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No vas a conocer jamás alguien tan ambicioso como un derviche –o sufi, como gustes llamarlo–. No te dejes engañar por la sencillez de la ropa. No hay nada de este mundo que lo haga sentir satisfecho. Pueden venir a ofrecerle el paraíso: riqueza, ríos de vino y vírgenes dispuestas a atenderlo y él dirá: “Mejor no”. No busca nada del palacio y sus encantos. A él sólo le interesa el Rey.

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Parece que el término sufi viene de lana -“suf”- la ropa que visten los primeros místicos del Islam. Pero aún los expertos no se ponen de acuerdo. Hay quienes rastrean el origen en la palabra pureza –safa–, o en los compañeros de banco –ashab-i suffa– del Profeta Muhammad –paz y bendiciones– quienes habían dejado todo atrás para estar junto a él y pasaban sus días esperándolo sentados junto a la mezquita.

En su mayoría, los primeros sufis son pobrísimos –de ahí también el término derviche y fakir–, y el estado de muchos de ellos es tan elevado que a veces no pueden completar las oraciones rituales sin caer al suelo en éxtasis. Los viajeros occidentales los ven y piensan que están locos o endemoniados o que algo raro les pasa.

“El sufismo consiste en no poseer nada”, lo define uno de los primeros derviches en el siglo X, “y en no dejarse poseer por nada”.

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Una vez que te vestís como derviche, te transformas en derviche. Es automático. Las mujeres dejan de mirarte. La gente que antes te tenía en alta estima ahora piensa que no le llegas ni a los talones. Antes calificabas para muchas cosas, ahora no. Con el tiempo, entendés por qué los maestros insisten tanto en que te vistas como ellos. Su ropa te limpia del polvo de este mundo. Y te prepara para tu encuentro con el Amado.

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Te hacés derviche y el mundo en seguida se pone en tu contra. Tus padres no te entienden, tus amigos no te entienden, tus hijos no te entienden.¿El trabajo? Trabajás lo justo y necesario. El mundo ve cómo le das la espalda y lo abandonás. Es natural que se sienta herido.

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Si sos derviche tenés una práctica diaria. Cuando recién empezás recitás el dikr –el recuerdo de Dios- de los iniciados: pronunciás 1500 Allah, y otros nombres divinos. Cuando sentís que podés asimilar más repeticiones, pasás al dikr de los preparados, y allí descubrís que de los 5000 Allah que repetís, mitad son con la lengua y la otra mitad, te indican, se pronuncian con el corazón. “¿Con el corazón?” te preguntás. Y es ahí cuando las cosas se ponen interesantes.

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Un siglo atrás, un maestro derviche envía a un luchador a pegarle a tres de sus discípulos. El primero aprieta los puños y se contiene de devolver el golpe. El segundo lo acepta, resignado. Y el tercero, un viejito, agradece. “Estos son los tres niveles de mis discípulos”, explica el maestro. “El primero sabe que todo viene de mí pero aún se resiste. El segundo lo acepta pero no encuentra lección alguna en ello. El tercero, sabe que todo, bueno o malo, es parte de mis regalos a él”.

De eso trata el camino del sufi: rendirse a la voluntad de Dios. Para los derviches, el pinchazo es la vacuna que tal vez te salve la vida.

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En 1986, un hombre planta en el país la semilla de la orden de Sufi Naqshbandi, a la que pertenecés. Es un psiquiatra de Mar del Plata llamado Eduardo Rocatti. Rocatti dirige un grupo de Gurdjieff –el maestro ruso que aplica el esoterismo oriental a la psicología moderna-. En el grupo hay maestros de escuela, albañiles, odontólogos, biólogos, kiosqueros. Le va tan bien que si prendés la tele local, ves sus anuncios en los cortes.

Como un siglo atrás, cuando Gurdjieff recibe iniciación de los sufis Naqshbandis, Rocatti decide buscar un maestro vivo por cuenta propia. En 1985 vuela a Konya, Turquia, donde conoce a un vendedor de alfombras, discípulo de un maestro Mevlevi, la orden sufi fundada por Rumi, que lo impresiona. Rocatti le pide conocer a su maestro. “Mi maestro”, le advierte, “no es para vos. El tuyo vive en Chipre. Su nombre es Mawlana Sheik Nazim”.

Al año siguiente, Rocatti conoce a Mawlana, se maravilla, se islamiza y recibe el nombre Abdul Nur. A su regreso, celebra dikrs –encuentros donde se recuerda a Dios a través de sus nombres divinos- e inicia a decenas de personas, autorizado por su maestro.

Al cabo de un tiempo, Abdul Nur se aleja de la orden y se va a vivir a Tucumán. A los discípulos los invita a irse con él. Van casi todos. Quedan un puñado de Naqshbandis en pie en la Argentina que pueden contarse con los dedos de una mano: entre ellos Ahmad y Hamida, un matrimonio de biólogos. Ante el desconcierto de quedar solos, escriben una carta a Mawlana pidiéndole indicaciones. La respuesta llega. “No hay motivos para la confusión, pues no los hay en el corazón al cual ustedes están conectados”, les dice. “Un verdadero guía es aquel que conduce a la gente fuera de toda confusión”.

Hamida viaja 20 veces a visitar a su maestro, traduce y edita doce libros con sus charlas. Mawlana dice que la siente como de la famila.Y los pocos derviches de fines de los ‘80, nunca más vuelven a sentirse solos.

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A los sufis, les encanta dar cifras. Así que, con los años, vas apuntando un puñado que te llaman la atención: En toda época, conviven 124.000 santos. El Sagrado Corán contiene 600.000 letras y un santo puede sacar de cada una de ellas 12.000 significados. Cada movimiento de Mawlana, esconde 1200 secretos y cuando uno besa su mano, entran en su corazón 12.000 conocimientos.

Los derviches te dan cifras abrumadoras. Tus cálculos mentales no pueden abarcarlas y entran en cortocircuito. El camino del sufi es, te dicen, como sumergirse en el océano. No hay tiempo para detenerse a contar las gotas.

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De los más de dos mil naqshbandis que existen en la Argentina, algunos son públicos y llevan ropa tradicional, a la que llamamos sunna –gorro, pantalones bombines y camisa de mangas largas- y hay otros naqshbandis de placard que jamás reconocerías por la calle. Aún conservan trabajos en atención al público, en empresas, en inmobiliarias que los obligan a mantener las apariencias ante el mundo. Se dice que la recompensa por reproducir un solo hábito del Profeta, en estos tiempos, equivale a cien personas que entregan su vida por Dios. A gran dificultad, gran gratificación.

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Conocés en un seminario a Shahabuddin, sheik de Glew, barba blanca ensortijada, rostro resplandeciente como piedra milenaria, el gesto de alguien que vivió muchas vidas, y uno de los hermanos más antiguos de la orden Naqhsbandi. Su nombre significa meteoro: el modo que emplea Dios para destruir demonios. Estar cerca de Shaha, es recibir parte de ese impacto celestial.

Un día, le preguntás qué se siente ser derviche. “Uno no viene acá a aprender nada. Lo que hace es dejar los malos hábitos para conectarse a una realidad más elevada. Estoy en este camino hace más de 20 años”, te dice, “y se pone cada vez mejor”.

Lo visitas a Shaha a Glew donde reúne a 50 derviches en una casa sin cartel alguno. Cinco años atrás levanta, a pedido de Mawlana, el maqam del Grand Sheik Abdullah, la extensión espiritual de su tumba: una forma de acercar su presencia. Desde que termina el maqam, el barrio se aquieta. El aguantadero de la cuadra se vende y se mudan nuevos vecinos. Nadie vuelve a escuchar música a todo volumen. “El maqam”, dice Shaha, “irradia luz espiritual continua”.

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Todo derviche es un esmerado consejero. Muchos de ellos han pasado vidas tan duras como la tuya: hablan desde la experiencia. “La religión”, dice el Profeta –paz y bendiciones-, “es consejo”. El Islam no es exclusivo de las mezquitas. Se lo llama din: una forma de vida. Hay un camino seguido por Muhammad, que el derviche busca seguir al pie de la letra: lo imita para ir al baño, comer, tener pareja o dormir. La gente piensa que una pauta de conducta es un castigo. Pero si estás dentro, sabes que es una bendición. Si la sigues, el fuego de este mundo no te tocará.

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En cuatro años, ves a más de 20 familias de derviches dejar la capital, siguiendo el consejo del Mawlana de llevar una vida sencilla fuera de las grandes ciudades. Parte el sheikh y su familia de Buenos Aires a Tandil. Se va Yakub con su esposa y su bebé a La Consulta en Mendoza donde hay otras 25 familias de sufis. A Yakub lo visitabas al departamento de sus suegros en Belgrano para que te enseñara las oraciones en árabe. El que no se va, es porque aún no termina su casa. Si un hermano no tiene dinero para construir, se asegura un lote en alguna comuna Naqshbandi. Hay derviches que deciden hacer las valijas y dejar su vieja vida atrás aún sin conocer a Mawlana en persona. Te preguntás: si eso no es estar enamorado, qué es.

Cómo te transformás en sufi

El primer sufi que conocés en tu vida se llama Suleyman, es fotógrafo, estudia psicología y vive, seis años atrás, en una casita en zona norte. Es, para entonces, el sheikh de Buenos Aires. Lo encontrás luminoso, como si tuviera un spot sobre la cabeza.

Con el tiempo te enterás de la historia de Suleyman. En 1994, se interesa por la meditación y viaja por África, Malasia, Tailandia, e India. Vive en ashrams y conoce a gurúes varios. Tres años más tarde, asiste en Buenos Aires a una charla sobre sufismo dada por un sheikh de Alemania, que lo impulsa a viajar a Chipre a conocer al maestro del sheikh. “Es difícil transmitir la impresión que provoca un maestro como Mawlana”, te cuenta hoy. “El estado espiritual que transmite su presencia basta para demostrar su condición de maestro. Gracias a él, descubrí la espiritualidad en la vida cotidiana. Dejé de buscar por agua, y me dediqué a aprender a nadar.”

