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El intérprete

Publicado: 24 septiembre 2011 en Carlos Loret de Mola
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Esa tarde Ayman empezó a morirse. No pudo respirar por cincuenta segundos. Primero se inquietó, intentó jalar aire, pero sentía sus pulmones tapados por los gases lacrimógenos que la policía de Egipto roció sobre él y un millón de activistas reunidos en la Plaza Tahrir de El Cairo para protestar contra la dictadura de Hosni Mubarak.

Cuando se dio cuenta de que no tenía oxígeno —y no iba a tener—, pensó: “Esto es todo”. Rezó la frase “La ilaha illa Allah” (“No hay Dios como Alá”) y, recostado en una banca de la vecina Universidad Americana a donde se metió en busca de refugio esa tarde del 28 de enero de 2011, bajó la guardia ante el destino.

No lloró de miedo porque ya no le quedaban lágrimas. Se las había sacado todas el gas de los minutos previos. Pensó en su hijo de un año y su esposa de treinta y cinco, de quienes se había despedido esa mañana tras desayunar té y queso crema. Aída lo quería acompañar, pero sigue amamantando a Noor.

Programó a su familia en el último pensamiento, pero quiso morir viendo a sus compañeros de lucha. Los tenía allí enfrente: combatían en una batalla desigual —el marcador final de muertos fue 365 a 35, a favor de las fuerzas oficiales—, lanzaban piedras, botellas y alguna bomba molotov contra el personal uniformado que llevaba ropa antibalas, escudos, toletes, potentes chorros de agua, pistolas de descarga eléctrica, balas de goma, tanques de guerra, vehículos blindados, armas letales y de disuasión, granadas de gas y de pólvora y la instrucción de reprimir al costo que fuera.

***

Ayman Fareh estudió Turismo con posgrado de traducción árabe-inglés. Se empleaba como guía de turistas y era activista en sus ratos libres. La última vez que trabajó fue el 23 de enero, cuando llevó a un grupo de australianos a conocer las pirámides de Sakkara, que dan nombre a una de las cervezas claras más populares del norte de África. Fue un muy buen domingo: le pagaron cien dólares por diez horas, en un país donde un urólogo gana doscientos al mes. Ayman se quedó sin empleo cuando la primera manifestación ahuyentó a los visitantes.

Fue el día 25, cuando ocurrió un milagro en la Plaza Tahrir. Para protestar contra el desempleo, la carestía y la falta de libertades, los activistas egipcios habían invitado a un plantón a través de Facebook y Twitter, inspirados por el movimiento juvenil que en Túnez tiró a Ben Ali tras dos décadas en el poder. “Esperábamos que llegaran unas seiscientas personas, ¡pero se juntaron como sesenta mil!”, lo decía Ayman y se le abría la boca de asombro. Los suyos abarrotaron la célebre explanada donde convergen el Museo Nacional de Egipto, la sede de la Liga Árabe, el campus de la Universidad Americana de El Cairo, la oficina de pasaportes, el hotel Ritz a medio construir, el edificio del partido oficial y siete avenidas.

La policía política les dio el “trato Mubarak”: murieron tres opositores. Esta represión los envalentonó, los mantuvo en la calle el miércoles (hubo otros tres muertos), el jueves (un caído) y los hizo llamar a una gran movilización para el viernes 28.

“A ésta no puedo faltar”, se recriminó Ayman acariciándose la barba corta, negra y desigual de su rostro graso enmarcado por lentes discretos, mientras leía un mensaje de texto que un amigo le envió al celular para convocarlo. Le pesaba un poco el remordimiento porque —justificante de enfermedad— se perdió las primeras.

En español Ayman quiere decir “virtuoso”. Y en el mundo árabe, lo virtuoso es aprovechar que el viernes se descansa para dedicar un tiempo al rezo. Por eso, aunque el gobierno ya tenía congelado internet, los opositores apostaron al 28 de enero como fecha de la movilización cumbre: era feriado y para los ciudadanos sería más fácil acudir. Así que ese día, antes de empezar a morirse ahogado, el traductor, devoto, virtuoso al fin, hizo una escala de media hora en la mezquita y se fue a la plaza.

“¡Seremos sesenta mil personas, no lo puedo creer!”. En el camino de la oración a la revolución, apostó que ese viernes habría por lo menos los mismos opositores que el martes. Cuando llegó a Tahrir —Plaza de la Liberación, traducido del árabe—, había un millón. Se prendió. Corrió y coreó. Encaró con descaro. Emocionado, enchinada la piel porque, más que estar protestando, se sentía sublime, puntual a una cita con el bronce, con los libros de texto, con la historia.

