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El manantial masacrado

Publicado: 11 octubre 2014 en Diego Enrique Osorno
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Durante diez días, entre el domingo 26 de enero y el miércoles 5 de febrero de 2014, casi un centenar de funcionarios públicos de Coahuila dejaron sus escritorios y realizaron un inusual trabajo de campo para investigar qué pasó con decenas de personas desaparecidas en esta región del noreste de México.

El ambicioso operativo oficial incluyó inspecciones forenses a medio centenar de casas, negocios, cárceles, ranchos y predios abandonados así como interrogatorios a ex alcaldes, ex regidores y ex secretarios de once pueblos y ciudades cercanos a la frontera con Estados Unidos.

Sin embargo, la cruzada gubernamental terminó en medio de confusión y reclamos de un sector de la prensa interesada en el tema, y dudas sobre su eficacia por parte de las organizaciones locales que representan a familiares de desaparecidos.

Aunque participaron policías estatales, federales, soldados y marinos, la operación estuvo a cargo de una dependencia del gobierno de Coahuila creada en 2012, cuyo largo nombre resume la tragedia que ha padecido este estado que encabeza la lista de denuncias de desapariciones forzadas en el país: la Subprocuraduría para la Investigación y Búsqueda de Personas No Localizadas, Atención a Víctimas, Ofendidos y Testigos de Coahuila. En esta historia la llamaremos la Subprocuraduría, a secas.

Uno de los lugares en los que se centró el operativo fue Allende, municipio ubicado en la región de Los Cinco Manantiales, conocida así por los enormes nacimientos de agua en medio de su llanura. En marzo de 2011, este pueblo de 20 mil habitantes padeció una masacre que apenas ahora es investigada por las autoridades. Comandos de Los Zetas saquearon y destruyeron medio centenar de edificaciones, al tiempo que secuestraron, según se calcula, a 300 personas durante aquella primavera.

Todo esto sucedió en silencio y bajo encubrimiento oficial.

EN CAMINO

Colombia está a 257 kilómetros de Monterrey. Colombia es el nombre que otorgó el gobierno de Carlos Salinas de Gortari a una comunidad creada en 1992, para devolverle a Nuevo León un pequeño trozo de la frontera de México con Texas, cuya mayor extensión comparten Tamaulipas y Coahuila. Al llegar a Colombia, Nuevo León, hay que tomar La Ribereña, una carretera angosta que recorre la orilla del Río Bravo desde el lado mexicano. Al este quedan Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros; al oeste están Guerrero, Piedras Negras y Ciudad Acuña.

Lo primero que hay al oeste de Colombia —aunque suene raro porque aquí no hay mar— es un Puesto Naval de Seguridad. Decenas de casas de campaña apostadas a la orilla de la Ribereña fueron colocadas por la Marina Armada, que reforzó su presencia desde 2012. Infantes marinos nacidos en Tabasco, Campeche, Veracruz y otros estados tropicales acampan o hacen guardia en trincheras colocadas en medio del monte. Otros revisan a los escasos transeúntes de este camino en el que se han reportado decenas de enfrentamientos entre convoys del narco y de las fuerzas oficiales entre 2010 y 2013, aunque son todavía más los combates que no han trascendido públicamente. Lo que sigue después del Puesto Naval es más monte vapuleado por el sol que aún en invierno azota las yucas y los huizaches de la vegetación. De vez en cuando aparecen letreros anunciando la entrada a ranchos como La Dueña, San Isidro, Los Apaches, La Burra, Arroyo Seco y Don Óscar. También hay construcciones en ruinas de organismos públicos o privados con las paredes agujereadas por balas. Si la Ribereña es ocasionalmente un campo de batalla, los ranchos aledaños pueden ser zonas de abastecimiento, entrenamiento, trasiego o panteones clandestinos. Pareciera que muy pocas veces son ranchos comunes de siembra y cría de ganado.

Durante el operativo especial, la Subprocuraduría encontró cuatro tambos industriales y varias prendas de ropa carcomidas por la intemperie en un predio a la orilla de la Ribereña, a la altura del municipio de Guerrero. Estas barricas son improvisadas como hornos crematorios por la mafia de la región para desaparecer los cuerpos de sus víctimas. A los soldados les gusta usar metáforas gastronómicas en su narrativa. Si en Sarajevo se hablaba de las “carnicerías” orquestadas por Radovan Karadžić, a estas rudimentarias incineraciones Los Zetas las nombraron “cocinas”.

Unas cuantas casas de Guerrero son la única población asentada a la orilla de la Ribereña, entre Colombia y Piedras Negras. Por lo demás, nadie habita junto a este camino que por momentos parece un territorio de Marte. Los únicos humanos que se dejan ver de vez en cuando son unos tipos vestidos con trajes anaranjados que trabajan para Geokinetics, la compañía que explora la cantidad de gas esquisto (Shale) existente. Este hidrocarburo que aquí abunda oculto en las piedras y que hasta ahora no es explotado comercialmente puede generar electricidad. A partir de 2010, el gas esquisto ha tenido un auge, sobre todo en Estados Unidos, donde los especialistas lo llaman “el gas de moda” o “el gas del futuro”. Para poder explotarlo se necesitan dos cosas: permiso del gobierno mexicano y mucha agua. Con la reciente reforma energética, los permisos ya vienen en camino; en cuanto al agua, en la región de Los Cinco Manantiales, el agua es tan abundante como el miedo.

Mientras los hombres de anaranjado miran pacientemente este suelo en busca de piedras que permitirán un negocio energético en millones de dólares, los empleados de la Subprocuraduría también miran hacia la tierra, pero en busca de restos humanos que den sosiego a una región perturbada por la guerra del narco.

Tras recorrer 144 solitarios kilómetros de la Ribereña desde Colombia, Nuevo León, llegamos a Piedras Negras, Coahuila.

PIEDRAS NEGRAS

En Piedras Negras hablamos con algunas personas que atestiguaron el operativo especial. Algunos lo consideraban un show, mientras que otros lo calificaron como un esfuerzo notable pero tardío. Salvo excepciones, la desazón es la nota predominante. Todavía no parece haber suficiente ánimo para pensar que ya pasó lo peor. Coahuila está devastada: la cloaca apenas está abriéndose. Basta ver los periódicos locales del día, cuya noticia principal es: “Javier Villarreal, preso por narco”. Villarreal era el tesorero del anterior gobierno estatal, encabezado por Humberto Moreira, quien está ahora exiliado en España, mientras que su antiguo colaborador se entregó a la agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA) y colabora ahora en una investigación sobre lavado de dinero que amenaza con exhibir una vez más la narcopolítica mexicana.

Lo que sí reconocían los críticos del operativo especial dirigido por el subprocurador Juan José Yáñez Arreola era el empleo de un equipo geolocalizador de alta tecnología y además la existencia de un laboratorio móvil para ir procesando la información que conseguían los investigadores. Leobardo Ramos, uno de los médicos que dirigió la inspección forense, es respetado en Piedras Negras. A cada lugar al que fueron, el especialista y su equipo hacían su trabajo, mientras que la Marina sitiaba los pueblos, el Ejército vigilaba las entradas y salidas, y la policía federal y estatal buscaban a los funcionarios y ex funcionarios públicos para tomar sus declaraciones. El inconveniente es que los sucesos indagados ocurrieron hace tres años, en el mejor de los casos, y pocos de los entrevistados tienen fe en que las pruebas periciales sean contundentes.

Uno de los lugares de Piedras Negras que la Subprocuraduría revisó fue el Centro de Readaptación Social, famoso a nivel nacional por la fuga de 129 reos a finales de 2012. De acuerdo con algunos testimonios, en el interior de esta prisión fueron creadas algunas “cocinas” por parte de Los Zetas. Algunos agentes especulan que el uso de este método de exterminio se incrementó a partir de 2010, tras el hallazgo de 72 migrantes fusilados y abandonados en un galpón de San Fernando, Tamaulipas, así como de la excavación de decenas de restos en otras fosas clandestinas que pusieron a la región bajo escrutinio internacional. De tal forma que para evitar el escándalo derivado de estos hallazgos, los grupos criminales decidieron aumentar el uso de tambos de diesel para no dejar rastro alguno de sus masacres.

El empresario Mauricio Fernández Garza, cuando aún era alcalde de San Pedro, Nuevo León, fue uno de los primeros personajes de la política en hablar sobre lo que estaba pasando. En una entrevista hecha a finales de 2011 lo relató así:

“Yo me entero de eventos, por alcaldes, por amigos míos ganaderos, por gentes que dicen: ‘Pues llegaron y entraron con helicópteros y mataron a todos’. Y eso no sale en ningún medio de comunicación. De esos casos conozco muchísimos: en la frontera, viniendo de la frontera, en Tamaulipas… Amigos míos a los que les ha tocado en sus propiedades, intervenciones importantes del Ejército. Vaya, yo te diría: no las estoy cuestionando, lo único que te digo es que no hay información sobre ellas. Yo creo que lo que sale público es lo inevitable. Por muchísimas cosas que yo me entero, también en Nuevo León han matado a una barbaridad de gente. No sé si será cierto o no, pero un alcalde me decía: ‘Oye, nos pidieron de no sé dónde, un bulldozer para enterrar cadáveres de un operativo del gobierno federal’. Será cierto o no será cierto, yo no estoy cuestionando, simplemente estoy comentando cosas que me toca escuchar. O en un rancho de un amigo que, igual: entraron con helicópteros y básicamente mataron a todo mundo. No dejaron ni cadáveres ni casquillos. Si hay operativos que se están haciendo —lo cual creo que sí se están haciendo— pero mucho de lo que pasa, no sale. Además de que dentro del propio crimen organizado hay cantidad de víctimas, entre pleitos de ellos mismos, que los meten y disuelven en ácido, o entierran, o desaparecen, o cualquier cosa. De esos tampoco te enteras. Entonces, si tú me dijeras: son 50 mil los muertos oficiales, pues yo creo que fácilmente estamos hablando de un cuarto de millón de muertos, digo, por decirte. Yo creo que sería como un cinco a uno, entre lo del crimen organizado que no te enteras y entre lo del gobierno que no te enteras. Aunque no tengo ningún elemento para decirte por qué, simplemente por las cifras que conozco: que matan a 30, que matan a 40, según me cuentan los alcaldes (de Nuevo León), aquí yendo a la frontera. En China, o General Bravo, no me acuerdo cuál, el alcalde me dijo: ‘Ni vayas a Estados Unidos, hubo 30 muertos este fin de semana, hubo 20 muertos el otro fin de semana’, y en los medios de comunicación de aquí en Nuevo León, no salió. Y si son 50 y ni uno más, o son un cuarto de millón, que es más mi estimado, es lo mismo. No es por muertos que vamos a arreglar al país”.

Otros alcaldes de la región también me contaron situaciones parecidas, pero pidieron no dar a conocer sus testimonios hasta que hayan fallecido o existan tiempos más seguros en la zona, algo que todavía ven muy lejano. Como dice Fernández Garza, estas masacres no salían en los medios de comunicación, pero esto no se debía a que los periodistas locales ignoraran lo que ocurría. Tenían alguna idea de lo que estaba pasando pero iniciar una investigación periodística, o peor aún, darla a conocer, implicaban destierro o entierro seguro para los involucrados. Repasamos con un colega de Piedras Negras las diversas formas en que la mafia había amenazado a compañeros de la zona para que no informaran sobre lo que estaba sucediendo. Una lista larga y deprimente que no tendrá cabida en esta crónica.

Aunque todas las recomendaciones indicaban que no lo hiciéramos, después del mediodía salimos de Piedras Negras acompañados por dos camionetas blindadas del Grupo de Armas y Tácticas Especiales. Los GATE son una polémica corporación de élite creada por el nuevo gobernador de Coahuila, Rubén Moreira, y por un grupo de empresarios locales. Se trata de agentes sin rostro ni identidad que tienen el prestigio de actuar con la misma dureza que los grupos ilegales a los que combaten. Los GATE nos acompañarían hasta tres ranchos que fueron tomados por Los Zetas en 2011 para retener y desaparecer a decenas de personas. Quedaban a las afueras del casco principal de Allende, Coahuila. Era un viaje de tan sólo 60 kilómetros adornado por unos nogales hermosos.

EL PUEBLO DEL MANANTIAL

A Allende, Coahuila, le dicen hoy en día Springfield porque la administración municipal que inició el 1 de enero de 2014 pintó de amarillo la presidencia y los principales edificios públicos como el kiosco de la plaza y la Casa de la Cultura. La traducción de Springfield al español sería “campo primaveral” o “campo de manantiales”. Reynaldo Tapia, el alcalde del pueblo, dice que no le gustan Los Simpsons y que tampoco es del PRD, cuyo color oficial es el amarillo. Tapia es dueño de más de veinte casas de empeño y milita en el PRI. Dice que pintaron de amarillo el pueblo porque “el amarillo es el color de la fuerza”.

Amarillo es también el color habitual de traxcavos como los que usaron Los Zetas para derrumbar mansiones del casco principal. El viernes 18 de marzo de 2011, alrededor de 50 camionetas pickup tripuladas por soldados del narco irrumpieron en Allende. De acuerdo con testimonios brindados a la Subprocuraduría, los hombres armados tenían enlistados los domicilios de las casas, negocios y ranchos que iban a saquear y destruir e incluso —mediante un documento— avisaron de eso al alcalde de ese entonces, Sergio Lozano Rodríguez, del PAN. Una de las residencias devastadas está justo frente a la presidencia municipal y frente a la casa particular del político está otra de las construcciones atacadas. Su administración no hizo nada mientras ocurrió la masacre.

Los comandos llegaban a los domicilios y detenían a todas las personas que se encontraban ahí. Se llevaban también los objetos de mayor valor, como dinero en efectivo y joyas. Luego dejaban que los vecinos y demás habitantes del pueblo rapiñaran lo que había quedado. Había gente que se llevaba desde macetas hasta refrigeradores. Uno de los casos más recordados es el de un labriego que se llevó una elegante sala negra de piel que tuvo que poner bajo un mezquite porque su tejabán era demasiado pequeño para meterla.

Una vez acabado el saqueo colectivo, Los Zetas demolían las casas. En algunos casos utilizaban granadas y en otras llegaban directo con mazos y máquinas de construcción. El ataque duró varios días y la policía municipal participó tanto en el ataque como en el pillaje. “También vi gente elegante dirigiendo las máquinas”, recuerda uno de los habitantes entrevistados. Al cabo de una semana, los restos de las casas destruidas en el centro de Allende se amontonaban por doquier. Bloques de cemento gris y vigas de acero dobladas y negras por el fuego aún pueden observarse luego de casi tres años.

En ninguna de las casas destruidas hubo resistencia a balazos y nadie recuerda haber presenciado una ejecución.

—La realidad es que nada más se oyeron las granadas y unas explosiones, pero nunca se vio un cadáver ni se oyó un balazo. Todos los que se llevaron estaban vivos y después ya no se supo nada de ellos, hasta el día de hoy— me explica un entrevistado, cuyo testimonio también fue tomado por la Subprocuraduría.
—¿A quién puedo buscar para que me cuente de sus familiares desaparecidos?
—A cualquiera que le preguntes de aquí te va a decir que tiene un familiar o amigo desaparecido desde aquel entonces. Este es un pueblo chiquillo.
—¿Cuántas personas fueron desaparecidas?
—Se habla de 300, pero yo creo que son más. Era un caos. Aquí la gente ya no se quiere acordar de lo que pasó…
—¿Por qué tanta saña?
—Todo por culpa de dos personas: Luis Garza y Héctor Moreno, que se robaron un dinero de Los Zetas… Lo peor es que los dos están ahora muy tranquilos en Estados Unidos como testigos protegidos.

José Luis Garza Gaytán forma parte de la familia Garza que hace un centenario llegó de Lampazos, Nuevo León a radicar en Allende, Coahuila. Los Garza no eran una familia rica, pero vivían bien gracias a la buena cantidad de tierra que poseían y trabajaban. A la altura del kilómetro nueve de una carretera comunitaria entre Allende y el pueblo de Villa Unión está la entrada de sus propiedades principales. A esos ranchos de Los Garza fueron llevadas las personas detenidas en el pueblo en aquel mes de marzo de 2011. Por su parte, Héctor Moreno Villanueva, pertenece a una familia que hizo mucho dinero con una fábrica de hielo y luego con una pequeña línea de transporte regional.

Por lo menos desde 2008, Garza Gaytán y Moreno Villanueva empezaron a trabajar con Los Zetas. En 2011 ambos habían escalado tanto que alcanzaron niveles importantes en el tráfico de cocaína a Estados Unidos a través de Eagle Pass, la ciudad norteamericana colindante con Piedras Negras. Pero a principios de marzo de 2011, ambos rompieron con la banda.

Y el 18 de ese mismo mes, en venganza, sus antiguos socios tomaron el pueblo del que ambos eran oriundos para destruir todas sus propiedades y levantar a familiares, amigos y hasta trabajadores. Decenas de personas apellidadas Garza, Gaytán, Moreno y Villanueva fueron llevadas al rancho que está en el kilómetro nueve de la carretera entre Allende y Villa Unión. También fueron llevados veladores, cocineros, sirvientas, albañiles y cuidadores de gallos que laboraban para sus familias. Estos ranchos de los Garza, de acuerdo con la investigación de la Subprocuraduría, fueron convertidos en un campo de exterminio donde Los Zetas mataron a los retenidos y después los incineraron clandestinamente en tambos de diesel.

Cualquiera que tuviera estos apellidos estaba en riesgo. Incluso la agente del Ministerio Público local, Blanca Garza —que no es familiar de José Luis Garza—, se tuvo que ir por una temporada. Unos cuantos familiares de Garza Gaytán y Moreno Villanueva lograron escapar y viven ahora en Estados Unidos. Año y medio después, uno de ellos, Sergio Garza, decidió volver a Allende. Abrió una tienda de ropa. Dos semanas después fue ejecutado junto con su hijo.

Desde marzo de 2011 hasta este febrero de 2014, el pueblo ha convivido con las ruinas de las casi 40 mansiones. Unos jovencitos vieron en la tragedia una oportunidad de negocios y empezaron a dar “El tour de las casas destruidas”, explicando a los forasteros lo que había sucedido. Los muchachos aparecieron un día con un tiro en la cabeza. La máquina de la muerte no ha dejado de trabajar.

—Pero, ¿por qué pasó esto?, ¿cómo se permitió una cosa así?— pregunto a uno de los pobladores.
—Si esa gente se propone matar a todos los habitantes, no pasa nada. Así de desprotegido estaba el pueblo.

La Subprocuraduría comenzó un censo de la devastación. El conteo oficial de las casas atacadas en el casco de Allende, hasta principios de febrero de 2014 —sin incluir ranchos y casas a la redonda— es de 29 propiedades. En algunos casos, las personas que aparecen como propietarios son supuestos prestanombres de la familia Garza Gaytán o de la familia Moreno Villanueva.

LA MASACRE

Dejamos el casco de Allende para tomar una carretera vecinal rumbo a Villa Unión. A la altura del kilómetro nueve nos desviamos por una brecha. Desde ese momento estábamos en tierras de la familia Garza. Unos kilómetros adelante encontramos la primera construcción, propiedad de Luis Garza Garza: una casa de cinco cuartos color crema y verde semiderruida. Adentro una luz polvorienta encima de piedras, vidrios rotos y hierba creciendo entre papelería regada a nombre de la familia Garza Garza. En el porche una piscina terrosa que lucía extravagante y triste en medio de la solitaria llanura. Antes de ser arrasado, éste era el hogar de siete adultos y tres niños que desaparecieron. Atrás de la construcción de la casa quedan los restos de una bodega en la que hasta los altos techos de lámina fueron robados.

El siguiente rancho del trayecto es el de Jesús Garza Garza. La casa donde vivía el vaquero tiene las paredes principales con unos hoyos como ventanales. Sólo la mitad de un granero contiguo queda levantado. Uno de los GATEs inspecciona el sitio y dice que parece que fue volado con un misil.

—¿Un rocket?— pregunto.
—Sí, aquí nos han lanzado hasta misiles. Pero ni así han podido con nosotros.
—¿Fue un enfrentamiento?
—No. Nos hicieron una emboscada ahí por la entrada de Allende, por donde pasamos hace rato.

Seguimos caminando. El GATE lleva su uniforme de camuflaje desértico, junto a su AR-15 y su chaleco antibalas. De repente se encuclilla para mirar de cerca unas cenizas. “Yo creo que aquí los cocinaban”, dice, señalando una esquina del granero. “Por eso luego incendiaron todo, para que ni siquiera quedaran rastros de la sangre ni nada”.

Sin embargo, el rancho que tiene en la mira la Subprocuraduría es el tercero, el cual era propiedad de Rodolfo Garza Garza. Mientras nos acercamos al lugar, el persistente sonido de los cables de alta tensión de unas torres que parecen estar levantadas en medio de la nada genera una mayor incertidumbre. A unos 30 metros de distancia de la construcción principal aparecen unas montañas de botes vacíos de aceite diesel de 20 litros y decenas de llantas, que son usadas para facilitar la combustión. Este es el material que suelen emplear los criminales para desaparecer a sus víctimas.

En 2013, un soldado zeta contó al corresponsal de guerra, Jon Lee Anderson, la forma en que funcionan estos lugares:

“JLA: ¡Vaya! Esto del diesel no lo llegué a entender del todo. ¿Se le prende fuego, o el diesel es corrosivo y va acabando con el cuerpo?

Z: Sí. Te echan adentro del tambo, agarras un bote y con una yoga de veinte litros te van bañando. Así le van echando dentro del tonel y ya de pedazo en pedazo te van desapareciendo. Dura como una media hora todo para que ya no quede nada de ti.

JLA: Te disuelves…

Z: Todo. Te van echando diesel y ahí se va acabando la flama. Cuando ves que se está apagando la flama, le echas otro botecito y ahí te vas… Cuando yo estuve la primera vez en eso duré como un mes sin comer pollo ni carne porque huele igual, casi lo mismo, que cuando pasas por un restaurante o un lugar donde venden pollo asado. Me di cuenta que el pollo asado huele como una persona normal”.

OCHOCIENTOS KILOS DE COCAÍNA

Aunque Juan Alberto Cedillo, corresponsal de la revista Proceso en la zona, había escuchado el rumor de que una ruptura al interior de Los Zetas era la razón por la que Allende había sido arrasado en la primavera de 2011, no fue sino hasta abril de 2013 que confirmó con detalle lo sucedido. El día 18 de ese mes viajó a Austin, Texas, para presenciar el juicio a varios miembros de Los Zetas. Mario Alfonso Cuéllar, quien había sido uno de los principales operadores de la banda en la zona, declaró en la corte texana que Miguel Ángel Treviño, líder conocido como el Z-40 había ordenado su muerte porque creía que estaba pasando información a la DEA sobre el tráfico de cocaína por Piedras Negras. En realidad, quienes lo estaban haciendo eran Héctor Moreno Villanueva y José Luis Garza Gaytán, dos de sus testaferros, quienes se acogieron al programa de testigos protegidos. Tanto Moreno Villanueva como Garza Gaytán ayudaban a Cuéllar a traficar entre 500 y 800 kilos de cocaína mensuales con destino al mercado de Estados Unidos —el país más cocainómano del mundo— a través de Eagle Pass, Texas. El precio de un kilo en esta zona fluctúa alrededor de los veinte mil dólares, por lo que la ganancia estimada era de 16 millones de dólares, de los cuales diez millones se iban a pagos de proveedores colombianos, gastos de transportación y sobornos de autoridades de diversos países, principalmente mexicanas. La ganancia neta de la organización era de seis millones de dólares al mes sólo en este punto fronterizo.

En marzo de 2011, Cuéllar, Moreno y Garza dejaron a Los Zetas sin ese ingreso y probablemente también durante los meses siguientes. Todo esto justo en uno de los momentos más álgidos de la guerra librada por la banda de la última letra contra el Cártel del Golfo por el control mafioso de las ciudades fronterizas del noreste mexicano. Una guerra que exigía que Los Zetas tuvieran flujo de recursos. El tráfico por Piedras Negras era uno de sus pocos puntos estables, ya que en las demás ciudades de tránsito (Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros) era complicado trabajar debido a los constantes combates con la banda rival y las autoridades que no habían podido sobornar.

Todo esto derivó en el ataque indiscriminado en contra de familiares, amigos y trabajadores de Garza Gaytán y Moreno Villanueva, principalmente en Allende, aunque también en Piedras Negras y otros municipios de la región de Los Cinco Manantiales.

Desde Estados Unidos, Moreno Villanueva se enfrenta —en una cuenta de Facebook— a sus antiguos socios, quienes acabaron con sus propiedades y buena parte de su familia en Coahuila. Suele escribir cosas como esta en su muro: “Larga vida a mis enemigos para que puedan ver mi gloria”. El día que Miguel Ángel Treviño, el Z-40, fue detenido, escribió: “Ya se cayó el arbolito”. En días recientes, difundió en su muro una nota de Juan Alberto Cedillo publicada en la revista Proceso con el título “Coahuila: en busca de desaparecidos: ‘macro-operativo’ falaz” y luego escribió el siguiente comentario: “Fue humberto moreira gobernador priista de coahuila quien lo permitio y nunca mando ayuda a los 5 manantiales dejandolo en las manos del crimen organizado y polizias secuacez de estos”.

DÍA DEL AMOR

Una semana después del operativo especial de la Subprocuraduría, la administración municipal de Allende decidió adelantar el Día del Soldado, que en México se celebra oficialmente el 19 de febrero. La fecha elegida para que arribaran a la plaza principal 300 soldados de la 14 región militar del Ejército Mexicano, fue el 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad. Los militares hicieron un pequeño desfile frente a la presidencia municipal pintada de amarillo, escucharon un discurso de agradecimiento por parte de las autoridades locales y al cabo de una hora regresaron a su cuartel ubicado en Muzquiz.

En 2011, durante la masacre del pueblo, el batallón de la 14 Región Militar llegó demasiado tarde. Cuando finalmente lo hicieron, los ranchos de la familia Garza ya habían sido abandonados por Los Zetas. En ese entonces, los militares ocuparon el gimnasio del pueblo como cuartel provisional.   Después de un año lo abandonaron. Ahora ese antiguo gimnasio-cuartel militar está siendo adaptado como una nave industrial en la que se maquilarán los trajes anaranjados que usan los tipos que recorren la Ribereña y los overoles antiinflamables que necesitarán los obreros que explotarán próximamente el gas Shale en la región.

En una florería del pueblo, mientras arma ramos de rosas y arreglos más sofisticados con otras flores, una mujer víctima del asedio, no parece entusiasmada con el operativo. Su esposo fue uno de los albañiles que construyó la casa de José Luis Garza Gaytán y sólo por eso fue levantado y desaparecido el 18 de marzo de 2011. “Supongo que está muerto. Por esos días se oía que en el rancho de los Garza, que ahí los habían matado. La gente que pasaba por ahí dice que olía feo”, cuenta y empieza llorar.

La florista nunca ha presentado una denuncia formal, como todos los demás familiares de las personas desaparecidas aquí. En realidad, son pocas las personas del noreste de México las que llegan a denunciar formalmente la desaparición de sus familiares. El miedo tanto a las autoridades como a los grupos criminales se los impide. Las que lo hacen, buscan que sea a través de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila y Nuevo León, o Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos, organismos civiles que han intentado remontar esta barbarie.

—Qué bueno que hayan venido [funcionarios de la Subprocuraduría], pero sinceramente me da igual —dice la florista que perdió a su esposo.
—¿Por qué? —pregunto.
—A grandes rasgos, esto no se ha acabado. Ellos por aquí andan.

De acuerdo con otros testimonios recolectados, el hombre que dirigió la masacre de la primavera en este pueblo con manantial se llamaba Gabriel Zaragoza y le decían Comandante Flacaman. En 2012, Comandante Flacaman fue asesinado en San Luis Potosí por sus mismos compañeros, durante otra guerra interna.

De los demás ejecutores no se sabe nada.

Tampoco de los funcionarios que permitieron esta masacre.

Cualquier reportero realmente entregado, no uno de esos periodistas fanfarrones de escritorio, sabe a lo que me referiré a continuación: existe un momento en el que aparece un dato, un testimonio, una pista importante, y en lugar de darla a conocer debes aguardar, quedarte callado por cuestiones tácticas. Una crónica también es un juego estratégico. Cuando persigues una buena historia debes aprender a convivir con un silencio que arde.

A la hora de reportear procuro la discreción extrema sobre lo que hago y en dónde lo hago. El periodismo en el que creo está lejos de la parafernalia y las fuentes oficiales. Ésa ha sido una forma de acercarme a los agujeros negros de nuestra realidad. El bajo perfil a la hora de hacer trabajo de campo y adentrar territorios pantanosos también ha sido mi forma de sobrevivir.

Escribo esto porque hace tiempo conocí a un testigo directo de varias batallas de la guerra que ha vivido el noreste de México. Un operador a ras de suelo: un soldado zeta. A través de él y de otros testimonios del mismo entorno fui conociendo cosas de las cuales, por seguridad, sólo he publicado una parte. Pero esa información propia, ese ligero bagaje de mi conocimiento directo, es el que intento que prevalezca cuando escribo cualquier cosa sobre un tema del cual no me considero experto, sino un narrador más.

En marzo de 2013 estuvo en Monterrey Jon Lee Anderson, un periodista que vive con el fuego dentro. Lo llevé a que conociera parte de nuestra zona de sombras, donde habló con algunas de las fuentes que he cultivado. Vimos personajes de todo tipo. Desde los más encumbrados y oscuros amos de la región hasta este joven marcado por la última letra del abecedario. Con el joven soldado, la conversación se alargó. Un par de cámaras grababan a un zeta que contaba de combates en Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas a un periodista que se sorprendía con lo que oía, pese a que ha estado en la primera línea de las guerras más importantes del mundo actual.

Se han publicado muchas entrevistas con sicarios mexicanos, gente que mata por contrato o bajo las órdenes permanentes de un capo. Hay tantas que hasta podrían declararse ya un género periodístico en sí mismo. Lo que no hay hasta ahora es una entrevista con un miembro de los Zetas. Un soldado de la guerra del narco es un personaje inusual en la narrativa de lo que ha sucedido en estos años. Esta historia trata de un joven al que enseñaron a disparar, lo envolvieron en una mínima disciplina militar y lo pusieron a trabajar cuidando territorios junto a otros soldados como él. No es un sicario. No en el sentido “tradicional”: es un testigo sobreviviente de la guerra que ha vivido una región de México que, a diferencia de Tijuana, Sinaloa o Ciudad Juárez, produce escasos testimonios directos.

Aquí se contará una parte del encuentro que organicé para que Jon Lee Anderson, una especie de cosmpolita de las guerras, conversara con el participante de una de las guerras más desconocidas del mundo.

La cocina y los desaparecidos

Jon Lee Anderson: ¿Cuál es la pena que aplican cuando capturan a sus enemigos?

Zeta: Hemos tenido mucha gente que trabaja con nosotros. Luego los agarran, los meten a la cárcel y ya después salen. Cuando salen, algunos de ellos quieren hacer su vida de otra manera. Había un chavo que había trabajado para nosotros, nomás que cuando salió de la cárcel, el chavo quiso hacer su propio cartelito, con su propia gente, ¿verdad? Tenía tres o cuatro morros y contrató a unos guatemaltecos para que le trajeran mercancía. Pero uno se da cuenta y uno tiene mejor equipo, está más preparado para ese tipo de cosas…

JLA: Entonces, en ese caso, ¿que había que hacer después de que descubrieron que vendían droga en su territorio?

Z: Esa vez nosotros los íbamos a mandar derecho pa’ la cocina. Pero en eso nos habla el comandante primero de la zona. Nos junta a todos y nos dice: “Miren, esto es lo que les va a pasar a los vatos que se quieran pasar de lanza (traicionar)”.

JLA: Mencionaste la cocina. ¿Cómo es eso?

Z: La cocina es un punto que hayas buscado especialmente. Tiene que estar metido pa’l cerro, lejos de carreteras y de la ciudad. Ahí se llevan a las personas detenidas y se llevan unos toneles (tambos). ¿Sí ha visto que los toneles de doscientos litros traen tres rayitas? Una, dos, tres, pues de la segunda raya para bajo se empiezan hacer puros agujeros y luego el tonel se pone cerca de un arroyito o de un pozo. Ya que este ahí, echas a la persona de cabeza y le empiezas a echar diesel. Con ayuda de veinte litros de diesel desapareces de este mundo.

JLA: ¿Cuando los echas en los toneles están vivos?

Z: No, la mayoría ya están muertos. A veces nos los mandan de otros lugares ya muertos, porque no quisieron pagar rescate o porque eran contrarios y los agarraron, o porque estaban en un bar presumiendo que ellos controlaban la plaza, cosas así. Aquí los fines de semana te encuentras muchas personas que dicen que son comandantes y no sé que tantas cosas más. Ya después los agarras y dicen: “No, es que yo conocía a un primo, o al amigo de un amigo que era tiendero”. Entonces tú le hablas al tiendero y él dice: “No, yo no paro bola por nadie (dar la cara)” porque si dice: “Sí, yo respondo por él”, a lo mejor a él también nos lo llevamos a la cocina.

JLA: ¡Vaya! Esto del diesel no lo llegué a entender del todo. ¿Se le prende fuego, o el diesel es corrosivo y va acabando con el cuerpo?

Z: Sí. Te echan adentro del tambo, agarras un bote y con una yoga de veinte litros te van bañando. Así le van echando dentro del tonel y ya de pedazo en pedazo te van desapareciendo. Dura como una media hora todo para que ya no quede nada de ti.

JLA: Te disuelves…

Z: Todo. Te van echando diesel y ahí se va acabando la flama. Cuando ves que se está apagando la flama, le echas otro botecito y ahí te vas… Cuando yo estuve la primera vez en eso duré como un mes sin comer pollo ni carne porque huele igual, casi lo mismo, que cuando pasas por un restaurante o un lugar donde venden pollo asado. Me di cuenta que el pollo asado huele como una persona normal.

JLA: ¿Te cambia la concepción de la vida un poco?

Z: Sí, te quedas como ondeao.

JLA: ¿Cómo?

Z: Ondeao es una palabra que quiere decir que te quedas volteando para todos lados y no sabes qué hacer. Como loco. Cuando yo bajé de allá de la sierra iba pasando así por la calle y me llegaba el olorcito y decía: “Mira, ¿qué pasa?, ¿dónde están cocinando a una persona o dónde se están fumando a uno?”. Seguía caminando, daba la vuelta y ahí estaban vendiendo pollo o vendiendo carne asada.

JLA: ¡Hombre! ¿Y no tienes malos sueños?

Z: De repente sí. Me acuerdo de algunas personas. Como le digo, a veces se van personas inocentes que por uno las llevan. Hubo una vez en que en San Luis agarraron a tres chavos. Uno sí era del cártel del Chapo Guzmán. Era de Michoacán y el chavo llego a San Luis. Esa vez estaban en una disco y traían una bolsita con cocaína diferente a la que nosotros vendemos.

JLA: ¿Y que pasó?

Z: Los rodeamos a todos y llegó el comandante, y sin batallar les dijo: “¿Qué?, ¿ustedes qué?”. Y los chavos inocentes dijeron: “Nosotros no sabemos nada”. Pero luego el comandante dijo: “Pos pa’ que no haya testigos y no quede nada, hay que matarlos”. Luego abrió fuego. Les dio un balazo en la cabeza en plena disco. Afuera estaban unas patrullas de la policía, pero como ya estaban arregladas no hicieron nada.

JLA: ¿Y eso sí te quedó como una mala conciencia?

Z: Son de los chavos que a veces uno dice: “Pues no está bien”, porque cuando andas trabajando, tú dices: “Pos si ando trabajando, me voy a chingar a los que me quieren chingar”. O sea: o eres tú o soy yo ¿verdad? Cuando yo entro en acción quiero que sea por personas que andan mal o que no podían arreglar con nosotros, pero no con cualquiera.

El retiro

Un joven soldado de Los Zetas que a sus veintiséis años de edad ya es un veterano de la organización. Empezó a los dieciocho como mensajero de uno de los treinta y dos militares fundadores de Los Zetas, cuando éste tenía un campamento en unos cerros de Nuevo León. Le encargaban que fuera al pueblo más cercano a caballo a conseguir alimentos y revisar el movimiento en la zona. Después fue designado para cobrar cuotas a nombre de Los zetas a traficantes de migrantes que operaban en la Central de Autobuses de Monterrey. Con el paso del tiempo aprendió el manejo de armas y se enroló en diversos comandos zetas. Participó en batallas de pueblos y ciudades del noreste de México, Coahuila y San Luis Potosí, lo mismo contra el Ejército que contra bandas rivales. Fue enviado a La Diestra, que es como Los Zetas llaman a sus ranchos de entrenamiento especial para sus mejores miembros. Estuvo en la cárcel pero salió gracias a la presión de un alto comandante de Los Zetas. Quisieron mandarlo a la guerra que estalló en Tamaulipas en 2010 en contra del Cártel del Golfo, pero uno de sus compañeros le recomendó que no fuera porque iría directo a la muerte. Después de más de dos horas de conversación, le mostró a Jon Lee Anderson cicatrices por heridas de bala recibidas en el estómago, brazo y pierna durante decenas de batallas que relató con lujo de detalle.

Cuando se realizó la entrevista, el soldado zeta comentó que estaba en una especie de retiro, ya que ahora sólo trabajaba con una célula que, coludida con un grupo de soldados del ejército, se dedicaba a robar gasolina de unos ductos de Pemex. Dijo que todos sus compañeros más expertos, así como los comandantes zetas con los que él había participado en combate, ya estaban muertos o detenidos. Que algunos de los comandantes que quedaban lo invitaban a trabajar con ellos pero él prefería mantenerse al margen y trabajar solamente robando gasolina.

Unos meses antes de la entrevista se había reportado la muerte de Heriberto Lazcano, el líder de Los Zetas, durante un enfrentamiento con la Marina. Sin embargo, horas después el supuesto cuerpo del capo fue robado de la funeraria y el Gobierno de México nunca pudo demostrar plenamente que había fallecido. El soldado zeta dijo que él y otros de sus compañeros no creían que estuviera muerto, pero reconoció que Lazcano ya no era mencionado por los estrechos y crípticos canales de comunicación internos de la organización. El rumor que sí se oía entre los demás miembros de Los Zetas era que con Enrique Peña Nieto en la presidencia iba a haber un pacto con todos los grupos para bajar la violencia a cambio de que se respetara el control que cada banda tenía de sus respectivas plazas.

Sin embargo, también comentó que unos días antes de la entrevista, el Gobierno de Enrique Peña Nieto (la Marina) había estado a punto de detener al otro líder, Miguel Ángel Treviño, el Z-40, en una carrera de caballos celebrada en Sabinas Hidalgo, Nuevo León, muy cerca de Nuevo Laredo, Tamaulipas, la ciudad en donde finalmente fue aprehendido el 14 de julio de 2013.

