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Nancy Palaverccich, la hija del legendario ventrílocuo argentino Emilio Dilmer, había perdido la esperanza de abrazar a Venancio y a Gregorio, pero aquí está, frente a ellos, después de 30 años, y los abraza con la certeza de que nunca más volverán a separarse. Venancio es negro y niño; Gregorio es blanco y adulto. Están juntos, al fin, los tres, en el sótano de un bar de San Telmo. Nancy tiene 79 años y creía que ya no volvería a verlos. Los muñecos han viajado 14 horas y 20 minutos en avión, desde San Juan de Puerto Rico hasta Ezeiza.

Dilmer fue ilusionista y uno de los pioneros de la ventriloquia. Su éxito atravesó fronteras: fue reconocido en todo el continente y muy famoso en lugares como Venezuela y Puerto Rico. La foto más antigua de Emilio Dilmer junto a Venancio y Gregorio data, según su hija, de 1929. En la foto, en color sepia, Dilmer es un galán, con un porte similar a otros ventrílocuos famosos de la época, como el español Agudiez o el norteamericano Edgar Bergen.

Gregorio fue diseñado por el artista plástico Benito Quinquela Martín –uno de los mejores amigos de Dilmer– y por un ventrílocuo denominado Valmar o Valmer, del cual jamás pude, pese a mis intentos, averiguar nada.

Dilmer no llegó a trabajar en la televisión argentina: se fue del país antes de que existiera. En la Argentina, trabajó en programas de radio. Gregorio era de Boca, Venancio era de River, discutían sobre fútbol y Gregorio solía decirle a su compañero: “Tranquilo, Venancio”. El latiguillo quedó incorporado al habla de los argentinos, que durante décadas lo repitieron, incluso sin saber su origen. Hay, incluso, una canción de La Mosca que se llama así.

Todo esto lo supe mientras investigaba para escribir mi libro Ventrílocuos. Gente grande que juega con muñecos. Entonces conocí la historia de Dilmer y supe de la existencia de Nancy, su hija. Oliverio, mi muñeco, me acompañó en aquella primera exploración. Nancy me pidió que lo hiciera hablar. Cuando Oliverio habló, Nancy, que no veía de cerca a un ventrílocuo desde la última vez que vio a su padre, lloró.

Un folleto publicitario que sobrevivió hasta nuestros días atestigua que Dilmer actuó en “Buenos Aires, Santiago de Chile, Bogotá, Lima, Nueva York, París, Ciudad Trujillo, San Juan de Puerto Rico, Caracas”. Dilmer trabajó en televisión (como Los Beatles y los Rolling Stones, estuvo en el famoso Ed Sullivan Show) y llenó grandes teatros. Fuera de la Argentina, su latiguillo más popular no era “Tranquilo, Venancio”.

–En medio de una conversación cualquiera –cuenta Nancy– mi padre le decía “Gregorio”, y Gregorio le respondía “Caballero Gregorio, distancia y categoría”, como pidiendo que se lo tratara con respeto.

Todavía mucha gente sigue diciendo “Distancia y categoría” sin saber por qué. Una famosa tienda de ropa de Venezuela usó ese slogan en sus campañas publicitarias.

Hacia fines de los 50, durante una emisión del programa Mis muñecos y yo, en Venezuela, Venancio le pidió a Dilmer que le comprara un kirikiri: una combinación de chaleco y pantalón de colores claros, muy usada por quienes desean vestir de elegante sport en los países tropicales. compuesto por un chaleco y un pantalón. Cuando terminó el programa, un emisario del dictador Marcos Pérez Jiménez –que gobernó Venezuela entre 1952 y 1958- los mandó a buscar y los llevó a un encuentro con su propio sastre, quien se ocupó de tomarle las medidas a Venancio. Días después, Dilmer recibió en su casa un kirikiri casi perfecto, excepto por un detalle: el sastre no tomó en cuenta que la vestimenta de los muñecos requiere un tajo a la altura de la espalda para que el ventrílocuo pueda manipular su mecanismo y hacer que el muñeco mueva la boca.

En 1964, en Puerto Rico, un adolescente llamado Carlos Maldonado vio a Dilmer en el programa de tevé Rambler Rendezvous. La actuación lo deslumbró. Poco después, Dilmer se presentó en el auditorio de la Universidad de Puerto Rico, ante 1500 personas. Maldonado estuvo allí.

–Fue fabuloso. Había 1500 personas y Dilmer no usó micrófono en ningún momento. Una técnica formidable, un artista extraordinario. Hasta hoy es el mejor ventrílocuo que vi en mi vida.

Separado de su primera esposa –la madre de Nancy– Dilmer vivió una vida bohemia, viajó por todas partes, se volvió a casar y el contacto con su familia se hizo un poco más espaciado. Recorrió el mundo y se convirtió en uno de los grandes ventrílocuos de habla hispana. En enero de 1983, a bordo de un crucero, Dilmer tuvo una hemorragia interna. Su hija dice que deberían haberlo bajado en el primer puerto para que recibiera la atención médica adecuada, y que eso no sucedió. Cuando lo bajaron, en Venezuela, ya era demasiado tarde para salvarlo. Nancy se enteró de la muerte de su padre en octubre de 1983, nueve meses después de ocurrida. Dice que se la ocultaron en función de oscuros intereses económicos.

Inspirado por ventrílocuos de la talla de Pepito Álvarez, Bergen, Paul Winchell y Dilmer, Carlos Maldonado decidió ser, él también, ventrílocuo. Su primer muñeco se llamó Lalo y era blanco; el segundo, Chucho, y era negro. Como Gregorio y Venancio. Allá por 1976, Carlos, Lalo y Chucho comenzaron a presentarse en la televisión portorriqueña. Fue en el show Pequeñeces, un segmento importante del programa ómnibus Dale que dale en domingo. Maldonado se dedicaba también a la dirección de televisión. Su número tuvo una gran aceptación popular, pero sin embargo, estaba disconforme. Cuando veía las grabaciones de sus shows se notaba duro, falto de gracia, aunque los espectadores pensaran otra cosa, y no soportaba los nervios que cada grabación le deparaba. Es más cómodo estar del otro lado de las cámaras, y Maldonado eligió eso. Al cabo de un tiempo, Carlos, Lalo y Chucho salieron de la cartelera de tevé. Aunque no ejerciera, su pasión por la ventriloquia no desapareció jamás: Maldonado viajó a convenciones internacionales, visitó el Vent Haven Museum, de Kentucky, coleccionó muñecos. Un día, hará unos 20 años, el ventrílocuo Tito Bourasseau le comentó que había una persona interesada en vender a Venancio y a Gregorio (No insista el lector: por expreso pedido de los protagonistas de esta historia, el nombre de esa persona no puede ser pronunciado aquí bajo ninguna circunstancia). Maldonado y el/la vendedor/a se reunieron y llegaron a un acuerdo económico. No fue difícil, Maldonado amaba a esos muñecos de cartapesta. Como vivía (vive aún) frente a la playa, los guardaba en un mueble con puertas de vidrio, para que el salitre no los afectara.

Así pasaron 20 años: Venancio y Gregorio estaban a la vista. Maldonado los sacaba para jugar, con todo el cuidado del mundo, se los mostraba orgulloso a las visitas, los limpiaba despacio con un trapo seco, los volvía a guardar.

En septiembre de 2013, Maldonado toma una decisión importante: donará a Venancio y a Gregorio al Vent Haven Museum. Un día del mismo mes descubre que en la Argentina existe un círculo de ventrílocuos. Se comunica por Facebook con el Civear, cuya cuenta es administrada por el mismo presidente del círculo, el ventrílocuo Miguel Ángel Lembo (Miguel y Pascualito). Le pregunta a Lembo si en el Civear han oído hablar de Dilmer, le sugiere la realización de un homenaje a ese gran artista argentino, y le informa que tiene a sus muñecos Venancio y a Gregorio desde hace 20 años y que piensa donárselos al Vent Haven Museum. Adjunta una foto suya con los muñecos.

Lembo recibe la noticia como lo que es: una bomba. Venancio y Gregorio, los muñecos argentinos más representativos en el mundo, siguen existiendo, y además están en perfecto estado de conservación. Los ventrílocuos argentinos lo ignorábamos; la familia de Dilmer, también.

El presidente del Civear le responde a Maldonado. Le cuenta que supo de la existencia de Dilmer a través de mi libro, que luego en el Civear se le realizó un homenaje con la presencia de Nancy, su hija, y que también estuvo presente Fernando García Montalbán, hijo de Nancy, nieto de Dilmer. Maldonado se sorprende: ignoraba que Dilmer hubiese tenido descendencia. Lembo se la juega: le dice a Maldonado que entiende que los muñecos son de su propiedad, pero le pide que no tome ninguna decisión hasta no haber conocido en persona a la familia de Dilmer. Mientras tanto, pone en conocimiento del hecho a Fernando. El 27 de septiembre, por intermedio de Lembo, Fernando le escribe un sentido correo a Maldonado:

“Hola Carlos, es un gran gusto conocerte.

Este encuentro no es casual, Dilmer, mi abuelo, el gran artista, nos unió desde el más allá.

Mi nombre es Fernando Roberto García Montalban, Hijo de Nancy Isabel Palaverccich y Roberto Garcia Montalban, nieto de Emilio Palaverccich Fernandez, que también tenía como apodo El Pala o Palaver.”

En ese correo, el nieto de Dilmer narra la historia de su abuelo con Venancio y Gregorio. También le cuenta una gira de Dilmer que se inició en enero de 1982. El ventrílocuo había prometido a su familia que esa era la última y que se instalaría definitivamente en Argentina. Durante meses, Dilmer pierde contacto con su familia.

“En octubre del 83, exactamente el 3 de octubre de 1983, llaman por teléfono a mi casa, atiende mi madre. y estalla en llanto desesperado, cuando se calma apenas me decía “El Toto”. Ese era el apodo con que lo nombraba mi madre.

La llamaron de Venezuela unos amigos de mi abuelo, buscando algún familiar Palaverccich hasta que ubican a mi madre. Pero lo más extraño es que le mencionan como fecha del fallecimiento, el día 21 de enero del 83 (…)

Por esa razón viaja primero mi padre a Perú, encuentra los restos de Dilmer allí. Luego viaja a Venezuela. Mi abuelo tenía propiedades allí, pero no recibimos nada, los muñecos Gregorio y Venancio desaparecidos. Luego viaja mi madre con el mismo itinerario y supone que Gregorio y Venancio habían sido cremados con el cuerpo de mi abuelo. al menos, eso le dijeron. Mi madre tiene hoy 79 años, mi padre 92. El hecho de volver a tener en sus manos esos muñecos sería una gloria.”

Por último, el nieto de Dilmer apela a la sensibilidad de Carlos Maldonado para intentar la repatriación de los muñecos:

“Carlos: queda en tus manos la gran decisión, donarlos al Vent Haven Museum o regresárselos a mi madre y a mí que nos corresponde por legítima herencia. (…) Sabras que hacer con Gregorio y Venancio y te agradezco desde ya por cuidarlos.

Se me ocurre que Dilmer hubiese deseado eso: que sus muñecos queden en manos de su hija o su nieto.(…)

Cualquier decisión ahora es tuya, te ruego consultes con tu corazón, considero que Dilmer te puso en aprietos. Debes ser buena persona. Un abrazo.

CUIDALOS POR FAVOR, NO PUEDO PARAR YA DE LLORAR. QUE DIOS TE BENDIGA.”