Esa tarde fallecieron aproximadamente cien egipcios opositores a la dictadura, la mayoría por disparo de arma de fuego. Mubarak ordenó a sus leales apuntar a la multitud. El Ejército se negó. La policía política lo hizo. Fueron dos posturas que terminarían determinándoles el futuro: el Ejército sobrevivió al golpe de Estado (de hecho, técnicamente fue un golpe realizado por el Ejército, que quedó al frente de Egipto tras la huida del autócrata), mientras la policía política desapareció y su millón y medio de integrantes se diluyó entre los ciudadanos.

Gaseado, pálido su afilado semblante, el guía de turistas de treinta y siete años no podía respirar. Ya no manoteaba. Disipada su desesperación por la asfixia, cerrados los ojos verdes, entregado —tranquilo y orgulloso— a la idea de ser mártir por la democracia en su Egipto, Ayman Fareh no se murió. Un golpe de oxígeno lo hizo toser, pararse, recuperarse y volver a la línea de fuego.

Al día siguiente, en el periódico leería que el gas lacrimógeno esparcido por los agentes estaba vencido, caduco, y por eso, en lugar de sólo inhabilitar al rebelde con el picante en la vista, generó episodios de ahogamiento. Le resultó tan familiar como indignante.

***

Ayman no tenía en agenda ninguna movilización importante en enero. La oposición egipcia —tolerada al mínimo, arrinconada, oficialmente prohibida— se preparaba para un gran movimiento político en septiembre próximo: corrían rumores de que, en ese mes, Hosni Mubarak se alistaba para dejar el cargo… en manos de su hijo Gamal. ¿Que los Mubarak jugaran a la monarquía? Eso sí que no.

La renuncia de Ben Ali en enero, en Túnez, los animó por sorpresa, pero a la postre cuentan que jamás imaginaron que lograrían la caída de su dictador…, jamás…, hasta el 28 de enero de los cien muertos.

Ese saldo rojo impulsó a los medios de comunicación del planeta a mandar reporteros a El Cairo. Antes, ni siquiera la televisora más influyente en el mundo árabe, Al Jazeera, había prestado demasiada atención a la revuelta. Súbitamente, la prensa empezó a volar con dirección a las pirámides.

Cuando un reportero llega a un país extranjero lo primero que necesita es un vehículo y un traductor. Como si se pasaran la voz en la era de la globalización, los trabajadores del sector turístico —taxistas, guías, fixers— suelen, en tiempos de conflicto en sus países, apostarse afuera de los aeropuertos o garitas migratorias para cazar periodistas que requieran de sus servicios, con quienes los comunicadores terminan arreglándose en una especie de tarifa internacional basada en otras experiencias de crisis y la urgencia de salir a reportear. Durante la invasión estadounidense en Afganistán de 2001, en la guerra civil de 2004 o el sismo de 2010 en Haití, en Egipto y Libia de 2011, un vehículo compacto, viejo, con conductor, se renta por cien dólares al día, y el traductor-guía por otros cien, máximo ciento cincuenta.

Vytas Rudavicius era uno de esos traductores. Conoció al enviado especial de Televisa, Leonardo Kourchenko, cuando fue a cubrir la disolución de la Unión Soviética. Lituano, con buen inglés y diecinueve años de edad, resultó ser más inteligente, atrevido y mediático que el fixer promedio. Cuando Kourchenko regresó a sus tareas habituales lanzó una propuesta hacia Lituania y otra a México: “Si tú aprendes español, nosotros te contratamos como corresponsal”, le propuso a Vytas.

Veinte años después, Vytas habla un español culto con un fascinante acento que no quiere perderse una sola erre, que remarca con toda la vibración que la lengua y los dientes son capaces. Leonardo es jefe de todos los corresponsales internacionales de Televisa. Vytas es corresponsal en Londres. Leonardo le cumplió.

A seis horas de vuelo de Gran Bretaña, Vytas estuvo en el primer equipo desplazado para informar desde Egipto cuando el movimiento revolucionario contra Hosni Mubarak se bañó de sangre. El universitario rubio y de ojos claros, que traducía del ruso al castellano cuando se colapsó el mundo soviético a inicios de los años noventa, atestiguaba ahora —nuevo milenio, cuarentón, casado, tres hijos, barba de cuatro días, periodista experimentado, caballeroso, compañero solidario, un tipo encantador— otro colapso: el de los faraones del siglo XXI.