Con la detención del Z-40, la organización emergente más poderosa del narco en México, aunque es posible que siga manteniendo el control de algunas ciudades y pueblos de Coahuila, Tamaulipas y Nuevo León ‒incluyendo una presencia significativa en Monterrey‒ tendrá que detener el proceso de expansión que había iniciado hace tres años a lo largo de los estados colindantes del golfo de México y que incluía también una presencia en Guatemala y el resto de Centroamérica. Esos planes quedarán suspendidos por ahora.

Es altamente probable que lo que queda de Los Zetas originales se convierta en un clan familiar. El Z-40 tiene once hermanos (uno de ellos detenido en Estados Unidos) y varios de ellos están en la lista sucesoria, encabezada por Omar Treviño, quien dirigiría la organización desde la silla de ruedas en la que convalece. Así como el Cártel de Tijuana pasó a ser la organización de los Arellano Félix o el Cártel de Juárez la de los hermanos Carrillo Fuentes, Los Zetas serían los hermanos Treviño Morales. Sin embargo, en el imaginario popular y criminal, el nombre de los zetas se mantendrá como una especie de marca de la violencia extrema o de los intentos paramilitares de cualquier organización dedicada al control de territorio o al tráfico de drogas.

La última letra del abecedario, impronunciable por varios años en el noreste de México que hace frontera con Texas, también será una marca para muchos jóvenes. Jóvenes que forman parte de una generación que vio de cerca los horrores de la guerra: la generación zeta. Uno de estos jóvenes es el soldado zeta.

Los Zetas

JLA: Háblame de Los Zetas ¿Qué es esta organización? Se dicen muchas cosas en el mundo, pero se cubre poco eso. Tú sabes: es muy peligroso para los periodistas. Tú, que conoces ese mundo por dentro, dime, ¿cómo es la cosa?

Z: Cuando yo comencé a conocer lo que eran los demás zetas, había mucho control. Nomás se dedicaban con personas que anduvieran mal. Esas personas podían ser las que anduvieran secuestrando, las que anduvieran robando o las que tuvieran grupos chiquitos de repartición de droga. Los Zetas traían su funcionamiento según su mercado de droga. No nos gustaba que otras personas se vinieran a instalar donde ya se había controlado esa plaza (nombre que se le da al territorio bajo control de un grupo del narco).

JLA: Digamos, ¿gente de otras organizaciones o pequeños clubs?

Z: O pequeños traficantes que empezaban vivir la vida fácil. No podían trabajar solos. Hay quienes dicen ya se están acabando Los Zetas pero no: nos matan a cinco y salen del penal, o se meten otros cinco y se reponen.

JLA: Pero entonces, lo que Los Zetas controlan es territorio y dentro del territorio, todo lo que es el negocio ilícito: droga, prostitución, juego y cosas así, ¿o también intentan tener un control sobre el comercio normal?

Z: Sí. También se manejan otros tipos de negocio ilícitos del comercio normal. Por ejemplo, hay unas personas que se llaman machaqueros. Ellos se dedican a comprar cualquier mercancía normal de los traileros. Se arreglan con un trailero y le dicen: “¿Cuánto quieres por tu carga?” Los traileros están asegurados y reportan a sus empresas que los robaron.

JLA: Entiendo, pero en los últimos años las cosas se han puesto superviolentas. ¿Es, cómo se dice afuera, la guerra del gobierno? ¿O es porque los diferentes grupos, incluyendo Los Zetas, están en pugna por las plazas?

Z: La guerra comienza por las plazas. La plaza más peleada en todo México es la plaza de aquí de Monterrey, Nuevo León. Aquí se maneja mucho efectivo, mucho dinero.

JLA: Una pregunta más bien personal, no tan abstracta: ¿Por qué te incorporaste tú?, ¿cómo fue? Y, ¿por qué tu decisión de entrar y llevar esta vida?

Z: Yo inicié cuando vivía allá en un pueblo de por estos rumbos (noreste de México). Una vez me enteré que habían secuestrado a unas personas de un negocio que tenía mi abuelo, y entonces yo, cuando llego digo: “Pos han de ser unos pandilleros”, o no sé, me imaginé también que era la Federal o la AFI. Ya con el tiempo los vas conociendo. Te das cuenta de que es un grupo especial para reventar, para accionar en diferentes áreas. Eran Los Zetas. Ahí los conocí. Después uno me juntó y me dijo: “Mira, es que nosotros nos dedicamos a robarnos a las personas que tengan negocios mal, a las que vendan cristal, pericos (cocaína), drogas, todo tipo de droga”. Ahí fue cuando yo empecé a juntarme con un chavo que los conocía mucho a ellos. Ganaban ocho mil pesos (setecientos dólares) por quincena y aparte les daban dinero extra. Entonces entré. Sí había muchos lujos, no te falta nada, lo que tú quieras: mujeres, droga, dinero, carros, pero con el paso del tiempo fueron empeorando las cosas y ya ahorita no se puede hacer casi nada de lo que se hacía antes.

JLA: ¿Ya no se puede estar dedicado al gozo, debido al problema?, ¿a eso te refieres?

Z: Yo recuerdo que cuando uno antes decía soy zeta, o soy comandante, todos te admiraban. Antes todos querían ser, ahorita nadie quiere ser.

JLA: ¿Por qué, por el peligro de que alguien va en contra tuya o por la misma situación: la guerra?

Z: Ahorita ya hay muchas familias a las que Los Zetas les han hecho daño. Ahorita si alguien sabe que tú eres zeta, la familia te va a ver y te va a denunciar con las autoridades: con la Marina o el Ejército, y ahora van por ti en donde estés. Si te llegan a ver en un bar y te han visto y le ha pasado algo a su familia te denuncian. Antes no.

El pacto

JLA: ¿Hay algún cambio debido a la llegada del nuevo gobierno o las cosas siguen igual?

Z: De repente nos pasan información las personas que están arriba, que son allegados al patrón. Nos platican que según habían dicho que ahora que llegara Peña Nieto se había hablado con el patrón del Cártel del Golfo, nuestro patrón de Los Zetas y el patrón del Cártel de los Beltrán, y habían hablado que así como están en cada ciudad se iban a quedar, que no se iban a meter a otro municipio. Por ejemplo, Monterrey y San Pedro son diferentes: San Pedro lo controla Beltrán Leyva y Monterrey lo controlan Los Zetas, entonces habían quedado que los Beltrán no se metían con Los Zetas ni Los Zetas con los Beltrán, por ejemplo. Lo que se dice es que la gente de Peña Nieto puso esa orden, dijo: “Los voy a dejar trabajar, nomás que ya no hagan secuestros ni…”

JLA: ¿Es la nueva orden: que no haya secuestros y baje la violencia?

Z: Según se ordenó que ya no hubiera tanta violencia y ya no hubieran tantos muertos, pero los cárteles son muy poderosos, tanto aquellos como el nuestro. Y cada organización tiene gente muy buena, entonces, a veces sigue la pelea en las plazas. Y, por si faltaba, hay gente que arma sus propios negocios pequeños en una ciudad, entonces un cártel piensa que son miembros del otro cártel y comienzan los problemas.

JLA: O sea, ¿aunque haya un pacto o parezca que haya un pacto, por la competencia misma entre los grupos y los carteles, siguen los problemas?

Z: Sí. A veces también existen los problemas entre los mismos. Por ejemplo, hay diez comandantes aquí en Monterrey y a veces uno no le cae bien al otro y empieza hacer problemas. Dice que el otro tiene amigos del Cártel del Golfo, que trabaja para el grupo rival y luego todo acaba mal.

JLA: Se dicen muchas cosas del comportamiento de la fuerzas de seguridad oficiales, incluyendo la Marina. En algunas partes del país dicen que prácticamente crean comandos sucios ¿Es cierto esto?, ¿y también que tienen escuadrones de muertes que matan gentes sin llevarlos arrestados? ¿Qué saben ustedes?

Z: Mire, le voy a platicar una cosa: no sé si supo que aparecieron unos cinco colgados acá en Saltillo. Ellos eran amigos míos. A ellos los agarraron las fuerzas especiales del Gobierno, un grupo especial que se llama GATES. Son como cuarenta o cincuenta policías. De acuerdo con la investigación que hizo La Letra (Los Zetas), estos policías vienen de Matamoros, allá donde está el Cártel del Golfo. Según la información que nos dio el chavo que trabaja con ellos, es que además de su sueldo en el Gobierno, el Cártel del Golfo les paga un dinero por matar a zetas.

JLA: Pero piensas que la guerra va a seguir, por ejemplo, o… digamos, ¿cómo te imaginas viviendo de aquí a cinco años? ¿Qué crees que está en tu futuro?

Z: De aquí a cinco años yo digo que van a seguir todas las cosas. Yo no pienso que haya un control por parte del Gobierno. Si el Gobierno no se pone de acuerdo con los cárteles va a seguir así todo. Balaceras sigue habiendo a cada rato, aunque no se digan tanto ahora. Y siempre que hay balaceras, a veces nos tumban a cinco de nosotros, pero siempre también tumbamos a soldados y eso nunca lo pasan en la televisión. Nosotros, no sé, matamos a diez o quince, y ellos nos tumban a tres o cuatro. Luego el Ejército dice… bueno, en las noticias siempre van a decir que el Ejercito siempre nos gana y nosotros nunca les ganamos ni tantito.

JLA: ¿Cómo podría haber un México sin cárteles?

Z: Yo opino que se legalizaría la droga, porque sin droga nadie puede hacer nada. Así, ya si ellos les dan permiso de vender droga, yo pienso que es lo mejor. Que ya dieran permiso de vender droga y todas las personas que estén trabajando mal, que se pongan de acuerdo sobre a quién le van a pagar en cada estado o a su comandante.

La muerte

JLA: Cuando se está en esto, uno vive con la muerte. ¿Te acostumbraste a eso? ¿Uno se adapta a eso?

Z: Cuando uno empieza, se le hace fácil y ya cuando va viendo las cosas, el camino que tomaste, o la decisión, a veces te quieres regresar, pero hay momentos en que uno ya no se puede regresar. Uno con el tiempo se va acostumbrando a ver eso. Una vez llegó una chava que me acuerdo que tenía una cara simpática, muy bonita. La pusieron a que matara a un chavo y me acuerdo que le cambió la mirada. Se le hizo como profunda. Como más chiquita. Yo me la topé después de cuatro meses. A ella la mandaron a la cocina. Mi primer balacera fue en Matehuala. Fuimos por un señor que vendía parque, vendía muchos tiros (en México es ilegal vender municiones y armas). Cuando llegamos, preguntamos por él y él salió con una pistola en la mano. Lo empezamos a rafaguear. Me acuerdo que salió también una viejita. Una señora con un vestido largo. Traía una escopeta y la viejita también nos tiraba balazos. Luego salieron sus sobrinos, que vivían en una casa de dos pisos. Estaban en el techo y de ahí nos tiraban. Esa vez nos hirieron a uno y a otro le dieron un rozón en el brazo. Al viejito le dimos como veintitrés balazos y ya nos fuimos.

JLA: ¿A la familia los dejaron?

Z: Sí, a la viejita sí. Nosotros también tenemos reglas. Somos como una empresa. Una de las principales reglas es no meterse con la esposa de tu compañero, otra es no apuntar con tu arma a tu compañero ni hacer maldad entre los mismos. Tampoco podemos matar niños ni secuestrar niños.

JLA: ¿Y mujeres? ¿Hay reglas contra las mujeres?

Z: Para mí las mujeres son las primeras que te ponen el dedo por dinero. Hubo un tiempo que cuando estaba aquí un comandante, en una junta agarró a una mujer de los pelos y dijo: “Estas son las que nos ponen el dedo, las que nos venden y son de las que menos debemos de confiar”. Pero no la mató.

JLA: Vaya, entonces en general “la empresa” tiene rencor a las mujeres, al menos en lo que es en la parte operativa se trata de algo masculino, con algunas excepciones como las mujeres en la cocina, ¿es así?

Z: Sí, a veces las usamos también de inteligencia. Había un señor que según había encontrado centenarios y que tenía mucho dinero y que había estafado a unas personas de un rancho, entonces usamos a una mujer para que citara al señor. O sea, primero lo vio y el señor le pidió el teléfono y luego hicimos que la muchacha lo citara en una plaza. Cuando el señor iba llegando a ver a la mujer nos llevamos a los dos. También hemos traído niños de catorce años o de trece años para que nos ayuden con la inteligencia. Cuando vamos a una casa o vamos a checar a alguien que ande mal, mandamos a los niños a casa a que pidan dinero o pregunten algo. Después ya regresa el niño con nosotros y nos dice si está la persona o no. Después entramos nosotros en acción.

La crueldad

JLA: Ya hablaste de las reglas de la empresa y es interesante. Cada organización tiene que tener algunas pautas para que los mismos soldados sepan qué pueden hacer y qué no pueden hacer. Desde afuera se lee de mucha crueldad. Hay violencia de todas las organizaciones: de los que cortan los brazos y los dedos, las que dejan los torsos en los caminos, los colgados y estas cosas. ¿A qué se debe tanta crueldad? ¿Hay una política o responde a alguna lógica que me puedas explicar?

Z: Yo digo que ya es como una cadenita: El Cártel del Golfo agarró a tres de los nuestros y les mochó la cabeza, entonces agarramos a tres de los otros y les hacemos lo mismo o se les hace lo peor: los encostalo y los dejo en una caja… Ya es como una cadenita que se agarró: tú me haces daño y yo te voy hacer más daño todavía. Y siempre hay gente que quiere entrar. A veces nos mandan pedir que juntemos gente para fortalecer, para hacer más grande nuestro equipo. Entra una persona y una sola persona trae como a cuatro o a cinco amigos, ¿Sí me entiende? Traemos a un chavo que primero es halcón (vigía) y luego él ya va a subir de comandante y los amigos del halcón ahora van a ser sus halcones. Para subir a comandante se necesita una Diestra. La Diestra te mandan un mes a hacerla en el monte. Vas a prepararte casi como un soldado. No voy a decir como un soldado porque un soldado de verdad sí es sufrimiento en la vida.

JLA: ¿Cómo así?

Z: Ahí con nosotros también trabajan soldados y ellos nos platican que a veces han andado en los cerros batallando.

JLA: Ah, cuando hablas de soldados, te refieres a los soldados del Ejército, claro.

Z: Sí, a los soldados del Ejército.

JLA: Yo me refería a soldado en términos generales. ¿Ustedes como se dicen a sí mismos?, ¿combatientes o qué?

Z: También nos dicen soldados a muchos de nosotros. Nosotros tenemos a un comandante y todos le decimos papá, porque es el que nos da dinero y el que nos da de comer, el que nos viste. Y el que está arriba de ti siempre va a ser tu papá. Tú también vas a ser papá de los que estén debajo de ti.

Religión

JLA: ¿Ustedes tienen santos? ¿Hay santos católicos en los cuáles creen? Algo así como Malverde allá en Sinaloa. ¿Tienen ustedes alguna figura que veneran porque les protege en el trabajo?

Z: Es que hay muchos. Cada quien es según el santo que escoja. Yo soy del Santo San Judas Tadeo. Él es el que me cuida, aunque primero está mi Dios. Yo le prendo su veladora cuando salgo de la casa. Hace poco hicieron unas capillas por aquí cerca. Una era para San Judas y la otra para la Santísima Muerte. Las mandó hacer un comandante de Los Zetas de los primeros que llegó aquí, pero luego llegaron los soldados y tumbaron esas capillas porque ahí les ponían churros de mota a la santísima. Le dejaban mota ahí a un lado. Una vez me detuvieron a mí y yo llevaba un celular con una imagen de San Judas Tadeo. En esa imagen, San Judas Tadeo en lugar de traer un palo, trae un cuerno de chivo. Cuando a mí me atoraron, los soldados lo primero que vieron fue la imagen y dijeron: “Éste es malandro”, y yo les dije: “¿Por qué?” Y dijeron: “Porque traes un San Judas con un cuerno”. Y esa era la única foto que traía y la vieron los chavos y buscaron más y me dijeron: “Pon más fotos”, y les dije: “No, no traigo”. Recuerdo que hasta les dije: “¿De quién nos vamos a cuidar?, ¿del Ejército o de los malandros?” Yo le decía al jefe de ellos, de los soldados, y él me dijo: “Ustedes son los que roban, de mil tienen que pagar una”.

JLA: ¿Y esa vez te liberaste?

Z: Los soldados nos dejaron en un cerro. Nos quitaron todo el dinero, los celulares, cadenas y todo. Nos fuimos descalzos.

JLA: ¿Y piensas que fue San Judas Tadeo quien te ayudo ahí?

Z: Yo le pedía esa vez a San Judas Tadeo y a mi Dios Padre. Había un comandante que era hermano evangélico.

JLA: ¿Cura?

Z: Sí, pastor, pero a él le habían matado un hijo y a su familia y él decidió venirse acá. El bato traía la Biblia y nos dijo una vez: “Cuando ustedes ya estén a punto de morirse, ustedes digan: ‘La sangre de Dios tiene poder’”. En ese momento, uno agarra el consejo como burla, porque andamos en la pura delincuencia, pero ahora cuando va a pasar algo, siempre digo: “La sangre de Dios tiene poder”.

JLA: ¿Y lo crees?

Z: Sí. Cuando venía para acá, venía con tres chavos y nos topamos con un retén del Ejército. No traíamos nada, pero uno como quiera se queda con la espinita: cuatro muchachos en una camioneta, sabes que va a ver problemas. Yo me agarré a rezar: “La sangre de Dios tiene poder” y otro chavo decía otra oración. Y luego, pues no nos pararon los soldados y dije: “gracias a Dios”.

JLA: ¿Crees en Dios?

Z: Sí.

JLA: ¿Y piensas que eres pecador por haber estado en la empresa en la malandrería?

Z: Cuando me pongo a pensar eso, si yo debo algo o hice algo malo, yo digo que sé que he hecho cosas malas, pero también he hecho cosas buenas. Así como le he hecho mal a la gente, también a mí me gustaba mucho apoyar a la gente y darles. Un tiempo un comandante que nos decía: “Mira, en aquel ranchito ahora que se llegue Navidad vamos a comprar muchas más despensas”. Y la misma compañía se ponía a darles despensas, juguetes a los niños, cobijas. Cuando se estaban repartiendo, se decía que eran de parte del Cártel de Los Zetas. Y así uno también agarraba la confianza de un ranchito chiquito, ¿verdad?. Por eso a mí, cuando yo trabajaba en una ciudad, me gustaba agarrar carretera una hora para irme a descansar a uno de esos ranchitos.

JLA: Un ranchito donde pudieras estar seguro.

Z: Sí, donde hubiera una entrada y una salida por diferente lado. Ya nomás ponías un halcón en una entrada y en una salida y él te avisaba.

Estado de terror

Mientras el soldado zeta se colocaba la máscara negra y una gorra para conversar con Jon Lee Anderson delante de mí, de un fotógrafo y dos cámaras de video, otro soldado zeta disimulaba su presencia en el lobby del sitio. Vigilaba nuestro encuentro, entre escritores y periodistas que participaban en un evento cultural celebrado en la ciudad por esas fechas.

¿Cómo termina una conversación así? No termina. Sigo en contacto con el soldado zeta, quien es una de mis referencias durante la búsqueda de algunas de las miles de personas que se ha tragado la guerra del noreste en los últimos años. El último censo oficial reporta veintiséis mil desaparecidos, aunque las estimaciones de diversos organismos civiles rondan los sesenta mil. No conocemos todavía el tamaño de este abismo.

La entrevista con el soldado zeta transcurrió a lo largo de casi tres horas en el salón de juntas de un céntrico hotel de Monterrey. Lo que aparece aquí es sólo un fragmento de algo que algún día saldrá a la luz en forma de un documental.

Unas semanas después de su recorrido por Monterrey, Jon Lee Anderson publicó en la revista The New Yorker una crónica titulada “Estado de Terror”, un despacho sobre la barbarie en Timbuctú.

¿Pero puede haber mayor tedio que una crónica mesurada? La sensatez, tan útil para decidir que el mejor colegio para los niños es el que está más cerca de la casa, es un narcótico literario.
Palmeras de la brisa rápida (Alianza, 1989)

El animal del reportaje

Juan Villoro Ruiz pasó la primavera de 2012 en Barcelona. Viajé para seguirlo la última semana de su estancia en aquella ciudad en la que impartió un curso del máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Me intrigaba conocer, entre otras cosas, por qué un controvertido genio, poco elogioso, de nombre Roberto Bolaño, lo definió como un escritor que con el paso de los años no se había convertido en cobarde ni caníbal.

El último día de la persecución lo acompañé al aeropuerto El Prat para que se subiera a su avión de regreso a la ciudad de México. Antes de que entrara a la sala de abordar, nos sentamos en una cafetería de paninos con pequeñas sillas plateadas, en las que la altura y corpulencia de Villoro resaltaban aún más. Puse la grabadora sobre la mesa y la encendí para registrar el relieve acústico de su voz calculada y estereofónica. “Qué bueno. Ya era hora de que grabaras algo”, me dijo con una sonrisa irónica, al inicio de aquella conversación, la única que guardé en mi vieja Olympus tras varios días a su lado en Barcelona. Esa entrevista en forma, con una duración de apenas cincuenta y cuatro minutos y treinta y siete segundos, debí comenzarla improvisando la pregunta de si él grababa siempre a sus entrevistados. “Casi nunca oigo lo que grabo, porque lo que recuerdo es lo importante. Pero grabo por una cuestión casi jurídica”, respondió.

Villoro suele hablar con un amable tono pedagógico sobre todas las cosas. Sabes que te está dando una cátedra de algo pero no te apabulla con su conocimiento. El escritor Javier Marías ha resaltado los tremendos poderes de persuasión —seducción incluso— de Villoro, así como su mordiente ironía. Es claro que encarna un caso inusual: “El de poseer una inteligencia sin vanidad”, de acuerdo con Julio Villanueva Chang, editor de la revista Etiqueta Negra. Villanueva Chang también dice que Villoro ha hecho suyo el credo de Gay Talese: “Decir la verdad sin ofender”. Otro atributo de la conversación casual de Villoro es que puede producir frases sumamente poderosas: aforismos que siguen la tradición de Georg Christoph Lichtenberg, escritor del siglo XVIII al que Villoro ha traducido del alemán al español. Lichtenberg es una de varias influencias de la cultura alemana que le fue inculcada desde niño por su papá.

Luis Villoro Toranzo, nació en Barcelona en 1922, y en su juventud viajó a París para estudiar primero en La Sorbona y luego en Múnich, donde se matriculó en la Ludwig-Maximilians-Universität, de la desaparecida República Federal de Alemania. A sus noventa años, Villoro Toranzo es uno de los filósofos mexicanos más respetados. Aunque lleva meses en convalecencia, todavía cuenta con energía para sostener correspondencia pública con el subcomandante Marcos, líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), la organización política-militar que considera al papá de Juan Villoro como uno de sus principales referentes. Villoro Toranzo también cuenta aún con un estómago adecuado para comer un tamal mientras mira por la televisión la entrega de los premios Oscar en compañía de su hijo. En ocasiones pregunta acerca de los conceptos que él mismo desarrolló en sus libros, algunos de los cuales olvida a ratos a causa de su padecimiento. Ambos comentan, sobre todo, temas recurrentes del pensamiento de Villoro Toranzo, como su análisis crítico de la ideología.

Si la prosa del Villoro escritor va de forma vertiginosa directo al descubrimiento (y el trayecto al descubrimiento suele ser aún más revelador), la del Villoro filósofo hace el rodeo revelador: “Quien está preso en un estilo de pensar ideológico no tiene por qué aceptar que su creencia se deba a intereses particulares, porque él sólo ve razones. En realidad, si aceptara que su creencia es injustificada y que sólo se sustenta en intereses, no podría menos que ponerla en duda. Por eso la crítica a la ideología no consiste en refutar las razones del ideólogo, sino en mostrar los intereses concretos que encubren”.

En la entrevista del aeropuerto El Prat pedí a Villoro hablar de otras diferencias entre la escritura de él y de su padre. “Como no soy filósofo, sino escritor, soy fácilmente chismoso, porque es obvio que a un escritor lo que le interesa es la vida privada de las personas. Contar historias singulares, meterte donde no debes. Y también como periodista, pues muchas veces conoces a las personas no sólo por sus ideas o sus posturas, sino por sus tentaciones más bajas, y es más difícil respetarlas”.

Antes de que acabara la conversación en el aeropuerto —durante la cual, sin que lo supiéramos, Josep Guardiola provocaba un cisma en Cataluña al anunciar su renuncia como entrenador del Futbol Club Barcelona—, comenté a Villoro que en México buscaría a su mamá, Estela Ruiz Milán, para entrevistarla.

“¿Seguro? Si lo haces, ella va a querer escribir esta crónica”.

***

La primera crónica en forma que publicó Villoro apareció a finales de los años setenta en la revista semanal del Palacio de Bellas Artes. El personaje central de su historia fue el autor de “El dinosaurio” (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), el célebre cuento breve, tan relacionado con el México actual y sus inesperados vaivenes y la reaparición de la nomenclatura y burocracia del PRI que inspiraba en aquellos años más microrrelatos, como el del interminable título “Tú dile a Sarabia que digo yo que la nombre y que la comisione aquí o en donde quiera, que después le explico”, el cual inicia así: “Era un poco tarde ya cuando el funcionario decidió seguir de nuevo el vuelo de la mosca”. Augusto Monterroso había sido maestro de Villoro en un taller literario de la UNAM, en el que también participaban el poeta infrarrealista Mario Santiago Papasquiaro y el periodista independiente Jaime Avilés, entre otros. A petición de Sergio Pitol, quien trabajaba en la revista de Bellas Artes, Villoro hizo su primer texto de no ficción. El entonces joven escritor no tenía duda alguna de su vocación como narrador de ficción, pero la experiencia periodística le gustó. Visualizó la oportunidad de no restringir sus curiosidades, la posibilidad de viajar más y la de contar con un pretexto legítimo para entrevistar a personas. También descubrió que del periodismo emergían experiencias secundarias que luego podían ser usadas en los cuentos que escribía en esos años.

Aquello sucedió hace más de tres décadas. Hoy no es raro que Villoro sea definido como uno de los principales periodistas mexicanos. Sus crónicas y conceptos al respecto son populares y respetados. Una de sus crónicas de largo aliento más recientes es 8.8: El miedo en el espejo (Almadía, 2010), en la que narra el terremoto que sacudió a Chile durante febrero de 2010, mes en el que Villoro participaba en un Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil celebrado en Santiago. El texto inicia así: “Mi padre siempre ha dormido en piyama. Lo recuerdo en las noches de mi infancia con una prenda azul clara, de ribetes azul oscuro, y así lo veo cuando lo visito en sus ochenta y siete años en sus ocasionales cuartos de enfermo”.

Y uno de sus conceptos periodísticos más populares gira sobre el ornitorrinco, ese raro animal mamífero, reptil y ave con el que Villoro equipara a la crónica, por el amplio catálogo de influencias que pueden nutrirla. El ornitorrinco que ha inventado Villoro para explicar un género de moda en el mundo literario es capaz de provocar discusiones públicas entre académicos y periodistas, lo mismo en Italia que en una provincia lejana de Argentina. O bien, ser retomado durante debates internos en periódicos del Distrito Federal como El Universal, en el que la recién creada revista Domingo estuvo cerca de ser bautizada como Ornitorrinco.

Esta misma crónica está estructurada a partir de los siete “animales” que Villoro propone en el ensayo aparecido en Safari accidental (Joaquín Mortiz, 2005). Por ello es que, a partir de este momento, el lector se encuentra frente a un ornitorrinco —es probable que no bien nacido— de mi experiencia con el escritor mexicano en Barcelona.

***

—¿Te sientes más afianzado en el periodismo que en la literatura?
—La verdad es que en ningún lado. Eso es lo interesante. Es como cuando te gusta una chava. Si te interesa, te pone muy nervioso, no se te ocurre algo absolutamente genial que decirle. Lo mismo pasa con los géneros literarios: el teatro pone unas tensiones distintas a las que te ponen los cuentos para niños o las crónicas. Además, las crónicas funcionan en el presente, entonces tienen que ser entendidas y leídas hoy, lo mismo la literatura para niños, que también apela a los niños contemporáneos. En ese sentido, me da gusto conectar. Pero en otros géneros sí puedes ser más caprichoso y posponer tus efectos. Decir: “Pues a lo mejor dentro de cuarenta o cincuenta años alguien va a entender esta novela”.
—En el mundo periodístico eres visto como un gurú.
—Yo tanto como gurú no me siento. El secreto de la vida es no tomarse muy en serio y jamás pensar que tú tienes una responsabilidad exagerada en tus espaldas.
—¿Es equivalente el compromiso ético de un periodista y el de un escritor?
—El compromiso ético del periodista es mayor que el del escritor. El escritor puede ser un hijo de puta y ser un genio, no tiene que rendirle cuentas a nadie y puede ser tan caprichoso como quiera, someter a sus personajes a todo tipo de torturas y deslealtades, lo importante es que el efecto sea bueno. Y puede tener una vida privada siniestra. No es que el periodista tenga que ser un ángel, pero lo que sí necesita de manera imprescindible es establecer un pacto de confianza con la gente: si a ti te van a decir cosas, deben poder confiar en ti, y tú necesitas tener una empatía con los entrevistados para entenderlos. Es decir, en el periodismo, las razones de lo que tú vas a escribir están en los otros, y eso es una muy saludable lección ética, porque te saca de ti mismo, te quita tus certezas y te demuestra que los demás tienen razón. Eso es central para mí.

El animal de la novela

Una novela que se limita al proselitismo es tan inútil como una arenga política que se percibe como un caudal de metáforas.
Los once de la tribu (Aguilar, 1995)

A la medianoche, en la calle Roger de Llúria, sobre la que se encuentra el departamento de Juan Villoro en Barcelona, todavía se percibe algo del ambiente del Día de Sant Jordi que se celebró el lunes 23 de abril de 2012. Jóvenes caminan discutiendo en catalán, mientras que en el suelo frente al viejo portón del edificio está tirado un racimo de tallos con las flores decapitadas. En el centro de la fiesta patronal están las rosas y los libros que los catalanes regalan a lo largo del día. La fecha coincide, además, con el aniversario de la muerte de Shakespeare y Cervantes. Villoro acaba de llegar a su departamento tras una larga jornada en el Día del Libro y de la Rosa, la cual terminó en un restaurante diseñado por Jean Nouvel, el mismo arquitecto francés que creó la sofisticada torre Agbar, a la que la arquitectura mental de los catalanes de a pie renombró como “El Supositorio”, por su anatomía cónica y redondeada de proporciones monumentales. Ahí cenó tapas con amigos y compañeros de El Periódico, uno de los dos diarios más importantes de esta comunidad autónoma española.

Durante el día, Villoro acudió a diferentes puntos de Barcelona a firmar libros para sus lectores. Entre las resonancias carnavalescas de una de las sesiones se topó al escritor Enrique Vila-Matas, amigo de antaño con quien en esta primavera parece que se dio un distanciamiento. Mientras ambos firmaban sus nuevos libros (Villoro, Arrecife, y Vila-Matas, Aire de Dylan), en algún momento, el autor catalán se acercó y le dijo que lamentaba que estuvieran molestos. Villoro le respondió que no sabía que lo estaban. El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, que estaba presente, intervino de prisa diciendo que seguro estaban molestos porque el Barcelona había perdido el partido de ida con el Chelsea en la Champions League. Todos rieron. Al final de la sesión de firmas, Vila-Matas se acercó de nuevo a Villoro. Le dijo que no tomara a mal que no hubiera respondido un mensaje suyo para que leyera y le hiciera comentarios a Arrecife antes de imprimirlo. Villoro le contestó que no había ningún problema. Vila-Matas y Villoro, junto con el chileno Roberto Bolaño y el editor de todos ellos, Jorge Herralde, formaron un grupo compacto que se reunía de forma regular en ciertos bares de Barcelona. El grupo menguó porque Bolaño murió y Vila-Matas enfermó, y luego dejó la editorial Anagrama y firmó un contrato con Seix Barral, recién adquirida por Planeta. Villoro y Vila-Matas quedaron como dos personas que fueron amigos íntimos y ahora se llevan cordialmente y se respetan, aunque no se frecuentan.

Mientras Villoro recuerda aquella época que tuvo su auge en los alrededores de 2000, entra Martín Caparrós, quien pasa estos días en el departamento de Villoro. El escritor y cronista argentino viene de una fiesta en el Belvedere, precisamente uno de los bares de escritores en los que antes se reunían Bolaño, Herralde, Vila-Matas y Villoro. Caparrós platica que se encontró ahí al cantante Andrés Calamaro, quien ese día también estuvo dedicando ejemplares de un libro que publicó sobre su vida o algo así. Villoro le comenta que a él le tocó firmar al lado de un hombre llamado —no es broma— Mario Vaquerizo, esposo de la cantante Alaska.

Como los canapés del festejo del Belvedere eran inalcanzables, Caparrós va a la cocina a destapar una cerveza Coronita (el nombre que toma la Corona en España) y a prepararse un sándwich. El cronista argentino recién terminó un libro sobre degustaciones exóticas para la editorial oaxaqueña Almadía, el cual lleva como título Entre dientes, pero su trabajo más ambicioso va en sentido contrario al de la gastronomía extravagante: se trata de un gran reportaje sobre el hambre en el mundo. Es por ello que ahora está en Barcelona, donde planeaba pasar la mayor parte de 2012. Caparrós ha elegido esta ciudad como centro de operaciones para moverse desde aquí hasta la India y a algunos países africanos a hacer su investigación. Aprovecha los días en Barcelona para hacer crónicas de futbol que manda a El Periódico, en que Villoro lo ha recomendado.

Villoro y Caparrós comparten muchas más cosas que las páginas de El Periódico y este departamento de la calle Roger de Llúria en esta primavera: ambos hacen novelas y crónicas, ambos escriben de futbol, ambos han traducido a autores del siglo XVIII y hasta el nombre de sus esposas es el mismo: Margarita. Se han convertido en auténticos amigos.

En algún momento, desde la cocina, Caparrós pregunta sobre Bledos a Villoro. Éste le contesta que es un pueblo remoto que está en la frontera de San Luis Potosí con Zacatecas, México, en el que nacieron algunos de sus ancestros. Caparrós confiesa que durante la mañana espió su biblioteca y lo más raro que halló fue una tesis académica sobre dicho lugar. Cuando Villoro está a punto de explicar sobre Bledos, Caparrós se da cuenta de que se le quemó una de las rebanadas de pan con las que estaba por hacerse su sándwich. Maldice su suerte en argentino.

Una vez que vuelve a la sala, Villoro le cuenta que incorporó Bledos a El testigo, pero que en la novela lo renombró como Cominos. En el pueblito hay una hacienda que producía el mezcal Toranzo hasta que la Revolución mexicana acabó con el latifundio y la hacienda quebró. Hoy vive en ese lugar un primo de Villoro que es arquitecto. Lo cuida con una escopeta y una jauría. Un bull terrier llamado Droopy fue por años el vigilante más férreo que podía haber en la zona, asediada por bandas innombrables como Los Zetas. El día que murió Droopy, el primo de Villoro lo metió a una congeladora mientras iba a buscar a un yesero a la ciudad de Zacatecas para que le hiciera un monumento al guardián caído. El monumento a Droopy actualmente está ahí. Su historia podría parecer un invento literario, sin embargo, no lo es.

La plática con Villoro y Caparrós se dirige después hacia La Portellada, otro pueblo, éste de Teruel, en la franja catalana de Aragón, donde doscientos de los trescientos habitantes se apellidan Villoro. Ahí nació, un siglo atrás, su abuelo, el médico Miguel Villoro Villoro. Algunos de los Villoro de La Portellada se reúnen cada año aquí en Barcelona, en el bar Martín Villoro, al que el escritor va de vez en cuando. Villoro lleva una década interesado por su pasado familiar en esta región. En 2002 visitó La Portellada y publicó un artículo para El País titulado “El pueblo de tu nombre”.

Casi a las dos de la mañana, Caparrós se marcha a dormir al cuarto de huéspedes, mientras que Villoro se alista para hacer lo mismo. El escritor no usa pijama, a diferencia de su padre el filósofo. En cambio, se pone un pants gris deportivo de Newport y unas pantuflas blancas. Antes de meterse a su habitación, coge el teléfono de la cocina para llamarle a su esposa a México. Margarita, a quien Villoro llama “mi angelito”, le cuenta de su pequeña hija Inés y de otros asuntos del día, hasta que llega el momento en que comentan las noticias en México, que giran alrededor de la forma en que hacen campaña los tres principales candidatos de las elecciones presidenciales en puerta. Según una nota de Reforma que le platica Margarita, Enrique Peña Nieto, del PRI, lo hace con seis aviones a su disposición; Josefina Vázquez Mota, del PAN, con uno, mientras que Andrés Manuel López Obrador (el candidato por el que votarán Villoro y Margarita), del PRD, se traslada en vuelos comerciales.

El animal del teatro grecolatino

Defequé un líquido de una fetidez extrema. En cientos de cantinas he visto las blanduzcas y amarillentas cagadas de la dieta mexicana, como si padeciéramos una monomanía vegetariana. Lo mío era un chorro negro, intoxicado.
El disparo de argón (Alfaguara, 1991)

La mañana del martes 24 de abril, Juan Villoro permanece arrinconado en el comedor, frente a una pequeña mesa con una Mac negra que, a causa de tanto uso, ya tiene borrada la mayor parte de las letras del teclado. La amplia mesa principal del comedor está a su lado, sin que Villoro la use para escribir. Suele ocuparla su esposa Margarita para trabajar, mientras que, cerca de ahí, un cómodo escritorio ubicado frente a la ventana con la mejor vista del departamento, tiene crayones para colorear que delimitan la propiedad: fue asaltado y tomado por su hija Inés. Tres semanas atrás estuvieron aquí Margarita e Inés, durante las vacaciones de Semana Santa y la semana de Pascua. Luego se fueron, pero Villoro respeta sus dominios en el departamento de la calle Roger de Llúria y escribe en un rincón.

El escritor contesta sin parar un mensaje electrónico tras otro. Suele sortear peticiones para que haga prólogos a libros narcos o de literatura clásica, comente exposiciones de pintura o participe en programas de televisión. También para que dé entrevistas sobre teatro grecolatino o el PRI, imparta clases especiales en alguna universidad estadounidense, lea manuscritos de amigos, sea jurado, reciba premios, apoye causas perdidas y se implique en una larga lista de cosas que exigen una exagerada servidumbre. Sin embargo, Villoro es un escritor prolífico. Sólo su fallecido amigo Carlos Monsiváis podría competir con él en cuanto a omnipresencia.

