ir a buscar mi nuevo libro de poesía.

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Sus colegas médicos conducían autos importados: Mercedes-Benz, Audi, BMW. Favaloro prefería manejar un modesto Renault 12, hasta que un día se quedó sin frenos y lo cambió por otro de igual valor: un Peugeot 504. Era obsesivo. Tenía una memoria admirable y le costaba delegar funciones. Se acordaba de todos los detalles y de la historia clínica de pacientes que no veía durante meses. Su equipo médico cobraba un salario fijo de la Fundación, pero Favaloro nunca cobró un sueldo: vivía del dinero que recibía de empresarios a los que atendía en su consultorio privado. Operaba con la misma entrega al múltiple campeón de Fórmula 1 Juan Manuel Fangio —le hizo cinco bypass— y a un indigente. Decía en sus conferencias que él no era el médico de los ricos: “De esa clase de gente atenderé sólo diez por ciento”.

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Con el apoyo de un subsidio aprobado en el Senado, en 1992 inauguró en la ciudad de Buenos Aires el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de la Fundación Favaloro. Un edificio de trece pisos, cuatro mil quinientos metros cuadrados y un valor estimado en cincuenta y cinco millones de dólares, situado a pocas cuadras del Congreso. Allí, a contramano del sistema de salud y de la forma de trabajar de las clínicas privadas, primero operaba a sus pacientes y después facturaba ese servicio a las obras sociales. En 1998, el Laboratorio de Investigaciones Básicas, que había sido creado en 1980, dio lugar a la Universidad Favaloro, donde se formarían cardiólogos y cirujanos de China, España, Alemania, México y toda Latinoamérica. Los alumnos de primer año estaban obligados a trabajar en los barrios más necesitados. “No hay vacaciones. En primer año, van a las villas miserias. En tercer año van al Hospital Thompson, donde la inmensa mayoría de los pacientes son realmente pobres. Y en el último año, durante tres meses, tienen que ir a lugares humildes; van a Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta. Tienen que convivir con la comunidad. No van al hospital, van a ponerse al lado de ese médico rural para que vean el problema social”, dijo en su última conferencia académica dictada en el Congreso Nacional de Cardiología desarrollado en Argentina, en junio de 2000.

—Vení, quiero mostrarte algo —dice Roberto Favaloro y señala una de las tantas placas que están colgadas en una de las paredes de su oficina:

“El amor y patriotismo a su tierra hizo que Norteamérica perdiera a uno de los mejores cirujanos del mundo”, dice en inglés una placa de bronce que lleva la firma de uno de los pioneros en la cirugía cardiovascular, el doctor Dwight Harken.

En este edificio, en 1993, Roberto realizó el primer trasplante pulmonar doble de Argentina. Cinco años más tarde, también aquí se le colocó un corazón artificial a un paciente que fue, en América Latina, el que más tiempo resistió en esas condiciones hasta que apareció un donante.

En 1998, Argentina entró en una crisis económica profunda. Las prestadoras de salud comenzaron a atrasarse en los pagos y la deuda que mantenían con la Fundación llegó a dieciocho millones de dólares. Desde cargos jerárquicos de algunas obras sociales le insinuaron a Favaloro que si quería cobrar, debía “ceder” diez por ciento. La crisis continuó apretando y el Estado suspendió el subsidio que mantenía con la Fundación.

—Cuando nos sacaron el subsidio empezaron los problemas —dice el sobrino—. Ese dinero representaba un tercio de nuestro presupuesto.

La Obra Social para Jubilados y Pensionados de la República Argentina (PAMI, Por una Argentina con Mayores Integrados) acumuló una deuda de ciento noventa y cinco facturas sin pagar por un valor de un millón cuatrocientos mil dólares y la Fundación empezó a atrasarse en el pago de créditos y los sueldos de sus mil doscientos empleados. René se negó a pagar cualquier tipo de coima para que las obras sociales le liberaran los pagos. El periodista Pablo Calvo, del periódico Clarín, escribió en el libro La muerte de Favaloro (Editorial Sudamericana, 2003) que un día René se sintió derrotado y alguien lo vio llorar en un pasillo del edificio del PAMI. Ese mismo año falleció su mujer y entró en una profunda depresión.

—Antonia era muy buena e incomprensiva con el trabajo de René —dice su primo Mariano Favaloro—. Cuando se fueron a Arauz fue su gran colaboradora. Pero después, en el último tiempo, estaba un poco más quejosa porque René se iba de la casa a las siete de la mañana y volvía a las diez de la noche.

—Creo que no había sido feliz con Antonia —dice Penelas—, pero con su muerte empezó a faltar el olor a sopa en la casa.

En 1999, Favaloro pidió ayuda económica al entonces presidente De la Rúa y a un grupo de empresarios. Pero desde el gobierno no respondieron los llamados. Una conocida magnate y filántropa argentina, Amalia Lacroze de Fortabat, le envió una caja de champaña. Y en la Fundación comenzó a funcionar un Comité de Crisis integrado por los sobrinos Roberto y Liliana Favaloro y los médicos Héctor Rafaelli y Eduardo Raimondi, que le pedían que cediera su lugar de director y se tomara unos meses de vacaciones.

—René siempre decía que estaba arrepentido de haber regresado a la Argentina —dice Roberto—. Tendría que haber hecho algo con cincuenta camas para operar a un sector de personas. Porque era ineludible que iba a terminar dependiendo del Estado.

Unos meses después de la muerte de Antonia, Favaloro inició un romance a escondidas con una de sus secretarias, Diana Truden, cuarenta y seis años menor. Al principio se encontraban en la esquina, después comenzaron a salir juntos de la Fundación y hasta planificaron casarse. “Él estaba muy deprimido. Yo cursaba el traductorado de inglés, me quedaba estudiando en la oficina hasta las nueve de la noche. A veces charlábamos, y en una de esas charlas me dijo: ‘Me siento atraído por vos. Así empezó todo'”, le dijo Diana Truden a la revista Gente en el año 2000.

—La relación con Diana era un poco complicada por los prejuicios y porque, a medida que se acercaba el casamiento, los problemas económicos de la Fundación se acrecentaban —dice el sobrino—. Nosotros siempre estuvimos a favor. Diana hoy sigue trabajando en la Fundación y es una persona excelente.

Sin embargo, una semana después, el doctor Racki cuenta otra versión:

—A los sobrinos y nietos les cayó muy mal la idea del casamiento. Y lo maltrataron.
Penelas dice que había personas que estaban de acuerdo con el casamiento y otras que no:

—Algunos se acercaban a Favaloro por obsecuencia y le decían qué bárbaro, setenta y siete años y con una mujer de treinta y uno. En general, la sociedad le permite este tipo de cosas a un poeta o a un músico. Pero a un médico no. Y él lo sabía. Nunca apoyé esa relación. ¿Los motivos? Pregúntele a Diana.

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Trabajar con René fue una de las experiencias más extraordinarias de mi vida —dice por teléfono el doctor Mario Racki—. Muchas veces venían a verlo personas humildes con problemas cardiacos y él les decía: “Yo la voy a operar, quédese tranquila”. Ésa era su frase de cabecera y siempre la cumplía.

En una de esas charlas de consultorio, dice Racki, René le anunció que se venía una crisis económica terrible, tan devastadora como un terremoto. Y le contó, también, que estaba apesadumbrado porque la Fundación se encontraba en una situación económica delicada.

Un día antes de suicidarse, el viernes 28 de julio de 2000, René Favaloro se reunió con su sobrino y le confirmó que se casaría el 17 de agosto. A las seis de la tarde, luego de operar a una paciente, se retiró de la Fundación con su novia Diana. Compraron comida y fueron hasta la casa de René. El sábado desayunaron y ajustaron detalles de la boda. Favaloro, que tenía setenta y siete años, se estaba cuidando en las comidas porque quería bajar la panza. Le preocupaba también no poder cumplir con el pedido de Diana, que quería que la acompañara en las clases de salsa.

Ese mediodía, Diana fue hasta su casa a buscar una valija con ropa —de regreso prepararían las invitaciones a la boda— y René dijo que iba a ir hasta La Plata a visitar a su familia. Pero eso nunca sucedió.

“Cuando volví, me extrañó que no estuviera su auto, pero pensé que había llegado temprano y lo había guardado —declaró Diana Truden en la causa judicial que investigaba el suicidio de Favaloro—. De pronto recordé algo: en enero de ese año, 2000, cuando volví de un viaje por África, me dijo: Me voy a suicidar. No puedo vivir sin esta relación, pero tampoco puedo sacrificarte. Se refería a la diferencia de edad. Hablamos y decidimos seguir, le pedí que nunca más hablara de suicidio, y me lo prometió. Pero la situación de la Fundación le angustiaba. No tiene arreglo, decía. Los últimos balances fueron negativos, y el 28 de julio se le murió un paciente que operó ese mismo día. Para colmo, me mostró una lista del personal de la Fundación que sería echado: la mayoría, amigos entrañables que empezaron con él. En mi casa, esperé a mi hermano Pedro, cargamos dos valijas y la computadora, y a las cinco menos cuarto de la tarde llegamos a la casa de René. Las llaves estaban puestas por dentro. Le llamé dos veces por mi celular, pero respondió el contestador automático. Toqué el timbre muchas veces. Por fin, Pedro pudo empujar la llave, y entramos. René estaba muerto. Yo no sabía que tenía un arma…”.