—Yo hablu un puco de espaniol —sonrió Ayman a Rudavicius, el 10 de febrero.

Vytas extendía el micrófono esa noche en Tahrir para recoger voces de desánimo, de irritación, luego del discurso del presidente Mubarak, emitido por la televisora del Estado: se esperaba que anunciara su dimisión, pero sólo adelantó pequeños cambios en su gobierno para que sonaran a concesiones democráticas (nadie pensó que a la mañana siguiente se daría a conocer que el presidente dejaba el poder y se refugiaba en su casa de playa en Sharm el-Sheij).

Un nacido en Lituania, que vive en Inglaterra y trabaja para una cadena de México, hizo un breve examen del idioma de España a un ciudadano de Egipto que terminó guiándolo a Libia y hablándole como en Estados Unidos. El egipcio contó que, de los nueve niveles del Instituto Cervantes, había llegado al segundo. Pero en inglés tenía maestría. Así se entendieron. Vytas apuntó el teléfono por si lo necesitaba más adelante, pues llevaba semana y media en la zona y ya contaba con un guía, pero sabía que pronto vendría otro equipo de México a realizar una serie de programas especiales, y seguramente necesitarían un buen intérprete.

Ayman estaba listo. Deseaba trabajar después de diecinueve días de desempleo revolucionario. Desde el inolvidable 28, el licenciado en Turismo se quedó a vivir dentro de una tienda de campaña en la Plaza Tahrir. Con él, cientos de miles de egipcios. Cada tres días viajaba a su casa de ciento setenta metros cuadrados en los suburbios clasemedieros de El Cairo. Besaba a Aída y Noor, se daba al fin un baño, comía algo y de regreso a la revolución.

***

El día que aterrizamos en Egipto, Vytas acudió al aeropuerto con un siempre sonriente traductor árabe-español que, quizás extasiado tras esperar once horas, porque el vuelo se retrasó, saludó de doble beso en la mejilla al productor José Luis El Choco Valdivieso. “Ya ligaste, cabrón”, se escuchó. No era Ayman. Se llamaba Walid. Lo había contratado la oficina desde México.

Con poco tiempo para reportear todo lo deseado, el equipo pidió a Walid no hacer escala en el hotel, ni siquiera para dejar el equipaje, sino ir directamente a una de las zonas más pobres de El Cairo, con el objetivo de retratar el efecto social del aumento en los precios de los alimentos, detonador del conflicto árabe.

Mientras los camarógrafos Rafael El Piojo Ruiz y Gustavo Sánchez grababan escenas de la vida cotidiana en un barrio marginado, una treintena de simpatizantes del colapsado Mubarak nos rodearon increpándonos que la prensa internacional aceleró la dimisión de su líder. Nos exigieron que dejáramos de grabar, recogiéramos las cosas y nos subiéramos al taxi tipo Tsuru que nos había transportado —encimados, dos reporteros, un productor, dos camarógrafos, el traductor y el chofer del vehículo—. Pero no dejaron que el taxi se moviera. Querían simplemente tenernos ahí contenidos en lo que discutían entre ellos qué hacer con nosotros. Golpearon al conductor, zarandearon y regañaron a Walid, amagaron con desenfundar armas y finalmente acordaron llamar al Ejército, que logró sacarnos de la turba enfurecida para escoltarnos hacia una instalación militar, retenernos ahí, confiscarnos celulares, aislarnos del traductor (quien para entonces había demostrado que su sonrisa no era perenne) y soltarnos tres horas más tarde. Escondidos los dientes, descompuesto el semblante, Walid renunció a ser guía de periodistas.

Mientras todo eso sucedía —once horas de retraso, dos de traslado, una de reporteo, una de conflicto, tres de retención— Ayman esperaba en el hotel Semiram, privilegiada ubicación entre el Nilo y la Plaza Tahrir, donde estaba nuestra reservación. Vytas lo había citado temprano con la oferta de volverse su traductor —con dos, el equipo podría dividirse y abarcar más—. Cuando cayó la noche y Ayman no vio ningún periodista lituano, optó por irse. Casi a medianoche, Vytas hizo la llamada que Ayman estuvo esperando todo el día. Tras la explicación del periplo, quedó contratado como traductor, el único traductor.

A la mañana siguiente, Ayman llegó tarde. Urgía completar el reportaje con entrevistas en la calle, así que sin esperarlo salimos del hotel, caminamos diez minutos en medio de la estrecha vigilancia militar que es sinónimo de “ya volvió la normalidad a El Cairo” y tuvimos que hacer la primera entrevista con señas.

