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Se creía Supermán hasta que una caída le recordó que era humano. Ocurrió en septiembre de 2009 durante una presentación en Cali. Israel Gasca se trepó al filo del cañón mientras era elevado lentamente a una altura de once metros. Estaba seguro, levantaba las manos como si estuviera celebrando una victoria anticipada. El público aplaudía sin dejar de ver como su figura se empequeñecía a medida que aumentaba la altura. “Todo tiene que ser exacto. Mi limétricamente medido. Volará a una distancia de 25 metros antes de llegar a la red” anunciaba el locutor del circo desde abajo. El hombre bala se metió en la boca el cañón, estiró el cuerpo, pensaba terminar la función para ir a jugar bolos con Tuti-Fruti, el payaso del circo. El hombre del micrófono empezó el conteo regresivo y los 2,000 espectadores coreaban los números. ¡5, 4, 3, 2, 1! un estruendo de pólvora estalló y como un proyectil salió Israel. A los ocho metros de distancia el cuerpo disminuyó la velocidad y, como un cuerpo que cae de un edificio, cayó fuera de la red. Los espectadores se pararon de sus sillas. Sonaron gritos de histeria, llantos de niños, y los paramédicos entraron con una camilla para sacar al accidentado.

Tuti-Fruti estaba detrás del escenario hablando con una señorita que acababa de conocer. Cuando escuchó que no sonaban los aplausos acostumbrados sino una gritería, creyó que había sido la última presentación de su mejor amigo. Se metió en el tráiler para que los asistentes no vieran las lágrimas de un payaso y se desmaquilló el rostro. No fue capaz de salir al escenario para distraer a los asustados asistentes.

El hospital de trajes blancos de enfermeras y médicos ese día se llenó de color. Trapecistas con el rostro escarchado y acróbatas vestidos de lentejuelas esperaban sentados en la recepción la noticia de la muerte de su compañero. El médico se acercó a los familiares del Hombre Bala y con voz de pésame les dijo que quizá sería su última noche de vida.

De camino a la clínica el cuerpo se estaba desangrando y entró en estado de coma. El diagnóstico: riñón y bazo reventados, fractura de la pelvis y el brazo derecho, destrucción de los huesos del brazo izquierdo y ruptura del omoplato.

Pasaron diez días de inconsciencia. Cuando despertó estaba conectado a toda clase de aparatos. No recordaba nada. Al lado estaba su madre, su novia y su abuela que le contaron lo ocurrido. No lo podía creer. Al prender el televisor se vio a sí mismo en las noticias locales flotando en el aire y luego caer como un muñeco. Ver ese video le dolió más que el día del accidente. Jennifer, la novia, le preguntó si él quería seguir cometiendo esa locura. El Hombre Bala cerró los ojos, pensó, no podía hablar porque tenía tubos en la boca, para responder asintió con la cabeza afirmando que sí quería repetir la hazaña.

Israel, antes de ser el hombre temerario que es hoy, era un niño con un “bulto de sal a cuestas” como le decían sus amigos de infancia. Las correrías y los juegos terminaban para él en algún hospital o envuelto en vendajes caseros. Se fracturó casi todas las extremidades. En la adolescencia fue apodado “9-11” –número que recuerda el episodio de las Torres Gemelas–. Sus familiares decían que no pintaba para ser acróbata. Parecía haber nacido en el lugar equivocado, pues venía de una estirpe de cirqueros creada en 1938.

Nació en Ciudad de México y fue criado como un gitano que andaba de ciudad en ciudad acompañando a sus padres en las rutinas circenses. Pasaron los primeros años y “El bulto de sal”, el “9-11”, el niño que se caía con mirar el suelo, se opuso a la mala suerte y le dijo a su madre que quería participar en las rutinas, pero no como payaso sino haciendo acrobacias. Poco a poco fue aprendiendo a cruzar la cuerda floja, a pararse sobre los caballos y a participar en el Círculo de la Muerte en el que tres motos giran en una esfera de cinco metros de diámetro. La mayor parte de su vida vivió en Norteamérica y hace una década está radicado en Colombia en donde trabaja en los circos de su familia.

A los 22 años vio por primera vez un cañón que podía tocar y en el que podía introducir su cuerpo. Antes solo los veía en la televisión y añoraba convertirse en esos hombres que cumplen el sueño de toda la humanidad: volar, aunque sea por tres segundos. Dos acróbatas norteamericanos y un ingeniero mexicano vinieron de Estados Unidos a Colombia con el cañón. Antes del primer lanzamiento la máquina fue probada con bultos de arena que a veces se estrellaban contra el suelo y otras veces caían sobre la red. Los dos norteamericanos traídos especialmente para el espectáculo se negaron a última hora por miedo a caer como uno de los bultos.

Con el cañón comprado y los acróbatas retirados, Israel encontró la oportunidad de lanzarse. Nunca sintió miedo a pesar de las historias de hombres que por volar hoy no pueden ni caminar, y de los que han perecido en el acto por una falla mecánica o una mala puntería. No le importó nada de eso y se metió en el cañón. Faltando dos segundos para el despegue tensionó el cuerpo, aguantó la respiración, puso recta la cabeza. Si no hay tensión en el cuerpo las piernas pueden subir más rápido que la cintura y causar una fractura, si no se aguanta la respiración se pueden maltratar los órganos por el impacto y si la cabeza no está rígida puede golpearse contra el cilindro. ¡Pum! Como un proyectil salió a una velocidad de 80 kilómetros por hora.

Son pocas las personas en el mundo que se han arriesgado a ser disparadas como proyectiles desde que se inició este oficio en 1875 cuando un científico canadiense conocido como Farini, inventó el dispositivo para lanzar humanos. En la actualidad solo existen cinco hombres bala. La mayoría se retiran a los tres años de ejercicio con dolor en la cintura, en la columna y en las articulaciones, condenados a una vejez prematura por el desajuste corporal. Israel sabe que si a los 40 años no ha muerto o no está en una silla de ruedas, va a tener el cuerpo maltrecho y cansado como el de un anciano.

Año y medio después del accidente, el Circo Grande de México en su gira por Medellín se prepara para la función de las 3:00 pm. Los espectadores comienzan a entrar en horda para ocupar las mejores sillas. Quieren ver al payaso, los caballos, el domador, el hombre que se trepa en las telas, pero ante todo vienen a ver a la bala humana.

Mientras salen a escena los percherones, los mandriles y el payaso, Israel se dirige a su tráiler y descuelga un traje azul acolchado con parches negros. Tiene siete trajes en total, la mayoría son mandados a hacer en Colombia por 500 dólares. Otros son comprados en Estados Unidos a diseñadores de ropa deportiva que cobran por cada prenda 1,000 dólares o más. El Hombre bala se viste, empolva el rostro, se aplica rubor en las mejillas y delinea sus los ojos. Es hora de la función.

Las luces de la carpa se encienden. El locutor anuncia la aparición del magnífico, el suicida, el que vio a la muerte de frente y no tuvo miedo, “Señoras señores, ¡el Hombre Bala!”. Después de 4,000 presentaciones y un accidente aún sale sonriendo, levantando las manos y gritando. La gente lo mira, las mujeres lo miran más, y los niños creen ver a un héroe de carne y hueso. Como en las 4,000 veces anteriores empieza el conteo seguido de un estallido de pólvora. Sale disparado, extiende los brazos y vuela; vuela por tres segundos cortando el aire y luego, aprovechando los últimos instantes antes de caer a la red, hace una voltereta. Israel dice que todas las veces son únicas y nunca se cansa de eso. Sabe que cada vez que se lanza está retando a la vida, pero esos segundos de libertad que tiene en el aire son los que lo llenan de felicidad. Su sueño, aunque sea trágico, caer fuera de la red y no volver a respirar, morir como desean morir todos los artistas de su familia, dentro de una carpa de circo.

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El hipopótamo es solo un fantasma que sentimos pero no vemos. Estamos cansados de andar decenas de kilómetros desde la madrugada hasta el crepúsculo sin hallar rastro del animal. Parecemos buscando una aguja en un pajar. Una aguja de dos toneladas en un pajar que es una inmensidad de fango y selva. Me siento en el umbral de la carpa para quitarme las botas de caucho. Es nuestra cuarta noche de campamento en el caño San Juan. Tengo los pies hinchados y los dedos parecen pegados unos a otros sin poder moverse. Necesito tomar agua y el fotógrafo, mi compañero de adversidades, me alcanza una olla con agua y mosquitos ahogados.

―No hay más -me dice con cara de lástima y enciende un tabaco para espantar a los bichos.

Las luciérnagas brillan como escarcha esparcida en el suelo y en el cielo las nubes amenazan con descargar una tormenta. Nos sentimos impotentes. Hemos recorrido prácticamente todo el Magdalena Medio y no tenemos más tiempo ni más energía. El pescado frito que teníamos reservado para la comida está lleno de hormigas.

―¿Qué pasa? -grito.

Las vacas del potrero empiezan a correr y sus mugidos parecen gritos de espanto.

―¡El hipopótamo debe estar detrás de las vacas! -dice Andrés, uno de los dos pescadores que vinieron con nosotros.

