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Esa máscara, que en este momento está agonizante y destrozada por los jalones, es lo único enigmático del personaje. Salvado eso, de místico, Místico solo tiene el nombre. Porque al verle en ese pequeño cuarto que apesta a sudor, pronto queda claro que lo suyo no es el éxtasis ni las revelaciones. Místico difiere mucho de lo que uno cree, de la imagen de héroe que se ha labrado a fuerza de prestar su imagen en videos musicales, en anuncios para vender cemento y en los spots de la pasada campaña del presidente mexicano Felipe Calderón.

Místico es paticorto, con la voz empalagosamente dulce y dueño de esa complicada habilidad que tienen los futbolistas para dar declaraciones después de un partido. En ese mismo cuarto, que hace un momento estaba vacío, una docena de aficionados lo esperan para tomarse una foto, para rogarle que les dé las medidas de su cuerpo para confeccionarle un traje. Más allá de esas paredes, en el escenario que ha dejado atrás, cientos le despiden con aplausos y gritos. Muchos otros le mientan la madre. Místico es un fetiche.

Aunque suene vulgar, lo de esta noche ha sido increíble. Esta noche de viernes, en la catedral, no hubo rudos ni técnicos. Los combates han sido por lugar de nacimiento, una modalidad nueva que ha develado comportamientos impensables en el público. Hubo luces de discoteca y humo con olor dulzón. Cuatro mujeres, sensualmente operadas, se pasearon cada tanto por las cercanías del escenario para anunciar una nueva caída. Los luchadores volaron, se golpearon y hubo dos que se besaron. Uno de ellos, amanerado y vestido entero de rosa, fue vitoreado por el público mexicano. No fue un espectáculo de circo. Esto es lucha libre y probablemente después de leer esto usted quiera asistir a una función.

Frausto Zamora, que alguna vez ocupó el cargo de secretario general de la Comisión para la Lucha Libre en México, dijo en 1994: “Una arena, guardada la proporción, es como una iglesia. A la iglesia se va a orar y a la arena se va a sacar todo aquello que uno guarda la semana”. La Arena México fue construida en 1956. Es un coloso que despertaría la envidia de cualquier campo de fútbol de provincia: le caben 17,000 personas. Este viernes el aforo está a la mitad. El programa es particularmente diferente al de otras noches. Hoy, 22 de enero, la cartelera tiene tres luchas, digámosle normales, y un combate por el campeonato mundial completo. La etiqueta mundial, sin embargo, es azarosa. Salvo los tres japoneses, el par de gringos y algunos puertorriqueños, el resto de luchadores son mexicanos. Pero lo de mundial suena bien.

Lo novedoso de esta noche es la primera eliminatoria del torneo nacional de parejas que organiza el Consejo Mundial de Lucha Libre, una de las tres grandes empresas que en México se dedican al negocio de la lucha libre. El Consejo es además dueño de la Arena México y de la Arena Coliseo.

El torneo está diseñado para que los luchadores se enfrenten según su escuela de preparación. Distrito Federal, Jalisco, Nuevo León y la Comarca Lagunera, en el estado de Torreón. Una especie de todos contra todos. Al principio cuesta entenderlo: en el evento principal no habrá rudos contra técnicos. Uno podría preguntarse: ¿A quién entonces apoyará la porra Tepito, la fiel afición de los luchadores técnicos, esos que siempre se apegan a las reglas?

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La Arena México huele a palomitas de maíz o en todo caso a aceite de maíz reutilizado. El espectáculo está programado para las ocho y media, pero aún falta media hora y el público siempre es impuntual. Hay un hormiguero de vendedores con gabacha blanca que acosa todo lo que puede. Ofrecen cervezas en vasos de cartón, bolsas con chicharrones, sopas de vaso ya preparadas, imitaciones de máscaras, tortas de jamón, helados fosforescentes y muñecos, tamaño Barbie, de los luchadores estrellas. Obviamente también hay palomitas.

Las sillas a colores, azules, rojas, verdes y naranjas, se ocupan a ritmo perezoso. Hay muchos huecos aún. Deliberadamente escojo la parte central de la fila número 30. Separada por una red metálica y un pequeño muro, la 30 topa con la primera fila del preferente central. Ahí comienza el sitio exclusivo de la porra Tepito. Son seis filas, una treintena de sillas, separadas del resto por esas cintas amarillas policiales. Es el único lugar de la arena que tiene luz propia.

La porra Tepito llega escalonada. Samurai es de los primeros en sentarse, cómodo frente a la malla agujereada. Va con otros dos chicos, cargados todos con mochilas y bolsones. El misterio se devela de a poco. Samurai, un mexicano muy moreno y con saludables cuerdas vocales, saca de su mochila una maraña de cables, reflectores y varias bombas de aire, de esas pequeñas que sirven para inflar balones y las llantas de bicicletas. Los reflectores en las esquinas y los cables se unen con las bombas y posteriormente con las cornetas. Comienza la prueba de sonido: Cuac, cuac, cuac. Una estridencia que inunda la arena y que se prolonga por varios minutos. Samurai sonríe satisfecho.

Para entender la naturaleza de la porra habría que hablar de Tepito. Un punto de comparación sería los alrededores del parque Hula-Hula o algunas calles de Mejicanos o la Zacamil. Pero Tepito es más: el tozudo complejo habitacional, comercial, caótico y sincrético de la capital de México. Es “el barrio bravo”. Una red compleja de calles de comercio informal, punto nada despreciable de distribución de drogas, centro de adoración permanente a la Santa Muerte, galería callejera de murales, fábrica de albures (frases y palabras de doble sentido), anunciados puntos de asaltos, noche convulsa y cantera de deportistas. Místico nació en Tepito. En el mismo barrio se crió Cuauhtémoc Blanco, el amado y odiado futbolista que saltó a la fama con el América, ese amado y odiado equipo.

De las bolsas salen camisetas moradas con una gigante serigrafía en el pecho: Porra Tepito. En la parte de atrás, como en cada rincón de esta publicitada arena, las camisetas lucen su patrocinador, Taquería Chabelo. Chabelo es un tipo gordo de bigote acicalado, luchador amateur, de nombre Jesús Ornelas, que llegará de último, poco antes del inicio de los combates más importantes.

El escenario, el ring, está al centro, visible desde todos los puntos de la Arena. Frente a uno de los costados, en dirección a la porra Tepito, hay una estructura que no puede pasar desapercibida. Es una rampa que conduce a una tarima; tras la tarima, una pantalla gigante a colores que anuncia distintas marcas; después, escalones a ambos costados que dan paso a un nuevo entablado. En este último, flanqueado por dos túneles, es donde comienza todo. De los túneles salen los luchadores, a la derecha los técnicos; izquierda, los rudos. Arriba es donde se pavonean, posan y apuntan con el dedo hacia al público que los venera o insulta, según sea el caso.

Pero antes sale otra comitiva. El anunciador, un tipo joven que alarga la “o” hasta sus últimas consecuencias, toma el micrófono para presentar a las edecanes de la lucha. Son cuatro mujeres en diminutos trajes brillantes de cuero . Ceñidos y con mucho escote. Su trabajo en la rampa es sonreír, menear la cadera, arrojar besos como dulces y soportar los insultos de algunas mujeres del público. La Porra Tepito tiene a su diva. Samurai se pone de pie y chifla cuando mira a lo lejos a Isabel, una petisa colombiana, que ahora mismo está sonriendo en dirección nuestra. “Ahora”, grita Samurai, y la porra despliega una enorme pancarta, la más grande que tienen, que sacarán cada vez que Isabel camine por la rampa. “Te amamos –dice la pancarta–, eres la más guapa de la CMLL”. Encienden los reflectores. No hay manera de que la Tepito pase inadvertida.

Tras la declaración de amor, Isabel se da la vuelta y saluda. La Tepito le chifla, Samurai la despide: “¡Con esa torta y una Fanta, hasta mi pajarito cantaaa!”

La primera lucha es entre dos parejas. Trueno y Sensei se enfrentarán a Inquisidor y Apocalipsis. Esta vez no hay música particular para recibirlos. Tampoco se proyectan videos en la pantalla gigante, algo habitual para las estrellas, imágenes en movimiento que muestran a los luchadores subiendo los brazos y apretando los bíceps. Estos cuatro son “gatos” y entran con mucha humildad. La lucha, a dos de tres caídas, sin límite de tiempo, es aburrida. Especialmente por esto último: se tardan mucho. Los gritos de hastío vienen de todas partes: “Ya luchen, cabrones”.

Samurai participa. Sus alaridos atraviesan el tinglado. “¡Cámara, cámara, ya me aburrieron hijos de su rechingada madre!” Y muchos se carcajean, como la pareja que está dos filas abajo, ella muy maquillada; él con un vaso grande de cerveza y con la máscara puesta de Mr. Niebla, un luchador apestoso que aparecerá más adelante.

La siguiente lucha es más narrable. El presentador vestido de traje negro anuncia que el árbitro es “Terror Chino”. El Terror es un hombre encorvado, de 60 años, y es el encargado de dirimir esta y un par de los combates más. Es curioso el papel de los árbitros. Este es el único caso donde a los árbitros no se les hace ningún caso. Da igual que gesticulen, que intenten separar, que regañen a los luchadores como si fueran niños. Su papel es otro: es representar la figura de un árbitro.

A Terror Chino le siguen los técnicos Diamante, Pegasso y Metálico. Después saldrán, uno por uno, Dr. X, Bronco y Holligan. Hay un despliegue de máscaras y vestuario. Holligan, por ejemplo, va con una camisa ajustada que le aprieta la barriga y de su máscara cuelgan tiras de cuero que le cubren el cuello. Bronco tampoco es atlético porque en esta arena no todo es músculo. Los gritos en esta lucha están dirigidos a él: “¡Bronco, tienes cuerpo de tamal!”. Bronco, un joven muy alto y con una sencilla máscara azul, es un luchador con un cinturón de carne y grasa. Más que tamal, Bronco parece bujía. La porra Tepito se suma a la acometida con una defensa falsa: “¡Hijos de su reputa madre, no porque lo vean pendejo abusen!”

La primera caída la ganan los rudos. Los ganadores no respetan las reglas, dan patadas arteras, arengan al público, reciben cantidad de insultos y eso los hace felices. Por eso son rudos. En una acción previa, Holligan ha pateado en la cara a Diamante; después, los tres, Holligan, Dr. X y Bronco han pateado en la cara y en el pecho a Pegasso. El trío ha entrado al ring haciendo caso omiso a los órdenes del árbitro. También han hecho llaves prohibidas, a juzgar por los gestos de desaprobación de Terror Chino, en las piernas y brazos de Metálico, que hacía muecas de dolor.

Esto es una novela bien contada. Demostrado ya el conflicto, el nudo no podría ser otro que la victoria de los técnicos en la segunda caída. El castigo que recibieron antes no duró demasiado, y Diamante luce renovado, fresco, dispuesto a dar vueltas alrededor del Dr. X antes de arrojarlo a la lona. Los aplausos son para lo más vistoso, para las caídas espectaculares, especialmente cuando estas ocurren fuera del ring. Las patadas en los testículos, como la que acaba de recibir Pegasso, también son populares.

La tercera caída la ganan otra vez los técnicos. El desenlace es de ellos.

Hay una calma antes del evento especial. La porra Tepito ambienta con más graznidos de las cornetas. En los pasillos, una conductora de Televisa, alta y guapa, con una minifalda más ancha que larga, recibe la atención general mientras entrevista a Rey Bucanero, un luchador que esta noche llegó a la Arena maquillado, como de costumbre. Esta vez será espectador y comentarista.

El anunciador, de nombre Armando Gaytán, se ha trepado de nuevo al escenario y está a punto de proclamar el inicio del torneo nacional increíble de parejas. Místico, como dice el brillante y colorido programa, será pareja de Averno.

Arturo Rosas Plata, en el periódico Ovaciones, ha escrito este viernes de enero: “Mucha expectación ha causado el torneo, ya que pueden darse, además, nuevas rivalidades y, posiblemente, alianzas, tal como ocurriera en la década de los sesenta, cuando El Santo formó una pareja casi indestructible con Gory Guerrero o, bien, el mismo plateado con Black Shadow, el Solitario y Doctor Wagner, al igual que los hermanos Shadow (Blue Demon y Black Shadow)”.

Como El Santo, Místico es técnico. Doctor Wagner, como Averno (literalmente infierno), es rudo. Místico y Averno son enemigos. A ver cómo acaba esto.

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La Biblioteca Nacional de México, alojada en el espacio cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, tiene una buena cantidad de libros sobre lucha. Los hay básicos, como el de Carlos Hoffmann (1960), “Lucha libre”. En él, con ilustraciones de Carlos Verduzco, se puede aprender, en teoría y siguiendo una hoja de papel, las llaves más tradicionales de la lucha: la quebradora, cangreja, tapatía, tabla marina, estaca india, yegua, la cruz nipona o la Nelson, la llave que neutraliza pasando las manos, por la espalda y bajo los brazos del rival para unirlas detrás de su cuello. Sobre esta última, popular donde las haya, el escritor dice: “Cuando está correctamente aplicada, necesariamente produce la fractura de las vértebras del cuello, pues como el lector comprenderá estos no son lo suficientemente fuertes equiparados con la fuerza que tienen dos brazos unidos en un mismo afán”. En 1960, cuando Hoffmann escribió su libro, aún no existía “la mística”, una llave que se ha hecho popular en los últimos años.

