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Sí, pero él de chico había querido ser cura”.
Emilia

Miguel murió a manos del novio de su hija en una siesta de mayo. Los vínculos familiares indican que el asesino es algo así como su primo. El crimen ocurrió en un barrio de Córdoba. Un lugar donde todos están unidos por algún tipo de parentesco, donde todo tiene un sentido si se quiere encontrarlo.

El lugar se ubica en la zona oeste de la ciudad. Aunque la Policía lo considera un sector único, una villa, en realidad el lugar contiene tres asentamientos diferentes cuyos vecinos están enfrentados entre sí. Villa Santa, Monte Negro y un grupo de casas de plan, rodeadas por un alambrado al que medio en broma se lo llama El Barrio Cerrado.

En ese territorio de no más de siete manzanas conviven unas cuatro mil quinientas personas. En los últimos tiempos la zona tiene una presencia estable en las páginas de policiales de los diarios. La muerte de Miguel, a quien en el barrio todos conocían como el “Gorila” Miguel, es quizá el hecho más relevante de los últimos tiempos y el que mejor revela los secretos que se esconden tras los muros de ese mundo precario.

Madre

El chico ingresa a la casa nervioso, acelerado, preocupado. No le gusta que su madre esté acompañada. No le gusta la compañía. Se dirige a ella.

—¿Tenés algo?
—No, nada. Queda un poquito nomás.

Contesta Maru.

—Una camioneta roja está dando vueltas. Si pateo la puerta arreglá todo.

Tiene unos diecisiete años y está vestido con el buzo de un conocido club de Córdoba que supo de tiempos mejores. Se pierde por la puerta de chapa que da al patio.

La camioneta puede ser de la Policía. La casa está ubicada en los márgenes del barrio. El olor de las aguas servidas se cuela por la ventana anulando los esfuerzos del sahumerio.

A cada rato alguien golpea para comprar droga. Adentro están Maru y una de sus hijas, Emilia. Emilia parece Florencia de la V. Tiene tetas enormes. Hechas o, quizá, infladas.

La mujer mayor es la madre de Miguel, el muertito. Llora. Dice que se va a vengar. Quiere vengarse de los que mataron a su hijo. No quiere saber nada con eso que en Tribunales llaman Justicia.

—La Justicia se llama dinero, se llama poder.

Afirma ella, que estuvo dos años presa por tener diecisiete porros encima.

Tuvo a Miguel antes de cumplir dieciocho, hace treinta y dos. En el año 1976 llegó con su hijo al barrio que está del otro lado de la villa. En esa época le ayudó una mujer llamada Mabel que con el tiempo se convirtió en algo así como su madre adoptiva.

La madre de Miguel formó pareja con otro hombre (viudo y con dos hijos) que le dio a Miguel un apellido —Andrada— y a ella muchos hijos; algunos propios, otros ajenos. Miguel siempre se llamó Roberto, pero desde chico le dijeron Miguel. Miguel y santiagueño.

—Le decían así porque sí. Viste que en el barrio a todo el mundo se le llama así. Tucumano, Santiagueño, Cordobés… Porteño.

Miguel estudió para recibirse de Técnico en Motores Diesel.

—Sí, pero él de chico había querido ser cura.

Acota Emilia.

—Claro. Por eso cuando estuvo preso se convirtió en pastor. Empezó a robar cuando le quedaba una materia para recibirse. Tenía diecisiete años.

Maru llora. Habla de su hijo como si se tratara de un ángel. No lo puede creer muerto. De alguna manera saberlo muerto la mata a ella. Todavía hoy cree que puede entrar caminando por la puerta para saludarla. Para decirle como le dijo aquella vez tomándose el corazón. La mañana del día en que lo mataron.

—Vieja, a vos y al club, los llevo acá.
—Me dejó un vacío que no se va a llenar. No tengo consuelo.

Mujer.

Virginia tiene treinta y cinco años, pero parece de cincuenta. Se puso de novia con Miguel cuando él tenía diecisiete y tuvieron que esperar hasta que ella fuera mayor para que los dejaran casarse. En realidad lo que pasaba es que, siendo menor, Miguel estaba preso. Mónica habita la casa de bloques en la que antes vivieron juntos. En el corazón de Monte Negro.

—Si no fuera por este embrollo la vida sería realmente muy difícil.

El embrollo es la venta de droga al menudeo. La explicación viene al caso porque cada tres minutos llega algún chico en moto a comprarle droga.

Con el Santiagueño Miguel tuvieron varios hijos. De los catorce años que estuvieron casados él pasó casi diez preso por dos asaltos. En su prontuario figuran un homicidio y unos cuantos hechos violentos. En la etapa más tranquila de su vida, cuando sólo se dedicaba a vender droga y había dejado de robar, se encontró con la muerte.

Todo comenzó unas semanas antes. Las hijas mujeres más grandes de Miguel (de trece y dieciséis años) habían ido a bailar al Estadio del Centro y aunque ya era de mañana, sólo la más grande había regresado. La menor se fue con un chico de veinte, Melena, que también vive en Monte Negro. La madre salió a buscarla y la trajo a las patadas.

—Estaba en una situación que no se corresponde con una chica de trece.

Explica Virginia sin demasiados argumentos.

