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1. Registro de una captura

En la mañana del viernes 9 de enero de 1981, un comando armado asaltó un taller de imprenta ubicado en la Avenida Cuscatancingo, de San Salvador. Hacía cinco meses que la guerrilla había atacado siete guarniciones militares en el interior del país, y apenas semanas atrás, en diciembre, había anunciado la inminencia de una “ofensiva final”. Esta sería ejecutada al siguiente día, 10 de enero y así El Salvador entraría plenamente a la guerra. Pero aquella mañana de viernes no se sabía lo que estaba por venir, y en un taller de imprenta de la Dirección de Publicaciones del Ministerio de Educación, siete hombres trabajaban como en un día cualquiera. Uno de ellos era artista y serigrafista. Cuando el comando armado ingresó al taller, todos temieron por sus vidas. Aquel comando estaba integrado por agentes de la Policía Nacional.

Los sacaron a la fuerza y los subieron a un camión. Luego se los llevaron al cuartel central de la PN, “el castillo”, en el centro capitalino.

A los capturados se los llevaron por ser miembros de la Asociación de Empleados del Ministerio de Educación (AEME), “la cual es un grupo de fachada del Bloque Popular Revolucionario (BPR)”, escribió la PN, en un registro en el que además se asegura que utilizaban ese taller del Ministerio de Educación para imprimir propaganda de “esa organización clandestina”.

Jesús es un hombre pequeño que ronda los 60 años y trabaja en una oficina del segundo gobierno de izquierdas del FMLN. La guerra, la represión y la persecución, en teoría, han quedado atrás, en el olvido.

Cuando a Jesús lo capturaron, hace 34 años, lo acusaron de pensar distinto y por oponerse al régimen desde una organización clandestina. Algo le hicieron mientras estuvo capturado, y eso lo dejó marcado. Nuestra llamada lo sorprende, pero accede a cruzar palabras cuando le explicamos que un amigo en común nos refirió.

“Entonces, Jesús, sabemos de su captura. ¿Puede contarnos qué le ocurrió?” Jesús pregunta en dónde obtuvimos la información. Le explicamos. Luego dice que no quisiera hablar, que recordar ese episodio le trae recuerdos desagradables, que después de la captura “y lo que me hicieron, hui del país. No pensaba volver, pero luego volví, con la paz…”

Le enviamos a Jesús, por correo, una copia del registro de su detención, la número 8 del libro “capturas más relevantes realizadas por la Policía Nacional desde 15OCT979 a la fecha, de personas relacionados con actos de subversión y terrorismo”. El libro de capturas está fechado el 24 de abril de 1984, fue elaborado por el Departamento II de la PN, la rama de inteligencia, dedicada a labores de espionaje para perseguir objetivos políticos.

Jesús responde el correo, y es la última vez que dirá algo sobre su registro de captura. De nada sirven los ruegos. Él no quiere revivir ese episodio, y lo resume así:

—Muchas gracias, acuso recibo de su correo y archivo adjunto. Estoy sorprendido de ver el documento, escrito en las viejas máquinas de escribir de la época, que aún remueve la memoria personal…

En realidad, estos libros remueven la memoria nacional.

2. El sendero del libro amarillo

El libro de capturas más relevantes de la PN no es el único. Hay otros. Por ejemplo, uno que también habla de registros de capturas, lo llamaremos libro de viajes por lo pintoresco de su título: “Resumen de capturas realizadas por la Policía Nacional de personas por participar en actividades de tipo subversivo-terroristas y que han manifestado haber viajado a países comunistas, así: a Rusia, Cuba y Nicaragua”. Este libro también fue elaborado por del Departamento II de la PN. En él hay más registros de capturas fechadas desde el “150CT979”. Para esa fecha, hacía tres meses que los sandinistas habían triunfado en Nicaragua. La última fecha de actualización dice “San Salvador, 29 de marzo de 1985”, es decir, menos de un año después de iniciar el gobierno del presidente José Napoleón Duarte.

Podríamos decir que solo en estos dos libros, elaborados por una de las oficinas de inteligencia contrainsurgente de la Fuerza Armada de El Salvador, hay 496 registros de capturas de salvadoreños, y que 90 de ellos se convirtieron en fantasmas luego de haber caído en manos de la Policía Nacional, uno de los tres cuerpos más temidos en los años de las dictaduras y de la guerra civil salvadoreña.

Pero eso no sería del todo cierto.

Los fantasmas no existen.

En esos dos libros hay información sobre hombres y mujeres de carne y hueso -como Jesús-, con identidad y parentela, muchos hasta con edades, profesiones, lugares de origen y residencia; muchos otros hasta con direcciones de trabajo.

Estos dos libros, junto a otros seis documentos, conducen hacia un Estado que espiaba, perseguía, capturaba, interrogaba, torturaba, desaparecía, asesinaba.

Los libros evidencian, además, que la información obtenida en los interrogatorios era utilizada para continuar con la persecución y para entender el funcionamiento de la guerrilla, los nombres de sus mandos, su estructura y su despliegue territorial.

En otros dos libros, catalogados como “secretos”, la Fuerza Armada hace un dibujo pormenorizado del organigrama y el funcionamiento del Partido Comunista y las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), y en ellos se menciona que están hechos para ser compartidos con la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos. Lo de “secreto” no es gratis. La palabra en mayúsculas “SECRETO” acompaña, centrada y en negritas, el inicio y pie de página, de las más de 70 hojas que componen cada libro.

La presentación de uno de ellos es más que clara: “Estudio sobre las fuerzas terroristas salvadoreñas –Partido Comunista Salvadoreño”.

El prólogo de este documento, además, comprueba un doble discurso del gobierno estadounidense respecto a su papel en la guerra, en el que criticaba al Estado y a la Fuerza Armada salvadoreña por las violaciones a los derechos humanos, pero al mismo tiempo se nutría de la información que se recopilaba en El Salvador luego de persecuciones, capturas y torturas. Al menos estos libros indican que fue así hasta 1986, dos años después de los intensos debates en el congreso estadounidense para cortar la ayuda militar a El Salvador, y tras las visitas del vicepresidente George Bush y del secretario de Estado George Shultz a El Salvador, en las que reclamaron por el uso excesivo de la fuerza.

“Este estudio es para compartir descubrimientos analíticos con la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos relacionados con la estructura de fuerzas terroristas dentro. Este estudio reemplaza y pone al día el estudio 16-86, con el título Fuerzas Terroristas Salvadoreñas-Partido Comunista”, se lee en el prólogo del libro sobre el Partido Comunista, cuya última fecha de actualización es “diciembre de 1986”.

Otro de los libros es un compilado de crímenes que hasta 1991 la PN le endilgaba a la guerrilla salvadoreña, incluido el asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero. Repetimos: la sección de inteligencia de la Policía Nacional, todavía en 1991, 11 años después del magnicidio del Arzobispo de San Salvador, sugería que sus asesinos habían sido “terroristas-subversivos”.

Aunque no toda la información en este libro es falsa.

De los 32 crímenes que la PN le atribuía a la exguerrilla, en 1991, siete fueron validados por la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas. Entre estos el asesinato de José Antonio Rodríguez Porth, ministro de la presidencia del primer gobierno de Arena, asesinado el “081509JUN989” junto a su guardaespalda, Benjamín Pérez.

El sexto libro contiene un “análisis político-militar sobre las agrupaciones terroristas” que la inteligencia de la PN hacía sobre la guerrilla, y el séptimo es el resumen de una investigación de espionaje tras la caída de uno de los fundadores de las FPL, Felipe Peña, en 1975.

En ese libro se reproduce parte de los hallazgos de inteligencia policial al momento de dar con el paradero de Peña en una “casa de seguridad”, y narra el enfrentamiento entre Peña, su compañera de vida, y los agentes de la PN. El documento revela, además, una “lista de funcionarios y otros que estaban fichados por guerrilleros”. La lista está compuesta por 41 nombres, entre ellos el teniente coronel José Guillermo García que a la postre se convertiría en general y ministro de la Defensa para los primeros años de la guerra, así como los empresarios Roberto Hill y Archie Baldocchi. La hermana de Felipe Peña, Lorena Peña, presidenta de la Asamblea Legislativa, revisa este documento con paciencia y confirma que en efecto su hermano era líder fundador de las FPL, que en esa casa de seguridad residía y que mucha de la información que hay sobre sus actividades es cierta. “Pero estas cosas deben analizarse en su respectivo contexto. ¿Por qué se hacían esas cosas? ¿Para qué era esa lucha? Era para combatir un régimen, un sistema que no dio ninguna otra vía de solución pacífica a ese conflicto”, dice.

La fuente que hizo llegar el documento en el que se habla sobre Felipe Peña dijo a El Faro que “este es el verdadero libro amarillo, elaborado por la guerrilla para eliminar a sus objetivos políticos”, en alusión a la revelaciones sobre el libro amarillo, divulgadas en 2014 por investigadores estadounidenses, y que vinculaban al ejército en prácticas de persecución y violaciones a los derechos humanos.

Este libro rosado (por el color de su pasta) aunque habla de objetivos perseguidos por inteligencia insurgente, va más allá. Dibuja los métodos que el Estado utilizaba para espiar a sus adversarios, utilizando varias dependencias de gobierno, como el viceministerio de Transporte, o inclusive metiéndose hasta en los velatorios de sus enemigos para espiar a sus deudos, para determinar si aquellos que llegaban a despedirse también eran opositores políticos.

En el libro rosado hay memorándums confidenciales entre el Director de la Policía de Aduanas, el Jefe de la desaparecida Ansesal y el Ministro de la Defensa de la época, en los que se ordena al Departamento de Tránsito autorice la recolección de datos (nombres y direcciones de vivienda) de 45 personas que acudieron, el 16 de septiembre de 1975, a la misa de 30 días tras la muerte de Felipe Peña, celebrada en la capilla de la colonia Centroamérica de San Salvador. Días antes, la Policía de Aduanas informaba a Ansesal que una “comisión de este cuerpo” se había hecho presente a la misa para “tomar el número de placas de las personas que asistieron a la misa”. La Agencia Nacional de Seguridad Salvadoreña (Ansesal) tuvo la fama de haber sido la agencia de vigilancia de enemigos del régimen con más vínculos a los escuadrones de la muerte, tanto que cuando se habla del mayor Roberto d´Aubuisson, fundador del partido Arena, suele hablarse de Ansesal.

Este legajo de documentos guarda una relación directa con el libro amarillo, una lista de casi 2 mil salvadoreños, opositores políticos (con nombre, seudónimo y fotografía) utilizada para dar caza a los “delincuentes-terroristas”, según se lee en las primeras páginas de ese documento, el cual invitaba a los militares a un “para que se use”.

El libro amarillo reapareció en 2013, pero fue elaborado entre 1979 y 1987 por el Departamento II (Inteligencia) del Estado Mayor, para darle persecución y captura a comandantes guerrilleros, pero también a opositores políticos, sindicalistas y defensores de derechos humanos.

En 2014, el Centro para la Defensa de Derechos Humanos de la Universidad Washington (UWCHR, por sus siglas en inglés) divulgó un análisis al contenido de ese documento, y esa investigación arrojó que el 43 % de los enlistados en el libro amarillo habían sufrido violaciones a los derechos humanos.

El libro amarillo apareció cuando un hombre alquiló una casa en San Salvador, y de un cielo raso cayó, al suelo, un documento que estaba forrado con una pasta amarilla. El hombre, entonces, lo comentó entre sus allegados, lo entregó a una organización que recoge documentos históricos –quienes aún guardan el libro original- y el cuento de un libro amarillo caído de un cielo raso llegó a los oídos del investigador y ex preso político Carlos Santos.

Santos, exestudiante del Centro Nacional de Artes (Cenar), se formó en un país que perseguía y reprimía cualquier manifestación opositora, incluidas las artísticas. Santos fue capturado y torturado por la Policía Nacional en la ciudad de San Miguel. Tras su liberación se autoexilió, y desde entonces trata de armar el rompecabezas que le dé una explicación a sus traumas: aquellos que lo hacen volver a un baño público ubicado en lo que ahora es un amplio parqueo-mercado de la ciudad de San Miguel. El baño está ubicado en el subsuelo, debajo de un pequeño edificio de dos pisos. Es un baño mugre, lúgubre, con una pared que separa los mingitorios de una pequeña pila, escondida en una esquina. “Ahí me sumergían la cabeza, una y otra vez”, dice Santos. El baño y esa pila eran utilizados como una sala de tortura para presos políticos.

—¿Por qué cree que el libro amarillo es real?
—Es real. Fue elaborado por el Estado Mayor y a mí me lo han confirmado guardias nacionales, policías de hacienda y policías nacionales que lo utilizaron. Además, las personas registradas ahí también validan ese documento. Sus historias, el afán de sus familiares por dar con el paradero de sus desaparecidos, comprueban su autenticidad.

Carlos Santos, desde que encontró el libro amarillo, ha tratado de dar con el paradero de esas familias. A la fecha ha ubicado el posible destino de 32 de los registrados. En la mayoría de esos casos, las personas capturadas fueron desaparecidas.

3. Identificar, capturar, interrogar, eliminar

El Faro presentó los ocho documentos al ministro de la Defensa, general David Munguía Payés, un militar que a principios de la guerra fue miembro fundador del Batallón de Reacción Inmediata Belloso, uno de cuatro comandos élites entrenados por los Estados Unidos en combates contrainsurgentes. Munguía Payés fue en el Belloso comandante de la compañía de armas, y durante seis meses jefe del Departamento II (inteligencia) de esa unidad. “Hacíamos labor de inteligencia táctica en combates, no inteligencia política”, dice Munguía Payés, para marcar distancia respecto de los cuerpos de seguridad de la Fuerza Armada.

Más tarde, en el segundo lustro de los ochentas, en la segunda mitad de la guerra, Munguía Payés fue uno de los hombres más cercanos al desaparecido presidente José Napoleón Duarte. En la posguerra se convirtió en un político que logró ganarse la confianza de la exguerrilla y desde 2009 ha sido ministro de los dos gobiernos del FMLN.

El ministro reconoce que durante la guerra, en afán de combatir a los enemigos, se cometieron excesos. Sobre todo en los primeros años, los mismos años en los que se elaboró el libro amarillo y los nuevos archivos a los que ha tenido acceso El Faro.

El libro amarillo fue elaborado por el Departamento II (Inteligencia) del Estado Mayor, y guarda una estrecha relación con otros siete libros secretos de la Fuerza Armada. Esto dice David Munguía Payés, el ministro de la Defensa, sobre el libro amarillo:

“Bueno, ese libro tiene que ver un poco con las fases incipientes de la guerra, donde había menos conciencia al respeto a los derechos humanos. Porque la guerra nuestra fue evolucionando. Los primeros años fue dura, una guerra sangrienta que no tenía leyes”, dice Munguía Payés. “Acuérdese que por un lado había secuestros, por otro lado los escuadrones de la muerte. El tema de los derechos humanos como que no se conocía y no importaba, entonces tengo entendido que ese libro se… se comienza a elaborar identificando a aquellas personas que eran consideradas comunistas y dañinas al régimen, las cuales deberían ser capturadas y en algunos casos hasta eliminadas”, dice el general.

Para Munguía Payés, la importancia con el libro amarillo radica en saber responder qué ocurrió con las personas que aparecen enlistadas. “El punto para mí no es tanto que haya lista de nombres ahí… el punto es si en realidad se cometieron errores y si algunas de esta gente que estaban en este libro fueron perseguidas para ser eliminadas… y si se hicieron o no se hicieron.”.

A mediados de noviembre de 2015, El Faro presentó a Munguía Payés los archivos secretos de la dictadura. Se le explicó al ministro que en esos libros hay una correspondencia, en 90 casos, de personas que aparecen con registro de captura, y que, según la Comisión de la Verdad, fueron torturadas, asesinadas o están desaparecidas. Se le explicó, además, que entre estos siete libros y el libro amarillo hay una correspondencia de 120 personas que estaban fichadas en el libro amarillo y que terminaron capturadas por la PN. De ese total, el 20 % aparece registrado con violaciones a sus derechos humanos en el informe de la Comisión de la Verdad. La mayoría sufrieron desaparición forzada.

El ministro Munguía Payés hojea los libros, uno por uno. Lo hace con calma y paciencia.

—Ministro, ¿estos libros son auténticos?
—He visto los documentos y me parece que son auténticos… aunque no lo podría asegurar.

Cuatro de los siete libros presentados al Ministro están en su formato original, con sus pastas desgastadas por el tiempo y, posiblemente, el uso.

—¿La Fuerza Armada guarda registros de los informes de inteligencia, como estos, que realizaban los extintos cuerpos de seguridad?
—No lo sé, habría que buscarlos…
—¿Estos libros fueron sustraídos de los archivos de la Fuerza Armada?
—Probablemente las hubo (sustracciones). Posiblemente haya habido fugas…

El Faro también presentó los libros al último director de la Policía Nacional, el coronel Samuel Cuéllar, un militar de bajo perfil, ahora en retiro, con cursos de inteligencia en la Escuela de las Américas, el centro de capacitación de los Estados Unidos para un nutrido grupo de militares latinoamericanos que a la postre fueron acusados en sus países por cometer graves violaciones a los derechos humanos. Entre estos, el general Noriega, de Panamá; el general Pinochet, de Chile; el general Videla, de Argentina; el coronel Domingo Monterrosa y el mayor Roberto d´Aubuisson, de El Salvador. “Se dice eso, pero a mí no me enseñaron a torturar”, dice el coronel Cuéllar.

Cuéllar estuvo destacado en la Guardia Nacional y en la Policía Nacional, a finales de los setenta y primeros años de la década de los ochenta, y luego dirigió el Centro Técnico de Instrucción Policial (Cetipol), una academia que formaba agentes de la PN, en donde fue maestro para la generación de oficiales de la actual Policía Nacional Civil que formaron parte de la cuota propuesta por la Fuerza Armada, en 1994. Cuéllar también combatió en la guerra y llegó a dirigir la Tercera Brigada de Infantería de San Miguel, una década más tarde, a inicios de los noventa.

El coronel Cuéllar se dice un férreo opositor a la lucha clandestina de la Fuerza Armada. Dice que lo suyo era combatir bajo las reglas de la guerra, unas que permiten, dice él, matar o morir en combate, pero nunca atacar a poblaciones civiles, nunca a enemigos vencidos o rendidos. Eso, asegura, le trajo muchos problemas con sus compañeros de milicia. Cuéllar se perfila a sí mismo como una aguja en un pajar.

Tras la firma de la paz, Cuéllar fue el encargado de la desmovilización del Batallón de Reacción Inmediata Arce, desplegado en la zona norte de Morazán, al oriente del país. Más tarde, fue llamado por el presidente Alfredo Cristiani (1989-1994) para desmovilizar a otro cuerpo de seguridad: el coronel Cuéllar finiquitó a la temida Policía Nacional, que fue cerrada el 31 de diciembre de 1994.

Desmovilizar a los agentes de la PN significó una sola cosa: dar de baja a todos aquellos que a juicio de los observadores de las Naciones Unidas tenían manchado su expediente por violaciones a los derechos humanos u otros crímenes. Entre muchas de sus funciones, asegura Cuéllar, le tocó incluso enviar a prisión a agentes de la institución que fueron descubiertos por liderar bandas de extorsionistas.

Una caricatura de la época de Alecus publicada en el periódico La Noticia, un vespertino ya desaparecido, muestra a Cuéllar dormido, en una cama, cobijado con una sábana en la que se lee: “Policía Nacional”. Cuéllar suda y tiembla por culpa de una pesadilla: un hombre vestido de negro y con capucha, una sombra negra armada con un fusil, asalta a dos ovejas. “¡Quietas, esto es un asalto!”, le dice la sombra a las dos ovejas, que levantan sus patas delanteras. En otra publicación dominical de El Mundo, fechada el 5 de noviembre, la portada de una entrevista con Cuéllar invita a ser leída gracias a este titular: “Este olorcito de la Policía se irá conmigo para toda la vida”.

Cuéllar hojea los libros presentados por El Faro y dice: “Estos libros eran hechos por la inteligencia de la Policía. En aquella época se cometieron errores que nunca debieron haber ocurrido”.

Cuéllar hojea los documentos, uno por uno, y se detiene a examinar detenidamente el libro de capturas.

—¿Han dado con el paradero de estas personas? -pregunta.
—Sí, hemos dado con el paradero de algunas.
—Ellos darían un buen testimonio. Y al encontrarlos pueden decir algo con respecto a otros que estaban con ellos. Ahora, yo no sé hasta dónde llegaron en este departamento (de inteligencia) para haber recopilado a toda esta cantidad de gente capturada. Desde el momento en que están ellos archivándolas, ya hay una responsabilidad, un compromiso de la institución que merece una respuesta.
—¿Qué le parece la información que hay en estos documentos? Nombres, residencias, trabajos. Hay casos que tienen una relación directa con el libro amarillo. Es decir: perseguidos en ese libro terminaron capturados por la PN, y muchos posteriormente desaparecidos, asesinados o torturados.
—Este es un trabajo muy interno. Cómo salieron no lo sé. Es un descuido de ellos o lo pasaron a otras instituciones. No sé qué habrá pasado con esta gente, si es que la entregaron. Debería de haber (habido) un control de derechos humanos.
—¿Dentro de la Policía había gente que se dedicó a registrar capturas y otra gente que participó de violaciones a los derechos humanos?
—En mi gestión no ocurrieron esas cosas. Era otro momento del debate político. Recuerde que estábamos finiquitando a los miembros de la PN y estábamos dando nacimiento a la PNC.
—Pero usted me ha dicho cómo operaba la Policía en los 70 y 80 y dice que se cometieron errores…
—Sí, hubo errores. Era más como una policía urbana. Había problemas de detenidos a los que les aplicaban bastante…
—¿Torturas?

Cuéllar asiente meneando la cabeza de arriba hacia abajo, pero no se atreve a pronunciar esa palabra: “torturas”. Él continúa:

—En los interrogatorios, verdad, eran más estrictos. Creo que más que la Guardia…
—¿Más que la Guardia?
—Con la Guardia era otro problema, tenía objetivos diferentes a los de la Policía en la guerra. El objetivo de la Guardia con la izquierda era bien peculiar, bien especial…
—¿El objetivo de ellos era exterminar opositores?
—(Cuéllar asiente de nuevo con movimiento de cabeza). La Guardia era como una muralla. Con la Policía era diferente, aunque había policías que trabajaban con ellos también, pero cuando llegaban a trabajar los interrogadores… eran cosa seria. Uno se daba cuenta por la información que llegaba. La Guardia era más… yo siempre critiqué eso. Siempre dije que había que cambiar mandos, cambiar idearios en la Guardia y la Policía.
—¿La inteligencia de los cuerpos de seguridad funcionaba como una inteligencia para la persecución política? Supongo que no se utilizaba para combatir la delincuencia común, el crimen organizado… ¿o sí?
—No. Y no era un inteligencia militar. Era una inteligencia política, una inteligencia policial-política, porque así era el tipo de conducción. Los cuerpos de seguridad respondían al Viceministerio de Seguridad Pública y ellos informaban directamente al Ministerio de la Defensa. La forma de conducción era un concepto demasiado duro, porque el comunismo es el comunismo, pero es diferente un combate a una ideología, que se combate con ideas… pero allá no. Allá mezclaron las cosas y si alguien pensaba así, había que ver cómo lo capturaban y lo eliminaban.
—¿Cuando usted llegó a dirigir a la Policía Nacional había un archivo en el que dijera “estos son los archivos secretos de la PN”?
—No.
—¿Tras la firma de la paz hubo una fuga de documentos?
—Desde que se firmaron los acuerdos de paz, una de las instrucciones que dieron fue que inmediatamente todas las instituciones, cuarteles, comandancias, debían limpiar completamente todo los que fueran aspectos de inteligencia, de investigaciones investigación. Y así lo hicieron. Empezando desde el Ministerio, el Estado Mayor… ya cuando llegaron los Acuerdos y que comenzó la desmovilización, ya no había nada de esto.
—¿Quién emitió la orden para desaparecer esos documentos?
—El Ministerio de la Defensa comunicó esa orden a modo de sacar y desprenderse de esos documentos comprometedores.

4. Los hallazgos

El libro de capturas y el libro de viajes por sí solos, no dan cuenta de los “errores” o los “excesos” de los que hablan el ministro de la Defensa y el último director de la Policía Nacional, Samuel Cuéllar.

En realidad, estos libros, junto al libro amarillo, son parte de un rompecabezas que podría ser más grande, pero que por el momento solo puede ser entendido si el contenido de estos libros se compara con las listas de denuncias de la Comisión de la Verdad.

Tras las negociaciones y la firma de la paz entre el Estado salvadoreño y los comandantes guerrilleros del FMLN, el 16 de enero de 1992, uno de los puntos medulares de los acuerdos exigía la instauración de una Comisión de la Verdad, un grupo investigador compuesto por extranjeros, cuyo mandato los obligaba a investigar los principales crímenes ocurridos durante la guerra civil. La Comisión compiló los casos más significativos ocurridos en los 12 años de guerra en un informe titulado “De la locura a la esperanza”.

Los observadores de las Naciones Unidas se entrevistaron con militares, patrulleros, agentes de cuerpos de seguridad, exguerrilleros, políticos, familiares de víctimas, representantes de oenegés de derechos humanos, e hicieron una convocatoria para que se pusieran denuncias en todo el país por violaciones a los derechos humanos sufridas en carne propia o cometidas en parientes o conocidos. El llamado de la Comisión de la Verdad fue atendido por más de 21 mil denunciantes, que dieron cuenta de los sucesos ocurridos a miles de salvadoreños. Los resultados de esas consultas están recogidas en los “Anexos” al informe.

El Faro digitalizó tres bases de datos de denuncias registradas por la Comisión de la Verdad, y cotejó más de 21 mil registros de personas, con nombre y apellido, con los 496 nombres aparecidos en el libro de capturas y el libro de viajes de la PN.

En el libro de capturas, la Policía Nacional registró la detención de 368 salvadoreños. De estos, casi siete decenas fueron desaparecidos, asesinados o torturados. Del cruce de nombres se obtuvo que el 17.8 % de los capturados sufrió alguna violación a sus derechos más elementales. Muchos en fechas posteriores a las de su captura.

Salvador Hernández Hernández es uno de ellos. Fichado en el Libro Amarillo de la Fuerza Armada, fue capturado el 13 de julio de 1982, en Ilopango. 10 días más tarde, la PN lo remitió a un juez militar de instrucción mediante el oficio número 4255. Por esos años, una primera ley de amnistía benefició a muchos presos políticos, incluido Hernández, quien fue liberado. “Amnistiado”, se lee en el archivo de la PN. Sin embargo, dos años después, el 27 de junio de 1984, fue asesinado “por paramilitares en Cancasque, Chalatenango”, según la Comisión de la Verdad.

En el libro de viajes están registradas las capturas de 128 salvadoreños. El 18.7 % de los registrados en ese libro sufrieron tortura, desaparición forzada o asesinato en las mismas fechas, en fechas previas o en fechas posteriores a la de su captura.

Rosa Ada Soto de Acosta es una de esas víctimas. Ella era un ama de casa de 45 años que fue acusada de pertenecer al Partido Comunista. El 9 de junio de 1983 fue capturada junto a su esposo, Alfredo Acosta Díaz, en su propia casa, ubicada en la colonia Satélite de San Salvador. Del relato de su captura se desprende que tanto Rosa Ada como Alfredo fueron interrogados por los viajes que ambos emprendieron a Rusia, y por los viajes de sus hijos. Rosa Ada también tenía un hijastro que había viajado a Cuba, según la Policía. Su nombre era Ramón Ernesto Acosta, de 31 años, capturado un día después que su padre y su madrastra en la misma casa de la colonia Satélite. Según la Comisión de la Verdad, Rosa Ada fue reportada como desaparecida el 8 de junio de 1983, un día antes del reporte de la fecha registrada de su captura. Su hijastro, Ramón Ernesto, también fue desaparecido en la misma fecha que su madrasta, aunque la PN registró su captura el “10JUN983”.

De las 496 personas registras en el libro de viajes y el libro de capturas, 90 sufrieron alguna violación a sus derechos humanos, según la Comisión de la Verdad. La mayoría fueron desaparecidas.

De los 496 casos que hay en estos dos libros, 120 tenían una orden de búsqueda en el libro amarillo. Y de estos, el 20 % sufrió desaparición forzada y asesinato luego de haber estado bajo custodia de la PN, según los registros de la Comisión de la Verdad.

Mauricio Hernández Campos, Julio César Orellana Lemus y Daniel Arturo Hernández Castillo son tres de ellos. Los tres aparecieron fichados en el libro amarillo, con su nombre real, su fotografía y sus presuntos seudónimos. Más tarde, el 28 de julio de 1983, fueron capturados en una imprenta del Barrio Santa Anita, en el centro de San Salvador. Los tres fueron acusados de pertenecer al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y de imprimir “propaganda subversiva” para dicha organización. En 1993, la Comisión de la Verdad registró que estas tres personas, con su misma edad y sus mismos seudónimos, fueron reportadas como desaparecidas el mismo día en el que la PN registró sus capturas.

5. Hablan dos sobrevivientes

El “13JUN980”, sábado, cuatro agentes de la Policía Nacional vestidos de civil y uno uniformado golpearon a la puerta de la familia Lazo Hernández, en un apartamento ubicado en la tercera planta de uno de los multifamiliares de la colonia Zacamil. En la casa vivían Rosalina, su esposo, Fredy, y los hijos de ambos. El mayor tenía 11 años; la menor, seis. Había varios invitados a la casa, entre ellos dos líderes de las FPL y un joven, al que Rosalina no conocía. Este dijo llamarse José Ricardo Funes Zepeda.

Eran las 8 de la noche cuando llegaron los agentes. “Ya nos cayeron”, dijo el hijo mayor, quien se percató del operativo cuando jugaba con unos amigos en el segundo piso. Subió. Fredy miraba la televisión junto a su hija. Veían Hawai Cinco-0. En la cocina se preparaba un lomo horneado y en la mesa había un plato lleno de jocotes de corona.

Antes de que los policías entraran, Rosalina intentaba romper la documentación que había en el apartamento. Recibos, hojas reclutorias de miembros de las FPL, afiches y propaganda. Ella había ingresado a la organización en 1976, y aparte de prestar su vivienda, hacía labores de inteligencia. “Estaba en el lugar de los hechos”, dice ella, refiriéndose a sus andanzas como insurgente. Cuando los policías entraron, Fredy recibió un culatazo en la cabeza. “Y ¡plas! ¡Chorro de sangre, mire!”. Los niños fueron testigos de cómo unos extraños torturaban a sus padres.

—No lloren, hijos -les dije-. No lloren, que ya voy a regresar -cuenta Rosalina que alcanzó a decirles.
—¡Ajá, hija de la gran puta: ¿ya vas a regresar?! -le dijo uno de los policías.
—Y me dan la gran… que reboté contra el muro. Luego me bajaron arrastrada por las gradas. No, dije yo: ¡ya valimos! –cuenta Rosalina.

Ya en la calle la subieron a un camión y le ordenaron que se acostara y que abrazara el cuerpo de un joven que estaba tirado sobre la cama. “Era un cadáver”, recuerda.

Mientras tanto, a los hombres en el tercer piso les vendaron los ojos y los seguían golpeando frente a los niños. Al cabo de un rato también los bajaron, arrastrados por las gradas, y los subieron al camión, ordenándoles que se recostaran encima de Rosalina y el cadáver.

El camión arrancó.

—Nos llevaron a un lugar en donde había una gran cárcava, y adentro habían escarbado tierra y habían aventado unos cadáveres –recuerda Rosalina.
—Mirá, vení –le dijeron sus captores, mientras la bajaban del camión-: Así va a ser tu suerte si no hablás.

Ya en el cuartel de la PN, en “el castillo”, la encerraron en unas celdas ocultas en un sótano.

El “castillo” de la PN ha cambiado desde entonces. Ubicado en el centro histórico de San Salvador, ahora alberga a la dirección central de la Policía Nacional Civil, el cuerpo policial creado para sustituir a los cuerpos de seguridad pública del pasado. Hace algunos años, cuando se remodelaba uno de los jardínes de la nave central, albañiles encontraron huesos en la tierra removida. El director de Medicina Legal de la época, Juan José Mateu Llort sugirió, sin pruebas científicas, que ese hueso era humano. Aquello fue un escándalo. La sola posibilidad de que en el corazón del castillo brotara el hueso de un salvadoreño alertó a las organizaciones de derechos humanos, que desde la dictadura y luego en la guerra reclaman por el paradero de más de 5 mil desaparecidos. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, gritaban desde el interior del castillo los familiares de decenas de desaparecidos.

Saúl Quijada, segundo al mando del Equipo de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal, recuerda que a ellos los habían convertido en el blanco de todas las sospechas. Hasta la Procuraduría de Derechos Humanos intervino para garantizar la integridad de los forenses, porque los familiares de las víctimas los acusaban, con gritos, de encubrir las atrocidades de la PN. Durante una semana, custodiados por familiares vigilantes, ellos excavaron en el jardín, bajo la mirada de aquellos que buscaban los huesos de los suyos. “Terminamos de amigos con algunos de ellos”, dice Saúl Quijada, cuando recuerda el campamento que se montó en el castillo. Al final, Medicina Legal certificó que esos huesos, para infortunio de las víctimas y sus familiares, eran de un perro.

Hoy se mantiene el edificio principal del castillo, con cinco niveles, pero uno de los edificios de celdas y salones de interrogación fue demolido a mitad de los noventa, y el área de las celdas ocultas ahora es un sótano oscuro que sirve de parqueo. En las plantas más bajas de la nave central hay un gimnasio para los policías que incluye un salón en el que se imparten clases de baile.

Hace más de 30 años, Rosalina estuvo recluida en una celda donde su cuerpo no cabía y el piso siempre estaba húmedo. Desde la primera noche, y durante todo ese primer mes, la torturaron todos los días. No le dieron de comer, y la invitaban a tomar agua de un escusado. Querían sacarle información, pero ella se resistía.

—¿Por qué la torturaban?
—El objetivo de ellos era que dijera quién era mi jefe, adónde tenía el dinero, quiénes colaboraban, de dónde sacábamos para comprar carros, qué dónde habíamos hallado unos zapatos Kickers (en la casa tenía una caja llena de zapatos Kickers) y yo no me acordaba… ja, ja, ja. ¡y por eso me dieron veeeerga!

Le engraparon la espalda, a la altura de la columna; le arrancaron, “sin qué ni para qué”, algunas de sus muelas; le fracturaron tres vértebras, que 35 años después le causan unos fuertes dolores de espalda; le aplicaron el potro: el torturador se sienta en la cintura de la víctima, que está boca abajo. El torturador le jala la cabeza, hacia arriba, arqueándole la espalda. Y Rosalina no cedía. Le aplicaron choques eléctricos en el pubis, ella de pie, amarrada, desnuda, con los brazos estirados. Recuerda que le pegaban en la entrepierna unos electrodos que la hacían convulsionar. Otras veces la tortura fue más simple: golpes contundentes a la cabeza, que la hacían saborear su propia sangre. “Yo sentía las gotas de sangre glup, glup, glup, se sienten las gotas de sangre, ¿veá?”, dice Rosalina.

La golpiza que más recuerda y que más le duele, y ni ella entiende por qué es la que más recuerda, ocurrió una vez que sus verdugos le preguntaron quién, según ella, se la había llevado presa.

“¿Te acordás quiénes te llevaron presa: la guardia o la policía?”, le preguntaban. “La policía”, decía ella. “¿Ah, sí, no?”, le reclamaban. “¡Plas! Fue cuando me quebraron aquí, mire”, y Rosalina se toca la quijada. “No les pareció que dijera que la Policía. A saber por qué no querían que dijera que fue la Policía…”

A los tres meses, Rosalina fue trasladada a Cárcel de Mujeres, al ala de presas políticas. Un mes más tarde, en octubre del 80, la guerra ya había estallado. Las FPL y las otro cuatro facciones de la guerrilla anunciaron que se convertían en un solo frente: el FMLN. Solo hasta entonces se reencontró con sus hijos. Solo hasta entonces le dolió lo que ellos también habían sufrido.

Un niño de 11 años y una niña de seis sobrevivieron en la casa de sus padres, solos, hasta que la comida se les acabó en la refrigeradora y la alacena. Esto era la guerra. Y antes de que eso ocurriera, un niño de 11 años se convirtió en un padre para una niña de seis, y todos los días iba a dejarla y a traerla a la escuela, hasta que un día el niño tomó a su hermana de la mano y decidió, como adulto, que lo mejor era que la niña se quedara en la escuela, hasta que él resolviera cómo encontrar, a sus 11 años, y sin dinero, al resto de su familia. Esto era la guerra. El niño dejó a la niña con la directora de la escuela, le pidió que la cuidara y prometió regresar por ella. La niña de seis años se encontró, entonces, con la soledad más grande de esta tierra, cuidada por una mujer extraña, en una casa que no era la suya. Y fue así por dos largos meses, hasta que su hermano regresó con un tío, a rescatarla. Rosarlin Hernández hoy es una mujer con un hijo mayor de edad, un esposo y otra vida a la que le hace falta algo. Algo que se le perdió el día en que se llevaron a sus padres. Ella dice: “Aquel día me robaron la infancia”.

La guerra le robó la infancia.

***

El sábado 13 de junio de 1980, José Ricardo Funes Zepeda se reunió con dos “compas” en las cercanías del colegio Cristobal Colón, en la colonia San Luis, de San Salvador. Debían organizar unas acciones de las FPL, y en esa zona vivían unos colaboradores dispuestos a prestar su casa. A las 5 de la tarde, José Ricardo y sus compas descubrieron que sería imposible celebrar la reunión, porque la zona estaba militarizada y los colaboradores habían desistido. Uno de los compas propuso viajar a la colonia Zacamil, “una zona caliente”, pero que era eso o nada.

José Ricardo tenía 22 años, y había decidido luchar contra el régimen desde que en 1977 fue testigo de una masacre en la Plaza Libertad, en medio de las protestas masivas contra el fraude electoral cometido por la dictadura contra la Unión Nacional Opositora, de la que su padre era candidato a la vicepresidencia. Tras esa masacre, la familia de José Ricardo huyó a Costa Rica, pero un mes más tarde él regresó a colaborar con las organizaciones de masas de la oposición. Su padre, dos años después, formó parte de la junta revolucionaria de gobierno, un movimiento compuesto por civiles y militares progresistas que derrocaron al general Carlos Humberto Romero, al que la dictadura le había dado el triunfo fraudulento en 1977. Esa junta duró unas pocas semanas con su formación original, y la mayoría de los líderes civiles renunciaron a ella y huyeron del país, de los atentados y las amenazas de muerte, luego de una serie de desencuentros influenciados por la injerencia de Estados Unidos y el regreso al poder –vía la junta- de la élite militar a la que se quiso combatir.

El padre de José Ricardo fue, junto a otros líderes de la Democracia Cristiana, de los que seguían creyendo que desde la junta se podía cambiar al país. José Ricardo no estuvo de acuerdo con su padre. Así que anunció públicamente su adhesión a las FPL, y en aquellos años eso causó una gran conmoción: el hijo de uno de los miembros de la junta se declaraba enemigo del Estado.

Aquella tarde del 13 de junio de 1980, José Ricardo llegó a la casa de una mujer que se dijo llamar América. Iban a cenar un oloroso lomo horneado y jocotes de corona. En la casa había cinco adultos y dos niños, uno de 11 y una niña de seis. Cuando la PN los descubrió y los capturó, José Ricardo supo que lo mejor que podía hacer era resguardar su verdadera identidad, así que insistió e insistió en que su nombre era José Ricardo.

José Antonio Morales Carbonell, hoy subsecretario de Gobernabilidad del gobierno, tuvo la suerte de que los agentes de la PN no le reconocieran. Su nombre y su seudónimo y su filiación y su rostro, para 1979, ya estaban registrados en el Libro amarillo. Y aunque en el libro de capturas la Policía Nacional lo registra con su nombre y su seudónimo, en realidad nunca supieron a quién habían detenido junto a América (Rosalina).

Quizá los archivos con los cuales se daba persecución a los opositores todavía no eran del conocimiento de todos los militares. O quizá tuvo la suerte de que… José Antonio Morales Carbonell, el hijo de Antonio Morales Erlich, uno de los miembros de la junta revolucionara de gobierno, tuvo mucha suerte.

La primera noche en el cuartel de la Policía, a Morales Carbonell lo separaron del grupo y se lo llevaron a una celda solitaria, húmeda y fría. Recuerda que en la madrugada lo despertaron unos gritos. Eran los gritos de los torturados.

—¿Qué escuchaba?
—Eran unos alaridos… Yo nunca había escuchado los gritos de los torturados. Son gritos que no se parecen a nada de lo que uno conoce. Es como cuando uno pasa por un matadero, solo que este es de seres humanos. Entre el frío del piso y los gritos de esa gente yo empecé a temblar de pavor.

Mientras pasaban los días, la tortura se iba aproximando a su celda. La tortura le llegó con la cara de un joven al que lo colgaban de los pulgares para que estos soportaran todo el peso de su cuerpo. A ese muchacho le habían apagado, en el trayecto desde La Libertad –donde lo habían capturado- todos los cigarrillos que su captores venían fumado. “Tenía las orejas desechas”, recuerda Morales Carbonell. En la espalda y en el abdomen del joven, Morales Carbonell descubrió el efecto que produce el cañón de un fusil estrellado con violencia contra un cuerpo desnudo.

Una noche sacaron al joven. Desde su celda, ubicada en una parte alta, Morales Carbonell tenía visibilidad hacia el parqueo. Desde ahí vio cuando a ese joven lo subieron a un auto y se lo llevaron. Nunca más se supo de él. Cuando la Cruz Roja se asomó por las celdas de la Policía Nacional, le preguntaron a José Ricardo si sabía qué habían hecho con ese joven, del que ya había un registro de captura pero que no aparecía en ninguna otra cárcel ni bartolina del país. “Lo desaparecieron”, pensó José Ricardo, que ahora temía por su vida. Entonces pensó en confesar su verdadera identidad a los delegados de la Cruz Roja. Tenía miedo. No sabía si el delegado le ayudaría a contactar a su padre. Confió. Morales Carbonell confesó su verdadero nombre y, al día siguiente, lo condujeron a la oficina del director de la Policía Nacional, el coronel Carlos Reynaldo López Nuila. En el salón lo esperaban, junto al coronel, su padre y su madre.