Para que no queden dudas acerca de la veracidad de sus dichos, Fernando adjunta fotos de los muñecos en su cuarto, una carta de su abuelo, fotos de Dilmer y una foto de sí mismo en la actualidad (el parecido físico entre abuelo y nieto es notable). Ese mismo día, Maldonado responde el correo a la dirección de Lembo.

Saludos Miguel: Por favor, envíeme la dirección donde voy a enviar por correo aéreo a Gregorio y a Venancio. Entiendo que es lo mejor y lo correcto de hacer. (…)

Por favor, envíele copia de este mensaje a la hija y al nieto de Don Emilio. Un fuerte abrazo y saludos cordiales.

Ahora sí, Fernando le comunica la noticia a su madre. Nancy le dice: Quiero hablar con ese señor. Nancy tiene miedo. ¿Qué se trae bajo el poncho ese señor que aparece de la noche a la mañana y se muestra dispuesto a entregar dos muñecos fabulosos que ha pagado con plata de su bolsillo, a una familia a la cual desconoce?

Nancy y Maldonado hablan por teléfono. La hija de Dilmer comprende que no hay ninguna clase de segunda intención. Maldonado les va a devolver a Venancio y a Gregorio (no es que se los haya quitado, sino que los va a devolver a sus vidas) porque entiende que es justo y nada más (y nada menos) que por eso. En medio de la algarabía por la decisión de Maldonado, el Civear y la familia de Dilmer se ofrecen a costear los gastos del envío. El portorriqueño se niega y redobla la apuesta: traerá los muñecos él mismo, en persona.

El miércoles 30 de octubre, a las 6.20 PM, parte el avión de Copa con Maldonado, Venancio y Gregorio, hace una escala en Panamá a las 8.16 PM y arriba al aeropuerto de Ezeiza a las 9.40 Am del jueves 31 de octubre. Venancio y Gregorio viajan en la gaveta del equipaje de mano. La terquedad de un pasajero llega a poner en peligro el operativo: el pasajero intenta colocar su pesado bolso sobre el que trae a Venancio y a Gregorio. Maldonado no se lo permite.

–Lo que llevo en ese bolso vale más que este avión –le dice. Y el pasajero a regañadientes, corre su equipaje de mano.

Ese mismo jueves, por la noche, en el sótano del bar Telmo, de San Juan y Bolívar –donde nos reunimos los ventrílocuos del Civear el primer lunes de cada mes– se realiza un gran acto, con la presencia de todos los protagonistas de la historia. Para mí es un día fatal: tengo cosas que hacer durante todo el día y me resulta imposible pasar por mi casa a cambiarme, pero quiero estar sí o sí. Llego al acto visiblemente transpirado. Los que me rodean disimulan el percance con amabilidad. Para colmo, Lembo tiene previsto hacerme decir unas palabras.

Sobre el escenario hay unas sillas: están Fernando García Montalbán (a quien ya conocía); el mago Héctor Carrión, que fuera amigo de Dilmer y compañero de él en la mítica EMA (Entidad Mágica Argentina) y Carlos Maldonado. Al fin lo conozco. Lo saludo como si lo conociera de toda la vida, me saluda como si me conociera de toda la vida. Tenemos mucho para hablar, pero antes tenemos que atravesar esta velada. Hay dos sillas vacías: una, para Nancy, la hija de Dilmer –que todavía no llegó–; la restante, para mí. Lembo está de pie, frente al micrófono. Al costado del escenario hay un taburete, tapado con una tela roja, del cual asoman tres pares de zapatos, o mejor dicho, tres pares de zapatitos. Ahí están, es evidente, Venancio y Gregorio, pero… ¿quién es el tercero?

De pronto la veo llegar a Nancy. Le hago una seña pero no me ve. Parece obnubilada, como en trance. Avanza hacia el escenario, camina hacia su hijo, creo que su hijo le presenta a Maldonado, Nancy lo abraza, algunos sacan fotos. Lembo la saluda. Como buen maestro de ceremonias, le indica cuál es su asiento. Nancy se sienta. Creo que no vio el taburete donde asoman los zapatos de Venancio, Gregorio y el misterioso compañero. Lembo le pide a la gente que se vaya acomodando. Toma la palabra. No me puedo concentrar demasiado en lo que dice. Estoy nervioso, porque tengo que hablar después de él, y porque no veo la hora de que levante la tela roja y pueda conocer a Venancio y a Gregorio. Llega mi turno. Trato de hacerla corta. Digo que me alegra mucho que un libro escrito por mí haya servido de disparador inicial de este reencuentro. Elogio el gesto de Maldonado.

Llega el turno de Maldonado. Dice que no le gusta hablar en público, pero es un gran orador, como toda la gente que dice que no le gusta hablar en público. Dice que, así como los alcohólicos anónimos dicen que siguen siendo alcohólicos aunque no estén bebiendo, él sigue siendo ventrílocuo aunque no esté ejerciendo. Todos nos reímos de su ocurrencia y Maldonado se relaja. Mientras el portorriqueño habla, Lembo –tan desbordado por la emoción como todos nosotros– comete un error: levanta antes de tiempo la tela que cubre a Venancio y a Gregorio. A todos se nos va la vista y a todos nos cuesta escuchar lo que dice Maldonado. Al final, Maldonado les agradece a Venancio y a Gregorio la compañía que le hicieron en estos 20 años, les dice que los va a extrañar mucho y llora. Por poco me hace llorar a mí también. Se devela el misterio sobre quién les hacía compañía: era Pascualito, el muñeco de Lembo, que los abrazaba a ambos. Tiene sentido, claro que tiene sentido. Los ventrílocuos entendemos perfectamente el significado de ese abrazo. Gregorio, más que Venancio, me produce fascinación: esa especie de increíble sonrisa entre irónica y cómplice, como si estuviera contándole sus cosas a los amigos en un bar. Actualmente existen técnicas y productos que permiten garantizar la duración de la cartapesta. Hace 90 años no existían, y sin embargo hay están los dos muchachos, impecables. Nancy no puede sacarles la vista de encima. Es lógico. A pedido de Lembo, el ventrílocuo Carlos Magó le entrega una plaqueta a Maldonado en agradecimiento por su gesto maravilloso; Pascualito, el muñeco de Lembo, les da la bienvenida a Venancio y a Gregorio en su regreso a la Argentina. Venancio lleva el kirikiri que le regaló Pérez Jiménez. Nancy, como hemos dicho, abraza a Venancio y a Gregorio, con la certeza de que jamás volverán a separarse. El último de los oradores es el mago Héctor Carrión, amigo de Dilmer. En sus ojos, más que en sus palabras, se nota que Carrión está viajando en el tiempo, está volviendo a momentos felices. Luego de la reunión, invito a cenar a Maldonado. Quiero que me cuente todo. Hacia la segunda cerveza, Maldonado me vuelve a sorprender: jura que en 2012 Hugo Chávez usó en uno de sus discursos la frase de Gregorio, “Distancia y categoría”. Apenas llego a casa, me sumerjo en Internet hasta que encuentro el video, fechado el 15 de junio de 2012. La clase media la han clasificado en clase media alta, clase media media y clase media baja, fíjate cómo nos clasifican pa dividirnos y resulta que todos deberíamos ser una sola clase. Como dijo Bolívar, “ciudadanos de un país” no ciudadanos de primera, de segunda, de tercera, de cuarta y de quinta, pero a veces nosotros mismos caemos en la trampita de esos códigos creados por quienes ven a la sociedad como escalones sociales. Nosotros somos “los de arriba” “ Distancia y categoría”, creo que decía una propaganda, y allá el perraje. No, todos somos iguales…

La alusión de Chávez puede ser correcta si remite a la publicidad de la tienda, que acaso utilizó el latiguillo de Gregorio para representar las aspiraciones de clase de sus clientes. Sin embargo, es incorrecta si nos remitimos al pobre Gregorio: un muñeco de extracción humilde que lo usa para reclamar respeto. Es muy probable que el líder venezolano ignorara el origen del latiguillo, porque en boca de Gregorio significaba exactamente lo contrario de lo que él creía.

El sábado 2 de noviembre asisto a una cena en casa de Nancy Palaverccich y su esposo Roberto García Montalbán . Además de los dueños de casa están Fernando García Montalbán, Lembo y su esposa, Alicia Paris, Maldonado y yo. La dueña de casa prepara arrollado, ensalada con tomatitos cherry, lasañas, frutillas con helado y finalmente café para todos. Vemos el video de Dilmer que acompaña esta nota. Lembo observa algo interesante: Dilmer ES Gregorio.Venancio es un niño simpático, está muy bien lo que Dilmer hace con Venancio, pero Dilmer ES Gregorio. Venancio acompaña, pero Dilmer ES Gregorio. Caballero Gregorio. Distancia y categoría. En mi libro escribí “Quién sabe dónde estarán ahora Venancio y Gregorio, si es que siguen existiendo.” Ahora sé dónde están, ahora sé que siguen existiendo. Nancy me cuenta que desde que se reencontró con sus “hermanos” los instaló en su propio dormitorio, porque le encanta verlos cuando se despierta. El sábado 2 de noviembre, sin embargo, Venancio y Gregorio están en el living, para que todos podamos verlos. Sostienen una hermosa fotografía en blanco y negro: el profesor Dilmer con su hija Nancy, todavía una niña.

Esclavos del deseo

Publicado: 10 octubre 2012 en Daniel Riera
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1. SORAYA

He visto (no me lo han contado: lo he visto) a un esclavo desnudo, que se retorcía de dolor, mascullando un ruego para que su ama dejara de castigarlo. He visto (no me lo han contado: lo he visto) a un joven arrodillado, masajeando los pies de su ama mientras ella departía amablemente conmigo. He visto cómo los latigazos sacudían la espalda enclenque de un trabajador mientras éste, con la cabeza atrapada en un cepo, le agradecía a su ama. He visto cosas aún más duras, que contaré más adelante. He visto amas de todo tipo: una, orgullosa de su condición, que se esmeraba por encontrar ideas y aparatos novedosos que le permitieran reducir mejor a sus siervos; otra, que se veía a sí misma como una prostituta que había encontrado la veta para trabajar sin que la penetraran. Una se solazaba con el castigo físico; otra prefería la dominación psicológica. Una creía que la disciplina es una terapia alternativa; otra, la consideraba un modo de diversión a costa de los imbéciles. Una me recordó a Madonna; otra, obesa y muy atractiva, a los luchadores de sumo.

He visto esclavos de muy distinto tipo, estado civil, profesión y clase social, pero todos tenían algo en común: adoraban a sus amas, las dejaban hacer.

He visto jaulas, cepos, látigos, fustas, pezoneras y muchos otros instrumentos de castigo y de tortura. He visto mordazas metálicas que mantienen la boca abierta y aparejos con sogas que retuercen el cuello.

He visto cosas que no imaginaba ver, a tal punto que por lo menos dos amas –y algunos amigos– me descolocaron con una pregunta:

–¿Por qué estás haciendo esta nota?

¿Qué fantasmas quiero exorcizar? Quién sabe. Mi respuesta probablemente no le interese a nadie.

Existe un mundo semioculto, aquí en Buenos Aires, donde las relaciones humanas se desarrollan en términos de dominante y dominado, de activo y pasivo, de ama y esclavo. Un mundo donde el castigo y la humillación son un acuerdo establecido y aceptado por ambas partes. Cuando contaba lo que había visto a amigos y a conocidos, encontré tres opiniones diferentes. Para algunos, la disciplina es una simple fantasía erótica; para otros, un negocio de mujeres astutas; para los demás, una práctica que expresa hasta qué punto la dictadura militar dejó su huella funesta en el inconsciente de los argentinos. Ninguna de las tres alcanza para definir un asunto tan complejo. Ahora sé que no basta con recortar dos o tres hipótesis al azar para explicar la pulsión que durante siglos ha llevado a algunos seres humanos a sentir placer (o mejor, goce) infligiendo dolor al prójimo, o recibiendo castigo de otros. Varios meses después de haber puesto en marcha esta investigación, todavía son más, muchas más, las preguntas que las respuestas.