Hay libros más actuales y académicos. Un estudio antropológico sobre la lucha libre es el escrito por la alemana Janina Möbius, publicado en 2007. “Y Detrás de la máscara… el pueblo”, un compendio de entrevistas a luchadores, escritores, una zambullida en decenas de estudios sobre el comportamiento humano, la cultura de masas y revistas de box y lucha, es un libro que muestra a la lucha libre en sus diversas facetas: como deporte, como espectáculo popular, como ritual y como show televisivo.

Dice Möbius, en su libro: “La lucha libre no es un evento deportivo ‘puro’, sino la escenificación de un deporte de competencia que, empleando medios específicos de la dramaturgia y del teatro, presenta narraciones para un publico determinado”.

Después, sobre el espectáculo: “El énfasis en la gestualidad, la exageración de las acciones y el componente actoral de algunas interacciones entre los luchadores tienen un manifiesto carácter de slapstick que el público disfruta mucho. Cuando por ejemplo a un luchador le toca recibir una carretada de golpes y de llaves, permanecerá de pie sin moverse, hasta que de pronto caerá de manera espectacular al suelo”.

Algunas páginas adelante cita a Carlos Monsiváis, el escritor mexicano aficionado a las luchas. Dice Monsiváis: “Tal vez el más profundo de los escenarios de la lucha libres se localice en la zona de los gritos, ese elevadísimo juego diabólico que construye el evento, apuntala al ídolo, desfoga al espectador, reinventa la Guerra Florida. ‘¡Queremos sangre! ¡Rómpele su madre! ¡Friégatelo! ¡La quebradora, cabrón! ¡No lo dejes! ¡No te quedes ahí paradote! (…)”

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Más gritos entre las gradas: “¡Místico, Místico, eres un puto!” La canción que ha sonado poco antes en los altavoces de la Arena México avisa que Místico saldrá pronto hacia el ring. Es una tonada con cánticos en latín. Pareciera que algo o alguien sacrosanto saldrá de los camerinos. Los insultos no han salido de la porra Tepito. Samurai presiona la bomba de aire y responde: cuac, cuac, cuac, cuac, cuaaaaaac, los cincos soplidos que en esta parte del mundo se entienden como “Chinga tu madre”, un grave insulto en México. “Por si acaso”, me dice Samaurai.

Aquí, “puto” significa “culero”. Es decir, gay. Hasta donde se sabe, porque la vida privada de los luchadores es aún misteriosa, Místico no es puto. Vive en un apartamento de la colonia Roma, cerca del centro de la Ciudad de México, con su esposa y dos hijas. Yo también vivo en la Roma. Alguna vez lo había visto, a Místico, paseando en su moto pandillera por las calles del barrio, con gafas oscuras y un casco negro por el que le asomaba el cabello teñido de rubio. En ese momento no sabía de quién se trataba. Fue después, al investigar sobre él, al ver un video no oficial suyo en YouTube, donde se pasea sin máscara, después de haber visto un par de fotografías colgadas en blogs, con el rostro descubierto por la treta de un luchador rudo que le quitó ilegalmente su máscara, cuando me di cuenta de que Místico era mi vecino.

Antes de la fama, es decir, antes de que protagonizara el video de la canción “Me muero”, del grupo español La Quinta Estación o de que tuviera su propia revista de cómic (“Místico: el Príncipe de Plata y Oro”, a $0.56 el ejemplar), Místico tuvo otros nombres. Se llamó Deportivo Kid Azteca, Dr. Karonte Jr. y Astroboy. Fue el 18 de junio de 2004 cuando debutó con la máscara plateada con destellos dorados. Tenía 23 años.

Visto de frente, pareciera que la máscara de Místico está decorada con un sol muy dorado, rodeado de rayos, que le separa los agujeros del antifaz. Pero es otra cosa, acorde a su personaje. Desde la CMLL, la empresa que gestiona al luchador y dueña de la arena donde estamos sentados, me dicen que se trata de una hostia. Así, con esa imitación dorada de las delgadas hojas de pan ácimo que se dan en las misas católicas, el traje de Místico tiene su lógica. Lleva estampadas grandes cruces en los costados de su ceñido pantalón blanco. Muchas veces lleva camisetas con un crucifijo bordado en el pecho. Los complementos de la máscara, además de la canción en latín que utiliza cada vez que entra en una arena, son unas cintas en los antebrazos con la letra “M” y unas muñequeras con forma de alas. Un traje, que con todo y capa y botas, puede llegar a los $400.

A finales del año pasado, la revista Chilango lo entrevistó y le preguntó qué hacía cuando no llevaba puesta su famosa máscara, que se puede encontrar desde cuatro a veinticuatro dólares en las aceras aledañas de la Arena o en los puestos del mercado de artesanías La Ciudadela. Místico respondió: “Voy al cine, convivo, veo mis videos, me subo al metro. La vida con una doble personalidad es difícil: me quito la máscara y no soy nadie. La fama es la máscara. Yo, como persona, soy igual que ustedes”.

Esta noche, sin embargo, la máscara no es ni plateada, ni celeste, dorada o rosada con blanco como otras veces. Esta vez sale con cachos.

La final de la primera eliminatoria del Torneo Nacional Increíble de Parejas la ganan Máscara Dorada y Atlantis, “el ídolo de los niños malos”. Místico y Averno, los rivales ahora aliados, pierden la final. Antes de llegar a la final, Atlantis y Máscara Dorada derrotan a Mr. Niebla y Máximo. Es la pelea de la noche.

Mr. Niebla es sinónimo de peste. El personaje es apestoso, a juzgar por el rostro de Máximo, que se asquea y le rocía perfume desde un vaporizador rosa. Mr. Niebla va vestido de negro, con máscara roja y negra, y una piel en la cabeza que simula un animal muerto. El anunciador lo exhibe: “Con su ritmazo, directamente desde el basurero llega el carroñero, ¡Mr. Niebla!” La música que le acompaña al entrar es una cumbia villera, una canción popular del grupo argentino Los Pibes Chorros llamada “Colate un dedo”. Mr. Niebla baila e invita a su compañero que viene detrás, tímido, a mover las caderas. Máximo, vestido con una malla rosa, una mezcla de atuendo de gladiador y un tutú, baila la cumbia con la delicadeza de una teibolera.

Máximo, “el glamur de los cuadriláteros”, es exótico. En su cabeza lleva un corte mohicano teñido de rosa y su estilo de lucha invitaría a pensar a cualquiera que se trata de un luchador no tan macho. En lugar de arrojarse de frente, cuando está arriba de la tercera cuerda, Máximo se arroja de nalgas; en lugar de pegar con el puño cerrado, Máximo da cachetadas. Y besos.

Casi al final del combate, Mr. Niebla y Máximo, apodados desde entonces como “la Peste del Amor”, parecen estar a punto de ganar. Sometido por Mr. Niebla en una esquina, inmovilizado por una llave Nelson, Máscara Dorada está en bandeja para el beso de la muerte. Máximo, en el centro del ring, se gira sobre su eje para escuchar los gritos del público: “¡Beso, beso, beso!” Entonces se agacha y se pone en cuatro. Comienza a gatear, despacio, mientras simula dar arañazos con una de sus manos. Máscara Dorada se intenta zafar. Es inútil. Máximo contornea su lengua y ruge. Le da un beso en la boca (o eso parece en la distancia) y Máscara Dorada rueda por la lona, como si se tratara del más terrible de los golpes.

La misma artimaña la aplican los rudos con Atlantis. A los rudos se les permite eso: que haya dos o hasta tres de ellos sometiendo a un solo técnico. Después de haberle golpeado, Mr. Niebla sujeta a Atlantis para que Máximo se acerque con sus labios. El público exige el beso y Máximo se acerca despacio, como de costumbre. Un poco más, más cerca. Atlantis se suelta en el último momento. El beso lo recibe Mr. Niebla, que se limpia con ganas la boca. Desde donde estoy, junto a la porra Tepito, que le aplaude a Máximo y le pide besos, no es posible saber si es un beso sincero.

Roberto Mancía, el fotógrafo que me acompañó a la Arena, me comentó después lo que vio en los labios de Mr. Niebla: “Me besó este cabrón”.

Tras su eliminación, quise hablar con Máximo. El personal de la CMLL me llevó a los camerinos, a los que se accede después de pasar dos controles de seguridad y una gruesa puerta metálica. Entré al pequeño cuarto donde minutos después hablaría con Místico. Máximo llegó apurado, vestido ahora con camiseta y pants.

Máximo es nieto e hijo de luchadores. Su padre es también singular. Se hace llamar Brazo de Plata, aunque es conocido como Super Porky: es un gordo seboso, de más de 230 libras (más que sobrepeso cuando se mide 1.70 metros). La especialidad de Super Porky, como se esperaría, son los golpes con la panza.

Le pregunto a Máximo sobre la idea de su personaje. Él, con su voz de locutor de radio, me aclara que no es gay y dice: “El personaje… pues buscábamos que la gente tuviera una idea por el nombre y luego darle otra. Máximo es un nombre masculino, fuerte, pero es exótico. Tú lo puedes presenciar: es un alegre”.

¿Te gusta o te incomoda hacer este personaje?, pregunto. “No me incomoda”, responde Máximo, “al contrario, al principio fue difícil porque llevas dos personajes al mismo tiempo, el bando en el que estás, los rudos, y trabajar este personaje de Máximo. Gracias a Dios que gusta, gracias al público pues es quien nos hace o nos deshace”. El público corea a Máximo.

***

Llegó el momento. Suena “Ameno”, la canción del grupo Era. Averno y Místico entran juntos, van de negro pero hay algo raro. Parece como si se hubieran combinado: Averno lleva los cuernos de siempre, que se yerguen sobre sus sienes, pero además lleva la hostia en medio de los ojos. Místico ahora lleva cuernos.

La rivalidad entre ambos se remonta a 2005, cuando Místico venció a Averno y ganó el campeonato de peso medio de la CMLL. Pero esta noche ambos representan al Distrito Federal. La primera riña, antes de la final, es contra Terrible, un luchador que aparenta ser un roquero duro, y Volador Jr., un (ex) amigo del Místico en el llamado Sky Team. Místico hace lo suyo: se trepa a la tercera cuerda y se lanza de espaldas hacia Volador Jr. El atacado, vestido también de negro, da patadas entre las cuerdas y se arroja cada vez que puede fuera del ring.

Poco importarán en esta caída Averno o Terrible. La lucha es entre Volador Jr. y Místico. El público grita. La porra Tepito aún apoya a su héroe con las bombas de aire. Samurai está extrañamente callado. La Tepito tiene una buena cantidad de fotos gigantes de sus ídolos, que se levantan para animarlos. Esta noche, pese a estar ahí, la foto brillosa del Místico no será levantada.

Místico lleva la delantera. Aprovecha que Volador Jr. está aturdido para rematarlo. Prepara “la mística”. Místico se lanza de costado y sujeta con un brazo a Volador Jr., gira a su alrededor y consigue sujetarle el cuello con ambas piernas. Recorre de un lado a otro el cuello de Volador Jr. y afloja las piernas y vuelve al brazo izquierdo de su oponente, donde había iniciado, para tumbarle y aplicarle una palanca. Volador Jr., tirado de espalda y con el brazo supuestamente inmovilizado, consigue liberarse. Místico se vuelve rudo. El árbitro mira hacia otra parte. Místico da un golpe ilegal y le arranca la máscara a Volador Jr.

Hay desconcierto. ¿Místico se ha vuelto rudo? ¿Ya no respeta las reglas? Buena parte del público lo insulta. Averno, a su lado, está acostumbrado. Hay empujones y, como pasa cuando una nueva rivalidad parece nacer, Volador Jr. toma el micrófono y reta a Místico delante de la audiencia: máscara contra máscara. El otro acepta, pero aún no hay fecha.

Los gritos de “¡Místico puto!” opacan cualquier otro ruido o música. La Tepito apaga sus luces. Místico entra al cuarto que apesta a sudor después de su siguiente lucha, la final perdida contra Atlantis y Máscara Dorada. Aún está exaltado y habla entrecortado. Trae la máscara negra desgarrada, casi destrozada por los dos combates previos. Su nariz está a la vista porque la hostia ha desaparecido por los jalones de Volador Jr. y Atlantis. Sus lentes de contacto blancos todavía están en su sitio. Dentro del cuarto hay varios periodistas y fanáticos. También están su asesor, un hombre con gafas oscuras (es de noche), y Averno, que espera la oportunidad para hablar con la prensa.

Pienso en preguntarle sobre su carrera, sobre la construcción del ídolo, sobre los anuncios que había hecho para el partido de gobierno. Pero está lo otro, lo que acaba de pasar. Y pregunto: ¿Rudo, Místico? “No me importa ser rudo o ser técnico”, responde. Alguien más insiste y Místico amplía: “Si la gente me quiere de rudo o de técnico, yo haré lo que la gente quiera. He demostrado que soy profesional, me adapto al equipo que sea”. Los reporteros le insisten. Místico, entonces, usa un símil bastante válido: “Yo soy como el América, me gusta que me abucheen. Estoy para servirle al público. Ya no hay rudos ni técnicos”.

Esa es la noticia la mañana siguiente. La prensa que cubre las luchas habla mal de él. “Un Místico ‘rudo’ salió a darle con todo a sus propios compañeros, entre ellos Volador Jr., quien se llevó tremenda paliza e incluso fue víctima de marrullerías”, dice MedioTiempo.com. Místico ha dejado de ser técnico. La lucha libre tiene un buen motivo para seguir con su espectáculo.

