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Apenas un roce delicado, un contacto lento, sutil, levemente húmedo, como se besa a un recién nacido. Así acaricia Gabriel Granados a sus propias manos. Primero se inclina sobre ellas, mirándolas como si se asomara a un estanque y buscara ahí, en esas palmas rosas y regordetas, su imagen reflejada. Sus ojos tiemblan de curiosidad, detenidos ante esos dedos enroscados que ahora se alzan a la altura de su cara. Parecen dos cachorros dormidos, dos animales mansos que también lo miran con el púrpura de sus uñas.

A Gabriel no le parece extraño estar enamorado de sus manos. Es un hombre delgado, de estatura media y una nariz achatada y grande que hace parecer sus labios más finos. Esos labios que ahora truenan, una y otra vez, entre sus dedos.

¿Por qué no habría de quererlas, si sus manos le sirven tanto? Son ellas las que lo lavan y visten cada mañana, las que lo alimentan tres veces al día, las que frotan sus ojos para quitarse el sueño. Gracias a ellas puede firmar, rascarse, contar el cambio, abrazar a sus hijos o a su esposa, hablar por teléfono, aplaudir. Mimarlas con tanto esmero es una manera de enseñarles a que lo quieran tanto como él las quiere a ellas.

A veces no puede evitar hablarles.

–Vamos, manitas, tenemos que salir adelante –las anima, torciendo una sonrisa, y las manos parecen reanimarse, se acarician entre sí, alternadamente. Su dueño arruga la mirada de puro gusto y luego las pasea por su cabello negro salpicado de canas. Está seguro de que ellas pueden escucharlo, de que de alguna misteriosa manera sienten sus palabras y agradecen.

Él sabe su cuento. Explica que sus manos, antes de ser manos, son un trozo de vida. Por eso les habla y las consiente tanto, porque todo lo vivo agradece el cariño recibido. “A un animalito lo agarras y si lo acaricias con gusto, él lo siente. Si dicen que hasta los bebés, en el vientre, escuchan lo que les dice su mamá, ¿tú crees que mis manos no?”, pregunta y, como si le respondieran, las manos se restriegan contra sus mejillas.

Gabriel Granados repite que esas manos son suyas, de nadie más, que no le importa que parezcan dormidas, ni que sea aún sea tan difícil abrirlas o cerrarlas por completo. Ya tampoco le importa que el color de sus dedos sea distinto al del resto de su cuerpo o que apenas hace un año obedecieran las órdenes de otra persona. Las quiere tanto o más que a sus manos anteriores.

Porque a él le tiene sin cuidado que hace apenas un año estas manos respondieran a las órdenes de ese vigilante cuya vida quedó en el limbo cuando unos maleantes le incrustaron una bala en el cerebro.

***

Los labios de Granados se juntan y dejan escapar un zumbido seco, parecido a lo último que escuchó antes de sentir que los dientes tronaban adentro de su boca: “¡Bzzzzuuuuuttt!”.

Era martes, era invierno y el día parecía correr con la desesperante lentitud de siempre. Granados tenía 51 años y planeaba jubilarse de su empleo como perito contable en la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal. Sus dos hijos ya cursaban la universidad y él mismo se preparaba para estudiar Derecho como segunda carrera en la UNAM.

El que estuviera de vacaciones no impidió que él, hombre de rutinas y voluntad férreas, se levantara aquel 4 de enero de 2011 a las cinco de la mañana, como era habitual. Antes de entrar a la bañera, midió la temperatura del agua con la mano derecha y esperó hasta que estuviera caliente. Sólo el frío le pareció distinto, un frío húmedo en el aire.

Después de dejar a su esposa Celina Castillo en su trabajo, Gabriel condujo el auto a la colonia Carmen Serrano, donde se levantaba una barda en la azotea de otra de sus casas. Una de sus sobrinas y su novio lo ayudarían.

Se disponían a empezar, así que Gabriel, como maestro, tomó un pedazo de varilla del suelo y con ella señaló un punto en el aire.

–La barda tiene que ir, más o menos, a esta altura –fue lo último que dijo. Un poder sobrehumano lo arrancó de la tierra en ese instante.

La humedad en el aire sirvió para conducir 20 mil voltios de energía eléctrica que brincaron de los cables de alta tensión que colgaban cerca y alcanzaron la varilla en la mano de Gabriel. Se formó lo que los especialistas conocen como “arco cónico”. La corriente entró por su mano y rompió la resistencia de la piel. Las señales de su cerebro se interrumpieron y su cuerpo dejó de pertenecerle. Cada uno de sus músculos se doblegó ante ese relámpago que llegaba del exterior.

En ambas manos, puntos de entrada y salida de la corriente, la energía se concentró tanto que la carne literalmente empezó a humear. En menos de dos segundos, la alta temperatura casi carbonizó los tejidos musculares y el hueso. Si el camino de la corriente se hubiera acercado un poco, o si ésta hubiera sido ligeramente más alta o durado más tiempo, el corazón del contador se habría acelerado al punto de provocar un corto circuito y habría muerto al instante por un paro cardiaco o respiratorio.

Cayó al suelo echando espuma por la boca. De lo que ocurrió desde ese momento y hasta 48 horas después, ni idea. Quedó inconsciente.

No supo, por ejemplo, que una ambulancia lo llevó al Hospital López Mateos y que luego lo trasladaron al Hospital 20 de Noviembre, donde cuentan con un área especial para quemados.

Dos días después despertó. Aún temblaba. Orinaba rojo. La sal y los líquidos de su cuerpo se habían evaporado por completo, lastimando severamente sus riñones.

Pero ese sería el menor de los daños. Poco a poco, tarde a tarde, Gabriel Granados atestiguó cómo morían sus manos. El tejido nervioso dejó de conducir las señales eléctricas debido a la coagulación y al daño celular. Sus brazos simplemente dejaron de responder. Trece días después del accidente, el lunes 17 de enero de 2011, los médicos seccionaron la piel, los músculos y los huesos del brazo derecho, por debajo del codo; el siguiente jueves amputaron el brazo izquierdo.

–Mejor me hubiera muerto –lamentó Gabriel al despertar y darse cuenta de que donde antes había dos manos, no había nada ya.

Ahora las ves.

“¡Bzzzzuuuuuttt!”

Ahora no las ves.

***

La espuma blanca se expande uniforme por las mejillas y el largo cuello. La mano derecha empuña el rastrillo y trata de no dudar al momento de arrastrar la espuma y el vello que ha empezado a poblarle el rostro. Primero de la patilla hacia abajo, después de la garganta hacia el cielo. Tiene que hacerlo con la firmeza suficiente para que su cara quede limpia, pero con la delicadeza necesaria para no provocarse cortes.

Es la primera vez que Gabriel Granados intenta rasurarse por sí mismo con sus nuevas manos. Sus dedos han ganado fuerza: ya pueden apretar y sostener pequeños objetos, pero aún permanecen engarrotados contra sus palmas que miran siempre hacia el frente. Los músculos expansores, esos que permiten extender las falanges, aún se hallan dormidos y las manos de Gabriel no están nunca cerradas ni abiertas. Parecen dos capullos que poco a poco han empezado a separarse.