He elegido este modo de empezar para desdeñar una historia más impactante, que puse y quité varias veces de la cabeza de este trabajo. Me la contó el ama Soraya, mientras sorbía un café en el bar de la esquina del prostíbulo de Villa Devoto en el que trabaja.

–Una vez le hice una traqueotomía a un tipo con el taco del zapato. Quise que comiera lo que yo había defecado, lo que nosotras llamamos “lluvia marrón”. Se rebeló y me ofuscó tanto que, sin querer, le abrí el cuello de un pisotón. Se me desmayó, lo reanimé como pude y lo mandé a la casa así como estaba. Yo los trato como lo que son: basura. Que, por otra parte, es como les gusta ser tratados. Si yo no me considerara un ser superior –al menos durante el servicio: en la calle es otra historia–, no podría hacer mi trabajo.

La segunda vez que nos vimos, más en confianza, Soraya confesó que “aquella vez sabía perfectamente que le podía agujerear la garganta. Lo que pasa es que cada uno va probando sus límites. Y cuando lo vi al tipo tan sumiso, tan rastrero, me dio tanto asco que me sacó de quicio”.

Soraya, tal su nombre profesional, es una mujer de pelo negro y ojos saltones, de aspecto arábigo, que confiesa 33 años. Sentada a la mesa de un bar, con un saco a cuadros y un jean celeste holgado, parece más una profesora de geografía que una dominatriz. A los 22 años tenía un aserradero con quince empleados, que se fundió durante el gobierno de Menem. A los 27 tuvo una hija “y ahí –no entiendo muy bien por qué, pero sé que la cosa empezó ahí– comenzó a aflorar mi costado morboso”. Dice que antes de quedar embarazada pesaba trece kilos menos y tenía una cinturita de avispa, aunque le costaba horrores mantenerse. Ahora cuenta que a partir de la maternidad comprendió que hay cosas más importantes que una cinturita de avispa. Dice que amó al padre de su hija, pero que nunca pudo funcionar sexualmente con él. Dice que tuvo su primer orgasmo a los 28 años, con su actual pareja. “Con él descubrí el amor”, revela, cursi pero sincera. Con él se desarrollaron, también, ciertos instintos.

–Estábamos haciendo el amor y sentí la necesidad de apretarle el cuello. El reaccionó para la mierda. Me dijo: “¿Qué te pasa, estás loca?”. La vez siguiente, le propuse jugar a que yo era una doctora, le até las manos y le empecé a pegar. Con él empecé a sentirme libre en la cama: me dieron muchas ganas de lastimarlo –de cortarlo con una hojita de afeitar, esas cosas– y lo hice. El nunca había hecho nada demasiado fuera de lo común en la cama. Llegué a hacerle lo que quise y le desperté la sensación de “me duele pero me gusta”. Yo no sabía lo que era la disciplina, ni que existían las amas. La prostitución empezó después, por una mala experiencia económica. Mi idea era hacer el servicio convencional, y entré en un departamento en el que había una persona haciendo disciplina. No llegó a enseñarme nada, pero, en cuanto vi los elementos que utilizaba, supe que eso era para mí.

2. BEATRIZ

Soy un voyeur, pero no observo a través de la rendija de ninguna puerta entornada. Soy un voyeur con una coartada profesional. Contemplo prácticas sadomasoquistas con un cuaderno en la mano. Anoto lo que veo. La letra es temblorosa, ni yo mismo la entiendo. Durante la segunda sesión, relato lo que veo al mic de un grabador. La voz es temblorosa, ni yo mismo la entiendo. Irrumpo en un mundo privado cuyos códigos desconozco, pero sus protagonistas me dejan entrar amablemente y exhiben para mí sus costumbres más íntimas. ¿Cómo empezó todo esto? Un aviso publicado en el diario Clarín despertó la curiosidad. Decía ama beatriz s&m. Había un teléfono. Llamé a Beatriz, di un nombre inventado y le mentí que pretendía ser su esclavo.

–Te estás confundiendo. Yo no soy el ama Beatriz sino Sofía, su brazo derecho. ¿Tenés alguna experiencia?
–Ninguna –le dije.
–¿Qué es lo que más te interesa? ¿Bondage, spanking, adoración de pies, quemaduras con cera, cautiverio, degradación de sentidos, transformismo, cambio de roles, humillación, servidumbre?
–Servidumbre –precisé–. Después, lo que mi ama quiera.

Concertamos una entrevista, a la que no asistí. Al poco tiempo volví a llamar y me atendió Beatriz. Con sentido común de ama, preguntó:

–¿Cómo sabés que querés ser mi esclavo si ni siquiera me conocés?

Para evitar confusiones, me aclaró que jamás tenía sexo con sus esclavos. Me dijo que podría estar un tiempo a prueba, pero que sería su esclavo sólo si satisfacía sus exigencias.

La tercera llamada la hice como periodista, sin máscara. Beatriz dijo que aceptaría una entrevista sólo si, luego de conocerme, concluía que estaba dispuesto a trabajar con seriedad. Colgué el teléfono y me fui para su casa. Llegué a las 7 y media de la tarde. Salí a las 3 de la mañana.

3.BEATRIZ (II)

Beatriz, alias el ama beatriz, es una deslumbrante rubia de ojos verdes que ha ganado cierta fama en el ambiente sado de Buenos Aires. Su temprana retirada la convirtió en un mito viviente: durante la elaboración de esta nota se enamoró del hombre que había organizado su página de Internet, liberó a sus esclavos y dejó la disciplina. Al menos, eso me dijo cuando la vi por última vez.

La primera ocasión en que nos encontramos, me recibe en su departamento de Congreso con un conjunto de top y pantalón plateados. Durante la charla, el teléfono no para de sonar. Desde la cocina, Sofía toma los llamados y los ordena en ficheros escolares y en la computadora. Beatriz fuma mucho, un Marlboro tras otro, y toma cafés, uno tras otro, hasta que pasamos al mate.

–Tengo muchos esclavos, entre los permanentes y los ocasionales. Los ocasionales son los que pagan una sesión para que los discipline; gente que viene con una fantasía determinada y después no vuelve. Los permanentes tienen que reportarse todos los días y venir a verme cuando yo quiero. Son los esclavos más interesantes, los que establecen un vínculo. A esos no les cobro, a lo sumo les ordeno un regalo de cuando en cuando. Soy una ama noble: doy premios y castigos. No me gustan los gritos, trato de usted a mis esclavos y no me gusta lo burdo. Todo lo que hago tiene un sentido estético y un sentido erótico.
–¿Para qué le sirve a tus esclavos la disciplina?
–La disciplina es una terapia alternativa, una situación liberadora.
–¿Para vos o para ellos?
–Para ambos.
–¿De qué los libera?
–De las sombras. Todos tenemos sombras. Yo no disfrutaría si viniera alguien y me pidiera que lo mate. Para mí, la disciplina busca el mejoramiento interior. El mayor problema que tienen los seres humanos es la culpa. Un esclavo que requiere latigazos y fustazos en la cola está sufriendo una regresión a su niñez, a un pasado culposo del que le cuesta zafar. Entonces, aquí, es un esclavo con su ama, para poder ser libre afuera, en el mundo. Si alguien quiere pinzas en los testículos o en las tetillas, es porque tiene un rollo con la castración. Cuando el esclavo cambia de fantasía, ya superó las razones que generaron la fantasía anterior. Tuve un esclavo con el que llegamos al límite de todo. Lo salvé. Primero quiso transformismo y cambio de roles (vestirse de mujer, jugar un papel femenino, ser penetrado). Después me pidió látigo, marcas; después, que lo quemara con cigarrillos; y, al final, unos días de reclutamiento, encerrado en mi casa. Fue el más fiel de los esclavos. Hoy está curado. Tan curado que ahora tiene una esclava (se ríe).
–¿Y cómo te liberás de tus propias sombras?
–La condición de ama tiene una contradicción básica. Cuando te limitás a ejecutar la fantasía de otro, así te pida que lo destroces a latigazos, sos pasiva. Me suelo cansar de esa contradicción. Entonces le pregunto al tipo: “¿Qué es lo que no quiere?”. Y hago lo que no quiere. Cuando soy totalmente activa es cuando más me divierto y cuando me libero de mis sombras. Cuando un tipo me dice “no quiero marcas, porque llego a mi casa y me matan a palos”, le digo: “Estoy harta de hacer lo que usted me pide, no voy a respetar ningún límite, y si usted quiere, se puede ir ahora mismo”. Por supuesto, en esos casos nadie se quiere ir, y yo los dejo repletos de marcas.

De tanto en tanto, Beatriz toca una campanita de bronce. Ante cada tañido, Sofía sale de la cocina y se acerca a ver qué precisamos. Si el cenicero está repleto de colillas, se lo lleva y lo trae vacío. Si Beatriz le pide que cebe mate o que prepare café, ceba mate o prepara café. Sofía tiene 22 años y es una gordita agradable, pero no demasiado llamativa. No termino de comprender qué tipo de relación las une. La duda, lo admito, me inquieta.

Cuando Beatriz no me escucha, se lo pregunto a Sofía.

–¿Sos su esclava?
–No, su secretaria.

Cuando Sofía está en la cocina, se lo pregunto a Beatriz.

–¿Es tu esclava?
–No, es mi secretaria y una amiga. Ella estudia psicología. Los casos que ve acá le vienen bien para aprender y, de paso, se gana un sueldo.

Más tarde, cuando Sofía ya se ha ido a dormir, Beatriz me muestra algunas fotos: distingo a su secretaria en esa mujer con los ojos vendados, atada de pies y manos.

–Una noche tenía ganas de hacer un poco de bondage y, digamos, Sofía se prestó gentilmente –dice, y me guiña un ojo.

Beatriz fue la primera persona dedicada al s&m que conocí. Había llegado a la cita cargado de prejuicios. Esperaba encontrarme con un monstruo: una mujer siniestra que se aprovechaba de gente débil para satisfacer sus bajos instintos. La mía –lo entendí después– era una especulación un tanto simplista. Aunque no me cerraban del todo sus argumentaciones, Beatriz me cayó bien. Parecía una chica culta, sensible, inteligente. La primera conclusión que saqué fue alentadora: no lidiaría con demonios medievales sino con seres humanos.

4.STOLLER Y LA BIBLIA

Leo el libro dolor y pasion. un psicoanalista explora el mundo sadomasoquista, de Robert J. Stoller. Explica Stoller: “…mis informantes sadomasoquistas tienen algo que decir acerca del valor de una comunicación franca, al menos cuando se hace el amor. Reside en ello, tal vez, otra de las irónicas bromas de Dios: podemos aprender algo sobre el amor en los melodramas del daño. El Libro de Job –ese prodigioso texto sadomasoquista– siempre fue el libro de cabecera de los grandes cómicos. Los sadomasoquistas que conozco sienten que salvan sus almas –y se mantienen vivaces en un universo ajeno– al arriesgar su pellejo”.

El Libro de Job es parte de la Biblia, en el Antiguo Testamento. Job, dice la Biblia, era “íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. Para demostrarle a Satanás que Job era un hombre probo, Dios lo autorizó a derramar toda clase de calamidades sobre él, pero, eso sí, le prohibió matarlo. El maligno hizo que le robaran los bueyes y los asnos, que mataran a algunos de sus criados, que sus diez hijos murieran aplastados por el derrumbe de su propia casa y, para completar su obra, hirió a Job sembrando en su cuerpo llagas ardientes.

