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Capítulo I

María tenía las manos metidas en el agua jabonosa de un fuentón cuando llegó la peor noticia de su vida.

—¡Loco! ¡Vengan! ¡Vamos a fijarnos! ¡Está toda la yuta! ¡Parece que lo agarraron al Frente!

María retorcía un jean en el patio del rancho de su novio Chaías. Vivía allí hacía dos semanas, exiliada por primera vez de la casa de su familia, tras una discusión con su padrastro, un poco respetad dealer de la zona, miembro del clan de los Chanos.

—¡Loco! ¡Parece que mataron al Frente!

Los pibes de esa cuadra que desde afuera parece un barrio pero por dentro es puro pasillo, todos, menos ella, salieron corriendo tal como estaban. María se quedó parada allí, sin volver la vista atrás, disimulando por pudor a causa de ese noviazgo corto pero intenso que ya había dejado de tener con el Frente. Prefirió decirse a sí misma: “Yo me hago la estúpida”. Especuló con que si algo verdaderamente malo ocurría, alguien llegaría a avisar. Por eso hizo como que frotaba la ropa, soportando las ganas dellegar también ella, más rápido que ninguna, desesperadamente, a ver la suerte que había corrido el chico de quien, a pesar de la separación reciente, aún estaba enamorada.

—Lo mataron al Frente —dijo, después de unos diez minutos, una mujer del otro lado de su cerco.

María lo escuchó sabiendo que algún día podía suceder, pero jamás tan pronto: ella, trece y él, diecisiete; y esas profusas cartas de amor sobre un futuro que se le antojaba el único, aunque ahora estuviera con otro, aunque su nuevo novio fuera uno de los amigos de Víctor, aunque el mundo se cayera. Salió secándose las manos en el pantalón, y anduvo una, dos, tres cuadras, cruzó el descampado y se metió en la villa 25 de Mayo directo hacia el rancho de su madre, el mismo del que se había escapado para refugiarse en la casa de Chaías. Apenas entró, se arrojó a los brazos de la mujer, como hacía mucho tiempo que no sucedía:

—Ma, me parece que lo mataron al Frente, acompañame —le dijo llorando en su hombro.

*

Laura estaba cubierta sólo por una sábana, acalorada por el peso de la humedad que a las diez y media de la mañana antecedía a la tormenta; el cuerpo exhausto después de una noche de Tropitango con el Frente, las chicas y el resto de los amigos que quedaban en libertad. La despertó una bulla atípica para una mañana de sábado, una agitación que de alguna manera preanunciaba la batalla que sobrevendría. Su madre no tardó en alertarla. Le dijo, sin siquiera saludarla, con una voz áspera pero sin embargo piadosa:

—Lau, me parece que lo mataron al Frente.

Salió de la cama anestesiada, sin sentir el peso del cuerpo trasnochado, de los litros de alcohol que había tomado mientras bailaban por undécima vez en el centro de la pista con esos romances tortuosos entonados por Leo Mattioli y su banda. Hizo la media cuadra de pasillo que la separaba del potrero desierto que dejaba ver el escuálido frente de la villa:

—¡Parecía como si estuvieran buscando al Gordo Valor! ¡La cantidad de policías que había!

Los más cercanos a Víctor se fueron arrimando todo lo que pudieron al rancho donde lo tenían encerrado. Se habían escuchado los tiros. Varios habían visto de refilón cómo Víctor y tras él Luisito y Coqui, dos de los integrantes de Los Bananita, pasaban corriendo por el corazón de la 25 con las sirenas policiales de fondo, cruzaban por el baldío que da a la San Francisco y se perdían en uno de sus pasillos metiéndose en el rancho de doña Inés Vera. Supieron por el veloz correo de rumores de la villa que Coqui cayó rendido en la mitad del camino, cuando al atravesar una manzana de monoblocks en lugar de seguir escapando intentó esconderse en una de las entradas. Desde el momento de los disparos, no hubo más señales sobre lo que había pasado. Nadie sabía si Luis y el Frente estaban vivos. Los policías se vieron rodeados apenas se internaron en la San Francisco; cada vez con más refuerzos, intentaban convencer a los vecinos de que se retiraran.

*

Mauro avanzó por entre los ranchos y consiguió treparse al techo de la casilla cercada por un batallón de policías en la que habían intentado refugiarse Víctor y su compinche, Luisito. Mauro era uno de los mejores amigos del Frente, un integrante fuerte de la generación anterior de ladrones, que, después de pasar demasiado tiempo preso y tras la muerte de su madre, había decidido alejarse del oficio ilegal y buscarse un trabajo de doce horas para lo básico, ya lejos de las pretensiones. Mauro había influido en Víctor con sus consejos sobre los viejos códigos, el “respeto” y la ética delincuencial en franca desaparición. Mauro recuerda bien que dormía con Nadia, su mujer, cuando lo despertaron los tiros. “Le dije: ‘Uy, los pibes’. Porque siempre que se escuchan tiros es porque hay algún pibe que anda bardeando. Me levanté, me puse un short y encaré para aquel lado”.

Apenas salió de su rancho, una nena que vivía a la vuelta y que lo sabía amigo inseparable de Víctor, a pesar de que para entonces él ya comenzaba a “dejar el choreo”, le dijo la frase tan repetida aquella mañana:

—Me parece que lo mataron al Frente.

Corrió hasta la entrada de la San Francisco. Un policía lo frenó:

—No podés pasar.

Mauro continuó sin mirar atrás. El policía le chistó. Él siguió acercándose a Víctor.

—A vos te digo, no podés pasar.

—Qué no voy a poder pasar —le dijo—. Yo voy para mi casa, cómo no voy a poder pasar, loco, si no hay una cinta ni nada.

Durante unos minutos creyó, incluso se lo dijo a Laura, que el Frente había podido escapar. “Este hijo de puta se les escapó”. Igual se trepó al techo, para cerciorarse. Desde lo alto podía ver la mitad del cuerpo de Luis saliendo de la puerta del rancho. Estaba inmóvil, parecía muerto, pero sólo lo simulaba por el pánico al fusilamiento. Mandó a pedir una cámara de fotos que no tardó nada en llegar. Disparó varias veces para registrar lo que sospechaba que la Policía Bonaerense ocultaría. Temía que Víctor estuviera herido y que, tal como estaba marcado por la Bonaerense, dejaran que se desangrase al negarle la asistencia médica. Por eso amenazaba con arrancar las chapas de la casilla si la policía no se decidía a sacarlo de allí. Hasta que Luis no pudo evitar que contra su voluntad las piernas comenzaran a temblarle. Uno de los uniformados se dio cuenta:

—Che, guarda porque éste está vivo.

Laura vio cuando lo retiraban del lugar en una camilla con la cabeza ensangrentada por el tiro que le rozó el cráneo. Chaías consiguió acercarse a él. Luis lloraba.

—El Frente, fijate en el Frente —alcanzó a decirle antes de que lo metieran en la ambulancia.

Laura se preocupó cuando unos minutos después la segunda ambulancia que había llegado para los supuestos heridos se fue vacía.

—Señor, ¿y el otro chico? —preguntó a uno de los uniformados, con miedo a la respuesta.

—Está ahí adentro, lo que pasa es que está bien —le mintió.

—¿Y por qué una de las ambulancias ya se fue?

—¡Porque está bien, nena! —cerró el policía.

*

Entre los que peleaban su lugar cerca del rancho también esperaba Matilde, confidente privilegiada del Frente, cómplice de hierro a la hora de dar refugio después de un robo, cartonera y madre de Javier, Manuel y Simón Miranda, los mejores amigos del Frente, los chicos con los que a los trece había comenzado en el camino del delito. Matilde había conseguido escurrirse hasta la puerta misma del rancho y desde ahí hablaba con Mauro, amotinado en el techo. Estuvo casi segura de que al Frente lo habían matado cuando presenció las preguntas y las evasivas entre Mauro y uno de los hombres de delantal blanco que entró al rancho con un par de guantes de látex en las manos.

—Eh, ¿qué onda con el pibe? ¿Por qué no lo sacan? —le preguntó Mauro.

—No, ahora vamos a ver —intentó evadirse el enfermero.

—Decime la verdad, decime si está muerto.

—No te puedo decir nada —lo cortó.

—Decile la verdad, loco, no va a pasar nada. Está muerto, ¿no?

El enfermero ya no volvió a abrir la boca, pero cuando volvió a pasar, bajando los párpados lentamente, lo confirmó.

Pato, el hermano mayor de Víctor, estaba en su turno de doce horas en un supermercado donde era supervisor. Su hermana Graciana ya se había casado y se había ido a vivir a Pacheco. Si no aparecía un familiar, la policía seguiría reteniéndolo en el rancho de doña Inés Vera.

—Vayan a buscar a la madre, que está trabajando en el supermercado San Cayetano de Carupá —propuso un chico.

Allá partieron Laura y Chaías en un remise. Pero Sabina estaba en la sucursal de Virreyes. Volvieron al barrio. La gente seguía amontonándose alrededor del rancho. A Virreyes corrieron a buscarla otros vecinos.

—Vení, Sabina, porque hay un problema con la policía.

—Pero dejalo que se lo lleven a ese guacho por atrevido. Yo no voy a ninguna parte —se negó Sabina, como siempre en lucha contra la pasión ladrona de su hijo menor, dispuesta a que lo metieran preso con la esperanza de que el encierro en un instituto lo reformara y lo convirtiera en un adolescente estudioso y ejemplar.

—Venite que está adentro de una casa. ¡Venite!

La convencieron. Sabina pensó: “Éste tomó como rehén a alguien y está esperando que yo llegue para entregarse, pero antes lo voy a trompear tanto…”. No llegó a imaginar la muerte de su hijo hasta que el auto se asomó al barrio doblando por la calle Quirno Costa y pudo distinguir desde el otro lado del campito un móvil de Crónica TV y un helicóptero sobrevolando la muchedumbre. “Cuando vi el mosquerío de gente y de policías, me temblaron las piernas”. Bajó del remise y escuchó que gritaban:

—¡Viene la mamá! ¡Viene la mamá! —atravesó desesperada y los pibes y las mujeres iban abriendo paso a lo largo de todo ese pasillo. Fue en ese momento en que se le unió como una guardaespaldas incondicional Matilde, experta en reclamar por sus chicos y pelearse con la policía cada vez que caían presos. Juntas llegaron a la valla humana de policías que custodiaba el acceso al rancho. Sabina dijo, con los labios apretados:

—Soy la madre —y entró.

*

María, la ex novia del Frente, en ese mismo momento caminaba sostenida por su madre hacia el campito que da a la vereda de la San Francisco por un lado y la 25 por el otro. Lo primero que vio fue la flaca silueta de su novio Chaías que saltaba en el medio del campo y gritaba.

“Todos gritaban, me mareé de repente, no veía nada, no entendía nada, me había puesto muy nerviosa, temblaba, tenía miedo y no sabía bien de qué. Hasta que llegué a la puerta del rancho, porque me iban dejando pasar, y la vi a Sabina”. Ella, Sabina Sotello, tratando de conservar la calma, queriendo creer a pesar de todo que el sabandija había tomado rehenes, preguntó intentando parecer tranquila:

—¿Dónde está mi hijo?

Una mujer policía de pelo corto, subcomisaria a cargo del operativo, la miró y no quiso contestarle.

—Yo soy la mamá —le dijo, dándole todos los motivos del mundo en uno para que le contestara.

Sabina miró hacia los costados buscando el rostro de Víctor. Pero no alcanzó a distinguirlo. “Yo creía que me lo iba a encontrar ahí parado, qué sé yo, y esta mujer no me decía qué había pasado, así que me saqué”. La agarró del cuello del uniforme y la levantó contra un ropero pequeño que había en aquel cuarto de dos por dos.