–Estamos pensando en comprar una rasuradora eléctrica –dice mientras inclina la cabeza, atrás y a la izquierda, y se mira en el espejo, calibrando el siguiente movimiento del rastrillo. Su voz rebota en los azulejos azules del baño diminuto–, pero como que sería demasiado fácil, ¿no?

Hasta ahora, se hacía rasurar por su hijo o por su esposa. Durante un año y medio, necesitó de la diaria ayuda de su esposa para bañarse, vestirse o comer. Hoy, por fin, puede entrar a la regadera solo. Lo hace igual que hace tres años. Pero algunos detalles han cambiado.

La llave del agua fue cambiada por una palanca para facilitarle su uso y ya no mide la temperatura del agua con la mano derecha, pues ésta aún es insensible al calor y al frío.

En cada mano, una pequeña gasa le cubre un punto rojo en cada mano.

–¿Te inyectaron?
–Me salieron unos granitos –dice cabizbajo y muestra sus brazos. Un pequeño salpullido, apenas visible, le enrojece ligeramente la piel. Parece preocupado aunque intenta no darle importancia–. No parece grave, pero queremos ver qué está pasando.

Abotonarse la camisa, anudarse las agujetas y afeitarse son actividades que hace apenas tres meses parecían imposibles. Hoy ha logrado rasurarse de nuevo.

Y un pequeño salpullido no le va a arrebatar el gusto.

***

La idea de que la muerte puede engendrar vida es siempre extraña. Explicar que la muerte de un ser querido significa la salvación de un desconocido requiere carisma, tacto, temple y empatía. Pedir un órgano a la familia de un paciente con muerte cerebral es hacer la pregunta más difícil en el momento menos apropiado.

Eso lo sabía Selene Artemisa Santander, una joven médico que hacía su servicio social en el Instituto Nacional de Nutrición, cuando se acercó a solicitar las manos de aquel hombre de 34 años que llegó al Centro Médico Nacional Siglo XXI con un balazo en la cabeza.

Pero una cosa es que la familia ya hubiera decidido donar varios de los órganos de ese hombre y otra que su esposa y su madre accedieran a entregar las extremidades a quien esperaba unas manos como las de él.

Selene quiso mostrarles fotografías de Gabriel Granados para sensibilizarlas y explicarles los alcances de una donación. Fue inútil.

–Déjanos tus papeles ahí y te hablamos después –respondieron con indiferencia y le dieron la espalda, abstraídas en su dolor. Selene sabía que sería difícil encontrar otras manos totalmente compatibles; se sintió frustrada.

El primer paso para procurar un órgano es encontrarlo. No es sencillo. Quienes como ella y su compañero Diego Ricaño, integrantes del programa de trasplantes del Instituto Nacional de Nutrición, hoy conocido como Tlalpan Team, se dedican a la búsqueda de órganos deben revisar los reportes de todos los servicios de urgencias de neurología para identificar a pacientes con muerte cerebral.

Luego, acuden al hospital, valoran y verifican que la persona no sea portadora de ninguna infección y que, además, sea física, biológica y antropomórficamente compatible con el receptor.

En un país donde existen más de 17 mil personas en espera de un trasplante, cada paciente con muerte cerebral se convierte en un tesoro invaluable. Es común ver a varios grupos de médicos procurando al mismo tiempo una parte distinta del cuerpo. Lo más urgente es extraer el corazón –es el órgano más solicitado y el que muere más rápido–, le siguen el hígado, la córnea, la piel y otros tejidos. Pero extraer quirúrgicamente una mano es todavía un evento extraño.

Por eso el rechazo inicial de la familia del donante de las manos fue un revés. Eso pensaba Diego Ricaño cuando salió del Instituto Nacional de Nutrición hacia su casa, pero a medio camino sonó su celular y escuchó la voz atrabancada y aguda de Selene al otro lado de la línea.

–Oye, ya me llamaron los familiares. Aceptaron. Vete rapídisimo al Centro Médico.

Las extremidades se extrajeron en la madrugada y, antes del amanecer, ya habían sido trasladadas a Nutrición en una pequeña nevera. Diego Ricaño se quedó en el Centro Médico para colocar un par de prótesis ortopédicas en el cadáver del donador, un procedimiento que busca aminorar el impacto en la familia.

Recuerda a un hombre moreno, fornido y de estatura baja, conectado a tubos que lo mantenían con vida de manera artificial. Días antes de morir, le contaron, el joven vigilante le había compartido a su madre una especie de presentimiento sin sentido: creía que moriría joven y “quería hacer algo grande antes de morir”.

Sin saberlo, hizo algo grande. Es por eso que Gabriel quisiera agradecerles, pero la ley prohíbe que se acerque a la familia del donador o viceversa.

–Mira… –dice y muestra su mano, ahora cubierta por una férula rosácea que lo protege de lastimaduras o roces–. Piénsalo: esa persona está aquí conmigo.

Somos los dos juntos los que estamos aquí. Yo siempre digo eso. No puedo dejarme vencer, ¿no? Porque una parte de él está viviendo aquí, conmigo. Sería como dejarlo morir otra vez.

***

Es la hora del desayuno y Gabriel se sienta a la mesa frente a un platón de fruta y un café. Viste pantalón y chamarra deportiva azul, playera negra y tenis sin agujetas. Celina extraña verlo de traje y corbata, como solía vestir antes del accidente. Pero la ropa formal sólo le complica la vida. Abrocharse de nuevo un cinturón puede convertirse en un suplicio a la hora de ir al baño.

Con dificultades, acomoda el tenedor entre el anular y el medio. Los dedos aprietan y el instrumento queda fijo, aprisionado entre ellos. Sin dejar de comer, dándose espacio entre los mordiscos, comenta las modificaciones que tuvieron que hacer en la casa después de que perdió las manos. Las perillas redondeadas de las puertas fueron cambiadas por palancas, al igual que las llaves del lavaplatos. De algunos cajones cuelgan pequeños cordones para que sea más fácil abrirlos.

–Mis manos todavía no tienen fuerza para usar el cuchillo, aún no puedo picar la fruta –explica y cambia de tema. El orden no le importa mucho.

El encanto de Gabriel Granados tiene efectos inmediatos, aunque su hablar cantinflesco hace difícil seguirle el paso. Dice que él come de todo. Que hasta hace poco trabajaba en la Secretaría de Hacienda realizando auditorías. Que su dieta no ha cambiado en absoluto después de la operación, salvo por los triglicéridos y otras cosas de las que no se acuerda. Que nació en Bellas Fuentes, Michoacán, cerca de Quevedo. Que no le gusta la política. Que entrenó box con Rubén El Púas Olivares en su juventud, en la colonia Bondojito, que era un buen hombre. Que lo que más le pesa es no poder ayudar en las tareas del hogar como hacía antes. Que era capaz de derribar a una persona de un solo golpe. Que al principio, los medicamentos lo ponían de mal humor. Que planchar ropa lo desespera, pero que sentirse un inútil es peor que cualquier otra cosa.

