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Dicen que Krishna Zepeda es un niño genio. A los seis meses, ya balbuceaba “mamá”. A los dos años, ya sabía leer. Jamás fue a un kínder o a una preparatoria. Casi saltó de la cuna a la Universidad de El Salvador. Allí –cuando tenía cuatro años– solía resolver problemas de física, química y matemáticas. Ya sabía las capitales de todo el mundo. Y ya sabía diferenciar la vida y obra de Picasso, Van Gogh y Rembrandt. Krishna era el niño que abrazaban presidentes y ministros de Educación. El que recitaba la larguísima oración a la bandera un 15 de septiembre en la plaza Libertad.

—Su capacidad es asombrosa. Nunca había visto algo así –decía uno de sus profesores de matemáticas de la Universidad de El Salvador.
—Asume las tareas de un mes en una hora –decía su antigua maestra de inglés.

De todo eso hará siete años. Ahora, Krishna ha dejado de salir en periódicos y televisión. Y no es que ya no quepa en la etiqueta de niño genio. Es que creció. Los años pasan y pesan. Y simplemente, cada día, debe vivir como cualquier otro salvadoreño a sabiendas de que aún tiene capacidades “extraordinarias”. O que quizá podría desarrollarlas más y mejor.

***

La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que una persona es adolescente cuando su edad oscila entre los 10 y los 19 años. Krishna tiene 11. Pero aún parece un niño. Es delgado y bajito. Y no tiene asomos de tener la vanidad tan típica de los púberes. No se peina. Anda abajo el zíper del pantalón. Y, en general, parece indiferente al desgaste de su uniforme y el de sus zapatos de colegio. A veces, parece un minisabio de película que prefiere callar. A propósito, su nombre se pronuncia “Crisna”, sin la che.

—¿Mucho friega Krishna, verdad? –ironiza, desde su pupitre, uno de sus siete inquietos compañeros de séptimo grado.

Y Krishna, como si fuera una persona de más edad, prefiere hundir su rostro en su libro de “science”.

—¿Qué es esto? –el mismo compañero le pregunta qué cosa es una de las ilustraciones de ese libro. Parece un microbio.
—It’s a “diatom” –en inglés, Krishna responde que se trata de un tipo alga.

Su compañero se ríe, como satisfecho de haber desnudado a su compañero como “nerd”. Luego su profesor le pide leer algo del mismo libro: “To obtain food, an amoeba extends the cytoplasm of a pseudopod on esther side of a food particle such a bacterium”, lee Krishna en perfecto inglés.

La vida le cambió a Krishna cuando tenía cuatro años. Cuando era una celebridad mediática. A esa edad, en 2005, entró –becado– a este colegio bilingüe. Uno llamado “Los Robles”, situado al pie de las lomas del sur de Santa Tecla. Aquí, según Krishna, tiene por compañeros a algunos hijos de diputados y hasta uno, muy adinerado, que una vez llegó en helicóptero.

En 2005, Rosemarie de Sauerbrey, la superintendente de este colegio, le brindó una beca completa, desde primer grado a bachillerato. “Se tomó la decisión de apoyar al ministerio (de Educación), dándole una beca para sacarlo adelante. El potencial de Krishna es único”, dijo para una publicación de hace ya siete años.

También, desde hace siete años, cuando las clases terminan –por lo general a las 3 de la tarde–, su papá, quien ya cumplió 62 años, lo espera en el portón para llevarlo a casa, al otro lado del mundo, en la colonia Atlacatl. Es el único alumno que viaja en bus. Un viaje que solo de ida toma más de una hora y media.

—¡Papá, allí viene una 101-B! –grita Krishna contento porque, según él, lo usual es que “cueste que pase el bus”.
—Tené cuidado, Krishna, viene volando esa babosada. ¡Subí con cuidado! –advierte su papá, Jaime Manuel Zepeda, quien aborda el bus renqueando de una pierna. Más tarde, él se tropezará en el arrancón de otro bus.

Adentro del destartalado bus, Krishna busca el asiento más largo. El de atrás, el último. Quizá calcula que allí podremos sentarnos los tres y facilitar la entrevista.

—Krishna, ¿cuántas veces te has subido a este bus? –pregunta Jaime Manuel, su papá. Y el niño se pone un dedo índice en la boca como haciendo números.
—Creo que como siete veces. Ya me puedo este bus –asegura el niño, mientras se recuesta en el regazo de su desdentado padre, sin dejar de ver los grafitos del interior del bus.

En el trayecto, Krishna parece a punto de dormirse mientras su papá habla de finanzas. Él asegura que en su casa viven más de seis personas. Y que todos viven de la pensión de su mamá.

—Mi esposa y yo vivimos en la casa de mi mamá. Ella recibe dos pensiones: la de ella, y la que dejó mi papá. Entre las dos suman unos $275 mensuales. Y ella me da ese dinero para que yo disponga. Además de eso, unas primas a veces me mandan un poquito de pisto de Estados Unidos… Mi esposa cose ropa ajena y yo me rebusco con pequeñas cosas… Yo no podría pagar un colegio como el de Krishna –dice el papá de Krishna.
—Es caro. Creo que cuesta entre $300 y $400 mensuales… –dice el niño, quien ya parece haber sopesado el valor de su beca.

Jaime Manuel, el papá, interrumpe. Dice que a lo largo de sus 62 años ha trabajado o intentado hacer de todo. Estudió Medicina en la Universidad Nacional pero abandonó la carrera. En los setenta, trabajó como ayudante de mesero en Nueva York. En los ochenta dice que trabajó para la comisión nacional de desplazados. Después dice que trabajó, junto con su esposa, en la UCA, en el Instituto Universitario de Opinión Pública. Allí, solían ser encuestadores hasta que, en 1999, ya no los llamaron.

—Ahorita estoy cuidando la casa de unos vecinos que se fueron a Estados Unidos. Pero casi no saco nada, porque tengo que pagarles los recibos de luz y agua. Antes recogía latas de la calle. Y quizá por eso, cuando Krishna estaba más pequeño, hasta aprendió a identificarlas: “Fanta, Coca Cola, Sprite…”.

***

Desde que bajamos del bus, de la ruta 101-B en el Centro de Gobierno, Krishna se divierte recogiendo piedritas de las aceras las arroja, a manera de juego, contra las paredes. Parecen cosas de cualquier cipote. ¿Cómo se supone debe ser un niño genio?

—Krishna, ¿te considerás un genio?
–Sí, lo soy. Bueno, ummm… no estoy seguro –dice buscando ser modesto.

Ni el mismo Krishna, ni su papá ni el Gobierno, sabe cuál es su actual Coeficiente Intelectual (CI). Tradicionalmente, para determinar si un niño es superdotado se realiza una prueba de inteligencia o CI. Si en esta prueba el niño obtiene más de 130 puntos se dice que es superdotado.

Y fue hace muchísimos años, cuando Krishna realizó una de esas pruebas en la Universidad de El Salvador. Fue justo en 2005, cuando entró a Jóvenes Talento, programa gubernamental que refuerza el conocimiento en ciencias y matemáticas de decenas de jóvenes salvadoreños sobresalientes. Ese año, Krishna casi rozó los 130 puntos (o percentil 98) requeridos para ser considerado superdotado. Pero tenía apenas cuatro años. Y aún así obtuvo un percentil de 96, “pero con baja atención y psicomotricidad”.

Krishna aparenta estar distraido, viendo carros y rostros de transeúntes. Y aprovecho para preguntarle por qué decidió salirse del programa Jóvenes Talento.

—Umm… Es que allí las clases eran los sábados y yo quería explorar otras alternativas: jugar fútbol o aprender a tocar el piano.

Jaime Manuel, el papá, es mucho más platicar. No deja de hacerlo incluso cuando camina. Llama la atención que, al igual que Krishna, lleva un descomunal bolsón en la espalda. ¿Para qué?

—Es que uno no sabe qué se puede encontrar por el camino. Además hay que aprovechar el viaje. Hoy fui al supermercado y compré unas cositas. Aquí ando también unos libros bien pesados del colegio de Krishna –dice mientras corre hacia otro bus. Uno de la ruta 13, que ya empieza a andar.

El bus transita frente a la Corte de Cuentas. Y va lleno de gente y música, suena una de Thalía a todo volumen. Aún así –y pese a haberse caído de rodillas en un acelerón del bus– Jaime Manuel tiene manifiesta intención de seguir platicando. Asegura que ya ha escuchado de niños genios que estudian carreras universitarias. Algo así como el mítico Doogie Howser. El niño de la teleserie estadounidense que retrataba a un niño superdotado que se convirtió en médico de manera precoz.

O el caso, real, de Andrés Almazán. Un mexicano de 16 años que se acaba de graduar como psicólogo en la Universidad del Valle de México (empezó la carrera a los 12 años). O el otro caso, real también, de Moshe Kai Cavalin. Un niño californiano (hijo de un brasileño y una china), quien a sus tiernos 14 años está terminando una Licenciatura en Matemáticas en la Universidad de California (UCLA). Moshe ha escrito un libro llamado “We Can Do”, en el que busca que la gente “normal” no se deje apabullar por un niño genio. “Toda la gente tiene potencial de ser especial. Pero no lo hacen. Por eso me consideran a mí especial”, dice en su libro. Mientras tanto, Jaime Manuel ha dejado su mirada trabada en unas de las ventanillas del bus. Luego dice algo.

—Yo sé que Krishna ha roto esquemas. Muchos lo consideran genio. Pero a mí me gustaría que no arruinara su infancia. Imagino que le falta madurar su sistema nervioso como para ir a una universidad a estudiar una carrera. Y de todas formas, el Gobierno no sabe cómo atender a niños como Krishna. Si supiera qué hacer le hubiera dado seguimiento al niño, pero no. ¡El Gobierno jamás se ha preocupado!

—Papá, mire, allí está el carro rojo de míster Sandoval –interrumpe Krishna cuando ve, desde el bus, el vehículo estacionado de uno de sus profesores del colegio.
—A Krishna desde pequeño le gustan los carros. Los pasa dibujando. Sabe diferenciarlos por su forma o marca. Pero no quiere ser corredor, sino diseñador de carros. A ver, ¿y ese cuál es? –señala el padre uno.
–Umm… Me parece que es un Nissan Maxima.

Jaime Manuel podría jurar que jamás ha recibido instrucciones de cómo criar a un hijo como el suyo. Pero ha leído cosas en internet. Por ejemplo, que muchos niños genios suelen sentirse excluidos de su entorno social y optan por esforzarse por pasar desapercibidos. Y Jaime Manuel, desde hace años, ha decido cómo lo va a criar.