—¿Dónde está mi hijo?

—Calmate, calmate.

—¿Dónde está mi hijo?

—Pará, pará, calmate.

Sabina no dudaba en estrangularla si no hablaba, no se la quitarían de las manos si no le aclaraban qué había pasado con Víctor. Y entonces escuchó el tecleo de una máquina de escribir sobre una pequeña mesa. “Y cuando escuchás eso ya te imaginás, ¿viste?, cuando están escribiendo…”.

*

El hombre que escribía a máquina detallaba en lenguaje judicial los hechos que habían llevado a la muerte de Víctor Manuel Vital esa mañana de febrero. La historia tenía domicilio: el número 57 de la calle General Pinto, esquina French. Allí, en la puerta de su casa, Víctor le dejó en custodia a Gastón, el hermano mayor de Chaías, las cadenas, las pulseras, los anillos de oro, los fetiches de estatus que siempre llevaba puestos. Marchó, preparado para “trabajar”, a encontrarse con otros dos adolescentes con quienes solía compartir los golpes: Coqui y Luisito, dos ladrones también de diecisiete, y de otra villa con nombre católico: Santa Rita. Ellos dos y dos hermanos hijos de un ladrón conocido como el “Banana” se harían famosos tiempo después de la muerte de Víctor en una de las primeras tomas de rehenes televisadas. Habían querido robar a una familia y en lugar de escapar rápido se habían entusiasmado con la cantidad de objetos suntuosos que encontraron en el chalet de Villa Adelina. Algo parecido a lo que les ocurrió ese 6 de febrero cuando tardaron en robar una carpintería a sólo ocho cuadras de French y Pintos.

Gastón intentó persuadirlo: que no fuera, que se quedara esta vez porque el lugar tenía un “mulo”, que en la jerga significa vigilador privado; que otros ya habían “perdido” intentando lo mismo. Víctor no quiso creerle. En menos de diez minutos estaba encañonando al dueño de la fábrica de muebles. En quince salían corriendo del lugar muy cerca de la mala suerte. Los dos patrulleros que rondaban la zona recibieron un alerta radial sobre el asalto. “Tres NN masculino, de apariencia menores de edad, se dirigen con dirección a la villa 25”, escucharon. En el móvil 12179 iban el sargento Héctor Eusebio Sosa, alias el “Paraguayo”, y los cabos Gabriel Arroyo y Juan Gómez. Y en el 12129, el cabo Ricardo Rodríguez y Jorgelina Massoni, famosa, por sus modos, como la “Rambito”. Las sirenas policiales se escuchaban cada vez más cerca. Víctor corría en primer lugar, acostumbrado como ninguno a escabullirse: en el último tiempo ya no podía pararse en ninguna esquina. Su sola presencia significaba motivo suficiente para una detención. A sus espaldas pretendían volar Coqui y Luisito.

—¡No puedo más! ¡No puedo más! —escucharon quejarse a Coqui, que quedó relegado en el fondo por culpa de sus pulmones comidos por la inhalación de pegamento.

Riéndose del rezagado, el Frente y Luis entraron por el primer pasillo de la San Francisco. Alicia del Castillo, una vecina de generosas proporciones, caminaba por el sendero con su hija de dos años de un lado y la bolsa del pan en el otro. El Frente la agarró de los hombros con las dos manos para correrla: ya no llevaba el arma encima. En seguida “colaron rancho”, como le dicen los chicos a refugiarse en la primera casilla amiga. La mujer que les dio paso para que se salvaran, doña Inés Vera, se paró en la puerta como esperando que pasara el tiempo y los chicos se metieron debajo de la mesa como si jugaran a las escondidas.

Los policías habían visto el movimiento. Ni siquiera le hablaron, la zamarrearon de los pelos y a los empujones liberaron la entrada. Los chicos esperaban sin pistolas: Luisito me contó que se las dieron a doña Inés, quien las tiró atrás de un ropero. Las descartaron para negociar sin el cargo de “tenencia” en caso de entregarse. Lo mismo que el dinero: lo guardó ella debajo de un colchón y lo encontró la policía, aunque nada de eso conste en las actas judiciales.

En cuclillas bajo la mesa, el Frente se llevó el índice a los labios: “Shh… callate que zafamos…”, murmuró, y vieron a una mujer policía y dos hombres entrar al rancho apuntando con sus reglamentarias. El sargento Héctor Eusebio Sosa, el Paraguayo, iba adelante con su pistola 9 milímetros. Pateó la mesa con la punta de fierro de su bota oficial; la dejó patas arriba en un rincón. Víctor alcanzó a gritar:

—¡No tiren, nos entregamos!

Luis dice que murmuraron un “no” repetido: “No, no, no”, un “no” en el que no estaban pudiendo creer que los fusilaran: “Nos salió taparnos y decir ‘no, no’, como cuando te pegan de chico”, me contó Luisito en un pabellón de la cárcel de Ezeiza, condenado a siete años de cárcel por los robos que después de la muerte del Frente siguió cometiendo, exultante al recordar los viejos tiempos después de tanto, el día de su cumpleaños veintiuno. Y describió sin parar la escena final: en el aire estrecho de aquella miserable habitación de dos por dos, silbaron cinco disparos a quemarropa. Luis supo que los fusilaban; como impulsado por un resorte, saltó hacia la puerta. En el aire una bala le rozó el cráneo. Quedó con la mitad del cuerpo afuera del rancho, ganándole medio metro al pasillo. Se desmayó. El Frente intentó protegerse cruzando las manos sobre la cara como si con ellas tapara un molesto rayo de sol. Luisito recuperó la conciencia a los pocos minutos, pero se quedó petrificado tratando de parecer un cadáver.

El Frente falleció casi en el momento en que el plomo policial le destruyó la cara. Las pericias dieron cuenta de cinco orificios de bala en Víctor Manuel Vital. Pero fueron sólo cuatro disparos. Uno de ellos le atravesó la mano con que intentaba cubrirse y entró en el pómulo. Otro más dio en la mejilla. Y los dos últimos, en el hombro. En la causa judicial, el Paraguayo Sosa declaró que Víctor murió parado y con un arma en la mano. Pero la Asesoría Pericial de la Suprema Corte, por pedido de la abogada María del Carmen Verdú, hizo durante el proceso judicial un estudio multidisciplinario. Los especialistas debieron responder, teniendo en cuenta el ángulo de la trayectoria de los proyectiles, a qué altura debería haber estado la boca de fuego para impactar de esa manera. Teniendo en cuenta las dimensiones de la habitación y la disposición de los muebles, si los hechos hubieran sido como los relató Sosa, él debería haber disparado su pistola a un metro sesenta y siete centímetros de altura. Esto significa que para haber matado al Frente, tal como dijo ante la justicia, Sosa debería haber medido por lo menos tres metros treinta centímetros.

*

Con el rostro enrojecido por la presión del estrangulamiento, la mujer policía, elevada diez centímetros del suelo por la fuerza de la mujer que la tenía del cuello, le dijo finalmente a Sabina:

—Su hijo está muerto. Ahí está, no lo toque.

En el piso de tierra yacía Víctor, con la frente ancha y limpia que le dio sobrenombre, sobre un charco de sangre, bajo la mesa sobre la que escribían el parte oficial de su muerte.

Sabina soltó un grito de dolor. Su llegada a la escena de los hechos había provocado un silencio sólo alterado por el ruido que hacía el helicóptero suspendido sobre el gentío. Ese alarido y el llanto que lo precedió fueron suficientes para que quienes esperaban perdieran la esperanza: un policía había masacrado a Víctor Manuel Vital, el Frente, el ladrón más popular en los suburbios del norte del Gran Buenos Aires. Tenía diecisiete años, y durante los últimos cuatro había vivido del robo, con una diferencia metódica que lo volvería santo; lo que obtenía lo repartía entre la gente de la villa: los amigos, las doñas, las novias, los hombres sin trabajo, los niños.

*

“Yo sabía que todo el mundo lo quería, pero no pensaba que iban a reaccionar así. Porque hasta la señora de ochenta años empezó a tirar piedras”, cuenta Laura. Así comenzó la leyenda, estalló como lo hacen sólo los combates. Como una señal todopoderosa, entienden en la villa, el cielo se oscureció de golpe, cerrándose las nubes negras hasta semejar sobre el rancherío una repentina noche. Y comenzó a llover. La violencia de la tormenta se agitó sobre la indignación de la turba. Bajo el torrente, los vecinos de la San Francisco, la 25 y La Esperanza dieron batalla a la policía. La noticia sobre el final del Frente Vital corrió por las villas cercanas como sólo lo hacen las novedades trágicas. Llegaron de Santa Rita, de Alvear Abajo, del Detalle. A la media hora había casi mil personas rodeando a ese chico muerto y a ciento cincuenta uniformados preparados para reprimir. Llegaron los carros de asalto, la Infantería, el Grupo Especial de Operaciones, los perros rabiosos de la Bonaerense, los escopetazos policiales.

Cuando comenzaron los tiros, Laura consiguió acercarse a su amigo hasta quedar refugiada en uno de los ranchos que dan al lugar donde lo mataron. “Justo donde estaba había un agujerito y pude ver cómo lo sacaban y cómo los hijos de puta se reían y gozaban de lo que habían hecho. Los vigilantes lo sacaron destapado, como mostrándoselo a todo el mundo… no lo sacaron como a cualquier cristiano. Yo lo vi, vi las zapatillas que en la planta tenían grabada una V bien grande”. Era la marca que Víctor le había hecho a las zapatillas, la misma V que ahora dibujan los creyentes en las paredes descascaradas del conurbano junto a los cinco puntos que significan “muerte a la yuta”, muerte a la policía.

Son los mismos cinco puntos que tienen tatuados en diferentes lugares del cuerpo los amigos de Víctor que fui conociendo a medida que me interné en la villa. Son cinco marcas, casi siempre del tamaño de un lunar, pero organizadas para representar a un policía rodeado por cuatro ladrones: uno —el vigilante— en el centro, rodeado por los otros, equidistantes como ángulos de un cuadrado. Es una especie de promesa personal hecha para conjurar la encerrona de la que ellos mismos fueron víctimas, me explicaron los pibes, aunque suelen ser varias las interpretaciones y no hay antropólogo que haya terminado de rastrear esa práctica tumbera. Ese dibujo asume que el ladrón que lo posee en algún momento fue sitiado por las pistolas de la Bonaerense, y que de allí en más se desafía a vengar su propio destino: el juramento de los cinco puntos tatuados augura que esa trampa será algún día revertida. El dibujo pretende que el destino fatal recaiga en el próximo enfrentamiento sobre el enemigo uniformado, acorralado ahora por la fuerza de cuatro vengadores. Por eso para la policía el mismo signo es señal inequívoca de antecedentes y suficiente para que el portador sea un sospechoso, un candidato al calabozo.

Son cinco puntos gigantescos, como las fichas de un casino, los que se grabó en su ancha espalda Simón, el menor de los hijos de Matilde, un poco más abajo que las sepulturas, el dragón y la calavera. Y la misma marca tiene, en el bíceps abultado del brazo derecho, Javier, el mayor de sus hermanos. Manuel, el del medio, se los tatuó en la mano. Y Facundo, el cuarto miembro de lo que precariamente fue una “bandita”, especie de hermano de los demás y sobre todo compinche íntimo del Frente, se los hizo sobre el omóplato izquierdo la primera vez que estuvo preso en una comisaría a los quince años. El odio a la policía es quizás el más fuerte lazo de identidad entre los chicos dedicados al robo. No hay pibe chorro que no tenga un caído bajo la metralla policial en su historia de pérdidas y humillaciones. Para estos chicos, la muerte de su amigo es una de esas heridas que se saben incurables; con las que se aprende a convivir: se veneran, se cuidan, se alivianan con algún ritual, se cuecen con el recuerdo y con las lágrimas. Y como si el destino hubiera querido preservarlos o privarlos del momento fatuo del velorio y el funeral de un ser adorado, los tres estaban presos el día que un policía bonaerense asesinó al ídolo.

