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Argelia, 1980. Visita oficial del presidente de Nicaragua, comandante Daniel Ortega. A Ortega lo acompañan funcionarios del Gobierno, asesores presidenciales, periodistas del diario oficialista, Barricada, y un personaje incómodo para el protocolo oficial: una mujer delgada, de cabellera negra ondulada que cae sobre sus hombros, labios finos en una boca ancha, cejas depiladas y ojos con altas pestañas. Camina unos pasos atrás del Comandante, el hombre de verde olivo que dirige la revolución sandinista. Ella, Rosario Murillo, nunca va a su lado. No le habla directamente en público, aunque en la lista figura como su asistente personal. Se somete mansamente a la rigidez del protocolo hasta que llega el momento de acomodar a la comitiva. Los funcionarios argelinos disponen habitaciones, ordenan a los botones que trasladen equipajes. Ella pide que sus maletas vayan a la suite del Comandante. Los funcionarios argelinos se resisten educadamente, intentan explicar a madame que su equipaje no puede estar en esa habitación. Ella insiste. Le espeta a uno de los encargados del protocolo argelino: Je suis la femme du commandant!

Esta escena la recuerda una tarde de finales del pasado enero una de las personas que estuvo en aquella comitiva. Asegura que en los viajes oficiales Rosario Murillo siempre generaba un problema de protocolo, porque ella no viajaba como la esposa de Ortega, como lo sería una primera dama en toda la regla, y además temía del Comandante, un hombre que debía demostrar una postura de duro, un militar a cargo del gobierno y la defensa de un país atacado por Estados Unidos, que viajaba por el mundo para pedir respaldo a la revolución sandinista. Pero la verdad era que Murillo era su mujer, a quien se acercó en Costa Rica a finales de los años setenta, cuando Ortega salió de la cárcel tras siete años de encierro por el régimen somocista, y con quien convivía en una unión libre, sin las ataduras convencionales del matrimonio católico. Ella lo había visitado en la cárcel y se había quedado prendada de aquel hombre marcado por el encierro. Desde que lo vio –cuentan viejas amistades de Murillo–, la mujer decidió que se convertiría en imprescindible para él. Hizo una especie de pacto con él. Pero los años pasaron y Murillo, quien estuvo encarcelada brevemente por su colaboración con los guerrilleros sandinistas que anhelaban derrotar al dictador Somoza, se exilió en Costa Rica. Allá trabajó en un teatro, la Sala Garbo, y vivía con sus hijos y con el que en ese entonces era su compañero sentimental. Había olvidado de momento la lucha sandinista y sus planes eran mudarse a París a estudiar Cine. Pero Ortega llegó a su vida, lo que marcó su futuro y el de un país entero. Se convirtió en la mujer del Comandante.

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Managua. Mediados de febrero de 2016. La tarde se retira poco a poco. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse y la avenida Bolívar, arteria importante de esta capital destruida hace más de cuarenta años por un terremoto –que la convirtió en un laberinto de barriadas, repartos, y baldíos habitados por okupas– se enciende como si fuera una calle de Las Vegas. Inmensas estructuras de metal, con decenas de bujías adheridas, iluminan la calle. Son conocidas como los “Árboles de la Vida”, una arbolada metálica costosa que nace en las costas del lago y llega hasta una gran rotonda donde un gigantesco rostro amarillo del fallecido presidente Hugo Chávez saluda a los capitalinos. La avenida se llena de gente, autos, carretones desvencijados jalados por caballos famélicos. Grandes altares fueron levantados por las instituciones del Estado en honor a la Virgen María y los arreglos de esos altares mezclan devoción católica con las aspiraciones del presidente Ortega de construir un canal interoceánico en Nicaragua, uno que compita con el de Panamá. Pequeñas réplicas del sueño faraónico adornan los altares, bendecidos por las estatuas de la Virgen. Y sobre este paisaje, aparece ella, la mujer del Comandante, en gigantescos rótulos que proclaman una Nicaragua, “bendecida, prosperada y en victorias”.

La Rosario Murillo de ahora no es aquella mujer que tenía que tragarse las rigideces del protocolo oficial allá donde Ortega viajaba. Murillo manda con férreo puño en un Estado donde nada se mueve sin su visto bueno. Ha acumulado un poder casi total y es autoritaria. Es la mujer del Comandante, primera dama, esposa casada por la Iglesia católica, pero también primera ministra de facto del gobierno de Nicaragua. Ortega la ha nombrado canciller en funciones en sus viajes oficiales y sus hijos son asesores presidenciales. La pareja tiene ocho hijos: Carlos Enrique, Daniel Edmundo, Juan Carlos, Camila, Luciana, Maurice, Rafael y Laureano. En la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) celebrada en enero de 2015 en Costa Rica, Camila y Luciana fueron acreditadas como asesoras presidenciales, Rafael viajó con rango de ministro de Gobierno y Rosario Murillo, como canciller. Laureano es asesor presidencial para inversiones y es el hombre encargado de la relación con el empresario chino Wang Jing, a quien Ortega le entregó la concesión de cien años para la construcción del canal interoceánico en el país. La familia gobierna Nicaragua. Quienes la conocen gustan comparar a Murillo con Elena Ceaușescu, la esposa del líder rumano Nicolae Ceaușescu, con quien compartía el poder y funcionaba, de hecho, como primera ministra de la nación comunista. Elena cultivaba un culto a la personalidad gracias al control de la propaganda y los medios de comunicación del Estado. La familia Ortega controla al menos cuatro canales de televisión en Nicaragua, comprados con fondos de la cooperación petrolera venezolana, que desde 2007 el presidente Ortega administra de forma discrecional y que han sumado alrededor de tres mil 500 millones de dólares. En esos canales de televisión aparece todos los días, tras la comida, la primera dama para dirigirse al país, como lo hizo el 12 de febrero, para invitar a los nicaragüenses –según la transcripción oficial de su discurso– “a celebrar, junt@s, como gran familia nicaragüense, el Día del Cariño, el Día del Amor y la Amistad. Y empezamos a celebrar hoy… ¿Cómo? Uniéndonos tod@s en nuestras comunidades para luchar contra el mosquito, que significa también luchar contra el dengue, el chikungunya y el zika”. En sus alocuciones diarias Murillo lee partes meteorológicas, informes sísmicos y vulcanológicos y da alertas sanitarias, mientras menciona a la Virgen y al santoral. A través de esas presentaciones da órdenes a ministros, regaña a los funcionarios que no cumplen con sus proyecciones o presenta planes de gobierno. El presidente Ortega rara vez aparece en escena. Es Murillo la cara, voz y mando del Ejecutivo.

Juan Carlos Ortega, hijo de Murillo, es el director del Canal 8, comprado en 2009 por un monto superior a los diez millones de dólares con fondos de la cooperación de Venezuela, según investigaciones de la prensa nicaragüense. Maurice y Carlos Enrique, otros hijos de la pareja, controlan directamente el Canal 4 y el Canal 9, también propiedad de la familia. Además, Murillo maneja el Canal 6, la cadena pública del Estado.

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Nicaragua. 1998. El país ha dejado atrás la guerra de los ochenta y por primera vez conoce la democracia. Se ha formado un Estado que cumple con firmeza las órdenes del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y los acreedores internacionales de la ingente deuda externa. Hay un gran descontento social por la pérdida de las ya de por sí exiguas ayudas sociales que daba el gobierno sandinista, derrotado en 1990 –en unas elecciones supervigiladas– por una mujer, Violeta Chamorro, cuya principal credencial hasta aquel momento era haber sido la esposa de Pedro Joaquín Chamorro, mártir nicaragüense, asesinado por el somocismo en 1978. En el poder está ahora Arnoldo Alemán, sucesor de Chamorro, un personaje volcánico, popular en las zonas rurales, entre el campesinado, campechano y de voz rotunda. Este será un año trágico para Nicaragua, porque en octubre el huracán Mitch golpearía con furia al país y causaría más de tres mil muertos. Pero meses antes, en mayo, ocurrió un hecho que cambió para siempre la política nicaragüense. Un verdadero terremoto político. El 31 de mayo Zoilamérica Narváez, hija de Murillo, acusó públicamente a su padrastro, el líder de la oposición Daniel Ortega, por violación, por abusar de ella desde que era una niña. “Daniel Ortega Saavedra me violó en el año de 1982. No recuerdo con exactitud el día, pero sí los hechos. Fue en mi cuarto, tirada en la alfombra por él mismo, donde no solamente me manoseó sino que con agresividad y bruscos movimientos me dañó, sentí mucho dolor y un frío intenso. Lloré y sentí nauseas. Todo aquel acto fue forzado, yo no lo deseé nunca, no fue de mi agrado ni consentimiento, eso lo juro por mi abuelita a quien tengo presente. Mi voluntad ya había sido vencida por él. El eyaculó sobre mi cuerpo para no correr riesgos de embarazos, y así continuó haciéndolo durante repetidas veces; mi boca, mis piernas y pechos fueron las zonas donde más acostumbró echar su semen, pese a mi asco y repugnancia. Él ensució mi cuerpo, lo utilizó a como quiso sin importarle lo que yo sintiera o pensara. Lo más importante fue su placer, de mi dolor hizo caso omiso”, se lee en el testimonio escrito por Narváez.