En algún momento, Villoro detiene la marcha y se acerca a la cocina para prepararse el desayuno. No le molesta, pero tampoco parece que le entusiasme mucho la idea de que lo consideren sucesor de Monsiváis. Durante varios años, Villoro viajó con él a eventos de diversa índole, en los que Monsiváis era “el cronista” y Villoro “el joven cronista”. Lo mismo acudían a Londres para un encuentro de escritores que a una convención revolucionaria en el sureste de México. En agosto de 1994 fueron a la selva tojolabal para participar en el primer gran encuentro que organizó el EZLN con representantes de la sociedad civil. Monsiváis y Villoro fueron dos de los seiscientos invitados seleccionados por el subcomandante Marcos. Ese año de la insurrección chiapaneca, Villoro había sido invitado a participar como profesor en la Universidad de Yale, donde además de enseñar literatura latinoamericana, tomó un seminario con Harold Bloom y se lesionó el tobillo practicando esquí. En 1994 acudió a Chiapas con la intención de escribir una crónica que luego publicó con el título de Los convidados de agosto (un guiño a Rosario Castellanos). Villoro llegó a la selva con una férula, pero como Monsiváis sufriría la misma lesión el primer día del viaje al territorio zapatista, Villoro le prestó su férula, además de que le compartió las recomendaciones médicas puntuales que él mismo había recibido. La primera noche, cuando Monsiváis logró al fin meterse al sleeping bag, se sintió un genio y juró no volver a apoyar ninguna causa que no fuera urbana.

Una diferencia importante entre Monsiváis y Villoro estriba en que Monsiváis no escribió nunca cuentos ni novela. Aunque de esto último, al parecer, sí tuvo la intención. De acuerdo con Villoro, el escritor japonés Kenzaburo Oe, con quien coincidió en un evento celebrado aquí en Barcelona, le dijo que había conocido tiempo atrás a un escritor mexicano de nombre Carlos Monsiváis, quien le había platicado que estaba haciendo una ambiciosa novela sobre la fiebre del oro en Tijuana. Villoro le preguntó después a Monsiváis si lo que le había dicho el premio Nobel japonés era cierto o se trataba de uno de sus comunes divertimentos. Monsiváis reconoció que sí había intentado hacer esa novela en los setenta, pero no lo había conseguido.

La conversación sobre férulas lleva a que Villoro recuerde que debe conseguir zapatos nuevos antes de regresar a México. Sale a la calle a cumplir ése y otros pendientes. Tras unos cuantos pasos entra a una tienda de discos, donde suena un saxofón a todo volumen. Es la música de un cubano exiliado en Barcelona que se oye mientras Villoro busca la Sinfonía fantástica, de Berlioz, para llevársela a su hija Inés. “Es una buena forma de acercar a los niños a la música clásica”.

Después va a una tabaquería en la que compra un sello postal por cincuenta y un centavos de euro. El despachador refunfuña porque no encuentra en la caja todo el cambio compuesto por monedas diminutas que parecen de mentira.

—Ya casi no hay centavos —le comenta Villoro.
—No había, pero ahora con la crisis que tenemos, van a tener que salir como sea.

Villoro pega el sello en un sobre. Lleva adentro una factura con la que cobrará el prólogo que hizo a la nueva edición de un libro de Juan Carlos Onetti. Deposita el documento en el buzón de la esquina de la tabaquería y continúa su marcha hacia la zapatería Camper. Villoro y el despachador, que le da un par de zapatos número 11 americano, ríen mientras comentan que hay gente que llega y quiere darle cierto caché a su compra y pronuncia “Campér”, con acento en la “e”, como si fuera francés. En realidad, explica el empleado, el nombre de la marca Camper es un homenaje a los “campe-sinos” de Mallorca, la isla oriental de España donde se fabrican.

Tras renovar calzado, Villoro debe ir al barrio de las e-companies, en el que están las nuevas cabinas de la Radio Nacional Española, donde lo entrevistarán sobre Arrecife. El productor, un hombre tan expresivo como una piedra, lo espera en la cabina cuarenta y cuatro del piso cuatro del edificio, para enlazarlo a Madrid con el entrevistador. Villoro se ha puesto ya sus zapatos Camper nuevos y responde preguntas a lo largo de una hora: “Esta novela tiene que ver con la memoria y con la forma en la que nos relacionamos con el pasado”, “Me interesaba una novela en la que el narrador tuviera una memoria imprecisa”, “El miedo es en México nuestro mejor recurso natural”, “Los mayas mataban, no porque les pareciera gratuita la vida y fueran sanguinarios, sino, al contrario, porque tenían miedo de que todo el cosmos desapareciera, de que todo se muriera si ellos no ofrendaban lo más preciado, que era la sangre”. Villoro está sentado de espaldas a los operadores, con aparatosos audífonos bien puestos para escuchar a su entrevistador. Habla de forma animada. Va de un tema rebuscado a otro más simple con naturalidad. En algún momento menciona El Lado Oscuro de la Luna, no en alusión al disco de Pink Floyd, sino al programa radiofónico de rock que condujo en los setenta en México, una década en la que Villoro era estudiante de Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana, cuentista en ciernes y letrista del grupo Los Renol. Al fondo, por la ventana de la cabina ubicada en el moderno edificio, todo el tiempo suben y bajan elevadores cargados de personas elegantes. Villoro sigue hablando: “El 10% del lavado de dinero del mundo acaba en Londres, algo que casi no se sabe”, “Estos hoteles son como sedes interespaciales. Los habita gente que no quiere tener pertenencia alguna”, “Los arrecifes son tentaciones peligrosas. Aguas de peces hermosos, pero también de tiburones”. En comparación con El testigo, Arrecife es la apuesta de Villoro por la claridad: una claridad rodeada de cientos de desafíos morales que giran en torno a un asesinato cometido en un Caribe mexicano transformado en “Disneylandia con herpes o un Vietnam con room service”.

Luego de la entrevista, Villoro regresa a su departamento. En la entrada se topa con su amigo, el dueño de una tienda de comestibles junto al edificio de la calle Roger de Llúria. Sale al tema la bolsa de basura que al parecer ha dejado en la calle un periodista americano que vive en el mismo edificio. “Un periodista americano, pero no es Hemingway”, aclara Villoro. El periodista americano que no es Hemingway representa una pesadilla de veinticuatro horas para la mayoría de los inquilinos del viejo edificio. Se trata de un hombre que se pone violento con el ruido del aire acondicionado de los departamentos vecinos. Por ello, Villoro ha tenido que pagar tres revisiones, de cuarenta euros cada una, para disminuir más y más el ruido del suyo. Sin embargo, el periodista americano que no es Hemingway aún está insatisfecho. Una auténtica lata para todos.

Por la tarde, luego de la comida, la nueva parada quedará muy cerca de la Praça de Sant Jaume, donde están el Ayuntamiento y el Palau de la Generalitat de Cataluña. Villoro irá al Colegio de Arquitectos de Cataluña, en el que un pequeño comando conspira la creación de un círculo de lectores arquitectos catalanes. Uno de los miembros es su primo Joan Villoro, quien le ha pedido que participe en una mesa de discusión que servirá para ir calentando el asunto entre la comunidad local de arquitectos. Durante el trayecto, por la ventana del taxi se ve un grupo de fanáticos del Chelsea recién llegados a la ciudad. Como su equipo juega hoy en la noche contra el Barcelona, los hooligans están haciendo desmadre en las calles del Barrio Gótico. Villoro parece no darles importancia.

A la sesión inaugural del club de arquitectos lectores ha acudido poca gente. De hecho, casi hay el mismo número de exponentes que de público. “Es una sesión que empieza en familia”, justifica con buen ánimo Joan Villoro, cuando arranca el evento. El moderador es Gerardo García-Ventosa, director de la Caja de Arquitectos, quien presenta de forma campechana al Villoro escritor: “Aquí lo conocemos por sus escritos en El Periódico y sobre todo por el Premio Herralde. Yo, en lo personal, no lo conocí por su novela El testigo, sino por sus cuentos de Los culpables”. Comparten la sesión con Villoro el arquitecto y escritor Josep Maria Montaner, la historiadora de arte Raquel Lacuesta y el editor de una revista arquitectónica, Moisés Puentes.

Villoro habla de la importancia del espacio arquitectónico en el mundo de un escritor. Cuenta que viene del Distrito Federal, una ciudad en la que ni siquiera se sabe cuántos habitantes hay. “Preguntas y te dicen que entre dieciséis y veinte millones, un margen de error de cuatro millones, el número de habitantes que tiene una ciudad europea”. Después explica que Vladimir Nabokov ponía a sus alumnos a leer La metamorfosis, de Kafka, y les pedía que hicieran un plano de la casa de Gregorio Samsa. “No puede haber literatura sin espacio”. Más adelante habla de las bibliotecas de arquitectos que ha visitado. Por ejemplo, la de Luis Barragán, donde encontró invaluables libros de jardinería y de fortificaciones militares. Por ello, aboga para que los familiares de los arquitectos muertos de Barcelona donen sus bibliotecas y sus valiosos libros no queden desbalagados.

Finalmente emplaza a los asistentes a defender la vigencia del libro como objeto y refiere un artículo que publicó al respecto en la revista colombiana El Malpensante. Recuerda la tradición catalana con los libros: “Cuando El Quijote llega a Barcelona dice: ‘Aquí sí hacen libros’. Además, creo que de aquí son los mejores editores”. Parece que va a terminar su intervención, pero insiste de nuevo en que se luche por la vigencia del libro como objeto. Hasta parece que se exalta: “La fiesta de Sant Jordi es un buen momento para defender el libro: no me imagino un Sant Jordi en el que se estén regalando descargas electrónicas de libro. ‘Hola. Feliz día. Te regalo una descarga electrónica de libro'”. Aunque hay poco público, Villoro se lleva una estruendosa ovación cuando termina de hablar.

El último destino del día son las oficinas de El Periódico, donde verá el partido de vuelta de la semifinal de la Champions League, entre el Chelsea y el Barcelona. En la redacción del diario se siente la misma atmósfera de expectativa de un pequeño estadio de futbol. Villoro es detenido a cada rato para saludar y recibir abrazos mientras camina entre los escritorios de reporteros y editores, rumbo a la sala de juntas del periódico, como si fuera el alto y barbudo defensa central del equipo que va entrando a la cancha del Camp Nou. Al sentarse en el lugar donde verá el partido con un grupo de editores del diario, coloca sobre la mesa un pequeño elefante que ha comprado por cinco euros a un vendedor africano, durante una cita con un amable periodista boliviano en un bar. “Es el elefante de Botswana que nos dará la suerte”, dice. Tras la divulgación de unas fotos de cacería del rey Juan Carlos I en Botswana, al lado de un paquidermo muerto, los elefantes africanos se han puesto malamente de moda.

Pese al elefante de la suerte, el primero de muchos alaridos de la sala de juntas ocurre al minuto dos con cuarenta y siete segundos, cuando el Chelsea se acerca con peligro a la portería del Barcelona. Unos minutos después, la puerta de la sala de juntas se abre de forma violenta. Aparece un editor desorbitado gritando en contra del propietario ruso del Chelsea: “¡Cómo puedes tener un yate, una casa así y tener un equipo así! ¡Cómo puede pasar eso con Abramóvich!”.

En la pantalla, un imponente negro llamado Didier Drogba tumba al auténtico defensa central del Barcelona, Gerard Piqué, novio de la cantante colombiana Shakira, y Villoro comenta: “Pensamos que lo iba a lesionar la cadera de Shakira, pero fue un caderazo de Drogba el que lo tumbó”. Al minuto treinta y cinco, Barcelona anota uno de los goles que necesita para remontar la situación con el Chelsea, quien le ganó en el partido de ida, como bien lo recordó Juan Gabriel Vásquez a Villoro y Vila-Matas, durante Sant Jordi. Ocho minutos después, el Barcelona anota otro gol y se alcanza a oír que el narrador del partido dice una y otra vez “groovie” o una palabra en catalán que suena muy parecida. Los editores y Villoro se relajan, pero no del todo. Lo impide un brasileño del Chelsea que mete un gol magistral en los minutos extra del primer tiempo. Villoro pone cara de fastidio y se quita el suéter después del tanto.

En el medio tiempo, los espectadores de la sala de juntas comentan sobre Josep Guardiola, el joven entrenador del Barcelona que se ha convertido en el gurú de la ciudad tras conseguir más campeonatos que nadie en la historia del club. También hablan sobre lo catastrófico que sería que Barcelona quedara eliminado de este torneo, aun más en medio de la depresión económica que viven Cataluña y el resto del Estado español. El tema de la crisis se extiende hasta que comentan el rumor de que se avecina un recorte de personal en el diario El País.

El segundo tiempo se convierte en un calvario para los de la sala de juntas a partir de que Lionel Messi falla un penal. Silencio sepulcral. Un par de minutos después, un editor lo rompe diciendo: “Es el octavo que falla”. Otro se para y grita: “¡Mierda! Hay que vender a Messi ya, no sé qué hace en el Barcelona”. Después el silencio regresa a la sala de juntas, pero nunca más la cordura. Ahora sí se oye clarito que el locutor de la televisión asegura: “Esto parece una película de Hitchcock”.

Villoro adopta una nueva postura, de mayor concentración. Incluso se pone los anteojos con los que escribe, y saca y acaricia un misterioso llavero de la suerte, el que sí es, en serio, su amuleto para la buena fortuna. El elefante de Botswana sigue sobre la mesa, pero ya no es gracioso. La sala de juntas parece una capilla velatoria hasta el minuto ochenta, cuando el Barcelona anota un gol, y Villoro se levanta y salta como niño mientras abraza al subdirector de El Periódico y ambos gritan “gol” una y otra vez.

Sin embargo, el árbitro anula el tanto porque el jugador que lo hizo estaba en fuera de lugar. Todo es tan rápido en este momento que no hay tiempo de lamentar demasiado el engaño de la fortuna. En la pantalla, el Barcelona sigue atacando. Sus jugadores disparan contra la portería una y otra vez. En cierto momento, el balón golpea el travesaño de la portería rival… La agonía termina cuando un jugador español del Chelsea, Fernando Torres, anota el gol que manda todo al carajo. El Barcelona quedó eliminado.

Los editores gritan y patean. Las sillas de la sala de juntas salen volando y los descansabrazos golpean el piso, mientras que las patas quedan de lado. “Vamos a cambiar páginas”, dice uno de ellos, con el rostro rojo y enfurecido. Villoro se queda en la revoloteada sala de juntas. Solo. Sumido en un silencio reflexivo.

Cinco minutos después sale de ahí y va a la isla de edición en la que el subdirector y otros periodistas trabajan con la portada del día siguiente. No hay nada más importante en el mundo que la derrota del Barcelona en una semifinal, y por eso toman con tanta seriedad las palabras que deben elegir para el titular de mañana. Hace unos días, su equipo perdió contra el Real Madrid y la cabeza fue: “La noche más amarga”. El subdirector plantea que el editorial del día siguiente sea una crítica a Lionel Messi. Otro editor le pide que tenga calma con el argentino, pero sugiere que se escriba con dureza contra el entrenador Guardiola. Otro editor más aparece y los tranquiliza a los dos. Les dice que esperen un día para reflexionar con frialdad sobre el partido antes de emitir juicios contundentes. El titular sigue sin definirse y se acerca peligrosamente la hora de cierre de la edición.

Mientras tanto, algunos reporteros de otras secciones llegan con Villoro para que les firme ejemplares de Arrecife. Villoro les hace largas y afanosas dedicatorias. Se acerca la medianoche y acaba de perder el Barcelona. Aún tiene energía para concentrarse y poner una palabra tras otra con un ritmo frenético, como si acabara de despertarse y estuviera en la misma mesa de trabajo en la que se arrincona a trabajar por las mañanas cuando está en su departamento de la calle Roger de Llúria.

El animal de la entrevista

Me gustan tus historias, las alucinaciones con lagartijas de colores, los delirios de otra época. Mis amigos tuvieron que ir a la guerra para pasar por eso. Tú te jodiste en paz. Este país no deja de maravillarme. Los mexicanos necesitan chingarse para estar bien, por eso son tan buenos en las Olimpiadas de paralíticos.
Arrecife (Anagrama, 2012)

Esa noche triste de Barcelona, Juan Villoro llegó a su departamento de la calle Roger de Llúria preocupado porque la chapa de la puerta principal estaba movida, como si alguien la hubiera forzado. ¿El periodista americano que no es Hemigway? Villoro siguió avanzando por el pasillo y en la barra del comedor encontró un platón con fresas frescas y una botella vacía de cerveza Coronita. También una imponente rosa roja sumergida en un vaso grande de vidrio con agua. “¿Quién habrá dejado esto?”, se preguntó Villoro. Luego dijo: “¿Caparrós?”. Era parte del ritual de despedida de su huésped, quien al día siguiente debía volar hacia Argentina para participar en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en la que tenía que presentar Ida y vuelta, un libro con la correspondencia sobre futbol que mantuvieron Villoro y Caparrós durante el Mundial de Sudáfrica 2010.

En el comedor, Villoro se lamentó de que la derrota del Barcelona implicara otorgarle más aliento a personajes como el entrenador del Real Madrid, José Mourinho, un tipo conocido por el sistema represivo y dictatorial que emplea para dirigir a sus jugadores, a quienes ordena cometer faltas al equipo rival para sacarlo de quicio. Y si el árbitro expulsa a uno de los suyos, el tramposo entrenador dirá después que se favoreció al Barcelona: que uno de los suyos fue expulsado solamente porque el Barcelona tiene comprados a todos. Képler Laveran Lima Ferreira, mejor conocido como Pepe, es un defensa del Real Madrid que ha llevado al extremo el “estilo Mourinho”. Más que por su nivel de juego, el futbolista portugués es famoso porque le pisó la mano a Messi cuando éste ya estaba tirado en el piso; además, ha dado patadas célebres a otros rivales mientras se encuentran indefensos. Villoro lo define como un sociópata.

Mourinho es tan maquiavélico —dice el escritor— que llegó a generar un nivel de tensión entre los jugadores del Barcelona y el Real Madrid, el cual puso en riesgo la estabilidad de la selección de futbol campeona del mundo, en la que los integrantes de ambos equipos debían convivir. Para tratar de remediar esto, el capitán del Real Madrid, el portero Iker Casillas, le habló por teléfono al capitán del Barcelona, el mediocampista Xavi Hernández, a fin de proponerle una especie de tregua. Mourinho se enteró y estalló en furia. En represalia, dejó en la banca a Casillas durante varios partidos. Otro que padeció el “estilo Mourinho” fue el antiguo director general del Real Madrid, el argentino Jorge Valdano. A su llegada a Madrid, cuando el entrenador portugués era cuestionado por los periodistas acerca de temas polémicos, respondía: “Si quieren la versión amable, busquen al argentino”. Ni siquiera llamaba a Valdano por su nombre. Una vez dijo: “Ese argentino se va cuando yo consiga mi primer título”. Y así fue. Valdano salió del Real Madrid cuando Mourinho ganó el primer campeonato. “Mourinho es como Hitler pero sin genocidio. Tiene el mismo aparato de propaganda y control”, lamenta Villoro.

No resulta extraño que Villoro sea tan apasionado del Barcelona, debido a su pasado familiar y a otras cosas como el heroico actuar del equipo catalán durante los años de la dictadura de Francisco Franco. Lo que sorprende es que su equipo favorito en México sea el Necaxa, un conjunto tan inocuo que Don Ramón, el personaje de El Chavo del Ocho, cuando se veía en apuros, para expresar su neutralidad ante ciertas disputas, decía: “Yo le voy al Necaxa”.

—En cuestión de los equipos y grupos literarios que existen, ¿también le vas al Necaxa?, ¿te consideras alguien neutral?
—Yo creo que los grupos literarios son necesarios, son útiles, porque sin grupos de pronto no hay revistas, no hay espacios de acción cultural, entonces, me parece muy respetable que alguien pertenezca a un grupo. Yo nunca he querido hacerlo, porque también me parece que un grupo tiene el handicap de que estás trabajando para una comunidad demasiado restringida de intereses, y que los críticos de esa comunidad te van a favorecer siempre, y los que no pertenecen a esa comunidad, o son incluso enemigos, van a tener un prejuicio. Yo prefiero que la gente me juzgue, hasta donde eso es posible, a partir de lo que yo hago y nada más. Algo que, claro, tampoco es fácil, porque todos tenemos prejuicios: si un autor es chilango o es de Tijuana, es católico, o es de izquierda o es de derecha, ya tienes un prejuicio respecto a él. Así es en cualquier cosa.
—Eres libra, el signo más diplomático del zodiaco…
—Sí, rehúye el enfrentamiento directo, pero eso no quiere decir que Libra sea un signo blando. Lo que pasa es que busca, digamos, la fuerza tranquila o la fuerza amable: convencer a los demás y tratar de que ellos crean que tus ideas son de ellos. La mayoría de la gente que yo he conocido de ese signo es más suave para el enfrentamiento, pero no menos resistente.
—Claramente eres de izquierda, pero a veces desde ahí te acusan de ser de derecha.
—Sí. Uno de los grandes problemas de la izquierda es que si no asumes la postura mayoritaria, parecería que eres un traidor al interior del grupo. La frase de Siqueiros de “No hay más rutas que la nuestra” muchas veces es lo que impera en cualquier discusión de izquierda.
—¿Qué haces con esas críticas y discusiones?
—Yo considero que la tolerancia es un atrevimiento. Muchas veces pensamos que la tolerancia es algo blando, que significa ser débil y consecuente con ideas en las que no crees, pero yo estimo que es al revés. La tolerancia es un atrevimiento, porque significa escuchar al otro pensando que puede tener razón y respetar una idea discrepante, aunque eso no es fácil. Ahora, el atrevimiento es también decir lo que tú piensas en ese contexto, sin pretender destruir al otro, aniquilar o criticar. Es un movimiento complicado, pero yo creo que hay que hacerlo. Yo he tratado siempre, si estoy en un grupo, de decir: ‘Bueno, estamos juntos en esto y mi compromiso es decir lo que pienso’. Casi siempre lo he hecho.
—¿Así fue tu periodo de militancia en el Partido Mexicano de los Trabajadores?
—En aquel tiempo, los sábados en la mañana teníamos larguísimas asambleas y al final votábamos. Una vez que la asamblea aprobaba algo, tenías que apoyarlo aunque estuvieras en contra. Digamos, hay una razón de partido que siempre es compleja: ya que perdiste la discusión, tienes que apoyar la resolución. Esos momentos no son tan fáciles, pero bueno, tampoco es dramático. Es como si un amigo muy cercano te invita a presentar un libro. Tú anhelas que sea una obra maestra, pero te das cuenta de que es muy inferior a lo que tú esperabas, y en ese caso la generosidad se tiene que imponer un poco a la justicia y, claro, hacer comentarios que no necesariamente sean de un rigor calvinista. Eso también sucede.
—¿Lo de irle al Necaxa no se trata de una decisión táctica que tiene que ver con tu afán de neutralidad?
—No. Yo vivía en una calle donde todos le iban al Necaxa y me quería identificar con esa calle. Mis papás se habían divorciado y yo estaba en el Colegio Alemán, con el que no me identificaba para nada. Estaba como perdido, sin brújula, y como que quería pertenecer a algo. Quería pertenecer a esa calle, y ahí le iban al Necaxa…
—Pero pudiste cambiar de equipo después…
—¡No! Porque eso es como cambiar de infancia, es como decir: “Yo ya no soy ese niño, soy otro, tengo otra infancia”.
—Necaxa ya ni siquiera juega en Primera División…
—No, bueno, pero de todas maneras tú le sigues yendo ciegamente al equipo. Es el último rango de la intransigencia emocional. Puedes cambiar de todo en la vida, hasta de sexo con una operación, con una terapia psicológica para ajustarte, pero de equipo de futbol no, porque es como traicionar tu infancia. Yo sigo fiel al Necaxa. Por otra parte, era un equipo muy simpático, porque era un equipo muy gitano, que le ganó al Santos con todo y Pelé, y luego perdía con el colero de la liga. Le llamaban “el equipo de los últimos diez minutos”, porque daba volteretas insospechadas. Hubo un jugador que se llamaba Fumanchú Reynoso, que desapareció un balón en plena cancha. Por eso le pusieron Fumanchú, como el gran mago. El Necaxa tenía muchos récords inútiles y era muy pintoresco. Fue el último equipo que defendió el amateurismo, porque era del Sindicato [Mexicano] de Electricistas, y consideraban que cobrar era una vulgaridad. Ellos crearon muchos años después el primer sindicato de futbolistas, e incluso interpusieron el primer caso ante el sindicato. El Necaxa siempre ha sido un equipo con un aura muy especial.
—Creo que mi generación creció relacionándolo con Televisa. Como el equipo comparsa del América…
—Exactamente, ya cuando resurge en las últimas épocas, es propiedad de Televisa, y eso es un desastre. Son de las cosas con las que tenemos que vivir. Porque si algo en tu vida no es propiedad de Televisa es porque es propiedad de Carlos Slim.

El animal de la autobiografía

¿Es usted mexicano? Sí, pero no lo vuelvo a ser.
Los culpables (Anagrama, 2008)

La mañana siguiente de la noche triste, El Periódico llega al departamento de la calle Roger de Llúria con una noticia que toda Barcelona ya sabe. Finalmente, el titular elegido por los crispados editores fue: “Fundidos”. Junto a él aparece, muy pequeña, una nota sobre otra de las tristezas diarias que produce la crisis: “Los pacientes pagarán parte de las muletas”. Villoro comenta que esto es lamentable, aunque anota que en la abundancia de la seguridad social española de antes existían abusos. Menciona a un escritor que se practicaba dos colonoplastias al año, lo que significa que le metieran una vaina por el ano cada seis meses, lo cual era una exageración. “Hasta parece que le gustaba”.

Villoro lee diarios todas las mañanas. Cuando se topa con notas o entrevistas acerca de él, pasa de largo. Tampoco es uno de esos escritores con una alerta de Google sobre sí mismo ni sobre sus contemporáneos, aunque es un escritor mediático sobre quien la prensa suele estar atenta. Abundan los elogios hacia su trabajo, y de vez en cuando tiene que enfrentar críticas exigentes, como las que ha hecho Christopher Domínguez a su novela Materia dispuesta, a la que calificó como “deplorable”, u otra que hizo Heriberto Yépez a una crónica de Tijuana aparecida en Safari accidental. “La autocrítica es necesaria… Es como cuando te vas a cortar un pellejito: si te lo corta la enfermera, te duele más que si te lo cortas tú”.

Entre las novedades de las librerías de Barcelona de esta primavera, hay un voluminoso libro con la foto de Villoro de perfil en la portada. Se trata de Materias dispuestas, una antología de críticas sobre su obra, con decenas de comentarios y ensayos hechos por escritores, académicos y periodistas. El volumen, recopilado por Catalina Arango, José Ramón Ruisánchez y Oswaldo Zavala, abarca reseñas desde La noche navegable, el primer libro de Villoro, aparecido en 1980. De la treintena que ha publicado desde entonces, el más vendido es El libro salvaje: un relato para adolescentes cuyas ventas superan las acumuladas por todos sus demás libros juntos. El segundo más vendido es también una historia para adolescentes: El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica. A sus demás libros no les va mal: hace un momento le llegó un mensaje electrónico del Fondo de Cultura Económica en el que le avisaban que saldrá la décima edición de su traducción de los aforismos de Lichtenberg. El correo lo lee en su mesita del rincón, en la que se ha puesto a contener el nuevo caudal de mensajes que han llegado en las últimas horas. Antes de hacer la inmersión total de la mañana, dice: “Se puede escribir muy bien sin hacer best sellers y sin tener premios, pero necesitas un diálogo con un pequeño grupo de lectores”.

***

Al niño Juan Villoro le gustaba oír las historias que le contaba su abuela yucateca, la primera fabuladora que lo sedujo. Su gran crónica Palmeras de la brisa rápida es un homenaje a ella y al mundo de Yucatán que le compartía. El cronista futbolero más famoso de la radio, Ángel Fernández, es otra de las primeras influencias literarias de Villoro, así como las radionovelas de Kalimán y las historietas de La familia Burrón, de Gabriel Vargas, que abordaban la vida íntima de una familia disfuncional y eran al mismo tiempo la crónica informal del idioma y la vida en la ciudad de México.

Pero el descubrimiento esencial fue De perfil, de José Agustín. La novela trata sobre un muchacho de la capitalina colonia Narvarte que está en las vacaciones intermedias entre la secundaria y la preparatoria, durante las cuales sus padres se están divorciando y él se liga a una cantante de rock. Ésa era exactamente la misma situación en la que se hallaba Villoro cuando leyó la novela, salvo la de haber tenido la fortuna de enamorar a una cantante de rock. Leer De perfil fue un acto de identificación con la literatura que vivieron Villoro y cientos de adolescentes mexicanos de aquella época. Hasta ese momento, Villoro no pensaba que un libro pudiera tener algo que ver con él de una manera tan íntima. Descubrió que la vida cotidiana, que le parecía rutinaria, parda y monótona, podía incluir secretos reveladores. Comenzó a ver su vida con una mirada literaria.

Durante ese mismo periodo vacacional, Villoro le dijo a Pablo, su mejor amigo de aquellos años, que quería ser escritor. A Pablo le pareció rarísimo porque nunca lo había visto leer, y eso que lo conocía de toda la vida. De perfil había llegado a manos de Villoro porque otro amigo del barrio, llamado Jorge, lo había leído y se lo había dado, diciéndole que eran las confesiones del chavo que aparecía en la foto de la solapa, en la que podía verse a un rocambolesco joven llamado José Agustín. Villoro quería comenzar a escribir de inmediato. Ahora suele decir que en ese momento se convirtió en uno de los escritores más incultos de la tradición, porque había leído un primer libro por gusto y ya quería escribir otro.

Cuando se sentó a trabajar frente a la hoja en blanco, Villoro descubrió que tenía cierta facilidad para el lenguaje, tal vez heredada de la cultura oral de su familia. Su padre, Luis Villoro Toranzo, hablaba de manera muy profesoral, organizando mucho sus ideas, pero su abuela yucateca era sumamente chismosa y fantasiosa. El primer cuento que escribió Villoro se llamaba “Los hijos de Aída”, y era la historia de un grupo de amigos que se reúnen en el billar Los Hijos de Aída, llamado así porque el dueño es un aficionado a la ópera Aída. En realidad, los asiduos del billar lo visitan porque están formando un grupo revolucionario clandestino. El cuento ganó el concurso literario organizado por la revista Punto de Partida de la UNAM. En ese entonces, Villoro tenía quince años y era “un altísimo adolescente hiperkinético”, según lo recuerda Sergio Pitol.

Después entró a un taller de cuento impartido por Miguel Donoso Pareja, escritor con fama de consentidor con sus alumnos y que había sido guerrillero maoísta, reo, marino mercante y al que además le gustaba el futbol. Donoso se convirtió en un ídolo para Villoro, a quien tomó bajo su tutela. Donoso lo llevaba con él a otros talleres que daba en ciudades como León, Aguascalientes y San Luis Potosí. El “adolescente hiperkinético” se implicó así en una red de escritores de provincia que vivía una bohemia muy interesante y diferente a la de la capital del país. A Villoro le parecía que en el Distrito Federal se llegaba a un evento literario, se leía un cuento y luego cada quien se iba a su casa, pero en provincia, al acabar los actos literarios, surgía una vida mucho más animada. De aquella parvada de escritores, algunos acabaron en la burocracia y otros en el PRI.

Por entonces, el joven Villoro leía a los autores del boom latinoamericano: Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa, y a los estadounidenses Ernest Hemingway y William Faulkner. Tenía muy claro que lo único que quería hacer el resto de su vida era escribir, aunque un amigo de la preparatoria, Javier Cara, que también iba con Villoro al taller de Donoso, lo tentó a que estudiaran Medicina, una carrera que a Villoro también le atraía. Tras pensarlo varias semanas, se acobardó porque la carrera médica le parecía muy pesada. Además, a los dieciocho años, ya se sentía escritor, puesto que había publicado en Punto de Partida y en una antología que hizo Donoso llamada Zepelin compartido. Cara, quien sí estudió Medicina, murió mientras hacía guardia en el Hospital General, durante el terremoto de 1985. Villoro le dedicó su novela Materia dispuesta.

Uno de los libros que Villoro ha leído más veces en su vida y que cada vez le dice cosas distintas es Don Quijote de la Mancha; otro era Rayuela, de Cortázar, una obra que durante su juventud le fascinó, pero a la que hoy en día ve con menos pasión, ya que le parece un tanto esnob. Donoso le dijo que tenía que leer Desnudo en el tejado, del chileno Antonio Skármeta, porque ahí se manejaba muy bien un cruce de caminos entre lo fantástico y la cultura pop. El primer cuento del libro era “El ciclista del San Cristóbal”, que iniciaba con un epígrafe de San Juan de la Cruz y trataba sobre lo que pasaba por la mente de un chavo durante una competencia de ciclismo. La rara mezcla atrajo a Villoro, y los primeros libros de cuentos de Skármeta le fascinaron. Cuando conoció a Roberto Bolaño, en los setenta, el escritor chileno también había sido seducido por su compatriota. El cuento “A las arenas”, de Skármeta, dice Villoro, es el germen de Los detectives salvajes. “En el cuento, un chileno y un mexicano viajan on the road a Nueva York. Son pobrísimos y tienen que vender su sangre para poder pagar las entradas a un concierto de jazz. ¡La vida a cambio del arte! Cuando conocí a Roberto, en 1976, me dijo que esa trama le recordaba a los grandes novelistas rusos, y que algún día haría circular a otro mexicano y otro chileno para repetir la transubstanciación: sangre que sería literatura”. Luego Skármeta se fue por otro camino. A partir de El cartero de Neruda, que primero se llamó Ardiente paciencia, empezó a buscar otro registro en su escritura que no necesariamente fascinó a Bolaño.

Pero Lichtenberg fue el descubrimiento fundamental de Villoro. No solamente como escritor, casi también como modelo de vida: el escritor alemán era un hombre muy disperso, muy irónico, muy chismoso, y que en su escritura podía pasar de la filosofía a la moda femenina. Villoro lo encontró gracias al escritor Alejandro Rossi, a quien vio hasta su muerte como una especie de padre sustituto. En una ocasión en que se quedó sin tema, Rossi decidió traducir unos aforismos de Lichtenberg y publicarlos en su columna de la revista Vuelta. Villoro los leyó maravillado y descubrió después que no había ningún libro de Lichtenberg en español. En ese momento se planteó que alguna vez él mismo lo traduciría.

Rossi había sido el mejor amigo de su padre durante muchos años, pero luego se separaron por razones políticas, ya que Rossi era bastante conservador. Lo hicieron sin pleito de por medio, y mantuvieron el afecto. Y tiempo después Villoro descubrió en Rossi el valor de las emociones, las cuales resaltaban en un mundo en el que todos los amigos de su padre eran filósofos que rara vez mostraban rasgos afectivos. Rossi no ocultaba en lo absoluto su capacidad de ternura. El joven Villoro lo visitaba en su casa con regularidad para que le diera consejos. Conversaban a veces hasta por cinco horas sobre la literatura y la vida.

Cuando Villoro le dijo a su madre que sería escritor, ésta se emocionó mucho. Estela Ruiz Milán había estudiado Letras y era buena lectora de escritores españoles, sobre todo de Azorín, aunque luego se dedicó a la psicología. En el trance publicó el libro Strindberg. Una mirada psicoanalítica. Una vez que supo que su hijo quería ser escritor, nunca pensó pragmáticamente de qué iba a vivir, sino en el aspecto romántico de lo que significaba tener un hijo escritor. En la actualidad, suele ser lectora de los manuscritos de la obra de su hijo.

Aunque su padre tenía confianza en que conseguiría ser un buen escritor, él sí se preocupó por las cuestiones prácticas. Villoro dejó el hogar familiar a los veintidós años, para irse a vivir con su gran amigo, el escritor Francisco Hinojosa, a una casa de Avenida del Convento 136 bis, en Coyoacán. Al filósofo Villoro Toranzo le parecía arriesgado que su hijo no tuviera una carrera universitaria sólida, ya que no estaba pensando en hacer un doctorado. Le preguntaba con regularidad sobre sus empleos, más aún cuando se casó. En la época de su primer matrimonio, Villoro vivía de hacer los guiones del programa El Lado Oscuro de la Luna, que se transmitía por Radio Educación. Fue cuando se dio cuenta de que podía hacer distintos trabajos para mantenerse, lo que hasta la fecha no ha dejado de suceder: Villoro es un escritor que trabaja. Es profesor de Literatura de la UNAM e invitado de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, de la Universidad de Princeton y de la Pompeu Fabra; graba programas de televisión con regularidad y escribe una columna semanal en el diario Reforma y otra quincenal en El Periódico. No pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes ni ha pedido becas especiales, porque considera que éstas deben darse a escritores que no pueden vivir de su trabajo. “Yo, por ejemplo, si juego al póquer con amigos me siento pésimo si gano. Es una cosa personal. Del mismo modo me siento mal si, pudiendo trabajar por mi cuenta, solicito una beca que le haría más bien a un escritor joven, a un escritor de provincia, o alguien que tiene menos salida comercial”. También ha dicho no en varias ocasiones a ofertas de cargos públicos. Dice que la independencia de un escritor se funda en decir “no”: no a vidas fantasmas, trabajos burocráticos, cargas ideológicas que acaban con tu obra. “Creo que es más fácil decirle ‘no’ al presidente que tener una idea creativa”.

No le preocupa el asunto de la posteridad, aunque hay algunas cosas al respecto con las que se divierte. Hace no mucho, las viudas de Salvador Elizondo y de Alejandro Rossi, durante una comida en Coyoacán, le recomendaron a su esposa Margarita que fuera dura con el manejo póstumo de la obra de Villoro. Villoro protestó, les dijo que todavía estaba vivo y delante de ellas. Todos rieron. Además, Villoro le recomendó a su esposa que fuera como la viuda de Onetti, que es una maravilla. Sobre todo en comparación con otras que parecen vengarse de sus maridos escritores con la administración póstuma de su obra.

***

Al fin Villoro deja de contestar mensajes y se alista para ir a un estudio que tiene junto a su recámara y que casi no usa. Sin embargo, hoy escribirá en él su columna de mañana para Reforma. Sobre la mesa principal del comedor queda un ejemplar de Materias dispuestas, el libro que compila la crítica sobre su obra, en el que hay un breve y críptico texto titulado “Recuerdos de Juan Villoro”, que dice:

“La primera vez que vi a Juan Villoro fue en la Universidad Autónoma de México, en la entrega de unos premios. Él había obtenido el segundo premio de cuento y yo el tercero de poesía. Villoro tenía diecinueve o dieciocho años y yo tres más. Mis recuerdos de aquel día son más bien brumosos. Recuerdo a un adolescente muy alto y entusiasta. No sé si ya entonces llevaba barba, puede que no, aunque en mi memoria lo veo con barba, conversando conmigo durante unos minutos, sin estudiarnos, sin pensar en nuestro futuro, un futuro que comenzaba a abrirse para ambos pero no como telón ni como visión instantánea sino como puerta metálica de garaje que se abre con estrépito, sin limpieza ni armonía. Eso era lo que había. Eso era lo que nos había tocado. Pero no lo sabíamos y hablamos de lo que hablaban los escritores menores de veintiún años. Después pasaron más de veinte y no hace mucho lo volví a ver. Creo que está un poco más alto que entonces y tal vez un poco más flaco. Sus cuentos son mucho mejores que los de entonces, de hecho sus cuentos están entre los mejores que se escriben hoy en la lengua española, sólo comparables a los del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa.