La tarde anterior al crimen, Simón pudo hablar por última vez con Víctor: llamó Simón desde el teléfono público al que tienen acceso los chicos internados en el Instituto Agote. “Nos cagamos de risa un rato. Jodíamos, que pa, que pa-pa-pa. Que pum. Que pam. Y él en un momento me dijo:

”—Mirá, mañana te voy a mandar una chomba, una bermuda, guacho…

”—No pasa nada, guacho. ¿Qué me estás diciendo?

”—Eh, vos sabés que somos re amigos…

”—No pasa nada, guacho, bueno, todo bien”.

Cortaron entre risas y cargadas, como suele ser cuando dos chicos conversan, yendo de la medición del ingenio del otro, del ejercicio de la esgrima verbal permanente al afecto, que llega siempre con rodeos, disfrazado de lealtad o de “respeto”.

Esa noche Simón se durmió pensando otra vez en el día en que regresaría a la calle y añoró estar en la villa, haber vuelto al rancho después de un “hecho” con los bolsillos llenos de billetes, para sumergirse en el Tropitango, o en Metrópolis, la bailanta de Capital.

Al día siguiente volvió a marcar el diecinueve y pidió vía cobro revertido con la casa de su amiga Laura. Del otro lado escuchó en la voz de ella el aturdimiento que deja la muerte, la angustia que precede a la entrega de una pésima noticia. Laura estaba con Mariela, su novia de entonces.

—No, mejor decile vos —escuchó Simón.

—No, decile vos… —se filtró por el tubo.

—¿Qué te pasa? —casi gritó en el silencio carcelario del Agote.

—…

—¡¿Qué me tienen que decir, guachas?!

—…

—¡Eh! ¡Guachas! ¡Pónganse las pilas!

—Lo mataron al Frente.

—¡¿Cuándo?!

—Hace un rato.

—Ustedes están re locas. ¡Si yo ayer hablé con él!

Laura se largó a llorar. Él no pudo más que creerle. Ni siquiera necesitó que le contaran los detalles. Sabía cuán marcado estaba Víctor Vital por la policía de San Isidro. No pudo más que cortar y subir a la celda, encerrarse aún más dentro del encierro, para llorar solo.

Armó un porro enorme usando toda la marihuana que le quedaba, lo encendió, aspiró profundo y, sin largar el humo, puso en un grabador que le habían regalado los temas que escuchaba el Frente. Primero, cumbia colombiana, cumbia de sicarios; después, el grupo mexicano Cañaveral. Al final puso una canción que el Frente escuchaba como parte de su personal religión.

Cuando me muera quiero que me toquen cumbia,/ y que no me recen cuando suenen los tambores,/ y que no me lloren porque me pongo muy triste,/ no quiero coronas ni caritas tristes,/ sólo quiero cumbia para divertirme.

*

Facundo también había caído poco tiempo antes del asesinato, en el que por más deseos y mensajes conjuradores de la muerte, el barrio había llorado a mares. Había sido después de un robo con Chaías, en el que un patrullero los cruzó, cuando silbando bajo volvían al barrio después de haber robado una panadería. Chaías se demoró dos minutos de más porque quiso, antes de invertir en pastillas, pagar la cuota de un crédito que había pedido en la zona. Facundo terminó internado en el instituto de recuperación de adictos de monseñor Emilio Ogñenovich en Mercedes, que más tarde se haría famoso por las denuncias sobre malos tratos y torturas a menores. Ese día también supo del crimen por la televisión. “Fue un desastre. Le agarró un ataque de nervios, empezó a romper cosas, luchó con los celadores, quiso saltar el alambre, se quiso escapar, y entonces le pegaron mucho. Después, como él seguía con problemas, fuimos y lo encontramos muy mal. Lo drogaban mucho y temblaba solamente de lo drogado que lo tenían. Lo inyectaban y estaba todo lastimado, la boca lastimada, la ceja lastimada, todo el cuerpo raspado del alambre, porque lo habían bajado de los pantalones y se había raspado con las púas. De ahí lo trasladaron a una comunidad para adictos en Florencio Varela. Ahí se repuso, estaba con psicólogos”, me contó una tarde su abuela, una de las mai umbanda del barrio. Fue por medio de Facundo que Luis conoció al Frente, y a su vez, a través de Luis, el Frente se cruzó con Coqui, el otro integrante de Los Bananita, con quienes fue a robar por última vez.

Ese 6 de febrero Manuel estaba detenido por el último robo fallido en la comisaría 1a de San Fernando. “Con los pibes del calabozo mirábamos ‘Siempre Sábado’ por Canal 2. Cuando vino el corte empezamos a hacer zapping. De repente apareció en Crónica tv un cartel: ‘Primicia. San Fernando’”.

—Pará, loco, que yo vivo ahí —frenó Manuel al que manejaba el control remoto del televisor colgado afuera de la celda.

Reconoció las calles, los ranchos, el potrero. Y vio que sacaban en una camilla el cuerpo de alguien. Aunque enfocaban desde lejos, creyó reconocer la ropa de su amigo.

—Ojalá que no, pero para mí ése es el Frente —les dijo a los de su ranchada.

Compartía celda con dos chicos del mismo barrio y con un pibe de Boulogne que había sido “compañero” del Frente. Todos se quedaron callados. “Al final, cuando casi lo subían a la ambulancia, lo reconocí por la V en las suelas. Pensé que estaba muerto, por cómo lo llevaban. Después vino una banda de tiros de la gorra, de piedrazos de la gente. No lo podía creer. Era Crónica en directo y se veía todo el barrio. Yo había caído hacía un mes y me quería matar porque no estaba ahí con él, porque si hubiéramos estado juntos capaz que no pasaba lo que pasó. Me puse re mal. Me quería matar, ya no me importaba nada después de eso. Decían que habían quemado a un vigilante, que lo habían herido, que era una batalla campal”.

Se veían mujeres pateando patrulleros, escupiendo a la cara de los miembros del Grupo Especial de Operaciones. La policía tuvo que armar un cordón contra el que los amotinados arremetieron una y otra vez: a uno de los uniformados lo hirieron en una pierna, a otro le quebraron la clavícula de un palazo. Sabina jamás se olvidará de Matilde, la madre de Manuel, Simón y Javier, tan lejana hasta entonces, tan en la vereda de los chorros, donde ella nunca quiso abrevar, siempre sancionando con el desprecio la actividad ilegal de su hijo. La rememora corriendo entre los tiros, bajo la lluvia, embarrada hasta las rodillas y perdiendo las ojotas en la lucha. Como María, que en el fragor dejó las suyas clavadas en el barrial.

*

La batalla fue de tal magnitud que Sabina Sotello tuvo que salir del estupor, respirar profundo y pensar en qué hacer para calmar la sed de venganza por la muerte de su hijo. Sospechaba que la policía dispararía con balas de plomo y temía que, en lo extenso del enfrentamiento, la vecindad se hiciera de las armas escondidas en villas aledañas por el rumor de una razia que lo asolaría todo ese fin de semana. La venganza estaba demasiado cerca de los deudos enardecidos, que no paraban de arrojar piedras y palos contra los uniformados y sus escudos transparentes. “Yo pensaba que iban a matar a alguien más y tuve que reaccionar”. Sabina cruzó el pasillo y habló ante la multitud:

—¡Yo les pido por favor que me dejen terminar, que paremos un poco porque puede haber otra víctima, que paremos, así estos hijos de puta se van! —dijo.

Lentamente, los combatientes fueron abandonando la furia y dejando la tarde libre a la pena. “Para colmo, llovía tanto que llovía como si fuera llorar”, dice Chaías, el desgarbado morocho que, con la tempestad desatada, caminaba blandiéndose contra el viento con una sombrilla roja enorme que parecía sacada de una playa familiar de la costa, una imagen de surrealismo nipón en medio de la miseria.

Sabina regresó a la casilla donde el fiscal y los funcionarios judiciales esperaban una señal para abandonar la villa, aterrorizados ante la posibilidad franca del linchamiento. “Ellos en definitiva salieron agarrándose como pollos mojados de mi brazo y de Matilde”, me contó Sabina varias veces a lo largo del tiempo en el que reiteramos esas conversaciones pausadas, mientras me acompañaba a recorrer el largo viaje que la reconstrucción de aquella muerte me llevó a iniciar sin fecha de regreso.

Matilde no volvió a separarse de Sabina. Como si las balas hubieran dado en cualquiera de sus propios hijos. De alguna manera, Víctor había sido durante esos años de asaltos y fuego casi un hijo para ella. Juntas, las dos mujeres partieron a la comisaría para los trámites burocráticos a los que siempre se condena al familiar del chico acribillado. Pasaron cinco horas en la seccional hasta que les dijeron que tardarían en entregarles el cuerpo. Sabina suele recordar riéndose con ternura que Matilde, avergonzada de sus pies desnudos por la pérdida de las ojotas, sentada en un banco de la seccional, trataba de disimular tapándolos el uno contra el otro, escondiéndolos como una niña bajo el asiento.

Esa tarde, la de la muerte, Manuel habló con su madre desde la comisaría por teléfono: le rogó que gestionara su visita al velorio, un traslado que los jueces suelen conceder a los reos cuando sufren la muerte de un familiar cercano. Pero, aunque Manuel y Simón obtuvieron la autorización judicial, no se lo permitieron a Sabina ni a Matilde, su propia madre. Hasta hoy, a Manuel y a Simón les duele que los hayan privado de esa ceremonia de despedida, pero el clima que había en el velorio era tan enrarecido que a Matilde y a Sabina les pareció un peligro inmenso el operativo. Las armas que habían desaparecido del barrio por el rumor de las razias volvieron apenas asesinaron al Frente. “Nunca vi tantos fierros juntos”, me dijo Sabina sobre el contenido de los bolsillos de los deudos de su hijo. Si trasladaban a los hermanos hasta la casa de French y General Pintos, donde velaban a Víctor, debían hacerlo policías de la comisaría 1a, compañeros de la Rambito y de Sosa, cómplices a los ojos de todos, tan culpables de la muerte injusta como el que gatilló.

La policía, además, no se había quedado tranquila después del marasmo del sábado. El resentimiento de los hombres de la 1a de San Fernando no terminó con la represión de ese día. Manuel lo supo desde adentro. Estaba detenido en esa seccional cuando ocurrió todo. “Apenas lo mataron vinieron a gozarme y entonces se armó un bondi, discutí y le tiré un termo de agua hirviendo a un cobani. Con los pibes lo peleamos y me querían sacar solo afuera para cagarme a trompadas. Me llevaron a la comisaría de Boulogne, y después me volvieron a la 1a. Ahí estaba sin hacer nada, pensaba nomás, me quería matar. Me dio por ponerme a escribir. No paraba de recordar”.

*

Llovió todo el día y toda la noche. Y a pesar del tiempo enfurecido, desde el momento de la muerte no dejó de haber deudos esperando el cuerpo en la puerta de Pinto 57. “Tuvimos que esperar tres días para que nos lo entregaran. Me querían dejar velarlo dos o tres horas, los mandé a la puta que los parió, les dije que yo lo iba a velar el tiempo que quisiera, el tiempo que yo creía que él se merecía. Yo les discutía, les decía que ellos en ese momento eran empleados míos, que les pagaba el sueldo y que ellos iban a hacer lo que yo les dijera. Lo velamos acá por el hecho de que la gente a veces no tiene para viajar —cuenta Sabina en el cuarto donde estuvo el cadáver de Víctor—. Esto era un mundo, gente que yo no había visto en mi vida que llegaba de todas partes”.