Entonces hace una pausa y, con ambas manos, Granados atenaza la taza de café. Tarda en acomodar sus manos para que ésta no se le resbale y en cerciorarse de que se ha enfriado lo suficiente para no quemar la piel. Su boca se acerca a la taza y en un solo movimiento da un trago rápido y abundante. La taza regresa a la mesa con suavidad y Gabriel se limpia con la manga un hilo oscuro que le escurre por la comisura de sus labios.

Selena, su hija mayor, se sienta a la mesa y muestra un par de cuadernos. Apenas dos semanas después de haber perdido sus manos, Gabriel entró a la UNAM a estudiar Derecho. Cualquiera hubiera extraviado los ánimos, pero este hombre parece invulnerable, impermeable a la desesperanza. Estos cuadernos de pasta azul y estampado a rayas contienen los apuntes de aquellos primeros semestres. Adentro, con una letra apretada y pequeña, se habla de filosofía del derecho, de derecho fiscal o derecho administrativo. Pero sobre todo se habla de la voluntad extrema de este hombre. Las letras llenan todas las hojas, sin dejar un espacio en blanco. Cada palabra está remarcada con un segundo trazo. Es difícil creer que escriba tanto un hombre que carece de manos.

–¿Cómo hacías eso?
–Pues así, juntaba yo mis muñoncitos y apretaba duro la pluma –dice, como si fuera cualquier cosa y sus codos se acercan intentando repetir el procedimiento–. Todos los días me sentaba a leer y a transcribir apuntes de los libros.
–¿Cuánto tardabas en llenar una hoja?
–Al principio sí me tardaba horas, no creas tú. Pero fíjate lo que son las cosas. Cuando me pusieron las manos de nuevo, yo extrañaba mis muñoncitos porque ya era bien hábil con ellos. Y tuve que empezar desde el principio.

En la sala de su casa el espacio lo llenan dos sillones grandes, una televisión, un crucifijo y una foto de bodas en la pared. En ella, Celina y Gabriel aparecen de perfil, una luz tenue los ilumina; sonríen y lucen 25 años más jóvenes. A un lado de la foto, un pequeño cartel blanco anuncia con letras fosforescentes: “En este hogar vive un buen hombre y una mujer enojona que se la pasa chin.. y chin.. y chin…”.

–Celina es una mujer dura –explica Granados–. Un día me dijo: “Si tú no hubieras sido tan luchón, te hubiera dejado ahí, sin manos”. Lo decía bromeando, pero fíjate lo que son las cosas, ¿no? Yo, sin ella, no hubiera logrado hacer esto. Detrás de su imagen dura es una buena persona, quiere mucho a los suyos y los defiende. Es porque ella es Géminis, ¿te fijas? Es doble cara.
–Y tú ¿qué signo eres?
–Yo soy Libra –responde de inmediato y mira sus manos, las coloca al lado de su cara, con las palmas hacia arriba, como si sostuvieran un peso–. Soy una balanza, el equilibrio de la balanza… Tal vez por eso es que tenga yo tanta paciencia.

***

Parece un sueño. Martín Iglesias piensa que la sola idea parece salida de un imposible sueño. Sentado detrás de su escritorio, sus manos revolotean como mariposas en el aire. Habla de ciencia ficción y recuerda al Frankenstein de Mary Shelly. La posibilidad de crear a un nuevo ser combinando los miembros de varios cadáveres es, según él, uno de los pensamientos primarios del ser humano.

El doctor Martín Iglesias es una de las autoridades en materia de trasplantes en el país. Cirujano plástico egresado del Centro Médico La Raza, un hospital que en aquel entonces, hace más de 20 años, era el único que atendía a toda la zona industrial del norte de la Ciudad de México. Ya no recuerda la cantidad de miembros que en aquel entonces tuvo que reimplantar por los constantes accidentes de trabajo. Los tiempos no han cambiado. El IMSS reporta 3 mil amputaciones de extremidades superiores por año. Fue por eso que Iglesias decidió comenzar un programa de trasplantes hace ya tres años y, con el tiempo, ser parte de la historia de Gabriel.

Así que cuando tuvo que hacerlo, Martín Iglesias no lo dudó. Marcó el número a pesar de que eran las cuatro de la mañana del 18 de mayo de 2012. Celina atendió y la voz del doctor Iglesias retumbó.

–Gabriel, ya tenemos donador. Te necesito aquí en una hora.

A él le gustó la urgencia y la premura en esa voz. Las dudas se le escurrieron al instante. Meses antes, su familia le había pedido reconsiderar la operación a la que estaba a punto de someterse. Lo preferían sin manos, pero vivo, decían.

Todos lo sabían. Una operación exitosa, sobre todo una tan nueva y tan compleja, es precedida siempre por múltiples fracasos. Aunque el proceso de reimplantación es conocido desde hace al menos medio siglo, hasta el momento trasplantar una extremidad de un cuerpo a otro sigue siendo un acontecimiento peligroso.

Existen no más de 100 personas en el mundo que se han sometido a trasplante de alguna extremidad. Climt Hallam fue el primer paciente en recibir un trasplante de mano con éxito en 1998. Le siguió Matt Scott, de Nueva Jersey, un año después y, luego, Jerry Fisher, de Michigan, en 2001.

Gabriel no es el primer mexicano en recibir un trasplante de ambos brazos, es el primero que ha sido exitoso. Apenas unos meses antes de su operación, una chica de 14 años se sometió en el Instituto Nacional de Nutrición a una intervención similar. La cirugía fue exitosa, pero su cuerpo no soportó los medicamentos inmunosupresores y falleció a las pocas horas.

En febrero del año pasado, el turco Sevket Cavdar se convirtió en el primer trasplantado cuádruple del mundo luego de una operación de 20 horas. Como Granados, había perdido sus extremidades por una descarga de alta tensión. A los pocos días, su cuerpo comenzó a rechazar los nuevos miembros al punto que tuvieron que volver a amputárselos. Los tejidos no eran compatibles. El sistema vascular no aceptó los trasplantes y el hombre murió a los pocos días.

El del neozelandés Clint Hallam es un caso que muestra la complejidad de una intervención de esta magnitud. Primer hombre en recibir un trasplante de mano, tres años después de la cirugía pidió que se la amputaran de nuevo. En una entrevista transmitida por la BBC, Hallam declaró que había dejado de tomar los medicamentos porque ya no soportaba mirar su mano: “Es como tener la mano de un muerto, sin sensibilidad, más ancha y larga que la izquierda, con un color distinto y una piel blanda. Mi cuerpo y mi mente han dicho ‘basta”.

–La comunidad médica mexicana consideraba que era muy arriesgado. A fin de cuentas, todos podemos vivir sin manos. Es cierto, se puede vivir sin manos –explica Iglesias–, pero la calidad de vida es, a veces, más importante que la vida misma.