—Yo creería que Krishna no necesita ir a la universidad como otros niños con talento. Quisiera que vaya a un ritmo apropiado a su capacidad, yo no quiero presiones. Muchos medios de comunicación han querido sacar raja de él. O hay gente que me lo prueba, que le hace preguntas para ver si contesta. Krishna no es un fenómeno, ni un circo.

En El Salvador, a excepción del programa Jóvenes Talento no existe una entidad gubernamental que encauce el potencial de coeficiente intelectual alto. De hecho, los gobiernos de casi toda Latinoamérica no saben cómo tratarlos. Y eso que, según la OMS, aproximadamente el 2.28% de la población mundial corresponde a niños con estas características. Y los niños genios nacen, no se hacen, dicen los especialistas. Hasta recién el año pasado, por decreto legislativo, Costa Rica empezó a capacitar a profesores escolares y universitarios para atender a sus “genios”.

***

Son casi las 5 de la tarde .

Ha transcurrido más de una hora y media desde que Krishna salió del colegio. Y finalmente, luego de recorren un estrecho pasaje, donde no cabría un carro, aparece la casa de Krishna. Es una casa de esquina de varias ventanas y un plafón fracturado.

Su arquitectura es exactamente igual a la casa de enfrente y a la de al lado, y a la de los pasajes contiguos, donde vivió el pintor Camilo Minero. Toda esta colonia, la Atlacatl, fue inaugurada por una Junta Revolucionaria de Gobierno en 1958, y desde entonces ha tenido pocas o nulas modificaciones o mejoras.

—Esta casa es la única que no tiene defensas… No se las hemos podido poner –hace contraste Jaime Manuel mientras abre la puerta metálica de la casa.

Adentro, sobresale un escritorio de aire de los setenta que sirve de librero y ropero. Hay dos perros enormes y mal humorados: Chita y Nerón. Un gato del vecino que siempre se cuela por la ventana. Y tres sofás metálicos. En uno de ellos abandona su bolsón Krishna y sale escupido a cambiarse ropa al dormitorio que comparte con su madre.

Su mamá, Elsy Rubidia, da las buenas tardes detrás de una ennegrecida máquina de coser marca Singer. Elsy luce muy joven para tener 52 años. Zurce algo, acompañada de una estampita, rodeada de encajes. Una de Sathya Sai Baba.

Sathya Sai Baba era un líder espiritual indio que falleció recién el año pasado. Su imagen es difícil de olvidar: moreno, de encrespada cabellera afro y una túnica color azafrán. Elsy Rubidia nota que observo la imagen y me aclara algo.

—Nosotros somos cristianos-católicos, pero también hemos escuchado la filosofía de este hombre. No es religión. Además, Jaime Manuel tuvo un abuelo materno que era musulmán. Y quizá de allí viene el interés por las culturas orientales –aclara Rubia. Una mamá que parece de mente abierta.

Frente a ella, en la pared, hay otro retrato, más grande, de Sathya Sai Baba. Y otros de un dios indio llamado Shiva. También cuelgan muchísimos reconocimientos a Krishna. Y una foto autografiada por el expresidente Antonio Saca. Hay otra donde Ana Ligia de Saca, la ex primera dama, le obsequia una computadora. Una que ya se volvió vieja, pero que tiene el único lujo de esta casa: internet.

—Eso es lo único que le mantengo a Krishna –interviene Jaime Manuel que ha tomado asiento en un sofá.

En pocos minutos, Jaime Manuel y Elsy Rubidia me cuenta cosas que no sabía. Por ejemplo, que Krishna es el menor de cinco hermanos. Que Jaime Manuel tiene dos hijas más, producto de otro matrimonio. Que bautizaron al niño como Krishna porque escucharon que era el nombre de uno de los dioses más importantes de la India. Que Krishna tuvo un abuelo paterno llamado Manuel Zepeda que fue juez pero que le endilgaron injustamente un acto de corrupción que le costó su carrera. Que Krishna quizá heredó inteligencia de ese abuelo. Que fue Elsy Rubidia, la mamá, la que indujo a Krishna a que aprendiera a leer cuando estaba muy pequeño.

Que lo usual es que Krishna se levante a las 5 de la mañana para tomar sus dos buses. Y que se duerma, cansadísimo, entre las 9 y las 10. Que un chinito filósofo que vive en Belice, les dijo, hace bastante tiempo ya, que “Krishna tuvo problemas en su vida pasada, y que hoy viene a resolver esos problemas y a aprender de ellos”. Que en 2005 varias universidades privadas del país ofrecieron becas para Krishna, pero luego ya no dijeron nada. Que otra institución becó a Krishna para que aprendiera a tocar órgano. Y que el órgano se lo obsequió un grupo de salvadoreños que emigraron a Virginia. Y que Krishna aún se molesta un poco con sus papás cuando intentan ayudarle a aprender a deletrear palabras en inglés y omiten alguna palabra.

—¡Krishna mostrá cómo se lee al revés, por favor! –le pide Jaime a su hijo. Mientras, me pasa un libro de cuentos en inglés. Uno de Scooby Doo, que abro al azar.
—Finally, the Gullets stopped arguing long enough to explain “We have seen your Picture in the newspaper many times… –lee el libro que yo tengo abierto frente a mí y que él ve con las letras de cabeza.

Jaime Manuel se levanta de la sala y se interna en uno de los dormitorios de la casa. Regresa con fólderes y un montón de recortes. Lo primero en mostrarme es una libreta de notas de Krishna, la del año pasado: “Matemáticas: 84. Spelling: 98. Science: 95. Sociales: 91. Observaciones: No es ordenado y limpio en la presentación de sus cuadernos”. Aunque podría esperarse lo contrario, su caligrafía es garabateada y las puntas de sus cuadernos siempre están colochas.

Hay un recorte de periódico donde Krishna aparece caricaturizado por “Ruz”. Ruz dibuja a Krishna como un niño delgadito sentado en una silla donde una periodista lo entrevista con micrófono: “A ver, niño genio, ¿cuánto es 2,550 menos 783? La respuesta ‘sheñorita repostera’, es 1767”. Hay muchísimas notas de periódico. Entrevistas. Reportajes gráficos. Libros y publicidad con el rostro de Krishna.

—Mire este recorte del Banco Uno. Le tomaron foto al niño y ni siquiera para el pasaje del bus nos dieron. Hay gente que vio a mi hijo solo como una oportunidad de figurar…

Luego, el padre saca fotografías de Krishna con la exministra de Educación Darlyn Meza. Luego muestra un libro titulado “La Constitución para los niños”, con una dedicatoria de Schafik Hándal: “Para Krishna Emmanuel, a sus 4 años con toda mi admiración”. Luego aparecen más fotografías del niño junto a la exvicepresidenta de la República Ana Vilma de Escobar…

—Hace poco vino Ana Vilma de Escobar a la casa, vino para su campaña de diputada. Saludó otra vez al niño, pero le habló de empleos, violencia y de que ella sabe cómo crear empresas. Haciendo resumidas cuentas, al niño se le ha acercado desde Schafik Hándal hasta Norman Quijano y nada. Si no fuera por algunos organismos civiles que ayudaron a mi hijo, ¿qué sería de él? –se pregunta Jaime Manuel.

***

Krishna juega fútbol afuera de su casa. Parece que nadie le quita su apariencia despreocupada. “No voy a hacer tareas porque estoy en período de exámenes”, dice contento antes de dejar trabada su pelota de plástico sobre el plafón de una casa vecina.

Mientras mira cómo se mueve un insecto en un árbol, me revela que le gusta leer sobre algo que me parece incompresible, “reptilianos” e “illuminatis”… Y algo más, que no se siente más ni menos que alguien. Y quizá lo trae a colación porque mucha gente se pregunta cómo hace en su colegio, donde hay niños que tienen lo que él no.

—Hay algo que me reconforta y es que, a veces, soy mejor que ellos en el estudio—, dice, con humildad, Krishna, cuyo máximo sueño es crecer y vivir en “un lugar bonito”.
—Krishna, ¿y ya pensaste qué vas a hacer cuándo seas grande?
—Aún no lo sé. Pero tengo 11 años y para decidirlo todavía tengo tiempo y, ojalá, suerte.

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Puertas y caminos

Publicado: 10 noviembre 2010 en Carlos Chávez
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Bajo este sol tropical, la corbata me supo a manzana. Como a la manzana de Adán atorada en mi garganta.

Así, entre sudores penitentes, caminé deprisa por caminos poco rectos. Por caminos que parecen ir a todos y ningún lado. Caminos empinados, ondulantes, aguanosos, enmontados, casi siempre infestados de chuchos endiablados. Pero la consigna era una: tocar puertas. Tras una otra y otra y otra.

Pocos salvadoreños preguntaron quién era. Y muchísimos menos abrieron. Una señora dijo que no tenía tiempo. Otra más dijo que su marido era bravo, delicado, que mejor me alejara del timbre. Y hubo un señor que, tras asomarse por su ventana, la cerró con avidez.

Nunca han sido fáciles los caminos de Dios. Traté de ser mormón por un día.

Hace poco nos conocimos. Y desde entonces no hemos hecho otra cosa más que andar deprisa.

***

Aunque vista como ellos dos —camisa blanca, corbata y pantalón negro—, intuyen que no sé qué es ser mormón. Que pretendo conocer su iglesia, la de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Esta que, según sus números, ya suma 103.470 adeptos salvadoreños. Saben que soy un periodista. Y que si luzco como uno de ellos, es por sugerencia de una autoridad de su iglesia. Es mejor misionar así en el lado más norteño, y estigmatizado de violento, de esta capital con nombre de profeta.

Mientras doblamos por una esquina, sin rumbo definido, pongo atención en los dos misioneros mormones a los que acompaño. Ambos tienen expresión mansa. Y sobre sus pechos, unos gafetes negros que los definen como “elders”. Elder Cowdell, y Elder Xoquic II.

—En inglés eso significa anciano, es también un término bíblico, así nos llaman a los misioneros mormones —traduce con inconfundible acento gringo el anciano Cowdell, un joven de 19 años que ya suda los calores del mediodía.

En mi imaginario, Cowdell es el típico mormón. Es gringo, nació en Utah, el estado mormón por antonomasia. Es rubio, como de 1.80 metros de estatura, con rostro tipo Jude Law, el actor de Hollywood. Su look mormón lo complementa una sencilla mochila negra a espaldas. Intuyo que allí transporta alguna Biblia o himnarios.