Durante el tiempo que duró ese tormento, Job llegó a desear la muerte, pero siempre aceptó la voluntad de Dios y jamás renegó de su creador. Finalmente, el Padre restauró el bienestar. El fiel Job murió a los 140 años: su amo celestial había dejado que el diablo le arruinara la vida sin ningún motivo, tan sólo para demostrarle al maligno cuán fiel era su servidor.

5.PICANAS Y SUBMARINOS

Las historias que se cuentan en esta nota transcurren en la Argentina, un país en el que los centros de tortura fueron, hace dos décadas, una herramienta para el sometimiento y la muerte de varios miles de personas. ¿Hasta dónde, entonces, puedo considerar todo esto como un simple juego erótico?

El tema de la dictadura surgió desde el principio durante las charlas con todas las amas aquí entrevistadas. Beatriz, Soraya y Sandy –tales los nombres de las tres protagonistas de esta nota– eligieron diferenciarse de los torturadores. Palabras más, palabras menos, explicaron que quienes deciden someterse a sus designios son adultos que hacen uso de su libre albedrío. Es decir, que eligen someterse. “Ni se te ocurra compararme con Videla o Massera porque te cago a trompadas”, quiso bromear Soraya. Sin embargo, a lo largo de casi un año de trabajo escuché frases como estas:

. “En disciplina se usa mucho el cigarrillo. Inspira terror. A mí me gusta cagarme de risa y decirles a los tipos: «No tengo cenicero», y aplastarles las colillas en la pija o en los huevos.” (Soraya)

. “Una de las cosas que más me excita es la asfixia del esclavo cuando lo estoy estrangulando. Pero tengo que parar cuando me excito más, porque si no lo mato.” (Beatriz)

. “En una relación con un esclavo permanente, si te manejás bien, vas a lograr que en algún momento él mismo te pida la picana.” (Sandy)

. “Me gusta el terror que inspira tener un arma y, de pronto, gatillarla. El esclavo no sabe si tengo o no tengo una bala. Lo hice tres veces y en una no me animé a gatillar, porque el esclavo era tan cagón que tenía miedo de que se muriera de un ataque al corazón.” (Soraya)

. “Una vez salió en el diario que un señor había desaparecido. Estaba acá, haciendo reclutamiento. Lo tuve nueve días en mi jaula, comiendo del plato del perro. Después, cuando salió, dijo que había desapa- recido por razones personales.” (Beatriz)

. “A veces les hago submarino, hasta que llegan al límite de la asfixia. Me tienta la posibilidad de equivocarme y pasarme de rosca. Hasta ahora nunca me pasó. Pero si pasa, sé técnicas de reanimación.” (Soraya)

. “Tengo dos picanas: una de 220 y una más chiquita, de 12 voltios. La de 220 la use en tres oportunidades, y en una me pegué un cagazo bárbaro. Lo tenía al tipo atado, boca abajo, y me dije: «¿Dónde tiro el cadáver?». Desde un punto de vista moral, no tendría ningún problema en matarlos. El problema es legal. Quiero decir, no los mataría como una asesina, pero si alguna vez se me fuera la mano, no sufriría. Haciendo esto entendí a qué llamaban los abogados «emoción violenta».” (Soraya)

. “Si alguien está de acuerdo conmigo y le gusta que agarre la picana, me parece totalmente sensual y erotizante, tanto para mí como para el tipo. Si las dos personas están de acuerdo, no creo que haya perversión.” (Sandy)

6. LA LEY

El doctor luis moreno ocampo y la doctora Alicia Isola son especialistas en casos de violencia sexual del estudio Moreno Ocampo y Asociados. Les ofrezco para su lectura el apartado “Picanas y submarinos”. Lo leen con asombro y estupor. Parecen disfrutar –si cabe el término– cuando analizan la cuestión. Como no existe jurisprudencia sobre el tema, todo análisis legal es, en cierto modo, novedoso.

“Lo que diferencia a quien se somete a un acto masoquista de una víctima de la tortura es la voluntad de la víctima”, precisa Moreno Ocampo. “La pregunta es: ¿cuál es el valor del consentimiento? ¿Hasta qué punto la integridad física es un bien del cual una persona puede disponer? Es complicado, porque los delitos de lesiones son de acción pública, es decir que el Estado debe intervenir si toma conocimiento de que se produjeron. El dilema es averiguar hasta qué punto el consentimiento de la víctima puede exculpar al autor, si es relevante para evitar que la otra persona sea perseguida penalmente.”

Para la doctora Isola, si existiera una causa por lesiones derivada de un acto sadomasoquista, el juez debe cotejar cuál de los dos derechos es más importante: si el derecho individual a ejercer la libertad sexual o el derecho del Estado a preservar la integridad física de los ciudadanos.

–Si la víctima negara haber prestado su consentimiento, aun cuando se tratara de una relación sadomasoquista, la otra persona se vería envuelta en un serio problema legal –dice la doctora Isola–. Supon- gamos que la causa por lesiones haya sido iniciada por un tercero: la madre de la víctima, por ejemplo. Luego se presenta ante la Justicia la supuesta víctima y dice que consintió en que lo flagelaran. No creo que le den demasiada relevancia a su testimonio. En los casos de violaciones, la Justicia es muy sensible al tema de la integridad física y seguramente el juez le prestaría mucha atención al grado de las lesiones: si la lesión infligida fuera “grave” o “gravísima”, el consentimiento de la víctima no tendría demasiado valor. En términos legales, es un conflicto similar al que plantea la eutanasia: tu consentimiento pierde validez en tanto estés consintiendo actos que afectarán tu integridad física, sobre la cual no podés decidir. A la hora de inclinar la balanza entre el ejercicio de la libertad sexual y la protección de la integridad física, supongo que la mayor parte de los jueces de la Justicia argentina –que es muy paternalista– optaría por la última.

Según el artículo 90 del Código Penal, “se impondrá reclusión o prisión de 1 a 6 años si la lesión produjere una debilitación permanente de la salud, de un sentido, de un órgano, de un miembro o una dificultad permanente de la palabra o si hubiere puesto en peligro la vida del ofendido, le hubiere inutilizado para el trabajo por más de un mes o le hubiere causado una lesión permanente del rostro”. El artículo 91 señala que “se impondrá reclusión o prisión de 3 a 10 años si la lesión produjere una enfermedad mental o corporal, cierta o probablemente incurable, la inutilidad permanente para el trabajo, la pérdida de un sentido, de un órgano, de un miembro, del uso de un órgano o miembro, de la palabra o de la capacidad para engendrar o concebir”.

La doctora Isola observa que un juez debería tomar en cuenta la intención del autor, pero que en el caso de una práctica sadomasoquista –concebida al efecto del castigo– le será muy difícil a los abogados demostrar el carácter culposo o accidental de la lesión.

7. SANDY

Un cristo barbado de yeso, vestido con una túnica blanca, me saluda cuando ingreso en el pequeño departamento del ama Sandy. En una de las paredes cuelga un póster de Queen; sobre una repisa, una galería con Venus de todos los tamaños. Sobre otra de las paredes, una colección de fotos familiares de diferentes épocas. Son todas mujeres. La bailarina del tutú, allí, es la madre de Sandy; una de las dos nenas que se multiplican es la propia Sandy; la otra, su hija adolescente.

Sobre la mesa del living, los teléfonos no paran de sonar. Sandy atiende mientras mastica ajíes en vinagre. Tiene armado un speech para no perder tiempo, y lo suelta en tono hot-line.

–Soy pelirroja, de ojos celestes, y mis medidas son 145-120-180. ¿Escuchaste bien? ¿No te desmayaste todavía?

En efecto, Sandy es inmensa. Tiene 29 años, el físico de una luchadora de sumo (después me contará una anécdota fellinesca: una vez un cliente enano le propuso dedicarse al milenario deporte japonés) y el “glamour” de una vedette. Desde muy chiquita tuvo fantasías sadomasoquistas.

–A los 11 años me gustaba soñar que me raptaba un ejército de árabes, que me castigaban, me orinaban y me violaban entre todos. A los 14 me colé en un cine para ver la película Historia de O (1975, Just Jaeckin), a los 16 empecé a jugar con un flaco muy dominante y me convertí en su esclava. Lo nuestro duró casi dos años, hasta que conocí a un amigo de él, que era completamente sumiso. Durante un tiempo fui ama y esclava al mismo tiempo. Disfrutaba de las dos cosas.
–¿Y ahora?
–Si encontrara algún amo, disfrutaría. Pero hoy, para que lo reconozca como mi amo, tiene que ser súper. Y como no existe, me encanta mi papel de ama. No soy fetichista. Me gusta el castigo, el bondage (ataduras), pero sobre todo esa relación de enamoramiento que tiene que haber entre el esclavo y el ama. Para mí la cosa no pasa por vestirse de cuero, por los modos autoritarios de la disciplina alemana o por el teatro. Me interesa la dominación erótica. Soy muy perversa y muy irónica. Si te pongo en una cama de torturas, y me visto de cuero y agarro unas agujas, no te voy a sorprender. Al fin y al cabo, sabés que venís acá para eso. Es muy distinto, digamos, si te meto en mi cama, jugamos con miel, te la chupo y, cuando menos te lo esperás, agarro las mismas agujas y te las clavo. Me encanta ser imprevisible, que me tengas miedo porque no sabés cómo puedo llegar a reaccionar.

Para Sandy, el sadomasoquismo y su departamento son una burbuja perfecta. Casi no sale de su casa, no lee diarios, no mira televisión ni escucha radio. Es profesora de inglés, dejó Psicología en primer año y se interesa por la parapsicología, el tarot y las terapias alternativas. Vive con su hija, y atiende en la zona de Tribunales. Tiene dos tipos de esclavos: los que la visitan por una fantasía sexual, a los que consigue a través de los avisos clasificados de Clarín, y los esclavos permanentes, que recluta a través de contactos y de avisos que publica en la revista Sexhumor.

–A la mayoría de los candidatos los descarto por teléfono, porque al escucharlos enseguida me doy cuenta de que están boludeando. A otros les doy una entrevista y luego de un ratito de charla se tienen que ir porque sé que no sirven. Después están los menos, los que aprueban la entrevista. La edad no me interesa, pueden tener entre 18 y 54 años. La obligación de ellos es llamarme todos los días para ver cómo estoy y, bueno, después les pido lo que se me ocurra. Trato de no joderlos en su vida cotidiana. Por más ama que sea no voy a hacer que un tipo deje a su esposa y sus hijos por mí. Soy perversa, pero no malévola.

8. HISTORIA

El sadomasoquismo –aunque no tuviera esa denominación– empezó mucho, muchísimo antes de la irrupción en la literatura erótica, a fines del siglo XVIII, del emblemático marqués de Sade. El primer registro de una práctica sadomasoquista se encuentra en Satiricón, novela escrita por Petronio alrededor del año 65 de la era cristiana. El autor refiere la historia de la sacerdotisa Oenothea, que consiguió la erección de Encolpio azotándole el vientre y el ombligo con ortigas verdes.

La siguiente referencia histórica aparece recién once siglos más tarde, según lo precisa el historiador británico Ian Gibson en su libro El vicio inglés: en el anónimo Cantar del Mío Cid, el autor relata con evidente placer el modo en que los Infantes de Carrión azotan a sus mujeres:

Las damas mucho rogaron, más de nada les sirvió;empezaron a azotarlas los infantes de Carrión,con las cinchas corredizas les pegan sin compasión,hiérenlas con las espuelas donde sienten más dolor,y les rasgan las camisas y las carnes a las dos,sobre las telas de seda limpia la sangre asomó.