Antonio Morales Ehrlich le confió, tiempo después, que cuando llegó a la oficina del director de la PN para reclamar a su hijo, el coronel López Nuila respondió, sorprendido, convencido de que su Policía Nacional no tenía preso al hijo de un miembro de la junta revolucionara de gobierno. Pero entonces Morales Ehrlich le pidió la lista de los presos, y le señaló el nombre falso de José Ricardo Funes Zepeda. “Este es. Tráiganlo”, dijo a López Nuila.

Morales Carbonell, en protesta contra el régimen, continuó preso, y recuerda que desde que López Nuila supo que él estaba en su cárcel, siendo testigo de lo que ahí ocurría, dejaron de oírse los gritos de los torturados. Morales Carbonell recuerda que una mañana, en el patio de la Policía, adonde sacaban a los presos a tomar el sol, se cruzó con López Nuila.

—Lo veo afónico –me dijo.
—Y cómo no voy a estar afónico si dormimos en el suelo? -le contesté.
—¿Cómo en el suelo? ¿No tienen camas? Si se supone que deben tener…

6. El coronel López Nuila “está enfermo”

En un pequeño cerro con una vista privilegiada al volcán de San Salvador vive el coronel Carlos Reynaldo López Nuila. La casa tiene dos plantas y está protegida por alambres razor y un guardia armado, que al menor movimiento cerca del portón abre y pregunta: “Sí, ¿qué desea?”.

Ubicar el paradero del exdirector de la Policía Nacional no es una tarea sencilla. Su oficina en la Universidad Tecnológica, de la cual es vicepresidente, es un fuerte infranqueable que repele a aquellos que quieren preguntarle sobre la guerra. En el presente, López Nuila rehúye hablar de su pasado.

Carlos Reynaldo López Nuila es un militar en retiro que en 1979, con la llegada de la Junta Revolucionara de Gobierno, se convirtió en director de la Policía Nacional. Salvo este ascenso que lo lanzó a la fama en plena efervescencia de la guerra, de su carrera se sabe muy poco. Quizá lo más sobresaliente sea que en 1963 participó en un curso de la Escuela de las Américas. Fuera de eso, la voz de López Nuila se enciende y se apaga en las escuetas notas de prensa que dan cuenta de entrecomillados atruibuidos a su nombre, elaboradas en su mayoría por corresponsables extranjeros. En ellas él habla del trabajo de la Policía Nacional e intenta desmarcarse de las denuncias o justificar el comportamiento de algunos de sus subalternos.

Una de esas publicaciones apareció el 9 de mayo de 1984. El periódico español El País publicó un cable de la Agencia France Press (AFP) con este titular: “Vinculan a la CIA y al alto mando del ejército salvadoreño con los escuadrones de la muerte”. El cable de la AFP retoma un artículo publicado por el Christian Science Monitor, en el que se retrató a toda la plana del Estado Mayor, y al Consejo de Seguridad de las Fuerzas Armadas, como cómplices de las actividades de los escuadrones de la muerte.

En el artículo reproducido por El País, se lee: “Las actividades de los escuadrones de la muerte deben ser aprobadas en última instancia, directa o indirectamente, por el Consejo de Seguridad de las Fuerzas Armadas”.

“Miembros señalados son el general Vides Casanova, viceministro de la Defensa, el coronel Adolfo Blandón, jefe de Estado Mayor, el coronel Nicolás Carranza, director de la Policía de Hacienda, y el coronel Reynaldo López Nuila, director de la Policía Nacional, que forma parte de la Comisión pro-derechos humanos de El Salvador”, dice en la nota reproducida por El País.

Aquella denuncia contra ese grupo de militares que dirigía a la Fuerza Armada pasó inadvertida, y tras el triunfo electoral de Napoleón Duarte en 1984, Eugenio Vides Casanova se convirtió en ministro de la Defensa, y López Nuila salió de la dirección de la Policía Nacional para convertirse en viceministro de Seguridad Pública, la cabeza al mando de la PN, la Guardia Nacional y la Policía de Hacienda.

De las andanzas del coronel López Nuila en los primeros años de la guerra ahora se conoce un poco más gracias a documentos desclasificados del Departamento de Estado. El 17 de junio de 1982, López Nuila se reunió en El Salvador con dos funcionarios de la Embajada de Estados Unidos. Uno de ellos era Jon Glassman, un importante asesor del Departamento de Estado, autor del libro “interferencia Comunista en El Salvador: documentos que demuestran apoyo comunista a la insurgencia salvadoreña”

“Conversación con el director de la PN”, es el título del cable que da cuenta del encuentro entre Nuila, Glassman y Craig Jonhstone. En el documento -obtenido por el Centro de Derechos Humanos de la Universidad de Washington (UWHRC, por sus siglas en inglés), vía Acta de Libertad de Información (FOIA) en Estados Unidos-, López Nuila habla sobre los alcances de la guerrilla, la necesidad de crear un centro de inteligencia que recoja la información proveniente de todas las unidades del ejército y minimiza las denuncias por violaciones los derechos humanos en la PN.

“América Central y El Salvador solía tener mucho mejor inteligencia cuando Estados Unidos dio su apoyo a esta actividad”, dijo Nuila en aquella reunión, en la que reconoció que la labor de inteligencia de los cuerpos de seguridad de la Fuerza Armada había sufrido tras los recortes a la ayuda militar que Estados Unidos implementó en 1982.

Cuando a López Nuila le preguntaron qué estaba haciendo para detener abusos de autoridad de sus tropas, el coronel “mostró un resumen y una lista de agentes policiales llamados a comparecer ante cortes por crímenes serios desde octubre 15 de 1979”. Cuando le preguntaron sobre abusos cometidos a prisioneros, López Nuila respondió que “había menos que en las islas Fackland donde ocho argentinos habían muerto”, y que las condiciones de los presos eran vigiladas constantemente por la Cruz Roja Internacional, que visitaba las celdas “hasta tres veces por semana”.

En esa reunión, López Nuila presentó un resumen estadístico “que indicaba que la Policía Nacional había arrestado a 2,288 por subversión desde octubre 15 de 1979. De estos, 1,200 habían sido liberados después de haber sido interrogados”.

El libro de capturas y el libro de viajes dan cuenta de detenciones desde “15OCT979”. López Nuila confiesa a Estados Unidos que hubo capturas masivas de “subversivos” desde el 15 de octubre de 1979. Ese día, un grupo de militares progresistas dieron un golpe de Estado al general Carlos Humberto Romero. En su proclama se comprometieron a romper con el pasado y a respetar los derechos humanos. Estas nuevas evidencias apuntan a lo contrario: que a partir del golpe de Estado creció la persecución hacia los opositores políticos.

Durante todo el mandato de Nuila al frente de la PN, los libros secretos del ejército continuaron actualizándose. El libro de capturas terminó de rellenarse en 1984. El libro de viajes en 1985. Los libros de inteligencia sobre el Partido Comunista y las FPL indican tener información actualizada hasta 1986. El libro amarillo tiene como última fecha de entrada “13AGOS987”. Hasta aquí, Vides Casanova y López Nuila reinaban en lo más alto de la jerarquía militar de la época.

Al final del cable de la Embajada de Estados Unidos, Craig Johnstone y Jon Glassman suscriben un comentario sobre López Nuila y la Policía Nacional. “López Nuila se proyecta a sí mismo como un chico bueno tratando de hacer su trabajo bajo circunstancias muy difíciles. La Policía Nacional está lejos de ser una organización de santos, pero es una organización importante gracias a los esfuerzos de este abogado y coronel”, escribieron.

En otro cable desclasificado por el Departamento de Estado, y fechado en marzo del 83, se da cuenta de la “existencia de un escuadrón de la muerte de la derecha en la Policía Nacional salvadoreña”. En el documento, al que se la han tachado todos los remitentes y destinatarios, informantes aseguran que dentro de la PN existe un “escuadrón de la muerte compuesto por miembros de tres áreas de la Policía Nacional: la Sección de Investigación Criminal, la Sección Especial de Investigación Política y la Sección Antinarcóticos”.

Hoy día, es imposible hablar con López Nuila sobre cualquier hecho de la guerra. Desde que Arena llegó al poder en 1989, su figura poco a poco se fue diluyendo en el reguero en el que se convirtió el mapa político de la posguerra. Y es así hasta la fecha. Hoy se le conoce más por sus inversiones en educación a través de la Universidad Tecnológica, y por ser socio y administrador del Canal 33 de televisión en señal abierta.

En una nota publicada el 26 de febrero de 2015 en El Diario de Hoy, se cuenta de un guiño que la Universidad hizo a López Nuila, en la inauguración de un edificio en el centro de la ciudad. “En homenaje al Dr. Carlos Reynaldo López Nuila, por ello lleva el nombre de dicho fundador del alma máter e impulsor de servicios educativos a nivel de postgrados”.

En mayo de 2013, en una nota sobre el libro amarillo publicada por el periódico mexicano La Jornada, aparecen recogidas las últimas palabras que López Nuila ha dado sobre su pasado. “Yo de esa época no quiero saber absolutamente nada”, dijo el coronel en retiro.

En la Universidad Tecnológica, López Nuila es infranqueable. “Está enfermo”, dice su asistente. “No lo podrá atender”.

En su casa, un guardia armado abre la puerta al detectar el menor movimiento frente al portón.

—Vengo a buscar al coronel López Nuila. Queremos una entrevista para pedirle explicaciones sobre unos hallazgos que tenemos sobre la Policía Nacional que él dirigió.
—Permítame…

El guardia armado cierra la puerta y se pierde en el interior de la vivienda. Al cabo de unos minutos regresa:

—No, que no. Que dice que lastimosamente está enfermo, y que no lo podrá atender. Tal vez en otra ocasión.

El 14 de noviembre de 2015, El Faro le dejó una carta en su casa, en donde se le detalla los hallazgos: que 90 de 496 salvadoreños con registro de capturas en la PN terminaron, según la Comisión de la Verdad, desaparecidos, asesinados o torturados. A la fecha, este periódico no ha obtenido respuesta del coronel López Nuila.

7. R32 busca a su esposa e hija

Podríamos decir que en los libros de la muerte hay respuestas para las miles de víctimas de la guerra y sus familiares, pero eso no sería cierto.

En los libros de la muerte solo hay respuestas para las familias de 496 salvadoreños.

En El Salvador, según las autoridades, no existen archivos de la guerra, y quizá sea porque realmente allá afuera, en la calle, sobrevivan los verdaderos archivos perdidos del conflicto. El Faro ha tenido acceso a siete documentos, pero seguramente hay más, muchísimos más, como lo sugieren el ministro de la Defensa, David Munguía Payés, cuando dice que “es probable que haya habido fugas”; o el último director de la Policía Nacional, el coronel Samuel Cuéllar, cuando cuenta que tras la firma de la paz se giró una orden para que se desaparecieran los archivos de inteligencia de las comandancias, cuarteles…

Y sin embargo, miles de salvadoreños siguen buscando aquello que se las ha perdido, y la sola existencia de unos archivos apócrifos quizá pueda ayudarles en su búsqueda.

R32 es uno de ellos.

El libro amarillo del Estado Mayor dice que R32 era un “miliciano” de la Resistencia Nacional (RN/FARN). R32 fue secretario general de la Federación Nacional Sindical de Trabajadores Salvadoreños (Fenastras). Ingresó muy joven al movimiento sindical del sector energético del país, que a inicios de la guerra protagonizó importantes apagones para presionar al régimen. Antes de la última de sus capturas, que duró cuatro años, entre 1980 y 1984, R32 había sido capturado en dos ocasiones, una por la Guardia Nacional y otra por la Policía Nacional. R32 era un perseguido que tuvo que abandonar su apartamento en la colonia Zacamil, cambiarse el nombre, el de sus cuatro hijos y el de su esposa. Pasó a un estado de semiclandestinidad hasta que fue capturado por última vez el 22 de agosto de 1980.

R32 aparece fichado en el libro amarillo pero no aparece registrado en los libros de la Policía Nacional. Sin embargo, al menos dos de los capturados por ese libro lo mencionan en sus declaraciones, obtenidas presuntamente a golpes de tortura.

Más de 30 años después, Héctor Bernabé Recinos dirige el Comité de Ex Presos Políticos de El Salvador (Coppes). Durante cuatro años él fue torturado en los cuarteles de la Guardia Nacional, luego en la prisión para presos políticos de la ciudad de Santa Tecla -una cárcel hoy convertida en museo- y más tarde en el Centro Penal La Esperanza, la principal cárcel del país, conocida como “Mariona”. En la prisión de Santa Tecla, Bernabé conoció a José Antonio Morales Carbonell, aquel joven militante de las FPL que fue capturado en un apartamento en el que una niña junto a su padre miraban Hawai Cinco 0. En plena guerra, Bernabé Recinos, Morales Carbonell y otros dos presos políticos se convirtieron en líderes de un movimiento en las cárceles del país. En libertad, Bernabé Recinos lideró un movimiento opositor importante en el sector energético del país. En prisión, lideró un movimiento importante que denunciaba las torturas a las que el régimen sometía a los presos políticos.

Podríamos decir que la suma de ambas luchas provocó que lo castigaran donde más podía haberle dolido.

Podríamos decir que por eso desaparecieron a su esposa y a su hija.

Podríamos decirlo, pero ya nos lo ha dicho él.

Bernabé sospecha que sus captores dieron “seguimiento de inteligencia” a su esposa y a su hija, luego de una visita que le hicieran en la cárcel. Las ubicaron en una colonia del Barrio San Jacinto, en la casa de una pareja de amigos que le daban refugio a su familia: su mujer, su hija y sus dos hijos.

El 22 de agosto 1982, Ana Yanira (11 años) y su esposa, María Adela García, fueron capturadas y posteriormente desaparecidas por un comando armado. Junto a su esposa y su hija, los captores se llevaron también a la pareja que les daba refugio: América Fernanda Perdomo, del Comité de Derechos Humanos, y Saúl Valentín Villalta, un abogado miembro del FAPU. Sus dos hijos varones fueron testigos del secuestro. Ellos se salvaron porque en el momento del operativo, jugaban fútbol, en la calle, junto a un grupo de niños de la cuadra. Así era la guerra.

Hace más de 30 años, la noticia de la desaparición de su esposa y su hija le llegó a través de una visita a la cárcel. Aquella fue la peor tortura.

Desde entonces Bernabé busca aquello que se le ha perdido.

A finales de septiembre le enseñamos a Bernabé el libro de capturas y el libro de viajes.

Podríamos habernos quedado callados, y haber dejado que él navegara, intentado encontrar ahí sus nombres, pero eso no habría sido justo.

—No están, ¿verdad? –nos pregunta.
—No, Bernabé. Los hemos buscado y no aparecen.
—¿Tampoco América y Valentín?
—Tampoco.

Los ojos de Bernabé no quieren creernos. Sus piernas, que bailotean debajo de la silla, no quieren creernos. Las yemas de sus dedos no quieren creernos, y juegan, inquietas, con las esquinas de las páginas del libro de capturas, abierto de par en par. Él suspira. Se encoge de hombros…

—Bueno, habrá que seguir buscando…

Entonces Bernabé se sumerge en el libro de capturas. Lo hojea con paciencia. Empieza en el medio, y luego se va a las primeras páginas. Se detiene. Señala con el dedo.

—A este lo conocí: terminó en silla de ruedas. A este también lo conocí…

Dennis ni siquiera era pandillero.

Cuando los policías golpearon la puerta de su cuarto había ya siete cadáveres regados en el casco de la finca San Blas. Consuelo, la madre de Dennis, estaba sentada junto a la champa de abajo, a unos 15 metros, rodeada por policías encapuchados y sin poder ver lo que ocurría con su hijo, pero lo escuchaba. Consuelo dijo a los policías que la única persona viva arriba era su hijo.

Las ráfagas habían cesado. Los policías gritaban frente a la puerta colorada del cuarto de Dennis. Él hablaba por teléfono con su tío Chus, el mandador de la finca: “¿Qué hago?”, pidió. Chus le preguntó si eran pandilleros o policías. Dennis contestó que policías, que los había escuchado cuando sacaron de la champa a su mamá, a su padrastro y a sus hermanos pequeños. Chus se envalentonó: “Si es la Policía, no tengás miedo; la Policía te va a respetar. Cuando te digan que abrás la puerta, abrila y tirate al suelo”.

—Y mi Dennis les abrió la puerta –dice Consuelo.

Chus el mandador alcanzó a escuchar por el teléfono la voz de uno de los policías: “¿¡Con quién hablás!?”. La llamada se cortó. Llamó varias veces más. Nunca nadie contestó.

Abajo, Consuelo, sentada junto a la champa que está al lado de la plancha de ladrillo para secar café, escuchó a Dennis.

—Bien lo oí, porque era mi hijo y yo estaba pendiente. Oí cuando abrió la puerta y salió. Sentí alivio al oír su voz. Él les pidió que lo dejaran hablar, les pidió una oportunidad para explicar… pero no se la dieron.

Consuelo Hernández de Ramírez supone que su hijo Dennis Alexander Martínez Hernández, de 20 años, quería explicar a los policías que vivía desde hacía seis años en la finca porque era el escribiente, la persona contratada para controlar las horas trabajadas por cada empleado; supone que quería decirles que era un activo servidor en la sede local del Tabernáculo Bíblico Bautista; pedirles que revisaran si acaso su cuarto, donde solo encontrarían una biblia, un reloj, un corvo, una cama y un televisor; aclararles que no sabía nada de armas, que él no era pandillero.

Después de la súplica de Dennis no se oyeron más voces. Consuelo y su familia –su marido, Fidencio, y los tres hijos varones, menores de 13 años los tres– escucharon solo las últimas detonaciones de la madrugada. Dos, quizá tres disparos; no recuerdan con exactitud. Un policía de los que estaba cerca de Consuelo oyó lo mismo, y gritó.

—Gritó: ¡Alto al fuego! ¡Alto al fuego! Pero ya mi Dennis estaba muerto.

Reconstruir la matanza negada

La madrugada del 26 de marzo de 2015 siete varones y una mujer –dos de ellos menores de edad– murieron bajo fuego de una de las unidades especializadas de la Policía Nacional Civil (PNC), el Grupo de Reacción Policial (GRP). Sobre el papel, es una de las unidades mejor preparadas. La matanza ocurrió en El Matazano 2, un cantón del municipio de San José Villanueva, departamento de La Libertad, en el casco de una finca cafetalera llamada San Blas.

La versión oficial, reproducida y amplificada en las horas siguientes por la mayoría de medios de comunicación del país, señaló que los ocho fallecidos eran integrantes de la Mara Salvatrucha (MS-13) y que murieron al intercambiar disparos con los policías, que los agentes se limitaron a repeler el ataque. “Los sujetos dispararon sus armas de fuego al advertir la presencia policial, generándose un intercambio de disparos con el saldo ya mencionado”, dice el comunicado que la PNC elaboró transcurridas unas 12 horas.

Pero no.

Este periódico entrevistó a cuatro jóvenes que aquella madrugada escaparon con vida de la finca; habló con familiares de siete fallecidos; revisó los ochos levantamientos forenses y las ocho autopsias; analizó una parte sustancial del expediente fiscal 90-UFEADH-LL-15, incluida el acta que recoge el levantamiento de la escena; consultó a expertos en derechos humanos, a médicos forenses, a fiscales, a un instructor profesional de tiro; examinó las notas, las fotografías y los videos publicados tras la matanza; visitó el lugar de los hechos y los asentamientos aledaños; y –lo más importante– descubrió que una familia de campesinos estaba también aquella noche en San Blas, en la champa de abajo, a unos 15 metros, y que atestiguó –y sufrió– el operativo del GRP.

Ese fardo de testimonios y documentos permite afirmar que la versión oficial sobre lo ocurrido es falsa, y que conceptos como “masacre”, “ejecuciones sumarias” y “montaje” definirían mejor el actuar del Estado salvadoreño aquel 26 de marzo.

El porqué de la Mara Salvatrucha en San Blas

Los pandilleros se habían convertido en un problema para Dennis y su familia.

No todos aparecieron a la vez. El primero fue Taz, de 34 años y palabrero de la Ayagualos Locos (ALS), clica que tiene su base en Ayagualo, un cantón de Santa Tecla contiguo a El Matazano 2, separado solo por la carretera al puerto de La Libertad. Taz llegó a la finca con su nueva pareja, una adolescente de 16 años llamada Sonia. Consuelo recuerda que Taz “pidió posada” a Chus el mandador “porque el muchacho se había sacado a la cipota”, dice. La pareja se instaló en San Blas como un mes antes de la matanza.

Una semana después de la llegada de Taz, por la finca comenzó a dejarse ver Matador, otro pandillero viejo –40 años–, miembro de la Teclas Locos (TLS), la clica que en su día dio el pasepara la creación de la Ayagualos Locos. Ambas estructuras están integradas en el programa de La Libertad de la Mara Salvatrucha, uno de los que más titulares ha dado a la prensa salvadoreña, con liderazgos prominentes como Saúl Antonio Turcios, alias el Trece, y Dionisio Arístides Umanzor, alias Sirra.

Matador apareció unos 20 días antes de la matanza. Taz se lo presentó a Chus el mandador, Matador también le pidió posada, para usarla de manera esporádica, y Chus el mandador no supo cómo negarse.

De las múltiples conversaciones sostenidas para esta investigación se infiere que Matador había identificado la finca como un buen sitio para ocultarse de la Policía, cuyos operativos arreciaban desde mediados de febrero, cuando el gobierno decidió enterrar la Tregua con el simbólicotraslado de los principales líderes de las pandillas al Centro Penal de Seguridad de Zacatecoluca.

Para acceder a San Blas, la vía más sencilla es una calle de tierra montuosa llamada con tino Las Oscuranas, en la que apenitas caben dos carros a la par. Inicia en la carretera al puerto, pasa por el cantón El Matazano 2, desde donde la vía se angosta aún más, y desemboca unos tres kilómetros después en el campo de golf El Encanto. El casco de San Blas está a mitad de camino entre el cantón y el campo de golf.

El terreno es propiedad de Francisco Eduardo Menéndez Guirola, y en agosto de 2014 en el Registro de Comercio se registró como finca de café, valorada en más de 110,000 dólares.

El casco lo componen dos casas de cemento una frente a la otra, con vigas de madera, techos de lámina y corredores afuera de los cuartos. Ambas casas están separadas por unos 20 metros de patio terroso. La casa principal, a la izquierda del portón de acceso, tiene tres cuartos. La casita blanca tiene dos, y funciona como oficina y bodega. A un costado de la casa principal hay un desnivel de unos tres metros; abajo, la champa de bahareque y láminas. A un costado de la casita blanca hay un edificio semiderruido, sin techar, que en la parte trasera tiene una letrina. Más allá del casco, los cafetales, veredas y una callecita que permite llegar, campo traviesa, a un caserío de nombre El Cajón, que ya pertenece al municipio de Huizúcar.

La finca ofrecía espacio e intimidad para acomodar a los nuevos huéspedes. Bastó la casa principal. El cuarto chiquito lo ocupaba Matador, que se quedaba noches esporádicas; en el cuarto del medio dormían Taz y Sonia. El más grande, marcado en la pared con una bandera salvadoreña con la inscripción ‘100% ÁGUILA’, era el que habitaba Dennis desde el año 2009. En la champa vivían, instalados seis meses antes de la matanza, Consuelo, Fidencio y sus tres niños. Chus el mandador, hermano de Consuelo, los recomendó al patrón. Chus el mandador tenía su casa en El Matazano 2; llegaba a la finca cada día, pero no vivía ahí.

Desde que apareció Taz, las visitas de otros pandilleros y simpatizantes de la pandilla se hicieron más frecuentes. Pasaban el día ahí, se quedaban alguna noche a dormir en el corredor de la casita blanca. Iban y venían. Casi todos eran nacidos y criados en los alrededores. Los cuatro sobrevivientes de la matanza eso estuvieron haciendo desde que supieron que Taz vivía en San Blas. Aseguran que llegaban no solo a pasar el rato, sino también a cortar flores de izote, aguacates, mangos y guineos para luego venderlos en el mercado de Santa Tecla. Era fruta que se desperdiciaba en la finca, dicen. Había permiso de Chus el mandador, dicen.

Según el pastor de la sucursal del Tabernáculo Bíblico Bautista de El Matazano 2, Adalberto González, quien tiene 18 años de predicar ahí, a esa finca llegaban “más de 20 muchachos” por esas fechas. Había noches, recuerda, en las que tras el culto Dennis le pedía permiso para dormir en la iglesia porque sentía que era demasiado peligroso llegar a la finca. El pastor dice que Dennis le dejó claro que los pandilleros no pidieron permiso: “Ellos vieron tranquilo y se metieron; ellos no piden permiso a nadie”, recuerda la frase que alguna vez Dennis le dijo.“Tené cuidado, Dennis”, le pidió el pastor en varias ocasiones. Y Dennis le respondía que él no se involucraba en nada: “Yo, mi estudio, mi trabajo y mi iglesia”.

Dice Consuelo que en los días previos a la matanza, Chus el mandador –un hombre rural, de esos que no acostumbran salir de casa sin su corvo– estaba “bastante resentido”, y se había atrevido a encarar a Matador por las constantes visitas y por la frecuencia creciente con la que varios pandilleros –además de Taz, el único avalado por él– usaban la finca como hospedaje. Le dijo que algunos de los trabajadores de la finca no querían llegar, le dijo que el riesgo de que la Policía interviniera era demasiado. Matador se comprometió a que los visitantes se irían.

A pesar del reclamo y del compromiso adquirido por Matador, el día de la matanza fue día de visitas. Habían llegado Saiper desde Panchimalco; Bote, desde San José Villanueva; Garrobo y Güereja, desde la lotificación Las Brumas, en Zaragoza, al otro lado de la carretera al puerto; y también habían llegado los cuatro sobrevivientes.

Ese día hicieron una sopa. La noche estaba fresca, casi todos con suéteres.

—Cuando acabamos la sopa, cada quien se fue a dormir. Matador se fue a dormir. Taz se fue a dormir con la mujer. Dennis… él ni cuenta, él vivía en su cuarto aparte. Y los demás nos quedamos relajeando –dice el más joven de los sobrevivientes.

La matanza de San Blas

El GRP no llegó a San Blas por casualidad. Alguien telefoneó a la PNC y le informó que la presencia de pandilleros en la finca en la tarde-noche del 25 de marzo era muy superior a lo que ya se había vuelto habitual. Alrededor de una decena de activos y aspirantes de la Mara Salvatrucha se había congregado, procedentes de distintas poblaciones de los alrededores. En la finca estaban, además, Dennis, Sonia y Consuelo y su familia.

La llamada que delató la inusual concentración fue atendida en la delegación de Santa Tecla y, según el detallado informe incluido en el expediente fiscal, explicitó que los mareros “estaban armados” y “se encontraban reunidos para planificar el cometimiento de delitos”.

—No era la primera vez que llegábamos a la finca desde que el Taz vivía allá, y esa noche nos quedamos porque se decidió hacer una sopa –dice otro sobreviviente, testigo de la balacera–. Casi todos nos conocíamos de tiempo, ¿va? Nos veíamos seguido y dijimos: hagamos un sopón.

La delegación policial de Santa Tecla solicitó apoyo al GRP, la caballería pesada, la misma unidad élite que sería enviada si ocurriera un asalto con rehenes en una sucursal bancaria. Uniformes grises camuflados, pistolas calibre 9 milímetros, gorros navarone, pick-ups 4×4, cascos, chalecos antibalas, fusiles de asalto M-16/M4 con luz, granadas de aturdimiento… así iban los policías que enfilaron hacia San Blas.

Sobre la hora concreta en la que inició el sonoro asalto a la finca no hay unanimidad, pero la mayoría de los testimonios lo ubican pasada la medianoche. Para entonces, del sopón solo quedaba, sobre las brasas, una olla ennegrecida y vacía. Dennis hacía horas que se había encerrado en su cuarto, después de haberse tomado un café en la champa, con su madre. Taz y Sonia también se habían aislado en su habitación, y también Matador.

Al otro lado del patio de la finca, los demás pandilleros se habían separado en dos grupos: uno más nutrido y juvenil que, aunque ya había ocupado para acostarse el corredor techado de la casita blanca, mantenía aún la plática encendida. El otro grupito, conformado por Saiper, Güereja y Garrobo, pandilleros en torno a los 30 años los tres, se había instalado en el edificio semiderruido. Entre un grupo y otro, no más de 15 metros, estirados quizá por la negrura de la noche.

—El finado Bote estaba con nosotros, con los jóvenes, pero bajó a darles unos cigarros, y cuando venía subiendo es que lo mataron –dice un sobreviviente.

Los vehículos policiales no subieron por la calle Las Oscuranas, sino que atravesaron los cafetales a pie desde el caserío El Cajón; accedieron al casco desde el flanco oriental.

—Al finado Bote de un solo lo alumbraron y dijeron: “Párense ahí, hijos de puta, ¡la Policía!” ¿Va? Pero de un solo dispararon. O sea, nomás vieron que iba para arriba, de un solo pegaron el lamparazo y dispararon –dice un sobreviviente–. Su versión la respaldan los otros tres jóvenes que también estuvieron aquella noche en San Blas.

El pandillero de la Teclas Locos Ernesto Hernández Aguirre, alias Bote, murió a los 17 años de edad. En la autopsia no se pudo determinar el número exacto de orificios de entrada de bala que tenía en el cuerpo, pero se estimó en torno a la veintena, repartidos sobre todo en cabeza y piernas, también en el pecho. El cadáver quedó a un par de metros de la puerta del edificio semiderruido, bajo una destartalada carreta de grandes ruedas azules, que quizá él vio como el último refugio para proteger su vida. Le descargaron una ráfaga de unos cinco disparos en el área de la oreja derecha, que le destrozó la cabeza. “Es bien díficil pegar cinco veces en un mismo lugar; tiene que ser alguien experto para controlar la ráfaga. Lo que pudo suceder es una ráfaga controlada, eso es que hala y suelta el percutor, y se van cuatro o cinco disparos”, trata de explicar un instructor de tiro de la PNC.

Apenas unos minutos antes de ser acribillado había telefoneado a su novia. Los investigadores hallaron junto al cuerpo un corvo y, en su espalda, una mochila con ropas, además de unas esposas y un sombrero que su novia posteriormente dirá que no le pertenecían. Bote no tenía ningún tatuaje. Cuando falleció, calzaba sus zapatos favoritos: unos Domba negros.

Según consta en el acta de levantamiento de la escena, Bote no portaba arma de fuego, pero terminó con una veintena de tiros en el cuerpo.

“Al detectar la presencia policial, los sujetos atacan abriendo fuego contra los elementos policiales y logran lesionar a un policía”, dice la referida acta, agregada al expediente de la Fiscalía. Pero los cuatro testigos presentes aseguran que las armas que primero se dispararon la madrugada del 26 de marzo fueron las de la PNC.

Los minutos posteriores al ametrallamiento de Bote son algo más complejos de reconstruir.

—Los policías subieron hacia adentro (al patio), disparando a todos lados –dice otro de los cuatro jóvenes que vivió para contarlo.

Los sobrevivientes sobrevivieron porque estaban en el corredor techado de la casita blanca, algo más alejada de la senda por la que accedieron los policías. Huyeron por instinto en dirección opuesta, hacia la calle Las Oscuranas, y de ahí hasta disolverse entre el bosque y la noche, temerosos y desperdigados. Los cuatro aseguran que los tres pandilleros que quedaron acorralados en el edificio semiderruido estaban desarmados, aunque al amanecer a uno lo fotografiaron con un fusil de asalto a la par; y a los otros dos con sendas escopetas.

La Mara Salvatrucha dice que sus homies no dispararon aquella noche, pero la versión oficial habla de un agente del GRP herido leve en una pierna durante el “intercambio de disparos”. Consuelo y Fidencio oyeron que los agentes se referían a un compañero herido en la rodilla, aunque sin poder precisar si en efecto era una herida de bala. Y en el Instituto de Medicina Legal de Santa Tecla, según los forenses, no se ordenó ningún reconocimiento a ningún policía con lesiones el día del operativo, algo a lo que obliga la ley cuando las hay.

Mientras, en la casa principal, Dennis, Matador, Taz y su novia Sonia seguían encerrados en los cuartos.

El siguiente paso del operativo fue tomar el edificio semiderruido, en el que estaban atrincherados Saiper, Güereja y Garrobo, armados según la versión oficial con un fusil M-16, y con dos escopetas calibre 12: una Valtro PM5 y una Maverick 88 sin culata.

Quizá pasaron varios minutos entre el ametrallamiento de Bote y la decisión policial de asaltar el edificio. La estructura presenta en su fachada incontables agujeros de bala, en su mayoría concentrados en lo que podría considerarse el acceso principal.

Los policías lanzaron al interior del edificio semiderruido dos granadas de aturdimiento ALS09NR, dispositivos de distracción que generan ruido ensordecedor y luz cegadora, con una onda expansiva que acentúa los efectos desorientadores. Hacerlas llegar al interior no supuso mayor problema porque no había techo.

Al parecer los tres pandilleros decidieron jugársela y escapar del edificio semiderruido por la parte trasera, donde se encuentra la letrina, una fosa séptica dentro de un cubículo de láminas oxidadas. La esperanza de los mareros, quizá, era que ese sector, del que no venían balas, aún no estuviera tomado por los policías.

Sí lo estaba.

El pandillero de la Teclas Locos José Antonio Gómez, alias Güereja, de 27 años de edad, cayó a unos ocho o 10 metros de la letrina. Acribillado, su cuerpo quedó junto a un poste de concreto de un metro de altura, boca abajo, con la Valtro PM5 tirada encasquillada a la par, en paralelo, con la empuñadura más cerca de los pies que de las manos. El cargador contenía cinco cartuchos y uno más en la recámara. Un médico forense que leerá la autopsia no le hallará explicación lógica a la secuencia de balazos: “Los orificios de la espalda y los de adelante sugieren que estaba acostado. ¿Entonces qué? ¿Le dieron vuelta después? Allá Investigaciones debe definir… nosotros no podemos dar más explicaciones”. Los de la funeraria aconsejaron a la familia que no abrieran el ataúd durante la vela.

El pandillero de la Teclas Locos Manuel de Jesús Gutiérrez, alias Garrobo, de 29 años, avanzó un poco más que su homeboy, unos 15 metros desde la letrina. También lo desfiguraron a tiros y también amaneció con un arma –la Maverick 88– y cartuchos regados a un costado. Murió, dice la autopsia, por “heridas de cráneo, tórax y abdomen causadas por proyectiles”. Entre los 13 orificios que consigna el reconocimiento forense, hay dos disparos certeros en la cabeza, y otros dos en brazo y antebrazo, como si hubiera intentado cubrirse.

El pandillero de la Teclas Locos Hugo Nelson Melara, alias Saiper, un viejo de 34, corrió hacia el sur por la parte trasera de la casita blanca y su cuerpo quedó a una veintena de metros de la letrina. Diez balazos, uno de ellos en la cabeza, pusieron fin a una vida que inició en un cantón de Panchimalco y que por años se consumió en el penal de Chalatenango, donde estuvo preso por homicidio. Ya de día, aquel 26 de marzo, junto a su cuerpo había un fusil M-16 que aún tenía 22 cartuchos sin disparar, y uno más en la recámara.

Imposible determinar con precisión en esta investigación (la Policía rechazó la petición escrita de entrevistas que El Faro planteó al subcomisionado que dirige el GRP, al director o al subdirector de la institución) cuánto tiempo pasó entre las muertes de los tres pandilleros atrincherados en el edificio semiderruido y la decisión de vaciar las casas.

En la principal, Dennis, Matador, Taz y su novia Sonia seguían encerrados en sus cuartos. Consuelo y Fidencio estaban en la champa, con sus tres niños, obligados por los padres a meterse bajo la cama.

Las ráfagas y los disparos se escucharon no solo en la finca, sino en los dos valles a uno y otro lado; se oyeron en El Matazano, en Ayagualo, en Las Brumas, en Loma Linda… incluso en el lejano casco urbano de San José Villanueva. Todos los testigos entrevistados estiman que la balacera duró no menos de 45 minutos, y algunos le calculan hasta hora y media. En lo que sí hay coincidencia absoluta es en que por períodos de 10 o 15 minutos se calmaba por completo, pero luego las ráfagas se reactivaban.

También hay certeza de que cuando un grupo de agentes del GRP bajó a la champa de Consuelo y preguntó si había alguien adentro, solo Dennis y Sonia quedaban vivos arriba.

Antes, tras los primeros escarceos, Consuelo había telefoneado a Dennis, y este le había aconsejado que toda la familia permaneciera dentro de la champa. Dennis llamó luego a su tío, Chus el mandador, para contarle lo que estaba pasando y pedirle consejo, pero eso fue casi al final.

Acorralados, Matador y Taz tomaron la decisión de salir de sus respectivos cuartos de la casa principal. Matador avanzó unos tres metros patio adentro. Taz, unos cuatro. Sus cadáveres en la mañana siguiente aparecerán justo donde acaba el corredor techado. Matador tendrá su suéter oscuro subido hasta el pecho, su enorme y tatuada barriga al aire, como saldría alguien que quiere mostrar que no tiene armas en la cintura. La fotografía que trascendió de Taz lo muestra descamisado en una noche fresca y con el pantalón bajado hasta las nalgas y el calzón hasta la cintura.

Al igual que sus homies Güereja, Garrobo y Saiper, ambos amanecieron con armas de fuego a la par. Matador con una pistola Sarsilmaz de 9 milímetros, con 13 cartuchos en el cargador sin disparar y uno más en la recámara. Cuando llegaron los investigadores al amanecer, Taz tenía junto a su cuerpo un fusil M4 con culata de M-16 con 58 balas en el cargador, además de la de la recámara.

Imposible reconstruir, sin el testimonio de los agentes del GRP, qué sucedió cuando los dos pandilleros salieron de sus cuartos. Pero sí se puede narrar las consecuencias.

El pandillero de la Teclas Locos Mauricio López García, alias Matador, de 40 años de edad y marero desde la década de los noventa, murió tras recibir cuatro o cinco balazos en la cabeza y el cuello, señala la autopsia A-15-167; dos de esas balas le impactaron primero la mano derecha. Un forense consultado juzgó lógica la tesis de que estaba cubriéndose cuando lo rafaguearon. Matador había pasado más de una década encarcelado, en los penales de Quezaltepeque y Chalatenango. Salvo el rostro, tenía todo el cuerpo tatuado, y en su cuello destacaban una ‘M’ y una ‘S’ góticas. La noche anterior a la matanza no durmió en San Blas, sino en el municipio de Colón, con su pareja y madre de su único hijo, un bebé de seis meses de edad.

El pandillero de la Ayagualos Locos José Alfredo Aldana, alias Taz, de 34 años, salió de su cuarto antes que su novia Sonia. Murió por “heridas de cráneo, tórax y abdomen”, dictamina su autopsia. Dos de los balazos, en la cabeza. También intuyó lo que se le venía encima, según interpretó un médico forense la herida de bala en su mano izquierda. “Sí, lo primero que uno mete son las manos”, respondió el especialista cuando se le consultó si la herida en la “región palmar izquierda” evidenciaba una reacción para defenderse.

En algún momento después de la muerte de Matador y Taz otro grupo de agentes del GRP se había movido hasta la champa de Consuelo, contigua a la casa principal, pero con un salto vertical de unos tres metros, que obliga a dar una generosa vuelta. La familia no opuso resistencia. Abrieron cuando les dijeron que abrieran. Fidencio, un sexagenario enclenque que debería estar ya jubilado, también sufrió la furia de los uniformados.

—A él le pegaron una patada, lo botaron al suelo y lo encañonaron –dice Consuelo, asiente Fidencio–. Llegó otro policía y preguntó: ¿y con este? Otro le dijo que no fuera a disparar, que había niños.

A Consuelo y a los niños los sentaron cerca de la champa, bajo unos palos de mango, en una especie de borde de concreto junto a la plancha de secado del café. Fidencio, tirado en el suelo y encañonado.

—Gracias a Dios, el otro policía dijo: no disparen porque hay niños. Y yo se lo agradezco a Dios –dice Fidencio, un hombre muy religioso, como su mujer, y que no sabe leer ni escribir, como su mujer.

Pero arriba, en la casa principal, la matanza no había terminado. La siguiente fue Sonia, la adolescente enamorada de un marero.

—Yo solo oía que gritaban que abrieran las puertas y que salieran –dice Fidencio.

O Sonia abrió el cuarto, o el GRP lo hizo.

—A ella la sacaron antes que a mi Dennis.
—¿Qué decía? ¿Eran palabras de una persona que está oponiéndose?
—Nooo, yo más bien creo que ella… que cuando el hombre le dijo que se hincara, ella se hincó.
—¿Usted oyó cuando los policías le pidieron que se hincara?
—Sí. “Hincate”, le dijo, y unas palabras que yo no voy a repetir, y un… no sé… no sé qué le preguntarían, pero ella dijo: “no sé nada”. Eso sí lo oí bien clarito. Me imagino que estaba hincada o qué sé yo.
—¿Después de eso oyó disparos?
—Ahí sí no…
—¿Ya no había balacera?
—No, ya no.

La joven Sonia Esmeralda Guerrero, de 16 años, murió de un único tiro en la boca, que le destrozó la parte alta de la columna vertebral. Según la autopsia, la bala entró a un centímetro de la comisura de los labios, en el lado izquierdo del rostro. Le destruyó la mandíbula inferior, la dentadura, la cuarta, quinta y sexta vértebras cervicales, y la médula ósea. Sonia –alta, chelita, jovial– fue por un par de años servidora en la iglesia Peniel, de la lotificación Loma Linda, y estudiaba octavo grado. Pero se enamoró de Taz y no supo decir que no cuando le propuso irse a vivir juntos. Ni su familia ni Consuelo –con quien entabló cierta amistad en las semanas que vivieron en la finca– se la imaginan con un arma en la mano. Los cuatro pandilleros sobrevivientes también niegan esa posibilidad.

—Si ella era bien fresita –dice uno de ellos, el más joven–, ni las uñas le gustaba enchucarse.

La versión oficial de una Sonia pistolera choca frontalmente con el relato de Consuelo y con la descripción de ella que hacen familiares, conocidos y los cuatro jóvenes sobrevivientes. Pero a la par del cadáver de Sonia apareció una pistola Glock encasquillada junto a su mano izquierda, un cargador en la bolsa trasera de sus jeans, y otro más en su brasier, apretado contra sus pequeños pechos. Así quedó consignado en el acta oficial que recoge el levantamiento de la escena.