Junto a Cowdell, camina el elder Xoquic II. Él es más bajito, y moreno. Es un guatemalteco de raíces mayas. Parsimonioso, afianza las asas de su maletincito, mientras su mirada queda trabada en el horizonte. Quizá mira la calle que ha empezado a descender. Como ironía, calle más abajo dicen que está el infierno. O así le llaman algunos al penal de Mariona, el más grande y sórdido de este país. Y justo aquí, en la cuneta, vaga un volante que promete lo contrario. “¿Quieres ir al cielo?” Y uno piensa en el tamaño de esa oferta.

Una oferta al paraíso, que hasta ahora, ningún elder ha mencionado. Ambos continúan ensimismados en caminar hacia alguna parte. A veces cuesta alcanzarlos, o se quedan taciturnos. Para matar al silencio, este que me parece monacal, le pregunto a Cowdell si conoce a The Killers. Una famosa y conservadora banda de rock, cuyo líder siempre enarbola su mormonidad. Y Cowdell es todo oídos, dice que desconocía que The Killers tuviera algo de mormón.

Lo que no me contará es que —en su calidad de misionero— tiene prohibidísimo ver televisión, escuchar radio, ir al cine, usar internet, visitar familiares, o tener novias, o flirteos con salvadoreñas… La castidad debe esperar al matrimonio. Y hay más. Cowdell tampoco me dirá que tiene prohibido salir de la jurisdicción del municipio de Mejicanos. Él también tiene preguntas. “¿Seguro que usted tiene novia o una esposa?” Y le respondo que cero. Y no me cree. Ríe.

—¡Yo sí quiero casarme, hermano Carlos! Solo me falta como un año más aquí, y regresaré a Utah —profetiza su propia vida, con su marcado acento gringo.

Xoquic, el guatemalteco, me resume algo básico. Dice que a los 19 años, todo varón mormón debe dejar su país y llevar su evangelio a otro país durante dos años. A diferencia, para las chicas hacer misión es una opción, y si la toman requerirá año y medio. En lo que no hay distinciones es que todos los misioneros deben costearse su propia misión, con sus ahorros o ayuda familiar. Dicen que ser un elder o hermana es como un diezmo de juventud. Un diezmo que 337 extranjeros —como Xoquic— pagan en este país. Y a cambio, 268 salvadoreños lo hacen en el exterior.

Aquí o en el extranjero es igual. Los misioneros deben tocar puertas. Y Xoquic parece tener manifiesta intención de hacerlo. Nos desviamos de la calle que va al reclusorio, y nos introducimos por un pasaje flanqueado a sus dos lados por casitas de todos colores.

Xoquic toca una primera puerta, pero nada, no hay nadie. Cowdell toca una tercera, de portón negro, nada. En la cuarta, dijeron que mejor otro día. En la quinta, a Xoquic le dijeron que ya creían en Jesucristo. Cowdell parece que tendrá mejor suerte en la undécima. Se trata de una casita alejada de la calle por un desvencijado portón. En el umbral de ella, aparece una señora chineando un bebé.

—¡Buenas tardes, hermana! Somos misioneros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, comúnmente llamados mormones. Traemos un mensaje…

—¡Muchas gracias, joven! Pero no puedo recibir ese mensaje. El hombre de la casa ya va a venir y se puede enojar por estas cosas ¡Diocuarde, es delicadísimo! —se excusa la señora.

Cowdell no se da por vencido, y pregunta una última cosa, ¿y ese hombre delicado cree en Dios? Y desde la oquedad de la casita se escucha un contundente “no”. Cowdell pone cara de susto, y emprende retirada. No pudo ofrecerse a planchar, cocinar, barrer o lavar platos. En teoría, una trapeada podría convertirse en el picaporte que abra las puertas de hogares reticentes a mensajes evangélicos.

Y justo al final del pasaje, donde la calle se vuelve terrosa, hay un señor intentando mover un parlante, uno descomunal como de los que hay en las discotecas. Bonachón, Cowdell se acerca a la escena. “¡Creo que soy un poquito más cholo que usted, lo cual no significa que usted no lo sea!”, le dice al señor, mientras se pone el pesado cubo negro sobre su espalda. El elder gringo camina un largo trecho rumbo una casa que queda en alto. Allí, cabizbajo como un atlas, Cowdell no puede ver un desteñido rótulo sobre la puerta: “Ministerio Evangelístico Profético. Porque no hay nada imposible para Dios, Lucas 1:37”.

El parlante resultó ser de uno de esos templos, donde, a diferencia de su iglesia, usan panderetas y hablan lenguas muertas.

Al salir del Ministerio Profético, Cowdell y Xoquic ríen. Con perlas de sudor en la frente, retoman su misión proselitista.

Sobre la misma calle, ahora lodosa, pasan revista a una hilera de champas. Obvian a las que colindan con otro templo, uno llamado “Tabernáculo Bíblico Bautista”, que está abierto y cuyos miembros no dejan de verlos. Aún así abordan a un señor que, casi frente al templo, y con suéter, rasca la calle con una pala.

Xoquic, el guatemalteco, lo saluda al mejor estilo salvadoreño. “¿¡Está paleando con todos los poderes!? El canoso señor levanta su mirada, y asiente. Dice que intenta desaguar una charca. Y Xoquic ofrece su ayuda. Palea. Y al concluir, le pregunta si le permitiría cantarle un himno.

El señor parece no encontrar otra forma de agradecerle. Se encoge de hombros, y nos hace pasar a su champa. Después de tocar varias puertas, ¡por fin esta se abre!

Adentro no hay mucho. No hay brillos en el piso, sino tierra apisonada. Hay guirnaldas de ropa y sábanas que se orean. Un par de sacos y guacales sucios. Un viejo televisor prendido. Y un sofá raído donde toma asiento el señor de la pala. Él se presenta como Daniel Chévez. Como si algo sui géneris estuviera a punto de pasar, al lado de Daniel se colocan dos expectantes niños descalzos, sus nietos. Luego se suma a la escena un escuálido chuchito de pura raza indefinida, que se echa debajo de una mesa, atento a los foráneos.

Cowdell ya ha tomado asiento en la única hamaca del lugar. Xoquic insiste en cederme la única silla, y estoico se sienta sobre un ladrillo de concreto. Los élderes extraen de sus respectivas mochilas unos libritos y los hojean. Luego entonan, por sílabas, el himno número 137. Daniel intenta parafrasearlo.

—Señor, mi gratitud quiero expresar sirviendo a otros con bondad, y así haré tu voluntad…

Tras el himno, Cowdell toma la palabra. Y empieza a explicar algo complejo, pero que, contra sus 19 años, de edad parece capaz de explicar. Toma un libro azul que en letras doradas dice El Libro de Mormón. Un testamento escrito alrededor del año 1830, por José Smith. Smith fue el estadounidense que fundó esta religión 100% norteamericana. Esto lo sabe de sobra Cowdell, quien arranca por preguntarle al hermano Daniel si sabe quién es Dios.

—Claro que lo sé. Mire, yo voy a otra iglesia. Pero sé que Dios es el santo tres veces santo. Él que vive en el aposento alto…

Luego de varios “ok”, Cowdell le habla de profetas, uno de los temas neurálgicos del mormonismo. “Como usted sabe, El Señor, Dios, llama a un profeta en cada tiempo para dirigir la tierra”. Y le menciona a algunos en orden cronológico: Noé, Moisés, Juan el Bautista, Jesucristo… José Smith. Y le pasa una fotografía del último profeta, uno que está vivo.

Curioso, el hermano Daniel se lleva la fotografía cerca de sus ojos. Mira a un sonriente señor de unos 70 años, ataviado con una sonrisa bonachona, bien peinado, con saco y corbata oscura. Cowdell y Xoquic explican que él es Thomas Monson. Y que los dos señores que lo flanquean, en la imagen, son dos de sus doce apóstoles. Daniel se queda con los ojos redondos como platos. Y sin aspavientos, pero meditabundo, devuelve la foto.

—Yo no estoy en contra de ustedes. Pero quizá no solo exista la iglesia de este señor. Yo creo que la iglesia de Cristo es la verdadera, la de las Siete Iglesias del Apocalipsis. Recuerde que allá en Macedonia…

Daniel les cita un repertorio de términos cristianos. Parece un conato de debate. Y afables, los mormones se despiden de Daniel. No sin antes orar por sus riñones enfermos y por su pobreza. Luego le entregan un folleto para que hojee.

—Si usted tiene alguna duda de El Libro de Mormón, ore y pregúntele a Dios si esta es la iglesia verdadera. Yo estoy seguro que así es. —asiente Cowdell, y lo invita a visitar la capilla mormona, loma arriba.

“Como no, por allí les voy a llegar un día”, se despide el hermano Daniel.

Con imperturbable expresión mansa, Cowdell y Xoquic aceleran sus pasos, en silencio. El camino se vuelve solitario, flanqueado de monte y basura. Tras dejar a espaldas una terrosa cancha de fútbol, aparece el asfalto de la calle que lleva al penal de Mariona. Del otro lado de la vía, se avistan las murallas y los tejados de una residencial de clase media, con nombre bíblico, Ciudad Corinto. Y les pregunto si ya han ido allí a evangelizar.

—No, no podemos. Allí es privado y no nos dejan entrar. Pero algunos de nuestros hermanos, de los que van a la capilla, viven allí. —responde Xoquic.

Él empieza a buscarse unas monedas en el bolsillo. Cowdell hace lo mismo. Y extrae 20 centavos de una bolsita que lleva atada a su cincho. Parece que tomaremos un bus para conseguir vadear unas seis empinadas cuadras, para acercarnos a la morada de otra familia. Una con la que concertaron cita.

El bus aparece, y lo abordamos. Sus acartonados asientos, y la brisa que se cuela pos sus ventanilla, me saben a gloria. Unos asientos atrás, Cowdell parece contento también. En contraste, Xoquic luce más serio de lo normal, sentado hasta adelante con la mirada atornillada en el horizonte. Quizá esté cansado de esta jornada. Y hago balance.

Poco antes, ambos me aseguraban que todos los misioneros mormones madrugan a las 6:30 para orar. Y deben dormir hasta las 10:30 de la noche.