En la tarde fría de un sábado invernal, la noticia de la muerte de René Favaloro, producto de un disparo en el corazón, conmocionó a la sociedad argentina. Los periódicos y los semanarios le dedicaron la portada y el motivo de su muerte despertó una gran incógnita. El entonces presidente de Argentina, De la Rúa, decretó duelo nacional. A la mañana siguiente, en la puerta del edificio de la Fundación, cientos de personas se reunieron para despedirlo entre lágrimas y flores. La familia solicitó al juez que tomara muestras de ADN para prevenir la aparición de un hijo no reconocido. Una investigación publicada en elClarín reveló que Favaloro había dejado una herencia de catorce departamentos, dos casas, dos campos, una cuenta bancaria con miles de dólares, un libro inédito terminado y siete cartas de despedida.

Doce años después del suicidio de René, desde su oficina a cargo del Departamento de Comunicación e Imagen Institucional de la Fundación Favaloro, Diana Truden dice por teléfono que no habla con la prensa y que la entrevista que salió publicada unos días después de la muerte de René no fue tan así.

—Dije dos palabras y armaron una nota.

La voz suena suave, dubitativa y cortante.

—Creo que los sobrinos son las personas más indicadas para hablar del doctor. Recomiendo que el que quiera saber realmente sobre la vida de Favaloro lea los libros que él escribió.

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En un programa de televisión emitido en agosto de 2000, dos médicos amigos, Tulio Huberman y Bernardo Boskis, cargaron contra el subdirector del periódicoLa Nación, José Claudio Escribano, por haber publicado un día después de la muerte una carta que Favaloro le había enviado con un mes de anticipación, en la que decía que estaba pasando uno de los momentos más difíciles de su vida: “Me he transformado en un mendigo. Mi tarea es llamar, llamar y golpear puertas para recaudar algún dinero que nos permita seguir con nuestra tarea. Yo no vivo de homenajes, me duran unos momentos”. El entonces presidente De la Rúa reconoció también que su secretaria había recibido una carta de Favaloro un día antes de su muerte. Pero explicó que a sus manos llegó un día después del suicidio. La carta decía: “Estimado Fernando: te escribo estas líneas porque nuestra Fundación está al borde de la quiebra […] Necesitamos alrededor de seis millones de pesos. No tengo conexiones con el empresariado argentino […] Te escribo desde la desesperación. Nunca en mi vida estuve tan deprimido”.

Con el correr de los años, el juez que llevaba la causa de la muerte de Favaloro, Daniel Turano, liberó algunas de las cartas que Favaloro había dejado en hojas membretadas con su nombre y apellido. Un fragmento de una de ellas decía: “Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento, como decía don Ata. No puedo cambiar. No ha sido una decisión fácil pero sí meditada. No se hable de debilidad o valentía. El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano. Sólo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad […] En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara. Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz”. Otra, que le dejó a su secretaria, la mujer con la que estaba a punto de casarse, decía: “Diana: ha llegado el momento de la gran decisión. Tú no eres culpable de nada. Mis proyectos se han hecho pedazos […] Tú has sido mi grande y verdadero amor. Siempre me he sentido un poco culpable. Nunca debí permitir que nuestro amor llegara tan lejos. Cuarenta y seis años es una gran diferencia […] Te he amado con locura. Estaré pensando en ti hasta el último segundo”. En un fragmento de la carta que dejó para sus amigos y familiares, manifestó su voluntad inquebrantable de no pagar coimas: “El proyecto de la Fundación tambalea y empieza a resquebrajarse. Hemos tenido reuniones con mis colaboradores más cercanos […] me aconsejaban que, para salvar a la Fundación, debemos incorporarnos al sistema; sí, a los retornos; sí, al ana-ana [n. de la r.: un código que indica que hay que repartir una mercancía], pondremos gente a organizar todo. Hay especialistas que saben cómo hacerlo. Aclararemos que vos no sabés nada, que no estás enterado. En estos momentos, a esta edad, terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros, mis profesores, me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar. Prefiero desaparecer”.

En el cuarto piso de la Fundación, Roberto Favaloro se sienta otra vez en el sillón y dice que el Comité de crisis nunca planteó pagar coimas.

—Era un tema aritmético de reducción de personal. Cerramos un piso y medio: casi cien camas.

El número de empleados bajó de mil doscientos a ochocientos. Muchos de los despedidos fueron profesionales con los que René mantuvo una relación de amistad. No podíamos seguir así. Eran doctores cercanos porque habían sido compañeros de estudio y demás, pero con la diferencia que René tenía setenta y siete años y parecía de sesenta y siete, y los otros de noventa y siete. Era cuestión de sobrevivir, o morir.

En 2001, el primo de René, Mariano Favaloro, sintió que en la Fundación había cambiado la esencia impuesta por su creador y presentó su renuncia. Lo siguió Penelas, el vocero, con una carta que decía que, fallecido su entrañable y admirado amigo, había advertido que la Fundación comenzaba transitar por caminos que a su entender no se compadecían con el pensamiento de Favaloro. El doctor Mario Racki y su esposa —también doctora— formaron parte de la lista de despedidos. Tres años después, en 2004, el entonces presidente de Argentina, Néstor Kirchner, declaró el 12 de julio como Día de la Medicina Social, en homenaje a Favaloro.

La Fundación llegó a deber un año de salario a los médicos y tres meses a los enfermeros. Tuvieron que pasar cinco años del suicidio de René Favaloro para que comenzaran a equilibrarse los números. El apellido se transformó en la marca de una línea de alimentos saludables y, en la Fundación, se empezaron a realizar cirugías estéticas: lifting facial, aumento de senos y lipoaspiración de abdomen.

—Ese año empezamos a repuntar y a abrir camas para cumplir con otras ideas que tenía René —dice su sobrino—, como la de realizar trasplantes de médula ósea e intestino.
—¿Usted sabe por qué se suicidó René?
—Ayyy, si yo supiera. Fueron múltiples causas. La más grande fue esta Fundación que era como su hijo. Creo que si yo fuera René y tuviera esos problemas a los setenta y siete años, pensaría: “Llegaré a los ochenta y dos años para ver todo solucionado, o mejor que se encarguen los que vienen atrás”. No sé, uno puede hacer muchas conjeturas.

El teléfono celular no para de vibrar sobre la mesa. Roberto mira la pantalla y aprovecha para tomar otro sorbo de café.

—Antes de matarse, René dejó una carta para Diana, una para la señora que trabaja en la casa, otra para todos, otra para no sé quién…
—Y también dejó una para usted.
—Sí, es cierto, y no sé por qué.
—¿Se puede saber qué dice esa carta?
—No, no se puede.

Y ésas son sus últimas palabras de esta tarde.

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El reloj de la basílica marca las 19:06 del miércoles 13 de marzo de 2013. Bajo una lluvia intensa y un cielo que empieza a oscurecerse por completo, la chimenea de bronce de la Capilla Sixtina ha comenzado a despedir humo blanco. Las ciento veinte mil personas reunidas frente al balcón, en la Plaza de San Pedro del Vaticano, agitan paraguas al grito de “¡Viva el papa!”. Suenan las campanas y el bullicio se vuelve tan ensordecedor como el que precede a los grandes recitales de rock. Los ciento quince cardenales reunidos en la quinta votación del cónclave acaban de elegir a un nuevo papa. En la Sala de las Lágrimas, después de realizar el juramento, el pontífice romano electo —cuyo nombre aún es un misterio para la multitud— se prueba una de las tres sotanas blancas de distintas tallas que han sido preparadas para la ocasión. Decide no usar la capa de terciopelo ni la estola papal. No se pone los zapatos rojos de Prada, que son tradición, y prefiere llevar los mismos zapatos de cuero negro con los que ha llegado a Roma pocos días antes. Afuera flamean banderas de distintas nacionalidades y el humo comienza a diluirse en la noche. El encortinado blanco de las ventanas del balcón central de la basílica se abre y el bullicio se convierte en un rugido de feligreses ansiosos. Jean-Louis Pierre Tauran, cardenal francés, protodiácono, asoma a paso lento. Saluda con suaves movimientos de cabeza hacia ambos lados y se acerca al micrófono. Por un instante, la plaza queda en silencio.

—Os anuncio una gran alegría: tenemos Papa.

Los ciento veinte mil feligreses, que todavía no han escuchado el nombre, estallan en una ovación fervorosa.

—El elegido es el eminentísimo y reverendísimo señor Jorge Mario, cardenal Bergoglio de la Santa Iglesia Romana —dice en latín el protodiácono Tauran—. Y ha adoptado como nombre Francisco.