La joven intentaría enjuiciar al Comandante, pero gracias a un pacto político entre Ortega y Alemán (un acuerdo con el que ambos se repartían los poderes en Nicaragua), una jueza sobreseyó el caso, argumentando que los hechos habían prescrito. La verdadera salvación de Ortega, sin embargo, fue su mujer, Rosario Murillo, quien se puso contra su hija y defendió a su compañero públicamente. “Es el momento clave de Rosario Murillo. Descalifica, desmiente y sacrifica a su hija, la declara loca, y así rinde un servicio a Ortega y se hace imprescindible para Daniel”, explica Sofía Montenegro. Una posición similar mantiene Dora María Téllez, mítica comandante de la revolución. “Con la denuncia por violación de Zoilamérica, Rosario interviene respaldando a Ortega, lo que le da un enorme poder frente a Daniel, además de una gran cuenta por cobrar. Es una factura carísima para Ortega”, asegura Téllez. Comienza entonces una nueva etapa en la política de Nicaragua. Ortega ya se había hecho con el poder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), un partido que había entrado en crisis tras la derrota de 1990, con un sector que pedía la democratización de ese órgano político, que se convirtiera en un partido moderno, de una izquierda socialdemócrata, y otro más autoritario, que apelaba a mantener la violencia callejera como forma de presión frente al nuevo régimen. Zoilamérica salió a vivir a una especie de exilio en Costa Rica. Las principales figuras intelectuales del sandinismo dejaron el partido, el exvicepresidente y escritor Sergio Ramírez fundó otro, el Movimiento Renovador Sandinista. Ortega y su círculo más cercano quedaron al frente del FSLN y en la campaña presidencial de 2000, un nuevo Ortega apareció públicamente. Ya no era el “gallo ennavajado”, el comandante fuerte de los ochenta y principios de los noventa, sino un político renovado, vestido de blanco, que hablaba de paz, amor y reconciliación. Murillo se convirtió en su jefa de campaña, y montó un nuevo discurso que mezclaba lo místico, lo revolucionario y lo religioso, con la New Age. En 2005 logra una alianza con el cardenal Miguel Obando y Bravo, férreo oponente de Ortega en los ochenta, pero venido a menos en la iglesia tras su destitución, por parte de un moribundo Juan Pablo II, como jefe de la Arquidiócesis de Managua. El 3 de septiembre de ese año Obando casó por la iglesia a Ortega y Murillo quien, tras décadas de unión libre, pasó a ser oficialmente y bajo bendición católica la mujer del Comandante. Un año después, el Frente Sandinista hizo un guiño a los sectores más conservadores del país al aprobar una reforma al Código Penal en la que se penalizaba el aborto terapéutico, una opción vigente durante más de un siglo en Nicaragua y que se practicaba a aquellas mujeres cuya vida estuviera en riesgo por el embarazo. Esa decisión hizo que Ortega y su mujer se convirtieran en centro de críticas del fuerte movimiento feminista de Nicaragua, que los denunció –y denuncia– a nivel internacional. De hecho, Murillo nunca ha simpatizado con ese movimiento y ha perseguido y atacado a las feministas de Nicaragua. En un artículo titulado “La conexión feminista”, escribió: “El feminismo quiso ser una proposición de Justicia. La distorsión del feminismo, la manipulación de sus banderas, la deformación de sus contenidos, la disposición de sus postulados para la Causa del Mal en el mundo, es, indiscutiblemente, un acto de traición, alevoso y cruel, de los verdaderos intereses, personales y colectivos de las mujeres, que son sustituidos por mezquinas ambiciones, y perversas intenciones políticas…”.

Karen Kampwirth es profesora de Ciencias Políticas de Knox College, en Estados Unidos. Es estudiosa del movimiento feminista en Nicaragua y ha escrito artículos sobre este. La entrevisté por teléfono a finales de enero, para entender la relación de Murillo con las feministas de Nicaragua. Kampwirth me dijo que la mujer del Comandante “ha sido una mujer con demasiado poder, que nunca ha sentido la desigualdad que sentían las mujeres dentro de la revolución, por lo que es lógico que nunca haya sentido la necesidad del feminismo”. El feminismo, dice Kampwirth, “es el enemigo de Daniel Ortega y Rosario Murillo por miles de razones: por lo que sintieron como una falta de lealtad a la revolución al pedir las mujeres autonomía, por el caso de Zoilamérica Narváez y porque, junto a los medios de comunicación, han denunciado varios problemas políticos con respecto a la democracia”. “El movimiento feminista –agregó– es beligerante, autónomo, y es lógico que Ortega y Murillo le tengan miedo”. La alianza con la Iglesia católica, para esta catedrática, fue una estrategia política que, de paso, ayudó a atacar al feminismo. “No era cuestión de buscar el apoyo de la Iglesia, sino garantizar el fin de los problemas que les causaba la iglesia. En 2006 el FSLN no ganó más votos por esta estrategia de alianza, sino que no perdió votos”, dijo Kampwirth.

En las credenciales de Rosario Murillo nunca ha estado la religiosidad. Rosario Murillo nació en Managua el 22 de junio de 1951. Es hija de Zoilamérica Zambrana Sandino, sobrinanieta de Augusto Sandino –el héroe nacional de Nicaragua–, y Teódulo Murillo, un hombre conservador originario de Chontales, zona ganadera del centro del país. Tuvo tres hermanas. Cuando era adolescente Murillo fue enviada por sus padres –acomodados productores de algodón– a estudiar a Suiza. Quienes la conocen dicen que eran estudios básicos de etiqueta, de modales burgueses, para preparar a las jovencitas para el matrimonio.

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Durante el terremoto de 1972 que destruyó la capital, Murillo perdió a un hijo. Hay varias versiones de este episodio: una de ellas cuenta que la joven se encontraba de fiesta en aquel fatídico diciembre –como buena parte de la ciudad– y había dejado solo al pequeño en la casa, al cuidado de una nana. Cuando el terremoto arrasó Managua, el pequeño quedó atrapado en los escombros de la que era la casa de Murillo. Aquel episodio la traumó, por lo que tuvo que ser tratada sicológicamente. Violeta Barrios recuerda en su autobiografía aquel episodio. A inicios de los años setenta Murillo formó parte de un movimiento artístico conocido como Grupo Gradas, un conjunto de artistas que recitaban poemas en las escalinatas de iglesias, universidades y edificios públicos. “Era gente con pasiones claramente antisomocistas y algunos simpatizaban con el FSLN”, dice Dora María Téllez. Tras el triunfo de la revolución, Murillo se convirtió en directora de la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura, una poderosa organización que aglutinaba a poetas, pintores, escritores y actores del país. De aquella época, recuerda la escritora Gioconda Belli: “La elegimos directora de la asociación y por su vinculación al poder logró un terreno para instalar la organización. Montó una estructura y tenía medios a su disposición para deslumbrar a los artistas, pero con los que se dio de cabeza fue con los escritores. La mayoría éramos cuadros del Frente Sandinista y cuestionábamos muchas de las cosas que hacía. Entonces comenzó a aislar a los escritores, porque es una persona que no tolera la crítica. Sí, tiene una gran capacidad de trabajo, pero es vertical”. La cultura era el ámbito de Murillo, que no tenía nada que ver con la política. Incapaz de someter a los escritores, comenzó una campaña contra Ernesto Cardenal, entonces ministro de Cultura, hasta socavar su autoridad y quitar funciones al ministerio. “Hicimos una protesta que fue aplastada apelando a la disciplina militante”, recuerda Belli. Para Murillo el agravio de los escritores fue imperdonable. Ella se ve a sí misma como una poeta (ha publicado una decena de títulos, entre los que se encuentran Gualtayán, Sube a nacer conmigo, Amar es combatir, En las espléndidas ciudades, Las esperanzas misteriosas, algunos de ellos disponibles en Amazon), pero su trabajo literario nunca fue reconocido en un país que ha dado a la literatura latinoamericana varios nombres de peso, desde Rubén Darío, pasando por Carlos Martínez Rivas, Ernesto Cardenal o la propia Belli. Desde el regreso de Ortega al poder en 2007, Murillo desencadenó una persecución contra Cardenal, a quien la justicia nicaragüense congeló sus cuentas bancarias. El poeta, nonagenario, ha denunciado los desmanes y arbitrariedades de la pareja allá donde viaja.