A cuadra y media del sitio donde acamparon los rebeldes durante dieciocho días, Mustafá, un niño de diez años que vende pan árabe en la calle (que es como la tortilla mexicana), explicó que antes, con una libra egipcia (dos pesos mexicanos) a sus clientes les alcanzaba para comprar veinte piezas y ahora sólo se pueden llevar seis.

Las primeras protestas de enero fueron porque aumentó casi al doble el precio del trigo. Se montaron a ellas los jóvenes —que son más de la mitad de la población— con estudios universitarios pero sin trabajo, con acceso a las tecnologías pero sin dinero, con Facebook y Twitter pero sin salario, con vida pero sin esperanza. No “ninis” sino “yanis”, porque ya estudiaron pero no trabajan. La suma de quejas por la carestía y el desempleo se potenció cuando se topó con la represión gubernamental del 28 de enero. A partir de ese día, todo empezó a tratarse de la libertad.

***

“Ese día nos dimos cuenta de que podíamos tirar a Mubarak porque fue una masacre. Una vez que empezó a perder la cabeza tanto, matando gente y ordenando a sus fuerzas de seguridad que mataran, dije: ya cayó. Antes, yo corría cuando me daba cuenta de las bombas de gases lacrimógenos, pero una vez que vi un cadáver, ya no corrí, me empecé a parar y les planté la cara”, explica junto a su gato esponjado, una bandeja de té de dos sabores y una foto en la pared que a todos llamó la atención, Nawarra Negm, bloguera de treinta y siete años que, por su buena oratoria en inglés, terminó involuntariamente de vocera de la oposición, entrevistada en las más importantes cadenas mundiales de noticias, icono en la pantalla de la Revolución 2.0, como la han llamado los expertos.

Ayman se sacó la espina de su retardo. Esa misma noche guió a su tropa mexicana hasta un terreno baldío que sirve de estacionamiento. Tomó el celular, hizo una llamada, habló en árabe y al colgar informó: “Aquí es. Nos está esperando”. Nervioso, ansioso, contento por su logro.

Nawarra es una figura en Egipto. Vive en el corazón de El Cairo, en un edificio que parece que se está cayendo. En el elevador, que llega hasta su departamento en el piso doce, no caben más de tres personas, se sube más rápido por las escaleras. Ella abre la puerta y ofrece té, en la tradición de la hospitalidad musulmana: ¿verde o rojo? De sonido ambiente, la tele prendida en la que Al Jazeera informa de la brutalidad de Muamar el Gadafi contra su pueblo en Libia. La laptop chueca en el asiento del sillón revela que acaba de abandonar los muslos de su dueña.

—¿Era tu pariente o sólo eres su fan? —le pregunto cauto al ver colgada en la pared, junto a las fotos familiares —que son cursis en Oriente y Occidente—, una imagen sonriente de Hassan Nasrallah, líder del movimiento político y paramilitar Hezbollah.

—Sólo su fan —responde, hasta con cierto reto en la mirada, la bloguera de Tahrir, rostro robusto y terso, de gestos firmes, que es lo único de piel que asoma bajo su velo islámico rojiblanco apenas estampado, su falda de mezclilla azul a los tobillos y su blusa roja de manga larga abotonada por completo.

Tenía ocho años cuando la policía secreta de Mubarak irrumpió a las cuatro de la madrugada en su casa y entró a su recámara, una añeja tradición familiar: “A mis padres por lo general los arrestaba Sadat [antecesor de Mubarak], ¡el hombre de paz! —suelta irónicamente—. Arrestaba a todo mundo”.

Ayman traga saliva. Mira asombrado, emotivo, orgulloso, por momentos hiperactivo, fija siempre su atención en cada palabra de la protagonista. Sabía de Nawarra, la había visto en la tele, leído en la web, pero jamás se la topó entre el millón de personas que acamparon en la Plaza de la Liberación, incluso días después de haber depuesto al dictador. Él había conseguido la cita, y cuando tocó la puerta del modesto departamento —tripié al hombro para ayudar con la carga pesada de un set de televisión portátil— casi temblaba. Saludó en árabe, encendidos los ojos verde oscuro, y minutos enteros se siguió en esa lengua de la que sus empleadores sólo alcanzábamos a identificar un “Tahrir” por aquí, un “Mubarak” por allá, un “Gadafi” por acullá.