Una primavera, Suleyman te recibe en su casa. Tiene plantas de tomate y rosales en el fondo. Llevas facturas pero su familia ya tiene preparada la merienda. Como nunca has visto a un sufi en tu vida, hablas mucho y preguntas mucho. Hasta que él te frena. “Estás lleno de palabras”, te advierte. “¿Cómo podés vivir así?”

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Llegás a la puerta del sufismo desahuciado. Probás con el budismo zen, con el control mental, con la alquimia, con el budismo tibetano y descubrís que, cuando las papas queman, nada de eso te saca del horno. Probás hacer carrera en la vida y descubrís que todos los que han llegado al lugar que aspirás están más perdidos que vos. Golpeaste cada puerta que te ofrece el mundo y en ninguna hallaste nada. Los sufis te ofrecen las llaves del último cerrojo. Detrás, el dueño de casa, espera.

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Cuando le preguntás a Suleyman sobre las reuniones derviches de los jueves, donde se juntan a repetir los nombres divinos, lo único que dice es: “Cuando vengas, vas a pensar que estamos todos locos”.

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Todos los sufis respetan los pilares del islam: no asociar nada ni nadie a Dios, practicar las cinco oraciones, pagar el zakat –el 2,5% de los ahorros anuales a los pobres-, el ayuno del mes de ramadán y, en la medida de las posibilidades, hacer la peregrinación a Meca, la casa de Allah.

Pero no todos los musulmanes son sufis. De hecho, creen que tener maestro es asociar alguien a Dios, la transgresión más severa en este camino. Los derviches, sin embargo, lo ven distinto. “Al que no tiene guía”, dice Mawlana Sheikh Nazim, “lo guía su propio ego”. “Seguir un camino espiritual sin un maestro”, lo escuchás decir al Sheikh Burhanuddin “es someterse a una cirugía sin anestesia”. “Sin un maestro”, dice Sheikh Hisham, “sos un loser”.

El islam moderno, politizado y cargado de petrodólares que uno ve en los medios, toma su conocimiento del papel. El sufismo, la fuente original, al conocimiento le pone el cuerpo.

El maestro y los sheikhs

Mawlana Sheikh Nazim es 40º maestro de la cadena Naqshbandi que se remonta sin quebrarse al profeta Muhammad –paz y bendiciones-. A Sheikh Nazim lo llaman el sultán de los santos. Dueño del trono de la guía. Revividor de la Ley Divina. La lista sube y sube.

Ves sus discursos en vivo en la web y te llama la atención como ese viejito amoroso de 90 años tiene bajo el manto tanto poder divino acumulado. Encontrás un mapa con sus centros en el mundo señalados con un ícono. Parece el tablero de TEG de alguien que ha ganado la partida.

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Te enterás –porque te cuentan hermanos y porque leés- de la epopeya que ha sido la vida de Mawlana: nieto de un sheik de la orden Qadiri, descendiente del místico y poeta Rumi y del Profeta –paz y bendiciones-, de niño jamás se lo ve discutir. Aún no cumple 10 y los vecinos se acercan a pedirle consejo. Estudia ingeniería química en la Universidad de Estambul. Su hermano médico muere en la guerra y la pérdida lo marca. En tiempos de veda religiosa en Turquía, Mawlana hace el llamado a la oración desde el minarete de la mezquita y lo encarcelan muchas, pero muchas veces. Acumula 114 casos en su contra. El equivalente a 100 años de prisión. Sus abogados le advierten que no lo haga más. “No puedo”, les dice, “la gente debe escuchar el llamado a la oración”. Cuando parece que transitará el resto de su vida entre rejas, asume un presidente en Turquía cuyo primer decreto es abrir las mezquitas y legalizar el llamado a la oración. El prontuario de Mawlana, por arte de magia, se esfuma.

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“En cada tiempo, sólo hay un sufi. Y ese sufi en esta época es Mawlana. Los demás, somos todos aprendices”, te confiesa Muyiddin, sheikh de La Plata, a quien visitás en su stand de la feria de artesanos de la ciudad. “Ser musulmán no es un papel ni un bautismo”, te dice, “es un estado espiritual”.

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El legado de los maestros es demasiado grande. Sus prácticas, vistas desde hoy, parecen titánicas. Hay sheiks que se cuelgan cabeza abajo en pozos de agua para recitar el Corán. Santas que duermen en el suelo con un ladrillo de almohada y que hacen la peregrinación a Meca poniendo la frente en tierra a cada paso. A seis meses de casarse, el grandsheikh Abdullah, a pedido de su maestro, se retira durante cinco años en reclusión a una cueva. Más que imitarlos, sólo te queda sentirte un poco avergonzado y agradecer que te tomen en cuenta.

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Una vez al año, te visitan los representantes de tu maestro: los sheikhs. A cada sheikh lo envuelve un perfume característico.

Cuando hablas con Hassan Dyck, que gira por el mundo con sus conciertos de música sagrada, se hace tan pequeño que tenés la impresión de que se inclina a tus pies. Con cada cosa que le contás, Hassan hace un silencio respetuoso, maravillado. Tu ego se siente el más sabio del mundo. Estás ante ese hombre sabio y él se limita a escucharte con la mayor atención. Ése es su perfume. Y esa es su trampa. El sheikh se transforma en corderito para mostrarte el lobo que llevás dentro.

Cada primavera, llega también el sheikh Burhanuddin Herrmann. Buena parte de tus hermanos del camino, se han iniciado gracias a él. Si el sufismo fuera una casa, Burhanuddin sería el recepcionista. Los derviches alientan a amigos, compañeros de trabajo y a su familia a que se apunten a sus talleres. Y luego se sientan a ver el espectáculo: en pocas preguntas Burhanuddin encuentra la fisura en sus vidas y les coloca el taladro. Mitad del taller, uno la pasa haciendo ejercicios de auto observación, y la otra mitad, viendo al sheikh aplastar el ego de los asistentes como un racimo de uvas. Al día siguiente, puedes observar cómo el hollejo de todas esas uvas aplastadas empiezan a destilar su propio vino.

Hassan te alienta a ver. Burhanuddin te da un sacudón. Hassan muestra tu reflejo. Y Burhanuddin te parte el espejo.

Dos perfumes. El mismo perfumero.

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Nunca vas a escuchar hablar de si un sheikh es más poderoso que otro. En este camino, te dicen que los milagros son la menstruación de los santos. Nada para sentirse orgulloso. Sólo dirán, a lo sumo, si tal o cual sheik está mejor o peor conectado.

En el sufismo a la conexión se la llama rabbita. Es por eso que, cuando ves a un sheikh antes de hablar, lo escuchás pedir ayuda, pedir permiso y por último, vaciarse para captar la señal del maestro. Jamás prepara lo que va a decir. La mente prepara. El corazón improvisa. Lo escuchás al sheikh Ahmad en Buenos Aires comparar al derviche con un globo aerostático: “Nuestra tarea es descargar esas bolsas de arena que, como el globo a gas, impiden elevarnos”. Una vez, en Mar del Plata, lo ves a Ahmad en silencio esperando concretar la rabbita con su maestro. Pasa un buen tiempo, hasta que anuncia: “No baja nada”. Y no habla. Su honestidad te llena de confianza.

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Febrero del 2011, junto a 80 derviches festejás el cumpleaños de Sheik Hisham, en su primera visita a la Argentina. El representante de Mawlana en Occidente, inicia en el sufismo al campeón de boxeo Muhammad Alí, se reúne con reyes y príncipes, y preside una fundación islámica en los Estados Unidos. En los festejos del Sheik, hay tres percusionistas y dos giradores. Somos decenas de derviches saltando y sudando a mares, repitiendo la primera parte del testimonio de fe islámica: “No hay más Dios que Dios”, con el dedo índice en alto. No hay alcohol. Nadie quiere seducir a nadie. Jamás imaginarías que algo tan sencillo puede hacerte tan feliz.

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Un día, Mawlana da un discurso y te fijás atentamente en el tasbig, su rosario de cuentas, con el cual cada derviche lleva registro de las repeticiones de los nombres divinos que pronuncia por día. Algunos lo llaman “el lazo de la mente”: pues mientras uno cuenta los nombres, la mente se contrae y algo dentro tuyo se expande.

Como Mawlana tiene su tasbig cubierto con la pierna, casi no lo ves. Tal vez, pensás, tenga un tasbih blanco como perla de mar, cargado de poder. O un tasbih color del ámbar, exótico y sugestivo. Cuando Mawlana lo deja al descubierto y podés quitarte la duda, descubrís que es exactamente igual al tuyo.

La transformación

Te lleva dos años armar con cierta corrección el turbante. Se recomienda cruzarlo delante y sujetarlo por detrás dándole una vuelta como quien anuda una corbata. Cuanto más extensa es la tela, más alta la dignidad. Ese honor, lo quieras o no, se refleja. Un hermano derviche con cuatro años en el camino, te cuenta que cuando usó turbante en el aeropuerto de Estambul la gente le besaba las manos.

Del mismo modo que la corona representa en los reyes la apertura al cielo, el gorro en punta que sostiene el turbante, te enterás, es una antena a la divinidad. La tela del turbante se emplea, en el entierro, para envolver el cuerpo del derviche. Llevar turbante es estar listo para morir.

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Te volvés derviche y rezás en un mundo sin significado. Adorás a Dios en un mundo sin Dios. En un planeta fragmentado, creés que todo está sujeto a Uno. En un mundo vacío, sentís que todo tiene un contenido secreto. Desde afuera, parece que hubieras perdido la chaveta. Desde adentro, descubrís que hiciste contacto divino.

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Para que el sheikh te tome en serio, debés pensar al menos cuatro veces al día en tu muerte. Eso te familiariza con tu condición de viajero. Le quita dramatismo al morir.

Cuando muere la madre de un girador derviche en la Argentina, un sufi se acerca para darle sus condolencias. El derviche, inmutable, le dice: “¿Querés un pañuelito descartable?”