Al saber lo que había pasado, Miguel prometió venganza contra el pretendiente. Le mandó a decir al chico que desapareciera del barrio y que ni se acercase a su hija. Así se encendió la llama que terminaría en el crimen.

El día que lo mataron, Miguel iba a ver un partido a bordo de su Peugeot 305 plateado. En el camino se cruzó con el chico de veinte que noviaba con su hija de trece. Miguel lo encaró, lo golpeó y le dijo que no quería verlo. El chico se fue pero a los pocos minutos volvió acompañado por un hermano y con una pistola calibre 32.

Miguel le dijo que tirara y el chico tiró.

Tras el entierro Virginia fue a visitar a los padres de los asesinos de su marido para decirles que estaba todo bien y que no quería tener problemas.

—Tengo que cuidar a mis hijos, el más chico tiene ocho años y está porfiado con que va a vengar la muerte de su padre.

Otra mujer.

—Los hijos de puta de tus sobrinos lo mataron al Miguel.
—Ta bien si era un verdugo ese culiado…
—Pendejos culiados, son tu sangre, son una bosta igual que vos.

Así recuerda Laura cómo increpó a su marido, el gringo Alfred, jefe de la barra brava del club del que todos son hinchas, cuando éste llegó de la cancha el día de la muerte y se enteró de lo que había pasado.

—¿Por qué no fui al velorio? Por esa hija de puta de la Maru. Nunca se lo voy a perdonar. Estuve a punto de ir, pero si ella saltaba la iba a cagar matando.

Laura es hija de Mabel, la mujer que recibió y adoptó a Maru y a su hijo Miguel cuando llegaron al barrio, en 1976. Aunque Laura profesa amor por Miguel no parece tener ninguna simpatía por Maru, la madre del muerto.

No fue al velorio porque temía que Maru le echara en cara que sus sobrinos políticos mataron a Miguel. Dice eso y lanza una cadena de chismes sobre la vida de aquella mujer.

—Yo lo quería mucho al Miguel y no me dejó despedirlo. La hija de puta esa lo dejaba en casa cuando éramos chicos y se iba de joda. Mi mamá lo cuidaba. Ella nunca se preocupó por él. A mi mamá él le decía abuela.

Laura es la única de las mujeres vinculadas a Miguel que no vende droga. Casada con el gringo Alfred, parece acatar la ley que impone el jefe de la barra brava a sus soldados. Nada de vender en la cancha. Desde hace unos años se fueron de Monte Negro. Sin embargo, de alguna manera siempre están allí.

Para confirmar que no dudaría en castigar a Maru, Laura cuenta de una vez que descubrió a su marido saliendo de la cancha con una amante. El barrio confirma la anécdota. El gringo Alfred recibió una cuchillada en la puerta del estadio. Laura corrió a la amante por ocho cuadras. La juventud de la otra pudo más que su odio.

Laura no pudo despedir a Miguel. El velorio duró veinticuatro horas, se hizo en un rancho ubicado en el vértice entre Villa Santa, Monte Negro y el Barrio Cerrado. Pero ella no pudo verlo.

—La culpa la tiene la lenguda esa que andaba gritando contra los sobrinos del Negro.

Hermana.

Su mirada joven no esconde las marcas de una vida dura. Tiene veintinueve años, el pelo largo y oscuro como sus ojos. Las manos arrugadas. Vive con Marcelo, el hijo del gringo Alfred y Laura, junto a las vías, frente a la calle Los Cerros. Tienen cuatro hijos.

Los mates calientes, dulces como el almíbar, los ceba en la habitación de sus hijos que también es el comedor. La televisión catorce pulgadas está en Canal 12. La habitación es fría. Los colchones de las cuchetas están sucios, pelados. No hay colchas, sábanas, señales de abrigo.

Llegó a Villa Santa desde el barrio. Es hija de Maru y hermana de Miguel. Cuñada de Virginia y nuera de Laura.

En la cocina no hay alacena. Un único estante está destinado a un santuario para San Jorge. Velas de colores, rosarios, cuadritos y estampitas acompañan la foto del Santiagueño Miguel.

También vende cocaína y marihuana. Los clientes golpean las manos y esperan en la puerta. Desde el comedor que está en un nivel inferior se los ve sin cabeza, como seres decapitados esperando que los atiendan. Paula pasa la mano, entrega, recibe.

Habla de su hermano como si tuviera una espina clavada. Lo recuerda dulce, amable, jugando en la plaza del barrio, remontando un barrilete. Ahora está embroncada con la Virginia. Dice que la mujer de su hermano ya tiene un novio nuevo y le está faltando el respeto al muerto.

La noche del asesinato juró venganza, pero ahora sabe que no la va a llevar adelante. En el sector, asegura, el peor problema es que las cosas nunca se olvidan. Que a la muerte de Miguel hay muchos que no se la van a olvidar. Que habrá venganza. También dice que ella tiene cuatro hijos. Que tiene que hacerse la boluda.

—Mi único hermano. Me mataron a mi único hermano.

Repite a cada rato.

Le reconoce a Miguel sus cualidades. Dice que en el barrio se habla de un solo homicidio pero que a ella él le confesó dos.

Prefiere no hablar de sus sobrinas.

—Esas pendejas moqueras.

Hijas.