“¿Podemos empezar la entrevista, Ayman?”, hubo que interrumpirlo con sentido del humor, al verlo poseído por su interlocutora. Servicial, caballeroso, reaccionó rápido, apenado, tratando de reparar el mínimo descuido. Él no era sólo fan del retrato sino de quien lo había colgado en la pared.

Ayman tenía veintiséis años cuando la policía de Mubarak entró a su casa, a las dos de la madrugada, y se lo llevó tres días. No le gustó al régimen que perteneciera a una fundación que recaudaba de los ricos y repartía a los pobres: “Me pegaron en la cara y en el cuerpo, me interrogaron, me dieron choques eléctricos. No podías preguntarles: ‘¿Por qué estoy aquí?’, ésa no era una pregunta válida; ellos, en cambio, me preguntaron qué hacía, quién trabajaba conmigo, sus nombres, qué estaba leyendo. Yo les dije que mi trabajo lo hacía a la luz pública, dando recibos y con autorización oficial, pero ése no era el problema: el problema es que no les gustaba que la gente te quisiera, que pensara que eras mejor que el gobierno”.

Cuenta y se pone serio, duro, agraviado, contestatario, con la dosis de ira justa para no ser descortés. A veces no hay que escarbar en la memoria. Es el caso. Su padre contactó a un viejo amigo militar que intercedió por la vida del entonces estudiante. “Al soltarme, me advirtieron que dejara de hacer trabajo social. Pero esa experiencia sólo me hizo volverme más activo”.

Sí. Más activo. Porque lo era desde antes. Asiduo participante en cuanta manifestación se convocara en sus tiempos universitarios: “Protestábamos por la carestía, por los bajos salarios, por las guerras de Irak y Afganistán, por los presos políticos, por libertad de expresión, porque Israel atacara Palestina, porque subían las colegiaturas”.

Fue entonces que empezó a leer de la Hermandad Musulmana, la organización política opositora más fuerte de Egipto, a la que Hosni Mubarak prohibió convertirse en partido, pero a la que toleraba que, con otras siglas, llevara a sus dirigentes al Congreso.

Me apresuré a terminar la entrevista porque soy alérgico a los gatos y el exhuberante minino anaranjado de la opositora web tenía mi mirada en granate y mi nariz fluyendo como el Nilo. Desde luego, Ayman no pudo resistir la tentación: “¿Puedo sacarme una foto contigo, Nawarra?”. Todos posamos. “La voy a colgar en la sala de mi casa”, remató en adelanto.

***

—No saben cuántas veces pasé por esta calle sin atreverme siquiera a voltear hacia este edificio.

Camarógrafos, productor, reportero, en silencio. Ayman habla arrepentido, nostálgico, confesando, mirada perdida, triste, hacia una estructura descuidada que hace décadas pintaron de amarillo. Ni un solo letrero que indicara que ahí operaba la oposición.

Sus conexiones habían concertado entrar a las oficinas centrales de la Hermandad Musulmana. Ocupan dos departamentos, en el primero y segundo pisos. La puerta es suntuosa, de madera tallada como en las mezquitas, pero el resto es, más que austero, pobre: pisos sin pulir, cortinas sucias y recogidas por sus roturas, escritorios descarapelados, archiveros pandeados, casi sin sillas ni mesas, un sofá viejo frente a una tele que le es contemporánea.

Dos semanas antes, pasar por la calle sede de la Hermandad Musulmana era un desafío al dictador. Tenía espías en derredor. Voltear siquiera hacia el edificio era tomado como declaratoria de complicidad que podía significar al atrevido un castigo similar al que sufrieron, en distintos momentos del gobierno treintañero, todos los integrantes del buró político de esta institución opositora: la cárcel.

Ayman subió las escaleras con la cadencia de quien entra a un lugar sagrado. Dos niveles. Cuando le permitieron el paso oficina adentro, se quedó con pasmo, se tomó un par de segundos para reponerse de la impresión que le abrió los párpados como en automático, giró medio cuerpo y me explicó en secreto con cara de alerta: “Éstos son tres de los más altos directivos”.

Sentados en el sillón viejo, tazas de té caliente sostenidas en la palma de la mano, tres hombres —cincuentas uno, sesentas otro, setentas el de la barba más blanca— se regocijaban viendo la repetición de un programa de entrevistas nocturno en el que, finalmente, en la televisora del Estado hablaban bien de ellos.

Entraron tres más, se acomodaron como pudieron en el sofá y una silla endeble, y luego de permitir que se les grabara departiendo, el designado como vocero dijo a su asistente: que les sirvan té. Y a nosotros: en un momento bajo a la entrevista.