La Loma de Tiscapa, en el centro de Managua, es el verdadero símbolo del poder en este país. En esa loma tenía el primer Somoza su casa y desde ahí gobernaba con mano dura. Era ahí donde el régimen tenía las celdas de tortura y también fue la sede de pactos y amarres políticos que durante décadas comprometieron el futuro de Nicaragua. Cerca de ahí, también, los marines estadounidenses vigilaban lo que durante años fue un protectorado más de Washington. Tras el triunfo de la revolución y más tarde bajo el gobierno de Violeta Chamorro, la loma se convirtió en un monumento histórico. Las celdas de tortura fueron selladas a cal y canto, pero todavía hay rastros de la vieja mansión de Somoza, hay un tanque oxidado que Mussolini regaló al dictador tropical y piezas que recuerdan a la dictadura. Fue erigida allí una enorme silueta de Sandino, que vigila desde la loma a la ciudad. Pero desde diciembre de 2013 un nuevo símbolo se ha impuesto en la loma. Rosario Murillo, la mujer del Comandante, ha mandado instalar sus árboles amarillos de metal, las aparatosas estructuras que según investigaciones de los medios independientes de Nicaragua cuestan 20 mil dólares cada una. Murillo instaló uno de esos árboles, gigantesco, a la par de la figura de Sandino, como una muestra indiscutible del nuevo poder que se alza en el país. “Los ‘Árboles de la Vida’ son un símbolo talismán. Rosario Murillo tiene un miedo del tamaño de su poder, y quiere conjurar la posible pérdida de ese poder con un talismán. Son un emblema de protección para conjurar los males que pueden acechar al poder. Por eso llena la ciudad con esos árboles, rodea la Loma de Tiscapa con los árboles, porque esa loma ha sido siempre el símbolo de poder en Nicaragua. Para mí es algo patológico, es una enfermedad. La podríamos llamar ‘el síndrome de los Árboles de la Vida’”, dice la exguerrillera sandinista Dora María Téllez. A finales de 2015, a la par de la proliferación de esas estructuras, los nicaragüenses veían la instalación de rótulos en los que Murillo aparece sola, o en posición destacada junto a su marido. En julio del año pasado, la mujer del Comandante empapeló la ciudad con volantes con su rostro y ordenó instalar una gigantesca foto suya en Masaya, ciudad localizada a 30 kilómetros de Managua, donde se celebraría un acto oficial por el aniversario de la revolución sandinista. Estas acciones, para analistas consultados en Managua, son una muestra de las aspiraciones de Murillo, infatigable súper ministra del Gobierno. La mujer del Comandante, dicen, quiere ser presidenta. “Rosario tiene cualidades positivas: es muy trabajadora. Pero también es una obsesiva-compulsiva, cuando se le mete algo en la cabeza tiene las facilidades, el poder y la motivación necesarias para cumplirlas. Pero ella vive en el mundo que ella cree y no en la realidad. Es mesiánica y absolutista, no tiene un grano democrático en su pensamiento político”, dice la escritora Gioconda Belli. “Ella es más inteligente que Ortega. Ella debería ser la candidata presidencial”, asegura, entre risas, la poeta Belli.

Nicaragua organizará elecciones presidenciales en noviembre y desde ya los rumores políticos en Managua hablan de presiones a lo interno del partido para que Ortega nombre a Murillo como candidata a vicepresidenta, que le dé su bendición. El presidente ya había reformado en 2011 la Constitución para perpetuarse en el poder. (La Constitución del país prohibía la reelección continua y cuando un nicaragüense ya hubiera ocupado el cargo en dos ocasiones, que es el caso de Ortega). La opción de que Rosario sustituya a Daniel Ortega (de cuya supuestamente precaria salud no se habla oficialmente en Managua por tratarse de un secreto de Estado), también es barajada. Jueces de la Corte Suprema, controlada por Ortega, han dicho que ella no tendría impedimento legal para correr.

Sin embargo, según Dora María Téllez, es difícil que esto ocurra. “Ortega solamente muerto va a salir de la jefatura del Frente Sandinista”, asegura Téllez. “A Murillo le han dado todo el poder, pero la sucesión es una llave que todavía tiene Ortega”. Pero si la opción es institucionalizar la sucesión familiar, Murillo, la mujer del Comandante, está en la línea de sucesión directa como heredera.

Nunca me habían recibido con un lanzagranadas. Roberto, un corpulento moreno con la cabeza rapada como militar, se asomó al portal de su casa con el tubo verde olivo, no muy largo, que sostenía en su hombro derecho, apuntándolo hacia mí, mientras yo temblaba en medio de la calle, garabateando con dificultad en la libreta la palabra “mortero” para disimular el miedo.

Con semejante recibimiento inició mi visita al reparto Shick, el barrio de clase baja del distrito cinco de Managua, una gris capital cada día consumida por la pobreza y la delincuencia. El barrio ocupa un lugar privilegiado en las crónicas rojas de los periódicos, donde con mucha frecuencia se coloca la foto de algún muerto.

—No tengás miedo, chele –dijo El Flaco, que se acerca a mi lado e intenta convencerme que su amigo no disparará el lanzagranadas.

Roberto y El Flaco forman parte de Los Cancheros, una pandilla del reparto Schick que se llama así en honor a la cancha de baloncesto cercana al sector donde viven.

Roberto escondió el lanzagranadas de nuevo en su casa –pequeña, de tablas que hace tiempo pidieron ser jubiladas– y se dirigió hacia el otro lado de la calle, donde El Flaco me decía que no tuviera miedo.

—Es para defendernos si nos atacan –dijo Roberto.

Pero el mortero no sirve, y me di cuenta por el comentario de mi fotógrafo que aquella escena ha sido igual a la de niños jugando a la guerra con pistolas de agua: el arma ya está usada, dice el fotógrafo, es una vieja arma de guerra.

—¿Si los ataca quién? –pregunté.

—Los Cholos –respondió El Flaco.

Los Cholos son la pandilla rival de Los Cancheros, que viven separados apenas por unas calles. El Flaco cuenta que pelean una guerra a partir de la muerte de uno de Los Cholos.

El Flaco tiene 26 años, es delgado como vara de cohete pero de contextura firme, lleva un pañuelo en la cabeza y habla con las manos. Parece un cantante de rap.

Viene entonces el cuento. Dice que José, el hijo de Irene Fuentes, murió asesinado casi frente a su casa. El muerto era de Los Cancheros y había participado supuestamente en el asesinato de un miembro de la pandilla rival, un joven al que llamaban Miguelito.

Miguelito murió en febrero de 2008 cuando regresaba, borracho, de una fiesta.

*

Irene Fuentes no le creyó a su hijo cuando se le apareció en la puerta de la casa con las manos apretando el estómago.

—Mama, me pegaron –dijo el muchacho.

—Dejá de jugar, chavalo –le respondió Irene, creyendo que su hijo menor le hacía una broma. Hasta que José se desmayó frente a ella.

Irene dejó escapar un alarido de dolor.

—¡Ay, mijo!

Eran las 7:30 de la noche del 25 de agosto. Unos minutos antes, José jugaba a la pelota con un vecino del reparto Schick, el barrio donde vivía con su madre y hermana. Los dos muchachos, aburridos de darle al balón, decidieron parar. Querían tomar agua. Saciaron la sed. Cuando el compañero de juegos de José entró a guardar los vasos, escuchó un disparo.