Mezcólatras

Publicado: 16 octubre 2009 en César Castro Fagoaga
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Antes de comenzar a escribir me sirvo dos onzas de mezcal. La botella no tiene etiqueta, pero una viñeta blanca pegada al cristal me dice lo justo: 54.8% Alc. Vol., mezcal Rudo. Sirvo y mientras el líquido cae dentro del caballito de dos onzas explota en burbujas y perlea. Meto la punta de mi meñique derecho en el vaso y llevo la gota a la palma de mi otra mano. Froto. Hago una mascarilla con mis manos y la acerco a mi nariz. El aroma es dulce, de maguey cocido. Me acerco el vaso y el olor es más fuerte, destapa narices. Doy un trago corto, sin prisas, y el mezcal me lava la lengua, encías y dientes. Lo trago y después doy una bocanada de aire que me regresa el sabor del mezcal desde mis entrañas con más intensidad. Sería injusto que lo intentara describir, incluso los sommeliers de la Ciudad de México han tenido problemas para descifrar los mezcales tradicionales, pero en mi defensa podría decir que este mezcal, además de rudo, tiene sabores cítricos.

No, esta no es una crónica voyerista ni mundana; todo lo contrario, apunta maneras en el campo didáctico. Porque a esta altura, más de uno o una se estará preguntando qué es eso del mezcal, amén de una bebida alcohólica. En El Salvador, el mezcal suena a chino, desconocido en los bares y cantinas, peor en las discotecas. Uno de los mezcales sin embargo, porque habrá que decir que son muchos, sí ha penetrado paladares en El Salvador y en buena parte del mundo. Con una exportación desde México de 137 millones de litros el año pasado, el tequila es el mezcal más famoso y sin duda la bebida insigne del municipio de Tequila, en el estado de Jalisco, y por la que se conoce a todo mexicano.

Pero no es el único mezcal y hay quien cuestiona que sea el mejor por haber abandonado su elaboración tradicional de antaño. Pero estábamos hablando del mezcal.

*****

El bar se llama Red Fly, anuncia que vende cortes argentinos, pero por ningún lado se vislumbra que ahí, los últimos martes de cada mes, se reúna la Logia de los Mezcólatras. Podría parecer que las reuniones de los martes son simples catas, o saboreadas como las llaman ellos, pero el culto al mezcal de esta logia tiene un punto extra: lo que se saborea no es cualquier destilado del maguey sino mezcales elaborados de forma tradicional, un producto que, como se podrá leer más adelante, se salva por rato de la extinción.

Pero hoy no es martes, sino miércoles, y Cornelio Pérez está cerca de la barra cerrando un acuerdo comercial. Cornelio, que usa grandes gafas de pasta y viste con camiseta y jeans, es muy conocido en el Red Fly. Originario de Oaxaca y de familia mezcalera, Cornelio se dedica a comercializar mezcales tradicionales en la Ciudad de México, lo hace con la marca “La Venencia”, que proviene de Ejutla, Oaxaca. Pero su currículo da para más: es uno de los coordinadores y creadores de la Logia de los Mezcólatras.

—La idea de la logia fue contar con un grupo de personas que se dedicara exclusivamente a probar mezcales tradicionales, ¿por qué? En México hay una tradición de mezcales muy vieja, por lo menos en 21 de los 32 estados, pero desgraciadamente como son producciones que vienen de zonas rurales, que las producen poblaciones indígenas, campesinas o mestizas, esas bebidas difícilmente llegan en su calidad original.

La logia arrancó en diciembre de 2005. Desde entonces ha crecido en número de adeptos que pagan una cuota de recuperación que varía entre 200 y 100 pesos (15 y 7 dólares) para tomar un mezcal y luego tertuliar con sus apreciaciones. Después de 120 degustaciones, Cornelio calcula que más de mil personas se han acercado o pertenecen a la logia, personas que tienen como lema una frase de los mezcólatras: “Un día sin mezcal es como un día sin sol”.

Ahora es noche, primavera lluviosa en México, y Cornelio sentado en la mesa responde las dudas de un ignorante del mezcal. Zanjada la aclaración de que el mezcal es un licor que se destila de algunas de las cerca de 200 especies de maguey, esa planta que parece un aloe vera gigante, Cornelio cuenta las razones por la que un mezcal se puede considerar tradicional.

—Es aquel que se hace exclusivamente de maguey maduro, ya sea silvestre o de cultivo. El maguey acumula en su piña o cabeza almidones y azúcares. Parecería trivial, pero muchos cortan el maguey todavía tierno. En el caso del tequila es patético, lo cortan hasta de tres años.

No es difícil adivinar que Cornelio no toma tequila. La aversión se explica en el proceso de producción. Un maguey es un cultivo para pacientes. La planta tarda entre ocho y nueve años en madurar y es en ese momento en que desarrolla el azúcar que será necesario para la posterior fermentación. En el caso del tequila, la demanda agiliza la poda del maguey en menor tiempo, después de los tres y antes de los seis años, por lo que la planta no despliega azúcares.

Si la cortas antes no tienes azúcares, no tienes nada para fermentar después. Y usan azúcares sustitutos, es una bebida falsificada para decirlo ya, ni se le puede llamar tequila porque para eso tendría que ser mezcal.

Cornelio no está mintiendo. En 2004, México aprobó algo conocido como PROY-NOM-006-SCFI-2004, que en términos coloquiales es la norma que rige la producción de tequila. Uno de los apartados define qué es tequila. Se lee que el licor podrá llevar hasta un 49% de otros azúcares.

A la mesa llega Gustavo Contreras con una botella de mezcal en la mano y tres vasos de dos onzas. Gustavo es el otro coordinador de la Logia, es de Durango y comercializa la marca de mezcal “Dioseño”. Estamos por entrar a lo práctico. Gustavo sirve en los tres vasos y Cornelio continúa con la explicación del deber ser del mezcal tradicional: cultivado sin químicos, fermentado con levaduras naturales, 45 grados de riqueza alcohólica y el maguey horneado en horno de tierra.

Levanto el vaso y me dispongo a probar, pero me detengo y mejor pregunto cómo debe hacerse. Lo primero, dice Cornelio, no como el tequila, no de golpe. Y entonces me habla del perleado. Coge la botella con una mano y la agita suavemente. El resultado son miles de pequeñas burbujas que ascienden desde lo más bajo. Son las perlas. Un destilado arriba de 45 grados perlea, es como si te estuviera diciendo que no está diluido con agua. Después me enseña la prueba del dedo, la gota en la mano y el frotado para aspirar los olores de maguey cocido. Lo pruebo despacio y ese mezcal sabe… sabe bien.

Gustavo sirve dos vasos más, esta vez de otra botella con mezcal incoloro, como la primera, pero con gusano. No todo el mezcal tiene un gusano muerto navegando entre sus aguas; algunos productores lo colocan para darle un sabor específico, sabor a gusano, pero hay otros que prefieren tal cual: claramente incoloro. También hay un mezcal en el que se utiliza una pechuga de pavo para darle sabor, pero esa es otra historia. Pruebo el mezcal con gusano. Cornelio dice que lo primero será el sabor del gusano, pero ya cuando lo paladee más habrá un sabor dulce, como frutal, también una parte mineralizada. Lo que destaca es un gusto salobre, a gusano.

La plática se ha derivado, al cabo de una hora, en la primera vez en que los mezcólatras probaron por primera vez el mezcal. Cornelio recuerda que fue a los seis años, Gustavo a los cinco. No es algo raro, como me daré cuenta un par de días después, que los niños prueben gotas de mezcal para familiarizarse con el sabor o que pidan trozos de maguey cocido como el chocolate más exquisito. Cornelio avisa que tendrá que irse y Gustavo sirve dos copas más. Antes de que sea peor, le pregunto a Cornelio qué región mexicana es más recomendable para buscar el mejor mezcal. Responde que depende, Oaxaca por la variedad, pero también que hay un buen mezcal en Michoacán o en Puebla. Me da un número, el de Guillermo Hernández, de Santiago Matatlán, en Oaxaca.

*****

Oaxaca está a seis largas horas en autobús de la Ciudad de México. Es sábado y la ciudad, que en el casco antiguo recuerda a la Antigua Guatemala y en la periferia, salvando las diferencias, a algunos tramos de Santa Ana, ha amanecido con una espesa capa de nubes grises. Las calles empedradas del centro histórico, muy cerca de la iglesia de Santo Domingo y sus retablos dorados, aloja esta mañana una manifestación blanca a favor de Malena, una profesora de un instituto local que está presa por presuntamente haber protegido a un grupo de pederastas.

Al sur sobre la calle Alcalá, la misma de la protesta, hay varias tiendas que venden mezcal. Son especializadas y de momento no cuadra con la explicación dada por Cornelio Pérez, el mezcólatra. Hay mezcal Oro de Oaxaca reposado, con un color parecido al almíbar de durazno. Cremas de mezcal, grises, verdes, amarillas.

Para llegar a “El Oasis” se camina seis cuadras al oeste del zócalo. El expendio hace esquina con Periférico, una avenida transitada. Dentro, hay una sola persona detrás de una barra de madera. Tiene 64 años, es zapoteco (una etnia indígena que habita en parte de Oaxaca) y se llama Rodrigo Hernández. Es la segunda generación de maestros mezcalilleros de su familia; la tercera es su hijo, Guillermo Hernández, el contacto brindado por Cornelio. Guillermo ha salido y Rodrigo observa y platica no con poco recelo.

Detrás de él hay un estante grande de madera donde se exhiben las diferentes marcas de mezcal que su hijo produce, porque él ahora se dedica a atender el expendio. A la vista hay botellas de mezcal Bonachón, blanco (incoloro) y reposado, con gusano o en cremas de diversos sabores: maracuyá, almendra, mango, café. La de kiwi, con un verde intenso, es particularmente vistosa. Hay botellas sin etiqueta, otras pintadas que dicen mezcal Pechuga con un trozo de maguey dentro y otra con mezcal blanco, de marca Doba, con un pavo en la etiqueta.

Le digo a Rodrigo que estoy un poco sorprendido. Pensaba que el expendio era para la venta de mezcales tradicionales.

—Pues mire, lo que es mezcal tradicional y como es el mezcal es blanco, minero, antes decíamos un blanco minero y lo tomábamos de 45 grados. Ese es un mezcal legítimo, auténtico, pero ya después la gente de antes se fue y vienen los que vienen creciendo y la demanda es que quieren más suave como un mezcal reposado, que se reposa en barricas por nueve o diez meses.

—¿Pero para que sea mezcal tiene que tener arriba de 45 grados, no?

—Así es, pero tiene uno que adaptar a lo que el consumidor pida.

Rodrigo comenzó la fabricación del mezcal en 1970. En su pueblo, Santiago Matatlán, la mayoría de la población vive del maguey. Rodrigo entró a un palenque, como se le conoce a las fábricas tradicionales de mezcal, y cumplió etapas: primero cortó maguey, después lo tapó para cocerlo, molió el maguey con la ayuda de un caballo… La historia se interrumpe con la llegada de Guillermo. Es pequeño como su padre, moreno, y con un parecido sorprendente. Tiene una sonrisa simpática y pareciera que el nombre del mezcal Bonachón se inspiró en él.

Guillermo comenta algo similar a su padre, que los mezcales comerciales que ahora vende han sido producto de la demanda y la competencia. Les pregunto a ellos, productores de mezcal, sobre la mejor forma de saborear un mezcal. Los dos coincidirán en que no toman tequila y que el mezcal nunca debe tomarse rápido, sin respeto, pues eso sería un pecado, dice Guillermo.

Rodrigo pregunta si quiero probar un mezcal. Se gira y busca una botella grande y transparente que luego servirá en un pequeño vasito de plástico de menos de una onza. Dice que es de Agave maduro, un mezcal con sabor a pesar de que solo llega a los 38 grados y con ello, según sus propias exigencias, no alcanza a considerarse un mezcal tradicional. Ese tipo de agave, dirá Rodrigo, no da para más grados. Agave es el nombre científico del maguey, pero es ya costumbre que se usen como sinónimos. Pongo una gota del mezcal en mi mano y la froto, luego meto el aroma en mi nariz. Rodrigo dice que seguro será un olor fuerte, mucho a maguey. El sabor no lo es tanto, pero ya me había advertido que solo tenía 38 grados.

La producción del mezcal es caprichosa. Dependerá del tipo de planta la cantidad de litros que puedan hacerse. Rodrigo da una pista: para hacer un lote del mezcal que acabo de probar se cortan 40 plantas de maguey, pero solo servirá la mitad. Guillermo, a su lado, hace un cálculo más preciso: en promedio, siete kilos de maguey rinde un litro de mezcal y ese , el de agave maduro, requiere el doble. Por eso es caro, añade Rodrigo.

La botella cuesta 200 pesos, cerca de $15. Los mezcaleros tienen también en venta pequeñas botellas de un cuarto de litro que a simple vista lucen como las de cualquier aguardiente, Tic-Tac o pacha que se distribuye en los expendios de San Salvador. No están a la vista, situadas en la balda más baja del mueble, colocadas junto a una docena de botellines plásticos de agua con un líquido incoloro.

Es mezcal Especial, producido con maguey espadín, a 45 grados. Es, en el mar de mezcales reposados, saborizados, cremados y apechugados, el único que ellos mismos consideran puro, blanco y tradicional. Pero está escondido, ninguneado por los clientes que prefieren la crema de kiwi, y a un precio de 15 pesos, poco más de un dólar. Y se trata de una joya. Rodrigo me sirve una copita.