Estas dos imágenes de la joven Sonia Guerrero circularon en redes sociales después de la matanza. Se tomaron antes de que los forenses de Medicina Legal realizaran el levantamiento de cadáveres.

En internet se distribuyó una fotografía de ella en la que no tiene los cargadores encima, y la Glock está volteada. Uno de los forenses consultados fue muy explícito: “Es imposible que la pistola se haya dado vuelta ella sola durante la toma de las fotografías; probablemente montaron esa escena”.

Muerta Sonia, los policías fueron al fin al cuarto de Dennis, que en ese momento pedía por teléfono consejo a su tío, Chus el mandador.

Su madre, su padrastro, sus hermanos lo oyeron todo.

A Dennis un balazo le atravesó la cabeza, con orificio de entrada en la región frontal izquierda, y orificio de salida debajo de la oreja derecha. Ese disparo entró de arriba hacia abajo. Tiene otro tiro en su brazo derecho, a 12 centímetros del hombro, y el proyectil le quedó adentro.

Al amanecer, junto a su cadáver había dos corvos y un cuchillo.

Dennis ni siquiera era pandillero.

La marcha por la paz

La mañana del 26 de marzo, cuando los ocho cadáveres de la finca San Blas aún esperaban que llegaran los forenses del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador y otras cabeceras departamentales se desarrolló la Marcha por la Vida, la Paz y la Justicia, convocada por el Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y Convivencia y el gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén. Según cálculos oficiales, unas 200,000 personas caminaron para pedir paz. Estas son algunas de las frases que el presidente Sánchez Cerén mencionó en su discurso.

“Este día es un día hermoso, lleno de amor; las calles de El Salvador se vistieron de amor”.

“Todos, todos somos imprescindibles; nadie, nadie puede ser sustituido en esta grandiosa batalla, esta batalla que necesitamos darla en el amor, en el hogar”.

“Tenemos que rescatar las comunidades y convivir en armonía, en convivencia”.

“Tenemos que arrancar los odios de nuestros corazones y saber ser tolerantes, saber entender, saber comprender que en la vida todos somos indispensables”.

“Rindo tributo a todas las víctimas de la violencia y el crimen en nuestro país. Reafirmo nuestra voluntad de que ningún crimen quedará impune”.

A Consuelo y a su familia los llevaron la madrugada del 26 de marzo a la delegación de la PNC en Santa Tecla. El Estado salvadoreño sabe que una familia de campesinos estaba también aquella noche en San Blas, pero en las 16 semanas transcurridas desde la matanza Consuelo no ha recibido la visita de ningún fiscal, de ningún policía, de ningún delegado de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Durante poco más de dos semanas siguió viviendo en la finca San Blas. Nadie le ha preguntado por lo que atestiguó y vivió aquella noche.

El lunes 13 de abril, 18 días después de la matanza, el presidente Sánchez Cerén se jactó de que, de los 481 homicidios de marzo, 140 correspondían a pandilleros abatidos durante enfrentamientos con la PNC. Para ese entonces, marzo era el mes más violento del siglo en El Salvador. Dennis y Sonia son parte de esas cuentas presidenciales.

Epílogo

Chus el mandador desapareció 19 días después de la masacre. Su cadáver apareció un día después, con el rostro desecho a machetazos.

La mañana del 14 de abril de 2015, el agricultor Jesús Hernández Martínez, de 44 años, mandador de la finca San Blas, hermano de Consuelo y tío de Dennis, salió hacia su trabajo a las 6:30 de la mañana. Nadie supo más de él durante 24 horas.

A las 7:15 de la mañana del 15 de abril, una llamada reportó al puesto policial de Huizúcar que había un cadáver tirado en la calle principal al cantón El Zapote, de esa misma localidad, una zona que ya no controla la Mara Salvatrucha, sino la pandilla Barrio 18. Un cuarto de hora después, una patrulla llegó al lugar. Dos horas después, se presentó un médico forense.

La autopsia dice que el cadáver tenía cinco lesiones de arma contuso-cortante, tipo machete, en el rostro. También tenía un lazo de nailon azul alrededor del cuello. Los huesos del cráneo estaban destrozados, al igual que los de la cara y la dentadura. Murió de asfixia y como consecuencia de los machetazos.

No llevaba ninguna identificación. Su mujer lo reconoció la mañana que apareció al ver sus fotografías en la delegación policial de Santa Tecla, adonde llegó preguntando por los muertos de las últimas horas. Una de las fotos era el cadáver de Chus el mandador.

Chus el mandador fue la última persona que habló con Dennis. Ese celular comprado apenas unas semanas atrás desapareció, igual que otras pertenencias de Dennis, como su biblia y su reloj. Alguien lo hurtó del cuarto aquella madrugada. Dos de los familiares han recibido llamadas desde el teléfono de Dennis semanas después de que este muriera por los balazos de algún integrante del GRP. No se atreven a contestar.

Chus el mandador, recuerda Consuelo, estaba “indignado y dolido” tras la matanza. Aseguró a varias personas que los policías no le habían dado una oportunidad a su sobrino, que le habían disparado a sangre fría. Chus el mandador estuvo presente mientras se procesaba la escena, y despotricó, gritó, insultó… llamó asesinos a los policías.

Después fue asesinado. Y cuando se le pregunta de quién tiene miedo, Consuelo responde que de los policías.

Harry, el policía matapandilleros, me guía esta tarde hacia el borde de una quebrada estrecha, a las orillas de una colonia a la que le han arrancado las últimas casas. Aquí solo hay paredes desnudas; unos marcos sin ventanas; unos arcos sin puerta; unas vigas sin techo. Entre el abismo y las casas abandonadas hay un pasillo de maleza y ripio. Hace algunos minutos, mientras bajábamos una calle empinada adornada en las aceras con vendedores de frutas y verduras, una niña que vendía ropa usada, un viejo que vendía pan dulce, un pastor evangélico armaba alboroto con un micrófono en una mano y una Biblia en la otra. “¡Cuando el hombre ya está fracasado, todo macheteado –gritaba el pastor-, cuando está con las tripas de afuera, ahí es cuando el hombre se viene a acordar de Dios!”. Harry, el policía matapandilleros, cree que lo que grita el pastor es algo cierto: “¡Hey! Cuando esos ‘josdeputa’ la sienten cerquita lloran, se retuercen, intentan quitarse las esposas, se acuerdan de mamita y luego le ruegan a uno y después a Dios”. 

Harry me ha traído hasta el hoyo, en los confines de esta colonia, porque aquí hacen meeting los pandilleros. No tiene caso decir cuál pandilla domina en este sector porque para efectos prácticos, sean de letras o de números, a mi guía le da lo mismo. Lo que sí es importante recalcar es esto: esta es una de las colonias más grandes de El Salvador dominadas por pandillas. Alguna vez, un ministro de Seguridad dijo que aquí descuartizaban seres humanos. No hace mucho acribillaron en el corazón de la comunidad a un homeboy acusado de soplón; y a un técnico de una compañía eléctrica lo lincharon por intentar cortar la electricidad en la casa de un pandillero. Una mañana, a la delegación policial una señora llegó a despedirse, advirtiéndoles que no compraran “¡pero ni chicles!” en las tiendas más cercanas al hoyo, porque se rumoraba que los pandilleros habían orquestado un plan para asesinarlos con veneno.

Es un “territorio liberado”, conquistado por ellos, dominado por ellos. Quienes no estaban de acuerdo, han huido. Otros han sido asesinados; otras han sido violadas. Otros más han desaparecido. Aquí Harry -lo sabe bien- es un intruso. Los dueños del territorio son sus enemigos, los “tinteados”, que son muchos. Según sus cálculos más precisos son 20 contra uno. Que sean tantos a él le enchina los pelos y lo anima a pensar en las posibilidades: cuando pueda, intentará exterminarlos a todos. Como lo ha hecho en otras zonas, según cuenta. Es cuestión de dividirlos, de agarrarlos desprevenidos. Él se justifica de dos formas: lo suyo es “un acto estúpido” y también “un mal necesario”. Él se ve a sí mismo como un hombre destinado a exterminar a los pandilleros porque sus cábalas le dicen que ya no existe ninguna otra fórmula que la muerte para detener la violencia de las pandillas.

Harry me ha traído hasta aquí porque quiere que sienta lo que él siente cuando se enfrenta a un pandillero. Me conduce, pues, a una cacería.

—¡Hey! ¡Ya va a ver cómo se le enchinan los pelos! ¡Es pura adrenalina!

***

Harry, el policía matapandilleros, es un investigador de la Policía Nacional Civil de El Salvador (PNC). La PNC fue creada producto de los acuerdos de paz de 1992 para acabar con décadas de seguridad pública bajo dominio militar, y de paso con las violaciones a los derechos humanos de las dictaduras militares salvadoreñas. Con 20 años de vida, en la última década ha sido la institución más denunciada ante la Procuraduría de Derechos Humanos, aunque entre 2011 y 2013 las denuncias fueron a la baja. De 1,710 a 1,571 y luego a 1,207. Cinco salvadoreños denunciando vejaciones, cada día, hace tres años; cuatro, hace dos; tres, hace uno.

Harry sugiere que hay un subregistro. Dice que en 2013 desapareció a cuatro jóvenes. Primero los capturó y por último los aventó en un sector de la pandilla rival. En la guerra entre pandillas, un pandillero que cae en territorio contrario es muy probable que no sobreviva.

—Quizá no salieron con vida, ¿verdad? ¡Hey! Si hubieran salido con vida ya me hubieran denunciado, ¿verdad? Pero no me ha salido nada…

***

Atado a un poste de luz hay un cabrito que bala cuando descubre las botas negras de Harry, que manda hacer un alto, se hinca y acaricia al cabrito. Luego se lleva la mano derecha hacia la cintura, destraba el botón de la funda y luego saca su pistola. Una nueve milímetros. La chasquea y la regresa a su sitio. El cabrito sigue balando. “¡Beee, beee!” A unos metros, un perro grande, negro y viejo, está echado bajo la sombra de un árbol. Un par de gallinas, una blanca y otra negra, picotean la tierra húmeda a su alrededor. El perro grande, negro y viejo levanta la cabeza, bosteza y nos mira con desgano. Alguna vez habrá sido un feroz guardián, pero hoy, por suerte, es un rotweiler venido a menos. Al pie de los vestigios de la última casa, elevada a unos cuantos metros sobre un montículo, se asoma alguien. Es un niño armado. Tendrá unos siete años y lleva dos pistolas en la cintura. Una a cada lado. Se para desafiante, la espalda reclinada hacia atrás, el mentón levantado, la cara congelada, los ojos bravos.

—¿Son tuyas esas gallinas? –pregunta Harry. El niño asiente en silencio.

Cuando le damos la espalda, el niño saca una de sus armas y nos apunta con una pistolita color verde y aprieta un gatillo color naranja.

—¡Pen! ¡Pen! ¡Pen!
—¿Qué fin tendrá este niño? –pregunto a Harry, que recién ha entrado a una de las casas abandonadas. Un eco responde desde el fondo:
—Este niño: ¿por qué anda así, con dos pistolitas? ¿Por qué se para así? ¿Por qué nos dispara? ¡Hey! Él lo ha visto. Él ha visto violencia. Aprende de ella. Este niño no tiene futuro porque más adelante se va a topar con alguien como yo.

***

El Salvador enfrenta la violencia con ensayos de prueba y error. En 2003 apareció el primer plan Mano Dura: la PNC rompió puertas, magulló cuerpos y capturó a miles de pandilleros, pero no acabó con las pandillas. Un gobierno después, el plan Súper Mano Dura lo repitió todo, sobresaturó aun más las cárceles pero lejos de erradicarlas, radicalizó a las pandillas. En 2009, el primer gobierno de izquierdas coqueteó con prevención y rehabilitación pero terminó sacando a casi todo el ejército a las calles, las 24 horas, los siete días de la semana, para intentar reducir la violencia. Los militares también se tomaron las cárceles y fueron denunciados porque a las abuelas, madres, esposas, novias, y amantes de pandilleros les metían el dedo en el ano y la vagina para buscarles objetos ilícitos. Ellos respondieron: en el último trimestre de 2010 y el primero de 2011 cayeron 11 militares y 8 policías. El ministro de Defensa de la época, David Munguía Payés, declaró guerra a las pandillas y para 2011 El Salvador cerró con cifras de 11.9 homicidios diarios. La Asamblea Legislativa declaró que ser pandillero era un delito con una nueva ley de proscripción de pandillas, que continúa vigente. Las pandillas, sin embargo, parece que hoy tienen más poder que hace 11 años.

***

Harry, el policía matapandilleros, enciende un cigarro en los vestigios de un parque. Nos hemos alejado del hoyo porque ahí no había ningún pandillero. Ahora estamos rodeados de más casas abandonadas, y cada vez más cerca se escuchan las risas de unos niños. Los niños corren descalzos, pero se detienen cerca de Harry para dramatizar una escena. Solo uno de ellos lleva camisa, y se distingue del resto porque es un niño con síndrome down.

—¡Agárrenlo, agárrenlo, que ese marero va armado! –grita uno de ellos, el más pequeño, mientras el niño con síndrome down se aleja, sigiloso, hacia el centro del parque.
—Dígame, señor, ¿quién es el marero? –pregunta otro, el más alto, impostando una voz ronca. Este niño lleva una pistola de juguete de color rojo.
—¡Allá va! ¡Allá va! –grita el niño más pequeño, señalando al niño con síndrome down, que de inmediato corre en círculos, gritando: “¡La Policía! ¡La Policía!”

En segundos, el niño grande y el niño pequeño han sometido al niño con síndrome down, que se lleva los brazos a la cabeza y abre las piernas. El niño grande se las abre todavía más, y por momentos pareciera que va a desgoznarlo. El niño pequeño le levanta la camisa al niño con síndrome down. “Vamos a ver adónde tiene los tatuajes”, le dice a su compañero. Luego hacen como que lo esposan y lo encaminan hacia una mesa de concreto, con las manos sujetas a la espalda. Se acercan a la mesa de concreto y el niño down deja caer su pecho y su cara contra el cemento gris. Luego grita:

—¡Aaay! ¡No me pegue, policía! ¡Aaay, aaay!

Todos los niños ríen y la dramatización termina. Las coincidencias son extrañas. Hace unos minutos Harry utilizó a un niño para explicar a sus enemigos y ahora son otros niños los que lo explican a él. “Se están burlando de usted”, le digo. Harry no me responde. Tira la colilla de su cigarro y luego me pide que continuemos con el recorrido.

***

Harry lleva 16 años en la PNC. Su manera de actuar, de conducirse, de desconfiar de todos, dice que lo aprendió “de los antiguos, las generaciones dosmiles, tresmiles”. Se refiere a los primeros agentes graduados en la corporación, provenientes de las filas del ejército o de la guerrilla, y en cuyas placas su número de identificación inicia con esas cifras: “dosmiles, tresmiles”, repite.

A Harry le entrenaron los antiguos y, para entender sus mañas, es importante tener en cuenta dos ideas que son principios en su cabeza: con la PNC nadie se mete; y la segunda: al enemigo se le extermina para que ya no siga jodiendo. Él lo explica mejor con el siguiente episodio: en diciembre de 2002, en el Centro Penal La Esperanza, conocido como Mariona, la cárcel más grande del país, se amotinaron unos reos. Protestaban contra una requisa y unos traslados sorpresivos organizados por la PNC. En el motín, dos agentes fueron asesinados. Al agente Pedro Canizález lo golpearon en la nuca con un fierro, mientras este suplicaba que los soltaran. Al agente German Rodríguez lo vapulearon y luego le sacaron la sangre abriéndole hoyos en el torso con un picahielo. Cuando ya estaban muertos, cuatro reclusos arrastraron sus cuerpos hacia los baños y luego lavaron la sangre regada en el sector intentando borrar las evidencias. Afuera de la cárcel había varias decenas de agentes antimotines sedientos de sangre, pero no entraban porque la entonces procuradora de Derechos Humanos, Beatrice de Carrillo, se los impedía. En teoría, Carrillo quería evitar una masacre. Más tarde, cuando se supo de la muerte de los agentes, fue acusada de obstaculizar su rescate y eso casi le significó la muerte política.

12 años después Harry cuenta una versión que abona a la causa que alguna vez emprendió Carrillo. Él estuvo en esa escena, o en el final de ese linchamiento, que acabó en la rendición de los reclusos, y más tarde en un juicio con culpables por la muerte de los agentes. Fue enviado junto a otros a limpiar los escombros después de la batalla. En el patio del sector amotinado había una pirámide de escombros tan alta como un poste de luz eléctrica. Sobresalían fierros, armas artesanales, estacas de madera ensangrentadas… Él, que estuvo ahí, al finalizar esa jornada, cree que los otros policías atrapados adentro de la cárcel –cuando inició el motín- dejaron morir a sus compañeros. Eso concluyeron los antimotines que ya no pudieron entrar. Eso concluyó también él.

—Pero si el problema fue que los antimotines ya no pudieron entrar –le digo.
—Pero adentro había más policías, junto a los custodios… Y adentro no estaban las cámaras de televisión, que estaban afuera cubriendo el relajo de la procuradora. Los de adentro, apoyados por los custodios, pudieron haber rescatado a sus compañeros haciendo una sola matazón. ¡No lo hicieron por culeros!
—¿Usted qué hubiera hecho?
—Si yo hubiera estado en ese primer pelotón, aunque sea a unos mis seis me hubiera bajado antes de que me agarraran.
—Pero lo habrían matado.
—¡Pero yo me hubiera llevado a seis!

***

Harry está tenso. Sospecho que le molesta la ausencia de pandilleros en nuestro recorrido. Harry está tenso, pero eso no lo desconcentra. Se detiene en cada cruce entre pasajes, asoma medio cuerpo por la comisura de las paredes y vigila el movimiento a través de las esquinas de las casas. Se mueve en este barrio, en el que ahorita no pasa nada, como si fuera miembro del equipo SWAT.

* * *

La primera vez que nos cruzamos, Harry también estaba tenso. Fumaba un cigarro tras otro y me miraba, como hipnotizado, recostado en un carro patrulla. No decía nada, solo fumaba y exhalaba el humo y me miraba mientras sus compañeros hacían guardia en un terreno polvoriento, al borde de un precipicio. Estábamos rodeados por una pequeña comunidad compuesta por unas 80 casas diminutas, ubicadas a la orilla de una quebrada profunda y sinuosa. Al otro lado de la quebrada, otra comunidad se prendía como garrapata a una cumbre, adornada en las faldas por una triste milpa. Al cabo de unos minutos, un agente emergió desde el fondo de la quebrada.

—Sin novedad allá abajo –le dijo a Harry, que le contestó:
—¡Hey! Pensé que te había llevado la correntada.

Harry se asomó a la pendiente y aventó una colilla hacia la nada.

—¡Es que esos ‘josdeputa’ han de estar bien escondidos! –dijo Harry.

Aquella mañana, Harry y los suyos no iban por ninguna captura ni por una investigación en proceso y muchos menos le hacían el tour a un periodista. Estaban haciendo un servicio. Una madre fue hasta la delegación a pedirles protección para velar en paz a su hija recién fallecida. Aquella comunidad también era –y es- territorio de una pandilla. Aquella madre era muy pobre y no tenía para una funeraria. “¡Ni a verga hacés ese show aquí! ¡Ay de usted si nos viene a meter a la jura!”, le habían dicho los pandilleros, pero aquella madre se la jugó. Quizá porque ya tenía resuelto abandonar la comunidad o porque el velorio lo miraba ella como una especie de venganza, un grito de desahogo contra quienes le asesinaron a la hija de 18 años. Así que llamó a la delegación de la PNC y pidió seguridad para velarla en casa. “Como ella hubiera querido”, me dijo la señora cuando la entrevisté. Harry y su equipo le ayudaron. Harry dice que su misión en la vida es ayudar, “como pueda”, a los más jodidos. Aun y cuando él crea que los más jodidos también tienen culpa de sus desgracias, como la chica a la que estaban velando, que se supone la mataron porque se hizo novia de un pandillero rival.

Harry se me acercó, ofreciéndome lo que en ese momento pareció una mala broma: “¡Hey! Si alguna vez tiene un problema con un ‘jodeputa’ habemos quienes podemos ayudarle. En tiempo libre le hacemos de seguridad privada también. Nosotros ponemos el arma”, dijo, entre risas.

Luego intentó salir de su duda.

—¡Hey! ¿Y para qué se viene a meter a este hoyo a cubrir esto? ¿Tiene importancia la muerte de una cipota como esta? ¡Hey! ¡Si por maje la mataron! Estas bichas no entienden que no hay que meterse con estos ‘josdeputa’.

***

Dice Harry, el policía matapandilleros, que cuando ya nada funciona, hay que buscar otras maneras para solucionar el problema de las pandillas. Remedios más efectivos. “Males necesarios”. Algo parecido hizo el gobierno en marzo de 2012, cuando negoció con las pandillas la reducción de los homicidios a cambio de beneficios carcelarios para sus líderes. Más adelante a ese proceso se le llamó “la tregua” entre las dos facciones de la pandilla Barrio 18 y la Mara Salvatrucha 13. El general que había prometido guerra a las pandillas luego pactó con ellas la reducción de los asesinatos.

Los pandilleros redujeron los homicidios porque dejaron de matarse entre ellos, y en teoría ocurrió un armisticio entre la fuerza pública y las pandillas. Al menos así lo sugieren ellos, los pandilleros, que ahora acusan a los agentes de la PNC de regresar a sus viejas prácticas. “Los males necesarios” de los que se jacta Harry. Males que evolucionan con el tiempo, las ansias, la desesperación. Males salvadoreños: cuando el otro es visto como una cucaracha que ensucia la casa, la solución es aplastar a la cucaracha. Pero un policía no se levanta un día, sale a la calle, y mata pandilleros porque se le ocurrió de repente. Como en este relato, un policía primero se cansa de las quejas de las víctimas, luego demuestra fuerza en los cateos, luego en las capturas, luego vendrán las desapariciones -“facilitarle la tarea a la pandilla rival”- y, por último, vendrán las ejecuciones.

***

A Harry la tregua lo enfada.

—¡Hey! El primer año uno no podía tocar a esos ‘josdeputa’ porque los jefes como que los protegían, por órdenes de arriba.

Harry recién ha cateado a un joven que se nos cruzó a toda prisa. Se resignó el joven cuando Harry hurgó en los tobillos, en los muslos, en la entrepierna. Debajo de la camisa no tenía tatuajes, dijo que era electricista. Harry le permitió seguir su camino. “¡Recogé tus babosadas  y andá!”

—Explíquese –le digo.
—Así como en un cateo: en el primer año de la tregua bien envalentonados esos ‘josdeputa’, queriendo sacar pecho frente a uno, la autoridad, resistiéndose a los registros. Eso nunca se había visto.
—¿Y ahora?
—Ahora esos ‘josdeputa’ se la están viendo negras, amigo.

***

El poder de las pandillas devora a las comunidades. Se calculan en 60 mil sus miembros, y aunque no todos tendrán pistola, y casi todos serán jóvenes, o incluso niños, su recurso humano casi triplica a los 23 mil agentes que tiene la PNC. Solo el poder de las pandillas, evidenciado en la tregua, logró que para inicios de 2013 el promedio de homicidios se mantuviera en los cinco diarios. Pero en mayo de 2013 la tregua comenzó a tambalear. El general Munguía Payés fue destituido porque la Corte Suprema decretó que un militar no puede dirigir una institución de seguridad pública, destinada a control de civiles. Las nuevas autoridades bloquearon la tregua y el gobierno y los políticos se inventaron un nuevo remedio: reformar el Código Penal haciendo más blandas las auditorías a los operativos policiales. Alguien como Harry, con muchas ganas de hacer justicia con sus propias manos, puede interpretar esas reformas a su favor. Los pandilleros se quejaron de que los policías regresaron a las viejas prácticas de disparar primero y preguntar después. Así que reaccionaron. Los policías han vuelto a morir asesinados, los homicidios subieron de cinco a casi 10 por día y hay síntomas de lo que parece una guerra. A mediados de 2014 se registraron una docena de ataques contra carros patrullas y sedes policiales en todo el país. Ocho agentes asesinados. Las pandillas denuncian que más de 30 homeboys han sido asesinados a manos de policías.

***

Una noche de finales de abril, tres líderes pandilleros convocaron a algunos medios de comunicación, entre estos El Faro, a una reunión clandestina en una casona del centro de la capital, San Salvador. Uno de ellos, el más viejo, el que más hablaba, parecía un obrero, un albañil, un tipo sin pinta de pandillero. Otro parecía un universitario, y el tercero era el único flojo, tumbado. Aquella noche, uno de ellos escondía los ojos detrás de unos lentes negros. El primero dijo ser representante de los sureños del Barrio 18. El segundo de los revolucionarios del Barrio 18. El tercero era un MS. En el cuarto, la televisión tronaba. El Noticiero de las 8 de la noche ocupaba el tiempo hablando de una balacera entre policías y pandilleros. Apagamos el televisor.

Habló el sureño, cigarro en la boca:

—Desde que se modifica la ley comienza de nuevo la represión. Hasta ahora van 29, 30, 31 pandilleros asesinados a manos de policías. Eso no se miraba en tiempo de tregua.

Los otros dos asintieron. Luego habló el emeese, brazos cruzados, lentes oscuros:

—Ahora tenemos un gran problema con las autoridades. En las calles, en las canchas de nosotros. Le tienen miedo a la Policía porque agrede al muchacho que llega y que sale de su casa porque lo toman como parte de la mara.

Los otros dos asintieron. Luego habló el revolucionario, que leyó el último comunicado de las pandillas dirigido a la sociedad salvadoreña. El último punto de ese comunicado es un mensaje para la PNC.

—La Policía siempre ha hecho vulnerable este proceso, desde un principio. Aunque nosotros siempre hemos tenido a la gente amarrada de la mano –dijo el revolucionario–. Te matan tres cipotes en cierta colonia, ¿qué les vas a decir vos? ¿¡N’ombre, vayan a resguardarse todos!? Eso va creando resentimiento no solo en nuestra gente, sino en la población civil. Violencia trae más violencia, y se está creando una situación complicada donde ya se compite por quién dispara primero.

***

Estamos por terminar el recorrido cuando frente a Harry aparece la figura esbelta de su enemigo. Es El Pandillero, 21 años. Está parado al final de dos escalinatas. Harry está abajo, a unos cinco metros, con la mano derecha cercana a la funda de la pistola. El Pandillero pudo haber corrido, pero la sorpresa lo ha dejado congelado. Harry pudo haber desenfundado, pero la sorpresa también lo ha dejado pasmado.

—¡Bajá! –le ordena Harry.

El Pandillero no puede ser más pandillero. Tatuajes en el cuello, detrás de una oreja, la barriga, la espalda. Viste un centro blanco, cubierto por una camisa gris de la Mayor League Baseball de Estados Unidos. Short jeans flojo, tumbado, zapatillas Nike Cortez.

—¡Metete ahí! –le ordena, y El Pandillero avanza 10 metros y se introduce en otra casa abandonada.

El Pandillero repite un libreto que ya conoce: abre las piernas, pero en lugar de cruzar las manos detrás del cuello las levanta alto, las palmas contra la pared. Harry lo catea, y cuando termina no lo suelta. Se queda detrás, topando su abdomen contra la espalda de El Pandillero, haciéndole preguntas a su nuca. Mientras le habla, Harry se asegura de que yo lo vea. Su brazo derecho ha rodeado el estómago de El Pandillero, como abrazándolo, y a cada pregunta que da, y a cada respuesta que recibe, El Pandillero siente encima de su pulmón izquierdo golpecitos de la palma derecha de Harry. “¿Así que acabás de salir del tabo? ¿Por qué te llevaron? ¿Un criteriado? ¿Y ya te lo echaste? ¿Seguro que nel?”. Cinco golpecitos en el pulmón izquierdo.

—Una última pregunta.
—¿Qué pasó, micharlie?
—¿Y ustedes por qué se corren cuando ven a la Policía?
—No, yo no me les corro. Si solo hoy en la mañana ahí me agarraron otros de sus compañeros.

Harry deja ir a El Pandillero. “Agarrá tus mierdas y andate con cuidado, oyiste. No quiero oír que andás haciendo desvergues porque ya sabés…”, le dice Harry. El Pandillero recoge su cartera, su celular, “nombre, micharlie, si yo alsuave ahí”, y luego baja unas gradas, y luego otras, y Harry no le despega la vista sino hasta que El Pandillero se acerca al grupo de niños que hace un rato cateaban a un pandillero de mentiras. La cacería ha terminado. Harry se da la vuelta, y confiado en que ha logrado su cometido -ponerme cara a cara con un pandillero, humillarlo, hacerme sentir lo que él siente cuando aplasta con su poder-, me suelta una pregunta, como para confirmar que yo también comparto la adrenalina del encuentro:

—¿Se siente rico, veá?

Pero se siente miedo. Miedo a que El Pandillero pierda por completo el miedo, que ya comenzaba a escurrírsele por la mirada brava, encabronada porque Harry, empoderado, lo sometió en su propia casa y frente a un extraño. Se siente miedo. Miedo a la empatía por el pandillero humillado y miedo a la empatía por Harry. Se siente miedo. Miedo a pensar que quizá nunca encontremos otra fórmula más que escuchar al Harry matapandilleros que llevamos dentro para erradicar a las pandillas.

***

La reforma legal aprobada por la Asamblea Legislativa en resumen hace blandos los controles de vigilancia para la PNC. En las delegaciones del país, la Inspectoría General, la oficina que se supone investiga las faltas de los agentes, desplegó un comunicado que resume el espíritu de la reforma. “En cumplimiento al ordenamiento legal vigente esta Inspectoría no iniciará procedimientos disciplinarios sancionatorios en contra de los miembros de la Corporación Policial que en operativos y en cumplimiento de su deber, plenamente justificado y probado, cometa cualquier tipo de faltas sancionadas en la Ley Disciplinaria Policial”, escribió el Inspector, Ricardo Martínez, el 28 de abril de 2014.

Martínez es un notario que presumió ser experto en derecho procesal penal en los albores de su proclamación como investigador de policías. Alguna vez también fue representante legal de la Asociación de Empresarios de Autobuses Salvadoreños (AEAS). Los empleados de los empresarios transportistas –buseros, microbuseros, cobradores de ruta- en 2011 lideraron el oficio más peligroso de El Salvador, con más de 110 empleados asesinados por no pagar extorsiones.

—Inspector, ¿le han dado licencia para matar a los policías?
—No. Tal como lo resaltamos en negrito, les estamos diciendo que si existe causa de justificación, no vamos a levantar expediente administrativo. No estamos dando licencia para matar, porque aquel que cometa actos arbitrarios, aquel que maltrate, ya sea a un pandillero u otro tipo de ciudadanos, se le va a hacer el proceso penal y administrativo. Se les va a juzgar normalmente como se les debería juzgar a los pandilleros.
—Las pandillas denuncian torturas, asesinatos, desapariciones…
—Yo no creería a los pandilleros porque a una persona que mata despiadadamente… que ellos vengan a querer acusar a un elemento de la Policía de eso… creerle sería como creerle al diablo.

***

La semana previa a nuestro recorrido le cuento a Harry la historia del último comunicado de las pandillas.

—¿Y no le da miedo reunirse con esos ‘josdeputa’? –me pregunta-. Nunca confíe en ellos. Ellos no respetan ni a su mujer. Solo respetan a sus hijos y a sus madres. Yo por eso pienso que una solución podría ser matarles a sus familias, para que ellos sientan el dolor que causan en el resto de la población.

Le llevo una copia del comunicado, se pone unas gafas, le jala al cigarro, lo lee.

—¡Ahora resulta que estos ‘josdeputa’ quieren hacer una tregua con nosotros! Ja, ja, ja. ¡Que la aguanten!
—¿Nada de lo que denuncian es cierto?
—¡Hey! Le voy a decir una cosa: hay algo que sí es cierto. ¡Hey: eso yo lo he hecho!

***

Harry, el policía matapandilleros, me cuenta por primera vez una de sus técnicas para exterminar pandilleros. Él la llama “facilitarle el trabajo a la pandilla contraria”. Fuma recio mientras me lo cuenta, quizá como fumaba la mañana en la que se topó con un ‘jodeputa’ que se estaba escondiendo entre unos matorrales.

Al pandillero lo delató el caminado, pero sobre todo el malogrado escondite. Harry le mandó el alto desde el carropatrulla. El joven, de unos 17 años, salió del matorral. Cabizbajo. Abrió las piernas, cruzó las manos sobre la nuca. Cabizbajo.

Esperó. Esperó. Esperó.

Harry se bajó del carropatrulla. Tiró el cigarro, afianzó el tolete.

El cateo.

Harry le descubrió al ‘jodeputa’ 240 dólares y tres celulares.

—¿Así que venís de extorsionar, ‘¡jodeputa!’? –le dijo.

Toletazo a la pierna derecha.

Harry soltó una frase y hoy me la repite en cámara lenta:

—Rogá-a-Dios-que-sal-gás-vi-vo-de-es-ta, ‘¡jo-de-pu-ta!’

Más toletazos a la pierna derecha. El ‘jodeputa’ gimió, o más bien es Harry el que ahora gime. “Se le desmayó la pierna. ¡Ay, ay, ay!”, dice Harry. El ‘jodeputa’ fue esposado de las manos, por detrás, y fue aventado de frente a la cama del carropatrulla. “¡Aaaaay!”, gime Harry. La cara del ‘jodeputa’ se estrelló en el metal. Harry estrella su cara contra un escritorio. Ahora se pone de pie, y en sus recuerdos la punta de su bota derecha golpea el muslo derecho del ‘jodeputa’. Luego desamarró a su presa y volvió a amarrarla a una barra de hierro en la cama del pickup, ubicada detrás de la cabina.

El carropatrulla arrancó a toda velocidad. Serpenteó sobre las calles de una colonia inmensa. El ‘jodeputa’ se retorció cuando reconoció hacia dónde lo estaban conduciendo. El pickup se detuvo cerca de una cancha de basquetbol. La cara del pandillero sudó, los ojos lloraron. Un joven recordó a su mamá, a Dios, maldijo su ‘jodeputa’ vida y luego le rogó al ‘jodeputa’ que lo estaba torturando que no lo dejara ahí, donde lo mataría la pandilla contraria.

—Vea, micharlie, no me deje aquí… Aquí me van a matar, micharlie –dijo el pandillero.

Harry lo sentenció:

—Mirá, ‘jodeputa’, tenés dos opciones: rogale a Dios que no se den cuenta estos ‘jodeputas’ o corré duro, papá.

Harry se fue. Cruzó, subió y bajó; pero luego se detuvo y regresó por el ‘jodeputa’.

—¿Ya lo habían agarrado? –le pregunto.
—Yo no sé cómo hizo ese ‘jodeputa’, pero ya se había alejado bastantito, renqueando a toda prisa.
—¿Se arrepintió? –le pregunto.
—¿Yo? ¡No’mb’e! ¡Hey! Es que ya llevaba dos horas fuera de turno, y si mataban ese ‘jodeputa’ ahí, a mí me iba a tocar ir a investigar la escena. ¿Hasta las 9 de la noche? ¡Hey! ¡Ni a verga!

***

Hace tres años, Carlos Recinos, un sicólogo forense, dijo que la sociedad salvadoreña está adaptada a lo desadaptado. En el Instituto de Medicina Legal, Recinos trabaja con asesinos, violadores y con pandilleros con perfiles antisociales, sicópatas. En la sociedad salvadoreña hay civiles, policías y pandilleros. En El Salvador solo hay 15 sicólogos -con similar perfil al sicólogo forense Recinos- para atender a 23 mil agentes de la PNC.

Uno de estos sicólogos despacha en una oficinita minúscula de una delegación que no vale la pena mencionar. Es un señor viejo y flaco El Psicólogo. Cuando conoce a alguien siempre pregunta: “¿y usted adónde vive?”. Su oficina queda demasiado lejos de su hogar y al parecer El Psicólogo siempre busca quién pueda sacarlo del infierno por una vía más rápida que la que le ofrece el transporte público. En su oficina apenas y gira el ventilador que lo refresca. Es el único aparato eléctrico con el que cuenta. En una mesa hay un teléfono que no tiene línea y está cubierto por una gruesa capa de polvo. “Le voy a dar el número de acá”. Descuelga el teléfono y presiona un botón como para darle tono. “Sus pacientes me han dicho que no sirve esa línea”. Cuelga el teléfono. “¡Ah, sí! Tiene razón. Está cortada”.

Junto al teléfono hay un libro grueso y también cubierto de polvo que habla sobre el comportamiento de la psique humana. Un maletín negro, grueso y ancho, parecido a una caja, y todavía más polvoriento que el libro y el teléfono, descansa sobre el suelo. En el interior guarda unas encuestas con más de 500 preguntas y unas láminas de plástico transparente para evaluar las respuestas que escriben los policías. En la mesa hay un ejemplo de esas pruebas. Una hoja con muchos círculos blancos dentro de los cuales hay números. En cada línea hay manchas de color rojo en el centro de los círculos.

El Psicólogo tiene 18 años como sicólogo. Ha trabajado en cárceles, ha evaluado cadetes que aspiran a policías, ha trabajado con policías, se le han suicidado policías…

—En una sociedad como la nuestra, ¿en cuánto tiempo se trastorna la mente de un policía?
—Un policía que se ha graduado de la Academia se supone que está preparado para manejar el estrés. La vocación de servicio le da fuerza…

El Psicólogo es institucional. Le cuento el perfil de Harry, el policía matapandilleros. El Psicólogo levanta los hombros, arquea las cejas, abre grandes los ojos. No lo cree. Sus policías no actúan así. Le digo que conozco a uno que sí.

—En un caso hipotético como ese, porque yo no creo que suceda, lo hubiéramos detectado. ¡Eso se detecta! Esa persona necesita venir a hacerse una evaluación porque está manifestando un trauma sicopático con tendencias antisociales.
—¿Cómo las que presentan algunos pandilleros? -pregunto.
—No puedo comparar porque no tengo a la vista los casos, pero mire… ¡trabajar con gente así quiere ganas!

Muy pocos policías buscan a El Psicólogo. Un promedio de cinco al mes, según sus registros. Y quienes lo buscan lo hacen con un único propósito: que él les pase la prueba de las 500 preguntas con circulitos de colores para determinar si son aptos de llevarse el arma de equipo a casa. Los policías cuando salen de servicio vagan desarmados. Y los agentes quieren estar armados, porque cuando entran y salen de los territorios de pandillas, cuando vagan como civiles, se sienten presas. El Psicólogo recuerda que esa medida de privarles del arma de equipo se impuso hace nueve años, luego del alza de casos de policías que robaban amenazando con esa arma; que disparaban borrachos con su arma de equipo; que mataban a sus mujeres con su arma de equipo; que se suicidaban con el arma de equipo; que trabajaban como vigilantes privados, en sus días libres, con su arma de equipo; o que, en el mejor de los casos, simplemente la perdían.

Hoy día, para que puedan llevársela, deben pasar por un sicólogo, hacer la prueba de los 500 circulitos y no tener procesos disciplinarios abiertos. O simplemente no tener la mala suerte de caerle mal al jefe inmediato superior, porque aunque el sicólogo los apruebe, él nada puede hacer si el jefe inmediato superior rechaza la moción.

El Psicólogo no lo sabe, pero yo sé que Harry hace algunos años pasó por esta oficina y aprobó sin problemas su prueba de los circulitos. La conclusión de El Psicólogo fue que Harry estaba en pleno uso de sus facultades mentales cuando cometió algunos de los crímenes que ahora me cuenta.

***

Harry cree tener las respuestas para su “mal necesario”. Me las dijo una tarde, en su delegación, mientras observaba a un compañero recién salido de la Academia Nacional de Seguridad Pública, la institución que forma a los policías salvadoreños. La diferencia entre generaciones es notable. Harry está flaco, descuidado, ya le pesan los años y las ojeras, y su uniforme es viejo y sus botas están roídas y una pequeña barriga cervecera se le asoma detrás de los botones. Su nuevo compañero, en cambio, tiene un uniforme nuevo y bien planchado; el abdomen plano; la placa reluciente; la manga corta, cortísima, apretando unos músculos torneados; gelatina en el pelo; botas bien lustradas; pantalones apretados. El nuevo agente “se siente salsa”, según Harry.

Le pregunto si ese muchacho llegará a hacer lo que él ha hecho.

—Se le va la vocación a uno. Al ver todo esto así, tan hecho mierda, se le va la vocación. Lo ven bonito ser policía, y se entra con gran ánimo. Cuando uno recién llega mantiene esa vocación, pero luego o te relajás o siempre mantenés la vocación pero tratás de solucionar las cosas en lo que podás, de otras maneras…

Le pregunto cómo es que justicia se puede convertir en sinónimo de exterminio.

—¿Cómo es que he llegado a pensar estúpidamente? La palaba es la indignación. Es cuando se llega a sentir el dolor de las personas. “Mire, me voy a desplazar, porque si no me voy me violan a mi niña”. ¡Qué ‘josdeputa’! ¡Neta! Eso: llegar al punto donde uno dice que la única solución es matar, aun a riesgo de que lo descubran.
—¿Diría que es una práctica común en la PNC?
—No todos pueden hacerlo. Y tampoco es de que le digan “haga esto”. Agarrar a un ‘jodeputa’ de los pies, amarrarlo y zamparlo boca abajo en un pozo… ¡Y hacerlo mierda! A mí la ética, las normas internacionales me dicen que no. Pero lo hago. Una vez se me quedó un ‘jodeputa’.
—¿Se le ahogó?
—Lo reviví dándole rodillazos en la boca del estómago.
—¿Por qué lo estaba ahogando?
—Me habían matado a un informante y quería joderlos. Pero para eso necesitaba otro informante.
—¿Cómo es capaz de hacer eso?
—Uno tiene que estar al mismo nivel que ellos: aprender de lo bueno y aprender de lo malo. Ser bueno para la bueno y malo para lo malo. Aquí hay males necesarios en la PNC. Acciones que hacemos algunos policías no para afectar a la gente buena, sino que al delincuente.
—¿De dónde sacó que torturar es un mal necesario?
—Es que mire, por las buenas ya no se puede, ¡es paja! ¿Cuánto tiempo llevamos con las pandillas? ¿Cuántos planes se han inventado? ¿Dígame para qué han servido? ¡Neta! ¿Cuál ha sido el gran resultado de unidades como la Antipandillas? Yo no necesito andar botando puertas para solucionar este problema.
—¿Cree que la gente lo apoyaría?
—Al clamor de la sociedad tenemos algunas opciones. ¡Hey! ¡La gente ya no aguanta! A mí me vale que renteen a la Diana, a la Coca-Cola… Ahí pueden estar renteando pero eso me pela. A la gente que sí me debo es a la que está más jodida. Y lo yuca es que esa gente es la que también dice que la PNC no sirve, que está cayéndose. Y entonces uno dice: “Púchica, si algo pudiera hacer…” Póngale encuentro un pandillero lesionado… uno piensa en exterminarlo. “El ‘jodeputa’ se va a morir. En el trayecto al hospital se va a morir. ¡Hey! ¿Y si no se muere?