***

El 11 de febrero de 2013, próximo a cumplir ochenta y seis años, el papa Benedicto XVI anunció su renuncia durante una misa realizada en la Santa Sede. Después de casi ocho años en el trono de Pedro, con la iglesia sacudida por denuncias de corrupción, luchas de poder y el estallido del Vati Leaks —la filtración de documentos confidenciales del Vaticano—, Joseph Ratzinger adujo que, por su avanzada edad, no tenía fuerzas para ejercer de forma adecuada el ministerio petrino e indicó que desde el 1 de marzo la sede quedaría vacante. Así, por primera vez en seiscientos años de historia católica, ciento quince cardenales, de cincuenta países, fueron convocados a la elección del sucesor de un sumo pontífice renunciante. El cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, que en 2005 había sido uno de los grandes candidatos a la sucesión del papa Juan Pablo II, llegó al cónclave de Roma el 27 de febrero. Antes de viajar llamó por teléfono a su hermana, María Elena Bergoglio.

—Me tengo que ir, me mandaron a llamar.

Tenía planeado salir unos días más tarde, pero desde el Vaticano, donde se elegiría al papa número doscientos sesenta y seis, le pidieron que adelantara el viaje.

—Nena, rezá por mí. Nos vemos a la vuelta.

Tenía reservado el pasaje de regreso a su país para el 23 de marzo. En su habitación del arzobispado de Buenos Aires había dejado preparada la homilía que leería el siguiente Jueves Santo y en su agenda figuraba un encuentro con su amigo, el intelectual rabino Abraham Skorka.

La mañana del 13 de marzo de 2013, en la Plaza de San Pedro, nada hacía suponer que un cardenal de 76 años que había presentado su renuncia al arzobispado de Buenos Aires —por superar el límite de edad fijado en las normas canónicas— y que, de regreso, pensaba retirarse a vivir en el Hogar Sacerdotal, podía ser el elegido para comandar una religión que afrontaba —como nunca antes— denuncias de abuso sexual y corrupción, y que desde las últimas décadas buscaba recuperar los feligreses perdidos ante el avance incesante de las iglesias pentecostales. Las estadísticas del Consejo Episcopal Latinoamericano dicen que, en los últimos años, la Iglesia católica —de mil doscientos millones de seguidores, la mitad concentrados en el continente americano— perdió diez mil devotos por día. En un país laico y de tradición católica como México, el último censo poblacional realizado en 2010 determinó que en los últimos sesenta años la Iglesia ha perdido casi 16% de sus seguidores y ha aumentado 4% el porcentaje de ateos. El 12% restante ha manifestado su fe en distintas iglesias evangélicas. En 2010, el presidente Evo Morales quitó el catolicismo como religión oficial de Bolivia y declaró a su país como un estado laico (53% de la población se manifestó católica). En el país con la mayor cantidad de católicos del mundo —Brasil, con ciento veintitrés millones de creyentes—, los resultados del último censo realizado en 2010 indicaron que si 92% de la población era católica en 1970, en los últimos cuarenta años esa religión había perdido 30% de sus seguidores. En la tierra del nuevo papa, Argentina, el número de católicos en las últimas cuatro décadas disminuyó quince por ciento.

***

Cuando la chimenea del tejado del Vaticano comenzó a despedir humo blanco, la señal que utiliza la Iglesia católica para anunciar que ha sido elegido el nuevo papa, en su casa de Ituzaingó, un barrio del oeste de la provincia de Buenos Aires, María Elena Bergoglio se sentó junto a su hijo Jorgito en la sala a esperar el anuncio de los canales de televisión. María Elena —sesenta años, cabello blanco, físico robusto— estaba tranquila. Pensaba que su hermano era demasiado mayor para asumir la dirección de la Iglesia, que el elegido sería un cardenal más joven. Dijo: “¿A qué pobre desgraciado le habrá tocado ser papa?”, y encendió un cigarrillo. El primero de una tarde larga.

—Lo único que escuché fue “Jorge Mario” —dice la hermana del papa, tres meses más tarde, sentada en el comedor de su casa—. No escuché el apellido Bergoglio. Escuché “Jorge Mario” y me puse a llorar. Desde ese instante vinieron todos los vecinos a saludarme. No pude verlo salir al balcón. Nada. Y el teléfono no paró de sonar.

Ese mismo día la llamaron vecinos, canales de televisión, familiares, programas de radio, amigos. Y hubo, también, una comunicación telefónica desde el Vaticano.

—¿Quién habla? —preguntó Jorgito, el sobrino del reciente papa.
—Yo, Jorge —dijo el papa.
—Tíiio.

María Elena escuchó el suspiro de su hijo y pegó un salto desde la sala. Le arrebató el teléfono de la mano y, para hablar más tranquila, fue hasta la cocina.

—¿Cómo estás? —preguntó ella.
—Bien, bien.
—¿Cómo estás? ¿Cómo estás?
—Bien, nena.
—Cómo me gustaría abrazarte.
—Créeme, como siempre, estamos abrazados, y te tengo muy cerca del corazón.

María Elena se quedó unos segundos en silencio. No le salían las palabras.

—Mirá, nena: esto se dio así. Y acepté. Quedate tranquila que estoy bien. Te pido por favor que hables con la familia y le digas a todos que les mando un abrazo. No los llamo a cada uno porque somos un familión y fundo las arcas del Vaticano, pero los tengo en el corazón. Recen por mí.

Ahora, después de recordar esa charla que fue “corta, pero emotiva”, María Elena vuelve a emocionarse. Saca un pañuelo del bolsillo y se seca las lágrimas.

—No me salían las palabras. En lo poco que pude pensar hasta que me llamó era en cómo iba a hacer ahora para poder comunicarme con él. Jamás pasó por mi cabeza que podía llamarme. Porque estábamos lejos pero siempre juntos a pesar de la distancia.

Ahora, dice María Elena, a veces el papa la llama y las charlas son más distendidas. La última vez que hablaron fue hace diez días.

—De lo de él no hablamos nada. Él actúa y calla. Por lo tanto hablamos como hermanos. Quizás le cuento alguna anécdota, o cómo se vivió la designación acá en el barrio.
—¿Y qué dice?
—Nada, escucha. Todo lo que es referido a lo suyo escucha y no dice nada. Sólo me hizo un comentario del sufrimiento de la gente y me dijo que no me daba una idea de la cantidad de cartas, llamados y visitas que recibía en el Vaticano.

***

La elección de Bergoglio como papa desató en Argentina un boom religioso sólo comparable con la visita al país de Juan Pablo II, en 1987. La semana previa y las que siguieron a las pascuas han tenido a las iglesias colmadas de viejos y nuevos fieles escuchando misas desde la calle. El domingo siguiente a la asunción de Bergoglio, los jugadores del equipo de futbol del club San Lorenzo, del cual el nuevo papa es un fervoroso seguidor, usaron una camiseta con su imagen y el nombre Francisco estampado a la altura del pecho. Los noticieros no paran de anunciar las noticias que se producen en el Vaticano: “Francisco se reúne con Benedicto XVI”, “Brasil será el primer país en recibir a Francisco”, “Miles de motocicletas Harley-Davidson recibieron la bendición de Francisco”. Hasta la presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, que había mantenido serias diferencias con Bergoglio cuando era cardenal —Bergoglio se pronunció en contra de la sanción de leyes como la del matrimonio igualitario y desde el gobierno llegaron a nombrarlo “líder de la oposición”—, se mostró emocionada y fue una de las primeras personalidades políticas en confirmar su presencia en la ceremonia de asunción. En un año de elecciones, las calles de Buenos Aires aparecieron empapeladas con la imagen del nuevo Papa sonriente en afiches publicitarios diseñados por partidos políticos opositores (“Francisco, rezamos por vos”), por sindicatos (“Francisco, argentino y peronista”) y por el partido oficialista (“No dejen que la esperanza se apague”).

***

Los padres del papa Francisco se conocieron en misa. Se vieron por primera vez una mañana de 1934 en el oratorio salesiano de San Antonio, en Buenos Aires, Argentina, y se casaron al año siguiente. Él, Mario José Francisco Bergoglio, contador, era descendiente de italianos que en 1929 habían llegado a Buenos Aires en barco desde un pueblo del norte de Italia llamado Portacomaro. Ella, Regina María Sívori, ama de casa, era hija de una piamontesa y un argentino descendiente de genoveses. Mario y Regina tuvieron a su primogénito Jorge Mario Bergoglio el 17 de diciembre de 1936. Lo siguieron Marta, Oscar y Alberto. Los hermanos se criaron en una casa modesta de Flores, un barrio de clase media de Buenos Aires, a la vuelta de la parroquia Santa Francisca Javier Cabrini, a dos cuadras del instituto Nuestra Señora de la Misericordia y a seis de la Basílica San José de Flores. Allí creció Jorge entre capillas, basílicas y parroquias, de modo que si no lo encontraban jugando futbol en la placita de la esquina, los padres sabían que el hijo mayor podía estar rezando en alguna iglesia. En 1949 nació la quinta hija, María Elena, en un parto complicado que dejó a la madre paralítica, por lo que la abuela, que vivía a la vuelta de su casa, tuvo que comenzar a cuidar a los nietos más grandes.