Ayman había confesado su simpatía por la Hermandad, aunque no le gustaba que consideraran que una mujer no pudiera ser presidenta de Egipto. “Dicen que porque si se embaraza no estaría en posición de enfrentar una crisis nacional, una amenaza de guerra, por los constantes cambios de ánimo que conlleva la gestación, pero yo no estoy de acuerdo en eso”, puntualizó en el camino, ayudando a preparar las preguntas.

El guía, desde que nació en Giza, cerca de las pirámides, en la zona metropolitana de El Cairo, está acostumbrado a decir lo que piensa. Eso lo distinguió de su familia, más bien callada y sumisa. Su madre recuerda que cuando regresaba de nadar en el canal o de jugar futbol con sus amigos de la infancia en el barrio marginado de Bashur, era capaz de oponerse hasta del orden instruido para hacer la tarea, bañarse y cenar. Y ni cómo reclamarle: fue siempre primer lugar en el salón y se sigue sabiendo de memoria la mitad de los ciento catorce capítulos del Corán. Así que será seguidor de la Hermandad Musulmana, pero recetarles corchetes en el diagrama ideológico parece hasta natural en él.

En la entrevista, el doctor Esam el-Erian, jefe del Comité Político y vocero del movimiento, aclaró retando: “Si el pueblo la escoge no estamos en desacuerdo, pero mire usted a Estados Unidos: es democrático, pero ninguna mujer se puede presentar como candidata aun ahora; cuando Hillary Clinton quiso ser la candidata, no pudo”. Ayman descansa.

—No lo hubiéramos logrado sin la Hermandad Musulmana —explicaba minutos antes el traductor. Tahrir era un desastre hasta que llegaron ellos, armaron cercos de seguridad, instalaron una oficina de prensa, juntaron a los abogados para defender a los detenidos, coordinaron que se cocinara y repartiera comida. Estos cuates son muy organizados, y desde atrás, sin restar protagonismo a los jóvenes de la revuelta, dieron forma a la revolución.

Así han labrado su prestigio entre los ciudadanos del norte de África y Medio Oriente: recaudando fondos de los petroleros millonarios del mundo islámico, invirtiéndolos transparentemente en obras sociales y rechazando la violencia como método de lucha política, al grado de ganarse la enemistad de la red terrorista Al Qaeda y particularmente del número dos de Osama bin Laden, Ayman al-Zawahirí, egipcio que solía pertenecer a la Hermandad Musulmana.

El-Erian recuerda eso. Lo enfatiza —”No nos confundan con Al Qaeda. Al Qaeda nos odia”— porque Occidente ha erguido miradas de sospecha hacia su organización por temor a que convierta Egipto en un país dominado por una cúpula religiosa, como Irán, con tendencias extremistas. “Queremos un Estado laico. Estamos listos para competir y ganar democráticamente el poder…, y para perderlo”, contesta a pregunta expresa. Anuncia que formará un partido político, que por ahora no buscará la presidencia sino una bancada en el Congreso, explica que debe reformarse la constitución y celebrarse a la brevedad elecciones libres. Lo tiene tan claro que parece haber ensayado por décadas para cuando llegara este momento.

Ayman, con cara del que ya planeó la travesura pero quiere que pase inadvertida, nos pide un momento. En lo que el equipo desinstala luces, cables y micrófonos, sube a zancadas las estrechas escaleras sin luz, en la ruta va sacando de la apretada bolsa del pantalón caqui su cámara y llega a pedir una foto con cada uno de los directivos de la Hermandad Musulmana. Porta la expresión del niño que llega al Reino Mágico y se topa al fin, en persona, con Mickey Mouse.

LAS LETRAS QUE CON SANGRE ENTRAN

Cuando tenía siete años, Ayman no sintonizaba las caricaturas de Disney. Menos en octubre. Para conmemorar la histórica victoria egipcia sobre Israel, en octubre de 1973, ese mes la pantalla de la televisión oficial, la única, se llenaba de películas que engrandecían el espíritu nacional.

Una escena se le quedó marcada: el Ejército de Egipto logra entrar a la península del Sinaí, a pesar del ataque de Israel. De uno de los tanques de guerra desciende un soldado para escribir en la pared defendida un rezo: Allah Akbar (“Dios es grande”), pero se le termina la tinta roja en Allah. El uniformado se corta la piel y con su sangre termina de pintar la frase.