Fue una romería. La cuadra de French entre Pinto e Ituzaingó se llenó de chicos y chicas que armaban grupos en los cordones de la vereda, una multiplicación de esas esquinas que se esparcen por los rincones del conurbano norte. “Después los pibes que venían empezaron a juntar plata para comprar coronas —me contó Chaías, que esa noche amaneció allí—. Siempre que pasa algo así alguien saca un cuaderno y van juntando para comprarle las coronas que el finadito se merece”. La mayoría de ellos estaban armados. Hubo quien en una esquina se puso a disparar como homenaje en medio del responso, y Pato, el hermano mayor de Víctor, tuvo que imponer orden, llamar a la tranquilidad a los amigos. Los patrulleros de 1a nunca dejaron de rondar la casa durante las veinticuatro horas que duró la despedida final. Cada tanto hacían sonar las sirenas golpeando con su presencia. Sabina intentaba que nadie respondiera a la provocación. Chaías dice que estaban tan “enfierrados” que podían pararse delante de un móvil policial y destruirlo con un cargador por cada uno de los vengadores. Se contuvieron hasta la mañana siguiente, el martes, cuando casi a las nueve sacaron el ataúd de la cocina y lo subieron al carro fúnebre. Hasta ahí llegó la compostura. Una salva caótica de balas hacia el cielo despidió a Víctor Manuel Vital, el Frente. Y esos disparos comenzaron a transformar su muerte en una consagración; su ausencia, en una posible salvación.

Eran tantos que fueron necesarios dos micros y un camión con acoplado para trasladar el cortejo entero. La fila de autos, todos los remisess de la zona y los que ese fin de semana habían sido robados, daba la vuelta completa bordeando la villa 25.

A lo largo de Quirno Costa, sobre el borde del descampado, una hilera de jóvenes vaciaba los cargadores disparando hacia el barro reseco del baldío. “Salimos de acá y dimos la vuelta por los lugares donde él siempre andaba. Cuando la pompa fúnebre se asomó frente a la villa, los tiros sonaban como en Navidad. Así fue la despedida de Víctor”, recuerda orgullosa Sabina. Lo enterraron con las banderas de Boca y de Tigre cubriendo el cajón. Y entre las decenas de coronas había una igual a la que había pedido durante sus últimos meses, acosado por la policía: “Si me agarran, que me hagan una corona con flores de Boca”, había dicho como bromeando sobre un futuro anunciado.

“Esta bien, papá, dormí, dormí”, le dice Margarita Di Tullio a un hombre de 83 años que se pasea en calzoncillos y balbucea. Es Antonio Di Tullio, el hombre que la inició en la guerra, el que no tuvo un primogénito varón pero crió una hija con una fuerza descomunal, el que comenzó a entrenarla luchando con ella como un borrego, el que la obligó a competir con varones más grandes en peleas callejeras desde los dos años. El mismo que después, cuando no soportó la rebeldía de su hija de 16 años, le quebró la nariz. El mismo que la perdió de vista cuando ella decidió competir a lo grande, y ganar dinero y batalla contra hombres. El mismo anciano que hoy se duerme tranquilo, como un niño acariciado por las manos llenas de nicotina, de piel suave pero fuertes como herraduras, terminadas en uñas largas, rojas, sutiles garras de una leona reina de la selva clandestina. Las manos de Pepita la Pistolera.

“Me hacía buscar entre los turistas hasta que yo elegía a uno, siempre más grande, nunca más chico, le buscaba camorra y le daba”, cuenta Margarita cuando la conversación que comenzó en el cabaret hace cinco horas ya le quitó parte de la voz y sus palabras salen con la ronquera de la noche, como un susurro de puerto y de fuego. “Papi, a ese pibe más grande le puedo ganar”, ofrecía ella. Y Antonio miraba desde afuera cómo los vestiditos de percal se ensuciaban de tierra, cómo el encaje terminaba en las manos del contrincante, siempre vencido. Después en la casa continuaba el entrenamiento. Ella siempre quería más. Así aprendió a usar cuchillos, a matar un pollo, o carnear un cerdo. Entonces ya comenzaba a manejar las primeras armas de fuego.

—¿Cuál fue su primer delito?

—A los siete años. Le robaba a la gruta de Lourdes todo lo que los giles de los católicos le dejaban. Cuando mi vieja empezó a sospechar porque tenía demasiada suerte, caminaba con ella del brazo, tiraba el afano en la vereda y decía: “Uy, mami, mirá, ¿qué es eso? Así lo blanqueaba”.

“No podés contar toda la vida con detalles porque sería apología del delito”, advierte mientras baila y levanta los brazos como aspas, entibiando su cabaret a la caída del sol. “Te atiendo porque me dijeron que no me vas a traicionar”, dice, y por eso habrá cinco historias que no traspasarán aquella noche larga. “Yo no toco unas esposas por honor”, explica después, sentada en la barra. José Luis Cabezas murió esposado. Sobre el horizonte del puerto, tras las fábricas de harina de pescado que tapan las narices de mal olor, caen las últimas gotas de sol, y un cielo rosado y pálido le da paso a la noche. Margarita brilla sinuosa, bebe champagne, se agita, se lleva la mano al pecho, como desbordada, y a cada ronca frase que pasa, desnuda su alma como, según jura, nunca hizo con su cuerpo ante un hombre que no ame.

En la calle 12 de Octubre ya se encendieron los carteles multicolores de los juegos electrónicos, los kioscos, los dos bares de la fórmica y los cabarets de Margarita. Las cuadras que llegan al mar son una rara mezcla de la Boca y Constitución. El sonido del Rumba, un lugar para marineros de pocas rupias, es cumbianchero y bajo. Una cuadra más allá, en el Neissis II, un lugar de copas más caras para navegantes y profesionales locales, se escucha el “no para, sigue, sigue, se la llevó el tiburón, el tiburón”.

Margarita cruza la puerta en unos pantalones a cuadros chicos y de un verde fluorescente. Pisa sobre zapatillas negras plastificadas al charol, con dos centímetros de plataforma, y arriba lleva un buzo de mangas cortas. El pelo rubio que las presas de la cárcel de Dolores le mejoraron, así como le hicieron las uñas, y le lavaron la ropa porque allí adentro es una vieja y respetada conocida, se le despeina y se le vuelve a peinar con las manos y con el viento marino. Ella está tan libre y tan convencida de que su último marido, Pedro Villegas, también quedará libre, que le brotan aires de euforia por las curvas con las que les baila en broma a los clientes. “Nunca jamás vendí mi cuerpo por dinero. Tampoco lo haría por poder. Si Menem me ofrece un millón de dólares, no lo hago. Ni mi cuerpo ni mi orgullo tienen precio”.

En la zona del puerto la mayoría cree en ella. Margarita camina bamboleándose, entra en cada local abierto y saluda. De una y otra vereda, los vecinos le responden o la llaman para que se acerque: es definitivamente famosa en su tierra. Se mueve como una niña grande. Da pasos cortos. Y avanza a saltos leves. Como pidiendo algo caprichosamente. No pierde, sin embargo, la postura, una especie de orgullo portuario de bajos fondos, que ella justifica en la mezcla de “sangre aria y calculadora” de su madre, Irene Shoinsting, con la sangre caliente de su padre. El orgullo le nace con el resentimiento que jura no tener pero se le nota en el trasluz de los ojos, cuando admite que nació para ganar y que “nadie, jamás, excepto un enfermo terminal, merece lástima”. Lo dice desde la seguridad de la mujer que buscó siempre el riesgo, y apostó a lo grande, para no someterse al destino “de un país pisoteado y lleno de esclavos”. Habla en su reservado del Neissis (el apodo de su primer marido, a quien sus padres comparaban con el monstruo del lago Ness), separado del resto del local por unas puertas bajas al estilo de las cantinas del Oeste. Nunca cruza las piernas. Las sube al sillón de enfrente, se mueve como una adolescente Stone. Salta y corre cuando suena el teléfono: espera un llamado de Pedro desde la cárcel de Dolores.

No es Pedro. Discutieron en la visita del domingo. Pedro le exige que grite a llantos que él es inocente. A ella le parece ridículo. “Todos los presos gritan su inocencia, no es serio”, explica. “Yo le digo mi amor, yo sé que sos inocente porque estabas conmigo”, dice y recuerda la madrugada del 25 de enero, cuando como todos los viernes, que eran sagrados, después de supervisar los boliches se quedaron en la cama y tomaron champagne. Sin embargo, cuando habla con los medios trata de complacerlo. Pedro es la batalla que nunca ganó, y por eso lo ama. Pedro ni siquiera le acepta el desafío de la competencia. Marga entra al penal de Dolores y mientras camina hacia él los internos le gritan, la silban, le proponen y ella se muestra como una diosa y reparte mohínes de vedette. Cuando llega a su hombre es el único que la recibe sin contemplación. “Mirá la panza que tenés”, le dice. Eso la subyuga.

Ordena subir la música del Neissis. Baila unos minutos, y después en el reservado parpadea con esas pestañas amarillas, claras. Amaga con un strip, se sube el buzo hasta el cuello y deja que se le vea el body negro de encaje. Desafía con el cuerpo. Gustavo, su hijo de diecisiete años, le dice que recién son las nueve de la noche y ya está tomando champagne. Ante el fotógrafo, posa. Y le enseña a una de las chicas cómo descubrirse lo suficiente el escote.

Después de la guerra, Margarita prefiere la seguridad de sus cabarets. En el Neissis II, decorado por Pedro, que diseñó una barra en forma de barco y sillones reservados contra las paredes que tienen ojos de buey y lámparas marinas, las mujeres son alternadoras. Su función es atender cariñosamente al cliente y hacerlo consumir copas. “Si soy dueña de mi sexo, las chicas también. A mí me entra la plata de las copas. Y en ninguno de los boliches hay camas. Si ellas quieren, salen, van a donde se les antoje y lo hacen por plata, por calentura, por amor, que a mí no me importa”, explica.

En la barra saludan los dueños de la revista del puerto y la esposa de uno, de tapado y brushing. En su casa prende el hogar de troncos artificiales, saca copas, manda a retirarse a los que están y encabeza el tour por lo recovecos de las piezas, que terminan en un patio con parrilla al fondo y la habitación de la dueña arriba. De los tres baños, ninguno tiene luz. En la habitación de los chicos, que todavía viven con ella, el Churruinche de trece y Gustavo de diecisiete, hay dos equipos de música, ropa sobre las camas y un teclado. En la parte alta del placard busca fotos, que caen como piedras. Las recoge y las tira sobre la mesa del comedor, donde sobrevive un arreglo de navidad cubierto de polvo. Sobre el hogar hay siete brujas de cerámica, porcelana y yeso. En muchas fotos está con su ex marido, Guillermo Schilling, “El negro”, un ex montonero que murió dos años atrás al caerse de un quinto piso y que creía que Marga era una bruja del siglo XII y su destino sería el fuego.

Irreverente con cualquier religión, imagen o doctrina, de todos modos Margarita desde su celda compartida en la cárcel de Dolores le hablaba a las ánimas. Y el marido muerto le pedía por su libertad. “Yo le decía al negro, Hijo de Puta te moriste zarpado, hacé algo, dame la libertad”. A José Luis Cabezas también le pidió. “Le hablaba y le decía, hacé algo, que estos hijos de puta te mataron, no seas gil, hacé algo, yo no fui, vos sabés que yo no fui. No podes dejarme acá adentro, hacé que caigan los culpables”.