Los dos zapotecos se sueltan y se animan con la charla. Hablan y se interrumpen para contar algunos entresijos de la cultura del mezcal. Una mujer embarazada, dirá Guillermo, no puede acercarse al palenque cuando se está cociendo el maguey en el horno. Correría el riesgo de que se cortase el proceso, pero si ello ocurriera la solución la tiene la misma mujer, que deberá arrojar trozos de maguey al horno. El mezcal no es una labor de mujeres, aunque algunas veces ayuden en la corta de la planta.

Otra botella curiosa es la pintada de rojo y con letras desiguales donde se lee mezcal de pechuga. El líquido es amarillento y dentro de la botella hay dos o una raja de maguey. En ese momento me parece obvio porque cuando mencionan pechuga se me ocurre que se tratará de algún trozo tierno del maguey. Pero Guillermo dice que pensar eso es un error.

—Hay una confusión, a eso se le conoce como pechuga y la gran mayoría le llama pechuga, pero realmente el mezcal de pechuga se hace con frutas y con pechuga de guajolote en la destilación.

Guajolote es el pavo en México. Y sí, para fabricar este mezcal es necesario mezclar las piñas de maguey con trozos de frutas y con la mejor carne del pavo. Rodrigo me pregunta si quiero probar el verdadero mezcal de pechuga. No se me ocurre decirle que no. Alcanza una botella con mezcal blanco que tiene el dibujo de un pavo en la etiqueta, justo arriba de la marca en letras rojas: Doba. Doba y Bonachón son las dos marcas que la familia Hernández comercializa en su expendio de Oaxaca. El resto, que conoceré mañana, son exclusivas para la capital mexicana. El mezcal de pechuga, el verdadero, es mucho más suave que los dos anteriores, será por la pechuga, ligeramente salado, con 38 grados.

Con las tres copas, una cantidad mínima, se me ocurre preguntar si un buen mezcal da cruda, la traducción mexicana a la penosa resaca, la goma. Los zapotecos sonríen. Guillermo contesta que un buen mezcal no da cruda. Aunque hay matices.

—Lo característico de un buen mezcal es que, al otro día, da hambre. Lo otro es que hay que tomar solo de un mezcal, si lo mezcla no se sabe cuál es el culpable. Y bueno, tampoco pasarse de la raya. Hasta el mejor coñac hace cosas malas pasándose del límite.

Poco antes de partir, Guillermo acuerda la hora para visitar mañana su palenque y sus plantaciones de maguey. De eso dependerá entender la fabricación tradicional del mezcal. Rodrigo, entre tanto, pregunta si quiero probar el Bonachón reposado con gusanito. Sí, claro. Compro un par de botellas convencido con las muestras y Rodrigo extiende la mano y me regala cuatro bolsas con sal de gusanito. Son bolsas pequeñas de un polvo con color parecido a la arcilla, una mezcla de sal, chiles y gusanos molidos que sirve como botana. No hay que temerle al gusano: vive conectado al maguey porque es su plaga.

*****

Después de salir de “El Oasis”, el camino que conduce hacia el zócalo de Oaxaca se detiene con el descubrimiento de La Casa del mezcal, una cantina fundada a principios del siglo pasado. Fuera, poco antes de la siete y media de la tarde, el sol no ha caído, pero se mantiene nublado. Dentro, el ambiente es similar pues hay poca luz que ilumine las mesas de madera. El lugar con rocola está decorado con murales que muestran a un tlaotani indígena que está por recibir una jícara llena de mezcal de una mujer sentada al lado de una planta de maguey.

El mesero que recibe dice que los mezcales que se sirven, ocho según la carta, son tradicionales hechos por la casa en Santa Cruz Xocotitlán, en Oaxaca. Hay también siete cocteles diferentes preparados con mezcal y licores de frutas. Casi todas las mesas están ocupadas, pero nadie bebe mezcal, a excepción de una pareja de vejetes que entrará al cabo de una hora. En las mesas hay cervezas, oscuras y claras, y naranjas dulces dispuestas para cubrirse con sal de gusano.

*****

Guillermo dijo que vivía en Santiago Matatlán, pero nunca mencionó que su pueblo se considere a sí mismo como la capital mundial del mezcal. Hay un arco metálico pintado de verde, ligeramente enmohecido, que así lo anuncia. A ambos lados de la carretera se observan al menos 13 fábricas y expendios de mezcal, con el epíteto de ser tradicionales.

A Matatlán se puede llegar en un taxi colectivo desde Oaxaca y los 50 kilómetros de distancia se recorren en poco más de media hora. El trayecto de la carretera está plagado de plantaciones de maguey.

Guillermo espera en la puerta de su vivienda, ubicada en la avenida Independencia del pequeño pueblo. La casa tiene un curioso sistema de pitas para abrir desde la calle sin necesidad de llaves. Guillermo recibe con la sonrisa que le abarca buena parte del rostro y comenta que las llaves sobran, este es un pueblo tranquilo.

La cochera de la casa tiene barricas de madera a un costado, donde se guardará por meses el mezcal que luego llevará el apellido de reposado. La madera, con el tiempo, contribuye a transformar la falta de color a un tono que apunta a lo amarillo. El cuarto más próximo a la cochera está ocupado por una mesa, barriles de plástico y bidones enormes que pueden almacenar hasta 2,500 litros de mezcal. Todos están llenos y etiquetados por el Consejo Regulador de la Calidad del mezcal. Esa entidad privada fundada en 1997 es la que avaló que dos marcas de los Hernández puedan ser comercializadas en la Ciudad de México. Guillermo remueve unas cajas y saca las dos variedades del mezcal Milagrito del Corazón, blanco y reposado.

Pero la estrella de la casa está por venir. Es un mezcal tradicional, blanco en sus dos variedades, llamativo donde los haya. Se llama Enmascarado y viene en dos presentaciones: Técnico, con etiqueta blanca y el dibujo de un luchador enmascarado, con 45 grados; y Rudo, etiqueta celeste, mismo dibujo, y 54.8 grados. El Enmascarado Rudo es un mezcal de puntas, como se le llama a lo primero que sale del alambique, el licor más duro.

Caminamos hacia el palenque, la fábrica familiar, que está en el patio de su casa. En un extremo, al aire libre, hay un agujero en la tierra de cuatro metros de diámetro que está forrado de piedras. Son especiales, explica Guillermo, que no se rajan o explotan cuando se cuece el maguey. Ese horno, bajo tierra, puede recibir hasta 12 toneladas de maguey. Se coloca madera, piedras y luego se da fuego hasta que todo es un hervidero rojo. Entonces se arrojan las piñas del maguey, es decir, el corazón de la planta sin pencas, para luego cubrir de bagazo fresco de la misma planta, bolsas y tierra. Se cuece por cuatro días.

Una vez cocido, el maguey se saca y se lleva al molino. Entonces la yegua Elodia de Guillermo, como la de otros maestros mezcalilleros, comienza a trabajar. Es un molino impulsado por el animal, dispuesto sobre una base circular donde se coloca el maguey cocido para exprimir su jugo. Molido, jugo y piezas cocidas pasan a tinacos de madera que se llenan a la mitad junto con agua. Se conservan así por ocho o nueve días mientras se fermentan. Lo que sigue es lo obvio: el interior de un tinaco se vacía en los alambiques para que calor, vapor, agua fría y condensación hagan lo suyo y tras 12 horas caiga un chorro de mezcal. Guillermo dice que ha sorprendido a su hija de año y medio metiendo su pequeño dedo para probar el mezcal. No es algo precoz, aquí en Matatlán el maguey lo es todo y los niños piden trozos de maguey cocido como la mejor golosina, el bagazo sirve de leña y del quiote, un tallo que puede llegar a medir cinco metros que brota del maguey cuando este está maduro, sirve para hacer cereales parecidos a los Corn Flakes.

Volvamos al alambique. Lo primero que cae es un destilado de 25 grados. Los maestros toman el líquido y hacen una rectificación, una nueva destilación que puede producir un nuevo producto superior a los 60 grados. Entonces entra la mano del experto.

—Ahí interviene el maestro mezcalillero para saber qué es lo que quiere y ahí es donde hay que mezclar: puntas, cuerpo y colas. El cuerpo que es de 65 a 45 grados. De 45 grados para abajo son colas. Hay que saber manejarlo en promedio, todo influye en el sabor.

Ocho años de espera, cuatro días de cocción, nueve días de fermentación y 12 horas de destilación. Lo que tiene un maestro mezcalillero es paciencia. Y devoción por una bebida que es fugaz.

—Los mezcales son únicos, independientes, influye todo, el tiempo por ejemplo, pero hasta el estado de ánimo del productor, el tipo de maguey, la tierra si está entre piedras. La concentración de azúcares de un maguey a otro varía. Por eso hacen lotes y de ahí enumeran botellas. Mil botellas y ahí se acabó.

Guillermo conduce un par de minutos desde su casa para mostrarme su plantación que está al lado de la carretera. Buena parte son magueyes maduros que estarán listos para ser bebidas el año que viene. A tres de ellos los sacrificó y les permitió que se desarrollaran su quiote. El quiote concentra todo el azúcar de la planta por lo que estas tres nunca servirán para el mezcal. De ese enorme tallo, el cual ya ha podado las flores, extraerá mil brotes que luego plantará y serán mil pequeños magueyes.

Bajamos una pendiente y llegamos a una explanada donde tiene plantados los retoños del año pasado. Son pequeñas plantas, sin ese aspecto intimidante de las viejas. Guillermo las contempla orgulloso y dice con amor que esa será la producción de 2017.

Antes de despedirnos, Guillermo regresa a su casa, entra a su bodega y sale con dos pequeñas botellas de Enmascarado de 375 ml, una ruda y otra técnica. Van sin etiqueta porque dice que son de su reserva particular.

*****

Antes de terminar de escribir me sirvo dos onzas de mezcal. La botella no tiene etiqueta, pero una viñeta blanca pegada al cristal me dice lo justo: 45% Alc. Vol., mezcal Técnico. Perlea. El olor es intenso y me transporta al maguey cocido de Matatlán. Está más terso que el Rudo. Está bueno.

Génesis.

Todo comienza con una mentira. Dios no es uno. Ni mucho menos tres. Hay un dios que nos dice que somos águilas, pero que lo olvidamos y nos comportamos como pollos y que por eso no volamos y nos dedicamos a rascar en la tierra en búsqueda de lombrices. Hay un dios que dice que las imágenes de los santos y de las vírgenes son falsos ídolos. Hay un dios que mandó a decir que las mujeres no deben vestirse como hombres ni los hombres como mujeres. Hay un dios que ordena amarnos unos a otros. Hay un dios que jura que el Papa es el diablo. Hay dioses. Hay muchos dioses y todos viven en la Biblia. Sucede que no siempre los vemos o conocemos y por ello resulta imprescindible que alguien nos los presente, que alguien tome la Biblia entre sus manos y la lea, la digiera y luego nos lo grite, nos lo haga ver. Por eso existen los predicadores.

Antiguo Testamento, capítulo 1. Les dicen locos. A los predicadores del parque Bolívar les dicen locos. Ellos mismos lo dicen cuando se suben al céntrico quiosco a predicar y se ríen de todos esos infieles que pasan caminando, que venden café, que simplemente van al parque y se sientan en sus bancas. No les importa. El Bolívar por eso está lleno de locos que llegan todos los días desde las 7 de la mañana —a veces más tarde como ya se verá— y se van cuando anochece, depende la hora de la época del año, con la misión de dar, cada uno, su visión particular de lo que aparece en la Biblia cristiana. Hay muchas coincidencias. Por ejemplo: gritar, la aversión hacia la Iglesia católica y hacia el culto que preside el Hermano Toby (el Tabernáculo Bíblico Bautista), y la convicción de que cada uno de ellos es dueño de una verdad que Dios les ha revelado. Principalmente por visiones.

Predicar no es fácil. De eso me di cuenta el primer día que llegué al Bolívar, el parque del centro de San Salvador cercano a la iglesia El Rosario. No solo es necesario esperar turno para hacerlo, sino que hay que llegar con la tarea hecha, la Biblia leída y toda una retahíla de recursos para no perder la atención de nadie. Uno de los hermanos, así se dicen los predicadores entre sí, me había dicho que lo único que me detenía para hacerlo era el miedo. Le pregunté si cualquiera podía predicar. El hermano Daniel, que hacía dos minutos terminaba su predicación, aún sudado, aún agitado, me dijo: “Cualquiera, varón, usted está aquí porque Dios así lo ha querido. Dele, dele con todo”.

Me levanté con mi Biblia apretada en la mano.

Capítulo 2.

Una iglesia no solo es la que tiene un altar, un crucifijo y velas ardiendo por un santo con el rostro en éxtasis. Tampoco donde hay un enorme coro de voces desentonadas que meten barullo a las 7 de la mañana de un domingo. Una iglesia puede ser un pasillo angosto de un mercado, con puestos de lata en cada costado y un grupo de siete personas que se turnan por contar cada uno la historia de conversión cristiana más conmovedora.

Estamos entre los puestos de venta cercanos a lo que se conoce como el predio ex biblioteca, vecino del mercado de artesanías ex Cuartel. Llueve fino, poco perceptible, y el centro de San Salvador está adormilado. No todos los pasillos tienen vida. En la mitad de uno, donde sobresalen los puestos de teléfonos celulares, hay un grupo, más mujeres que hombres, que observa atentamente a un tipo que se contornea y que tiene los ojos cerrados. El tipo está de pie y al frente del grupo de siete personas. Todas las mujeres van con velos blancos sobre sus cabezas y todos los hombres con bigote, aunque esto es una mera coincidencia. Por la escena, el grupo repitiendo amén, amén, la pequeña mesa detrás con mantel rosa y flores, se infiere que el tipo está predicando, aun cuando lo que salga de su boca sean frases ininteligibles y gruñidos. Lo que estamos viendo se llama iglesia Profética.