“Pero eso que sé, mientras observo a Villoro que mira el Mediterráneo, no es lo importante. ¿Lo importante es que seguimos vivos? Tampoco, aunque no es poco. Lo importante es que tenemos memoria. Lo importante es que aún podemos reírnos y no manchar a nadie con nuestra sangre. Lo importante es que seguimos en pie y no nos hemos vuelto ni cobardes ni caníbales”.

Roberto Bolaño, Barcelona, 2004.

El animal del ensayo

Nabokov sabía que no hay juicio estético más preciso que sentir un escalofrío en el espinazo. El ensayo asume en forma intrépida el reto de razonar escalofríos.
De eso se trata (Anagrama, 2008)

En la biblioteca catalana de Juan Villoro hay unos mil libros. No se trata de su selección principal —que permanece en el estudio de su casa de Coyoacán, Distrito Federal—, sino de libros que lo han acompañando durante ciertos viajes europeos o que ha conseguido aquí y que aquí se han quedado.

Si se escogen al azar cinco pequeños estantes de su biblioteca catalana, se asoman estos títulos:

Estante 1: Trayecto, Ignacio Echevarría; El País de la canela, William Ospina; Cartas de Nueva York, Elliot Hesh; Observaciones a la mina de plomo, Carlos Barral; Monstruos cardinales, Rafael Gumucio; La reina del sur, Arturo Pérez-Reverte…

Estante 2: Partes de guerra, Ignacio Martínez de Pisón; Escribir con el cuerpo, Beatriz Ferreyra; Literatura joven 2003; Nuevas voces en la narrativa mexicana; Cumbres borrascosas, Emily Brontë; La novela de mi vida, Leonardo Padura…

Estante 3: Mamá, Jorge Fernández Díaz; Algunas tardes con Alejandro Rossi, Adolfo Castañón; Escolta, Volòdia!, Ramon Erra; Novelas de Santa María, Juan Carlos Onetti; Visión desde el fondo del mar, Rafael Argullol; Naufragios del mar del sur, Fernando Aínsa; revista Granta: La última frontera…

Estante 4: Vena cava, Jorge Esquinca; Alguien de lava, Fabio Morábito; Los cinco sentidos del periodista, Ryszard Kapuściński; ¿Quién mató a Daniel Pearl?, Bernard-Henri Lévy; Pedro Páramo y El llano en llamas, Juan Rulfo; La vida desaforada de Salvador Dalí, Ian Gibson…

Estante 5: Cuentos completos, José Agustín; El cielo de Sotero, Alejandro Rossi; Un día en la vida de Dios, Martín Caparrós; Pixie en los suburbios, Ruy Xoconostle; El cementerio de sillas, Álvaro Enrigue; Poesía, Juan Manuel Roca…

A simple vista no hay ninguno de los escritores Fabrizio Mejía, Ricardo Cayuela, Héctor Abad, Alberto Barrera Tyszka o de Mihály Dés, los mejores amigos de Villoro.

Sobre la mesa del estudio permanece un par de botellas de tequila vacías, una de Cuerno de Chivo reposado, cuya etiqueta presume que es 100% agave y no tiene nada de alcohol, y otra de El Caballito Cerrero.

Éste es el último día de trabajo de Villoro en la primavera de Barcelona de 2012. Mañana temprano volará de regreso a la ciudad de México. En el artículo para Reforma titulado “El gol que cruzó el mar”, conectará el tsunami de Japón con Borges y un balón de futbol. Después irá a la Universidad Pompeu Fabra a tramitar el pago por sus clases en el máster de Creación Literaria. Comerá con el catalán Miguel Aguilar, editor del sello Debate, de Random House Mondadori, y con el promotor cultural mexicano Diego Celorio, en un restaurante a la vuelta de su departamento de la calle Roger de Llúria. Saliendo de ahí, caminará a la peluquería a cortarse el cabello y luego regresará a su departamento para darle el pato y la merluza que tiene en su refrigerador a una mujer que lo ayuda con la limpieza de su hogar. También se pondrá un saco y una corbata y se irá al Ayuntamiento de Barcelona, donde será el orador principal del acto por el 101 aniversario de la Casa Amèrica Catalunya. La ceremonia será en un viejo salón que fue sede de uno de los primeros parlamentos democráticos del mundo. Uno de los objetivos de su discurso será conseguir que, en medio de la crisis actual, las autoridades locales den un edificio que sea la sede adecuada del organismo encargado de promover las relaciones culturales de Cataluña con América Latina, el cual se encuentra operando, irónicamente, en un departamento y no en una casa. El evento es a las siete de la noche, pero Villoro llega a las 6:20 de la tarde a la Praça de Sant Jaume, donde ha quedado de verse con el director de la Casa Amèrica Catalunya. A esa misma hora esperan a Villoro su primo el arquitecto Joan Villoro y el hijo de éste, así como Antonio López, experto en el árbol genealógico de los Villoro del pueblo de La Portellada.

Se trata de un evento al que acuden las máximas autoridades de Cataluña. Villoro comienza su discurso en catalán. Luego repasa en español las conexiones entre México y Barcelona. El escritor ha preparado un discurso titulado “Una casa para todos”, que lee, algo inusual en sus intervenciones públicas. La soprano Vanesa Regalado canta al final de la ceremonia, acompañada por una pianista de apellido Pujol. Su hermoso canto se confunde con el grito “No más multas, queremos trabajar”, que se cuela hasta el elegante salón. Afuera hay una manifestación de prostitutas contra los nuevos impuestos que el Ayuntamiento ha decidido cobrarles a ellas en especial para sortear la crisis. Debido a esto, los invitados a la sesión especial deben abandonar el viejo salón por una puerta lateral, ya que las prostitutas de Cataluña bloquean el acceso principal. Villoro camina entre callejuelas del Barrio Gótico, y del Ensanche rumbo al bar Belvedere, donde ha quedado de verse con Paula Canal, brazo derecho del editor de Anagrama, Jorge Herralde, para comentar la acogida del Arrecife. Canal está satisfecha por la forma en que la prensa ha recibido la novela. Resalta que Babelia, el suplemento cultural de El País, le dedicó una portada a Villoro, en el marco del lanzamiento. Le comenta también que acaban de recibir una oferta para traducirla al francés. Ríen los dos porque un catálogo literario reseña la novela diciendo que, debido a la trama de Arrecife, Villoro podría ser “el nuevo Stieg Larsson”, el autor sueco de la saga best seller llamada Millenium.

Tras beberse un coctel, Villoro anuncia que va a cenar “con el jefe”. Villoro conoció a Jorge Herralde en los ochenta, cuando lo visitó en su oficina con una carta de recomendación escrita por Sergio Pitol. El primer trabajo que Herralde le encomendó fue la traducción de Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori, publicado por Anagrama en 1988. En eventos literarios, Herralde ha relatado que cuando conoció a Villoro le intrigaba que un joven mexicano fuera tan estudioso y conocedor del idioma alemán, por lo que se lo preguntó. “Me comentó que su padre, Luis Villoro, gran pensador y una de las figuras imprescindibles en el ámbito de la ciencia política, había decidido que Juan estudiara alemán, opción algo exótica”. Villoro lo explica así: “Lo extravagante de la decisión fue que en un entorno donde nadie tenía relaciones con el alemán (y en una época en que ese idioma sólo nos llegaba por los nazis de las películas), mi padre pensó que yo podría abrirme camino en la selva lingüística que fue el hábitat de Heidegger”.

Herralde también ha contado la forma en que reclutó a Villoro para las filas de Anagrama en los alrededores de 2002. “Durante su estancia en Barcelona nos veíamos con frecuencia, aunque sólo en muy contadas ocasiones yo aludía a su work in progress (El testigo): lo bastante para que supiera de mi interés, pero sin querer presionarlo. Sabía que era un autor muy codiciado por otras editoriales y quizá con algunos compromisos. Un día me contó que había firmado con la agente literaria Mercedes Casanovas, una profesional eficaz, transparente, nada pushing y buena amiga. Me pareció una decisión muy acertada. Cuando la novela estuvo terminada, empezamos a negociar y llegamos a un acuerdo no demasiado insensato, creo, para ninguna de las dos partes”.

El animal del teatro moderno

He visto ciegos, cojos, jorobados que venden lotería, como si se hubieran jodido para que tú ganaras. Ninguno de ellos compra billetes.
Los culpables (Anagrama, 2008)

La última noche en Barcelona, Juan Villoro habla en su departamento de la calle Roger de Llúria sobre la nueva etapa de su vida. “Estoy entrando al tercer acto de la obra. La edad que tengo es un umbral en el que las personas ven cómo van a concluir la historia y, desde un punto de vista ufano y vanidoso, piensan en cómo serás recordado”. Explica que está consciente de que la reputación siempre es una simplificación y un malentendido. “La gente interpreta de forma distinta a los escritores. No hay nada más ocioso que buscar moldear esa percepción”. Insiste en que no le distrae el hecho de que algunos lo vean como “el nuevo señor de las letras mexicanas”, sucesor de Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes. “La presión de ser un supuesto representante nacional se ve amenazada por cosas más cabronas como el agotamiento de la fuente. A partir de este momento, uno tiene el riesgo de que se puede retirar. También hay autores de primer nivel que en este lapso se convirtieron en sus peores discípulos, incluso en su parodia. A mí me preocupa eso: es la razón por la que cambio tanto de género”.

La diversidad de disciplinas y formatos que ha practicado Villoro abarca la televisión, el cine y de forma especial el teatro. En 2001 hizo una serie de veinte programas televisivos llamada ¡Silencio! Maestros leyendo, dirigida a profesores de secundaria y preparatoria. Fue producida por la Televisión del Estado de México y consistía en la reseña de libros emblemáticos desde locaciones estrambóticas: para hablar de Los albañiles, de Vicente Leñero, usó un edificio abandonado. Al terminar de grabar, Villoro y su equipo vieron enfrente un restaurante chino, que les pareció perfecto para grabar el programa de El complot mongol, de Rafael Bernal. También realizó Café con Shandy, una entrevista con Enrique Vila Matas, para Teveunam. Su faceta televisiva más conocida es su participación en el Mundial de Futbol de Alemania 2006. Para Sudáfrica 2010 volvió a tener la invitación de Televisa, pero optó por hacer comentarios en Canal 22. “La tele hay que saber controlarla”, dice. Para el mismo canal de televisión pública, ahora que regrese a México, conducirá Piedras que hablan, una serie de trece programas que implicará que visite casi sin descansar, veinticuatro sitios prehispánicos a lo largo del verano.

En el mundo del cine, su incursión más importante fue como guionista de Vivir mata, una película que dirigió el gran documentalista mexicano Nicolás Echevarría y que fue filmada en medio del llamado renacimiento del cine nacional, a finales de los noventa. Sin embargo, Villoro no disfrutó demasiado el proceso. El guión original que escribió fue cambiado veintiocho veces, lo que lo llevó a concluir que “un guionista de cine es como el cocinero de un antropófago”.

Su primera obra de teatro fue Muerte parcial, cuya dramaturgia fue publicada en un libro de Ediciones El Milagro, para la que Vicente Leñero escribe una introducción en la que advierte a Villoro sobre tener cuidado porque el teatro es un mundo muy hostil: “Con un dejo de pudor personal, termino este prólogo endosando una frase que escribió Rodolfo Usigli luego de presenciar mi primera obra dramática: Bienvenido al maravilloso infierno del teatro, Juan Villoro”. Sin embargo, Villoro ha vivido más el cielo que el infierno de ese mundo. El fallecido escritor chihuahuense Víctor Hugo Rascón Banda era tan partidario de Villoro que incluso fue al estreno de Muerte parcial en una ambulancia y acompañado por un médico en todo momento. Rascón Banda le dijo que quería defenderlo de algunas críticas nacidas de la envidia, por el atrevimiento de Villoro de escribir teatro.

—¿Qué va a cambiar en este tercer acto?
—A mí me gustaría pensar en algo más esencializado. Después del terremoto en Chile, que fue una sacudida monumental, te das cuenta de que hay cosas muy significativas, que son las únicas que importan: tu núcleo básico de amigos, tu familia, los afectos más cercanos y tu trabajo más verdadero. Porque todos nosotros hacemos un trabajo que de pronto es como boxeo de sombra. De que dices: ‘Bueno, a ver si me sale esto’.

“A mí me gustaría ahora aprovechar el tiempo mejor. Eso sería un cambio pequeño. Y luego está también el acentuar una vocación que sí me parece que es clara, pues es lo que me gusta hacer, no ha dejado de gustarme en todos estos años, pero, digamos, quisiera aceptarla ahora más caprichosamente. Decir: ‘Bueno, ya no voy a escribir tres textos para tres catálogos de exposiciones. Ahora me voy a concentrar en escribir un cuento que muy posiblemente no me va a salir’. Eso es parte del capricho. El capricho muchas veces te lleva a la esterilidad. Una de las grandes sorpresas al escribir es que de pronto tú estás trabajando con enorme felicidad en un texto y a fin de cuentas queda muy mal. Uno de los misterios de la creación literaria es cuando el grado de felicidad con el que escribes algo no se corresponde con el resultado. Hay veces que te cuesta mucho trabajo un texto y luego queda mejor.

“Para mí la única prueba de calidad, si se le puede calificar así a lo que yo escribo, es cuando casualmente lo releo bastante tiempo después y me parece escrito por otro. O sea, cuando veo que eso tiene una autonomía. Por eso me interesa tanto el tema del autor ausente en Borges. El original siempre es el otro, dice Borges. Y eso también te despoja de vanidad respecto a lo que tú creaste, porque lo que te gusta te parece ajeno y te parece que vive por su cuenta, como si tú fueras un curioso, y ese trabajo que finalmente pasa por el capricho, por el tiempo que le puedes dedicar a un texto, las cancelaciones de las otras variantes de ese texto, todo eso es lo que me gustaría aprovechar más en estos últimos tiempos en que está empezando el tercer acto de la obra y que no sé cuánto va a durar. Eso sí, espero que sea un acto largo, no tan aburrido.

—¿Te enfocarás en el teatro?
—Eso lo voy a tener que ir decidiendo. Yo he estado picoteando géneros, también como un aprendizaje, como una manera de probarme a mí mismo. Afortunadamente ha habido posibilidad de ejercerlos, de publicarlos todos, pero ahora tengo que decidir con más cuidado. Ya sé que puedo ejércelos, sé que puedo publicarlos, ¿pero qué es lo que verdaderamente me interesa? En los últimos años, el teatro me está jalando mucho, y creo que mi tercera edad será dramática o no será.

“Y creo que tampoco podría dejar de escribir literatura infantil. Para mí es el teatro, la literatura infantil y en medio estará algo más que no sé qué es… Tengo planes de varias novelas. El problema que yo tengo con la novela es que siempre me juro a mí mismo que cuando publico una, no van a pasar dos años sin que publique otra, y hasta ahora, entre novela y novela ha habido seis, siete, ocho años. Ahora acabo de publicar una y, claro, empiezas a hacer cálculos en la vida: si quiero escribir cinco novelas más… pues tendría que vivir como Matusalén.

El animal del cuento

Hablé con mi hija y le dije que todo estaba bien. Me preguntó por Pancho Hinojosa, a quien admira mucho. “¿Están escribiendo cuentos?”, quiso saber. A sus diez años la normalidad significa eso: escribir cuentos.
8.8: El miedo en el espejo (Almadía, 2010)

Hace horas Juan Villoro se subió al avión que lo llevaría de regreso a México. Ha quedado atrás su primavera catalana.

En Passeig de Joan de Borbó, conde de Barcelona, en el barrio de La Barceloneta, está el restaurante Martín Villoro, atendido hoy por Enrique Villoro, quien habla con cariño sobre las visitas frecuentes de su primo el escritor mexicano. La Barceloneta es una antigua zona de pescadores intervenida por la especulación inmobiliaria. Los cuartos pequeños en los que vivían los trabajadores del mar se volvieron hipsters. Sin embargo, el restaurante Martín Villoro mantiene su agradable toque antiguo, aunque cercado por ese aire esnob. Una espantosa torre moderna ubicada a medio kilómetro representa el mayor desatino arquitectónico del barrio en plena metamorfosis: el llamado “Hotel Vela”. Debajo de él está un hombre armado con una metralleta. Subir y comer en el restaurante del último piso cuesta, mínimo, doscientos cincuenta euros.

Esta tarde del 28 de abril de 2012 en la que Roberto Bolaño, si aún viviera, cumpliría cincuenta y nueve años, en el Martín Villoro hay una mesa de la terraza en la que, entre un agradable olor a tabaco, un grupo de catalanes relatan sus experiencias recientes en México. Un par de ellas se turna para contar que las pararon en una carretera de Campeche por exceso de velocidad. Los policías les perdonaron la multa después de que ellas se los rogaron. Luego les informaron que el cruce que estaban buscando lo habían pasado hace mucho. Ríen mientras platican su experiencia y les dicen “mayitas” a los policías que les perdonaron la vida. “Policías mayitas mexicanos”.

Uno de los catalanes acota con voz de loro:

—A veces sirve eso de hacerse la rubia tonta.

Todos ríen más.

Una de las dos catalanas con pelo color Fanta continúa:

—Y más si los policías son así [pone su mano a la altura de una silla del restaurante Martín Villoro].

Muchas carcajadas más.

Otro de los catalanes de la mesa, de ojos color verde estiércol, cuenta su aventura con indígenas de Ecuador. Otro más, de voz gargajosa, su viaje a Paraguay. Durante una hora se turnan para narrar historias de sus encuentros con el animalejo latinoamericano, e imitan acentos mexicanos, peruanos, venezolanos, ecuatorianos, colombianos, guaraníes… Simplemente pasan una buena tarde con sus recuerdos en el Martín Villoro.

Cuando comienza a caer la noche, uno de los comensales mira su BlackBerry y les dice a sus amigas que esa noche habrá una fiesta en un “pisazo” de unos ingenieros químicos ingleses. “Me ha enviado un e-mail uno de ellos para pedirme que llevara a dos hot girls españolas”. Ellas se emocionan con la idea y discuten quiénes irán, porque son cuatro, y los ingleses sólo necesitan dos hot girls. Comienza otra conversación en la mesa de la terraza del Martín Villoro. Ahora no hay carcajadas. Hay que resolver un asunto serio.

Mientras tanto, tras su regreso a México, en las redes sociales en las que lo siguen más de cien mil personas, el escritor que con el paso del tiempo no se convirtió en cobarde ni caníbal publica un enigmático tuit sobre la derrota de su equipo de futbol preferido.

Y eso marca el momento de que concluya el ornitorrinco sobre Juan Villoro en Barcelona.

El ornitorrinco acaba aquí.

En el otoño de 2008, en un periodo de 10 días, aparecieron 11 integrantes del Ejército asesinados en Monterrey. Uno de ellos fue el soldado de infantería Anastacio Hernández Sánchez, quien adoptó la compostura de cadáver, y fue hallado así al amanecer, desolado y quieto entre piedras blancas y hierba de una brecha del municipio de Santiago. Estaba por cumplir los 20 años el día en que sus asesinos lo degollaron y apuñalaron trece veces, tras interceptarlo cuando paseaba como cualquier civil por las calles de Monterrey, en su día de descanso.

Al cabo Claudio Hernández Román, según la necropsia, le dieron dos cuchillazos más que al soldado Anastacio, compañero de armas en el Batallón número 22. Otro cadáver, el de un guardia de la empresa Hercolus, fue acomodado junto al de los militares.

Ese mismo día también, pero en Loma Larga, uno de tantos cerros de nombre escueto que forman Monterrey, Óscar Jiménez Ruiz fue tirado con seis puñaladas que le destrozaron el estómago y la vida. El cabo nacido en Chiapas no era un decidido guerrero de la cruzada contra el narco decretada por el presidente Felipe Calderón. Era conocido entre la tropa por sus hermosos trabajos de carpintería. Al igual que el soldado Anastacio y el cabo Claudio, el cabo Óscar no llevaba su arma de cargo cuando fue asesinado.

A otro soldado de infantería lo degollaron y recargaron en la pared de la cantina Los Generales, sosteniendo una cerveza con la mano derecha. Se llamaba Gerardo Santiago y tenía dos hijos, uno de ellos ni siquiera cumplía el mes de nacido. Dos más del Batallón 22, Juan José Pérez Bautista y David Pérez Aquino, fueron aventados en un parque a las faldas del Cerro de la Silla, acuchillados de pies a cabeza. Al sargento Germán Cruz Lara no le pincharon nada pero lo mataron a golpes, y a Eligio Hernández López, militar retirado de las Fuerzas Especiales, lo esposaron y arrastraron amarrado a un automóvil antes de ponerlo en una avenida principal para que la ambulancia de la Cruz Roja lo recogiera y se lo llevara directo a la morgue.

La matanza inició el miércoles 15 de octubre de 2008. Edder Missael Díaz García y Roberto Hernández Santiago tenían una semana de haber acabado su curso de adiestramiento en la Cuarta Región Militar. Estaban contentos, así que dejaron el cuartel y fueron junto con otro soldado de nombre David Hernández, al centro de Monterrey para visitar los centros nocturnos de Villagrán, una calle de voces borrachas alrededor de la cual se formó una zona roja. Entraron al table dance Matehuala, pero salieron pronto tras notar que un hombre, radioteléfono en mano, no dejaba de mirarlos ni un instante. Caminaron un par de calles y volvieron a verlo. Sospecharon que se trataba de un halcón, como se les dice a los espías que usa el narco mexicano para vigilar movimientos enemigos. Los militares encararon al halcón. Al momento fueron rodeados por otros ojos y miradas que parecían salidas de una película del Viejo Oeste, hasta que llegó una patrulla con policías locales, quienes subieron al espía del narco al vehículo diciendo que se harían cargo de la situación. Los tres soldados, vestidos con pantalones de mezclilla y camisas de cuadros, se fueron al Givenchys. De ahí ya no salieron vivos. La mañana siguiente, dos de ellos fueron recogidos en el estacionamiento del table dance, acuchillados. El cadáver del otro soldado fue bajado de la pista de baile del centro nocturno, donde sus cazadores lo acomodaron con el cuello rajado y la espalda recargada en el tubo que las bailarinas usan para sus acrobacias delante de los parroquianos.

La mayoría de los militares asesinados en este periodo eran de San Luis Potosí. Sólo uno nació en Nuevo León. En promedio, ganaban entre cinco y ocho mil pesos al mes. A sus deudos, el Ejército les entregó 180 mil pesos. El presidente Felipe Calderón los nombró “héroes” y en las instalaciones militares de buena parte del país se pusieron carteles con las fotografías de los 11 muertos, debajo de la leyenda: “Murieron por México”.

Desde un principio, el Ejército no tuvo duda de que detrás de los crímenes estaban Los Zetas, la banda más perseguida por las fuerzas armadas, acaso porque su núcleo principal está conformado por desertores de la institución castrense.

Meses después, dos integrantes de Los Zetas: Sigifredo Nájera Talamantes, El Canicón y Octavio Almanza Morales, El Gori 4, fueron detenidos y acusados de ser los responsables de la muerte de los 11 soldados. Lo que sorprendió fue que el secretario de Seguridad Pública Estatal, Aldo Fasci, diera a conocer que ellos no estaban solos, sino que habían sido ayudados por policías locales, algo de lo que en la Secretaría de la Defensa Nacional también estaban seguros.

Cuando amainó la temporada de asesinatos de soldados, un militar de alto rango nos contó a un pequeño grupo de periodistas, fuera de grabadoras, la desgarradora cacería emprendida contra sus compañeros. Al concluir el relato dijo, con las venas del cuello brotándole: “Parece que para combatir a estos tipos hay que usar su mismo veneno”.

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Santiago, donde aparecieron la mayoría de los soldados asesinados, es un pueblo de las afueras del sur de Monterrey que tiene una serranía verde cruzada por ríos cristalinos. Hay fincas inmensas y cabañas rústicas entre cascadas de agua fría e hileras de pinos que rodean un casco urbano con construcciones antiguas. Algunos de los visitantes que van al sitio los fines de semana lo llaman medio en serio, medio en broma: “la Suiza del desierto”. Cuarenta años atrás, sus características naturales atrajeron a sembradores de mariguana y adormidera, quienes desarrollaron pequeñas zonas de cultivo que compitieron con las de Sinaloa, Guerrero y Chihuahua, pero que hoy han desaparecido. En 2006, la Secretaría de Turismo designó a Santiago como uno de los 23 “pueblos mágicos” del país. Millonarios como Alfonso Romo han querido emprender negocios agroindustriales en la zona, en cambio, empresarios como el fallecido líder del cártel de Juárez, Amado Carrillo, se conformaban con pasar el verano ahí, disfrutando el peculiar transcurso del tiempo provinciano.

Los habitantes de Santiago podrían caber en un estadio promedio de futbol de la primera división. Son sólo 40 mil personas, aunque a diferencia de las demás poblaciones de la región, los habitantes de Santiago aumentan en cada censo. En el resto de Nuevo León, la vida rural languidece desde hace dos décadas: 40 de los 51 municipios del estado prácticamente fueron abandonados y los fantasmas se han ido adueñando de ellos. En 2000, el capo que creó a Los Zetas, Osiel Cárdenas Guillén, aprovechó esta soledad y acondicionó en el municipio de China un enorme rancho de adiestramiento al que instructores kaibiles venían desde Guatemala a dar dos cursos anuales para los nuevos soldados de la banda. Otros ranchos de Nuevo León, antes orgullosos centros de producción de la mejor carne del país, acabaron como centros de retención y tortura de migrantes centroamericanos, o de adversarios de las otras bandas que operan en el noreste del país, desplazándose por brechas y fuertemente armados, como en la época de la Revolución, pero en lugar de moverse en caballos, ahora lo hacen en camionetas pick-up.

Poco después de octubre de 2008, en el que aparecieron los cadáveres de los soldados como si fueran cualquier cosa, las operaciones del Ejército se expandieron a Santiago. Los pobladores debieron hacer alto en los retenes improvisados en caminos sinuosos, y se resignaron a mirar con normalidad los camiones de asalto verdeolivo estacionados en los senderos. Pero ningún grupo civil protestó. Quienes lo hicieron fueron los policías locales. A las dos de la tarde del 13 de noviembre de 2008, una veintena de uniformados aparecieron en el patio de la corporación con cartulinas que cuestionaban la presencia de los soldados en el municipio. El policía Sergio Pérez Beltrán encabezaba la manifestación. Decía que los militares lo habían bajado de su patrulla y golpeado, sólo por ser policía. “El Ejército anda —dijo— como en guerra contra nosotros, no nos quiere dejar hacer lo nuestro”.

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En medio de la atmósfera de guerra que apareció en Santiago, Edelmiro Cavazos Leal se alistaba para ser el candidato del Partido Acción Nacional (PAN) a la alcaldía. Era un joven del pueblo nacido el 11 de noviembre de 1971. Estaba casado con Verónica de Jesús Valdés, con quien había procreado a Edelmiro, Eugenio y Regina, unos pequeñitos rubios y ojiverdes como su padre, que cada domingo iban a la Iglesia de Santiago Apóstol para cantar en el coro de la misa de las 10 mañana.

Edelmiro parecía más vaquero que político. De hecho, la única actividad “política” que había hecho en su vida era la de administrar Las Palmas, una muy conocida pista de campo traviesa en la que se rentan motos para los paseantes. A partir de ahí, Edelmiro fue conocido entre la gente como El güero Edy. Luego estudió Derecho en la Universidad Autónoma de Nuevo León y al acabar se dedicó al negocio de bienes raíces, tal como lo hacía su padre Arturo Cavazos Montalvo desde tiempo atrás, cuando llegó el auge inmobiliario a Santiago y la gente de Monterrey se aparecía con dinero en busca de su pedacito de paraíso. La familia de Edelmiro tenía varias generaciones de vivir ahí y conocía el territorio a la perfección, por lo que al igual que otros lugareños, dejaron la agricultura y se pusieron a comerciar esa tierra que repentinamente se había convertido en oro.

Quien llevó a la política a Edelmiro fue Arturo, el mayor de sus cuatro hermanos. Arturo ya había logrado hacerse de una carrera en el PAN, como diputado y luego como secretario del ayuntamiento de Monterrey. En sus inicios, el propio Arturo buscó ser alcalde de Santiago, pero perdió la elección. A finales de 2008, desde su cargo en el ayuntamiento de la capital de Nuevo León, al tiempo que el Ejército reforzaba su presencia en Santiago, Arturo llamó a la gente de su equipo para pedirles que se incorporaran en la campaña de su hermano en Santiago. Al invitarlos, una frase que usaba —por lo menos se la dijo a dos de sus colaboradores— era: “Edelmiro no sabe de política: necesito que le ayudes”. Los colaboradores nunca supieron a bien la razón por la cual Arturo no buscó directamente ser el alcalde, en lugar de promover a su hermano, quien ni siquiera era panista y se tuvo que registrar a contracorriente en febrero de 2009, de acuerdo con el padrón oficial del partido.

Pese a su inexperiencia, Edelmiro resultó un gran candidato. El equipo de asesores llegado de Monterrey se encargó de su imagen. Primero le cambiaron el apodo de Edy por el de Miro. A ellos les parecía que el mote con el que Edelmiro era conocido cuando rentaba cuatrimotos “era demasiado gay” para un pueblo como Santiago, y sobre todo en un contexto de guerra como el que había, por lo que decidieron que su nuevo apodo serían las últimas cuatro letras de su nombre: Miro. La nueva identidad sirvió además para diseñar una publicidad que aprovechara los ojos verdes y brillantes del novel político. Se hicieron pósters de la campaña que contenían un close up de la mirada de Edelmiro junto con frases como: “Miro por tu seguridad”, “Miro por tu gente”…Nadie recuerda que antes de la campaña de Miro, Santiago hubiera tenido un candidato tan de los tiempos de la mercadotecnia electoral. Ésta apareció en el pueblo con Miro y dejó atrás la época del volanteo. Incluso una tradicional y pegajosa canción serrana llamada “La mosca en la pared”, interpretada por el grupo Los Montañeses del Álamo, fue adaptada como jingle de la campaña. El experimento resultó tan exitoso que el estribillo electoral se toca y se baila como cualquier otra canción en bodas y fiestas de quince años.

Sin demasiados problemas, Miro obtuvo los votos necesarios y comenzó a prepararse para gobernar Santiago en uno de los momentos de mayor violencia en la historia reciente de Nuevo León.

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En el Ejército se cree que el aumento de la violencia en Nuevo León se debió a que los cárteles de la droga decidieron operar diversos negocios ilegales desde aquí, y ya no solamente usar sus calles para pasear, tal y como había sucedido durante mucho tiempo. Según esta idea, para adueñarse de la plaza, los cárteles corrompieron primero a las autoridades locales, luego convirtieron en cómplices a empresarios quebrados, y finalmente se aprovecharon del “libertinaje” de los tiempos actuales para conseguir el respaldo social. El general retirado Guillermo Martínez Nolasco, quien presidió el Supremo Tribunal Militar del Ejército Mexicano, me lo explicó alguna vez así: “Ellos no dan pasos así nada más. No son improvisados, son profesionales. Lo primero que vieron en Nuevo León fue la cercanía con la frontera. Algo ilegal que vale tres mil pesos en Guatemala, en Nuevo León cuesta 10 mil dólares. Segundo lugar: la de Nuevo León es una de las economías que se han desgastado. Ya no era tan estable económicamente como antes y eso lo vieron ellos, no se crea usted que son improvisados: son profesionales e hicieron sus análisis”.

—¿Y qué se puede hacer para combatir esto?

—Usted ve en el Ejército chamacos de 13 y 14 años que están en los planteles militares formándose para servir, y al mismo tiempo usted encuentra que en los estados se inauguran más videobares y cantinas que escuelas, o vemos también que los programas de televisión con esto de la cuestión sexual, o lo de las drogas. No estoy en contra de internet o del desarrollo pero debe haber un equilibrio social. ¿O qué?, ¿a la gente sólo les interesa ingresar recursos?, ¿no les interesa la formación de sus familias?, ¿cuál es la conciencia que debemos tener?

En realidad no hay una explicación sencilla y unánime sobre cómo explotó la violencia en Nuevo León. Aquellos que se asombran fácilmente hablan de un atentado que hubo en mayo de 2001 en contra de un capo de nombre Edelio López Falcón, cuando éste presenciaba una pelea de gallos. Otros, en cambio, más escépticos, dicen que el punto de inflexión sucedió en 2008, cuando los olvidados chicos de los cerros, con el respaldo de los cárteles, bajaron a las calles del centro y armaron un caos social para luego ser apodados por la prensa local como Los Tapados. Hay un tercer grupo: el de aquellos que creen que la ciudad aún no ha visto lo peor. Mientras tanto, en los periódicos locales, una buena cantidad de hechos son calificados al día siguiente como “sin precedentes”, a tal grado que la expresión ya perdió sentido. Tampoco sirve de mucho explicar el asunto como un enfrentamiento entre un cártel y otro, y ya.

Recuerdo que todavía en 2000, en la ciudad se hacían novelas, obras de teatro y programas de televisión, alrededor de un homicidio común ocurrido en el lejano 1933. Entre 2000 y 2010, el tipo de hechos violentos registrados sepultaron el recuerdo de lo que sucedió mucho tiempo atrás en una casona de la calle de Aramberri. Si en 2000 había un mítico crimen en el imaginario de la ciudad próspera; en 2010 lo que había era una mítica prosperidad en el imaginario de una ciudad criminal. Monterrey se llenó de crímenes en una década: el crimen del diputado en la Macroplaza, el crimen de la estudiante de arte, el crimen del joven modelo, el crimen de los escoltas de la cervecería Femsa, el crimen de las 51 personas enterradas en el predio Hacienda Calderón, el crimen del director de la Agencia de Seguridad Estatal, el crimen de los 30 trabajadores de la refinería de Pemex, el crimen de los estudiantes del Tec de Monterrey, el crimen de unos niños de General Treviño y el crimen del alcalde de Santiago. Y a la lista de crímenes de primera plana se añadió una lista más larga aún de “pequeños” crímenes, con tremendo impacto en barrios o ciertas zonas, donde las pláticas entre vecinos versan sobre el crimen de la mamá del antiguo compañero de la secundaria, el crimen del dueño del taller mecánico de la colonia, el crimen de la muchacha bonita de la preparatoria… Un ambiente así y la incapacidad de las autoridades para dar una explicación coherente acerca de lo que sucede, generó zozobra en la ciudadanía. De un día a otro, todos habían nacido sospechosos y estaban muriendo culpables. ¿De qué? No se sabía, pero de algo. Por las noches, el sueño regiomontano se llenó de muertos que no dejaban dormir bien.

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Esta violencia que se metió en la cotidianidad de Nuevo León, también encontró un espacio en el lenguaje. La palabra levantón, que no existía, se volvió normal, incluso entre los labios de una ama de casa o de un niño. Las policías locales fueron incorporándola también, pero no para combatirla sino como una más de sus obligaciones laborales. La policía de Santiago, según el Ejército, era la campeona de ello.

Man, un vendedor de automóviles, aprendió en carne propia el significado de esta palabra a mediados de 2009. Una noche, un par de patrullas le marcaron el alto cuando viajaba en su Hummer roja. Los policías lo sometieron y lo llevaron a una casa esposado con las manos por detrás y la cabeza cubierta con una bolsa negra. Ahí otros hombres lo desnudaron y lo hincaron. Con una tabla, en medio de risas, lo golpearon unas 30 veces. Los primeros tablazos eran en las nalgas y los últimos en la espalda. Con su Nextel en la mano, revisando el directorio, nombre por nombre, sus captores preguntaban: ¿quién es?, ¿a qué se dedica?, ¿que parentesco tiene contigo? A la mañana siguiente, su familia ya sospechaba que lo habían levantado y no sabía qué hacer. Vieron en la televisión la noticia de dos cuerpos calcinados y fueron a la morgue para constatar que Man no era uno de ellos. Tuvieron que esperar dos horas en el servicio médico forense, ya que había cola para ver los cadáveres: una decena de personas más querían entrar a la plancha para ver si los hombres calcinados no eran sus familiares desaparecidos.

A la noche siguiente, Man fue sacado de la casa junto con otro levantado. Los subieron a una camioneta y se dirigieron a la ciudad por calles que caracoleaban un trazado anárquico. Sus captores iban tras un narcomenudista que laboraba de forma independiente o con otra banda. Llegaron a una casa y detuvieron al vendedor y lo golpearon hasta que les dijo quién le surtía la droga. De ahí partieron al hogar del proveedor. Unos destruían a mazazos la puerta de forja, mientras que otros trepaban el techo. Era de madrugada y en el barrio se oía el llanto de niños despertados por el imprevisto. Tras el derrumbe de la puerta, a los pocos minutos, los hombres salieron con el proveedor y con computadoras, cámaras y otras cosas que habían saqueado de la casa. De ahí se fueron a un rancho, donde los bajaron descalzos y con los ojos vendados. Estaba por amanecer y se escuchó el motor de una sierra eléctrica y después los gritos del proveedor. Tras unos minutos ya no se oyó nada. A Man y al otro levantado les quitaron las vendas y les ordenaron acomodar los restos del proveedor en una caja. Después acercaron el teléfono a Man y le dijeron que llamara a su familia para que informara que estaba levantado y que sólo iba a sobrevivir a cambio de cierta cantidad de dinero. Man le dijo a su padre que vendiera todos los coches del lote y también una casa de campo recién comprada en Santiago. Concluida la conversación, los captores llevaron a Man al interior del rancho, a un cuarto donde lo tiraron al piso y lo patearon hasta quedar inconsciente.

En los siguientes días, mientras la familia reunía el dinero, los hombres llevaban a Man a sus “operativos”. Iban por otros narcomenudistas a otros barrios y se repetía la escena. En un par de ocasiones no se trató de vendedores de droga, sino de comerciantes de discos piratas. Al cabo de una semana, un hombre llegó y le dijo a Man que se preparara porque estaba por irse. Horas después lo dejaron amarrado de las manos y vendado de los ojos en el baldío de una colonia popular. Al momento de arrancar la camioneta, desde la ventanilla, uno de sus captores le ordenó esperar 10 minutos antes de hacer cualquier movimiento. Man se quedó media hora petrificado, pensando que recibiría en cualquier instante el balazo que acabaría con su espanto. Cuando logró tranquilizarse, se desamarró con los dientes. No supo cómo, pero había ido y vuelto del infierno.

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La violencia que se desató en Nuevo León derivó en miedo, y este miedo en una atmósfera de violencia aún mayor. Supe que un viejo conocido, tipo tranquilo y padre de dos niñas, compró un rifle para tenerlo a la mano en su ferretería para lo que se ofreciera. Y si un pequeño comerciante compró un rifle, los empresarios más ricos como José Antonio Fernández compraron el servicio de más escoltas, y quienes ya tenían las enviaron a entrenarse a Israel.