Las anécdotas que se cuentan en el barrio sobre las hijas de Miguel son bastante perturbadoras. Se dice que la muerte de Pancho Gorosito a manos del Gangoso Diego Duarte habría sido producto de un problema de celos entre ellos disputándose a la más chica, Valentina.

El Gangoso está preso. Al parecer, mientras junto a Duarte se tiroteaba con unos chicos de otro barrio, recordó a la hija de Miguel y decidió matar a su compinche por celos. Tres meses estuvieron detenidos los chicos de aquel barrio hasta que la pericia balística demostró que el disparo había salido del arma del Gangoso.

Otro rumor habla de un joven herido en la ingle que habría recibido una bala que en realidad iba dirigida a la mayor de las hijas de Miguel, Tanya.

Las hermanas son amigas de la Negra Marité, quien últimamente dejó los embrollos con chicos para vincularse con ladrones. Juntas forman un triunvirato que hace estragos en el baile los fines de semana.

Fin.

Después de matar los hermanos desaparecieron de Monte Negro. Dicen que estaban bajo los efectos del Rohipnol. Miguel llegó grave al Hospital de Urgencias. No sobrevivió a la intervención quirúrgica que pretendía salvarlo.

Esa noche llovieron tiros y piedras sobre la casa de los hermanos. Los padres no estaban. Alguien les había avisado. Los asesinos se entregaron unos diez días después. Uno quedó libre. El otro sigue preso.

La villa los espera.

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* Los nombres y los detalles geográficos de esta crónica fueron modificados para proteger a las fuentes.

Marco Bradaschia bajó del taxi agitado. El frío mantenía la calle vacía esa madrugada de julio. Pagó y antes de golpear la puerta miró a los costados para asegurarse de que no lo siguieran. Estaba histérico. Eran las tres de la mañana del 23 de julio de 2011.

Dentro de la casa, Bárbara se sobresaltó al escuchar que tocaban. Cuando estuvo segura de que era él, lo dejó pasar. Vivían separados, pero nunca habían dejado de quererse y pensaban volver a juntarse. Al verlo tan nervioso sólo se le ocurrió abrazarlo. Él apenas si tenía fuerzas para alzar los brazos, temblaba.

—Julio, mi hermano, se echó un mocazo.

Dijo Marco, mientras se sentaba agarrándose la cabeza y tomaba aire antes de volver a hablar:

—Le batió la cana al Choncho Rodríguez.

Bárbara conocía la historia del enfrentamiento entre los Bradaschia y los Rodríguez, pero no entendía bien ese nuevo capítulo. Le pidió que se explicase. Él tenía los ojos húmedos de bronca y de miedo.

—Como a la una fueron a casa dos policías y arreglaron con el Julio, estaban de civil. Les dio seiscientos pesos para que lo ajusten y le roben la merca y plata al Choncho. Después se fue al baile y me quedé solo.

—¿Tu hermano arregló con la cana? ¿Lo denunció al Choncho Rodríguez?
—¡No! Qué lo va a denunciar. Lo batió. Lo entregó mal. Les dio plata para que vinieran a hacer un allanamiento trucho. Después se fue al Sargento (Cabral) al baile de la Mona.

Marco explicó la traición. La disputa por la esquina donde Julio César Bradaschia y Héctor Ramón Rodríguez vendían droga estaba llegando a su punto más alto. Intuía con razón que alguien iba a salir herido.

El Mariano

Para llegar a barrio Mariano Fragueiro hay que tomar el bulevar Los Andes y seguir rumbo al norte (a la par de las vías). A ambos lados se pueden ver barrios que parecen asentamientos y asentamientos que parecen barrios.

Los Paraísos, Sargento Cabral y El Naylon son los más fáciles de diferenciar hasta que el bulevar se divide en dos calles. Después lo conveniente es seguir por la calle Mackay Gordon, que continúa paralela a la vía y pasa junto a barrio Hipólito Yrigoyen, Villa La Lonja, Villa 4 de Agosto y el Marqués Anexo.

La historia que terminó con la muerte de Marco Bradaschia hace pocos meses tiene su origen en la disputa por el control de una esquina.

Una esquina de Mariano Fragueiro donde integrantes de dos familias se disputaban el control de la venta de cocaína. Una esquina donde ocurrió un crimen y donde hoy todo parece estar muerto. La esquina de Mackay Gordon y Juan de Escolar.

Menudeo

En el barrio todos sabían que la cancha de bochas era un quiosco. La Policía también.

Bastaba ir un rato a la zona para entender todo. Se juntaban allí y parecía que tomaban algo charlando sentados en el banquito de cemento hasta que llegaba un comprador. Entonces, vendían. La mercancía no estaba en los bolsillos de los chicos, se guardaba en una vieja casilla de bloques ubicada a pocos metros del banco, en el mismo predio, detrás de una puerta de madera color azul.

Si alguien en auto, moto o caminando se detenía solo hacía falta que hiciera el pedido. Entonces uno de los chicos buscaba la cocaína y se la entregaba. Otro ‒nunca el mismo‒ se encargaba de juntar la plata y entregársela a quien manejaba el negocio.

Las bochas no existían desde hacía mucho tiempo, ni siquiera como señuelo. Lo único que giraba allí eran los gramos de polvo envueltos en papel glasé.

