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Pescadores en pausa

Publicado: 12 octubre 2013 en Camila Salazar
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A pesar de lo que tenían pronosticado todos terminaron trabajando allá donde la vista se pierde, flotando a diario en esa línea horizontal e infinita que divide el agua del cielo. La razón, dicen los pescadores, son muchas razones a la vez, porque si en algo coinciden, es en que la única certeza cuando se vive en la costa es que cuando el agua llega, también se va.

Los papeles oficiales dicen que son 2.158 los que pescan en el Golfo de Nicoya, la axila entre Puntarenas y Guanacaste, ahí donde se muere el Tempisque. Las estimaciones elevan la cifra a 5.000, entre los ayudantes y los que sin permiso se lanzan al agua.

Son pescadores, (muchos) hombres y unas pocas mujeres que trabajan sin uniforme, descalzos, con una jornada que es un vaivén al ritmo de las olas. Así viven, de lo que el mar les traiga o más bien de lo que logren sacarle a punta de redes. Esto es todo el año menos tres meses, 90 días que se llaman veda.

Veda es un periodo que establece el Instituto Costarricense de Pesca y Acuicultura (Incopesca) para que se reproduzcan las especies y así proteger el recurso marino. Veda es que no se puede salir a pescar, que el Golfo no permite pangas, que las redes están prohibidas. Es, como dice Baudilio Barrantes, un pescador de bigote fino, quedarse en la casa regando las matas con la panga anclada en la arena.

Este año, la veda llegó el primero de julio y se va hasta el 30 de setiembre. Mientras tanto, la vida en la orilla cambia un poco, no demasiado. Porque la prohibición a fin de cuentas está en un papel, y el papel sobre agua, se deshace.

***

La primera impresión es que los pescadores tienen la piel tostada, que el sol les fue haciendo un cascarón moreno y duro sobre el cuerpo. Pero después, cuando hablo con un rubio blanco y un flaco lechoso, la primera impresión se vuelve tan solo una posibilidad.

Algunos llegaron a la costa hace muchos años, otros nacieron ahí en Puntarenas o en el resto de pueblos que bordean el Golfo.

—Tengo 34 años de vivir en Puntarenas, cuando llegué trabajé seis meses en construcción y de ahí conocí a unos amigos que me dijeron que por qué no iba a pescar. Yo les decía: ¿Cómo es eso? ¡yo soy de San José! –cuenta William Carrión, de pelo blanco y cejas desafiantes, que ahora es vicepresidente de la Asociación de Pescadores Pangueros Artesanales de Puntarenas (Asopapu).

Tirarse al mar fue nada más cuestión de tiempo. William (y el resto) aprendió a leer la luna y la marea, que en esas aguas se pescaba corvina y camarón, que se zarpaba muchas veces de madrugada y que con la pesca artesanal se trabaja hoy para comer mañana.

La dinámica para salir es simple: se alista la panga con hielo y gasolina (que cuesta entre 20 mil y 80 mil colones) y se echa el trasmallo (red) o alguna otra herramienta para pescar. La marea les dice cuándo salir y una vez adentro, la jornada depende de lo que dure el hielo, que pueden ser horas o hasta días. Al regreso, venden la captura, recogen la plata, vuelven a la casa con los hijos, la mujer y las cuentas.

—Vamos y venimos todos los días de 4 de la tarde a 7 de la mañana. Pescamos en la noche. Yo me he ido de marea cuatro días y no he sacado ni el alisto (hielo y gasolina). Hay meses muy buenos y otros muy malos –repite Marvin Moreno, un flaco de nariz perfilada y bigote militar, sentado en la terraza de su casa en Costa de Pájaros.

Así pasan los días. Sin embargo, estos días son diferentes. William y Marvin no salen a pescar desde hace mes y medio. La veda los tiene en casa. Y para hombres acostumbrados al movimiento del mar, la tierra puede ser revoltosa.