Los golpes que Margarita daba de niña se volvieron como un boomerang. Su padre quiso frenarla con la fuerza. Le quebró la nariz de una trompada. “Les entregué el título de secundario y me fui”. Fue entonces la única mujer que la primera banda de amigos chorros que tuvo aceptó después de constatar que la rubia tenía la fiereza de un dogo. “Ellos les pegaban a sus mujeres, pero yo era fuerte, a mí nadie me tocaba”. Cayó a los dieciocho años y pagó con cuatro en el penal de Dolores un robo automotor a mano armada. Salió a los veintidós y siguió, con más cuidado y mejor racha. Anduvo de frente a la aventura durante años, hasta que quiso tener un hijo. A los hombres siempre los había tratado con desapego. Pero cerca del golpe del ’76 conoció a Schilling, “un doberman, mezcla de madre aria y padre indio”. Él era montonero. La organización se desmembraba. Él quería una vida más tranquila. “Hicimos un juramento, yo no delinquía más y él no militaba más. Él, por calentón, por enamorado, lo dejó. Yo colgué las cartucheras y cuando podía, mientras él viajaba por alta mar, le daba otro poquito”. A Margarita la militancia montonera no le cerraba como práctica libertadora. “Él quería un país mejor, pero yo quería la mía. Él odiaba la yuta y las botas. Cantaba: ‘No somos putos, no somos faloperos, nosotros somos los bravos montoneros’. A mí no me importaba que alguien fuera puto o falopero. No tengo esos prejuicios. Si hubiese sido lesbiana andaría con mi novia por la calle, pero acá todo se oculta. Acá la mayoría agacha la cabeza. Yo no fui rufiana por eso, no quise nunca ser asalariada, sometida. A mi manera, pero siempre fui libre”.

Con Schilling estaba la noche en que, hace once años, tres hombres entraron a su casa. “Les ofrecí la plata que había, no entendieron y dijeron que iban a violarme a mí y a los chicos”. A ella le dieron en la pierna derecha donde ahora, subiéndose el pantalón, muestra la marca que le dejó la herida sobre la piel blanquísima. Mientras Schilling forcejeaba con uno, ella vació el cargador sobre los tres. No vio sangre, no se shockeó. Estuvo quince días presa y salió por exceso en legítima defensa. “Aquello no me dio ni más ni menos valor. Yo pensé que nunca iba a matar a nadie. Odio a la persona que mata. Somos humanos. Si vos discutís conmigo te voy a dar una defensa, jamás te voy a matar a traición”. Desde aquellos homicidios fue “pepita la pistolera”. Arruga la nariz al escucharlo. El nombre no le hace gracia desde que se enteró que viene de una especie de sheriff.

—Bueno, pero los nombres se resignifican.

—Nada que ver. El otro día leí que le pusieron “Pepita la Pistolera” a una mina que asaltó un taxi con un 32. En este país no sabemos usar las palabras.

Son las seis de la madrugada y Margarita camina por la costanera. La noche lleva horas y se extiende, imparable. Ella intenta parar un auto para llegar al kiosco por cigarrillos. En la playa de una estación de servicio cerrada dos perros callejeros se persiguen y se huelen. El viento silba como un hombre. El frío le llega hasta más allá de los tatuajes, bajo la piel. Junta las piernas. Después cruza la calle, de ida y de vuelta. Intenta que el playero le preste una moto abandonada. Él le dice que no funciona. Ella no le cree. Se trepa, patea el pedal. No anda. Da vueltas en círculos. Como los dos perros. Los mira y algo comenta. Le dan gracia. Ella dice que tiene la boca seca y rompe una caja de agua mineral de entre la pila apoyada en la pared. Toma dos sorbos y convida. Por fin llega un taxi. En un kiosco compra cigarrillos. Toma uno. Pide fuego. Con el fuego la cara se le ilumina y guiña un ojo. Larga el humo con paciencia; por entre los labios con resto de pintura se ríe ronco, al estilo de las brujas del siglo XII. “Mi viejo fue del puerto, mi marido fue del puerto. Yo también. Siempre el puerto, tierra de frontera”, dice. Y suspira.

Está adentro de su territorio.

La diosa hermosa del amor

Publicado: 8 octubre 2009 en Cristian Alarcón
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La diosa hermosa del amor mira el cielo reventado de relámpagos y nubes, cayéndose sobre ella, y se deja mojar sin abandonar el trino de su voz alzada ante la multitud de peruanos y bolivianos que la escucha cantar huainos. El vestido andino de mil quinientos dólares, bordado hasta el detalle más ínfimo durante tres meses por artesanos de Huánuco, su patria chica, se empapa. Dos bailarines de su trouppe, de gira por la Argentina, abandonan la danza y la cubren con sendos paraguas. Es inútil, la tormenta no cesa. Dina Paucar, la cantante folclórica que se convirtió en la diva más popular del Perú, tiene humor; guarda y ejerce la picardía andina: decidida, le habla al Señor.

– Pero Diosito, si tú sabes que soy la diosa del amor, ya no me mojes más.

¡Para qué!, piensa Dina apenas suelta la frase juguetona. Suena un trueno que hace temblar el escenario al aire libre en plena periferia de Mendoza Capital. Es como si “alguien hubiera abierto el cielo”. Dina se arrepiente de haberle hecho la broma al Supremo. Ya es tarde para preocuparse por el traje que lleva puesto. El maquillaje se le corre. Falla el bajo eléctrico. Chirría el micrófono. Se mece la batería. Son baldazos lanzados con furia. El escenario parece colapsar, pero en la tribuna los fanáticos siguen el ritmo chapoteando sobre el piso mojado. Reciben la lluvia como si despertaran de una sequía intensa. Al fin y al cabo Dina y la mayoría de ellos son migrantes que primero dejaron el campo para ir a la ciudad –Lima, Potosí, La Paz— y sintieron en el cuerpo las lluvias serranas, o los diluvios de la selva. Dina es con su baile saltadito y sus canciones románticas la esencia de la migración andina. La diosa no lo recuerda, pero ella misma, en una entrevista lo dijo: “Extraño andar descalza en la sierra, abrir los brazos bajo la lluvia con relámpagos”.

La choledad

Al fin hubo que salir del escenario; corrían peligro de electrocutarse. Los nueve integrantes de su banda, “Los superelegantes del amor”, saben de riesgos: recorren los caminos más escarpados del Perú en giras interminables por el interior. Se han accidentado media docena de veces: la propia diva tiene una costilla fisurada en un vuelco espectacular. Con 17 discos editados, cientos de miles vendidos –a pesar de la piratería peruana que es la más exitosa del continente— y unos diez viajes y cincuenta conciertos por mes, Dina Magna Paucar no se mueve sin marido y productor, Rubén Sánchez, un morocho alto que la filma y la fotografía mientras ella habla sentada en el living de un departamento amoblado del Abasto, en el centro de la pequeña Lima de Buenos Aires en la que se ha convertido el barrio de Carlos Gardel. Rubén es el amor que la redimió hace ya diez años de un corazón roto en su primera juventud y de un contrato abusivo que la mantuvo cautiva de una productora sin escrúpulos.

Rubén la hizo cruzar las fronteras. Esta es la novena gira por la Argentina: entre viernes y martes a la madrugada hicieron Córdoba, Mendoza y Buenos Aires. Las redes de comunicación de los peruanos y bolivianos que la adoran funcionan a la perfección al margen de la industria cultural mainstream. El buscador de Google fracasa detectando dónde se presentan. Sólo conocer peruanos permite rastrear que canta en el ex Penélope, de Nazca y Rivadavia. Pero no, allí dicen que quizás en el Mágico Bailable de Liniers. El cronista se desplaza hacia el oeste de la ciudad, sin suerte. Dina estuvo en Mágico, pero la noche anterior. “Hoy está en un boliche nuevo de San Justo, por Provincias Unidas al fondo”, orienta uno de los patovicas de la puerta. Autopista, bajada del Bingo, avenida, y pronto se ve la comunicación impecable de su equipo: “Dina Paucar, la Diosa Hermosa del Amor, en Corazón Disco. Sábado. Camino de Cintura 3235”.

Es un local para unas setecientas personas. A las dos de la mañana no hay más cola. Está repleto. La gente baila música andina y una que otra cumbia nacional. En un galpón con mesas de plástico, desde una barra atendida por chicas de remeras atadas en la cintura se llenan los vasos de cerveza de litro, a los que los meseros le ponen hielo para que enfríe mejor. Cada tanto un locutor bailantero anuncia a la Diosa. Son dos horas de pre calentamiento. Por fin el milagro de su aparición ocurre a las cuatro de la madrugada.

– Aquí estoy para hacerlos bailar hasta las siete de la mañana –les dice.

Los fans braman. Alzan los brazos. A aplauden. La primera fila de jóvenes le arroja sus chales, sus pañuelos, sus camperas. Ella los toca. Se coloca un chal en los hombros un rato. Los músicos devuelven las piezas. El público las besa, como si hubieran sido bendecidas.

Yo no seré campesina

Dina Magna Paucar es la segunda hija de una pareja de campesinos de Tingo María, la selva del Huallaga, donde la hoja de coca crece como la hiedra. Nació el 9 de mayo de 1969 en un pequeño paraje en el que creció con poca ropa, a veces descalza, acostumbrada a la exhuberancia del paisaje y las noches llenas del silencio habitado que producen los animales nocturnos. Sólo las borracheras de su padre y esa maldita costumbre machista de pegarle a las mujeres que todavía tienen en el campo la torturaban. Pero la violencia en las casas era tan común que aquello no era nada al lado de lo que comenzó a pasar a fines de los setenta y comienzos de los ochenta: en esos pueblos se hizo fuerte Sendero Luminoso, la guerrilla maoísta comandada por el líder único y central, Abimael Guzmán, aquel hombre que al ser detenido fue exhibido al mundo con un traje a rayas. Dina tenía nueve años cuando un grupo de guerrilleros vestidos de fajina y con pasamontañas negros cubriéndoles el rostro volteó la puerta de su casa y se le tiró encima a su padre. Lo bajaron a cachetazos y le preguntaron que dónde estaba no sé quien. Que dónde se había metido fulano. Ella se cruzó entre el jefe y su padre como un soldado:

– ¿Por qué le dan tan duro? Si nos matan, ¡que nos maten a todos! –les dijo.

La patearon hacia un rincón donde quedó tirada. El que mandaba habló:

– Si mañana volvemos y los encontramos acá los matamos a todos, incluidos tus cachorros.

“Mi papá agarró lo que teníamos y nos fuimos a la sierra, donde hay lluvia, relámpagos, truenos, donde la lluvia te moja y te mueres de frío”, cuenta Dina. Se instalaron allí donde tenían parientes, en el paraje Irma Chico, del otro lado de la Cordillera. Allí, ante un paisaje imponente, viven cuarenta familias. Hasta allí sueña Dina Paucar con regresar: quiere construirse una casa y ayudar a los pobladores a que mejoren las suyas. Quiere donar el dinero para que arreglen la antigua iglesia de Pachas y casarse de blanco con su amado. El relato biográfico es una materia aprendida con la fama. Pero Dina logra volver sobre su vida con una frescura que la hace siempre original e interesante. Su historia es tan conocida en Perú que con ella se hizo una telenovela. Se llamó Dina Paucar: la lucha por un sueño. Tuvo un rating que batió records: superó los 30 puntos y le ganó a sus competidoras, los realities peruanos conducidos por estrellas de TV con pasados y presentes turbulentos. Tanto fue el éxito de la parábola de la serrana que se produjo una segunda temporada: Dina Paucar, el sueño continúa.

En esa telenovela, en la que la interpretó una famosa actriz cuyo mayor problema es que era muy flaca al lado de la sana figura de la diosa, se cuenta una alegoría del “cholo” que dejó la sierra para buscar su futuro en la ciudad de Lima. Si Dina hasta entonces era una estrella que representaba “lo cholo” –una chola hiperbólica—, con la telenovela terminó de fundirse en el inconsciente colectivo del Perú como símbolo del migrante mestizo que tras un esfuerzo épico triunfa en la ciudad. Lo cierto es que a sus desventuras no les falta nada. Tenía diez años cuando intentó por primera vez escapar de su pueblo hacia la capital. Su padre era violento con su mujer, pero a sus hijas no las golpeaba. Cuando la encontró –las dos veces que intentó huir sin éxito— le impuso un método milenario: “Me ataban dos calabazas a la espalda y tenía que subir cuestas de tres horas con ese peso cargado”, cuenta.