Como el jefe del emprendimiento vivía a unos treinta metros del predio (sobre la calle Juan de Escolar, en medianera con la casa de la esquina que pertenecía a la familia Bradaschia) podía darse el lujo de coordinar los trabajos desde el living de su casa. Cerca de los cincuenta años y con varias causas en su espalda, ese era un lujo merecido.

Llamarlos narcos sería una locura, eran vendedores, transas, narcomenudistas. Últimos eslabones de una cadena. Partes fundamentales para el funcionamiento del negocio, pero alejados de las superestructuras del narcotráfico.

El regreso

En enero pasado Julio César Bradaschia, de 26 años, regresó al barrio. No volvía de viaje, retornaba de la cárcel tras cumplir parte de una condena por robo calificado. Lo primero que encontró al llegar fue la vieja canchita de bochas frente a su ventana y desde allí se convirtió en testigo privilegiado del próspero negocio de Héctor Ramón “el Choncho” Rodríguez.

El quiosco ‒la cancha de bochas‒ estaba justo frente a su casa, que se ubica exactamente en la esquina que forman las calles Mackay Gordon (a la altura del 4750) y Juan de Escolar (al 900).

La llegada de Julio produjo varios cambios. El primero fue que Bárbara, la mujer de Marco, que había vivido siete años en ese lugar, decidió irse y llevarse sus dos hijos. No tenía ningún interés en vivir en la misma casa con el ex preso y menos en meterse en los problemas que se veían venir. El segundo, que Julio César decidió disputar la esquina que era de Rodríguez.

Prontuarios

Cuando atiende el jefe se muestra dispuesto. Tiene orden de aportar información. Sin embargo, lo que parece sencillo puede resultar imposible. Conseguir los antecedentes de una persona no es simplemente escribir su nombre en una computadora, implica también saber cómo lo escribieron otros policías. El oficial aprieta las teclas: “B-r-a-d-a-s-c-h-i-a” y “Enter”. La computadora parece pensar unos minutos y anuncia: sin resultados.

El oficial levanta las cejas y hace una mueca con la boca.

—¿Ese es el nombre? ¿Seguro? No aparece, eh.

Dice pero sabe que hay que seguir probando. El nombre más fácil puede extraviarse en ese laberinto que es la ortografía de los policías. Por ejemplo, Sajen, el apellido del famoso violador serial, estaba escrito en ese sistema con “zeta” en lugar de “ese” y con “ge” o “ye” en lugar de “jota”. Los que lo registraron también variaron en la letra con la que terminaba el apellido. Algunos usaban correctamente la “ene”, pero otros ponían “eme” o recurrían a dos de esas letras juntas. Las combinaciones eran infinitas.

—Fijate de nuevo. Probá sin la “a” del final. Poné Bradaschi.
—A ver… Mmmm, no che, nada.
—¿Y con la “ese” o la “ce” solas?
—A ver…, no. Tampoco.
—¿No lo habrán escrito con “ve” corta, no?
—¡Nooo! No pueden ser tan brutos. Será posible que siempre haya que perder una hora porque estos animales no saben escribir.

Dice el jefe y se enoja más aún cuando Bradaschia aparece escrito así: Vradaschia.

El padre de los Bradaschia se llamaba Pablo Carlos y nació el 7 de mayo de 1953, pero murió a los 42 años el 23 de febrero de 1996. Su final se produjo cuando con otros tres hombres intentaron asaltar un obrador donde se construía el CPC de avenida Colón. El golpe fue frustrado por dos policías que fallecieron, pero también murieron Bradaschia y dos de sus cómplices.

Los hijos varones de ese hombre figuran en la lista con antecedentes por robos calificados y también en causas vinculadas a la ley de drogas.

Algo similar ocurre con los Rodríguez, que en realidad tienen edades más cercanas a la del padre de los Bradaschia que a las de los hijos. Igual sus nombres se repiten en casos de robos calificados, drogas, asaltos, etcétera.

En ninguno de los prontuarios figuran como amigos de policías. Eso no se registra. Los Bradaschia eran investigados por la División Drogas Peligrosas, pero no los Rodríguez.

Tucumanos

Desde hace tiempo en la zona se habla mucho de dos fantasmas, aunque algunos afirman que en lugar de dos, son cuatro. Se trata de Los Tucumanos. Son personas sin nombre que manejan parte de las tensiones en la zona que va desde Villa El Naylon a Juan B. Justo, incluido Mariano Fragueiro.

Los Tucumanos no solo serían distribuidores de cocaína ‒además de cocinarla‒, sino que también acostumbran a repartir armas a cualquiera que se las pide. Se dice que el revolver calibre 32 que tenía Marco Bradaschia cuando fue a visitar a Bárbara se lo habían dado ellos y que también fueron ellos los que le ofrecieron a Julio Bradaschia el soporte (y la droga) necesarios para enfrentarse a Rodríguez y disputarle la esquina.

Los Tucumanos son también los que dicen tener vínculos con policías de la comisaría cuarta y de la séptima de cuyas patrullas podrían haber salido los efectivos que esa noche fueron a allanar (en realidad a robar) a la casa de los Rodríguez después de recibir seiscientos pesos de Julio Bradaschia.