Corro con las vacas y salgo de la carpa para buscar refugio en el árbol más próximo. La lluvia se mezcla con el barro de la ropa y los pies se me llenan de fango y hormigas. A unos metros del campamento escuchamos unos ronquidos más graves que los gruñidos de un cerdo. Apagamos la linterna para no atraer a la bestia y me acurruco debajo del árbol como una niña pequeña. Quiero que se acabe la noche. No quiero -después de más de cien horas de búsqueda- que aparezca una mole de dos toneladas y nos triture con esos colmillos de cincuenta centímetros que ocasionan más muertes en África que los leones, las hienas o los cocodrilos.

En la tarde del día anterior, tras caminar cinco kilómetros siguiendo el cauce del caño San Juan hasta su desembocadura en el río Bartolo, nos sentamos a mirar las aguas en espera del hipopótamo. Vimos garzas y guacamayas en la copa de los árboles y en el caño pudimos apreciar varias babillas que surcaban lentamente sus aguas con la cola de un lado a otro. El silencio fue interrumpido por los cascos de un caballo.

―¡Hipopótamo! -nos gritó el jinete, un campesino joven y con sombrero.

La bestia está atrás, nos dijo, a unos trescientos metros. Intentamos correr pero las botas se nos quedaron clavadas en el piso y nuestra marcha fue tan lenta como la de unos alpinistas en el Everest, solo que con un calor y una humedad tan densa que podía haber renacuajos en el aire. El caño San Juan queda entre los municipios Puerto Berrío y Yondó en el occidente antioqueño. Para llegar hay que transportarse en un jeep desde Puerto Berrío, en dirección norte, hasta la vereda Bodegas. El camino está sin pavimentar y el trayecto es de hora y media. En Bodegas se alquila una lancha que baje por el río Bartolo hasta el punto donde se encuentra con el Magdalena en una travesía de dos horas. Allí se abren varios caños, entre ellos el caño San Juan, con su superficie verde: el escondite perfecto para un hipopótamo.

―Por aquí debería estar -dijo el campesino.

El animal se fugó hace dos años de la hacienda Nápoles por los mismos parajes que un día su dueño, el narcotraficante Pablo Escobar, transitó en los años ochenta huyendo de la DEA, la policía colombiana y sus enemigos del cartel de Cali. Pablo Escobar era catalogado según la revista Forbes como uno de los diez hombres más ricos del planeta, con un capital de cuatro mil millones de dólares.

En 1981, el narcotraficante, que en ese entonces tenía treinta y dos años, ordenó traer en aviones rusos Antonov mil novecientas especies exóticas: elefantes de la India, búfalos de Estados Unidos, canguros de Australia, flamencos, antílopes, venados, rinocerontes, una jirafa y nueve hipopótamos africanos. En diciembre de 1993 Escobar murió abaleado en Medellín y dejó huérfanos a los animales. El presupuesto anual del Ministerio del Medio Ambiente no era suficiente para mantenerlos por un mes. Rinocerontes, cebras, elefantes y un trío de hipopótamos fueron enviados a los zoológicos Matecaña de Pereira y Santa Fe en Medellín. Los demás animales se quedaron en Nápoles y los seis hipopótamos restantes se convirtieron en prácticamente los amos y señores de las 3.000 hectáreas de la hacienda localizada en Puerto Triunfo, a 217 kilómetros de Medellín. Allí se se aparearon, se multiplicaron y se triplicaron. En casi treinta años la población ascendió a veintidós ejemplares.

En noviembre de 2006, dos de los hipopótamos, después de copular en su charca, abandonaron la manada y se internaron en el río Cocorná que desemboca en el Magdalena. Salieron solos, tumbando cercas y devorando las plantas que encontraban a su paso. Avanzaron hacia Puerto Boyacá, Puerto Nare, Puerto Serviez, Zambito y Puerto Berrío, con lo que sumaron más de ciento cincuenta kilómetros de recorrido. Ocho meses después de la fuga la hembra parió dentro del agua una cría de cincuenta kilos. Y luego tuvieron que huir otra vez; en esta ocasión no del calor de la manada, sino de las balas y de los anzuelos que se engarzaban en su piel, abandonaron Puerto Berrío hace cuatro meses en busca de una zona alejada de los hombres, sus más grandes enemigos. Siguieron la corriente del Magdalena rumbo a Barrancabermeja, pero el río era tan ancho y tan profundo que los mamíferos se desviaron por el río Bartolo.

Cada tanto los pescadores se encontraban con tres pares de ojillos negros y sus hocicos colosales. Después solo veían un par de ojillos porque los otros desviaron la ruta, tal vez llevados por la corriente. La hembra y su cría dejaron al macho y se internaron en el caño San Juan metiéndose en el pantano que queda al frente del lugar donde hicimos el campamento. El macho abandonado siguió solo hasta llegar a la vereda Bodegas esperando encontrar a su compañera.

Bodegas es un conjunto de setenta casas de madera rodeadas de selva y río. La temperatura supera los 30 grados centígrados. Los niños corren descalzos sobre las filosas piedras detrás de un balón de fútbol desinflado. Sus cuerpos son flacos con la piel pegada a los huesos. Las mujeres se sientan en mecedoras frente a las puertas de las casas esperando que caiga la noche y los hombres se internan en busca de oro en las minas localizadas a menos de un kilómetro del caserío. Los soldados se sientan en canastas de gaseosa esperando la llegada de cualquier vehículo para pedir documentos de identidad.

Una semana antes de ver a las vacas corriendo como locas y de ocultarme bajo un árbol, llegamos en un jeep desde Puerto Berrío hasta Bodegas. Los soldados nos pidieron cédulas y nos dijeron que habláramos con un pescador llamado Carlos Méndez si queríamos información acerca del macho. El pescador estaba debajo de un puente en una casa construida con madera.

―¿Qué hay del hipopótamo? -le pregunté después de saludarlo.
―¿De Pepe?
―¿Pepe? ¿Quién es Pepe?
―Así bautizamos al hipopótamo macho, pero eso es historia. Ya le debieron haber pegado una tiroteada.
―¿Lo mataron?
―Eso dicen, porque Pepe aparecía todos los días a las seis de la tarde. Sacaba la cabeza, lanzaba agua, se escondía por un minuto y aparecía un kilómetro adelante. Era como ver a un marrano gigante.

El puente se llenaba de curiosos que venían de los municipios cercanos. La gente parecía histérica riendo o gritando cada vez que el animal hacia algún movimiento. Sólo faltó taquilla para que esta vereda pareciera un zoológico. William Ramírez, otro pescador de Bodegas, nos contó que también venían hombres de Medellín para ofrecer a los habitantes tres millones por la cabeza del hipopótamo para colgarla como trofeo de caza o para venderla a traficantes por veinte millones o más. Hasta los soldados, según nos dijeron otros habitantes, jugaban tiro al blanco con el animal que, al escuchar los disparos, se sumergía en el agua.

Después del narcotráfico, las armas y la explotación sexual, el comercio de especies en vías de extinción es el más rentable. En la República Democrática del Congo la especie ha disminuido en 95% en los últimos diez años por culpa de la cacería indiscriminada. En África los nativos y cazadores matan a los hipopótamos para vender los colmillos a traficantes ilegales. Apenas quedan 160.000 hipopótamos. En Colombia tenemos veintidós. La región del Magdalena Medio se asemeja al centro del continente africano por la temperatura, la humedad y las ciénagas.

Wilson Moreno, de la Fundación Vida Silvestre Neotropical, afirma que los hipopótamos en estado de libertad pueden ocasionar un desequilibrio en el ecosistema erosionando los suelos por el peso de sus pisadas o por la cantidad de comida que consumen -cincuenta kilos diarios-. También se corre el riesgo de que, a través de su materia fecal, transmitan enfermedades desconocidas a las especies endémicas del país. No son carnívoros. En el día se alimentan de plantas que encuentran en los ríos y al finalizar la tarde, con la penumbra, salen del agua para pastar. En la madrugada regresan al agua sacando la cabeza cada cuatro minutos para respirar.

Debajo de mi árbol protector, viendo cómo se aclaran los colores del cielo y titiritando de frío, saco del bolsillo un cigarrillo que fumo para apaciguar el hambre. El fotógrafo sale de la carpa con los ojos hundidos en los párpados y con la misma ropa embarrada del día anterior. Es la última oportunidad que tenemos. Al medio día debemos regresar a Bodegas en donde nos espera el dueño de la lancha. Son las cinco y media de la mañana y vamos con el cuerpo cansado y entumecido por el frío.

A medio kilómetro de la carpa vemos una mancha alargada de estiércol fresco revuelta con pasto. Una cagada más líquida que la de las vacas y de tonalidad verdosa. Más adelante vemos huellas de dos palmos que terminan en tres orificios, seguidas de unas huellas más tenues y más pequeñas. No hay duda. La hembra y su cría tuvieron que rondar estos parajes en la madrugada en busca de alimento. Con el corazón palpitante y la respiración entrecortada, recuerdo el pánico que sentí en la noche. Seguimos caminando moviendo la cabeza de lado a lado en busca de algún movimiento. Más adelante las huellas se pierden en los charcos que se han formado por la lluvia. Tenemos que esforzarnos más para continuar con la marcha. A cien metros veo una roca con tonalidades rosadas. Me detengo.