—Los recuerdos que tengo de mi hermano —dice María Elena Bergoglio— son los de un chico normal, como cualquier adolescente de una familia muy religiosa. A nosotros nos trasmitieron la fe desde la panza de mamá. Y Jorge era muy compañero, muy protector y muy alegre. Tremendamente alegre. Dentro de ese marco no lo vi mucho, porque cuando yo empecé a tener uso de razón él se fue al seminario. Después nuestra relación continuó a la distancia. Una relación muy fluida, pero ya era a través de cartas.

Cuando terminó el colegio primario el padre le sugirió que buscara trabajo. A los 13 años consiguió un empleo haciendo la limpieza en la fábrica de calcetines del barrio. Dos años después, mientras estudiaba en un colegio secundario industrial, comenzó a trabajar en un laboratorio haciendo análisis químicos. “Le agradezco tanto a mi padre que me haya mandado a trabajar. El trabajo fue una de las cosas que mejor me hizo en la vida y, particularmente, en el laboratorio aprendí lo bueno y lo malo de toda tarea humana”, dijo en una entrevista publicada en el libro El Jesuita (Editorial Vergara, 2010). Allí, en el laboratorio, tuvo una jefa a la que consideró “extraordinaria”, Esther Balestrino de Careaga, militante del partido comunista, que lo acercó a las primeras lecturas políticas. “Mi cabeza no estaba puesta sólo en las cuestiones religiosas, porque también tenía inquietudes políticas, aunque no pasaban del plano intelectual”. Leía Nuestra Palabra y Propósitos, una publicación del partido comunista. Y aunque en El Jesuita asegura que nunca formó parte de ese partido ni de ningún otro, el hijo del rector del colegio donde hizo el secundario, Gustavo Fierro Sanz, dijo años después, en el libro Francisco. El Papa del pueblo (Planeta, 2013) que en tiempos donde se desalentaba la militancia política, en la década del cincuenta, Bergoglio fue sancionado por llevar al aula insignias del Partido Peronista.

***

—Las razones por las que ha sido elegido papa un arzobispo no sólo del tercer mundo, sino también de Argentina, tienen que ver con la crisis del neoliberalismo en que está sumergida la Iglesia, con su epicentro en Europa, y el avance de los movimientos populares en Latinoamérica, en los cuales el tema central, la pobreza, se está solucionando mediante proyectos políticos, y de esa manera la Iglesia queda marginada de un ámbito fundamental que es la caridad.

Rubén Dri tiene 83 años, es teólogo, filósofo, escritor y profesor de la Universidad de Buenos Aires. Pero antes de ser todo eso fue cura y formó parte del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, una organización dentro de la Iglesia católica que entre 1967 y 1976 intentó una renovación y realizó trabajos sociales en los barrios más humildes.

—Ahora Francisco tiene dos tareas fundamentales. Una es limpiar el Vaticano, que se ha transformado en un centro de corrupción a nivel económico, lavado de dinero; como a nivel sexual, pedofilia. La otra es recuperar la feligresía que en los últimos años le han quitado las iglesias pentecostales. Por eso la manera populista en que ahora se presenta, con mucha instrumentalización de símbolos y gestos.

***

Son las doce del mediodía en Ituzaingó. Sentada a la mesa de la sala, María Elena Bergoglio enciende otro cigarrillo, suelta pequeñas bocanadas de humo blanco y dice:

—Jorge nunca quiso ser papa.

Sobre la mesa del comedor hay tres paquetes de cigarrillos a medio terminar, cuatro libros religiosos —uno de ellos, El libro de la fe, de Benedicto XVI—, una agenda, papeles, un control remoto, un teléfono inalámbrico, un teléfono celular rosa, una botella de Seven-up casi vacía y un vaso de plástico del que, cada tanto, María Elena bebe un poco de gaseosa.

—No, él no quería ser papa. Y yo cuando quería hacerlo enojar, le decía: “¿Qué tal, su santidad? ¿Cómo anda?”. Y él se ponía furioso, me decía: “Dejame de embromar, no jodas con eso”.

María Elena se inclina contra el respaldo de su silla y larga una carcajada que termina en una tos afónica.

—Yo lo cargaba con “su santidad” desde que era sacerdote. Le decía así porque era un referente muy importante en nuestras vidas. Para mí ya era su santidad, la figura del hermano que siempre enseñaba y ponía su cuota de humor en todo. Pero nunca nadie más lejos que yo iba a imaginarse que terminaría siendo el papa. Antes de irse al cónclave hablamos por teléfono. Pensábamos que volvía. Ni lo soñaba.
—Es difícil pensar que no haya tenido algún presentimiento.
—Si lo tuvo, jamás lo manifestó. Quizás tenía un poco de… no sé si decir temor, de que lo hicieran quedar a trabajar en Roma. Y él amaba Buenos Aires, era muy feliz trabajando acá. Pero ahora lo veo mucho más contento siendo papa. Hacía mucho que no lo veía sonreír así.

Una semana después de la asunción de Francisco, el cardenal cubano Jaime Ortega reveló, con la autorización del papa, a la revista católica Palabra Nueva, un manuscrito con las palabras claves pronunciadas por Bergoglio durante una de las sesiones del cónclave en que resultó elegido. “La evangelización es la razón de ser de la Iglesia, que está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias”. “Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar, deviene autorreferencial y entonces se enferma”. “Hay dos imágenes de la Iglesia, la evangelizadora que sale de sí […] o la mundana que viven en sí, de sí, para sí”. “El nuevo pontífice debe ser un hombre que, desde la contemplación y adoración de Jesucristo, ayude a la Iglesia a salir de si hacia las periferias existenciales”.

***

—No era un chico travieso, de esos que daban trabajo. A él le gustaba mucho leer —dice, una tarde de julio, Graciela Álvarez, mientras calienta agua para el café en la cocina de su casa.

Es jubilada, tiene setenta y cuatro años y vivió veintidós en Flores, en la casa contigua a la de la familia Bergoglio. Ahora vive en un departamento del piso doce desde donde pueden verse el horizonte y las aguas turbias del Río de la Plata.

—Nos criamos juntos, como si fuéramos familia. Los Bergoglio vivían en Membrillar 531 y nosotros en el 511. Los fines de semana nuestros padres se reunían en una casa y jugaban al póquer por dinero. Jorge era un chico tranquilo, tímido, formal, muy servicial y educado. Le gustaba jugar al futbol en la placita de la esquina. Y como estaba prohibido jugar a la pelota en la calle, cada vez que venía la policía salía corriendo. Ésa es la única travesura que le conocí. Siempre fue una persona con la que podías hablar de cualquier cosa. Cuando le conté que me casaba, me pidió que le mostrara mi vestido de novia.

Alguna vez, de chico, llegó a pensarlo, pero no pasó de la idea de un niño que siempre iba a misa y que, en vez de jugar a ser ingeniero o médico, decía que quería ser cura. El 21 de septiembre de 1954 tenía diecisiete años, cursaba el colegio industrial, iba a festejar el día del estudiante —que en Argentina coincide con el día exacto en que comienza la primavera— y planeaba declararse a su novia. Pero al pasar por la Basílica San José de Flores, a la que siempre iba, sintió el impulso irrefrenable de entrar. Estaba oscuro, y vio pasar en dirección al confesionario a un cura al que nunca antes había visto. “Sentí como si alguien me hubiera agarrado de adentro y me hubiera llevado al confesionario —dijo Bergoglio en una entrevista radial en Buenos Aires—. No sé lo que pasó. Evidentemente le conté mis cosas, me confesé, pero no sé lo que pasó y cuando terminé le pregunté al padre de dónde era, porque no lo conocía. Me dijo: ‘Soy de Corrientes, estoy viviendo en el hogar sacerdotal y vengo a celebrar misa aquí de vez en cuando’. Tenía cáncer y murió al año siguiente”. Aquel día, dijo Bergoglio, sintió que tenía que ser cura, pero mantuvo la decisión en secreto durante cuatro años, hasta que al cumplir 21 le comunicó a su familia que iba a ingresar al seminario. La noticia fue recibida por casi todos con alegría, pero su madre, Regina, que creía que su hijo mayor seguiría la carrera de medicina, se enojó bastante.

—Mi papá estaba enloquecido con la noticia —dice María Elena—. A mamá lo que le costó fue dar al hijo. El despegue del primer pichón que abría las alas y volaba. Hubiese sido lo mismo si se casaba y se iba a vivir a otro país. La primera semana fue durísima. No le dirigía la palabra.