Curiosamente cuando se le pregunta a los policías de Córdoba por Los Tucumanos, resulta que nadie escuchó hablar de ellos. Resulta extraño entonces que en el barrio se los acuse de tantas cosas. Resulta extraño que una de las dos postas policiales instaladas en la zona conocida como El Pueblito esté justo al frente de donde se dice que viven los fantasmas. Tan extraño como el hecho de que todo el barrio haya visto que la madrugada del 23 de julio hubo un allanamiento en la casa de los Rodríguez y no exista ningún papel en ningún lugar donde ese operativo haya quedado registrado.

Desenlace

Después de que Marco le contó cómo estaban las cosas, Bárbara lo invitó a quedarse a dormir. Le dijo que si tenía miedo no tenía que regresar. Él aceptó y se tiró en la cama pero después de treinta minutos se levantó:

—Me voy, gorda, porque me van a robar todo.

Le dijo a Bárbara.

La comunicación entre la pareja se restableció a las siete de la mañana. Él mandó un mensaje de texto: “Gorda, venite para acá, necesito que estés conmigo. Necesito compañía”, le escribió. Eso despertó la ira de su mujer que respondió: “Qué querés, que me maten a mí. Dejame de molestar que estoy durmiendo”.

A las catorce Marco la llamó por teléfono y le contó cómo estaban las cosas: “Estuve hablando con el Choncho y la Trevi (la mujer de Julio Rodríguez), tratando de parar la bronca, pero está todo para la mierda. Empezaron a venir los hermanos de los Rodríguez y eso pasa cuando va a haber quilombo. Me voy a ir de acá, gorda. Me voy a alquilar una pensión. Te corto porque están peleando el Choncho y el Julio”.

Fue lo último que Bárbara le escuchó decir.

Esa pelea fue una lluvia de amenazas entre Julio Bradaschia y Héctor Rodríguez.

Los tiros

Cerca de las dieciséis de ese 23 de julio, Julio Bradaschia (quien no había parado de beber después de regresar del baile), su hermana Alma Carolina, Marco y una amiga de la familia, Soledad Silvina Sánchez, estaban en la casa de la esquina frente a la cancha de bochas cuando vieron entrar a los Rodríguez armados. Héctor, Raúl y Nancy.

—¿A ver qué tan pícaro sos?

Le dijo Héctor Rodríguez a Julio Bradaschia mientras le pegaba unas patadas. Cuando Julio quiso oponerse, los dos varones Rodríguez sacaron armas calibre 22 y le apuntaron. Entonces se escuchó clara la voz de Nancy Rodríguez:

—¡Tirale, tirale! ¡Matalo, Matalo!

Fue cuando Marco Bradaschia reaccionó en busca de ese destino que tan aterrado lo tenía. Sacó su revólver calibre 32 y funcionó como un llamador para que otras armas se apuntaran hacia él. Como pudo se tiró detrás de una mesa, pero dos balas lo hirieron. Otro proyectil fue a dar a la pierna de Julio, su hermano.

Fuga y captura

Bárbara y sus dos hijos no llegaron a ver vivo a Marco, que murió en el Hospital de Urgencias. Tenía veinticinco años.

Tras el incidente, el fiscal libró órdenes de arresto contra los tres hermanos Rodríguez, pero cuando fueron a buscarlos estos habían desaparecido. Dos de ellos (Raúl, a quien le dicen Fachi, y Nancy) lograron ser detenidos en Colonia Tirolesa tiempo después.

El fiscal Marcelo Hidalgo reconstruyó la disputa y los imputó como coautores de homicidio agravado. Héctor Rodríguez esta prófugo.

Hoy

Tiene unos cincuenta y cinco años y está sentado en la mesa del living de su casa, sobre la calle Avellaneda al 4500, a cuarenta metros de la casa de Los Rodríguez y cincuenta de la cancha de bochas. Soporta el calor de la siesta en cuero y con la puerta abierta. Sale a la vereda y atiende con gesto amable hasta que escucha la pregunta.

—Estamos haciendo un trabajo sobre el caso del chico Marco Bradaschia, que mataron acá, en la esquina.
—¡No! Pero yo no estaba ese día ‒reacciona, echándose para atrás y mintiendo‒. No vivía acá.
—En una de esas se acordaba, porque fue en julio.
—Sí, sí, pero yo recién llegaba al barrio. Justo ese sábado no estaba.

Unas casas más allá, una mujer que barre la vereda escucha la pregunta y se mete adentro con evidente miedo. Da el portazo con la puerta de chapa y, antes de cerrar el postigo color amarillo, moviendo la cabeza a ambos lados, dice:

—No. No estaba ese día.

Lo mismo repite el hombre de la casa de al lado. Justo ese día no estaba en el barrio porque había ido a “dar una vuelta”. Otro hombre, que tiene una remera verde y está sentado en una moto, es el más claro:

—Sabés qué, ese día en el barrio no estábamos ninguno. Nadie vio nada —dice, y se va en la moto, mirando hacia los costados.

La casa de los Bradaschia está cerrada. La de los Rodríguez también. Nadie vive en ninguna de las dos. La cancha de bochas parece un cementerio.

La verdad incómoda

Publicado: 15 marzo 2011 en Dante Leguizamón
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Para ir a la escuela Miguel Robles se sentaba sobre la escena del crimen de su padre. En lugar de mirar por la ventanilla los letreros de los negocios, se la pasaba observando los agujeros que las balas que asesinaron a su papá habían dejado en el tapizado del Renault 6.