Durante ese lapso de 16 horas hacen, o deben hacer, muchas cosas. Ejercitar el cuerpo media hora. Y sobre todo, estudiar dos libros: El Libro de Mormón, y el de “Predicad Mi Evangelio”. Leer estas doctrinas fortalece su faena evangelizadora. La que arranca a las 10 de la mañana, y termina entrada la noche, a las 9. Luego de esa hora, regresan a sus piezas. Cenan. Deben escribir en su diario personal. Y deben planear el itinerario del siguiente día.

A secas, esta es la jornada diaria del misionero mormón. A la que se someten —al menos seis días de la semana— Xoquic y Cowdell. Y otros 53,000 jóvenes en algún otro recoveco de este mundo. La pereza no cabe aquí. Y las contadas comodidades que se permiten adquieren formas como esta, la de bus.

—Es difícil ser misionero —se sincera Cowdell, lo dice con una enorme y modesta sonrisa.

“¡En esta parada bajamos!”, nos avisa Xoquic. Y nos apeamos del bus frente a una esquina de tentaciones. Allí donde una señora vende dorados bolillos de pan. Y donde otra echa unas aromáticas pupusas que supuran queso. Pero no es hora de cenar aún. Y mejor callo, horas antes me habían explicado que la mayoría de Elders suelen preparar sus propios alimentos. Y creo que ni vieron esas pupusas de queso. Tampoco leen una manta publicitaria, que cuelga encima de nuestras cabezas, “Seis horas de poder y milagros con Jesús. ¡No faltes! Tabernáculo…”, harina de otro costal. Lo que los tres sí vemos es una tienda. La sed nos une.

Antes de alcanzar la tienda, Xoquic comenta algo que me sorprende. Antes ya había digerido que les sea prohibidísimo beber aunque sea un piquetito de alcohol. O eso de que una vez al mes —los misioneros como él— no deben probar bocado alguno durante 24 horas. Pero Xoquic me habla del café.

—No bebemos café, eso está prohibido para todos los mormones.

Y explica que este tiene sustancias nocivas a nuestra anatomía, y que es justo allí donde mora el Espíritu Santo. Lo que no entendí es por qué si desdeñan al café, aceptan a los cuestionados refrescos de cola. Ni él, ni Cowdell me lo saben explicar. De todas formas, no piden Cola en una tienda de esquina, sino unas humildes bolsas de agua, de 12 centavos cada una. Eso sí, bien frías. Cowdell y Xoquic se las beben en un santiamén. Y depositan la bolsa vacía en un compartimiento de sus mochilas y, a proseguir. No son ni las 6. El proselitismo acaba a las 9 de la noche.

***

La mala yerba crece por doquier. Hay tanta, que apenas y se dibuja ya el lodoso sendero que lleva hacia un barranco moteado de paupérrimas casitas. Enfilamos hacia una de ellas.

En el barrancoso trayecto, Cowdell platica que antes de aterrizar en El Salvador ya imaginaba realidades como esta, distintas a las de un país rico y poderoso como el suyo. Para él, estos dos años de misión no le sabrán a un siglo, eso a pesar de que vivió o estudió en lugares como Inglaterra, Alaska o su Utah. Y le pregunto si no lo critican por todo lo que significa ser mormón, y responde que sí.

—Tengo unos tíos que siempre dicen cosas, críticas… Pero yo estoy convencido de que esta en la iglesia verdadera —confiesa con su modesta sonrisa.

Cowdell y Xoquic detienen sus pasos. Todo parece que se frustró una potencial visita evangélica. La maltrecha casa donde habían sido citados está cerrada. Y los élderes hablan algo entre ellos, no pueden permanecer sin hacer nada. Y eligen tocar la puerta de una covacha de láminas de zinc, una que parece aferrada a la misma ladera. Por su puerta asoma una mujer morena de rostro apesadumbrado. Sin embargo, al ver a los élderes reacciona de modo excepcional a lo que se venía viendo. Sonríe. Se alegra quizá.

—¡Qué bueno que me visiten otra vez! Ay, ya me alegraron, es que he estado un poco enfermita…

La delgadísima mujer —llamada Blanca Guerra— invita a pasar adelante. Adentro huele a humedad encerrada. Sobre el piso de tierra, lo más llamativo son dos camas, un ropero y un guineo. Con parsimonia, Xoquic le pregunta a Blanca Guerra si leyó el folleto proselitista que le obsequió días atrás. Y ella se sincera.

—¡Ay, Dios! No me ha quedado lugar, más que ando con una gran gripe. Y mi hermana que falleció de cáncer hace poco.

Mientras lo dice, logro ubicar sobre una arrinconada mesita unos recibos de luz y dos libros apilados. Es una ennegrecida Biblia cristiana. Y encima, El Libro de Mormón que luce intacto, con el corte de sus páginas aún muy chelito.

—Les prometo que voy a leer esas lecturas. Y el domingo con seguridad llego a la capilla —da signos de conversión Blanca Guerra.

Antes de despedirse, los élderes entonan el himno 42. Uno llamado “Jesús es mi luz”. Luego, Cowdell encabeza una oración al Padre Celestial. En plena letanía, se cuelan unos ruidos venidos de la casa vecina, unos sórdidos regaños de una madre a su hija. Con simultaneidad, aparece Brian, el hijo adolescente de Blanca. Él toma asiento, y luego finge dormirse con una almohada detrás de su cuello.

Cowdell lo saluda. Y lo invita a visitar la capilla mormona. Le dice que hoy jueves, la capilla permanece abierta hasta pasadas las 9 de la noche. Que allí hay otros chicos y una cancha de básquetbol. Brian promete ir, algo que no cumplirá.

***

Ya es de noche. Y estas calles tienen razón de lucir tenebrosas. En este recoveco de Mejicanos hay predios baldíos de sobra y pocos vehículos circulando. En algunas paredes hay grafitos de pandillas. Quizá por eso, Cowdell y Xoquic aligeran aún más el paso hasta llegar a la capilla.

—Si quiere entremos, para que conozca cómo es una —me anuncia Xoquic, poco antes de atravesar sus portones.

La arquitectura de esta capilla carece de algo que la haga distinta. Distinta a las más de 150 capillas que pinchan el mapa de El Salvador. Hay incluso, en poblaciones tan insospechadas y recónditas como Tacuba, en Ahuachapán. O Anamorós, en el oriente.

Vistas desde afuera, parecen unos enormes cajones pintados de blanco, de cuyo techo sale escupida una aguja o pináculo. Alrededor, casi siempre hay un consentido césped. Y una dura cancha de fútbol, una de concreto que algunos detractores consideran un anzuelo para jóvenes pobres. Y justo ahora la cancha es un jolgorio de niños y jóvenes tras una pelota. Un torbellino de ellos se aproxima a saludar a los élderes.

Mientras eso pasa, me adentro en la capilla. Se trata de un edificio de puro estilo gringo. De esos que no escatiman en espacio y comodidades tecnológicas. Mientras camino por un largo pasillo en forma de C, alguien me recuerda que aún visto como misionero.

—¡Hola, elder! —dice una niña que corre por el mismo corredor, jugando.

Luego de la niña, aparece Xoquic. Y me muestra un extraño baptisterio, una especie jacuzzi con un espejo enfrentado. La capilla tiene también un moderno cuarto de cocina. Y un galerón con enormes bancas de iglesia. Se supone que estos edificios están diseñados para tolerar terremotos o algún otro evento apocalíptico. El costo y mantenimiento de un inmueble así debe ser alto.

“La construcción o remodelación de las capillas se hace con el dinero reunido en los diezmos”, me explicó, días antes, Ricardo Arbizú. Él maneja las relaciones publicas de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días local. Arbizú me decía que los mormones se toman muy en serio lo del diezmo. Solo eso explicaría que —en una adinerada zona de San Salvador — estén erigiendo el primer templo mormón del país. Uno que estilan los mormones tendrá en su pináculo los brillos áureos de un ángel llamado Moroni. Dicen que el coste del templo anda entre los 10 y los 15 millones de dólares.

—¡Hermano Carlos, vamos a seguir con la misión! —me avisa Xoquic.

Mientras los élderes se despiden de unos miembros de la iglesia, le echo una mirada larga a un libro que, con sus hojas abiertas, descansa sobre un pupitre de los salones. Es una ilustración a colores de El Libro de Mormón.

En la imagen, aparece Jesucristo. Lleva una refulgente túnica color algodón, y una rubia cabellera, como la del elder Cowdell. Lo que me resulta más curioso es que el Nazareno aparece en una ciudadela maya. En el paisaje hay pirámides como la de Tikal, un cocotero y un anillo de gente color bronce, como Xoquic.

Ya me lo habían explicado antes. Para muchos mormones, Mesoamérica es un escenario sagrado. Según El Libro de Mormón —escrito por Smith— hace milenios, unas tribus hebreas navegaron desde el Medio Oriente hasta lo que hoy es la tierra de Xoquic, Guatemala. Se supone que durante la resurrección de Jesucristo, este se presentó también aquí, en Mesoamérica, porque los mayas eran descendientes de aquellos hebreos. Xoquic me llama, es hora de partir a visitar a una muchacha que pidió eso, que le hablaran del Libro de Mormón. A espaldas queda la capilla, con el bullicio de los niños que juegan en su cancha.

Pese a la oscuridad, noto que recorremos los mismos caminos de horas antes, durante el día. Y también se reitera otra cosa: En la última casa, el de la muchacha con intereses religiosos, salió un señor, y dijo que no estaba. Que mejor en otra vez.

Y ya van a dar las 9 de la noche, la hora límite misional, y Cowdell decide hacer el último intento de compartir su fe. Con su puño al revés pega tres toques a la superficie metálica de un portón pintado de verde. Xoquic fija su mirada en el mismo portón. Parece medir la posibilidad de que se abra, o meditar el sacrificio de jóvenes como él. Y una sombra se mueve detrás del portón.

—¡Buenas noches! ¿Sí?

—¡Hola, hermano! Soy un misionero de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de…

—¡Pasen adelante!

Su imagen fue vendida como folclórica. Era la de una guapa indita envuelta en un refajo y con su cabellera separada en dos trenzas con chongos. Aparecía sentada a la sombra de una ruinosa iglesia colonial. El 18 de abril de 1982 ella se convirtió en la portada del dominical de diario salvadoreño La Prensa Gráfica. Ahora, 28 años después, esta imagen sabe más a enigma que a folclor. ¿Cómo se llamaba esa joven de sonrisa gris? ¿Era del altiplano guatemalteco o era una de las últimas salvadoreñas aferradas a vestir a la usanza de una ancestral bisabuela? ¿En qué lugar fue fotografiada? ¿Era en realidad una indígena?