En general, la gente se volvió más prudente. Las camionetas pick-up de lujo dejaron de transitar con tanta frecuencia en las calles, las charlas en los cafés o restaurantes acerca de los grupos del narco se hacían en voz baja sin mencionar jamás la última letra del abecedario, y la vida nocturna se puso triste y un poco arriesgada. A las redacciones de los periódicos también llegó la cautela: las investigaciones sobre el narco se extinguieron, y las notas de ejecuciones, tiroteos y detenciones dejaron de firmarse en forma individual, ante la imposibilidad de contar historias en una jaula llena de leones. Los tiempos actuales hicieron también lo que el PRI nunca pudo lograr: quebrar la unidad de la élite empresarial de la ciudad, dividida ahora en, por lo menos, dos grupos: uno abanderado por Lorenzo Zambrano, presidente de Cemex, y otro por Alejandro Junco de la Vega, dueño del Grupo Reforma.

No pasó mucho tiempo para que el miedo derivara a su vez en paranoia. Una peregrinación católica detonó cohetones cerca de una plaza pública en la que bailaban decenas de parejas. Al escuchar las explosiones, pensando que era una balacera, los bailadores empezaron a correr y a aventarse entre sí. Algunos se lastimaron, pero no hubo ninguna muerte. Donde sí fallecieron cinco personas a causa de un espanto parecido fue en una cantina de la exposición ganadera de la ciudad. Al parecer —a la fecha no está confirmado— un borracho cualquiera disparó al aire y provocó el alarido, la corredera y la moridera en medio de la estampida humana.

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Hasta 2010, la historia de los cárteles de la droga, por lo menos en Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila, podía dividirse en dos grandes etapas: la primera en los setenta y ochenta con el surgimiento de una mafia plebeya venida de los estratos sociales más bajos, mientras que la segunda, en los noventa, está protagonizada por hombres de clase media con mayor visión empresarial a la hora de trabajar. Ahora hay políticos, líderes sociales y analistas que creen que ya está en marcha una tercera etapa en la evolución del narco, que gira sobre la fuerza bruta. De la mano de esta idea es que han surgido voces diciendo: matemos a todos los narcos, simplifiquemos las cosas.

Coincidencia o no, apareció un tétrico fenómeno: el de los cementerios clandestinos. En 2010, 91 cadáveres fueron desenterrados de 21 fosas hechas en diferentes predios. Hasta noviembre, ningún otro lugar de México registraba un número mayor de sitios de este tipo que Nuevo León. Quizá por eso cada vez me sorprende menos que a la cuenta de correo electrónico lleguen convocatorias abiertas para solucionar el problema usando armas largas e ideas cortas contra el narcotráfico. El pensamiento paramilitar que recorre Nuevo León se pasea sin pudor alguno por todos lados. Uno de sus espacios preferidos son las áreas de comentarios de internet de los periódicos locales. El 28 de agosto de 2010 el Ejército detuvo a Francisco Zapata, y en una noticia del periódico El Norte se presentó a este desconocido como “el líder zeta de Monterrey”. El primer lector que escribió debajo de la nota puso: “Señores militares: sugiero abrir un centro de tortura y un pozolero en el campo militar para tratar a este tipo de ratas, o aplicarles la ley fuga. A grandes males, grandes remedios”. Otra opinión, crítica con las fuerzas armadas fue: “Es una lástima que lo hayan atrapado. ¿Por qué no lo mataron? Lo único que va a pasar es que un juez pedorro lo suelte ‘por falta de pruebas’”. Uno más de los comentarios que aún pueden ser consultados era: “Hagan una zetafosa y solo déjenlos caer vivos y échenles tierra con bulldozer y Listo!!”. El mismo día que apareció esa noticia con sus respectivos comentarios, en el periódico Milenio Diario de Monterrey, Jorge Villegas, el columnista político más serio e influyente del estado, fundador de las carreras de comunicación, tanto en el Tec de Monterrey como en la Universidad Autónoma de Nuevo León, publicó una columna con el título “Solución paramilitar”. Recomendaba abiertamente a las autoridades —o a algún acomedido— la contratación de la empresa estadounidense Blackwater —acusada de ejecuciones sumarias en Irak— o de alguna por el estilo, para solucionar los problemas de la ciudad. “Así sí sería parejo el combate entre sicarios armados como para la guerra y verdaderos guerreros igualmente pertrechados y sin el riesgo de ser víctimas de venganzas en sus familias. Sería una solución legal, aunque polémica para un problema que nos está estrangulando, que está diezmando la ciudad y que amaga con despojar a Monterrey de su prestigio como centro de trabajo y de inversión. En el consulado de Estados Unidos tienen la información sobre estos contratistas. Si alguien quiere solucionar esto de una buena vez”.

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A los pocos días de ganar las elecciones, Edelmiro Cavazos buscó a Mauricio Fernández Garza, el alcalde electo de San Pedro Garza García, quien había anunciado que su ciudad —la más rica del país— sería blindada del crimen organizado con la ayuda de un comando rudo. Edelmiro se reunió en privado con el empresario y le contó que la policía local de Santiago estaba al servicio de Los Zetas, y que no podía remover a los elementos, ya que le habían advertido que si lo hacía, su vida estaría en riesgo. Los agentes estaban tan coludidos que no solamente se hacían de la vista gorda ante las operaciones de la banda, sino que trabajaban al servicio de ésta deteniendo a gente y llevándola a ranchos de Los Zetas.

—La situación es tan absurda —le dijo Edelmiro a Mauricio— que hay gente levantada por equivocación, debido a que tenían un nombre parecido al de quien buscaban, y luego de que los policías los llevan con los Zetas, éstos los regañan diciéndoles y les ordenan que los devuelvan a sus casas.

Edelmiro no podía hacer nada contra sus propios policías. Mauricio le sugirió que se coordinara con el Ejército, que en septiembre de 2009 se había llevado detenido al secretario de Seguridad Pública de Santiago, Francisco Villarreal, y a otros dos policías locales, bajo la acusación de que trabajaban para Los Zetas. Edelmiro lo hizo y a poco más de 15 días de haber tomado protesta como presidente municipal, el 18 de noviembre, dejó que un grupo de soldados irrumpiera en las instalaciones de su policía para revisar armamento e interrogar a su gusto al personal.

A la par de la preparación del operativo militar desaparecieron dos policías. El primero fue Roberto Rafael Esparza Ordóñez y el segundo el agente Luis Omar Aguilar Gaytán. Luis Omar hacía trabajo de oficina, nunca salía a patrullar. Un video del circuito cerrado lo exhibe llegando al edificio, pero no cuando lo abandona. Nadie vio nada, nadie supo nada. Además de las desapariciones de los dos agentes, hubo detenciones y renuncias de otros efectivos, por lo que la administración de Edelmiro fue quedándose sin policías.

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El 22 de marzo de 2010 se desató una nueva cacería en Nuevo León, pero esta vez de policías, en especial de Santiago. Ese día el agente Daniel Sepúlveda Maciel, de 25 años, fue fusilado en el portón de un rancho. Llevaba una playera de los Rayados del Monterrey, además de un pantalón de mezclilla azul y tenis negros, ya que cuando había sido interceptado por el comando, se encontraba en su día de descanso. El siguiente fue el policía Gregorio Rodríguez González, quien murió el 16 de abril acribillado a media cuadra de la Secretaría de Seguridad Pública municipal. Goyo, como le decían sus compañeros, estacionó su camioneta junto a una ferretería. Como era su día de descanso iba acompañado por su esposa y sus tres pequeños hijos. Repentinamente dos camionetas llegaron, una por delante y otra por detrás. Un grupo de hombres armados mostrando AK-47 y otras armas, bajaron y uno de ellos trató de someter a Goyo, pero éste, quien medía 1.82 metros y pesaba más de 100 kilos, no se dejaba. La escaramuza terminó cuando otro de los del comando le disparó con una 9 milímetros.

Al día siguiente, el mismo grupo de hombres que realizaban sus acciones vestidos con ropa de camuflaje y el rostro cubierto, levantó al policía Gustavo Escamilla González, quien también se hallaba en su día de descanso. Su familia abrió rápidamente una página en Facebook para denunciar la desaparición y pedir a sus captores que tuvieran clemencia y le pusieran al policía una inyección con insulina ya que era diabético. Todavía no había ni 10 comentarios en la convocatoria lanzada en las redes sociales de internet, cuando el policía fue encontrado con el cráneo destrozado a balazos, en medio de varios arreglos florales, y junto a una cartulina en la que se leía el siguiente aviso: “Esto es para que sigan ayudando a los jotos de los Zetas”. En el mismo escrito se hacía un pase de lista de policías que serían asesinados en los días siguientes, no sólo de la corporación de Santiago, sino también de otros municipios de Nuevo León. El mensaje lo firmaban las iniciales CDG, CDM y CDF y se cumplió: 50 policías locales de Nuevo León, la mayoría de Santiago, fueron asesinados en esas fechas.

A la semana siguiente del aviso, el 27 de abril, el policía Diego Aguirre Plata, que estaba tramitando su renuncia, fue ejecutado dentro de la tienda de sus abuelos, en la que infructuosamente trató de esconderse. En mayo las sombras asesinas dejaron descansar a Santiago y no murió ningún policía, pero el primer día de junio se reanudó el exterminio. Murió precisamente Sergio Pérez Beltrán, aquel policía que había encabezado la manifestación en contra de la presencia del Ejército, un año atrás. Junto con el policía Pérez Beltrán fue asesinado el agente Eduardo Leal Campos, de 20 años. Hilda Rodríguez Doria, pasajera de un autobús que circulaba cerca de la carretera donde ocurrió la doble ejecución, fue alcanzada por el rebote de una bala y tras una semana de estar internada fue dada de alta y salió por su propio pie del hospital.

El comando no paraba y los efectivos seguían cayendo como víctimas de algo que oficialmente parecía indescifrable. Cinco días después fue cazado Emeterio de la Cruz Ávila Gallardo, un policía de 49 años que apenas tenía un año de haber ingresado a la corporación. El 20 de junio los asesinos de policías entraron a la recámara de la casa del agente Jesús Francisco Siller Torres y le soltaron 13 tiros a quemarropa mientras dormía: ocho fueron con un rifle calibre .308, dos con un AK-47, uno con pistola 9 milímetros y el resto con armas que los peritos no pudieron identificar nunca.

En el mes siguiente, dos patrullas de la policía de Santiago, una Dodge Charger y un Tsuru Nissan, fueron perseguidas por el comando de las sombras asesinas en la carretera nacional. El primer agente en morir sentado en su unidad fue César Luis Tello Oyervides. Un kilómetro adelante quedó luego el cuerpo de José Encinia Luna, acribillado en las escaleras de un consultorio dental ubicado a la orilla de la carretera, en el cual intentó esconderse de sus cazadores. Esa vez dos policías más resultaron lesionados: Amalia Guadalupe Cavazos González, con heridas en las piernas y el pecho, y José Raúl Torres Martínez, lesionado de la espalda, mientras que el agente Mauricio Morales Sarabia, murió 28 días después, a causa de los impactos que recibió en el pecho y la espalda.

Apretar el gatillo y enfocar contra un uniformado se volvió algo fácil. Durante los primeros meses de la administración de Edelmiro Cavazos, Santiago se convirtió en un campo de tiro. Los policías eran el blanco.

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No hubo homenaje fúnebre para ninguno de los 12 policías asesinados en Santiago. Ni despedidas especiales ni pronunciamientos de condena por parte del alcalde Edelmiro Cavazos, quien a la par de la lenta matanza comenzaba a ver crecer su popularidad, incluso en el área metropolitana de Monterrey, donde otros alcaldes se referían a él como un tipo muy simpático que además “era tan entrón como Mauricio Fernández pero menos protagónico”. Salvo una ligera acusación de nepotismo por darle a su hermana un cargo en la dirección de Turismo, la gestión de Edelmiro transcurrió sin escándalos, algo poco usual en Nuevo León, donde es raro que haya un presidente municipal que no sea evidenciado públicamente por realizar burdos actos de corrupción.

Edelmiro se movía con una seguridad discreta. Incluso acudía a discotecas como Woodstock Plaza, donde la cantante peruana Tania Libertad ofreció el 9 de mayo un concierto dedicado a las madres, en el cual aprovechó para felicitar a Edelmiro por su trabajo como presidente municipal. Dos escoltas —que no formaban parte de la policía de Santiago y que tenían contacto directo con el Ejército— se encargaban de cuidar al alcalde con el apoyo eventual de efectivos locales. Uno era Gilberto Cruz Puente y el otro Valentín Castaño Cepeda, quienes se movían de un lado a otro con Edelmiro en una Grand Cherokee blindada.

El 12 de agosto, ambos escoltas salieron del palacio municipal en la camioneta modelo 2003, para ir a cargar gasolina mientras el alcalde concluía una serie de reuniones en su despacho. Al tomar un tramo amplio y bien pavimentado de la carretera nacional, los escoltas tuvieron un extraño accidente. Una supuesta falla en el motor, o un bache, provocó que se salieran del camino, dieran algunas volteretas y acabaran estrellándose contra una malla ciclónica y una barda de concreto. Gilberto, quien iba de copiloto, murió casi al instante luego de que un pedazo de alambre supuestamente se le enterró por un costado del pecho, pese a que llevaba puesto el chaleco antibalas. Valentín fue llevado al hospital para ser atendido de heridas leves y luego fue detenido, acusado de homicidio imprudencial, por lo que no regresó a cuidar a Edelmiro.

Al día siguiente del percance, se registró un enfrentamiento armado de más de una hora entre soldados y Zetas, justamente en los límites de Monterrey y Santiago. Durante la refriega falleció un sicario apodado El Sonrics, quien supuestamente dirigía la banda en la región. Al día siguiente, un convoy de 50 camionetas procedentes de Tamaulipas fue visto en las afueras de Monterrey.

Al mismo tiempo, una granada estalló en las instalaciones de Televisa en Monterrey, justo cuando los llamados Tapados, ahora armados con rifles, daban inicio al mayor sitio sucedido en la historia reciente de la ciudad: bloquearon la circulación de más de 40 calles. Los bloqueos tenían el objetivo estratégico de impedir la llegada a la ciudad del convoy de camionetas pertenecientes al Cártel del Golfo, grupo con el que Los Zetas se enfrascaron en una guerra que a finales de 2010 no tenía visos de acabar pronto.

En los días siguientes hubo más bloqueos y tiroteos. La zozobra llegó a las cúpulas económicas, que a través de las cámaras empresariales locales publicaron un desplegado titulado “Basta Ya”, el cual incluía fuertes reclamos al gobernador Rodrigo Medina.

Pese al ambiente de guerra, Edelmiro no modificó su agenda de labores, aunque acordó con su esposa Verónica de Jesús, que ella se fuera durante unos días a Texas con los niños. Una semana después del misterioso accidente de sus escoltas de confianza, la noche del domingo 15 de agosto, el alcalde acudió a la celebración del Día Mundial de la Juventud en la plaza principal del municipio. Iba vestido informalmente, con pantalón de mezclilla, camisa blanca y zapatos cafés. Fue breve al hablar y luego se quedó a escuchar otras intervenciones, en su mayoría de muchachos cristianos. Alrededor de las 10 de la noche se dirigió a su casa ubicada en un fraccionamiento privado de nombre La Cieneguilla.

Pasados los primeros minutos del 16 de agosto, varias camionetas con focos parpadeantes, conocidos como estrobos en el norte de México, se acomodaron afuera de la casa de Edelmiro. Tras la muerte de uno de sus escoltas y la detención del otro, lo cuidaba el policía José Alberto Rodríguez.

La casa de Edelmiro contaba con cámaras de videograbación ocultas por lo que quedó registro de lo que luego pasó. El policía que supuestamente lo cuidaba se subió tranquilamente como uno más del comando, a uno de los vehículos. En las imágenes se podía ver también a Edelmiro recibiendo al comando y dirigiéndose pocos minutos después hasta una camioneta Yukon, mientras le apuntaban hombres armados. Sus captores eran policías de Santiago, quienes formaban parte de una célula de Los Zetas dirigida por un operador apodado El Caballo. Catorce hombres en total llevaron a cabo la operación.

Santiago amaneció ese lunes con la noticia del levantón de Edelmiro, y algunos diputados de su partido equipararon el suceso con el secuestro de Diego Fernández de Cevallos, sin embargo, la principal hipótesis que había entre los cuerpos de seguridad era la del crimen organizado y no la de la guerrilla como en el caso del ex candidato presidencial.

Dos días después, a eso de las ocho de la mañana, un campesino vio de lejos a una persona acostada en una meseta cercana a la Cola de Caballo, una enorme cascada consideraba como la principal belleza natural de Nuevo León. El jornalero no se quiso acercar y siguió su camino por la sierra hasta toparse con uno de los hombres encargados de cuidar la cascada, a quien le avisó lo que acababa de ver. El campesino continuó su marcha entre la neblina de la mañana y el empleado turístico se dirigió junto con otro compañero a ver de qué se trataba. Los hombres encontraron el cadáver de Edelmiro semicubierto por una lona azul que fue confundida después con la bandera del PAN.

Esa misma mañana, el helicóptero del gobierno estatal aterrizó en los alrededores del paraje ubicado a unos 50 kilómetros del Palacio de Gobierno. De la aeronave descendió el gobernador Rodrigo Medina, uno de los primeros en saber que el alcalde de Santiago había recibido dos disparos en la cabeza y uno más en el tórax.

***

Al día siguiente de que apareció el cuerpo del alcalde, uno de los periódicos locales tituló la noticia: “Pone orden Edelmiro y lo matan”. Se hacía referencia —como en los otros diarios— a que los policías de Santiago habían asesinado a Edelmiro Cavazos supuestamente porque les había descontado un bono de 800 pesos, y los había regañado por infraccionar a ciclistas de las montañas. La Procuraduría de Justicia compartió a los medios de comunicación parte de las declaraciones ministeriales de los efectivos detenidos, aunque no ahondó demasiado en la versión principal que dieron para explicar su ataque contra el alcalde. Según los efectivos, Edelmiro permitía que operara el comando mata-policías, por lo que ellos habían decidido cobrar venganza. El coordinador de los diputados locales del PAN, Hernán Salinas, negó rotundamente que el alcalde tuviera contactos con otros cárteles. “Edelmiro fue un ejemplo de un ataque frontal a la delincuencia organizada y punto”, dijo.

Durante los siguientes días, algunos adolescentes repartieron volantes con diseño patriótico y sin sello oficial, en los cuales aparecían fotos de policías prófugos que habían participado en el levantón y asesinato de Edelmiro. En internet apareció un canal de Youtube bajo el nombre de “Reporta Zetas”, en el cual hay un video titulado “Edelmiro muerto” en el que se escucha el himno nacional mientras se va reproduciendo el siguiente mensaje: “Estamos hartos de tanta violencia. Ahora estas personas creen que pueden matar a nuestros gobernantes. Q.E.P.D. Edelmiro Cavazos. Nuestro grupo está comprometido para acabar con estas personas que tanto daño hacen a nuestra ciudad. Somos un grupo formado por gente regia cansada de tanta violencia y auspiciado por empresarios regios. Para acabar esto necesitamos de tu ayuda, reporta actividades sospechosas, puedes salvar vidas. Sabemos que la autoridad estatal y municipal no da el kilo, así que toda la información que recabamos la pasamos al Ejército. Expulsemos de una vez a estos lacras de nuestra ciudad, asesinos de inocentes, niños y mujeres”.

La dirigencia del PAN en Nuevo León mandó imprimir cientos de calcomanías con la foto del alcalde fallecido y la leyenda: “Edelmiro… Sí dio la vida”, en alusión al gobernador del PRI, Rodrigo Medina, quien en su campaña electoral dijo alguna vez que daría la vida por Nuevo León, lo que le suele ser cuestionado por sus adversarios cada vez que la cresta de la ola de la violencia llega a niveles altos, o sea que todos los días desde que asumió el cargo.

Como alcalde sustituto de Edelmiro fue designado el síndico Bladimiro Montalvo Salas, otro “Miro”. La policía de Santiago, entre asesinatos, renuncias y detenciones, desapareció por completo, y el Ejército tomó el control de la seguridad municipal junto con efectivos estatales. Santiago resultó así uno de los primeros municipios del país en aplicar de facto la política del Mando Único impulsada por el secretario de Seguridad Pública Federal, Genaro García Luna. El alcalde de San Pedro Garza García, Mauricio Fernández Garza, uno de los principales opositores a este plan, me dijo días después que la muerte de Edelmiro también era resultado del desdén federal. “A los municipios no nos pelan. Es como si estuviéramos en un gobierno autoritario. No nos invitan a las reuniones de seguridad”.

—Entonces ¿crees que tu estrategia de recolectar información y de disuadir mediante comandos rudos es exportable a otros municipios? —pregunté.

—Lo que pasa es que empiezas con muchas dudas, que si son paramilitares, israelitas, de los Beltrán Leyva… La gente en vez de ver resultados te cuestionan, nunca me apoyaron. ¿Que más daba si eran chinos? Todos querían explicaciones y piensan que es chueco. Creo que es un miedo natural al cambio.

Casi dos semanas después del crimen de Edelmiro, la primera dama Margarita Zavala llegó al poblado. Fue recibida por el dirigente panista en Santiago, Jorge Flores Marroquín, quien le pidió que se tomaran una foto juntos, antes de que entrara a ver a los deudos del alcalde. Luego de posar, la primera dama ingresó a la casa donde la esperaban los padres, la viuda y los hijos de Edelmiro. Verónica de Jesús Valdés le mostró a la esposa del presidente los videos subidos espontáneamente a internet en recuerdo de Edelmiro. Al cabo de dos horas de conversación, Margarita Zavala salió de la casa bajo un fuerte resguardo. Una mujer se le acercó para regalarle una caja con galletas chorreadas, típicas del pueblo, y también para pedirle que ni ella ni su marido se olvidaran de Santiago.

En menos de 140 caracteres, el presidente Felipe Calderón ya había expresado su sentir por la muerte de Edelmiro. Vía su cuenta de Twitter @felipecalderonh, el mandatario había dicho: “La muerte de Edelmiro nos indigna y nos obliga a redoblar la lucha en contra de estos cobardes criminales que atentan contra ciudadanos”.

1

La mañana del 22 de febrero de 2010, cuando Ciudad Mier se preparaba para las fiestas anuales, quince camionetas con las siglas del Cártel del Golfo entraron por el acceso de la carretera de Reynosa como caballos desbocados. Los pistoleros enfilaron a la comandancia de la policía municipal, bajaron de sus vehículos y comenzó a sonar el tableteo de sus ametralladoras contra el viejo edificio. La gente que estaba alrededor echó el cuerpo a tierra y como pudo fue a refugiarse.

El tiroteo amainó. Seis policías municipales asustados, golpeados, jadeando con la boca abierta, rojos de sangre y con el miedo en la mirada, fueron sacados de la comandancia por los pistoleros, quienes gritaban consignas contra los Zetas. Ésa fue la última vez que se vio a los seis policías y fue también la última vez que hubo policías municipales en Ciudad Mier.

El comando instaló pistoleros en los tres principales accesos al corazón de Ciudad Mier; montaron un cerco para que cuatro camionetas exploraran las calles en busca de casas y negocios a los que hombres de rostro parco entraban por personas específicas. En ese lapso, la plaza principal, ubicada frente a la comandancia, fue usada como paredón. Vaciándose de sangre, dos hombres detenidos por los pistoleros fueron llevados a la plaza. Ahí los acribillaron y después los decapitaron. Sus cabezas terminaron colocadas en un rincón de la plazoleta. Con el paso del tiempo, por el uso frecuente que se le dio, aquel rincón sería conocido como “La Esquina de los Degollados”.

Un par de horas después de que los pistoleros abandonaron el pueblo, el Ejército hizo un rondín fugaz y desapareció antes de que oscureciera. Toda la semana siguiente el pueblo vivió con somnolencia. El silencio de las noches era cortado por voces lejanas y disparos aislados. Las calles estaban sucias y ruinosas, sencillamente no hubo cómo realizar los festejos anuales del 6 de marzo, los cuales fueron cancelados en ese 2010, algo que no sucedía desde la época de la Revolución.

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Aunque no ves a nadie, sabes que hay alguien viéndote a ti. Lo sientes mientras caminas entre el metal escupido por las bocas de los fusiles, regado entre vidrios rotos que, pese a tu cautela, es inevitable hacer que crujan con la pisada de las botas. Debes apurarte a terminar de mirar las gruesas manchas de sangre seca y los miles de impactos de bala que aún quedan en las paredes de las casas. No puedes dejar que caiga la noche mientras buscas recuperar más testimonios de lo que sucedió estos meses aquí. La oscuridad de una zona de guerra no es lo mismo que la oscuridad a secas, además, no existe ningún hotel o sitio al cual meterte a pasar la madrugada. Por ahora, éste no es el Pueblo Mágico que se anuncia a la entrada: a juzgar por la destrucción existente, es la primera línea de la guerra de Tamaulipas.

Se supone que los bandos en pugna emprendieron la retirada hace unas semanas a los campamentos que han montado en ranchos cercanos, y tú, aunque no vengas empotrado a una unidad del Ejército, portando casco y un chaleco antibalas pesado y caluroso, puedes caminar por estas calles donde se ven construcciones cubiertas de ceniza, con basura chamuscada en el suelo y sin señal aparente de vida en su interior. Pero sabes que estás en un pueblo fantasma y es posible que los fantasmas te estén observando.

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Lo de Ciudad Mier no fue un estallido de violencia irracional. La incursión del 22 de febrero de 2010 formaba parte de un plan más ambicioso para tomar el control de la franja divisoria entre Tamaulipas y Texas, conocida del lado mexicano como la Frontera Chica. Zona clave para cualquier tipo de tráfico ilegal a Estados Unidos, aquí se localiza también la Cuenca de Burgos, la principal veta de gas natural con que cuenta México.

Las cabeceras de pueblos como Miguel Alemán, Camargo, Valle Hermoso y Nueva Ciudad Guerrero fueron asaltadas de la misma forma en que ocurrió con Ciudad Mier. El inicio de esta ofensiva que el país tardó en identificar, tiene varios nombres: quienes la emprendieron —los integrantes del C.D.G.— reivindicaron su ataque sorpresa como “La Vuelta”; mientras que el blanco de su ofensiva, los Zetas, marcaron esa fecha del calendario con el título de “La Traición”. En cambio, la gente, simplemente lo llamó “El Alzamiento”.

Los ataques coincidieron con la divulgación en México de unas palabras de arrepentimiento de Osiel Cárdenas Guillén, quien lideraba ambos grupos antes de ser extraditado a Estados Unidos, donde a cambio de una pena reducida de 25 años de prisión en una cárcel de mediana seguridad, proporcionó información clave contra los Zetas, agrupación que él mismo fundó una década atrás.

Cuando estalló la guerra en Tamaulipas —un estado cuyo tamaño es cuatro veces mayor que el de El Salvador, y cuyas costas abarcan buena parte del Golfo de México—, no hubo referencia ni posicionamiento particular de las corporaciones policiacas estatales y federales para dar cuenta de lo que estaba sucediendo. Ante las preguntas de algunos periodistas sobre los reportes de balaceras y enfrentamientos en la región, el entonces gobernador Eugenio Hernández, dijo que se trataba de pura psicosis. En la bitácora pública de actividades, la Comandancia de la Octava Zona Militar del Ejército, apenas reconoció tres enfrentamientos, en los cuales cayeron un soldado y otros once fueron heridos. Finalmente, basados en un reporte de la dea, funcionarios del gobierno federal filtraron a columnistas de la ciudad de México que lo que sucedía se debía a una alianza de el cártel del Golfo con el cártel de Sinaloa y la Familia Michoacana, bajo un lema que —según decían— convenía a todos: “México unido contra los Zetas”.

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Estás frente al Hotel El General, bautizado así en honor a Francisco Villa: un edificio blanco de tres pisos, ubicado en el cruce de las calles Allende y Colón, a menos de 20 kilómetros de distancia del puente internacional de Roma, Texas, uno de los accesos que tiene Ciudad Mier a Estados Unidos. Uno puede reconocerlo por el mural que representa a Pancho Villa. Durante los días de combate, en una de las ventanas contiguas al mural se instaló un francotirador en busca de cabezas. Las construcciones de mayor solidez en el pueblo fueron usadas como lugar de resguardo durante las batallas callejeras, y las que no fueron incendiadas, acabaron con más hoyos que un queso gruyère y aún se encuentran severamente dañadas.

Ciudad Mier fue sitiada por lo menos en tres ocasiones a sangre y fuego en 2010, pero los francotiradores no fueron los que sembraron el mayor terror. En una de las incursiones, uno de los grupos armados capturó a un peón apodado Pepino y lo sometió a juicio sumario. A plena luz del día lo llevaron hasta la plaza principal, donde lo estuvieron golpeando bajo la acusación de ser un halcón (vigía) del bando rival. Él alegaba que esto no era cierto mientras le cortaban un brazo. Todos los habitantes del casco principal podían oír su gritadera mientras lo descuartizaban. Nadie se asomó. Tanto era el miedo, que pasaron casi 12 horas antes de que alguien se atreviera a descolgarlo de la rama del árbol donde lo ahorcaron.

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Un hombre de aire campesino llamado José Concepción Martínez participó en “El Alzamiento” del 22 de febrero. Antes de ser reclutado para la guerra de Tamaulipas estuvo ocho años en la Marina Armada. Patrullaba Ciudad Mier en una camioneta con logos del C.D.G. cuando se topó con un convoy de los Zetas que lo capturó y lo hizo su prisionero. En un video enviado en agosto de 2010 por sus captores por medio de mensajes electrónicos masivos, y subido y bajado de Youtube de forma intermitente, se ve a Concepción y a otros tres pistoleros vestidos con uniformes de camuflaje, hincados, con las manos amarradas a la espalda y los ojos vendados, mientras eran interrogados por un comandante de los Zetas. Concepción relata que estaba en Reynosa en espera de indicaciones junto con otros diez pistoleros antes de integrarse a una estaca, nombre que dan los grupos criminales de la región a sus equipos de vigilancia más pequeños. Su sueldo quincenal era de ochocientos dólares. Había sido capturado mientras trataba de escapar de un enfrentamiento durante su bautismo de fuego en la guerra. Aunque contraatacó con una ametralladora, tropezó en la retirada y el arma se le encasquilló. No tardó mucho en ser sometido.

El segundo de los prisioneros que aparece es José Abel Rubí. Abel nació en Baja Verapaz, un pueblo del norte de Guatemala. En la ciudad de Zacapa lo contactó un hombre de apodo el Paisa, quien andaba buscando gente que quisiera irse a una guerra que iba a empezar en el noreste de México, para la cual se necesitaban personas que supieran matar sin que eso les afectara el sueño a la hora de dormir. Les decía que a cambio el sueldo era de 1 500 dólares al mes. Abel aceptó y se embarcó con otros hombres en el puerto De Ocos hasta llegar a las costas de Oaxaca después de ocho horas de navegación. En Oaxaca los esperaba un autobús, al cual se subieron junto con salvadoreños, nicaraguenses y hondureños, incluyendo algunas mujeres. El vehículo llegó sin mayores problemas hasta Reynosa, donde los recibieron y les avisaron que trabajarían para el cártel del Golfo. A Abel lo asignaron a la plaza de Ciudad Mier. Una tarde en la que vigilaba la carretera apareció un convoy rival. Cuando quiso subirse a la camioneta en la que patrullaba, su compañero arrancó y lo dejó ahí, junto a otros compañeros de aventura bélica, muertos y atravesados por las balas.

El tercero de los prisioneros de guerra que aparecen es un hombre que dice ser de Ciudad Victoria, Tamaulipas, y haber sido contactado ahí por Jesús Martínez Hernández, un joven reclutador a quien apodaban el Binomio, quien, semanas después de iniciados los combates, se dio un tiro en la cabeza, debido a un ataque de paranoia. El prisionero de Ciudad Victoria relata que la mayoría de los hombres reclutados en México son de Michoacán; son ellos quienes integran los comandos que recorren la región acompañados por algún nativo de Tamaulipas, elemento que a su vez suele tener la función de guía.

El cuarto de los prisioneros se llama Miguel López Rodríguez y es del puerto de Veracruz. Cuenta que después de un enfrentamiento fue capturado en Ciudad Mier. Tenía once días de estar de guardia ahí y se movía por las carreteras de los alrededores, junto con otras tres decenas de hombres, a bordo de siete camionetas. Cuando sus captores se lo llevaban, de reojo vio que atrás quedaba un reguero de muertos, tiesos como el cuero. Saldo mudo de la batalla.

Tras dieciocho minutos de proyección el video acaba abruptamente sin que hasta la fecha se sepa el destino de los prisioneros. Por el momento hay que agregarlos al número de las desapariciones forzadas en la región, y preguntarse si sus restos aparecerán algún día, cuando sean desenterradas las fosas comunes cavadas por ambos grupos para maquillar el horror de su lucha encarnizada.

6

Aunque aquí suelen matar a alguien a diario, casi no hay muertos. Tamaulipas, una de las regiones más violentas del país, tiene reservada la palabra muerte para otras cuestiones espirituales (algo curioso tomando en cuenta que el mundo que se ve hoy por estos rumbos no incita precisamente a ser espiritual). En lugar de muertos, se habla de acribillados, encajuelados, encobijados, rafagueados, entambados y sobre todo de ejecutados. El verbo matar casi nunca se conjuga: más bien se dicen —y se practican— sus sinónimos. Piensas en eso mientras viajas por la carretera que va de Monterrey a Ciudad Mier, considerada una ruta algo más que peligrosa, donde a veces recorres tramos tan largos y solitarios que se podría jugar en ellos un partido de futbol en pleno lunes al mediodía.

Recuerdas un viaje lejano, allá en la adolescencia, cuando de repente al coche lo asaltaban por las ventanillas el sonido de una polka norteña o el olor denso de arracheras asándose sobre el carbón y chiles serranos tostándose entre las brasas. Ahora no hay nada de aquello. Oyes las roncas combustiones emitidas por el motor del coche y el aire te parece asfixiante.

Marín, Doctor González, Cerralvo, General Treviño, son los nombres de pueblos sin vida que quieres dejar atrás cuanto antes, mientras te diriges a Ciudad Mier enumerando cada uno de los 158 kilómetros de esta carretera que la guerra convirtió en un camino de sombras.

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A diferencia de Sinaloa y Chihuahua, en Tamaulipas no se cuenta con una larga tradición en el tráfico de drogas. No al nivel de Sinaloa, que desde los treinta ha surtido de importantes cantidades de heroína, mariguana y cocaína a estados como California, el lugar del mundo con más consumidores de drogas por metro cuadrado, y por ende el mercado más codiciado entre esa empresa armada que es el narco. En el noreste de México, sobre la ruta a ciudades como Nueva York, si bien existía el contrabando, el narcotráfico tuvo un crecimiento importante hasta hace apenas dos décadas, en un principio bajo el control omnipotente de la policía federal y de un grupo de traficantes al que se le denominó “El Cártel del Golfo”, por la ubicación de Tamaulipas en el mapa.

Un profesor llamado Óscar López Olivares, quien fuera socio del capo Juan García Ábrego —y que más tarde se convirtió en testigo protegido del gobierno estadounidense— tiene una historia que contar. En sus memorias, aún inéditas, relata la forma en la que García Ábrego le dio un giro empresarial a la organización que había fundado el tío de éste último, Juan Nepomuceno Guerra.

De cara a lo que vendría después, las ambiciones del contrabandista Juan N. Guerra, eran sin duda modestas. Cuenta López Olivares:

En el año de 1980 quedó establecido el puente aéreo Matamoros-Oaxaca, con un promedio de 4 vuelos por semana de 400 kilogramos de cañamo indígena (mota, marihuana, grifa, hierba verde) en ese tiempo contaba con 40 años y jamás en mi vida había visto la hierba, pues apenas acababa de conocer la cocaína, que los mismos agentes federales me habían enseñado a utilizar, contra el cansancio del vuelo. En Matamoros, la Policía Judicial Federal, estaba compuesta únicamente por tres elementos y todos eran amigos de Juan García Ábrego desde la infancia. Les conseguíamos oficinas, muebles, armas y les pagábamos la luz así como una gratificación por cada viaje. Durante los años siguientes se hizo una constante que a cada comandante nuevo que llegaba, había que comprarle nuevamente todo, pues el que se iba no dejaba nada.

Este tipo de operaciones fueron las que predominaron y se afianzaron durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, cuando se incluyó al cártel de Cali como el gran proveedor de la cocaína colombiana vendida a los consumidores estadounidenses. En enero de 1996, García Ábrego fue detenido y extraditado a Estados Unidos, y el cártel del Golfo vivió su primera transición. Por esa época, a finales de los noventa, Osiel Cárdenas Guillén tomó el control y empezó a oírse hablar de los Zetas, pero lo que se decía sobre ellos parecía más leyenda que realidad.

En un inicio, los Zetas eran un grupo de escoltas encargados de cuidar la vida del capo. Sin embargo, a partir de 2003, cuando Osiel Cárdenas Guillén fue detenido y encarcelado en una prisión de máxima seguridad, el grupo conformado por ex militares de élite entrenados en Estados Unidos, creó una organización de corte marcial dirigida por Heriberto Lazcano, cabo de infatería desertor con entrenamiento especial en combate, inteligencia y contrainsurgencia. La extradición de Cárdenas Guillén a Estados Unidos acabó por darles la autonomía total como un nuevo grupo en el mapa del narcotráfico nacional, convirtiéndose, incluso, en una especie de marca registrada de la violencia extrema. Su fama hoy es tal que un zeta no es solamente quien forma parte de dicha organización, sino también lo es aquel sicario o narco que pone la violencia por delante del “negocio”.

Hasta febrero de 2010, el cártel del Golfo prácticamente había desaparecido. Fue entonces cuando ocurrió “El Alzamiento” y cuando el grupo que lo encabezó revivió las siglas C.D.G., para nombrar la alianza de algunos traficantes tamaulipecos con el cártel de Sinaloa y la Familia Michoacana en contra de los Zetas.

8

Como Ciudad Mier, hay otros pueblos a la redonda colapsados por la guerra. Uno es San Fernando; como cualquiera podría imaginar después de que ahí se encontraran, el 23 de agosto de 2010, los cadáveres de setenta y dos migrantes. Lo sabes también porque gente de ahí te ha contado cómo la plaga de la guerra y los enfrentamientos llegaron a trastocarlo todo desde febrero; arrojaron decenas de muertos y con ello impactaron la vida de los habitantes del casco de San Fernando. Sin embargo, sabes también que lo peor ocurrió en las carreteras y brechas donde se cree que los asesinatos se cuentan por cientos. De esto se sabe muy poco con certeza, debido a que la prensa regional no puede informar de ello, y los enviados de la prensa nacional y extranjera, estarían en grave riesgo si intentaran pisar la zona para investigar.

Las brechas son espacios ideales para moverse y esconderse en una guerra como la de Tamaulipas; y más que un pueblo, San Fernando es, en cierto sentido, un casco urbano con un laberinto interminable de brechas. La gente que debe transitar por algunas de éstas, te relata cómo el olor a muerto tiene impregnado los caminos, y cómo los zopilotes ya pasan más tiempo pisando la tierra que volando. ¿Cómo hacer que la curiosidad venza al miedo, para ir a verificar si lo que se dice sobre las brechas es verdad y no una exageración?