***

Desde 1985 el Golfo de Nicoya se cierra por tres meses. Un decreto ejecutivo es el encargado de dictar las reglas del juego e Incopesca es el árbitro. Básicamente hay dos equipos, ambos de pescadores con licencia: los que dicen sí a la veda y los que le dan la espalda.

Los que dicen que sí, apagan los motores de las lanchas y aplican para recibir un subsidio a cargo del Instituto Mixto de Ayuda Social (Imas) de ¢140.000 mensuales a cambio de 40 horas de trabajo comunal. Eso sí, no pueden tener ningún otro empleo ni ingreso complementario.

“El que no quiera acoger la veda, tiene que reportar al Departamento de Protección y tiene que pescar fuera de la zona de veda”, explica Jorge López, jefe del Departamento de extensión y capacitación de Incopesca.

En el juego también participan los pescadores sin papeles, pero esos no pueden solicitar el empujón económico del Estado.

Entre tanto jugador, las reglas se diluyen y todos hacen uso del único comodín que tienen: el instinto de supervivencia.

—La respetamos pero tenemos que comernos las uñas –dice Marvin y se ríe resignado. Es 6 de agosto y el Imas no le ha depositado la plata de julio.
—¿Y cómo han hecho?
—Ahí tenemos que jugárnosla como podamos, con el poco de ahorros, irla estirando y pellizcándola.

Al lado de Marvin, Daniel Rodríguez, un hombre empacado y grueso se escurre el calor húmedo de la frente. Cruza las manos y asiente mirando a Marvin, porque también está en las mismas.

—Los últimos meses de pesca fueron muy malos, entonces he tenido que pedir plata. La ayuda la estoy esperando para pagarle a esa gente, aunque no me quede nada a mí.

Y es que William tiene 10 hijos, Marvin dos, Baudilio uno en el colegio. La luz y el teléfono vencen el 15 y el agua el 18. Daniel paga 75 mil en recibos y comen seis en la casa. Y todos dicen que la plata no alcanza, que no es justo y refunfuñan contra Incopesca y se callan y a un lado suena el mar.

Si se ponen a hacer cuentas en estos meses el saldo es negativo. Fuera de la veda las ganancias de un pescador pueden ir de los ¢200.000 (o menos) al mes hasta los ¢600.000, cuando el mar se pone generoso.

Entonces en este periodo, a falta de plata, muchos se lanzan al agua. Lo dicen los pescadores y el Servicio Nacional de Guardacostas (SNG).

“Se da esto, por poca presencia policial. Entonces la gente aprovecha para ir a pescar así. Y muchos se han abstenido de no ir, pero al ver que fulano va, cada vez más gente va ingresando”, recrimina Marvin desde su casa.

Si nadie los detiene es buen negocio.

—Estaban pagando la corvina a ¢1.800, antes de la veda y ahora puede andar en ¢2.500 el kilo. El camarón estaba a ¢7.000 mil el kilo, ahorita está entre ¢8.000 y ¢9.000 –cuenta Marvin.

Pero, si se encuentran con una patrulla les puede salir caro. Las sanciones van desde suspensión de días de pesca, cancelación de la licencia, hasta multas de 10 a 40 salarios base, según el artículo 141 de la Ley de Pesca.

—Si usted sale con la panga ya, ¿cuál es la probabilidad de que lo agarren? –le pregunto a William Carrión.
—Cero. Termina siendo una cuestión moral que en el pescador cuesta mucho que exista –confiesa mientras ve por la ventana.

Para Miguel Madrigal, director del SNG, un hombre de voz grave y desafiante, la situación es un poco diferente.

“En el mes hemos metido como 1.020 horas de patrullaje. La estrategia ha sido quebrar mareas, salir al agua antes de que la gente pueda salir a pescar. Sí siguen pescando, pero en menor escala”, explica.