Una escueta nota de aquel periódico de 1982 explica: “Simpática lugareña de Tacuba vistiendo prendas propias de la región”.

Tacuba es la única pista para dar con ella, casi 30 años después.

***

Tacuba es un pueblo recogido y apartado. Para ascender hasta él, hay que dejar atrás a la cabecera departamental, Ahuachapán. Desde allí, una estrecha carretera —construida hace cinco años— trepa una sucesión de montañas pobladas por cafetales y naranjales. Un iridiscente bus que dice “Tacuba, ruta 264” renquea una cuesta recién mojada por una lluvia matinal, buscando alcanzar el poblado. Sus pasajeros, casi todos de piel morena como la de la muchacha a la que busco, miran a través de las ventanillas el verdoso paisaje, el mismo que a veces se torna un tanto selvático.

Un arco da la bienvenida a este poblado que sorprende por su tamaño, relativamente grande. Sobre sus onduladas calles adoquinadas nadie viste refajos indígenas, lo que hay es un puñado de champas y ruedas que sugieren que el pueblo vive sus festejos patronales.

Si existe algo que intenta desnudar la esencia indígena de este poblado son unos murales pintarrajeados en las fachadas de muchas de sus casas de adobe y cemento: musculosos dioses mayas, rostros de indios Cherokee y chozas pajizas ahora inexistentes.

Mi búsqueda empieza en el sitio más desorientador: el centro de Tacuba, debajo de una enorme veleta de hierro que siempre resulta errática. Sus puntos cardinales no solo están en inglés, sino que están alrevesados. No importa hacia donde vague el viento, en Tacuba el “west” es el “south”. Y el “north” es el “east”.

Cerca de la veleta hay una señora morena y canosa que fríe y vende pedazos de yuca. A ella le muestro la fotografía de la joven a la que busco.

—Esta fotografía es de hace 28 años, es una muchacha de Tacuba. ¿La reconoce? ¿Sabe quién es?

—Déjeme verla bien… ¡No, no la reconozco! Pero ya debe estar sazona esta cipota, segurito está bien cambiada… Déjeme verla otra vez ¡No, no! ¡Aquí, desde hace años solo las ancianas se quedaron usando refajos!

La misma fotografía pasa por las manos de una anciana dueña de una tienda, por las de dos señoras que van a misa y por las de otra señora que atiende un comedor. A pesar de que las mujeres tienen rasgos indígenas —piel morena, cabellos lisos, pómulos salientes— son un tanto despectivas al hablar sobre la imagen del periódico.

—¡No sé quién es ella! ¡Yo nunca he tenido amistades de esa clase!

—¡A saber quién es esa india!

—¡Huy! ¡Gente así, indita, ya solo en el campo hay!

Las mismas mujeres me sugieren visitar la Casa de la Cultura de Tacuba, unas tres cuadras más arriba del parque-veleta. En el trayecto, casi paso desapercibida la enorme iglesia colonial. Se trata de la ruinosa iglesia de la fotografía, destruida en 1773 por un megaterremoto que echó por los suelos a Santiago de Guatemala (Antigua), a Izalco y a Caluco. Varias champas y unos inmensos árboles tratan en mantenerla oculta, pero sus muros, con algunas decoraciones barrocas, resultan más altos.

Justo a un lado de la iglesia, sobre los adoquines, transita, en sentido contrario, la figura flaca y diminuta de un anciano con barbita de chivo, cebadera y una vara que usa como bordón. Una señora se me acerca y me pide no subestimarlo como aquí muchos hacen. Asegura que ese viejito es casi un cacique. Que tengo suerte: más o menos una vez al mes, él baja de la sierra al pueblo. Que a sus 103 años de edad, es el último tacubense que sabe hablar bien el nawat, la antigua lengua indígena. Y que ese anciano hasta colaboró en la elaboración de un libro que recopila la pronunciación del nawat tacubense. Que él debe saber sobre la joven.

Detengo al anciano que lleva sombrero de bombín. Con cierta dificultad, él levanta su mirada. Tiene ojitos negros, pero vivarachos. La requemada piel de su rostro, en cambio, tiene más surcos que la palma de una mano. Las palabras le salen casi silbando de sus pocos dientes. Así, con lucidez, cuenta que se llama Marcelino Galicia y que nació aquí en 1908. Le muestro la fotografía. La toma, se la acerca y aleja de sus ojos.

—La foto es de hace 28 años ¿Sabe quién es?

—¡Kualtsin siguapitsin!

—¿Qué significa eso?

—¡Que bien galán el rollo de la muchacha! ¡Que está bonita pues!

Marcelino se carcajea. Luego se aseria, dice que no la recuerda. Pero insiste en echarle ojo a la foto, “así no andaban vestidas las mujeres aquí. Aquí éramos pobres. ¡Y esta muchacha anda enjoyada como la santa patrona, Santa Magdalena!”. Dicho esto, se desploma sobre una banca del parque y parece reflexionar algo.

—¡Ta difícil que la halle! Aquí el que es indio no quiere ser indio. Desde hace tiempales a estas mujercitas ya no les gustó usar refajo, ya no querían andar caminando pegaditas.

Marcelino dice que la mayoría de tacubenses, aunque no sepan hablar nawat y vistan jeans, siguen siendo indígenas. Porque lo llevan en la sangre. “Pero aquí algunos se avergüenzan de ser indios. ¿Pero por qué me voy a avergonzar de serlo? Si los indios tenían su sabiduría. Lo único que no debiéramos ocultar es la pobreza que hay y lo difícil que resulta aquí la vida”.

Como ejemplo de lo anterior, Marcelino expone su centenaria existencia. Dice que aquí nació pobre, en una de los tantos ranchos pajizos —coronados con una olla en su punta— que componían la vieja fisonomía de Tacuba a inicios del siglo XX. “Hubo un tiempo que me empobrecí, no había mucho trabajo, y tuve que vender el rancho. Ahora vivo de la caridad, y mi casita ahora está en el asiento de aquel cerro, mire.” Y señala una alejada cresta de la sierra de Apaneca.

Luego señala unos cerros más hacia el occidente. Unos que quedan dentro del mapa de Guatemala. Marcelino dice que en 1932 tuvo que huir en esa dirección, hacía los meandros del fronterizo río Paz. Ese año, muchos tacubenses participaron en una revuelta campesina que flameó por todo el occidente cafetalero del país. La misma insurrección que el Gobierno de la época castigó masacrando a más de 30,000 de ellos. Marcelino dice que al regresar supo que muchos tacubenses habían sido ahorcados o fusilados alrededor de una ceiba que existía en el cementerio local. Tras explicar esto, Marcelino dice que ya solo es dolamas, “ya me cansé”, y en lugar de quedarse sentado, agarra su bordón, se despide y comienza a andar sobre los adoquines de Tacuba. Desde lejos dice “¡suerte con la muchacha quianda buscando!”.

Mi búsqueda prosigue hacía la casa de la cultura. Se trata de un viejo caserón de esquina, con varios balcones y una puerta abierta. Adentro, las paredes están llenas de letreros escritos en nawat, como uno que dice “¿Tei pampa tichuca María?, ¿Por qué lloras María?”. Y frente a los carteles hay una docena de tacubenses que reunidos en círculo parecen discutir algo. Ellos se presentan como miembros de una mesa de cultura ancestral, buscan rescatar todo lo que ellos consideran indígena. Dicen que tengo suerte de encontrarlos porque se reúnen una vez por semana. A ellos les pregunto por la joven de la fotografía. Una señora examina la foto. Y sin chistar da razón de ella. Vaya que sí hay suerte.

—¡Es Rina Medina! ¡Ella es mi prima! ¡Qué bonita se ve! Ahora es una profesora.

—¿Y dónde está Rina?

—Está dando clases en un instituto público, aquí más arribita, en el barrio El Calvario.

El instituto, pintado de un patriótico azul y blanco, domina la parte más elevada de Tacuba. Y parece que las clases matutinas han terminado. De un portón azul no dejan de salir escupidos un sinfín de niños y jóvenes. A una maestra de lentes, que vigila el portón, le pregunto por Rina Medina y me pide buscarla en las aulas de tercer grado.

Al final de un laberíntico pasillo aparece una señora morena, chaparrita, de cabello corto, pantalones de vestir y tacones de charol de negro. Talvez sea ella.

—¿Usted es Rina, la joven de esta fotografía?

—¡Qué pena! ¡Deme eso, mis compañeras se van a burlar de mí! –me arrebata la fotografía y la aprieta contra su pecho. Con una tenue sonrisa, Rina mira a los lados para ver si no acecha alguien, luego echa una mirada larga a su fotografía. Dice que pensaba que esta imagen era un asunto olvidado, pero que siempre la persigue, incluso ahora que tiene 46 años de edad.

Mientras toca su brilloso cabello lacio, Rina comenta que además de salir en este periódico, su imagen sirvió para ilustrar un calendario ochentero del almacén La Curacao; y que le han contado que también salió impresa en unas salvadoreñísimas toallas marca Hilasal. Pero, aclara que ella no solía utilizar refajo indígena.

Detalla que fue fotografiada cuando era una estudiante de unos 17 años. Dice que en un mes de julio como este, pero de 1981, la Cruz Roja local organizó las fiestas patronales del pueblo. “Dijeron que iban a venir unos turistas gringos y unos periodistas y nos vistieron con trajes típicos de Tacuba. Yo le presté el corte a una señora que sí vestía así, pero que ya murió. La blusa era de una indígena guatemalteca. Y las joyas también me las prestaron. Estaba maquillada, pero a mí siempre se me ha corrido”.

—¿Pero usted tiene raíces indígenas?

—Quizás…

Rina frunce el ceño, me mira con cierto recelo, y calla. No mencionará que su prima es parte de la mesa de cultura ancestral. Y que sus padres, Cristina y Tomás, con los que todavía vive, podrían jurar que hasta el último de sus ancestros nació en Tacuba. Ellos dicen que las bisabuelas de Rina hablaban nawat, prescindían de usar blusa, pero se ataviaban con refajos como el de la fotografía. También dicen que esas bisabuelas solían preparar banquetes con sabores nativos: chumpipes en alguashte, tacuacines ahumados; o bebían “neshpino”, una especie de atol hecho de maíz tostado con miel o dulce de panela.