Te cuentan también que en los primeros días de la guerra era común ver la ciudad patrullada por convoyes de pistoleros de uno u otro bando, apuntando sus armas hacia la calle y las casas. Esas manadas de vehículos que irrumpían en el pueblo llegaron a estar formadas hasta por cuarenta camionetas pick-up doble cabina, en las cuales se movían cuatro pistoleros en cada una: ciento sesenta hombres con armamento seguramente adquirido en Estados Unidos. A veces los convoyes paraban su marcha e instalaban retenes en las carreteras para vigilar el ingreso a la zona. Otras veces desataban el trueno de sus fusiles contra cualquier cosa que les pareciera amenazante.

Hasta antes de la matanza de los setenta y dos migrantes, ocurrida en un rancho del ejido El Huizachal, la presencia del Ejército era reducida en San Fernando. Después de la tragedia la zona se militarizó, pero sólo unos días. Cuando los soldados se fueron los ánimos de los habitantes que todavía no huían, se volvieron a desmoronar. Te dicen que quizá no vas a encontrar un solo sanfernandense que no haya perdido amigos, familia o conocidos de toda la vida, a causa del conflicto. Te aseguran que no todos los muertos son narcos, que hay muchos inocentes, que no debes olvidar que en las guerras la muerte es pareja, y que siempre hay dramas terribles como los que han sucedido en ésta; dramas como el de esas familias que han hecho funerales y enterrado solamente las cabezas de sus parientes muertos, porque el resto de los cuerpos jamás los pudieron encontrar.

9

Basta echar una ojeada a un mapa de México para darse cuenta de que Ciudad Mier es la línea divisoria entre dos grupos en guerra. Reynosa, área de influencia de C.D.G., queda al oriente, y Nuevo Laredo, bajo control de los Zetas, al este. Ciudad Mier está justo a la mitad, por eso es explicable que ahí se librara la batalla más importante de la guerra de Tamaulipas. Lo que no es explicable es que Ciudad Mier fuera abandonado a su suerte, que las autoridades lo dejaran morir lentamente, durante casi nueve meses.

Al menos eso creen algunos de sus pobladores, quienes sospechan que uno de los grupos está haciendo la guerra que debería hacer el gobierno, y que se preguntan que si esto no es así, por qué no entraron antes los militares de forma permanente, como lo hicieron hasta finales de año, el 2 de noviembre, tras un enfrentamiento que provocó el éxodo de prácticamente todos los habitantes.

En la Octava Zona Militar responden a esta pregunta diciendo que era imposible hacerlo debido a que la mayoría de la tropa estaba concentrada en otras operaciones ordenadas desde la ciudad de México, y que Ciudad Mier no era el único lugar en guerra. Algunos de los pobladores no creen en esto, y argumentan que hubo negligencia gubernamental. A su juicio, la lógica fue dejar que los narcos se destruyeran entre ellos, y al hacerlo, de paso, se permitió que destruyeran Ciudad Mier.

En ese lapso, los muertos de la guerra de Tamaulipas se quedaron sin acta de defunción. De febrero a noviembre de 2010 hubo masacres, asesinatos selectivos y balaceras pero no hubo parte informativo de las batallas ni comunicado o vocero que diera cuenta de lo sucedido o de sus causas. En medio de los bandos en pugna, los habitantes eran juguetes de un azar indescifrable, y fuera de Tamaulipas pocos se enteraban de lo que sucedía. La información de la zona salía a cuentagotas vía internet. Una mujer se atrevió a grabar la forma en que quedó la La Ribereña —la carretera que comunica a Ciudad Mier con el poblado de Camargo— luego de un enfrentamiento que duró toda la madrugada. Días después de subir las imágenes a las redes sociales, el video se convirtió en noticia de portada en los diarios nacionales y tema de conversación por unos días. Luego se reanudó, otra vez en silencio, la guerra de Tamaulipas: cadáveres tirados, harapos ensangrentados, esqueletos de camionetas calcinadas, miles de cartuchos percutidos y militares peinando la zona aparecen en la grabación de un enfrentamiento cuyo registro oficial no existe, pero que ocurrió y se supo gracias al teléfono celular de una mujer desconocida.

Algún día alguien contará la historia de tantos anónimos valientes que también ha producido la guerra de Tamaulipas, como esta mujer.

Durante ese tiempo, Ciudad Mier no sólo fue un pueblo sin policías: fue un pueblo sin escuela, sin bancos, sin carnicerías, sin médicos y sin farmacias, porque los principales establecimientos estuvieron cerrados buena parte de los nueve meses. Camionetas cargadas de gente con maletas y bultos abandonaban al pueblo. La Arquidiócesis estuvo a punto de dejar a Ciudad Mier también sin cura, pero —pese a la orden de sus superiores— el sacerdote del pueblo fue el único de la Frontera Chica que se rehusó a abandonar su templo durante los enfrentamientos. El tamaño de la soledad de Ciudad Mier era tal que el alcalde sólo visitaba la presidencia municipal dos veces por semana, y el resto de los días los pasaba en Roma, Texas, o en cualquier otro lugar lejano y seguro.

En 2010 no sólo no se celebró el aniversario del pueblo, tampoco hubo fiestas de Semana Santa, Día de las Madres, y ni siquiera Grito de Independencia. La vida civil en Ciudad Mier se fue extinguiendo de forma callada y cruel, hasta que en noviembre apenas quedaban mil de los 6 117 habitantes de los que habla el censo oficial. Fue entonces cuando el país le prestó un poco de atención a la tragedia del pueblo, ignorando lo que le había ocurrido a lo largo de los meses anteriores.

10

Cuando empezó la guerra, uno de los pocos periodistas que viajaron de la ciudad de México a Tamaulipas a ver lo que pasaba fue un buen amigo tuyo. Serio como persona y más como reportero. No es de esos que hacen periodismo porque andan buscando la misma adrenalina que puedes conseguir si te subes a la Montaña Rusa, o de los que creen que las guerras son como en las películas de Hollywood, o que se trata de un asunto poético. Antes estuvo en Líbano, y sabe que los campos de batalla están llenos de sangre, de cuerpos mutilados, de dolor y de pánico; que la palabra guerra no tiene el mismo significado para un político que la usa como un elemento más de su retórica, que para quien la padece en carne y hueso.

Tu amigo estuvo trabajando al principio sin demasiados aspavientos en esos días de marzo de 2010 en Reynosa, junto con un camarógrafo de Milenio Televisón. Hicieron un reportaje sobre el hip-hop que le canta al narco y otro sobre la cuenta de Twitter del gobierno de la ciudad. Cuando trataban de corroborar unos datos —precisamente sobre periodistas locales desaparecidos a causa de la guerra— se toparon con un convoy de hombres armados que circulaba a plena luz del día por un lugar céntrico. Los pistoleros pasaron al lado de ellos. A los pocos minutos, los volvieron a topar por segunda ocasión, unas calles adelante. Los pistoleros detuvieron a tu amigo y al colega camarógrafo, les pusieron pistolas en la sien y cortaron cartucho, los golpearon, los llevaron a una casa de seguridad y los interrogaron. Antes de dejarlos en libertad les ordenaron: “Váyanse y avisen que la prensa no venga a calentarnos la plaza”. Pocos minutos después tu amigo te llamó y soltó a bocajarro: “A la mierda el periodismo: no sirve para nada lo que hacemos”.

11

Un par de años después de la firma del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá, se intensificaron los trabajos de explotación de gas de la Cuenca de Burgos, al permitirse de forma parcial la participación de empresas privadas. No es poca cosa la infraestructura gasera que ha sido levantada en la zona desde entonces, aunque la guerra la ha puesto en un segundo plano: hay 127 estaciones de recolección, veintiocho de trasiego y diez de entrega, así como 108 ductos de gas húmedo y 114 tuberías de gas seco con una longitud total de 2 789 kilómetros. En su conjunto, colocadas en línea recta, la totalidad de las instalaciones equivaldría a la distancia en carretera del Distrito Federal a Arizona. Aún así, la red de explotación todavía es muy limitada para la riqueza que hay en la región. En el vecino estado de Texas, por ejemplo, hay noventa mil pozos explorados y diez mil produciendo, mientras que en Tamaulipas existen once mil explorados y solamente 1 900 produciendo, de los cuales, la mitad pararon sus actividades a causa de la guerra.

Ciudad Mier y los demás poblados de la zona de guerra se localizan en una de las principales regiones energéticas del país. Hace unos años, luego de que se anunció una fuerte inversión de Pemex en el área, y de que se prometió un esquema de privatización parcial, la Frontera Chica empezó a ser conocida como un nuevo El Dorado. La expectativa de una explotación masiva del gas generó un boom económico: empresas y trabajadores emigraron a los pueblos de la región, provocando que aumentaran todos los precios, desde los tacos de carne asada hasta el de la hectárea de tierra.

Sin embargo, en 2010 el panorama cambió radicalmente: la guerra ahuyentó a pueblos enteros, hizo que bajara el precio de los predios, y en lugar de bonanza llegó la miseria y con ella la región comenzó a ser identificada como una tierra inhóspita.

En medio de la guerra, una cuadrilla de trabajadores estaba dando mantenimiento a la estación de compresión de gas de Pemex llamada Gigante 1, construida en un tramo de Nueva Ciudad Guerrero, municipio vecino de Ciudad Mier. De repente apareció un grupo de hombres armados y les advirtió que se fueran de ahí. Los técnicos obedecieron y reportaron a sus superiores lo que les había pasado ese 16 de mayo de 2010. No trabajaban directamente para la empresa paraestatal Pemex, sino para Delta, una de las compañías subcontratadas.

Junto con la estadounidense Halliburton, compañías como Delta llegaron hace tiempo a la zona, atraídas por la promesa de bonanza que dejaría la explotación de la Cuenca de Burgos, en la que Pemex calculaba en 2003 que se invertirían veinte mil millones de dólares durante los años siguientes.

Los jefes de la cuadrilla descreyeron el relato de los trabajadores y les ordenaron regresar la semana siguiente a la estación de compresión, si no serían despedidos. Así lo hicieron, y cuando apenas tenían unas horas de haber vuelto a la estación Gigante I, apareció uno de los grupos en guerra y, sin más, se llevó a seis de los trabajadores que estaban ahí. No hubo resistencia alguna. Los demás empleados alcanzaron a correr y esconderse. A la fecha nada se sabe del paradero o destino del mecánico Anselmo Sánchez Saldívar, de los ayudantes de mecánico, Martín Franco y Martín Zuñiga, del instrumentista de máquinas de compresión, Saúl García Ayala, y del operador de plantas de compresión, Christopher Cadena García. Rancheros que vivían en los alrededores de las instalaciones de la Cuenca de Burgos, como Gerardo García, César García y Adán de la Cruz Santiago, también fueron secuestrados y, al igual que los trabajadores de Pemex, siguen desaparecidos al día de hoy. El número de personas desaparecidas cerca de estaciones de Pemex es mayor, casi tan grande como el miedo a denunciarlas.

Tal y como lo comentan algunos conocedores de la región, suena a teoría de la conspiración suponer que en medio de la lucha de intereses que se disputan el estado de Tamaulipas, se encuentren también ciertas compañías petroleras de Texas. Sin embargo, cabe recordar que además del negocio de la guerra, Afganistán e Irak, representaron muy buenas inversiones en cuanto a energía se refiere para las mismas empresas estadounidenses que hoy —y desde hace tiempo— tienen los ojos puestos en la Cuenca de Burgos.

También suena a teoría de la conspiración ese afán de justificar todos los males de la zona como el resultado de un enfrentamiento entre un cártel y otro, ignorando los intereses políticos y económicos que existen en la Frontera Chica, intereses que, de algún modo, quedaron en medio de la disputa por el control del tráfico de drogas a Estados Unidos.

Conspiración o no, nada se sabe con certeza sobre lo que pasará con el tesoro nacional que hay bajo el teatro de la guerra en Tamaulipas.

12

En una situación de guerra, negarse a prestar testimonio es una de las maneras que los testigos tienen de salvar sus vidas. Fingir ignorancia es una forma de sobrevivir. Y en esta guerra, los bandos en pugna exigen un silencio a su favor.

Por lo general las revueltas buscan hacer visible algo. Lo de Tamaulipas es otra cosa: lo contrario.

Te cuentan que hace poco estuvo por aquí la televisora Al Jazeera, y que lo que decían los periodistas enviados era que nunca habían estado en un terreno tan fangoso, donde el riesgo y el desconcierto lo dominaran todo. Los de Al Jazeera, que en los años recientes han estado en las líneas de fuego de los principales conflictos bélicos del planeta, no pudieron recorrer la carretera de La Ribereña. Ni los funcionarios locales ni los militares les dieron mínimas garantías de que saldrían vivos si lo intentaban. Optaron por hacer un reportaje sobre la forma en que los sheriffs fronterizos texanos viven el drama tamaulipeco.

¿Qué más? Nadie sabe cómo cubrir lo que sucede aquí. Por mucho, la tarea más difícil del periodismo la tienen tus colegas locales. En los periódicos de Tamaulipas lo que debe callarse supera a lo que se puede contar. Enciendes la radio del coche. Hay canciones de Rigo Tovar o de Cuco Sánchez, o comentarios sobre los resultados del torneo de futbol nacional, pero no se informa de las cinco personas asesinadas hace unas horas en el centro de Reynosa, ni tampoco de los ataques con lanzagranadas en un ejido de Camargo. Te preguntas: ¿cómo va a documentarse cincuenta años después, lo que hoy sucede en Tamaulipas si no existe registro alguno al día siguiente?

Sabes que el silencio que hoy existe en Tamaulipas no se generó de forma espontánea. Para funcionar, el silencio requiere de un sofisticado aparato de represión. Necesita de fosas clandestinas, de gobernantes ilegítimos, del monopolio de los cuernos de chivo, de la degradación económica, de policías corruptos y de una sociedad civil aletargada. “Quien se impone mediante el ruido debe hacer un mayor esfuerzo para mantener su hegemonía que quien lo hace a través del silencio”. Kapuscinski decía eso y decía también que por tal motivo, la palabra “silencio” casi siempre aparece asociada con palabras como “sepulcro” (silencio sepulcral) o “mazmorras” (el silencio de las mazmorras).

No se trata de asociaciones gratuitas.

Sabes que a Pepino lo mataron sin que nadie hiciera nada y en silencio. Uno de los hombres que oyó todo —y que lo vio al día siguiente colgado antes de entrar a misa— te contó que desde ese día no ha podido dormir bien. Ese hombre ha entrado ya al laberinto negro de los insomnios que producen todas las guerras.

La batalla de Ciudad Mier, de todo Tamaulipas, es sobre todo una batalla contra el silencio.

13

El 2 de noviembre de 2010, cuando los Zetas lanzaron una contraofensiva para recuperar el control de Ciudad Mier, Matilde González Puente estaba en la sala de su casa viendo la telenovela de las cuatro de la tarde. Al escuchar los primeros balazos se levantó de la silla para ir a cerrar primero la puerta principal y luego la del patio. Los balazos se siguieron oyendo e imploró: “¡Virgen, líbreme!”, mientras lamentaba en sus adentros que hubiera gente con una piedra en lugar de corazón. Después dos balas pasaron cerca de ella y se estrellaron al lado de un viejo ropero, dejando un par de hoyos en el concreto. Matilde González se apresuró a entrar a una pequeña bodega dentro de la casa, donde había un colchón, el cual se colocó encima para tratar de sentir menos miedo y calmar el temblor de su artritis. A sus ochenta y dos años, Matilde no había podido abandonar el pueblo como la enorme mayoría lo habían hecho ya. Uno de sus hijos vive en Monterrey, y sus dos hijas en Estados Unidos, una en California y la otra en Texas. “Vivo de milagro, por pura cosa de diosito”, me dijo el día que la conocí. Matilde nació el 18 de diciembre de 1928, cuando no tenían mucho de haber menguado las batallas revolucionarias en México y estaba en pleno auge la lucha cristera. Fue una de las pocas personas que nunca abandonó Ciudad Mier, y me dijo que ya estaba resignada a morir como nació: en medio de la guerra. Creía que lo que le sucedido al pueblo tenía una explicación divina y que los responsables recibirán algún día lo que merecen: “Dios sólo espera el momento indicado”.

Pasaron varias horas hasta que amainó la tormenta de pólvora ocurrida ese Día de Muertos que Matilde González pasó encerrada. Toda la noche hubo humo saliendo de la esquina norte del pueblo, y en las calles del acceso a Reynosa quedaron los esqueletos de tres camionetas calcinadas y un camión recolector de basura volteado tras ser improvisado como barricada. En algunas paredes aparecieron pintas de graffiti con mensajes como: “Su plaza Ja ja ja”, “Sálganle Golfas, ya llegamos” y “Pónganse vergas porque ya llegamos los zetas a quedarnos”.

Otro hombre, de ojos color avellana, Gregorio Olivo Salinas, nacido por los mismos años que Matilde González, también estuvo cuando sucedió la batalla del Día de Muertos. Mientras platicábamos, a varias semanas de los sucesos, unos albañiles trabajaban en Hidalgo, una de las calles principales donde había fachadas de casas que tenían las paredes negras por el fuego, y otras que guardaban todavía tantos impactos de bala en el concreto, que parecían estar enfermas de sarampión.

—¿Cuántos balazos se habrán disparado ese día? —pregunté.
—¿Aquí? Millones de cartuchos que se recogían ahí. Hasta para venderlos por kilo, pero no se mataba tanto porque todos estaban bien escondidos, arriba de las casas.
—¿Le había tocado a usted una cosa así?
—Fui jefe de la policía vario tiempo, tres etapas. Pero no, había otras cosas duras, nada cómo esto.
—¿Cómo qué?
—La (policía) federal era la que andaba aquí encargada de ese asunto. Yo estuve del 86 para atrás y ya después arreglé mi pasaporte y me fui a trabajar para allá (señala en dirección a unos mezquites detrás de los cuales está el río Bravo).

Gregorio Olivo empezó a fastidiarse de la conversación. Se movía de un lado a otro y se tocaba el ala izquierda del sombrero vaquero que llevaba puesto.

—Ojalá que se mejore la situación de Ciudad Mier —le dije.
—Ojalá, qué más quisiéramos porque pues apenas se está arrimando la gente al pueblo. Aquí estaba antes solo, solo. En esta calle nada más yo me quedé. Ahora bueno, pues ya comienza a haber familias.
—¿Y usted por qué no se fue?
—¿ A dónde me voy? Al cabo lo que no te pasa de joven, de viejo no te escapas. [Risas]. Yo no tenía a donde correr.

14

En este instante, la única compañía que sientes en la solitaria carretera por la que vas es la de unas cruces monumentales ubicadas en el kilómetro 35. Son del tamaño de una casa de tres pisos y están a la entrada de un cementerio.

Unos kilómetros más adelante aparece, en el carril de sentido contrario, el único vehículo con el que te has topado en media hora de recorrido. Es una vieja pick-up conducida por un hombre de bigote y camisa celeste, quien enciende y apaga las luces un par de veces justo cuando su coche está frente a ti. Quiere decirte algo. En cualquier otra carretera pensarías que te avisa que tienes una llanta ponchada, o que más adelante te vas a topar con un accidente o con un tramo en mal estado, pero en esta carretera lo que se viene a la mente es que adelante hay un enfrentamiento o un retén de alguno de los grupos de la guerra. Sigues la marcha y lo que encuentras es una obra en construcción que parece abandonada, por lo que debes salir de la carretera unos metros y andar entre la tierra antes de retomar el camino de asfalto. Solares yermos, arbustos verdigrises, corrales vacíos, tristes nopales, bodegas de alimento para vacas derrumbándose: el paisaje de un campo agonizante va quedando atrás.

Poco antes de entrar a Ciudad Mier, en el municipio contiguo de General Treviño, ves a tu costado izquierdo un rancho donde hay algo de vida y una imagen que parece un espejismo: avestruces y ponys compartiendo cautiverio entre los mezquites retorcidos de troncos gruesos y follaje abundante que les regalan sombra. Más adelante, asomándose por el valle, adviertes unas columnas de humo negro, denso y brumoso. Otra vez se activa discretamente un alarma dentro de ti.

Así se recorre esta carretera, bajo tensión.

El coche continúa su marcha. Pasas a un lado de la humareda y te das cuenta de que fue causada por basura quemada. La siguiente imagen con la que te topas es la de pequeños montículos con costales llenos de tierra y tambos atiborrados de rocas en ambos lados de la carretera, trincheras que por el momento no dan refugio a nadie.

Has llegado al sitio que andabas buscando: Bienvenido a Ciudad Mier.

15

El C.D.G. inició la ofensiva contra los Zetas divulgando un canto de batalla con ritmo de hip hop. Un rapero fronterizo cuyo nombre artístico es Sr. Cortés grabó la canción de propaganda. Se llama “El Reto” y busca explicar el por qué del inicio de la guerra en febrero de 2010.

Dice así:

Recuerda ciudadano: no todo es violencia, por eso el CDG, también en eso piensa. Respeto a tu familia, no te metas conmigo, insisto y te recuerdo: yo no soy el enemigo.

Esto va de parte de CDG, esto es un llamado, así es que escuchen bien: el pleito no es contigo, ni con el gobierno, pero si nos buscas, arderás en el infierno. El que mata a mujeres y niños es un cobarde. Hay que ir de frente, porque así es el jale. Confunden la valentía con la felonía, cuando en verdad, es pura cobardía. Los que se creen valientes, allá ellos con su fama, mienten y quitan la vida a gente inocente. Los invito: topón de frente. Ya saben: escojan el puente, la hora, el día para desaparecerlos como los dinosaurios, extinguirlos en masa con la metraca, taca-taca-taca.

Pa que el pueblo sepa que el CDG respeta, en todo el planeta, pa que se den cuenta que aquí va la vuelta, pa los que secuestran.

Y con el gobierno evitamos la fricción, pero si así lo quieren nos damos un tocón. Es por eso que con ellos evitamos balaceras, para que así gente inocente no se muera. Pueblo no confundan al cártel con cobardes; si el CDG no mata más que a los cobardes.

Ya lo saben, acabemos con la escoria. Y protejamos bien nuestras colonias. Así es que los retamos a que se la fleten al estilo bravo, líderes enfrente, no manden achichincles para que los mate, amárrense las bolas, bola de cobardes.

Matamoros, Reynosa y Laredo, todo Tamaulipas, también el mundo entero, en el entrenamiento el cártel no escatima, por eso en Tamaulipas, el CDG domina. Flétense cabrones, nos damos un tocón, y donde ustedes quieran, les damos un juntón. Maten pero el hambre, y déjense de pedos, y por si necesitan, yo les presto mi dedo.

Esto es un reto.

A su vez, los Zetas, poco después de iniciados los ataques, enviaron a los buzones de los correos electrónicos de funcionarios locales, periodistas y empresarios, el siguiente escrito, explicando su posición ante la guerra:

Este es un comunicado oficial de parte de La Compañía.

Sabemos que en todas las ciudades están molestos con todo lo que está pasando, y están hartos de ver cómo esto no se termina, pero aquí esta la realidad de lo que querían saber:

A nosotros nos tachan de secuestradores, extorsionadores, asesinos y demás, pero les recuerdo que nosotros, antes de que iniciara todo esto, estábamos a las órdenes del Cártel del Golfo (CDG), y por lo cual recibíamos órdenes. Ahora que ellos nos declararon la guerra, aún así nos culpan de quemar casas, de matar gente inocente y demás, como si ellos no hicieran eso.

Se tachan de finos, estudiados y buena gente, que hasta roban tiendas de ropa para vestir bien. Queman casas porque creen que así nos iremos para siempre, matan a gente inocente para echarnos la culpa de eso y que toda la ciudad se ponga en contra de nosotros, y ellos queden bien. Ponen comunicados en diferentes medios para tapar el sol con un dedo.

Nosotros no necesitamos andar diciendo a la gente que nos apoye, ni mucho menos reclutamos alumnos de secundarias como ellos lo hacen. Nosotros somos gente preparada para combate y no necesitamos de gente que no sabe ni manejar una arma.

Ellos nos declararon la guerra y ahora no la ven llegar porque están situados en territorios donde no se pueden mover para ningún lado y por eso necesitan de sus alianzas con otros cárteles para defenderse, pero no saben que sus aliados los terminarán exterminando primero a ellos.

Así que espero que les quede claro la realidad de quién recluta gente no preparada, de quién asesina gente inocente para culparnos a nosotros, de quién arma sicosis en la ciudad para que la ciudadanía crea que con ellos las extorsiones, secuestros y asesinatos terminarán, de quiénes publican miles de “comunicados” y pagan mucho dinero para que sus videos sean publicados.

Somos lo que somos pero estamos conscientes de nuestras acciones y antes de realizarlas, le añadimos inteligencia.

Sólo nos resta decirles que no salgan de sus casas si no tienen nada a que salir, y ante cualquier evento en la calle, traten de resguardarse, pero tengan por seguro que nosotros sí tenemos entrenamiento, no como ellos, que no saben actuar ante una situación así. Con esto no les estamos pidiendo que nos apoyen ni que anden poniendo gente, solo que no se metan con nosotros y que nos dejen trabajar. Al final de esto, saldrá victorioso quien tenga más poder y más estrategia para poder realizar su trabajo.

Estamos conscientes de que perderemos gente, pero ellos perderán todo. Nosotros podemos realizar nuestro trabajo sin necesitar el apoyo de la población inocente.

Atentamente: La compañía Z.

16

La primera vez que viniste a Ciudad Mier después de que pasó la parte más intensa de la guerra que desplazó a casi todos los habitantes del pueblo fue con Santos, un experimentado camarógrafo de Multimedios Monterrey que, junto con el periodista Daniel Aguirre, entró antes que nadie a la zona para corroborar la diáspora provocada por los enfrentamientos del 2 de noviembre. Las noticias sobre lo sucedido ese día aparecieron con tibieza en los diarios nacionales, donde no hay nunca el espacio suficiente para recoger todo el caudal de la violencia nacional.

Si estás allá, en ese raro oasis de paz en el que se convirtió hoy el Distrito Federal, puedes abrir el periódico casi cualquier mañana del año y leer que ayer en (aquí puedes poner Ciudad Mier o Guasave, o Fresnillo…) han sido ejecutados (aquí puedes poner cinco o diez o cincuenta) sicarios en (una cárcel, un rancho o tal plaza principal) y que… Tras empezar a leer la noticia te darás cuenta de que es la misma que leíste hace unos días, y la semana pasada también, y el año anterior, y mejor darás la vuelta a la página para enterarte de otra cosa más novedosa. Masacres de jóvenes, crímenes contra niños, asesinatos de alcaldes y las desapariciones de periodistas ocurren tan lejos de la capital del país, y son ya tantos que se olvidan al día siguiente.

Santos te contaba que cuando llegó a Ciudad Mier, tras los enfrentamientos del 2 de noviembre, él y su compañero iban con chaleco antibalas y casco, acompañados por soldados. Estaban conscientes de que si les pasaba algo, habría lamentaciones públicas y condenas por parte de los políticos unos días, pero que después sus muertes acabarían perdidas en la montaña de estadísticas.

Cuando tú y él viajaban hacia Ciudad Mier, Santos te contaba que la otra ocasión estuvo poco tiempo en el pueblo, pero que alcanzó a grabar muchos esqueletos de camionetas calcinadas y casas llenas de hoyos. Los soldados que lo escoltaban le daban tres minutos para grabar en cada parada. Le advirtieron que podía haber francotiradores, emboscadas o asaltos imprevistos, pero por suerte no hubo nada de aquello. Santos te hablaba de lo que para él significa reportear en esta zona, y de repente hizo una lista en su mente con los nombres de periodistas desaparecidos o asesinados que él conoció.

El día del viaje con Santos la mayor parte de la carretera estaba recubierta por neblina. Gotas de lluvia ligera perlaban el cristal del coche, pero de cualquier forma se podían ver los llanos dorados de la orilla del camino. Santos y tú suspendieron la conversación abruptamente en la gasolinera de Cerralvo, donde un grupo de veinte soldados, en dos camionetas, montaba guardia, con los dedos muy cerca del gatillo, listos para el combate.

La situación los devolvió a la realidad del camino: hasta para ir a cargar combustible había que hacerlo preparado para la guerra.

17

Alberto González nunca había tenido ningún cargo de elección popular hasta que fue electo alcalde de Ciudad de Mier a media guerra. La disputa no obsequió saldo blanco a la clase política local: una semana antes de los comicios celebrados el 4 de julio, fue asesinado el candidato del pri a la gubernatura, Rodolfo Torre Cantú, quien prácticamente tenía ganadas las votaciones. Alberto González, un hombre de pelo cano y lentes de profesor de biología, era el supervisor escolar de la zona comprendida por Ciudad Mier; en 2010 aceptó ser el aspirante priista a la alcaldía de un pueblo que nunca ha sido gobernado por otro partido que no sea el pri. Para las elecciones del 4 de julio de 2010, Ciudad Mier ya estaba semivacío debido a los enfrentamientos. Ochenta por ciento del padrón registrado no votó; de los 6 009 electores registrados, apenas acudieron a las urnas 1 486 y de esos, 1 210 eligieron al candidato priista. Sólo cincuenta y cuatro habitantes votaron por el aspirante del pan.

A principios de 2011, Alberto asumió el cargo de presidente municipal. Una de las primeras cosas que hizo su administración fue organizar cuadrillas de albañiles que remozaran los impactos de bala —miles de ellos— que había, principalmente, en las casas del casco y en los monumentos de las tres principales entradas al pueblo. Por esos días acompañé al alcalde en un recorrido a bordo de su camioneta. Fuera de las calles principales, el panorama lo componían casas abandonadas, calles tristes, sin personas ni perros, y comercios cerrados con los neones apagados.

Justo cuando el nuevo presidente municipal me explicaba que ya habían remozado la mayor parte del pueblo, pasamos a un lado del Hotel El General, la construcción favorita de los francotiradores, la cual se veía todavía muy dañada.

—Bueno —dijo el alcalde antes de que yo comentara algo— en esta parte, pues el edificio fue destruido y fue quemado y ahora presenta como quiera otra cara, pero bueno, se siguen llevando a cabo obras de reconstrucción.

El edificio más afectado por la batalla de Ciudad Mier fue la comandancia municipal, cuya construcción era atacada constantemente, pese a que desde el inicio de la guerra ya no había policías dentro de ella. Durante el último enfrentamiento que se registró, el cual incluyó un ataque con lanzagranadas, ocurrió algo curioso: el edificio se incendió y de la fachada principal cayó material de estuco que se había sobrepuesto a la pared. La fachada original, con arcos, columnas y un águila republicana en el centro, quedó así a la vista, dándole un aire histórico y más solemne al edificio en ruinas, cuya antiguedad era de casi ciento treinta años.

Le conté después el hallazgo de este “tesoro” en medio de la guerra al escritor tamaulipeco Martín Solares, quien me dijo que para él la caída de la fachada de la comandancia de Ciudad Mier era la metáfora perfecta de lo que pasaba en el país: las balas estaban haciendo que cayera el barniz de la realidad que durante muchos años había sido ocultada superficialmente, y que ahora se estaba desmoronando, porque no aguantaba un balazo más.

Entré con el alcalde al viejo edificio y me topé con trozos de cables y las paredes ennegrecidas. En un escritorio había una televisión, un teléfono, una taza y una lámpara de mano achicharrados; estaban ahí también los papeles y plásticos que alimentaron el fuego.

—¿Vio la película El Infierno? —pregunté de repente al alcalde.
—No la he visto, pero ya me han dicho que lo de Mier es algo parecido.- contestó con cierto fastidio.
—¿Por qué quiso ser alcalde de Ciudad Mier en un momento así?
—Estamos muy motivados porque la gente también está muy motivada, está muy entusiasmada precisamente por recuperar esto, y eso te hace más fácil la situación. Además, el ambiente que vive Mier, yo creo que no es exclusivo de Mier, es nacional… Pero bueno, vuelvo a repetir, me siento contento porque me siento respaldado por la gente, y también tenemos el respaldo de otras dependencias: Pemex por ejemplo, que ha estado muy atento para ayudarnos en la reconstrucción de nuestro querido Ciudad Mier.

18

Ésta es la tercera vez que viajas a Ciudad Mier en lo que va del año. Ahora lo haces con dos colegas de Monterrey y con Daniel Aguilar, un fotógrafo al que te han tocado algunas balaceras en Oaxaca y en otros sitios de la atribulada geografía nacional. Pero no hablan de eso durante el viaje. Platican de estos paisajes fronterizos, usados varias veces por Tarantino y Robert Rodríguez para filmar sus películas, de lo bonita que es la colonia Condesa allá en la Ciudad de México, del grupo musical Intocable, de lo caro que es el equipo fotográfico, y de cosas así.

19

El domingo 6 de marzo de 2011 Ciudad Mier cumplió 258 años de haber sido fundada. Si la celebración del aniversario anterior se había cancelado debido a la guerra, ahora un grupo de pobladores, junto con el flamante alcalde, Alberto González, habían decidido organizar los habituales festejos para devolverle la vida al pueblo. Ese domingo al mediodía, bajo el resguardo de sesenta soldados, por la plaza principal caminaron duquesas, princesas y reinas, con grabaciones de música del piano de Raúl Di Blassio de fondo.

Aunque todavía se percibía el cataclismo de la guerra en algunos edificios, decenas de los pobladores exiliados en Texas y en Monterrey regresaron momentáneamente a Ciudad Mier. Una jovencita preparatoriana con vestido color merengue y peinado de salón, fue nombrada reina Emily I, recibió una corona y un cetro y su primera actividad como Reina del pueblo fue decretar que Ciudad Mier debía seguir manteniéndose unida pese a la difícil situación.

Tras la coronación, frente a la comandancia municipal —ya algo restaurada— fue colocado un arriate con carbón encendido para asar en unas cruces de acero, 258 pollos, uno por cada aniversario del poblado.

—¿Por qué festejar con pollos asados? —pregunté a Diego Treviño, el secretario particular del alcalde.
—Porque era para lo que había, ¡pero para el otro año vamos a asar cabritos! —contestó emocionado al ver que más de quinientas personas se encontraban en la plazoleta que meses atrás había atestiguado horrores que no venía al caso recordar en ese momento.

La fiesta por el 258 aniversario de Ciudad Mier sólo incluyó el primer cuadro de la ciudad. Fuera de ahí el panorama sigue siendo desolador. Un fraccionamiento de casas Geo construido en 2003 está completamente abandonado, sin vida alguna. El resto de las calles y la devastación del paisaje advierten que quizá por ahora, lo que hay sólo es un periodo de entreguerra.

Por la tarde, el cura ofició una misa en la que imploró por la paz del pueblo. Los fieles oraron junto con él: “Señor, ayúdanos a combatir el miedo y la inseguridad, consuela el dolor de quienes sufren, da acierto a las decisiones de quienes nos gobiernan, toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos y provocan sufrimiento y muerte”.

El alcalde Alberto González era quizá la persona más eufórica esa tarde, mas no por la fiesta. Unos días antes recibió una llamada telefónica de Julián de la Garza, uno de los directivos de Pemex encargados del proyecto de la Cuenca de Burgos. La cita entre ambos ya había ocurrido y el funcionario petrolero le había informado que le entregarían a su administración una buena cantidad de recursos económicos para sacar adelante a Ciudad Mier; le confirmó también que en la primavera se reactivaría la explotación de varios pozos de la Cuenca de Burgos, y que la compañía texana Halliburton, estaba muy interesada en afianzar su presencia en este 2011.

La esperanza del alcalde era tan grande, que calculaba que dentro de unos meses Ciudad Mier podría volver a tener policías.

20

Antes de irte de Ciudad Mier van al entronque con la carretera La Ribereña, donde un enorme monumento con forma de campana recibió miles de impactos de bala y cerca del cual absolutamente nadie se atreve a vivir. Daniel Aguilar quiere hacer unas fotografías del sitio, que en realidad es un cántaro monumental que alude a la leyenda de la creación del poblado. Mientras Daniel hace sus fotos, uno de tus colegas grita: “¡Ya valió madre!” y señala al horizonte de la carretera. Volteas y ves una camioneta blanca pick-up de reciente modelo, luego otra igual atrás, y después otra, y otra… “¿Son ellos?”, pregunta. Tú callas. Ninguno sabe que hacer. Se quedan de piedra. El convoy se va acercando, hasta que pasa a un lado de ustedes y alcanzas a ver que las camionetas tienen en el costado un pequeño logotipo de Pemex. Son once y pasan de largo. Tú vuelves a respirar.

Yo soy el culpable

Publicado: 11 marzo 2011 en Diego Enrique Osorno
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El viernes 5 de junio de 2009 Roberto Zavala Trujillo y su esposa Martha Dolores Lemas Campuzano dudaban sobre la conveniencia de practicarle la circuncisión a su hijo. En Sonora lo más común es circuncidar a los niños por motivos de higiene y prevención de enfermedades. Sin embargo, Roberto no estaba del todo convencido y había pedido permiso en su trabajo para salir un momento a acompañar a su esposa a una plática que les daría sobre el tema un médico del IMSS. Roberto había entrado a laborar a las seis de la mañana. A las ocho se desprendió de la careta, el chaleco, los guantes y los lentes del equipo de seguridad que requiere para moverse en el área de mantenimiento de PGG Industries, entre tanques gigantes de ácido sulfúrico y calderas que hierven y emanan vapor.

Cuando el sol todavía no calienta en Hermosillo, a las nueve en punto, Roberto estacionó su coche Chevy afuera de la casa. Su esposa y su hijo recién se habían levantado. La idea era ir a dejar en ese momento a Santiago en la ABC, una guardería cerca de la casa, en donde tenía más de un año de estar inscrito. Pero al llegar, Roberto tomó nota de que ya había sido servido el desayuno. Decidió llevarse a Santiago a que comiera algo con él, mientras su esposa entraba a la cita programada con el médico. El doctor explicaba a Martha los pros y contras de la circuncisión del bebé mientras Roberto y Santiago bebían jugo de naranja y comían pinguinos y gansitos en el coche. Al terminar la charla, los tres volvieron a casa. Roberto tenía que regresar a su empleo y Martha debía entrar al suyo en un Call Center, donde trabajaba haciendo llamadas. Cerca del mediodía salieron y pasaron a la Guardería ABC. Roberto bajó y entregó en la puerta principal a su hijo, se despidió de él, y luego volvió al coche para llevar a su esposa al trabajo.

Aunque su hora de salida era a las dos de la tarde, Roberto decidió quedarse más tiempo para estar en una de las juntas de análisis que se hacían con frecuencia, a fin de mejorar el ambiente laboral. Poco antes de las tres de la tarde Roberto salió apresurado de la planta. Mientras caminaba a su coche distinguió en el cielo soleado de la ciudad una torre de humo.

– Mira, fíjate allá. ¿Qué se estará quemando?- dijo a un compañero.