El primer texto considerado un clásico del sadomasoquismo es Confesiones (1782) de Jean-Jacques Rousseau, anterior a Sade y a Sächer Masoch. El pensador francés describe allí cómo encontró el goce a los 8 años, a partir de los azotes que le propinaba su tía. Nueve años más tarde, el marqués de Sade publicó su célebre Justine o los infortunios de la virtud.

El término masoquismo fue acuñado, más de un siglo después, por el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing en su libro Psychopatia Sexualis (1886), y hace referencia a Sächer-Masoch; el concepto de sadismo, de origen algo más impreciso, nace en Francia a mediados del siglo XIX.

La mayor parte de los instrumentos de tortura y dominación utilizados en la actualidad en las prácticas sadomasoquistas surgieron en los tiempos de la Inquisición, el tribunal eclesiástico formado en el siglo XIII para castigar a los herejes, que alcanzó su apogeo en el siglo XVI. De allí provienen la sala de torturas o mazmorra (que hoy utilizan muchas amas), los cepos, los potros de tormento. Los látigos son más antiguos: fueron utilizados en el Imperio Romano.

Durante la Edad Media, la Iglesia promovió la autoflagelación y el ascetismo como un camino hacia la perfección espiritual y a la purificación de los pe- cados. Este tipo de prácticas cayó en desuso, pero jamás ha sido condenada por la jerarquía eclesiástica y, aun hoy, sectores reconocidos e influyentes del catolicismo, como el Opus Dei, continúan estimulando la “mortificación piadosa” entre sus miembros.

En noviembre de 1993, en la revista La Maga, amparada por el nombre ficticio de Adriana, una ex integrante del Opus confesaba al periodista Julio Spina: “El cilicio se usa dos horas por día y consiste en un entramado de alambre con púas hacia adentro, que se ata alrededor del muslo. Como lastima mucho hay que cambiar de pierna. Y el problema es en el verano, porque no se puede usar malla, ya que se notan las cicatrices. Las disciplinas son instrumentos de mortificación medieval y se trata de cuerdas que terminan anudadas y se aplican en los glúteos una vez por semana, mientras se reza una oración. Cuánto más larga es la oración, mejor, porque se purifican más pecados ya que se sufre más”.

9. BEATRIZ (III)

La tercera o cuarta vez que visito a beatriz me invita a cenar. Ñoquis caseros con manteca y pollo al espiedo de rotisería. Durante la comida suena el portero eléctrico.

–Es Jonathan –informa Sofía.
–Decíle que mañana lo llamo, que ahora estoy con un periodista, y que más tarde va a venir un esclavo.
–Cierto, tiene que venir 304 –recuerda.

Beatriz había conocido a El Inglés durante un viaje. Habían conversado y, cuando Jonathan quiso saber de qué trabajaba, ella le dijo la verdad.

–No bailó en una pata, pero no salió corriendo, y eso ya es bastante. Ahora vino a Buenos Aires y me está despertando sentimientos que tenía guardados. Hace mucho que no tengo una pareja como cualquier hijo de vecino.
–Te estás enamorando…
–No creo que sea para tanto. 07 y 304 lo odian. Están celosos.
–¿Salieron?
–Una sola vez. Pasé una noche similar a la que puede vivir cualquier chica de mi edad, pero diferente para mí. Fuimos a un restaurante japonés y comimos pescado crudo [sushi], un asco total. Por un momento creí que él me estaba disciplinando (risas).
–¿Te gusta?
–Es una persona muy interesante, un tipo acostumbrado a que las mujeres se le tiren encima. Puede mover una montaña si se le ocurre y dice que soy su destino. Torturado morirá. (Se ríe. Luego imita el acento de un inglés que apenas chapurrea el castellano.) “Si quieres puedes atarme un poquito, pero no me pegues con tu látigo porque yo no disfruto de esa manera.” Se bancó que hasta ahora yo no quisiera la penetración. Es evidente que le gustan las mujeres con carácter, porque si no no podría soportarme. (Se ríe de nuevo.)
–…
–¿Vos creés que la mujer maneja porque ella quiere, o porque la dejan?
–No sé, supongo que las dos cosas –mascullo no del todo convencido cuando toca el timbre 304. No me resulta sencillo relacionar a la chica que a gatas disimula su fascinación por un caballero apuesto que la llevó a comer sushi con la dominatriz que dedica su vida a someter a sus siervos.

No sé el nombre de 304, ni creo que corresponda preguntárselo. Bastante con que me permite participar de su mayor secreto. 304 es un muchacho alto, delgadísimo, de unos 35 años, parecido al reverendo Marilyn Manson. Como el reverendo, él también es músico. 304 le dedicó a su ama un modesto tema instrumental. Yo lo había conocido algunos días antes, pero me había retirado poco antes de que fuera disciplinado. Ahora, arrodillado en el piso, masajea sonriente los pies de Beatriz mientras ella departe conmigo. Sé que lo va a someter en mi presencia y no estoy seguro de querer estar presente. En realidad, sé que deseo estar presente, pero me cuesta aceptarlo..

10. LOS PRIMEROS SADICOS

“(…) aun no toque las zonas que mas me interesan: los orígenes de los guiones sadomasoquistas. Desafortunadamente, no tengo fundamentos sólidos sino únicamente indicios, como la necesidad que todos experimentamos de dominar los traumas y frustraciones originados en los «sádicos» de la infancia y la niñez: nuestros padres. Tengo, sin embargo, una hipótesis que exige confirmación clínica: los grandes traumas y frustraciones de los inicios de la vida se reproducen en las fantasías y comportamientos que constituyen el erotismo adulto, pero ahora la historia termina bien. Esta vez, ganamos. En otras palabras, el comportamiento erótico adulto contiene el trauma precoz. Ambos encajan: los detalles del guión adulto cuentan qué le pasó al niño. Los analistas, entonces, somos detectives que tratamos de reconstruir los sucesos originales.”

(De “Dolor y pasión. Un psicoanalista explora el mundo sadomasoquista”, de Robert J. Stoller. Editorial Manantial.)

11.CONTRATO

Leo el contrato de sometimiento escrito por un esclavo de Sandy y firmado por ambos. Se titula Sumisión y parámetros de la obediencia del esclavo a la voluntad de el alma.

1) El esclavo estará totalmente sometido a la voluntad de el ama.

2) Estará siempre desnudo con un collar o cadena en el cuello en su calidad de tal (aun ante terceros).

3) Para someter al esclavo, el ama lo azotará cuando lo desee. El esclavo, con la sola palabra “suelo”, se pondrá de rodillas con la cabeza en el suelo para que el ama, o quien ella disponga, lo azoten. Los azotes serán del vigor necesario para que queden marcados con la finalidad de que el ama pueda mostrarlos a terceros.

4) En ningún momento podrá mirar la cara de el ama o de terceros. De hacerlo será castigado. El ama le dirá la palabra “suelo” y lo castigará con dos azotes.

5) Habiendo terceros presentes, el esclavo hará o dejará que le hagan lo que el ama disponga (que lo penetren, que acaben en su boca o que lo orinen) o, si ella lo desea, que lo azoten.

6) Toda vez que un tercero (activo) mujer/hombre requiera la presencia de un esclavo, por las razones que sean, en otro lugar que no sea la casa de el ama, ella le ordenará su presencia al esclavo, sin consultar al mismo (el ama le explicará al tercero los parámetros de consulta del mismo, que son los mismos de este contrato).

7) Cada vez que el ama lo desee, el esclavo se amamantará de los senos de ella en señal de dependencia y sumisión absoluta hasta crear dependencia de este acto en el esclavo.

8) Cuando el ama lo crea oportuno le hará realizar un tatuaje (por encima de su pene) a su gusto. El esclavo deberá mostrar el tatuaje, sin objeciones, a quien ella quiera y en el lugar que ella desee. El ama hará trabajar al esclavo para solventar el gasto. El esclavo jamás utilizará calzoncillos, de modo que el ama pueda mostrar su tatuaje con solo bajarle los pantalones.

12. EL MARQUES

“Apenas amanecio, el 3 de diciembre de 1814, el conserje de la Maison de Santé de Charenton, un inmenso asilo de dementes en las cercanías de París, se puso su capote y su bufanda, ensilló un caballo viejo y lo hizo trotar hasta la prefectura de Policía. En las alforjas llevaba una notita de cuatro líneas, nada del otro mundo, en la que se informaba al prefecto sobre este percance: “Ayer, a las diez de la noche, el recluso Donatien-Alphonse-François, marqués de Sade, de 74 años, murió como consecuencia de una fiebre gangrenosa”. El difunto había pasado casi la mitad de su vida en prisión.

“A un siglo y medio de su muerte, el Divino Marqués afronta todavía más condenaciones y procesos que los acumulados en su vida. Sin embargo, desde que lo rescató el poeta Guillaume Apollinaire, elevándolo a una jerarquía casi mítica, estas mudanzas de su suerte se compensaron con la influencia arrolladora que ha ejercido sobre el arte contemporáneo.

“La filosofía sádica tuvo que cargar con un persistente malentendido: la suposición de que el éxtasis erótico es imperfecto si no media el dolor físico. Después de Apollinaire, los surrealistas y los epígonos de Jean-Paul Sartre pusieron esa filosofía en su punto justo, definiéndola como un camino para oponerse a la moral en uso, una fórmula para destruir el mundo por amor. (…)”

(Revista “Primera Plana”, 1964, a propósito de la proyección en el Festival de Venecia del filme japonés “Hakujitsumu”, de Tetsuji Takechi (inspirado en textos del marqués de Sade.)

13.DELEUZE

“¿Sade y Masoch son investigadores clínicos? Es difícil considerar al sadismo y al masoquismo en el mismo plano que a la peste, la lepra o la enfermedad de Parkinson. La palabra enfermedad no se adecua a ello. Pero, por otra parte, Sade y Masoch nos presentan agudos cuadros sintomáticos. (…)

“Existe la intención persuasiva y educadora. Ya no estamos ante un verdugo que se ensaña con la víctima gozando cuanto menos lo consiente ella. Por el contrario, nos hallamos ante una víctima que necesita un verdugo, que necesita formarle, persuadirle y aliarse con él para su sorprendente cometido. Por eso en el lenguaje masoquista son frecuentes pequeñas notas con declaraciones amorosas.

“Nada de esto, en cambio, existe en el verdadero sadismo. El masoquista rige sus relaciones por medio de contratos, mientras que el sádico abomina de ellos. Este exige la inclusión de aquél en relaciones contractuales.

“(La Iglesia) distinguía con claridad dos tipos de relaciones diabólicas, o dos proyectos fundamentales: una por posesión, y otra por pacto, o alianza. El sádico piensa en términos de posesión instituida; el masoquista, en términos de alianza contractual. La obsesión propia de todo sadismo es la posesión; la del masoquismo, el pacto. El masoquista necesita formar a la mujer déspota, debe persuadirla y hacerla firmar. Es esencialmente un educador y, por supuesto, corre todos los riesgos del fracaso inherentes a cualquier cometido pedagógico.”

(De “Presentación de Sächer Masoch”, Gilles Deleuze. Editorial Taurus.)

14.07

Falta una hora para que llegue 07. beatriz ordena el living y la sala de torturas y pone Erótica, de Madonna. Veronica Louise Ciccone es uno de sus puntos de referencia estéticos. Una colección de máscaras decora la pared más grande del living. De una arcada cuelgan un aparejo con una soga que llega hasta el piso y un collar. Parece un instrumento tenebroso, pero no termino de entender para qué sirve.

