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Nadie necesita oír para creer. Quizás es por eso que la ciencia elige imágenes para contar lo que encuentra: una manzana que cae, una bombita que se prende, una estrella que brilla. Sin embargo cuando tiene que marcarle la cancha a su rival de todas las horas, de quien se dice que usó la voz para crear el universo, la ciencia le pide pases al sonido. Un big bang al comienzo. Un big crunch al final. Entre ambos instantes, la vida de todos los días. Ahí el sonido, vibración transmitida por un medio elástico como el aire, necesita tocar para existir. Como un fantasma lento, el sonido está condenado a llegar siempre después que la luz, aunque la ayude con los efectos, a la manera de un asistente abnegado y leal. Las tormentas dan miedo porque luego del resplandor del rayo viene su estruendo. Como si la naturaleza tuviera su propio diseño de audio.

César Lamschtein dice que es un tipo raro, como los magos, o los que hacen perfumes. Su objeto de estudio es invisible. Su oficio también. César es el jefe de audio y sonido del Auditorio del Sodre. Es el único de su rango que tiene una modesta oficina porque se siente incapaz de trabajar en espacios abiertos. Cuando le propusieron el puesto fue uno de sus requisitos. En la cartelera frente a su escritorio hay un papel apuntado a mano: «Sonido rules». No lo escribió él. Su oficina es la de su equipo. La mayoría, ex alumnos jóvenes que entran y salen. Revuelven sus mochilas amontonadas en el rincón de las mochilas, y lo consultan con sumisión y respeto. César es profesor fuera y dentro del auditorio. Su afición es el orden. Al parecer, lo que no se ve también necesita ser organizado. En un rato hay una grabación de la orquesta de cámara. Se agregaron atriles y otros instrumentos, un cambio del que le avisaron sobre la hora. La partitura que estudió en su casa, porque el tiempo escasea por la cantidad de espectáculos en simultáneo, podría ser otra. Hoy, además de la grabación de la orquesta hay un ballet y un rodaje. Los timbales no estaban previstos. A César le molesta mucho la improvisación y así se lo hace saber a Analía, responsable de los requerimientos para la grabación que entra en la oficina con el ademán de una batalla perdida en el pasillo. Es un día normal y la gente del audio no se calla nada.

«Nosotros manipulamos el audio, no el sonido», dice el hombre de 42 años con nombre de emperador que tiene una mueca porteña en el habla, quizás adquirida de su familia argentina y que nivela entre mate y mate, mientras pausa para pensar cada idea, en silencio. César habla con convicción aunque matiza algunas observaciones categóricas con un «no sé, lo pienso ahora», como si respetara un conocimiento que lo precede y al que es necesario remitirse. César es un tipo hiperracional, según se define, que cree en algo que no se ve.

El acople es un error imperdonable para las personas que trabajan con audio. Los Beatles fueron la primera banda de rock que incluyó el fenómeno como un recurso musical en la canción I feel fine. El efecto, que luego sería imitado por otras bandas de rock, surgió cuando John Lennon acercó su guitarra electroacústica al amplificador. La música que se ejecuta y se graba en el Auditorio  del Sodre no puede permitirse ese exceso, ni siquiera como experimentación. «En este escenario no hay acoples» dice convencido y con humildad, como orgullo por hacer lo correcto fuera exagerado.

La puerta de la oficina de César está cerrada y desconcierta al equipo. Gonzalo toca y pasa, y su visible timidez le ahorra la tarea de pedir permiso. Es muy joven. Lleva su laptop Apple apoyada en su antebrazo izquierdo como un mozo. A las ocho de la mañana César le había pedido que le enviara un mail con unos datos que necesitaba. Son las cinco de la tarde y el mail aún no llegó. Gonzalo se excusa. Dice que no hay wifi. Es el fin de la jornada de Gonzalo pero igual corrobora una y otra vez la dirección a la que tiene que enviar la misiva. No se queja, como si supiera que unos minutos más pueden hacer la diferencia en la retina de su jefe. Trabajar en audio requiere método. César le dice que si quiere se vaya y que lo mande desde su casa. Gonzalo parece nervioso. Es su segundo día de trabajo en el Auditorio. El mail llega a la bandeja de entrada de César, a quien se le nota su capacidad para perdonar ingenuidades —no actos irresponsables— y capitalizarlas para transformarlas en lecciones. Según César, los errores que pueden ocurrir en este rubro se deben a falta de trabajo. Su discurso del método es lograr que no existan, que no se vean, como el sonido.

La década prodigiosa

En 1982 Metallica tocaba por primera vez en Estados Unidos, comenzaba la guerra de las Malvinas y en España se disputaba un mundial de fútbol. Por ese entonces, César tenía nueve años y se perfilaba como baterista en su casa del barrio Parque Rodó, ubicada en la calle Patria, que muere, ensañada como el destino en los mitos griegos, en el Museo de Artes Visuales. Unos años más tarde, cuando en el Río de la Plata ni se soñaba con internet, ni siquiera a través de aquel chirrido despiadado del acceso telefónico, un amigo técnico en reparaciones le regaló un dispositivo que sería clave para descubrir una pasión que convertiría en su oficio. El dueño anterior que la había llevado a reparar nunca pasó a retirarla. La máquina llegó a las manos de César sin manual, pero sus ansias de entenderla le ganaron a las misteriosas perillas sin instrucciones.