***

Es un martes frío de junio, y en Flores, donde nació y creció el papa, sólo quedan bosquejos de una época pasada. La plaza de la esquina, un descampado de tierra donde los niños jugaban a la pelota, ahora es un espacio verde protegido por un enrejado. De la casa de Membrillar 531 sólo queda la numeración y el recuerdo de una placa de mármol, que hace dos meses instalaron en el frontis: “En esta casa vivió el papa Francisco. Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires”. En la otra esquina, los vecinos colgaron una pancarta que reza “Zona peligrosa. Robos y hurtos”, a modo de advertencia para los turistas que llegan al barrio.

—Desde que anunciaron que Bergoglio era el nuevo papa han venido los periodistas en busca de hacer notas. Muchas cosas que dijeron fueron inventadas. No se enoje, pero no quiero hablar más sobre el papa.

Rafael Musolino, un hombre de casi ochenta años, es uno de los pocos testigos vivientes de aquella época.

—Dijeron que yo viví en la casa del papa y no es verdad. Yo fui simplemente un chico que jugó al futbol con él como muchos más del barrio. Estamos hablando de algo que pasó hace más de sesenta años… Muchos me preguntaron si el papa, cuando era chico, jugaba bien a la pelota, o si era gordo. ¿Y a usted le parece que yo puedo decir eso? Déjenme de embromar.

***

Bergoglio viajó al cónclave en avión, en clase turista. Y, una vez elegido papa, en la solemnidad de la Capilla Sixtina y ante ciento catorce cardenales, dijo: “Soy un gran pecador. Confiando en la misericordia y en la paciencia de Dios, en el sufrimiento, acepto”. Eligió llamarse Francisco en honor a San Francisco de Asís por “su sencillez y su dedicación a los pobres”. Se presentó al mundo con una sotana blanca y simple, sin la muceta roja y la cruz pectoral de oro que usaron sus antecesores. En sus primeras palabras públicas dijo: “Hermanos y hermanas, buenas noches. Ustedes saben que mis hermanos cardenales han debido escoger al obispo de Roma. Parece que lo han ido a buscar al fin del mundo”. Y pidió a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro que rezaran por él. En su primera audiencia, ante seis mil periodistas, se mostró alegre. Dijo: “Cómo quisiera ver una Iglesia pobre y para los pobres”. Desistió de alojarse en el lujoso Palacio Apostólico y prefirió quedarse a vivir en la modesta residencia Santa Marta. Rompió con los protocolos: pidió usar el Papamóvil sin vidrios blindados. Desistió de viajar en la limusina papal y optó por moverse en la furgoneta de la Guardia Suiza. El Jueves Santo lo encontró lavando los pies de doce menores del instituto penal Casal de Mármol, de Roma, imitando el gesto de Jesús en la última cena. La prensa de todo el mundo lo presentó como “el papa de la gente”, “el papa humilde”, “el papa de la sonrisa buena”.

—Los cardenales reunidos en el último cónclave eligieron, básicamente, a una persona extra curia. Bergoglio es un pastor, no es un intelectual como Benedicto XVI —dice la licenciada en Sociología, investigadora en programas de cultura y religión, Verónica Giménez Béliveau—. Toda su trayectoria estuvo al frente de determinados espacios eclesiásticos que le permitieron estar en contacto con la gente. Bergoglio tiene un perfil muy diferente al de Ratzinger. Y en ese sentido expresa un cambio que se está buscando en el Vaticano. Que al principio es de formas de relacionarse hacia afuera, de la imagen que tiene la iglesia en los grandes colectivos de fieles, que hace que visitas como la del papa a Brasil generen un gran entusiasmo. La imagen de Francisco con los zapatos negros viejos, cargando él mismo su maletín, significa básicamente una continuidad. Bergoglio, antes de ser papa, era un hombre austero que no estaba acostumbrado a las pompas del Vaticano. Y de alguna manera es portador de un estilo similar al de la iglesia latinoamericana. Esos gestos de humildad tienen que ver con una puesta en escena buscada, pero no porque sea artificial sino porque es algo que él ya traía y le interesa que ahora sea la imagen de la Iglesia en el mundo.

“La elección de un nuevo papa, sobre todo en el contexto del mundo actual, no es un acto sin previo pensamiento del cónclave —dijo la monja brasileña, doctora en Filosofía por la Universidad Católica de San Pablo, Ivone Gebara, al periódico Página/12—. Benedicto XVI, antes de renunciar, así como sus compañeros de trabajo, los más cercanos, ya tenían dibujada la sucesión. Es mi sospecha. Un hombre inteligente como Ratzinger no deja las cosas totalmente sueltas.”

—Bergoglio siempre ha sido un hombre austero. Eso es parte de su convicción y su política. Él está convencido de eso. Ahora que eso signifique que es una persona humilde, es otra cosa —dice el teólogo Rubén Dri—. Bergoglio es un hombre muy amante del poder. Sin duda, se ha preparado para ser papa y se ve que goza de haberlo conseguido. Creo que cuando se dice que es muy humilde se está haciendo una lectura equivocada.

***

Jorge Bergoglio tenía veintinún años cuando le detectaron tres quistes y debieron someterlo a una ablación del pulmón derecho. Desde ese día sobrelleva una deficiencia que no le ha traído mayores limitaciones. En 1963 fue enviado como profesor a un colegio jesuita de la provincia de Santa Fe, a quinientos kilómetros de Buenos Aires, donde enseñó psicología, arte y literatura. A los treinta y tres años se ordenó como sacerdote e ingresó a la Compañía de Jesús “atraído por su fuerza de avanzada de la Iglesia desarrollada con obediencia y disciplina”. Tres años después, en 1973, fue nombrado Provincial Jesuita en Argentina. Ser Jesuita era —y es— pertenecer a la Compañía de Jesús, una orden religiosa de vocación misionera, pedagógica, cultural y científica, de una obediencia absoluta, similar a la de una estructura militar. A los tres votos religiosos —pobreza, castidad y obediencia—, los jesuitas agregan un cuarto de obediencia especial al papa. Desde sus inicios en 1540, los jesuitas prestaron servicio en zonas donde la religión católica era perseguida y prohibida. Se dice que la labor de los jesuitas no es la de levantar murallas sino la de construir puentes. Y eso es, al parecer, lo que ha intentado hacer Bergoglio desde que fue nombrado papa.

***

El aula es igual a cualquiera de un instituto religioso de enseñanza primaria de Buenos Aires: un ambiente amplio con veinticinco pupitres ubicados frente a un pizarrón verde y a una imagen de Jesús que cuelga de la pared. A un costado, la cartelera donde se anuncian las últimas novedades escolares. Del otro, dos ventanas que dan un patio desde donde ahora, una mañana fría de junio, ha sonado el timbre del recreo y llega un murmullo enloquecedor.

—En esta aula hizo el jardín de infantes el papa cuando tenía cinco años —dice la monja Martha Ravino del Instituto Nuestra Señora de la Misericordia—. Por eso ahora estamos pensando colocar una placa de bronce con su nombre.

Parada en la puerta del aula, vestida con un hábito gris que deja al descubierto su rostro rugoso y unos pocos rulos platinados, Martha Ravino recorre con la mirada las paredes y se queda unos segundos en silencio.

—Él después volvió muchas veces agradecido. Venía a visitar a una hermana que murió el año pasado, a los 102 años. Iba a la habitación de la monjita, que era graciosísima, y le preguntaba: “¿Cómo era yo cuando era chico?”. La hermana siempre le respondía lo mismo: “Un demonio”. Y Jorge cuando escuchaba eso se reía mucho. Después, cuando se iba, la viejita nos decía que era buenísimo. La última vez que vino se quedó hasta tarde y se fue en colectivo porque no quería que le pagáramos el taxi.

—¿Por qué se destaca como un gesto de humildad que un cura viaje en colectivo?
—Porque generalmente los obispos y los cardenales tienen sus coches y choferes, pero él no quería esas cosas. A veces se quedaba todo el día y nosotras le dábamos un sobrecito con dinero como para que sobreviva. Y él, cuando recibía alguna donación, la repartía en las villas miseria.

***

Un día después de la consagración de Bergoglio en el Vaticano, una mujer mayor de cabello canoso y anteojos con vidrio grueso, llamada Amalia, dijo ante un grupo de periodistas que se agolparon detrás de la reja de su casa que había tenido un romance con el nuevo papa: “Nos conocimos en el barrio. Teníamos doce años y él me escribió una carta que tenía una casita blanca con techo rojo. Debajo del dibujo decía: ‘Acá vamos a vivir cuando nos casemos. Si no te casás conmigo, me hago cura’. Cuando mis padres leyeron la carta, me dieron una paliza e hicieron todo lo posible para separarnos. Desde ese día nunca más volvimos a vernos. Después, cuando me casé con otro hombre, estuvo a punto de darnos el sacramento”.

Mientras enciende un cigarrillo, sentada en el comedor de su casa, la hermana del papa dice que tiene serias dudas de esa carta y ese noviazgo.