―No había dinero para cambiar el auto. A mi mamá no le quedó más remedio que tapar los orificios de bala con masilla. Como la masilla se hundía, las huellas de los disparos volvían a quedar en evidencia.

El homicidio del padre de Miguel ocurrió una tarde de fines del año 1975. La anécdota de aquellos viajes de la infancia me la relató treinta y cinco años después, en un bar del centro de Córdoba.

José Elio Robles, comisario principal de la Policía de Córdoba, tenía apenas 42 años y era un avanzado estudiante de medicina de la Universidad Nacional. Aquella tarde del 3 de noviembre, pasadas las 14.30, un comando Montonero lo asesinó apenas estacionó a metros de la facultad de Ciencias Químicas. Mientras algunos de los atacantes le disparaban a Robles, otro apretaba el gatillo de un arma automática apuntando al cielo y haciendo huir a los estudiantes. Como desde hacía unos meses lo habían pasado a retiro, el padre de Miguel no portaba armas. Eso le quitó toda posibilidad de defensa.

Antes de escapar rumbo a la calle Vélez Sarsfield por un callejón de tierra, los asesinos se aseguraron de la muerte con un último disparo, a corta distancia, en la cabeza del ex policía.

El otro.

Carlos Raymundo “Charlie” Moore es un cordobés descendiente de ingleses y galeses que en 1974 (a los 24 años) estaba señalado como uno de los miembros del Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP) que participó en el copamiento a la Fábrica Militar de Pólvora y Explosivos de Villa María, en la provincia de Córdoba.

El 13 de noviembre de ese año, en un allanamiento ilegal, Moore fue detenido junto a su esposa, Mónica Cáceres, y trasladado a un destacamento conocido como la D2, dependiente de la Policía de Córdoba. En realidad se trataba de un centro de exterminio.

Tras su caída, Moore se convirtió en una figura repetida de los diarios locales y pasó a ser odiado por la militancia revolucionaria cordobesa. La razón también puede leerse en los diarios de la época. Luego de su captura la Policía difundió comunicados en los que indicaba que “gracias a la inestimable cooperación de Carlos Raimundo Moore” se había podido detener a integrantes de diferentes organizaciones revolucionarias.

Ciertas o no esas colaboraciones, Moore se convirtió en un “quebrado” para quienes no conocían sus condiciones de detención. En 1975 el ERP lo condenó a muerte por los supuestos delitos contra-revolucionarios de “delación, colaboración y traición”.

Miguel.

Cuando murió su padre, Miguel tenía cinco años y era el tercero de cuatro hermanos. Los otros tenían 13 años, 11 años y siete meses. La investigación del caso quedó en la nada. Los diarios reprodujeron lo que decía la Policía (que Robles había recibido varias supuestas amenazas de Montoneros). Nunca supieron que el comisario había tenido –y por eso lo habían retirado- serias diferencias con uno de sus superiores, Luis Alberto Choux, el Jefe de Policía que lo había pasado a retiro.

Cuando la mamá de Miguel, después de muchos meses de trámites, logró recibir la pensión, se encontró con que era mucho menor a lo que correspondía. Dispuesta a quejarse, desde el organismo encargado le solicitaron que les trajera el expediente que certificaba la muerte. La viuda trató de gestionar esos papeles, pero le dijeron que en un incendio ese documento se había quemado.

La mujer solicitó entonces que el archivo se rehiciera y la respuesta fue mucho más clara:

―Señora, no sé si entiende, pero en ese incendio accidental se quemó un solo expediente: el de su marido. Además, déjeme recordarle que a su marido se le advirtió que iba a ser víctima de un atentado y, debido a su imprudencia, mire lo que pasó.

A esa altura el golpe de Estado ya se había producido y la Junta Militar tenía el control del país. La viuda se dedicó desde entonces a cuidar a sus cuatro hijos. Tapó los orificios de bala con masilla y la ausencia de respuestas con silencios.

Carlos Raimundo.

La estadía de Moore en el centro clandestino de detención fue larga y polémica. En los juicios que se han llevado adelante en Córdoba en los últimos años, varias víctimas lo han señalado como colaboracionista e inclusive han testificado que él presenciaba y hasta participaba –del lado de los victimarios- en sesiones de tortura.

Permaneció en la D2 desde su captura, en noviembre de 1974, hasta su fuga en el mismo mes de 1980. Durante los primeros cuatro años compartió cautiverio con su mujer, Mónica Cáceres. Allí concibieron y tuvieron una hija cuyo padrino es, ni más ni menos, Raúl Pedro Telleldín, uno de los jefes más sanguinarios de esa dependencia. Moore compartió cautiverio con decenas de desconocidos que, en diferentes traslados, terminaron muertos. También con importantes cuadros políticos, como Marcos Osatinsky, de Montoneros.

Aunque hasta el día de hoy es para algunos un traidor, un hecho objetivo lo convirtió en una voz muy reproducida por los organismos de Derechos Humanos de Córdoba. Apenas logró fugarse del país, Moore se presentó ante un delegado de Naciones Unidas en Brasil y realizó, el 15 de noviembre de 1980, una declaración en la que relató por primera vez, con precisión y contundencia, los crímenes de los que fue testigo durante su estadía en la D2.