Es normal que los carropatrullas de la PNC tengan conos naranjas para detener el tráfico. Harry se pone de pie y a medida que habla lo imagino entrar a su carropatrulla y tomar uno de esos conos. Él levanta la bota derecha, y luego la suspende en el aire, a centímetros del suelo. Me mira mientras hace de equilibrista:

—¿Y si no se muere este ‘jodeputa? Va a seguir jodiendo. ¿Y entonces? “Ponele la bota. O ponele el cono y presionalo con la bota… y se muere”. (¡Paf! Estrella la bota contra el suelo). Yo he hecho eso.

Harry me confiesa que lo ha hecho una, dos, tres veces. “Yo he hecho eso”, me repite, y fuma y baja la mirada y cuando la levanta distingo en sus ojos un dejo que bien podría ser tristeza o arrepentimiento. Quién sabe. Solo él lo sabe. 

—¿Y puede vivir con eso?
—Algún momento habrá que parar. Pero al calor de esos momentos ni se piensa. A mí lo que me jode de eso es que haya mucha gente y que te vean y murmuren y digan que uno es así.
—¿Usted se siente un “mal necesario”?
—Sí, hacemos algo estúpido, pero es un mal necesario. ¡Pero no basta eso! ¡Hey! Para solucionar esta situación no basta eso. ¿Cómo se puede ir más allá?
—Dígame usted.
—¡Volver a los viejos métodos! Uno de los viejos métodos que aprendí… bueno, que me contaron: es dividirlos entre ellos. Agarrar un cabrón, soltarlo, y regar la bulla. Decir que habló. Entonces ellos lo matan, agarramos a la clica y criteriamos a uno que haya participado del homicidio. Eso es matar dos pájaros de un tiro: se matan entre ellos y los metemos presos.
—Lo tiene bien claro.
—¡Hey! Usted quizá va a pensar que está hablando con el perfil de un asesino, pero es que algo hay que hacer, y tampoco con solo eso basta.
—¿Qué más puede haber aparte de lo que me ha contado? -le pregunto, y entonces Harry me cuenta algo que ha “estado pensando”.
—Se mata a familiares de jueces, y se dejan signos de que fueron pandilleros.
—¿Y qué tienen que ver los familiares de los jueces?
—Ellos son un gremio bien unido. ¿Usted cree que si hacemos eso no van a condenar a todo esos ‘josdeputa’ que lleguen a los juzgados, por lo que sea? ¡Los van a condenar! Me corto las manos si no mandan al bote a todos los ‘josdeputa’ que lleguen por cualquier cosa.
—¿De verdad esas son las únicas soluciones posibles para acabar las pandillas?
—No, mire, en serio, ¿nunca se ha puesto a pensar, allá en casita, que la única solución es exterminarlos?

***

Un policía matapandilleros puede ser cualquier policía. En 2012 conocí a uno que tuvo que huir de su colonia, abandonar su casa, cuando se descubrió apuntándole en la sien a un pandillero del Barrio 18. Ese agente se había pasado de tragos, y en un arranque de matón justiciero creyó que su familia y las otras familias de su colonia vivirían más felices si eliminaba al hijo de la vecina, que era pandillero. Así es El Salvador: los policías de calle son pobres y los pandilleros también. Muchos conviven puerta con puerta, y la vida marcha normal hasta que alguien estalla. Aquel agente tuvo que huir, dejar su casa, junto a su familia, porque pronto supo que ni él ni su placa ni su pistola podrían contra el pandillero que se dijo ofendido y le juró venganza. Violencia se paga con más violencia.

Un policía matapandilleros puede ser cualquier policía. En la madrugada del 30 de abril de 2014, 12 policías llegaron, sigilosos, a una casa extraviada en un campo de la zona paracentral del país. Horas más tarde las noticias reportaron que cinco jóvenes, supuestos pandilleros, habían muerto en un enfrentamiento con la PNC. La versión oficial dijo que cuando los agentes llamaron a la puerta, los jóvenes les respondieron disparando con pistolas y escopetas. Cuatro de los cinco muertos tenían 17 años. No habían alcanzado la mayoría de edad. En los días previos a ese enfrentamiento, en Zacatecoluca, cabecera del departamento de La Paz, otros supuestos pandilleros atacaron a unos policías que buscaban las pistas de dos vehículos robados. A inicios del año el asesinato de la madre de un policía se presume fue el detonante de las batallas entre policías y pandilleros.

El día que cinco jóvenes cayeron en Zacatecoluca, alguien subió a la página de Facebook Valor Policial El Salvador las fotografías de los muertos. Dos de los jóvenes yacen tirados en el suelo, boca abajo. Otro está sin camisa, boca arriba. El cuarto quedó recostado de lado, y el quinto terminó con medio cuerpo guindado en una hamaca, la cabeza en el suelo, sobre un espeso charco de sangre. Quien haya tomado la secuencia llegó después del operativo. Quizá fue un policía o quizá un periodista al que dejaron acercarse lo suficiente a la escena para que con un teléfono blackberry tomara las fotografías. En la última aparece en primer plano un policía de espaldas, oculto en un gorro navarone. Al fondo hay una multitud. Acompañando a la foto, el administrador de Valor Policial El Salvador escribió: “familiares de los 5 ratas muertos en Zacatecoluca intentaron entrar por la fuerza a reconocer cadáveres”.

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Hace un mes, en su delegación, le pregunté a Harry sobre este caso. En ese momento ninguno sabía de la existencia de las fotos subidas a Facebook.

—Es muy raro que se haga así. Son actos descabellados los que yo le cuento, acciones de improvisto, al calor del momento. Es muy raro que se monte un operativo porque es bien difícil que con un grupo de compañeros armemos un operativo para ir a bajarnos a unos ‘josdeputa’. ¡Hey! Mucho color, amigo.

Semanas más tarde, cuando las fotografías se hicieron públicas, me reuní de nuevo con Harry, esta vez en un bar del centro de San Salvador.

—¿Ya vio las fotos? Fueron a matarlos, ¿verdad? -le pregunto.

Harry hace una mueca sucia, pícara. Le da un trago a su cerveza y le jala al cigarrillo.

—Ya las vi. ¡Lindas esas imágenes!, ¿verdad?

***

David Morales, el procurador de Derechos Humanos, dijo este año que han detectado 10 casos de homicidios en los que el modus operandi sugiere la presencia de grupos de exterminio. El procurador ha pedido a la PNC que investigue a fondo si hay policías detrás de estos crímenes contra pandilleros, dado que las denuncias acusan a hombres vestidos con trajes de la PNC. El director de la policía hasta el pasado 1 de junio, Rigoberto Pleités, negó categóricamente que sus agentes cometieran ejecuciones extrajudiciales.

* * *

Es mi última visita a la delegación de Harry, el policía matapandilleros, y me encuentro de nuevo con el agente recién graduado de la Academia. Sigue “bien salsa”, con su uniforme impecable, las botas muy lustrosas, la gelatina en el cabello y la manga corta mostrando el músculo moreno. Ni siquiera nos esforzamos mucho para llegar a un tema en común: los ataques de pandilleros contra policías.

—¿Se siente en guerra con los pandilleros? -pregunto.
—Así como una guerra no, pero esos malditos no se tocan el corazón para buscar joderlo a uno, a los compañeros. Por eso uno debe parárseles firme, porque ellos cuando se sienten con fuerza… ellos van midiendo el nivel de fuerza, igual que uno. ¿Sabe cuál sería una solución para esto?
—¿Cuál?
—Que los políticos se dejaran de babosadas, y que promulgaran una ley que diga que yo puedo matar a esta gente. ¿Sería como una pena de muerte, vea? Pero así, expedita, sin pasar por un juez. Que diga algo así esa ley: que todo aquel que sea pandillero, o sospechoso de ser pandillero, con tatuajes o sin tatuajes, o que todo aquel relacionado con pandillas…

*Con reportes de Fátima Peña

Ella despertó sin hacer mucho ruido, recogió su cabello enmarañado y lo domó con una cola. Era la última hora de una cotidiana oscurana disfrazada en la fecha del 16 de septiembre. El día anterior, el 15, el país entero estuvo de fiesta. Por el espacio aéreo que envuelve a la capital del país zumbaron los Arava militares; y, en el suelo, sobre una larga calle, retumbaron tres millares de botas negras e igual número de ojos serios. Los camiones-tanque, las camionetas humvee, los caballos y jinetes, fueron aplaudidos por una capital que se rindió, como lo ha hecho desde siempre, a una marcha que culminó en el estadio “Mágico” González, un coliseo en el que unas 30 mil almas, incluida la del presidente Mauricio Funes Cartagena, aplaudieron las destrezas guerreras del ejército salvadoreño, espléndido en un aniversario más de la independencia patria. Pero lejos de la capital, de las marchas, de las “bandas de paz” y de las banderitas blanquiazules ondeadas por los estudiantes; en una casita de dos cuartos que gobierna la cumbre de una ladera de una de las montañas del norte de Morazán, ella pasó su último día en esta tierra atendiendo a unos familiares que la visitaron desde muy lejos. Aquello fue una despedida. En la madrugada del lunes 16, arrastró las sandalias hacia la penumbra, encendió un fogón en la cocina, abrió una puerta de metal y salió al patio. Afuera no había nadie. El aire estaba fresco y aunque ya alumbraban algunas lámparas, solo algunos gallos merodeaban por los alrededores.

Su hijo más pequeño se levantó poco después, se acostó en la hamaca que domina la salita principal de la casa y escudriñó un cuaderno. Esa semana arrancaba exámenes de penúltimo periodo del primer año de bachillerato. Debajo de esa hamaca, en la que él se mecía mientras revisaba sus notas, todos los días, desde que el sol se encendía, hasta que se apagaba, siempre había un huacal pequeño y hondo lleno con ceniza. Ella le ofreció desayuno pero él solo aceptó café. Se lo sirvió, y ella salió de nuevo al patio. Desde el otro lado de la pared, él escuchaba cómo su madre jalaba agua desde el fondo de una vieja y honda pila y la vertía catarata contra algunos platos sucios, hasta que aquellos ruidos se desvanecieron por completo cuando él se sumergió en los misterios de unas páginas que rebalsaban letras y números.

A las 5:30 de la mañana, Anacleta Márquez, de 99 años, escuchó un ruido y eso la despertó.

—¿Está bien tu mamá? —preguntó a su nieto—. Creo que le ha pasado algo —presintió la anciana.

***

Un contingente de soldados avanza, sin levantar mucho polvo, hacia los caseríos del cantón Cerro Pando. Al primero que llegan es a El Barrial, formado por una colección de casitas mínimas, muy pobres. Los soldados queman las casas, y mientras las queman recomiendan a los campesinos que todavía no han huido a los montes para que lo hagan. “Los que vienen no van a perdonar”, les advierten.

Más tarde llegan “los que vienen”. A las 8 de la mañana inicia la masacre, y “los que vienen” son soldados del Batallón de Reacción Inmediata Atlacatl. Desde hacía cuatro días en el municipio de Meanguera, en Morazán, se habían escuchado la detonación de bombas y granadas, el traqueteo de metralletas y los disparos secos de las pistolas. Por los aires zumbaban helicópteros, y por las tardes, de entre las montañas, nacían potentes columnas de humo que arañaban el cielo. Para cuando “los que vienen” llegan a Cerro Pando, soldados del Destacamento Militar No. 4, de San Francisco Gotera, de la Tercera Brigada de Infantería de San Miguel y del Batallón Atlacatl, ya han ejecutado a centeneras de campesinos en los poblados de El Mozote, y otros siete asentamientos más. Niños fueron la mitad de las víctimas.

El ejército combatía a la guerrilla en Morazán. O al menos eso declaraba el alto mando de aquella época a la prensa. El ejército iba a desmontar a la Radio Venceremos, creada a inicios de 1981, o al menos esa era la segunda justificación. Pero la verdad fue otra, y el ejército salvadoreño combatía contra campesinos desarmados, hombres, mujeres, ancianos, niños y niñas. Los militares concluyeron extrajudicialmente que toda esa gente era subersiva, y que por esa razón merecían la muerte. No había defensa legal ni poder de convencimiento en los ruegos de las víctimas. La orden se cumplía sin objeciones. Los llantos de los niños solo hacían más dramáticas las escenas. En uno de los caseríos hubo un tío que vio cómo le volaban la cabeza a su sobrina, que lloraba y pedía clemencia; en otro, una mujer escuchó los últimos ruegos de sus hijos antes de que los mataran. Los niños clamaban su nombre: “¡mamita Rufina, nos están matando!”, decían. Así, campesinos pobres convertidos en soldados asesinaron a otros campesinos pobres que vivían en un territorio dominado por dos bandos. Porque en Cerro Pando, como en casi todos los caseríos del norte de Morazán, así como algunas familias tenían vínculos de sangre con la guerrilla; otras también los tenían con el ejército.

En Cerro Pando, por ejemplo, vivió alguna vez un soldado formado en el destacamento de San Francisco Gotera que se llamaba Domingo Tobar. Meses antes de la masacre, luego de los ruegos de sus primos, él decidió convertirse en guerrillero. En ese mismo cantón, a otros que no se dejaron convencer, la misma guerrilla se encargó de matarlos. “Ajusticiarlos”, era el eufemismo que usaban los guerrilleros. Durante la masacre, ninguna de esas conexiones y desconexiones importaba porque la guerra atacaba sin sentido, como un perro loco y rabioso.

La comunidad estaba compuesta, en su gran mayoría, de familias evangélicas, que se resguardaron adentro de un templo, donde oraban, pidiéndole a Dios que las salvara. Pero Dios no atendió los ruegos y ahí dejó, que se murieran, orando, mientras los soldados les disparaban. Domingo Tobar, el exsoldado y guerrillero, perdió a toda su familia en esa masacre. A su mujer, a sus hijos, a sus padres y hermanos. Todo eso le duele a Domingo Tobar, y cuenta la historia con la importancia que le da un narrador a una historia que ya lo tiene aburrido. Lo ha contado 32 años. Mientras narra, él da los últimos retoques a una pila que está levantando en medio del patio de su casa. Se detiene para cerciorarse de que su obra está perfecta. Se seca el sudor de la frente. Se sacude el cemento pegado en las manos. Todo su diminuto cuerpo está empapado en sudor. Se sienta en una silla. Y es hasta entonces cuando se conmueve de sí mismo. Lo que más le duele es que 32 años después, sigue sin saber qué le pasó a su bebé de nueve meses. Porque de su hija no encontró rastros entre los cuerpos carbonizados o devorados por los animales, y eso, ignorar si está viva o está muerta, lo sigue torturando 32 años después… Domingo Tobar sigue buscando el rastro de lo que podría ser un fantasma.

Él no es el único que ha cargado con una pena más grande que todas sus alegrías conquistadas en la posguerra. Él tiene una vecina. Y muchos alguna vez la llamaron “la Siguanaba”.

***

Ella corre, despavorida, y huye. Huye de la masacre. Atrás van quedando los gritos, las balas, el fuego y el humo. Atrás quedan 141 amigos, vecinos, familiares. Asesinados todos en Cerro Pando. Por eso ella corre, y corre, y brinca entre los matorrales, fundiéndose con la espesura del bosque. A cada brinco va desprendiéndose de su humanidad, en cada metro conquistado deja de ser ella y se convierte en otra cosa. Corre, huye, se salva y se transforma.

Para cuando ella se siente segura, está consciente de que lo peor está por venir. Pero se resiste a creerlo, y sigue corriendo, más rápido, y mientras corre, sigue apretando con fuerza el bulto inerte que carga en los brazos.

Ambos, ella y el bulto, están empapados en sudor y sangre. Finalmente, al pie de un árbol, en un lugar que solo ella conoce, deposita a su hija. La había nombrado Ana Maribel. La había visto llegar hasta un año y medio de vida y ahora Ana Maribel lo que tiene es un cráneo destrozado por una bala que las persiguió y las alcanzó.

La madre quizá grita, quizá llora, quizá se vuelve loca. Ella quizá verbaliza las últimas palabras que pronunciará durante mucho tiempo. Entierra a la niña. Al pie de aquel árbol, en medio de la espesura del bosque. Y entonces vienen las primeras noches negras, y tras de ellas, los terribles primeros días.

A la niña la desenterraron unas fieras que empezaron a comérsela. A la niña hay que enterrarla de nuevo, lo más hondo y más profundo que puedan excavar unas desgastadas uñas.

A la niña la desenterraron de nuevo. De la niña quedó solo el recuerdo.

***

Cuando vaga por los montes, entre la maleza, en los ríos o en lo profundo de las quebradas, ella se esconde de la humanidad. Cualquier ruido son sus verdugos, así que decide convertirse en un fantasma que se asoma a los ríos por las noches y en una cueva se refugia de los días. Come cangrejos y chacalines, con suerte pescados crudos o secados al sol; de las matas de las huertas arranca guineos verdes.

Poco a poco la camisa desaparece a jirones; el pelo se la hace una compleja maraña.

Íngrima, se comporta como si fuera un animal. Y es así durante 28 largos meses, casi dos años y medio, hasta que una noche ella se acerca a la misma ribera de siempre, para buscar comida, y huye despavorida cuando escucha la presencia de unos hombres armados.

Ella cree que esos son los mismos verdugos que acabaron con su hija. Ella no sabe que ellos también le tienen miedo.

***

La guerrilla nunca se fue de La Guacamaya. En Meanguera, Morazán, ese cantón fue uno de sus principales bastiones. Ni siquiera la masacre ocurrida en octubre de 1980, un año antes de la masacre de El Mozote, ahuyentó a los combatientes, que establecieron en La Guacamaya una de sus comandancias.

Desde ese cantón, ubicado entre montañas, peinaban toda la zona las patrullas guerrilleras, que bajaban hasta El Mozote o patrullaban cerca de las riberas del Río Sapo. Cuando en diciembre de 1981 ocurrió el operativo que terminó en masacre, los guerrilleros se dispersaron, pero para enero de 1982, tras la salida del ejército, ya habían recuperado la zona, y para 1984 controlaban el puesto de Arambala, el más cercano a El Mozote y al resto de caseríos masacrados.

En uno de los patrullajes a la orilla del río, un guerrillero divisó un bulto, una sombra, un espectro.

—¡Es una mujer! –dijo.

—¿Cómo lo sabes? –preguntó otro.

—¡Le vi las tetas!

Muchos de los combatientes, campesinos la mayoría, echaron a reír. Pero otros abrieron grandes los ojos. Todos ellos compartían en su memoria un relato ancestral, un mito contado de generación en generación, conocido desde El Salvador hasta Costa Rica, que habla de una mujer hermosa que se pasea por las riberas de los ríos, desnuda, y que atrae a los hombres para luego jugarlos, espantarlos, porque en realidad se transforma en un monstruo, con largos senos colgantes y uñas largas, con el pelo enmarañado, y un rostro horrible, como de bruja.

La Siguanaba se llama ese espanto. Según la leyenda era una india muy hermosa que fue castigada por los dioses. La india le fue infiel a su pareja y abandonaba a su hijo, Cipitío, en sus escapes. Entonces los dioses la maldijeron, y la convirtieron en un espejismo que vagaba por la tierra, penando a su hijo, y engañando a los hombres como mujer bonita, para luego volverlos locos con su cara de bruja.

La supuesta aparición de la Siguanaba se esparció rápido por los campamentos del norte de Morazán, y de ser una burla entre las tertulias pasó a ser un tema serio, de miedo. Nadie quería ir al río Sapo. Pero el país estaba en guerra, y la guerra exigía conductas de combatientes serios. Así que se armó una expedición para capturar al espanto.

“Corría el bulto y corrían más ellos, hasta que, al fin, entre las ramazones, lo alcanzaron. Sí, era una mujer. Pero una mujer espantosa. Tenía todo el pelo enmarañado y larguísimo, la cara tierrosa, con unos harapos sucios que apenas cubrían aquel saco de huesos”, escribió el periodista José Ignacio López Vigil, para el libro Las mil y un historias de Radio Venceremos.

La guerra, esa perra rabiosa que mordió a El Salvador durante 12 años, desapareció a los vivos, masacró a los vivos, convirtió a los familiares de todos los muertos en menos que un espanto, fantasmas errantes en busca de huesos, y fue capaz también de hacer que un mito cobrara vida. Que cobrara vida en ella, en aquella mujer que lo había sufrido todo 28 meses atrás.

—¿Eres de esta vida o de la otra? —le preguntaban. Pero ella no contestaba palabra. Sólo los miraba con un par de ojos desorbitados.

Los guerrilleros la llevaron al campamento. Y se la presentaron a Eduardo, un médico mexicano que dirigía la clínica de la guerrilla. Él había entrado a Morazán después de una larga y clandestina marcha desde México, que arrancó en los primeros días de enero de 1981. En Tegucigalpa, Honduras, Eduardo tuvo una larga y solitaria estancia, mientras se concretaba el plan para ingresarlo a El Salvador. Él llegó al campamento de La Guacamaya a las 8 de la mañana del 9 de febrero de 1981, 10 meses antes de la masacre de El Mozote. Así lo escribió en su diario. Viajó ocho horas en jeep desde Tegucigalpa hacia un punto muerto; y caminó desde “las 20:00” hasta las “8:00” el resto del trayecto entre las veredas de las montañas. “Me faltaba el aire de manera extraordinaria”, describió. “Vomité, y después de un tiempo comenzaron a dolerme las rodillas”.

Antes de entrar a El Salvador, de los compas que le ayudaron a cruzar la frontera aprendió vocablos salvadoreños. “Enriquezca su vocabulario: guaro (aguardiente de maíz); alentado (mejorado, aliviado, sano); cipote (niño pequeño); guinda (huida)…”.

Cuando a Eduardo le llevaron a la Siguanaba, él rápido le dijo a los compas:

—Esta es una mujer humana.

—Es la Cochina, doctor.

—Cochina sí que está, la pobrecita. Báñenla. Frótenla bien.

—¿Alguna medicina, doctor?

—Comida —dijo Eduardo—. Solo eso.

Y llevaron a aquella infeliz a la pila. La bañaron, la vistieron, la peinaron. Después, fue como un milagro: apareció una muchacha jovencita y linda. Escuálida, pero muy linda. Le ofrecieron cafecito y frijoles. Y entonces ella balbuceó sus guindas.

El 24 de julio de 1984, Santiago, uno de los fundadores de la Radio Venceremos, conoció a la famosa Siguanaba. Ella le dijo su verdadero nombre y le contó su historia.

—¿Usted la vio cuando la capturaron? –pregunto a Santiago, hoy director del Museo de la Palabra y la Imagen.

—No. Ya la habían atendido cuando la entrevisté.

—¿Qué es lo que más recuerda de aquel momento?

—Recuerdo algo que me dijo que me conmovió mucho.

—¿La muerte de su hija?

—No, pero claro que eso también era fuerte. Recuerdo que me contó cómo le costó luchar, durante varios días, recogiendo ramas secas para avivar la llama de una fogata que se había formado gracias a un rayo que cayó sobre un árbol.

—¿Cuánto tiempo la habrá mantenido?

—Días… no recuerdo. Pero sí recuerdo que se la apagó una lluvia, y cuando me lo contó me lo dijo con una profunda tristeza. Esa mujer sufrió mucho.

El día que la conoció, en su diario, Santiago escribió:

“Era una mujer, con tal desnutrición, que tenía la piel pegada a los huesos. Al principio solo emitía gruñidos… Ha sido traída a nuestra clínica de Arambala donde se está recuperando. Quizá con el tiempo logre borrar del alma los traumas y los miedos que Domingo Monterrosa y la ‘guerra de baja intensidad’ dejaron incubados en la mente de esta humilde campesina salvadoreña”.

***

Ella fue enviada a los campamentos de refugiados en Colomoncagua, Honduras, y allá se reencontró con su madre, Anacleta, que ya la daba por perdida. Aprendió a hacer sombreros.

Retornó a El Salvador, y junto a su madre se instaló en la comunidad Segundo Montes. Intentó rehacer su vida, amó de nuevo y tuvo dos hijos: Juan y Mario. Terminó la guerra y vivieron la posguerra en una pequeña casa, de dos cuartos. Pero una herida nunca le cicatrizó. Y su trauma no solo le alborotó los pensamientos, sino que también le afectó físicamente. Nunca más recuperó el habla de manera fluida. Dicen que hablaba como una niña que está aprendiendo el idioma, con palabras entrecortadas. Quedito.

En la comunidad trabajó de cocinera y de niñera en una guardería.

El estigma de la Siguanaba, aquella figura fantasmal que hizo temblar a los compas, la acompañó por siempre.

Denuncian sus hijos que en su lugar de trabajo era objeto de burlas y humillaciones. Que eso a ella le afectaba mucho; y que esas humillaciones y el recuerdo de su pasado, últimamente, le habían hecho padecer de los nervios.

Trabajaba de 5 de la mañana a 6 de la tarde. Nunca convivió con sus hijos más allá de la cotidianidad básica: alimentarlos en la mañana, a la hora del almuerzo y en la cena. Pero nunca permitió que les faltara nada. Lo dicen ellos, orgullosos de su madre. Ella, que les dio estudio, alimentación y abrigo con un sueldo de 68 dólares mensuales.

Ella tampoco desatendió a su madre, Anacleta, la anciana de 99 años que ya no puede moverse, y que vive vencida por la flema y la tos. Por eso, debajo de la hamaca en la que la ponen a descansar, ella siempre ponía un huacal relleno de ceniza. Para que la anciana escupiera ahí las flemas, que encima del huacal formaban grumos grises.

Muy pocas veces habló ella de su historia, aunque a su casa siempre llegaban extraños que se iban satisfechos con el placer de haberla conocido. De cerciorarse de la realidad de aquel mito.

***

Dice Juan, 24 años, su hijo mayor, que extraña mucho a su madre. Le duele no tenerla consigo. Le duele descubrir que para cuando su hijo nazca, en febrero próximo, su madre ya no estará ahí.

Ella nació un 4 de febrero del 58 y con Juan cruzaban los dedos para que el niño naciera en la misma fecha.

Juan es pequeño, muy pequeño. Tiene 24 años pero parece un jovencito de 16. Estamos sentados en el portal de su casa. Anacleta descansa en la hamaca y al fondo hay un altar con la foto de la madre de Juan. Nos acompaña Mario, el hermano menor de Juan. Mario parece estar hecho para el baloncesto. Es callado, quizá como lo era su madre.

Han pasado 32 años desde la masacre en El Mozote y otros siete poblados. Y por más que se siga celebrando la paz –un paz pactada entre los bandos en conflicto, pero que no pidió opinión a las víctimas inocentes- en todo El Salvador hay gente que vive marcada. Por lo que hizo, por lo que vio o sufrió. Quien diga que esto no es cierto quizá estaría pecando de mentiroso. Basta con platicar con estos jóvenes, que crecieron en la posguerra, para comprobarlo. A ellos, la guerra que terminó 22 años atrás, ahora los has marcado.

Le pregunto a los hermanos qué piensan de este círculo vicioso. De este trauma que no se cierra. Juan dice, con rabia:

“¡A mi cólera de me da! Por esa masacre que se dio, mi mamá estuvo perdida todo ese tiempo. ¡Le mataron a mi hermana! ¡Porque esa criatura que cargaba en brazos era mi hermana! Por todo ese problema… ¡Ella nunca recibió ayuda! Por decir algo: un sicólogo, alguien que la escuchara, que le ayudara a superar todo ese problema. Tal vez así se hubiera mejorado… porque ella sí quedó dañada por esa masacre. Le afectó mucho, fue como una presión que cargó todo este tiempo. Una presión que le hizo hacer eso…”

***

Anacleta ha escuchado un ruido y sospecha que a su hija le ha ocurrido algo.

Anacleta está inquieta y angustiada. No puede moverse, y desde el pequeño dormitorio le habla a su nieto, que estudia recostado en la hamaca.

Mario le responde a su abuela que no pasa nada, que su mamá está lavando los platos en el patio, pero es hasta entonces, cuando ya ha salido del sopor en el que lo tenían los números y las letras de su cuaderno, cuando repara en que allá afuera solo hay un profundo silencio.

Mario se baja de la hamaca, da dos pasos hacia la cocina y es entonces cuando la encuentra flotando en el aire al otro lado de la puerta. Ella quizá ya no aguantaba vivir sin paz. Quién sabe. Lo cierto es que antes de morir, sus ojos apuntaron hacia los cerros en los que se perdió una joven llamada Andrea Márquez.

***

Miércoles 15 de enero de 2014. Mañana se cumplirán cuatro meses desde su muerte. He logrado hacer contacto con Eduardo, el médico que hace 30 años la atendió luego de que los compas la capturaron cerca del río. Me ha escrito esta mañana, desde algún lugar de México: “Lamento mucho la muerte de la compañera. Las heridas de la guerra están mucho más profundas y guardadas de lo que imaginamos. Sus efectos seguramente han cambiado la vida de muchos de nosotros, aunque creamos que salimos ilesos y estamos ´normales’. Algunos tal vez logren sobreponerse a aquellas, pero en el caso de la compañera, un efecto tardío, como una metástasis oculta de aquel terrible cáncer de la guerra y sus crueldades, terminó llevando su vida”.

Ahora Raymundo Sánchez entra al cuarto de los huesos, esquiva un escritorio y saluda a Saúl Quijada, un hombre serio, pequeño pero fornido, dueño de una frente amplia y una línea en el bigote perfectamente rasurada, como dibujada con delineador. Un Pedro Infante salvadoreño. Raymundo Sánchez, en cambio, es laaargo, moreno y colmilludo. “Un corazonsote con dos largos brazos y dos largas patas”, dirán de él sus compañeros. Raymundo Sánchez atraviesa el cuarto de los huesos con La Muchacha en brazos. A toda prisa. Al final del cuarto hay una puerta que descubre un patio. Sale. En el patio hay un caldero y debajo una hornilla conectada a un tambo de gas. Raymundo Sánchez crea fuego. Quien lo viera ahí, acurrucado, claudicaría ante un espejismo: un brujo juega con su pócima; llena con agua el caldero y ahoga a La Muchacha, sumergiendo una por una todas sus partes; agrega una pizca de Axión quitagrasa y se dispone a esperar tres horas de cocción. Al cabo de unos minutos el agua ya bulle y hace revolotear los 146 huesos en los que está resumida La Muchacha. El cuerpo humano tiene más huesos que esos 146, pero esa ausencia no inquieta a Raymundo Sánchez. Son suficientes y él los necesita pulcros. “Limpitos, chelitos”, dice. Aprisionada, sometida bajo un trozo ahumado de duralita, La Muchacha ni viva hubiese dado pelea. No tiene cómo: alguien le robó para siempre los brazos.

—Esta es La Muchacha de Ilopango –dice Raymundo Sánchez–. Fue encontrada en un segundo enterramiento. Se presume que su novio la mató y la quiso desaparecer dos veces. Quién sabe dónde quedaron sus bracitos.

***

Cuando el caldero alcanza la ebullición desparrama por sus costados un charco grasiento que chorrea hasta el suelo. Afuera San Salvador es humo, es grito de vendedores alrededor del Centro de Gobierno, es el silencio de un palacio legislativo que al fondo de este complejo parece estar pintado. La Corte Suprema de Justicia está al otro lado de la calle, cuatro pisos arriba en el palacio judicial. Demasiado en el cielo para un país en el que los más desgraciados seguro, seguro, seguro, terminarán bajo la tierra, hasta que alguien los encuentre –si los encuentran– y acaben en la esquina de este patio, cocidos en el caldero que custodia Raymundo Sánchez. El caldero humea y La Muchacha se evapora y se eleva al cielo; las nubes están cargadas; se viene un mes gris y lluvioso. Hay mañanas en las que cuesta más trabajo tenerle fe a la humanidad, sobre todo si amaneces frente a la sopa de una muchacha.

***

Al cuarto de los huesos entra Óscar Armando Quijano, un médico cincuentón dueño de un par de lentes y unas corbatas de colores brillantes. El doctor Quijano es el jefe del Equipo de Antropología Forense (EAF) del Instituto de Medicina Legal de El Salvador. Él no evoca a ningún actor, pero a partir de esta, todas sus entradas a este cuarto harán recordar al Kramer de Seinfeld. Es un hombre-cómico, un chistoso, un jodarria. Cuando entra, un instante es un tornado, el cuarto cobra vida, se alegra, hasta que él invoca seriedad.

—¡¿Cómo estamos, vieja loca!? – le dice al doctor Saúl Quijada. El hombre del bigote fino deja en paz a una calavera, la coloca sobre un estante y choca palmas y puños con su amigo. Se molestan desde hace 15 años. Por llamarse de esa forma –un episodio que tiene a la base una película de Pedro Infante y a una mujer bonita que se les puso enfrente– ambos son conocidos como “Las viejas”.

Ahora, el doctor Quijano se dirige a Raymundo Sánchez, pero en realidad nos está hablando a todos.

—?¡Ajá, Humildad! Este hombre es pura humildad. Y tiene pedigree. ¡¿Verdad, Humildad?!

Raymundo Sánchez se retuerce en su silla. Ríe, todos reímos, hasta que el doctor Quijano deja de retorcerle los pellejos de las costillas.

—?¿Vieron? ¡No chilla!

El doctor Quijano se pone serio y se dirige hacia el patio. Un instante es la calma. Atraviesa la puerta que da al patio. Percibe el vapor, imagina a La Muchacha, la huele. Me levanta las cejas. Me da una palmada en el hombro:

—?Con verduritas, mire… ¡sabroso!

De nuevo, desgraciados todos, reímos.

***

Ahora el cuarto de los huesos huele a huesos recién hervidos. Los salvadoreños dicen que los muertos sueltan un “ijillo”, pero eso es Chanel junto a esta patada que destroza el tabique nasal. Luego baja torbellino por la tráquea, somete los pulmones; estos se defienden, y lo que no es exhalado es porque se escabulló hacia la boca del estómago, donde desbarajusta todo. Pero eso solo ocurre la primera vez que se entra en el cuarto de los huesos, un rectángulo blanquecino gracias a tres brillantes lámparas. Lo menos importante aquí son tres estanterías y un lavamanos. Lo más importante son cuatro mesas sobre las cuales descansan esqueletos. Dos de las mesas son tablones improvisados sobre unas armazones de hierro; las otras dos son tablones sobre unas columnas hechas con cajas de cartón, llenas de huesos; todas desarmables al menor contacto imprudente. Hay cajas apiladas por todos lados, cuatro sillas que no encuentran su lugar en el mundo, instrumentos colgados del techo… En el cuarto de los huesos se camina milimétrico, como los acróbatas en la cuerda floja. Un paso en falso le robaría la paz a los huesos.

El cuarto de los huesos reúne una colección de salvadoreños de la más fina clase de los desaparecidos: de la guerra y de la violencia actual, y de hace un año, de hace dos, tres, 10 o 30… En el cuarto de los huesos están los huesos de un niño que no alcanzó a nacer, de nacidos, de bebés, niños, niñas, jóvenes, hombres, mujeres, ancianos, ancianas… Hay baleados, mutilados, degollados, ahorcados, decapitados, acuchillados. Hay una chica que quiso fumar su último porro, un chico que tenía zapatos de patines y uno más que murió con los audífonos puestos. Hay tres guerrilleros, una familia masacrada hace 30 años, una pandilla de jóvenes… los médicos también han encontrado la calavera de un perro y la osamenta de una rata. Ahora son sus mascotas. Pero aquí los importantes son los huesos como los de El Pirata y, ahora, los de La Muchacha, aquella que limpiaron en sopa y se evaporó hasta el cielo.

El cuarto de los huesos es tan parecido al país que la ironía se sirve en bandeja: es tan chico como El Salvador que lo esconde; está tan saturado como El Salvador que lo esconde, es tan carente de todo que este cuarto debería llamarse “cuarto de huesos El Salvador” y no “Antropología Forense”. Por sobrepoblación, los huesos se arriman encima de otros huesos, separados todos por cajas de cartón, por viñetas que evidencian su lugar de origen. En el cuarto hay osamentas provenientes de los cuatro puntos cardinales del país. En el cuarto de los huesos, paradojas de la vida, se reencuentran los desaparecidos durante la guerra civil, finalizada hace casi 22 años, y de la violencia sin sentido de la guerra de las pandillas. Aquí se reencuentran, sin treguas, pandilleros de la Salvatrucha con pandilleros del Barrio 18. Y sus víctimas. También hay huesos que hablan de otros huesos: los de los migrantes que retornan calavera. Aquí se condensan tres de las más grandes tragedias del país. Son nuestros huesos de la guerra y de la “paz”. Aquí hay huesos que invocan a sus parientes vivos. Huesos que resurgieron para gritar lo que ocurrió antes y lo que ocurre ahora. Huesos para denunciar la sociedad que fuimos y que somos. Aquí hay alrededor de 13 millares de huesos, correspondientes a 69 seres humanos, pero por este cuarto han desfilado más. Muchísimos más. Y todos, todos, todos, comparten una característica: alguna vez fueron engullidos por la tierra; y tiempo después la tierra los vomitó.

No hace mucho, un antropólogo forense peruano, encargado de la Oficina de Personas Desaparecidas y Ciencias Forenses de la ONU, visitó el cuarto de los huesos. Revisó estadísticas, se juntó con policías, forenses y fiscales. Por la cantidad de denuncias de desaparecidos, por la cantidad de casos que se encuentran, vivos o muertos, por la cantidad de casos que quedan sin resolver, José Pablo Baraybar concluyó: “El Salvador es como un cementerio clandestino. Ahí adonde pise está pisando la tumba de algún desaparecido”.

Al cuarto de los huesos llegan policías y fiscales buscando casos; madres, padres, hermanos y hermanas buscando familia. Nadie llega por casualidad ni por invitación. Quien entra a este cuarto es porque busca algo que se la ha perdido. Y quién mejor para ayudarles en su búsqueda, en este océano de huesos, que un barquero de radios y fémures largos llamado Raymundo Sánchez.

***

Ahora Raymundo Sánchez entra al cuarto de los huesos y se desnuda. De verdad tiene piernas y brazos largos. Café oscura la piel. Cuando suda parece atleta. A veces le gusta ir a correr a las gradas del estadio olímpico de la capital, al Mágico González, para liberar el estrés que acumula en el trabajo. Otras veces aparta las tardes para jugar basquetbol en un torneo entre oficinas del órgano judicial. Le gusta más el basquetbol que la carrera, pero intenta practicar ambos deportes para mantenerse en forma. Por su tamaño, indispensable para las canastas, sus amigos en el IML también le llaman “Largo”.

Raymundo Sánchez cuelga su ropa de ciudadano cualquiera detrás de la puerta y se disfraza de auxiliar forense, con un peculiar uniforme que a veces es celeste y a veces es verde, pero que invariablemente tiene bordado por encima de la bolsa, al lado del cuello en V, su nombre: “Sr. Sánchez”. Él no es médico, pero es como si lo fuera. Tiene 18 años como auxiliar forense, y tres como la mano derecha de los doctores Saúl Quijada y Óscar Armando Quijano. Ha cargado tantos muertos Raymundo Sánchez, que a veces bromea con estar maldito. Se lo dijo alguna vez un hermano del culto. “Ustedes, por jugar con los muertos, están malditos”. Raymundo Sánchez lo cuenta y sonríe. Y luego reflexiona en voz alta: “Pero quizá algo tenía de razón. Uno no sabe quiénes fueron en vida todos los que vienen a parar aquí. ¿Imagínese viene alguno embrujado?”. Él, también a veces, es bromista.

Raymundo Sánchez no le tuvo miedo a la muerte cuando, hace ya muchos años, menos largo y más muchacho, corría desde su casa, en el municipio de Ciudad Delgado, hacia las escenas que para esas fechas dejaba la guerra civil salvadoreña: cuerpos baleados, calcinados, aventados en plena calle, ante los ojos de una comunidad que lejos de vivir horrorizada, aceptaba esa normalidad. “Creo que siempre me llamaron la atención los muertos, desde chiquito. Yo era el primero en llegar cuando se sabía de algún baleado en la calle”, dice Raymundo Sánchez, al tiempo que menea remolino un polvo edulcorado en su termo de plástico. Bebe agua roja mientras se deja observar por sus mascotas: una familia de escarabajos clavados con alfileres sobre unos carteles que explican huesos; una mariposa negra alas extendidas que gira 360 grados, ensartada en la segundera de un reloj de pared; la calavera de un perro, completa, blanquísima, como el mármol, con sus colmillos en perfecto estado. No hace mucho la encontraron en una exhumación, a las orillas del lago de Ilopango, muy cerca de donde más tarde sacarían a La Muchacha. Iban por un desaparecido y regresaron con tres más y su nueva mascota. Todavía no la han bautizado.

Raymundo Sánchez quiso estudiar medicina, pero rápido tuvo que abandonar sus estudios cuando a mediados de los noventa se supo padre. Hoy su hija mayor lo admira, y por su padre se le ha metido que quiere ser investigadora de la Policía. Él la está convenciendo para algo que “dé más”. Probablemente ella se decante por una antropología social y después se especialice en antropología forense fuera del país. Su hijo menor también admira a su padre, y todavía se emociona cuando alguna vez, de esas esporádicas, él ha aparecido en alguna imagen de la tele. A las exhumaciones se les persigue como las avispas a la miel. “Pero todavía está muy cipote y creo que no sabe aún lo que quiere. Lo que sí me he dado cuenta que le gusta eso de los sistemas, de las computadoras”, dice Raymundo Sánchez. Por su familia, hace mucho tiempo, Raymundo Sánchez no dudó en abandonar sus estudios de odontología para ir por la plaza que le ofrecían en Medicina Legal: ir por los muertos para ganarse la vida.