***

Hoy, las ojeras oscurecen el rostro de Gabriel. Son las 10 de la mañana de un sábado de mayo y es el último día de clases en la Facultad de Derecho de Ciudad Universitaria. El próximo lunes empiezan los exámenes y ha pasado toda la semana estudiando cuatro o cinco horas por la mañana y, por las tardes, preparando un dictamen que le pidieron en el Tribunal Fiscal. A eso hay que sumar las seis horas de terapia diaria para recuperar la movilidad de sus dedos.

–Ayer, después de la terapia, ya no pude más. Me quedé dormido a las nueve de la noche –se talla los párpados caídos con la palma de sus manos y su boca se abre en un bostezo larguísimo–, hoy nomás ya no podía levantarme.

Al frente de la clase, un hombre barbado de traje marrón no para de hablar de hipotecas y deudores, de contratos civiles, del derecho de enajenación y de garantías. Entre una cuarentena de alumnos de todas las edades, Gabriel asiente sin tomar notas. Es un tema que conoce. Sus ojos, sin embargo, permanecen atentos, fijos, y de vez en cuando se adelanta con un murmullo a los comentarios del profesor.

Al final, el profesor se toma unos minutos para dar un breve discurso motivacional. Su voz áspera y dura gana volumen e intensidad. Los alumnos lo miran conmovidos. Granados sonríe. El discurso parece hecho a su medida.

–Señores, soñar no cuesta nada, cumplir su sueño puede costarlo todo –elabora el maestro–. Terminen su carrera. ¡Titúlense! Hagan a un lado esos atavismos tontos de pensar que somos menos por ser una universidad pública. ¡No, señores! Sépanlo: somos los mejores. Hagamos un pacto ahora, señores, y todos, con orgullo verdadero, entonemos un Goya para cerrarlo.

La porra estudiantil de la UNAM hace vibrar las ventanas. Gabriel alza una de sus manos y grita también. Su emoción no es gratuita. Cinco veces presentó el examen de admisión sin aprobarlo. Sólo hasta la sexta vez lo consiguió y ahora, con dos años de carrera, la porra estudiantil le hincha el pecho de orgullo. Y aunque la posición de sus manos le impide chocar las palmas con fuerza, su aplauso es uno de los más significativos del aula.

–La vida te enseña muchas cosas –reflexiona después, mientras acaricia una Constitución Política–. A mí me enseñó a no rendirme. Yo siempre quise estudiar Derecho para fundamentar bien mis dictámenes. En este país las leyes son muy intrincadas y uno debería tener obligación de conocerlas.

Gabriel camina por la facultad. Aquí, sus manos parecen pasar inadvertidas. La mayoría lo saluda sin hacer referencia a su condición física. “¿Gabi, listo para el examen de Comercio Exterior?”, le recuerda una chica. “¿Qué tal te fue en Fiscal?”, pregunta un hombre de lentes. “Échame una mano con los apuntes, manito”, le dice un bromista.

En uno de los pasillos, Gabriel se topa con el coordinador de la carrera. Un hombre de lentes de pasta dura, de dos metros de alto, voluminoso y de labios gruesos que parece nunca separar las manos de su espalda.

–¿Cómo va el asunto de la huella digital? –le pregunta en la puerta de un salón, en donde un grupo de alumnos responden un examen con concentrada angustia.

Al momento del trasplante, nadie pensó en los múltiples trámites a los que Gabriel tendría que enfrentarse. Uno de ellos, por ejemplo, la actualización de su huella digital que, legalmente, pertenece a otra persona. No existe hasta el momento ninguna disposición para un caso como el suyo. Maestros y abogados le han recomendado no hacer nada para no incomodar a las instituciones. Pero él es terco y quiere elaborar una propuesta de reforma que facilite el proceso a las personas que en un futuro se encuentren en su misma situación.

–Yo soy el primero, pero los trasplantes como el mío van a ser algo muy común en unos años –dice y es cierto. Actualmente, existen ya dos candidatos en el Instituto Nacional de Nutrición que esperan un donador.
–Ese es un excelente tema de tesis –responde el coordinador.

***

Gabriel ingresó al quirófano confundido, nervioso y caminando.

–¡Qué barbaridad, esto es una cirugía! –gritó la jefa de enfermeras al verlo ingresar a la sala de operaciones–. Llévenselo y tráiganlo en una camilla.

No pudo evitar sonreír al notar que los médicos mostraban tanto temor como él. Había pasado 16 meses en espera de unas manos y había que actuar contrarreloj. Desde el momento en que se seccionan las extremidades al donador, se cuenta con sólo ocho horas para volver a vascularizarlas, es decir, para hacer que la sangre corra de nuevo en ellas. Si el tiempo es mayor, el tejido comienza a morir.

En su operación participó una maquinaria de 19 cirujanos, anestesiólogos, ortopedistas y enfermeras que debía funcionar de manera sincronizada y perfecta.

El tiempo no da un respiro. Siete horas tardaron en volver a hacer circular la sangre por las nuevas manos de Gabriel. Otras 12 en ajustar microscópicamente cada detalle. Horas de vértigo, sin margen para el error. Nadie se detuvo, ni siquiera para beber un vaso de agua. Sólo la adrenalina mantuvo en pie a los médicos reunidos en un espacio menor a 30 metros cuadrados.

Que alguien done sus extremidades no es algo que suceda a diario. Que además sean compatibles con las del receptor es casi como sacarse la lotería. No hay segundas oportunidades.

Cada mano humana está compuesta por 28 músculos, 27 huesos, tres nervios principales, dos arterias y tres venas principales, sin mencionar piel, tendones, cartílagos, grasa y vasos sanguíneos. Y todo tiene que volver a reconectarse, vincularse o pegarse al realizar un trasplante.

El caso de Gabriel es fascinante y excepcional. Si no existen más de 150 personas con un trasplante exitoso de pies o de manos, no se cuentan más de 50 casos que hayan recibido un doble trasplante de extremidades superiores. Entre 7 mil millones de habitantes del planeta, Granados pertenece a una pequeñísima élite de privilegiados beneficiados por los avances científicos.

El doctor Iglesias no cree en Dios, pero no puede evitar sentir el peso de ser responsable de lo extraordinario. Él fue el ilusionista que hizo aparecer de nuevo las manos.

–A mí no me gusta hablar de magia, ni de milagros –dice ahora, en voz baja, como si compartiera un secreto–, pero uno no puede evitar pensarlo, ¿verdad? Es algo extraordinario.

***

La luz matutina entra por la ventana y le ilumina el rostro imperturbable frente a la pantalla. Presiona las teclas de su computadora gracias a una pluma que empuña con fuerza. Busca la letra rápidamente y, con una destreza inesperada, deja caer la punta de la pluma sobre la tecla: tap, tap, tap. Utilizar los dedos para escribir es algo todavía imposible. De vez en cuando aprovecha las protuberancias de sus nudillos para escribir, pero este método le parece más sencillo.