La cuenta como si la hubiera visto ayer, como si se la hubieran escrito en rojo con sangre propia. Sintonizaba los filmes nacionalistas cada octubre con su familia, que en realidad estaba formada por dos hermanos, dos hermanas y su mamá. Su padre trabajaba en Libia —lo hizo durante ocho años— y sólo los visitaba una vez al año durante más o menos cuatro semanas.

Por eso, cuando le dije: “Hay que ir a Libia a cubrir la guerra civil”, se exaltó, buscó, giró, marcó su celular, enlistó todo lo que se necesitaba pero, sobre todo, se supo la ruta de memoria: de El Cairo a Salloum, que es la frontera egipcia, son como diez horas de carretera; cruzar puede ser un tedio debido al Ejército de Egipto, y ya del otro lado son como seis horas hasta Bengasi, el bastión de la oposición, donde la prensa extranjera es bienvenida, a diferencia de los territorios Gadafi donde se anunció que se daría a los reporteros trato de terroristas.

A la distancia, creo que Ayman me hizo trampa, porque inexplicablemente retrasó una noche el viaje a Libia, con los pretextos de que no había garantías, que no conseguía vehículo para el traslado, que no quedaba clara la ruta, que si el toque de queda…, días después me enteré de que el guía no tenía a la mano su pasaporte, se lo había dejado a un primo, el primo no contestaba el teléfono, y sin pasaporte no podía salir de su país: un revolucionario de ese ímpetu, con Tahrir suministrándole adrenalina en la memoria, no se perdonaría perderse la incursión a lo que Pérez-Reverte denominó “territorio comanche”.

***

Dejar territorio egipcio es una monserga burocrática a contrapelo. En efecto, los militares obstaculizan lo que pueden —curiosamente, a la caída del dictador Mubarak, el Ejército impuso un estado castrense al que la oposición se acomodó rápido— y ante todo intentan que la garita Libia-Egipto no reviente de la cantidad de aspirantes a refugiados de guerra.

En contraste, del lado libio, dos combatientes con chalecos fosforescentes, como de trabajador de limpia nocturno, Kaláshnikov al hombro, sonríen, dan la bienvenida a los corresponsales extranjeros y hasta organizan que aborden vehículos privados, dólares de por medio, que los lleven hasta las ciudades conquistadas por los libertarios.

Tobruk es la primera población relevante, a dos horas de la frontera. En el camino no hay casi vehículos, las carreteras están vacías y el silencio del desierto, las dunas desoladas y las frecuentes tormentas de arena acentúan el miedo. Las poblaciones aparecen cada treinta, cuarenta kilómetros. No se ve a nadie en sus calles. No hay trabajos, no hay escuela, casi no hay comercios. Lo que hay es guerra. Guerra civil.

En cambio, en el centro de Tobruk, la plaza hierve en oposición a Muamar el Gadafi. Visten bien, la mayoría tiene celular en una ciudad que hasta luce un hotel de diseñador, como arrebatado de Nueva York. Libia no es pobre: su flota vehicular es moderna, sus carreteras amplias y bien mantenidas, su tipo de cambio es casi uno a uno con el dólar, su ingreso per cápita triplica al de México y no producen más petróleo porque no necesitan el dinero. Pero no tienen libertad. Ninguna. Y por eso estalló.

Ayman está de vuelta en plaza llena, como en los tiempos de Tahrir. Vytas enciende el micrófono, El Piojo la cámara, y se ponen a entrevistar al público reunido para exigir la caída del excéntrico que los ha sometido cuatro décadas. Cuando Vytas voltea en busca de su traductor para que aterrice en inglés los gritos en árabe, éste se ha ido. ¡Ayman, Ayman!

Ayman está de regreso en la revolución y se ha agenciado una audiencia a quien platica cómo le hicieron en El Cairo, cómo durmieron en Tahrir, cómo sufrieron la represión y cómo vencieron. Su pensamiento va más rápido que sus palabras, y sus ojos más rápido que todo. Gesticula, anima, abraza, aconseja, ¡pero no traduce! Los libios lo escuchan como al hermano grande que ya pasó por éstas. ¡Ayman, Ayman, please help us here!

—Sorry, sorry —alcanza a responder agobiado, sobrepasado por el momento, y regresa a su labor decodificadora del lenguaje.

Los rebeldes anti-Gadafi se desprenden de teléfonos móviles, tarjetas de memoria, almacenadores USB, comparten por Bluetooth archivos con las imágenes de balaceras, muertos, descuartizados, fotos y videos de la guerra que los medios de comunicación no han podido reflejar porque el dictador cerró las fronteras, canceló internet, interrumpió comunicaciones, secó los visados y prohibió la emisión de señales de satélite.