―¿Se te enterraron las botas? -me pregunta el fotógrafo.
―No -le susurro tomándolo del brazo y alargando una mano para señalar la roca.

De la roca aparece una cabeza de ojillos pequeños del tamaño de sus fosas nasales. Por un momento pensé que la obsesión por ver al hipopótamo, o el hambre, me estaba haciendo alucinar. “Esa es la hembra”, pensé. Me quedé petrificada. El fotógrafo, cuando pudo salir de la estupefacción, instaló el trípode y empezó a disparar. Yo quería correr. El hipopótamo puede desplazarse a cuarenta kilómetros por hora, los suficientes para alcanzarme en tres segundos y masticarme como una goma. La hembra, de movimientos lerdos nos mira con sus ojillos vidriosos.

Al igual que nosotros, no ha dormido en toda la noche buscando plantas para comer. De repente, apura las zancadas y se viene hacia nosotros. Sigo petrificada y el fotógrafo mantiene la sangre fría con el ojo puesto en el lente de la cámara. Los músculos maxilares son tan grandes como pelotas de baloncesto y la grieta de su hocico nace debajo de los ojos extendiéndose hacia todo lo ancho y lo largo de la gran carota.

El hipopótamo se desplaza arrastrando el vientre por debajo de unas patas chaparritas y gordas. Pero no es un cerdo gigante, los últimos estudios realizados por la profesora Jessica Theodor, del Departamento de Ciencias Biológicas de la Universidad de Calgary, demuestran que el hipopótamo es el animal más cercano a la ballena y a los delfines en la cadena evolutiva. Tal vez sea igual de inteligente.

Sin dejar de observarnos desvía su camino y luego nos da la espalda marchando pesadamente hasta el caño para ocultarse en sus aguas. Es una extraña hembra en una tierra extraña. Una gigante asustada que tal vez soñó con volver a África pero que le tocó conformarse con vivir en un país al otro lado del mundo, manteniendo a su cría alejada de los hombres, viviendo como ermitaños. Es una desplazada en un país de desplazados. Es otra víctima de Pablo Escobar.

No conocía el olor del cannabis silvestre hasta que una ráfaga de viento atrajo un aroma dulzón mezclado con selva húmeda. La mata de marihuana, tan oculta en las ciudades y tan perseguida por la policía, en esta parte del país es más alta que los palos de café y su fragancia es más intensa que la de cualquier otra planta.

La brisa aromática por momentos impregna el ambiente delatando cada cultivo que rodea el camino. Vamos en tres motos, adelante marcha el guía, un hombre blanco de 25 años, atrás el fotógrafo y en la cola voy yo siguiéndolos a escasos metros. Avanzamos por una trocha fangosa y serpenteante que se extiende desde El Palo, corregimiento de Caloto en el norte del Cauca, hasta Tacueyó.

Después de media hora de recorrido abandonamos los vehículos en el alero de la única casa que se encuentra en esa parte del camino y nos internamos a pie por un lodazal sembrado de platanales, maíz, café y coca. Los tres caminamos en silencio mientras escuchamos el sonido cada vez más cercano de una quebrada.

—Oigan, muchachos –dice el guía–, alístense que los voy a secuestrar –y luego suelta una carcajada burlona. Cuando deja de reírse dice que aquí no entra cualquiera. A pesar de ser tierra indígena y campesina, los guerrilleros vigilan todo y no les gustan los extraños.
—La gente tiene que obedecer. Ellos son los que representan la ley en las montañas –añade el guía.

***

El día anterior, cuando aún conservábamos el frío bogotano y mientras nos tomábamos un tinto sentados en una acera de El Palo, un joven como todos los de esa región: morenito, bajito y con unos bigoticos menudos, nos dijo que arriba nos estaban esperando. La orden era perentoria. “Arriba” es el monte; “arriba” significa guerrilla. Como los guerrilleros son la ley en las montañas y toca obedecer, como dijo nuestro guía, abandonamos el tinto y nos subimos en dos motos AKT 125 que nos llevaron, al fotógrafo y a mí, cuesta “arriba”.

El paisaje de la cordillera Central era un aliciente para la incertidumbre. Sus ondulaciones estaban bañadas con la última luz del atardecer, esa luz que se extiende como un manto dorado sobre la geografía. El trayecto duró poco, unos 20 minutos. Las motos se estacionaron en una casa que parecía haber sido desocupada especialmente para la reunión porque no tenía ningún signo de abandono. El joven que nos alertó en El Palo se dirigió hacia la parte trasera de la casa y volvió a aparecer un instante después dándonos la señal de que siguiéramos.

Bajo una enramada estaba un hombre grueso, vestido con una camiseta blanca y un bluyín. Sus ojos azules tenían esa mirada de quién había perdido con las armas el sentido de la lástima y la compasión. No se presentó. No venía para ser entrevistado sino para interrogar. Después nos enteramos que trabaja como jefe de milicia, un rango superior al de guerrillero raso. Nos preguntó quiénes éramos, por qué veníamos, le dijimos que éramos periodistas y queríamos ir a los cultivos de marihuana y conocer los cultivadores. Con cada una de nuestras respuestas nos miraba a los ojos para confirmar si estábamos diciendo la verdad.

Después de varias preguntas por fin bajó la guardia. El interrogatorio se tornó en conversación.

—Pobres campesinos –dijo– ellos hacen lo que pueden. Nosotros no nos metemos con ellos ni ellos con nosotros.

Luego de una pausa continuó:

—A veces mediamos en la disputas, pero eso es porque el Estado dejó abandonada está región por mucho tiempo y nos tocó asumir la autoridad.

El interrogatorio fue corto, quizá un cuarto de hora. El hombre se quedó en la silla esperando el momento de nuestra partida para desaparecer en las montañas.

***

La mañana siguiente, después de la broma del guía acerca del secuestro y de recordar las palabras del guerrillero, continuamos nuestra marcha por el lodazal, cruzamos la quebrada que oímos desde el inicio del camino y descubrimos, en medio de ese follaje espeso, dos mil plantas de marihuana tipo “corinto” o “corintiana” que alcanzaban los tres metros de altura.

En Colombia crecen diversos tipos de cannabis, los más conocidos son: Santa Marta Golden, que crece en los departamentos Magdalena y Cesar desde la bonanza marimbera de los años setenta; y “corinto” que se produce en el Cauca. Se diferencian por el contenido de tetrahidrocannabinol –THC-, el compuesto psicoactivo que genera en los consumidores una sensación de placidez. Según Martín Sepúlveda, ingeniero químico de la Universidad Nacional, la marihuana que crece en el norte del país tiene un porcentaje de 1,0 a 1,5 de THC. La que se produce en el Cauca tiene 2,0 por ciento.

En la jerarquía marihuanera, la “Santa Marta Golden y la “corinto” ocupan el último eslabón por debajo de 80 variedades más existentes en el mundo y que son conocidas como “cripi”. Estas variedades surgen de alteraciones en las semillas y solo crecen en invernaderos. Tienen mayor cantidad de THC, hasta un 18 por ciento,

Bajo los inmensos matorrales de hierba “corintiana” aparece la figura de Carmen, la dueña de la quebrada, de los platanales y, por supuesto, de la marihuana. Ella saluda con ese respeto propio de los indígenas, sin tutear, bajando los ojos ante una mirada desconocida y con una sonrisa tímida. Carmen tiene cuarenta y un años, es morena, bajita, de cabello negro y ojos oscuros e ingenuos que contrastan con sus manos gruesas y envejecidas.

Hace tres años llegó un holandés a este mismo lugar. Al ver semejantes plantas se cogió la cabeza y ahí se le acabó la cordura. Se botó encima de las plantas, corrió en medio de ellas y se restregaba hojas en los brazos, en el rostro, en las piernas. Carmen se ríe al recordar a ese hombre que parecía haber encontrado El Edén en su propia finca.

—Por poco y se embute las matas- Recuerda.

Tratando de hacer algo similar al holandés, pero en una escala bastante inferior, arranco una hoja verde y lanceolada que me restriego en la mano para conservar el perfume. Esa hoja prohibida pero tan conocida como los avisos de Coca-cola y con millones de adeptos en todo el mundo. Solo en Estados Unidos se calcula que hay 28.5 millones de personas que consumen o que han consumido. La cifra global alcanza los 200 millones sin contar los que prefieren fumar callados.

—¿Usted ha fumado marihuana? –le pregunto.

La campesina suelta una risa inocente como la que suelta un niño al hablarle de cosas de adultos. En medio de esa risita contesta que “no”, un “no” prolongado. Los indígenas y campesinos saben cómo se siembran las semillas, saben cómo se seca, prensa y vende, pero no saben cómo se arma un “bareto”, y mucho menos conocen la sensación de una “traba”. Los que fuman son los colonos.

Carmen viste una falda blanca sin adornos y una camisa rosada sin estampados. No tiene aretes ni cadenas, el pelo lo tiene recogido con la licra de una media velada. Dice que no tiene carro ni moto, que lo único lujoso es su televisor que ni siquiera es pantalla plana y un marido que la trata bien. Carmen se vuelve a reír.