La idea de remontar el camino hacia la capital nació con los relatos de su tío Alipio, que vivía en El Callao y hablaba maravillas de la vida en la gran ciudad: llegaba a Irma Chico cargado de regalos y por las noches ofrecía sus relatos: pan dulce con manteca por las mañanas y músicos con orquesta en las discotecas los sábados y domingos, rascacielos y grandes iglesias, procesiones religiosas con multitud de fieles y mujeres hermosas por las calles, con la cara coloreada y los ojos pintados, en trajes de moda. Ante el sueño metropolitano de Dina, la idea de crecer en la chacra de sus padres era insoportable.

– ¿Cómo juntaste el coraje para partir?

– Desde muy pequeña supe lo que era la vida de las mujeres en la sierra. Ahora está cambiando un poco, pero antes una mujer podía estudiar sólo primero o segundo de primaria; que sepas sólo el abecedario y firmar con tu nombre, nada más. Entonces tenías que irte a la chacra, y prontito hacías pareja. A los trece años tenías un hijo. Yo no quería esa vida. Mi hermana, Alejandrina, que luego fue quien me empujó a ser la cantante que soy, me decía, ¿cómo te vas a ir? Luché con ella para que ella me diera ánimo. Yo le decía: “pues quédate tu a ser una campesina, yo me voy de acá”. Mi hermana terminó ayudándome. Me aconsejó que le mintiera al chofer del bus que iba a Lima a buscar medicinas para mi madre.

El conductor le creyó, pero la guerra interna hacía difícil que una nena llegara así nomás a Lima. Antes de la capital había tres controles militares. “Dime la verdad. A qué vas a Lima. Hay mucha niña escapada, y cuando las agarran abusan de ellas”, la advirtió. Dina se confesó: “Voy a Lima porque quiero cantar”, le dijo. El hombre la hizo bajar quinientos metros antes de cada puesto. Ella caminaba, como una niña más, hasta más allá del retén y volvía a subirse al bus. En el último, ya cerca de Lima en Ancón, era fácil reconocer en ella a una niña serrana. Le rogó a una mujer que vendía caramelos a la vera del camino. “Me prestó una canastita para pasar por vendedora, como ella. Así hice, caminé hasta que ya no vi los militares y le devolví sus cosas. Al rato vi las luces del bus. Eran como las tres de la mañana”.

– ¿Cuál es el primer recuerdo que guardas de la ciudad?

– El bus me dejó en Girón Ayacucho y salí por el único camino que tenía luz. Llevaba cinco soles escondidos en las medias. Me agarraron unos rateros casi de mi edad, que estaban oliendo terocal (un inhalante como el poxirán). Y dijeron: “Oye, mira, esta es serrana. Huele feo! Ajjj!” Yo tenía mi mantita con papa, mi cui asado que me había hecho mi hermana. Uno de ellos dijo: “Ay, esta cochinada, quién la va a comer”. Se rieron de mí hasta que vino uno que dijo: “Ya déjala, que tu también eres de la sierra”. Ese chico me protegió y me mostró un lugar bajo un reloj enorme para dormir.

– ¿Cuál era tu ilusión?

– Usar tacos. Maquillaje. Un lindo vestido.

Era el mar

Dina se despertó con los gritos de los voceadores limeños: niños como ella que anuncian el destino de los minibuses que cruzan la ciudad: “¡El Callaooooo!”, escuchó. Su amigo le había dejado un mensaje escrito en la pared: “Suerte Dina Paucar”, decía. Sabía que su tío Alipio vendía en el mercado gigante de El Callao. Se bajó en el final del recorrido y caminó sin poder creerlo hacia la costa. “Me impresionó tanta agua junta: yo decía, ¡qué río tan grande! Pero era el mar”, se ríe. Esa tarde encontró el Mercado Modelo. Su hermana la había aconsejado caminar sin miedo, como si toda la vida hubiera vivido en la ciudad. Así anduvo hasta que dio con Alipio y su carro con “emoliente”. Ella no sabía que durante los próximos tres meses vivirá de ese brebaje andino hecho en base a agua de cebada, linaza, boldo, alfalfa, cola de caballo y limón. Pronto Dina supo cómo prepararlo y cómo ofrecerlo. “Mis primas me empezaron a echar un poquito de maquillaje. Todos los marineros que salían de la plaza Grau me compraban. Yo les daba mi yapita”.

Como en cualquiera de las telenovelas latinoamericanas en las que una chica llega a la ciudad a trabajar, Dina también fue durante un tiempo empleada doméstica. Su padre, que la visitó a los tres meses, le prohibió que siguiera vendiendo en la calle. La ubicó con una mujer que además la hizo volver a la escuela. Cuando la dueña de casa salía ella jugaba con sus tacos. Pronto tuvo los suyos. Y trajo a su hermana del campo. Juntas volvieron a vender por las calles. Alejandra no la dejó olvidar por qué dejó sus pagos, a qué viajó a la capital. “Mírate Dina! ¿qué has hecho? ¡Nada!”, le decía. Así le consiguió una audición con un grupo de cumbia “chicha” que necesitaba una voz femenina. En Perú el término chicha se aplica no sólo a la música, sino a una cultura urbana sincrética de lo andino y lo costeño, popular hasta la médula, colorinche, altisonante y barata: la cultura del inmigrante sobreadaptado. Dina se luqueó para su primer presentación con un atuendo que hoy le da risa: “toda chica material”, dice.

– ¿Cómo eras entonces?

– Me hice ese corte de pelo como Verónica Castro en Los Ricos también lloran. Tenía el cabello esponjoso con rulos y bien lindo. El grupo se llamaba Los Roldis. La primera vez salí con una falda y un chaleco de cuero, mis botas, un body negro. No me hacía llamar Dina, sino “La Chinita Yiyi”, por una cantante famosa entonces, la Princesita Mylli. De ella cantaba una canción: “Quisiera ser ciega/ para no ver más/ Ser como una piedra/ y no sentir jamás”.

– ¿Quién te enseñó a cantar?

– Mi mejor academia, mi mejor profesor y mi mejor público fue el espejo. Yo me miraba cómo pararme, cómo sonreír; hacía de cuentas que había un millón de personas detrás del espejo. Al comienzo me silbaban. Yo no estudié canto, ni actuación, nada.

Herida en el alma

Dina dejó de ser “La Chinita Yiyi” al año y medio y se dedicó a cantar gratis en las “polladas”: cada vez que alguien necesita un dinero extra en Lima la emprende con el pollo asado y la venta de cerveza. El evento suele ser por una causa solidaria: una enfermedad, el dinero para un viaje, los quince años de una hija. Y en él tocan grupos populares. Mientras tanto Dina estudiaba cosmetología y peluquería. La tenacidad de la diva volvió a ponerse a prueba cuando tenía dieciocho años: quedó embarazada de un hombre al que amaba. “Me dijo, ‘acuéstate mejor con un viejo y dile que es su hijo, porque yo no me haré cargo de él’. Me sentí lastimada; herida en el alma”. Regresó al pueblo. Su padre le puso una tiendita en el pueblo. Pero a los siete meses regresó a la capital. Tenía un plan que funcionaría: pasar de las polladas a los locales en los que aún hoy suele tocar. Y grabar su primer disco al que le puso “Mi tesoro”, en honor a su hijo, que hoy ya tiene 20 años.

Pero necesitaba promoción. Así que Dina invirtió en un espacio radial para hacer conocer sus temas. Así creció: pasó de cantar gratis a cobrar por fiestas de casamiento o cumpleaños. Tardó unos tres años hasta que el dueño de la productora de folclor peruano más importante la buscó después de rechazarla varias veces. Ella, emocionada, firmó un contrato leonino por el cual le pagaban 40 soles por show y nada por sus discos. En ese periodo grabó el mayor hit de su carrera: Qué lindos son tus ojos. “Qué lindos son tus ojos/ qué dulces son tus labios/ hermoso chico eres tú/ de lindos ojitos negros”, dice el huaino sentimental. Entre el 94 y el 95 vendió 260 mil copias. Pero no fue hasta el 98, de la mano de Rubén, que se desató del empresario aprovechador. Desde entonces su carrera es una empresa propia: se llama Amor Amor y tiene un sólo enemigo, el mercado ilegal, la copia trucha, esencia de la cultura chicha. Por eso asume que el dinero entra no por la venta de discos sino por los shows.

Además de los viajes continuos al interior del Perú, Dina Paucar y Los superelegantes del amor ya fueron dos veces a los Estados Unidos y cinco a Europa. Estuvieron en California, en Denver, en New Jersey y en la ciudad que más la impactó: Las Vegas. En Madrid llenó la Casa de Campo con diez mil fanáticos. Su itinerario muestra el de la migración peruana, un fenómeno transnacional. Por eso vino a Buenos Aires nueve veces. Por eso volverá. La fama de la Diosa hermosa del amor ya no tiene fronteras. Su elegancia andina, su estilo de reina del folclor pop, la han llevado a los niveles más altos de su país: no sólo es la embajadora de UNICEF sino que ha coordinado la mesa Lo cholo y la modernidad junto a académicos limeños en la Biblioteca Nacional del Perú. Este año se prepara por primera vez con una maestra de canto y actuación para lo que viene: un programa de TV conducido por ella en el que piensa transmitir la cruda realidad de los extremos pobres de su país, “allí donde el estado no llega”.

La última de sus satisfacciones pintan la dimensión de su vida de diva. El fotógrafo de Vogue y Vanity Fair, el preferido de la princesa Diana, Mario Testino la buscó en Lima para hacerle una fotografía en Machu Pichu. Dina Paucar estaba entonces de gira en Buenos Aires. Al regresar a Lima fue invitada al cocktail de despedida del artista. Llegó ataviada con su mejor vestido. Testino la vio, y cayó a sus pies. Le besó la pollera y la declaró su princesa andina. Dina se retiró un momento, cambió de vestuario y regresó al gran salón para obsequiarla el vestido a su gran admirador. Testino lo recibió emocionado y juró que lo expondría en su mansión londinense junto al que le regaló Lady Di antes de morir. La diosa hermosa del amor se lo agradeció entonando a capela, solo para él, un huaino sentimental.

Entrar al barrio no da miedo. Como suele ocurrir en estos casos, una mujer acompaña al periodista y al fotógrafo aquí y allá, en los rincones más laberínticos, presenta a otras mujeres, a los padres y a los pibes que laburan, a los que delinquen, a los maestros, a la niñez que abunda en el barrio Ejército de los Andes, o Padre Mujica, “mal llamado Fuerte Apache”, como insisten todos los que quieren hablar.

 

Son dos días de recorridas y mates dulces en los que el mosaico complejo de la pobreza y la violencia tiene un solo ruido de fondo: millares de niños jugando entre los edificios derruidos. Como en cualquier otro territorio del gran Buenos Aires o del sur de la capital, aquí existen zonas más luminosas y seguras, y otras más oscuras y deterioradas.

 

Mientras una masa sale a las cinco de la mañana a tomar los colectivos que llevan al trabajo, hay adultos que reclutan chicos de catorce para sus bandas, con una paliza iniciática. Mientras unos gestan una banda de reggae, otros roban de vez en cuando para “parar la olla” y declaran sin más: “No estamos en guerra con los gendarmes. Los odiamos y tenemos fierros para bajarlos. Pero no nos conviene”. Ante el prejuicio de que en Fuerte Apache todo es un caos, o un infierno, lo real surge en cada diálogo. Lo que reina no es la muerte a secas, sino una cada vez más compleja regulación de la violencia.