«Tuve mi momento Eureka, nunca aprendí tanto de  audio como con esa máquina», dice el profesor, ingeniero en sonido, y responsable de hacerle honor al nombre de la institución donde trabaja: a un auditorio la gente va a ver y predispuesta para escuchar.

La máquina era una portaestudio de cuatro canales que permitía la grabación multipista. Los géneros como el rock y el pop recurren a este tipo de mecanismos para grabar cada instrumento por separado, aunque la banda toque en vivo. Investigando el dispositivo, César descubrió que podía grabarse a sí mismo y multiplicarse, como una entidad sin cuerpo, como un fantasma.

Impulsado por sus ganas de aprender y de desentrañar los misterios de aquel aparato, César descubrió cómo los Beatles hacían sus discos, sin saber cómo se hacían los discos. A los catorce grabó a una banda de amigos. «Era una grabación de mierda», según dice, que le sirvió para darse cuenta de que lo suyo no era ejecutar la música, sino palparla, manipularla, producirla. Volver visible lo invisible, como los magos, o los que hacen perfumes. Era 1986. Diego Maradona le gambeteaba la historia a los ingleses y Chernobyl se convertía en ícono de la negligencia nuclear. Por ese entonces, César se había enamorado. «Como en todas las buenas historias había una mujer», dice, aún sabiendo que todas las canciones que le grabó a modo de declaración no lograron el cometido de la conquista, aunque sí el del aprendizaje.

Oír, sobrevivir

El Yanoconodon allini es un fósil encontrado en China por científicos del Museo de Historia Natural de Pittsburgh. Fue un animal similar a las lagartijas que coexistió con los dinosaurios hace 125 millones años. En su mandíbula los paleontólogos detectaron el martillo, el yunque y el estribo, los huesos que en el oído humano se encuentran detrás de la membrana que vibra al detectar un sonido. El primer antepasado del delicado y complejo sentido del oído, aquel que nos permite erizarnos o elevarnos con la percepción de estímulos como la música, es un reptil.

En la evolución de la especie humana, el oído siempre aparece ligado a la supervivencia, no así la percepción visual. «La visión tiene un enorme poder y una enorme limitación: tiene cuadro y foco; el oído tiene un componente primitivo», explica César, que todos los martes viaja a Playa Hermosa para dar clases de sonido en la Licenciatura de Lenguajes y Medios Audiovisuales. Dice que su materia está mal denominada. Él no da clases de sonido que es el fenómeno físico por el cual una onda vibra y es recibida por el oído humano, él da clases de audio, que es la representación del sonido, ya sea gráfica, mecánica, magnética o digital.

Aunque el cine haya nacido mudo y evolucionado a lo sonoro, cuando César da su cátedra de audiovisual se siente como un profesor de astronomía de cuarto de liceo: «Tomo el desafío de interesar a gente con algo que a priori está fuera del guión». Explica que eso sucede porque el sentido predominante es la visión y el argumento antes que cultural es físico. Existen más neuronas en el nervio óptico que en el auditivo.

Para captar la atención de sus estudiantes el primer día de clases, el profesor que al terminar el Liceo Francés consiguió una beca en Francia para convertir una pasión en profesión, evita los argumentos técnicos y se aboca al componente mágico de su objeto de estudio, ese que invita a cerrar los ojos para prestar atención, para saborear con deleite, para recordar. «Marcel Proust cerró los ojos para paladear la magdalena, si hacés eso por laburo sos un tipo raro», dice con humor, sabiéndose parte de una cofradía de oficios invisibles.

Según la otorrinolaringóloga Silvia Goyeneche —quien imagina limitado, oscuro y reducido al mundo sin sonido— las afecciones auditivas que más perturban a los pacientes son los acúfenos, también llamados Tinnitus. Se trata, por analogía visual, de espejismos sonoros causados por diversos motivos como el estrés o la exposición a sonidos intensos.

«Al final el sonido es todo aquello que se escucha», le increpó un alumno a César en la primera tormenta de ideas acerca del tema del curso. En un primer momento el profesor no encontró una respuesta que refutara esa afirmación y se enojó con él mismo al comprobar que un irreverente alumno echaba por tierra su lección inaugural sobre las complejidades del sonido. Por entonces comenzaba un período de vacaciones y César se fue a Brasil. Aun en esa instancia no podía dejar de pensar en algún argumento que refutara la osada afirmación de su alumno. Finalmente la encontró. César es un tipo que no se conforma y si tiene razón, le gusta demostrarlo, como a la ciencia. «Te cagué», le dijo a su alumno al regresar al curso: «Sonido no es todo aquello que se escucha, hay cosas que se escuchan que no son sonidos, como la Tinnitus que es una ilusión auditiva». Una ilusión, como la que fabrican los magos para hacernos creer.