18 años después su oficina es el cuarto de los huesos. Aquí trabaja, almuerza, atiende vivos, limpia huesos, cocina huesos, clasifica huesos, apunta datos, enseña huesos, guarda huesos, resguarda huesos. Cuando puede, un lapso después del almuerzo, descansa sus huesos y cierra los ojos, sentado en una silla. El escritorio de Raymundo Sánchez es prolijo, pero a veces las circunstancias lo desordenan. Papeles, requerimientos, memorándums. Al menos aquello que él logra controlar, la esquina del escritorio, siempre está ordenada: dos estanterías para una colección de lápices y lapiceros, en el que sobresale su cepillo dental. Atrás del escritorio de Raymundo Sánchez están los improvisados tablones de estudio, y sobre uno de ellos ahora yace La Muchacha, que se seca después de dos días de hervidas y lavadas. Pasada la etapa de cocción, Raymundo Sánchez, con un bisturí y con otro cepillo dental raspó los huesos para sustraerles hasta la última hilacha de carne. Luego ordenó el esqueleto, atravesando las vértebras con un hierro largo y delgado, para formar la columna vertebral. Las vértebras atravesadas por el hierro evocan a un pincho de carne.

Ahora La Muchacha se seca y un par de moscas le molestan el orificio nasal. Raymundo Sánchez sale en su auxilio, y rocía a La Muchacha con Raid matamoscas y mosquitos. Las moscas huyen despavoridas. La Muchacha queda tranquila.

Suena el teléfono. Raymundo Sánchez contesta. El cuarto se impacienta, como previendo lo que se viene. Cuelga.

—Vienen a preguntar por un desaparecido –dice Raymundo Sánchez, y sale del cuarto y se va a buscar a los visitantes. Se va a advertirles.

Al cabo de unos minutos, dos mujeres entran temerosas por la puerta. Una es bajita, vestido verde humilde, cortado a la cintura por un cincho de tela. Lleva una cartera roída, unas zapatillas bajas y gastadas. Está inquieta, angustiada. No habla. Mira para todas partes. La otra mujer es delgada, un poco más alta, usa gafas. Ella se tapa la nariz con un pañuelo. Desde el pañuelo habla. La primera es la madre y ella es la tía de un joven desaparecido hace un año. Entran al cuarto y le piden al barquero permiso para moverse entre los huesos. Se acercan a La Muchacha, pero esta no les dice nada. Se van a la mesa del centro, y un joven con el cráneo destrozado, macheteado por sus victimarios, tampoco les resuelve la angustia. De lejos observan a El Pirata. Él tiene la quijada fuera de posición, adornada en un costado por una placa de titanio. La muerte se mofa con una burlesca carcajada.

—¿Este no será? –pregunta la Tía, y la madre del joven se acerca a una calavera dispuesta al final de cuarto, cerca de la puerta que da al patio. Casi la besa. La mujer intercambia miradas con dos cuencas vacías y hurga con atención a unas quijadas con muy pocos dientes y muy pocas muelas.

—No, madre. Esa es de una señora encontrada en San Pedro Masahuat –interviene Raymundo Sánchez.

—Yo sé. Mi hijo no tenía los dientes así –habla por primera vez la madre, segura de sus recuerdos.

—¿Usted ya había venido, verdad?

Las mujeres se encogen de hombros y vuelven cabizbajas al escritorio. Raymundo Sánchez les ofrece asiento. Se pone unos lentes que lo avejentan. Él las escucha, y mientras lo hace busca en sus archivos. Encuentra el expediente del hijo desaparecido. Lo lee rápido. Elucubra repreguntas. Los detalles que parecen más insignificantes a veces suelen ser claves. ¿Tenía relleno en alguna muela? ¿Fracturas? ¿Cómo iba vestido la última vez que lo vio? ¿De qué color era el calzoncillo? Cuando Raymundo Sánchez habla con los familiares de las víctimas, es un santo. Su voz se torna dulce, suave, acogedora. Un “yo la entiendo” pronunciado por su boca vale tanto como cualquier abrazo, que aquí no los hay. Ella revive la desaparición, las sospechas contra su vecino, el de la casa a la par de su casa, “uno de esos muchachos”. Un pandillero. Ella llora y Raymundo Sánchez la consuela:

—Tengo fuerza, madrecita, porque esto en este país así es. No le insisto en que les pida ayuda a ellos porque eso también es peligroso.

—¡Si ya lo hice! Y me habían dicho que lo iban a hablar, pero a través de unas de sus mujeres me amenazaron.

—Es que ese es el problema… Pero mire, nosotros no nos vamos a mover de aquí. Y yo nunca olvido un detalle. Si aquí viene, tenga por seguro que le vamos a avisar.

Hora y media después, las mujeres se marchan, esperanzadas en la promesa de Raymundo Sánchez, un corazonsote con dos largos brazos y dos largas patas. Hay mañanas en las que tus problemas no son problemas, sobre todo si conoces a estos familiares errantes.

***

Ahora entra huracán, cargando una corbata roja, el doctor Óscar Armando Quijano.

—?¡Ajá, cipotada! ¿Cómo va la cosa?

El doctor Quijano siempre entra vestido de civil: siempre manga larga, pantalón planchado, zapatos bien lustrados, siempre una corbata de color al cuello. Siempre los lentes, siempre la picardía. Entra a las 11 de la mañana y sale a las 8 de la noche. Por las mañanas da clases en una universidad. Por las tardes, a partir de las 4, se queda solo en el cuarto de los huesos escuchando, a veces, Saturday Nigth Fever, de los Bee Gees.

—?¡Mire cómo alegra el cuarto esta cipota!

El doctor Quijano se acerca a una simpática joven de pelo negro azabache y unos preciosos ojos con ascendencia hindú. La abraza, contentísimo, y le da un beso en la frente. Es como si fuera su hija. La chica le responde contentura y le devuelve el abrazo. Es como si ya conociera las maneras del loquillo doctor Quijano, aunque apenas y puede decir y entender un par de cosas en español. Estos días son los últimos días de Monish, una forense canadiense, recién graduada. Está de pasante con los antropólogos salvadoreños. Es la última de tres pasantes que han vivido entre nuestros huesos. Raymundo Sánchez lo tiene claro. Lo dijo hace cuatro días, voz de mascarilla, mientras le arrancábamos las perlas de La Muchacha a una grasienta y descompuesta melcocha humana:

—Ha de ser bien raro que en Canadá aparezcan tantos cadáveres enterrados como en El Salvador. Aquí lo anormal es lo más normal del mundo, y eso es interesante para ellas.

Raymundo Sánchez, si la rutina no cambia, siempre tendrá material para educar a doctoras jóvenes y ávidas de huesos. En 2012, la Policía Nacional Civil recibió 1,564 denuncias de desaparecidos: 132 fueron confirmadas como homicidios, 820 archivadas porque “aparecieron” las personas; el resto, 612, continúan sin paradero conocido. Con los desaparecidos de 2011 ni la Policía sabe qué ha pasado, pero al menos queda una cifra: hubo 1,267 denuncias. Para julio de 2013, la Policía reportaba un incremento de casos en un 18 %, respecto al mismo período del año anterior. 949 denuncias al finalizar la primera mitad del año. Todo lo anterior solo sirve para explicar dos importancias. La primera es que tarde o temprano van a reaparecer todos esos huesos. En el último año y medio han terminado aquí 120 osamentas, de uno, dos, tres o 30 años de antigüedad. Lo segundo es que si el cuerpo humano tiene 206 huesos, eso significa que detrás de los desaparecidos del último año y medio hay otro cuarto de millón de huesos que se desarman buscándolos. O no. Pero esos son familiares extraños. En el cuarto de los huesos hay una osamenta que ya fue identificada, pero sus parientes tienen miedo de ir a buscarla, porque eso haría sonar las alarmas de la pandilla. Hay otra: la de una chica que no alcanzó a ser mamá. Su familia sabe que la calavera y su cría están aquí, pero mandaron decir a la Policía que ella se buscó este final por andarse involucrando con pandilleros.

El doctor Quijano sale del cuarto de los huesos. Su oficina es un cuadrado cerrado y aislado que comparte con su amigo Saúl Quijada. El escritorio del doctor Quijano es un remolino donde aparecen y desaparecen informes, papeles, dictámenes. Alguien le regaló una caja de cartulina, en la que hay dibujado un sombrero negro con cinta blanca, que dice: “Dr. Quijano”. Alguien más le regaló un esqueleto de juguete, pequeño, de hule flexible, que él mantiene sentado. En una de las gavetas de su escritorio guarda uno de sus más preciados tesoros: un hierro conectado a un cable de corriente que le sirve para calentarse el agua del café. En un tapexco colgado de la pared guarda su sombrero de soldado, con el cual se disfraza para ir a hacer las exhumaciones. De soldado, sin embargo, Óscar Armando Quijano no tiene nada.

En su juventud, Quijano vivió alguno de los momento más álgidos de la represión militar en su alma máter, la facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador. No habrá sido fácil, para muchos jóvenes como él, resistirse a los pasionismos de la guerra, sobre todo cuando a su lado caían muertos compañeros o se les perdía el rastro a otros desaparecidos. En un viaje hacia una exhumación, en el municipio de Mejicanos, pasamos frente al portón de la Universidad por el que muchas veces entró.

—¡Ja! ¡Hubiera visto, papá! Una vez salimos por ahí como que éramos garrobos, arrastrándonos con la panza, porque caían los morteros y tronaban los cuetes.

“Pero gracias a Dios pude graduarme”, dice el doctor Quijano, y una plaza de médico forense, a finales de los ochentas, los hizo recular hasta Ciudad Barrios, en el oriente del país. Allá, sin profesores, aprendió a la brava a hacerse médico forense.

—?¡En aquellos tiempos no se sabía ni miércoles, cipote! Uno se estrenaba en el día a día. Aprendimos a hacer autopsias a la brava, con las costaladas de guerrinches y soldados que llegaban a la morgue.

En 1993 había tres razones que lo persuadían para regresarse a la capital. Una plaza en el Hospital de Niños Benjamín Bloom, una nueva plaza en la oficina de Medicina Legal en Santa Tecla y el nacimiento de su primer hijo. Ganó el cupo para la primera, pero decidió quedarse con los muertos, entre otras cosas por el sueldo, pero principalmente porque esa oficina le quedaba cerca de la casa. “Criar un cipote no es chiche, no crea, y ya mi mujer me había advertido que me quería tener cortito”, bromea el doctor Quijano.

Allá por 1995 conoció al odontólogo forense Saúl Quijada. Jugando basquetbol a las salidas del trabajo se hicieron buenos amigos. Sin embargo, no sería sino hasta 11 años más tarde cuando los dos terminarían trabajando juntos.

En el taburete que hay sobre el escritorio del doctor Quijano él siempre cuelga dos carteles hechos a mano: “Ando en una exhumación”, dice uno; “estoy en el laboratorio”, dice el otro. El primer lugar se refiere a cualquier punto en El Salvador; el segundo, al cuarto de los huesos.

***

Ahora Óscar Armando Quijano regresa transformado en el doctor Quijano y se pone a repasar el inventario del día. Camisa de doctor, cuello en V, color celeste. “Este ya estuvo, ahora me toca con este”, y señala a El Pirata, la calavera que parece que se tira carcajadas. “Venga a ver, cipote. A este ya lo tenían bien avanzado”. A El Pirata alguna vez le dispararon en la cara, en el brazo, en una pierna, en la otra, en las costillas. “Premortem. Todos estos pijazos fueron premortem. Por eso le digo que ya lo tenían bien avanzado”, dice el doctor Quijano.

El doctor Saúl Quijada deja de armar el rompecabezas de otra calavera y secunda a su amigo: “Este hoyo que le ve en la tapa del cráneo no es el balazo, sino una trepanación que seguro le hicieron para aliviar una inflamación en el cerebro, a consecuencia del disparo en la cara”.

Pasa el tiempo, y entre las palabras técnicas de los doctores y las bromas del doctor Quijano sobresale un hueso. Es el hueso más hermoso de todos, aunque la naturaleza le dio un lugar poco agraciado.

—¡No, no es el chunchucuyo! El chunchucuyo es esta parte, mire –dice el doctor Quijano, y toca la punta del hueso sacro, una oda a la ingeniería natural, una máscara con ocho orificios ordenados en cuatro pares. Por los orificios, en vida, nadan los nervios. Es un coral de arrecife escondido bajo aguas turbulentas. O quizá la naturaleza es sabia: esconde y cuida lo más hermoso en el lugar menos pensado. Un golpe salvaje a ese hueso es la muerte en silla de ruedas.

—¡Un golpe ahí ni Supermán, papito! –dice el doctor Quijano.

La clase de huesos se interrumpe cuando entra de súbito el fiscal Ramiro Quinteros para pedirles ayuda a ellos, los que saben de huesos, de posibles causas de muerte, de lo último que le pasó en vida a los dueños de esos esqueletos. Él, moreno, barba oscura y desordenada, pelo corto, como el de Trucutú, tiene un caso entre manos y necesita la ayuda del jefe de la Unidad de Antropología.

—Ajá, papá, ¿qué necesita? Hable claro o calle para siempre –le dice Quijano.

El fiscal coloca sobre la mesa unos papeles y enseña las fotografías de unas radiografías. Quijano toma las fotos e intenta verlas en un lector colgado en la pared, pero el lector no se enciende. Raymundo Sánchez llega en su auxilio, y después de golpear con sus dedos las tres lamparitas que hay en el interior del aparato, crea luz.

—La patóloga dijo que la posible causa de la muerte era un proyectil de arma de fuego, pero mi testigo criteriado me dice que le dieron así: con una piocha –dice el fiscal.

—¡Ajá! Pero en estas carambadas se aprecia muy poco, macizo, ¿qué quiere que yo haga? –pregunta Quijano.

—Que me dé un peritaje nuevo –pide el fiscal.

El doctor Quijano se quita los lentes. Observa al fiscal, toma las radiografías, las golpea.

—Vea, papá: ¡No joda! Así no se hacen las cosas. Yo para hacerle un peritaje necesito trabajar con los huesos.

Cuando el doctor Quijano dice “los huesos” se frota las falanges de la mano izquierda.

—¿No me puede hacer el favor? ¡Hágame el cachete! –ruega el fiscal, y le guiña el ojo.

—¡No, macizo! Y me va a disculpar: ¡pero las cosas no son así! ¿Se imagina en el huevo que me meto si yo hago algo así? ¡No´omb´e! ¡Óigame: necesito los huesos! ¡Yo con estas fotos no hago nada! ¡Sería un irresponsable! ¿Adónde están esos huesos? Tráigamelos y luego hablamos.

El fiscal duda, se ríe nervioso.

—¡Híjole! Ahí sí me va a esperar –dice el fiscal– porque ahorita no tengo ni idea de en cuál cementerio lo enterró la familia. Pero vea, si lo encontramos, ¿nos la llevamos a ella para ir a sacarlo? –dice el fiscal, y le levanta las cejas a Monish, la pasante canadiense. Ella, aunque no hable español, pareciera que intuye lo que está pasando y se da la vuelta hacia los huesos que tiene a la espalda. Es como si se quejara con La Muchacha.

El doctor Quijano se le acerca al fiscal y le pone los papeles en el pecho.

—¡No sea bayunco, macizada! Tráigame esos huesos y yo le doy un dictamen.

El fiscal se retira, y el doctor Quijano se desquita con Raymundo Sánchez.

—?¡¿Va’ cre’r lo que quería este?! ¡¿Va’ cre’r, Humildad?!

—?¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ya deje, homb’e!

***

Ahora los 206 huesos del doctor Saúl Quijada salen del cuarto y migran hacia la salida. San Salvador está a punto de conmemorar sus fiestas patronales, y el dueño de esos huesos que se mueven con lentitud, con pasitos cortos, se queja. Frunce el ceño, tuerce el labio superior y con él mueve un bigote fino.

—Este es uno de los problemas que tenemos como país –dice el doctor Saúl Quijada–. Esta mentalidad de pueblo que no se nos quita. ¿¡Cómo se les ocurre permitir que a la par del Centro de Gobierno se instale una feria!? ¡Dígame en qué otro país ocurre eso!

En los arriates y en las aceras, a un lado del complejo judicial, del palacio de justicia, decenas de vendedores ya comienzan a armar sus puestos de feria. Dentro de poco aquí olerá a papitas fritas, churros españoles y enredo de yuca; pero ahora todo es muy pronto. Unos trabajadores han colocado el esqueleto de una Chicago sobre la calle. Cruzamos. Saúl Quijada deja de quejarse. Siguen los pasitos cortos, probablemente porque tiene dañadas ambas rodillas, o probablemente solo sea su manera de andar.

Llegamos a otra oficina gubernamental. Es pequeña, más pequeña que el cuarto de los huesos. “Banco de ADN de Migrantes. Procuraduría de Derechos Humanos”. Saludamos. Una chica cuenta unas calcomanías adornadas con códigos de barras. Es un rollo bastante grueso. En una silla una anciana está llorando que su hijo se fue hacia Estados Unidos y a la fecha no ha vuelto a saber de él. Saúl Quijada entra en otro cuarto y se despide. No saldrá sino hasta dentro de tres horas, después de haber entrevistado a tres familias, unas 15 personas, que han perdido a sus parientes en la frontera norte de Estados Unidos. Les ha preguntado por pequeños detalles, esos que pueden hacer alguna diferencia. El Banco de ADN de Migrantes, en dos años, de entre 500 muestras de familiares de desaparecidos, ha logrado ubicar 28 osamentas. En el último año, en una morgue de Arizona, Estados Unidos, se han congelado 800 osamentas de migrantes centroamericanos que aparecieron muertos en el desierto.

Los doctores Saúl Quijada y Óscar Armando Quijano son testigos de las tres principales desgracias de El Salvador: la violencia de la guerra; que impulsó la marcha de decenas de miles de migrantes; que a su vez derivó en el retorno de los pandilleros como los conocemos hoy; que ahora son una gran razón para huir de nuevo. Es la mariposa de Raymundo Sánchez repitiéndose en un círculo vicioso. Y lo triste es que no todos los que huyen regresan con remesas y encomiendas. Y esa es otra millonada de huesos vivos que no tiene ni idea de por dónde comenzar a buscar a aquellos que se perdieron en el camino hacia Estados Unidos.

***

Ahora Saúl Quijada está de regreso en el cuarto de los huesos, obsesionado con otra calavera. Le da vueltas, la ausculta, le cuenta los dientes, los examina, parece que le habla, pero a él no le gusta ocupar esa figura. Audífonos en los oídos, tararea I was made for loving you, de Kiss.

—¿Cómo estuvo ayer?

—Es cansado. La carga emocional que transmiten los familiares de los desaparecidos es algo fuerte. Si uno no descarga, puede pasarla mal.

Saúl Quijada se descarga haciendo pesas. Intenta hacerlo tres veces a la semana. Por eso el pecho es erguido, los músculos anchos, la pinta de un Pedro Infante. También se distrae en su consultorio dental, al salir del trabajo. Alguna vez, a una pregunta boba (“¿con cuál paciente se siente más cómodo?”), Saúl Quijada contestó: “Con el de aquí. ¡Los vivos mucho se quejan, ja,ja, ja!” Él, a pesar de todo, también puede hacer bromas.

Los fines de semana intenta distraerse atendiendo un negocio familiar: un vivero-café en las afueras de la capital. Ideal para los románticos: un sitio despejado y fresco, apacible, con vista al volcán de San Salvador. Le gusta preparar cafés, pero le gusta más pasar tiempo con su hijo, de nueve años. Una vez, en una actividad del colegio, cuando el niño estaba más pequeño, la maestra habló a Saúl Quijada un tanto extrañada. Los niños habían descrito a sus padres como médicos, ingenieros, abogados, y ella no entendía por qué Saulito insistía en que su papá se dedicaba a cavar hoyos.

—Ja, ja, ja. Cuando le expliqué mi trabajo la maestra dejó de hacerme preguntas.

Saúl Quijada regresa a su rompecabezas.

—¿Qué le dice?

—No, nosotros no hablamos con los huesos, pero eso no significa que ellos no dejen de explicarnos muchas cosas.

—¿Hombre o mujer?

—Mujer. Con los cráneos es más fácil definir el sexo. También con las pelvis. Las pelvis de las mujeres están diseñadas para expandirse, para dar la vida.

—¿Y los cráneos?

—Ellos nos dicen que las mujeres están anatómicamente más adaptadas para la comunicación. El paladar, vea, es más angosto y más profundo, como una caja de resonancia. Tendrá que ver con la evolución: ¿qué hacía el hombre? Se iba de caza, en silencio. ¿Y la mujer? Hacía comunidad, educaba a los hijos, y para todo eso necesitaba comunicar.

Repasamos la idea con el cráneo de El Pirata. “El hombre tiene el macetero más fuerte, más protuberante. Vea las cuencas de los ojos. Más profundas, como binoculares. Con el perdón de las feministas, pero la evolución como que fue machista y fue diseñando a los hombres como cazadores”. Ahora nos pasamos a La Muchacha. “Vea las cuencas del cráneo. Es más rasgada, para que el lóbulo del ojo pueda tener una visión lateral o, como decimos, para ver mejor por el rabillo del ojo. ¿Y usted se preguntará por qué? ¿Ha visto cómo se defienden los pequeños camaleones, girando el ojo 360 grados? A pues, la evolución diseñó a las mujeres a la defensiva, como a las presas”. La Muchacha tiene un golpe en la base del cráneo, que en vida fue la nuca. ¿Habrá visto cuando la atacó su victimario? ¿Habrá gritado un último auxilio?

***

Ahora Raymundo Sánchez y el doctor Saúl Quijada se preparan para una restitución. Se va El Pirata, y La Muchacha se ha acercado lo suficiente para despedirse. Se va la carcajada burlesca de El Pirata. Se van los huesos de un cazador por fin cazado del Barrio 18. A uno que ya lo tenían avanzado, uno que al fin se dejó morir. Le encontraron golpes en las cervicales, a la altura del cuello.

La primera vez que su hermana lo vio en el cuarto, lo reconoció de inmediato. Lo delataron las placas de titanio en la quijada y en el radio izquierdo. Ahora ha venido por él. La acompaña su marido, un simpático hombre bajito, de bigote largo y gorra. Un hombre de habla campechana.

—¡Sí, hombre! ¡Este es mi compadre! ¿Cómo no lo voy a reconocer? Sí, aquí están las señas: ¡ve! Yo no le creía a ella…

El Pirata, entonces, cobra vida en su cuñado.

—Este hombre caminaba así, mire: con la mano izquierda, esa que tiene la placa de metal, así, enjutada, y renco, como subibaja.

El Pirata era un pirata cojo.

—Imagínese cómo terminó mi compadre… Y estaba bicho, 32 años. Imagínese todo lo que le hicieron hasta que lograron matarlo. Yo solo me preguntó cuánto no habrá hecho con otros él.

***

Una semana después de la despedida de El Pirata ha llegado la hora para despedirse de La Muchacha. Los antropólogos forenses han concluido que la vapulearon, le destrozaron algunas costillas, con golpes secos, contusos; le dieron en la quijada, pero probablemente el golpe en la nuca, con un “objeto cortopunzante y cortoconduntente”, fue el que acabó con ella. En castellano eso significa que alguien le introdujo en la nuca, con soberana saña, con precisa violencia, la punta de algo.

—Así ajusticiaban en la guerra… ¿No sabía? –dice el doctor Quijano, y con el cuerpo hace las veces de un verdugo que se para detrás de su víctima que, acurrucada, solo espera que se termine todo con un golpe certero en la nuca.

—¡Zas! –dice el doctor Quijano, al tiempo que hunde una vara imaginaria–. Eso ha de ser terrible.

—Muchos se preguntan por qué hay tanta violencia hoy, y nadie se ha puesto a pensar que solo estamos reproduciendo todo lo que vivimos en el pasado –interrumpe el doctor Quijada, reflexivo. El doctor Quijada es un hombre reflexivo.

Pareciera que fue ayer cuando La Muchacha se evaporó en el caldero, y ahora está seca y tatuada. En todo este proceso, Raymundo Sánchez ha sido un fiel y celoso cuidandero. Nunca ha perdido ningún hueso, pero por precaución a todos les pone un código con plumón negro. “Si algún huesito se cae, ese código nos dice a qué caso pertenece”, dice. Así, todita tatuada, La Muchacha está lista para partir. Ahora Raymundo Sánchez recoge uno por uno todos sus huesos y los introduce en una caja. En unas bolsas embala los vestigios de la que fue su última ropa. Un saco de yute y un lazo que lo cerraba, un pantalón, un cincho, un hilo y un sostén. Dos medias. Dos botas carcomidas. Raymundo Sánchez ahora sale del cuarto con La Muchacha en brazos.

—Para esto es importante este trabajo –dice, convencido, mientras camina–. Si me pregunta a mí, este trabajo sirve más para que las familias encuentren a los suyos que para que los fiscales capturen a los pandilleros. Si allá afuera nos vamos a seguir matando, y cada vez en eso están evolucionando más. ¿Que no ve que ahora están desenterrándolos y los dejan aventados en las calles? ¿Para qué hacen eso? Para que no los vinculen, porque saben que los están delatando.

En el parqueo de la morgue hay un viejecillo que espera a La Muchacha. Pellejos tostados de color café es su padre. Él no quiere ver a su hija así, ningún padre quiere ver a su hija así, pero Raymundo Sánchez se acerca para animarlo.

—Venga, padrecito, le aseguro que esto le va a hacer bien.

El viejecillo trastabilla, pero se deja llevar por la mano de Raymundo Sánchez.

El doctor Quijada y el doctor Quijano le presentan al padre los huesos de su muchacha. Hace unos segundos la han sacado de la caja y la han recostado en un ataúd.

El viejecillo tiembla, y cuando ya no se resiste, estalla.

—Yo vine solo para que nadie viera esto… ¡Viera cuánto nos han ofendido! ¡Cuando nos preguntaban si la habían mutilado, para nosotros era una vergüenza! Pero así como la han puesto se ve completita, gracias a Dios…

Todos callamos. Un instante es una eternidad. El doctor Quijada se lanza confortador. Le toma el hombro al viejecillo, se lo acaricia, le habla al oído.

—Usted ya no haga reparos en esas cosas y sepa que aquí está su hija. Pídale a la gente de la funeraria que selle la caja, para que la gente no haga más comentarios en la vela.

El viejecillo le aprieta el brazo izquierdo al doctor Quijada. Llora todo lo que puede. Por más que se repita, no es lugar común: ningún padre debería ver morir a sus hijos; ningún padre debería enterrarlos así.

—Ahora, usted esté tranquilo, sereno, y transmítale esto a su familia: ahora van a descansar porque saben que ya la encontraron; y ella va a poder descansar en paz, porque ya regresó con ustedes.

El viejecillo se recompone. Inhala. Suspira. Inhala… Luego aprieta todas las manos que se le cruzan y da las gracias. “¡Gracias, doctores!”. Antes de partir, desgraciados, preguntamos el nombre de su hija. Él responde orgulloso. La Muchacha se llamaba Fidelina. Tenía 33 años.

***

Ahora el cuarto de los huesos está sumido en un profundo silencio. La ausencia de La Muchacha ha trastocado todo. Raymundo Sánchez, cabizbajo, prepara remolino su refresco edulcorante. El doctor Quijano da vueltas por el cuarto, mudo, buscando respuestas en los huesos de las nuevas osamentas que hay que examinar. Al no encontrar consuelo huye de ahí. “Va pues, nos vemos”, murmura. “Nos vemos, doc”, alcanza a decirle Raymundo Sánchez. Saúl Quijada está derretido en una de las sillas y ni le responde. Tiene la mirada perdida. 3 p.m. Lo anuncia la mariposa que gira 360 grados. Hay tardes en las que la vida sabe a pura mierda, aunque esa tarde unos desgraciados hayan hecho un poco de bien.

***

Todos estos huesos todavía tienen mucho que contar. Las fiestas patronales de San Salvador ya finalizaron, y la pestilencia que dejó la diversión de la ciudad ya se ha ido con el viento; los charcos de aceite, orines y heces han desaparecido, y el doctor Saúl Quijada se ha quitado esa roncha de la cabeza. Desde la restitución de Fidelina, al cuarto de los huesos han llegado cinco osamentas que aparecieron botadas en cinco puntos de la ciudad, otros cinco parientes han venido buscando huesos, pero los suyos todavía no están aquí; y Raymundo Sánchez y los doctores han hecho dos exhumaciones más. En una de esas, Raymundo Sánchez, el hombre que no le teme a la muerte, entró en feroz batalla con una tumba, ubicada en el centro del cementerio de San Juan Opico, un pueblo alejado media hora de la capital. Íbamos a descabezar a un muerto, a traer la calavera de aquel caso que un fiscal quería que le resolvieran estudiando solo unas fotografías. Fue aquella una batalla épica, de cinco largas horas entre la ubicación de la tumba, la excavación y la resucitación de esos huesos. Y aunque Raymundo Sánchez diga lo contrario, la muerte esa vez parece haberle vencido. Era aquel el cadáver más putrefacto que hayan olido un grupo de cavadores, dos policías, un fiscal y un periodista. Golpeaba como las olas golpean los despeñaderos: unas veces calmas; otras, demasiado fieras. El único que se mantenía estoico, sin mascarillas, supervisando la obra, era el doctor Saúl Quijada. Eso se explica gracias a su esposa, quien ha descubierto que su marido ha perdido la sensibilidad en el olfato. El cadáver estaba envuelto en cinco bolsas plásticas, un año de enterrado, embadurnado de cal. “Un macerado”, dirá Raymundo Sánchez. Era un joven de 13 años que murió a manos de la Mara Salvatrucha. Sabía de un asesinato, creyeron que era un soplón y le mataron. Disfrazado como cazafantasmas, Raymundo Sánchez se aventó al nicho y batalló con la osamenta, que no quería soltar el cráneo. Un millar de moscas le hicieron trampa. Un minuto. Dos minutos. Cinco minutos, siete minutos y Raymundo Sánchez apenas pudo sostenerse de la mano de William Villanueva, un auxiliar forense que se desvive por conseguir una plaza con el equipo de antropólogos. Villanueva, un gordito serio, también tiene dos décadas jalando muertos, y en los últimos meses ha comprobado que reaparecer a los desaparecidos es un trabajo que quizá valga más la pena. Sale de sus turnos nocturnos y en lugar de irse a su casa, con sus hijos, ocupa sus días libres para ayudarle a Raymundo y a los doctores, como esa tarde, en la que sacó a un pálido de una tumba, porque la muerte lo había dejado K.O. Lo tufeó a Raymundo Sánchez. Le costó reincorporarse antes de llegar a 10, para reanudar la batalla, porque al final decidieron que tenían que traerse todo el esqueleto.

—¡Fue la cal! ¡Fue la cal! –dijo media hora más tarde, todavía desencajado, defendiéndose de las preguntas.

De regreso en el cuarto de los huesos, el doctor Óscar Quijano, experto en reconocer detalles, no dudó un instante cuando resumió todo lo que había pasado.

—¡O sea que ese hijuelule estaba sabroso!

***

Ahora partimos junto a Raymundo Sánchez y Saúl Quijada en un viaje en el tiempo. Todo gracias a una casualidad. Ayer una tormenta desnudó la vulnerabilidad del cuarto: cuando llueve recio, el agua se cuela por el techo, y cerca de la puerta que da al patio cae catarata. La inundación mojó las bases de las cajas que hacen de soporte a las mesas de trabajo. Y los ambientes húmedos arruinan los huesos. Seis de las cajas dañadas contienen las osamentas de 17 personas masacradas por el Ejército salvadoreño en El Mozote, hace más de 30 años. Y es ahí donde radica la casualidad.

Resulta que este cuarto de los huesos que conoció La Muchacha no es el primero ni el original. Antes hubo uno que retuvo más de 400 osamentas, la mitad de ellas eran de niños. Y aunque ese ya desapareció para siempre, sobrevive el segundo cuarto de los huesos, que está escondido en el sótano de otro palacio de justicia, ubicado en la ciudad de Santa Tecla, a escasos minutos de la capital. La cuna del EAF. Los huesos que hay ahora en el nuevo laboratorio de antropología forense son contemporáneos a los que hace más de dos décadas se estudiaron en el primer cuarto de los huesos de El Salvador. Y ese primer cuarto, aunque ya no tiene huesos, aún conserva su nombre bautismal.

Llegamos al parqueo del Centro Judicial de Santa Tecla. Raymundo Sánchez y Saúl Quijada desaparecen instantes después de bajarse del carro. Se han perdido, emocionados al reencontrarse con sus viejos amigos. En estos sótanos, oficinas hechizas en el centro de un parqueo, nació hace casi 15 años la unidad de antropología.

—¿Dónde está El Mozote? –preguntamos a un motorista del centro judicial.

—¿El Mozote? Es el cuarto de la esquina. Vaya a ver. Solo toque la puerta.

Entre 1992 y 1993, un grupo de antropólogos argentinos vino a El Salvador para intentar comprobar que una terrible masacre había ocurrido en las montañas del norte de Morazán, al oriente de El Salvador, como denunciaban los familiares de los sobrevivientes, respaldados por Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador. En enero de 1982, una mujer, llamada Rufina Amaya, denunció al mundo que le habían matado a su esposo y a la mayoría de sus hijos unos soldados salvadoreños. Y no solo a ellos, sino a un millar de campesinos en el caserío El Mozote y en otros ocho poblados más. Cuando la denuncia fue publicada en el New York Times y el Washington Post, el Gobierno de El Salvador negó esa masacre, y luego también la negó Estados Unidos, país que había adiestrado a los autores materiales de la misma: al teniente coronel Domingo Monterrosa y los soldados del Batallón de Reacción Inmediata Atlacatl.

Durante toda esa década, el Estado siguió ocultando todo, pero gracias a la presión internacional que levantó la noticia de la apertura del caso, en un juzgado del oriente del país, el órgano de justicia autorizó que se practicaran exhumaciones en El Mozote. Y como no había en esa época antropólogos forenses en El Salvador, se contactó al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que en la década de los ochenta había cobrado fama luego de descubrir algunos de los cementerios clandestinos de la dictadura argentina.

En El Mozote todavía hay gente que recuerda con mucho cariño aquellas exhumaciones. Juan Bautista Márquez es uno de ellos. Él es un anciano ya de pellejo pegado a los huesos que sobrevivió a esa masacre, huyendo de un caserío para refugiarse en otro; huyendo a un tercero, hasta que la masacre terminó –después de siete días– y pudo huir sin tantas prisas hacia los campamentos de refugiados en el vecino Honduras.

—Recuerdo a una de las doctoras que se quebró cuando encontró, en uno de los entierros, el juguetito de un niño cerca de los huesitos de su dueño. Creo que era un caballito de madera. Eso fue duro –dice Juan Bautista Márquez.

En una de las jornadas de excavación, muchos otros recuerdan cómo el entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia, Mauricio Gutiérrez Castro, ordenó la suspensión de las exhumaciones porque ya era demasiado tarde, porque no podían seguir toda la vida, porque los sobrevivientes siempre apuntaban a nuevas fosas, en donde aseguraban había muchos más huesos.

Desde las montañas del oriente del país, camionadas de huesos viajaron alrededor de cuatro horas hacia Santa Tecla, hacia un cuarto hechizo en un sótano, a “el nuevo Mozote”, y ahí fueron estudiados por los antropólogos argentinos, en mesas improvisadas en los pasillos que dan al parqueo.

El Mozote es un cuarto oscuro, cuadrado y amplio, y ahora está atiborrado de contenedores fríos. La mayoría ya no sirven, y en su defecto hay un par de refrigeradoras más nuevas. Al final del cuarto hay un pasillo, y al final del pasillo una bodega. Ahí se guardaban las osamentas hasta que fueron estudiadas y más tarde restituidas a sus familiares. En una de las paredes hay un mapa antiquísimo de El Salvador, pero la custodia de El Mozote cree que no data de la época de las osamentas.

El Mozote ahora es el laboratorio de ADN para la región central del país. Sara de Lazo es quien recibe, todos los días, las muestras de sangre de los muertos por accidente, de los que se suicidan y de los asesinados. Pequeña, frágil, solitaria, ella vino aquí cuando a El Mozote ya solo le quedaba el nombre, pero dice conocer muy bien la historia. Le preguntamos qué sabe, y ella habla de todo: de los ancianos, de las ancianas, de las mujeres violadas, de los jóvenes masacrados, de los niños… Se detiene cuando en la cabeza se le cruzan las imágenes de los niños. Los labios comienzan a temblarle; ella pasa sola en ese cuarto, los ojos se le vuelven lágrimas; ella pasa sola en ese cuarto, y nosotros solo sabemos lo que pasó antes, y eso está bien, pero ignoramos lo que pasa ahora. Ella, que apenas y se entera de las historias en el nuevo El Mozote, que a su oídos solo llegan fragmentos de relatos detrás de unas muestras de sangre, que ella después convierte en unos códigos numerales, fríos, sin historia… Hasta ella se quiebra.

—Es importante conocer el pasado, para saber de dónde venimos. Y me alegra que estén conscientes de eso… Ustedes me hablan de El Mozote, quieren que les que diga qué sé de los niños de El Mozote, y lo que sé es lo que he leído, así que mejor le voy a contar de los niños de ahora: ¿Saben cuántos niños y niñas vienen aquí violados, estrangulados, desenterrados, asesinados por aquellos en quienes confiaban? ¿¡Saben cuántos son!? ¿¡Tienen una idea de cuántos son al año!? A veces uno quisiera tener tiempo para sacar esas estadísticas, para hacer una investigación que explique qué nos pasa, pero no se puede. No se puede…

***

Ahora Raymundo Sánchez se divierte en un cuarto contiguo a El Mozote. Está carcajada amplia, degustando un segundo desayuno que le convidó uno de sus amigos reencontrados. “¡Ya voy! ¡Ya voy!”.

El doctor Saúl Quijada también sale al paso. Hace un resumen del nacimiento del EAF salvadoreño: tras las exhumaciones en El Mozote, una recomendación de los argentinos quedó bailando en la mente del desaparecido Juan Matheu Llort, quien por años fuera el director de Medicina Legal de El Salvador. Así que se crearon plazas y se capacitó a los postulantes para que se convirtieran en antropólogos fuera del país, porque en El Salvador a la fecha no hay ninguna carrera de antropología forense. Uno de esos iniciados fue Saúl Quijada. Estudió en Monterrey, México, y en El Salvador se juntó con el doctor Pablo Mena, hasta 2006 jefe del EAF. A finales de los noventa a las oficinas del IML llegaban oenegés que pedían ayuda para desenterrar víctimas de la guerra, amén de que las familias querían reencontrarse con los huesos de sus familiares asesinados. Y entonces Pablo Mena, Saúl Quijada y un tercer doctor más salían mosqueteros en su auxilio.

En el año 2000, a solicitud de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el órgano judicial aprobó una segunda exhumación en El Mozote y los caseríos aledaños, en el oriente del país. Y hasta allá fueron enviados Saúl Quijada y Pablo Mena, para encontrarse por primera vez con el equipo argentino. Con el tiempo se hicieron amigos, y con el tiempo Saúl Quijada fue adoptado por los argentinos. En 2005 incluso se lo llevaron hasta Argentina, para entrenarse junto a ellos.

—Recuerdo que al principio desconfiaban, sospecho que por las experiencias de inicios de los noventa, cuando les interrumpieron el trabajo.

—¿Cómo ganó su confianza?

—Fue fortuito. Ellos nos vieron trabajar, y ocurrió que se interesaron en mi experiencia en odontología forense. Yo tenía la suerte de haberme capacitado en México, y entonces creo que el quiebre fue eso.

Conocer de calaveras, mandíbulas y dientes muertos.

—Una vez, mientras analizaba un cráneo, una de las líderes del equipo, Patricia Bernardi, me observó. Se acercó, me hizo preguntas y me escuchó con atención. Fue como una prueba de fuego, digamos. Cuando terminamos, ella me ofreció un trato: vos nos enseñas de dientes y nosotros te enseñamos de esqueletos, ja, ja, ja.

Un año después de que Saúl Quijada viajara hacia Argentina, el equipo original de antropólogos salvadoreños se deshizo. Pablo Mena se salió de Medicina Legal y recaló como director de un hospital nacional. Otro médico que estaba junto a ellos se cambió a patología, y fue entonces cuando el IML decidió que una de las viejas dirigiera al equipo de antropólogos. La vieja original lo recuerda como un chiste:

—¿Va’ creer? A mí me zamparon en este huevo, y me tuve que venir a trabajar con esta otra vieja. Yo allá estaba bien con mis muertitos, ja, ja, ja –dice el doctor Óscar Quijano.

—¿Se arrepiente?

—¡Para nada, papá!

Desde entonces las viejas son un debate constante: se pican para ver quién termina primero sus peritajes, para ver quién definió mejor la edad aproximada o quién tiene más razón en una probable causa de muerte.

***

En el camino al segundo cuarto de los huesos, el que todavía sobrevive, Raymundo Sánchez y el doctor Quijada nos señalan un pilar del centro judicial. Hay un vehículo funerario parqueado frente al pilar, porque el pilar está a la vista de todo mundo. Está ahumado también el pilar, manchado por una gruesa capa de hollín. Antes de que Raymundo Sánchez creara fuego con un tambo de gas, fósforos y una hornilla, lo hacía a la base de este pilar como lo hicieron alguna vez los cavernícolas. El presupuesto del Órgano Judicial, que durante años se jactó –y se jacta impune– de gastar millares de dólares en ordenanzas de lujo y secretarias con sueldos de diputadas, no tuvo, hasta 2012, una partida para comprarle a este equipo un tambo de gas. Hasta hace un año, las sopas humanas se cocinaban a fuego lento de leña.

***

Ahora estamos en el segundo cuarto de los huesos. Es irrespirable. Ha pasado tanto tiempo cerrado, desde que trasladaron al EAF hacia San Salvador, que la humedad, el encierro y los huesos delatan los hongos que se están apoderando de todo: de las cajas, de los huesos, de esas historias. En el segundo cuarto de los huesos hay, con redundancia necesaria, demasiados huesos. Más de 300 cajas rellenas con huesos, más de 100 bolsas de cartón rellenas con huesos. Desde 1997 hasta mediados de 2012. Llegan hasta el techo las cajas, y en un estante sobresalen una veintena de cráneos. Aquí hasta el doctor Quijada usa mascarilla porque el tufo a moho y hongo de hueso es tan fuerte, y tan peligroso, que también su nariz lo reciente. Si los familiares de todos estos huesos dieran con este cuarto se volverían locos tratando de adivinar cuáles son los suyos.