Los maridos de esa parte del Cauca son fieles porque les toca. Así como la guerrilla soluciona problemas de plata entre los cultivadores y los “traquetos”, también se involucra en líos de faldas, no porque sean conservadores, sino para evitar espectáculos de arañazos y jalones de pelo entre las mujeres engañadas, o riñas a machete entre los hombres.

Luego de hablar de las bondades conyugales en esa zona, dice que si no fuera por la marihuana ya se habría ido con una pancarta de desplazada a Cali, y de paso correría el riesgo de perder a su marido.

—Si voy a vender mi plátano me toca pagar un transporte que me vale 20.000 pesos hasta Santander de Quilichao (a dos horas de distancia), si logro vender cinco palos de plátano me dan 7.000 pesos, si no logro venderlos me toca botarlos. Con la marihuana vienen los compradores, pagan chan con chan (de contado) y se van sin preguntar nada.

De cada planta se obtienen 350 gramos aproximadamente. Sumando las 2.000 plantas da un total de 700.000 gramos, que en libras significan 1.400, y en arrobas 56. En la región el precio actual por arroba es de 170.000 pesos. En un mes, cuando Carmen coseche, seque, desmoñe y venda, va a cobrar 9.520.000 pesos que son repartidos en parte iguales entre ella y su socio, otro campesino.

El tiempo que demora la hierba narcótica en germinar, crecer y enmoñar o florecer es de seis meses. Los 4.760.000 pesos que le corresponden de la mitad de la venta, es todo el dinero que tiene mientras sale otra cosecha. Para iniciar un nuevo cultivo tiene que devastar toda la tierra, comprar una libra de semilla que cuesta 10.000 pesos, e invertir un millón de pesos en insumos y en el sueldo de tres trabajadores que le ayudan a desprender los moños después de que las hojas ya están secas. Cada uno cobra 20.000 pesos por jornada de 12 horas y trabajan durante una semana.

***

Después de abandonar la plantación de Carmen, reiniciamos la marcha para ir a Tacueyó, municipio ubicado a una hora en moto desde El Palo. Tacueyó es un pueblo indígena, resguardo de la comunidad Nasa. Al llegar, lo primero que se ve es una iglesia evangélica y un hombre vestido de paño repartiendo volantes con frases que pretenden reclutar feligreses hablando de los pecados del alma y los sufrimientos del infierno.

A cinco kilómetros del pueblo indígena, escondido entre las montañas como todo lo ilegal en el país, se encuentra uno de los más de cien invernaderos que hay en la región. Está construido con una lona verde y plástico transparente en la parte superior. El dueño del cultivo, un hombre blanco con acento paisa, aprovecha el encierro y prende un bareto o cigarro de marihuana. En las ciudades de Colombia, un bareto de cripi puede costar 10.000 pesos, en Estados Unidos hasta 60 dólares.

Mientras aspira bocanadas y bocanadas, muestra con orgullo sus 200 plantas que ya alcanzan el metro de altura y que están bajo unos bombillos encendidos de 15 vatios.

—Las de esta mitad son “white widow”, las otras son “skunk #11” –lo dice como si toda la humanidad supiera de lo qué está hablando, como si fuera un conocimiento básico y general.

La “white widow” y “skunk #11” son dos de las 30 variedades de “cripi” que crecen en el país; otras son “super star”, “fulanita”, “wi-wi”, “american golden”, “purple #1” y “blueberry”. El precio por un sobre de cinco semillas varía entre 50.000 y 250.000 pesos, un precio muy superior a una libra de “corintiana” que, con más de cien simientes, cuesta 10.000 pesos. La ventaja del cripi está en que se cosecha en menor tiempo, cuatro meses, y la arroba se vende a 6.250.000 pesos a los comerciantes, casi cuarenta veces más que el cannabis común.

Las semillas de “cripi” surgen de manipulaciones genéticas en laboratorios europeos, especialmente de Holanda y España, y llegan al país empacadas en ollas, juguetes, televisores y en cualquier objeto donde se puedan esconder. En la web hay más de un centenar de sitios dedicados al comercio de la hierba como lahuertadejuanvaldes.com, semillasdemarihuana.es, growshop.es, cannabislandia.com y seedsamerica.com.

“El cultivo de semillas importadas es costumbre de blancos”, dice Don Gustavo, un agricultor dueño de 5.000 plantas de marihuana “corinto”. Don Gustavo vive en un villorrio de 26 casas, oculto entre un laberinto de caminos. Tiene tres hijos y una nieta de cuatro años que cuenta los números del uno al cinco en inglés y que aún no sabe qué es la marihuana y para qué sirve.

Eduardo, el hijo mayor del agricultor quiere estudiar ingeniería civil, pero mientras consigue la plata para estudiar en Cali se encarga del negocio familiar. El hijo recuerda que hace un año, le encargaron llevar veinte arrobas de hierba al municipio de Corinto, ubicado a una hora en carro, para venderlas a un cliente que venía de Medellín. Con Luz Ángela, su madre, empacaron la mercancía en la parte trasera del vehículo y en la silla delantera haciendo esfuerzos para que no se quedara nada por fuera. Ante el exceso de arrobas, el muchacho, que en ese entonces tenía 17 años, tuvo que irse colgado de la ventana del puesto del copiloto.

—Nos fuimos con el celular prendido y cada cinco minutos llamábamos a conocidos que vivían en la vía para avisarnos si había soldados. Cuando faltaba poco para llegar, se perdió la señal y solo quedaba encomendarnos a la Virgen. Mi mamá, como cosa rara, manejaba callada como si presintiera algo. En una curva vimos una brigada de infantería que estaba descargando maletas al lado de la vía, “¡jueputa!” dijo ella, “jueputa” pensé yo, nos cogieron los chulos.

Mientras Eduardo relata la historia, Luz Ángela se persigna dándole gracias a Dios por estar vivos. “Mi mamá siguió manejando sin cambiar la velocidad. Uno de los soldados extendió el brazo y estiró la mano indicándonos que paráramos. Cuando ya estábamos al lado del “chulo”, mi mamá aceleró. Empezamos a escuchar plomo, no solo de atrás, sino de las montañas, de todos lados, yo me metí como pude y cerré los ojos”.

—¿Y no han venido soldados?
—Claro, pero se les pasa la liga (dinero) o se les da una libra de marihuana seca, pero ese día no podíamos sobornarlos porque eran muchos y cuando están en patota no se puede hacer nada.

***

En la mitad de un campo de fútbol, un par de hombres extienden en el pasto una lona donde ponen a secar varios ramilletes de hierba seca. Al interior de una casa, una mujer con siete meses de embarazo corta con tijeras centenares de moños secos que se esparcen en el suelo sepultando sus pies. Lleva seis horas cortando y le duele la columna por el peso de la barriga. Sus dedos están cubiertos de una resina negra y pegajosa, esa resina es el hachís, y se vende a 400 pesos el gramo.

Una niña de doce años despliega su falda de uniforme bajo los pies de la embarazada y con sus dedos limpios escarba las ramas para sacar semillas.

—¿Y tú sabes para qué se usa la marihuana? –pregunto  mirando a la niña.
—Para la gripa, y las pepas son para dárselas a las gallinas.

La Organización Mundial de la Salud –OMS– desde 1948 considera el cannabis como una droga perjudicial para el ser humano. En 1997, un artículo publicado en la revista especializada New England Journal of Medicine expuso una serie de virtudes medicinales que desmienten la teoría de la OMS. Según la publicación, la planta de cannabis Sativa alivia las náuseas, vómitos y pérdida de apetito en los enfermos de cáncer, también previene ataques de epilepsia, calma dolores articulares, neuronales y musculares y destapa las vías respiratorias. La compañía inglesa GW Pharmaceuticals, con un producto en el mercado llamado Sativex, corrobora las conclusiones de la revista con pruebas realizadas en los últimos años en América Latina y Europa.

En las montañas los habitantes conocen las virtudes curativas de la marihuana por experiencia propia. Un grupo de seis indígenas, liderado por químicos de la Universidad del Valle, en Cali, procesan la planta y hacen pomadas especiales para aliviar la tos, reumatismos, neuralgias y dolores musculares. Aparte de la pomada para uso terapéutico, también se están elaborando productos cosméticos como esencias, perfumes y jabones. Debido a la ilegalidad de la marihuana, los artículos son comercializados dentro de la misma zona.

—Si hay gente que inhala gasolina y bóxer por qué no los prohíben. El alcohol y el cigarrillo son más dañinos, pero todo eso mueve mucha plata –dice Don Gustavo en un tono alterado. Cuando logra calmarse, ve a un personaje blanco, afeitado y con sombrero de gamuza que lo espera en la entrada de la casa. Don Gustavo se encamina a la puerta y luego desaparece con el recién llegado. Al volver dice que tiene un encargo para prensar y empacar 25 arrobas para el día siguiente.