El mismo disparo que oyó Irene, a una cuadra de distancia, encerrada en la pequeña sala. Sintió un estremecimiento, pero no salió a ver qué pasaba. El hijo de Irene, de 16 años, murió de un disparo hecho casi a quemarropa. En el barrio dicen que fue una pasada de cuentas.

La casa de Irene es una construcción de tablas viejas pintadas de celeste, láminas de zinc por techo y piso de cemento. Es una sola habitación dividida en el interior por mamparas de madera que forman los dos únicos cuartos, en los que duermen Irene, su madre, su hija y sus nietos. Está ubicada en el Sector Dos del reparto Schick, el barrio construido como proyecto habitacional durante el Gobierno del presidente René Schick, un político leonés que gobernó el país entre 1963 y 1966, quien donó las tierras donde se afincan los personajes de esta historia.

Una hilera de casas se reparte un enorme territorio hasta formar el barrio, uno de los 45 del Distrito Cinco, el segundo más grande de Managua.

Según las estadísticas de la Policía Nacional, quien entre ahí debería tener miedo. Las cifras dicen que es uno de los barrios más peligrosos de una ciudad que sin embargo en el exterior sigue manteniendo la imagen de ser una de las más seguras de Centroamérica. Esos datos muestran que en 2008 en el Distrito Cinco se registraron 10,995 delitos. Los más graves: 31 muertes violentas y 55 violaciones. La violencia germina en los barrios más pobres, abonada por la pobreza y el desempleo.

La casa de Irene está sobre una calle muy transitada. Desde la puerta entran los sonidos de cláxones, el chirrido de las llantas, las maldiciones de los buseros. Montados en sus viejos buses amarillos desechados de las escuelas de Estados Unidos, los choferes lanzan un “apártense, cabrones” a los muchachos que se cruzan en el camino siguiendo sus balones.

Desde su casa, la melancólica Irene escucha la alegría de los gritos y calla. Es una mujer morena, recia. A la cabellera negra la invaden las canas. Habla con cierto deje cantado, un poco rápido y a veces se le va la voz. De todos modos poco habla ahora. No se escucha el silbido con que termina sus frases. Piensa.

“Tenemos miedo. Los vecinos en las noches han visto a hombres encapuchados que pasan armados. Nadie sabe quiénes son. La gente ya no aguanta. Hay vecinos que están vendiendo sus casas”.

—¿Y usted vendería la suya?

—No tenemos donde ir. Pero vivimos con miedo. No podemos dormir tranquilas durante las noches.

Silencio. Irene vuelve su mirada hacia la calle. El fantasma del hijo se aparece en la mirada. Aquel día, recuerda, cuatro hombres salieron de la nada y le dispararon al muchacho. Apenas tuvo tiempo de correr hasta su casa. Se desmayó. Murió desangrado minutos después en una sala del Hospital Manolo Morales, ubicado a ocho minutos del reparto.

—¿Su hijo era pandillero?

Ella está quieta, las manos juntas sobre el regazo.

—No –se interrumpe– Mi hijo no era pandillero.

*

El Flaco supo del asesinato del hijo de Irene como todos en el barrio. El Flaco vive a dos cuadras de la cancha que le da el nombre a su pandilla. Aquí operan, como dice la Policía.

La cancha es un cuadro de baloncesto hecho de cemento y rodeado de mallas, con bancas alrededor donde se sientan los muchachos por las tardes a ver jugar, a piropear muchachas o conversar. Nada para alarmarse. Un peligro que nadie advierte.

La cancha es una isla rodeada de casas viejas y otras cerradas con barrotes de hierro. La gente vive encarcelada.

Era un día caluroso. El primer día que llegué al reparto fui directo a la cancha. Iba acompañado por una amiga que me presentó a Mauricio, uno de los Cancheros que dice dejar el grupo. Mauricio sería el contacto para moverse entre esa montaña de violencia descrita en los medios de comunicación.

Historias de crímenes, asesinatos, violaciones y la moneda corriente: ser pobre y tener miedo. Ni los taxistas quieren entrar. El horario impuesto para salir del turno es usado muchas veces de excusa para no entrar al barrio. Uno que me conducía una noche calurosa hasta mi casa, me dijo que él ni loco se metía allí y soltó su argumento irrefutable: “Me dejan sin el carro”.

A simple vista el reparto no parece tan violento. En las calles polvosas, los niños que juegan al fútbol sueñan con ser como Messi. Los novios agarrados de las manos se dan besos apasionados. Las amas de casas compran verduras en las pulperías y los hombres toman el fresco bajo la sombra de los árboles, porque este calor de Managua la hace parecer un pequeño infierno, un horno de más de 32 grados centígrados.

Mauricio hizo lo suyo. Me presentó a El Flaco, el rapero que además lucía tatuajes en hombros y abdomen (luna y sol, ying y yang) y la voz ronca como si fuese 50 Cent.

Estamos encerrados en la casa de El Chato, un miembro de la pandilla que ha estado dos veces preso en la cárcel La Modelo, la prisión más grande del país donde muchos de estos muchachos se encuentran por múltiples causas, una de ellas: el asesinato.

La casa parece un gran cajón de madera, un sauna. No hay ventanas, sólo una puerta de hierro resguardada por dos miembros de la pandilla que asoman la cabeza cada vez que pasa una moto por la calle encharcada.

Con el lanza morteros guardado, los muchachos explican que compran armas como compran tomates. Lo hacen para defenderse de sus rivales que llegan a su zona de repente, montados en moto y disparan sin importar a quién le dan.

Afuera, los centinelas vigilan.

—¿Y cómo hacen para conseguir las armas?

Y viene ahí la explicación: O roban para comprarlas o se las roban a los vigilantes que ya de viejos no pueden con el ímpetu de la juventud.

¿Cómo quiere su arma? La rueda de muchachos dice que hay de varios tipos, incluso caseras. Algunas se alquilan. Así que hay que imaginar a un grupo, armando, ajustando el arma hechiza, antes que estos muchachos la saquen en la penumbra de este cuarto asfixiante.

El Flaco la toma con cuidado, como un niño tomaría su juguete más valioso. En el barrio las armas se usan para martar gente como José, el hijo de Irene Fuentes, o “el cholo” Miguelito.

*

La madrugada que mataron a Miguelito, en febrero de 2008, la Policía golpeó a la puerta de Irene Fuentes. Gritaban, exigían que abriera. Los oficiales preguntaron por su hijo, José, que dormía a pierna suelta a su lado.

A la captura repentina siguieron las patadas, golpes en el estómago y empujones. José era sospechoso de la muerte de Miguelito, y esa madrugada fue a parar la estación de policía acompañando a un grupo de sospechosos.

—¿Por qué lo involucraron en la muerte de Miguelito?

Irene levanta la vista. Mira a los ojos.

—Es que no sé, porque mi hijo no estaba en pandillas –repite.

*

Las pandillas siembran el temor en los barrios más pobres de la ciudad, pero este fenómeno es distinto al resto de Centroamérica. Las pandillas aquí son pequeños grupos de vecinos, amigos, que se forman al rededor de su cuadra, de la cancha más cercana, que se protegen, que roban para sobrevivir, que consumen drogas y se enfrentan a grupos rivales.

De ahí, el tipo de nombres con los que se identifican: Los Cancheros, los de la Rampla, Los Cuarteros, Los Comemuertos, Los Mataperros…

José Soza es un sociólogo de la Universidad Centroamericana en Managua que ha estudiado durante años el fenómeno de las pandillas, compartiendo con grupos juveniles de los barrios más pobres de la ciudad.

Soza explica que el desarrollo de las pandillas en el país se ha visto frenado por tres factores. “Nicaragua guarda vestigios de una estructura de los ochenta que respondía a controles barriales, que servían de cohesión, que permitió que los pandilleros encontraran un bloque en esos controles.” La Policía, agrega, ha desarrollado un papel de cercanía al barrio, sin políticas de mano dura, sino con proyectos de trabajos comunitarios, deportivos. Y la presencia de las iglesias, principalmente evangélicas, es un espacio que vincula a los chavalos de los barrios a un cambio de vida.

