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El vapor de la ilusiones

Publicado: 11 septiembre 2013 en Diego Fonseca
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Una masa de alemanes, ingleses, rusos y asiáticos —sombreritos Gilligan y una gazuza de fotos— arma fila frente a las escaleras del Museo del Prado. Un rebaño de otros turistas culturales baja a la carrera, de salida, los mismos peldaños.

—¿Adónde ahora?
—A Sabatini, que no tengo fotos.

El turista cultural —el turista— es un coleccionista de ladrillos. Su rutina consiste en revivir una época echando el ojo sobre la arquitectura —las ruinas, el vestigio— de su cultura. El turista cultural —el turista— forma pelotones de tenis Nike y trota por siete colecciones del Louvre bajo las plaquetas de los muros de las casonas de una Roma de Vespas histéricas disparando el iPhone. El turista sube y baja Teotihuacan, Tulum, Uxmal. El turista cultural —el turista— busca la reliquia y la llena de gente.

El turista de crisis —un periodista— es un buscador de huecos entre el ladrillo y, como su par cultural, cuando visita un sitio procura revivir una época ojeando las ruinas, los vestigios de su cultura. Pero, por lo general, las ruinas arquitectónicas que halla el turista de crisis son bastante nuevas, muy modernas y, ciertamente, solitarias. El turista de crisis visita edificios vacíos. El turista de crisis visita el presente, y en el presente, y en las crisis, la gente no está. No quiere estar, quiere irse.

Bienvenidos a España.

***

En la primavera boreal regresé por una semana a España para participar en un congreso de periodismo en Huesca, en el centro de Aragón, territorio donde vagaba Don Quijote. Madrid tenía un sol macilento y las gentes conversaban con sordina. En varios edificios había carteles de renta y en muchas paredes se ofrecían los afiches del menester doméstico: pintor que pinta por menos precio que otros, plomeros que garantizan servicio y precio incomparables, señoras que cuidan niños a precios sin competencia. Gente que se ofrece por menos de lo que vale: una crisis.

Conozco El Prado, conozco Sabatini, Sol, la Puerta de Alcalá, las calles torcidas de la noche. Visité Madrid varias veces pero habían pasado seis años desde mi última estadía: tenía la mirada fresca del que puede comparar. Y tenía, frente a mí, una crisis para hacer turismo de ella.

Caminé para ver y contar ladrillos, gente que sobra, dinero que no hay.

***

De 2005 a 2009, España creyó que podría albergar a sus habitantes, sus migrantes y los vacacionistas noreuropeos de pieles ansiosas de sol, así que las constructoras levantaron y los bancos financiaron ochocientos mil departamentos y casas nuevas. No había techo para el techo. La vieja Hispania era una gema brillante de la Unión Europea. Zara tomaba el mundo; Telefónica, las energéticas y las constructoras de América Latina, y primero el Real Madrid y después el Barcelona conquistaban el fervor del planeta futbol. España, iberismo cachondo, era lúbrica.

Entre 2006 y 2007, cuando visitaba Madrid a menudo por mis estudios de maestría, mis amigos vivían a grito y plata. Víctor, que trabajaba en una constructora, había comprado un piso y quería refinanciarlo a más años y menos tasa. Un compañero de estudios planeaba comprar una casa de vacaciones en Valencia. Un tercer amigo mantenía un departamento en Madrid y trabajaba en Barcelona, donde también buscaba comprar. Tenían treinta y pocos años, la sonrisa de la vida por delante, trabajos en bancos internacionales, empresas de energía, sus propios negocios de óptica, autopartes, asesorías. Quien no estaba a la pesca de un trabajo mejor pagado, esperaba un bono gordo junto a las uvas de fin de año.

La abundancia era acuática. Teníamos caña y tapas de media tarde y, por las noches, subíamos y bajábamos Chueca y Malasaña cruzándonos con ejecutivos de pocos veintes que bebían Glenlivet y fumaban Romeo y Julieta como si así hubiera sido desde Castilla y Aragón. Uno de esos días, un colega ecuatoriano quiso saber si nadie veía derroche, si no tenían la sensación de estar viviendo de prestado con la anuencia de la Unión Europea, si eso con pico de burbuja, inflación de burbuja y que hacía fffsss de burbuja era eso: burbuja. Lo miraron como un latinoamericano desvariado, acostumbrado a golpearse la frente contra las crisis.

Un año después era 2008 y la burbuja que parecía burbuja dejó de hacer fffsss e hizo bum.

***

La crisis, esa colección de ladrillos sin uso.

En 2009, los promotores de vivienda de Madrid calcularon que el inventario de casas y departamentos vacíos llegaba a setecientos sesenta mil en todo el país. Mucho, pero había esperanza: pronosticaban que el excedente sería absorbido para —. En marzo de este año, sin embargo, la agencia de calificaciones Moody’s dijo que, bueno, tal vez, el sobrante de viviendas duraría hasta ‘. Y, para la misma época, la Fundación de Cajas de Ahorros dijo que, bueno, tal vez, haya techos sin ocupar hasta 2025.

Una crisis es eso: vacío. Un exceso de ladrillo nuevo en desuso y de gente vieja usada.

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El vacío es también caminar sobre las nubes. El vapor de las ilusiones.

Mi abuela, una italiana que fue pobre, decía: “No se cuentan los frijoles hasta tenerlos en la mano”.

En España plantaron frijoles mágicos para subir bien alto en el cielo. Les llamaron aeropuertos.

Al aeropuerto de Castellón, donde hundieron ciento cincuenta millones de euros, lo inauguraron con pompa y banda en marzo de 2011. Mil quinientas personas fueron en autobús a ver el corte de cintas. Años después, Castellón no tiene aviones y no tiene —porque nunca tuvo— permiso para navegación. Lo que tiene —por tener— es una estatua colosal inspirada en su promotor, un presidente provincial, Carlos Fabra. El ego de Fabra es de metal y pesa veinte toneladas.

Al aeropuerto de Ciudad Real —mil millones de euros— lo cerraron en 2012. En Córdoba expropiaron terrenos para ampliar la pista en espera de los turistas, que nunca vinieron. Al de Murcia-Corvera lo trazaron entusiasmados por la proliferación de resorts y los campos de golf, pero los viajeros del norte de Europa llegaron menos veces que los matorrales que se esparcen entre el estacionamiento sin autos y la pista sin aviones.

Y luego está Lleida: noventa y cinco millones de euros para apenas cuatro vuelos semanales. El informativo Veinte minutos mostró que, con el último avión, el concesionario abre el restaurante del aeropuerto para que los habitantes de la ciudad tomen cenas al aire libre. El dj que las ameniza dice haber pinchado en bodas y todo tipo de fiestas pero, como eso, nada.

“Eso” es —llenar el vacío o— seguir cayendo.

***

Tres tristes trenes trasiegan trochas sin trucos en la trastera.

Tren rápido núm. 1: AVE (por Alta Velocidad Española) entre Madrid y Huesca, en el norte de España. Valles y colinas que empiezan a verdear, tractores nuevos, casonas de cien años. Aquí y allá, molinos de viento: pinchos blancos, lustrosos como cerámicas que parecen creados por un diseñador de Apple.

Eso era España —sigue siendo— hasta hace poco: la modernidad clavando la pica en la tierra profunda de las tradiciones. Una prueba de que el pasado puede —debe— quedar detrás.

Tren rápido núm. 2: Primero, el agrado. En la pequeña estación de la pequeña Huesca todo está limpio, todo parece a medida y bien usado, funcional. Hay un tráfico saludable de público. Luego, la desazón. En la monumental estación de la gran Zaragoza todo está limpio, todo es descomunal y desmedido, casi sin usar, cuidado pero disfuncional. Es martes, son las cuatro de la tarde y soy la única persona —en toda la estación— para parar el viento pirineico que chifla por los andenes. Un monumento pensado para otra época, otro ejemplo del mito del crecimiento infinito de las habichuelas mágicas. Una pena.

Tren rápido núm. 3: AVE entre Huesca y Madrid. Gumersindo Alonso, un colega, cuenta que unos días atrás escuchaba a una mujer hablar a los gritos por su teléfono móvil. Era una señora algo mayor, de provincias, voz sin algodones.