—Ray, ¿te acordás cuál era la caja del niño? –le pregunta voz de mascarilla el doctor Quijada a Raymundo Sánchez.

En una caja que fue creada para resguardar papel bond están los restos de El Marcianito. Es pequeñito El Marcianito, y Saúl Quijada tuvo que pegarle los huesos del cráneo porque la naturaleza todavía no los había soldado. Está completo El Niño, con todos sus huesitos en versión miniatura. Este niño no fue abortado, este niño no fue aventado a un basurero, este niño apareció cuando alguien abrió una zanja. El Salvador es un cementerio, dijo alguien ya. El niño estaba envuelto en una camisa de niño: azul con verde, marca Bebe Crece.

—Si se dan cuenta, este niño tenía su camisita; y eso explica que alguien lo cuidó. Ahora la gran pregunta es: ¿lo desapareció la mamá o la mamá también desapareció con él, y aún no la hemos encontrado?

—¿Qué edad tenía?

—Este es el desaparecido más pequeño del país.

Tenía entre cinco y ocho meses de nacido.

Antes de salir del segundo cuarto de los huesos, Raymundo Sánchez encuentra una nueva mascota. Alguna vez hurgó por ahí, hasta que quedó hecha huesos. Es la diminuta osamenta de una pequeña rata. Es el animal más raro de la tierra la rata, porque salvo la calavera pegada a la columna, el resto –pura columna, costillas y cola, pero sin patas– es una sola línea larga como el ciempiés.

***

En el viejo cuarto de los huesos ya no hay huesos de El Mozote, pero en el nuevo cuarto de los huesos hay seis cajas que cuentan esa terrible historia. No hace mucho, tres antropólogas canadienses catalogaron a los nuevos huesos de El Mozote. Esos huesos reaparecieron en 2010, un juzgado los requirió un año más tarde, y hasta dos años después vinieron a parar hasta aquí. Muchos de esos huesos guardan la terrible y triste historia de Orlando Márquez, un hombre robusto que cuando joven huyó de la guerra y de El Mozote, porque no quería convertirse en guerrillero y tampoco en militar. Orlando Márquez huyó de Morazán justo un año antes de la masacre, y la última vez que vio con vida a su padre con él le mandó saludos a su madre, a su nana y a sus dos pequeños hermanas. La menor era una bebé que se cargaba en brazos.

Orlando Márquez se enteró de la masacre en la víspera de la navidad de 1981, y cuando se sintió solo en el mundo decidió que nunca más regresaría a su tierra. Sin embargo, una vez terminada la guerra, y sobre todo a finales de la década de los noventas, muchos comenzaron a repoblar El Mozote, y hasta los oídos de Orlando Márquez llegaron las noticias que decían que se estaban adueñando de la tierra de su padre. Fue así que decidió ver qué pasaba, con la angustia de reencontrarse con un pasado doloroso. Desde el año 2000, Orlando Márquez hizo visitas esporádicas a El Mozote, pero en su cabeza ya había borrado la idea de buscar a los suyos. Viajaba para poner cercos que alguien más luego le robaba; y así, hasta que un día se cansó y decidió regresarse a vivir por largas temporadas en El Mozote.

Pero Orlando Márquez tenía familia, y su familia lo extrañaba. Lo extrañaban aún más, sobre todo cuando en 2005, la colonia donde vivían, ya no aguantaba con los gritos que provocaban unos pandilleros. Su esposa, Miriam, alcanza a recordar que a pocas casas de su casa alguien pegaba alaridos, perseguidos por un horrendo silencio. “Un día supimos que habían decapitado a alguien”, recuerda Miriam. Tenía la mala suerte la nueva familia Márquez de haber crecido en Lourdes, Colón, una de los municipios que con el transcurrir del tiempo se convertiría en uno de los más violentos del país. Un territorio en el que la guerra entre las pandillas se volvió –y sigue siendo– peculiarmente violenta y sádica, con cuerpos descuartizados en las calles de las colonias, cabezas jóvenes decapitadas y desfaceladas, máscaras hechas con piel de cara sobre el pavimento, cementerios clandestinos por todas partes: en los maizales, cafetales, cañales, en los patios de las casas. Un territorio en el que una calavera que se llamaría El Pirata sobrevivió muchas muertes antes de caer aniquilada. Huyendo de esa violencia, la esposa y los hijos de Orlando Márquez lo persiguieron hacia El Mozote, el lugar al que hace 30 años había jurado que nunca regresaría. Fue entonces cuando Orlando decidió que la nueva familia Márquez repoblaría también El Mozote, el lugar del que había huido por culpa de una guerra, el lugar al que regresaría para refugiarse de otra.

La familia creció, y para 2010 ya no cabían en un solo cuarto, así que decidieron hacer una nueva edificación. Temía Orlando Márquez encontrarse con su pasado, así que cambió los planos: ya no debajo de un amate porque al escarbar la tierra podían encontrarse con sus padres y hermanas. Cuál sería su sorpresa cuando descubrió que allá donde por fin decidió abrir una zanja brotarían todos sus huesos.

Un año más tarde, Orlando Márquez no sabía qué hacer con todos esos huesos, así que los guardaba en la sala de su antigua casa, en la que toda la familia se sentaba alrededor de un televisor. Toda su familia, incluyendo a sus padres Santos y Agustina; y sus hermanas Edith y Yesenia, todos muertos. Retazos de ropa le decían a Orlando Márquez que aquella era su familia. Unas sandalias que él había mandado para su hermana menor, le decía que los huesos que acompañaban a esas sandalias eran los de su hermana menor. Reconoció a su madre en una dentadura postiza, medio chamuscada. Detalles importantes. En diciembre de 2011, el juzgado de San Francisco Gotera le quitó a su familia, y durante un año volvieron a desaparecer. La antigua familia Márquez no fue enviada al cuarto de los huesos, en calidad de depósito, sino hasta enero de 2013.

***

Ahora nadie está estudiando los huesos de la familia Márquez porque no hay fiscales interesados en su causa. Pero alguien hurga entre los huesos de la vieja familia Márquez y cree reconocer a Agustina y a Santos. Allá en donde aparece una clavícula o un fémur pequeño sospecha que son las niñas Edith y Yesenia. Pero es que son demasiados estos huesos, demasiados, y solo estas seis cajas son suficientes para callarle la boca a todos aquellos que insisten en que en El Mozote no ocurrió lo que ocurrió. En seis cajas hay tres cráneos reventados, pares incompletos de fémures, tibias y peronés; decenas de costillas, una colección de marfil de dientes, pesados como canicas; cientos y cientos de fragmentos de huesos que ya sueltan polvo de hueso, porque el tiempo está acabando con ellos. Es curioso el polvo de hueso: al aspirarlo por accidente evoca al aserrín, y raspa las paredes nasales como una lija. Causa alergia. Es como si tuviera algo que decir. En los huesos de El Mozote hay 1,659 fragmentos de huesos, más 1,221 gramos de hueso fino, a punto de polvo. Llenarían esos gramos tres latones de leche.. No hace mucho, tres pasantes canadienses concluyeron que en estas cajas están los restos no solo de la familia Márquez, sino de otras 12 personas más. Así de grande sigue siendo esa masacre, más de 30 años después.

***

Ahora Raymundo Sánchez brinca de la alegría porque ha descubierto un tesoro. Lo mandaron desde Chalatenango, en la zona norte del país. Debajo de una pila de huesos viejos, huesos de la guerra, hay un uniforme verde militar. Botas, pantalón y camisa. No es el primer uniforme de guerrillero que aquí se encuentra. También está Julio Américo, pantalón negro y camisa verde, todavía restos de plomo en la camisa. También está uno sin nombre, aparecido cerca del lago de Coatepeque, al occidente del país. A este lo ajusticiaron: adentro del cráneo todavía se observan los “improntes de bala”. Son unas manchas verdes, metal oxidado. Pero este nuevo guerrillero es más atractivo, porque en la manga izquierda del uniforme tiene bordada una estampa de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL). Está perfecto el uniforme, y cuando Óscar Quijano entra al cuarto, se planea una rifa.

—¡Esto es pura historia, Humildad! ¡Ya la hicimos! –grita Quijano, al tiempo que extiende la camisa.

—Esto bien podría ir a parar a un museo, es historia nacional – secunda Quijada, reflexivo.

—Yo he oído que hay gente que paga buen billete por hallazgos así –remata Raymundo Sánchez, frotándose las manos.

—¡Ya estuvo! –sentencia Quijano–. ¡Este bolado lo vamos a rifar! ¿Se apunta cipotón?

Desgraciados todos, nos matamos de la risa.

***

Hace muy poco, mientras este equipo andaba desenterrando huesos, un equipo de arqueólogos encontró cuatro jaguares hechos de barro en las ruinas de Cihuatán, ubicadas en las afueras de la ciudad, en el caluroso municipio de Aguilares. Antes que ellos, otros arqueólogos han encontrado por todo el país otros cientos de piezas arqueológicas a lo largo del último siglo. En 2006, el Centro Nacional de Registros llegó a decir que en todo el país, allá adonde se abra una zanja aparecerán restos arqueológicos. Al paso que vamos, alguien tendrá que advertir a los cazadores de tesoros que hurguen con mascarillas y guantes de látex porque si la tierra ya no aguanta con la época precolombina ni con la época de la guerra, mucho menos lo hará con esta nueva época de huesos frescos.

***

Ahora las lluvias han mermado, y una corriente cálida cuece a San Salvador. En estos últimos días todo ha estado más calmado, y el equipo intenta acelerar los casos que no urgen, para tenerlos archivados, para estar listos por si alguien llega a pedir esos huesos. Son tiempos de laboratorio, y en esos tiempos cada quien anda en lo suyo. Quijada con sus cráneos, Quijano con sus esqueletos, Raymundo Sánchez y William Villanueva coleccionando muelas para que el laboratorio saque muestras de ADN, archivando reportes, ordenando osamentas. En uno de los descansos, entre cuentos de la guerra y bromas, Villanueva y el doctor Quijada bautizaron a una de las mascotas. El cráneo blanco hueso de un perro colmilludo se transformó en un monstruo de color negro, con crestas de color rojo, ojos de víbora y dientes sangrientos. El doctor Quijada revela el nombre que le pusieron a su creación.

—Este equipo es tan bueno que hasta presumimos haber encontrado la calavera del Chupacabras, ja, ja, ja.

Una llamada interrumpe la rutina. Quijada consulta a la mariposa.

—Siempre que llaman al mediodía es porque la Fiscalía quiere una exhumación.

***

A la orilla de una línea férrea creció, infinita, una comunidad marginal, y al inicio de la comunidad, dos familias abandonaron el lugar, y ahí en donde estuvieron sus pequeñas casas ahora es una cancha de futbolito macho, con dos pequeñas porterías de hierro en sus costados. No es larga ni ancha la cancha, a la orilla de la línea del tren.

Raymundo Sánchez descuelga todos sus utensilios en una esquina de la cancha, y saca un GPS para marcar el punto exacto de la excavación. Cuando sale al campo, Raymundo Sánchez nunca se despega unos lentes misión imposible.

La fiscal del caso es una mujer que se ve cansada, hastiada. Para protegerse del sol ha llevado una sombrilla. Suda. Suda mucho. Le cuenta a un policía que ella tiene una hermana gemela, y que alguna vez decidieron estudiar medicina.

—Pero yo al final ya no quise para no estar viendo muertos, y mire en las que ando…

Un hombre en una motocicleta atraviesa sospechoso sobre la línea férrea. Unos policías hacen como que lo detienen y él les muestra sus papeles. Lleva lentes grandes, oscuros, y coloca el casco a un costado de la cancha, cerca de la línea del tren. Los policías le dicen que ya puede irse, él se pone el casco y desanda su camino. A la vuelta de la esquina hay otros policías esperándolo, para retenerlo. Él es el testigo criteriado.

Durante una hora, un hombre cavará un profundo hoyo, con la complicación que provoca dejar intacta una tubería que se le atravesó a medio camino. Y en ese no encontrará nada.

Los investigadores, dos policías jóvenes, le dicen a la fiscal que les dé tiempo para ir de nuevo por el testigo, para sacar esos cuerpos de ahí. La fiscal se impacienta, les da tiempo, pero les instruye que no se tarden más de lo debido.

Media hora más tarde regresan los dos investigadores, seguidos de un tercer policía, todos encapuchados. El tercer policía es bastante delgado, como el hombre de la moto. Se mete en la cancha de fútbol y con la punta del zapato restriega la arena allá donde cree recordar que enterraron a las víctimas. Dos cuerpos, dos jóvenes. Luego se dirige hacia una de las metas, y en la esquina de la cancha restriega de nuevo la planta del zapato. “Ahí hay otro cuerpo”, murmura. Ese es de otro caso.

Ya es mediodía, el sol arde, los detectives se impacientan, todos queremos terminar rápido esto. Los niños de la comunidad han salido de la escuela, observan curiosos la escena; les están jodiendo su canchita; jóvenes se atraviesan en bicicletas, una mujer en faldas observa todo con detalle. “Esa es la mujer de uno de los palabreros”, le susurra el testigo a un investigador, y entonces deciden sacarlo de ahí.

Dos horas más tarde, casi dos metros más hondo, y la tierra no escupe nada. Los investigadores blasfeman, se quejan, dicen que ¡no puede ser!, si ellos saben que ese es un cementerio clandestino, ubicado a las narices de los vecinos que entran a esa comunidad infinita, ubicado bajo la canchita en la que juegan todos los niños. Los investigadores piden auxilio a los forenses, y el doctor Quijada le ofrece una salida a la fiscal:

—Paremos aquí –le dice– Y vengamos mañana con más apoyo de la alcaldía para seguir cavando, podemos hacer una zanja en…

La fiscal lo interrumpe, ni lo deja terminar.

—No. Yo creo que ya no. Si ya dos veces el testigo se equivocó, la información no es tan fiable que digamos.

Los investigadores le ruegan. Ella hace que llama a su jefe.

—¡No! Se acabó. ¡Nos vamos! Van a disculpar por la molestia –le dice al doctor Quijada.

La comitiva se sale de la comunidad, y los investigadores vienen maldiciendo desde detrás de los pasamontañas. “¡Como no es ella la que se arriesga!”, dicen. “Cómo que no supiera que el año pasado solo de ahí sacamos tres cuerpos”, dicen. “No sé cuál es la urgencia, si a su oficina a aplastarse va nomás”, dicen. “Ya mañana esos cuerpos ya no van a estar ahí”, lamentan. La comitiva se detiene en la salida de la comunidad, los investigadores corren al otro lado de la calle. Ahí hay una sorpresa. A menos de 15 metros de la canchita está la subdelegación policial de Ciudad Delgado, un edificio de dos plantas incapaz de hacer algo contra el cementerio clandestino que tiene frente a sus narices.

***

Ahora escuchamos la última llamada en el cuarto de los huesos. El doctor Saúl Quijada se le adelanta a Raymundo Sánchez.

—¿Qué caso me dice?

—…

—Permítame… ¡Ray! ¿Sabes si había un caso de restitución para hoy? ¿Cuál es?

Raymundo Sánchez busca en los archivos, encuentra por el que preguntan, ubica la caja, está al fondo del rimero de cajas que hay en una esquina. Amenazan avalancha los huesos. “Es el 48”. Son pocos huesos en la caja: un fémur, un par de vértebras, unas pocas costillas. El doctor Quijada le habla al teléfono.

—Mire, me va a disculpar con lo que le voy a decir, pero nosotros siempre procuramos decirle a los familiares que cuando hay pocos restos piensen ahorrarse el dinero de un ataúd grande…

—…

—Sí, son poquitos huesos. Con que consiga un ataúd pequeño, de esos para niños…

—…

—Está bien. No hay ningún problema. Es su decisión y nosotros la respetamos. Espero que no haya tomado a mal la sugerencia.

***

Llueve el cielo como si quisiera dejar caer toda su furia en una sola vomitada. El Muchacho entra a la morgue, donde lo esperan los doctores Quijano, Quijada, y los auxiliares Raymundo Sánchez y William Villanueva. Llega empapado.

Inicia el acto de restitución, y El Muchacho es como si estuviera ausente, como que no entendiera nada de lo que está ocurriendo ahí. Los doctores le explican que esos huesos son los de su pariente, que ve uno de los huesos cortados, porque de ahí se sacó el ADN que hizo match…

—¿A usted le tomaron la muestra? –pregunta el doctor Quijada.

—Sí, yo di mi sangre –dice El Muchacho, que sigue serio, desinteresado. Es como si entre esos huesos y él no existiera nada. Ni un vínculo. Nada. ¡Nada!

Y entonces Raymundo Sánchez comienza a sacar los huesos, uno por uno, y los coloca en un ataúd para adultos, pero al muchacho ese gran vacío sigue sin decirle nada. Un fémur, una vértebra, una costilla… En el ataúd hay un rompecabezas al que le falta un 90 % de sus partes. Raymundo Sánchez saca otro hueso, largo, blanco, y es hasta entonces cuando El Muchacho deja de estar muerto, reacciona, menea las piernas, que están paradas, desesperadas.

—¡Momento! –dice El Muchacho–. Déjeme ver eso…

A ese último hueso se le ha enrollado una pulserita, sencilla, de hilos entrelazados, con líneas azules, celestes y moradas.

—¿Puedo quedarme con esto? –pregunta El Muchacho, pero en realidad la pregunta es un ruego, que antes de pronunciarlo ya le ha partido la voz.

Agarra la pulsera, la observa en la palma de su mano, y es entonces cuando sus huesos le llaman, para despedirse, para decirle que ahora ya pueden descansar en paz. Ambos. El Muchacho aprieta la pulsera, con todas sus fuerzas, con todas sus fuerzas, con todas sus fuerzas, hasta que desde el corazón le sale un grito seco, uno que le cauteriza el alma, y eso le duele, y sin embargo, por curioso que parezca, ese instante es mil recuerdos, la mariposa de Raymundo Sánchez girando en dirección contraria a millón por segundo, el ardor en el pecho es un reencuentro que después de cauterizar, reconforta. Reconforta. Reconforta…

—¡¡¡Mi hermano!!! –grita El Muchacho, y ahora aprieta la pulsera contra su pecho. Por fin su hermano de toda la vida ha reaparecido, su hermano mayor, su único hermano en este mundo desgraciado.

La primera vez que supe de las fotografías fue porque el protagonista de esta historia intentó vendérmelas en un bar del paseo El Carmen, la zona viva de la ciudad de Santa Tecla, La Libertad, El Salvador. De eso hace más de un año.

—Aquí hay historia, compa. ¿Cuánto me da por estas?

Little Scrappy esparció las fotografías sobre la pequeña mesa de vidrio y estas cayeron con la contundencia con la que cae cualquier sorpresa. El mesero abrió los ojos, tan grandes como los míos, puso las cervezas a un lado de las fotos y regresó a la barra.

Little Scrappy sabía que esas imágenes llamarían la atención de cualquiera; pero, sobre todo, la mía. Tomó una cerveza con su mano izquierda y le pegó un trago. Devolvió el envase a la mesa y me dio una palmada en el hombro izquierdo.

—¿Son pija de fotos veá, compa?

Luego les puso un precio, según él, simbólico.

—Deme 200 varos, compa, y son suyas.

Luego intentó seducirme:

—Mire que no se las vendo a cualquiera, sino a quien yo sé que las va a saber apreciar y cuidar.

***

31 de julio de 2012. Acera del Gran Hotel Sula. San Pedro Sula, Honduras. Diez de la mañana. Sobre la acera, una niña de unos trece años se pasea moviendo las caderas y las piernas. Lleva una pequeña falda negra que deja ver su ombligo. Al otro lado de la calle, sentados bajo la sombra de un árbol, un grupo de hombres, algunos ya ancianos, no dejan de mirarla.

Little Scrappy pasa en medio de ese grupo. Cruza la calle, se acerca. Nos damos un apretón de manos, nos damos un abrazo.

Después de los saludos vamos al grano. Yo quiero ver las fotos; él, venderlas.

—¿Trajiste las fotos?

Él las ha olvidado en casa.

La casa de Little Scrappy es una casa de pobres. Es un pequeño cuadrado con dos habitaciones. En la primera hay un sillón, una mesa, cuatro sillas, una cocina, un refrigerador y el fregadero. Apretujados. En la segunda, una pequeña regadera con retrete a un lado, una cama, una cuna, un armario y, encima del armario, un televisor viejo y de perilla.

Aquí son contadas las fotografías que hay colgadas en la pared. Apenas tres. Están en el dormitorio, que comparte con su mujer y sus dos hijos. En una de las fotos aparece un Little Scrappy niño: cachetón, ojos claros, pelirrubio, careto. Su hijo Vladimir, hoy de año y medio, se le parece. La otra fotografía es del rostro lacónico del Che Guevara. La tercera es del Little Scrappy de hace diez años: más joven, más delgado. Lleva una camisa manga larga (de botones, le tapa los tatuajes que tenía en las muñecas) y un pantalón de vestir café. Posa como si todavía fuera un homie de respeto: mirada altiva, brazos entrecruzados, el pie izquierdo recto y el derecho hacia afuera. Si sus piernas fueran las manecillas de un reloj, marcaría las 6 con 35. Para la época en que se tomó esa foto, él ya se había alejado de la pandilla Barrio 18. Little Scrappy observa y dice:

—¿Ya vio la mirada de furioso que tenía, compa?

Little Scrappy tiene mala memoria. Hace tres años, por indicaciones suyas, conocí esa mirada: la de uno de los más fieros pandilleros del centro de San Pedro Sula. Está inmortalizada en el minuto dos de un documental sobre pandillas que divulgó Discovery Channel en 2009. Hace doce años, un camarógrafo trepó los muros de la penitenciaría Marco Aurelio Soto, en la región de Támara, ubicada a cuarenta y cinco minutos de la capital de Honduras. El camarógrafo apuntó a un grupo de reos en el sector de Casa Blanca. Hoy ese sector alberga a los líderes del crimen organizado, pero entonces era para los pandilleros del Barrio 18. Los reos miran a la cámara y le hacen señas: rifan el barrio. Discovery Channel recopiló ese material y lo difundió en un documental para que los 6.2 millones de visitantes que lo hemos visto intentemos descifrar el mensaje que hacen con las manos Little Scrappy y sus compañeros. Y sí, su mirada era furiosa, como él mismo dice. Aunque suene trillado, es una mirada que todavía hoy, al verla, intimida.

Salimos de la casa. Es imposible ver las fotos frente a Isabel, su mujer, porque esas imágenes la descomponen. Hace muchos años ella también fue pandillera, y recordar el pasado le da fuertes dolores de cabeza.

Paramos un microbús en la esquina de la cuadra y, antes de abordar, Little Scrappy estira el cuello para analizar, desde afuera, a los pasajeros. Es un escaneo fugaz, casi imperceptible. Adentro de la unidad van tres jóvenes, el conductor y cuatro mujeres.

—Es seguro, compa. Súbase.

Little Scrappy de verdad que tiene mala memoria. O a lo mejor me mintió hace tres años. Cuando lo conocí, en su casa, me dijo que ya no le tenía miedo a la calle. Él es un peseta, y para los pandilleros él es un traidor. Ya se borró los tatuajes que cargaba en el dorso de las muñecas. Ahora lleva ahí unas cicatrices voluptuosas: unas protuberancias de carne lisa, brillosa. Serían impolutas si no fuera por las pequeñas salpicaduras de tinta que sobrevivieron al químico con el que le borraron la mayor parte de los tatuajes. El del cuello desapareció, y está «a una sesión» de borrarse el tatuaje más grande: un «XV3» que inicia desde el ombligo y termina debajo del pecho. Eso lo emociona.

Hoy entiendo que él reconoce el miedo. Sabe que en cualquier momento algún pandillero de la Mara Salvatrucha o del mismo Barrio 18 se le puede cruzar en la calle y reclamarle por su pasado. Cree que es muy difícil que las nuevas generaciones guarden respeto por los méritos que alguna vez cosechó. En su mejor época fue discípulo de las cuatro clicas más importantes del Barrio 18 de Honduras. Se codeó con los principales palabreros del país, aprendió de ellos y, si no se hubiera salido, quizá y hasta hubiera logrado que su clica, la Santana Locos, se convirtiera en una quinta clica con poder. Pero Little Scrappy se salió, y en el mundo de las pandillas, la parábola del sembrador solo funciona si se continúa siendo un miembro activo. O al menos esa es la norma. Las excepciones son muy contadas, y por eso predomina aquella que dicta que un pandillero lo es hasta la muerte, o es un traidor que merece la muerte porque se alejó del barrio o vendió al barrio con la Policía.

—Si veo algo sospechoso o siento una mala vibra, no me subo. Viera que feo, compa, eso de sentir la mala vibra. Uno que ya estuvo metido en pedos lo siente en el ambiente. Dan escalofríos.

El microbús regresa hasta al parque central de la ciudad. Caminamos un par de cuadras y llegamos a mi hotel. En esta ciudad, la más violenta del mundo por su tasa de homicidios, Little Scrappy no se atreve a soltar esas fotos en ninguna mesa de ningún restaurante. Eso llamaría la atención, podría traerle consecuencias.

Cerramos la puerta con llave.

***

Las fotografías están ligeramente ordenadas sobre la cama. Su dueño las ha colocado según la importancia que tienen para él. Forman tres columnas y parecen las pistas que algún policía recopiló durante una investigación para determinar la estructura de una organización criminal. En la primera columna, la de la izquierda, están las fotografías de aquellos que alguna vez fueron importantes líderes de la pandilla Barrio 18 en Honduras. Posan para una cámara que el dueño de esta historia y de estos retratos logró colar cuando él también estuvo encerrado junto con ellos, en el penal de Támara, aquel en donde una cadena de televisión internacional inmortalizó su mirada furiosa.

La segunda columna, la del centro, es una colección de imágenes de sus homies más cercanos en la pandilla. Fueron sus amigos. Sus confidentes, sus hermanos. Fueron sus soldados. Él hizo a la mayoría, él contó los dieciocho segundos para la mayoría, cuando ellos se brincaron en la clica que él dirigió: la Santana Locos de San Pedro Sula. Han transcurrido tres lustros desde aquellos ritos de iniciación.

Es importante que recalque algo: de los veintiún jóvenes tatuados que aparecen en esas fotografías, solo él continúa con vida.

La tercera columna es una colección más íntima, más personal. La mayoría son fotos en las que su dueño, entonces más joven, más delgado, más pandillero, posa ora sin camisa, ora con una camisa desmangada, ora con una camisa blanca y de botones. En todas rifa el Barrio 18. Con una mano, con las dos, hincado, sentado, de pie; con el pelo rapado, con el pelo abultado,… En todas tiene la mirada furiosa, la mirada furiosa, la mirada furiosa.

Destacan en esa columna dos fotos amarillentas, escandalosamente más añejas que las demás. Llaman la atención porque están más gastadas y porque no fueron tomadas en Honduras. El hombre que aparece en esas fotos posa en alguna calle de Los Ángeles, California, Estados Unidos. Su nombre era René Chévez, El Rana. Sin quererlo, ese hombre —que parece más un aficionado a la halterofilia que un pandillero tumbado— es la razón principal por la cual esta historia tiene un principio.

—Este es mi tío, mire, compa. Este es El Rana. ¿Se acuerda que le hablé de él?

Ese bato cholo, pandillero de la 7 & Broadway, lleva gafas oscuras y una camisa blanca a la que le cortó las mangas. «Santa Monica Beach, California», se lee en la camisa. Los músculos están perfectamente definidos. El pelo va engominado hacia atrás. En la

foto no se distingue, pero en el cuello, de la nuca hacia abajo, ese hombre lleva un tatuaje. Es un «eigthteen with a bullet», la frase que inmortalizó Pete Wingfield en 1975, en la canción con el mismo nombre. Es un oldie en el mundo del Barrio 18.

El cuarto se inunda con un chillido agudo y forzado que sale de los labios de Little Scrappy. Menea la cabeza hacia adelante y hacia atrás: « Do, do, do, do, do, do-do-do-do… I’m eighteen with a bullet…».

—¿De verdad no la ha escuchado, compa?

Por curioso que parezca, esa canción no se la enseñó su tío, como tampoco aprendió de él la cultura y costumbres de la pandilla. Eso sí, fue por René Chévez, El Rana, que Little Scrappy terminó convirtiéndose en pandillero del Barrio 18.

***

Little Scrappy revuelve las fotografías que hay sobre la cama y las tres columnas se desordenan. Él lo hace como para confirmar aquello que desde siempre ha sabido:

—No, compa. De mi primer maestro, pues, el primero que me enseñó a sobrevivir en las calles, no tengo ninguna fotografía.

El de Little Scrappy fue un caso típico. Su padre, un narcomenudista de San Pedro Sula, y su madre, una mujer cansada de las desventuras de su marido, migraron, por separado, hacia los Estados Unidos. Él y su hermana se quedaron a vivir en casa de la abuela. Vivía de las remesas, viajaba en microbús escolar, pero al llegar a casa se sentía solo. Era un niño de doce años que odiaba el mundo y no sabía la razón. A esa edad comenzaron las fugas, las idas al centro de maquinitas y a los cines del centro de la ciudad. Little Scrappy era aficionado al Mortal Kombat y a las películas de guerra. Cuando la bisabuela Rosa supo de sus malandanzas, cortó sus fondos. En represalia, Little Scrappy robó a la bisabuela las ganancias de la venta de pollos asados que administraba la familia. La bisabuela lo metió en un reformatorio.

Si hay dudas sobre la veracidad de la vida de Little Scrappy —el último Santana Locos con vida—, valdría la pena ir a revisar los archivos del año 1995 del centro de readaptación de menores El Carmen, ubicado en las afueras de San Pedro Sula. Fue ahí, en medio de cuartos como calabozos, pasillos húmedos y salones grises, que Little Scrappy conoció a su primer amigo del Barrio 18: «el homie Puñalito».

Puñalito era un ladrón juvenil que asaltaba en el centro de la ciudad. Esa era su cancha principal. Era conocido con ese nombre porque a aquellos que se oponían al asalto les hundía un puñal. Esa era la fama que se había creado él mismo. Bien pudo haberse llamado Scarface. «Tenía una cicatriz que le cruzaba el lado derecho de la cara», dice Little Scrappy, mientras se pasa el dedo índice por la mejilla. El Puñalito era originario de la colonia La Pradera, que para 1995 era el comienzo o el final de una calle que atravesaba cuatro territorios en disputa por la Mara Salvatrucha y el Barrio 18.

En el reformatorio, Puñalito le enseñó a su discípulo a fumar marihuana, a traficar con cigarrillos y a pelearse a puño limpio con aquellos que le faltaban el respeto. El pequeño Little Scrappy, el niño que encontró en un delincuente juvenil una sombra en la cual cobijarse, dice que Puñalito vio en él algo y por eso lo protegió. ¿Habrá sido lástima? La primera noche que durmió en el reformatorio, en la habitación en la que dormía Puñalito, este lo acribilló con una ráfaga de preguntas sobre su procedencia, sobre sus fechorías. En medio de la noche, aquel niño atemorizado le confesó que estaba ahí porque su abuela lo había delatado, y fue cuando escuchó una advertencia. « Esta es una casa de lobos, y si usted no se pone pilas, compa, se lo van a devorar. ¡Cambie esa historia, compa!», le dijo. Quién sabe qué vio en Little Scrappy, pero lo cierto es que lo convirtió en su primo: un asaltante de casas profesional. Tres meses después, ambos se fugaron del reformatorio y se fueron a vivir a la colonia La Pradera, territorio del Barrio 18, la cabeza o la cola de una calle que atravesaba cuatro colonias infestadas de pandilleros.

Little Scrappy no duró mucho tiempo ahí.

Al cierre de ese 1995, cerca de las festividades navideñas, Little Scrappy extrañó a su familia. El 22 de diciembre se despidió de Puñalito y regresó a casa. El Rana, su tío, llegó seis meses después.

***

En el cuarto de hotel, el aire acondicionado brama. O más bien parece que agoniza. Dieciséis grados y aquí se suda como en un baño sauna. Los vasos llenos con café granizado escurren gotas de agua sobre el taburete que hemos colocado como mesa de entrevistas. En un lado está sentado LittleScrappy. Las columnas de fotos sobre la cama han desaparecido, y de entre ese charco de imágenes revueltas saca las dos fotos que le quedan de El Rana, su tío.

—¿Era 7 & Broadway?

—Angelino. Lo deportaron porque se volvió peseta.

—¿Por qué se salió?

Little Scrappy me habla a mí pero en realidad mira a su tío.

—El me contó que traficaba droga para el Barrio, pero la Policía le tendió una trampa con unos compradores ficticios. La cosa es que el Barrio le cobró el precio de la droga que perdió, y como no podía pagar…

—¿Lo amenazaron de muerte?

—Es correcto, compa. Entonces pidió protección a la Policía y luego lo deportaron.

El Rana , de vuelta en San Pedro Sula, se convirtió en el padre que Little Scrappy nunca tuvo.

***

Sunseri se llama la colonia en la que creció Little Scrappy. Hoy es un laberinto de pasajes amplios con calles polvorientas en la zona urbana de la ciudad. Es una de las principales canchas de la Mara Salvatrucha, y en el último año, según la Policía, la principal plaza del narcomenudeo. Hoy día, incluso frente a la posta policial de la colonia, pueden encontrarse distribuidores de droga, y la Policía es solamente un testigo cómplice del movimiento de la cocaína y el crack. Hace dieciséis años, ese reinado de la MS en la Sunseri apenas iniciaba.

Para esa época Little Scrappy fumaba mucha marihuana. En el día pelaba plátanos verdes en el negocio de su abuela, y en la noche se gastaba la paga fumando con los pandilleros de la Mara Salvatrucha que controlaban ese sector. Que lo controlaran no era algo extraño. Esos jóvenes habían nacido ahí y eran los amigos de infancia de Little Scrappy. Pero aún y con toda esa cercanía, él jamás se atrevió a contarles a ellos, los MS, de su pequeña aventura con Puñalito y los dieciocheros de la colonia La Pradera. Él no quería meterse en pedos. Y como nunca se le había ocurrido ser pandillero, él creía que su paso por La Pradera de Puñalito había sido solo un episodio forzado por las circunstancias. No había nada que atara a Little Scrappy con el Barrio 18, ni siquiera la llegada de su tío, El Rana, un dieciochero recién deportado de los Estados Unidos.

Cuando El Rana llegó a la colonia de Little Scrappy, y se enteró que su sobrino fumaba marihuana junto a los MS, lo reprendió. Pero no porque se reuniera con la pandilla rival ni porque temiera que su sobrino terminaría convirtiéndose en un MS. A El Rana le molestaba que su sobrino tuviera vicios. Luego, con el paso del tiempo, le molestó también la fijación que su sobrino tenía con sus tatuajes, con su propia historia pandilleril. Era una fijación hacia el Barrio 18. Por eso, cuando Little Scrappy le contó de su pequeño episodio en la pandilla de su amigo Puñalito, El Rana lo reprendió de nuevo. Le dijo que así como la pandilla abraza a sus miembros con fuertes lazos de hermandad, los obliga a hacer cosas de las que cualquiera se arrepiente… y los extermina con la misma fuerza. El Rana le dijo a su sobrino que si no fuera por sus tatuajes, aquellos que un día le dieron orgullo, él no tendría nada que temer. Los tatuajes lo delataban. Pero Little Scrappy no entendía de qué carajos le hablaba, sobre todo porque El Rana salía a la calle con una camisa desmangada, los músculos definidos, los tatuajes en franca y abierta exposición. Una calzoneta tumbada, tela de jeans; una bandana azul colgando de la bolsa trasera. Medias blancas hasta las pantorrillas y unos pulcros nike cortés en los pies. «Bien friendly él. Lo hubiera visto, compa». Bien friendly El Rana con sus tatuajes del Barrio en territorio de la MS, rodeado por emeeses.

Little Scrappy no entendía que pese a las poses, en el fondo, El Rana tenía miedo.

***

Little Scrappy se levanta de la silla. Camina al baño, se moja la cara. Regresa, se sienta. Toma un sorbo del café granizado, que a estas alturas es un café helado, nada más. Dice que está feo, que ya no se lo va a tomar.

—¿Cómo murió El Rana?

—A eso voy, compa.

Una tarde, los amigos con los que Little Scrappy fumaba marihuana llegaron hasta la venta de pollos rostizados de la colonia Sunseri.

Llegaron a picar a El Rana.

—Oiga, René: ¿la Mara para y controla, verdad panocho? —le dijo uno.

El Rana respondió un «sí, sí» con la cara agachada y eso llamó la atención de su sobrino. Era la primera vez que miraba a su tío bajando la mirada. Era la primera vez que lo miraba intimidado, con miedo. Esa tarde, mientras El Rana levantaba pesas en el patio de la casa, quiso salir de dudas.

—¿Qué es eso de panocho, tío? ¿Esa es la pandilla de la que usted era?

—¡No seas pendejo! —le respondió—. Eso es un insulto para el Barrio 18.

El Rana sabía que las cosas no terminarían ahí.

Había en la colonia Sunseri un deportado de la Mara Salvatrucha al que le decían El Maldito. Era el hijo de uno de los vecinos más respetados de la colonia, cuya familia administraba una ferretería.

Como era lo más natural, El Maldito supo de El Rana y una noche lo enfrentó en el negocio de la bisabuela. Iba adentro de un Datsun escarlata cuando le gritó: «Where are you from!?». Little Scrappy recuerda muy bien cómo terminó esa discusión.El Maldito le mostró a su tío una pistola y le dio una advertencia: en San Pedro Sula las cosas no funcionaban como en Estados Unidos. El Rana le respondió diciéndole que no se preocupara, que si le molestaba su presencia, él se largaría de la Sunseri.

Al cabo de unas semanas, el cuerpo agonizante de El Rana fue encontrado en el asiento trasero de un Datsun color escarlata estrellado en un tramo del bulevar. Tenía la cabeza destrozada pero los golpes no habían sido provocados por el accidente. Al Rana le habían pegado con un objeto contundente. «Como con un bate», recuerda Little Scrappy que dijo uno de los doctores. En el Catarino, el hospital público de la ciudad, le dijeron a la familia que René Chévez tenía un diez por ciento de probabilidades de sobrevivir.

En el cuarto del hospital, Little Scrappy apretó la mano derecha de su tío que agonizaba, y juró venganza.

—Le dije: «Basuras, tío. ¡Basuras! En tu nombre voy a ser mejor que vos para vengarme del maldito que te hizo esto».

Aquel que nunca conoció a un padre, cuando por fin tuvo uno, la MS se lo quitó. Para siempre.

Aquella noche, Little Scrappy se marchó de la colonia Sunseri y se dirigió hasta el final del camino, hasta la colonia Pradera, hasta el refugio que había conocido meses atrás gracias a Puñalito. En contra de los consejos de su tío, iba decidido a brincarse al Barrio 18.

—Quiero brincarme para vengar la muerte de mi tío…

Solo eso alcanzó a decir, porque otro pandillero lo detuvo en el acto.

—¡Ni pija! ¡Vos sos peseta, mierda seca, basura! Este vive con los MS, allá en la Sunseri… Allá lo hemos visto cerca de una venta de pollos… Dale gracias a Dios que no te matamos, ¡basura!

En el mundo de las pandillas, un joven que viva en un sector que domina el bando contrario es blanco de todas las sospechas. Por eso le quitaron la mochila y las zapatillas tenis. Lo asaltaron, lo escupieron con fuerza y sin oportunidad para dar explicaciones.

Creyeron que era un soplón.

Esa noche, ya muy noche, Little Scrappy se sintió solo y completamente derrotado.

Una semana después, regresó a La Pradera. No solo llegó con toda su ropa, sino también llevó más lágrimas y más rabia en los ojos. También se llevó las fotografías de su tío —estas que ahora ocupan el centro de la mesa, en este pequeño cuarto de hotel—. Esas fotos iban a permitirle comprobar su filiación al Barrio. Pero él pensó, por primera vez como pandillero, que había algo más que a los dieciocho de La Pradera les importaría. Y para eso también iba preparado. Les sirvió en bandeja la ubicación de la cancha de los MS en la colonia Sunseri. Él, mejor que nadie, la conocía, porque a ese lugar iba a fumar marihuana todas las noches.

Los dieciocheros de La Pradera se tardaron dos días en confirmar su historia. Llamaron a los líderes de la clica Hollywood Gangster de la colonia La Planeta, en aquel entonces una de las cuatro más importantes de San Pedro Sula. Esos líderes, que también habían pasado por California, recordaron a El Rana y autorizaron que su sobrino se brincara en la Santana Locos.

***

Se ríe el protagonista de esta historia al recordar su pasado «friendly». Se ríe y ladea la cara hacia la derecha. Es apenas un intento fallido para mitigar la pena que lo sonroja. Little Scrappy, cuando entró a la pandilla, no se llamaba así. Esa es solo la última de sus tres tacas. Su primer alias fue El Peluche, en honor a su fisionomía: era bajito, rubio, ojos verdes, ropa de marca, siempre bien oloroso. En La Pradera las chicas siempre preguntaban por él. Esa su fama de Don Juan Barrio 18 incluso alcanzó a su mujer, Isabel, que lo conoció cuando ambos habían dejado las pandillas. «Era terrible», me dijo ella en una ocasión, hace tres años.

Desde que entró al Barrio, Little Scrappy demostró que quería dejar huella. Su ascenso meteórico se explica porque, durante su primer año, participó en muchas pegadas, porque era un gatillero por naturaleza. Su misión era impulsada, dice ahora, 16 años después, por la venganza. Quería llevarse a la tumba a cuantos MS pudiera. Los odiaba por haberle quitado aquello que él más quería.

Las fotos que hablan del liderato de Little Scrappy en la Santana Locos son pocas: cinco en total. En una de ellas posa con camisa floja, negra, de las de fútbol americano, con un 18 blanco estampado en el frente. Gorra hacia atrás, la mirada furiosa, la mano derecha rifa el barrio y la izquierda luce un número 8 tatuado en el dorso.

Cuando fue un líder aguerrido —a los diecisiete años— y quería matar a sus enemigos, en más de una ocasión Little Scrappy se escondió ese tatuaje metiéndose la mano en la bolsa del pantalón y, sin pudor, se atrevió a rifar el barrio de la pandilla contraria.