Policía.

La prolijidad es importante para Miguel.

―Uno será pobre, pero eso no quiere decir que sea un ignorante.

Siempre se lo ve vestido con corbatas oscuras, sacos opacos y la barba al ras. Así es hoy y así era a los 19 años cuando, con su familia en desacuerdo, decidió ingresar a la escuela de oficiales y convertirse en policía. Antes de que se completara su primera semana de trabajo un desconocido vio algo familiar en su aspecto, se le acercó y lo increpó.

―¿Vos qué tenés que ver con Pepe Robles?

―Soy el hijo.

Han pasado veinte años y Miguel recuerda como si fuera ayer que ese oficial ayudante de mucha experiencia en la Policía bajó la vista, masculló un insulto y dijo

―La puta madre, lo mató la Policía.

Homicidios.

Robles, el hijo de Robles, terminó trabajando en la División Homicidios. La primera noche en que logró quedarse solo en la dependencia buscó el expediente del crimen de su padre. No lo encontró. De a poco se convirtió en un curioso, en un husmeador, y gracias a su capacidad de escuchar, preguntar y escribir ganó como sumariante (el que toma las denuncias y declaraciones a los testigos) el respeto de todos.

Todos los días Miguel conocía una nueva escena del crimen y, como cuando iba a la escuela en el R-6, observaba, aprendía y escuchaba. A esa altura la idea del atentado a manos de Montoneros estaba prácticamente desvanecida. A José Elio lo habían matado los policías que habían formado parte de la D2.

Por aquellos años uno de los integrantes de la Plana Mayor y jefe directo de Robles en Homicidios era Carlos “El Tucán” Yanicelli, ex integrante de la D2.

En 1996 se creó en Córdoba un nuevo organismo llamado Policía Judicial. Los sumariantes fueron traspasados. Miguel siguió trabajando en la Central de Policía, pero convertido en funcionario judicial.

Aquel suboficial que dijo que Robles había sido asesinado por la Policía habló muchas veces más con el hijo sobre el padre. Le contó que el comisario era muy duro con sus subordinados, pero que al mismo tiempo los educaba.

―Fue tu viejo el que me enseñó a peinarme, a afeitarme y a ser respetuoso. A mí y a muchos.

“Al parecer no había manera con él –dice Miguel, que aprendió a rasurarse  solo- si te agarraba en una falta cobrabas seguro”.

El menos buscado.

La ausencia de Moore lo convirtió en un fantasma para la historia de la dictadura en Córdoba. Se decía que lo buscaban, pero nadie parece haberlo hecho realmente. Nunca fue indagado por la Justicia, nunca se lo citó a declarar. Quizá era más fácil encasillarlo en el rol del traidor y colaboracionista antes que arriesgarse a escucharlo.

Su vida sigue siendo un gran signo de preguntas y poco se sabe de él. Sigue viviendo con Mónica, la mujer que era su novia cuando fueron secuestrados. Con ellos, en algún lugar al norte de Inglaterra, también vive su nieta, porque aquella hija nacida en cautiverio sufre de esquizofrenia y fue declarada incapacitada por la Justicia para criar a la pequeña.

Los asesinos.

Conocí a Miguel hace unos seis años en la central de Policía. Se acercó con su aspecto misterioso y me contó que a su padre lo habían asesinado otros policías.

―Lo mataron porque era un gris. En esta institución no hay lugar para los grises.

Ansioso, le pedí que me dejara contar su historia, escribirla. Ese chico de 34 años parecía cargar en sus espaldas un peso que lo inclinaba hacia adelante, como si estuviera por derrumbarse. Miraba hacia todos lados, perseguido. Me dijo que no, que todavía no. Que no era el momento de contar lo que sabía y que prefería no hablar mucho en ese lugar donde trabajaba.

Seguimos viéndonos. Era un juego de intrigas. Hablábamos, pero no podíamos relajarnos. Entendí que no sólo yo lo miraba con desconfianza, lo mismo pasaba con sus compañeros de trabajo que lo veían “obsesionado con eso del padre”, porque no hablaba de otra cosa.

El aspecto de Miguel –aunque prolijo- era triste, solitario. Cuando pregunté sobre él en algunos organismos de Derechos Humanos, los militantes me dijeron algo similar. Desconfiaban: “Ha venido aquí, dice que al padre lo mataron los de la D2, pero no está claro”.

Miguel era un hijo de desaparecido que no militaba. Un policía que  buscaba indagar en los 70. Un gris acá y allá, igual que su padre. A esa altura era también un experto en investigación criminal.

La verdad endereza.

La investigación de Miguel lo llevó a aquella declaración de Moore en 1980. El ex militante del ERP había declarado sobre el asesinato de un policía a quien sus propios compañeros mataron por cuestionar la estrategia del terror implementada desde la D2. Allí decía también que los mismos asesinos habían difundido falsamente que Montoneros se adjudicaba esos homicidios. En 2009 en un juicio contra el general Luciano Benjamín Menéndez en Córdoba volvió a surgir esta metodología. Se habló de varios policías asesinados y surgió el nombre del padre de Robles. No quedaba otra alternativa que llegar a Moore. Miguel lo sabía.