—Que estoy en el AVE — decía la señora muy señorona— ¿Que cómo es? Pues cómo va a ser: normalito.

—”Normalito”, dijo, como si el AVE hubiera estado aquí toda la vida —dijo Gumersindo—. No valoramos lo que tenemos.

El triste tren del atraso, a trancas, no trasiega tan atrás.

***

Hace un tiempo, un banquero me dijo en Washington que, si quería, si se me antojaba, si me aventuraba, podía comprar un caserón de dos plantas, antiguo, en Galicia, por menos de cien mil euros.

—Los españoles están caídos del hambre.
—¿Sí?
—Ya no gritan tanto.

No le creí mucho, pero en abril, The New York Times invitaba a sus lectores millonarios a unirse a rusos y chinos en la cacería de propiedades en Barcelona. Un agente de bienes raíces decía que los precios estaban desmoronados un 35% y que seguirían en los pisos por un par de años. Y si suben, no volverán a los niveles de 2007 cuando eran, muy apropiadamente para Barcelunya, surrealistas.

***

En las crisis se gana y pierde la voz. La disfonía que sucede a la protesta enojada o el silencio del que —porque el horizonte no parece tener línea— ni quiere hablar.

Cuando llegué a Madrid, el Rastro y Chueca no rebosaban de paseantes y sonaban disfónicos. Además de los rumanos de unos años atrás, quienes ahora pedían en la calle, hablaban español castizo. Un tipo atlético, pelo y barba rubios, vestido con ropa de deportista despellejada por el uso, pedía unas monedas echado en la vereda con desgano. Al lado, dos perros de pelos largos, antes blancos ahora gris, enredados. Al frente, visible por entre las piernas de los paseantes, un latino en un taburete que toca —tópico— “El cóndor pasa” con guitarra y sikus.

—Ya con esa canción —retó el godo—. Vete a otro lado, que me espantas a los perros.
—Vete tú —devolvió el otro, bajito, marrón, migrante—, que tenemos el mismo derecho de estar aquí los dos.

Dos jodidos en guerra. Los nuevos gritones.

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Según un estudio de la ONG Intermón Oxfam, a fines de 2012, en España había dieciocho millones de personas en riesgo de pobreza y exclusión social. El bienestar precedente, decía el informe, recién volvería en un cuarto de siglo. El problema es, entonces, el mientras tanto, pues en una década esos cuatro de cada diez españoles hoy en riesgo serían —¡hostias!— pobres.

En el Congreso de Periodismo, en Huesca, un joven aspirante a desempleado —periodista— dijo desde el público que en España hay pobreza como en América Latina. Los cinco periodistas latinoamericanos que ocupábamos el panel nos miramos entre risas.

¿Puede la escasa pobreza europea ser la clase media de mucha América Latina?

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Es viernes, son tapas de Ávila y es el bar Los Torreznos, en Salamanca. La chica de la barra me saluda en un castizo arrastrado, barriobajero: es latinoamericana pero se afana para jugar de local. Pido un montadito de queso de cabra, piquillos, jamón y boquerones, una Cruzcampo. Nota mi acento, me mira fijo.

La siguiente vez que crucemos palabras su acento será paisa.

—Está difícil.
—¿Mucho?
—Mucho, pero igual se come, eh. Esto no es como allá.

***

—La española sigue siendo una sociedad ofensivamente próspera. Más que crisis económica, España —las Españas—, lo que tiene, es una crisis de personalidad.

Éste es Roberto Valencia, habitante casual de Vitoria-Gasteiz, ojos del color cenizo del cielo de Galicia, paciente padre de Alejandra, de Soyapango, doce años invertidos en Centroamérica, hijo de Euskadi, tierra de buen mar para la mesa, periodista de varios lugares.

—¿Qué quiere decir “ofensivamente próspera”?
—Acá todos se quejan de lo mal que están, pero todos tienen salud y educación “de calidad” garantizadas. Internet, paro, subvenciones, pensiones. Muchas de ellas son palabras prohibidas allá, abajo. No soy yo quien va a negar que se han dado algunos pasos atrás y que habrá verdaderos dramas personales, me late que puntuales y los menos publicitados, pero…
—Pero.
—Pero incluso ahora, que se habla tanto de crisis y de “pobreza”, se hace tomando cañas y tapas a dos euros, cuando no gintonics a seis cada uno. En fin, que esto sigue siendo Europa. Como Argentina.

***

Hay crisis de pan y crisis de gintonics. Y es tentador —y a veces certero— ver a ambas protagonizadas por ciudadanos de distinto pelaje. Hay gente que pierde el trabajo y la casa, que sufre y que muere en la “jodienda” y en el “paraíso”, pero también hay jerarquías: las crisis no afectan a todos, no igualan. Una crisis en Guatemala o Nicaragua hunde más en las infames enfermedades, el atraso, el olor a mierda: ¿qué político te sacará ventajas, estarás vivo en diez años, Xolotli? Una crisis en Madrid recorta la compra del supermercado, somete el ego a la ignominia personal del seguro de desempleo, mete incertidumbre: ¿cómo pagarás el piso, de qué vivirás hasta tu retiro, José Agustín?

***

Es curioso que una crisis —que es bien visible— sea también etérea: se respire. En ese estado atmosférico, si hay una crisis que se orea en protesta y otra que se calla, hay también una crisis que se canta.

Debiera existir un índice vocal de crisis: cuántos guitarristas, tríos de música de cámara, trompetistas y flautistas, chicas con chelo y jubilados con órganos Korg tocan sevillanas, pasodobles, tangos, valses por las monedas de la compasión.

Rápido recuento de pocas horas: a la salida de la estación de Metro de Justicia un flaco aporrea “Humo sobre el agua” en una guitarra eléctrica. A sus pies, un cartel de cartón: “Situación precaria”. En Gregorio Marañón, un gordo con coleta, suéter y jeans negros, ataca con “Dinero por nada”, de Dire Straits. Al frente de la librería FNAC, un quinteto clásico termina el tango “Por una cabeza”. Estrofa final:

Basta de carreras, se acabó la timba,
un final reñido yo no vuelvo a ver,
pero si algún pingo llega a ser fija el domingo,
yo me juego entero, qué le voy a hacer.
Rifarse todo. Las monedas de la compasión.

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Me dice Carlos Dada, uno de los periodistas del Congreso, salvadoreño, dos medialunas de insomne de tiempo completo bajo los ojos, director del periódico digital El Faro, hombre de buena risa:

—La década del boom y la falta de memoria de la sociedad española han hecho que esta situación los tome por sorpresa, y que no vean la salida. La crisis es real y grave; pero la percepción, y la depresión, es mucho mayor.

***

Estudio del Instituto Nacional de Estadística, abril de 2013: el parado español tiene un cuarto de catalá y otro de andalú. Es un hombre soltero en la plenitud de sus fuerzas —30 a 35 años— aunque no plenamente formado —60% apenas completó secundaria—. La mitad perdió su empleo hace más de un año.

Mientras leo el reporte, veo que El País ilustró las estadísticas pintando la infografía de color morado. El color del golpe, de la sangre que se estanca.

***

Compartimos tren con Alberto Salcedo Ramos, cronista heredero de la Barranquilla de Gabriel García Márquez, premio de casi todo —Rey de España, Simón Bolívar, Sociedad Interamericana de Prensa—, fino oído para escuchar, músico de palabras. Miramos España a un lado y a otro. Yo voy a Madrid, él pasará por Zaragoza y Barcelona.

Un día, a poco tiempo de recibir el premio Ortega y Gasset en la península, me dirá:

—Yo les dije a algunos españoles en un almuerzo: nosotros en América llevamos cinco siglos en crisis, en parte por culpa de ustedes, y no nos quejamos tanto. Ustedes hablan de crisis pero acá uno puede caminar de madrugada por una calle y no lo matan con un destornillador en la barriga para robarle el teléfono celular. Reducir la crisis a lo estrictamente económico sigue siendo una forma de codicia.

***

Escenas de la TV del mundo viejo. Diciembre de 2012, una semana antes de Navidad. En las veredas que merodean la Calle de Alcalá, una periodista de El Mundo pregunta: “Vamos, que qué tanto se siente la crisis”.