–¿Para qué sirve?
–Poné la cabeza ahí, que te muestro.
–¿Te parece?
–Dale, bobo, no te voy a hacer nada…

Beatriz ajusta el collar y luego empieza a tirar despacio de la soga. Me está torciendo el cuello.

–Ya entendí.

Me desata y sigue acomodando todo. Distribuye candelabros de velas rojas por las cuatro puntas del living, trae un látigo y una fusta y los apoya sobre un sofá, enciende las velas y apaga las luces. Saca el cd de Madonna, pone algo de Wagner. De pronto apaga la música y parece que el living se descomprimiera.

–Así va a quedar todo, ¿ves?

Antes de la llegada de 07, Beatriz me cuenta su niñez en Villa del Plata, un pueblo cercano a la Ruta 2, camino de Chascomús.

–De chiquita no tuve muchos juguetes, pero tuve esclavos, que tienen mucho más valor. Tenía un gran poder sobre mis amiguitos. Los ataba en los árboles con unas sogas y les pegaba con ortigas… Jamás jugué a las muñecas. Siempre me gustaron juegos como hacer un pozo en la tierra, meter a la persona hasta la mitad del cuerpo, atarlo con una soga y querer sacarlo. Soy la creación de un chico que se crió conmigo, con el que aprendimos juntos todo esto. Cuando yo tenía 14 años y él 16, me dijo que quería dormir atado debajo de mi cama. De coger ni hablar… Cuando él tenía 18 años y yo 16, ya estaba totalmente sometido a lo que yo le pidiera y fabricaba sus propios elementos de tortura: látigos, cuerditas, soguitas para hacer estiramientos… La primera eyaculación que tuvo fue de esa manera… Nunca tomamos al sexo convencional como lo máximo, sino como una posibilidad más.

Después hablamos de bueyes perdidos. Dice que Sofía trata de convencerla de que se dedique a diseñar ropa, que tiene talento para eso y, quién te dice, algún día… Dice que dejó una novela por la mitad y que ahora está escribiendo otra.

–Es sobre una mujer que está entre rejas por haber asesinado a su madre y a su padre, después de haberlos tenido un tiempo en cautiverio.

No digo nada. Llega 07. Está de traje y tiene un maletín.

15.SACHER-MASOCH

El termino masoquismo fue acuñado por Leopold Sächer Masoch, quien nació el 27 de enero de 1835 en Lemberg, entonces parte del imperio austrohúngaro. Juan Jacobo Bajarlía, en su Breve diccionario del erotismo y poemario satírico, entrega esta semblanza del hombre que “era demasiado sensible y de niño se sintió atraído por una parienta suya, la condesa Xenobia, al parecer muy hermosa, a la que solía ayudarle cuando se vestía. Se cuenta que en cierta ocasión le besó los pies al colocarle los escarpines. Ella respondió con un golpe suave y una sonrisa, y el niño sintió que un fuego lo devoraba. Pero aún no conocía a la condesa. Sólo la sabía autoritaria, hasta que cierto día descubrió lo que nunca más habría de borrársele de su sedienta imaginación. Jugaba entonces al escondite con sus hermanitas, cuando se le ocurrió ocultarse en el guardarropa de la condesa. Y estando allí, entró repentinamente en la alcoba la hermosa mujer que le atraía. Estaba desnuda, con un abrigo de pieles sobre los hombros, y a su lado, el amante. Leopoldo contempló la escena. Vio cómo la condesa acariciaba al hombre. Pero en ese instante entró el marido acompañado por dos amigos y sorprendió la infidelidad. Ella no se amilanó. Cogió un látigo y lo descargó sobre los intrusos. El amante aprovechó la coyuntura para fugarse. Leopoldo quiso hacer lo mismo y fue descubierto. La condesa, entonces, dirigió su furia contra el niño, a quien arrojó al suelo y azotó despiadadamente sujetándolo con una rodilla sobre su espalda. El castigo le produjo placer. Sintió la extraña sensación que ya había experimentado cuando la condesa lo golpeó el día aquel en que había besado sus pies”.

16.07 (II)

07 tiene 34 años y es un muchacho corpulento al que se le están volando las chapas. Trabaja en una compañía de seguros. Apenas deja el maletín, Beatriz le ordena que lave los platos y ordene la cocina. Se saca el saco, se afloja la corbata, se arremanga la camisa y empieza.

–El señor es periodista. Puede conversar con él mientras trabaja.
–Tengo novia, una relación de pareja sin convivencia. Ella no sabe nada. No puedo definir con palabras precisas lo que siento por el ama. Lamentablemente, soy más esclavo de mi trabajo que de ella. (Risas.) Pero el vínculo que tenemos es muy importante, por todo lo que encierra: fantasías, magia. No la considero un ser superior, pero la admiro.

Cuando termina, Beatriz ya está cambiada. Trocó su pollera larga neohippie por el conjunto plateado que llevaba el día que la conocí.

–Vaya a desnudarse, idiota –le ordena–. Tardó mucho con esos platos.

Diez minutos después, la música de Wagner hace vibrar las ventanas del departamento. 07 sale del baño desnudo y gateando.

–Levante ese papel del suelo, idiota, y tírelo a la basura.07 levanta el papel con la boca y se incorpora.¿Quién le dijo que se levante, idiota?

07 pasa frente a mí. El celofán que lleva en la boca es el envoltorio de una casete que utilicé un rato antes. Beatriz le pega fustazos en el culo, enciende una vela y le ordena que le lama los tacos de los zapatos. Mientras 07 lame, Beatriz le derrama la cera caliente sobre la espalda. 07 hace alguna mueca, pero parece bancársela. A puro fustazo, Beatriz lo lleva a la sala de torturas. Lo que sigue durante más o menos una hora y media es una espiral de flagelaciones que parece no tener fin. Le pone pinzas en las tetillas, unidas por una cadena de la que tira con regocijo. Le pone pinzas similares en los testículos. Le cuelga una especie de plomada de pesca de los testículos, le enrosca el pene con tubulátex, el material que usan los médicos para amarrar el brazo durante las transfusiones de sangre. Cuando no soporta el dolor, 07 grita “real”: es su código de piedad, la palabra que tiene que pronunciar para que su ama aminore el castigo.

–Usted está muy debilucho hoy. ¿Quiere ser transferido? –pregunta, y le pega un latigazo en la espalda.
–No, ama.
–¿Quiere ser transferido? –eleva la voz, y le pega un latigazo más fuerte que el anterior.
–No, ama.
–Entonces compórtese como un buen esclavo.

Beatriz le mantiene abierta la boca con la mordaza metálica. Le ordena que ponga su cabeza y sus brazos en un cepo de madera. 07 obedece. Todavía carga con pinzas y plomadas. Beatriz enciende un cigarrillo y le tira la ceniza en la boca. De tanto en tanto, escupe en ella. Pienso que si algo le molestara en este momento, 07 no podría gritar “real”. Beatriz lo saca del cepo y lo lleva de nuevo al living. Enciende dos velas y le descarga la cera caliente sobre la espalda. Mientras la cera se seca, le pega latigazos en la espalda y fustazos en el culo. En la carne se dibujan las marcas del castigo. Le saca las esposas, le amarra el cuello con su látigo. Tira de las dos puntas del látigo. El se está asfixiando. Beatriz se ríe. Le saca las pinzas de los testículos y el tubulátex del pene del modo más brusco posible y le ordena que se acueste boca abajo, en el piso. Apoya su taco sobre la espalda de 07. Lo pisa. Vuelve a ahorcarlo con su látigo. Beatriz le ordena que se masturbe. 07 tiene dificultades para concentrarse (luego él me dirá que lo inhibía mi presencia). Beatriz le ordena que se bañe y que limpie la cera del piso. Eso hace.

17. TRISTE Y ENFERMO

“El sadomasoquismo es una conducta del sujeto que se somete a sus pulsiones sexuales, que entraría dentro de lo que se llama una perversión. El sadismo es la necesidad que se tiene de hacer sufrir al otro para obtener satisfacción, y en el masoquismo, ese otro es el mismo sujeto. Por eso se llama sadomasoquismo, porque no hay un masoquismo sino un sadismo del mismo sujeto que caiga sobre él. El dolor, como la satisfacción, como el deseo, juega un papel importantísimo en la vida de un bebé. Entonces no es extraño que ese dolor padecido deje una marca en la vida sexual del sujeto. Esta es para mí la razón de ser del sadomasoquismo. La agresión, que es algo previo al sadismo, se encuentra en todos los sujetos porque es necesario agredir –vaciar el pecho de la madre, por ejemplo– para poder sobrevivir. Pero el sadismo no es necesario para sobrevivir, es una consecuencia de algún dolor infligido en un sujeto pequeño.

“No debemos olvidarnos de lo que Freud llamaba «masoquismo moral»: la gente acepta ciertas cosas porque está acostumbrada a la práctica del dolor. No hay que separarlo del sometimiento social. El sadomasoquismo es una práctica patológica porque no se puede prescindir del dolor para seguir adelante. Es probable que la práctica sadomasoquista sea un intento de elaboración de uno de esos dolores arcaicos que tenemos los seres humanos. Pero no creo que imitando lo traumático se logre superarlo. Jugar con el dolor intenso es una práctica masoquista y enferma. El dolor es estructurante del sujeto, favorecer el dolor como conducta masoquista o sádica me parece muy triste. Si efectivamente el sadomasoquismo es la teatralización de un dolor infantil, si son los padres los que están ahí, ¿no sería deseable no llevárselos a la cama?

(De un diálogo con la doctora Libertad Berkowiez, directora de la Asociación para la Investigación Científica y Epistemológica, apice.)

18.UN ESCLAVO DE SORAYA

Jorge tiene 32 años, el cabello enrulado y la piel cobriza. Ha ido a clubes de swingers, ha practicado ménages-à-trois y ahora está entusiasmado con la disciplina. “Mi esposa es muy cerrada, qué va’cer. Le tiré onda para hacer algunas cosas pero ella nunca quiso saber nada.” Ha pagado 100 pesos para que el ama Soraya lo castigue esta tarde. Soraya está vestida con un body negro, medias negras y zapatos de taco alto. De movida, le ordena que se meta en un cepo y le descarga una salva de latigazos. Luego lo quema con cera en la espalda, le ordena que abra las piernas y refuerza el concepto con fustazos en las pantorrillas. Toma dos velas. Con la más corta descarga cera sobre los testículos y amaga quemarle el pene con el fuego. Apaga la vela más larga y le calza un preservativo. Con esa vela penetra a Jorge. Luego me guiña un ojo.

Como cada vez que he asistido a sesiones de dominación, siento el peso de mis contradicciones. Soraya me convirtió en su cómplice y, cuando me di cuenta, era demasiado tarde para arrepentirme. Al involucrarme, me convirtió en objeto de su dominio.

Jorge se va y no le pregunto nada a Soraya sobre lo que acabo de ver. Habla de su hija con tanto amor que me atrevo a suponer que daría su vida por ella. Todas las noches le lee cuentos y libros de historia.

–Quiero darle todas las herramientas para que el día de mañana pueda elegir. Si mi hija me sale puta, me muero.

19.SADO UNDER

Laura Barranco tiene 34 años, una figura imponente e investiga en sus performances escénicas las posibilidades artísticas del s&m. “Un diseñador me regaló un tapado de cuerina negra, que me dio una sensación única de poder. Así empecé.”