—…Entonces llegaba a una esquina y gritaba, para despistar: «¡La mara para y controla!». Y hacía la garra, y enseñaba el número 1 que tenía tatuado en el dorso de la mano derecha…

Little Scrappy se para, dramatiza, el cuarto por fin se ha enfriado.

—Los vatos esperaban que del otro sacara el número 3, pero yo les sacaba una pistola .358.

***

Era de noche cuando un pandillero del Barrio se acercó a saludar a tres jóvenes que departían en una de las esquinas de la colonia La Luciana. Hace quince años, La Luciana era uno de los sectores en disputa entre la MS y el Barrio 18. Era un territorio fronterizo con La Pradera. Los tres jóvenes, tres MS, fumaban hierba.

El Peluche iba bravo por el alcohol que recién había tragado. Unas horas antes, junto con dos escoltas, habían asaltado una joyería, y la cadena de oro que le colgaba del cuello era un trofeo de ese atraco. Llevaban en un vehículo unos 50 mil lempiras. Desde el interior de ese vehículo, parqueado a la orilla de la calle, El Duende y El Neta vigilaban los pasos de El Peluche, su palabrero.

El Peluche, para esa época, ya tenía tatuado un 18 color negro debajo de la tetilla derecha. En el dorso de la muñeca izquierda cargaba un 8 estilo gótico, y en la derecha, el 1 que completaba el combo.

—¡La Mara Salvatrucha para y controla! —gritó El Peluche, y alzó una garra, mostrando el tatuaje de su mano derecha.

La izquierda la dejó escondida en la bolsa delantera del pantalón.

—¡Simón! ¡La Mara! Pásele compa —respondió uno de los sujetos, que estaba hincado fumando, y no imaginaba lo que se le venía encima.

El Peluche tampoco imaginaba lo que se le vendría encima.

***

Dice el protagonista de esta historia que los disparos de un fusil AK-47 pueden imitarse de tres manera distintas. En el primer tiempo, en ráfagas de tres disparos, el fusil suena más o menos así:

—¡Papapá! ¡Papapá! ¡Papapá!

En el segundo tiempo, en ráfagas de seis disparos, cambian las sílabas y la entonación es más pausada y menos escandalosa:

—Piku-piku-piku-piku-piku-piku. Piku-piku-piku-piku-piku-piku.

En el tercer tiempo, el recuerdo de una AK-47 en acción atropella las sílabas y le hace golpear la lengua contra los dientes superiores a una velocidad pasmosa.

—¡Trrrrrrrrrrrr! ¡Trrrrrrrrrrr! ¡Trrrrrrrrrrrr!

Little Scrappy toma una de las fotografías de la columna del centro y la contempla con nostalgia. En la fotografía aparece un joven posando de espaldas a la cámara y sin camisa. Es una espalda muy joven. Unos brazos muy de niño, una cabeza muy pequeña. Debajo de la nuca, en letras góticas y gruesas, ese joven tiene tatuado un «Eighteen» más verde que negro. En el costado derecho del torso, sobresale un escorpión que pareciera querer irse a explorar el vientre y el ombligo de su dueño.

¿Cómo se forja una amistad? ¿Qué hay que hacer para que un amigo sea considerado un hermano? Little Scrappy cree que la respuesta está en aquellos que son capaces de dar la vida por el otro. Ese de la fotografía, el homie Duende, era de esos.

Little Scrappy revuelve de nuevo las fotografías que hay sobre la cama. Ya no hay rastros de columnas, y con cada foto que toma en sus manos se le escapa alguna pequeña historia de los fotografiados. Sonríe, recuerda, piensa algo, se enoja, se lamenta.

—Creo que tenía otra del homie Duende, donde se le miraba la cara, pero no la encuentro. Es que ha pasado tanto tiempo… algunas se me han perdido…

El Duende y El Peluche se habían hecho camaradas porque, aunque El Duende respondía a una clica de otro sector –la Columbia Little Psycho—, su familia y su residencia estaban en La Pradera, la colonia en donde se brincó El Peluche, la colonia que, por sus méritos, por gatillero, por asesino de MS, terminó controlando.

El homie Neta, el tercero en aquella misión suicida, fue uno de los primeros soldados fieles a El Peluche. También era oriundo de La Pradera.

Después de que El Peluche rifó la Mara a los tres MS que fumaban hierba, se sacó de la espalda una pistola .358 y la descargó en el pecho y en la cara de dos de sus tres víctimas. El tercero, que tenía el puro en la boca, corrió despavorido, y hasta la fecha no se sabe si habrá sobrevivido. Él le disparaba, pero también le disparaban El Duende y Neta, que al observar los movimientos de su líder salieron para imitarlo.

Lo que ninguno de los tres se esperaba es que otro MS, El Oso, un veterano en silla de ruedas, saliera desde la otra esquina armado con un fusil AK-47.

—¡Papapá! ¡Papapá! ¡Papapá!

***

Si algo enorgullecía en esa época a El Peluche era poder pavonearse con sus soldados, diciéndoles que había recorrido todos los territorios enemigos que rodeaban a La Pradera. Aquella noche, sin embargo, esa osadía le pasó factura.

Se alejó de la calle principal y se metió en un lugar en el que nunca antes había estado. Dirigidos por él, los otros dos pandilleros huyeron de las balas enemigas y se refugiaron en un pasaje sin salida. Acorralados, escondidos entre un carro y un muro de concreto, escuchaban cómo allá abajo, en la entrada del pasaje, poco a poco iba formándose una muchedumbre que exigía sus cabezas.

Preso de la desesperación, El Duende se subió al techo del vehículo y brincó al muro. Se convirtió en un gato y en cuestión de segundos ya estaba del otro lado. La muchedumbre lo vio, y desde lejos bañaron el muro con disparos. Tronaban la AK-47, pistolas y escopetas. El Peluche intentó lo mismo que El Duende pero por su tamaño se le hizo más difícil. Mientras brincaba del carro al muro, podía escuchar las balas que le zumbaban en el oído. Veía a su lado cómo estas despeñicaban el cemento. Luego sintió que algo caliente lo golpeó en la espalda baja. Cuando logró cruzar sintió un escalofrío, se tocó allá adónde le dolía y se descubrió manchado con sangre. Mientras, al otro lado del muro, El Neta moría entre el tronar de las balas y sus propios gritos desesperados. Murió parapetado, solo, acorralado. El Peluche se imaginó brincando el muro de regreso y disparando en caída libre para rescatar a su amigo, pero las piernas ya no le respondían.

Desde el otro lado, los MS intentaban escalar, gritaban que irían «por esos perros». El Duende se echó en hombros a El Peluche, salieron a la calle, detuvieron un taxi y se fueron al hospital. En el trayecto, El Peluche se ahogaba, sin que El Duende se diera cuenta.

—¡Sóplele! ¡Sóplele en la boca! —gritó el taxista.

El Duende resopló en la boca de El Peluche, y allá en la espalda, por el agujero que abrió la bala, salió expulsado un chorro de sangre coagulada.

***

Little Scrappy se ha sentado. Mira con nostalgia las fotografías revueltas que hay sobre la mesa. Mira hacia el suelo. Suspira. Se toca la espalda.

—Ahí cargo la bala todavía, compa. Se me alojó en unas arterias justo debajo del corazón.

Toma con la mano la foto del homie Duende.

—Con él nos reencontramos en Támara…

Hay cincuenta fotografías regadas encima de la cama, desordenadas sobre la mesa, pero esas imágenes no logran contar, por completo, la evolución de El Peluche, el gatillero desenfrenado, hasta Little Scrappy, el pandillero que quería ser el mejor de todos. En resumen, basta decir que él llegó a ser un gran líder, y que como palabrero de la Santana Locos ganó muchos méritos. Estuvo a punto de convertir a su clica en la quinta gran plaza de la 18 en San Pedro Sula. Eso lo enorgullece. Lo cuenta como si estuviera hablando de una corporación empresarial. «Estábamos abriendo una nueva plaza», dice, con un dejo de nostalgia en la mirada.

Pero él quería ser el mejor 18 de todos, y eso pasaba por ceder su puesto a otros. Él sabía que necesitaba crecer en la pandilla, y eso solo lo lograría desde el interior de una cárcel. A finales de la década de los noventas, los pandilleros centroamericanos que caían presos formaron adentro de las cárceles una especie de escuela. Se nutrían del conocimiento de los líderes deportados de Estados Unidos, y de la iniciativa y nuevas reglas de los líderes formados en suelo centroamericano. En San Pedro Sula esa dinámica no era la excepción. Y El Peluche, dos años después de convertirse en palabrero, quiso estar preso, aprendiendo de los más sabios. Por sus habilidades como líder, le asignaron la coordinación física del sector de Casa Blanca, en la cárcel de Támara, aquella en donde Discovery Channel inmortalizó su mirada furiosa. Luego, ascendió y se convirtió, adentro de la cárcel, en el principal comerciante de drogas para el Barrio.

El homie Duende no tenía tanta ambición. Él no quería estar preso, él quería regresar a la calle, y adentro de la cárcel, se aisló. Uno ganaba méritos y el otro era un pandillero del montón.

La penitenciaría de Támara hoy es un amplio complejo en donde conviven pandilleros, los más fieros líderes del crimen organizado de Honduras, delincuentes comunes y pesetas (o pandilleros retirados). Pero en las fotografías de Little Scrappy, Támara es apenas un pequeño patio y un alto muro, coloreado con un inmenso número 18.

Hay tantos rostros en esas fotografías de los pandilleros presos de Támara que por ratos todos ellos parecieran ser la misma persona, el mismo rostro, la misma mirada furiosa. Uno de esos rostros es el del homie Bad Boy, quien fuera, en vida, palabrero de la Colonia Planeta, hoy la principal cancha del Barrio 18 en toda Honduras. Fue Bad Boy quien autorizó que El Peluche se convirtiera en pandillero, luego de reconocer a El Rana en un par de fotografías. Bad Boy también se había formado en Los Ángeles y había conocido, allá, los méritos de El Rana.

Ambos se reencontraron en Támara y Bad Boy le dio clecha y también su segunda taca: El Peluche se convirtió en Teddy. A cambio, Teddy se lo agradeció haciéndose su enfermero personal. Bad Boy padecía tuberculosis. Por eso en las fotografías él es el único rostro disonante: aparece consumido, esquelético, como acabado.

—¿Qué fue de Bad Boy?

—Murió en la carretera hacia Tegucigalpa…

En un intento de fuga, en la carretera que de Támara conduce a Tegucigalpa, la ambulancia que transportaba a Bad Boy se volcó.

—¿Y qué fue de El Duende?

—Cuando salí de Támara, él quedó ahí. Después supe que viajó a Los Ángeles, regresó, y terminó viviendo en La Planeta. Dicen que se convirtió en el palabrero de la Planeta. Supe que me anduvo buscando, que quería hablar conmigo. Me hubiera gustado, pero no tuve el valor…

Little Scrappy, retirado de las pandillas, le temía a aquel que fue su gran amigo.

El Duende cayó acribillado por la Policía en un enfrentamiento en la colonia La Planeta, el 24 de mayo de 2011. Junto a él murieron seis sujetos más. Su nombre era Bryan Gilberto Alcerro. Tras su muerte, el presidente de Honduras, Pepe Lobo, declaró a La Planeta como una colonia «libre de pandillas».

***

Little Scrappy ya no quiere hablar de nada. Le ha caído una migraña. Dice que siempre que recuerda su pasado, durante tanto tiempo, le causa el mismo efecto. Han pasado ocho horas desde que empezamos a ver las fotografías y me pregunta si ya vamos a terminar.

Me detengo en una sola fotografía y le pido que me confirme si ellos son quienes yo creo. La fotografía nos obligan regresar a Támara.

Si la historia de este expandillero inicia con la muerte de El Rana, su tío, aquel bajado de Los Ángeles que presuntamente fue asesinado por la Mara Salvatrucha, la misma historia termina con los dos personajes que hay en esta fotografía: El Scrappy y El Shadow. Por el primero alcanzó su máximo grado de respeto dentro de la pandilla; por el segundo, terminó abandonándola.

El Scrappy y El Shadow eran líderes de la clica Shadow Park, una de las cuatro más importantes del Barrio 18 en aquella época. La Santana Locos, a la que pertenecía Little Scrappy, era una hija de estas. Fue una quinta plaza abierta en una ciudad en la que se necesitaban ojos, brazos y armas para conquistar y dominar territorios. El Scrappy y El Shadow también fueron deportados y no pasó mucho tiempo para que cayeran presos en San Pedro Sula. Con los movimientos carcelarios de inicios del nuevo siglo —y que buscaban evitar masacres entre los reos de la Mara Salvatrucha y el Barrio 18— esos dos veteranos recalaron en Támara, donde se volvieron a juntar con su discípulo.

Su reencuentro coincidió con los desencuentros en la pandilla Barrio 18. En esos años, mientras los líderes que venían de Estados Unidos pedían a sus homies calma, planificación, estrategia para realizar un golpe en contra de la Mara Salvatrucha — acostumbrados a una Policía más investigativa, que los obligaba en Estados Unidos a matar solo si era absolutamente necesario—, los líderes locales los acusaban de cobardes, de no tener huevos, de tenerle miedo a las batallas donde mandaba más la fiereza, las ganas de pelear, el arrojo más que la pausa y la planificación. El cisma provocó enfrentamientos y traiciones.

Y una de estas traiciones llegó hasta El Shadow. Se le presentó como la gran familia que terminó traicionándolo. Para Little Scrappy aquello que alguna vez le advirtió su tío, René Chévez, El Rana, cobró sentido. En el penal de Támara, sus propios homies de la 18 asesinaron a El Shadow. Los que se oponían a la clecha, la calma y las costumbres de los bajados de Estados Unidos, mandaron un mensaje.

El 6 de noviembre del año 2000, El Shadow se levantó con un dolor en el estómago.

—Traeme agua —dijo a Little Scrappy.

El Shadow se la empinó y después cayó al suelo, restregándose contra el piso de cemento.

Little Scrappy aún no sabe si el veneno con el que lo mataron iba en el agua o en el vaso con chicha que le estuvieron rellenando a El Shadow, mientras departía en una pequeña fiesta que se celebró la noche anterior.

—¡Me mataron! —gritó El Shadow antes de ahogarse en su propio vómito.

Murió en los brazos de Little Scrappy, en una celda del sector Casa Blanca, en Támara.

En una de las fotografías de esa época, Little Scrappy posa frente a un placazo conmemorativo, pintado en una pared de la cárcel, en honor a ese que fue uno de sus últimos maestros.

***

El Scrappy quizá corrió una peor suerte que El Shadow. Pero antes de separarse maestro y aprendiz, El Scrappy le dio su último placazo a nuestro protagonista. Hacían juntos rutinas de ejercicios, uno le transmitía al otro la historia angelina de la pandilla y le enseñaba los oldies como la canción Eighteen with a bullet.

Cuando El Scrappy creyó que su discípulo había ganado suficientes méritos, le ofreció un tatuaje. La noticia, en la cárcel, fue una sensación. Sobre todo porque El Scrappy era considerado como un carnicero tatuador: tatuaba con unas puntas hechizas, diseñadas por él, que penetraban hondo en la carne. Teddy aceptó, y a partir de ese momento dejó de llamarse así. Evolucionó a Little Scrappy, el hombre que se dejó tatuar por un carnicero un inmenso XV3 que le baja del pecho hasta el ombligo. Es la tinta que está a una sesión con rayos láser para desaparecer de su cuerpo.

Little Scrappy dejó el penal de Támara a finales de 2001. Su salida de la pandilla fue una de esas conversiones extremas. De ser uno de los referentes más importantes en San Pedro Sula, con una docena de rivales asesinados como mérito, lo dejó todo y se convirtió en un desertor. Se convirtió en un peseta. Incidieron en su cambio los ruegos de su padre, Graco Joel, un exnarcomenudista que reapareció en su vida luego de muchos años de abandono. Cuando Little Scrappy era un niño, Graco Joel se fue hacia Estados Unidos. Allá dejó el negocio de las drogas porque se convirtió en un ferviente evangélico. Años después regresó a Honduras, convencido de que su misión en la vida era rescatar a su hijo. Lo intentó durante cinco años, y lo consiguió hasta el sexto. Le ayudó a Graco Joel el hecho de que a su hijo, sus propios homies le abrieron los ojos cuando asesinaron a El Shadow.

Un año después de su salida de la prisión, y del Barrio, en Honduras arrancó el Plan cero tolerancia contra las pandillas, durante el gobierno del expresidente Ricardo Maduro. De manera oficial, la Policía incrementó redadas, realizó capturas y desarticuló clicas enteras en San Pedro Sula y Tegucigalpa. Mientras esto ocurría, organizaciones de derechos humanos, familiares de jóvenes pandilleros y hasta una comisionada policial denunciaron una política de exterminio ideada desde el despacho del que fuera, para esa época, ministro de Seguridad de Honduras. Su nombre era Óscar Álvarez.

Little Scrappy también denunció el exterminio y hay una fotografía que lo comprueba. En la imagen hay cuatro hombres encapuchados con pasamontañas de color negro. Es la fotografía de una conferencia, ocurrida en el 2003, en la que Little Scrappy y sus compañeros pedían que las autoridades dejaran de perseguir y de asesinar a los pandilleros retirados de San Pedro Sula.

Justo en el epicentro de esas denuncias, decenas de pandilleros eran trasladados de un centro penal a otro. Pero el problema no era que los trasladaran, sino que las autoridades penitenciarias los metían, indefensos, en jaulas de lobos. A líderes de la 18 los metían en sectores de la MS y viceversa. O encerraban pandilleros junto a reos comunes, conocidos como paisas. En Támara hay reclusos que sobrevivieron a algunas de esas masacres. En uno de esos traslados murió El Scrappy: como una oveja en una jaula llena de emeeses.

En medio de esa coyuntura, dos centros penitenciarios se incendiaron en Honduras: la cárcel de San Pedro Sula y la cárcel de El Porvenir, en la ciudad de La Ceiba, en la costa caribeña del país. Más de 500 reos murieron calcinados. La mayoría eran pandilleros del Barrio 18. Muchos eran amigos de Little Scrappy.

***

Little Scrappy se levanta de la silla por última vez. Quien lo viera en estas condiciones, jamás pensaría que este hombre fue uno de los más aguerridos pandilleros de una generación que ha desaparecido por completo. Debajo de los ojos se le han formado unas bolsas. Es el cansancio, es la migraña que le produce recordar tanto, y a tantos. Little Scrappy recoge las fotografías que hay en la mesa y ahora recoge las que hay regadas en la cama. De pie, las mira con melancolía. Se detiene en una, en la que hay un grupo de pandilleros que forman una fila, arropados por un gigantesco 18 pintado en un muro alto de la cárcel de Támara. Menciona los nombres de los que posan para la cámara.

—Aquí esta Caballo, Scrach, Demente, Ganya, El Scott, Payaso, Bad Boy, Spidey, Sonkey, Duende Colombia, Little Brown, Pájaro, Big Pájaro, El Bestia, Sleepy, el homie Snider, homie Curly, Chino Machete, Lágrima, Boxer, El Boss, Landro Boy…

—¿Todos muertos?

—Todos muertos, compa. Así como lo oye.

Little Scrappy guarda las fotografías en un sobre y las coloca sobre la mesa. Quiere venderlas, me pregunta si se las voy a comprar. Me insiste que se las compre.

Después de tanto tiempo, no sé si Little Scrappy ahora está mejor o peor que cuando fue pandillero. Siempre que nos hemos visto, en los últimos tres años, lo he encontrado en malas condiciones. Es un tipo que no tiene trabajo fijo, es un tipo que no tiene como alimentar a su mujer y a sus hijos. Se la pasa abogando por los que son como él, pandilleros retirados en las mismas condiciones en la que está él. Desde 2003 intenta que otros cambien como ha cambiado él. Dirige una organización que sobrevive más por principios que por fines reales. Se llama Generación X. Lo han invitado a conferencias, ha viajado a Europa, pero sigue sin tener un empleo fijo.

En once años ha rehabilitado a muchos y ha visto morir a muchos. Convertidos en expandilleros desarmados, han muerto presas de la que fuera la pandilla rival, la que fuera su clica o en extraños enfrentamientos con la Policía, en donde han caído los expandilleros pero ningún oficial armado.

Hace once años que Little Scrappy dejó la pandilla, y en estos once años se ha dado cuenta de que regresó al punto de inicio. El mundo que lo ha cobijado desde que se salió de la pandilla es exactamente el mismo que dejó cuando decidió brincarse. O quizá hoy está peor. ¿Y contra ese cómo se lucha? Al menos él ha demostrado ser tozudo. Pero a veces ha pensado, como muchos otros, en volver a delinquir. El hambre hace que la tentación sea demasiado poderosa. Al sentirse en aprietos, sin dinero, cuando sus hijos no tienen qué comer, «cuando siente como si el diablo se le mete por dentro», azuzándolo, provocándolo, sale a caminar, y siempre se le ocurre la misma idea loca: buscar compradores para sus fotografías.

Le digo que no puedo comprarle las fotografías, pero que a cambio le ofrezco otro trato.

—Y yo, ¿qué gano con esto? —me pregunta. Y por más que le digo que a lo mejor alguien se interesa en esta historia, en estas fotografías, porque quizá así cambie algo… siempre regresa al punto de inicio. A esa idea loca.

—Vea, hermano, está bien. Pero dígales a sus compas que me compren las fotografías. Que me den algo, aunque sea simbólico. Es que yo estoy hecho pija, compa…

Escrita en agosto de 2012.

Epílogo

Fotografías. Ya nunca volveré a ver la colección de fotografías que quiso venderme el protagonista de esta historia. Al menos me quedo con 300 imágenes que narran la vida de Little Scrappy después de la pandilla. Son imágenes digitalizadas y en ellas hay tres protagonistas: Little Scrappy, su familia, y 80 jóvenes hondureños a los que apoyó cuando estos decidieron alejarse de sus clicas. En la mayoría de las imágenes, Little Scrappy sonríe, pero su sonrisa no parece sincera. Es más bien como la sonrisa forzada -o tímida- de alguien con una mueca en la comisura de los labios y unos ojos que intentan decirle algo al lente. Retarlo. Quién sabe. Estas son meras especulaciones acerca de una sonrisa.

Las únicas fotografías en las que puedo decir, con absoluta certeza, que Little Scrappy sonrió feliz, sin pensar nada, sin guardarse nada –incluso hay una en la que está congelada, para siempre, una de sus sonoras carcajadas- están encerradas en una carpeta del ordenador cuyo título evoca a una fiesta: “cumpleaños Alexis”. La de la sonora carcajada es una imagen en la que Little Scrappy alza a su hijo, tan alto e inclinado, que las caras de ambos casi se rozan las narices. Alexis también ríe, con los cachetes embadurnados por una desordenada y pegajosa capa de turrón. Estas fotografías fueron tomadas el domingo 15 de enero de 2012, a las orillas de una barriada cercana al centro de la ciudad de San Pedro Sula. Alexis, el niño rubio y careto -la copia de su padre, cuando su padre era un niño-, ese día celebraba su primer año de vida.

Regreso a esa noche, a esa barriada, a la esquina de la acera en la que departimos con Little Scrappy –acompañados por una botella de ron barato, comprado en un expendio de la barriada- para acordarme de la confianza con la que, hace un año, seguía sorteando a la vida. Él estaba sentado con el pecho de frente a la calle, aun a sabiendas de que por esa avenida, en cualquier momento, algún pandillero de la MS o del Barrio podía pasar, verlo, enfrentarlo, cuestionarlo, juzgarlo. Asesinarlo.

—¿Y aquí es tranquilo? –recuerdo que le pregunté. Atrás estaba la calle, ametrallando con mucho miedo a una espalda espantada. Aquella esquina de aquella barriada oscura era como un peaje para un grupo de borrachos, andrajosos, malolientes, vagabundos. Llegaban al expendio de la cuadra, pagaban 15 lempiras por un trago, se lo tomaban, reían, luego se ultrajaban, y después seguían su camino, tambaleándose, perdiéndose en el fondo oscuro en el que se convertía la calle. En ese pedazo de mundo en el que una expendio atiborrado de alcohol era el único resquicio de diversión, una familia sacó una mesa a la acera, sobre la mesa colocó un pastel y decidió cantarle feliz cumpleaños a un niño. Pero la noche y la calle y el entorno seguían siendo tan hostiles como los mesones de la cuadra. En cada mesón vivían entre tres y cuatro familias –de entre cuatro y cinco miembros- en cuartos demasiados pequeños, apretujados los unos con los otros.

—Tranquilo, compa, aquí no va a pasarle nada –dijo Little Scrappy, con el pecho enfrentándose a la calle. Luego me explicó algo que solo alguien como él podría conocer. Ese punto de la ciudad era, es y seguirá siendo –hasta que no cambien las cosas- una calle en la que se ha pactado una especie de tregua entre los bandos en conflicto. Una tregua tácita que responde a la necesidad de que por esa calle, tanto los MS de los alrededores como los 18 más próximos tienen que circular para poder acercarse al centro de San Pedro Sula. Es, en definitiva, un paso obligatorio para todos.

Aquella noche, hoy que lo pienso, Little Scrappy sorteaba a la vida convencido de que no tenía sentido darle la espalda a la calle, al peligro. Convencido, además, de que quizá ya había pasado demasiado tiempo para que alguien llegara a pedirle cuentas.

Siete meses después, creo que algo en él había cambiado.

Ahora regreso al paseo que tuve con Little Scrappy por la ciudad de San Pedro Sula, ocurrido en agosto de 2012, cuando él insistía en la venta de sus fotografías adentro del Barrio 18. En ese paseo él caminaba con un ojo al frente y el otro a sus espaldas. Estas cosas nunca son claras, pero cuando ocurre algo en el presente, los detalles del pasado lo hacen a uno hacerse ideas. Conjeturas. Especulaciones. Y entonces esos detalles, adentro del cajón mental en el que se revuelven las ideas, las conjeturas y las especulaciones, se transforman en potentes significados.

Primer detalle: por alguna razón, Little Scrappy, aquel agosto de 2012, decidió regalarme una copia digital de las fotografías de los 80 pandilleros retirados que él ayudó a rehabilitarse. Son fotografías de rostros en primer plano, rostros para carné, que en su mayoría –rostros de hombres y mujeres- sonríen para la cámara.

—Quiero que usted también tenga esto, compa –fue lo único que me dijo. No hubo explicaciones.

Segundo detalle: Little Scrappy, por el centro de San Pedro Sula, me pareció que se movía con un ojo al frente y el otro en la espalda. En las esquinas cercanas a su casa, se movía de la misma manera. En el trayecto que hay entre la escuela a la que asiste su primer hijo y su casa, se movió de la misma manera. Y entonces, en una de las ocasiones en las que salimos de ahí, él dijo:

—Si veo algo sospechoso o siento una mala vibra, no me subo. Viera qué feo, compa, eso de sentir la mala vibra. Uno que ya estuvo metido en pedos lo siente en el ambiente. Dan escalofríos.

Tercer detalle: el 30 de enero de 2013, Little Scrappy me envió un correo. Decía así:

—Gracias por tus felicitaciones (de inicio de año), estoy de cumpleaños hoy … sete olvido verdad pues le doy gracias a dios por poder cumplir mis 31 años de vida al lado de mi hermosa familia nunca me imagine poder lograrlo pero bueno a quid seguiremos luchado cada día, y espero poder volverte haberte y cundo nos miremos poder hablar de los logros y que mi condición de vida este mucho mejor te cuento que estoy trabajando con una moto guadaña gracias a ella me gano de 300 a 600 (lempiras: equivalentes a 15 y 30 dólares) a la semana, hay veces que no nos sale nada. Pero siempre buscamos de otra manera poder llevar el pan de cada día a nuestros hijos te cuento Daniel mi hijo va a segundo 2 Grado te manda saludes paso con 91, bladimir cumplió 2 anitos el 15 de este mes de enero y Isabel también cumplió 27 pues no habido dinero para pastel pero estamos bien y alegres porque hay salud y esperanza cada día de seguir adelante…

Cuando ocurre algo en el presente, los detalles del pasado lo hacen a uno hacerse ideas. Conjeturas. Especulaciones.

Fotografías. Tengo alrededor de 300 fotografías que hablan de la vida de Little Scrappy después de la pandilla. Nunca tuve, y ya nunca obtendré, aquellas que me ofreció el hombre que quiso vender sus recuerdos.

Tengo alrededor de 300 fotografías que hablan de la vida de Little Scrappy, y la última que he conseguido habla de una sola cosa: su muerte. Es la imagen de su cuerpo inerte, colocado sobre una camilla de hospital, cubierto por una sábana de color morado.

En la tarde del 25 de abril de 2013, dos hombres se acercaron al vehículo en el que Little Scrappy se conducía y le acribillaron. Sin mediar palabras. Se acercaron, apuntaron, y le descargaron plomo. No dijeron nada. Él apenas se ahogó en un grito y más tarde apagó su última mirada apuntando a los ojos de su padre. Fue, me dicen, como si quisiera decir algo. Fue, me dicen, como la mirada de alguien que no entiende por qué, después de tanto tiempo, le venía a ocurrir eso. Fue, conjeturan, la mirada de alguien que se descubrió inexistente en el futuro de su mujer y en el de sus tres hijos.

20 días antes de morir había nacido el tercer hijo de Little Scrappy.

La tarde en la que fue asesinado, Little Scrappy venía de pintar una casa ubicada en una colonia a la que nunca debió haber entrado. Pero ese día, sus hijos tenían hambre, su mujer tenía hambre, él tenía hambre, y con el estómago vacío, se le ocurrió una idea loca. No la de vender sus fotografías, sus recuerdos, sino la de arriesgar el pellejo en una zona peligrosa, plagada de pandilleros activos. Aunque su mujer le insistió que no fuera a esa zona, que no tomara ese trabajo, que no valía la pena el riesgo, Little Scrappy le dijo que no se preocupara, que no le pasaría nada. Quizá volvió a convencerse, como hacía un año, que a la vida hay que sobrevivirla de frente, nunca dándole la espalda.

Tal vez alguien le reconoció, quién sabe, pero lo cierto es que después de recibir los disparos, Little Scrappy agonizó y más tarde murió en brazos de su padre, el hombre que hace 13 años se regresó de Estados Unidos para sacar a su hijo de las pandillas, para que el mundo de las pandillas no se lo comiera vivo.

Little Scrappy murió al llegar al hospital. En la fotografía lleva puestos los mismos zapatos que le conocí hace tres años.

Fotografías. No hay nada que retrate la evolución de una persona como las fotografías. Las de Little Scrappy no son la excepción. De la mirada furiosa a la sonrisa que reta al mundo a la carcajada feliz a la mano inerte y pálida que yace sobre la camilla de un hospital. Del niño que se convirtió en pandillero para vengar el asesinato de su tío al Peluche al Teddy a Little Scrappy al cuerpo de un ciudadano cualquiera que fue asesinado sin ninguna razón aparente.

Fotografías. No hay nada que explique mejor el contenido de una fotografía como el contexto en el que fue tomada. Al menos en la última, en la de su muerte, Little Scrappy consiguió lo que tanto buscó en los últimos 13 años de su vida: dejar atrás su pasado violento, eliminar cada una de las marcas de su cuerpo, volver a ser un nombre, un apellido, un ideal de ciudadano.

En la nota de El Tiempo de San Pedro Sula, la única donde se consignó su muerte -la muerte del último Santana Locos, él último de una generación que, ahora sí, desapareció para siempre- no hay ninguna alusión al pasado violento de Little Scrappy. No hay ninguna mención a las pandillas. La nota esconde –porque quizá lo ignora- la verdadera historia detrás de ese asesinato. Una historia que explica, en parte, los últimos 20 años de San Pedro Sula, la ciudad más violenta del mundo; de Honduras, el país más violento del mundo; del triángulo norte de Centroamérica, la región más violenta del mundo.

Pero quizá esa nota sea irónicamente justa para el protagonista de esta historia. En ella se narra lo que ocurrió el 25 de abril de 2013: el asesinato de Ronald Jovel Miranda Ávila, un hombre que pintaba casas para alimentar a su familia.

1. Un detective busca el cadáver de su hija

Antes de caer hipnotizado por la calavera, en una mañana de diciembre, Noé Martínez examinó, con mucho detenimiento, el esqueleto dispuesto sobre la mesa de aluminio de la bodega de cadáveres del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador. Era un esqueleto joven, a juzgar por su tamaño, con huesos finos, “completamente chelitos”. Pero esos huesos no le decían nada más.

A la calavera la vio de reojo, sobre otra mesa de aluminio a un costado del esqueleto. Él cree que la calavera le habló, y aquel momento se convirtió en un torbellino: dos huecos penetrantes le apuntaron a los ojos, y una mandíbula, con su dentadura saltona, le sonrió y le gritó: “¡Soy yo, papá! ¡Soy yo, Iris!”

Cuando relata ese momento, Noé lo dramatiza: “Luego vi como que me sonrió así”, y pela los dientes, hundiendo la mandíbula inferior para adelantar aún más sus dientes superiores.

Sacudido por aquel espejismo, la imaginación de Noé intuyó que algo quería decirle aquella calavera. Así que se acercó a ella, tanto, que hasta olfateó el olor a tierra húmeda impregnado en ella. Luego transformó sus ojos en dos lupas de detective forense y examinó la mandíbula superior. Eso era lo que querían decirle esos huesos: esa dentadura se parecía mucho a la de su hija. Noé vio que tenía los dientes superiores ligeramente pronunciados hacia adelante.

Para confirmar sus sospechas, se le ocurrió que necesitaba comparar la sonrisa de Iris, inmortalizada en una fotografía, con la dentadura de la calavera. De esa comparación, pensó, a lo mejor obtenía un resultado positivo. Eso se le ocurrió a este pobre hombre porque luego de dos meses de desaparecida su hija, él estaba convencido de que era el único que la andaba buscando.

***

Noé Martínez, en los últimos tres meses, se ha convertido en una especie de detective. Empírico, lo reconoce, pero detective al final de cuentas. Las sospechas y pistas que hay en el caso de su hija, asegura, fueron recogidas por él. Por él y nadie más.

La vida de Iris Martínez es como un rompecabezas al que le faltarán, quizá para siempre, muchas piezas. Noé lo sabe. Este vendedor de pizzas en motocicleta no tiene ni idea de qué fue lo que ocurrió, aunque las piezas que ha recogido en todo este tiempo le hacen sospechar, principalmente, de la posible participación de dos pandillas: la de la colonia en la que vivía su hija, Barrio 18, y la del Instituto Técnico San Luis, de Soyapango, la Mara Salvatrucha-13. Él sospecha más de la última que de la primera.

Cuando transcurrieron las primeras 24 horas de la desaparición, Noé se sintió solo. Buscó auxilio en la delegación policial de Agua Caliente, en Soyapango, pero se decepcionó con la atención brindada por el agente de turno. No quería tomarle la denuncia. Le dijo que debían pasar 72 horas para que su hija fuera catalogada como desaparecida. Noé insistió, y solo venció al oficial hasta que otros tres jóvenes llegaron a reportar la desaparición de otra muchacha. Noé se fue de ahí con la impresión de que ese policía lo único que hizo fue deshacerse de él para luego intentar deshacerse de los otros tres muchachos.

Creyendo que ningún policía le ayudaría, cuando se cumplieron 48 horas, Noé armó un plan de búsqueda en el que incluyó a varios de sus sobrinos, que le servirían para llegar adonde a él le sería más difícil: los amigos del Instituto en donde estudiaba Iris. Con su ayuda ubicó a los amigos de su hija y los buscó en sus casas, afuera del Instituto, o los contactó por teléfono.

A las 72 horas, Noé ya tenía avances. Días más tarde incluso dio con tres vecinos que le aseguraron que Iris “y una amiga” habían abordado el mismo microbús que ellos, y que se bajaron frente al centro comercial Unicentro, de la ciudad de Soyapango, en el oriente de San Salvador. Hasta esa parada se dirigió también Noé, con una fotografía de ambas chicas en la mano, preguntándole al viento si había visto quién se llevó a su hija y a su amiga. El viento, convertido en vendedora, recordó haber visto a dos muchachas, parecidas a las de la foto, que se subieron en un auto de color rojo.

Quien acompañaba a Iris Martínez aquella mañana era su amiga del Instituto, Verónica Platero. Verónica, desde hacía un mes, vivía en casa de Noé. Las dos estudiaban el bachillerato en salud del Instituto Técnico San Luis. Ambas tenían 20 años.

Noé, desde el inicio, creyó manejar una probable hipótesis. Katherine Martínez, de 15 años, hermana de Iris, había emigrado hacia Estados Unidos en marzo de 2012, obligada por su papá, para prevenir que unos estudiantes del Instituto la siguieran maltratando. En febrero de 2012 la golpearon una vez, y Noé no permitiría que a su segunda hija la golpearan una vez más. A Katherine la acosaban porque ella se resistía a formar parte de la Raza Técnica, la pandilla estudiantil con vasos vinculantes a la Mara Salvatucha-13. Cuando en sus averiguaciones Noé encontró indicios de que a Iris probablemente le estuvo ocurriendo lo mismo que a Katherine, preguntó a esta por teléfono. En una primera llamada, Katherine le dijo que no sabía nada. Días más tarde, desde Estados Unidos, Katherine le habló llorando a su papá. Se disculpó por no haberle dicho la verdad y le confesó que en septiembre de 2012 Iris le contó que tenía problemas con los mismos compañeros que a ella la habían golpeado. Katherine no había dicho nada porque se avergonzaba de haber guardado ese gran secreto.

Noé Martínez contrastó los nombres y apodos de los estudiantes acosadores que Katherine recordaba, con los que le dieron los compañeros y amigos de Iris. Cuando creyó haber encontrado coincidencias, lo reportó a la dirección del Instituto, pero la respuesta que obtuvo fue que el Instituto tenía controlado eso de las bandas juveniles. Fue entonces cuando Noé se dio cuenta de que él no es ninguna autoridad, que todo lo que él había averiguado probablemente no le serviría para nada.

Y, mientras tanto, ningún policía se acercó o lo contactó para ofrecerle ayuda o darle noticias sobre su denuncia.

Noé siguió buscando y encontró una pista más al hablar con los familiares de Verónica, la otra desaparecida. Risueña, simpática, Verónica había pedido posada en la casa de Noé porque aseguraba que era maltratada en la suya. Uno de los familiares de Verónica le dijo algo a Noé y él encontró otra probable ruta de investigación.

—Ellos me dijeron que la muchacha como que había tenido algo que ver con un joven de su colonia, que decían que era pandillero, y eso le había generado problemas. Por eso se había salido de su colonia.

Noé estaba desesperado y recordaba -aún recuerda- con mucho dolor algo que ocurrió cuando se cumplieron 72 horas de la desaparición de Iris. El jueves 1 de noviembre, en un despliegue exhaustivo, efectivo, de película, la Policía y la Fiscalía resolvieron la desaparición y posterior asesinato de otra joven, reportada como desaparecida un día después que su hija. Noé recuerda bien su nombre: “Helene Arias”. Noé no entendía cómo ese caso, y no el de su hija, recibió esa fuerte atención policial y de la Fiscalía.

Pieza suelta #1

2012 pasará a la historia como el año en el que los homicidios se desplomaron, gracias a una tregua negociada entre el gobierno y las pandillas (cese al fuego entre las pandillas a cambio, al menos, de beneficios en cárceles y la promesa de un plan integral de reinserción). Pero desplomados los homicidios de 12 a 5 diarios, la gente comenzó a especular que a la gente quizá la estaban desapareciendo. Eso se piensa, sobre todo, si en un país como El Salvador, desde 2004, se registran cementerios clandestinos en donde las pandillas han enterrado a sus víctimas.

La sospecha de que hay menos homicidios porque hay más desaparecidos es una constante difícil de borrar. Por ejemplo, el presidente de la Comisión de Seguridad de la Asamblea Legislativa, Ernesto Angulo, del partido Arena, está convencido de que los homicidios se han reducido no porque se deje de matar gente, sino porque se están desapareciendo los cadáveres.

El ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha pedido que creamos, desde marzo de 2012, que la cifra de desaparecidos ha ido a la baja. También ha mandado un mensaje a la población: al fenómeno se le está dando especial atención. Por eso, los casos más sonados de personas desaparecidas durante 2012 fueron investigados por una unidad élite: la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas.

En mayo, la atleta de lucha libre Alison Renderos desapareció en San Vicente, y la unidad policial encontró su cadáver, mutilado, 21 días después. En junio, cinco estudiantes desaparecieron en la ciudad de Santa Tecla, y la misma unidad dio con sus cadáveres, enterrados en una zona verde de esa misma ciudad, un mes más tarde. En septiembre, una maestra de un colegio privado desapareció, y la Policía logró ubicarla, viva, semanas más tarde, en Nicaragua. Luego, en octubre, desapareció Helene Arias, y la Policía resolvió el caso en tiempo récord: en menos de 48 horas. A simple vista, las cosas funcionan bien. Si uno desaparece, el Estado se encargará de buscarnos vivos o, al menos, de encontrar nuestros restos.

Pero hay piezas que no encajan en el rompecabezas de los desaparecidos en El Salvador. Y eso que no encaja bien es la prioridad que la Policía le da a unos casos a costa de la inmensa mayoría. La búsqueda exhaustiva que aplica la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas es prioritaria solo si los casos caen en una categoría especial, a discreción de la cúpula policial. De lo contrario, dependerá de los recursos de las delegaciones policiales en donde se denunció la desaparición, y de las ganas de los investigadores de esas delegaciones, para resolver lo que esas mismas autoridades califican como un eventual homicidio, sobre todo si el tiempo avanza y la persona no aparece.

¿Por qué un caso se investiga con prontitud y en otros el engranaje gira más lento? Según el subdirector de la Policía Mauricio Ramírez Landaverde, porque hay casos como el de la atleta Alison Renderos, o como el caso de Helene Arias, que son considerados como “casos importantes”, en virtud de la alarma social que dejan a su paso.

El Instructivo de Investigaciones de Personas Desaparecidas y Extraviadas de la Policía, un documento aprobado en junio de 2012 por la Dirección de la PNC, dice que son casos importantes la desaparición de autoridades públicas, funcionarios públicos, extranjeros con misión diplomática y policías o militares. Hay una quinta categoría que entra para como “caso importante”: aquel que cause alarma y conmoción nacional. Aquel que se refuerce con la presión mediática. Es la Dirección de la Policía la que decidirá, se explica en ese manual, si un caso ha causado la suficiente conmoción social como para que sea retomado por la unidad especial de investigación.