Junto a los operativos en el mar se sumó en tierra la Fuerza Pública, Senasa, Incopesca y el Minaet. Incopesca dice que hay tres embarcaciones disponibles, el SNG dice que no puede decir cuántas tienen.

Por miedo, Agustín Valdés, con voz de gárgara, decidió quedarse en la orilla.

“Llevamos a un mes y uno oye que están pescando aquí adentro, pero yo no me la juego. Es arriesgar mi equipo y a mí mismo, porque lo llevan a uno a la fiscalía y le decomisan el equipo, y me meten preso. Ahorita prefiero quedarme aquí pintando. No es mucho ese subsidio pero de algo sirve, para el que no tiene vicios. Mi doña vende vigorones en la playa, las güilas también tienen otro puestito ahí, los sábados le ayudan a la mama. Entre todos nos acomoamos bien”, explica con una brocha de pintura en la mano y se levanta para seguir con los trabajos comunales.

***

Para Popo no hay veda. Es rubio de pies anchos y está alistando a Popotito Jota para zarpar en la tarde a pescar siete días fuera del Golfo.

—¿Por qué no acogió la veda?
—Porque me sirve un poquito mejor, esa ayuda es muy poquita, tengo un güila en el colegio y una en el kínder –dice en seco con palabras tropezadas.

Popotito Jota es una panga de unos cuatro metros de largo, que según Popo se defiende en altamar porque tiene nevera y techo. Ahí, él y su ayudante, van a dormir una semana, en una caseta estrecha con dos tablas de madera, una espuma y una batería para electricidad. Ya tiene listo el hielo, el agua, la bolsa de arroz y un cepillo de dientes que cuelga de un cable en el techo.

—Nos vamos siete días porque ahora en siete días se pesca lo que antes pescábamos en dos.

Hace calor dentro de la caseta, hierve el puerto y Popotito Jota se balancea sobre el agua. Hace calor y solo han pasado quince minutos.

—¿Le gusta pescar?
—No es que le guste a uno es que qué le queda, sin pescar no hacemos nada – sentencia.

***

Costa de Pájaros queda a media hora del centro de Puntarenas. Es una calle que serpentea bordeando la costa con casitas regadas a los lados. Es un pueblo donde el mar llega turbio y donde en la playa no hay bikinis.

“Señor pescador, por favor elimine adecuadamente los desechos de pescado”, dicen rótulos como de Parque Nacional.

Hay unas cantinas, un mini super, muchas iglesias. Hay una plaza y recibidoras de pescado. Hay monte sin podar, bicicletas y un olor salado y pegajoso. No hay fábricas ni comercio aparte del pez muerto.

—Yo estudié mecánica de precisión pero aquí en todo este circuito usté no va a encontrar un taller de’sos. Entonces yai tengo que pescar porque tengo que mantener la familia –dice Baudilio Barrantes, con hablar pausado y cuidadoso. Ya cruzó los cincuentas y tiene la piel color tierra seca.

Recuerda que sus primeros años de pesca fueron buenos. “Al principio la gente se iba a las cantinas y no compraban una cerveza, compraban una caja, es que era una exageración la cantidad de corvina y camarón que se pescaba”.

Pero ya no.

“Lo peor es que cuando preguntan en la escuela ¿qué quieren ser cuando sean grandes? Dicen: quiero ser pescador como papi. Todos dicen eso”, se ríe Daniel, al lado.

Baudilio continúa. “Uno piensa en los hijos, hoy usted está pescando los últimos pescados del Golfo y su hijo cuando vaya a pescar no va a agarrar nada, entonces mejor que se busque un trabajo en tierra y así tal vez pueda vivir mejor que uno”.

El problema es que en tierra no hay mucho qué hacer y en el mar el recurso se agota.

El informe del resultado de la veda de 2012, realizado por Incopesca, determinó que en la mayoría de pueblos pesqueros se están usando artes de pesca ilegales lo que hace que, aún después de la veda, la mayoría de corvina y camarón capturados sea juvenil, lo cual afecta los ciclos de reproducción.