Al hombre lo sientan al cabo de un rato, no sin hacerle ver que más hermanos y hermanas tienen que contar lo suyo. Me siento entre ellos y nadie se inmuta. A mi lado hay un hombre que viste con camisa manga larga blanca y pantalones negros. Es un burócrata llamado Guillermo Barillas. Barillas es un agente aduanal que cayó en desgracia luego de dejar de pagar el IVA con su empresa de servicios aduanales. Tenía dinero hasta “para esconder debajo del colchón”, carros, camionetas, mujer, amantes, prostitutas. Todo. Se quedó en la calle, abandonado y sin dinero. Fue cuando se hizo evangélico. Suena a telenovela de Televisa pero le doy el beneficio de la duda por tratarse de un devoto arrepentido. Barillas se para y se dirige a una señora gorda para pedirle permiso de contar su testimonio. “Pase, hermano”, le dice ella.

—Todo, todo lo perdí. Y ya empiezo a meterme a los parques, a las plazas donde predican la palabra y entonces fue como conocí al señor, metido en los parques, ahí donde predican los hermanos ahí está el Señor. Después de años de pobreza y miseria, con ropa que me regalaban, zapatos rotos, sin cinco en la bolsa, después de haber tenido una barbaridad de dinero, todo se me había terminado. Este testimonio mío es por obligación, porque el Señor me dio esta bendición. Voy al parque Bolívar y estaba predicando un hermano, entré y me senté a oír. Cuando terminó de predicar, el hermano se sentó a la par mía. La (iglesia) Elim la había dejado porque no era la que Dios estaba demandando, y el hermano me dice: “Lo acabo de recibir en visión…”

El relato de Barillas había comenzado con un buenas tardes, hermanos, seguido con un protocolo de presentación que podría ser gloria Dios o algo así. Sucedió una transformación postsaludo y el relato lo contó a partir de entonces con unos decibeles más, con algunos énfasis, llámese gritos, en partes trascendentales, como cuando está por contar la vez que en el parque Bolívar un predicador lo recibió en visión. “¡Dios vive!”, grita. Y sigue.

Barillas continúa su testimonio por veinte minutos más. Luego se hinca, cierra los ojos y bebe un vaso con agua. Me alejo un poco de la zona de los lamentos y le pido que me acompañe. Lo hace de buena gana. Le comento que ando en búsqueda de predicadores de las plazas públicas, que después de varios días de averiguaciones, no había logrado dar aún con alguno. Barillas, ese hombre rechoncho, con las mejillas rosadas y pasado los 50, me dice que es cierto, que a los predicadores se les mira poco por las plazas Libertad, Barrios o Morazán.

—Vaya y búsquelos en el parque Bolívar. Ahí están todos los días y a cualquier hora.

Le agradezco, y él me dice que Dios me bendiga. Antes de irme le pregunto cómo le va ahora. Barillas sonríe y me cuenta que trabaja con el Gobierno, siempre de agente aduanal, y me muestra su carné. Gana ocho dólares por la firma de un trámite. Nada mal, le digo. Barillas se ruboriza y no dice nada. Abandono el pasillo al tiempo que una hermana se ha puesto de pie y está contando que el día anterior tuvo una visión, en la que se le aparecía una niña pequeña, la tomaba de la mano y le decía: Vamos a predicar.

Capítulo 3.

Un día antes de encontrarme con los miembros de la iglesia Profética había hecho una llamada a la Alcaldía de San Salvador. Tenía una duda luego de varios recorridos por el Centro Histórico. Los había hecho por las tardes, cuando más gente se reúne en las plazas públicas a simplemente estar. Me contestó una amable señora en la oficina del Distrito Centro Histórico, una oficina que, curiosamente, está en otro distrito.

—Buenas tardes. Una pregunta, señora, ¿hay algún requisito para que yo pueda ir a predicar en alguna de las plazas del centro?

—Sí, tiene que mandar una carta dirigida a la alcaldesa diciendo el día y la hora del evento y el tipo de equipo que va a ocupar.

—¿Equipo?

—Sí, si va a usar parlantes, megáfono, eso.

—¿Pero si solo quiero ir a predicar con mi garganta y mi Biblia?

—No, en ese caso no hay que pedir permiso.

—¿Segura?

—Segura.

Capítulo 4.

A la plaza Libertad había llegado de casualidad. Me quedaba de camino a mi verdadero destino, el parque Bolívar, donde ya me habían dicho que era el lugar de predicadores por excelencia. Su templo. En la plaza Libertad había mucha gente y el reloj pasaba de las 5 de la tarde. El cielo mostraba nubarrones grises pero esa tarde no llovió más. A un costado de la plaza, con los portales de la Dalia como fondo de escenario, había un camión azul de carga de 1.5 toneladas. No tenía más carga en la parte trasera que dos parlantes negros y un hombre con ojos pequeños y un bigote ralo, casi pintado, nicaragüense, que a pesar de tener un micrófono en la mano y cerca de su boca, se desaliñaba la garganta con alaridos.

El nicaragüense tenía una camisa blanca que en la parte trasera decía: Ministerio Evangelístico el Pozo de Jacob. El nicaragüense estaba enfadado por varias razones: porque no mucha gente le prestaba atención, muy a pesar de su equipo de sonido; porque los hombres prefieren 20 cervezas o 20 dólares antes que la palabra de Dios; porque los hombres, porque no decía mujeres, veneraban las imágenes y las esculturas, y la Biblia lo prohibía, y esas eran estupideces de la Iglesia católica, y apuntaba con su dedo índice de la mano libre, la izquierda, a la cúpula colorida de la catedral metropolitana; porque nadie entendía que un día la palabra de Dios se va a terminar.

—Sí, la palabra de Dios se va a terminar, y ese día te vas a dar cuenta lo que el ladrón hizo en tu vida. El enemigo no solo te quiere ver en el adulterio, el enemigo te quiere ver en el ataúd. Todos los humanos somos a imagen y semejanza de Dios pero no todos los humanos somos hijos de Dios. Ahhh, dice usted, ¿y cómo no voy a ser hijo de Dios? Nooo, hay cosas que hay que entender. A los que lo recibieron, dice Juan, les dio potestad de ser llamados hijos de Dios. No solo se trata de creer en Dios… si hablamos de creer en Dios, el diablo cree en Dios, y el diablo tiembla.

El nicaragüense seguía con su apocalíptico discurso. Abajo del camión, un hombre y una mujer jóvenes lo seguían atentos. El hombre me dijo que predicaban en un camión, en la calle y no en la plaza, para evitar que el CAM los multara por el ruido. Le comenté que me parecía un tanto raro porque la prédica se escuchaba no solo en la plaza, sino en las calles aledañas y un tanto más. Me respondió que solo a veces les decían algo. La mujer me dijo que todos los días llegaban a predicar a la misma hora, en el mismo lugar y se turnaban entre los tres.

En la plaza, dos lustrabotas católicos que estaban cerca silbaban al nicaragüense para responder a los insultos a su Virgen, un grupo de 10 personas escuchaba sin decir nada y dos taxistas peleaban por un puesto para parquearse detrás del camión azul.

Nuevo Testamento, capítulo 1.

Dios, cualquiera de los mencionados en el Génesis, está metido de lleno en este país. Encabeza su nombre la bandera nacional de actos oficiales (Dios, Unión, Libertad), va su nombre en los vidrios traseros de los autobuses, en la Oración a la Bandera y en las expresiones populares de la primera persona que indican pertenencia respecto a él: ¡Dios mío! Veamos: este es un país creyente. Ocho de cada diez salvadoreños se considera de alguna religión, y entre estos la católica es la que, todavía, tiene más adeptos: la mitad de la población se considera católica; un tercio evangélica; un 2% de otras religiones, mayoritariamente testigos de Jehová y mormones; y un 15% dice que de ninguna de las anteriores.

En esto concuerdan dos casas de medición de opinión: LPG Datos y el IUDOP de la UCA. Cada vez que hacen encuestas preguntan por la filiación religiosa. Son más católicos, pero con tendencia a la baja. Hace 20 años, en 1988, según una de las primeras encuestas de la UCA, seis de cada diez salvadoreños se consideraban católicos. Pero han ido perdiendo miembros paulatinamente y la ganancia ha sido para las florecientes iglesias evangélicas.

Hay más: Entre 1928 y 1970, un 5.5% de los católicos se cambió de religión. Entre 1992 y 1998 fue un 36.8%. A algunos de estos me los encontré en el parque Bolívar.

Capítulo 2.

Para predicar hace falta, cuando menos, una Biblia. La única que pude conseguir tenía solo el Nuevo Testamento, los salmos y proverbios y una inscripción dorada sobre pasta azul que decía: Este libro no será vendido. Mi librito era parte del millón de ejemplares que Los Gedones Internacionales, un grupo cristiano con base en Tennessee, Estados Unidos, ha distribuido en hoteles, hospitales, cárceles, escuelas y moteles en 170 países. A mí me la prestó un amigo.

El primer día que llegué al Bolívar fue un jueves, hace dos semanas. La escena fue la siguiente: desde cualquier punto del parque se puede ver el quiosco, una particular construcción con pilares de cemento diseñados para parecer troncos de árboles. De una manera rústica lo consiguen. Dentro hay siete bancas que bien pueden alojar a tres personas cada una. El suelo es de cemento, gris, redondo, con suficiente espacio para moverse. Llegué cuando un predicador se destroza la garganta gritando: “¡La santidad, la santidad, la santidad!”.

La imagen que tenía de los predicadores encajaba perfecto con lo que estaba viendo. El hermano Jaime, me enteraría poco después que se llamaba así, se encorvaba ligeramente, ponía rígidos los brazos y la garganta se le hinchaba, especialmente la vena sobre el esternocleidomastoideo. Gritaba, gritaba, gritaba. Es que el hermano Jaime repite tres veces las cosas cuando quiere enfatizar algo así sean frases como ¡Viene el juicio!, ¡Viene el fuego, fuego, fuego!, y otras de igual talante apocalíptico. Al hermano Jaime se le ponía roja la cara y los ojos uno para cada lado. Luego comprendí que era estrábico.

Fue obvio que ese no era mi lugar. A los días comprendí que la gente que se reúne en el quiosco del parque es siempre la misma. Los predicadores llegan solos, en grupo, en parejas, se sientan y esperan a predicar según su orden de llegada. No es necesario hacer preguntas, los predicadores atienden su turno y esperan pacientemente para hablar sobre Dios. El público varía un poco más, según quien sea el que se cruce por el parque, pero no falta un grupo de cuatro indigentes, uno de ellos con muletas y con pocos dientes, que se marcha cuando ya ha pasado el momento del café de 15 centavos de las 4 de la tarde.

Me mantuve atento, fingiendo que me interesaban las quejas del hermano Jaime, que para el momento decía que los deportes, los testigos de Jehová, el Hermano Toby, las imágenes de santos, el Papa, el Vaticano y las telenovelas eran cosas del diablo, cuando alguien se sentó a mi lado. El tipo parecía amable, me extendió la mano y descolocó con sus primeras palabras: “¿Has aceptado a Dios en tu vida?”. Tardé unos segundos en reaccionar, y lo único que se me ocurrió decir fue que era la primera vez que estaba en ese lugar.

Me dijo que se llamaba Efraín Alas y que se congregaba en la iglesia de Dios en El Salvador, con sede en Soyapango. Alas se interesó en qué diablos hacía yo ahí. Le dije que era periodista y que mi intención era escribir una crónica sobre los predicadores del parque. También quiero predicar yo, le dije. Me miró casi con ternura y me dijo algo que en los días siguientes se convertiría en una frase recurrente: “Dios quiere que estés aquí”.

Fue Alas quien me explicó cómo funcionaba el menester de predicar en el parque. En ese momento de la tarde, la mayoría de los hombres sentados, porque mujer había solo una, tenía una Biblia en la mano. Eran predicadores esperando turno. Uno tiene la cabeza rapada, bigote y una barba de chivo. El hombre, que luego veremos que se hace llamar “el Iluminado”, es un vendedor ambulante de cinchos a un dólar. Alas lo mira y me hace ver que “el Iluminado” no es del agrado de todos.

—Aquí para predicar solo hay que ser ordenado, el que va llegando es el que va pasando. Como el Espíritu Santo es ordenado, así nosotros somos ordenados. Incluso el muchacho de ahí, el pelón, viene a hablar un montón de intereses de la Biblia roja, que hay que apoyar a Chávez de Venezuela. Ideología.

—¿Y eso?

—Y eso es antibíblico.

Comenté a Alas sobre lo que gritaba el hermano Jaime. En los días siguientes que lo escucharía, el hermano Jaime repetiría exactamente las mismas cosas. A saber, amén de las antes mencionadas: que es una abominación que las mujeres se vistan con pantalones, que es del diablo fumar y tomar, y que los futbolistas deberían arrepentirse. Alas, un ex católico y decepcionado, me explicó que en Deuteronomio, un libro del Antiguo Testamento, se halla el capítulo 22, versículo 5, que dice así: “No vestirá la mujer traje de hombre ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová, tu Dios, cualquiera que esto hace”. Me quedo mudo. El Deuteronomio es el libro que más adelante, en el mismo capítulo, dice también que si un hombre se acuesta con una mujer casada y son descubiertos ambos deberán morir. Así se quitaba el mal de Israel.