La prensadora es un gato hidráulico sobre una caja de hierro. La marihuana se pone dentro de la caja con una tabla encima, y se prensa con el gato. Preparar cada arroba toma diez minutos. La hierba sale compacta, totalmente cuadrada, y lista para ser empacada en una bolsa negra, que se cubre con cinta por todos lados para no soltar ese aroma dulzón que huelen los perros de los policías en los retenes. Al dueño de la prensadora le pagan 5.000 por arroba, a la semana alcanza a empacar hasta 70.

Los traficantes que llegan a la región, pagan un impuesto a la guerrilla de 18.000 pesos por arroba. El grupo armado no les cobra ninguna comisión a los campesinos por los cultivos. Semanalmente salen del norte del Cauca hasta 30 toneladas para ser distribuidas por todo el país. Una libra de cripi, que en la región cuesta 250.000 pesos, se vende en Bogotá a 700.000 pesos y en España a 3.000 dólares. El precio se encarece por la cantidad de dinero que se da en sobornos a los policías que custodian las carreteras y a funcionarios de la Aduana en Buenaventura. Del puerto en el sur del país se lleva la droga en contenedores por vía marítima hasta Panamá, y de ahí a Europa.

Antes del medio día las arrobas están empacadas, selladas y organizadas en un rincón del patio. Don Gustavo tiene el brazo adolorido y se sienta sobre una de las arrobas. Frente a él hay tres gallinas picoteando el suelo en busca de semillas. Después de horas enteras de estar picoteando y llenándose con semillas no tienen los ojillos rojos, no intentan volar, no cacarean, y tampoco se estrellan contra el piso o las paredes. El THC se activa con el calor y por esa razón las gallinas no están “trabadas” “turras” o “groggys”.

Después de diez días de estar en El Edén de los marihuaneros, volvemos a Bogotá. Tenemos la ropa impregnada con ese olor dulzón de la hierba narcótica y en la maleta guardo una pomada de marihuana para aliviar la tos de mi hija. En el avión pienso que detrás de un porro hay una señora con siete meses de embarazo que le duele la columna, una indígena que no conoce la malicia, un joven que se salvó de las balas de los soldados y una niña que cree que la marihuana solo sirve para la gripa y alimentar gallinas. De esas vidas está hecho el humo del cannabis que se extiende en las ciudades y que se fuma en todos los idiomas.

El ruido de los bares y las discotecas del centro de Muzo, Boyacá, anuncia un viernes de parranda. A las diez de la noche una caravana de siete camionetas burbuja frena en seco en la entrada de una casa de dos pisos iluminada con avisos de neón.

Varias mujeres vestidas con minifaldas y pantalones ceñidos se apoyan en el balcón de la casa para ver a los recién llegados. Víctor Carranza, el zar de las esmeraldas, se baja del asiento de pasajero de una de las burbujas. Camina lento y sonriente. Saluda de lejos a todos aquellos que lo llaman “patrón” y, tras pasar por delante de varios negocios, sube por las escaleras que lo llevan hacia el interior de la discoteca de moda: La Terraza.

Detrás de Carranza marcha Horacio Triana, el segundo esmeraldero más respetado de la región. Es un hombre corpulento de bigote oscuro y mirada arrogante. No sonríe y no saluda como su colega. Tiene algo que no tiene Carranza, un monumento de su opulenta figura montado sobre un caballo, que se erige en la plaza de Maripí, su pueblo natal, municipio cercano a Muzo.

El zar y el personaje de la estatua ecuestre se acomodan en una de las mesas que está al frente de la tarima. Los guardaespaldas, mandados por sus patrones, piden whisky Old Parr sin hielo, y para don Víctor, una botella de aguardiente Néctar. La élite de las esmeraldas en Colombia -un negocio que el año pasado dejó 2’658.610 dólares en regalías para Boyacá y Cundinamarca, equivalentes a 1,5 por ciento del valor total de las esmeraldas exportadas- se prepara para una rumba.

Don Víctor, quien no cree que la fotógrafa y yo seamos reporteras, me convida al baile. Me levanto de la silla después de tomarme una copa de aguardiente y la gente se abre para dar paso al “patrón” que empieza a contonearse en medio de la pista acompasando sus pies, su cadera y sus manos con el ritmo de un regetón de Don Omar.

Una mujer con un escote profundo que deja ver la forma de sus senos, disimuladamente me empuja para quedar al frente del mítico personaje que no parece haberse molestado por la intromisión al quedar prendado de lo que dejaba ver el escote. Los dos se mueven en el centro de la pista. Ella baila como la joven que es y él tratando ser tan joven como ella. Sus 73 años no son ningún impedimento para que mueva las caderas al ritmo de la música, agite su sombrero de un lado para otro y flexione sus rodillas hasta quedar en cuclillas. Su pareja aplaude, sus divas lo alaban y rodean. Él es el rey y todo el mundo le respeta su corona.

En medio de las canciones de música guasca y un tecno importado de los años noventa, dos hombres que se han quedado solitarios en una mesa después de haber perdido a sus mujeres en la pista, rememoran la época oscura de la región. Ambos llevan una conversación desordenada y sólo puedo entender un nombre: Efraín González, el detonante de la guerra que sobrevino con el hallazgo de las esmeraldas

En los años sesenta, González fue el líder de una banda contratada por los principales capos de las esmeraldas para luchar contra la policía y el ejército. Los patrones no querían cederle parte de la producción esmeraldífera al Estado y Efraín era su brazo armado. Era un hombre sanguinario que asesinaba en cualquier lugar. Sacaba el arma por debajo de la chaqueta y mataba a sus enemigos en las calles, en las plazas y hasta en las puertas de la iglesia después de misa.

La fiebre por las esmeraldas se había adueñado de toda la sociedad: militares y policías escondían los uniformes. Jueces, alcaldes e ingenieros, abandonaban sus labores, y hasta los sacerdotes se despojaban de sus sotanas para ir a guaquear en las noches. Nadie confiaba en el vecino, todos se empezaron a armar. Los esmeralderos se ganaron el poder y el respeto con plomo. En 1990, después de una sangrienta pugna entre los grandes patrones, se negoció la paz bajo la mirada de los representantes de la iglesia y el Estado.

Según José Octavio Pinzón, asistente del fiscal de Muzo, entre 1980 y 1989, la época más crítica para el occidente de Boyacá, se presentaron en promedio 500 muertes violentas por año sin contar los centenares de cuerpos desaparecidos en las aguas del río Minero que surca la región. Hoy los muertos siguen pero no importa mientras haya esmeraldas. Con licor y baile desaparecen las penas.

A las doce de la noche la música se detiene para dar comienzo al show central. En el centro de la tarima aparece Cindy, la estrella de La Terraza, bailando sobre unos tacones de 12 centímetros. Viste con una minifalda y una camisa negra de velo. Al compás de la música mueve su melena crespa, y mira lascivamente a la mesa de don Víctor. Tres minutos después ya no hay minifalda ni camisa, solo queda con un sostén de flores y un diminuto hilo dental. Cindy levanta las piernas, mueve las caderas. Carranza aplaude a la estrella y se moja los labios con aguardiente.

El único que no parece interesarse por la bailarina exótica es Horacio Triana que permanece sentado de espaldas a la tarima, al lado de una joven blanca, de ojos verdes y cabello negro y lacio. La joven llegó con él, es su acompañante por el resto del la noche, y si le va bien, por varios días más. Ella no habla, se mantiene erguida en su silla como un maniquí de vitrina. Como la muñeca que es. El esmeraldero de vez en cuando le da un beso, ella responde el gesto mecánicamente y vuelve a su pose de muñeca.

Al lado de la mesa están las compañeras de Cindy, dos mujeres provenientes del Valle del Cauca, que trabajan en El Castillo, un legendario prostíbulo que está a dos cuadras de La Terraza. Ellas no miran las maromas de su colega, no aplauden como el resto de los asistentes. Solo miran a la comitiva de hombres que acompañan a los “duros” tratando de cautivar a alguno para “cuadrarse” el sueldo de la noche.

—Mirá a ese “mancito” que se le ve que tiene platica- dice una de ellas.

El hombre les sonríe desde la mesa. Él es el jefe de seguridad de Víctor Carranza, es moreno, de espalda ancha y musculosos brazos. Por debajo de la camiseta le sobresale un revolver. Se parece a Mr. T.

—Uyyy, a ese “mancito” yo ni le cobraría- responde la otra cruzándose el pelo por detrás de los hombros como una forma de coquetería, dejando al descubierto un par de aretes en forma de flor con incrustaciones de esmeraldas.

Los muzos y los muiscas ponían esmeraldas sobre los ojos de sus muertos. Los musulmanes escribían versículos del Corán sobre la gema. El emperador romano Julio César usaba una esmeralda en el pecho para controlar su epilepsia. La diadema imperial de la Reina de Inglaterra tiene esmeraldas de Muzo y la última colección de la casa de joyas Cartier incluye dijes, anillos y aretes en forma de pantera con incrustaciones de piedras colombianas. Las gemas tienen la suerte de los humanos: unas se van a las mejores joyerías del mundo y otras se quedan en los pendientes de una prostituta de provincia.