En el sufismo, se dice, hay que morir antes de morir. Es el camino de los pájaros: por un lado te preparás para dejar el nido, por otro, te concentrás en aprender a volar.

Practicás el recuerdo de la muerte cada vez que vas a dormir. Te despedís mentalmente de tus hijos, de tu pareja, de tus amigos. Hacés un balance y pensás en qué estado terminás tu vida. La gimnasia de soltar todo cada noche te ayuda a descubrir que, cuando llegue el momento, no habrá de donde agarrarse. Si no trabajás por descubrir tu destino final habrás malgastado tu vida. Si aún no localizaste la salida de emergencia, cuando llegue el fuego te vas a dar contra las paredes.

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Has visto lo lindo que recitan algunos hermanos, y el impacto que tiene la lectura del Corán en el corazón –históricamente, el Profeta enviaba a recitadores a transmitirlo a los pueblos, la versión escrita se difundió más tarde-, así que decidís aprender árabe. Has buscado leer una traducción al español pero el libro se ha cerrado como un puño. El Corán, te dicen, es una soga entre el cielo y la tierra. Escalarla con la razón, es como treparla con los pies. Basta con recitarla desde el corazón y en su idioma original, tal como descendió de los cielos, para aferrarte a ella. Y esperar a que, desde arriba, alguien se apiade y te haga subir.

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Ali Salim es artesano y vive con su hijo en un conventillo de La Boca. Se conecta con los Naqshbandis en un viaje a Pakistán donde estudia islam en la universidad y luego se inicia en la orden en 1993. Durante dos años, vas a su casa a tomar clases de árabe. Habla de Perón, de Leopoldo Marechal y de Cristina Kirchner, todo en clave sufi. Un día, le preguntás si nunca separa espiritualidad de política. “¿Por qué? ¿vos ves doble? Si todo es uno.” Ali es el primero en decirte que cuando recuerda a Dios, el corazón le duele. “El corazón está roto porque se ha separado de Dios”, te cuenta. “Cuando no se le da al corazón amor verdadero, el hombre lo hace amar cualquier cosa. No importa si es un partido político o Boca. El corazón ama lo que le pongan delante”.

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Pasado un tiempo en el camino, descubrís que ya no queda nada para demostrarle al mundo. Ves secar uno tras otros tus sueños al sol. La gimnasia del corazón le ha quitado combustible a tus delirios de grandeza. Tus preocupaciones van cayendo como hojas en otoño. Toda la salvia la has concentrado bajo tierra, en la raíz. Tu parte anónima, íntima y humilde, capaz de encontrar la verdadera fuente de agua.

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Mientras escribís este artículo, te llama un hermano para proponerte tirarse con otros derviches en paracaídas y recordar a Dios en caída libre. Pensás: es un riesgo. Has escuchado un puñado de historias de gente a la que no se le abrió el paracaídas a tiempo. Un campeón de salto cayó desde tan alto que hizo un agujero en el campo. Además, tenés hijos. Odiás la altura. Tirarse es caro y la adrenalina nunca fue lo tuyo. Pero lo consultas con tu corazón y le decís: “Hagámoslo”.

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Un día, al terminar la oración de la madrugada, te quedás sobre la alfombra repitiendo los nombres divinos de Dios como quien golpea una puerta. Los nombres son 99 y el secreto de su vibración es uno de los grandes tesoros de los derviches. Lo hiciste muchas veces a lo largo de los años, pero por primera vez estás decidido a repetirlo el tiempo que sea necesario. Entonces, alguien responde. Alguien abre. Lo que sucede es muy parecido a la primera vez que hiciste el amor: te sentís colmado y absorbido. Pero esta vez, no amás algo. Ni alguien. Simplemente, amás. Besás el aire, embriagado y transformado, y decís: “Estabas ahí, ahora me doy cuenta”.

Cuando le contás tu experiencia al sheikh, te palmea la espalda. “Viste”, te dice, “esto funciona”.

El viaje al corazón del maestro

Volás hasta Chipre, a conocer en persona a Mawlana Sheikh Nazim. Si no lo ves con tus propios ojos, te cuesta creer.

En el aeropuerto, te recoge un derviche que lleva y trae visitas a la casa del maestro en Lefke, al otro lado de la isla. Tenés equipaje grande y pesado, pero el derviche se limita a acompañarte al coche y abrir el baúl. Cada cual es dueño de su mochila.

El chofer chupa granos de café, conduce por calles oscuras y dormidas a la madrugada mientras escucha alabanzas al Profeta en la radio. En un momento, cambia el dial y suena “Otro día en el paraíso”, una balada de Phil Collins donde habla de cómo, comparado con toda la gente que sufre en la calle, uno prácticamente vive en el paraíso. “Esta letra”, afirma el chofer con la cabeza, “tiene una sabiduría tremenda”.

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En casa de Mawlana, saludás a derviches italianos, españoles, rusos, coreanos, indios, pakistaníes, ingleses, rumanos. Todos llegan hasta aquí enamorados de tu mismo maestro, arrastrados por su mismo perfume. Conocés a sastres turcos. A ex soldados. A académicos británicos que viajan hasta aquí a hacer una tesis sobre el poder curativo de los derviches. Tenés la impresión de que la casa de Mawlana, es el epicentro del mundo.

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En Chipre, a cargo del trabajo voluntario, está un hermano llamado Ali. Siempre lo encontrás sudado y sonriente, los zapatos más gastados y llenos de polvo que viste en tu vida. Él dirige la oración del mediodía en medio de un campo de naranjas, y como no tiene donde apoyar la cabeza, saca algo del bolsillo y la apoya ahí: un fixture del mundial. “Los mafiosos serían extraordinarios derviches”, dice Ali en un descanso, bajo los árboles. “Ellos no discuten. Obedecen. En este camino, uno cumple y después en esa orden está el secreto oculto del maestro”.

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En el islam, a los padres se los honra. El paraíso, te dicen los sheikhs, está a los pies de la madre. Imaginá que tus padres nunca fueron muy espirituales. Creen sólo en lo que pueden ver. Nunca te llevan a misa. Menos aún te alientan en tomar la comunión. Imaginá que el mayor consejo que te repite tu mamá es: “Comé más. Estás muy flaco”. En Lefke, en casa de Mawlana, luego de la oración del viernes, te aferrás a su bastón y recibís de él la iniciación. Te emocionás. Tu corazón se abre como si le hubieran quitado el corcho. Ahora entendés lo que es amar a un maestro.

Mawlana recibe a todos y el último día te da la bienvenida en el living. Antes de partir de regreso, esperás un consejo mágico que te cambie la vida. Sentado en un sofá, toma tu mano, sonríe amorosamente como lo haría tu abuelo y te dice: “Estás como mi bastón de delgado. Tenés que comer más”. Y te manda nuevamente a los pies de mamá.

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El silencio de un muñeco

Publicado: 22 septiembre 2009 en Cicco
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Esta historia comienza en un parque de Buenos Aires y culmina en la bóveda de seguridad de un banco. El parque se llama Retiro y tiene montañas de agua, lagos artificiales y fenómenos de la naturaleza. Lo comparan con el Coney Island de Nueva York, el White City de Londres y el Luna Park de París. Y hasta dicen que el Retiro es mejor. Mientras se abre camino entre una mujer barbuda, una sirena y un jinete sin cabeza, un niño de ocho años se acerca a un hombre que habla con un muñeco ante una multitud, y siente que el mundo en ese instante se detiene, y las piezas se ensamblan como un rompecabezas mágico.

La bóveda del banco donde esta historia termina es, a diferencia del parque, como cualquier otra, cercada por puertas blindadas y alarmas que se activan al menor movimiento. Sería una más de las miles de bóvedas de Buenos Aires si no fuera por un detalle, en apariencia irrelevante: en su interior guarda un portafolios Samsonite con un muñeco vestido de frac, tal como lucía la última noche en la que salió a trabajar. Una vez al mes, en medio de un inusual operativo de seguridad, una mujer extrae al muñeco de la valija y lo saca a tomar aire para que el papel maché de la cara, la peluca artificial, la pintura de los ojos y la madera del cuerpo no se echen a perder.

El nombre y la dirección de ese banco donde descansa el maletín forman parte de un secreto inquebrantable desde que murió el hombre que daba voz y oxígeno al muñeco, y que lo hacía arder en público como una estrella.

Nunca en la historia de la ventriloquia un hombre inyectó tanta personalidad a un muñeco, al punto que hoy, a ocho años de la muerte de su dueño, los coleccionistas privados, los millonarios cazadores de reliquias modernas, lo disputan como si fuera un diamante único e irrepetible, sumergido en la oscuridad anónima de un banco.

Nacido en Zárate, una ciudad de la provincia de Buenos Aires, en 1938, Ricardo Gamero vio a aquel ventrílocuo del Parque Retiro a los ocho años y comprendió cuál era su misión en este mundo.

Su padre, José Gamero, quería que Ricardo siguiera sus pasos de linotipista: él estaba empleado en el diario Crítica, uno de los más leídos de la época. Pero su hijo menor tenía otros planes. A los doce, con papel de diario, harina, agua y madera, se dispuso a crear un mono. Mientras le daba forma, descubrió que se parecía más a un niño. Algunos dicen que el muñeco formaba parte de un trabajo práctico escolar. Otros, que fue una orden del corazón. No importa el motivo, pero Ricardo Gamero le pintó los ojos, le puso peluca rubia y lo llevó a un titiritero para que ajustara el mecanismo y le colocara los brazos. Luego le cosió la ropa, lo puso sobre su regazo y, desde entonces, el muñeco no paró de hablarle.

Tras cuatro años de estudiar semana a semana los movimientos del ventrílocuo del Parque Retiro, apenas tuvo su propio muñeco, Gamero devino un profesional completo. A los trece, lo puso en un bolso, abandonó la escuela y renunció a los amigos del barrio y a la casa de sus padres en el barrio porteño de San Cristóbal. Es que José Gamero no toleraba ver al menor de sus hijos lanzado al caos de la vida artística. Una y otra vez se atragantaba con la cena y le hacía saber su enojo.