Con lo demás me dijo que no hay nada en la Biblia que prohíba expresamente fumar, pero que no olvide que el cuerpo es un templo (Primera Carta a los Corintios, capítulo 6, versículos del 12 al 17), y que el principal problema con el fútbol es que, de cuando en vez, hace que uno se enoje. Le conté que una vez fracturé a un amigo jugando al fútbol. “Por eso no hay que jugar”, me dijo.

El hermano Jaime terminó lo suyo y luego dio la mano a todos los que estábamos sentados en el quiosco. Después de una hora y media. Le sucedió el hermano que habló de los animales que son satánicos y luego otro, el hermano Esteban, que tenía solo los dientes de abajo, y que cantaba alabanzas con su dedo índice apuntando hacia el cielo.

Llegó la noche y no pude predicar.

Capítulo 3.

Tercer día de prédicas. El segundo tuvo poco de relevancia, al menos en cuanto a mi intención de predicar públicamente ante todos los hermanos. Hubo, eso sí, predicadores interesantes que puedo resumir brevemente. El hermano Daniel, ese que me dijo que lo único que necesitaba para predicar era dejar el miedo, relató que el cristiano es como el águila que se ha criado entre pollos y que se ha olvidado de cómo volar. Mientras predicaba, el hermano Daniel corría de un lado al otro del quiosco y movía sus brazos emulando a un águila, a un pollo. Me convencí de que yo empezaría mi prédica de la misma forma.

Hubo otro predicador, el hermano David, que decía que la segunda venida de Cristo se ha retrasado porque no estamos en el año 2008. Estamos en el año 1975, y todo es cuestión de saber que estamos viendo el calendario equivocado. Hay esperanza, sostenía pues el hermano David.

Predicó después un jubilado con una Biblia que parecía el directorio telefónico. En el registro de Personas Naturales de este país, al menos hasta el año 2006, se señalaba que había más de 3,500 personas que en su DUI tenían la palabra “pastor” como su profesión. Los que llegan al parque Bolívar no son pastores, mucho menos sacerdotes. Se trata de jubilados, desempleados, vendedores ambulantes o empleados a medio tiempo que dedican un par de horas del día, especialmente a la tarde, para predicar. Está claro que no hace falta ser un pastor para predicar.

Como decía, tercer día. Tampoco pude predicar, y esta vez no fue precisamente por falta de espacio, porque incluso había llegado poco después del almuerzo para asegurarme un puesto. La tarea no fue sencilla porque la demanda de espacios al aire fue mucha ese lunes. Pude haberme parado luego que el hermano Jaime, de nuevo, terminara, pero la verdad es que me faltó el valor.

En lugar de eso, mientras el hermano Jaime seguía con su prédica, me fui a sentar al lado de “el Iluminado”. “El Iluminado” apartó los cinchos que tenía en su regazo y me saludó de buena gana apretándome fuerte la mano. Vestía con el mismo pantalón camuflado, tipo militar, y botas, que en las dos ocasiones anteriores que lo había visto. Llevaba una Biblia azul, con pasta gruesa, con los bordes de las páginas pintadas de rojo.

Supe que se llamaba Elías porque otro predicador, antes de irse, pasó a despedirse y le preguntó su nombre. Supe que fue alcohólico, que lleva meses rehabilitándose, porque él me lo dijo. Lo de “iluminado” salió poco a poco en la conversación, mientras me comentaba que él no grita cuando predica ni le gusta insultar. Lo suyo es otra cosa. Rápido me lo hace saber.

—Yo recibí la iluminación.

—¿Dónde recibiste la iluminación?

—De parte de Cristo, yo soy un iluminado.

—¿Y cómo se ilumina uno?

—Dejando toda la maldad. Apartándose de todo mal, no ambicionando, no amando esta vida, creer que cuando usted muere usted nace; y que cuando nace usted muere.

Mientras hablaba con “el Iluminado”, el hermano Jaime, que llevaba una hora y cuarenta minutos de prédica, con el sol ya caído, gritaba aunque sin vernos: “¡Amigo, amigo, que no te engañen!”. Cuando terminó, se despidió y abandonó el quiosco con rapidez. “El Iluminado” me preguntó si quería escucharlo predicar. Yo le dije que por qué no. Se puso de pie y comenzó a hablar en tono bajo, con su voz niñona. Yo era su único público.

Entre otras cosas, me predicó que la guerra es justificada en ciertas ocasiones, como si, por ejemplo, al presidente venezolano Hugo Chávez lo atacara la bestia, es decir, Estados Unidos. “Tendría que defenderse”, dice. O también me predicó que los pueblos de izquierdas son los pueblos de Dios porque usan el color rojo en sus banderas, como roja era la sangre de Cristo. Si la sangre de Cristo hubiera sido amarilla, razonó poco después “el Iluminado”, pues amarillas hubieran sido las banderas.

Nos despedimos al poco de que terminara de hablar. Le compré un cincho negro.

Capítulo 4 y Apocalipsis.

Al final del cuarto día llegó el evangelio. Llegué al Bolívar a las 8:20 de la mañana del martes. Decidido plenamente. Entré al quiosco y me senté a esperar. No había nadie, ni predicadores ni público más que un tipo que leía el periódico y que se levantó al cabo de unos minutos. Esperé en vano. Decidí regresar más tarde.

Volví a la 1:20 de la tarde. El quiosco tenía gente y había un predicador al centro. Entré y me senté. Había más, pero ninguno estaba dentro, sino conversando afuera del quiosco, muy cerca de las gradas de acceso. Solo era yo y el que hablaba de momento, un predicador que, como yo, tenía un Nuevo Testamento de pasta azul que regalan en los hospitales y moteles. El predicador decía que los predicadores no eran perfectos pues son humanos, pero bien es sabido que son diferentes al resto de hombres.

Me puse de pie cuando vi que guardó su Biblia en el bolsillo de su camisa. El otro se despidió y se fue a sentar a la misma banca que yo había calentado.

Había siete personas y un perro. Dos ancianos, dos hombres con mochilas y gorras, un hombre con gafas de sol, otro que vestía harapos y el predicador que se acababa de sentar. Corrección, el perro se levantó. En realidad era una perra.

En medio de la plaza se crea un efecto particular. El techo en forma de cono produce una ampliación de sonido que hace viajar la voz. Al menos eso me pareció cuando dije: “Buenas tardes, hermanos. Gloria a Dios”.

A tenor de lo que había escuchado los días anteriores y de lo dicho por mi antecesor, mi mensaje se centraba en que no importaba nuestra naturaleza o nuestra religión o si nos sabíamos la Biblia para ser considerados hijos de Dios. Era, claro, para llevar la contraria a los predicadores. Comencé, tal como lo había previsto en prácticas previas solitarias, con que los cristianos somos como las águilas que se han criado entre pollos y han olvidado que pueden volar y que se pasan los días rascando la tierra para buscar gusanos para comer.

Nos hemos olvidado, les dije, que somos hijos de Dios. Agregué luego:

—Eso quiere que todos los seres humanos nacidos somos hijos de Dios. Todos, todos, todos. Sin ninguna excepción. Y aquí es lo más importante, y es donde creo puede haber confusiones, hermanos. No hace falta ser bautizado, no hace falta que te echen agua, no hace falta que te sumerjan en un río para ser hijo de Dios. Yo sé que estos son símbolos que las diferentes iglesias utilizan para representar la entrada de un hijo de Dios a una vida nueva, a una vida de comunión con Cristo, pero se olvidan que uno siempre es hijo de Dios. El pecador es hijo de Dios, el adúltero es hijo de Dios, los sacerdotes son hijos de Dios, las prostitutas son hijas, los predicadores, los homosexuales. Todos.

Los dos ancianos, que estaban sentados juntos, me veían y se hacían comentarios. Al hombre de las gafas le interesaba a ratos. El de los harapos se levantó antes de que concluyera. Uno de los hombres con bolsón y gorra fue el único que me vio fijamente y alguna vez asintió con su rostro.

Mi prédica la había basado en parábolas. Me había leído el Evangelio de Lucas, las parábolas del capítulo 15, la del hijo pródigo, y muy especialmente la del capítulo 18, esa que compara la forma de orar entre un fariseo y un publicano. Todo esto para decir, quebrándoseme la voz no pocas veces, que no hace falta decir que uno es bueno para serlo. El predicador me hizo mala cara, con un gesto de desaprobación. Al poco se levantó.

Tenía un guión preparado pero improvisé sobre la marcha. Ya había sido lo suficiente moralista y me restaba, como todos, volverme un poco apocalíptico al final de mi intervención. Dije que quería recordar una cita de la Biblia que me podía de memoria para estos casos. Comencé a leer Ezequiel 25,17. La cita me la aprendí luego de ver diez veces “Pulp Fiction”, una película del director Quentin Tarantino. Es una cita que Tarantino adaptó y que no se encuentra tal cual en la Biblia, y termina así: “Y les aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos. Y ustedes sabrán que mi nombre es el señor, cuando mi venganza caiga sobre ustedes”.

Cerré con Job 19, 25. Terminé tras 15 minutos. El hombre que me había visto fijamente se había marchado y por eso busqué a los ancianos. Me senté junto a ellos y les saqué plática. Uno de ellos me dijo que se habían estado preguntando durante toda mi prédica si yo era salvadoreño o extranjero. Eso solo. Les agradecí la atención. Vino un silencio, y nadie se levantó a predicar. Miré para todos los rincones y no pasó nada extraordinario. Volví a ver a los ancianos. Uno de ellos se había dormido.

Vi lo que había hecho y miré que era bueno. Llegó la tarde del cuarto día. Decidí descansar el quinto.

Estamos en una cantina. La puerta que da a la calle está cerrada y dentro hay dos mujeres. Una es prostituta y pronto estará borracha; la otra ya no es prostituta y es la dueña del pequeño lugar. Hay también dos hombres, ambos guatemaltecos, uno de ellos policía, pero ellos sobran en este encuadre. Las dos mujeres son salvadoreñas, con hijos nacidos en Guatemala. Una de ellas, la que se toma botellines de aguardiente sin pestañear, me dice que la acompañe, que gustosa me muestra su cuarto.

 

Estamos en Guatemala, en la Zona 1 de la capital, en un barrio llamado Gerona. La Policía Nacional Civil mudó su cuartel general hace dos meses al antiguo edificio de Aduanas, que ahora viste un amarillo muy intenso. La Policía está al lado de la línea del tren, que se extiende a lo largo del Gerona, y a escasos metros de donde se yerguen decenas de pequeños cuartos, con la vía férrea de por medio. Aquí comienza La Línea, lugar de trabajo de alrededor de 200 prostitutas que cobran 20 quetzales, poco más de dos dólares y medio, por servicios de 20 minutos. El cuarto de Evelyn, la salvadoreña, está en una esquina. Le cuesta abrir la puerta del cuarto que quiere mostrarme. Va un poco más borracha.

 

Evelyn va vestida con una blusa rosada y una minifalda negra que resalta sus delgadas piernas. Este día no trabaja. Se ha pasado la mañana tomando octavos de botella de Venado, a siete quetzales cada uno, en la cantina de Hilda, la ex prostituta que va vestida con pantalones y camisa de botones. Por fin entramos. El cuarto tiene un penetrante olor a jabón: el espacio es pequeño, con el techo cayéndose a pedazos y las paredes aliñadas con viejos cuadros de la Virgen de Guadalupe y de mujeres desnudas. Evelyn se sienta en la cama, sobre una sábana con dibujos de una chica con cabeza de fresa. Tiene una cocina de una hornilla, latas vacías y un pequeño televisor donde, a veces, pone películas pornográficas a sus clientes. Me pide que la invite a un octavo de aguardiente.

 

Evelyn es de Chalatenango, más de cincuenta años, veinte vividos en Guatemala. Ha trabajado de prostituta en varias zonas de la capital. Ahora está radicada en La Línea y es, como todas ahí, una prostituta de bajo costo. Evelyn estaba en La Línea en agosto de 2004, cuando la algarabía se montó por una idea loca de hacer que las putas jugaran al fútbol, para luego hacer una película. Eran dos españoles y dos guatemaltecos los que plantaron la idea. No todas las mujeres lo creyeron, algunas ni se interesaron; otras, como Evelyn, dicen que no las tomaron en cuenta. Le he traído el otro octavo, frío, y ella lo destapa, bebe golosa y me dice.

—A mí no me tomaron en cuenta.

 

 

El documental “Las Estrellas de La Línea” se estrenó en Guatemala el 4 de agosto de 2006. Llegó a las salas de cine comerciales con la cola de haber triunfado en festivales de cine internacionales. Chema Rodríguez presentó su película en Europa. No viajó solo. Fue a Alemania con Kimberly y Marina, y se sintieron deslumbrados, desubicados, como curas en prostíbulos, como paletos, diría Chema para explicar aquella sensación de estar donde uno no se imagina. En Berlín, Kimberly lució como reina y se paseó, exultante, sobre la alfombra roja; Marina tenía el pelo rojo, brillante, y unas gafas oscuras enormes que le cubrían la ausencia del ojo izquierdo. Sonreía.

 

Cuando acabó la cinta, en Berlín, recibieron un aplauso de diez minutos. También recibieron el segundo premio del público, en la Berlinale, un festival donde cada febrero llegan los actores de Hollywood y se reparten los Osos de oro.

 

Al Festival de Cine de Málaga, Chema viajó con más de sus protagonistas, de sus estrellas. Era marzo de 2006 y al sur de España llegaron Vilma, Lupe, Carolina, Mercy, Kimberly, Marina. Y fueron a entrevistas. Y estuvieron en el canal de televisión Cuatro, Kimberly y Marina, y fueron entrevistadas por Boris Izaguirre y Ana García Siñeriz, aclamados presentadores de un programa de entretenimiento vespertino. El festival de Málaga significó otro reconocimiento, una mención especial del jurado. Fue el segundo y aún faltaban ocho más en otros tantos festivales. Las Estrellas sonreían.