“No somos biólogos, pero sabemos que el recurso está bajando”, asegura Marvin.

—Yo ando como 1.000 metros de red –confiesa Olger, de ojos vidriosos y turbios y señala con unas manos cuyos dedos gravitan hacia la palma.
—¿Por qué anda más de lo permitido (600 metros)?
—Muchacha porque usted con 600 metros no trae pero ni pa’ pagar un galón de gasolina. Es una gran necesidad –reprocha enfatizando la obviedad.

En San José, Viviana Gutierrez, gerente de incidencia política de la organización MarViva me trata de explicar los porqués. “Muchos de los que están dedicados a la pesca tienen una situación socioeconómica muy difícil, no hay fuentes de empleo, y lo que tienen a mano y lo más fácil es la pesca (…). Si no atendemos el tema social lo que estamos haciendo es que todo el mundo agota el recurso, la parte ambiental. Cada vez hay menos producto pesquero e irresponsablemente manejado”, explica.

Cuando un pez cae en una red abre la boca y nada, nada con la red entre la cara, empuja y forcejea. Al lado, otros peces hacen los mismo, mueven cola y aleta para salir. Batallan solos y se raspan los cuerpos. La vida de los pescadores es algo así: cada quien lucha por su lado para mantenerse a flote.

***

Hace 16 años, un día estaba haciendo viento, mucho, y nadie salía a pescar. Ese día Daniel dijo que no salir era una mariconada y se montó con dos hijos pequeños en la panga. Ese día, por la isla San Lucas, el mar era un campo de suspiros blancos y la lancha se elevaba. Con la panga en vertical, Daniel le decía a los hijos que se subieran a la punta, pero caían por el motor. Ese día Daniel le dijo a Dios que no volvía al mar y lloraba porque se le ahogaban los hijos. Ese día se calmó el viento y Daniel llegó a la orilla y se fue a volar machete lejos del mar por cinco años. Hace diez años Daniel volvió a Costa de Pájaros.

Las palabras de Agustín, otro pescador, son sabias: “La muerte está en todo lado, pero ahí afuera uno se juega el pellejo”.

***

Marvin tiene su lancha sin motor parqueada en la arena. Le toca sacarle el agua sucia y empozada para prevenir el dengue. En la playa, un hombre arregla una red larga, la teje con cuidado y técnica. Otros limpian calles, pintan o recogen basura para cumplir con las horas del trabajo comunal.

Pero todos ellos tienen muy claro que esto es temporal, aunque no niegan que los tres meses pasan lento.

El primero de octubre se acaba la espera y los pescadores van a poder echar las redes otra vez al agua. Van a volver a la rutina poco estructurada a la que están acostumbrados, a pescar nadie sabe cuánto, nadie sabe si con tormenta o con viento. Y aunque ellos lo miran de frente todos los días y creen descifrar su espuma y corrientes, del mar nadie sabe mucho.

En español la palabra mar es de género ambiguo: el mar, la mar. Tiene sentido porque puede ser tosco y fuerte, ser dócil y suave, ser letal, ser amarga, ser generoso. A fin de cuentas, puede ser hombre, mujer, puede ser muchas cosas, tantas cosas, todas las cosas, menos una: el mar, la mar, nunca será tierra firme.

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A.

El cuarto reo que entrevisto me dice que soy una señal del de arriba. Días atrás, asegura, Dios le dijo que una periodista lo iba a visitar. Sin embargo, el único milagro será que cuando terminemos de hablar yo podré salir a la calle. La libertad, desde adentro de la cárcel es como ver a Jesús caminando sobre el agua. La diferencia es que aquí, la gente se ahoga.