—Pero recientemente hay más muertos, más violencia.

(Datos oficiales: en Nicaragua ocurre un robo cada 21 minutos, se registran once delitos sexuales a diario y en 2007 se produjeron 1,675 muertes violentas. Entre enero y agosto pasados, se registraron 816 muertes de este tipo.)

Soza dice que se debe a la intensificación del narcotráfico en Centroamérica. “Las pandillas y sus manifestaciones culturales han desaparecido para dar paso a grupos delincuenciales, más relacionados con el narcotráfico. Yo ya no hablaría de pandillas”, dice Soza.

Este sociólogo dice que tiene miedo. El temor de que grupos organizados hagan uso de los barrios de la ciudad en busca de refugio y que se conviertan en zonas controladas. “Así pasó en Honduras”, dice. Por el momento, afirma, Managua sigue siendo una ciudad segura. Pero sólo por el momento.

Mirlen Méndez es la comisionada encargada de la Estación Cinco de la Policía Nacional en Managua. Ella defiende ese trabajo con los jóvenes de los barrios que menciona Soza. Méndez dice que la Policía hace lo que pueda para sacar a los chavalos de las pandillas y mantenerlos ocupados, utilizar las energías que tienen de sobra en algo más que asaltar a los desprevenidos.

El trabajo de Mirlen Méndez no es fácil. A su cargo está la seguridad de 45 barrios, donde viven unas 200 mil personas. A su estación llegan todos los días denuncias de robos, pleitos de vecinos, violencia familiar. Y Méndez trata de arreglar todo. Trata. Porque, admite, no es fácil quedar bien con todo mundo.

Pero esta tarde parece que no hay mucho trabajo. En las bancas de cemento de la Estación, un edificio pequeño y relativamente nuevo, un grupo de policías platica con cara de pereza, esperando que termine su turno. La comisionada Mirlen, como la llaman en la estación, dice que la Policía se esfuerza por reducir la violencia, pero se lo impiden los números rojos de un país en el que el 79 por ciento de la población vive con dos dólares al día.

Los jóvenes, explica Méndez, tienen la protección de sus familiares, y cuando algún chavalo es apresado con relación a algún asalto o por peleas, familiares y vecinos llegan a la Policía a exigir que lo liberen.

“Las familias viven del robo, porque no tienen trabajo. Y si detenés al hijo, vienen diez, quince familiares y vecinos a pedir que lo saquemos, porque todos hacen la misma actividad y se protegen entre ellos”, dice la comisionada.

*

No debe ser fácil vivir con miedo. Tener que aguantar el horror a que una bala salga de la nada y acabe con todo. La mayoría de vecinos quieren hablar, pero el coro es el mismo: Pese a las riñas, pese a las muertes, no vaya a poner nuestros nombres. No quieren ser uno más.

Detrás de la cancha del reparto Schick hay una iglesia protestante. Allí están Wilfredo y Silvia, que disponen las sillas de plástico del templo para el culto que iniciará en una hora. Lo hacen con parsimonia, cuidando que las sillas queden en perfecto orden, una detrás de otra, de cara al altar.

Wilfrido y Silvia acceden a platicar. Acomodan tres sillas en una esquina del templo y responden las preguntas en voz baja, como si tuvieran miedo a que alguien más los escuche.

—El problema se está volviendo desesperante, más caótico –dice Wilfredo.

—Uno no pude salir confiado a la calle porque están en las esquinas. Ellos caminan con armas hechizas, con cuchillos y a nuestra vista saltan y hacen sus cosas –agrega Silvia.

Wilfrido afirma moviendo la cabeza. Baja más la voz, tanto que cuesta escucharlo.

—En el sector donde vivo salen a toda hora los pandilleros. Los Cholos, que parece que son los más peligrosos, andan en vehículos. Tienen sentenciadas varias casas. La vecindad está desesperada.

—¿Han puesto denuncias en la Policía?

—La Policía a veces ni quiere entrar y a las nueve de la noche no hay gente en las calles.

Silvia toma la palabra, en sus manos parece apretar más fuerte la Biblia.

—Se han hecho comités con la Policía para ver qué se puede hacer con los jóvenes, pero hasta la fecha no hay cambios. Los enfrentamientos son diarios, con balaceras. Y sin asco matan a muchachos que no son de su grupo.

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En el caluroso reparto Shick, no siempre las armas han estado en manos de los pandilleros.

En 1994, cuando las pandillas estaban en plena ebullición, se enfrentaban a pedradas. Querían defender su cuadra.

Eran los tiempos en que una pandilla infundía respeto desde el nombre: Los Comemuertos, un grupo de muchachos que hacían de las suyas sobre las lápidas del cementerio cercano al reparto y que ahora, 15 años después, se volvieron un mito pese a desaparecer.

Allá en los noventa el cementerio cobraba vida por las noches, cuando de él salían raros suspiros, palabras dichas despacito, el sonido de labios juntándose en besos, movimientos de cuerpos desesperados como el aleteo de los peces fuera del agua. Gritos de desahogo.

—Allí se hacían orgías –dice Andrés en el porche de su casa, una sólida construcción de cemento que además de ser casa, parece cárcel.

El cementerio ahora da lástima: Tumbas abandonadas, cruces de colores sobresalen de la maleza que se ha tragado todo, no hay más allí jóvenes retozando después de un rato de placer. Muchas de las inscripciones han desaparecido. Nada separa el cementerio del barrio. Está ahí, un grupo de tumbas destruidas en medio de un caserío triste, igual de triste que las criptas.

Andrés tiene 31 años y entró a Los Comemuertos a los 13. Es un moreno bajito, tan flaco que se le remarcan los huesos del pecho debajo de la camiseta. Tiene un pequeño tatuaje en el brazo derecho, un águila como la que adorna el escudo de Estados Unidos.

Esta tarde prefiere hablar desde lejos, tiene una infección en el ojo izquierdo que, dice, se contagia. Después de seis años de sembrar el terror se convirtió al protestantismo y como prueba de su indoblegable decisión saca un libro pequeño de la casa con el que exorciza sus recuerdos del pasado: El Nuevo Testamento.

Consagrado a Dios, recuerda que había miembros de la pandilla que se daban a la tarea de profanar las tumbas más viejas. Querían ver los cadáveres y robar alguna prenda.

Muchas veces la tarea podía ser monumental y después del trabajo de romper la lápida, revisaban los dientes buscando los que fuesen de oro. Con ese dinero podían seguir consumiendo drogas.

Un día se asomó a una de las tumbas, pero no tuvo suerte: los huesos sólo abrazaban una Biblia.

Del cementerio también salían listos para la guerra. Allí se planificaba la estrategia contra pandillas rivales.

—Antes usábamos morteros. Les metíamos tachuelas, vidrios y hierros para que reventaran más fuerte. Había pistolas, pero no como ahora que tienen armas hechizas y las consiguen con conectes –explica.

La nueva generación de pandilleros tiene entre 17 y 18 años. Los más viejos ya se jubilaron.

—Unos trabajan, tienen esposa e hijos y ya no piensan en esas cosas. Pero la pandilla se mantiene en las cabezas de muchos.

—¿Por qué hacerse pandillero?

—La pandilla hace que te miren las jañas, te sentís respetado, nadie se mete con vos. Es más por vanidad. Al principio te da alegría y cuando te adaptás a esa vida el miedo se te quita.

Andrés sí sintió miedo. Fue en 1996, durante un enfrentamiento con tres pandillas que eran conocidas como La Rampla, Los Churros y Los Brujos. La batalla se dio porque Los Comemuertos entraron a la zona de esas pandillas para usar su nuevo juguete: tenían un arma de guerra, de las que quedaron en el país tras la transición democrática y el desarme de 1990.

—Entre Los Comemuertos nunca hubo jefes. Podía haber líderes, pero nunca jefes. El AK se convirtió en nuestro jefe –recuerda Andrés.

El culto al arma pronto se convertiría en miedo, un sentimiento que se metió en el cuerpo de Andrés esa ocasión sin que él siquiera lo imaginara. “Ah, yo sentí como que me entraba un gusano”.

La bala entró por la cadera. “Al rato sentí que no me respondía la pierna. Me desmayé. Cuando me llevaron al hospital estaba quieto, ya no aguantaba. Si no me hubieran llevado, me muero. Tenía 18”, se acuerda.