 

La distribución del ingreso hace también diferencia entre pobres, muy pobres e indigentes. Al lado de unas zapatillas portentosas, pasan los dedos pelados de una nena que salen de las suyas, por lo menos un número más chicas que su pie en pleno crecimiento. Igual ocurre con la violencia. Cuando la gendarmería allana los nudos 12 y 13, lo hace allí donde se supone que viven los pibes chorros mejor armados y más experimentados. Cuando se limita a poner contra la pared y a patear los tobillos de los que viven en los monoblocks cercanos al lugar donde el 28 de octubre mataron —hay muchos detenidos, pero aun no se sabe quién— al gendarme Antonio Centeno, saben que la mayoría de esos pibes laburan ocho horas por día y a la noche se juntan para jugar al tenis y fumarse un porro en La Isla. Así le dicen al baldío que quedó justo allí donde hace exactamente ocho años una descarga de explosivos derrumbó dos torres de diez pisos ante el estupor y la rabia de las 300 familias que las habitaban.

 

Violentos de antes

La violencia en el barrio tiene su historia. La creación del Ejército de los Andes se remonta a dos dictaduras, la de Onganía y la de las Juntas. Los primeros habitantes llegaron de las villas porteñas; las autoridades los llevaron allí con la idea de borrar del mapa a los impresentables de la villa 31, por ejemplo. Los que tienen más de 36 lo recuerdan. Vinieron en camiones. “Llegamos y nos dijeron ‘agarren un departamento’”, dice Madera, personaje emblemático del barrio desde que ganó un juicio para que lo dejaran entrar en los Estados Unidos a visitar familiares y apareció en la tapa de la revista Viva. Con los bártulos sobre las cabezas todos corrieron, como Madera y su parentela, hasta subir a un monoblock y hacerse de, en su caso, un tres ambientes en un primer piso.

 

Los que ocuparon las torres vinieron en tandas, porque esos edificios fueron terminados de a poco. En el 73. En el 76. En el 83. A los del 73 los inauguró Perón en persona. Uno que otro guarda las fotos tomadas junto al general. “Lo peor vino a los nudos 11, 12, 13 –los más altos, de doce pisos–, porque ahí, como se veían venir la democracia, se refugiaron varios de la mano de obra pesada de los milicos”, cuenta un puntero que no quiere aparecer con su nombre en la crónica de esta revista.

 

Pero de aquellos quedan pocos. Se fueron yendo a lugares más confortables cuando la democracia también requirió de sus servicios, comentan. La mala fama –si lo sabrá este barrio– es una peste que mancha y no sale con nada. Quizás no lo midió José de Zer, periodista emblemático de la televisión amarilla del viejo canal 9, antecesor de estilos como el de Chiche Gelblung y Rolando Graña. De Zer llegó una tarde a cubrir un tiroteo. Los Chilenos, una bandita que se había hecho fuerte a comienzos de los noventa, se resistía a un allanamiento de la bonaerense, que comenzó a gasear. Impresionado por la balacera, de Zer lanzó el bautismal estigma con el que el barrio quedó nombrado para siempre: Fuerte Apache. La arquitectura y el deterioro de sus torres, vistas desde lejos, lo afirman. La idea de 30 mil personas viviendo en ese caldo que parece intangible si se lo ve de lejos, por ejemplo desde la autopista que lleva a Ezeiza, resulta inquietante. Un efecto similar al de las favelas, ahí nomás de las playas de Ipanema. Claro que este no es un ejemplo de “favelización”, palabra que usa un sector de la sociología y de estudiosos de la violencia social y que implica control territorial absoluto de una organización narco.

 

El llamado Fuerte Apache volvió a la tapa de los diarios cuando tiraron abajo los nudos 8 y 9, el dos de noviembre de 2000. Ese día una multitud se dividió en dos. De un lado, los que, de la mano de un grupo de punteras teñidas de amarillo, festejaban la idea del intendente Hugo Curto –entonces acérrimo duhaldista– y aplaudieron la explosión que sonó como un trueno amplificado. Del otro, los jóvenes que tras la caída de sus casas, a cambio de 22 mil pesos por familia –les alcanzó para reubicarse en ranchos de villas bonaerenses–, se lanzaron con piedras y caras envueltas en remeras, contra la policía. Los militares de explosivos gritaban “hip hip hurra” sobre los escombros. Luego los vecinos caminaban sobre los restos de sus casas detectando pequeños detalles que los hacían llorar por la pérdida. Durante los años siguientes la violencia se disparó con el aumento de la pobreza. Fue la época en que las bandas libraban una batalla que todos los días dejaba alguna víctima. Reinaron un tiempo los Backstreet Boys, hasta que la mayoría cayó en combate o preso. En 2004, en medio de una de las cíclicas “olas de inseguridad”, el gobierno decidió rodear el barrio, que hasta entonces custodiaba la policía bonaerense –que es lo que corresponde en la provincia–, con gendarmería, una fuerza federal.

 

La isla

Por el ingreso en el que mataron al gendarme Centeno, se encuentra La Isla. Allí está Madera, que presenta a cinco pibes y a dos pibas que leen y comentan el diario en el medio del terreno sobre el que ha crecido un pasto verde que ellos mismos cortan y limpian. Facundo, un pibe impecable en su pantalón cargo y su chomba con cuellito, pirinchos peinados con obsesión, laburante en un taller de válvulas de colectivos, lee La Nación, en cuyas páginas hace una semana se publicó un reportaje en el que se asegura que este es el sitio más peligroso del país. Cualquiera podría pensar en esa vieja costumbre de leer al enemigo. Pero estos pibes, que pronto son diez, y luego llegan a veinte, en ronda, no piensan así. De hecho, de los diez que han votado casi todos lo hicieron por el PRO o por Lilita. Consecuentes con su situación, los pibes piden orden.

—Aunque la gendarmería ahora nos caga a palos por nada, preferimos que se queden, porque antes de ellos acá había muertos todos los días. Cuidan a los mayores –dice Juan, verdulero en Villa del Parque.

—Yo me iba a estudiar, hace como dos semanas. Estábamos comiendo pan casero – cuenta P., 20 años, desocupado desde que lo echaron como repartidor de Las Marías–. Entonces vinieron cinco o seis gendarmes, nunca entran de a menos, con los palos para pegar. Andan con los cascos, con las armaduras esas que parecen las Tortugas Ninjas. Te dicen: “No me mirés. Mirá para abajo. Tirate al piso. Ni mirés pendejo de tal por cual”, y después te sacan todo lo que tenés en los bolsillos. Si hay plata, por ahí, según el gendarme, se la queda. Si no, te quitan la droga y lo demás te lo dan.

 

El relato de P., se repite en la ronda. Y se repetirá en otros testimonios, de las formas más variadas. Lo que se reitera es la orden de no mirar, y los borcegos punta de fierro pateando los tobillos con saña, la denigración verbal como método. No se trata de una violencia fatal, como la de los escuadrones de la muerte de la bonaerense que mató pibes en falsos enfrentamientos. Es lo que los vecinos describen como “los modos de estos negros brutos que vienen del campo y no saben nada”.

 

Hay una discriminación mutua como práctica defensivaofensiva. A uno y otro lado, pobres uniformados y civiles que se miran de reojo, armados –antes que con los fierros– con los prejuicios que gatillan el insulto. “Chorros asesinos”, de un lado. “Indios brutos”, del otro. En realidad, los pibes acosados por la manera de “ordenar” del Cuerpo Especial de la Gendarmería Nacional son hijos de otros migrantes del interior. De Corrientes, Santiago, Salta, Jujuy, Formosa, Chaco, Misiones, Tucumán.

 

Estos pibes, los de La Isla, se reivindican como laburantes. Uno que otro, los más producidos, sonríen de costado cuando se habla de choreo. Un ojo acostumbrado los reconoce. Y ellos, inteligentes, rápidos, le dan paso a sus amigos legales. Habrá que avanzar en el interior del barrio para escuchar la voz de los pibes chorros.

 

A los de aquí los une un lazo que aquí es más fuerte que en las propagandas de cerveza: la amistad. Se juntan todas las tardes, cuando salen de los trabajos y hacen algo que se piensa exclusivo de los chetos: juegan al tenis. Varios llevan en la mano su propia raqueta. Tienen problemas con las canchas. Al cruzar una calle sin nombre hay un predio en el que un puntero les cobra 25 pesos la hora por el alquiler de una cancha de tierra. Están, ahora, bajo la sombra de un container que quedó abandonado en el baldío como muestra de lo que no fue. En ese lugar se iba a construir el CIC, Centro Integral Comunitario, un espacio de 500 metros cuadrados que quedó en la nada.

 

“La Nación puso la guita, pero en el municipio se la gastaron. Cuando la volvieron a tener, al proyecto lo habían bajado y la devolvieron, pero quedó el container”, explica Miguel Ojeda, uno de los líderes sociales del barrio, que esta semana hizo circular una carta en la que le pide a los medios que no los estigmaticen más. La firmaron los directores de las diez escuelas que son el corazón del barrio –dos medias, tres jardines, un centro de educación complementaria, más cuatro primarias–, la parroquia San Antonio, la salita de salud y la Asamblea por la Recuperación del barrio.

 

Brutos o corruptos

En estas 25 hectáreas se transita por calles sin nombre. Para el foráneo es difícil ubicarse en ese mundo que bulle entre calles que sí tienen cartel: Paso, avenida Militar, Árabe Siria y Riccheri. Lo fácil es, desde afuera, detectar las entradas. En cada una hay un puesto de gendarmería. En cada puesto, entre tres y cinco uniformados. Los que custodian no lucen como los que caminan el barrio, visten la ropa de fajina y tiene armas largas. Después de las diez de la noche, dicen, salen los del Cuerpo Especial, o “cascudos”, como los bautizaron. Por ahora, al atardecer, todo es niñez y adolescencia, a full.

 

Adentro del barrio además hay una villa, a la que se llega caminando entre dos monoblocks de los que tienen tres pisos, unidos por las escaleras que se alternan como puentes. Entre dos escaleras, otro grupo de pibes se junta a pasar el rato. Casi ninguno trabaja. “Salimos a laburar”, se ríe uno. Algo bien distinto. Sin ambages, después de testear al cronista con preguntas filosas, cuentan que viven del afano.

—Yo sé que me tengo que cuidar –dice el pibe, que por respeto no toma vino mientras converso con él. Mantiene untetra escondido más allá.

—¿De qué?

—Acá adentro, de nada. Cuando salgo afuera a robar, me tengo que cuidar.

—…

—Yo banco la casa. Compro mercadería. Me controlo con la plata. O sea, solo robo cuando la necesito, cuando algún hermano necesita zapatillas. Con lo que sobra, me drogo un poco, la paso bien.

—¿A dónde van?

—A ninguna parte. No me voy a gastar ochenta pesos en dos jarras locas (de las que venden con todo tipo de alcohol en las bailantas). Prefiero comprar algo acá adentro y compartir con mis amigos.

—¿Salís así?

—No, salgo careta. No me voy a regalar. Si tiro, tiro porque quiero, no porque estoy zarpado. Tengo 19. Empecé a laburar a los 14. Caí solamente dos veces.

 

Pedro frena la conversación para hacer él las preguntas. Lo hace con lucidez.

—Usted debe estar acostumbrado a andar en lugares muy diferentes. Debe tener varias personalidades.

Me deja mudo. Pienso y respondo:

—Sí, la semana pasada estuve en un viaje de trabajo en un hotel carísimo. No me vestí como estoy acá para estar ahí. Seguro que no hablé igual. Como vos, cuando salís a robar.

Pedro se ríe.