Sansebas queda a mil colones en taxi (unos dos dólares americanos)desde el centro de San José, en Costa Rica, aunque a la mayoría de sus inquilinos el viaje les salió gratis, en patrulla sin ‘maría’. Es un centro penal para indiciados, gente sin condena ni sentencia en firme, personas que según defensores de la seguridad ciudadana, es mejor tener presa que afuera. Son el 25% de la población penitenciaria, una cuarta parte de las 12 mil personas que están tras las rejas en Costa Rica.

Indiciados es tan solo una cuestión de nombre, un eufemismo: “prisión preventiva”, pero prisión a fin de cuentas. Los que entran no saben cuándo van a salir, la espera se vuelve un dimequetediré entre el fiscal, el juez, el abogado y la desesperación que carcome a lo interno, que se deja oír de vez en cuando.

Así, los reos pasan meses, o hasta años, con la esperanza de que un día alguien les diga: “queda condenado por equis años” o, que los reciban con un “queda usted libre, no le comprobamos nada, mil disculpas”.

Lo primero, se lo dirán a, por lo menos, la mitad de los indiciados. El resto se conformará con la absolución por duda: los mandan a la casa con la hoja de delincuencia limpia y la boca cerrada. Las autoridades saben borrar la cárcel de los papeles pero no de la memoria.

Ninguno sabe qué es peor.

La ausencia de relojes en Sansebas es un acto de piedad y compasión, es mejor no llevar la cuenta de los minutos que se escurren entre la pintura ajada. Porque una vez adentro la única opción para que el reloj no se detenga en seco es “aprender a canear” (a golpear para defenderse).

Porque definitivamente la cárcel es como una mujer con el útero estirado de tanto parir. Como una madre que, de tantos parir hijos, omite el proceso de crianza: aquí solo sobrevive el hijo más fuerte.

L.

Cristian es grandote, compacto de gimnasio, tiene 34 años y su pelo es corto, parado y filoso.

Cristian quiso ahorcarse al segundo día de estar preso, arrollándose un pantalón al cuello y colgándose de un calabozo con olor a orines. “Porque ese calabozo pa’ de feria, no tenía servicio adentro, a donde uno mismo orinaba ahí tenía que ‘ormir”.

Eso fue hace dos años. El hecho que lo tiene aquí adentro ocurrió hace tres.

Una oscura carretera en Junquillo Arriba de Puriscal fue escenario de un accidente de tránsito, el cual cobró la vida de un joven y tiene a otro al borde de la muerte”, dijo el diario La Extra.

Homicidio culposo”, dijo la Fiscalía.

Es como si usté fuera aquí y fue a ver un lado y se topó con alguien, y sí tuvo culpa porque no estaba centrado en lo qusté iba pero nunca lo hizo con intención, porque yo hasta a un perrito o un gato me he caído en moto por quitármelo.

Entonces enseña una cicatriz que tiene en el codo. Mueve las manos y deja caer el peso sobre el respaldar de la silla de plástico; repetir la misma historia debe pesar a ratos.

Todas las personas presas con las que he conversado tienen la culpa escondida en el fondo del pellejo y la inocencia es lo único que a punta de empujones escupen por la boca.

No los culpo. Si estuviera ahí metida, yo también le diría a la culpa que no chistara, que se escondiera en mi rincón más profundo, que no se atreviera a salir. Una sílaba en falso y el encierro se alarga.

Inocentes en las cárceles de Costa Rica hay, mal condenados hay, causas mal investigadas también”, asegura Hermez González, presidente de la Fundación Derechos Humanos, mientras mastica las palabras bajo su bigote negro, espeso, que amenaza con convertirse en cepillo.

Para Hermez, que encabeza un proyecto para sacar a las personas inocentes de las cárceles, la falta de dinero le pasa la factura a muchos de los privados de la libertad. “La mayoría son personas de escasos recursos económicos y contratar a un abogado cuesta entre 350 mil colones y un millón de colones” (entre 686 y 1.900 dólares).

¿Y entonces?