A bordo de su coche, Roberto tuvo un presentimiento extraño y cambió su rutina. La ropa con la que salía del trabajo solía estar impregnada de olores y sustancias químicas, por lo que primero iba a su casa, se duchaba y cambiaba y luego se iba por su hijo a la guardería ABC. Esa tarde decidió ir directo a la estancia infantil. Conforme se acercaba en el Chevy a la guardería, notaba que la torre de humo salía precisamente de ahí, una zona ubicada al poniente de la ciudad. Cuando estuvo a dos kilómetros de distancia, se topó con el sonido del tráfico detenido y las calles de acceso bloqueadas por patrullas con las torretas encendidas. Desconcertado, decidió brincarse el camellón e irse en sentido contrario por una avenida que también daba a la guardería. Al llegar estacionó el Chevy cerca de una llantera vecina. Lo primero que vio fue que el humo salía de un almacén del gobierno de Sonora que compartía paredes con la guardería. Eso lo alivió. Supuso que el incendio estaba ocurriendo ahí, y que los niños estarían resguardados en alguna casa vecina.

Pero al dar vuelta para llegar a la entrada principal de la guardería se topó con una escena de caos. Una vieja camioneta pick-up estaba ensartada en la pared, con su conductor desmayado sobre el volante, rodeado por una nube de humo que salía del hoyo que el vehículo había logrado hacer en la construcción, para improvisar una salida de emergencia que nunca tuvo funcionando la estancia infantil. Roberto corrió hacia el caos y agarró de los hombros a una de las maestras que estaba gritando cosas poco entendibles con la vista al cielo.

– ¿Dónde está Santiago, Santiago Zavala? -la increpó.

– Allí están unos niños, en aquella casa- respondió señalando una vivienda a 100 metros de distancia en la cual había cerca de veinte niños tirados en el suelo, llorando desesperadamente mientras eran consolados por educadoras y desconocidos. Roberto corrió hacia allá, miró con detenimiento pero no encontró a su hijo entre el grupo de pequeños rescatados.

– ¿Y dónde está Santiago?- preguntó a la siguiente maestra con la que se topó.

– No sé, no sé qué pasó.

Sin pensarlo más, Roberto entró a la guardería en la que aún había áreas incendiándose. Caminó entre el humo buscando la sala en la cual había dejado horas antes a su hijo, pero no alcanzaba a ver nada. Tras cinco minutos de desvarío salió. Se topó con la maestra que había visto al llegar. Ella estaba cada vez más desesperada.

– Oye, tranquila ¿en qué sala está Santiago Zavala?

– En el B-1

– ¿Dónde está el B-1?

– Allá junto al baño al fondo.

Roberto ingresó de nueva cuenta y se metió a lo que hasta esa mañana había sido la sala B-1. El humo se hacía más denso conforme se acercaba al sitio indicado. Cuando llegó a la sala, Roberto tuvo que empezar a caminar de cuclillas, tocando con las manos el suelo con la esperanza de toparse con su hijo en medio del ambiente sofocante. Al poco tiempo el humo lo asfixió. Salió de la guardería, se quitó la camisa que llevaba y la mojó con agua de un garrafón que un vecino había llevado para las labores de auxilio. Se amarró la camisa humedecida a la boca y entró de nuevo. Para entonces, ya había más personas que también estaban buscando niños en la penumbra. El grupo de rescatistas, conformado lo mismo por bomberos que por cholos del barrio, se topó con un plafón, mochilas y colchonetas, pero no encontró a ningún niño. En otro de los cuartos de la guardería, una silueta con voz avisó que estaban sacando a los niños que faltaban de la última sala.

Al salir, Roberto vio con desesperación a un par policías estatales en posición de guardia, con ametralladoras en mano.

– ¿Qué pasó aquí?- les cuestionó.

– No sé.

– Entonces ¿porqué traes enseñando esa arma?

– No, no sé qué pasó.

Sobre la banqueta de enfrente de la guardería había varios niños tendidos. Un grupo de socorristas con los cuerpos sudorosos trataban de revivirlos con respiración de boca a boca. Roberto se acercó con esperanza y temor para ver si entre ellos estaba Santiago. Ninguno era su hijo, quien ese día cumplía dos años, un mes y diez días de nacido. Un policía le puso la mano en el hombro y le dijo que fuera al Cima, un hospital privado de las cercanías a donde habían sido llevados la mayoría de los niños lesionados. Roberto se subió de nuevo a su Chevy y comenzaron los pitidos, los acelerones, las mentadas de madre de ventana a ventana vehicular y los atajos por colonias perdidas. Pasó antes por su esposa, pero ella no estaba en su trabajo. Martha se había enterado de lo sucedido y había ido a buscar por su cuenta a Santiago.

Roberto fue uno de los primeros padres en llegar al área de urgencias del hospital Cima. El recepcionista aún no se daba cuenta de la gran tragedia que estaba ocurriendo en la ciudad y actuaba con el desdén que suelen actuar los fastidiados empleados de hospital.

– ¡Eh, eh, reacciona! Estoy buscando un niño, a Santiago de Jesús Zavala, de la Guardería ABC- gritó Roberto.

– Ah, sí, mire, pásele por allá.

Otro empleado de la clínica le confirmó que las salas de terapia intensiva estaban atiborradas de niños de la guardería con quemaduras de fuego e intoxicaciones en su cuerpo. Por el momento no podía dar más detalles. Al poco tiempo llegó Martha y otros padres. El director del hospital se acercó a ellos y les dijo en tono pausado que habían fallecido algunos pequeños y que otros se encontraban muy graves. A las cinco de la tarde, Roberto decidió irse a buscar a su hijo en otros hospitales. Fue al DIF, en donde a las siete de la tarde le permitieron entrar a ver a un bebé que había ahí y que aún no había sido identificado. Roberto entró y vio a un pequeño envuelto en un montón de vendas que apenas permitían que se le mirara el rostro. Preguntó el tipo de sangre y el doctor le dijo que era A positivo, lo cual descartaba que fuera Santiago, cuya sangre era O negativo. En las siguientes horas, Roberto recorrió sin suerte todos los hospitales de la ciudad. El último que le faltaba por visitar era el del ISSSTE, donde acababan de reportar que había otro niño sobreviviente que hasta el momento no había sido identificado por sus familiares. Al llegar a la recepción, Roberto vio colgada una camisetita que le recordó una de las que solía ponerle a Santiago. Para agilizar el reconocimiento de los pequeños pacientes, en las entradas de los hospitales del Hermosillo, el 5 de junio se colocaron tendederos de ropa infantil con los cuales se tenía la intención de que los padres ubicaran más fácilmente a sus hijos. Tras toparse con la camisetita, Roberto albergó la esperanza de que su hijo estuviera ahí. Esa era la última oportunidad que tenía de encontrarlo con vida.

Una vez que la enfermera lo condujo a la sala de terapia intensiva se paró delante de una cuna. Había un bebé con la piel enrojecida y un tosco aparato respirador en su diminuto rostro. Lo vio durante un minuto con los ojos ya cansados y luego dijo: “Sí, él es mi hijo”. Su hermana Jessica entró después para mirar también al bebé.

-¿Estás seguro de que es él, Roberto?

– Sí, Jessica. Velo bien. Es él, pero pues está quemado.

Luego entró Martha.

– No es- dijo contundentemente la esposa de Roberto.

– Sí es, Martha.

Las dudas de la pareja acabaron cuando supieron el tipo de sangre del bebé.

El servicio médico forense era el siguiente lugar al que debían ir. En la entrada de la morgue, un empleado con rostro serio les mostró varias fotografías de los niños que estaban ahí. En una de ellas aparecía su hijo Santiago. Tras darles el pésame, el empleado forense los llevó a una oficina del sitio en donde estaban el procurador de justicia de Sonora, Abel Murrieta, y el Arzobispo de Hermosillo, José Ulises Macías. El prelado le tomó la mano a Martha y empezó a hablarle de resignación. Roberto había pasado de la tristeza a la furia.

-No diga nada- pidió.

– Es que hijo…

– No, no diga nada, quédese callado, ¡cállese!

– Pero hijo, comprende que…

– ¿No entiende lo que es quedarse callado?

El arzobispo calló por completo.

– ¿Cuántos niños van?- preguntó Roberto volteando la cara hacia el Procurador.

-No le puedo decir. Es una información confidencial.

-¿Cómo chingados va a ser confidencial?

Después de unos minutos, ante la insistencia de Roberto, el funcionario estatal le dijo que doce.

Era medianoche y, en realidad, la cantidad de muertes era mucho mayor de las reconocidas públicamente. Las autoridades, en medio de la confusión, trataban de controlar el impacto que el incendio tendría en el cambio de gobierno estatal, previsto para dentro de un mes.

Esa noche, Roberto y Martha no regresaron a su casa. Estaban destrozados y la mamá de Roberto los convenció de que durmieran en la de ella.

Al día siguiente por la tarde, mientras el cuerpo de su hijo era llevado a una funeraria local, donde sería velado y después trasladado a un nicho de la Iglesia de Fátima, Roberto decidió ir a su casa con el pretexto de acarrear algo de ropa. Al llegar al número 30 de la calle Moctezuma, en la colonia Perisur, Roberto se quebró. Bajó del coche, abrió la cerradura del barandal y dudó en seguir en dirección a la puerta principal. Cuando estuvo frente a la puerta se armó de valor y entró. Convivió un rato con algunas cosas de Santiago: un triciclo marca Apache, un camioncito amarillo de la construcción Tonka, ropa de Batman, una sillita para comer, fotos colgadas en la pared, juguetes de la película Cars y una playerita de las Chivas del Guadalajara. La sensación de soledad era inmensa.

Al poco rato Roberto estalló. Comenzó a patear objetos y a pegarle de puñetazos a las paredes. Apretaba sombras con la mano. El nacimiento de Santiago había representado un cambio radical en su vida. Su muerte anunciaba otro. Tiempo después, Roberto se asustaría de la cantidad de ideas locas que pasaron por su cabeza ese sábado 6 de junio, mientras contemplaba la cuna donde su hijo dormía antes de morir en una de las mayores tragedias en la historia reciente de México.

El lunes 8 de junio a las nueve de la mañana Roberto Zavala fue a la imponente oficina del procurador. Abel Murrieta lo recibió inmediatamente. Algunos funcionarios tenían la orden del gobernador de Sonora, Eduardo Bours Castelo, de atender a las familias de los 49 niños muertos para tratar de aminorar el impacto inevitable de la tragedia hacia su administración, responsable del almacén en donde había comenzado el incendio. Roberto le preguntó quién era el culpable del incendio. El funcionario le respondió que no lo sabía pero le pidió que le tuviera confianza, que iban a hacer las cosas bien.

– ¿Cómo chingados crees que podemos tener confianza en ti, cómo, dímelo?- respondió Roberto, tempestuoso.

El funcionario le aseguró que llegarían tres peritos independientes en las siguientes horas, para que el esclarecimiento del incendio se hiciera de forma transparente. Roberto regresó a la casa de su madre y se encerró ahí con su esposa Martha.

El miércoles 10 de junio, un pequeño grupo de dirigentes sociales, así como operadores tanto del PRI como del PAN que respectivamente pretendían manejar la tragedia con fines electorales, convocaron a una marcha para exigir castigo a los culpables del siniestro. Más de una veintena de padres y familiares respondieron a la convocatoria. Roberto y Martha no. Todavía no podían salir a la calle.

Pero una posterior conferencia de prensa que dio el procurador Murrieta provocó el enojo de Roberto y lo convenció de que debía hacer algo. Murrieta anunció ante reporteros locales, nacionales e internacionales llegados para dar seguimiento al acontecimiento que, de acuerdo con la indagación de los peritos independientes, el responsable del incendio era un cooler, como se llama en Sonora a los aparatos de aire lavado. Además, el Gobernador Bours Castelo, político de aires napoleónicos, había tenido que reconocer en una entrevista con Carmen Aristegui, que Marcia Matilde Altagracia Gómez del Campo Tonella, una de las socias de la guardería subrogada del IMSS, era prima de él y de Margarita Zavala, la esposa del presidente Felipe Calderón. También aceptó que dos funcionarios de alto nivel de su administración eran accionistas de la estancia infantil siniestrada, junto con sus respectivas esposas. Luego, investigaciones de los diarios Milenio y El Universal habían demostrado que la estancia infantil subrogada por el IMSS operaba pese a no cumplir con las medidas de seguridad básicas e incluso, que se le había otorgado la renovación del contrato a los dueños al inicio de la administración del presidente Calderón, mediante un oficio firmado el 29 de diciembre de 2006 por el entonces director del Seguro Social, Juan Molinar Horcasitas.

“Que su puta madre. Ahora sí, vamos a la marcha”, le dijo Roberto a Martha una noche luego de ver en la televisión las noticias sobre la tragedia.

El segundo acto de protesta por el siniestro de la guardería ABC fue el sábado 13 de junio. Cerca de 10 mil personas caminaron desde las trastocadas instalaciones de la estancia infantil hasta las puertas del palacio de Gobierno de Sonora. Mientras marchaba en silencio por las calles de Hermosillo con una fotografía de su hijo en las manos y los hombros heridos, Roberto pensaba y pensaba sobre quién era el culpable de lo que había ocurrido en la guardería. En los medios se habían dado a conocer evidencias de negligencia por parte de los influyentes dueños de la guardería, del IMSS, del gobierno estatal que rentaba el almacén aledaño donde se inició el incendio y de protección civil municipal que había otorgado el aval para que la guardería siguiera operando pese a tener una lona flamable que disimulaba el techo de lámina y no contar con una salida de emergencia adecuada. “Todos somos culpables de esta pinche tragedia”, se dijo Roberto.

Al llegar a la plaza Zaragoza, algunos padres empezaron a lanzar sus reclamos. Martha exigió justicia por la muerte de Santiago y después le pasó el micrófono a Roberto, quien no tenía la intención de decir algo en público pero encaró la situación. Roberto ni siquiera sabía cómo agarrar correctamente un micrófono. Una vez que acomodó el aparato comenzó a hablar con voz baja, usando un cierto tono pedagógico.

– Entre el IMSS -arrancó- los socios de la guardería y la persona que rentaba la bodega a Hacienda, ninguno ha aceptado su parte de culpa, pero hay un responsable que sí está aceptando la culpa y la lleva en las espaldas: ése soy yo.

– ¡Tú no lo eres, son esos corruptos los que tienen la culpa!-gritó contradiciéndolo alguien de entre la muchedumbre.

– Sí, dicen, son esos corruptos… Pero yo soy el principal responsable, por ser una persona honrada que tiene un empleo, por tener que cumplir con un horario de trabajo, por tener la Seguridad Social que me dio la oportunidad, y me dio la elección de que mi hijo entrara a esa guardería donde me dijeron que contaban con todas las medidas de seguridad. Yo tengo la culpa por confiar, yo tengo la culpa por pagar mis impuestos, yo tengo la culpa por ir a votar. ¡Yo soy el responsable de la muerte de mi hijo!

Para ese momento, la plaza Zaragoza había estallado. Los gritos a favor y en contra de lo que decía Roberto se confundían. Roberto detenía un poco su reflexión hecha con voz tranquila y subía el tono. Empezaba a gritar, temblando de coraje.

“Señor Gobernador: ¡Aquí está uno de los responsables que está buscando! ¡Venga por mí! ¡Aquí lo estoy esperando! ¡Venga por mí! ¡Estoy harto! ¡Es demasiado que se estén burlando de todos nosotros! Que nos digan que todo está bien, cuando sabemos que México es una basura. Todo en las noticias: corrupción, narcotráfico. ¡Ellos se burlan de nosotros! ¡Yo soy culpable por dejarlos!”

A principios de los ochenta, cuando Roberto cumplió los cuatro años de edad, su padre fue trasladado de Hermosillo a un destacamento de la policía Federal de Caminos en Guadajalara, donde la familia Zavala Trujillo se amplió al nacer Jessica, la única hermana que tiene Roberto. Tres años después, el padre de Roberto fue comisionado a Ciudad Guzmán, para que vigilara el camino de ésta a Guadalajara. En 1992, en medio de un ambiente de guerra por la disputa de los sicarios de los hermanos Arellano Félix con los de Joaquín “El Chapo” Guzmán, el padre de Roberto recibió un tiro en la espalda mientras enfrentaba un convoy del narco en la carretera. El padre de Roberto sobrevivió pero perdió movilidad en las piernas. Por su acción, fue ascendido de capitán a segundo comandante.

Semanas después, la familia Zavala Trujillo regresó a Hermosillo. Su padre empezó a hacer labores de oficina en la comandancia de la policía federal de caminos, mientras que la madre de Roberto ocupó de nuevo el puesto de secretaria administrativa en el cual había conocido a su esposo.

Los constantes cambios de residencia hacían que Roberto tuviera problemas para adaptarse en las escuelas, donde sus compañeros lo veían con extrañeza por ser el nuevo del salón de clases. Al volver a Hermosillo, sus padres lo inscribieron en una escuela de Las Isabeles, un barrio bravo de la ciudad, donde las peleas a golpes fueron diarias durante las primeras semanas. Ya después pasaría a la Escuela Técnica número 6, en la que la vida escolar resultó más tranquila.

Al salir de la secundaria ingresó al Colegio de Bachilleres norte, donde sólo estuvo hasta el cuarto semestre, cuando tuvo que darse de baja a causa de malas calificaciones. Una vez que dejó los estudios inició su vida laboral trabajando en La Macedonia, una de las pizzerías más antiguas de Hermosillo, ubicada en la colonia Granjas y famosa no solo por sus pizzas sino también por sus raspados de hielo con jarabes dulces, tan necesarios como deliciosos en los calurosos veranos de la ciudad. En cuestión de horas aprendió a conducir una motocicleta y al día siguiente ya recorría en ella las calles, entregando pizzas y spaguettis. Aunque los accidentes viales eran comunes entre sus compañeros, él nunca tuvo ninguno.

De La Macedonia se fue a trabajar a una agencia de viajes como mensajero. Ahí se dio cuenta de lo difícil que sería la vida realizando arduos trabajos a cambio de livianos sobres de sueldos. Con el apoyo de sus padres, reanudó a los 18 años sus estudios de preparatoria, solo que esta vez se inscribió en una escuela privada llamada Preparatoria Regional del Noreste, donde tuvo que iniciar cursos desde el primer semestre. Un maestro de ahí notó que Roberto era un árbol torcido: tenía poca disciplina para estudiar y mucha rebeldía a la hora de las clases. Cierta mañana, el profesor abordó a Roberto.

– ¿Qué es lo que buscas?

– Es que yo no estoy de acuerdo cómo se hacen las cosas.

A esa edad, Roberto se consideraba asimismo un anarquista ya que siempre tenía una postura en contra de las reglas. Su influencia anarquista, más que política o literaria, era musical. Oía a bandas españolas como Escape, Sin Dios y Reincidentes. Entró en contacto con estos grupos poco difundidos en las estaciones comerciales del país mediante una radio hermosillense: La Bemba, con la cual años después volvería a tener un lazo muy especial. Después de oír las bandas anarquistas en la estación comunitaria, Roberto empezó a buscar más música de este género en internet, a través de youtube.com y programas especiales de descarga de música.

El maestro le respondió a Roberto.

– Mira, entonces ¿tú vas en contra del sistema, verdad?

– Pues la verdad sí.

– Entonces, ¿tú quieres cambiar las cosas verdad?

– Sí, a mí me gustaría mucho, o sea, vivir en un país distinto.

– Pues métete al sistema. Cuando estés dentro del sistema, cámbialo; si tú estás afuera del sistema nunca vas a poder hacer ningún cambio, solamente te vas a quedar gritando; si quieres hacer algo realmente, métete al sistema, interactúa con él y cuando tengas suficientes herramientas, entonces empieza a cambiar las cosas de verdad.

La charla conmovió a Roberto. Siguió siendo rebelde, pero hacía las tareas y había conseguido un trabajo de medio tiempo en Dominos Pizza como repartidor y meses después llegó a ser el encargado de una sucursal ubicada en la zona Satélite de Hermosillo. En esos años, tenía el pelo a rape, usaba ropa de colores oscuros, zapatos de casquillo y dejaba que candados y cosas de metal colgaran de su cinturón. Sin embargo, no le gustaron nunca los piercings. La relación con su padre, un heroico policía federal, fue difícil por esos años, y una de las razones era precisamente el tipo de ropa que Roberto usaba. La mamá de Roberto solía decirle: “Si te vistes como la gente normal, te compro un carro”. Roberto no tuvo coche a esa edad. Su vestimenta era un código que proclamaba: “Soy un indomable”.

La persona que sí pudo cambiarlo fue Martha, una vieja amiga de la prepa con la cual se reencontró tiempo después para hacerse novios. A causa de su enamoramiento, Roberto empezó a usar de vez en cuando una que otra camisa de colores claros y dejó de usar los zapatos de casquillo todos los días, hasta para dormir. Cuando estaba por terminar la preparatoria, Martha le dio la noticia de que estaba embarazada. Roberto le pidió que se casaran. Los papás de él acababan de mudarse de casa y habían dejado sola la otra, a donde terminaron mudándose para esperar el nacimiento de su hijo. Roberto dejó después su trabajo en Dominos, donde ganaba solo 1 mil 700 pesos por quincena, pese a que ya era encargado de una sucursal. Por fortuna había conseguido un mejor empleo ganando el doble de sueldo en Henkel, empresa de químicos que hacía jabones para la Ford. Ahí Roberto se encargaba de cambiar filtros, limpiar tanques y checar la presión de la línea de producción.

El 21 de octubre de 2005 nació su primer hijo, en una clínica particular. El doctor que lo recibió, cuando vio lo grande que era, bromeó: “De aquí se va mañana derechito al kínder”. Unas horas más tarde, el bebé comenzó a tener fiebre y días después falleció a causa de un paro cardiaco. Roberto y Martha prefieren no hablar mucho de Daniel Guadalupe, el nombre que le pusieron a su primer hijo.

Al año siguiente, en 2006, Henkel, la empresa donde trabajaba Roberto, perdió su contrato con la Ford y tuvo que cerrar su planta en Hermosillo. PPG Industries, la compañía a la cual la trasnacional automotriz había decidido darle ese año el nuevo contrato, reclutó a Roberto. Unos días después, Martha le dio la noticia de que estaba embarazada de nueva cuenta. Con el cheque de la liquidación de Henkel, Roberto le compró un seguro de gastos médicos mayores a su esposa y pagó el nacimiento de su hijo en la clínica Licona, donde un ginecólogo revisaba cada mes a su esposa y en donde constantemente le hacían estudios médicos y ultrasonidos de cuarta dimensión para ver cómo iba creciendo su hijo en el vientre de su madre. “Este lo vamos a esperar como si fuera niño rico”, le anunció Roberto a su esposa.

El 26 de abril de 2007 nació Santiago de Jesús Zavala Lemas, sin ninguna complicación. Tras una noche en la clínica, Martha y el niño arribaron a la casa de la colonia Perisur, donde la pareja había colocado una cuna junto a su cama y había pintado las paredes de la habitación con colores brillantes. Pusieron juguetes, pañales y ropita en unas repisas especiales que permitían tener todo a la mano rápidamente. El nacimiento de Santiago hizo que Roberto decidiera estudiar en la Universidad de Sonora por las tardes, para tener en el futuro una mejor situación económica que ofrecerle a su hijo. Después de los primeros cinco meses en los que Santiago despertaba constantemente en las madrugadas, Roberto inició las clases. Esos días de Roberto comenzaban a las cinco de la mañana, cuando abría los ojos para alistarse e irse al trabajo. Terminando la jornada, a las dos de la tarde, se iba directo a la escuela. Acababa poco antes de que cayera la noche, cuando se reencontraba con su esposa y su hijo en casa.

Pero al poco tiempo surgieron complicaciones en las finanzas familiares. La casa en la que vivían los Zavala Trujillo era propiedad de los padres de Roberto. Ellos pagaban al banco una mensualidad, que intempestivamente ya no pudieron seguir cubriendo a causa de una enfermedad que dejó incapacitado nueve meses al papá de Roberto, para ese entonces comandante de la Policía Federal en Nayarit. Roberto acudió al banco en nombre de sus padres y arregló para cubrir el adeudo de la casa con su crédito laboral del Infonavit. A final de cuentas, el banco aceptó y cuando empezaron a aparecer los descuentos en el salario, Roberto decidió suspender sus estudios. Para mejorar la alicaída economía de la casa, Martha se empleó en un Call Center. Durante esos días comenzaron a buscar un lugar seguro donde dejar a Santiago mientras ambos trabajaban. Primero, encargaron a su hijo con una hermana de Martha. Luego, una amiga le recomendó a Martha que inscribiera a Santiago en la ABC, que se encontraba cerca de la casa. Roberto dudó inicialmente, pero después aceptó. Le tranquilizaba saber que la estancia infantil tenía muchas recomendaciones y que además le darían en realidad poco uso, ya que Martha trabajaba solamente los fines de semana, por lo que de lunes a jueves, el niño no tendría que ir necesariamente a la guardería. Para que no perdiera su lugar a causa de inasistencia, Roberto llevaba a Santiago tres horas a la guardería, tres días a la semana. El viernes era el único día en que Santiago pasaba el día completo en la estancia infantil, donde había otros 200 niños inscritos.

Por la tarde, al salir del trabajo, Roberto recogía a Santiago y como no estaba su mamá en casa, solían pasar toda la tarde juntos. Si se quedaban en casa, Roberto le ponía canciones como Basket Case, del grupo Green Day, o alguna otra de The Offspring. En el menú de actividades posibles estaba también ver el canal Discovery Kids. Cuando salían, su lugar favorito era el zoológico de la ciudad. La primera vez que fueron, ni los leones ni los monos ni las jirafas cautivaron tanto a Santiago como los cuervos. En cuanto llegaron a la jaula en la que estaban, Santiago empezó agitarse y a hacer señales para que su padre mirara las aves con la misma emoción que él. Roberto le dijo esa noche a su esposa Martha, que era posible que Santiago se tratara en realidad del pequeño Demian, amigo de los cuervos.

La convivencia con Santiago había cambiado radicalmente a Roberto, quien antes de que naciera, no era raro que se agarrara a golpes por cualquier pretexto. Santiago le hizo nacer un sentido de protección desconocido. Trató de meterse en menos problemas, no discutir de coche a coche e incluso, se puso a leer con sumo detalle las indicaciones de seguridad de los productos que tenía que manejar en su trabajo en PPG Industries.

Después de la marcha en la que Roberto se culpabilizó a si mismo, los padres comenzaron a hablar de la necesidad de organizarse para impedir que la muerte de sus hijos quedara impune. La Emiliana de Zubeldía, una plaza pública que huele a hot-dogs y está frente a la zona universitaria, se convirtió en el sitio donde familiares de los niños fallecidos y espontáneos ciudadanos construyeron un altar en honor de las pequeñas víctimas. Tras varios días de discusiones, en las cuales llegaron a participar hasta 40 parejas de padres, nació ahí el Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de junio. No todos los deudos de los niños fallecidos se incorporaron a él. Cuatro parejas decidieron tratar de olvidarse por completo de lo sucedido y encomendaron a dios el destino de las investigaciones y la impartición de justicia. Otros pocos prefirieron establecer una negociación económica con las autoridades a cambio de no protestar.

Cada día 5 de mes, los padres del movimiento emprenden algún tipo de acción de protesta. Lo mismo marchas que mítines, o bien juicios ciudadanos en contra de los dueños de la guardería o de los funcionarios involucrados. Por lo común, sus manifestaciones tienen un aire de peregrinación espiritual. Son silenciosas y al frente van mamás y familiares con las carriolas vacías de sus hijos fallecidos, para dar pie después a un contingente de familiares que llevan fotos de los niños de la guardería como si llevaran jirones de luz en las manos. Se usan tambores que marcan el ritmo de la caminata de una multitud bañada en sudor, y ocasionalmente se oye a través de un celular, la voz grabada de alguno de los bebés de la guardería. Canciones de cuna como Pin pon es un muñeco, son entonadas repentinamente y se oyen como implacable canto de protesta.

Roberto Zavala, al igual que otros padres, modificó su manera de ver las cosas en el país tras la muerte de su hijo. Cuando Roberto veía en las noticias que había una protesta en Oaxaca o en el Distrito Federal, le decía a su esposa: “Ay, pinche gente como la hace de pedo, así estamos en México, no se puede arreglar nada así vamos a seguir siempre de jodidos”. Nunca imaginó que estaría delante de hasta 20 mil personas pronunciando un discurso de protesta. La muerte de Santiago le quitó cualquier tipo de pena a hacer el ridículo o de miedo a alguna represalia. Tras varios meses de compañerismo y lucha al lado de los otros padres del Movimiento por la Justicia, empezó a tener nuevos sueños. Uno de ellos es que luego de conseguir que vayan a la cárcel todos los responsables de la muerte de sus hijos y se modifique el actual sistema de guarderías subrogadas, el Movimiento siga vigente ayudando a otras personas cuyos derechos también hayan sido atropellados. Roberto anhela que dentro de 50 años siga existiendo el Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de junio, con gente completamente nueva, jóvenes que ni siquiera hayan nacido cuando ocurrió la tragedia de la Guardería ABC.

La tarde de un sábado de marzo de 2010, Roberto miraba a Diego, el hijo de su hermana Jessica, mientras éste jugueteaba con la hija de Julio César Márquez y otros niños, en el patio de la preparatoria Paulo Freire, donde se celebraba un baby shower, al cual asistían la mayoría de los familiares que conforman el movimiento por la Justicia. Aquellos padres tenían un ánimo de satisfacción. Sus acciones habían logrado que la suprema Corte de Justicia de la Nación pusiera a investigar el caso a un grupo de magistrados, quienes en su informe preeliminar, concluían violaciones graves a las garantías individuales por parte de los más altos funcionarios del IMSS, y de los gobiernos estatal y municipal, así como la ilegalidad del esquema de subrogación mediante el cual operaba la ABC y otras mil 400 estancias infantiles del Seguro Social.

Roberto estaba recargado en una pequeña fuente mientras miraba con detenimiento a su sobrino Diego, quien pese a ser el más pequeño de edad y estatura del grupo de niños, era el que los lidereaba. Veía a Diego y recordaba, con esa fugitiva tristeza que va y viene, cómo a veces el pequeño hijo de su hermana menor llegaba y desordenaba los juguetes que su hijo Santiago trataba de acomodar en el suelo, cuando jugaban juntos. Pese a las buenas noticias, era inevitable que a Roberto lo agarrara ese enardecerse y derrumbarse, ese esfuerzo permanente de intentar salir adelante. Para esas alturas, el grupo de padres en lucha había conseguido, además del informe preeliminar de la Suprema corte de Justicia a su favor, el apoyo de miles de personas en todo el país. Actos de respaldo a su causa se habían celebrado lo mismo en el Distrito Federal, que en Monterrey, Guanajuato, Villahermosa, Guadalajara y Tijuana. Comunicadores respetados a nivel nacional como Katia D Artigues, León Krauze, Ricardo Rocha, Olivia Zerón y Epigmenio Ibarra, entre otros, daban seguimiento puntual a sus acciones. El reconocido activista Daniel Gershenson, impulsor de la incorporación de las acciones colectivas a las leyes nacionales, se había convertido en un activo integrante del Movimiento, participando en eventos públicos y a través de la red social twitter, donde convocó con éxito a diversas acciones de apoyo a los padres. En Sonora, Mari G Escalante, propietaria de la preparatoria donde se celebraba el baby shower, era una de las personas que se habían adherido con más pasión al movimiento de los padres, al igual que Claudia Díaz Symonds, el profesor Rubén Duarte, la periodista Silvia Nuñez y el abogado Lorenzo Ramos.

Y lo más importante, Roberto estaba viviendo a nivel personal un momento de gran ilusión. El baby shower que se celebraba en la preparatoria Paulo Freire era en honor de su esposa Martha, quien estaba a punto de dar a luz a una niña, la tercera hija del matrimonio, la cual nacería unos cuantos días después, el 29 de marzo, en el Hospital San José y sería nombrada Ana Victoria Zavala Lemas. Roberto estaba contento, pero tenía una íntima cicatriz. Pensaba en una fecha próxima: el 26 de abril de 2010, cuando su hijo hubiera cumplido los tres años de edad. Para esa fecha, junto con su esposa Martha, Roberto pensaba realizarle un homenaje especial a Santiago. Este consistía en colocar una foto gigante de su fallecido hijo en un anuncio panorámico del transitado boulevar Rodríguez, cerca de unas oficinas del IMSS y a unos metros del despacho privado del ex gobernador Eduardo Bours. Junto a la enorme foto, Roberto y Martha pedirían que se colocara el siguiente mensaje: “La corrupción no me dejó cumplir 3 años este 26 de abril. Santiago de Jesús Lemas. 26 de abril de 2007-5 de junio de 2009. ¡JUSTICIA!”.

El 30 de abril de 2010, en medio de las celebraciones del Día del Niño, el presidente Felipe Calderón Hinojosa recibió a padres que perdieron a sus hijos en el incendio de la guardería ABC pero que no forman parte del Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de junio. Al término de la cita no hubo anuncio de compromiso alguno para dar justicia en un caso por el cual hay 49 niños muertos y ningún funcionario o particular en la cárcel. Lo único que hubo fue una fotografía del mandatario con familiares de los niños. Roberto estaba ese día en la ciudad de México, junto con otros padres que habían sido citados un día antes por Arturo Zaldívar Lelo de Larrea, el soprendente Ministro de la suprema Corte de Justicia de la Nación que llevó de forma muy comprometida y renovadora el caso valorado por el pleno del máximo tribunal de justicia del país el verano de 2010. Tras confirmar la noticia, Abraham Fraijo, papá de Emilia, escribió en su cuenta de twitter: “Que pena por las familias que se prestan a ser objeto de burla por parte del presidente”, mientras tanto, Julio César Márquez, padre del pequeño Yeyé, escribió: “Jamás vuelvo a llamarlo presidente. ¿No le da verguenza? Ha acabado usted con la poca fe de muchos mexicanos con su cobardía escudada”.

Roberto no tiene cuenta de twitter, pero el comentario que pensó en 140 caracteres sobre el presidente Calderón no era más suave que el de sus compañeros.

El 6 de mayo de 2010, un día después de un acto de protesta del movimiento en la plaza Zaragoza de Hermosillo -un juicio ciudadano contra los funcionarios responsables del siniestro-, Roberto fue al hotel Kino para reunirse con el fotógrafo Rodrigo Vázquez, con quien había acordado encontrarse para que éste le hiciera un retrato. Cuando llegó, el fotógrafo de la Ciudad de México estaba viendo en su computadora unas imágenes que había captado horas antes en el almacén de la secretaría de Finanzas del gobierno de Sonora donde comenzó el incendio que se propagó a la vecina Guardería ABC. El fotógrafo, acompañado por un colega local, Jorge Moreno, había logrado burlar la vigilancia de las dos patrullas que aún se encuentran resguardando el edificio calcinado y había logrado captar una serie de imágenes del interior. Roberto se acomodó junto a la computadora y miró un rato las fotos sin mostrar ninguna emoción en especial. En algún momento de la pasarela de imágenes, dijo: “Ese es el pinche cooler”, mientras señalaba unos fierros sin forma, achicharrados por el fuego.

Roberto y el fotógrafo salieron del hotel unos minutos después. Visitaron la antigua casa de Roberto, en la cual había vivido su hijo Santiago y donde aún se encontraban algunas cosas de éste, como su cuna y juguetes. Tras la sesión de fotos, salieron con rumbo a las instalaciones de la guardería ABC. Mientras Rodrigo hacía nuevas imágenes del exterior, aprovechando la luz de la tarde, Roberto se acomodó enfrente y se quedó mirando el bodegón improvisado como guardería. Para Roberto, el lugar donde murió su hijo y otros 48 niños, no es un lugar sagrado, como sí lo es para cierta gente en Sonora.

Lo que Roberto quisiera es que este horroroso sitio fuera derribado lo más pronto posible y pusieran en su lugar una cosa bonita.

1. Sobre la informalidad de dos amigos que comparten ideas acerca de la realidad social

Un día antes de un concierto en el estadio Dennis Martínez, el 1 de junio de 2007, el cantante de Calle 13 René Pérez Joglar sostuvo una entrevista con Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. El Ortega de hoy es un hombre que consiguió su segundo gobierno después de promoverse como un líder moderado, cercano a Dios y aficionado a las camisas rosas. Pero ellos tuvieron una conversación sobre el pasado: la época en la que Ortega era un intransigente líder de la guerrilla sandinista, y Managua recibía a activistas de diversas partes del mundo que todavía tenían ideales y estaban entusiasmados con la idea de apoyar la causa de los sublevados en contra de un corrupto régimen solapado por Estados Unidos. Uno de tantos visitantes solidarios de aquella época fue el papá de René, abogado sindical de nombre Reinaldo Pérez, quien se integró a una brigada internacionalista que recorría la Nicaragua insurrecta.
La reunión llevaba una hora cuando René se animó a presentarle a su madre al comandante Daniel Ortega. El cantante acercó su torso al Presidente de Nicaragua, y presumió un jovial y radiante rostro de Flor Joglar tatuado a lo largo y ancho del hombro izquierdo. Después de mostrarle el rostro de su madre, actriz de teatro independiente, René le nombró a cada uno de sus seis hermanos mientras señalaba los tatuajes con los nombres de ellos acomodados a lo largo del brazo izquierdo. Al concluir el pase de lista, se hizo el silencio en el recinto oficial. Luego René apuntó hacia una calavera pintada en su cuerpo: “Y ahora le presento a mi papá”, dijo. El gobernante soltó una carcajada que los demás acompañaron con risas triviales.
Aquel día, luego de su visita a la casa presidencial nicaragüense, René le dio una entrevista a la reportera Patricia Vargas, enviada especialmente desde Puerto Rico por el periódico El Nuevo Día para cubrir el concierto de la banda. El cantante, que entonces tenía 29 años de edad y llevaba puesta una camiseta basquetbolera color malva de los Pistones de Detroit, le describió la emoción que sentía: “Fue impresionante poder apreciar cómo la música nos une a un país y a un tipo como éste, que movió una revolución… Siento que he llegado a un nivel en el que se me están cumpliendo los propósitos. Cuando le hablé de mi concierto, entendió que estamos en la misma frecuencia a nivel social. Le mandó saludos a mi papá, Reinaldo Pérez, que llegó a Nicaragua en 1980 con las brigadas de ayuda para el pueblo. Éste ha sido un momento importante en mi vida”.
Horas después, la periodista, reconocida en Puerto Rico por su hábil manejo de notas sobre la farándula, mandó a la redacción de su periódico una crónica que iniciaba así:
Por Patricia Vargas / Enviada especial de El Nuevo Día / 1 agosto de 2007
El del jueves fue otro sueño cumplido para René Pérez, el Residente de Calle 13, cuando conoció al presidente de Nicaragua, Daniel Ortega.
El mandatario recibió al cantante en la casa presidencial junto a tres de sus hijos, en un encuentro que se dio con la informalidad de dos amigos que comparten ideas sobre la realidad social.