Sin embargo, Rina continúa absorta en su fotografía. “¡De caderas no he cambiado!”, dice. Luego muestra su retrato a una colega y a una alumna. Ambas sonríen, elogian su guapeza y parecen admirar que haya sido efímeramente famosa. Con las cosas así, Rina —la maestra de Estudios Sociales de tercer grado— parece un poco más cómoda. Así que le propongo volver a ser fotografiada ante la ruinosa iglesia del pueblo. Ella dice que sí, pero pide que sea rapidito, porque en 45 minutos debe dar las clases del turno vespertino.

Calle abajo, rumbo a la iglesia, Rina cuenta que estudió magisterio en Santa Ana. Que aún no se ha casado, ni tiene hijos. Que Tacuba se ha vuelto un lugar peligroso, que apenas ayer alguien asesinó a balazos a un joven bachiller cerca del parque. Y que desde que la fotografiaron, en 1981, no ha vuelto a poner un pie en las ruinas de templo que también ha cambiado de forma. En junio de 1982, hubo un terremoto —de 7 grados Richter— que despedazó la fachada barroca de la iglesia. Por eso, dice, ya no recuerda en qué lugar exacto fue fotografiada.

Antes de despedirse, Rina se sincera, arruga un poco el rostro, dice que ella percibe que lo indígena no es del todo bien visto aquí. Sus palabras parecen sintetizar el conflicto de identidad que en Tacuba se libra a diario.

***

Hace una semana conocí a Rina, la joven de la fotografía. Ahora regreso a Tacuba para entender qué sucede en este poblado que le reza a un Cristo crucificado de ojos achinados y pómulos salientes. Y donde, en contraste, existen profanos salones de belleza con rótulos donde aparece Angelina Jolie, la voluptuosa y chele actriz estadounidense.

En la casa de la cultura, me espera la prima de Rina, se llama Maura Jiménez. Es robusta y morena. Ella me invita a unirme a la famosa mesa de cultura ancestral. La componen 20 representantes de los más de 20,000 tacubenses. Todos parecen uniformados por el tono de piel, color panela. Algunos han traído suéteres. Afuera cae un fuerte aguacero que ha enfriado el ambiente.

En la reunión, unos comentan que quieren rescatar cinco antiquísimas danzas autóctonas y varias cofradías que datan de la Colonia. Otros prefieren hablar de Marcelino Galicia, el viejito de 103 años. Reiteran que fue él quien aportó un puñado de vocablos en nawat para crear un libro titulado “El náhuat de Tacuba”. Este libro pretende hacer ver que el nawat de Tacuba difiere del izalqueño en su pronunciación. Así por ejemplo, en Izalco, para decir “hasta mañana” dicen “ixgixga musta”. Pero tacubenses como Marcelino lo pronuncian con k, “ixkixka musta”.

Maura, la prima de Rina, sonríe con cierto orgullo. Dice que al menos este libro inmortalizará algo de Marcelino, algo de la cultura local. Y que en pago a él —el último de los últimos nahuahablantes de Tacuba— será inscrito como candidato a ganar el estatal Premio Nacional de Cultura. Ese que este año entregará $5,000 a quien más haya trabajado por el rescate y difusión de la cultura indígena.

Cambio de tema. A todos los de la mesa les pregunto si se consideran indígenas. Todos dicen que sí. Que no pueden negar lo innegable: que son chaparritos y morenos. Con simultaneidad, casi todos inician una especie de catarsis.

—En Tacuba, el que tiene su billete desprecia a la gente naturalita.

—Por años y años los que viven aquí en el centro nos han llamado indios bolos y huevones.

“Dicen que somos esto y lo otro. Pero nadie se pregunta el porqué”, lo dice Roberto Mendoza, uno de los pocos e inquietos jóvenes que integran el grupo. Es delgado, tiene un bigotillo ralo sobre sus labios, y una gorra negra en la cabeza. Roberto cree que muchos de los males que padece Tacuba, como las pandillas y niños desnutridos, “son los resultados de que nuestra cultura haya sido aplastada y marginada desde hace siglos”.

Quizá Roberto tenga razón. A inicios de la conquista española, alrededor de 1540, los indígenas de Tacuba fueron puestos a las órdenes de Juan Rodríguez Cabrillo, un marinero ibérico. Y este eligió la actual costa salvadoreña para construir 13 embarcaciones con las que descubriría después la actual costa occidental de Estados Unidos, la de California. Según historiadores, el fatigoso trabajo de construcción de las embarcaciones corrió a cargo de muchos indígenas —probablemente muchos tacubenses— que terminaron sirviendo en las operaciones de alta mar, alejados para siempre de su Tacuba.

Antes de despedirme de este reflexivo grupo, Maura se acerca junto a su esposo. Casi en secreto, ella me cuenta que su esposo sabe unas cuantas palabritas en nawat.

—Pero, él quiere decírselas en un lugar apartado, porque aquí en la calle le da un poco de pena.

Este nuevo caso de pena cultural me parece aún más paradójico que otros anteriores. El señor es miembro de la famosa mesa de cultura y hace unos segundos escuchó hablar sobre orgullos y prejuicios indígenas. Sin embargo, la pareja parece tener manifiesta intención de que vea y escuche algo indígena, como si fuera la revelación de un secreto. Y me conducen hasta la destartalada vivienda de una viejecita de 98 años. Se llama Santos Medina. Es la tía-abuela de Rina, la cipota de portada dominical.

Santos es delgadísima. Camina descalza y viste con un enorme delantal que apenas y deja entrever su raído refajo azulado. Le pregunto que si sabe algo de nawat. “¡Todo se me ha olvidado ya, tatita!”, responde. Santos solo tiene memoria para el presente. Una y otra vez repite que “anantes estoy viva. Yo he pasado tristezas, tata”. Y explica que hace solo unos meses, y frente a su nariz, alguien asesinó a balazos a una nuera y a tres de sus nietos.

Santos se ha quedado en silencio, con los ojitos negros clavados en el piso de tierra, como meditando las tragedias de Tacuba. Y el esposo de Maura aprovecha para decirme que a él también se le ha olvidado el nawat. Pero hace un esfuerzo, se pone las manos sobre las sienes y me balbucea algo que suena a “tiagua Tacuba”. Él dice que significa ¿Hoy se va de Tacuba? Le asiento con la cabeza. Y recorro por última vez todas las contradicciones antropológicas que se puede hallar uno en las calles de Tacuba.

En la fachada de una casa de adobes, por ejemplo, un muchacho moreno pinta un nuevo mural que la alcaldía paga a $15 cada uno, como anzuelo para turistas. El mural ilustra a un rancho pajizo con un cono volcánico en el horizonte. Le pregunto si él es también el autor de los dioses mayas que salpican otras casas. Se voltea y responde que sí, y que no los copia de ningún libro o fotografía.

—Todo esto es inspiración. Pura creatividad. Como uno tiene raíces indígenas, esto nomás nos brota.

Le hago notar que él tiene ojos poco indígenas, son enormes y de un profundo color verdoso. Y riendo responde que su papá es chalateco, “pero mi mamá es de acá y su sangre ha sido más fuerte. Soy indio”.

Cerca del mural en ejecución vive Lucrecia Saldaña. Ella es otra de esas míticas ancianas que aún viste refajo. No sabe qué edad tiene, porque cree que alrededor de 1932 alguien le prendió fuego a la alcaldía con todo y sus actas de nacimiento. Ella se ha calculado unos 90 años.

Una nuera de Lucrecia se aproxima. Y detalla que ha Lucrecia le han mandado a comprar a Guatemala varios refajos para que sustituya este que le regaló su difunto esposo hace más de 10 años, “pero a ella le gustan los refajos que tienen rayas verticales, no horizontales”, explica la nuera. Y añade que desde hace años, Lucrecia es la que presta sus refajos a otras jóvenes que salen “disfrazadas de indígenas” durante las fiestas patronales, tal como hizo Rina hace 28 años. Mientras la nuera platica, la tierra empieza a temblar como un flan. Lucrecia se levanta de su silla plástica y mira las resquebrajadas paredes de adobe de su casa. Pasado el sismo, la anciana se vuelve a sentar y prosigue inmutada.

—Yo no quiero dejar mi traje, porque así me tenía mi mamá, que fue una mujer sola. Lo único que no aprendí de ella fue su idioma. A saber qué decía, yo no le ponía atención. Me daba pena.

La pena de Lucrecia —para nada novedosa— contrasta con el orgullo indigenista de Alejandro López, a quien aquí llaman Jandito.

Jandito vive cerca de la casa de Lucrecia, pero es dueño de un rostro de piel blanquecina y angulosa. Parece un delgado jesuita español. Con pasión explica que sí, que su tatarabuelo vino de España y que allá por 1827 construyó una de las primeras casas de lámina y tejas del pueblo. Aún así, él jura y perjura que es indio.

—No tengo nada de qué quejarme de esta raza. Ellos me chinearon y me saturé de sus costumbres. ¡Soy un indígena! Esta es mi raza, mi sangre, mi corazón y mi mente. Soy un pipil nawat…

Afuera de la casa de Jandito, un policía se me acerca para anunciarme algo. Y sin chistar cuenta que ha escuchado que acaba de fallecer el cacique putativo de Tacuba: Marcelino Galicia, el último y centenario nahuahablante. El agente dice que apenas ayer, en una patrulla policial, lo trasladaron de emergencia desde la serranía donde vive, hasta un hospital público de Ahuachapán.

Una transeúnte desmiente al policía. Dice que ella vive cerca de Marcelino, y que este no está muerto, sino grave en su jacal. Que está mal de los riñones.

***

Marcelino no mintió. Vive alejado de Tacuba. Para llegar a su casa hay que vadear un precipicio donde anidan muchos pericos, luego hay que caminar por una hacienda privada. Transitar por desolados cafetales y esquivar varios riachuelos sombreados por una vegetación lujuriosa.

Allí, sobre una lomita de talpetate, se levanta su ranchito de bahareque, uno que comparte con un pariente. Me asomo por la puerta abierta de su pieza y cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad logro divisar a Marcelino desparramado, y sin camisa, sobre una silla. Aquejumbrado, apenas y balbucea un buenas tardes en nawat, ¡Yejyek tiutak!

De Marcelino cuelga una bolsa de diálisis que arrastra en el suelo de tierra. Alrededor de él hay un altar con una cruz, jícaras, pashtes, tecomates, una piel de venado enrollada, un saco con maíz y el arqueado catre donde duerme. Lo único que se mueve son dos irreverentes ratoncitos.

Marcelino trata en vano de levantarse de su silla. Luego se me queda viendo, parece que me ha reconocido.