Renzo, otro preso que está al lado de Cristian, parece tener la respuesta. Sabe cuidar las palabras porque por un testimonio ya lleva nueve meses en Sansebas. Su exmujer dijo que él la había amenazado con un cuchillo y un revólver. Medicatura forense no encontró marcas en el cuerpo de la mujer. La Fiscalía le puso el nombre de “tentativa de femicidio”. Doce años de cárcel. Ahora está a la espera de una apelación.

Una espera que lo ha dejado flaco y débil, con los hombros apuntando al suelo.Parece Eminem con el pelo negro y lacio bajo una gorra azul, a punto de tirar lírica al estilo moderfoker.

Sinceramente ahorita hay muchas personas indiciadas que están por puro color ‒opina.

Cristian explica:

Como fama de malillo, que la ley piensa que usté no ha sido muy correcto en la vida y aunque usté no haiga hecho algo, por pura fama lo agarran.
Yo soy de Pavas ‒continúa Renzo‒ y todos los días Pavas sale en las noticias, es uno de los lugares más conflictivos. Para la fiscalía todos los que son de ahí son culpables. Ellos dicen que es mejor tenerlos encerrados a que cometan una tragedia en la calle, cosa que no es cierta. Estando en la calle siempre trabajé, yo tenía una microbús, hacía colectivos en Pavas, pasaba todo el santo día breteando, nunca tuve problemas con la ley.

¿De qué color será la conciencia?

G.

Ese día llegué sucio, fue una bendición para mí, porque yo llegué cansao y me acosté a las cinco ela tarde, y en eso suena bum-bum-bum, y yo pensé que eran lo vecino moletando.

Nelson. Todo él es como un tractor, bien tuco, áspero como una piedra pómez. Tiene una voz de caverna que suena igual a un motor en primera tratando de subir una cuesta.

Nadie esté jodiendo que vengo bien cansao, porfavor. Ahora salgo a hablar con ustede.
¡Por favor, Nelson Barboza, venimos de parte de la Fuerza Pública del OIJ!
Mae no estén bromeando, (pensando que eran los vecinos, me dice) que vengo bien agitao, (porque a veces la constru es muy pesada).
¡Por favor salga o le botamos la puerta!
Pensé, ¡qué majadería!, pero no abrí la puerta, me asomé por el huequito y en eso veo a lo’ oficiale y digo: ¡Señor en que bronca me metío, que yo sepa no, pero yo no me voa poner agresivo si no he cometido ningún delito. Le abro y se me queda viendo.

Me mira fijo achinando los ojos, recreando el encuentro con la ley.

Ud es…
Sí, sí digo.
Necesito que nos acompañe para ver si aclara un caso, solo va a salir a firmar y aclarar eso y ya viene.
Y ese “viene”… aquí me tienen todavía.

Han pasado seis meses desde de la denuncia que la hija del vecino le interpuso a Nelson, donde afirmaba que le salía chingo en la cuartería. En su defensa Nelson asegura que eso del exhibicionismo, como dice la acusación, es pura mentira, una cosa insólita. La verdad, lo que menos parece es un showman.

¿Cómo les avisan que les van a prorrogar la prisión preventiva?
Al mes de estar aquí me llamaron y la Fiscalía dice: ‘no hemo revisado bien el caso por tanto la jueza le pide otro mes’… Y uhhhhhggggfff, era como un jincón mío (se lleva la mano izquierda al pecho, al corazón, lo exprime con el puño, como si en verdad doliera)… porque yai es la libertá…

La soledad en Sansebas guillotina, exprime el alma como si fuera una fruta jugosa. Si alguno de estos presos fuera poeta, antes de hablarme le robaría las palabras a Jaime Sabines:

Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo.

Ú.

El abogado penalista me invita a armar una torre de naipes.