Las damas de compañía de Muzo ganan por noche 100.000 pesos y “el rato” de quince minutos lo cobran por 50.000 o 70.000 pesos dependiendo del “marrano”. Hay ocasiones en las que les pagan un millón de pesos o les pagan con puñados de piedras equivalentes a más de tres millones. Cuando un obrero se “enguaca”, es decir, que encuentra una veta de esmeraldas o piedras millonarias; se interna en los prostíbulos, invita a sus compañeros y, tras un mes de orgias, trago y drogas, sale con los bolsillos vacíos en busca de una nueva fortuna.

Al día siguiente, después de la rumba que se extendió hasta las 2:00 am, nos dirigimos con mi compañera a la vereda “La Nevera”, a una hora de recorrido en camioneta. La vereda parece un pesebre empotrado en la montaña. Es un conjunto de casas de madera con techos de zinc, rodeado de basura y chulos que sobrevuelan la zona para escarbar en la miseria de sus habitantes. Tierra de guaqueros, de súbditos de los capos. Ellos son los parias de esta sociedad que sueñan con convertirse en “patrones” o en trabajar para ellos.

Las mujeres también salen al río en busca de esmeraldas. La guerra dejó a decenas de viudas que no tienen más opción que escarbar la tierra. Cuando los esmeralderos salen de las minas y se mezclan con la gente, se dan casos en que las madres maquillan, peinan y visten con minifaldas a sus hijas de doce años, para que alguno de los “duros” o algún otro adinerado pague por su virginidad.

En el río hay filas de hombres y mujeres con los rostros sucios de barro. Agarran piedras de las aguas, las miran y las botan. Barequean todo el día. Sudan y se mojan durante horas hasta que logran conseguir morrallas –puñados de esmeraldas diminutas- para cambiarlos por alimento en los sitios llamados “Cambalaches”. Las morrallas les alcanzan para comprar una libra de chocolate, una bolsa de arroz, y si tienen suerte, para huevos.

-La esmeralda es maldita. Si viene un tipo a buscar para comprar mujeres, ahí mismito encuentra piedras, pero si es para alimentar a los chinos, se esconden las esmeraldas- afirma Doris, una viuda con tres hijos que perdió a su esposo cuando éste jugaba con un revólver al que se le escapó un tiro.

En la única calle del caserío, una trocha polvorienta, los comerciantes se sientan en troncos y se entretienen jugando “tute” y tomando cerveza mientras llega algún guaquero con gemas para vender. Los comerciantes están sudando a causa del sol mañanero. El ambiente huele a la basura que se sigue amontonando en la entrada del caserío. Los niños corren descalzos y felices de un lado a otro. Hay muchos niños y madres que parecen niñas.

Parado en medio de la trocha, un comerciante recibe de las manos de un guaquero una esmeralda del tamaño de una canica. El comerciante la limpia con el borde de la camisa hasta quitarle el barro. Luego la levanta hacia el cielo y la revisa detenidamente con un monóculo para calcular su precio. Los rayos del sol se filtran en medio de la piedra iluminando con su fuego verde los oscuros ojos del comerciante que, tras quince años en el oficio, no duda en soltar la propuesta.

—Es una buena roca, le doy cinco palos y me la llevo.
—Qué va, soy pobre pero no guevón, esa vale siete palos- responde el minero.

El comerciante regatea el precio, el minero mantiene su palabra. La piedra es devuelta a su dueño, que intenta venderla por otro lado.

El negocio de los compradores informales es conseguir esmeraldas en bruto, a bajo costo, para revenderlas talladas en el mercado callejero de la avenida Jiménez de Bogotá. Esas piedras forman parte del 2 por ciento que se queda en Colombia. En los edificios de la Jiménez los grandes patrones tienen sus oficinas, y desde allí las esmeraldas salen hacia los cuatro puntos cardinales, principalmente hacia Japón que se queda con 50 por ciento del mercado mundial, mientras que Estados Unidos acapara 25 por ciento.

A media hora del caserío se encuentra la mina Volveré, una de las 326 empresas concesionarias. La mina parece un edificio construido en el interior de la montaña, con primitivos ascensores hechos de madera, luz eléctrica, fuentes de oxígeno y hasta sillas para descansar. Las paredes están cubiertas con tablones de madera para evitar derrumbes. En la cima de la montaña estamos con Libardo Lizarazo, uno de los accionistas de la mina. Libardo es bogotano, de casi dos metros de alto y su cuello está libre de cadenas. No carga revolver. No parece esmeraldero. No tiene sombrero, no usa bigote, no tiene caballos, ni finca en los llanos. Más parece un ingeniero.

Nos internamos en el ascensor y a medida que bajamos el aire se hace más escaso. El exterior es un punto de luz que se hace cada vez más pequeño y quedamos a la merced de la montaña. Desde el ascensor se ven los obreros trabajando como hormigas: sacando agua, haciendo huecos, cincelando las paredes. La montaña es un edificio en donde cada piso es un túnel, y hay media docena de pisos. Bajamos cien metros. El suelo está inundado de agua que llega casi a las rodillas. Tenemos que caminar un poco agachados. Libardo tiene que andar doblado por su altura. Nos pide que esperemos mientras llegan los demás socios. Una espera con poco aire.

Un cuarto de hora más tarde escuchamos que se acercan los demás accionistas: Hollman Carranza, hijo de don Víctor, y Jimmy Molina. Nos miraron con desconfianza. Libardo trata de explicarles el por qué de nuestra presencia, ellos no entienden, pero tampoco hacen nada. Caminamos en medio del agua unos cuantos metros. No encontramos ningún obrero en ese túnel. Los obreros que estaban laborando en ese punto fueron desalojados tras el hallazgo de la veta y solo pueden entrar los “patrones”. Al final del túnel quedé asombrada ante una pared rocosa cubierta de grietas blancas y verdes. Los accionistas se acercaron sin tocar. Mi compañera y yo miramos de lejos para no acrecentar la desconfianza.

Detrás de nosotros viene un obrero que trae en la mano un cincel y una bolsa de seguridad hecha de un plástico grueso que permite ser llenada con facilidad, pero es difícil sacar el contenido. El obrero se adelanta y empieza a picar la roca. Bloques de esmeraldas caen en la bolsa, que al ser llenada tiene un valor aproximado de 1.000 millones de pesos. Las esquirlas o morrallas se deslizan por las manos del trabajador y caen al suelo. Está nervioso. Sus manos tiemblan ante la ilusión de riqueza. Si se lleva algo lo pueden desaparecer, más vale la vida que una piedra aunque no le hayan pagado nada en los seis meses que lleva laborando.

Las empresas esmeraldíferas no pagan sueldo mensual a los obreros. Dicen que mensualmente en maquinaria y materiales deben invertir 30’000.000 de pesos y que si les pagaran a los trabajadores quedarían en la bancarrota. A los obreros les dan una bonificación semestral o anual de 500.000 o un millón de pesos o una bolsa llena de piedras para que se las repartan entre ellos. Les garantizan alimentación, vivienda en los campamentos de las minas, cepillo de dientes, jabón, botas, casco y guantes.

La motivación que tienen los obreros es sacar a escondidas de los patrones una esmeralda para venderla en los mercados de Bogotá o Chiquinquirá, pero si los descubre alguna autoridad de la empresa con una piedra en el bolsillo, son expulsados o desaparecidos. Los patrones saben que los obreros ocasionalmente pueden quedarse con una piedra. Los obreros saben que pueden robar y luego largarse. Ese es el negocio. Todos lo aceptan como una fatalidad del destino.

Desde las once del día, en las afueras de la mina Volveré, unas cien personas se aferran a la cerca con palas y costales esperando que de la mina salgan toneladas de tierra para buscar morrallas. Adentro los escoltas y vigilantes con pistolas browning impiden el paso de las personas no autorizadas. Las camionetas de los socios, en su mayoría Nissan y Toyota, se instalan en el parqueadero. Libardo sale de la mina al medio día y da la autorización para expulsar al exterior la tierra sobrante. Los guaqueros se apresuran como mendigos a llenar los costales y se sienten felices ante la generosidad de los patrones. Libardo está cubierto de una capa negra de los pies a la cabeza. La camisa de marca Armi, que hace dos horas estaba impecable, ahora es el pañuelo con el que se limpia el sudor, Le sonríe a la comitiva de socios y levanta la bolsa de seguridad. Su trofeo es un puñado de mil millones de pesos de las mejores esmeraldas del mundo.

Mientras dormía, sintió que un soldado deslizaba la mano por su espalda hasta colocarla en la parte superior del pantalón. Ciro Velasco se despertó, intentó dar media vuelta para lanzar un puñetazo pero el soldado lo retuvo con todo el peso del cuerpo, le tapó la boca con una mano, y con la otra le empezó a bajar la bragueta. Ciro intentó gritar. Buscó en medio de la oscuridad algo con qué defenderse, pero sólo halló polvo en el suelo.

Después de descargar las ganas contenidas, el soldado se levantó y caminó unos metros hasta desvanecerse en la penumbra. Ciro no fue capaz de decir nada. Sentía miedo. Se cubrió el rostro y empezó a llorar. No podía escapar, estaba secuestrado con ochenta soldados y policías en un ‘cambuche’ de madera rodeado de cercas de tres metros de altura construidas con alambres de púas.