Su estudio es un recinto estrecho, lleno de libreros y pequeños sillones. A pesar de las hojas, que se apilan por todos lados, el sitio proyecta una sensación de orden. En uno de los estantes que lo rodean mientras escribe, entre los volúmenes de Derecho Fiscal y Contaduría, espera un libro de superación personal que aún no ha tenido tiempo de leer. Una vida sin límites, del sueco Nick Vujicic, un predicador cristiano que nació sin piernas ni brazos y que recorre el mundo dando conferencias sobre la capacidad del hombre para ser feliz. A Gabriel le gustaría leerlo, pero casi nunca tiene tiempo. En una pequeña mesa, descansan unas 500 hojas repletas de términos abigarrados que hablan sobre expropiaciones, propiedades crediticias y derecho internacional. Debe leer toda esa pila en unas horas.

–Mañana tengo examen de Comercio Exterior –dice, consternado, sin abandonar la pantalla–, es una materia bien complicada.
–¿Te preocupa reprobar?
–No, mira –explica mientras revuelve unas hojas y busca alguna definición que se le escapa a la memoria–. Siempre hay una manera de lograr las cosas, un procedimiento. Nomás hay que encontrarle el modo al asunto. Nada es imposible.

Su sencillez y su sinceridad conmueven. En los labios de Gabriel las frases hechas, dignas de cualquier libro motivacional, adquieren una fuerza inesperada. “Nada es imposible”, repite mientras empuña la pluma y la deja caer sobre el teclado. Tap. Tap. Tap. Tap. Tap. Su infinita paciencia hace que sea fácil creerle.

***

Tres electrodos se encuentran conectados a cada uno de los brazos de Gabriel. Sus dedos responden rítmicamente a los impulsos. Un hormigueo los recorre. La misma energía que hace dos años le arrebató sus brazos, ahora reactiva los nervios dormidos debajo de su piel.

La sala de fisioterapia del Instituto Nacional de Nutrición es un lugar blanco, lleno de pequeños cubículos. Al fondo, un par piscinas para hidromasajes y una especie de sala de juegos llena de pelotas de distintos pesos, caminadoras y rampas en donde los pacientes pueden realizar actividades de la vida diaria con supervisión médica.

Gabriel habla con África Navarro, una joven fisioterapeuta a quien conoció mientras ésta realizaba su servicio social y que ahora dedica tres horas para intentar devolver la movilidad total a las manos del hombre al que ve un día sí y otro también.

Parecen dos amigos que charlan en un café despreocupadamente. Como Gabriel acostumbra, su plática viaja de un tema a otro. Habla del gato de sus hijos que tuvieron que castrar para que no se peleara por las hembras de la cuadra. De que a veces no puede destapar sus medicamentos por sí mismo. Menciona el sacrificio que representa asistir todos los días a terapia. Cuenta que siempre le han gustado los animales. Que hace mucho tuvo un perro corriente, “eléctrico”, que le salvó la vida. Dice que su hijo se duerme hasta tarde estudiando y que no le gusta despertarlo temprano para que le prepare el desayuno. Habla de sus antiguas novias y de los trabajos que ha tenido en todos estos años: desde acomodador en la librería Porrúa y albañil, hasta mozo de cocina en Liverpool y distribuidor de productos farmacéuticos.

Gabriel mira sus manos de nuevo. Los primeros días no fueron fáciles. Apenas despertó de la operación sintió el peso de dos rocas colgando de sus hombros. Se había acostumbrado a la ligereza de sus brazos ausentes. Cada uno puede pesar hasta cuatro kilos y, a pesar de los ejercicios para fortalecer sus antebrazos, el peso lo desesperaba.

Recuerda que sus manos anteriores eran más grandes, poderosas, con las venas prominentes. Los dedos eran largos y delgados, achatados en la punta. Ahora una protuberante cicatriz divide sus brazos en dos mitades de colores distintos. Sus manos actuales son morenas y regordetas.

Tampoco se acostumbraba a sus uñas. “No podía dejar de mirarlas”, cuenta su hijo, también llamado Gabriel, un muchacho de 21 años, de lentes y cabello crespo, quien aún intenta acompañarlo todo el tiempo a la escuela y a las terapias.

La mirada ausente y extrañada de su padre se clavaba durante largos ratos en esas uñas que seguían creciendo aunque su dueño original estaba ya muerto.

“Son tus manos papá. Grábatelo en la cabeza, son tuyas”, le dijo su hijo una noche, preocupado. Y desde entonces, Gabriel padre repite esas palabras como si fueran un mantra.

–¿Qué es lo que más extrañas de tus manos?
–Cuando terminó la operación, las miré y, no te voy a decir que no, la verdad sí las extrañé –dice con una sonrisa tímida, como si le avergonzara reconocerlo–. Me gustaban más, pues. Eran más grandes y tenían marcas de todo lo que yo había trabajado. Pero, ¿sabes? Cuando las miré bien, vi que en las uñas de éstas había restos de pintura. Entonces me di cuenta de que también eran trabajadoras. Desde entonces me empezaron a gustar.

Después de acabar su sesión con los electrodos, Gabriel sigue con ejercicios sencillos pero que aún lo hacen sudar.

Intenta ordenar por tamaño una serie de cilindros, bota pelotas de diferente peso y tamaño, abre y cierra compuertas y cerrojos en una tabla de un metro cuadrado repleta de cerraduras y dispositivos.

Lo más difícil es hacer que las manos recuperen la conciencia del espacio. La propiocepción es la facultad del cerebro por ubicar la posición de los músculos o de los miembros del propio cuerpo.

Cerrar los ojos y ubicar el dedo índice sin verlo, o medir la distancia para tocar los objetos en una mesa, es algo que casi todos podemos hacer sin dificultades. A Gabriel le costó meses.

–A veces me siento frustrado. “¡Ya no puedo!”, les digo.
–¿Qué ha sido lo más difícil?
–Venir todos los días y sentir que mis manos siguen igual, engarrotadas. África y yo hemos llorado porque sentimos que no avanzamos.
–¿Y no avanzan?
–¡Claro que avanzamos! Y vamos rápido. Lo que pasa es que uno no lo nota.

Hasta el momento, su mano izquierda es la que lleva ventaja. Es la más fuerte y la mejor educada.

Algo llama la atención. Vista a la distancia, la forma de sus brazos parece completamente armónica con la de todo su cuerpo. Según los médicos, es gracias a la plasticidad del cuerpo y el cerebro. Una vez que la mente acepta los nuevos brazos, comienza a moldearlos de acuerdo con sus características y necesidades. Hace unos meses, eran ligeramente más anchos. La diferencia era notoria. Hoy, parecen haberse afilado. También el color de piel ha cambiado, poco a poco los brazos han comenzado a aclararse, a adoptar el tono de piel del resto del cuerpo.

El intercambio de sustancias va adaptando lentamente las manos y moldeándolas al nuevo cuerpo, como si fueran plastilina.