Si usted va por la calle y ve a un policía detener a alguien, ¿qué es lo primero que piensa? ‒pregunta.
¿Qué algo hizo?
¡Exacto! Entonces esa persona que detuvo el policía es presentada ante un fiscal y con base en lo que el policía le dice, dicta una prisión preventiva. El fiscal lo lleva donde un juez, y el juez piensa, si el fiscal la dictó es por algo, ¡hay que concederla! Y luego el tribunal superior ratifica lo actuado porque, si ya actuó la policía, el fiscal y el juez, no queda otra que confirmarlo‒, explica Luis Alonso Salazar, con pelo de perro ovejero.

En la lógica del penalista la sentencia judicial es jugar teléfono chocho. La burocracia de los tribunales es una vieja de patio que apunta con la uña larga, capaz de sacar sangre, que enseña la lengua venenosa y letal.

En la práctica la prisión preventiva es parte del diario vivir de los tribunales y se ve sin mucho reparo, a la ligera. A los jueces les da miedo resolver poniendo gente en libertad. Si lo detuvieron algo hizo…. Todos se van pasando la bola sicológicamente”, agrega.

Según el Código Penal costarricense esta medida es como una carrera en la que no hay vuelta atrás hasta completar la primera fase. “Durante los primeros tres meses, después de que se dicta una prisión preventiva, no se puede apelar, porque el Código no da ese recurso. El Ministerio Público, irresponsablemente, no se presenta a solicitar que cese, aunque la persona ya no ocupe la prisión”, sentencia Salazar.

El castillo de cartas que tengo en frente, se derrumba a punta de susurros.

N.

¡Muchacha, ayúdeme por favor!

Suplica, implora, junta las manos y me mira con ojos de vidrio frágil a punto de hundirse entre el desierto oscuro de su cara. Si el suelo fuera arena movediza, Ezequiel tendría solo la cabeza afuera.

Hacer cuentas es inevitable. Tiene 26 años, lleva dos en la cárcel. Si lo sentencian, pasaría 48 años encerrado. El delito: violación, robo, secuestro y asalto.

Esto es como morir lento.

Cualquiera quisiera ser de acero cuando la bacteria comecarne se insertó bajo la piel.

Mientras reconstruye su historia, cada dos frases repite despiadada injusticia, esto e’ una inmoralidá o yo estoy impaKtao. Cuenta que lo pusieron entre cinco sujetos y un oficial dijo que él era el que más se parecía, que le suplicó a Aryery, la defensora pública, durante un año para que lo llevaran a medicatura forense, que la novia que venía a visitarlo se enojó con él por el teléfono, que está hablando con una ex para que venga a hacerle visita conyugal, pero la agarraron con droga y ahora está en la cárcel de mujeres.

Cada palabra que suelta es un latigazo que lo marca como si fuera una vaca indefensa. Un desahogo medicinal que lo hace ver aún más flaco, encogido como una pasa.

¿Qué es lo que más extraña?

Se endereza en la silla, mira el cielo raso percudido, sonríe. Desempolva el recuerdo del fondo de su memoria.

Ir al río, a la playa. Yo vivía en Tortuguero….Iba a la playa, a qué se yo, a tomarme unos traguillos, ir con los compas al cerro, ¿usté conoce el cerro? Porque en el cerro uno se para en la loma en la pura punta y no se ve’l mar, viera que curioso, a mí me gustaba mucho ir ahí arriba… Cuando llegaban los turistas, les hablaba, sí, sí, yo les preguntaba a veces cómo se llamaban… Viví como seis meses, me vine a trabajar en una finca en Guácimo y me volví a ir… Me gustaba el ambiente ahí, el aire, el mar, respirar aire puro…..
¿Y cómo es el aire aquí?

Mi pregunta lo baja del cerro. Golpe en seco. Vuelve a ser pasa.

Nuuuuuuummmbreees, no muchacha… sabe que yo le doy gracias a Dios que yo estoy en el pabellón de arriba, porque si yo estuviera en el de abajo, uno se asfixia, ahí se muere uno.

¿Cómo se verá el mar desde la cárcel?

D.