Al siguiente día no comió. Vio cómo los guerrilleros disponían las ollas que contenían lentejas y arroz. Vio a sus compañeros de cautiverio hacer fila con el plato en la mano para recibir su ración. El agresor se reía con otros compañeros. Se sintió humillado al pensar que se estaban burlando de él.

Ciro, que ahora es Sandra, suspende el relato. Toma de una repisa de mimbre un paquete de cigarrillos y se lleva uno a los labios. Es el séptimo cigarrillo de la tarde.

—Tú no me entiendes. Nadie me entiende; sólo los que vivimos sabemos cómo es eso. Es el infierno… En los tres años de secuestro dormíamos con la ropa mojada. Siempre sentíamos frío. Teníamos hambre y la mayor parte del tiempo estábamos enfermos de gripa, paludismo o leishmaniasis. Aparte de todo, por la falta de mujeres en el campamento, los soldados y policías desfogaban las ganas de sexo entre ellos, delante de todos, porque la casita no tenía separadores de nada. Entonces los que podían estar con alguien antojaban a los demás y así fue que más de uno terminó violado.

El humo inunda el cuarto de Sandra. En el suelo de baldosines marrones reposan las colillas quemadas. Las paredes están cubiertas de fotos de su hija Nancy, de dos hombres que fueron sus amantes, y de ella vestida con minifaldas de la época en que le tocó trabajar como prostituta en Yopal. La cama tiene un tendido rojo y el ventanal está cubierto con una capa de lluvia de estampado militar, el único objeto que conserva de su paso por el ejército.

Antes de ser Sandra y de prestar servicio, Ciro tenía una novia veinte años mayor que él. A pesar de la diferencia de edad, él la amaba. Nunca pensó en tener algo con alguien de su propio género. Hoy en día lo jura con una cruz en la boca. Dice que si no la hubieran secuestrado quizá sería un hombre casado, con más hijos y condecoraciones militares.

En 1995, cuando tenía 16 años, nació su hija, Nancy Edith Velasco. Ciro abandonó el hogar materno y se fue a vivir con su novia. Ante una nueva familia y sin dinero para la comida, recorrió las calles en busca de trabajo. Por ser menor de edad, nadie lo contrataba. Al cumplir 18 años tampoco lo empleaban porque no tenía libreta militar. En 1997 se enlistó en el ejército. Estuvo en San José del Guaviare, de allí lo trasladaron a Elvira, en el Meta, y a finales de julio de 1998 lo llevaron con un pelotón de más de treinta hombres a Miraflores, Guaviare. Antes de partir, se despidió de su novia. Ese día, por última vez, besó con pasión a una mujer.

Partió con la mochila de soldado, las botas puestas y el pelo cortado al ras. Ciro le prometió que volvería pero no pudo cumplir su promesa. Nunca regresó. Su hombría se quedó en el monte y cuando lo liberaron en 2001, se había convertido en Sandra.

El 3 de agosto de 1998, cuando el presidente Ernesto Samper preparaba maletas para abandonar la Casa de Nariño y Andrés Pastrana estaba por llegar al palacio presidencial para gobernar al país, el soldado Ciro Alfonso Velasco patrullaba en el monte con otros siete compañeros. Él recuerda que caminaban sin linternas para no alertar a la guerrilla de las Farc que amenaza con tomarse el pueblo. Escondido entre la maleza alcanzaba a ver las luces de Miraflores, considerado en esa época el epicentro de la lucha contra las drogas en Colombia.

A las ocho de la noche una explosión rompió el silencio. Más de 600 guerrilleros se tomaron el batallón y la base antinarcóticos. Doscientos soldados, que eran todos los que había en el casco urbano y rural, gastaron sus municiones tratando de impedir el paso de las Farc. La diferencia de hombres era de tres a uno. Los guerrilleros aventajaban al Ejército.

Después del estallido siguió una balacera que parecía provenir de todas partes. Ciro quedó aturdido y miró hacia todos lados buscando al enemigo. Cuando ya pudo controlar los nervios se arrojó al suelo, se arrastró hasta una piedra y espero con un ojo en la mira de su fusil y el dedo rozando el gatillo.

Una patada en el costado fue el aviso para darse cuenta de que el enemigo estaba más cerca de lo que pensaba. Al voltear la cara, vio a un guerrillero apuntándole con un arma. Cerró los ojos en espera de una descarga que le destrozara la cabeza. No ocurrió. El guerrillero le ordenó que se pusiera de pie. Tuvo que apoyarse con las manos. Sentía que sus piernas estaban tan flojas como dos madejas de hilo. El guerrillero lo levantó por el cuello del uniforme y lo arrió hasta una fila en la que estaban varios de los compañeros con que patrullaba, y otros que se hallaban en el pueblo. Pensaba que los guerrilleros buscaban el mejor sitio para darles el tiro de gracia. En medio de la maleza, veía soldados mutilados, cuerpos inertes, botas abandonadas y ropa despedazada. Ningunos de los muertos tenía más de 23 años.

En la madrugada llegaron a un río. Allí había media docena de lanchas tripuladas por guerrilleros. En una de ellas subieron a Ciro y a otros soldados. Navegaron durante 24 horas contracorriente hasta llegar a una selva oscura y húmeda llena de serpientes, monos aulladores, arañas y mosquitos. Caminaron tres días más hasta llegar al campamento guerrillero. Allí los encerraron en el ‘cambuche’ de madera cercado con alambre de púas.

El tiempo pasaba en una sucesión de soles y lunas. Cada día parecía la repetición del anterior como si el tiempo se hubiera estancado y los ochenta secuestrados estuvieran condenados a repetir las mismas acciones por el resto de sus vidas. Para ellos el tiempo se manifestaba cada vez que les crecían las uñas, el cabello y la barba. A Ciro Velasco no le creció la barba pero el pelo le llegaba a la mitad de la espalda. Por la falta de comida adelgazó. Su voz era la más suave entre todos los hombres. Cuando entró al Ejército, los superiores le daban cucharadas de panela con ají para que hablara con un tono más grave. El remedio no surtió efecto. Parecía una mujer en medio de hombres. Era el más delgado, el más vulnerable.

—Era fácil que los ‘mancitos’ me cogieran por detrás y tenga, Ya te imaginarás cómo.

Sandra lanza una colilla encendida que cae a los pies de su cama. Toma otro cigarrillo y saca de un armario un álbum de fotos.

–Mira. Aquí estoy cuando era soldado. ¿Verdad que era guapo?

En la foto aparece con el pelo corto y camuflado militar. Era un joven de rasgos finos y cejas pobladas que se unían a la altura de la nariz. Ciro sólo se parece a Sandra en los hoyitos que se le forman en las mejillas cada vez que ríe. Las cejas pobladas fueron reemplazadas por dos líneas tatuadas sobre los ojos. El pelo le llega a los hombros y sus tetillas de joven ahora son un par de senos de casi una libra cada uno. Sandra es más femenina que muchas mujeres. Se sienta con las piernas cruzadas y procura no abrirlas en público. Mantiene erguida la espalda y mueve sus manos con delicadeza al hablar.

–Me violaron, pero después pagaron todos los que me hicieron daño. Después de esa noche en que el soldado me cogió a la fuerza, un año después de la toma a Miraflores, llegaron otros pidiendo lo mismo: sexo, y como yo no accedía me cogían a golpes, me mostraban el miembro y me obligaban hacer aquello…Pero yo no fui la única que me ‘voltee’ en el monte, muchos se voltearon y ahora andan diciendo que yo era la única. Cómo no va a saber una que tenía que ver todas las faenas. Es que yo sí puse la cara y afronté mi vida.

Los diez primeros meses después de la violación, los compañeros le gritaban en el día que era una loca, una degenerada, un travesti o un marica. Los mismos que lo insultaban llegaban en las noches a buscar su cuerpo. Una docena de veces tuvo que recurrir a los puños para defenderse de los agresores. Le partieron una ceja. Desesperado por el acoso, llegó a suplicarle a los guerrilleros que lo encadenaran a un árbol lejos de todos. Inclusive pensó en suicidarse, pero no fue capaz porque sabía que no podía hacer eso por su hija.

–Allá vendí mi cuerpo por protección. Tenía un amiguito que me quería en la intimidad. Era de los pocos que me trataban bonito. Pero durante el día leía la Biblia, no me ponía cuidado y no me defendía de las groserías. Si me pegaban se quedaba tranquilo. Luego llegó un ‘mancito’ que todo el mundo respetaba y me pidió que estuviera con él. Yo sabía que si todo el mundo se daba cuenta de que yo estaba respaldada por el ‘duro’, me iban a tratar mejor. Así fue hasta que este tipo me vio hablando con otro soldado y me pegó un bofetón en la cara.

Ciro Velasco se acostumbró a ser la mujer de los secuestrados. Andaba con el pelo suelto, empezó a caminar contoneando las caderas y cada vez que la guerrilla le daba ropa al grupo, él cortaba las camisas y pantalones con una cuchilla de afeitar, y cosía con una aguja e hilo negro que le proporcionaron los guerrilleros. Todos lo empezaron a llamar Sandra y a tratarla como mujer. Ella no sabe de dónde salió el nombre, pero lo sigue manteniendo como una forma de recordar para siempre su cambio de vida.