***

Hay días que lo arrasan todo. Días como tornados capaces de apagar las esperanzas con un solo soplo. A nuestro alrededor todo parece más frágil que de
costumbre, a punto de romperse.

Pero existen personas invulnerables a esos días negros, capaces de devolver el golpe con elegancia y humildad. Hombres que parecen haber comprendido que el dolor es sólo una de las muchas estaciones por recorrer. Y que no vale la pena quedarse demasiado tiempo ahí.

Gabriel Granados parece ser una de esas personas, aunque aún no pierde el miedo de subir a una azotea y acercarse a la orilla. Recuerda el día en que el rayo lo alcanzó y dice que, a fin de cuentas, los planes de Dios casi siempre son perfectos y que los imperfectos somos los humanos.

–¿Te imaginas si la descarga hubiera alcanzado a mi sobrina en lugar de a mí? ¿Crees que lo hubiera resistido? –pregunta y niega con la cabeza, sin esperar la respuesta.

Después de dos años y medio, por fin puede entender el sentido de aquel día en que la alta tensión lo hizo escupir espuma. Es increíble que después de todo lo sufrido, pueda agradecer lo sucedido.

–Pude haberme muerto, pero no me morí –dice Gabriel–. No fue fácil.

Después de perder sus manos, no dejaba de lamentarse. “¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí?”. Hasta que su hermana, harta de verlo decaído, lo reprendió: “Porque de todos nosotros, de toda tu familia, tú eres el único que lo hubiera soportado”. Y Gabriel supo que era cierto.

Debió someterse a una larga cadena de estudios y valoraciones: pruebas psiquiátricas, de anestesiología, de cardiología, rayos X, resonancias magnéticas.

Se necesitaba a un candidato a ser receptor con una salud impecable capaz de soportar no sólo la cirugía, sino los medicamentos que tomará de por vida, el proceso de rehabilitación y el impacto psicológico de tener las manos de otra persona integradas a su propio cuerpo.

Según el diagnóstico psiquiátrico que le realizaron, se trata de una persona con un grado de inteligencia emocional alto, capaz de adaptarse a cualquier circunstancia adversa. El éxito de la operación se debe, en gran parte, a la sana personalidad de Gabriel, a su equilibrio mental y al apoyo de sus hijos y esposa.

***

Mañana es 17 de mayo de 2013 y Gabriel Granados se vestirá solo. Apenas requerirá de la ayuda de su hijo para anudar su corbata azul cobalto y abotonarse la camisa, en un tono más claro del mismo color. Está a punto de cumplir un año exactamente de la fecha en que una cirugía le devolvió las manos. El Instituto Nacional de Nutrición se ha querido vestir de gala y ha organizado una conferencia de prensa.

Pero ahora recuerda su infancia. Aquellos primeros años en su natal Michoacán, cuando en casa no había más que un plato de frijoles para comer. Evoca el momento en que llegó al Distrito Federal a los seis años y los días en que vendía hielo y alfalfa de casa en casa para ayudar a la economía familiar.

Cada que se le pregunta sobre cómo ha logrado avanzar tan rápido en su recuperación, responde lo mismo: “La vida te enseña muchas cosas”.

Es una frase que repite cada tanto, como un pequeño mandamiento.

–Cuando terminé la carrera de Contaduría –dice ahora, en voz baja y seca–, mi mamá me dijo algo que nunca voy a olvidar: “Hijo, te fallamos. Tú triunfaste, nosotros te fallamos”. Ese día yo me quebré.

La voz se le adelgaza, cada palabra llena de agua sus ojos. Antes del accidente Gabriel nunca lloraba. Prefería tragarse las lágrimas, ignorar el sentimiento. La vida te enseña muchas cosas, repite y es cierto. Últimamente, está aprendiendo a llorar. Porque hay días en que el dolor asoma con todo.

–No creas. Todos nos quebramos. Pero no estoy solo. Lo que he logrado, lo he hecho con mi esposa y con mis hijos –afirma, secándose las lágrimas con la manga de su sudadera deportiva–. En ocasiones no se puede solo. Y bueno, esto de las manos, es una victoria para mí. Pero también es una victoria de todos. De mi familia, de mis papás, de los doctores, de la persona que me los donó, de las fisioterapeutas. De todos, de todos.

Mañana, Gabriel estará frente a un atril y dará su testimonio. Responderá las preguntas de los reporteros con la sencillez de siempre, como si en verdad quisiera decirles a todos que, si bien ha sido un proceso difícil, tampoco ha sido la gran cosa. “Caray, es sólo cuestión de disciplina y de paciencia, sobre todo, mucha paciencia”.

Dos años y medio después de su accidente, el día ha llegado: posa para las decenas de cámaras que lo apuntan y lo iluminan. Los flashes lanzan cientos de destellos al aire cuando él sonríe y levanta las manos.

Dos palmas regordetas, coronadas por 10 uñas oscuras y redondeadas, se alzan por encima de su cabeza en un gesto triunfal.

Revolotean por el aire.

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México, DF, 1 de diciembre.- Parece que nadie ha dormido en toda la noche. Son pocos, no más de 300, los jóvenes reunidos en el Monumento a la Revolución convocados por el movimiento #Yosoy132. El objetivo es marchar hacia el Congreso de la Unión para repudiar la toma de protesta de Enrique Peña Nieto en San Lázaro.

Es evidente que algo ha cambiado en los últimos meses. Ya no existen las caras amables y festivas que tanto caracterizaron al movimiento estudiantil surgido aquel viernes de mayo en las instalaciones de la Universidad Iberoamericana. Ahora, las ojeras en sus rostros subrayan el desencanto, la frustración ante lo que parece inevitable a pesar de todos sus esfuerzos: el regreso del PRI a la silla presidencial.

Hay un murmullo generalizado y todavía es difícil saber qué está pasando. En el piso, una pequeña pancarta ya anuncia de algún modo lo que más tarde reportarán sorprendidos los principales medios de comunicación:

“México resiste. Existe. Ataca”

Sí, algo ha cambiado radicalmente desde el primero de julio. Muchos jóvenes han abandonado el movimiento por desidia o desesperanza. Sólo permanecen los más convencidos… o los más radicales.

–No puedes ir en el primer contingente si no tienes armas –dice un joven con la cara cubierta con un paliacate. Palos, tubos, cachiporras llenas de clavos, martillos y escudos de mano improvisados con parrillas de cocina y mesas rotas. Algunos arrastran carritos de supermercado cargados de las bombas molotov que horas más tarde volarán por el aire.

Es inevitable preguntarse: ¿dónde quedó la agenda original del movimiento? ¿Dónde el esfuerzo por democratizar los medios, los objetivos más allá de las elecciones, la consigna de ser pacíficos a toda costa?

–Esta otra forma de manifestarse, compañero –me dice alguien de no más de 17 años. Habla de la burguesía y de la lucha de clases, del neoliberalismo y de la lucha estudiantil hermanada con los obreros y los campesinos.