Iris Martínez y Verónica Platero desaparecieron el 29 de Octubre de 2012. Estudiaban el bachillerato en Salud en un instituto de Soyapango. Ambas tenían 20 años.

***

Una mañana después de que Noé se enterara del caso de Helene Arias, mientras manejaba su moto por la avenida Juan Pablo II, en el centro de San Salvador, se topó con un vehículo del Canal de Noticias 21. Se le atravesó al vehículo, se bajó y le contó su caso al conductor y al copiloto. Les dijo que él también andaba buscando a su hija desaparecida. El canal pasó la noticia de Iris y Verónica. Luego El Diario de Hoy publicó una nota. El 2 de noviembre, Día de los Difuntos y cinco días después de la desaparición de Iris y Verónica, el caso de las estudiantes de enfermería ya estaba en redes sociales.

A los días, y luego de varias publicaciones en medios, Noé Martínez recibió una llamada desconocida que luego le resultó sorpresiva. Desde el otro lado de la línea, un hombre se presentaba como investigador de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas de la Policía. El caso de Iris y Verónica, por fin, había sido tomado en cuenta.

Noé no recuerda exactamente la fecha, pero cree que fue entre el 15 y el 18 de noviembre cuando visitó por primera vez a los detectives de la Unidad de Búsqueda de Desaparecidos. Dos investigadores lo citaron en el cuarto piso del segundo edificio de la División Central de Investigaciones (DCI). Lo recibieron en una sala estrecha, con luces opacas, muy parecida a un cuarto de interrogación.

—Cuéntenos: ¿qué es lo que usted sabe? –le preguntaron.

Y Noé, el detective, les dio sus pistas y sus hipótesis a sus colegas.

Les dijo de Verónica y su posible relación sentimental con un pandillero. Les contó de los problemas que había tenido su otra hija, Katherine, y de los nombres de los supuestos estudiantes acosadores que él había conseguido. Por último, les confesó algo más. Les dijo que él, a mediados de 2011, tuvo una serie de desencuentros con los pandilleros que dominaban la comunidad en donde él vivió junto a sus hijas.

—¿Qué problemas, Noé? –le pregunto yo.
—No eran cosas serias. Ellos querían que uno los saludara con respeto y yo y mi hermano siempre les dijimos que el respeto se ganaban, no se imponía a la fuerza ni con la intimidación. Discusiones tontas… de esas con las que ellos intentan bajarle la moral a la gente. Pero uno no tiene que dejarse, porque media vez se deje, entonces ya se perdió todo. Eso fue lo que pasó.

Noé le contó a los detectives que para evitar problemas decidió migrar hacia Estados Unidos, a mediados de 2011. Una corta temporada, mientras la temperatura bajaba. Les dijo que regresó en febrero de 2012, para solucionar el problema de Katherine, y que los pandilleros y él arreglaron, en teoría, las cosas.

—¿Las arreglaron? –le pregunto.
—Yo creo que sí. ¡Si a esos cipotes yo los he visto crecer! ¡Son cipotes bayuncos! Yo creo que sí se arreglaron, pero después de todo este tiempo uno no sabe qué pensar. A veces creo que fueron ellos, todavía resentidos. Pero entonces me pregunto: ¿Pero por qué no lo hicieron antes, cuando yo no estuve, pues?

En aquel primer encuentro con los detectives, que duró alrededor de tres horas, Noé les dijo que sospechaba más de la pandilla estudiantil que acosó a sus hijas que de la pandilla que dominaba en su comunidad.

La segunda vez que Noé fue citado a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas ocurrió a finales de noviembre.

—Solo eso me preguntaban: cuéntenos, ¿qué ha averiguado? Yo les dije que no sabía más de lo que ya les había contado, pero ellos no me quisieron decir si por su parte habían averiguado algo más.

La tercera vez, Noé no fue citado, sino que él llegó a preguntar a la unidad si ya había algún avance. Los detectives lo recibieron, de nuevo, con la misma pregunta: ¿y usted qué ha averiguado? Noé se molestó, pero aun así, quería que los detectives se interesaran y jalaran del hilo que él había descubierto en esos días.

En Estados Unidos, Katherine sostuvo un intercambio de mensajes por Facebook con un joven que decía tener información sobre el paradero de Iris y Verónica. El joven decía que fue novio de Verónica y que las protegía cuando ellas, contratadas por alguien a quien no conocía, servían de modelos o bailaban en barras show de la playa San Diego, en el departamento de La Libertad. Los detectives apuntaron esa información y Noé les dio el número de Katherine para que la corroboraran. Días más tarde, Katherine le comentó a su padre que los detectives ya le habían hablado.

***

El 17 de diciembre de 2012, Noé Martínez se creyó un médico forense y se le ocurrió que si comparaba esas mandíbulas de la calavera con la fotografía de la sonrisa de su hija, a lo mejor y le atinaba.

Pero un día más tarde, un verdadero médico forense le dijo que eso no demostraría nada, sobre todo porque su hija, según había declarado Noé, cuando la buscó en esas mismas oficinas, por primera vez, hacía dos meses, tenía una corona en una muela. La calavera, en cambio, no tenía alteraciones en ninguno de sus molares.

Noé Martínez cerró el año 2012 agobiado por una pesada incertidumbre.

—Uno nunca pierde la esperanza, pero a veces quisiera que al menos me dijeran que está muerta. Que me dijeran: ¡tomá, Noé, estos son sus huesos! Así tal vez yo me quedaría tranquilo –dice Noé, cuando se acerca el final del año.

El 3 de enero de 2013 reinició su búsqueda. Regresó -de nuevo- a preguntar a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas si existía algún avance en el caso.

—Me salieron con que este caso era como buscar una aguja en un pajar, que no tenían hipótiesis… hi-pió-te-sis…
—Hipótesis.
—¡Eso! Que no tenían hipótesis que les dieran certezas de nada. Luego me dijeron cuáles son sus hipótesis, y mire: ¡lo que me da cólera es que son exactamente las mismas que les he dado yo!
—¿Pero siguen investigando?
—Me dijeron que no había forma ni pistas para seguir investigando, pero que le iban a seguir echando ganas. Eso no sé qué significa –dice Noé.

El jefe de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas es el inspector Jaime Ramírez Palma. En realidad, él es el jefe de la Unidad de Delitos Especiales, y bajo la sombrilla de esta oficina cayó la oficina que atiende los casos de desaparecidos. Ramírez Palma es un oficial de voz ceremoniosa, que antes de este cargo dirigió algunas delegaciones del occidente del país. Él dice que no es cierto que la Policía se haya quedado solo con la información recabada por el padre de una de las chicas, ni que el caso de Iris Martínez y Verónica Platero haya dejado de investigarse.

El inspector asegura entender la preocupación de los familiares de los desaparecidos, pero insiste en que ellos no pueden andar revelando detalles de sus investigaciones, para no entorpecer los casos.

—Las investigaciones continúan y van por buen camino. Estamos en un 50 %, del otro 50 % solo falta encontrar una pista que andamos buscando y ese caso se resuelve.
—¿Cree que están vivas? -le pregunto, y el inspector responde sin dar mucha información.
—Hay probabilidades de que pudieran estar fallecidas. Le voy a explicar una situación, y esta es una valoración personal. Si una persona lleva más de 12 días desaparecida, hay un 40 % de que esa persona esté fallecida. Y mientras más pasa el tiempo, esa probabilidad aumenta.

Pieza suelta # 2

Desde hace muchos años (desde 2004, según la PNC; 2005, según el criminalista Israel Ticas, de la Fiscalía General de la República; y desde 2008, según Medicina Legal), cientos de salvadoreños viven con la angustia de no saber qué ha pasado con sus hijos, hijas, esposos, esposas, madres, padres…

Y las cifras, al menos las que se han ventilado públicamente, hablan de muchos casos denunciados. En 2011, la PNC registró 1,267. En 2012, las denuncias aumentaron a 1,564, pero el número de personas que hasta la primera semana de enero continuaban desaparecidas cerró en 612. Al Instituto de Medicina Legal, en 2011, familiares llegaron a reportar 2,007 casos solo en el departamento de San Salvador. Pero en 2012, los reportes de Medicina Legal, a nivel nacional, fueron a la baja: 1,601.

Otra cifra: el criminalista Israel Ticas asegura que entre 2005 y 2012 ha encontrado, debajo de la tierra, en diferentes zonas del país, 655 cadáveres de 655 personas que en su momento fueron consideradas desaparecidas por sus familiares.

Más allá de estas cifras, no hay más cifras. Lo Policía reconoce que el manejo estadístico del fenómeno, hasta 2012, se hizo muy mal. “Eso es algo que yo, en lo personal, estoy interesado en corregir”, dice el ministro de Seguridad, David Munguía Payés.

Por ahora, hay tres bases de datos que hablan de los desaparecidos: los reportes que anota Medicina Legal, las denuncias que recibe la Policía, y los reportes que anota Israel Ticas, el criminalista de la Fiscalía. La suya es una lista informal, desordenada, apuntada en hojas sueltas, a lápiz, a lapicero, en pequeños papeles mal doblados en el interior de su cartera, o en cinco hojas de papel bond, llenas hasta los bordes, que guarda en el asiento trasero de su camioneta. Dice que en sus agendas, las viejas y las nuevas, tiene más, pero que prefiere no hablar de esas cifras porque lo suyo no es un dato oficial ni es un dato que pueda ser atribuido a la institución para la cual trabaja.

—Es un dato que toma Israel Ticas, el ser humano –dice-. El dato oficial, el dato que puede compartir Israel Ticas, el funcionario de la Fiscalía, es que yo he desenterrado, entre 2005 y 2012, 655 cadáveres de salvadoreños que estaban desaparecidos.

Si se tomaran como válidos el total de casos denunciados a la Policía entre 2011 y 2012, tendríamos como resultado que en dos años, los nuevos desaparecidos alcanzaron el número de casos de niños desaparecidos de manera forzada durante la guerra, según las estimaciones de la Asociación Probúsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos. Pero el problema es que los casos denunciados entre 2011 y 2012 no son confiables. De hecho, uno puede no puede fiarse de la “reducción de casos” de la que hablan la Policía y el ministro de Seguridad, David Munguía Payés.

Intentemos resolver ese rompecabezas: La Policía ha dicho que en 2011 se registraron 1,267 “casos denunciados”. Y según sus registros, en 2012 el dato “casos denunciados” subió a 1,564. Entre un año y otro, los casos denunciados aumentaron. Sigamos. La Policía ha depurado los casos denunciados en 2012. Y concluye que del total de casos denunciados, 820 fueron archivados porque reaparecieron las personas. También dice que 132 personas fueron encontradas fallecidas, y que, al final, hasta la primera semana de enero, 612 continuaban reportadas como desaparecidas. De esa depuración, la Policía y el Ministro de Seguridad sacan la siguiente conclusión: respecto a 2011, hay 655 casos menos. Pero esa pieza del rompecabezas las autoridades la quieren introducir a la fuerza. Es una comparación imposible, a menos que queramos comparar peras con manzanas, comparar “denuncias” con “personas que continúan desaparecidas”.

La comparación errónea entre “casos denunciados 2011” contra “total de personas desparecidas 2012” fue un dato que Raúl Mijango, el negociador de la tregua entre las pandillas, filtró, el 11 de diciembre de 2012, en una reunión con los diputados de la comisión de Seguridad Pública de la Asamblea Legislativa. Mijango presentó esa “reducción de casos” como uno de los logros obtenidos en el año de la tregua. Mijango y la Policía aseguran que son datos oficiales, emanados de la propia PNC. La única diferencia entre los datos que presentó Mijango con los que la Policía dio a conocer en enero de 2013 fue la actualización de los mismos.

Luego de explicarle la inconsistencia en la comparación, el ministro de Seguridad, David Munguía Payés, reconoce que han hecho una comparación imposible.

—Lo que pasa es que antes de que llegáramos a la Policía había algunas falencias en el área de estadísticas que las estamos corrigiendo.
—Pero ustedes están comparando casos denunciados de 2011, es decir, el total de casos, contra casos depurados de 2012. Deberíamos contar con el dato de casos depurados de 2011 para que la comparación sea correcta.
—Sí. No existe en su totalidad el dato de 2011. A partir de 2012 sí está depurado, y hemos afinado los procedimientos estadísticos de investigación, de tal manera que hoy sí podremos hacer comparación de lo que sucedió en 2012 y lo que sucederá en 2013.

Durante dos meses, El Faro solicitó a la Policía el dato de denuncias de desaparecidos de 2011 –y de años anteriores- , pero al cierre de esta crónica no hubo respuesta. Al ser consultado al respecto, el jefe de la Unidad de Delitos Especiales, el inspector Jaime Ramírez Palma, explicó que sus jefes le había autorizado hablar de todo, menos de las cifras.

—Al menos aclárenos una duda. ¿Esos datos existen?
—Sí, existen. Tienen que existir.
—¿Usted los ha visto?
—No. Pero le voy a explicar una cosa: el año 2011 fue característico por la creciente de homicidios. Se me ocurre (y es una percepción, no estoy diciendo que así fue) que no era la prioridad andar buscando a personas desaparecidas con esa cantidad de homicidios que había. La prioridad en ese momento era ir a capturar a los homicidas. Esa era la prioridad.

Fotos de desaparecidos en el monumento a las víctimas de la guerra civil en el parque Cuscatlán de San Salvador. Foto Mauro Arias

2. El desaparecido al que nadie está buscando

—¿Quién desapareció?
—Amílcar Sadrat Santos.

El Sargento -así quiso que lo llamara, “El Sargento”- le preguntó a su compañero, otro policía, si le sonaba ese nombre. Se lo preguntó, también, a un soldado moreno y joven, que descansaba junto a ellos en la orilla del Puerto Joacaz, el embarcadero de lanchas de la Isla Tasajera, en la costa del departamento de La Paz.

El paisaje que nos rodeaba no podía ser más hermoso. El estero de Jaltepeque lucía inmenso, con sus canales y sus islas y sus manglares. Al fondo, sobresalía muy por encima de la línea del horizonte, el volcán de San Vicente.

Por un momento, la confusión y el asombro de los dos policías y el joven soldado contagiaban. Uno se preguntaba: ¿Quién puede desaparecer de un lugar tan hermoso? Las lanchas atravesaban el estero ora con turistas, ora con los habitantes de la isla, que cargaban provisiones desde San Luis La Herradura, el poblado en tierra firma más cercano, ubicado a uno hora de distancia, al otro lado del estero. Pero así es esta parte del mundo, calificada en 2011 como la segunda más violenta de la Tierra en la región más violenta de la Tierra. Hermosa y llena de contrastes. De ese paraíso, que las agencias de turismo no han sabido explotar, desapareció un joven de 21 años.

El Sargento terminó de sacar conclusiones con sus compañeros.

—Usted me está preguntando por El Piñata –dijo.
—¿El Piñata?
—Sí. Así le decían a ese vago. Ese era pandillero.
—¿Hay pandillas en la isla?
—No, no es que haya, pero ese quería comenzarla.
—¿Por qué dice que era pandillero?
—Era. Hubiera visto cómo caminaba.

El joven soldado interrumpió la conversación. Era moreno y se rehusó a identificarse. Mientras me contaba una historia, el otro policía, que tampoco quiso identificarse, apuntó mis datos en una libreta.

A inicios de 2012, dijo el joven soldado, ese al que le dice El Piñata bailaba en una fiesta, junto a un grupo de jóvenes “malas piezas de allá de La Herradura”. Luego El Piñata, junto a esos sus amigos, se hicieron señas, y se reían. Según el soldado, eran de esas señas que hacen los pandilleros.

—¿Y de que pandilla creen que era?

El Sargento se le adelantó al soldado.

—En La Herradura hay de las dos, pero es más fuerte la MS… Pero mire: ¿Y para qué anda perdiendo el tiempo, preguntando por el paradero de ese marero? –preguntó.
—¿Me está diciendo eso en serio?
—¡Sí, hombre! Que no ve todo el mal que hacen esos… Mejor que se desaparezcan, así dejan de andar jodiendo a tanta gente. Yo creo que la gente ha de estar feliz porque ellos desaparezcan.

Pieza suelta # 3

¿Cuántos desaparecidos hay en El Salvador? La respuesta a esa pregunta es un rotundo misterio o, si se quiere, es una respuesta parcial. La Policía solo puede dar como reporte oficial los 612 casos registrados en 2012, de 612 personas que todavía continúan desaparecidas (más los 132 casos de aquellos que estuvieron desaparecidos y que fueron encontrados fallecidos). Pero los casos de los años anteriores son un misterio. En 2011 hay 1,165 casos denunciados pero se desconoce el número real de desaparecidos. Hacia atrás, las datos (si es que existen) o están archivados en las delegaciones del país o son un secreto que la Policía no quiere revelar. Sin embargo, ante la falta de información, tampoco puede decirse que haya más o menos desaparecidos hoy que ayer.

En síntesis, aquel que es considerado como un grave problema desde hace muchos años, en el manejo estadístico (que serviría para analizarlo, formular planes de acción, etcétera) demuestra una de sus principales falencias.

Pero esa falla no es solo de la Policía. En junio de 2012, el director de Medicina Legal, Miguel Fortín Magaña, aseguró que había más desaparecidos que los que informaba la Policía. Entre enero y abril, según la institución, solo en el departamento de San Salvador, habían levantado 876 reportes, contra 397 informados por la Policía. Miguel Fortín Magaña dice que nunca han querido dar sus cifras como una verdad absoluta. De hecho, tras los desencuentros entre el Ministerio de Seguridad y el IML, él siempre sostuvo que los datos del IML debían tomarse como reportes que no podían mantenerse en el tiempo. “Nosotros no sabemos si a los dos días que un familiar vino a reportar a una persona desaparecida, esa persona desaparecida ha sido encontrada. Eso le compete a la Policía”, dice.

Para Fortín Magaña, la necesidad de divulgar esa información era para “registrar un fenómeno que me parece grave, y al que el país debe prestarle atención”. Pero lo que Medicina Legal no hizo público en esos debates, es que ellos también dijeron algo que no se correspondía o que no se sustentaba con cifras. En 2011, el Departamento Académico y Estadístico (DAE) informó a la prensa sobre 2,007 reportes de desaparecidos, solo en el departamento de San Salvador. Fue una noticia alarmante reproducida por varios medios de comunicación. Sin embargo, en el primer trimestre de 2012 el DAE descubrió que tras aquellos datos había reportes duplicados, amén de que, en ocasiones, a una misma persona desaparecida la habían llegado a reportar dos o más familiares, sin que ese segundo registro fuera depurado.

Al percatarse del error, el DAE corrigió, y digitalizó todos los reportes para detectar las duplicaciones. “Es un grave error. Pero ya corregimos del 2008, 2009, 2010. 2011 todavía nos falta, y puedo darle certezas de que 2012 ya no sufrió esa falla porque corregimos el mecanismo de toma de información”, dice Fortín Magaña.

Entre enero y diciembre de 2012, el IML registro 1,601 reportes “libres de fallas”. El IML no ha terminado de depurar los datos de 2011, y la institución sospecha que la falla no pasó de los 100 registros. Aún así, lo cierto es que en 2012 los reportes del IML no solo bajaron en la comparación interanual, sino que durante todo el año cayeron mes a mes. Así lo confirma el balance anual que la institución presentó en enero de 2013. Gracias a lo que la institución menciona en ese reporte, el IML también corrigió el dato que había dado en junio, cuando dijo que en el período de enero a abril del año pasado, habían registrado 807 reportes de desaparecidos. Según el balance de cierre de año, en ese periodo solo se levantaron 640 reportes.

***

Amílcar Sadrat Santos salió de su casa (dos cuartos grandes, con piso de arena de mar en el patio, en los cuartos, en la sala y en la cocina), al mediodía del 15 de junio de 2012. Por la mañana, dice José, su padre, Amílcar le ayudó a regar veneno en una milpa que la familia tiene en el norte de la isla.

A Amílcar, sus padres le conocían un solo pecado: cuando tomaba mucho, se ponía violento. Dicen que bebía, se embriagaba, y ya borracho armaba pleitos. Una vez incluso se agarró a trompadas con uno de sus amigos de la infancia, un pescador de la isla. Por ese pleito terminó preso tres días, acusado de lesiones, en la delegación de La Herradura. Quienes lo capturaron, y se lo llevaron preso, atravesando en una lancha el estero de Jaltepeque, fueron los policías comunitarios asignados a la isla. Al final, el amigo de la infancia de Amílcar, el pescador que lo denunció, dice que nunca se le cruzó por la mente vengarse, desaparecerlo. Tampoco la familia de Amílcar cree que Joel lo haya desaparecido, mucho menos por un pleito de borrachos.

—Si a los días que salió de la bartolina ya andaban molestándose, como cipotes que eran, de nuevo –dice el padre de Amílcar, el joven de 21 años de edad.

El día que Amílcar desapareció llevaba en su cartera 25 dólares. Se los había regalado su padre, para que se comprara unos tenis que desde hacía mucho tiempo él le había prometido. Los zapatos los iba a comprar en el mercado de San Luis La Herradura.

Antes de partir, Amílcar se despidió de su hijo, un niño de tres años, moreno, igualito a su papá. En enero de 2013, dice la abuela de Francisco, el niño todavía pregunta: ¿cuándo regresará del trabajo mi papi?

En el pueblo de La Herradura, Amílcar tenía dos casas en donde quedarse a dormir: la de uno de sus hermanos mayores, y la de la mamá de su hijo. Por eso sus padres no se preocuparon cuando él no apareció las noches del 15 y del 16 de junio. Pero cuando al tercer día Amílcar no contestó su teléfono, su padre presintió que algo malo podía haberle ocurrido.

Al cuarto día fueron a buscarlo. Cruzaron el estero, tomaron un autobús, y en cuestión de una hora llegaron a La Herradura. Amílcar no había llegado ni a la casa de su hermano ni a la de la madre de su hijo. Fueron a preguntar a la delegación policial de La Herradura, creyendo que a lo mejor había caído preso de nuevo, por andar tomando, pero Amílcar tampoco estaba ahí.

De su desaparición, rápido se enteraron todos en la comunidad. Incluyendo El Sargento y su compañero, y los soldados que les ayudan a patrullar la isla.

***

—Ese Piñata quería levantar una clica acá en la isla –dice El Sargento-. Quería comenzar a rentear acá. A él lo brincaron en La Herradura, vaya a preguntar por él a la delegación y allá se lo van a contar.
—La familia asegura que…
—Las familias de los mareros nunca quieren aceptar que sus hijos son mareros. Las hermanas de él saben, que a lo mejor la clica en La Herradura le dio chicharrón, porque no tenía autorización para hacer nada acá. Ellas saben pero no dicen nada.

Al puerto Joacaz se acercó un hombre que cargaba un plato con carne frita y tortillas. “¿Quiere culebra, Sargento?”, dijo, y le convidó una porción de su comida. El Sargento partió el trozo por la mitad y me entregó una de las dos partes. La anguila frita sabía a sal frita. El Sargento, mientras comía de su porción, se cuidó de no tragarse ninguna espina, y mientras se sacaba una que se le escabulló entre uno de los dientes, insistió:

—No ande investigando eso.
—¿Por qué?
—¡Porque era pandillero, hombre! Ta bueno que desaparezca. Ya lo vamos a encontrar en alguno de los cañales que hay por allá, por La Herradura.

En junio de 2012, la bitácora de denuncias de la subdelegación de La Herradura solo registra la desaprición de un joven de 20 años llamado Jorge Alberto Guillén. Fue reportada el 5 de ese mes.

En la delegación El Pedregal, a la cual están adscritas La Herradura y la delegación de la policía comunitaria de Tasajera, tampoco aparece el nombre de Amílcar para esas fechas. En esa delegación, el 9 de junio, solo hay dos reportes de dos mujeres desaparecidas. Luego, hasta el 12 de octubre hay otra quinceañera reportada como desaparecida; y dos meses después, el 17 de diciembre, fue reportado como desaparecido un hombre de 57 años.

***

Los padres de Amílcar Sadrat Santos acuden a una iglesia evangélica. Desde que Amílcar desapareció, todos los sábados, sin falta, los miembros de la congregación llegan hasta el patio de la casa de Amílcar para celebrar un culto en su nombre. Para que Dios lo proteja o para que, si está muerto, “lo tenga en su gloria”. Así lo dice María, su madre.

Ella agachó la cabeza cuando le dije que en ninguna de las delegaciones de la Policía aparece la denuncia de desaparición de su hijo. Francisquito revoloteaba la arena a los pies de su abuela.

—Es que cuando fuimos, la mamá de este niño fue la que entró a preguntar, y solo dijo que Amílcar no aparecía, y preguntó si no lo tenían preso.
—¿No le tomaron la denuncia?
—A lo mejor no… es que yo ya no sé.
—¿Usted no puso la denuncia?
—No, es que yo ya no entré.
—¿Quiere ir a poner la denuncia?
—Es que tenemos miedo…
—¿Los ha amenazado alguien?

María se encoge de hombros y guarda silencio durante un par de segundos.

—(…) Tenemos miedo de que nos pase algo por andar preguntando por él. Mire que en La Herradura salió la noticia de que los mismos policías andaban haciendo cosas malas, junto a unos pandilleros.
—Pero si no denuncian la desaparición, nadie va a buscar a su hijo.
—Ya mejor que quede así. Si está vivo, que Dios lo proteja, y si está muerto… Disculpe que lo hicimos venir hasta acá, pero ya no queremos que se anden revolviendo las cosas.

Entre la casa de la familia de Amílcar y la sede de la policía comunitaria de Tasajera solo hay un rancho de por medio. El viernes 4 de enero El Sargento no estaba, tampoco el soldado joven que aseguró haber visto a Amílcar haciendo señas de pandilleros. Sí había otros dos soldados y el compañero policía de El Sargento.

—¿La familia de Amílcar Santos no les reportó a ustedes la desaparición del muchacho?
—¿Y ese que no ya había aparecido?
—No, no ha aparecido.
—¡Qué raro! Nosotros entendíamos que ya había aparecido. Por ahí así andaban diciendo
—Ustedes, que ya saben que está desaparecido, ¿no pueden hacer nada para que alguien comience a buscarlo?
—Si dice que no hay denuncia, está difícil, mi hermano. A lo mejor si se metieran los derechos humanos…

Pieza suelta # 4

El 24 de mayo de 2012, Óscar Luna, el procurador de Derechos Humanos, se pronunció en el tema de los desaparecidos. Recomendó a la Fiscalía que investigue los casos, que cree una Unidad de Personas Desaparecidas, un sistema de datos confiables, en donde pueda consultarse información sobre los registros de personas desaparecidas y encontradas; y una red de intercambio de información entre hospitales, migración, cárceles, celdas policiales, iglesias…

A la Policía, el Procurador le pidió que refuerce las acciones para prevenir el fenómeno y para investigarlo.

Aún y cuando el Código Penal Salvadoreño ya tipifica la desaparición forzada como un delito, la Fiscalía dice sentirse con las manos atadas, debido a que la denuncia de desaparición de una persona en sí misma no es la denuncia de un delito. Hasta que la Policía devela insumos que apunten a la posible comisión de un delito (llámese este homicidio o privación de libertad) la Fiscalía actúa.

Fuera de estas dos grandes ramas de investigación, la Fiscalía se aproxima al tema, de manera indirecta, cuando investiga los casos de cementerios clandestinos, de donde el criminalista Israel Ticas ha desenterrado 655 cadáveres en siete años. Pero de nuevo: ese procedimiento no nace de la búsqueda de una persona desaparecida, sino de la información de un testigo criteriado o de una fuente infiltrada en las pandillas, que revela que en algún punto del país hay una decena de cuerpos escondidos bajo tierra. Oficialmente, a través de su departamento de prensa, la Fiscalía responde que en materia de desaparecidos no pueden actuar ni tomar una denuncia ni tomar una cifra sino hasta que la Policía recopila insumos que hablan de un delito que se pueda perseguir.

Aquello que la Fiscalía considera lo más aproximado al fenómeno es la privación de libertad. De esos, en 2012, la institución solo actuó en 12 casos.

La Procuraduría de Derechos Humanos hizo ese llamado en mayo, y a la fecha solo la Policía activó la unidad especial para buscar desaparecidos, y creó un instructivo para que actúe esa unidad, y el resto de unidades de investigaciones diseminadas en el país, que son en realidad las que trabajan la mayoría de los casos. La PDDH ya no dijo más. Pero al menos reconoce que también ha cometido una falla. Cuando a las oficinas de la institución llegan los familiares de los desaparecidos a reportar sus casos, o a reportar que perciben que las autoridades no les ayudan a encontrar a sus parientes, la PDDH no registra esos casos. Lo dicen las oficiales de prensa de la institución. Lo dice, también, el procurador adjunto Gerardo Alegría.

3. Una madre que busca auxilio encuentra a un amigo

Irma Guadalupe Pérez desapareció el 5 de Octubre de 2012, en Aguilares. Su desaparición la investigan su madre y un Policía amigo que le informa sobre la aparición de cadáveres en la zona.

En una de las entradas de la Catedral de San Salvador hay una fotografía de una chica que tiene 14 años. La chica es morena, lleva una camisa de tirantes color negro y en la foto sonríe a la cámara. “SE BUSCA”, dice el cartelito. Así, en letras mayúsculas.

La persona que pegó ese cartel es una mujer analfabeta. Tiene 37 años. No fue ella quien escribió lo que en ese cartel dice, sino que fue uno de sus hermanos. Su nombre es María. La que está en ese cartel es su hija, Irma Guadalupe.

Irma desapareció el 5 de octubre de 2012 a las 4 de la tarde. Vestía una camisa verde, un pantalón negro y zapatos cafés. Así dice el cartel, así la recuerda su madre. Lo último que le dijo a María, antes de que la tierra se la tragara, fue que iría al supermercado del municipio de Aguilares, un caluroso pueblo ubicado a 33 kilómetros al norte de la capital.

Dos horas pasaron para que María, que sabía que esa ida y esa vuelta no debían demorar tanto a su hija, se desesperara. María esperó dos horas más antes de decidirse a ir a reportar la desaparición de su hija a la delegación policial del pueblo, ubicada a dos kilómetros de su casa. El oficial de turno le dijo que no podía tomarle los datos, y le dijo que regresara hasta el siguiente día. Que a lo mejor su hija se había escapado con algún novio.

María, a las 8 de la mañana del siguiente día, regresó a la delegación. Le tomaron sus datos y le dijeron que le iban a avisar de algún avance, y que regresara si ella descubría algo por su cuenta.

Un día después volvió a llegar, y le dijeron que no se sabía nada. Al cuarto día ella decidió que tenía que buscarla sola. Se lo dijo a su hermana, Claudia, que vive en otra comunidad, muy lejos de Aguilares.

Su hermana, preocupada por la desaparición de su sobrina, también se preocupó por la seguridad y el bienestar de María. Sobre todo porque María es analfabeta, y, desesperada, le dijo que iría a buscar a su hija por todo el país.

La familia de María, pero sobre todo María, son muy pobres. Ella vive de lavar ajeno y, cuando puede, de vender papas fritas con salsa de tomate, mayonesa y queso rayado. A la semana, cuando había una buena semana, lograba 30 dólares entre las lavadas y la venta de papitas fritas. Desaparecida su hija, uno de los dos rubros se le cayó: Irma Guadalupe era quien le ayudaba a cargar el quintal de papas que compraban en el mercado La Tiendona, en San Salvador. Sin su hija, María no tiene con quién hacer ese viaje ni las fuerzas para cargar, ella sola, un quintal de papas.

Así que desde la desaparición de Irma Guadalupe, María solo se dedicó a lavar ajeno para sobrevivir. Y de las tres lavadas que hacía semanales, tuvo que quedarse solo con dos, porque cinco de los siete días de la semana los dedica a buscar a su hija. Su presupuesto se redujo.

Con 20 dólares, y sin saber ubicar nombres de calles ni direcciones, barrió –recuerda- todo el municipio de Aguilares, “siete montañas y cuatro barrancos” en las primeras dos semanas tras la desaparición. Se metía en los huatales y a pura memoria lograba salir por donde había entrado. No se metió en los laberínticos pasajes ni en las colonias con mayor presencia de pandillas porque sintió miedo. Eso de que hubiera pandillas ella lo intuía por los manchones en las paredes o porque algún buen samaritano le recomendaba no entrar a las zonas peligrosas.

Una vez, recuerda, un tipo que le salió en medio de una hondonada amenazó con violarla. Ella no sabe cómo se llama ese lugar. María imita la voz aguda de aquel hombre:

—¡Ay, mamacita, mirá dónde te agarré solita! –dice-. Así me dijo, fíjese.

El hombre caminaba a su alrededor, mientras seguía hablándole. María recuerda sus escalofríos.

—Estás bien rica para hacer el amor, mi amor.

María no entiende qué pasó con el hombre, y ahora se ha creado en la cabeza la escena de un milagro.

—Yo todavía no entiendo, porque cuando se me acercó solo me puse a llorar… Pero es que ni grité y el hombre de repente solo se fue.

La familia de María le pidió que ya no anduviera arriesgándose. Que ella sola no iba a encontrar a su hija. Le recomendaron, para calmar su ansiedad, que mejor pegara carteles con los datos de Irma Guadalupe y con el número de su teléfono celular.

Con el poco presupuesto con el que contaba, María solo pudo sacarle 256 fotocopias al cartel. Una de esas todavía hoy sigue pegada en una de las entradas de la catedral de San Salvador.

***

A finales de octubre de 2012 -no recuerda la fecha-, María recibió una llamada telefónica en su celular. Como María no sabe leer –solo puede reconocer los números- identificó que aquel era un número extraño porque no lo reconocía. María memoriza los números de sus contactos más asiduos.

—¿Usted es la mamá de la muchacha desaparecida? –le preguntó una voz de hombre.

Quien le habló se presentó como un policía. Le dijo que había encontrado uno de los carteles con la foto de su hija, y que a partir de ese momento él le iba a ayudar.

El policía amigo, en efecto, es un policía. Está asignado a una delegación que no es la delegación de Aguilares, sino a una muy cercana. Cuando en el radar a él le aparece la información del descubrimiento de un cadáver, se lo informa a María. En los últimos tres meses le ha informado de cinco hallazgos, pero en ninguno ha aparecido Irma Guadalupe. A los cinco él mismo acompañó a María, y se ha decepcionado junto a ella cuando confirman que en esos lugares la muchacha no está enterrada.

—Yo le voy a ayudar a ella en lo que pueda. Cualquier indicio o información que tengamos vamos a ver en qué se puede ayudar. Creo que para eso estamos, para ayudar a gente que necesita ayuda como esta señora –dice el policía amigo.

***

María, dice su hermana, se ha puesto mal de salud. Ha olvidado muchas cosas, ha adelgazado 30 libras, y por ratos se queda como ida, como perdida. Su hermana no se equivoca. Hoy día hay que repetirle a María las cosas, cuando se platica con ella, para que no pierda el hilo de la conversación. Algo más le ha pasado también a María: ha perdido la fe en Dios.

Cuando la conocí, hace dos meses, María vestía una falda larga, hasta los tobillos, y una camisa cerrada, que no dejaba escapar nada más abajo del cuello y nada arriba de las muñecas. Dos meses más tarde, y en contra de los estándares de la iglesia evangélica a la que asistía, se atrevió a ponerse licras pegadas y camisas escotadas. Me dice que por eso lleva como dos semanas sin visitar a su madre, para que no la regañe. La madre de María vive 33 kilómetros lejos Aguilares. Nunca, en el último año, su madre la ha visitado. Desde que desapareció su hija, en Aguilares, a María solo le queda su marido, un jardinero que trabaja de podar jardines ajenos en una colonia privada de San Salvador.

En la mañana del 3 de enero de 2013, frente a la casa de María, cientos de motoristas y cobradores cerraron la carretera, en una serie de protestas que paralizaron las entradas y salidas a la ciudad de San Salvador. Los transportistas le exigían al gobierno que mantuviera el subsidio al sector, o que se atuviera a las consecuencias: más bloqueos como el de ese día, paros o un incremento en el precio del pasaje.

En la carretera de Aguilares, frente a la casa de María, se armó un pequeño disturbio. Cuando María me cuenta lo que vio, es la primera vez, en los últimos dos meses, que la veo sonreír, emocionada.

—¡Hubiera venido! Viera qué alegre se puso eso. ¡Me daban ganas de hablarle para reportárselo en vivo y en directo!

Pero entones María perdió el hilo de la conversación. Se le fue a un costado, allá adonde había clavado la mirada. Su marido siempre regresa tarde a casa, o cuando no consigue paga, no regresa. Desde que Irma nació, ella había sido su única compañía. Más que madre e hija, dice, con Irma eran como dos inseparables amigas.

—¡Ay, amor! Viera qué desesperante es esto de sentirse tan sola.

***

—¿Cómo dice que se llama la desaparecida?
—Irma Gualupe Pérez.
—Permítame un segundo…

El policía de turno asoma la cabeza por la ventana de la delegación, y le pide a la gente que está afuera que guarden silencio. Son los familiares de los transportistas detenidos en la mañana. Son las 6:30 p.m., y la algarabía que hay afuera es porque no les han dicho si dejarán que sus familiares detenidos puedan recibir la cena que ellos les han llevado.

En la pared de la delegación de Aguilares hay tres fotografías de tres niños desaparecidos. Uno de los casos es el de una niña desaparecida en una provincia de Argentina. Pregunto cómo ha venido a parar ese cartel, con un caso ocurrido en Suramérica, hasta ese pueblo caluroso del país, y el oficial de turno reponde que un día llegaron los miembros de una oenegé y pidieron permiso para colgarlo.

El segundo cartel es el de un joven de unos 17 años. No se distingue nada de la información sobre ese joven porque alguien ha tachado todos los datos de contacto con manchones de lapicero. El tercer cartel es el de un niño, demasiado niño para la edad que dice en el cartel: 15 años.

En la delegación no está la foto de Irma.

Los investigadores que estuvieron de turno ese día ya se fueron a sus casas. Solo ha quedado rezagado uno, que se asoma a la recepción. El oficial de turno lo detiene.

—Hey, vo’: ¿quién llevaba el caso de la chamaca bonita que teníamos pegada en la pared?
—¿Cuál, vo’?
—El de la chamaca que frecuentaba a los vagos del parque, homb’e.
—¡Ahhhh! Ya sé cuál decís. No, ese no lo llevaba yo. Yo llevo el de la otra chamaca aquella… ¿por qué, vo’?

Entre los dos investigadores dan pistas sobre el investigador del caso de Irma Guadalupe. Antes de despedirse, el investigador rezagado advierte que Irma Guadalupe ya apareció. Le digo que eso es bien extraño, porque todo ese día estuve con la madre de la joven y ella, a la fecha, la sigue esperando.

—Pero es que mire, no le crea a esa señora. Esa maitra como que es algo zafadita, ¿o no?

***

Viernes 4 de enero.

—Sí, yo investigaba el caso de esa muchacha.

Al otro lado de la línea telefónica me responde el “Investigador Jaime”. Dice que solo lo llame así. Le pregunto que por qué dejó de investigar el caso de Irma Guadalupe, y me responde que porque una señora llegó a decir que ya había aparecido.

—La señora dijo que era la abuela.
—¿Y no lo ha corroborado con la madre de Irma? Ella la sigue buscando.

La voz detrás de la línea telefónica guarda silencio. Luego se despide.

—Mire, la verdad es que ahorita no tengo tiempo de seguir hablando porque debo ir a dejar una información a la Fiscalía. Hábleme más tarde.

Después, el Investigador Jaime nunca más atendió el teléfono.

Última pieza suelta

El subdirector de la Policía nos recibe en su amplia oficina ubicada en el segundo piso del cuartel central de la Policía Nacional Civil, en el centro de la ciudad de San Salvador. Mauricio Ramírez Landaverde, durante 2012, y sobre todo después de iniciada la tregua entre las pandillas, se convirtió en el portavoz de las estadísticas del gabinete de Seguridad. Sobre todo a partir de la segunda mitad del año, el Ministerio de Seguridad metió un gol al convocar, mensualmente, una conferencia en donde se informaba de -en la mayoría de los meses- la reducción de los homicidios. Una estrategia exitosa, un termómetro constante de la evolución de la tregua. Pero en esas conferencias, el tema de los desaparecidos siempre se mantuvo constante. Sobre todo porque hasta septiembre, el Instituto de Medicina Legal hizo lo mismo, diciendo que en sus reportes había más casos que los que daba a conocer la Policía. Al menos por el papel que le ha tocado jugar al subdirector, creemos que es quien mejor conoce no solo las estadísticas, sino también el fenómeno. Mientras el actual director, el general Francisco Salinas, apenas ingresó a la Policía a inicios de 2012, Mauricio Ramírez Landaverde tiene toda una carrera en la institución policial, y estuvo en mandos importantes para cuando, según dice, comenzaron en la Policía, a registrar el fenómeno. Eso fue, recuerda, allá por el año 2004.

—¿La Policía considera que hay un fenómeno grave detrás de las estadísticas de personas desaparecidas?
—Lo vemos con mucha preocupación, y sobre todo cuando es una situación que ha cobrado tanta relevancia y alarma social. Pero no es un fenómeno nuevo. Le hemos venido registrando desde hace muchos años.
—Si no es un fenómeno nuevo, ¿por qué se crea una unidad que investigue los casos hasta este año?
—Que la unidad haya nacido recientemente no significa que la Policía no haya enfocado sus esfuerzos para investigar el fenómeno. La Policía lleva muchos años enfocada en las estructuras que se dedican a cometer estas acciones.
—La Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas solo lleva los “casos importantes”. Si yo tomara el papel de un defensor de los derechos humanos, le diría: ¿no le parece que todos los casos son igual de importantes?
—No, yo le diría que no. Todos los casos son igualmente importantes… pero hay casos que la víctima… por ejemplo: el caso de una niña o un niño usted no lo puede ver igual que otro caso, usted tiene que velar por el interés superior del niño… Todos los casos de personas desaparecidas preocupan igualmente a la Policía, pero si es una niña, debemos pensar que estamos ante un caso de trata, de violación, el caso de que un pandillero la pretendía, y al no acceder a sus pretensiones mandó matarla… son criterios…