Medio año antes de su liberación, los soldados se disputaban el amor y la exclusividad de Sandra. Más de diez hombres, entre policías y soldados, le escribieron cartas, se le arrodillaron y lloraron reclamándole fidelidad. Ciro, convertido en ‘ella’, se volvió un trofeo para los hombres.

–Se enamoraron de mí. Por Dios Santísimo que rompí varios corazones. Ellos se me arrodillaban, me besaban con amor, me decían que me amaban con locura. Para ese momento ya no me importaban. Ellos no saben el daño que me hicieron pero logré vengarme. Bien merecido todo lo que los hice sufrir.

Mientras Sandra rechazaba propuestas de amor y cosía hasta que los ojos se le cansaban en el ocaso del día, en San Vicente del Caguán, Caquetá, se estaba fraguando su liberación. En febrero de 2001, en la vereda Los Pozos, a 20 kilómetros de San Vicente, el presidente Andrés Pastrana se reunió con el jefe guerrillero Manuel Marulanda Vélez para firmar el Acuerdo de Los Pozos, que establecía el intercambio humanitario entre secuestrados por prisioneros de la guerrilla. Marulanda y Pastrana se dieron un apretón de manos. Los medios de comunicación de todo el mundo registraban la sonrisa de los protagonistas del acuerdo.

Cuatro meses después, un guerrillero se acercó al ‘cambuche’ y empezó a señalar a varios soldados al azar. Sandra vio que el dedo la apuntaba. Quedó desconcertada. Por primera vez en tres años logró salir de la prisión selvática. Fueron 15 los afortunados. En junio, en el mismo lugar donde se firmó el acuerdo entre el gobierno y las Farc, Sandra, que quiso salir como Ciro, volvió a la libertad.

Ella recuerda que días antes de la liberación le pidió a un guerrillero que lo peluqueara. No quería que su familia se enterara del cambió que había sufrido en el cautiverio. Lloró sobre su cabello arrancado y pensó que sin el pelo las cosas cambiarían. Intentó dejar atrás su vida como Sandra, enterrarla en el monte y regresar como el hombre que se fue.

Un beso le señaló que todo era diferente. Que quien estaba enterrado en el monte no era Sandra sino Ciro. Al sentir el contacto de los labios de la novia que lo esperó durante tres años, no sintió nada. Pensó que el amor se había acabado e intentó probar con otras mujeres. Ninguna lograba excitarlo. Terminó con la madre de su hija y se fue a vivir a la casa paterna.

Mientras vivía con su familia notó que sus gestos eran diferentes. En el comedor cruzaba las piernas como una señorita y medía cada bocado que se echaba a la boca. Sus tres hermanos, por el contrario, comían de cualquier manera, con las piernas abiertas y sendos cucharones. Su madre empezó a pensar que había algo extraño en el hijo liberado.

Para no seguir levantando sospechas en la familia, Ciro se tatuó un nombre de mujer en el antebrazo, ‘Luzmery’. Siempre andaba con el tatuaje descubierto para contar que estaba enamorado de una novia que nadie conoció. Viendo que los temores sobre su sexualidad se agudizaban en el hogar, resolvió marcharse y dejar salir de su interior a la mujer que clamaba por salir.

Se fue a vivir a una habitación arrendada en la localidad de Bosa. Sin el menor recato empezó a maquillarse. Le gustaba quedarse frente al espejo aplicándose labiales, lápices, sombras. Esos primeros días de Sandra en la ciudad fueron como los de una preadolescente que está empezando a vivir. Iba a las tiendas de ropa de Chapinero para medirse pantalones, blusas, chaquetas. Cuando empezó a ganar dinero trabajando como ‘dama de compañía’ en un local de Teusaquillo, lo primero que compró fue un juego de ropa interior color rojo. Para dar una apariencia femenina, rellenaba los sostenes con medias. En más de una ocasión los clientes se quedaron con el relleno en la mano.

Sandra recurrió a una amiga travesti para que le consiguiera tres litros de una solución salina que reemplaza los implantes de silicona. Pagó 400.000 por cada litro. Se inyectó dos en los senos y uno en el trasero. Gracias a estos cambios, los clientes empezaron a pagar mejor. Se convirtió en una de las divas del lugar, en una de las mejor pagas. Más adelante trabajó en un club nocturno en Chapinero y luego viajó a Yopal, Casanare, para seguir explotando sus atributos.

Cuando habla, se mueven sus senos por debajo de una camisa escotada de color negro con brillantes. En el pecho sobresale el tatuaje de una sirena rodeada de fuego montada en un delfín.

—El tatuaje no significa nada, es que me lo hice para cubrir una cicatriz ¿ves?- acerca el cuerpo para mostrar lo que hay debajo del dibujo.

—Es que me clavaron cinco puñaladas en el pecho y un cuchillazo en la garganta. Eso parecía de terror. Yo apenas trataba de ponerme la mano en el cuello… ¿Si has visto esa película en donde un asesino coge a puñaladas a una chica?, pues así fue. Sandra cierra la mano y la agita en el aire varias veces para revivir la escena.

—Imagínate que entré a dos ‘mancitos’ a la casa para tomarnos unos guaros. Me pidieron que les mostrara fotos de mi familia y yo como una boba les pasé el álbum. En una de las páginas tenía guardados 500.000 pesos. ¡A esos hombres se les fueron los ojos! Seguimos hablando un rato más y luego uno sacó un cuchillo y empezó a enterrármelo como desesperado. Al final me quería rematar cortándome la garganta. El otro sacó mi platica y se fueron. En el Hospital Militar me dijeron que mis senos me habían salvado de morir.

En 2007, un año después de salir del hospital recibió una llamada a su celular. Era la mamá de Nancy, la hija de los dos. Su voz era apagada y lejana. Le dijo que se estaba muriendo. Sandra le quería preguntar detalles de la enfermedad, pero la mujer solo le dijo que no tenía tiempo para hablar de eso. La llamada era para suplicarle que a su muerte se hiciera cargo de la niña, porque a pesar de la decepción que le causó enterarse de que era travesti, podía ser una buena madre. Le recomendó que luchara por la niña, que la sacara adelante y que viviera con ella. Sandra se puso a llorar.

El entierro fue en La Belleza, un pueblo campesino al sur de Santander. No alcanzó a llegar a despedirse de la única mujer que había amado. Días más tarde tomó un bus y visitó la tumba. Venía a cumplirle la promesa de llevarse a la hija a Bogotá.

Desde que se bajó del campero que hacía los expresos desde Puente Nacional hasta La Belleza, sintió varias miradas. Pensó en devolverse. Por unos instantes se sintió avergonzada pero después de unos segundos recobró la fortaleza. Levantó los ojos para retar las miradas y, con el contoneo aprendido en el secuestro, caminó por las calles. Las casas seguían iguales, los viejos eran más viejos, y los amigos que compartieron su infancia ya eran unos hombres. Sus ojos maquillados con pestañina se inundaron de lágrimas negras ante el recuerdo. Sentía que estaba purgando su dolor. Recogiendo los pasos de su vida y de su transformación.

Al girar la cabeza para contemplar todo el escenario de sus primeros años, vio que la seguía una procesión de más de medio centenar de personas que apostaban por adivinar su identidad. No le importó lo que murmuraban. Fue directo a la casa de su ex suegra y golpeó varias veces la puerta. La señora abrió. Vestía de luto. Detrás ella venía corriendo una niña de doce años que se le colgó en el cuello exclamando “Hola papá”.

Al regresar a Bogotá sostenía sobre sus piernas a Nancy, su hija. Para Sandra fue el día más feliz de su vida. Quería que ese trayecto fuera tan eterno como el cautiverio.

Hablaron poco. Sandra no sabía qué decir. Estaba nerviosa. Durante los últimos años había vivido rodeada de hombres, de rumba y de licor. Le preguntó a la niña todo el camino si estaba bien, si tenía hambre, si tenía frío. Recuerda que la niña le pidió solo un favor, llamarla Sandra, ya no se sentía cómoda diciéndole papá.

Llevan cuatro años viviendo juntas en el sur de Bogotá. Después de una tutela que interpuso en contra del Estado logró una pensión por invalidez de 750.000 pesos y tiene una demanda pendiente para que el Estado la indemnice. Hace 10 años recibió una primera indemnización de 7 millones de pesos, pero cuando ganó la tutela se la descontaron de la pensión. Sandra está mal de salud. Sus senos están irritados al igual que las nalgas. La EPS a la que está afiliada dice que no la pueden atender porque no cubren tratamientos estéticos. Ella se siente desprotegida.

Nancy escucha desde una silla de la entrada del cuarto el relato de su padre-madre. A veces asiente con la cabeza, a veces abre los ojos. En toda la conversación permanece callada, solo se ausenta cuando Sandra le pide ir a la tienda para comprar un ponqué, una gaseosa o varios cigarrillos. En una de las ausencias de la hija suelta un suspiro. “He llorado demasiado. Tú no sabes cuánto. Todo me ha tocado aprenderlo a los golpes. Ahora quiero enseñarle a Nancy que sea una verdadera mujer. No quiera que viva ni la mitad de lo que me tocó a mí”.