“Vas a tener que vivir en la miseria”, le repetía. Ricardo no soportaba más las presiones y cortó por lo sano: escapó y empezó a trabajar en la calle. Con lo que ganaba en las plazas como ventrílocuo ambulante, pagaba el alquiler de una pensión, donde la propietaria era madre de un reconocido fakir y escapista, Tu–Sam, que entonces iniciaba su carrera flagelándose con todo lo que encontraba. A los pocos meses, Gamero consiguió empleo en un circo y giró por toda Argentina. Empezó trabajando a cambio de cama y comida. Limpiaba jaulas.

Alimentaba a los leones. Asistía al mago. Sustituía al malabarista cuando estaba enfermo. Y mientras tanto, pulía la rutina con su muñeco y le ponía un nombre al dúo: él, Mr. Chasman, un nombre distinguido, sofisticado, de mundo. El muñeco, Chirola, la palabra que designa popularmente a la moneda de menor valor del mercado en Argentina. Así nacieron los Lennon–McCartney, los Jagger–Richards, los Abbott y Costello de la ventriloquia: una pareja perfecta de opuestos, la mecha y la pólvora, la cal y la arena, un anfitrión bien hablado, culto y moderado, frente a un niño fresco, vertiginoso, irreverente, artesanal y medicado con Ritalín.

A fines de los sesenta, Chasman escaló al prestigioso circo internacional Tihany y recorrió Latinoamérica, ahora afirmado en su show de ventrílocuo. Y allí se enamoró perdidamente de Ethel, la contorsionista. En 1964, Ethel y Chasman tuvieron una hija, Sandra. Gamero trajo una vida y perdió otra: Sandra nació sonriente y con buen peso, pero Ethel, la contorsionista del circo, no sobrevivió al parto.

De gira permanente con el Tihany y destrozado afectivamente, Chasman legó a su hija al cuidado de sus suegros, al tiempo que escribía sus libretos en bares de todo el mundo y aprendía a la fuerza las reglas del oficio: no comer antes del show, no tomar bebidas efervescentes, cambiar las B y V por G, las F por J, las M por N y las P por C, para evitar que al pronunciarlas la boca traicionara la magia. En lugar de “boca”, Chasman debía decir “goca”, en lugar de “mamá”, “naná”, pues las B y las M obligan al ventrílocuo a juntar los labios y delatar el truco.

Y si uno era fumador, las cosas se ponían aún más difíciles.

El tabaco y Chasman eran inseparables. Coleccionaba encendedores. Laqueados, nacarados, con terminaciones en oro, lapislázuli: los tenía todos. Pero en tiempos en que no existía el encendedor, practicó tenazmente frente al espejo durante dieciocho meses hasta que logró prender el cigarrillo con una mano, mientras sostenía, con la otra, a Chirolita. Si piensa que es sencillo, sólo imagínelo: con la mitad del cuerpo inutilizada por el muñeco, Chasman sujetaba la caja de fósforos con dos dedos, los otros dos se las ingeniaban para raspar la cerilla mientras el quinto apretaba el cigarrillo. Luego, con la cerilla encendida, debía sincronizar para que la llama envolviera la punta del cigarrillo, arrojar el fósforo y guardar la cajita en el saco sin prenderse fuego. Y por último, la gran especialidad de Chasman, la que lo haría mundialmente famoso: aún con los pulmones llenos de humo, desdoblaba la voz y dialogaba con Chirolita como si fueran padre e hijo. El timbre de Chasman estaba teñido por el cigarrillo, pero Chirolita sonaba tan juvenil y cristalino como siempre.

Como precaución, Chasman tenía la regla de oro de no despachar a Chirolita en los aeropuertos. Lo llevaba bajo el asiento. El personal de aduana jamás le pidió abrir la valija para ver su contenido. Les bastaba con ver a Chasman para comprenderlo todo: así de famoso era. Chasman y Chirolita aterrizaron en Paraguay, Chile, Perú, Uruguay, Ecuador. En Bolivia, aún con toque de queda militar, llenaron un teatro. En México, quince mil personas los ovacionaron en una plaza céntrica del Distrito Federal en 1970. En España, les ofrecían contratos suculentos para retenerlos en el país. Hasta el manager de Raphael lo fue a buscar a Buenos Aires para tentarlo.

Chasman y Chirolita tenían más millas aéreas que los Harlem Globetrotters. En Argentina eran reyes en sus dominios. El non plus ultra de la variété. Actuaron en todos los canales de aire y en cada uno de ellos recibieron premios. Conocieron los escenarios de los teatros y cabarets de más concurrencia del país. Chasman cenaba con Mario Sapag, Juan Verdaguer, Javier Portales y Alberto Olmedo, los humoristas del momento, y Chasman y Chirolita eran un fenómeno en expansión, estrellas de los programas más vistos. Chirola disparaba el rating por las nubes.

Era infalible. Las empresas le pagaban fortunas para tenerlo en sus cenas de fin de año. Los presidentes lo invitaban a la Casa de Gobierno, pero Chasman les repetía que no quería meterse en política. Tampoco hablaba en público de religión ni de futbol, aun cuando treinta clubes los nombraron, a él y a su muñeco, socios honorarios. Se había jurado no contar jamás chistes de judíos, de negros, ni de gallegos, y no decía malas palabras. En los shows, Chirolita hacía reír, pero el momento fuerte era cuando se ponía serio y narraba la historia de un muñeco de trapo.

Era tan triste que hasta el más duro rompía a llorar.

“A ocho años de la muerte de mi viejo, hay personas a las que les decís ‘Chirolita’ y se les caen las lágrimas”, cuenta René, su hijo menor, un hombre de 32 años que nació del matrimonio de Ricardo Gamero con su segunda mujer.

René fue libretista de Chasman y hoy es empleado en el archivo de TyC Sports, una señal deportiva de cable. Jamás, dice, usó la historia familiar para conseguir trabajo.

“Se creó todo un mito de que con mi hermana estábamos celosos de papá por la atención que le daba a Chirola. Pero no es cierto. Mi viejo llegaba a casa y el muñeco quedaba en la valija hasta el siguiente show. Era su hermanito de trabajo. Tuve a mi papá mucho más tiempo que cualquier chico. Pero a veces te repetían lo de los celos tantas veces que cuando sos chico te empezás a preguntar si no tenés celos del muñeco”.

De tan célebre y redituable, Chirolita contaba con póliza de seguros. Y un vestuario exclusivo con cuarenta trajes y zapatos a medida en cocodrilo, charol y gamuza. Los mismos que, a escala, se confeccionaba Chasman.

Adherida a la valija, Gamero había colocado una tarjeta con sus datos, en caso de extravío. A pesar de todos los recaudos, Chirolita fue raptado en dos oportunidades durante un mismo año a inicios de los setenta. Mientras Gamero cenaba en un restorán de Buenos Aires, un grupo comando abrió el baúl y secuestró al muñeco. A las pocas horas, lo llamaron por teléfono a su casa y pautaron las condiciones del rescate. “Queremos el dinero en una valija envuelta en nylon, arrójela en la Fuente de los Españoles”. “¿Y Chirola?”. “Lo encontrará en la fuente”. “Por favor, señor, cuídelo y que no le entre agua. Yo trabajo de esto”. Chasman llenó la valija con papel de diario y cubrió la superficie con billetes auténticos. Condujo hasta la fuente sin dar aviso a la policía, arrojó la valija al agua, tomó a Chirola y partió sin mirar atrás.

Meses más tarde, otro restorán, otro baúl y el mismo episodio. Esta vez el ladrón, un vagabundo del barrio, se arrepintió de lo que había hecho. “Chasman —le dijo por teléfono— perdón, me equivoqué. Tengo a Chirolita”. Gamero lo encontró en la ca­lle y lo quiso recompensar con dinero. El hombre sacudió la cabeza y por poco se larga a llorar. “No, Chasman, haber tenido a Chirolita conmigo es más que una recompensa. Yo estoy en deuda eterna con usted”.

Noemí Farías conoció a Chasman en su plenitud a mediados de los sesenta. Ricardo Gamero le llevaba siete años y era la figura central del Special, uno de los programas del año en Argentina. Todas las figuras se disputaban un segundo de exposición allí. Hasta Joan Manuel Serrat sucumbió al hechizo en su primera visita al país. Noemí era parte del elenco estable de ocho bailarinas de la emisión. Las llamaban “Las Rockettes”.

“Te puedo contar anécdotas de Sammy Davis Jr. a Raphael. Los conozco a todos”, dice Noemí mientras ofrece alfajorcitos en su casa de Boulogne, un suburbio de la ciudad de Buenos Aires, y anuncia que ésta es su primera entrevista desde la muerte de Chasman.

En tiempos de Las Rockettes, Farías estaba convencida de que jamás se enamoraría de alguien del ambiente artístico. Pero Chasman la invitó a cenar a ella y a su mamá, que era asistente del plantel de baile del Special.

“Las bailarinas somos raras y retorcidas —se acuerda Noemí— para que los hombres no crean que somos fáciles, viste, y evitar que nos pongan un dedo encima a la primera noche”. A la tercera salida, Chasman se bajó del auto, le compró un ramo de rosas, se arrodilló junto a la ventanilla y le propuso matrimonio. En diciembre de 1968, redobló la apuesta y apareció en el estudio con una alianza de diamantes incrustados en oro. Un año más tarde, se casaron por civil. Ya como marido y mujer, Chasman le pidió a Noemí que renunciara a su trabajo y se dedicara a su casa. Farías lo acompañó en sus viajes por el mundo, mientras criaba a Sandra como si fuera hija de su sangre, y se ocupaba de tener limpia y planchada la ropa del muñeco, a quien vestía cuidadosamente antes de cada show.