Volvimos a encontrarnos en marzo de este año cuando me contó su aventura. Había viajado a Inglaterra. Había pasado dos semanas viviendo con Moore en su propia casa. Había sido testigo de las pesadillas de Moore que todavía hoy sufre por las noches las torturas presenciadas en aquellos años. Había entrevistado al ex preso en una conversación filmada, que pensaba donar al Archivo Provincial de la Memoria.

Miguel Robles no se casó. No tiene hijos. Tuvo una novia que le pedía dejar atrás el pasado.

Mientras hablaba se reía, su espalda estaba más derecha y su rostro casi había perdido esa tensión que antes lo caracterizaba. Lo juro: tenía barba de dos días. Por primera vez hablamos de sus deseos de tener una familia, hijos y del futuro. Fue el día en que llorando relató sus viajes a la escuela hundiendo los dedos en el tapizado del R-6.

También dijo que por primera vez había hablado con su madre sobre la entrevista a Moore y que después prácticamente le había tomado una declaración, que lloraron juntos.

―No me costó convencerla. Simplemente le dije que ya había avanzado mucho y que necesitábamos hablar. Fue durante una siesta. Ella me pidió acostarse para hablar y yo me senté con una silla a su lado.

En aquella charla de bar Miguel me dijo que mientras más avanzaba en el documental sobre Moore y pensaba en escribir un libro con ese material, se sentía más solo.

―Hace tanto que estoy con esto. No sé qué voy a hacer después.

Antes de despedirnos me dijo que no le preguntara más por Moore, que él iba a avisarme cuando fuera el momento. Me permití una broma que no me hubiera animado a hacerle antes.

―Vos vivís compartimentado.

El libro.

Hace unos días a las 8 de la noche me llamó. Quería mostrarme algo. Llegó con un libro recién sacado de imprenta: “La búsqueda, un reportaje a Charlie Moore”. El trabajo tiene 308 páginas en las que el ex preso cuenta detalles horrorosos y meticulosos de la estrategia de exterminio aplicada por la Policía de Córdoba.

Con toda su capacidad de sumariante y un estilo que recuerda a las entrevistas que realizaba Rodolfo Walsh a sus fuentes, ese trabajo pone a prueba, indaga e increpa a Moore aportando decenas de pruebas que serán claves.

En la página 148 Moore se refiriere a la muerte del papá de Miguel. Relata el asesinato de Robles tal como los mismos asesinos lo habrían contado al regresar después del hecho a la D2: “Tu padre fue y estacionó el coche en la Ciudad Universitaria. Ya le habían hecho inteligencia y siempre estacionaba más o menos en el mismo lugar. Apenas detuvo la marcha se le fueron encima”. Según el relato, entre los asesinos estuvieron cuatro integrantes de la D2: Mirta “la Cuca” Antón, su hermano Herminio “el Boxer” Antón, Raúl “Sérpico” Buceta y Alberto “Cara con Riendas” Lucero. Otro manejaba el auto en el que huyeron.

―Cuando Moore respondió esa pregunta ¿qué sentiste?

―Es difícil. Lo que siente un investigador que esclarece y una víctima que conoce.

―¿Recordás el momento?

―Sí. Moore comienza a enumerar a los policías asesinados hasta que pronuncia mi apellido. Se queda en silencio y me dice, “tu padre”, apenas levantando la vista.

―Les pesaba a los dos el momento.

―Yo contuve las lágrimas. Decidí limitarme a escucharlo.

El final.

José Elio Robles es el segundo oficial de más alto rango asesinado en toda la historia de la Policía cordobesa. Su caso sigue impune. En el tercer piso del edificio de Jefatura (junto al despacho del actual jefe) existe una galería donde los cuadros de los ex jefes de Policía tienen un lugar de honor. Entre ellos se destaca la imagen de Choux, aquel que estaba enfrentado con Robles y que era jefe cuando parte de la Policía de Córdoba salía de cacería a secuestrar para después torturar y matar.

Desde hace unos días en la oficina de Robles se repiten las visitas de policías aportando información. Piden anonimato, pero entregan archivos, libros de guardia, fotografías, documentos sobre la represión. Ninguno de los acusados del homicidio negó lo ocurrido públicamente y Miguel se pregunta qué hacer ante tanta información.

―No me quiero convertir en un confesor de arrepentidos anónimos. Es como si fuera un juego de ajedrez. Moví una ficha y mientras los culpables del homicidio de mi padre están en jaque mate, se comenzaron a mover otras piezas y las nuevas jugadas se multiplican.

―¿Alguien te vino a decir que estabas equivocado?

―No. Todos los testimonios son confirmatorios. Todos sabían pero no hablaban. El tema es que se saben muchas cosas más.

La verdad de Miguel parece seguir incomodando. Imprimió de su bolsillo sólo 100 libros y ahora el Archivo Provincial de la Memoria estudia financiar otra edición. Algunos militantes han puesto el grito en el cielo porque creen que el testimonio de Moore es sospechoso y, la verdad, siguen desconfiando de Miguel.

La mamá de Robles no fue a la presentación del libro pero Miguel asegura que al otro día, tras el almuerzo, la escuchó murmurar algo mirando hacia la mesada, mientras lavaba los platos.

―Yo sabía que no se la iban a llevar de arriba.