 

Pero eso fue en 2006.

 

 

Kimberly.

Nos reunimos en una hamburguesería tras dos días de intentos truncados. Resulta que su agenda, como empleada de la Fundación Marco Antonio, donde se dedica a educar sobre los riesgos del VIH/sida, no le había dado un respiro para una entrevista. Eso me dijo, cuando apareció vestida completamente de negro, con un suéter que le cubría el cuello, muy acorde para una noche fresca en la capital guatemalteca.

 

Kimberly es hombre y es gay, y su nombre no es Kimberly, pero ese adoptó para definir mejor su personalidad. Se crio con cuatro hermanos y su padre, necio, intentó que siguiera el ejemplo y dejara las muñecas con las que jugaba para interesarse por un balón. No lo consiguió.

 

Aquellas nociones, vagas, le valieron para que las chicas de La Línea lo eligieran su entrenador. O entrenadora. Kimberly había llegado por primera vez a La Línea en 1990, años después de haber dejado la prostitución, remedio que le valió la escapatoria definitiva del hogar paterno. Llegó como diseñadora de modas y les vendía ropa de trabajo a las prostitutas: vestidos transparentes, medias con agujeros, brasieres de colores chillantes, faldas minúsculas.

 

Los entrenamientos comenzaron en agosto de 2004. Fueron en un predio baldío contiguo a la vía del tren. Estaba sucio, con matorrales y vagones abandonados donde dormían indigentes. Un grupo de prostitutas que había aceptado la propuesta de hacer un equipo de fútbol para reivindicar sus derechos comenzaba un largo camino, que en ese momento desconocían a dónde les llevaría. Una cámara registraba todos sus movimientos. Kimberly dirigía las prácticas, les decía que estiraran las piernas, que movieran la cabeza, que corrieran para que se pusieran como barbies.

 

Las chicas hacían lo que oían, en una práctica donde lo que sobraba era el fútbol. Una de ellas destacaba no solo por ser guapa, sino porque entrenaba con una camisa roja con el rostro de Schafik Hándal. Era agosto de 2004 y Schafik había perdido las presidenciales en El Salvador hacía cinco meses.

 

En el momento de elegir el nombre del equipo Kimberly lanzó su propuesta: Las putas de La Línea. Tuvo poca acogida. Las chicas prefirieron uno más sutil: Estrellas de La Línea. El tiempo demostraría que lo de estrellas encontraría más realidad con el cine que con el fútbol.

 

La preparación en el predio baldío era para el juego que las Estrellas tendrían el 18 de septiembre en Futeca, unas canchas de fútbol rápido ubicadas en la Zona 14 de la capital guatemalteca. Kimberly, a su manera, les hacía hincapié en lo importante del partido: “Tienen que estar estrambóticas, exóticas, para este juego”.

 

Han pasado cuatro años desde aquello. Kimberly recuerda esas escenas y le da gracia, se ríe con esa voz dulzona que sale de esa garganta acartonada.

—Yo le pongo el sabor a esa película. Las historias son tristes, porque son tristes, pero también tenía un poco de gracia, no todo es tristeza.

 

No en vano fue ese sabor. Lo extrovertida le sirvió para llamar la atención de los plató de televisión en España y salir en entrevistas. Ella se sentía como una diva. Como Nicole Kidman, según sus palabras. Le pregunto si el regreso, por aquello de la fama, no le resultó duro. Me respondió que no, que siempre supo que todo sería un “pasón”, y que tenía los pies sobre la tierra.

 

La situación de Kimberly no era la misma que la de las demás Estrellas. Básicamente porque ella no era prostituta. Al regreso de Europa, y tras el estreno en Guatemala, las llamadas no faltaron, las muestras de apoyo, los autógrafos. Todas tenían sueños. El de Kimberly era hacer un desfile de modas.

—Yo quería hacer un desfile de modas, pero se necesita plata para hacerlo. Al rato todos querían colaborar, pero cuando vimos la realidad ya fue poco, ya no les pareció.

 

Pero su decepción no ha sido para tanto. Encontró trabajo en una fundación que se dedica a educar sobre los riesgos del VIH/sida y que ahora, desde la incorporación de Kimberly, ha encontrado puertas abiertas para otras opciones sexuales con las que no trabajaba antes: gays, transgénero, travestis.

 

Esa ha sido su suerte y Kimberly lo sabe. Me dice que no puede hablar por todas las Estrellas, que eso no sería justo, que vaya y que se lo pregunte a ellas. Le digo que bueno. Pero a Kimberly le cuesta guardar silencio y sus opiniones sobre lo que le dejó la película que en su momento la hizo famosa.

—Fue un salto, eso digo yo. Hay otras que no, hay gente que trabaja en otros lados de prostitutas. Ahora es que son más caras. Hay una que se llama Kim y de cobrar veinte ahora cobra sesenta quetzales. Le subió el precio a su culo. No dejaron de ser putas, lo que cambió fue el precio. Cobran más porque putas son.

 

El celular aplastado y gris de Kimberly suena. Le llama un muchacho, que dice trabajar para el Ministerio de Cultura y Deportes. Le pregunta a Kimberly si jugará mañana con las Estrellas en la feria de Patulul, un municipio en el departamento de Suchitepéquez, al oeste de la capital. Kimberly está extrañada y no sabe de qué le están hablando. Cuelga con una mueca de desconcierto.

—¿Hay partido mañana?

—Eso me dijo, pero el equipo ya no siguió.

 

El último partido que jugaron las Estrellas fue hace un año contra un grupo de reclusas. Fue un partido benéfico. Las Estrellas perdieron, como casi siempre. El marcador: 19-0.

 

 

Chema.

Su primera vez en Guatemala fue hace quince años, como hippie. Bajaba en auto con dos amigos desde Estados Unidos, en un Dodge del 79 que les había costado $600 en Los Ángeles. El plan era llegar hasta Costa Rica, gastando cada uno $3 al día. Ese era el plan, pero llegaron solo a Guatemala. Ahí se quedaron, por decisión propia, vendieron el carro a un dólar y luego plastificaron el billete como recuerdo.

 

Eso fue hace 15 años y todo eso contó José María Rodríguez, Chema, en una entrevista con El Periódico de Guatemala en septiembre de 2006, un mes después de que su documental, “Las Estrellas de La Línea”, se estrenó en las salas de cine guatemaltecas.

 

Chema es español, de Sevilla, y pudo entrar en La Línea a mediados de 2003. Hacía un par de años, durante una de sus constantes visitas a Guatemala, que la idea le rondaba la mente, pero nunca había tenido la oportunidad de entrar al sórdido ambiente que rodea La Línea. Lo consiguió con la venia de un grupo de pandilleros con los que trabajaba para hacer un libro. Eran de la mara Salvatrucha, como los que mandaban en La Línea, y eso fue suficiente para autorizar que un grupo ajeno a aquel mundo llegara a preguntar, a grabar, a provocar una película.

 

Esta historia comenzó en un bar. En un club ahora desaparecido, de nombre Maruja’s. Se encontraba Chema con más españoles y uno lanzó la propuesta: ¿por qué no hacer un partido de fútbol entre prostitutas y sacar una pasta con la venta de las entradas?

 

Aquella propuesta se quedó en el club. Pero a Chema le gustó esa combinación de fútbol con putas y la dejó macerar, básicamente porque necesitaba dinero para hacerla. Después de haber montado documentales para la Televisión Española, Chema, periodista y escritor, regresó a Guatemala. El rodaje comenzó en agosto de 2004, luego de meses de entrevistas que se habían realizado un año antes con las prostitutas interesadas, tras ese primer contacto en 2003. Estaban las que creyeron en el proyecto y aceptaron las condiciones y el riesgo de convertirse en bombas mediáticas.

 

Los entrenamientos los dirigió Kimberly. Chema dirigía el documental. Hubo dos guatemaltecos de apoyo, uno como camarógrafo, René Soza, y otro que completaba información, Andrés Zepeda, periodista y columnista de El Periódico.

 

El primer partido fue el 18 de septiembre de 2004. El equipo de las Estrellas de La Línea fue inscrito para jugar un torneo en las canchas de Futeca, en la Zona 14 de la capital. Jugaron un solo partido porque, luego de perder, el gerente del lugar las echó. Por ser prostitutas. El partido fue el inicio del revuelo.

 

Comentarios, acusaciones, críticas, vinieron inmediatamente. Un articulista de El Periódico, Jorge Palmieri, se convirtió en el enemigo del proyecto. Dijo que no era posible que un grupo de prostitutas jugara al fútbol contra un equipo de señoritas del más alto nivel social y económico del país, ni que tampoco se justificara lo injustificable, porque a las prostitutas había que ayudarlas a dejar de ser prostitutas. No lo contrario.

 

Lo de Futeca salió mejor de lo que esperaban los realizadores. Sabían que habría polémica, pero no se imaginaron que tanta. Era perfecto para sus fines. Una relación simbiótica en la que ganaban todos: Chema y su equipo, escenas para su documental; notoriedad en sus reivindicaciones, para las putas.

 

Chema, dos años más tarde, con la película bajo el brazo, lo dejaría claro.

—En La Línea, un puñado de putas de bajo costo y altísima dignidad formaron un equipo de fútbol para hacer valer sus derechos. La idea se la sugerimos nosotros, pero la historia es suya.

 

 

Valeria.

Kimberly me dijo que podía encontrarla entre la 12.ª calle y la 6.ª avenida de la Zona 9. Que luego de la película se había mudado de La Línea, que ahora trabajaba en una zona más exclusiva de la capital, cobrando más de diez veces de lo que cobraba antes. Ya no fueron los dos dólares y medio por “ocupada” de 20 minutos. Valeria, me dijo Kimberly, cobraba ahora entre 300 y 400 quetzales, algo así como entre 40 y 53 dólares.

 

La vida en la Zona 9 comienza a las 9 de la noche. El espacio comprimido entre la 12.ª calle y la 6.ª avenida se vuelve a llenar con habitantes de la noche. Hombres y mujeres que venden su cuerpo se pasean, se detienen y caminan hacia los autos cuando hay suerte. Hay también gays, travestis y transgénero que se cotizan alto, a veces más que las prostitutas.

 

Esa noche no encontré a Valeria.

 

El documental de 95 minutos, “Las Estrellas de La Línea”, tiene tres personajes principales: una es Kimberly, el gay que hizo de entrenador; la otra es Marina, la señora de 67 años que vendía condones a las prostitutas, a la que le faltaba el ojo izquierdo, la que cantaba el bolero “Triste borracha” como un homenaje a ella misma; por último está la chica ligeramente rubia, salvadoreña, que entrenaba con el equipo con una camisa roja con el rostro de Schafik Hándal. Ella se llama Valeria.

 

Antes de que a Chema se le ocurrió visitar La Línea, a Valeria ya se le había cruzado la idea de protestar frente al Palacio de Gobierno en el centro de la ciudad. Un nuevo asesinato en La Línea, otra prostituta muerta, era razón suficiente, pensaba ella. Por eso es que la idea del equipo de fútbol no le sentó mal.

—Pudimos haber hecho una marcha en el centro, pero preferimos un equipo de fútbol para llamar la atención.

 

Valeria hizo de portavoz en las conferencias de prensa ante los medios que, después de aquel partido en Futeca, daban aún cobertura a lo que las Estrellas hacían. Así, Valeria comunicó varias cosas de interés. Informó sobre el fin de la gira de varios partidos por Guatemala (solo ganaron uno) a principios de octubre de 2006. Comentó el sonado partido contra Las Chicas Poderosas, un equipo de prostitutas de El Salvador, jugado en Soyapango el 10 de octubre de ese año, y que las Estrellas ganaron por 8-0, donde la entrada costó 35 centavos de dólar. Y además del decálogo de diez reivindicaciones en los que decían que además de prostitutas eran madres, que necesitaban libertad para ejercer de putas sin discriminación, que la prostitución es un oficio como cualquiera, que cesara la violencia y que se necesitaban campañas a favor del uso del condón. Esto último era por lo que interesaba la película para ellas.

 

También fue quien firmó la carta que las Estrellas enviaron como respuesta a Palmieri, el periodista crítico. Valeria le decía que eran pobres pero no sucias, que cada vez que un cliente se marchaba lavaban sus pequeños cuartos con agua y creolina.

 

Ese era la Valeria del documental. Enérgica y nada medida para decir lo que pensaba. Madre de dos niños y novia de un pandillero que guardará prisión por 30 años, condenado por un homicidio.

 

Esa no fue la Valeria que me contestó el celular una tarde en Guatemala. Me dijo que la disculpara, que ya había tenido suficiente con la película. Valeria seguía de prostituta y su madre, en El Salvador, se había enterado de los testimonios que su hija dio para que salieran en el cine, y eso le costó que la alejaran de sus hijos. Valeria está harta.

—Me disculpa que no dé la cara, pero yo ya he sufrido mucho por esa película. Prefiero hablar así por teléfono. Lo que pasó fue bonito, pero ya pasó.

 

 

Beatriz.

Desde que dejó las calles le dicen que está más guapa. Beatriz, que en realidad se llama Verónica, tiene el pelo largo, negro con rayos rubios uniformes a cada mecha. Tiene más peso que el que debería para su estatura. Es nicaragüense, pero vive en Guatemala. Le tomó de sorpresa cuando los españoles que llegaron a La Línea le dijeron que iba a salir en la película. Tuvo un papel pequeño.