2. Sobre el hecho de que ya que se tiene el micrófono en la mano debe hacerse algo más que mover las nalgas

El nombre de Calle 13 es el de la vialidad del fraccionamiento El Conquistador, donde vivía René Pérez, y donde él y Eduardo planearon durante su adolescencia el tipo de banda que querían formar algún día. Para ingresar a este barrio ubicado en Trujillo Alto, un municipio conurbado de San Juan que está en las colinas húmedas de Puerto Rico, había que detenerse en una caseta de seguridad en la que Eduardo se identificaba como visitante, mientras que René lo hacía como residente. De ahí ambos retomaron los sobrenombres con los que ahora se identifican ante su público.
Residente y Visitante se conocen desde pequeños, cuando el papá de Eduardo se casó con la mamá de René y todos emprendieron un proyecto de vida común. Aunque el matrimonio entre los padres de ambos no duró muchos años, la amistad se mantuvo. René y Eduardo se ven como auténticos hermanos y así piden que se les llame.
Cuando René se reunió en agosto de 2007 con el presidente Daniel Ortega para hablar de la realidad social de Latinoamérica, el éxito de Calle 13 era impresionante. La banda había ganado tres premios Grammy con su primer disco, y cantantes como Beyoncé y Nelly Furtado les habían pedido que cantaran con ellas. Con el segundo disco acababan de desbancar de la lista de ventas latinas a Jennifer Lopez y después ganarían otros cuatro premios Grammy más. Por si fuera poco, a Eduardo lo acosaban modelos de chupadas mejillas heroinómanas que aparecen en revistas de moda y René era novio de una miss universo, Denise Quiñones, joven periodista trigueña de Puerto Rico que había ganado el certamen internacional en 2001.
En ese momento, en el que René solía decir con frecuencia en entrevistas televisivas: “Ya que tenemos el micrófono en la mano hagamos algo más que mover las nalgas”, Calle 13 cumplía sólo tres años de haber grabado sus primeras canciones en un estudio de Jiggiri Records, sello independiente creado por Tego Calderón, rapero que aparece en la película Rápido y furioso. A Calderón se le conoce también en Puerto Rico como el precursor del reggaeton alternativo, una clasificación que igual suele usarse para lo que hace Calle 13, aunque la banda la rechaza porque se define así misma como urbana. El género urbano, de acuerdo con René, incluye a Rubén Blades y a Manu Chao, que son urbanos porque más allá del tipo de música que hacen hablan en sus letras acerca de todo lo que les rodea, en especial de política, sexo y religión. Pero la mezcla de reggae, salsa y hip-hop de la cual nace el reggaeton es inconfundible al escuchar Calle 13. Cuando estaban grabando en 2005 sus primeras canciones, René convenció a Eduardo de usar los sonidos de moda del reggaeton para mezclarlos con otro tipo de músicas, desde la electrónica hasta el tango. La intención era cantar lo que ellos quisieran, pero también era poder entrar a los barrios de Puerto Rico que estaban enfebrecidos con la música de Daddy Yankee, rey absoluto del escenario musical hasta que apareció Calle 13.

3. Sobre la posibilidad de que si Puerto Rico se independiza de Estado Unidos se acabe el aire acondicionado en la isla

Flor Joglar, la madre de René Pérez, fue una de decenas de jóvenes actrices de Puerto Rico que, ante la escasez de oportunidades en los circuitos comerciales, se integró a un proyecto alternativo llamado Teatro del Sesenta, compañía con propuestas arriesgadas, que montó el musical La verdadera historia de Pedro Navaja, con canciones del salsero panameño Rubén Blades y la notoria influencia del teatro épico creado por el alemán Bertolt Brecht. La obra tuvo éxito en San Juan y fue llevada en 1983 al teatro musical de La Habana, Cuba. En una de las escenas, un banquero cínico canta feliz: “La miseria es lo más grande que ha creado la humanidad, la miseria siempre trae prosperidad, la miseria es un recurso que jamás se nos agotará”.
Reinaldo Pérez, el papá de René, además de participar en brigadas de apoyo a las luchas revolucionarias latinoamericanas del momento, defendía los derechos humanos de los obreros de Puerto Rico y escribía de vez en cuando artículos sobre música popular o sobre el saxofón alto, un instrumento que a veces toca entre gruesos expedientes laborales amontonados en su escritorio.
Con esa base política, René y Eduardo comenzaron a viajar por el continente después de lanzar su primer disco. Pronto se hicieron más críticos de la realidad de su país, una isla de 3.5 millones de habitantes colonizada aún por Estados Unidos. Los viajes sirvieron para contrastar la realidad boricua con la de otros lugares. La ciudad de México, con sus 20 millones de personas, los impresionó. El día que arribaron por primera vez, mientras Eduardo escuchaba música rara que había conseguido en la calle, René se subió a la azotea de un edificio del centro de la ciudad y miró el horizonte de lucecitas encendidas caída la noche. No había final en su vista y tuvo la misma sensación de infinito que cuando se ponía a ver el mar en San Juan. Pensó que en México todo ocurría al mismo tiempo: ese día una granada había matado a ocho personas, pero Los Fabulosos Cadillacs cantaban ante 70 mil personas.
Puerto Rico oficialmente es considerado “territorio no incorporado a Estados Unidos”, lo que significa que pertenece a Estados Unidos, pero no forma parte del país. Mejor explicado sería así: Barack Obama es el presidente de los puertorriqueños, aunque los puertorriqueños no pudieron votar por él. René suele llamarles arrodillados a los que están a favor de que Puerto Rico siga siendo una colonia estadounidense, pero el cantante sabe que la desinformación y el miedo son las cosas que impiden que crezca la causa independentista en la isla. La imaginación y el espíritu boricuas están colonizados. En la escuela donde René estudió de niño, una maestra le dijo que si Puerto Rico se hacía independiente se iba a acabar para siempre el aire acondicionado en la isla.

4. Sobre un saludo para todos los obreros y pobres de Monterrey que vinieron al Escénica bar

La voz de Ileana Joglar es tan fuerte, calmada y musical, que no parece provenir de su garganta. Es como si dentro de su delgado cuerpo hubiera un fino aparato electrónico produciéndola, mientras cantaba en el bar Escénica de Monterrey, donde Calle 13 daba un concierto ante más de mil personas. Ileana era una muchacha de 18 años, de belleza frágil. Acompañaba a sus hermanos René y Eduardo en algunas canciones, mientras se lanzaba como solista con la ayuda de Angelo Medina, antiguo representante musical de Ricky Martin.
Algunos de los asistentes que no conocían mucho de Calle 13 estaban impresionados nada más por la voz y la descarga de los ojos raros de Ileana. Imaginaban que un concierto de la banda equivalía a ver sólo en el escenario a Residente y Visitante, el primero cantando y el segundo haciendo la música desde una consola, sin embargo se toparon con toda una orquesta que apenas cabía encima de la tarima. Dos trompetas, dos trombones, dos percusionistas, un bajo, una guitarra y dos coristas hacían la música junto a Visitante, un peculiar director que de acuerdo con la canción usa desde un acordeón norteño hasta el theremin, raro instrumento electrónico que parece sacado de una película futurista. Esto hace que en vivo Calle 13 suene con un mayor poder con el que de por sí se oyen sus grabaciones.
El concierto comenzó poco antes de la medianoche del 19 de febrero de 2010. René y Eduardo habían llegado ese mismo día a la ciudad procedentes de Veracruz, donde participaron en el Carnaval del puerto. En Monterrey, la violencia y la muerte cotidiana estaba desatada en esos días a causa de una guerra urbana entre cárteles de la droga a los que ya no les importa usar las calles como campos de batalla. Cuando René apareció en escena, fluido y liviano, con un pants de Adidas color verde y una camisa sin mangas que mostraba sus brazos fornidos y tatuados, tomó el micrófono y arengó: “Vamos a disfrutar, putos. Yo quiero que todo mundo suba, y que brinque Monterrey. Tenemos que estar despiertos porque estamos respirando. Hay mucha gente que se ha muerto, hay que demostrarle a la luna y a las estrellas que estamos respirando, Monterrey, vamos a brincar”.
En persona, René es más bajito de lo que parece en fotografías y videos. Tiene ojos vivaces color almendra, parecidos a los de una víbora. Se mueve mucho en el escenario y de vez en cuando se burla de los cantantes de reggeaton. La noche del concierto en Monterrey lo hizo de Pitbull, un reguetonero al que parodia como lacayo de los yanquis, cantando “I Know You Want Me”. Tras imitarlo graciosamente, dijo: “Esta canción que sigue también se la quiero dedicar al noventa por ciento de los reguetoneros que son una mierda”. Luego interpretó “Que lloren”, en la que hay una de las habituales y satíricas declaración de principios de Calle 13:

“Esto no se trata de ganarse premios, ni de vender discos/
ni de carros, mujeres, hoteles, ni que si te comiste 30 mariscos./
Se trata de cómo con palabras te puedo tumbar la carrera/
frente a todo el mundo, como Bin Laden con las Torres Gemelas”.

La mayoría de las letras de Calle 13 son hechas por René, quien parece una máquina de rimar a la que le gusta escribir cuando está en movimiento, de viaje. Su proceso de creación es empírico, ya que prefiere vivir más que leer, aunque pasó casi cuatro años estudiando Arte en Georgia, Estados Unidos, y en Barcelona, España. El día que viajó a Monterrey tenía en su maleta sólo dos libros: Diablo guardián, de Xavier Velasco, y El Anticristo, de Nietzsche, los cuales apenas hojeó en varias semanas. Al llegar a una ciudad, René trata de registrar todo lo que ve o lo que le cuentan y se sienta a escribirlo. De ahí vienen sus canciones, o de viajes que hace pero a través de internet, donde suele tener hasta 20 pantallas abiertas cuando se sienta frente a su computadora.
La tocada duró casi dos horas, y entre el público, en su mayoría jóvenes con suficiente dinero para gastar más de 500 pesos en una noche de fiesta, había uno que otro cumpliendo el estereotipo reguetonero: la gorra de lado, las camisas deportivas, los pantalones holgados y el “perreo”, que puede quebrar fácilmente una cintura veterana. Había dos rubias de ojos verdes, verde brillante, verde anticongelante, que bailaban sin parar, posando a veces para que las miradas pudieran encontrar que sus blusas decían al frente “Someon’s bitch”.
Poco antes de acabar el concierto, René se despidió con un saludo de la gente de los barrios pobres “que esta noche están aquí”, y de “todos los obreros de Monterrey que vinieron”, lo cual resultaba un poco desconcertante debido al perfil nada popular de la discoteca de moda de la ciudad.
“Yo quisiera ser un día libre como ustedes, ver en mi país ondear una sola bandera y no dos”, soltó por último René, antes de tocar “Atrévete-te-te”, el reggeaton que los llevó a la fama internacional.

5. Sobre ser fokin de izquierda y tener unos Adidas que te contradigan

Todo estaba listo para el gran show en Los Ángeles, California. René Pérez bajó de una limosina y al caminar por la alfombra roja de los premios MTV Latinoamérica, se quitó el saco para enseñar al avispero de fotógrafos una camiseta que decía: “Chávez nominado Mejor Artista Pop”. Esa noche del 15 de octubre de 2009, René fue, junto con Nelly Furtado, el encargado de conducir la ceremonia que se llevaría a cabo con eventos simultáneos en la ciudad de México, Bogotá y Buenos Aires. A lo largo de dos horas, el cantante de Calle 13 se quitó y se puso una camiseta tras otra con mensajes como: “Mercedes Sosa sonará por siempre”, “Viva Puerto Rico Libre”, “Micheletti rima con Pinochetti”, “México nunca olvida el 2 de octubre de 1968” y una que causaría controversia en Colombia: “Uribe para militar bases”.
Al día siguiente del evento transmitido en la mayor parte de América Latina, la cancillería colombiana se quejó con los organizadores por la camiseta de René haciendo referencia al presidente Álvaro Uribe, obligándolos a emitir un comunicado en el que se deslindaban de las afirmaciones que había hecho René. Toda referencia al mandatario colombiano fue borrada luego de las notas de la página web oficial del evento.
Cuatro días más tarde, René envió una carta a la cancillería colombiana en la cual aclaraba que la frase de la camiseta había sido retomada de pláticas con amigos colombianos y que lo que había hecho en realidad era jugar con las palabras: “Uribe para bases militares”, ya que a él, por experiencia propia en Puerto Rico, le parecía un error que un país aceptara ser sede de bases militares extranjeras.
Por esos días, por medio de su cuenta de Twitter @calle13oficial, René contestó a algunos de los reclamos que se le hicieron. “Quiero un continente en donde exista la democracia ..y el que no le guste que me pare..yo peleo. y tengo huevos. no soy un artista pendejo”, dijo. También habló sobre su ideología política. “Soy fokin de izquierda y tengo mis Adidas bien puestas que me contradicen. Y el que no se contradiga en esta vida que me lo diga en la cara”.
Semanas después del escándalo de las camisetas, una tienda de ropa de Medellín imprimió algunas y las comercializó por medio de Facebook. Ha sido tal el éxito que en la ciudad de México y otras capitales latinoamericanas ya se venden también.

6. Sobre la Internacional Socialista que se convirtió en la música urbana latina o viceversa

René Pérez nació el 23 de febrero de 1978, y Eduardo unos meses después, el 10 de septiembre de ese mismo año. Como todos los treintañeros de hoy, ambos pertenecen a la generación del doble derrumbe, explicada por Camille de Toledo en Punks de boutique como la que vivió la caída del muro de Berlín y la de las Torres Gemelas. “A diferencia de las generaciones que nos precedieron, no teorizamos. Actuamos por intuición, sin trastocar demasiado este bonito caos en el que aprendimos a crear nuestra libertad”.
La de Calle 13 es una generación enclaustrada que ya no tiene nada que hacer porque ya hay un sistema único de gestión política, social y económica de lo humano; en el cual una megacompañía como Apple alquila a los iconos de la rebeldía como El Che Guevara, Gandhi y Bob Dylan, para su campaña publicitaria del verano. El capital digiere los márgenes contestatarios y hace que esta generación se acomode en su sillón a ver una noche en MTV a Fher, el cantante de Maná, ofreciendo el espectáculo de su rebeldía con una playera negra que lleva la estrella roja zapatista y cantando canciones de protesta sobre los desaparecidos durante las dictaduras sudamericanas. Tiempo después se vuelve a ver a Fher en la televisión, pero ahora en el noticiero oficial, regalándole una guitarra eléctrica al cuestionado presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, quien para legitimarse declaró una guerra que lleva más de 28 mil personas muertas en poco más de tres años.
Tom Peters, gurú del management americano, en su libro The Circle of Innovation, les dice a los nuevos artistas: sean subversivos, peligrosos, visionarios, hostiles, anarquistas, punks, yonquis. “Destruction is cool”, sintetiza. La nueva economía reconcilia la insurrección con el espíritu de libre empresa, y la sociedad de la información autoriza el ascenso de los contestatarios. En Rebelarse vende: el negocio de la contracultura, los canadienses Joseph Heath y Andrew Potter, llegan a la conclusión de que los movimientos contraculturales se han convertido en un producto más que ofrece el sistema en el mercado de consumo capitalista.
Por su ánimo combativo, algunos músicos cercanos a René y a Eduardo comparan a Calle 13 con Rage Against the Machine, banda de rap metal creada en 1990 que hizo del romanticismo insurgente, rojo, su principal característica, junto con su filiación al movimiento global inspirado en la insurrección del EZLN en Chiapas y en la mística del Subcomandante Marcos. Pero en el año 2000, los integrantes, acusados por detractores de ser terroristas del lenguaje, disolvieron el grupo. El vocalista Zack de la Rocha estaba decepcionado porque con la consagración de la banda, sentía que había dejado de ser radical.
Hace un par de años Rage Against the Machine se volvió a juntar y en junio pasado protestó por la racista ley SB1070 de Arizona.

7. Sobre si Calle 13 es al igual que Maná un grupo prohibido en su país

El amigo bloguero con el que iré este 23 de marzo de 2010 al concierto que dará Calle 13 en la Tribuna Antiimperialista de Cuba, donde Fidel Castro ha pronunciado discursos históricos, me ha puesto en su computadora el disco de Marc Anthony cantando boleros, uno de los más cotizados en el mundo musical cubano. Según mi amigo, otros discos que se mueven mucho en el raro mercado underground de este país comunista son los de Daddy Yankee, lo opuesto de Calle 13, en cuanto a estilo y filosofía musical.
A Randy (como llamaré a mi amigo bloguero temeroso de perder su empleo si doy su nombre verdadero) no le gusta Gente de zona, un grupo que presume tocar “cubatón”, la versión propia del reggeaton. Prefiere algo que es llamado aquí “el rap consciente cubano”, el cual tiene como su principal exponente a Los Aldeanos, un dueto que cuestiona la situación en la isla gobernada por Raúl Castro. Sus discos no están autorizados por la Agencia Cubana de Rap que creó hace unos años el gobierno comunista para registrar a las bandas que querían tocar ese género surgido de las calles de la comunidad negra de Estados Unidos. La música de Los Aldeanos circula  mediante grabaciones clandestinas, que cada vez son más toleradas por las autoridades, sobre todo en La Habana. Pero su música es aún marginal y peligrosa. Randy me pone dos canciones de ellos que tiene guardadas en su teléfono celular con otros nombres, por si alguna vez llega a tener problemas con la policía.
Randy no conoce a Calle 13. “Casi no se escuchan acá en Cuba, pero lo que he sabido es que han sido prohibidos en Colombia y en algunos países, como le pasó a Maná en México”, me dijo.
—No creo que Maná sea un grupo prohibido en México —le dije a Randy.
—Pues acá se dijo eso. Y yo he escuchado sus letras y algunas sí son fuertes, coño.

8. Sobre la exigencia de que los filósofos de Cuba hagan preguntas fáciles por favor

Un día antes de su concierto en el malecón de La Habana, en marzo de 2010, René y Eduardo, acompañados por su hermana Milena Pérez Joglar, fueron a la sala Che Guevara de la Casa de las Américas, para dar una charla ante músicos, poetas, escritores y estudiantes. El salón estaba a reventar y la periodista Xenia Reloba presentó a la banda para luego de anunciar que comenzarían el acto con las preguntas de los asistentes.
—Que los filósofos hagan las preguntas fáciles por favor —interrumpió René, mientras Xenia veía a quién le daba el micrófono.
—Yo amenacé a los muchachos de Calle 13 diciéndoles que había hasta filósofos  —aclaró la anfitriona, al momento que un niño pedía la palabra.
—Calle 13, ¿qué fue lo que los motivó a cantar, a hacer reggeaton y rap? —preguntó el pequeño hijo de Layda Ferrando, una productora de música cubana.
El salón estalló en risas.
—Parece simple —empezó a responder René— pero es muy complicada la pregunta. ¿Qué nos motivó a cantar? Creo que fue poco a poco. En mi caso fueron variando las motivaciones. Empecé con una idea, y con el tiempo la motivación fue creciendo y cambiando. Quizá la primera fue la necesidad.
La sesión continuó. El periodista de Cubanos en la Red Osmel Francis Turner le preguntó a René si conocía música urbana de Cuba.
—Crecí con la música de la nueva trova, Silvio, Pablo, por mis padres. Quizás eso ha influido a la hora de escribir. A Compay Segundo me lo llevé a Georgia. Un día llevé a Compay Segundo a la clase de dibujo, y ése fue el día que más lindo dibujé. Y fue difícil porque la muchacha era gordita, la figura tenía muchas cosas. Y no te miento, dibujé tan bien que a la maestra, que era de Londres, le encantó.
“He escuchado a Los Aldeanos, a Los Orishas —me tienen que dar más de ellos porque no es fácil encontrarla— aunque hoy me dieron un paquete de música, pero quiero oír más música urbana”.
La sesión siguió. René habló sobre el uso de las redes sociales como una táctica para hacer crecer a Calle 13. Al acabar su explicación, un joven de mirada seria pidió la palabra.
—¿Aquí en Cuba cómo revisas el Twitter? —preguntó, haciéndose después un silencio en el lugar.
—Cuba es tan bonita que no me interesa revisarlo —respondió rápidamente René.
Y la banda recibió la ovación más grande de la mañana.

9. Sobre comprar carne de res y ser rebelde

Además de la censura en las disqueras y radiodifusoras de música como la de Los Aldeanos, la organización de tocadas para ciertos grupos se vuelve toda una odisea en Cuba. Unos días antes del concierto de Calle 13, Gorki Águila, cantante de Porno para Ricardo, otra banda cuya música está prohibida en la isla, me contó la forma en que habían tenido que organizar ellos su más reciente tocada —un año atrás— en una cueva de las afueras de La Habana, a donde sólo acudieron 40 personas a escucharlos. “Lo que pasa es que en la misma medida en que tú das más promoción, es en la misma medida en que tienes más riesgo de que el concierto no se dé. Entonces nosotros tenemos que hacer un equilibrio ahí súper raro. Empezar a citar a la gente casi el mismo día del concierto. Tratar de correr la voz y de no hacerlo tan masivo, porque en la medida en que sea más masivo, es en la misma medida que se filtra más rápido para que te lo frustren, con respecto a la policía y todo eso”.
A la cavidad donde Porno para Ricardo hizo su concierto clandestino se le conoce como La Cueva del Gato. “Nos pareció ideal cuando la vimos la primera vez. Tú vas caminando y tú no ves realmente ninguna cueva, hasta que entras por un hueco que está al mismo nivel del piso”, explicó.
La plática con Gorki había sido en la casa de Ciro Ávila, el guitarrista del grupo que vive por el barrio de Vedado. En la sala donde charlábamos había un póster de estilo soviético que decía ppr (Porno para Ricardo). Era una burla del emblema del Partido Comunista Cubano y en lugar de El Che, Fidel y Antonio Mella, aparecen tres de los integrantes de Porno para Ricardo. El lema original parodiado era “Estudio, fusil y trabajo”, pero los músicos lo habían cambiado por: “Fiesta, drogas y sexo”.
Ante la provocadora imagen, me puse a hablar entusiasmado acerca de Calle 13 y su rebeldía, hasta que noté cierto malestar en el rostro de Gorki.
—¿O qué significa ser rebelde hoy en día en Cuba? —pregunté.
—Comprar carne de res en la calle, eso es ser rebelde aquí.
—¿Comprar qué?
Gorki soltó una coz antes de seguir hablando.
—Carne de res en la calle. Eso es ser rebelde en este país. Sobrevivir es ser rebelde en este país. Cuando tú sobrevives, tú estás en contra de las leyes de este país, porque casi todo es ilegal, tú no puedes hacer nada. Para sobrevivir aquí en el país, tú tienes que tratar de inventarte un negocito, que por supuesto es ilegal, tratar de comer también lo es. Y bueno, ser creativo es ser rebelde en este país.
“Lamento decirte que Calle 13 aquí en Cuba no tiene nada de rebelde. Lo más oficial que hay aquí para una banda alternativa es la Tribuna Antiimperialista donde ellos van a tocar”.

10. Sobre balas y flores recibidas en un mismo corazón

“La perla”, un candombe uruguayo con muchas voces y una letra sobre la vida en un barrio popular, grabada originalmente con Rubén Blades, es la canción que más enciende a las 200 mil personas acomodadas a lo largo del malecón habanero para bailar. La tocada ha comenzado a las cinco de la tarde con Kelvis Ochoa, bien recibido cantante cubano que parece tener una voluntad de hierro y toca desde conga hasta baladas. A las seis de la tarde sale Calle 13. La orquesta es impresionante: casi 30 músicos encima del escenario, para este evento donde hay más bocinas que en la conmemoración anual de la Revolución Cubana, una de las grandes epopeyas de Latinoamérica.
René salió a dar el concierto con una camiseta que al frente tenía la foto de un joven de ondulado pelo negro y bigote ancho, mientras que en la espalda se leía la frase “recibimos flores y balas en un mismo corazón”.  El hombre de la imagen es Carlos Muñiz, un cubano asesinado en San Juan de Puerto Rico, con dos balas calibre .45 el sábado 28 de abril de 1979. Muñiz tenía sólo 26 años de edad, cuando un coche chocó contra el que él iba conduciendo sobre la avenida California, en el barrio de Guaynabo. Tras descontrolarse por el impacto, el vehículo que lo perseguía se acercó por un costado y desde el cual el copiloto disparó. Una de las balas le dio en una cervical e hizo que perdiera el control del coche, volcándose. Ya malherido, el piloto del otro auto se bajó y le disparó en la frente, destrozándole el cerebro. El crimen de Muñiz Varela, considerado “mártir de los emigrantes cubanos”, fue realizado de acuerdo con los servicios de inteligencia del gobierno de Fidel Castro, por el grupo terrorista Omega-7, por el cual pasaron criminales cubanoamericanos como Orlando Bosch y Luis Posada Carriles, autor intelectual confeso de un atentado el 6 de octubre de 1976 contra una aeronave de Cubana de Aviación que volaba de Venezuela a la isla, con 73 pasajeros que murieron a causa del ataque, impune hasta la fecha. Según la inteligencia cubana, la razón del asesinato de Muñiz fue su papel de mediador entre los emigrantes cubanos y la isla, por medio de la empresa Viajes Varadero y de una brigada que llevaba el nombre de Antonio Maceo.
Muñiz Varela era amigo de Reinaldo Pérez, el papá de René, quien era un inquieto bebé cuando el joven activista cubano radicado en Puerto Rico fue asesinado. Un hijo de Muñiz Varela, también llamado Carlos, emprendió hace tres años una nueva lucha para exigir que se castigue a los asesinos de su padre, los cuales, asegura, son protegidos por el fbi. Ante la presión de la campaña que ha contado con el apoyo de Calle 13, el gobernador de Puerto Rico solicitó de manera formal al fbi el expediente del caso, pero la agencia no ha entregado nada hasta la fecha.
Cuando la tarde declinaba, el concierto de René y Eduardo terminó y un relámpago de euforia recorría todavía el malecón, donde algunos grupos de jóvenes se pusieron a beber ron junto al mar o a coquetearse en medio del olor a salitre y la sombra violeta de las olas. Cerca de ahí, en El Gato Tuerto, emblemático y oscuro bar de la trova cubana, en el que César Portillo de la Luz y Pablo Milanés tocaron y se volvieron famosos, son pocos los que ocupaban las veinte mesas de la congelada planta baja. El aire acondicionado estaba al máximo nivel y el rostro de un gato con un parche en su ojo izquierdo daba la bienvenida. En la mesa más cercana al pequeño escenario estaba un mexicano rico y calvo con su jovencísima y hermosa novia cubana, acompañados por la mamá de ésta; en otra había tres mujeres de Costa Rica, pasadas de los cuarenta años que quizá nunca volverán a ser tan jóvenes como en esa noche. Dos italianos y un estadounidense bebían cerveza Bucanero en la barra. La velada siguió por horas, entre un pianista triste y cantantes de boleros con la voz ronca y aliento a brandy que bebían su trago entre canción y canción. Está bien ser sobrio, pero hay que serlo con moderación. De noche hay otra vida.
A las tres de la mañana, El Gato Tuerto parecía estar a punto de cerrar sus puertas para que dejara de circular el aire melancólico de esa noche. En eso, una veintena bandolera de músicos jóvenes, los de la orquesta y coros de Calle 13 entraron al sitio. Venía también Ileana Joglar, quien apenas llegó, se subió a cantar una lenta melodía junto a la mulata de voz portentosa que cantaba en ese momento. Todo El Gato Tuerto se reanimó y concentró su atención en ella y, a mitad de la canción, René subió también, pero para intentar sabotear la entonación de su hermana, quien estaba vestida de camisa y pantalón negros, con el pelo amarrado. El siguiente en hacerlo fue el cubano Kelvis Ochoa. René volvió a subir luego a la tarima pero no para cantar, sino sólo para saludar a la cantante del sitio, después agarró su trago y se fue a la cabina a poner la música de la fiesta de locos que acabó a las seis de la mañana.

11. Sobre intelectuales leyendo libros, sintiéndose bien, en cafeterías de San Cristóbal de las Casas, Chiapas

A finales de 2009, René hizo un viaje a Chiapas para conocer directamente lo que estaba haciendo el EZLN en las miles de hectáreas de tierra que ocupó a la fuerza a partir de su alzamiento armado en 1994, y que organizó en 2003 mediante cinco sedes gubernamentales, nombrados caracoles, donde rige un autogobierno bajo el lema “Mandar obedeciendo”.
Acompañado por su hermana Ileana y el baterista de la banda, René agarró carretera en el DF, rumbo al sur, en un coche prestado. Al llegar a San Cristóbal de las Casas fueron recibidos por un amigo rapero que, como mucha gente de México y de otros lugares del mundo, había llegado en años recientes a esa ciudad colonial a vivir de algún modo el sueño zapatista.
Su amigo rapero era novio de una chica de Noruega que colaboraba con la Junta de Buen Gobierno de Oventic, uno de los cinco centros políticos creados por el grupo rebelde que, antes de pasar de moda entre los círculos progresistas, fue motivo de inspiración, lo mismo para Joaquín Sabina que Manu Chao. El conocimiento que la chica noruega tenía sobre los protocolos zapatistas permitió que, al poco tiempo, René y comitiva fueran recibidos por los indígenas de la Junta de Buen Gobierno de ese caracol.
Al llegar a Oventic tras recorrer un camino sinuoso y neblinoso por Los Altos de Chiapas, René se sorprendió del nivel de organización que había en el pueblo zapatista y pidió permiso para conocer la escuela y la humilde clínica construida con el apoyo de personas y organizaciones de diversos países del mundo. Pero no pudo estar el tiempo que quería, porque de repente se sintió enfermo y mareado. A causa de eso, la comitiva tuvo que partir de ahí ese mismo día.
Sobre San Cristóbal de las Casas, el lugar donde permaneció la mayor parte del tiempo, René pensaba en esos días: “Me gusta este sitio: con su gente buena que quiere ayudar, sus intelectuales leyendo libros, sintiéndose bien, tomando café en los equivalentes a Starbucks”.

12. Sobre coger por el culo a una amante y coger todas las ventajas que haya a tu alrededor

Eduardo Cabra le prestó su memoria portátil al asistente de los Calle 13 para que la metiera en la Mac blanca que traía, y yo pudiera escuchar “Latinoamérica”, una de las canciones que vendrán en el nuevo disco de la banda, programado para salir en octubre de 2010. Mientras escuchaba la canción con unos audífonos, Eduardo y René platicaban con empleados de Sony, su disquera.
Estábamos en un camerino tamaño celda de la Academia de Artes Visuales de la ciudad de México, donde minutos antes se había llevado a cabo la sesión de fotos para la portada de Gatopardo. La tarde de ese jueves 26 de agosto de 2010, René y Eduardo habían terminado de filmar en un suburbio de la ciudad el video de otra de las canciones que vendrán en el nuevo disco, “El baile de los pobres”, dirigido por Diego Luna. Otros títulos que vienen en el nuevo disco son “Vamos a portarnos mal” y “Calma pueblo”, el primer sencillo del disco, donde René versea como arroyo crecido:

Yo uso al enemigo
a mí nadie me controla,
Le tiro duro a los gringos
y me auspicia Coca Cola.
De la canasta de frutas
soy la única podrida.
Adidas no me usa,
yo estoy usando Adidas.
Mientras bregue diferente,
por la salida entro.
Me infiltro en el sistema
y exploto desde adentro.
Todo lo que les digo
es como el Aikido.
Uso a mi favor
la fuerza del enemigo.

Cuando terminé de escuchar la canción que me puso, una pieza que mezcla sonidos latinoamericanos y cantos por la libertad, le pregunté a René si su nueva canción es, de alguna forma, resultado artístico o musical de la fiebre política que ha recorrido el continente en la última década, con presidentes latinoamericanistas como Evo Morales en Bolivia, Hugo Chávez en Venezuela y otros más de la región.
—Nosotros colaboramos con reforzar la identidad latinoamericana. Y es un poco gracioso, porque estaba hablando con un argentino que está trabajando con nosotros y él decía: “Mira, tuvo que venir un puertorriqueño para hacer un tema de Latinoamérica como éste”. Me parece chévere desde ese punto de vista. No es que formemos parte del folclor latinoamericano, porque se oye como una disciplina. Lo que hacemos es otro tipo de disciplina musical y de letra, pero sí, creo que hicimos una canción que será representativa a nivel latinoamericano por algún tiempo, pues hace mucho que no se hace. El tema fue interpretado por Mercedes Sosa y toda esa bola de nueva trova que salió en esa década, setentas, ochentas y no se oyó casi nada. La fuerza que tiene ahora lo nuestro es quizá la de los medios, que en el momento, un tema así es cantado por el grupo que hace un año estaba en los MTV.
Antes de hacer la entrevista en forma, el tema de México salió a relucir. Les conté un poco sobre el impune siniestro de la Guardería ABC en Hermosillo, Sonora, donde murieron 49 niños, se conmovieron, y luego ellos sacaron el tema de la violencia por la guerra del narco. “México parece que está en la época medieval”, dijo René, quien dice haber visto algunos de los infames videos sobre su “trabajo” que suben a YouTube los crueles sicarios. Los Calle 13 están a favor de la legalización de la mariguana, la heroína y la cocaína. “Se perdería el negocio de los narcos. Perderían todo, tendrían que vender otra cosa”, dijo René.
Les conté también que antes de verlos, pedí por Twitter que me recomendaran preguntas y fueron dos las que más me pidieron. La primera es saber si el aguacate sirve para tener nalgas de catorce kilates, como dicen en una de sus canciones. Eduardo responde: “Yo no tengo y como aguacate, así que no es real”. La segunda pregunta que me pidieron es si tienen pensado en buscar un cargo político.
—En la cuestión política no creo. Hay más posibilidades de que me meta al cine o a hacer cosas relacionadas con el arte —contestó René.
—¿Hasta donde están ustedes dispuestos a usar su plataforma para exigir la independencia de Puerto Rico? —pregunté.
—Creo —tomó la palabra René— que es más bien un proceso de concientizar a la gente allá de que mucha se eduque. No estoy diciendo que soy el más educado, porque no lo soy, pero tengo mi educación y con eso puedo batallar, pero allá el principal problema es la desinformación y el miedo. Ellos piensan que si Puerto Rico es independiente se va a hundir la tierra. Hay gente que piensa que como estamos, estamos bien. Sé que hay gente que tiene otro tipo de prioridades y que no tiene vergüenza. A mí sí me da vergüenza la situación del país.
—¿Qué te da vergüenza?
—Es como tener a un país que está encima de ti y estamos mamándole un huevo a ese país. Estados Unidos no nos quiere, a ellos les da lo mismo, sólo nos sacan el jugo. Es como que ellos ya tienen una esposa y nosotros somos “la chilla”, la amante. Nos cogen cuando nos quieren coger y nos cogen por el culo. No hay una gran preocupación sobre los intereses del país ni nada. Yo veo eso, de verdad que no es por mis ideales, es que no les importa y aunque trato de sacar el orgullo al carajo, es obvio que no les importa. En Puerto Rico les gustan las propuestas musicales que no dicen nada. Me sería tan fácil no decir nada ahí, cantar estupideces, eso sería demasiado fácil. Hubiese conseguido que Adidas y Coca-Cola me patrocinaran tres años atrás y yo poder usar esos patrocinios a mi favor, porque yo no voy a dejar que esos huevones que no piensan y cantan, compitan conmigo con todas las ventajas. Yo voy a coger todas las ventajas que hay a mi alrededor.

13. Sobre ser gay y querer ocultarlo con una novia

La entrevista en forma con los Calle 13 finalmente comenzó. Alguien del equipo recomendó conseguir vodka con strawberry, la bebida preferida de René quien, sin embargo, apenas toma un trago.
—¿Los convence la izquierda que gobierna Bolivia, Venezuela y demás países de Latinoamérica?
—Me convence —dijo René— en algunos aspectos y en otros no. A nivel de ideal sí, pero de funcionamiento en algunas cosas no. Por ejemplo Cuba, es un misterio, pero fuimos y descubrimos cosas buenas y malas.
—En el momento que ustedes fueron había tensión por la muerte de Orlando Zapata y por la huelga de Fariñas. ¿No pensaron que podían estar siendo usados por el gobierno?
—Pudiese ser… Nosotros estábamos invitados desde hace un año y no sabíamos que eso iba a pasar. Igual lo hicieron así.
—¿Ustedes defienden la causa cubana?
Eduardo, que masca un chicle, es ahora el que responde.
—Que 80 tipos se hayan montado a un barco y hayan liberado a un país completo es admirable. Pero cuando la izquierda se convierte en nebulosa, como que me da la sensación de que se convierte en derecha y no sé qué está pasando en Latinoamérica en ese aspecto, pero la revolución tiene unas cosas admirables.
—Dejar —habló René— por mucho tiempo a un mismo gobernante fue un error porque pierde credibilidad, y si tú lo que quieres es incluir, si quieres que la gente de derecha cambie, no se van a ir. Dejan a un tipo gobernante 20, 30, 40 años. Nadie quiere eso, yo tampoco quiero eso: quisiera que con lo bueno y malo de Chávez se le diera la oportunidad a otra persona. Aunque (Juan Manuel) Santos es sucesor de Uribe, no luce mal ante el ojo público. Uribe quería la reelección y le dio la oportunidad a Santos, eso hasta cierto punto debería pasar igual.
—¿Ustedes son de izquierda?
—¿Que te puedo decir? —continuó respondiendo René—. Mi familia es de izquierda, yo como que tengo mis movidas, porque la izquierda que está funcionando actual, quizá no es la izquierda que está funcionando mejor. Ahora mismo yo no me voy con ningún presidente y me he reunido con muchos, pero me desanimo. Me gusta el principio de que no haya una pirámide, de hacer algo diferente porque en verdad el mundo está jodido y creo que hay que buscar alternativas. ¿De derecha?
—¿Qué piensas sobre la derecha?
—Mmm… Vivo en un mundo de eso, no creo, pero vivo en un sistema de derecha y funciono como un ciudadano que vive en ese mundo porque trabajo, me gano la plata, vivo mejor que otras personas, tengo lujos ¿entiende? Es como un gay que tiene que estar con una novia, pero es gay. Eso mismo: estoy casado con la derecha, pero en verdad quisiera probar otras cosas.
—¿A qué presidentes latinoamericanos han conocido y qué les ha parecido la experiencia?
—Conocimos una vez a Correa, fue muy rápido. Conocimos a Chávez y habla bastante, me pareció un tipo bien. Me gustaría conocer a Uribe. No tengo problema con conocer a ninguno, la realidad es que no soy amigo de ninguno, ni voto por ninguno, ni votaría por ninguno. El compromiso que tenemos, no sé cuánto tiempo va a durar, porque de momento estoy cantando este tipo de música y esto es algo que lo estoy haciendo porque quiero, porque nadie lo va a hacer. Vicentico no lo va a hacer, ni Cerati ni un montón de músicos. Lo estoy haciendo porque estoy viviendo ese rol. El día que me canse colaboraré a puerta cerrada, no me interesa que nadie se entere. Ahora lo estoy haciendo y como lo estoy haciendo no me interesa ser amigo de ninguno, sino de la gente y que ésta confíe de que si yo voy a hablar con un presidente es porque le voy a tratar de exponerle qué está pasando. Es un rol que me cayó poco a poco, y que he asumido con gusto. No era la idea tampoco.
—¿Cuál era la idea?
—Hacer música, tocar, divertir a la gente, conseguir chicas, la idea de cualquier persona, pero cada vez todo fue más fuerte.