Señor con cara de ser torturado por sus memorias, sobretodo negro, corbata azul, chalina, dice, poco convincente: “Sí, por supuesto, pago más el IVA, la seguridad social… Muy mal, muy mal, sí”.

Hombre joven que repara electrodomésticos: “Yo reparo electrodomésticos y, bueno, en la reparación de electrodomésticos…”.

Caballero con pinta de abuelo, gorra de abuelo, cara de almacenero jubilado:

“Cincuenta por cien”, dice, y mira a la esposa, los pelos rubios de peluquería. “¿Que menos? —vuelve al micrófono—. Menos —sonríe—. Bueno, mucho no, ¿vale?”, ríe.

Crisis.

¿Crisis?

***

Olga Lucía Lozano es colombiana, habla tranquila, ríe fuerte, es la creativa detrás de La Silla Vacía, un proyecto digital de investigaciones que en España dejó muchos labios formando una “o” entre periodistas sin empleo, con miedo a perderlo o convertidos —contra su voluntad— en emprendedores.

—De ida y de vuelta la crisis pareciera tener una presencia más fuerte en los discursos de los españoles que el mundo real. Hay crisis en las palabras, en los relatos y en las quejas constantes. Hay señales en los espacios a medio construir, en los escenarios deshabitados y las señales que deja en el negocio urbanístico o en lo que muchos consideran el esplendor citadino. Pero, en contraste con los que no vamos y volvemos de las crisis, sino que convivimos con ella en las ciudades de América Latina, no parece tan duro.

***

La estación de Metro de Diego de León está fría. Es marzo, un cantante canta, el pasaje pasa. Tiene una barba agresiva y el pelo corto y un sombrerito, y tiene la guitarra y los jeans negros a la pierna y el suéter gris y llos tenis rojos. A sus pies, la caja de la guitarra cuenta un billete de cinco euros, diez o quince monedas y una calcomanía con la “A” anárquica.

El cantante tendrá treinta y pocos años, acento andaluz y temblor de cantejondo en la voz:

Pasa la vida y no has notado que has vivido,
cuando pasa la vida y no has notado que has vivido,
cuando pasa la vida, pasa la vida.
Tus ilusiones y tus bellos sueños, todo se olvida
tus ilusiones y tus bellos sueños, todo se olvida.
Pasa la gente —pasa la vida—, nadie deja nada.

Las palabras hacen el mundo.

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El río Valparaíso es el límite norte del pueblo más pobre de España, en Zamora, en la tierra del vino, a pocos kilómetros de la frontera noroeste con Portugal. En el lugar había fronda y, en el pasado pasado, cuando moros y cristianos se daban en la madre, bajo las arboledas se escondían los bandoleros para asaltar al viajero distraído. Ahora quien lo asaltó fueron un alcalde y su hijo.

En marzo de 2012, la BBC produjo una historia sobre el pueblo, un lunar donde viven doscientas cuarenta personas que habían acumulado una deuda de 4.6 millones de euros. Felix Roncero, su alcalde, dijo que su predecesor se rifó el dinero. El hijo habría organizado fiestas, celebraciones, malgastaba la plata en construcciones, pagaba salarios pero no la deuda a la seguridad social. El pueblo fue embargado: lotes, casas, el bar. La ley evitó que también lo fueran la alcaldía y la residencia de ancianos donde una veintena de hombres y mujeres en sillas de rueda se empastan con papillas.

El pueblo, porque las palabras definen el mundo, se llama Peleas de Abajo.

***

Semántica de crisis:

En España, el despido moderno es una sigla, ere, por Expediente de Regulación del Empleo. El ERE, cuando designa algo, designa una cifra: 332, 842 registrados y, de ellos, 56,020 despedidos en sólo nueve meses de 2012.

O sea, en España, el trabajo es un eufemismo: los empleos no se pierden, las horas de trabajo no se reducen, no hay suspendidos. Nada más se regulan expedientes.

Crisis semántica.

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Cuando sea, un hijo es un hijo es un hijo es un hijo.

—El chaval ahora está aquí, conmigo —dice el señor, bigote cano, bajo, cero pelos en la mollera.

“Aquí” es un taxi.

—Estudió, pero dejó. La crisis. Conduce cuando yo no. También se ha mudao a nuestro piso.

El hijo tiene veinte, la hija se casó bien: el marido es profesional.

Son las cinco de la mañana de un domingo y el señor sin pelos en la lengua conduce con la frescura de quien lleva pocas horas en fajina.

—De día conduce él, el chaval. A la noche es mi turno. Mejor así, más tranquilo.

El auto huele a cuero nuevo, aunque es un modelo 2009 y es 2013.

—Así son las cosas.

Cuando llegó al hotel, el señor sin pelos en la cabeza pidió que yo cargara mi maleta a la cajuela del auto —tiene lumbalgia y el médico le ha prohibido esfuerzos—, pero apenas acabé, él mismo subió la de mi compañera de viaje.

—Si hay mujer, uno ayuda.

El señor con pelos en los labios no tiene un pelo de tonto.

—Cosa de caballero.

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Lunes, Puerta del Sol, manifestación. El colectivo ¿Quién teme a la filosofía? protesta contra la reforma educativa del gobierno de Mariano Rajoy, que privilegia los saberes prácticos —para mejorar, dicen, la empleabilidad— y convertiría la Historia de la Filosofía, troncal y obligatoria en el segundo año de Bachillerato, en optativa y sólo para los estudiantes de Humanidades.

Treinta personas en hemiciclo. Habla una muchacha gordita, retaca, anteojos, pelo suelto, gola de futura maestra. Viste, como los demás, una camiseta celeste con la muy académica consigna “Vivir sin filosofía es tener los ojos cerrados sin tratar de abrirlos jamás”.

Dice al micrófono:

—La filosofía sirve para cuatro cosas: uno, nos da una visión del mundo; dos…

Se muere el micrófono. Nadie protesta. La chica busca reactivarlo, pero el aparato muere con un ronquido.

—Dos… 2013insiste, la voz alzándose para superar el murmullo de Sol.
—¡Oro, compramos oro! —suenan, con mayor efectividad, dos hombres que promocionan a Los Kilates del Arenal, que, por si fuera necesario, también compra plata.

A diez metros del grupo, cuatro policías ríen entre sí, porque sí.

***

Leer periódicos durante una crisis es más que someterse al látigo: es pedirlo.

Un día de marzo, entre pepito y café, la prensa cuenta.

Suben los morosos en la banca. La UE, muy seria, informa que, si rescata a Chipre, será con cepo, corralito y un corsé de clavos: los salvatajes de los grandes meten a los chicos en correccionales con institutrices alemanas. Un reporte público afirma que 22% de los españoles evade al fisco y otro, de los empresarios del País Vasco, que desaparecieron setecientas dieciocho empresas en Euskadi en los primeros sesenta días del año. A Hacienda se le escapa el cardumen de peces grandes y medianos y un océano de jureles.

Como ya no hay —tanto— dinero, las empresas empiezan a eliminar el exceso de cargos de las buenas épocas y cantan un largo adiós a superjefes de logística, megavendedores del área comercial, vacas gordas de la estrategia corporativa. La grasa se debe quemar rápido para estar en forma.

Los clubes de futbol de La Liga deben quinientos cuarenta millones de euros a Hacienda; los de segunda y categorías menores, ciento cincuenta y cinco millones. En febrero se conocieron los resultados de un estudio encargado por La Liga a una consultora: la mayoría de los clubes están en riesgo de desaparecer. El Valencia, campeón de pico y pala, pasó a manos de la Generalitat. Su estadio, que quedó a medio construir, parece su opuesto, un circo romano a medio destruir. El circo puede ocultar el hambre, pero el hambre nunca salvará a ningún circo.

El último en decirme algo en el periódico es César Alierta, el —más pálido, más gris— jefe de la Gran Teta de España, Telefónica: “Nos preguntan siempre que cuándo vamos a tocar fondo y nosotros les decimos que ya”, registra un periódico. “La crisis está acabando”.

Un mes después, la prensa dice, para beneplácito de todos, que el señor gobierno, los señores expertos, el señorísimo Banco de España y los muy señorones organismos internacionales, coinciden con Alierta: la crisis tocó piso a fines de 2012.