En Libia, los ciudadanos ven una cámara y se lanzan sobre ella. Le quieren contar lo que llevan cuarenta y dos años guardándose. Cambiados al bando de los manifestantes, soldados de civil y armados improvisan un cerco de seguridad en torno a los periodistas para que la desesperación del pueblo por aprovechar el nacimiento de su libertad de expresión no los tumbe y puedan mantener una mínima distancia que permita a la lente captar algo que no sean manos y caras estrelladas contra la pantalla.

***

Las antenas de transmisión no están en Libia. Están en Egipto. El temor a la rapiña de guerra, los bombardeos y la inestabilidad las mantiene ahí. Es más fácil que un reportero se suba a su coche y salga huyendo a que se desmonten quinientos kilos de electrónica, se carguen en un vehículo pesado y entonces se busque la ruta de salida.

Así que hay que abandonar el oasis de información rebelde para regresar a la frontera y transmitir lo que se haya conseguido tan pronto como se pueda. Pero los libios no quieren: como si estuvieran adiestrados para conocer y satisfacer las necesidades del reportero, tan pronto detectan a uno lo llevan a los edificios manchados por el humo de los incendios, las estructuras bombardeadas, las paredes agujereadas por la artillería, los sótanos de las cárceles que aún huelen a tortura, y exhiben papeles confiscados y les faltan horas aire para denunciar. Pero de nada sirve reportear una nota si no se publica: adiós Tobruk, aunque cueste. Al día siguiente vendrán Al Birdia, Bengasi, Al Baida, lo que se deje en esa costa del Mediterráneo que seguro es un paraíso… en otro momento.

En la noche, un tequila para el miedo; y en el día, el desierto helado y tormentoso que no deja ver más de dos metros a un coche que avanza a 140 km/hr. La prisa, el riesgo, migración y aduana, la carretera en medio de la nada, se volvieron rutina de unos días.

—¿Me quedo hasta que caiga Gadafi? —pregunté.

—No. Regresa ya. El viaje era de una semana y quién sabe hasta cuándo vaya a caer ese güey —responde el jefe, al otro lado del mundo.

Es viernes por la mañana en Libia, 25 de febrero de 2011. Ayman está convencido de que, tras revelarse que bombardeó a su gente, Gadafi caerá hoy. En viernes huyó Ben Ali de Túnez, en viernes renunció Mubarak en Egipto, en viernes se tiene que ir Gadafi, explica el intérprete. Y recuerda aquel viernes en que salió de su casa tras desayunar queso crema y una taza de té, tras besar a Noor y Aída, sin pensar que besaría también la muerte por asfixia, acamparía dos semanas en la plaza, tumbaría un dictador, conocería a un periodista lituano que le presentaría a su colega mexicano y estaría de nuevo en suelo rebelde rezando —en viernes como rezan los musulmanes— por la caída de otro asesino.

***

A la mañana siguiente, siete en punto, el equipaje está cargado en la combi para volver a El Cairo, y de ahí a México. Ayman se acerca: “Carlos, yo sé que mi labor es llevarte hasta el aeropuerto y ver que salgas con bien de mi país, pero quiero pedirte algo: déjame quedarme en Libia, quiero seguir luchando”.

Se quedó allá. Se metió a Tobruk de nuevo, llegó hasta Bengasi y la última vez que hablé con él, ya por teléfono desde el Distrito Federal, me dijo que intentarían entrar a Trípoli y conquistar la capital para derrocar al dictador. “Y ya sabes, aquí te espero cuando caiga Gadafi”.

Recuerdo que le pregunté si no le daba miedo morirse. Se me quedó viendo. Serio como quien explora las respuestas en otra frontera de guerra, la del alma con el corazón:

“No estoy luchando por luchar, sólo estoy haciendo algo que debo hacer. Yo creo, como musulmán, que mis segundos, minutos y horas están predeterminados. El momento en que moriré está predeterminado. Todos morimos en el momento en que Dios lo haya diseñado. Nadie morirá un minuto después ni un minuto antes. Nosotros creemos que la vida no se termina con esto, sino que la vida inicia después de esto. Extraño a mi hijo, lo amo muchísimo: a él, a mi familia, mi papá, mi mamá. Pero el día más feliz de mi vida no fue cuando nació mi hijo, sino cuando cayó Mubarak, porque entonces sabía que mi hijo iba a crecer feliz, con libertad. Sólo estoy haciendo lo que debo hacer. Y si me muero, me gustaría que Dios estuviera satisfecho conmigo.”

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