–Fuera del escenario, he tenido algunas experiencias sado con mi marido, siempre en el lugar de el ama, y la pasé muy bien. En mi vida privada es una opción más, pero no la más importante.
–¿Aplicás castigos en escena?
–Sí, pero soft… Aplico el frío: agua helada, hielo; amordazo con vendas, gasas, ato con la soga, y uso gillettes, esas cosas. Juego con consoladores, pero no llego a penetrar; una vez sí lo hice con otra chica, porque me pareció gracioso. Sola sí hice cosas más fuertes. Una vez me metí una tijera en la vagina, y bailé con la tijera puesta. Me la podría haber incrustado, pero en ese momento no lo pensé. Otra vez, mi asistente estaba atada y le corté las medias con una gillette que tenía en la lengua.

20.FEMINISTAS

Intento hablar con silvia chejter, del cecym (Centro de Encuentros Cultura y Mujer), en busca de una perspectiva feminista sobre el sadomasoquismo. La señora Chejter declina la invitación y ofrece, en cambio, dos ensayos de feministas lesbianas, “uno a favor, otro en contra”. En su libro La herejía lesbiana, Sheila Jeffreys incluye un ensayo categórico desde el título: Sadomasoquismo: el culto erótico del fascismo. Escribe Jeffreys: “Una práctica sexual deseable descansaría sobre la reciprocidad, los cuidados y la igualdad. Lo cual es naturalmente un anatema para quienes defienden el s&m”.

Escribe Gayle Rubin en Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad, incluido en la compilación Placer y peligro, de Carol Vance: “La homosexualidad promiscua, el sadomasoquismo, el fetichismo, la transexualidad y los encuentros que traspasan la barrera generacional son todavía vistos como horrores incontrolados, incapaces de incluir afecto, amor, libre elección, gentileza o trascendencia. (…) Una moralidad democrática debería juzgar los actos sexuales por la forma en que se tratan quienes participan en la relación amorosa, por el nivel de consideración mutua, por la presencia o ausencia de coerción y por la cantidad y calidad de placeres que aporta”.

21.SADO PUNK

Lorena Colotta es la cantante de primeras impresiones, una banda punk que utiliza el sado como centro de su propuesta artística; el grupo fue telonero de Marilyn Manson durante una de las visitas del reverendo a la Argentina. En los conciertos de su banda, Lorena –una chica bellísima que se gana la vida como modelo– se viste con ropas de ama. “Somos un grupo de voz podrida y música pesada”, define. “Nos gusta la estética del sado y las letras tienen un doble sentido: la agresividad del sado puede ser interpretada también como protesta social.”

22. IRONIA

“Hay en el s&m una ironia evidente sobre los lazos sociales: en un momento en que las mujeres pueden, a través del feminismo, quejarse de los varones y su machismo, aparecen unos tipos que dicen: «Yo soy un perro, domíneme, haga de mí lo que quiera». Es una inversión irónica de una reivindicación social. Las relaciones de humillación y de dominio están en el tejido social, pero son utilizadas para transformarlas en una forma de goce.

“La otra cuestión es la recreación de un lazo adulto-niño. Hay uno que tiene el poder sobre el otro, pero el que no tiene el poder (el masoquista) es el que dicta las reglas sobre el que tiene el poder, cuando la educación nos ha mostrado lo opuesto: que el poder del adulto dicta las reglas sobre el que no lo tiene, que es el niño. Entonces uno puede ahí repetir activamente lo que se ha sufrido pasivamente.

“Ahora, para entender lo que Freud llama «perversiones», hay que quitarle el matiz psicopatológico, en el mismo sentido en el que Freud decía: «El neurótico –es decir, cualquiera– pide prestado su fantasma al perverso». Lo que se puede llamar perversión es la puesta en acto de fantasías de todo el mundo. De ahí la atracción social por las prácticas perversas: nadie es indiferente a esas prácticas por la razón de que todo el mundo se habrá excitado alguna vez con la idea de pegarle a alguien o que alguien le pegue a uno, ¿no?

“No hay una causa unívoca para explicar la práctica del s&m, como no la hay para cualquiera de las actividades humanas. Para algunos, el s&m puede ser una experiencia liberadora, mientras que a otros los puede volver locos.

“No sé si el s&m consiste exactamente en hacer que el dolor se convierta en goce. Una cosa es decir que el dolor es igual al goce, y otra cosa es decir que funciona como vehículo hacia el goce. Pero todo esto no lo podemos saber si no lo investigamos. La cuestión en el psicoanálisis no es qué opino yo de este chico, es qué opina él de sí mismo. El tema del dolor es muy complicado: no sé cuál es la función que cumplen los golpes en un tipo que quiere ser golpeado; conozco la que cumplen en un tipo que no quiere ser golpeado. Sin ser sadomasoquista, cualquiera que alguna vez se haya agarrado a trompadas con alguien sabe que no ha sentido los golpes mientras se los daban. El dolor es un elemento patético, pero hay que ver cómo funciona en el interior del que lo soporta.”

(De un diálogo con Germán García, director de la Escuela de Orientación Lacaniana.)

23.RESPETO

“Cualquier acuerdo entre dos personas que buscan el goce merece respeto. El sadomasoquismo es una forma de goce, una práctica sexual que tiene la misma jerarquía que cualquier otra, y resulta chocante para la mayoría de la gente porque es todo lo contrario de la idea de matrimonio que el sistema idealiza: la luna de miel y todo eso.

“El dolor es una forma desesperada de comunicarse. Atravesar el dolor puede ser el puente para el recuerdo, el precio para recuperar el vínculo con la madre. El sádico a veces quiere comunicarse a través del dolor que le produce a la víctima.

“Nunca tuve pacientes sadomasoquistas: sí mujeres que si no eran golpeadas no podían tener orgasmos. He trabajado en clases populares, marginales: allí la violencia es tan grande que la idea exquisita de convertir el dolor en placer no existe, es más clásica la idea de aguantar el dolor. Dentro de la tribu existe una forma de iniciación muy violenta. Cuando un pibe quiere entrar en una barra, los otros pibes se lo cogen de una manera muy violenta. Si grita, si no se lo banca, no entra; si se lo banca, sí. Es como matarlo y luego hacerlo renacer, un test para que no entre cualquiera que sea flojo.”

(De un diálogo con Alfredo Moffat, director de la Escuela de Psicología Nacional.)24.304

La primera parte de la sesion de beatriz con 304 no difiere demasiado de lo que he visto con 07, excepto que a 304 lo mete, en cuclillas, en una jaula de 1 metro 20 de alto, con las muñecas esposadas. Desde afuera de la jaula, Beatriz descarga cera, fuma y escupe sobre la boca hiperabierta del músico. La segunda parte es distinta a la anterior. Según la definición técnica de Beatriz, lo que veremos ahora es una combinación de “degradación de los sentidos” con transformismo. Beatriz llama así al acto de inhibir en los esclavos la respuesta a los estímulos que ella misma provoca.

–Vístase como usted sabe –ordena Beatriz a 304.

En el dormitorio, Sofía lo ayuda a cambiarse. Vuelve vestido y maquillado como una señorita. La música ya no es Wagner: ahora es Madonna. Erótica. El juego se llama “transformismo”: 304 debe seducirla, bailar para ella, lamerle los pies. Recibe algunos fustazos, pero no mucho. A veces, Beatriz le acerca la boca, para que la bese, o los pechos, para que los toque. 304 no lo hace. Sabe que si se atreve será castigado.

25.FIN

Lo de Beatriz y Jonathan no funcionó. Tiempo después, Beatriz se enamoró del hombre que había puesto su página en Internet y largó todo. Dentro de la jaula donde guardaba a sus esclavos, ahora hay una maceta con un potus. Soraya está ahorrando para poner su propio departamento y Sandy está muy feliz con sus esclavos, pero quiere más.

Amigos y conocidos opinaron que estas prácticas no son del todo legítimas, en tanto en algunas hay dinero de por medio. Una sentencia disfrazada de lógica, pero contaminada por la moral. No estoy seguro de que sea así: el poder del dinero no siempre corrompe la autenticidad de los impulsos.

He visto cosas que no soñaba ver, he variado constantemente entre la fascinación, el morbo, la culpa, el miedo y el espanto. Supongo que los esclavos voluntarios no son esclavos, al menos no en los términos abolidos por la Asamblea de 1813. Acaso sean esclavos de sí mismos. Supongo que, por eso mismo, tampoco los amos son del todo amos. Todo bien, pero algo no cierra. Me cuesta aceptar con naturalidad la carga erótica de las torturas. En parte, quizá, porque vivo en la Argentina. Me pregunto si me hubiera bancado presenciar una sesión de disciplina con picanas.

El desconcierto fue una de las claves de este recorrido. Cuanto más veía, cuanto más escuchaba a las amas y a sus esclavos, menos entendía. Tal vez el error inicial estuvo en buscar una razón de ser, una sola, para los hábitos de personas tan disímiles. ¿Cuáles son los límites que se pueden cruzar en las relaciones humanas? La respuesta está en el fondo de la conciencia de cada uno de nosotros. Y es intransferible.

18/2/2006, 22:50, Río de Janeiro.

Parece románticamente gracioso o graciosamente romántico que Keith Richards tome su guitarra y se ponga a cantar un tema que se llama This place is empty delante de más de un millón de personas, en el concierto más grande de toda la historia de la música, sobre un escenario de 22 metros de alto, 28 metros de ancho y 60 metros de profundidad montado frente a la playa de Copacabana, en Río de Janeiro. Y ahí estoy yo ahora: en el centro del universo, frente al escenario, delante de todo, y ahí están ellos, tocando gratis para la gente y los veo en tamaño natural, como si estuviera en un teatro, y no lo puedo creer.

18/2/2006, 19:07, Río de Janeiro.

Me fundo frente al escenario en un abrazo de seis brazos con mis amigos Diego Perri y Marcelo Sonaglioni. Diego y Marcelo son coleccionistas y fans y entienden de qué se trata lo que vamos a vivir dentro de menos de tres horas. Hay gente en los balcones de todos los edificios de la Avenida Atlántica, hay gente sobre la avenida y gente sobre la playa y gente en los yates sobre la costa. Hay lenguas que caminan por todas partes. Hay un dirigible sobrevolando la zona y hay un dirigible, de pronto, en la pantalla gigante (bien gigante), un dirigible con una lengua, una lengua que sobrevuela una gran metrópoli, una lengua que se apresta a aterrizar sobre nosotros, y ahí está Keith, señores, Jumping Jack Flash, nada menos, y en seguida Jagger dice Hola, Rio, hola, Brasil y empieza It ‘s Only Rock ‘n’ Roll, y no sé a quién mirar, porque si lo miro a Mick me lo pierdo a Keith y si lo miro a Ronnie me lo pierdo a Charlie. Es increíble: los vi en el 94, los vi en el 95, los vi en el 98, y este show es mejor que todos los anteriores. Me parece que hay un par de pifies en Wild Horses. ¿Por qué, entonces, estoy llorando?

17/2/2006, 12:30, Río de Janeiro.

Estoy frente al hotel Copacabana Palace junto a cientos de fans que esperan desde la vereda que alguno de ellos se asome por la ventana y salude, sonría, haga un gesto, una señal, cualquier cosa, lo que sea, mientras en frente, sobre la playa, terminan de montar el escenario donde mañana veré a la banda. Me topo con un paraguayo que los vio 41 veces. Me dice que van a tocar solo media hora, que por eso aceptaron reducir su cachet.

—¿De dónde sacaste eso?
—Es un hecho. Ya lo sabe todo el mundo -dice el paraguayo, imperturbable.
—¿Y por qué solo media hora?
—Porque el cachet que les pagaron alcanza solo para eso.
—No puede ser, sería una catástrofe.
—Es lo que yo digo. Va a ser una catástrofe.