En 1974, Noemí quedó embarazada. El médico dijo que, por falta de dilatación, le harían una cesárea. Chasman, aunque después de la muerte de Ethel tenía terror a los partos, tomó al ginecólogo del cuello, lo arrastró por todo el pasillo y le dijo: “Si vos le hacés una cesárea, te mato”. René Gamero nació en 1975 por parto natural, aun en contra de las prescripciones médicas.

Para esa época, Chasman tenía trabajo de sobra. Había puesto un negocio de venta de automóviles. En cada cumpleaños, le cambiaba el coche a su mujer, que un año conducía un Mercedes, otro un BMW. Tenían una casa de fin de semana en las afueras y varios departamentos en Buenos Aires. Salían a cazar a la localidad de Ranchos, pero sabían tan poco de fauna que, muchas veces, no identificaban a qué clase de animal le habían disparado. Eran tiempos felices. Una vez, en el camino de ida y vuelta en auto desde el barrio donde vivían hasta un teatro del centro en la ciudad —no más de treinta cuadras— Chasman se propuso contar cuántas personas le preguntaban por la calle si su hijo era el niño de carne y hueso en el que se inspiraba Chirolita. Sumó a 132 personas.

En casa, Gamero despertaba meticulosamente a las 6:30 de la mañana. Tomaba mate y salía a jugar al billar al Club Italiano con Daniel Rabinovich, del grupo musical Les Luthiers.

Al regresar, devoraba la revista Selecciones, a la que estaba suscripto, o veía películas de suspenso en la tele. Sus favoritas eran las basadas en las novelas de Agatha Christie.

Al menos una vez al día ponía a su mujer en el regazo y, apelando a su diferencia de edad, la aleccionaba sobre la vida. “Pero dejame, yo no soy Chirolita”, lo empujaba Noemí de mala gana.

Chasman quería estar en todo: cocinaba risotto con mariscos, hacía bifes rellenos con jamón y queso, pero a veces su afán por controlar hasta el mínimo detalle se le iba de las manos. Y lo llevaba a tener una idea más bien frágil de la felicidad. En su casa de fin de semana, en una tarde a pleno sol, le dijo a su mujer: “Vámonos”. “Pero, ¿por qué, si la estamos pasando bien?”. “¿No sos feliz?”. “Claro, ¿y eso qué tiene que ver?”. “Hay unas nubes allá a lo lejos, no quiero que nada empañe este momento. Menos que menos, una lluvia”.

“Ricardo tenía una personalidad muy cambiante”, recuerda Noemí. “Era distinto el personaje de Chasman que el Ricardo de la vida real. Él tenía un problema con los restaurantes. Le encantaban los bifes cocidos y siempre se los traían crudos. Él insistía en que se lo cambiaran por otro. No quería que le cocinaran el mismo porque, decía, en venganza los cocineros se lo podían escupir. Una vez, llegó a devolver tres bifes en una misma noche. Y eso lo ponía de muy mal humor”. Noemí se ríe. “Me da risa porque hoy a nuestro hijo René le pasa lo mismo. Es como una maldición familiar. La maldición del bife”.

En el pico de su carrera a principios de los ochenta, Chasman tenía una función de teatro al día. Los empresarios le ofrecían un buen sueldo para abrir su propia academia de ventriloquia. “Pero lo de mi viejo no era la enseñanza”, evoca René. “Él decía que lo suyo era fruto de mucho trabajo, algo imposible de transmitir”.

Era tal la carga de funciones que Chasman empezó a sufrir de la columna. El médico le diagnosticó una hernia de disco y un problema en el nervio ciático. Antes de salir a escena, debía inyectarse calmantes para completar el show sin sentir que el dolor le cortaba la espalda como un hacha. Necesitó de varios años de tratamiento para corregir la postura y superar el padecimiento.

Durante las fiestas navideñas, Chasman protagonizaba un espectáculo donde debía estar noventa minutos frente al público y cambiar de vestuarios en tres oportunidades. Nunca había estado en un unipersonal tan extendido. Para acortar la muda de ropa de Chirolita, decidió confeccionar un doble de riesgo. Y así llegó hasta Julio Roldán que es, desde hace cuarenta años, doctor de muñecos.

Roldán arregla muñecas antiguas y muñecos modernos. Llegan fanáticos de todo el mundo a confiarle sus muñecas de porcelana para que las vuelva a poner en actividad. Y confecciona muñecos para ventrílocuos por quinientos dólares, con cuerpos de pasta traídos de Alemania, ojos de vidrio, pelo natural y ropa a medida.

“Yo soy un curador de afectos”, dice Roldán, delantal de punta en blanco. “Acá viene gente con el pelo de su difunta mamá para ponérselo a su muñeca”.

Roldán preside en su casa una gran clínica privada. Cara, pero la mejor en su estilo. En este momento, tiene cincuenta muñecos en la sala de espera.

“Yo uso pelo natural para los muñecos, que dura toda la vida y no se enreda como el artificial. Le hacemos la ropa. A los ventrílocuos les mido las manos para que el mecanismo se ajuste a sus medidas”.

La visita de Chasman a la clínica de Roldán le multiplicó los clientes.

“Él trajo a Chirolita, que estaba ya un poco deteriorado, y me dijo: ‘Quiero algo igual a él, pero que se le muevan los ojos’”.

Chasman visitó varias veces a Roldán para supervisar la creación. Se puso insistente. Roldán trabajaba con la vista de Chasman sobre sus hombros. Tras un periodo de ensayo y error de un mes, Gamero le dio el OK.

“Le hice un cuerpo de pasta alemán. Ahora casi no se consiguen, igual que los ojos de vidrio. La mayoría son de plástico. Me acuerdo que a Chasman no le gustaban los ojos de Chirolita. ‘Quiero que se muevan’, me dijo. Era un profesional de altísimo nivel. Un ventrílocuo insuperable”.

“A Chirola no se le movían los ojos. Ni los pies ni los brazos”, retoma Noemí. “Y aún hoy la gente me discute que se le movían. Era parte de la magia de Chasman. No vayan a creer que practicaba mucho. Él tenía un don. En lo suyo, era el único y el mejor”.

“Papá utilizó al muñeco de Roldán como un segundo cuerpo de Chirola, pero sin la cabeza. Era apenas el torso. Nunca quiso cambiar el modelo original”, recuerda René. “En medio de la función, para ahorrar tiempo, y no vestir nuevamente de punta a punta a Chirolita, le cambiaba la cabeza y listo. Pero si no había necesidad, mi viejo usaba siempre el mismo muñeco que había hecho siendo un niño”.

Miguel Ángel Lembo tiene veinte años de carrera y es el presidente del Círculo de Ventrílocuos Argentinos, el segundo más antiguo del mundo —el primero es el de Las Vegas—. Agrupa a más de sesenta colegas y su círculo es hoy uno de los más numerosos de Latinoamérica.

Lembo da cursos vía Internet y es autor de Ventriloquia y humorismo, un puntilloso manual de 160 páginas con las técnicas para aprender el arte de dar vida a un muñeco. Naturalmente, para él y sus pares, Chasman y Chirolita fueron lo que Batman y Robin para las historietas y la Santísima Trinidad para los católicos: una pareja insuperable. Lembo conoció a Chasman en los pasillos de un canal de TV en 1980 y él, que por entonces era policía, quedó fascinado y quiso tener su propio Chirola. “Ser ventrílocuo es raro”, admite Lembo, quien a veces habla con su voz y a veces con las de sus tres muñecos, aun cuando está en un bar frente a un pocillo de café. “Imagínate: un hombre grande jugando con un muñeco. No me vas a decir que no es curioso. La técnica del ventrílocuo la podés aprender. Es lo que hace cualquier actor. Pero llegar al nivel de Chasman es prácticamente imposible. Cómo hablaba con el muñeco mientras fumaba es una técnica que requiere una combinación de respiración y movimiento muy compleja. Él no llamaba muñeco a Chirolita. Lo llamaba hijo. Y lo trataba de usted”.

Aún siendo subcomisario de la seccional 14° en el barrio de San Telmo, Lembo tenía a su muñeco Pascualito sentado en su despacho y practicaba una y otra vez las rutinas del gran Chasman, a quien visitaba religiosamente los jueves en su departamento.

La televisión es un arma de doble filo. Da vida y la quita. Enciende el fuego y lo apaga. Así como Chasman se consagró internacionalmente por su éxito en la pantalla chica, la televisión terminó sepultándolo en vida. A mediados de los ochenta, cambiaron los códigos del medio. Se recortaron los programas cuidados y de largo aliento, se recortaron presupuestos, y las emisiones de variedades que duraban tardes enteras —donde Chasman y Chirolita eran números fijos— se fueron apagando. Chirola había perdido su lugar en el mundo. Gamero conservaba escasas funciones en teatros del interior, pero empezaba a perder lugar en la memoria de las nuevas generaciones.

En la Costa Atlántica, lo paraban las madres con sus hijos y le decían: “Mirá, nene, ¿sabés quién es este señor?”. El nene se encogía de hombros y la señora insistía. “¿Cómo que no sabés? ¡Pero este señor era muy famoso!”. Hasta que Chasman le ponía una mano en el hombro del chico y le decía: “¿Por qué no le decís a tu mamá que te lleve a la playa y se deje de hinchar?”.

Chirola pasaba más tiempo dentro del portafolio que fuera. En 1984, Chasman sufrió un principio de infarto y fue sometido a tres bypass. El cardiólogo le dijo que tenía las arterias tapadas, producto del tabaco y del estrés. Una semana antes, había decidido recortar los gastos y dejar de pagar el seguro médico. Hacía años que no tenía el negocio de los autos y los departamentos y la casa de fin de semana empezaron a acumular deudas impagas. Así que, cuando el corazón le falló, se encontraba sin seguro, pero cuando Noemí ya estaba dispuesta a vender el auto para afrontar los gastos, la Fundación Favaloro, encabezada por el cirujano René Favaloro, el precursor del bypass, anunció que cubriría los gastos. A cambio, le pidieron que en cada show Chasman dijera que estaba vivo gracias a las manos del doctor Favaloro.