Un mes después, la prensa dice que, por primera vez en la historia, España supera los seis millones de desempleados.

Digo: la economía puede haber frenado al borde del abismo, pero la inercia sigue tirando cuerpos a él.

Leer periódicos en la crisis no es someterse al látigo: es pedirlo. Con fruición.

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Todos los años, el Real Instituto Elcano publica un barómetro: cómo se ve España.

Dos años atrás, un estudio del banco BBVA contaba que la productividad española por hora trabajada era heroica. Al país de la siesta y los tapeos de maratón le faltaba para alcanzar el promedio europeo pero era ya tenía uno mayor que, domo arigato, el japonés.

Cuando el país crecía —a un promedio de 3.5% desde 1985 y hasta 2007—, el milagro español asombraba a quienes queríamos creer y los hijos de la Corona andaban anchos por el mundo, las voces rugientes, altos cañones de la Armada Invencible. Pero cuando el hilo de la crisis se reveló cada jalón exhibía más de una madeja sebosa de despilfarros, deudas y déficits de gobiernos, familias y empresas.

Así, a inicios de este año, los alemanes hablaron muy mal de España. Es débil, dijeron; es corrupta y tradicionalista, dijeron. Ociosa. El Real Instituto Elcano dictaminó, entonces y extraoficialmente, lo que todos sabían: el milagro español ya no existe. De todos modos, dice el reporte, a pesar del deterioro España todavía es bien valorada en Alemania, donde lo califican con 6.1 en una escala de cero a diez. A Grecia, recuerda, le pusieron 4.6.

Es curioso cómo funciona la autoconmiseración: el muerto podrá sufrir, pero se aliviará de no estar degollado.

***

La crisis cambia la psicología de las personas.

Depresión, tristeza. Rabia. Se toman más ansiolíticos, se bebe peor. Se duerme mal, el rendimiento se asfixia. Varias asociaciones de ayuda contaron a la decana del Colegio de Psicólogos de Galicia que un tercio de los suicidas de la comunidad son personas desahuciadas de las viviendas que ya no pueden pagar.

Es de espanto: entre 2008 y 2012, cerca de medio millón de familias fueron expulsadas por los jueces de sus hogares. En España, la ley inmobiliaria carga a las personas con el sambenito de la Inquisición pues prohíbe a nadie enviar a la quiebra su deuda hipotecaria. En marzo, la ue apuntó con el índice a la norma y dio potestad inmediata a los jueces del país para que detengan los desalojos mientras investigan si las familias han firmado créditos con cláusulas abusivas.

El fallo del Tribunal de Justicia de la UE que puede permitir a miles mantener sus techos, nació de una demanda de un desahuciado de Barcelona llamado Mohamed Aziz. Mucha España le deberá su casa a un migrante, a un mal mirado, un negado, Aziz, un moro.

La crisis debe cambiar la psicología de las personas.

***

Telefónica ganó casi cuatro mil millones de euros en 2012 —27% menos que el año anterior—. Repsol, la expropiada, ganó dos mil millones —6% menos—. BBVA ganó mil setecientos millones —44% menos—. Hay gente que se indigna: ¿por qué el gran capital siempre gana cuando yo pierdo?

Pues bien: la siderúrgica Acerinox perdió dieciocho millones de euros en 2012. IAG perdió novecientos veintitres millones e Iberia trescientos cincuenta y un millones. Bankia, el holding financiero, perdió veintiún mil doscientos millones de euros. Hay gente que festeja: era hora de que les toque perder.

Las crisis no dejan pensar bien.

***

En el Metro, siete años atrás, los más jóvenes, los del medio, los más viejos eran muy españoles: hablaban con el volumen de las multitudes. Hace un mes, el Metro era una sala de espera de hospital: el silencio del miedo, las arrugas de la preocupación. Los únicos que se oyen son los adolescentes, porque están en la edad en que nada importa, y los necesitados, porque están en la edad en la que todo importa.

***

El tipo es muy alto y muy flaco y camina por el centro del vagón con la vista al frente y el ojo afiebrado del poseso. Hablará sin pausas.

—Llevo una semana sin comer, salí de la cárcel en condicional hace un mes y no quisiera pediros nada porque el hombre debe valerse por sí mismo y yo me he equivocao y la he pagao y ahora quiero una oportunidad de hacer las cosas bien soy una persona de bien y tengo hambre y me duele el estómago llevo días sin dormir y hasta siento mareos si me dáis dinero está bien y para que veáis que mi hambre es verdadera y no busco unas monedas para beber si me dais algo de comer por dios os digo que me lo como delante de vosotros.

Una pareja le pasa un par de monedas y una abuela saca de su cartera una bruta garrapiñada de maníes. El ex prisionero insomne y famélico se detiene y, con toda la pausa recuperada, dice:

—Disculpad, pero no puedo. Soy diabético.

***

Caminamos en el principio de la noche zurrados por el frío. Mi colega lleva rato azotando el deseo exacerbado de sus compatriotas. Que cómo comprarse un piso que no puedes pagar con tu salario. Que cómo, incluso, pensar en tener un segundo. Y un auto nuevo y muchas vacaciones. Que él nunca compró: que renta. Que la ex esposa le dice que siempre fue un agarrado y él, ahora, relajado, ante las evidencias del jaleo, la ve y ve un velorio: ella y su nueva pareja con el agua al cuello para pagar la hipoteca de la casa que él no quiso.

—No entiendo cómo en este país la gente hace estas cosas —dice.

Quiero decirle que vivo en Estados Unidos, que tampoco entiendo cómo en este país —cómo en muchos países— la gente hace las cosas. Pero sobrevivimos a irracionalidades mayores —guerras, latrocinios, hambrunas, Mariah Carey— y callo. Además, estoy sin comer.

Cuando llegamos al bar, pedimos serrano, tortilla de patatas, cañas, y sigo callado. Mejor reímos.

Bienvenidos a España.

***

—Buen día, vi el anuncio en la calle de Francisco de Silvela.

El anuncio decía: “Precios sin competencia. Pintor profesional. Techos, locales, pisos, su comunidad. Experiencia en pintura lisa y gota. Pintamos todo. Presupuesto gratis y sin compromiso. Seriedad, limpieza, rapidez”.

Era un cartelito del tamaño de un posavasos pegado en la pared de un edificio gris, en una esquina donde pasan muchos autos y pocos paseantes. El número de teléfono estaba borroneado pero aun parecía legible. Un sábado por la mañana decidí probarlo, conocer algo más de alguien que no vive en Peleas de Abajo pero que conoce las ídem.

—¿Podría hablar con el pintor?

La mujer que atendió no perdió el tiempo.

—No está más. Se volvió a su país.

Adiós, España.

Se llama Édgar Alexander Nufio-Villanueva, es de Esquipulas, en el sur de bosque y montaña de Guatemala. Es joven, es decidido. Con su tía, Orfilia Mélita Hernández-Aquino, cruzó México en auto para animársele a la frontera del río Bravo y al desierto bestial.

Se llama Édgar Alexander Nufio-Villanueva y junto a Orfilia Mélita Hernández-Aquino acabó detenido en las cercanías de Falfurrias, diez días y setenta y siete millas al norte en línea recta desde la frontera de México y de la salvación.

“Hay sed, tía”, dice Édgar, un tiempo después, en abril de 2013, en una carta a su tía Ingrid, hermana de Orfilia. “Mucha, demasiada. Hay serpientes que no he visto en mi vida, alacranes. Y hay gente con la que uno se cruza y está desfalleciente, a punto de morirse”.

Édgar escribe en frases acuchilladas, sin más carga emocional que cuanto uno se permita hallar.

“Hay otros que están ya muertos, tía. Los cuerpos empiezan a oler o ya huelen!.

Los adjetivos pueden ser palabras obesas.

“Cuando llegó la policía, tía —cuenta Édgar—, corrimos”.

Eran varios —más hombres que mujeres, miedos en español—. Los otros corrieron más y llegaron a unas casas y se escondieron.

“A mí y a la Mélita nos agarraron porque íbamos juntos. Nos metieron en unas camionetas y se acabó, nos dejaron presos. Así se terminó todo, tía”.

***

Es marzo, y es el principio.