—Lo que puedo decir, con mucho respeto hacia esa señora, es que yo no la conocí nunca, y eso puede ser lógico dado los años en los que ella dice que ocurrieron esos hechos. Aunque la gente del barrio tampoco la conoce. Después hace mención a que la iba a casar Jorge, que estaba destinado a la parroquia San José de Flores. Y eso no es verdad, nunca estuvo en esa parroquia porque era jesuita y los sacerdotes jesuitas atienden nada más en sus parroquias. Y otra cosa que tampoco no cierra es que Jorge ha comentado que él se enamoró, pero no nombró a la chica. Lo que demuestra que hubo amor en serio, porque la ha preservado. Nosotros suponemos que era una chica del grupo juvenil y en esa época debería tener 18 años.

La amiga de la infancia, Graciela Álvarez, tiene una sensación parecida:

—A esa señora que apareció y dijo haber sido su novia, no le creo nada. En el barrio nos conocíamos todos, y a esta señora no la conoce nadie. Habrá sido un amor clandestino. Y no creo… porque Jorge era una persona muy pura.

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Cultor del perfil bajo, de pocas palabras, reservado, en Buenos Aires lavó los pies de presos y enfermos de sida, ofició misas en las estaciones de trenes, en plazas, en estadios, en las calles a cartoneros, a ex prostitutas, a familiares de las víctimas de la tragedia del incendio del boliche Cromañón que en 2004 causó la muerte de ciento noventa y cuatro jóvenes, a los familiares de las cincuenta y una personas fallecidas en 2012 en un accidente de trenes de la estación de Once. En octubre de 2011, a menos de un mes de que el Senado tratara los proyectos de ley de despenalización del aborto, Bergoglio aprovechó la peregrinación anual a la Virgen de Luján —la muestra de fe más importante de la feligresía católica argentina— para arengar a la multitud a defender la vida de “los que van a venir”. En sus homilías le gustaba citar fragmentos del Martín Fierro, una obra literaria gauchesca de 1872. “Que despreciable el que atesora sólo para su hoy, el que tiene un corazón chiquito de egoísmo y sólo piensa en manotear esa tajada que no se llevará cuando se muera —dijo en agosto de 2012, durante la fiesta de San Cayetano, fecha en la que los feligreses se acercan a la iglesia a pedir por trabajo—. Porque nadie se lleva nada. Nunca vi un camión de mudanzas detrás de un cortejo fúnebre”.

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En 1974, con la muerte del entonces presidente de la Argentina Juan Domingo Perón y la sucesión en el gobierno de su mujer —y hasta ese momento vicepresidenta—, María Estela Martínez, las cosas para los militantes de partidos de izquierda comenzaron a ponerse complicadas. Una organización llamada Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) empezó a perseguir a intelectuales, políticos y sacerdotes. Las fuerzas armadas pusieron los ojos en los sectores más progresistas de la Iglesia, a los que consideraba subversivos. Dos años después, con el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 que derrocó al gobierno de María Estela Martínez y estableció en el poder a una Junta Militar que se quedaría allí hasta 1983, el país comenzó a vivir su década más violenta. La cúpula militar, que tenía diálogo directo con la Iglesia católica, incrementó la persecución a sacerdotes y catequistas que hacían trabajos de alfabetización en villas miseria. Algunos investigadores estiman que entre 1974 y 1983 por lo menos dieciséis sacerdotes fueron asesinados o desaparecidos. Emilio Mignone, abogado, militante de los derechos humanos, fundador de la Unión Federal Demócrata Cristiana, católico ferviente, denunció que entre 1976 y 1983 en Argentina se había producido una siniestra complicidad entre el poder militar y eclesiástico. “Los militares se encargaron de limpiar el patio interior de la Iglesia, con la aquiescencia de los prelados, ante la sorprendente pasividad de un episcopado que contempló sin inmutarse cómo obispos, sacerdotes, religiosos, y simples cristianos eran asesinados, secuestrados, torturados, apresados, exiliados y calumniados”. En mayo de 1976 un grupo de tareas de la infantería de Marina allanó las casas de los habitantes de una villa —un barrio muy pobre— de Buenos Aires conocida como 1.11.14. Los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics, que habían orientado sus acciones pastorales a los pobres de ese sitio y dependían de Bergoglio, fueron secuestrados y torturados en el centro de detención clandestina de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), acusados de pertenecer a una organización guerrillera. “Una semana antes de la detención, el arzobispo Aramburu le había retirado las licencias ministeriales, sin motivo ni explicación —escribió Mignone en el libro Iglesia y dictadura (Ediciones del Pensamiento Nacional, 1986)—. Por distintas expresiones escuchadas por Yorio en su cautividad, resulta claro que la Armada interpretó tal decisión, y posiblemente algunas manifestaciones críticas de su provincial jesuita Bergoglio, como una autorización para proceder contra él”. Luego de seis meses en la ESMA, los dos sacerdotes fueron liberados en un descampado de las afueras de Buenos Aires. Yorio continuó como párroco en Uruguay —donde moriría en 2000—, mientras que Jalics se mudó a una casa espiritual en Alemania. Ambos guardaron silencio sobre lo sucedido hasta que en 1994 Jalics denunció —sin mencionar el nombre de Bergoglio— en su libro Ejercicios de meditación que mucha gente que sostenía convicciones políticas de extrema derecha veía con malos ojos la presencia de los sacerdotes en las villas miseria. “Interpretaban el hecho de que viviéramos allí como un apoyo a la guerrilla y se propusieron denunciarnos como terroristas. Nosotros sabíamos de dónde soplaba el viento y quién era responsable por estas calumnias. De modo que fui a hablar con la persona en cuestión y le expliqué que estaba jugando con nuestras vidas. El hombre me prometió que haría saber a los militares que no éramos terroristas. Por declaraciones posteriores de un oficial y treinta documentos a los que pude acceder más tarde pudimos comprobar sin lugar a dudas que este hombre no había cumplido su promesa sino que, por el contrario, había presentado una falsa denuncia ante los militares”.

Cuando en noviembre de 2000 Bergoglio fue citado a declarar por la Justicia Argentina en la causa “ESMA”, en la que se investigan delitos de lesa humanidad, primero solicitó hacerlo por escrito. Después accedió a hacerlo haciendo uso de un artículo del Código de Procedimientos que requiere el traslado de la sesión hasta un domicilio ofrecido por el declarante. Durante cuatro horas, vestido de saco y clériman negro, pensativo, respondió las preguntas del juez en el salón principal de la planta baja del arzobispado.

—¿Recuerda qué hizo después de recibir la noticia de que dos sacerdotes habían sido llevados presos?
—Sí, me empecé a mover, a hablar con los sacerdotes que suponía que tenían acceso a la policía, a las Fuerzas Armadas, nos movimos enseguida.

Dijo que informó a los familiares de Yorio y Jalics que los sacerdotes se encontraban secuestrados en la ESMA, y aseguró haberse reunido dos veces con el comandante de la Marina, Emilio Massera, y en una oportunidad con el entonces presidente de facto, Jorge Rafael Videla, para pedir la liberación. Sin embargo, Rodolfo Yorio diría años después, en marzo de 2013, al periódico digital Público.es, que no creía que fuera cierto que Bergoglio hubiera pedido por la liberación de su hermano a los militares y que el que colaboró fue el entonces embajador del Vaticano en Argentina, el nuncio Pío Laghi. “Lo primero que hizo mi hermano al salir fue llamar a su jefe Bergoglio, y él le dijo que no podía ayudarlo”.

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“¿Cómo examina su vida y su ministerio delante de Dios? —le preguntaron los periodistas Sergio Rubín y Francesca Ambrogetti a Bergoglio en el libro El Jesuita. —No quiero mandarme la parte, pero la verdad es que soy un pecador a quien la misericordia de Dios amó de una manera privilegiada —respondió Bergoglio—. Desde joven, la vida me puso en cargos de gobierno y tuve que ir aprendiendo sobre la marcha, a partir de mis errores porque, eso sí, errores cometí a montones. Errores y pecados. Sería falso de mi parte decir que hoy en día pido perdón por los pecados y las ofendas que pudiera haber cometido. Hoy pido perdón por los pecados y las ofensas que efectivamente cometí.”