Después de eso, Chasman jugó menos al billar. Ya no salía a cazar. Pero seguía fumando sus dos atados diarios de cigarrillos marca 43/70. Pasaba el tiempo junto al teléfono aguardando a que una llamada volviera a ponerlo sobre un escenario. Aún hoy, Noemí recuerda los últimos años de su marido y se indigna.

“Antes se respetaba al artista. Los productores eran gente de carrera con códigos. Gente con años en el medio. Ahora cualquier jovencito ya es productor. Y no sabe ni quiénes son los que lleva a su programa. A Ricardo, siempre muy respetuoso de los demás, ese maltrato lo ponía muy mal”.

Los últimos años de su vida, Chasman se deprimió. Decía que no tenía plata ni para pagar los medicamentos. Los programas lo llamaban para apariciones fugaces y, lo que es peor, gratuitas. “Venite, charlás con el conductor y, de paso, te traés a Chirolita”, le ofrecían, pero cuando Chasman llegaba con un contrato de trabajo por su aparición, los productores se ponían blancos como el papel: “Pero ahora los invitados no cobran”, le explicaban.

“De la noche a la mañana, a mi viejo se le cortó el trabajo”, recuerda René. “Decían que papá era caro, pero él nunca fracasó en un show. Jamás dio pérdida. Pero llegó un momento en donde Chirola no encajaba en ningún programa”.

A fines de 1988, Gamero recibió un llamado del canal 7, la señal estatal. Decían que era una propuesta de trabajo. Gamero no tenía dinero para pagar el ómnibus así que recorrió a pie los cuatro kilómetros hasta el canal. Llegó, le ofrecieron una miseria, y regresó caminando otros cuatro kilómetros hasta su departamento.

El rechazo y el olvido terminaron con él un año más tarde, en mayo de 1989 mientras se recuperaba de una angioplastía en el Hospital Argerich. Falleció a los sesenta años en una habitación de hospital público, mientras hablaba de tango con una amiga. En un momento de la charla, emocionado, recordando las viejas épocas de gloria donde conversaba codo a codo con el bandoneonista Aníbal Troilo, Chasman se llevó una mano al pecho y se retorció de dolor. “De ésta no salgo”, exclamó y ésas fueron sus últimas palabras. Sabía de qué hablaba. Ya el médico de la Fundación Favaloro le había dicho en 1984 que, si no dejaba de fumar, tendría una expectativa de vida de un año y medio.

Se equivocó por tres y medio.

Al entierro asistieron decenas de ventrílocuos a rendirle culto al dios de los muñecos.

Para pagar las deudas de su difunto marido, Noemí debió vender sus departamentos. “Casi tuve que regalarlos. Qué querés que te diga: no me gustó la forma en que se fue Ricardo. Le pusieron una notita así, un recuadrito en los diarios.

Fue una injusticia. Él se merecía una despedida mejor. Además, en su último año de vida, yo tenía que sacarle de encima a muchos colegas que se acercaban para convencerlo de que les firmara un testamento y les legara a Chirola”, recuerda Farías. “Si no se lo hubiera advertido yo, Ricardo se los daba”.

Se dice que Chirola fue enterrado junto a Chasman en el cementerio de Chacarita. Se dice también que, por seguridad, separaron la cabeza por un lado y el cuerpo por otro para complicar la tarea de potenciales ladrones. Todo eso es falso. Los restos de Chasman descansan en el cementerio de la Chacarita. Y Chirolita, el cuerpo original, entero, intacto y curtido por los años, aguarda su destino en una bóveda de banco.

“No lo pienso tocar ­—dice Noemí—. Chirola está perfectamente vestido. Yo lo saco a tomar aire una vez al mes. Tiene la cara gastada, el pelito desacomodado. Así como está va a quedar”.

Antes de morir, Chasman registró nombre e imagen de su muñeco para cedérselos a su familia. René, su hijo, se emociona.

“Mi viejo nos decía: ‘El día que me muera, acuérdense que adentro de la valija hay una herramienta de trabajo. Gracias a él’, repetía papá, ‘comimos durante cuarenta años’. Yo no tengo la habilidad para manejarlo y tampoco quiero que me digan que robo de la carrera de mi papá. Mi viejo cantaba “Granada” al unísono con Chirola y no lo podías creer. Pero bueno, si tu papá es remisero, te deja el auto. A nosotros nos dejó el muñeco. Hay todo un mito de que vamos a rematar a Chirola. Es mentira. Aún no sabemos cuál será su último hogar”.

La política de la familia es no revelar el lugar donde descansa el muñeco. René reclama preservar la privacidad: “No queremos que nos vengan a tocar el timbre de casa a preguntar: ¿Acá vive Chirolita?”.

Varios canales de televisión se contactaron con la familia, les prometieron hacer homenajes a Chasman, si tan sólo les permitían un paneo actual de Chirolita.

“Pero lo quieren gratis, es una locura —se asombra René—. Las propuestas que nos hacen son irrisorias. Nunca se presentó Chirola sin mi viejo. El día que eso ocurra, va a ser una novedad mundial. Un episodio histórico en el mundo de la ventriloquia”.

Dos coleccionistas privados anónimos, dos cazadores de trofeos de ventrílocuos internacionales, ya hicieron sus ofertas. Ellos investigan la vida de los ventrílocuos y, cuando ya no están o cuando están a punto de retirarse, hacen sus ofertas. Son completamente anónimos y la familia se resiste a identificarlos. Mientras tanto, un empresario del espectáculo quiere devolverlo a escena en 2008, llevarlo a los programas más vistos de Latinoamérica con un ventrílocuo nuevo al mando, Karim Araujo. Araujo viajó hasta la casa de Noemí para mostrarle que está a la altura del desafío.

“Un señor agradable, ese Karim. Me hizo la voz de Chirolita. Me dijo que era sencillo. Ahora, decime, si es tan sencillo, ¿por qué nadie pudo crear un fenómeno tan grande como el de Chasman y Chirola? Tan fácil no debe ser”.

Cuando se enteraron de la noticia, el ex policía Lembo y su Círculo de Ventrílocuos pusieron el grito en el cielo.

“Chirolita debe ser exhibido en un museo como corresponde, y con todos los honores. No dárselo a un ventrílocuo que maltrata a sus muñecos para sacar dinero. Araujo es un buen ventrílocuo, pero reconoció que luego de cada acto revolea los muñecos sobre un ropero para esperar hasta el siguiente show. Trabajando para la tele, presentaba su rutina con un actor que tomaba uno de sus muñecos y le daba un terrible puntapié que lo hacía volar por el aire. En una palabra, se caga en el arte nuestro. Se dice que la viuda de Chasman le va a entregar el muñeco dos minutos antes de la puesta, y que él lo va a manejar con las rutinas que ella le indique. Y que, terminado el acto, el ventrílocuo lo devuelve hasta la próxima. Entonces ya no es un acto de ventriloquia. Todo apunta al golpe bajo y es un agravio a la memoria del gran artista. Todo por la ambición de un ventrílocuo y el afán de riqueza de una señora que no respeta a nadie, ni siquiera la memoria de su esposo”.

“¿Por qué me eligieron a mí para manejar a Chirolita?”, se pregunta Karim Araujo, quien se puso en órbita mediática tras una aparición en la emisión de Marcelo Tinelli, el programa de entretenimientos de más rating de Argentina. Se lo pregunta y se encoge de hombros. “Se ve que era el único que conocían. ¿Y dónde está Chirolita? Aún no me lo dijeron. Es un misterio. Por lo pronto, hubo unas reuniones con la viuda de Chasman, pero aún no se concretó nada. Sé que el presidente del Círculo de Ventrílocuos tiene miedo de que se le falte el respeto a Chasman, pero desde ya le digo que se quede tranquilo: aún el proyecto está tan verde, que ni siquiera sabemos si va a ser o no irrespetuoso”.

Los herederos de Chasman se toman su tiempo y evalúan propuestas. Todo tema relacionado con el muñeco está en manos del abogado de la familia. Si uno quiere tomar una foto, hay que desplegar un megaoperativo que incluye abogados, familiares y personal de seguridad del banco. Y tiene su costo.

“Hasta que no estén todos los detalles por escrito no saco a Chirola del banco. Quiero que en el contrato figuren cláusulas que regulen desde los libretos hasta cómo mueve el muñeco la cabeza”, exige Noemí, quien vive con una nueva pareja en una casa antigua y bonita. El lugar es pulcro, ordenado y sin retratos a la vista de su vida junto a Chasman. “Como podrás ver, no será una mansión pero vivo bien”, admite Farías. “No necesito la plata. Así que puedo darme el lujo de esperar. Yo estuve en la televisión mucho tiempo.

Conozco los códigos y sé cómo te engañan. Por eso, antes de exponer a Chirola, quiero que esté todo bien prolijito y certificado por mi abogado. Pero desde ya te digo: por las ofertas que me vienen llegando, va a ser difícil que permanezca en el país”.

René Gamero dice que es triste verlo hoy a Chirola.

“Es un muñeco que tiene las marcas del paso del tiempo. Imagínate: mi viejo lo armó hace 56 años. Es fuerte verlo dentro de la valijita, cuando la persona que le daba vida ya no está”.

Desde hace años, Noemí sueña con una fiesta de gala en homenaje a Chasman. Mientras sueña, se emociona. La mirada se le ilumina. Dice: “Una noche rodeada con los artistas que tanto querían a Ricardo. Y, como número estelar, Chirola, rubio, de frac. Me gustaría antes de morirme poder verlo de nuevo, aplaudido y querido como en los viejos tiempos, y con sus hermosos zapatitos de cocodrilo”.