Lo que sabe “todo el mundo” es que el show tiene que terminar antes de la medianoche, porque en caso contrario, la empresa promotora deberá abonar una multa de 125 mil dólares. Lo que no queda claro es antes de cuál medianoche debe terminar el show, porque el 18 de febrero en el Brasil hay dos medianoches: a las 12:00 de la noche hay que atrasar el reloj una hora y vuelven a ser las 23:00 No deja de ser maravilloso que la noche de las dos medianoches sea justo la noche que tocan los Rolling Stones. En el lugar donde los Stones brindan el concierto más grande de la historia de la música, el día tiene 25 horas.

17/2/2006, 16:30, Río de Janeiro.

Desde uno de los balcones del Copacabana Palace, Ron Wood saluda a la multitud, agita los brazos, payasea. Se agradece. Están ahí. Estoy acá. Somos vecinos. Durante dos días, ellos y yo viviremos sobre la misma avenida. El 19 de febrero, ellos y yo nos iremos a Buenos Aires.

18/2/2006, 22:30, Río de Janeiro.

La versión de Midnight Rambler es uno de los grandes momentos de un show pródigo en grandes momentos, un show que en sí mismo es un gran momento.

17/2/2006, 14:30, Río de Janeiro.

Me cuelgo, orgulloso, mi credencial en el cuello e ingreso sin problemas en el Copacabana Palace. En eso baja Bobby Keys con la esposa. Bobby es el saxofonista de los Stones desde antes de que yo naciera. El saxo de Brown Sugar, por ejemplo, lo toca él. Pero está con la mujer y están saliendo de paseo… ¿Qué puedo hacer antes de que se vayan? Bueno, grito Ey, Bobby, y Bobby se da vuelta y sonríe, y sonrío. Le digo Nice to meet you y le extiendo la mano. Me la estrecha, como un caballero. A ver si nos entendemos: los dedos que tocan el saxo en Brown Sugar o en Can’t You Hear Me Knocking se estrechan contra los míos. Los mismos dedos con que Bobby toma por la cintura a su esposa hasta que salen del hotel y se pierden con rumbo desconocido.

21/2/2006, 18:30, Buenos Aires.

Llego al estadio tres horas antes del concierto, pero la gente que tiene tickets para el campo forma una fila de siete cuadras. Me topo con una pareja amiga que llegó a las 5:00 de la tarde. Me ayudan a ahorrar una cuadra y media. Logramos entrar recién a las 9:30 de la noche. Quince minutos después se apagan las luces. Afuera hay cuadras y cuadras de gente que compró su ticket y no logró entrar. Afuera hay un descontrol que puedo imaginar pero no ver, porque felizmente quedé del lado de adentro. Suena el teléfono celular de mi amiga. Su madre quiere saber si está bien. La televisión está mostrando en directo una batalla entre policías y espectadores. Los Stones arrancan con Jumping Jack Flash.

18/2/2006, 23:50, Río de Janeiro.

Termina el concierto y caminamos detrás del escenario, hacia el sector de prensa. Nos permiten cruzar por el mismo puente gigante que va desde el escenario hasta el Copacabana Palace, el mismo puente por el cual vino y se fue la banda. Desembocamos frente a la piscina del hotel, en una fiesta de puta madre con baile, tragos, mujeres hermosas. Subimos al entrepiso: el corista Bernard Fowler besuquea a una menina, el tecladista Chuck Leavell se sirve un plato de fideos; la sexy Lisa Fischer come solita, sentada en el suelo, recostada contra una columna.

El salón está decorado con fotos en blanco y negro, autografiadas, de los visitantes ilustres. Por lo que veo, aquí estuvieron todos: Carmen Miranda, Sartre y Simone de Beauvoir, John Wayne y, entre muchos otros, claro, Mick Jagger. ¿Y si me robo el cuadro firmado por él? No puedo descolgarlo sin que nadie me vea, por menos luz que haya en este salón. Existen grandes, enormes posibilidades de que me caguen a trompadas, me metan preso, me deporten, quiero decir, robar es un delito y si uno, para colmo, está en un país que no es el suyo, el problema se agrava, sería el fin de mi carrera profesional, tal vez, y aún así evalúo el robo con seriedad, porque no deja de ser una foto autografiada de Mick Jagger. Y además está enmarcada.

Ey, esa que está ahí es Jo, la mujer de Ronnie. Ey, ese es Ronnie. ¡Ronnie! Está tomando una cerveza. Parece contento. Ese que está ahí es Keith. ¡Keith! Está con Patti, su mujer.

—Está hermoso -dice Marcelo, muy seriamente. Asiento.

Y ese que está ahí es Jagger. ¡Guau! Los tres están sentados en unos sillones en una especie de Vip improvisado, separados del resto de la fiesta por un corredor de sogas rojas y una mesa de madera repleta de manjares. Nos asomamos al borde de la soga, al borde de la mesa. Nos gratifica el solo hecho de saber que están tan cerca. Entre la mesa con los manjares y la pared hay un espacio delgadísimo. Una chica que debe medir 1,75 y debe pesar 45 kilos lo advierte y pasa por allí sin inconvenientes. Mis proporciones son diferentes a las de ella. Quiero decir, yo mido 1,79 y peso 95 kilos, no creo que pueda… Me atasco entre la mesa y la pared, y un security de proporciones parecidas a las mías, pero de masa muscular más sólida, me viene a echar con los mejores modales. Come on, man, enjoy the party, you can’t stay here. Jagger se pierde por una puerta por la cual no podemos seguirlo. Keith sale del megavip con Patti rumbo a un ascensor. Diego lo persigue con su pocket. Cuando lo alcanza, tiene la delicadeza de pedirle permiso para retratarlo. Keith le hace un gesto que quiere decir No, por favor, estoy cansado. Diego respeta la voluntad de Keith. Nos hemos jurado no robarles una foto jamás: los amamos demasiado para eso. La puerta del ascensor se cierra. Ronnie se queda un rato más, por suerte. En cuanto Ronnie decide irse, la fiesta ha perdido su razón de ser: las mujeres hermosas se nos antojan feas, los manjares se vuelven insípidos, las cervezas se calientan y nos vamos. En Buenos Aires habrá otra oportunidad.

21/2/2006, 22:25, Buenos Aires.

Los vasos de Coca-Cola vacíos no son buenos para derribar a las chicas que están subidas al hombro de sus novios. Lo mejor son las botellas de agua mineral de medio litro. Cuando sienten el impacto, las chicas comprenden que deben bajarse para que puedan observar el show quienes están detrás. Mi puntería es buena. Por eso puedo ver sin interferencias cuando Jagger se sienta al piano para cantar Worried About You.

En el medio de Midnight Rambler, Keith se apoya sobre el hombro de Mick. La pantalla gigante registra la escena y el mundo se paraliza.

23/02/2006, 18:00, Buenos Aires.

Diego me dio un pase que me permite acceder al lugar más cool de todo el estadio: el Rattlesnake Inn, un lounge al lado del camarín de la banda. Estoy presente en el momento en que entran al estadio. Keith y Ronnie están despatarrados en uno de los carritos que se utilizan para sacar fuera de la cancha a los jugadores lesionados en los partidos de fútbol. En el carrito de atrás van Charlie Watts y el bajista Darryl Jones. No sé por dónde habrá entrado Jagger: tal vez, simplemente haya llegado antes que nosotros. A las 7:00 de la tarde abren las puertas del Rattlesnake Inn. Diego me cuenta que Charlie se pasó aquí buena parte de la previa al show del 21, que Ronnie y Keith se hicieron ver un poco (no demasiado) y que Mick se mantuvo escondido. Adelanto la cena. Me sirvo ojo de bife, pastel de carne, kebab, un poco de tarta de frambuesa. Luego empiezo a caminar. Todos menos Charlie salen del camarín al Rattlesnake Inn y del Rattlesnake Inn a los pasillos del Monumental: Mick está de negro, Ronnie y Keith, de azul… Lo bueno de que hayan salido es que volverán, y cuando vuelvan, los veré de nuevo.

Vuelven, sí, los veo de nuevo. Pasan directamente al camarín. Si tan solo se quedaran aquí unos minutos… No está permitido tomar fotos, pero me han dicho que el 21, Ronnie accedió a retratarse con un par de fans que se lo pidieron educadamente. Marcelo y Diego están muertos de pena: sencillamente, no aceptan que no suceda nada. De pronto, Jane Rose, la mánager personal de Richards, los ve con cara de pollos mojados y les dice Come on. Muerto de envidia, los veo perderse por la puerta negra. Emergen con una foto con Keith y la satisfacción del deber cumplido.

Ey, ese que está ahí no es… Qué pregunta estúpida, claro que es Charlie Watts. Si lloro antes de pedirle la foto lo voy a asustar, tengo que calmarme. Lo saludo, Hello, Charlie, nice to meet U (nadie me echa, qué bueno), with all respect (no me huye… ¡genial!), You know, the emotion. tartamudeo. I don ‘t wanna bother you (¡me sonrió!). Would you let me take me a picture with you? Me contesta Yes, Ok, no problem. Viene Santiago, amigo, ex manager de Charly García, con su camarita. Le atravieso la espalda con el brazo a Charlie (Watts), nos sacamos la foto. Ya está. Thank you very much, Charlie. Podría hablar una hora y media sobre él, pero me quedo sin palabras. Ahora sí, me largo a llorar como un niño. Ahora estoy hecho. A las 20:50, una hora exacta antes del show, desalojan el Rattlesnake Inn. Los Stones se quedan solos, concentrados, y yo me voy a mi platea a esperarlos.

23/02/2006, 21:50, Buenos Aires.

Uno de los tipos que está tocando sobre el escenario es mi amigo, el baterista, el que se saca fotos conmigo. Este show es mejor que el del 21, que era, a su vez, mejor que el del Río. Este show es, por lo tanto, el mejor que vi en mi vida. Llueve mucho, mucho, y ellos salen con sombreros y con pilotos, y, con la excepción de Charlie, tocan con esos sombreros maravillosos. La pantalla altera su rutina cuando tocan Rain Fall Down y, por supuesto, muestra imágenes del diluvio que se cierne sobre Buenos Aires.

Hoy se les da por tocar Angie -y ahí es tanto lo que lloro que una chica se acerca a consolarme-, hoy se les da por tocar Gimmie Shelter, hoy vuelven a tocar Get Off Of My Cloud… De un concierto al otro hay nada menos que seis temas diferentes. Cuando, en la mitad del show se mudan al centro del campo, descubro que mi ubicación en la platea General Belgrano es la más adecuada para el escenario “B”. Jagger está desaforado devolviendo las remeras sudadas, empapadas, que le arroja el público. Afuera, la policía está desaforada reprimiendo a los miles de muchachos que trataron de pasar sin su entrada.

Después de la secuencia de superclásicos que termina en Satisfaction, los saludos a la gente y algún tibio amago de fuegos artificiales opacado por la lluvia, la lengua roja que lame la pantalla gigante anuncia que, ahora sí, todo terminó, que quién sabe cuándo volveré a ver a los Rolling Stones.

Al día siguiente, lo llamo a Santiago para que me mande mi foto con Charlie Watts. Santiago me dice qué lástima que nos desencontramos ayer, te llevaba a la fiesta.

—¿Qué fiesta? -le digo.
—La del Four Seasons. Fuimos a las 3:00 de la mañana con Charly (García). Después apareció Maradona.
—No me digas nada, no sigas -le digo, y cuelgo el teléfono.