—¡Se dejó venir! Usted estaba buscando a la muchacha guapa… ¿Y la halló?

Le contesto que sí, y que se llama Rina Medina. Y él me pregunta que para qué la buscaba. Le explico que, por el traje que llevaba, quería saber si era en realidad una de las últimas indígenas del país. Y él reflexiona algo: “El traje nuase al indio. Solo cada uno sabe si es indio o no”.

República Dominicana es como un estuche de acuarelas. La vida parece estar clasificada en colores. El turquesa significa playas. El blanco es sinónimo de la arena. El verde, de las palmeras y de sus cocos. Los distintos tonos del amarillo son el ámbar, el ron y el plátano frito. Y el negro es Haití.

***

Recién llegado, al abordar una guagua —que es como aquí llaman a los buses— con rumbo a Santo Domingo, todos los pasajeros lucen bastante uniformados por la piel. Predomina el cutis color caoba, acompañado de cabellos y facciones afro.

—¿Pero cómo puedo diferenciar a un haitiano de un dominicano?
—Por el color de la piel —me responde un pasajero, moreno de ironías—, los haitianos son negros, y son malos.

Luego de la explicación, y tras los vidrios de la guagua, en el malecón, la mayoría de transeúntes me parecen haitianos. Pero eso es poco probable, Santo Domingo —su nombre completo es Santo Domingo de Guzmán— es la capital de República Dominicana, y la urbe empieza a desdoblarse entre pasos a desnivel, tráfico lento y un calor similar al que hay en San Salvador al mediodía.

El área metropolitana de esta ciudad es más grande de lo imaginado. De un total de 9.5 millones de dominicanos, casi 4 millones residen aquí, entre edificios de 40 pisos y volcanes de berenjenas y mamoncillos sobre las aceras. Una carreta lleva plátanos encima y dos burros delante. El contraste está en sintonía con la misma disposición del país, que tiene como vecinos más cercanos al relativo bienestar de la isla estadounidense de Puerto Rico y al país más empobrecido del continente: Haití. Es más íntima la vecindad con Haití, comparten isla, una que Cristóbal Colón bautizó como La Española cuando llegó en 1492. Dominicanos al oriente y haitianos al poniente.

Colón es omnipresente en Santo Domingo. Aparentemente él, el descubridor, vivió y murió aquí, con más penas que glorias. Aún se le puede ver de pie en plena plaza Central, bronceado bajo el sol caribeño. Es de bronce. Con su dedo índice señala la vía peatonal, salpicada por algunos de los primeros edificios que los europeos hicieron en América, y atiborrada de vitrinas con artesanías en madera, de apariencia más bien africana. Allí mismo los dominicanas y las dominicanos guiñan ojos y el turismo adquiere matiz sexual. Los “Oye ven pa’ca” o los “Te voy a llevar al espacio pa’que vea puras estrellita” se repiten con ligeras variantes. Resulta difícil ser indiferente.

El lugar no puede ser más cosmopolita y paradójico. Italianos que comen mangú (puré de plátano). Ingleses intentando inhalar habanos. Alemanes irritados de sol. Clics de cámaras. Clincs de botellas de cerveza Presidente. Gente que compra las gemas de la isla: ámbar o larimar. Pero justo afuera del hollywoodense Hard Rock Café hay un grupo de niños reunidos. Son haitianos. Lustran zapatos por 20 pesos (34 pesos forman un dólar). Pero hay poco trabajo y muchas sandalias. Uno de los carajitos —o niños— se acerca.

—¿Cómo te llamas? ¿De dónde sos?
—Me llamo Ibison. Soy de Mirebalais, en Haití.
—¿Te gusta más aquí?
—¡Coño, más aquí, sí! Pero la única vaina es que no nos quieren acá.

Dicho esto, corre hacia uno de los pocos que calza botas en pleno mediodía.

Joel Torres, un dominicano de 28 años, ve la escena y trata de explicarme. Dice que los haitianos “son un grupo de ratas, siempre violan niñas, matan y roban”. “Pero no digo que todos son así. No. Muchas veces aquí cogen ‘mucha lucha’ (mala intención) contra ellos, los hacen trabajar en construcción y cuando el edificio está terminado, llaman a la Policía para que los deporten y se ahorren pagarles.” Joel cuenta que los haitianos son llamados despectivamente congo, congui o piti. Apodos con reminiscencias africanas. Joel es negro también, pero él se esfuerza por convencerme de que los haitianos son de otro tono: azules, como el metileno.

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La tensa relación racial entre ambos países hunde sus raíces en los tiempos coloniales. Nacieron de espaldas. El historiador dominicano Ricardo Hernández cree que las desavenencias se gestaron a finales del siglo XVIII. Los esclavos negros de Saint Domingue, la zona poniente de La Española, se levantaron contra sus colonizadores, los franceses, y lograron echarlos de la isla. El 1.° de enero de 1804 Haití obtuvo su independencia, algo que en el caso de los dominicanos se pospuso hasta 1821. En 1822, Haití invadió lo que ellos consideraban el “Estado independiente del Haití español”, ocupación que se prolongó hasta 1844, cuando las armas restablecieron la República Dominicana.

Seguirá habiendo episodios de enfrentamientos políticos entre ambos pueblos hasta bien entrado el siglo XX. En 1937, el dictador dominicano Rafael Trujillo ordenó asesinar a —por lo menos— 17,000 haitianos, por considerarlos una invasión “de tribus salvajes”. No le bastó, y Trujillo indemnizó el horror con 30 pesos pagados a Haití por cada muerto. Además, en su afán por blanquear su país y diferenciarlo de sus vecinos, Trujillo incentivó la llegada a la isla familias húngaras, españolas, japonesas y libanesas.

“El presidente Trujillo cultivó un discurso marcado por el racismo. Haití fue convertido en un gran monstruo en el imaginario cultural.” Así interpreta Ricardo Hernández la consolidación del antihaitianismo. Un racismo que antropólogos como Pablo Mella traducen como odio y desprecio hacia el mismo dominicano, quienes niegan alguna conexión sanguínea con África, a pesar de que ello sea más que evidente. El dominicano con rasgos afro se autodefine como indio. Pero para ser indio debe elegir un tono: indio claro, indio lavado, indio canelo o indio oscuro, pero nunca negro.

Es un asunto de color. O colores. En el Santo Domingo contemporáneo basta abrir el principal periódico del país, el Listín, para notar que no toda la piel dominicana es de color oscura. En la sección social saltan apellidos como Kasse, Brugal, Brusíloff, Ziegenhert, Chevalier, Khoury, Sued o Dumit. Nadie indio oscuro ni mulato en las fotografías. Alrededor del barrio de Naco, que no tiene nada de naco, se erizan decenas de torres de apartamentos y centros comerciales que son recorridos por pocos representantes del 80% de la población dominicana. El último censo de 2000 develó que un 69% son mulatos y un 11% descendientes de africanos. El resto, uno de cada cinco dominicanos, sí, son blancos como la yuca.

Muy cerca de Naco, en el lujoso barrio de Mirador Sur, residía hasta hace muy poco un mulato: Sammy Sosa, el beisbolista más exitoso de los muchos que exporta República Dominicana a las Ligas Mayores. Mientras un tractor derriba la mansión piramidal de Sosa —para dar paso a tres nuevos rascacielos—, en el oeste de Santo Domingo (hogar de una mayoría de clase baja) el equipo estadounidense de los Mets inaugura una academia de béisbol de $8 millones para intentar asegurar una nueva generación de sammysosas. Jóvenes beisbolistas que incluyen a haitianos como Ángel Luis Joseph, de 17 años, a quien le ofrecieron desde Estados Unidos en julio un contrato por $350,000 anuales, que no pudo concretarse. Ángel carece de un acta de nacimiento que ratifique que nació en Santo Domingo. Sus padres son inmigrantes indocumentados. Es hijo de haitianos. No tiene nacionalidad.

Nadie sabe cuántos haitianos viven indocumentados en República Dominicana. Nadie. Los dominicanos perciben que se codean con más de 1 millón de ellos. Y ser haitiano pasa a ser cuestión de percepciones y números. Negocio y perjuicio. Hace un par de meses, el Gobierno haitiano reconoció que 147,000 de sus 9.6 millones de habitantes —casi igual número que Dominicana— habían emigrado legalmente a Dominicana, pero no se habló ni de los ilegales, ni de éxodos. Alberto Despradel, ex embajador dominicano en Puerto Príncipe (2000-2004) explica que el tema migratorio, racial y laboral ha sido manipulado por las fuerzas hegemónicas de ambos países. Uno es pobre y el otro tiene necesidad de mano de obra barata.

La mano de obra haitiana ha sido empleada para construir todo tipo de proyectos, como el ambicioso metro de Santo Domingo. Una red de trenes subterráneos de la compañía francesa Alstom que recorrerá 60 kilómetros de la capital y cuyo primer tramo, de 14.5 kilómetros, se inaugurará a finales de este año. Despradel estima que de los 11,000 empleados que ha requerido la obra, 9,000 son haitianos.

El metro consumió cinco años y todo ese tiempo la atención pública ha estado puesta primero en los costos (más de $326 millones su primera etapa) y luego en los haitianos. Tantos haitianos en planilla causó recelo entre los dominicanos. El gerente del metro, Diandino Peña, tuvo que describirles el perfil del obrero haitiano: “No son beligerantes ni se atienden a un horario establecido, no crean problemas de reclamaciones, viven al pie de la obra y encantan por su docilidad”.

Diandino irónicamente trabaja para el presidente Leonel Fernández, cuyo gobierno ha sido tildado de pro haitiano y hasta se ha dicho que él es haitiano. Otros dicen que es antihaitiano. Política. Tal vez hasta podría considerársele pro chino. En abril inauguró el Barrio Chino de Santo Domingo. Fernández invirtió más de $7 millones en arcos-pagoda y estatuas de Confucio. Lo justificaron 15,000 chinos que residen en el país. La mayoría no habla español, pero tiene negocios como jugueterías, electrodomésticos o cadenas de restaurantes donde venden pollo frito con tostones (rodajas de plátano fritas) y choufán (arroz).

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En Santo Domingo se habla mucho del Barrio Chino, pero se habla más de Santiago. La segunda ciudad del país. Cuando hablan de ella, hacen énfasis en que su gente es blanca y que por esa razón las mujeres son mucho más guapas. Rubias. Con una guagua y 250 pesos (unos $7) se puede llegar a ella desde la Santo Domingo. Son 155 kilómetros de autopista, muchas vacas y plantaciones de tabaco. Tras dos horas y media, en dirección norte, aparece Santiago. Edificios de apartamentos, humedad atrapada y varios cerros dominan el Valle del Cibao, un valle industrial con aeropuerto internacional.