Pánico y locura en Almagro

Publicado: 15 septiembre 2008 en Cicco
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“¿Vio que yo le dije que no era como fumar marihuana? Ustedes publican cualquier cosa. Y ahí tiene las consecuencias.” ¿Quién es este tipo? ¿Y de qué clase de publicación está hablando? ¿Me está diciendo algo a mí? “Pero claro, si yo no se la daba a probar después iba a escribir que la salvia divinorum es una planta re misteriosa y se iban a disparar toda clase de rumores. Es mejor así, que la pruebe usted mismo y se de cuenta”. Es gracioso. Realmente, nunca vi a este tipo en toda mi vida. No sé quién es y no sé cómo llegó hasta acá y no sé por qué me habla de cosas que no tienen sentido alguno. ¿Y qué hace ese otro hombre con un extraño aparato en sus manos?¿Está tomando muestras luminosas de la escena? Y, lo más importante, ¿cómo hago para pensar todas estas cosas si estoy recostado en el techo?

 

Ocho horas antes

—¿El psicólogo Jorge Giménez?

—El mismo.

—Aquí le hablamos de la revista C, del diario Crítica de la Argentina. Estamos preparando una nota sobre la salvia divinorum, la planta sagrada. Acaban de prohibirla en ciertas partes de Estados Unidos y queríamos tener una experiencia con ella para poder contarla en nuestra nota, ya que en la Argentina es legal.

 

Nos dijeron que usted es un especialista en la materia.

—¿A las siete y media de la tarde les parece bien?

 

Durante su larga carrera como psicólogo diplomado en la UBA, Jorge Giménez se dedicó a hacer terapia lacaniana. Pero desde que descubrió, cinco años atrás, a la salvia divinorum —hace 17 que estudia las plantas sagradas y encargó la salvia vía correo—, se ocupa de un asunto un poco más amplio: el despertar cósmico universal.

 

Él dice que una planta bien suministrada equivale a un año de análisis. “Por regla general, yo me entrevisto varias veces con la gente y analizo si merece suministrarle o no la planta. Te podés imaginar que hay patologías donde la salvia sólo aumentaría el problema. Hay que analizar bien los casos”. Giménez fue el primero en introducir la salvia divinorum en la Argentina, cinco años atrás. Y hoy es uno de los hombres que más sabe del tema.

 

En los foros sobre plantas sagradas, Giménez tiene aura de gurú. Un experto que domina la química, la botánica, que estudió con sufis, con budistas tibetanos y se formó en chamanismo con la tribu wichi. Es lo que se llama un chamán urbano. “En un retiro de una semana, sin adoctrinamiento alguno, se puede alcanzar el éxtasis. Luego cada uno sacará sus propias conclusiones. Pero se puede”. Giménez sabe de lo que habla y en algunos asuntos o es un visionario de la estatura de Nostradamus o está, en su defecto, en otra frecuencia. Él sostiene, al igual que los mayas, que en 2012 ocurrirá una tormenta electromagnética solar que pondrá a la mitad de los seres del planeta en vilo, por no decir, en el cajón y que la única forma de sobrellevarlo será gracias a las plantas sagradas. ¿Vio las catástrofes naturales que se desencadenan últimamente? Giménez las lee como un aviso de lo que vendrá.

 

No es nada ilegal lo que este psicólogo hace con las plantas. Al contrario. La salvia divinorum es perfectamente legal en la Argentina y en la mayor parte del mundo, excepto en Australia, Italia, Corea del Sur, Dinamarca, Finlandia, España y en algunas partes de los Estados Unidos donde se aplican restricciones. “Es intrínsecamente ridículo prohibir una planta”, dice Giménez. “Las plantas sagradas te conectan con la mente del planeta, de la galaxia.

 

Se necesita devolverlas a su contexto sagrado, de donde vinieron”. Dice que la salvia es una planta noble. “El nombre aborigen significa precisamente noble princesa. Los nativos mazatecas en México, cuando no tienen hongos para sus rituales, utilizan la salvia. La salvia no se parece a ningún alucinógeno. Los paisajes y sentimientos son totalmente distintos. Y sirve para explorarse a uno mismo. No es una droga para tomar en una disco”.

 

Al caer la tarde de ese mismo día, conoceríamos a Giménez, el chamán urbano, en persona. Es lunes. Anuncian tormenta.

 

Tres días antes

Voy a ser franco. Los recuentos de experiencias con plantas sagradas y con cualquier clase de drogas siempre me dieron una mezcla de risa y pena, como si alguien me contara sus hazañas durante una borrachera. Nunca los tomé muy en serio. Con los libros tampoco tuve mayor suerte. Nunca me atrajo Carlos Castaneda ni sus andanzas con plantas, me parece que vomita mucho. Me gusta, por ejemplo, el poeta

 

William Blake pero cuando entra en trance místico, simplemente no lo agarro. Lo mismo con Jean Cocteau y el opio, o los estados alterados de Philip Dick. O los delirios de mescalina de Henri Michaux, a quien, por otra parte, disfruto cuando está sobrio. Ni siquiera las legendarias experiencias con peyote de Aldous Huxley que grababa con dictáfono y aseguraba haberse mimetizado con su silla de mimbre. Pobre hombre: ¿mimetizarse con una silla?v¿Cómo es que toda esta gente seria e inteligente sucumbióva semejantes delirios? ¿Qué pudo haberles pasado?

 

A los viajes de la conciencia los llaman psiconáutica yvmuchos tienen la política de no contarlos, pero otros sí. Escucho varias experiencias de usuarios de salvia divinorum. Son como sueños de boca de un delirante. Uno dice que volvió a ser un niño y a jugar con el perro en el patio de su casa. Otro que se transportó a la prehistoria y convivió con dinosaurios. Otro que llegó a una instancia donde descubrió el secreto del universo. Otro que se fusionó con la ventana de la casa. Pablo Graziano, periodista de la revista

THC, especializada en cannabis, cuenta esta: “Cerré los ojos y sentí que la cavidad craneana se abría. Tuve vértigo y entré a una suerte de salvavidas de oscuridad, después empecé a ver chispas de luces”. ¿Salvavidas de oscuridad? ¿Por qué me cuenta semejante pavada, un reportero de una revista comprometida y objetiva, que sacó un año atrás el primer informe sobre la salvia en un medio de la Argentina? Y además, ¿por qué se lo escucha tan convencido?

 

El efecto de la salvia divinorum, cuentan los usuarios, es como encender un cohete: en un momento estás pitando una pipa, al siguiente, estás atándote los cordones en la constelación Centauro. La guía del usuario, escrita y provista en un sitio especializado en la web, describe seis niveles de efectos: van desde la relajación y el incremento sensorial, a la pérdida de la conciencia del cuerpo, la amnesia y la fusión con Dios.

 

“En el momento en que se consume la salvia, es muy importante que haya un cuidador sobrio que te guíe física y espiritualmente”, explica Alejandro Sierra, redactor de la revista THC. “Porque llegado el momento, la gente se olvida incluso de que tiene la pipa en la mano y puede provocar un incendio. La salvia no es para cualquiera”.

 

Catón Carini investiga desde hace años las llamadas plantas mágicas y el mundo de los chamanes urbanos. Es antropólogo. Él prefiere llamar a su esfera de estudio plantas sagradas o maestras o enteogénicas. El nombre es feo, pero a él le gusta. Dice: “El término enteógeno es muy interesante porque quiere decir que promueve la experiencia de Dios adentro: en-theos. Y eso es lo que experimentan muchos al usar las plantas sagradas. El término planta mágica alude más a un uso lúdico, totalmente contrario al fin que se le ha dado a estas plantas por milenios. Ahora bien, si hay una planta inapropiada para el uso lúdico, o sea que no implique un ambiente seguro, controlado y guiado por alguien experto, esa es la salvia divinorum. Tiene una alta potencia de su compuesto activo y se distingue también por sus viajes cortos, cuando es fumada, a diferencia de la ayahuasca o de los hongos que producen efectos de seis a ocho horas. La experiencia con salvia tiene algunos patrones generales, como la visión o presencia de una entidad o deidad femenina llamada ‘diosa de la salvia’ que puede enseñar, ayudar y curar a los que la ven”.

 

La salvia divinorum es calificada como oniroide. Es decir, en lugar de disparar alucinaciones visuales, despierta un sueño consciente. Hasta hoy, los científicos no se explican cómo actúa neurológicamente la sustancia activa de la planta, la salvinorina-A. Pero saben una cosa: una dosis de un miligramo de esa sustancia pura, sería imposible de controlar para la mayoría de los seres humanos.

 

Dos días antes

Él es Javier Pérez, vive en Olavarría, en el campo. Si pasa por su casa, no descubrirá nada extraño. Pérez cultiva plantas, como cualquier otro arrendatario de la zona. Pero, para aquellos que lo conocen bien, Javier es el delivery de Dios. Es uno de los más reconocidos proveedores de plantas sagradas de Sudamérica. Es dueño de Cahuinandencul, una empresa que distribuye legalmente y a ritmo internacional extractos, semillas y plantas que utilizaban los curanderos, chamanes y sacerdotes en sus rituales. Dice que los pedidos de salvia divinorum se quintuplicaron desde 2002, el año que se abrió al rubro. Ofrece el gramo de extracto de salvia de 30 a 135 pesos, de acuerdo a su concentración. Además, provee extractos líquidos y hojas de planta. “La salvia divinorum es uno de los productos que más se venden”. Además de la venta, Pérez mantiene vivo un foro de 500 personas de todo el mundo que discuten sobre métodos de cultivo de la planta y temen que algún día les caiga la prohibición en sus países. “Hay más de 800 variedades de salvia y una sola tiene la propiedad de ser sagrada. Los mazatecos en México la utilizaban para adivinar el futuro, diagnosticar enfermedades y encontrar objetos perdidos. Tradicionalmente, ellos mascaban las hojas. Y así el efecto es más paulatino. Fumarlo es un invento moderno. Y el efecto dura minutos pero es más violento”.

 

El cultivo de salvia divinorum —la llaman también salvia de los adivinos, yerba maría o ska pastora— es una práctica compleja, caprichosa y meticulosa.