Andrés ahora es uno de los jubilados. Tiene tres hijos y una esposa y se mantiene alejado de las pandillas, aunque dice que aún lo invitan a regresar. Trabaja medio tiempo en la Alcaldía y el resto del tiempo en una barbería que ha improvisado en su casa. Barbería significa tener una máquina para rapar y cortarle el pelo a los chavalos del barrio.

*

Desempleo es una palabra común para El Flaco. Sin dinero en la bolsa y padre de una nena, cree que trasegar drogas es el negocio más atractivo que se puede encontrar: hay que comprarle a la niña leche, frijoles, arroz, ropa y para eso se necesita plata.

A él le ofrecían 3 mil córdobas (150 dólares) por cargar una libra de marihuana. Aceptó el trato.

Le dieron el paquete, una escopeta y una pistola calibre 38 y se fue acompañado de un chavalo de 17 años, pandillero como él.

En el traslado de la droga, El Flaco sintió que lo perseguían. Eran jóvenes. Pensó que eran pandilleros rivales. Sacó el revólver que llevaba escondido en una mochila y disparó dos veces.

Los disparos alertaron a una patrulla escondida, que de la nada apareció frente a El Flaco y su acompañante. Los oficiales de la patrulla y los vestidos de civil los atraparon, les quitaron armas y marihuana y los montaron al vehículo. Los golpearon mientras los interrogaban.

—Hijueputa, mierda, vas preso para largo –dijo un oficial.

Unos segundos después otro se acercó y le dijo:

—¿Qué onda, chavalo, todo o nada?

—Nada –respondió El Flaco. En las pandillas existe también la Omertá (código de la mafia italiana): Un bocón no sobrevive, pero además hay razones sentimentales.

“Es deacachimba andar en turqueaderas –dice circunspecto–: sentir la adrenalina, dar, apuñalar; me encantaba apuñalar. Lo hice varias veces… por un par de zapatos, por una gorra, por un reloj”.

La primera vez que El Flaco apuñaló a alguien fue durante las fiestas de diciembre. Se fue con un grupo de amigos a residencial Santo Domingo, esa zona de gente adinerada de Managua donde una compañía de bebidas enciende un árbol de Navidad gigante y hay música y alegría en esta capital gris. El Flaco estaba bebiendo cuando sintió que alguien lo machucó. Lastimó su orgullo. El Flaco entonces sacó su puñal e inició su carrera de delincuente.

El sonido de la lluvia, amortiguado por el techo de paja, que cae sobre el pequeño rancho sostenido por cuatro troncos y sin paredes, trae recuerdos horribles a Ana Ampié. Ella es sobreviviente del derrumbe del volcán Casita, que el 30 de octubre de 1998 borró para siempre 10 comunidades cercanas a Posoltega, en Chinandega. La lluvia revive la desesperación de esos días. El recuerdo de las dos hijas desaparecidas y cuyos cuerpos nunca fueron encontrados. La impotencia. El dolor. El miedo. La pérdida de lo poco que tenía. Y la sensación de un día haber sido la gran noticia del país para luego ser olvidados por completo.

Ya van semanas que llueve sin parar en Chinandega. Las autoridades hablan de más de 13 mil afectados, decretan alertas, y las fotos de inundaciones ilustran las portadas de los diarios. Para Ampié es tiempo de recordar y de estar atentos. A nueve años de la catástrofe que marcó su vida para siempre, esta mujer de 36 años dice que es lo único que le queda: estar alerta. Ella y su familia no tienen nada. Lo perdieron todo en el deslave, aunque ésta es sólo una expresión, porque el derrumbe del Casita sólo empeoró la pobreza en la que vivían sus vecinos. Tienen nueve años de comenzar de cero.

Ampié, su esposo y sus dos hijos, están entre los pocos que se aventuraron a regresar a la zona del deslave. El rancho que montaron es apenas cuatro troncos sosteniendo el techo de paja, un cuarto separado por láminas oxidadas que sirve como dormitorio, piso de tierra, cocina con leña -donde esta mañana Ana Ampié prepara el arroz para el almuerzo- y se localiza en una pequeña colina a unos metros del camino de tierra, cerca de donde estuvo su antigua casa antes que el barro del Casita la destrozara. Dice que regresaron porque no tenían de otra. Porque no recibieron ayuda. Porque tenían que volver a cultivar estas tierras fértiles pero traicioneras. Porque tenían que sobrevivir.

Ana Ampié perdió a dos hijas, que en aquel entonces tenían 11 y 10 años. Su esposo, Pablo Gutiérrez, de 39 años, perdió además de las hijas a 69 familiares, incluyendo padres y hermanos. Ambos decidieron regresar a este lugar, que nueve años después se muestra sereno, verde, lleno de vegetación, fresco; donde la naturaleza ha borrado, como un asesino después de un crimen, las huellas de aquella masacre.

“No sentimos miedo. Las lluvias han estado fuertes. Cuando viene la lluvia pedimos que Dios nos guarde. Aquí han decretado zona de peligro. Si Dios permite que haya otro deslave, pues que sea su voluntad. Pero aquí tenemos tierras para cultivar”, afirma Ana.

 

Un caserío desolado

Los que no se arriesgan a volver al Casita viven en Santa María, caserío surcado por calles de tierra que en este invierno se convierten en las esquinas en charcos de agua sucia y barro. Está ubicado a unos dos kilómetros de la carretera que va hacia Chinandega. Pero las casitas del barrio, símbolo de la esperanza después del deslave del volcán Casita el 30 de octubre de 1998, se están quedando sin inquilinos. Muchos de los vecinos han emigrado a Costa Rica. Otros se han ido buscando mejores horizontes en la capital o Chinandega. Y los más se han refugiado con familiares en otras regiones del país.

En Santa María no hay oportunidades, dicen sus vecinos. Sus lodosas calles contrastan con la riqueza verde que simbolizan los cañaverales que rodean al caserío. Los jóvenes que no han emigrado se entregan al alcohol y en los patios de las casas, bajos los árboles, se ve a hombres y mujeres desocupados, ahogando las horas más calientes de la tarde, mientras los niños, muchos con el vientre hinchado, corretean o juegan al béisbol con pelotas hechas de calcetines viejos.

Las 350 casitas de ladrillo, con ventanas y techos de madera y zinc, con sus porches que dan a las calles lodosas, bien pueden causar la envidia de los habitantes de los asentamientos más pobres de Managua. Pero en Santa María parecen no importar mucho. Sus inquilinos se fueron, al parecer, sin ánimos de volver. Total, nueve años después de aquella tragedia que conmocionó a todo el país, ni los títulos de propiedad de los terrenos les fueron entregados.

“Aquí va a ver usted todas estas casas solas porque no hay trabajo. Toda la gente se va para Costa Rica”, afirma María Narváez (55 años, alta, morena, con la piel de la cara seca y con profundas arrugas que la hacen ver como una anciana), quien lo perdió todo en el derrumbe del Casita. Sus padres, hermanos, primos, tíos, sobrinos y un hijo quedaron enterrados para siempre en las faldas del volcán. En total fueron 50 familiares. Ella, su esposo y seis hijos quedaron con vida.

“Aquí nos prometieron que nos iban a dar trabajo, que nos iban a ayudar. Buscamos trabajo pero nunca encontramos. Cuando llegamos aquí ya no nos dieron más ayuda. Ni la escritura nos han dado. Nos piden reales para pagar y nada. Dicen que les ha costado porque son 350 casas y que en diciembre nos dan las escrituras pero así nos dicen todos los años”, se queja la mujer.

“Allá vivíamos tranquilos. Criábamos animales, sembrábamos lo que queríamos. Aquí no. Vivimos en este pedacito y nos desconsuela no tener nada”, dice por su parte Isidora del Carmen Acosta, una mujer de 58 años, morena, regordeta, quien habita junto a su esposo en una de las casas ubicadas en las calles más adentradas del caserío.

“Viera usted las promesas que nos hicieron. Traían el listón para saber qué necesitábamos y salían a pedir y los mandamás se lo agarraban todo”, agrega la mujer, quien dice que la promesa de entrega de escrituras hasta ahora no se ha cumplido. “Nos estuvieron quitando 200 pesos cuatro veces para las escrituras, y todavía nada. Mire cómo están las calles, tenían que estar adoquinadas”, dice la mujer señalando los charcos frente al porche de su casa.