Realmente parece que se ha regresado en el tiempo. No sólo el Partido Revolucionario Institucional está a punto de asumir el control, sino que el léxico marxista-socialista se ha instalado de nuevo en la lengua y el imaginario de los jóvenes.

–No, camarada. Esto no fue iniciativa de Yosoy132, pero hay mucha banda que llegó anoche con esa intención y, en consenso, decidimos respetarla –explica el joven con una seguridad extraña en un menor de edad.

Sin más, el contingente comienza a avanzar y hay algo de bélico en su marcha. A diferencia de todas las marchas y manifestaciones de los meses anteriores, hoy el silencio es la regla. Las consignas no logran articularse y pocos automovilistas muestran apoyo. Algunos peatones, los primeros de la madrugada, miran preocupados el desfile, como si se resistieran a creer lo que pasa enfrente de sus ojos.

En la primera línea, un pequeño grupo de hombres armados todos con bats o tubos de metal grita consignas que pocos repiten. Uno de ellos está vestido con un mameluco naranja con manchas que emulan a un jaguar. Su casco de motocicleta tiene el mismo estampado. Su cachiporra de madera emula las armas aztecas usadas en las guerras floridas.

***

La primera valla de contención cayó alrededor de las seis de la mañana. Apenas amanecía. Una granizada de golpes y garrotazos llovió sobre el muro metálico de más de tres metros de altura que protegía al Congreso. Los golpes fueron inútiles hasta que un pequeño grupo de jóvenes, en realidad no más de una veintena, derribó de un tirón una de las vallas en medio de vítores y porras universitarias.

Pocas cosas más insufribles que el picor en la garganta seguido por los ojos ardiendo en lágrimas, la ceguera momentánea que provoca el gas lacrimógeno. La nariz congestionada y el mareo. Fue fácil dispersar ese primer ataque. El muro volvió a levantarse y los manifestantes más avezados de inmediato enjugaron su cara con leche y vinagre para eliminar el ardor.

–Con Coca Cola se calma, compa –aconsejan algunos mientras rocían sus rostros de refresco. Entre gritos y consignas en contra del “capitalismo salvaje”, resulta curioso cómo el producto más representativo del “imperialismo yanqui” se ha convertido en un antídoto contra los ataques de los policías. Los primeros cocteles molotov empiezan a caer. El piso tiembla bajo las explosiones.

El grupo se repliega y parece retirarse. Pero es sólo el primero de muchos enfrentamientos. Al lugar también ha llegado la Sección 22 del SNTE, varios grupos de comuneros de San Salvador Atenco y algunos otros grupos juveniles de corte anarquista. El #YoSoy132 parece una minoría dentro de la turba enfurecida. Los contingentes siguen llegando y únicamente los más extremos continúan atacando el muro. Los voceros de la CNTE insisten en decir que su protesta es pacífica, pero muchos de sus miembros no dudan en unirse a los estudiantes y tomar la iniciativa de los ataques.

De pronto todo se va al diablo. En pocos minutos se suman más personas al primer frente. Cualquier arma es efectiva: piedras, cadenas, postes de luz arrancados del asfalto. Las bombas molotov hacen parábolas en el aire. No todas logran explotar pero cada coctel es respondido con una lluvia de gas lacrimógeno. “Esperen, compañeros, no nos arriesguemos innecesariamente”, dice algún vocero de la CNTE por el megáfono de una camioneta. Pero ya es demasiado tarde.

De este lado del muro, la desorganización es la regla, la irracionalidad pasa de boca en boca. Del otro lado, los granaderos parecen haber perdido la cordura. El gas lacrimógeno es tanto que los manifestantes pronto se acostumbran a sus efectos y encuentran remedios eficaces. Apenas caen, los más valientes toman las bombas y las devuelven rápidamente a sus dueños. Un grupo de médicos auxilia a los más afectados rociando Pepto Bismol mezclado con agua para aliviar el ardor. “Es más efectivo que la Coca Cola y el vinagre”, aseguran sin parar.

Ante la exagerada reacción de la policía, la rebelión es asumida por todos. Los primeros heridos aparecen alrededor de las ocho de la mañana. Algunas piezas sueltas de las bombas lacrimógenas alcanzan a golpear a un par de jóvenes y hay varios desmayos provocados por el gas. Aquel muro vuelve invisible al enemigo: es imposible saber si hay heridos del otro lado. Parece que a nadie le importa.

—¿Ya ve, joven? Pura pendejada, nomás vinimos a lo güey –opina una mujer de más de 60 años. Parece no darse muy bien cuenta de lo que está ocurriendo en el primer frente donde nuevamente los estudiantes han derribado algunas vallas y se enfrentan a garrotazos contra los granaderos. Una nueva nube de gas vuelve a invadir el aire, la mujer no se inmuta:

—No hay ningún objetivo, nomás es estar berreando y berreando. Qué vamos a lograr así, dígame.

***

Un paréntesis de calma permite, por fin, analizar el panorama. La calle parece zona de guerra. No hay una sola persona que no tenga el rostro cubierto, protegiéndose de los gases. Los medios de comunicación corren de un lado a otro, cargando sus cámaras y extendiendo el micrófono a cualquiera, buscando encontrar una explicación lógica a todo el conflicto. No la hay. La lógica parece haber desaparecido esta mañana. Lo único que importa es protestar de la forma más visceral, no dejar intacto este día.

Se miran pocos rostros reconocibles del movimiento #YoSoy132. Al menos en este frente, no aparecen las figuras más visibles del movimiento. Se trata del bastión duro, contingentes formados por estudiantes de las carreras de Ciencias Políticas, Filosofía y Geografía de la UNAM. A ellos se han sumado otras muchas organizaciones que respondieron al llamado. Más tarde grupos de #SomosMásDe131, conformado por estudiantes de la Ibero, se reportarían desde otros puntos bajo similares circunstancias.

A bordo de su bicicleta aparece Sandino Bucio, un joven que ganó fama en los últimos meses por sus poemas recitados durante las marchas y por su constante activismo dentro del #YoSoy132 y, sobretodo, en el campamento instalado en Monumento a la Revolución.

—¿Se decidió por consenso el uso de violencia? —se le pregunta.

—De alguna forma sí. Es una forma de canalizar el descontento —responde dubitativo—. La violencia del Estado es mucho más dañina que esto que estamos haciendo ahora que, en realidad, no daña a nadie.

—Entonces, ¿no va a deslindarse YoSoy132 de este enfrentamiento, como acostumbra?

Sandino tarda unos segundos en responder. No lo hace. Una nueva lluvia de bombas de gas cae muy cerca de donde se realiza la entrevista. “¡Júntense! ¡Repliéguense! ¡No corran!”, grita mientras se aleja en su bicicleta.

***

Es invisible, pero una nube de gas se interpone entre los manifestantes y la muralla. Nadie se atreve a acercarse al muro. El inicio de la sesión de Congreso General, en la que Enrique Peña Nieto protestará como Presidente, está programada a las nueve de la mañana. Con ella se formaliza el cambio de gobierno. Faltan apenas unos minutos.