 

Cada vez que hablo con la gente que cultiva salvia, me dicen cosas como: “La tuve que trasladar mucho y se me estresó”. O: “No te digo que vengas a verla porque está un poco triste. Pero ya se va a recuperar”. La salvia sufre el frío. Y el contacto directo del sol la fulmina. No se reproduce por semillas, sino a través de esquejes, de sus propias ramas. Pérez necesitó hacerla traer tres veces desde México hasta que logró que su planta sobreviviera al cambio de paisaje de Oaxaca a su campo de Olavarría. Y necesitó dos años para poder reproducirla y tener suficiente capacidad para venderla. Hoy en su campo posee más de 100 plantas y dice que la demanda es tal que, una vez al año, debe dejar que las plantas descansen algunos meses y suspender los envíos.

 

Algunos datos técnicos: la salvia divinorum es de la familia de la menta y mide entre 0.5 y tres metros de altura. Las hojas son ovaladas, tienen un tamaño de 25 centímetros de largo, y, en fin, qué carajo importan estas cosas. Lo importante es el resultado. “No es una planta adictiva ni tampoco de abuso”, precisa Pérez. “En  Buenos Aires se adapta bastante bien. Y conozco personas que ya la cultivan en Neuquén y en Río Negro.”

 

En el único lugar del mundo donde crece en forma silvestrees en Oaxaca, en México, en la Sierra Madre Oriental, a 1.500 metros de altura, en unos bosques endemoniadamente húmedos. Allí habitan los indios mazatecos, el primer pueblo en utilizar la salvia como un ritual sagrado. Hay, se estima, 339 mil mazatecos en México. Otro mundo: entre ellos hay curanderos, brujas, hechiceros. Solucionan problemas de mal de ojo, mal aire, pérdida del alma. La más importante chamana mazateca fue María S a b i n a. El norteamerica- no Robert Gordon Wasson, uno de los más grandes investigadores de plantas sagradas, pudo acceder a los rituales de María Sabina y más tarde se encargaría de difundir los hongos y la salvia de los mazatecos por todo el mundo. Se cree que las plantas de hoy son hijas de aquellas que recogió Wasson en los años 50. Mientras tanto, Sabina, que murió a mediados de los 80, se transformó en un referente a escala mundial de los exploradores de la conciencia. Ella dijo: “Hay un mundo más allá del nuestro, un mundo lejano, cercano e invisible. Ahí vive Dios, viven la muerte, los espíritus y los santos. Es un mundo donde todo ha sucedido y todo se sabe. Ese mundo habla, tiene un lenguaje propio. Yo repito lo que me dice. Los hongos sagrados me llevan y me traen”. Y no mentía.

 

Imaginé que Oaxaca era una zona donde todo el mundo consumía salvia. Imaginé mal. Askari Mateos es un periodista precisamente de Oaxaca y no sólo no probó la salvia sino que no conoce a nadie que la haya probado. “Pues mira, sé de la existencia de esa planta en la Sierra Mazateca, supongo que para conseguirla hay que ir allí, es decir subir a la Sierra y comprarla, cosa que no ha de ser nada difícil, como tampoco lo es comprar hongos. Pero honestamente hice un sondeo y no hubo nadie que la consumiera. Sé de buena fuente que un gran número de lugareños consumen hongos en un sentido religioso o ritual. Pero en la ciudad de Oaxaca no hay jóvenes que la consuman, es más serán muy pocos los que la conocen y es el mismo caso en DF, donde prepondera el consumo de drogas sintéticas”. Consulto a otro colega en el estado vecino de Guerrero. Dice Paul Medrano, editor del periódico La Jornada: “El consumo de la salvia en el sureste de México no es muy popular. Tiene fama de ocasionar un fugaz mal viaje”.

 

A la hora señalada

Son las 19:30 y aquí llega puntual Jorge Giménez cargando una bolsita de papel. El punto de encuentro es la casa de Galento, músico y amigo, en Almagro, a cuadras del Abasto. Giménez tiene barba candado, camisa y pantalón de vestir.

 

Parece el hombre más normal del mundo. Llega, apoya la bolsa con cuidado en el suelo y le dice al fotógrafo: “Perdón, pero no tuve tiempo de plancharme la camisa”. Dice que pasar por normal e inadvertido es lo mejor del mundo. Ideal para lo que hace. Es un chamán y también un cuidador de los que consumen plantas. Hay, sin embargo, algo extraño en su mirada, una dimensión diferente. Giménez capta cada movimiento de la casa prácticamente sin moverse, como un reptil. Ojo, tal vez soy yo que me estoy haciendo el coco. No me haga caso. “¿Podemos apagar esta música? Yo traje mis propios compacts”. Giménez pone un cd de música de pianitos y cascadas de agua, y despliega su arsenal sobre una mesita ratona: dos pipas, una de piedra tallada y una de los wichis con un puma de dos c a b e z a s —“es el símbolo de que el chamán debe estar en los dos mundos”—, dos botellas de perfumes peruanos, un oído de ballena franca, un instrumento de música, una pipa de agua, una caja de sahumerios —“estos hasta hace poco no se conseguían más”—, una bolsa de tabaco para pipa y un soplete. Y lo principal, un frasco de mermelada de naranjas con un sticker donde se lee 5x. Jiménez lo acaricia: “Este el extracto de salvia más suave. Igual, va a ver lo que es suave para la salvia. ¿Ustedes publicaron en su diario que esto era la nueva marihuana? No saben cómo se confundieron. En lo único en que se parecen es en que las dos son plantas”.

 

Giménez coloca el extracto en un platito. Llena la pipa wichi con tabaco, la enciende y la pasa. “Fume y tire el humo sobre la salvia con el deseo que lo trajo hoy acá”. Al menos, pienso, ya que los\ mazatecos la utilizaban para encontrar objetos perdidos, quizás puedo encontrar las zapatillas que me robaron los perros. Unas zapatillas lindísimas y nuevas que usaba para correr. Esos guachos se las llevaron. Giménez pronuncia una oración en otra lengua. “Es parte del ritual wichi”, dice. El fotógrafo capta la escena. “No más fotos”, ordena el psicólogo. “Los chamanes nunca se dejaron filmar”. Luego, coloca la salvia en la pipa de agua y advierte: “Cuando vea el soplete sobre la cazoleta, aspire fuerte y trate de contener el humo durante 20 segundos. Son tres pitadas en total. Va a ver: es como una trompada”. La primera vez pito y suelto el humo. No pasa nada. “Más fuerte,más fuerte”, pide Giménez. Pito una segunda vez y el humo me sale por la nariz. No llego a retenerlo 20 segundos ni en pedo. “Esta vez más fuerte, que suene la brasa”. Es mi última chance, pito con más intensidad y algo sucede. La realidad se suspende, se licúa. El fotógrafo me ve alzar una mano hacia la luz, recostarme en el suelo y decir con los ojos abiertos: “Volé”. Y es exactamente lo que sucede. El humo me succiona hacia arriba. No soy más yo. Este es el momento exacto en el cual dejo de tomarme los recuentos de plantas sagradas para la joda y paso al otro lado del mostrador. Y aquí viene la parte más graciosa, más que la del salvavidas de oscuridad o la del tipo que se transportó a la época de los dinosaurios. Se va a reír mucho pues yo me hubiese reído si me lo contaban: allá arriba, o donde sea, me encuentro con otra persona. ¿No es graciosísimo? Por eso voy a decírselo nuevamente para que me entienda: me encuentro, de verdad, con otra persona. Y, por un momento, soy él. O ella. O lo que coño sea. Y no estoy alucinando. La salvia, como le contaba más arriba, no es alucinógeno. Es un onírico. Estoy consciente. Y esta persona que no soy yo ocupa mi lugar y, durante un tiempo, puedo sentir como siente él/ella. Este contacto me cambia para siempre. Y se lo juro: no soy yo, me conozco bien. Mis sueños más creativos consisten en diferentes formas de tocarle el traste a Wanda Nara. Giménez dice: “Siga la música. Solamente sígala”. Y después se toma su revancha: “¿Vio que no era como la marihuana?” Pero ya no es más Giménez para mí. El fotógrafo registra la escena. Pero ya no es más un fotógrafo para mí. Yo estoy en el techo observándolos y la habitación gira como en los caleidoscopios que te venden en las ferias. Esta es la parte de fantasía de la planta, la parte barata, la parte que me esperaba. Pero la otro no. No reconozco ni a Giménez ni al fotógrafo ni a este lugar. Y, lo que es más asombroso, ya no me reconozco a mí. Es todo muy extraño. Lo que antes era familiar, ahora es inhóspito. Como en algunas misiones espaciales, tengo serias dificultades para volver a casa. Me introduzco lentamente en el cuerpo como quien se prueba un jean ajustado. La salvia corta una cuerda muy sutil. Mi firma, mi historia, mi nombre son parte de ese jean. Me l o puedo poner. Me lo puedo quitar. No cambia nada. Trato de levantarme. “Espere un poco más”, dice Giménez. “Disfrútelo. Este es un viaje que va más allá de las biografías.” Sin embargo, quiero incorporarme para contar lo que vi. Para mí, pasaron segundos. El fotógrafo me informa que pasaron más de 20 minutos.

 

Digo: “Me encontré con otra persona”. Giménez está en el sillón cruzado de piernas como cualquier psicólogo, pitando de su pipa wichi. Y agrego: “Y era mucho mejor que yo”. “Es usted, flaco”, aclara él. “¿Está seguro: mire que yo lo sentí como otro?” Giménez exhala el humo y se ríe: “Es usted, pero en una instancia más elevada. Por eso no se reconoce”.

 

Si alguien me contara todo esto me parecería una tremenda pelotudez. El diálogo de dos desquiciados. Es para reírse. Pero es la verdad. No hay otro modo de explicarlo.

 

La zapatilla que me robaron los perros, no pude encontrarla nunca más. Pero, gracias a la salvia divinorum, a la diosa de la planta, a la química, o a quien corno sea, me encontré a mí.

 

Castaneda, Cocteau, Huxley y todos los que experimentaron con plantas y tuvieron el coraje para contarlo: ahora sé por qué lo hicieron. Ahora entiendo.