Las casas de Santa María fueron construidas como una segunda oportunidad para 350 familias sobrevivientes del deslave del Casita, que el 30 de octubre de 1998 sepultó para siempre 10 comunidades ubicadas en sus faldas y mató a 2,800 personas. Muchas de las 120 ONG que llegaron a auxiliar a los damnificados centraron sus esfuerzos en garantizarles un hogar mejor que aquellos ranchos de paja y tablas en los que la mayoría vivía antes de la tragedia.

Cuando las casas fueron entregadas en septiembre de 1999 como homenaje a los desaparecidos a un año del deslave del volcán, las ONG encargadas de su distribución pusieron entre las condiciones que las escrituras de las viviendas serían entregadas 10 años después a sus inquilinos, como una forma para garantizar que las casas no serían vendidas.

Pero a pesar que las casas fueron construidas en una de las zonas más productivas de occidente, sus inquilinos pronto se dieron cuenta que los cultivos de caña de azúcar, de maní y la procesadora de maíz cercana al caserío, no eran suficientes para emplear a una población acostumbrada a la agricultura. Y el éxodo comenzó.

Carlos Alonso Tercero Huete (53 años, alto, recio, moreno, de marcados rasgos indígenas) es el alcalde sandinista de Posoltega y tiene una visión bastante negativa del futuro del municipio que administra: la emigración está destruyendo las familias, ya de por sí rotas por la desgracia del Casita, existen altos niveles de pobreza y la falta de empleos no brinda oportunidades a los jóvenes. El alcalde dice que Posoltega es un municipio olvidado por todos. De los más de 120 ONG que llegaron a ayudar a la zona en los días del deslave, el alcalde dice que ahora quedan unas seis.

“Mirá, quiero ser honesto: las alternativas son de supervivencia. Aquí se perdieron tres mil víctimas, hubo una desarticulación total. Muchos salieron del país. Unos se fueron a El Salvador, Honduras, Costa Rica, España y Estados Unidos”, dice el alcalde.

Tercero Huete afirma que su alcaldía cuenta con un presupuesto de cinco millones de córdobas que es lo que entrega el Ministerio de Hacienda, y un millón más en ingresos por recaudaciones. Es decir, unos 321 mil dólares anuales para solventar las necesidades de 17 mil 500 habitantes.

Para el funcionario, la entrega de escrituras es una de las partes más complicadas de la administración. La mayoría de los habitantes de la zona cuenta con escrituras comunales de reforma agraria y, según los cálculos del edil, serían necesarios 800 mil córdobas para iniciar el proceso de registro y partición de los terrenos. Afirma, sin embargo, que trabajan en la construcción de 600 viviendas nuevas que serán entregadas entre 2008 y 2009; y preparan la entrega de al menos 1,500 escrituras.

Garantizar fuentes de trabajo, sin embargo, es más complicado. La única esperanza de los pobladores de Posoltega es el plan de desarrollo impulsado por la Alcaldía desde 2006 y que se extenderá hasta 2016 con una inversión de 240 millones de córdobas aportados por organizaciones, donantes y gobierno central. Hasta ahora se han ejecutado 90 millones de córdobas, pero el alcalde afirma que para que Posoltega “despegue” se necesita una inversión de 500 millones en viviendas, caminos, reforestación y apoyo a las actividades agropecuarias.

“Posoltega se está quedando aislado, no hay inversión y sobrevive con el aporte de los pocos productores de la zona. La gente aquí no viene por gusto, vienen a buscar alternativas de vida. No está establecida una política que permita apoyar a la población”, afirma el edil, quien también perdió a 60 familiares el día del alud, entre hermanos, sobrinos, tíos y abuelos.

 

Preámbulo del apocalipsis

Aquel primero de noviembre de 1998 los diarios nacionales recogían en sus páginas historias escalofriantes. Los nicaragüenses se desayunaban con titulares fuertes, que trataban de recoger la magnitud de la tragedia sufrida a causa del huracán Mitch, que ese año azotó sin consideraciones al país, dejando más de 700 mil damnificados. El 30 de octubre, el derrumbe del Casita fue la parte más trágica de esa pesadilla nunca antes sufrida en Nicaragua, en la que se convirtió el paso del Mitch.

“¡Apocalíptico!”, titulaba El Nuevo Diario a seis columnas. “¡Espeluznante!”, era el título de La Prensa del 2 de noviembre. Los días siguientes el tono no bajó: “¡Cuadros dantescos!”, “Dramáticos lamentos en lodos y árboles”, “Agonizan atrapados”, “Vecinos escuchan lamentos subterráneos”, “¡Hedor, chamusca, horror!”, “Posoltega, un enorme cementerio al aire libre”, “1,500 enterrados vivos”, y un titular hasta se aventuraba a preguntar: “¿Por qué, Dios mío?”

El viernes 30 de octubre hacía varias semanas que no paraba de llover. Parecía el cumplimiento de aquel diluvio del “Génesis”, que más tarde se convertiría en una escena apocalíptica. Un grupo de hombres de la comarca Rolando Rodríguez, en las faldas del volcán Casita, decidió salir a las 10:30 de la mañana hacia Posoltega para comprar alimentos, porque los cultivos se habían perdido por la lluvia e inundaciones y no había más comida.

A los 15 minutos de haber salido los hombres, los habitantes de la comarca escucharon un estruendo que venía de la cima del volcán, era como el ruido de varios helicópteros, por lo que pensaron que era la ayuda esperada por días. Así es que todos los vecinos salieron al camino, inundado por la lluvia, gritando “¡Vienen los helicópteros! ¡Vienen los helicópteros!” A los minutos, el cielo se oscureció por completo, y una enorme nube negra se abalanzaba sobre ellos. Asustado, Pablo Gutiérrez corrió hasta su rancho, a unos metros del camino, y le gritó a su esposa: “¡Corrámonos, que es el cerro que viene!” Ana Ampié trataba de hacer quehaceres en su casa, anegada por el agua de tantos días, cuando vio el semblante de su marido. Corrió hasta sus cuatro hijos y toda la familia salió de la casa.

“Mis chavalas no podían caminar de los nervios, las empujé y las agarré de la mano y salimos. Los otros pequeños iban detrás de nosotros. Mi esposo agarró al menor varón y yo a la niña menor”, recuerda Ana. “Llegamos al camino. Las otras dos mayores iban adelante, agarradas de la mano. Al llegar al frente de una casa ellas me gritaban “¡Mamita, nos morimos!”. Yo les grité: “¡Córranse donde su mita!”, pensando que ellas iban alcanzar a llegar donde su abuela. Fue imposible que pudieran llegar”, agrega Ana, con lágrimas en los ojos.

El alud botó a Ana. Sintió un fuerte golpe por la espalda y una corriente que la arrastraba y la apretaba. No podía ver nada. Era un remolino que la sacudía, la golpeaba; sentía los troncos, las piedras, trataba de sujetarse pero la fuerza que la llevaba era mucho mayor. Ana perdió la conciencia.

“Quedé en una balsera. Sólo sacaba la cabeza. El resto del cuerpo lo tenía aterrado en el lodo. Sentía que me estaban oprimiendo. Me decía “ahora quedé sola”, porque no miraba ni a mi marido ni a mis hijos, no miraba a nadie. Comencé a gritar. Miraba a los lados y era como si estuviera en el mar, se miraba como una playa. Después de mucho gritar sentí que me hablaron, decían: “Calmate, ya voy”. Miré un bulto que se acercaba, salía y se hundía, hasta que llegó. Era mi marido. Cuando se me acerca se puso a llorar y dijo: “Qué barbaridad, cómo quedaste”. Lo primero que hice fue preguntarle por mis hijos y me dijo que no sabía nada de ellos. De ninguno de los cuatro. Me dijo que no sabía ni de su papá ni de su mamá y luego dijo: “Calmate, que te voy a sacar”. Y yo le dije: “Para qué quiero vida sin mis hijos”. Pero él luchó y me sacó de donde estaba. Al salir me desmayé. Me acostó en unas tablas, cerca de donde oímos llorar a una chavala. Era nuestra hija pequeña. Estaba encajada en unas ramas de mango. Mi marido fue por ella. Cuando regresó con la niña, ella decía que yo no era su mama, al ver cómo había quedado.”