 

Me encuentro con Beatriz luego de tomarme un café con Kimberly. Es de noche y estamos en la céntrica plaza de la fuente en la capital chapina. Enfrente está la iluminada catedral. Un par de gays se pasean de la mano. Hay varios grupos en las esquinas, desde la tarde. Beatriz se sienta en el muro de ladrillo que rodea la fuente.

—¿Cómo anda después de la película?

—Pues depende de cómo una lo haya visto. En mi caso participé porque quise hacerlo.

—Entonces, todo bien.

—Me trajo algunas consecuencias porque mi familia y mis hijos no sabían, parte de mis hijos estuvieron internados en un reformatorio y cuando los fui a reclamar ya los del reformatorio sabían… Pero como siempre he dicho: no me voy a avergonzar de lo que soy.

—¿Le ayudó en algo la película?

—La película trajo fama, ¿pero de qué sirve esa fama? Porque eso no me ha sacado de pobre y no me soluciona los problemas económicos que he tenido. Me abrió las puertas en ciertas cosas, como publicidad.

—Para conseguir el trabajo que tiene ahora, por ejemplo.

—Este trabajo yo lo obtuve porque me contrataron para trabajar con trabajadoras del sexo. A la organización le surgió la idea de que para trabajar con trabajadoras del sexo había que haber estado en ese zapato.

 

La historia de Beatriz sigue ligada a La Línea aunque ya no sea prostituta. La contrató la Fundación Marco Antonio, la misma donde trabaja Kimberly. Beatriz dejó La Línea hace dos años, justo después del estreno de la película. Había llegado de Nicaragua buscando más dinero y se topó con más de lo que venía huyendo. Se metió de puta y pasó ahí tres años. Dice que necesitaba mantener como fuera a sus ocho hijos: uno guatemalteco y los demás nicaragüenses. Le digo que me imagino que ahora las cosas estarán mejor, al menos económicamente.

—El trabajo que hacía anteriormente no era satisfactorio porque a nadie le gusta estar acostándose con uno y otro y sintiendo olores distintos. Talvez económicamente no me va mejor, porque ganaba más antes, pero socialmente estoy mejor.

—¿Y qué pesa más?

—Socialmente pesa más. Te abren las puertas en más sitios.

 

Beatriz visitará La Línea a la mañana. Le pregunto si la puedo acompañar y me dice que sí, que es lo más conveniente. Sigue siendo peligrosa, algo que me dirán al día siguiente varios policías que patrullan en la avenida del Ferrocarril, entre la 7.ª y la 10.ª calles de la Zona 1, ese trazo conocido como La Línea.

 

Llegamos antes del mediodía y en La Línea borbotea la actividad. Hay hileras de cuartos, blancos, amarillos y verdes a la derecha, la línea férrea de por medio, en un montículo, ligeramente por encima de la pequeña calle que está a su izquierda. Es una senda de un solo carril, por donde pasan carros, motos y patrullas policiales a 20 kilómetros por hora. Pasan muy cerca donde se paran las decenas de clientes, casi pisándoles la punta de los zapatos. Los clientes son todos hombres, pequeños, enjutos, morenos, jóvenes y viejos, con sus mochilas al hombro. Están parados delante de los cuartos como si esperaran a que pase un bus. Pero ahí no pasan buses.

 

Estamos en la intersección de la 9.ª calle con la avenida Ferrocarril. En ambas esquinas hay dos quioscos con el emblema de la municipalidad. “Tu muni cumple”, dice en las latas que sirven de urinales para los clientes de La Línea. En realidad los orines caen en la calle, amarillos por las cunetas, y las latas solo sirven para mantener cubierto a quien los expide. En los cuartos de las prostitutas no hay baños. A unos metros hay una pequeña cantina. Beatriz toca y la puerta se abre. Una mujer vestida con camisa de botones y pantalón nos mira extrañada, pero nos invita a pasar.

 

Es una pequeña casa, y unas rejas metálicas negras sirven para separar el espacio familiar del negocio, donde dos hombres y una prostituta salvadoreña toman aguardiente. La dueña se llama Hilda y es amiga de Beatriz. Hilda es salvadoreña, al igual que Evelyn, la prostituta que está a punto de ponerse borracha.

 

Beatriz les explica que hemos llegado para saber qué ha ocurrido con las prostitutas que protagonizaron el documental famoso de “Las Estrellas de La Línea”. Hilda comenta que son pocas las que todavía trabajan ahí; Evelyn dice que a ella no la tomaron en cuenta cuando se hizo la película. Les pregunto por la Línea, por cómo se lleva eso de trabajar ahí. Responden varias cosas.

—Aquí hay una gran competencia. La inteligencia de la patoja es lo que cobra. Según lo que se pida se cobra.

—Hay muchos que llegan para que los escuches, para que les des un masaje.

—Desde que se cierra la puerta es el tiempo de uno; 10 minutos, 15 minutos y vale 20 quetzales.

 

La dinámica es simple. Las prostitutas están en la calle, debajo o muy cerca del marco de la puerta de su pequeño cuarto. Los clientes se acercan, caminan, como de paseo en un centro comercial, preguntan y luego se deciden. La puerta se cierra.

 

Comento que me gustaría conocer uno de esos cuartos. Evelyn me dice que gustosa me muestra el suyo. Salimos de la cantina y cruzamos la calle. El cuarto está en la esquina, al lado de los urinales municipales. Evelyn lo muestra y el cuarto es un poco más grande que el resto, con espacio que sobra incluso para poner dos camas más. Desde su puerta Evelyn lanza gritos a otra prostituta con la que ha estado bebiendo desde la mañana. La diferencia es que Evelyn se ha dado libre y la otra, no.

 

La muchacha va con un apretado conjunto negro. Es joven y tiene pintados los labios de negro, con un diseño que asemeja las alas de un murciélago. Ella dice que va pintada como egipcia. También tiene dos tatuajes, uno en cada brazo, con trazos infantiles e inacabados de Jerry, un ratón café al que persigue un gato llamado Tom en una caricatura.

 

Entramos a su cuarto y la muchacha está borracha, al punto de trabársele la lengua. El espacio es más pequeño y al borde de la cama tiene dos maletas hechas. Dijo que estaba lista para irse, que todo se debía a un problema de amores. No dijo más. Se levantó y se sacó el anillo que portaba en la mano derecha. Salió por la puerta y regresó sin el anillo y con una botella oscura de un litro de cerveza. No ha hecho un cliente en todo el día y aún tiene que recoger los 40 quetzales que le cobran diariamente de alquiler.

—Ojalá que pueda hacer unas veinte ocupadas más tarde.

 

Nos reencontramos con Beatriz entrada la tarde, cuando ha comenzado a llover. Me ha mostrado La Línea. La noche anterior, cerca de la fuente de la plaza central, habíamos terminado nuestra charla con su respuesta ante mi interrogante sobre lo que había servido la película.

—¿Que de qué sirvió? Lo mismo es, están siempre en el mismo lugar, se violan sus derechos, no les dan su lugar como debe ser.

 

 

Andrés.

En febrero de 2007, con la efervescencia ya controlada, aparecieron dos artículos en los que se hablaba de las Estrellas. Fueron publicadas en El Periódico y en La Hora, y firmadas por Acisclo Valladares y Marco Vinicio Mejía. Ambas columnas trataban de lo mismo y se preguntaban sobre el paradero de aquellas Estrellas de las que ahora se hablaba poco. Acisclo lo decía así: “Lo más probable es que sigan donde estaban. Alguien tuvo la ‘feliz’ idea de convertirlas en estrellas, de llevarlas y traerlas, incluso a España, para promocionar el filme. De exhibirlas, de halagarlas y, quizá, de pagarles por su tiempo, por el uso que se haría de ellas y el uso de su imagen. Talvez no haya habido pago en todo esto, sino simple venta de ilusiones. Talvez solo un efímero oasis en ese desierto interminable”.

 

Como lo había hecho en ocasiones anteriores, casi siempre respecto a Palmieri, Andrés Zepeda defendió el proyecto que emprendió con Chema Rodríguez desde su columna en El Periódico. Zepeda, guatemalteco, explicó los esfuerzos por llevar adelante una plataforma que garantizara el cumplimiento de los derechos que las prostitutas reclamaban en la película, sobre cómo estos fracasaron, y lo que había ocurrido con las protagonistas de la historia.

 

En el blog que montó a propósito del documental, Zepeda había explicado la dicotomía que enfrentaban realizadores y protagonistas.

—Estaba claro que habría una utilización de las tragedias personales de las protagonistas para beneficio de los realizadores del documental, de manera que lo más ecuánime fue dejar abierta la posibilidad para que ellas también pudieran beneficiarse del proyecto. ¿Cómo? Aprovechando, a manera de plataforma de expresión, la notoriedad que les daría la película, y así mostrar su realidad y plantear una serie de demandas sociales concretas.

 

Hablé con Zepeda y le comenté lo que había encontrado en La Línea, lo que me habían dicho las prostitutas, sus decepciones. Él lo veía venir. Me dijo que nunca prometieron hacer cumplir la plataforma de demandas, pero que sí la acompañaron tras el rodaje. Él, durante un año, se reunió con las Estrellas todos los martes, pero el movimiento no fue a más. Zepeda cree que fue por varios motivos: por el usual individualismo de las prostitutas a la hora de trabajar, por la rivalidad que hay en el gremio y por la falta de tiempo. La plataforma se diluyó a principios de 2006, poco antes del estreno de la película, y de los premios internacionales.

 

Zepeda me dijo que antes de comenzar les habían explicado a las Estrellas sobre lo que perseguía el filme y lo que ellas se podían esperar.

—Se lo explicamos, pero ni nosotros mismos teníamos la idea de las implicaciones.

 

La película se estrenó en España el 12 de mayo y tuvo buenas críticas. Lo hizo el 4 de agosto en Guatemala, más de 20,000 personas fueron a verla y las críticas también le favorecieron. Las regalías locales se repartieron entre las Estrellas. Las expectativas estaban por las nubes luego de caminar por la alfombra roja y ver sus rostros en la pantalla grande. Zepeda lo sabe.

—A estas alturas sí hay un desgaste, una parte de ellas sí se sienten frustradas. Mi opinión personal es que nosotros cometimos no la injusticia, pero sí la imprudencia de invitarlas a soñar, a una docena de mujeres que en su vida se habían planteado un sueño a esas alturas. Ellas se imaginaron que se iban a volver millonarias de la noche a la mañana, lo cual es imposible. O que iban a ser tratadas como Julia Roberts. Hace falta más que un documental para cambiar la realidad de Guatemala.

 

Lo que ocurrió con las Estrellas ha sido variado. Valeria siguió de prostituta. Mercy, otra salvadoreña, se quedó en Madrid aprovechando el viaje de la promoción de la película. Kimberly y Beatriz trabajan en la Fundación Marco Antonio. Marina, la anciana vendedora de condones, fue quien más partido sacó y grabó un disco de boleros que saldrá a la venta a finales de este mes. Maribel dejó La Línea por temor a los pandilleros. La China, otra salvadoreña, ahora vive ilegalmente en Estados Unidos. Vilma, y un par de Estrellas más, sigue en La Línea ganando 20 quetzales por 20 minutos.

 

 

Vilma.

Fue otro día en La Línea, esta vez soleado, y Vilma estaba en la casa de su madre y sin la ropa de trabajo. Estaba cansada y sin maquillaje, y las piernas le dolían. Estaba un poco engripada y por eso no había podido trabajar. Se sentía pesada, como si hubiera corrido mucho aunque lo que jugó el día anterior fue poco.

 

Le dolía también el pie izquierdo, que se fracturó hace un par de meses cuando se le dobló el tobillo por culpa de las plataformas de veinte centímetros que utiliza para trabajar.

 

Vilma fue otra de las protagonistas del documental. Gritaba en los partidos en los que siempre perdían y se entregaba de lleno. Sudaba. Su novia era Lupe, la portera del equipo. Ahora están separadas, Lupe en la cárcel por robo, y Vilma se lamenta de que por su culpa, por los celos de Lupe, no aceptó el trabajo que le ofrecieron en la Fundación Marco Antonio, donde trabajaban Kimberly y Beatriz.

 

Vilma tiene un hijo más que los que tenía cuando se filmó el documental. Ahora son ocho, tres nietos, y 38 años. Y sigue jugando fútbol, ya sin documentales de por medio.

 

La llamada que recibió hace dos días Kimberly fue para ese partido en Patulul, un partido al que solo asistió Vilma de aquel equipo original. Vilma ha sido la única que mantiene a las Estrellas. Las demás jugadoras son su hija, su hermana, su cuñada y otras mujeres.

—Se luchó para que brilláramos y la poquita luz que queda no quisiera que quedara en el olvido como otras veces. A mis compañeras talvez ya no les gusta jugar, pero mi meta a la larga es conseguir una casa para las compañeras que no tienen para pagar el cuido de sus hijos.

 

Esa es la herencia que le quedó de la aventura cinematográfica. Una vez Andrés Zepeda le preguntó qué le gustaría ser si no fuera puta. Vilma le dijo que cocinera, para montar una cevichería. A Vilma le hace gracia ahora, cuatro años después, lo que se imaginó cuando grababa el documental. Lo de los ceviches era lo menos.

—Todo lo que piensa una que no sabe mucho del medio artístico. Nosotras pensamos que nos iban a ayudar a salir de aquí, que nunca íbamos a volver y que íbamos a ser como Salma Hayek. Pero no pasó y aquí estamos.

 

Es miércoles y Vilma no trabajó. La enfermedad le sirvió para descansar al menos una vez durante la semana. Mañana será otra cosa.