Ingrid, en ese principio, no sabía nada de esto. De Falfurrias, alacranes, cuerpos pútridos. Ingrid sólo tenía fe y alegrías. Ingrid es hermana de Orfilia —la Mélita, veintiséis— y tía de Édgar —el Edgarcito, veintitrés—, y cuando el viaje comenzó calculó doce a quince días para tenerlos en su departamento nuevo, un sótano remodelado, con cocina y sala amplias, en las afueras de Washington, DC. Ingrid tiene treinta y cinco años, determinación de huracán y, de tanto en tanto, ayuda en mi casa. Nació y se crió en el este de Guatemala, en los llanos de los que abusa el río Motagua, en un caserío, Champas Corrientes, tan pequeño que puede confundirse con los restos de un pueblo anterior. En Champas, Ingrid tiene un campito y algunas vacas, muchos amigos, más familia y demasiados miedos enterrados. En Estados Unidos no tiene mucho, empezando por los papeles —que no existen.

Todo pareció ir normal hasta que Orfilia y Édgar pasaron del espacio crudo de México a McAllen, Texas, cuando comenzó el apagón frecuente, las llamadas salteadas, breves, urgentes. Ingrid habló con Orfilia —la Mélita— una tarde a inicios de marzo: estaban en una casa de la frontera cuidados por una señora, de quien usó el celular, a la espera de que las patrullas americanas relajasen la vigilancia. Había un policía cada dos brazadas.

—Da miedo eso.

Equivoco el miedo del que Ingrid habla: creo, y creo mal, que se refiere al temor a la muerte.

—Ya están adentro —digo—. Los narcos están del otro lado. ¿A qué le temes?

Ingrid juega con mi hijo Matteo en el piso de la sala de casa. Han construido una vía para que circule Thomas The Train con cuatro vagones de ganado.

—Sí, pero igual.

Menosprecio el miedo:

—Lo único que podría pasar —digo, como si fuera nada— es que los detengan y los deporten. Tranquila, lo peor ya pasó.

Recién un tiempo después vería las púas en mi respuesta.

***

Marzo 22, 4:43 pm. Ingrid envía un mensaje a mi mujer: quiere venir a limpiar el domingo en vez del sábado. Mi mujer le pregunta si llegó su hermana.

Veinte minutos después:

Nadaqueber.mujer.tubieron.problemas.en.El.Camino.

Ingrid no usa la barra espaciadora: sus conversaciones son puntos y seguido sin final.

Esta.en.Macali.tengo.3.dias.denosaber.nada.

Es.horrible.estar.alaespera.

Pero.dios.sabra.lomejor

En el siguiente mensaje mi mujer procura tranquilizarla. Si siguen en Texas, escribe, ya han de estar por llegar a Washington. Habían pasado México: pisaron descalzos el piso del infierno, y lo cruzaron, sin quemarse.

Ingrid:

Tienen.quepasar.unagarita.todabia.idicen.que.esta.muydificil.porque.tienen.Que.Rodiar.

Tienen.que.caminar.24horas.pero.noce.cuando.bacer.esedia.

Y el consuelo, el deseo, la consagración, la aspiración:

Mas.que.esperar.estamos.entoque.dequeda.mujer

Perobien.ennombrededios.porque.es.El.unico

La esperanza final tiene ochenta y siete caracteres. Ingrid se encomienda en un tuit.

***

Uno o dos días después, las hermanas vuelven a hablar, pero, tras eso, pasan casi siete días de bloqueo. Cuando Orfilia y Édgar llevan un tiempo indeterminado en McAllen —¿una semana, diez días, mil años?—, Ingrid llama nerviosa al celular de la mujer del aguantadero. La mujer le informa que los chicos habían salido en auto hacia el noroeste de Texas tres días antes. No han regresado, no hay noticias. Como si conversara de las compras de la semana o el clima, la mujer termina de hablar y cuelga, e Ingrid entra en pánico. Lleva una semana sin dormir y bajo los ojos tiene dos bananas moradas. La chica que podía dejar un departamento con brillantinas en dos horas ahora se demora cuatro. Parece encorvada, y así llega a casa.

—Don Diego, ¿me puede ayudar?

Sepan:

Yo no sabía si ayudar. No estaba seguro, tal vez no quería.

***

Sepan:

Me estoy poniendo viejo, me canso más rápido y me acomodan cada vez más y más y más mis manías. Si a los veinte quería cambiar la historia del mundo —quién no—, mi militancia ahora es privada: se llama Matteo y hace las funciones de hijo. Me intranquiliza el trauma reiterativo de todo padre: no duermes bien cuando tu niño nace y no lo harás cada día que viva —porque debe vivir—. Lo demás, importa menos. Lo demás, gracias, que sean felices.

Sepan:

Lo que me pasa, quiero creer, es la ausencia de sorpresa. Detienen a Jayron Lopes y a Brenda Daca y los preparan para su deportación en California y Texas, y otro día y en otro lugar detendrán a Jesús María José y a Kevin James Peter y a Mayron Blanca René. Y así cambiasen esos nombres, y así cada vida sea un planeta, una sola historia parecería contenerlas a todas. O sea: alguien entró sin papeles, estudió, trabajó, procreó, crió, obedeció, la Migra lo detuvo y ya, no hay más, hasta la vista baby.

Se me ha vuelto todo tan común, tan repetido, tan igual, que, sepan disculpar, han normalizado el horror: la repetición narcotiza —y entonces siento cada vez menos lo que debiera sentir—. El agobio es feo: uno no piensa bien. Y a veces no pienso bien.

Entonces, sepan:

Cuando Ingrid me contó sobre el inicio del viaje de Orfilia y Édgar, alcé la ceja: cuánto riesgo tomaron estos chicos, qué locura. Cuando me contó que llevaban días varados en McAllen, alcé la otra ceja: qué tan poco presente hay en tu terruño conocido que alguien es capaz de jugarse la vida por algo que no existe como el futuro. Cuando llevaban tres días sin aparecer y luego cinco y luego siete, me quedé sin cejas para levantar.

Cuando Ingrid me pidió ayuda, yo, sin cejas, nada más suspiré hondo.

Cuando Ingrid me pidió ayuda lo hizo de rodillas. Y esa sería una vulgar y perfecta imagen para mostrar una de las formas preferidas de la pobreza de recursos para manifestarse —la indefensión—, pero también sería equivocada y sensiblera. Ingrid no estaba de rodillas para rogarme nada sino porque estaba en casa, en el piso, jugando con mi hijo Matteo. Y aquí está, al fin, la clave de todo: Teo adora a Ingrid, ella lo adora a él y a mí me hace bien que ellos estén bien.

El amor, lo creas o no, te jode la vida.

***

La mañana del 27 de marzo reuní teléfonos y correos: el consulado de Guatemala en Washington, DC, escritores y cronistas guatemaltecos, medios del país. Pedí en mi muro de Facebook cualquier ayuda posible para armar un mapa de ideas, pues aun apuntaba más o menos a ciegas. Envié un mensaje por Facebook a un fotógrafo y a un cronista mexicanos pidiendo contactos en organizaciones de apoyo a los migrantes a ambos lados del río Bravo, pues no tenía constancia de que Orfilia y Édgar efectivamente hubieran dejado Reynosa, su último punto de descanso en México antes de Estados Unidos. Hice lo mismo con una amiga académica en El Paso, una periodista en California y un par de colegas en Arizona.

Las respuestas llegaron pronto: había lanzado mi red a un mar cargado. Una colega que vive en Lima, Lizzy Cantú, movilizó a su familia en Reynosa; si los chicos estaban allí, ayudarían a ubicarlos. Su amiga Iriela disponía de los teléfonos de Juanita Valdez-Cox, una de las principales activistas del Rio Grande Valley, miembro de la organización de César Chávez, La Unión del Pueblo Entero, en San Juan, Texas. Buscar a dos guatemaltecos como Orfilia y Édgar era complejo —la mayoría de las organizaciones, porque son mayoría, trabaja con migrantes mexicanos— pero podía contactar a Mike Seifert, un ex sacerdote marista que fue pastor de San Felipe de Jesús, una parroquia en Cameron Park, la sección más pobre de Brownsville, ciudad espejo de Matamoros y zona de paso de legiones de chapines.