Ana Ampié quedó hecha un bulto de carne y huesos rotos. Las orejas estaban casi desprendidas de su cabeza, tenía la nariz rota y graves heridas en piernas y brazos. Tenía la piel en carne viva y el calor y la humedad del barro donde estaba atrapada se la cocían. A su alrededor todo era destrucción: la enorme lengua de barro que había arrasado con todo, cadáveres, lamentos de niños, miembros desprendidos, animales muertos, enormes piedras, árboles arrancados de raíz.

La mujer le pidió a su esposo que buscara a sus hijos. El niño menor, Marlon, fue encontrado por un vecino a unos metros de donde estaba ella. Tenía quebrada la pierna derecha y la cabeza fracturada. Las mayores nunca fueron halladas.

Ana Ampié permaneció en ese lugar con su familia hasta el domingo, cuando llegaron los socorristas en helicópteros. Al ver el estado en que había quedado la mujer, dijeron que no podían trasladarla, porque no iba a aguantar el viaje.

“Yo sentía que me moría. No sentía nada de ánimos. Al ver sólo dos hijos me ponía a pensar en la fatiga que acababa de pasar y pensaba que eso mismo estaban pasando mis hijas, que me estarían clamando y me preguntaba dónde estarán. Mi esposo me decía: “Hacé el esfuerzo, mirá que tenés a tus dos pequeños”, recuerda. “Se oían gritos. Un hombre gritaba: “¡Norma, vení sacame que estoy con mi niño tierno, vení sacame!”. El grito era profundo, el hombre no se veía. El hombre se cansó de gritar. Nadie pudo ayudarlo. Después ya no se oyó. Cuando lo pudieron sacar ya estaba muerto, con la criatura en sus brazos.”

El equipo de socorro pudo sacar a la familia, que fue traslada al hospital de Chinandega. Debido al agua caliente, la piel de Ana estaba morada y cocida y las enfermeras le dijeron que la iba a botar. “Para mí fue terrible, sobre todo cuando comenzaron a curarme las heridas. Yo sentía que me estaban despedazando. Las enfermeras decían “aguante, aguante, porque esto es bueno para usted, si ese lodo se queda, se le va a pudrir la piel”. Pasé días terribles. Fui la última en salir del hospital. Pasé dos meses ahí. Me sanaban de una cosa y tenía problemas de otra”, dice Ampié.

Su cuerpo tiene las cicatrices de la tragedia. Cicatrices en el rostro, la nariz un poco torcida en el tabique, marcas en sus brazos y piernas. Debido a las lesiones en la nariz, Ana tiene problemas para respirar, por lo que los médicos le dijeron que necesitaba una operación. Ella se opone por dos razones: miedo a regresar a un hospital y falta de dinero.

Sus hijos crecen saludables, pero tampoco olvidan la tragedia. Marlon, que ahora estudia el quinto grado, padece de nervios y se altera con facilidad. Sufre pesadillas constantemente, por lo que tuvo que ser tratado por una sicóloga en Chinandega. Pero eso terminó cuando decidieron regresar al lugar donde vivían.

 

Zona de fantasmas y tierras secas

La mañana es fresca. Ha llovido durante la noche y la carretera que une Chinandega con León está aún húmeda. A los lados sobresalen los cultivos de maní, el oro café de estas zonas. Un camino de tierra, a la derecha de la carretera, en las cercanías de Posoltega, comunica con las zonas afectadas por el derrumbe del Casita. Adentrarse en el camino es como llegar a un cementerio: cruces por todos lados, unas pequeñas, otras más grandes; unas de colores, otras sin pintar. Estas con flores; aquellas ahogadas por el crecimiento caprichoso de las hierbas. Árboles de eucalipto, sembrados como parte de un proyecto de reforestación, dan un olor dulzón al aire, mezclado con el rocío de los arbustos y el lodo del camino.

En la comunidad de Versalles, también afectada por el alud del Casita, los habitantes perdieron parte de sus cultivos de frijoles y maíz por las lluvias que han golpeado el occidente del país en las últimas semanas. Versalles está a un par de kilómetros de la comarca Rolando Rodríguez. Para llegar hasta ahí es necesario cruzar el mar de piedras y barro dejado por el derrumbe del volcán. Es como un desierto. Este es el corazón de la desgracia y a donde la vegetación aún no esconde las cicatrices de aquel 30 de octubre.

“Toda esta zona estaba bien poblada”, dice Carlos Alonso Tercero, concejal sandinista de la Alcaldía de Posoltega, quien esta mañana se dirige a una reunión en Versalles para los arreglos del noveno aniversario del desastre. “Era una zona productiva. Después del Mitch esto quedó horrible. El alud se llevó el cuadro de béisbol, el centro de salud y varias comunidades”, explica el funcionario.

En la zona desierta aparecen de vez en cuando figuras fantasmales. Gente delgada como fideos que parecen más bien espectros de aquellos que alguna vez cultivaron estas tierras. Su aparición entre tramos del camino inquieta al chofer, que cree ver en ellos verdaderos fantasmas. Han regresado porque no tienen a donde ir. Han regresado para retar al Casita. Han regresado para arrancarle vida a estas tierras secas.

Juan Gómez Soriano es un anciano de 73 años, piel seca y huesos largos. Se dedica a cultivar maíz y frijoles y se lamenta de que le haya ido tan mal en la cosecha de primera, porque de esos cultivos depende la subsistencia de su familia. En su memoria está aquel “pum, pum, pum” de hace nueve años que destruyó su casa y del cual aún no ha logrado reponerse.

“Yo perdí cerdos y gallinas. Mi casita se está cayendo y no tengo para arreglarla. Nos sentimos olvidados. Después del gran fracaso que tuvimos no nos han ni volteado a ver. Esas son las cosas por las que uno se reciente”, afirma el anciano, quien perdió cinco sobrinos en el alud. “No tenemos donde ubicarnos, si tuviéramos adonde ir ya no estaríamos aquí. Vivimos nerviosos, esos cerros de un momento a otro pueden hacer otro desastre”, agrega.

Igual de nervioso se siente José Armando Chavarría Arauz, de 54 años y quien perdió 47 familiares en el deslave. Dice que tiene recelo de quedarse a vivir en Versalles, porque ha sido declarada zona de alto riesgo. “Pero, ideay, uno está acostumbrado al campo y no tenemos un salario fijo, ¿para dónde vamos a agarrar?”, dice, encogiéndose de hombros.

Chavarría, quien vive con dos de sus hijos (otros dos han emigrado a Costa Rica) y su esposa, también ha perdido parte de sus cultivos pero dice que “aquí la estamos aguantando, aunque sea con este puño de frijoles jodidos”.

La mayoría de los habitantes de estas comunidades se lamenta porque, al igual que los vecinos de Santa María, no tienen escrituras de la tierra que cultivan o el terreno donde han montado sus ranchos. Todos, sin embargo, dicen estar mejor en estas tierras donde al menos pueden dedicarse a la agricultura y afirman que no se irán de aquí. Todas las tardes, después de la faena en los huertos, las familias se reúnen en los ranchos, invocando a la naturaleza para que no los vuelva a castigar con su furia.

 

La esperanza de Santa María

La esperanza en el caserío Santa María tiene nombre. Pedro Pablo Chávez es un niño de 9 años que corretea sonriente por las callejuelas del caserío. En su rostro, cerca del ojo derecho, tiene una cicatriz que es la marca de la desgracia que vivió cuando era apenas un recién nacido: el día del alud, Pedro Pablo tenía 15 días. Su padre corrió con el bebé para poder salvarlo, pero la ola de lodo se lo arrebató y el niño quedó enterrado por varios días en el fango. Lo encontraron al siguiente viernes del desastre, aún con vida.

“Él está vivo por la gracia de Dios”, dice su abuela Isidora del Carmen Acosta, de 58 años. El niño, junto con el grupo de amigos que recorren descalzos el caserío, representa la esperanza para una gente que quiere dejar atrás los recuerdos de la desgracia. Representa las esperanzas de Ana Ampié, Juan Gómez Soriano, José Armando Chavarría, María Narváez e Isidoro Acosta. Los sobrevivientes olvidados del Casita.