“Avancemos compañeros, Peña Nieto está a punto de tomar posesión. ¡Es ahora cuando hay que darles con todo!”, grita un hombre barbado perteneciente a la CNTE. Pero nadie lo escucha. Los ojos siguen lagrimeando y un nuevo gas, de color rosa, se esparce por toda la calle. Nadie sabe muy bien de qué se trata, pero el olor es intenso. Marea.

Esquivando los escombros, los parabuses y los postes derrumbados, un camión de basura aparece entre las nubes de gas. La escena es casi cinematográfica. A bordo del camión, una tropa formada en su mayoría por mujeres encapuchadas, todas vestidas de negro, levantan el puño en alto.

–¡A huevo! –grita alguien y una ovación da la bienvenida a las enmascaradas. El estallido de dos bombas molotov prepara el impacto del vehículo en el muro de contención. Una estampida de jóvenes eufóricos, armados con hondas improvisadas, lanza una lluvia de proyectiles a los policías que de inmediato responden con más gas. El choque no puede ser más preciso.

Las nueve de la mañana en punto. Es el momento más intenso y fuerte de toda la protesta. Después del choque, tal vez el momento más intenso y fuerte de toda la protesta, las mujeres encapuchadas huyen en cuanto pueden, protegidas por los manifestantes que intentan resistir los efectos del gas. Se dispersan entre la multitud. El muro ha caído de nuevo, por cuarta vez en esta mañana.

Hasta ahora, se reportan sólo cuatro heridos y algunos desmayados. La adrenalina hace que todos quieran participar. La mayoría de los asistentes se repliega en la parte posterior. Una serie de zumbidos interrumpe la euforia provocada por el último ataque. “¡Esos cabrones ya están disparando!”, avisa alguien mientras corre.

No tarda en aparecer el primer herido de gravedad. Hasta este momento, aún no se sabe la naturaleza de los disparos. Más tarde se informará que se trata de balas de goma. No importa demasiado, en realidad. Ante la imagen de la sangre y el cráneo destrozado de aquel hombre transportado en camilla, cualquier explicación sobra. Los voceros de la CNTE hacen público su nombre: Juan Uriel Sandoval Díaz. Más tarde, los rumores sobre su muerte acrecentarían la furia de los estudiantes que incrementaran sus ataques..

Nadie sabe de dónde vino el destello de cordura. Poco a poco, los grupos anunciaban su retirada. No hay oportunidad de ganar, parecen entender todos. Los gases siguen lloviendo del cielo mientras la turba emprende la marcha hacia el Zócalo.

—Demostramos que no teníamos miedo –dice una muchacha de unos 20 años—. Eso es lo importante, demostrar que no somos unos pinches agachones.

Atrás, suenan los últimos petardos. La calle parece zona de guerra y una multitud, esta vez compuesta por miles, avanza entre consignas. Parece que todo termina, pero esto fue sólo la primera chispa.

***

Escribo desde un Sanborns ubicado en la avenida Juárez. Son las 12 del día e intento describir la intensa madrugada de protestas y enfrentamientos. Los manifestantes continuaron su ruta hacia el Zócalo en donde se reunirían con simpatizantes del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), quienes, hace una hora, convocados por Andrés Manuel López Obrador, desconocieron el gobierno de Peña Nieto.

En la televisión, Peña Nieto agradece a su familia y a su equipo que lo apoyó durante todo el proceso. Agradece a México por confiar en él. La banda tricolor —que él se puso, luego de que se la entregara en las manos Felipe Calderón— le cruza el pecho. Los clientes miran la imagen con desgana y desinterés hasta que un estruendo nos sacude a todos.

Una por una, todas las ventanas del restaurante se hacen añicos. Los vidrios vuelan y caen sobre los platos de los comensales. La gente se levanta y grita. Un mesero me toma del brazo y me hace guardar la computadora lo más rápido posible. Un par de mujeres rubias comienzan a llorar a gritos: “What the hell is happening!?”.

Todos los accesos al restaurante son cerrados con candado y los clientes somos llevados a la cocina, en la parte más alejada de la entrada. La gente comienza a discutir, desgarrándose la garganta: “Esto ya es vandalismo”, dice una señora con los ojos desorbitados y la respiración exaltada. “Estos locos, ¿quién se creen que son?”. “Pinches resentidos”, se escucha en otro pasillo. “Están luchando por nuestros derechos, señora”, tercia un anciano. “¿Lanzándonos piedras están luchando por nuestros derechos?”, revira un hombre de traje arrugado y portafolio. “Guarden la calma, por favor”, insisten los meseros.

Quince minutos después la calle luce completamente destrozada. No hay establecimiento que haya quedado intacto y restos de cristales se esparcen por todo el piso. La gente corre en desbandada en todas direcciones y cientos de policías avanzan por la calle. A lo lejos, unos 15 policías persiguen y golpean a un muchacho que tiene las manos manchadas de pintura roja o tal vez de sangre. No se sabe. Ignorando los gritos y protestas de la multitud, se lo llevan entre todos.

El saldo de esta tarde, según confirmará más tarde Protección Civil, será de 92 detenidos, sin hablar del costo de los daños en el primer cuadro de la ciudad. El número de heridos será también muy grande. Se hablará entonces de provocadores y de porros que intentaban desprestigiar la protesta, y cientos de videos y fotografías comenzarán a circular por las redes sociales. Pero es imposible saber si todos los que incurrieron en actos vandálicos eran realmente provocadores pagados. Lo cierto es que la violencia no fue exclusiva de los estudiantes, ni de los granaderos. La ciudad amaneció convertida en un barril de pólvora y las primeras chispas ya habían saltado.

Muchos intentan llamar a la paz. Miro a una mujer intentar dialogar con los policías, parece una charla de sordos o de necios. “También ustedes tienen hijos”, solloza la mujer. Es tarde, la sin razón se ha contagiado como un virus y cada batallón de policías es recibido con piedras.

Los policías y granaderos persiguen sin tregua a las tropas de jóvenes que huyen por las calles, replegándose en el Monumento a la Revolución. Cientos de camionetas, camiones y patrullas circulan de un lado a otro, cargados de granaderos, de miembros de la Policía Preventiva, de la Policía de Investigación y de prácticamente cualquier fuerza de seguridad disponible. El nerviosismo y la ira se alimentaban al mirar las macanas y los uniformes desfilar por las calles.

Sobre los muros del hotel Hilton, también destrozados, la cara de Peña Nieto ha sido grafiteada junto a una pinta que intenta resumir todo lo ocurrido en el día:

“¿Te gustó tu bienvenida?”

Las sirenas de ambulancias y patrullas se escuchan por todos lados. El nuevo secretario de la Marina ensaya su mejor rostro en una televisión de imagen intermitente. Dice algo sobre recuperar la paz social y el bienestar público. Un helicóptero de la policía sobrevuela la zona de la ciudad que se cae a pedazos.