Rafael Acosta, un joven escritor mexicano, me enlazó con Orlando Lara, un activista del lado texano que me recomendó llamar a la patrulla fronteriza. Hasta entonces, sólo sabía que Orfilia y Édgar habían sido abandonados por los coyotes en el área de Falfurrias, muy probablemente antes del punto de control fronterizo. La oficial que me atendió fue práctica: como no era familiar, no me daría ninguna información por teléfono, así que mi mejor oportunidad era rastrear a los chicos por intermedio del consulado de Guatemala en McAllen.

En un par de horas los mensajes en Facebook eran pan en el agua. Una periodista mexicana que vive en la India me envía el teléfono de su padre, activista en Los Ángeles. Desde Cuba, un estudiante de periodismo en la Universidad de La Habana, recomienda que contrate a un abogado especializado en migración que vive a unas pocas cuadras de mi casa. Tenía teléfonos, correos, direcciones postales, PO boxes, nombres y apellidos de los Border Angels, los Dreamers de Arizona y California, de organizaciones civiles de Austin y de Matamoros; grupos de cabildeo en Washington; las cuentas de correo personales de colegas en CNN, La Opinión, Univision. Una colega argentina que colabora con Mil Mujeres Legal Services se ofrecía a abrirme, en minutos, la puerta de la oficina del cónsul de Guatemala en la capital de Estados Unidos. En El Paso me avisaban de Casa Anunciación y me enviaban las coordenadas de las oficinas de Texas Rural Legal Aid en Weslaco y Edinburg para cuando Orfilia y Édgar precisaran asistencia legal en el estado. Desde Los Ángeles y Nueva York también confluían sobre Benigno Peña y la South Texas Immigration Coalition (STIC), con sede en Harlingen y una oficina en McAllen. Peña es desconfiado —ha denunciado haber recibido amenazas de grupos antiinmigrantes—, así que Eileen Truax, autora de Dreamers, un libro sobre los jóvenes estadounidenses hijos de papás sin papeles, habló a su oficina y les adelantó los detalles del caso. Yo llamaría en cuanto pudiera; esperaban por mí.

Dios: esta gente está loca. Ser solidario parece más fácil que hablar.

***

Cuando la información nos somete parece que estamos en un cuarto lleno de personas hablando alto al mismo tiempo. Tomé el camino directo y llamé al consulado de Guatemala en McAllen. Tenía todo el sentido del mundo: estaba en la ciudad que había sido punto de partida de Orfilia y Édgar y en el mismo estado donde habían desaparecido. En menos de tres minutos se presenta al otro lado de la línea Alba Cáceres, cónsul.

—Esto es lo que sé —le digo—: salieron de McAllen el miércoles 20 de marzo, y no se sabe más. Tenían que rodear o cruzar una cerca o un control. Iban, tengo entendido, por la zona de Falfurrias, el último lugar donde los vieron.
—Deme los nombres.

Cáceres ingresa el nombre de Orfilia en su computadora.

—La semana pasada exhumaron dieciocho cuerpos en esa zona, en Falfurrias —dice, mientras revisa en la web del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el ICE.
—¿Perdón?

La cónsul no me oye; hace una pausa.

—Contó con suerte, aquí está: a la chica la procesaron ayer. Está en custodia. Lo acaban de subir al sistema. ¿Orfilia Mélita, no?
—Sí.
—Bien, nosotros podemos pedir una entrevista. Posiblemente le den la llamada de cortesía hoy, a ella. ¿Tiene familia aquí? —digo que sí— Del chico, en cambio… ¿Nufio? Nufio, Édgar… De él todavía no hay nada, no fue procesado si estaba con ella. ¿Estaba con ella?
—Sí, sí, se perdieron juntos. Desaparecidos en el área de Falfurrias, los dos.

La cónsul me responde con la nada delicada brutalidad de las certezas:

—Tuvieron suerte, de verdad, porque cuando uno se pierde en Falfurrias, no se pierde: se muere.

***

Falfurrias. Cada vez que busco datos del pueblo —cinco mil habitantes, un grano en la piel de Texas—, encontré historias formadas con un brevísimo diccionario de palabras giratorias: “tráfico”, “inmigrante ilegal”, “drogas”, “Zetas”, “patrulla fronteriza”, “cadáveres”, “México”, “mexicanos”.

Una periodista de la Costa Este me da el nombre con que los activistas nombran a la zona: “La correa de la muerte de McAllen”. Los medios no saben bien cuánta gente pierde la vida allí; nada más parece ser mucha. Cuando un cuerpo desaparece bajo tierra o se lo comen las alimañas, sólo fue una persona para los suyos y cercanos: para el resto es olvido; para las oficinas públicas, estadística.

En Facebook encontré la página del Falfurrias Border Patrol Checkpoint. A fines de 2012, Kevin Keiser, un hombre semicalvo que pasó por allí, subió una foto con su celular. Se ve el túnel de chapa donde deben detenerse todos los autos para verificación y, a la izquierda, un cartel elevado, un anuncio orgulloso.

Arriba dice: “Falfurrias Checkpoint. Thanks for your support of America’s frontline”. Y debajo, en una letra que grita:

Procedimientos en el año:

Drogas: 15962 libras.

Extranjeros indocumentados: 2661.

La tabla de los méritos de quienes controlan las fronteras parecen las estadísticas personales de un catcher de béisbol. O peor: incautar plantas psicotrópicas y seres humanos son una misma práctica contable.

***

La pregunta más veces respondida es qué hace a alguien correr tanto riesgo.

Elijo ésta: tu vida, otras vidas.

Champas Corrientes es el pueblo llano de ranchos de adobe y palma y pisos de tierra en la costa caribe donde nacieron Ingrid y Orfilia. Hacia el sur, Champas tiene las faldas de unos cerros hinchados de verde: el límite invisible que supone que, del otro lado de la ladera, hay un país hundido en violencia llamado Honduras y, de éste, otro muy golpeado que hoy es Guatemala y supo ser Guatepeor.

A los veintitantos, Ingrid y Edgardo, su hombre, trabajaban con ganado y en las milpas y los campos frijoleros. Edgardo ordeñaba cuarenta y cuatro de las noventa y nueve vacas de su padre. Por tener, Ingrid y él primero tuvieron unas manzanas de tierra para plantar. Por tener, tuvieron una hija, Vanessa. Por tener, tres años después, sumaron a Robinson. Por tener, también, Edgardo decidió ampliar el plan y un día de hace una década cruzó todo México y todo el sur de Estados Unidos y llegó al estado de Maryland, los jardines de Washington, DC. Cuando Edgardo partió, Robinson tenía un año y no supo nada; Vanessa tenía más y se enfermó.

—De tristeza —dice Ingrid, hoy, aquí.

Ingrid siguió al marido cuatro años después. Quince días entre la salida de Champas y la llegada a Union Station, la estación de autobuses de la capital de Estados Unidos. El auto del coyote que la llevó de Champas a la frontera sur de México casi se da vuelta en una curva y la deja a medio camino con una embarazada de ocho meses y dos niños pequeños, compañía circunstancial de viaje, otros locos. En Palenque sirvió comidas para dieciocho migrantes que dormían en el piso de una casa sin mesas ni sillas y un solo baño. En Matamoros pasó toda una noche en una habitación sin luz ni agua ni colchón ni pintura ni revoque ni nada. Cruzó el río Grande a plena luz del día montada en un neumático de camión, un flotador que tiraba un tipo flaco como una rama. Ya en Texas, mientras el agua se llevaba la mugre y su ropa vieja, se desnudó y cambió a la vera del río y se vistió con sus ropas limpias pero usando el nombre de otra persona: Ingrid cruzó con papeles comprados. Cuando llegó a Migraciones, el policía —ancho, blanco y en uniforme azul— la miró con desinterés.

—¿De dónde vienes?
—De Honduras.
—¿Por qué vienes?
—Turista.