Hay un rótulo que dice “Un millón de habitantes”, y luego otro de ron Barceló, que recuerda que esta región destila ron. Ron Matusalén, Brugal, Siboney… Pero de gente blanca, poco. En Santiago, sus calles están llenas de indios oscuros que bailan al ritmo de merengue con solo oír música a lo lejos. El merengue se empezó a mover sobre este valle hace más de 125 años.

Santiago vive cerca y lejos de Haití. Cerca de la tensa frontera norte, la de Dajabón. Y alejada de una convivencia binacional libre de hostilidades y crímenes protagonizados, bajo la óptica dominicana, casi siempre por haitianos. Eso a pesar de que el año pasado se difundió en distintos medios de comunicación que la población carcelaria dominicana era de 14,000 reclusos y solo 475 de ellos eran haitianos. 475. Sin embargo, la región noroeste de Dominicana es famosa por deportar haitianos en grupos de tres cifras y por hacerlo con regularidad, como los estadounidenses hacen con los salvadoreños.

De vez en cuando se lincha a supuestos delincuentes haitianos y hasta se los quema vivos. Mientras eso sucede de este lado, Haití denuncia el tráfico de sus infantes, del otro. Niños de dos a seis años comprados en el área rural haitiana a $4.40 cada uno para ser vendidos en República Dominicana. Según la entidad jesuita “Solidaridad fronteriza”, al menos 1,353 niños fueron comerciados por una organización criminal solo en los primeros cuatro meses de este año. Los infantes terminarían realizando oficios domésticos, corta de caña de azúcar o trabajando en la prostitución.

Los cañaverales del Cibao —que se extienden como enormes crucigramas— han sido llevados al cine internacional. Titulares de los documentales: “Niños de la caña” y “The price of sugar”. La sinopsis es la de la esclavitud moderna. Historias de haitianos —niños y adultos— forzados a trabajar en la zafra, bajo vigilancia armada y discriminados por ser “piel de charol” y vivir en paupérrimas casas de tablones o bateyes.

Sonia Pierre ha visitado veintenas de esos bateyes y ha ganado fama. Fama buena y mala, dependiendo de los ojos con que se vea. Ella es dominicana morena y ha denunciado ante diversos organismos internacionales que en su país existe xenofobia, contra lo afro y contra lo haitiano. En respuesta, el año pasado la Junta Central Electoral puso en duda si Sonia era dominicana. Se dijo que su acta de nacimiento era falsa. Y casi es desterrada, a Haití.

Pero no se trata solo de Sonia Pierre. La Organización de las Naciones Unidas concluyó el año pasado que la sociedad dominicana padecía de “un profundo racismo” y que había que hacer algo. Lo mismo hizo público antes la ONG Amnistía Internacional.

El premio Pulitzer de literatura de este año lo ganó un dominicano llamado Junot Díaz. Vive en Nueva York, y es activista pro haitiano. Se crió en un humilde barrio de Santo Domingo, donde él dice que el odio contra el haitiano es cosa diaria. Junot marchó en agosto por todo Manhattan junto con otros activistas. Sus palabras producen escozor entre la mayoría de sus connacionales. “A veces me da risa oír a un dominicano más prieto que tres haitianos diciendo que esos inmigrantes son malos.” Junot está convencido de que la situación es cruel, abusiva e inhumana, y de que el Estado y las clases dominantes son las responsables.

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Lo afro es malo. Un salón de belleza santiagueño exhibe en su vitrina una enorme fotografía de Beyoncé. La famosa cantante afroamericana, de piel achocolatada y lustrosa. Cabello liso y dorado, es la idealización occidental de la belleza afro. Rashell Méndez, una joven de 19 años, ha llevado ahí sus voluptuosos rizos afro.

—Para todos mis amigos y familia yo tengo pelo malo (colocho).
—¿Y el pelo bueno cuál es?
—El liso es el bueno. Así le decimos acá, pelo bueno. El mío es malo.
—¿Es que todos son blancos en esta ciudad?
—No. Hay blancos, pero solo los que tienen dinero, como los árabes o los de la Vinícola (productores de ron). ¡Ay vida mía! Sé que tengo pelo malo, pero al menos tengo cuerpo bueno.

Rashell baila. El merengue y la bachata son sus amores. Son los dos géneros considerados dominicanos por excelencia, aunque existe una perenne controversia sobre si el merengue comparte un origen haitiano. Lo cierto es que el aporte africano en merengue y bachata pocos lo discuten. Incluso se dice que la palabra merengue viene de “muserengue” o “tamtan mouringue”, que significan baile en Guinea Ecuatorial. En casi todas las ciudades y playas dominicanas deambulan los tríos merengueros o bacheteros. Y muchas veces son tres haitianos quienes ofrecen interpretar una canción por 150 pesos. Uno lleva la tambora; otro, el acordeón; y un tercero agita una güira. La güira es fundamental para el merengue. Es un cilindro de aluminio lleno de agujeros que se raspa con un tenedor y provoca bailar un “perico ripiao” o “bailar pegao”.

Las letras de las canciones pican. “Es que tú cuando comes camarón, te gusta que te jalen por los moños” reza el merengue de Silvio Mora, un éxito local. El sexo musicalizado en conjunción de la cultura afro causó que las clases altas marginaran el merengue hasta hace unos 65 años. La bachata —un ritmo surgido del bolero alrededor de 1940— aún vive algo de eso. Algunos dominicanos la consideran popular, pobre, o un entretenimiento para turistas.

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En Quisqueya (nombre taíno de la isla) existen sitios donde el turismo se funde con la prostitución. Boca Chica, un municipio al oriente de Santo Domingo, es un ejemplo. Es el destino de decenas de menores haitianos. La ciudad vive frente a una playa de ensueño: aguas azul zafiro y arenas finas. De día es evidente que hay muchos italianos. Precios en euros. Vespas y agua importada desde Europa. Pero el turismo no pone su mirada sobre las olas, sino debajo de unas sobrillas de playa, donde varias adolescentes y niñas en bikinis flirtean. Son haitianas. “¿Cómo tú está?” saludan, una tras otra, a medida que uno camina por la playa. Un proxeneta, se acerca: “Dame 60 euros por esa diablita de 16 años”. La diablita es haitiana, se llama Zul, y ha empezado a bailar merengue.

Cuando cae la noche, Boca Chica se transforma en una enorme discoteca. Las bachatas y merengues retumban desde las numerosas casas de citas y bares. Mucho baile y sudor. Solo la brisa y la cerveza refrescan. A media noche, en las penumbras de las calles asoman niños, mujeres y hombres. Venden intimidad. Los dominicanos afirman que gran parte de ellos son haitianos. Esa es otra razón para llamarlos de manera despectiva como ‘cueros’ a las mujeres, y ‘Sangui-pangui’ a los adolescentes que se prostituyen, en especial, para extranjeros. Una patrulla policial recorre la calle, observa la escena, pero continúa su marcha. Todo resulta demasiado cotidiano como para hacer algo al respecto.

República Dominicana seduce al turismo ¿O es al revés? Más de 4 millones de turistas arribaron a este lado de la isla el año pasado. Esa cantidad equivale al número de turistas recibidos ese mismo año en Perú y Costa Rica juntos. $15,000 millones anuales —sin contar la inversión turística extranjera— que representan el principal flotador económico del país. Pero el 52% de los turistas —muchos estadounidenses y españoles— prefiere el extremo oriental de la isla. Playas extensas, coral, conga y hoteles todo incluido. Punta Cana, Bávaro, Altos de Chavón y La Romana es todo eso. Muchos vacacionan ahí, pero los haitianos trabajan, y lo hacen casi en el anonimato.

“Haitiana” para muchos turistas —en Bávaro y Punta Cana— es una pintura al óleo —técnica primitiva— que reproduce el intenso color de Quisqueya. Las pinturas son ejecutadas por haitianos y algunos dominicanos, y cuestan alrededor de $15. Las “haitianas” están aquí y allá, en aceras y calles dominicanas. Debe ser significativo eso. Pero lo que podría pasar inadvertido en Punta Cana es que detrás de sus complejos hoteleros se concentran más de 40,000 haitianos. Ilegales. Trabajan de todo y nada. Y habitan en bateyes en colonias llamadas por los mismos haitianos como hormigones, Pequeña Haití o Matamosquitos.

En República Dominicana lo que no tiene color son las ironías y paradojas, que se diluyen y mezclan en la misma licuadora. Muchos dominicanos, al igual que muchos haitianos, han emigrado. Más de 1 millón de dominicanos han partido rumbo a Puerto Rico, Estados Unidos o a España. Detrás del turismo, las remesas son el principal rubro económico. Los dominicanos que se van al extranjero narran discriminación o éxito, como el de Junot Díaz.

Y las ironías continúan. Rashell, la del pelo malo, sueña con ir a Cancún, para ver “playas celestes”. Me dice que en su país no hay así. En las discotecas “pipirisnais” se prefiere al reguetón, no la melosa bachata. Las mujeres más guapas, las que se envían a los concursos de Miss Universo, deben ser blancas, nunca mulatas o indias oscuras. Y en toda Dominicana, donde lo africano resulta para la mayoría casi indigesto, la gastronomía tiene mucho de África. Se come a diario el guandul (o frijol de Angola), caupí (o frijol blanco africano), ñame (tubérculo popular en el Congo) y se come mucho frito. Se fríen las yucas, las batatas, los plátanos, las berenjenas, los pescaditos, el salchichón y el queso.

En República Dominicana se distinguen muchos matices, incluso los del miedo. Podría resultar más atemorizante que la isla entera se convierta en una sola república a que un huracán se aproxime.

Sin embargo, en las playas de Barahona —más cerca de Haití que de Santo Domingo— no hay grises de huracán en el atardecer. Eso sí, las palmeras y cocoteros se han tornado negros. Un cielo naranja los recorta, como sucede en los óleos haitianos. A espaldas se puede ver la verde y montañosa frontera haitiana. Y se respira paz.

Eleodora, una vendedora dominicana de 40 años, prepara los últimos tostones del día. Más noche se irá de conga y me pregunta.

—Oye, hoy me compré dos pares de sandalias. Unas negras y otras más claras. ¿Qué color tú crees que debería llevar?