Si hay más gente que la que cabe en un cuarto la lógica diría que se respira menos, porque el aire per cápita disponible se reduce. En la jungla carcelaria uno de los depredadores más temidos es el hacinamiento; 46 presos en Sansebas se reparten el oxígeno que hay para 24. No es cuestión de vida o muerte, es aprender a vivir a medias…

Conformarse con migajas: tener sexo autorizado durante cuatro horas una vez por semana y que le pongan el nombre de visita conyugal; obviar el ajuste inflacionario y convencerse que 100 colones es una fortuna dentro de este principado custodiado por candados; que 100 colones no es mala paga por lavar una camisa, por limpiar mierda ajena regada en un baño; que es mejor escupir la gripe a punta de tos que esperar a que el único doctor en la cárcel les de una cita…

¿Y el tiempo, cómo lo cuentan?

Nelson se queda pensando.

Aquí solo pasa el día y la noche.

La matemática carcelaria es un lenguaje con una regla única: aquí lo que no suma, resta.

Í.

De Puriscal a SanSebas hay 18 kilómetros.

Cristian no lleve esos zapatos, ahí mismo se las quitan los maleantes ‒me decía una amiga mía que es policía.

Un cuñado mío me trajo unos zapatos que estaban todos rompidos ahí (me enseña la suela), y me ‘ice ‘esos son apenas’. Y yo dije: ¡uy pa onde voy yo!, yo me vía así com’ un pordiosero. ¡Vieras mae!, (le dice a Renzo) ¿usté no me vio cuando yo entré? ¿No? ¡Oiga! con un pantaloncillo que se me caía y con una camisilla toda hueca y toda fea, vieras que vergüenza cuando llegué, por pasar por todo lao”.

Hace una pausa. Se come las uñas, los dedos jupones lo delatan.

Nunca es igual esto a estar afuera acostumbrado a trabajar y ganarse su platita y tener la doña bien y la chiquita y acostarse y calientico uno y comer comidita de la quiuno le preparan con amor verdad y todas esas carajadas… Y tener metas, en este mes voy a hacer tanto… ya en esta época yo había comprado los regalos de Navidad y estaba uno con la ilusión… muchas ilusiones sí las pierde uno… Yo tenía una vida bonita…”

El presente es un respirador artificial cuando se empieza a ver la vida en pretérito.

A.

Se levantan a las siete. Café. Lavar baños. Salen al patio. Un poquito de sol. Caminan. Conversan. Algo de ejercicio. Llamada telefónica. Almuerzo. Tarde. Noche. 7 a.m.

Voy a ir a tomarme un fresco, voy a comprarme ropita pa verme más bonito, voy onde el peluquero a peluquiarme.
No puede.
¿Por qué?
Porque aquí está en la cárcel.

El monólogo de Ezequiel es un síntoma colectivo.

La mayoría tiene la resignación asfaltada en la mirada, pero Ezequiel me ve diferente. Me ve como si quisiera sacarme la compasión del torrente sanguíneo y aferrarse a ella como se aferra un chiquito a un helado en los desfiles.

Si lo condenan, cuando salga de la cárcel, los jueces que dictaron sentencia van a estar muertos, él va a ser un adulto mayor, el cerro de Tortuguero seguirá ahí quieto.

Hubiera sido mejor que me hubieran pegao un balazo en la jupa, nononono, mejor hubiera sido que me mataran y no me hubieran hecho esto ‒niega con la cabeza, con las manos juntas sobre el regazo.
Ya estoy crucificado presagia.

Cuando Jesús caminaba sobre el agua, Pedro le dijo desde un barco: “Mándame hacia ti andando sobre agua”. Él le dijo: “Ven”. Pedro bajó de la barca y se echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y empezó a hundirse.

En esta historia todos son Pedro y le gritan a Jesús. Desde el fondo de este mar de cemento que es en Sansebas, si de milagros se trata, el único que necesitan es el de la resurrección.