Un tiempo después sus papeles ya no servían pero ella ya estaba en Silver Spring, una ciudad dormitorio de Maryland, y trabajaba. Primero barrió oficinas, luego pasó a un restaurante de comida rápida, más tarde —y por varios años— en el edificio donde vivo yo. Allí nos conocimos, allí encontró en mi hijo un pedacito de los suyos, que ya tienen doce y diez años y a los que, desde 2005, ve crecer a través de Skype. Allí, en casa, fue donde una mañana de domingo me miró con la cara de los entusiastas: la sonrisa reventándole los cachetes.

—Orfilia, la Mélita, mi hermana: me la estoy trayendo.

***

Es simple: uno aprende de lo que vive. Los pobres más pobres de Centroamérica se montan a “La Bestia”, el tren de carga que corta México de sur a norte, y donde a muchas las violarán y a muchos los asesinarán. Los que tienen dinero, se montan a los aviones. Ingrid cruzó México como un migrante de clase media: juntó siete mil dólares para ganarse el derecho de clavar el trasero en tres autos y llegar, con documentos, hasta la capital de Estados Unidos. Para ella no hubo narco, para ella no hubo secuestros, para ella no existieron decapitaciones. Nadie abusó de su cuerpo y una familia de coyoteros se la llevó a dormir en un cómodo sofá en la sala de su casa de dos pisos y cinco habitaciones.

¿Por qué no iba a ser igual para Orfilia y Édgar?

***

¿A quién pertenece una vida, si a alguien le pertenece?

Llamo a Ingrid: encontraron a Orfilia, le digo. Está detenida en Falfurrias, tal vez la trasladen a Port Isabel, unos kilómetros al sur y sobre la costa, a tiro de Matamoros. Parece que está bien. Fue ayer mismo.

Es la primera vez en mi vida que me alivia que alguien que no es un criminal esté preso. Las dos medialunas del insomnio de Ingrid me impresionaban a mí —y yo las porto a diario—, pero esa noche, tras la charla, la mujer pegó un ojo: dejó el otro abierto para esperar noticias de Édgar.

Pero primero, esa tarde, por teléfono, cuando ya le había contado todo lo que sabía de su hermana por la cónsul, ella me abrió los ojos a mí.

—Don Diego —dijo—, usté me sacó las ganas de llorar.

Estaba solo en casa; mi mujer y Teo jugaban en el parque. Corté y me fui al cuarto. Vivo en un piso dieciséis: desde mi ventana se ven Somerset, Bethesda, los bosques de Maryland. Bebo un aire limpio todo el puto día. Mucha luz.

Mi excusa será ésa: tanta claridad daña el iris. Lloré como hacía años no lloraba.

***

Llega un e-mail de Lara, el activista del sur. Asunto: “Preguntas para pelear los casos”. Me pide los nombres, las fechas de nacimiento, el número de los casos de deportación de Orfilia y de Édgar. Cuándo entraron a Estados Unidos. ¿Vinieron con visa, los atraparon en la frontera? ¿Hay, por si acaso, algún miembro de la familia —hijos, esposa o esposo, parientes— que sean ciudadanos estadounidenses? ¿Residentes? Las últimas líneas eran para preguntar si los detuvieron por un cargo criminal, y, si era así, cuál.

El activista, Lara, es voluntarioso. Me dice que “lo más importante” es que Ingrid esté dispuesta a participar en el caso, y también la familia, de manera pública, así sean indocumentados. “Mucha de la presión viene de la participación de los medios y en la comunidad”. Estoy de acuerdo, lo veo a diario: los Dreamers de Arizona, un vasto grupo de jóvenes que busca convertirse en ciudadanos plenos, son máquinas de producir hechos para que los medios presten atención. Charlas, conferencias, talleres. Manifestaciones. Estuvieron detrás de la gran marcha hispana, en Washington y a mediados de abril, por la reforma migratoria. Sus seguidores, convencidos de estar en el camino correcto, se pasean con playeras que dicen “Soy indocumentado” por las mismas calles de Maricopa County que patrulla el sheriff Joe Arpaio, un perseguidor fiero de migrantes sin papeles. Erika Andiola, su vocera más conocida, una chica de veintitantos que llegó de México con menos de doce, se plantó frente a la cámara de su computadora y se grabó en llanto pleno minutos después de que el ICE se llevara detenidos a su madre y hermano en la puerta de su casa, en Phoenix. Su video se hizo viral en YouTube, ella organizó en la noche a veinte activistas y en menos de cuarenta y ocho horas congresistas, representantes y los medios tenían correos, gente con pancartas y tuits saltando frente a sus ojos. El hermano fue liberado de inmediato y la mamá unas horas más tarde, cuando el autobús en el que la deportaban ya rodaba rumbo a la frontera. Eso es activismo, compromiso, lo que llaman —con todo derecho y razón— la lucha.

“No sé su disposición a hacerse pública —respondo al activista—. Ingrid es tímida y tiene miedo”.

No le dije que le aterra respirar cerca de un policía. Lara, el activista, me pide que hable con ella, y yo, ese mismo día, hablo.

***

Literalmente, hablo. Solo. Un monólogo.

—Es así, Ingrid: si apareces en los medios, puede ayudar al caso. No hay certeza, claro —reculo—, de que los liberen, de que se queden. Pero he visto cómo operan las organizaciones, y logran que el caso se haga conocido. Eso puede ayudar.
—…

Ingrid está en el corte del almuerzo, trabaja a una calle de mi edificio.

—¿Por qué no vienes a casa y te doy detalles?
—…
—Eso sí, claro, debes estar convencida para hacerlo. ¿Te parece?
—…
—En fin, ven y te cuento. Pros y contras. Avísame.
—…

***

La primavera comenzó en fecha. Los árboles tenían pequeños brotes verdes, listos para reventar, pero entonces, un día, de la nada, un océano de frío bajó de Canadá, y nevó. Cinco centímetros de película blanca después, el verdeo estaba reseco y las ramas de los árboles volvían a ser pelados huesos negros.

Una semana más tarde, ya con un sol amable, vuelven a asomar. Sé que las plantas son sensibles pero evito exagerar y, sin embargo, creo que tienen miedo de mostrar mucho.

Uno aprende cuando se quema, sí, pero después del invierno algo siempre debe florecer.

***

Una fea interpelación, ésta: ¿qué hace uno cuando sabe que debe hacer lo correcto pero no puede o —tal vez, quizá— no quiere? Varias veces un día Ingrid marcó mi número y yo lo dejé sonar. Debía escribir, trabajar, editar; se me iban como viento las horas persiguiendo burócratas, señoras, señores. Ocuparme de alguien más me superaba. Varias veces y varios días, dudé de mandar un e-mail, me eché atrás en la silla, miré por la ventana para decidir si seguía o no. Pero entonces recordaba a mi hijo y veía a Ingrid con él, aún dominada por el insomnio y el miedo, y volvía a tomar aire.

De tanto en tanto, antes y después de esas horas negras, Ingrid me ha llamado para contarme detalle de cada cosa que hace, la mayoría intrascendente, ruido en la línea, los minutos de la basura.

—Y usté, don Diego, ¿qué piensa que debo hacer?
—¿Qué le parece, don Diego?
—¿Don Diego, qué?

Y yo, bueno.

La impotencia es un río crecido. Paraliza y arrastra, ahoga. Cada brazada para salir puede hundirte más.

***

Se acaba marzo, e Ingrid tiene un abogado en DC. Habló con él. No sé cómo lo encontró. (Me lo dice, pero lo olvido: estoy escribiendo un libro, ayudo en la edición de otro, preparo dos textos para dos revistas, negocio tres: mi demasiado poco importante vida; mi excusa.) Le reitero que tengo un e-mail para que se mueva, que hable con medios, que dé información.

—Yo tengo dos parientes que son residentes —responde—. El tío Carlos, que vive en Nueva York, y un medio hermano, Johnny.
—Tal vez eso pueda ayudar a tu hermana y tu sobrino.
—¿Usted cree? ¿Los podrán sacar?

En esos días, llamo al consulado de Guatemala en McAllen. La cónsul, que había sido amable y solícita a mis anteriores pedidos de periodista, no está disponible. Dos veces en una junta; fuera de la oficina, la otra. El personal me resuelve la duda: Édgar. Ocupados con Orfilia, por varios días nadie supo del chico. Ingrid me lo recordaba a diario y yo a diario entraba a la web de los agentes fronterizos del ICE. (Paréntesis: las siglas ICE se escriben en inglés igual que la palabra “hielo”. Fin de paréntesis.) En vano ingresaba variantes de su nombre en la pestaña de búsquedas. Édgar Nufio. Édgar Villanueva. Alexander Villanueva. Édgar Alexander, Alexander Édgar. Édgar (o Alexander) Nufio-Villanueva. Alexander Nufio, Nufio Alexander. Cero. El chico no existía.