César dice que en su oficio para que todo salga perfecto hay que estar adelante del tiempo, una cualidad fantasmagórica que lo caracteriza, como cuando descubrió cómo los Beatles hacían los discos, o cuando jugaba a la pelota en la calle del Parque Rodó y experimentaba con el sonido que producían las monedas al golpearlas sobre el techo de chapa galvanizada del estacionamiento contiguo a la Torre Patria. «De gurí supe interpretar una forma de hacer diseño sonoro; era un sonido de rayo láser —que no suena—, un sonido que me llevó al futuro, sin saberlo».

Las consultas más frecuentes en el consultorio de la otorrino con apellido de arrabal son por pérdida de audición. Al diagnosticar sorderas inminentes, Goyeneche debe manejar elementos emotivos porque los pacientes tienden a no resignarse y se angustian. La mutilación de los sentidos auditivos y visuales significa perder también un vínculo de acceso al conocimiento, de relacionamiento con el mundo, de construcción de la propia identidad: 125 millones de años después de nuestro antepasado el Yanoconodon allini, el oído sigue ayudándonos a sobrevivir.

Conozco al maestro

César piensa antes y después de hablar. Como si cada enunciado lo invitara a corroborar el rigor de lo expuesto. Su maña es el orden, su fobia «los componentes agudos de la masticación humana» porque no puede pensar en otra cosa. Cuando alguien mastica cerca, a César le molesta dejar de escuchar su pensamiento.

«Van cayendo las fichas», dice en referencia a una planilla imantada fabricada por él que cuelga en la pared al lado del cartel «Sonido rules». En la planilla, los integrantes de su equipo están representados por imanes con forma de chapitas y un Pac-Man. Todos los integrantes del staff deberían tener la constancia de mover su propia pieza cuando llegan a la oficina y cuando se van. No sucede siempre. Gonzalo ya se fue y no movió su ficha, pero César lo perdona porque es nuevo y porque le tiene fe, así que se para y la mueve por él. César necesita saber con quién cuenta y con quién no, tener una representación gráfica que le indique el mapa de situación, más allá de los walkie talkie con los que se comunican, casi de forma anacrónica, todos los miembros del equipo. Hablan siguiendo el código del dispositivo: «atento» y «copiado» son palabras que abundan como en una película policial de los años ochenta. Más allá de corroborar una voz del otro lado, César necesita ver para saber.

Hace más de veinte años que trabaja en el rubro del audio y aun así, no se aferra a ningún paradigma. Parece tener claro que las formas de representar el sonido han mutado de lo magnético a lo digital y que el conocimiento debe actualizarse con frecuencia. Los objetos de estudio invisibles parecen mutar más rápido. Su método es aprender y compartir.

«Alan Parsons es un terraja», dice categórico cuando le pido que me cuente su experiencia con el ingeniero de sonido de Abbey Road y de Dark Side of the Moon, dos discos emblemáticos e irreprochables en la historia de la música.

En cambio, prefiere hablarme de su verdadero maestro.

Cuando Charles Bukowski lo conoció en persona, su maestro John Fante estaba muriendo en un hospital de Hollywood. Debido a una diabetes avanzada, cada semana le amputaban un nuevo miembro al escritor de Pregúntale al polvo y Espera la primavera, Bandini. Bukowski descubrió a su maestro por casualidad, al leer uno de sus libros en la biblioteca pública de Los Ángeles. Desde ese momento, supo que debía conocerlo y constatar si era posible que un contemporáneo hubiera sido capaz de conmoverlo al extremo de sentir que esa era la forma en la que debía ejecutar su arte. A la salida del velatorio, según retrata en su relato «Conozco al maestro», Bukowski dice que John Fante le «había prestado una pizca de la manera cómo debía de hacerse».

Algo parecido le sucedió a César cuando Bruce Swedien, el ingeniero de sonido de Thriller, de Michael Jackson, lo recibió en su casa durante una semana. «Él es la historia de la música americana», arriesga convencido de que su admiración tiene asidero. Bruce Swedien es un viajero del tiempo que construyó su leyenda a fuerza de trabajo, experimentación y talento. «La vio toda», me dice su discípulo, quien evoca con admiración y extrañamiento su pasaje por la casa del maestro, como si aún hoy no pudiese creerlo. «Me desarmó completamente. Luego de veinte años de laburar en esto me hizo volver a aprender mi forma de hacer las cosas. Fue una epifanía». César, que se define como una persona cartesiana, afiliada al pensamiento racional, explica que la mayor enseñanza que le aportó Bruce fue la de ser reactivo y confiar en el instinto. «La música no se trata de pensar, se trata de escuchar. Si vos pensás, está mal».