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El día de la elección de Francisco, algunos medios de comunicación de Argentina y el mundo reflotaron el cuestionamiento y las dudas sobre la actuación de Bergoglio durante la dictadura militar. El periodista Horacio Verbitsky —autor del libro El Silencio, de Paulo VI a Bergoglio, las relaciones secretas de la Iglesia con la ESMA (Sudamericana, 2005)—, que en 2005, cuando ya se rumoreaba la posibilidad de que Bergoglio fuera elegido sucesor de Juan Pablo I, había sacado a la luz denuncias que vinculaban al entonces cardenal argentino con la Junta Militar, escribió en el periódico Página/12 que en 1979 la justicia argentina había recibido documentos que indicaban que “Bergoglio estaba al tanto de la existencia del plan sistemático de apropiación de hijos de detenidos-desaparecidos” que llevaba a cabo el gobierno de facto. Desde su residencia en Alemania, Jalics relató los detalles de su secuestro en la Argentina y aclaró, también, que no guardaba ningún resentimiento con el ahora papa Francisco, que estaba reconciliado con el pasado, que le deseaba la bendición divina y que consideraba que, por lo menos para él, el asunto estaba cerrado. Cuatro días después, en otro comunicado, Jalics aclaró que tanto Yorio como él no habían sido denunciados por Bergoglio: “Antes me inclinaba por la idea de que habíamos sido víctimas de una denuncia. Pero a finales de los noventa, después de numerosas conversaciones, me quedó claro que esa suposición era infundada”. Adolfo Pérez Esquivel, argentino acreedor del Premio Nobel de la Paz en 1980 por su defensa de los Derechos Humanos y la democracia, secuestrado en 1977 por la dictadura militar argentina, había dicho en 2005 que la actitud de Bergoglio en los años de dictadura se inscribía dentro de las políticas de pensar que “todos aquellos que trabajaban socialmente con los sectores necesitados eran comunistas, subversivos, terroristas”. Pero después de la asunción de Francisco dijo que no creía que Bergoglio hubiera sido cómplice de la dictadura. “Hubo obispos cómplices, como Plaza, Bon Ámin, Tortolo, pero Bergoglio no”. Desde el Vaticano rechazaron todo tipo de acusaciones contra Bergoglio. Unos días después, Pérez Esquivel fue invitado a una audiencia con el papa. Al salir de la reunión en el Vaticano dijo: “Quizá Bergoglio no acompañó en la lucha, pero sí hizo una diplomacia silenciosa. Creo que Verbitsky comete muchos errores con acusaciones de ese tipo”. Al día siguiente, en su columna de Página/12, Verbitsky escribió: “¿Qué ha ocurrido? ¿Es posible que un impostor se haya hecho pasar por el Premio Nobel de la Paz y haya engañado a la seguridad vaticana, al papa y a los periodistas y que imite tan bien la voz característica del fundador del Serpaj —Servicio de Paz y Justicia, una organización social de inspiración cristiana—? Mientras se esclarece si era él o no, son útiles algunas precisiones. Los cargos los formularon las víctimas de los secuestros de mayo de 1976. Yo me limité a reproducir lo que los tres escribieron (Yorio, Mignone y Jalics). También publiqué la versión autoindulgente de Bergoglio y entrevisté a Yorio, a Jalics y a la viuda de Mignone, Angélica Sosa, de modo que mi presunto error no estaría en los hechos, sino en haberlos publicado”.

—En la época de la Teología de la Liberación y de gran compromiso de la Iglesia católica, Bergoglio se ubicó en un ámbito de centro, tratando de limpiarla —dice Dri—. Por eso el problema que tuvo con Jalics y Yorio, que expresaban la parte revolucionaria. Bergoglio siempre fue posicionándose y avanzando en la estructura eclesiástica. Así llego a ser arzobispo de Buenos Aires y luego a posicionarse muy bien a nivel internacional con la redacción del Documento de Aparecida.

La Teología de la Liberación es una doctrina humanística de inclinación marxista, practicada por sacerdotes en Sudamérica durante la década del setenta. El Documento de Aparecida es el libro conclusivo que resume lo ocurrido en el encuentro de la Conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano desarrollado en 2007 en Aparecida, Brasil, que tuvo a Bergoglio como redactor principal.

*En 1979 Bergoglio fue reemplazado en su cargo de provincial jesuita por el sacerdote Andrés Swinnen, y siguió su carrera como rector del Colegio Máximo de San Miguel, un suburbio de Buenos Aires, hasta que en 1986 fue enviado a Alemania a terminar su tesis sobre el teólogo Romano Guardini y, de regreso en Argentina, trajo una estampita de una virgen que hasta ese momento era desconocida —Virgen Desatanudos— y que con los años se convertiría en devoción de miles de argentinos. Dictó clases de pastoral en el Colegio del Salvador, en Buenos Aires, y fue enviado nuevamente a Córdoba para ocupar un cargo menor como director espiritual de la principal iglesia jesuita. Fue durante un retiro espiritual organizado en esa ciudad donde el entonces arzobispo de Buenos Aires, Antonio Quarracino, lo conoció y desde ese momento quedó encandilado con su prédica. Pidió al Vaticano el trasladado de Bergoglio a Buenos Aires y, en 1992, el entonces papa Juan Pablo II lo nombró obispo auxiliar de la arquidiócesis. Al año siguiente asumió el cargo de vicario general del arzobispo de Buenos Aires y fue nombrado su coadjutor con derecho a sucesión. Finalmente, con la muerte de Quarracino en 1998, se convirtió en el primer jesuita en ocupar el máximo lugar en la curia porteña.

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—Saquen número y esperen a ser atendidos —dice una señora detrás del mostrador de un quiosco de artículos religiosos ubicado dentro de la Catedral de Buenos Aires.

Es un mediodía frío de julio, y la misa ofrecida por el padre Russo acaba de finalizar. En el quiosco se venden medallitas religiosas y, por un dólar, se pueden comprar prendedores, llaveros, fotos, señaladores e imanes para la puerta de la heladera con la foto del nuevo papa. Por tres dólares se consiguen pósters gigantes con la imagen de Francisco sonriente saludando desde el balcón de San Pedro. Pero desde hace unos días la gran atracción de católicos y curiosos que pasan por la puerta del patio del Arzobispado, contiguo a la catedral, es una escultura de fibra de vidrio y resina, tamaño real, de Francisco sonriente con el brazo derecho en alto.

—Está genial —dice una señora mayor de cabello rojo mientras se acomoda sus gafas como si fueran una diadema.
—Tiene un poco más de papada, pero está muy bien lograda —dice la señora que la acompaña mientras pide que alguien le explique cómo puede hacer para tomarle una foto con el teléfono celular.

A un costado, una pareja de turistas brasileños observa azorada cómo un hombre joven abraza la figura del papa de plástico, se inclina en gesto de reverencia y le besa el anillo de la mano derecha.

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Le gusta leer al novelista francés León Bloy y al sacerdote jesuita argentino Alfredo Sáenz, que analiza los pensamientos de Dostoievski, Soloviev, Pieper, Tibon y Benson. Dijo haber leído cuatro veces Los Novios, del poeta italiano Alessandro Manzoni. Le gustan Gardel y Piazzolla, y sabe bailar tango, pero en momentos de reflexión prefiere escuchar música clásica, o a Édith Piaf. En los últimos años se mostró cerca de los curas que realizan trabajos en barrios humildes. Preocupado por la pérdida de fieles de la Iglesia católica llegó a proponer a otros sacerdotes alquilar garajes para montar capillas. En el arzobispado de Buenos Aires, se despertaba a las 5:30 de la mañana, se dedicaba a la oración, desayunaba, y a las 7:30 comenzaba a atender las audiencias hasta el mediodía, cuando leía la correspondencia, respondía algún llamado y almorzaba. Luego iba de visita a una parroquia, o continuaba con las audiencias en su oficina en las que a veces recibía a políticos. En 2001 fue nombrado relator suplente de un sínodo, pero la usencia del titular, el arzobispo de Nueva York Edward Egan, lo ubicó en un lugar de privilegio en el Vaticano. Para algunos observadores, aquel día Bergoglio, un cardenal hasta entonces casi desconocido en el plano internacional, inició su carrera al papado.

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—Francisco no es un invento del 13 de marzo de 2013. Es el mismo con la diferencia de que ahora lo hace de cara al mundo.

Monseñor García lleva el pelo prolijamente peinado hacia un costado, saco y clériman negro. Si no fuera sacerdote podría ser actor de telenovelas. Vivió los últimos diez años con Bergoglio en el arzobispado. Y en todo ese tiempo dice que el nuevo papa le transmitió una mirada muy veraz sobre la realidad y su simplicidad para ver la vida.

—El tiempo que vivió acá tuvo una vida muy simple. Es un hombre brillante y muy inteligente, que conjuga varios aspectos y puede tener la humildad necesaria para hacer uso de su inteligencia. Creo que justamente lo habrán elegido por esas cosas: su firmeza, su sencillez y su simplicidad.

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Sillones verdes de cuero, una mesa de madera, un ventanal de vitreaux. En la entrada de la “Sala de los Recuerdos” del Instituto Nuestra Señora de la Misericordia hay una pancarta con la imagen del papa vestido de blanco, saludando en un escenario que con la ayuda de Photoshop parece ser la capilla del colegio donde estamos ahora.

—Sí, señor. Yo las tengo todas —dice la monja Martha Ravino, amiga del Papa.

Y se ríe después de confesar haber sido la catequista que preparó a la presidenta Cristina Fernández para que tomara la primera comunión en un colegio de La Plata.