Pasa un amigo en las sombras. Apenas se escucha:

—Guarda que anda gendarmería por el uno.

Los sistemas de seguridad funcionan así. Un campanazo puede evitar la paliza.

—Algunos gendarmes, los más brutos, te verduguean. Yo los verdugueo a ellos porque algo de derechos humanos sé. Y si les hablás, entienden. Me pusieron contra la pared y me doblaron los brazos hasta casi quebrarme. Me quejé y vino un jefe. Me dejaron ir.

—¿Hasta qué grado estudiaste?

—Quiero volver a hacer noveno. Estudié en la tres, mis señoritas ni venían porque apenas les pagaban.

—¿Creés que al gendarme lo mataron por vengar el maltrato?

—Acá si queremos hacerle la guerra a los gendarmes, ellos salen perdiendo.

—¿Por qué?

—Porque tenemos fierros, pero no es lo que queremos. Ellos cuidan a los mayores. Eso sí lo hacen. Antes era cualquiera y ahora solo nos pegan a nosotros.

—¿Por qué?

—Porque no hay comunidad. Cada uno hace la suya. Nadie se pone de acuerdo. Acá hay que hacerse respetar de a uno.

 

Al lado de Pedro hay un cartonero y su hijo de unos ocho años que juntan y acomodan su mercancía con meticulosidad.

 

Uno de los pibes del grupo acepta hablar de la otra cara de la seguridad en la zona: la policía bonaerense.

—¿La policía también les pega?

—No, ellos quieren plata. Te agarran, te suben al patrullero, y te dicen: “¿Qué tenés?” Son todos re-corruptos. Los gendarmes son brutos, pero no son corruptos.

—¿Cómo es?

—Para largarte, primero te piden plata. El otro día éramos tres. Les explicábamos: “Recién salimos a laburar, no tenemos nada”. Tuvimos que hacer una vaquita. Juntamos 120 pesos. Con 120 ya los arreglás. Pero lo que más les importa son los fierros. Les dimos la guita y el fierro y nos dijeron: “Bueno, ¿donde querés que los dejemos?”, y nos trajeron hasta acá cerca.

 

Madres

En un departamento un grupo de mujeres amigas de la que oficia de guía para esta nota acepta conversar largo y tendido a cambio de que no las “escrache”. Es un living comedor. En el sillón largo se supone que dormiré esta noche, si el marido de la casa lo permite. Por Mari está todo bien, quiere que salga a la medianoche a dar la última vueltita con ella, visitar algunas amigas, para luego “meterse al sobre” tipo dos. Quieren que vea que no pasa nada, que lo de los tiros incesantes es un mito de la prensa. Que es una mentira del comisario que el 90 por ciento de los vecinos son ladrones.

 

El departamento está decorado con fotos familiares en las paredes. El lugar central lo  ocupan un equipo de música y una repisa repleta de trofeos. Mari, empleada doméstica en varias casas de la capital, tiene dos varones que salieron futbolistas, por eso las copas. Su hija adolescente estudia para maestra, pero tuvo que cambiar de instituto cuando supieron que se domiciliaba en Fuerte Apache.

—El tema de la dirección es jodido. Te discriminan mal, pero mi nena me dijo: “No, ma, no tengo por qué mentir que vivo en otro lado, como hacen muchos, yo me siento orgullosa de ser de acá, prefiero volver a empezar de cero”.

 

Les cuesta reconocer, al comienzo, que tienen problemas con sus hijos adolescentes. Hablan de lo que vive alguna amiga, alguna cuñada, alguna hermana. Tati, tucumana con diez hijos, cincuenta años y cuerpo de cuarentona, dice que el problema es cuando los más chicos creen que hay que seguir los pasos de los que mejor se visten. Ella encontró al de 15 fumando un porro y lo sopapeó. Después, jura, le pegó una trompada a la puerta para que entienda que la próxima ese piñazo duro lo recibiría él.

—¡Qué! ¿Tanto me cuidás? –le dijo el guacho.

—Sí, estúpido, sino te matás solo atinó a decirle Tati.

—Ellos nos ven como las malas a las madres –se lamenta Marta, con seis a su cargo.

 

Como remedio, Tati optó por amenazarlo con que si seguía consumiendo debería irse con el padre, que vive en el barrio pero que se desentendió de sus responsabilidades hace tiempo. Fue un remedio efectivo. El pibe al menos no volvió a dejarse ver en esas.

 

Todas coinciden en que fue lamentable la muerte del gendarme. Todas insisten en que lo importante es que los pibes estudien. Todas lamentan que las señalen por vivir donde viven. ¿Pero cuáles serían los principales problemas de este barrio en la línea de fuego de los políticos y los medios? A dos puntas, se escucha:

—Que es mentira que hay 30 banditas. Los pibes no están organizados. Los que están organizados son grandes, adultos. Ellos están reclutando pibitos, muy chicos, para sus negocios. Primero los fajan, como una forma de iniciación. Yo he visto cómo golpeaban a uno de 14. Le daban, con el aparente consentimiento del pibe, que después de esa paliza empieza a escalar en la banda. No son pibes que se integren al delito solos. Lo hacen como empleados de estos adultos. Eso es lo más duro.

 

Una madre –de familia numerosa, que hasta ahora estuvo en silencio, suma lo que para ella es el mal de los males:

—Los punteros que se corrompieron para los concejales.  Acá cerca bajaron los materiales para hacer una plaza. ¿Dónde está la plaza? ¿Qué pasó con los materiales? Se los quedó alguno.

—En la villa Matienzo (dentro del barrio) mandaron de todo del gobierno, caños, cemento, para urbanizar, hacer cloacas, mejorar el desastre que es lo sanitario. Quedó todo a medio camino –dice Mari.

—Hay concejales que salieron de los barrios que ahora están llenos de plata, tienen empresas de construcción y arreglan con los de infraestructura del municipio –se lanza otra.

—Pero esto no se puede decir, a ver si dejamos de recibir lo poco que nos mandan.

 

En el barrio hay todo tipo de planes sociales. A saber, según cuentan ellos mismos: Jefas y Jefes de Hogar, que pasó a ser Plan Familia y varía según la cantidad de hijos, aporta desde 150 hasta 180 pesos. Está el PEC (Programa de Empleo Comunitario). También el Seguro, que implica alguna actividad o estudio. El Barrios Bonaerenses. Y el plan piquetero, que es el que recibió Luis D´Elía en plena crisis.

 

Las huellas del clientelismo se viven en lo cotidiano. Excepto la Asamblea para la Recuperación del Barrio, no ha habido más intentos de un proyecto colectivo, aparentemente.

—No. Acá tenemos que reconocer que extrañamos mucho un proyecto que se cortó cuando asumió (el gobernador Daniel) Scioli, el de Seguridad –dice Tati.

 

A lo largo del barrio queda una que otra huella de esa iniciativa del Ministerio de Seguridad de la provincia en la gestión anterior, la de León Arslanián. Se llamó Programa de Ciudadanía e Inclusión Barrio Padre Mujica. En la página del Ministerio todavía hay un primer informe de un equipo de quince expertos de las ciencias sociales. Allí cuentan que al entrar se sorprendieron. Ninguno de los especialistas sufrió un ataque en el año y medio que alcanzaron a trabajar en el territorio supuestamente más peligroso del país. Luego descubrieron que el barrio resultó ser uno de los más integrados del conurbano. Como en el censo de 2000, por el miedo de los encuestadores y la situación que se vivía entonces, se relevó que solo el 20% de los hogares completaron ese diagnóstico. Descubrieron que “una gran mayoría” de los que viven allí tiene trabajo en diversos oficios, sobre todo en la industria metalúrgica, el comercio y los servicios. Repartidores, vendedores, repositores, empleadas domésticas y el personal de limpieza de gran parte de la ciudad de Buenos Aires vienen de Fuerte Apache. En el grupo de mujeres reunidas en la mesa de Mari solo hay dos que no tienen traba jo formal. Laburan en sus casas. Arman hebillas de plástico. Si hacen mil por día, ganan entre 12 y 14 pesos.

 

En el barrio falta de todo. Lo más impactante, a la medianoche del primer día de recorrida, cuando sé que Mari no podrá alojarme, es caminar por sus pasillos y calles mientras escucho una lista enorme de proyectos que nunca se terminaron. Como si en la supuesta guerra que se libra aquí los agujeros más grandes no fueran los de las balas sino los que dejó el propio Estado.

 

La zona gris

Al segundo atardecer en el barrio sigo sin conseguir alojamiento. Algunos vecinos ofrecerían sus casas pero no tienen espacio. Otros, varones o mujeres, consultan con sus parejas, que se niegan por precaución. Si la gendarmería es odiada por los más jóvenes, por los golpes, los periodistas somos detestados por toda la población. Esta semana un equipo de televisión se metió a filmar de la mano de un grupo de líderes, pero los echaron cuando el copete de la nota comenzó con el clásico: “Estamos en el barrio más peligroso del conurbano”.

 

El fotógrafo de C busca una terraza para hacer una foto panorámica. Parece imposible, hasta que Nino Aguilera, un eximio camisero que durante años trabajó en Ceres, invita. No sólo quiere que veamos el atardecer desde lo alto, sino también que pasemos a su departamento. Lo compró en el 96 y pagó diez mil pesos, o sea diez mil dólares en tiempos del uno a uno.

 

Desde el mirador el hombre habla del pasado: en los saqueos de 2001, el barrio cumplió un rol clave –lo explica Javier Auyero en su libro La Zona Gris– pues se digitó la violencia de ese 19 de diciembre como solo lo puede hacer la sociedad entre policía bonaerense y barones del PJ del conurbano. Al Coto lo protegieron con caballos. La contracara fue el supermercadista chino que perdió casi toda su mercadería y fue filmado por la tele para la posteridad.

 

Hasta la terraza llega Mario, un pibe  de gorrita y look de hip hop que con otros cinco jóvenes vecinos tiene una banda de reggae, Fyah. Hace un año y medio se compró un departamento en el piso diez. Pagó 23 mil pesos. Está contento. Es el mejor edificio del complejo. El único que tiene puerta con llave y en el que anda el ascensor –con ascensorista–. Cada propietario paga 20 pesos de expensas. Ahora trabaja en la fábrica Zanella ensamblando motos. Y ensaya. Su compañero, Ezequiel, que toca el teclado, perdió el empleo en un súper cuando le pidieron que hiciera extras los sábados a la tarde. No estaba dispuesto a dejar la banda, su única pasión. Saben que en su tierra van contra la corriente masiva de la cumbia. Eso los envalentona. Pasaron tiempos peores. Por eso defienden la presencia de los gendarmes. En un tiroteo entre las viejas banditas, Mario perdió  a un amigo, el Honguito González, que tenía 17. La ambulancia no llegó. Lo tuvo que cargar muerto en un patrullero.

 

Los Tortugas Ninja

La tensión con los gendarmes se siente en la oscuridad de la noche del viernes. Entre las paredes sucias de uno de los monoblocks, una luz de linterna se mueve como buscando algo. Parece uno de esos focos gigantes que se encienden en las cárceles cuando alguien se ha escapado. Se distinguen las siluetas de las Tortugas Ninjas, que forman una tropa de seis y entre ellas, solapados, van dos camarógrafos de televisión. Los gendarmes avanzan con armas largas en las manos y sin abrir la boca. Así, con señas, sin emitir palabra, les indican a los pibes que encuentran que se pongan contra la pared. Los hacen poner las manos arriba, abrir las piernas y proceden a registrarlos.

 

Nadie en estos días anda con algo encima en el llamado Fuerte Apache. Así que pronto, cumplida la misión escénica, los dejan ir. Siguen su recorrido, suben las escaleras del nudo 1, donde se crió Carlitos Tévez. Entre los edificios, los más niños juegan al fútbol. Quizás entre ellos haya otro Carlitos.