—Él no andaba mucho con Cristina, o mejor dicho: Cristina no andaba con él. Ahora sí los veo. La distancia entre ellos creo que existió por Cristina. Hay cosas que la iglesia no puede permitir: el sí al aborto, el sí al matrimonio igualitario. Acá un día la cocinera le quiso tirar la lengua y le preguntó: “Padre, ¿qué me dice de Cristina?”. Y él le respondió: “Pregúntele a la monja que anda con ella”.
—¿Lo decía por usted?
—Sí, lo decía porque un día aparecí en una nota en un diario como la monja que le había dado catequesis a la presidenta. Pero yo no andaba en nada con ella. Son esas cosas que dicen los periodistas.

El 25 mayo de 2003, apenas unas horas después de que Néstor Kirchner asumiera la presidencia, Bergoglio, el arzobispo de Buenos Aires que durante las presidencias de Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde ya había realizado fuertes críticas al poder político, llamó a todos a “ponerse la patria al hombro”.

Dos años después, recién elegido presidente de la Conferencia Episcopal, dijo en una misa ante la presencia de Kirchner que “los argentinos somos prontos para la intolerancia” y que “copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor forma de ser su heredero”. Al día siguiente su vocero reconoció que las palabras estaban dirigidas a toda la sociedad, incluida la Iglesia y el gobierno: “Al que le quepa el sayo, que se lo ponga”. Esas palabras de Bergoglio generaron en el gobierno el malestar necesario para que un año después Kirchner decidiera romper con una tradición de doscientos años de historia y anunciara que no asistiría al tradicional tedeum del 25 de mayo que se realizaba en la Catedral de Buenos Aires, gesto que provocó la suspensión de la homilía por parte de Bergoglio. En un encuentro de obispos realizado en noviembre de 2006, la Iglesia hizo el primer pronunciamiento oficial desde que Kirchner asumiera la presidencia, y denunció el “crecimiento escandaloso de la desigualdad en la distribución de los ingresos”. Al mismo tiempo que las distancias con Kirchner parecían agrandarse, Bergoglio recibía en su despacho a los principales líderes políticos opositores al kirchnerismo. Y desde la Casa de Gobierno no tardaron en rotularlo “el líder de la oposición”. En julio de 2010, un día antes de la votación en el senado del proyecto de ley que permite el casamiento entre personas del mismo sexo, Bergoglio llamó a un acto frente al Congreso, y consideró que la iniciativa era “una movida del Diablo” y que llevaría a “la destrucción de la familia”. Desde que asumió la presidencia en 2007, Cristina Fernández recibió a Bergoglio sólo en tres ocasiones y siempre en su rol de presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, no como arzobispo, y continuó firme en la decisión de Néstor Kirchner de trasladar a otras ciudades el histórico tedeum que se celebraba en Buenos Aires, y así evitar escuchar las palabras de Bergoglio. Sin embargo, el 18 de marzo 2013 se encontraron durante tres horas en la residencia de Santa Marta, en un encuentro que fue en parte abierto a la prensa.

—Por Dios… es increíble esto —dijo Cristina, vestida de negro, ante las cámaras de televisión—. ¿Se acuerda cuando los dos dijimos aquella vez que nos íbamos a encontrar?
—Claro —respondió el papa vestido de blanco inmaculado—. Y mire dónde fue.

Después de saludos de protocolo y cordialidades en el Vaticano, la presidenta argentina emocionada le obsequió un equipo de mate.

—¿Lo puedo tocar?

Francisco la tomó del brazo y, entre sonrisas, le dio un beso.

—Nunca un papa me había besado.

Francisco devolvió la gentileza con la entrega de una mayólica de La Plaza de San Pedro y una copia del Documento de Aparecida, donde la Iglesia había manifestado su preocupación ante las “formas de gobierno autoritarias o sujetas a ciertas ideologías, de América Latina, que se creían superadas, y que no corresponden con la visión cristiana”.

—Yo jamás pensé una cosa de estas —dijo Francisco—. Creo que eligieron a un viejo porque no tenían otro.
—No sea, no sea… —respondió la presidenta con una sonrisa—. Usted es un cuadro de la iglesia. Usted es un cuadro, usted lo sabe.
—Lo que pasó con Bergoglio y el gobierno después de haber sido elegido papa no fue un cambio de posiciones sino un cambio en la relación —dice la sociología Giménez Béliveau—. Algo muy coherente con lo que fue históricamente en Argentina el trato de los dirigente políticos con los eclesiásticos. En el país hay una interpelación permanente entre el Estado y la Iglesia. Los dirigentes políticos le piden a los obispos que les den legitimidad, y los dirigentes eclesiásticos le piden a los políticos que se pronuncien de una determinada manera, pretenden influir en ciertas direcciones y buscan obtener subsidios para obras de caridad. Ahora hubo un cambio de escala tan importante en el cargo de Bergoglio, que los políticos de Argentina intentaron relacionarse con él. Su elección como papa es un gesto político tan enorme que ahora hay que estar cerca de Francisco. Y eso lo hicieron tanto desde el gobierno nacional como desde la oposición.

Con gestos de humildad como subir a un avión llevando su portafolio de cuero negro en la mano —una imagen que recorrió el mundo— y decisiones como el pedido de que el cardenal estadounidense Bernard Law, acusado de encubrir a doscientos cincuenta curas pederastas, no pise más la Santa Sede, o crear un comité que investigue las denuncias de lavado de dinero en el banco del Vaticano, la imagen de Francisco ocupó la primera plana de la prensa mundial. El 22 de julio inició su primera gira internacional por Brasil, el país con mayor cantidad de católicos en el mundo, y su llegada a Río de Janeiro conmocionó a la ciudad. Recorrió las calles en un papamóvil sin blindaje, saludó a sus seguidores con la ventanilla baja y besó a un bebé que le alcanzó una mujer que logró vulnerar el cordón de seguridad.

Luego subió a un helicóptero que lo llevó hasta el Palacio de Guanabara, donde lo esperaba la presidenta Dilma Rousseff. “He aprendido que, para tener acceso al pueblo brasileño, hay que entrar por el portal de su inmenso corazón —dijo en su discurso oficial—; permítanme, pues, que llame suavemente a esa puerta. Pido permiso para entrar y pasar esta semana con ustedes. No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo”. Al otro día, en un encuentro con miles de jóvenes argentinos, pidió que hicieran “lio en la diócesis” y que sacaran “la iglesia a la calle”. La despedida fue con una misa de cierre que reunió en las playas de Copacabana a más de tres millones de personas. El doble de convocatoria que había tenido en 2006, en el mismo lugar, un recital de los Rolling Stones.

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—Bergoglio es un conservador popular, una persona a la que le gusta estar entre la gente, que lo necesita para construir su legitimidad y su figura —dice la sociología Giménez Béliveau—. Pero no nos olvidemos que en la Jornada Mundial de la Juventud, organizada en Río de Janeiro, distribuyó un manual de bioética explicando cuál era la concepción de la Iglesia sobre el inicio de la vida y que hasta ahora sigue promulgando el no uso de algo tan básico como el preservativo. Ojo con poner cosas en este papado que todavía no se hicieron y pienso que tampoco van a hacerse. Un determinado sector de la sociedad que no se reconoce necesariamente parte de la Iglesia busca en el liderazgo de Francisco algún tipo de interpretación progresista que a mi juicio no tiene. El conservadurismo seguirá.

“En ciertas formas, Francisco ha sido exactamente lo que esperaba. Una de las cosas que buscábamos era un pastor muy inteligente, un buen hombre en el terreno, porque tendría que ir a través del campo de las ovejas. Ahora lo tenemos, y con creces —dijo el arzobispo de Nueva York, Timothy Dolan, al periódico estadounidense National Catholic Reporter—. También buscábamos a alguien con buenas habilidades administrativas y de liderazgo. Es un poco sorpresivo que él todavía no haya jugado sus cartas en ese frente. Sin embargo, creo que es parte de su estrategia. Esperaría que luego de un verano calmo, veamos más señales de cambios administrativos.”

—No sé cómo terminará esto, pero creo que lo máximo que puede esperarse de Bergoglio es que limpie un poco el Vaticano y ponga orden en la Iglesia —dicen Rubén Dri—. Pedirle que haga una revolución no tiene sentido. Después espero que su proyecto de construcción de un movimiento católico fuerte frente a los movimientos populares no tenga mayor éxito.

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Son las tres de la tarde en Ituzaingó y, en el comedor de la casa, María Elena Bergoglio enciende el último cigarrillo y dice:

—Si hacemos un poco de historia, Jesús le dijo a San Francisco que reconstruyera su Iglesia. Y es lo que él viene a hacer ahora. Ojalá pueda.

Apoya el codo sobre la mesa, se lleva la mano al mentón, suelta una bocanada de humo y se queda unos segundos pensando.

—Yo siempre digo que le doy gracias a Dios porque Francisco sigue siendo Jorge. A veces me llama gente y me pide por favor que le diga al papa que se cuide y que lo cuiden. Algunas personas están asustadas por las cosas que está haciendo y tienen miedo que le hagan algo. Yo no tengo ese miedo. No lo conocen. Todavía no empezó a hacer nada.