Fue una secretaria del consulado, Ema, quien lo sacó del limbo: Édgar está preso en San Antonio. La noticia me relaja —no pregunto cómo lo supieron ni qué pasos siguen—, cuelgo y llamo de inmediato a Ingrid, que se contenta, la voz otra vez fresca.

—Ay, Dios mío.

En medio de la charla, en el entusiasmo, vuelve su interés hacia mí. No tiene documentos en el país, la atemoriza cualquier autoridad, no habla inglés ni sabe manejarse con internet ni las burocracias. Soy, para ella, el cabo seguro. Me pide que siga, que no me detenga.

—Usted sabe, don Diego.
—Yo…
—Yo le pago.
—Ingrid, por favor…
—Le pago, don Diego.

***

Dinero.

O cifras. Mientras los que discuten cuentan la plata y los votos, la crisis humanitaria espía por la ventana: no parece invitada a la sesión. Por mucho tiempo, las personas que cruzan las fronteras pueden ser aritmética para lanzar sobre la mesa de un campeonato de matemática política. Migrantes indocumentados que viven en Estados Unidos: 11.5 millones. Mexicanos apresados por migraciones: un millón en 2002, la mitad en 2011. Guatemaltecos: 8300 en 2002, casi cinco veces más en 2011. Niños que llegaron sin documentos al país: 1.7 millones. Personas muertas tras cruzar la frontera: 5600 entre 1984 y 2009. Deportados en 2011: 392000. Retornados a su país sin juicio de deportación, mismo año: otros 324000. Convictos deportados en 2012: 191000.

Balance neto de la migración indocumentada: positivo. Dicen los liberales de Brookings Institution: cuesta en impuestos por uso de servicios, pero la migración de desempapelados genera mayor volumen de ingresos asociados, eleva la productividad, baja los precios de la economía, sube la demanda. Dicen los conservadores del Cato Institute: si se legalizaran los inmigrantes poco calificados, la economía sumaría ciento ochenta mil millones de dólares en diez años.

Dinero.

En 2011, por una ley que persigue a los migrantes indocumentados, el estado de Alabama perdió ochenta mil trabajadores agrícolas y negocios por once mil millones de dólares, de acuerdo con un estudio de la Universidad de Alabama. Nadie quiere ir al campo excepto el que cruza jodido del otro lado. Alguien tiene que hacer el trabajo de alimentar a otros.

Dinero.

Y sí: tenemos que sentir la crisis pero también debemos pesarla, medirla, contarla. Y cortarla y venderla en trocitos digeribles para no atragantar.

Hablar de la gente es más difícil que eso: las historias se repiten tanto que parecen ya una sola. Otra vez: lo que se repite se normaliza. Nos acostumbramos a la brutalidad.

***

Lunes: llamo a la oficina del activista Benigno Peña en Texas.

Consigo el teléfono del Proyecto Libertad: trabajan —o trabajaban— con inmigrantes centroamericanos. Si alguien puede dar soporte local a Ingrid en Texas, es gente que ha manejado casos de hombres, mujeres y niños de El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua. Circulo el número: tengo ya siete asociaciones que pueden estar a disposición de la familia.

Llamo al Pro Bono Asylum Representation Project (ProBAR), otro centro de asistencia legal a centroamericanos. Un chico joven busca los datos de Orfilia y Édgar. No encuentra nada que yo no sepa. Repito lo mío: que busco asistencia legal, que el dinero de Ingrid es poco, que no tiene a nadie en el sur. Toma mis datos —lo hace de buen modo, todos lo hacen de buen modo: nunca he visto tanta delicadeza— y sugiere que también pruebe en DC, que hay muchas organizaciones, que allí el cabildeo latino está creciendo, que la Iglesia católica, que los activistas, que…

Por darle una noticia —por decirle algo—, cuento a Ingrid que tengo más teléfonos de activistas, amigos que se ofrecen a ayudar, abogados, periodistas, mi mundito. Ingrid ha venido a casa en una escapada del trabajo. Viste los jeans ceñidos y la camiseta blanca de siempre y, encima, el mismo delantal azul de las muchachas que trabajan en cualquier casa de la ciudad de México. En el bolsillo del delantal trae el handy del trabajo —Robert, Robert… I need a screwdriver— y una bolsa de nylon con fotos: Orfilia y Édgar.

Por primera vez los veo. Hasta entonces, mi proyecto de bondad social era una descripción en palabras, nada de qué asirse. Ahora mis aliens favoritos son una imagen en papel mate; empiezan a parecer reales.

Orfilia viste como Ingrid: jeans pegados al cuerpo, tank top azul, el cabello negro apenas por encima de los hombros. Parece baja. Tiene los ojos negros ¿desanimados, aburridos, cansados, distantes? Está en una plaza, abraza a una niña: Vanessa, la hija de Ingrid. Vanessa sonríe y sonríe lindo; Orfilia no hace una mueca. Detrás de las dos mujeres hay una iglesia blanca, un árbol mediano y flores rojas y amarillas. Hay sol; es algún lugar en Guatemala.

Édgar viste una toga y un birrete con borla de color negro. Es su graduación, un día de 2011. Édgar estudió en el Instituto Tecnológico Henry Ford de Esquipulas, un terciario donde enseñan mecánica automotriz y dibujo técnico y de construcción. En una de las imágenes camina por debajo de una guardia de banderas y parece sorprendido por la toma. En otra, mira a la cámara con el mentón elevado y los párpados semicaídos, como si desafiase a algo. A la vida, tal vez —es tan joven.

Envío esas fotos a una colega de Impacto Latin News de Nueva York, un periódico latino, y en pocas horas ella las sube a la web y las transfiere al National Council of La Raza, a la red de activistas Presente y a la organización de abogados para latinos MALDEF. También subo un recorte de los rostros de los chicos a mi muro de Facebook y, junto a las imágenes, escribo una nota para contar las últimas noticias y agradecer a quienes han ayudado con contactos y, sobre todo, tiempo.

Entonces, de repente, la incomodidad.

Amigos y conocidos, movilizados por la historia que narro en setecientas palabras, hablan de mí como “un gran ser humano”, admiran mi compromiso, aplauden mi ayuda.

“Gracias, Diego, por tu sensibilidad”, dice Analía.

“Grande lo tuyo”, exagera Daniel.

“Diego Fonseca es alguien muy especial”: mi querida Pilar Marrero, de La Opinión en Los Ángeles.

“Gigante”: mi hermana Paula.

“Ahora Orfilia y Édgar sabrán de ti, y así cada vez más gente”: Blanquita, fuerza natural.

“Enorme”. “De gran nobleza”. “Qué bueno que estabas cerca de Ingrid”.

Me muevo en el asiento, se me hace un nudo la lengua: yo no hice nada más que hablar por teléfono varias veces y, si algo logré, fue gracias a contactos ajenos, nunca míos. No lo hice por compromiso con la humanidad: fue interés propio activado por carácter transitivo. Me gusta ver feliz a mi hijo y Teo lo es cuando juega con Ingrid, y no quiero ver mal a Ingrid porque, si ella está mal, mi hijo no está bien. ¿Puede el egoísmo ser una forma de la solidaridad?

***

Pasa un fin de semana, caen otros días.

Llamo a Ingrid por novedades de Orfilia y Édgar. Ha de estar limpiando oficinas en el edificio North Park porque la llamada entra directo al buzón de voz.

El mensaje de bienvenida no tiene su voz. Es Prince Royce cantando “Stand by Me”, de Lennon.

“When the night has come

And the land is dark

Y la luna es la luz que brilla ante mí

Miedo no, no tendré, oh I won’t, no me asustaré

Just as long as you stand, stand by me”

El valor de los contextos: un mes antes, ni una de esas líneas me significaba nada.

***

Ya no hay más abogado: ahora es abogada. Se la recomendó el suegro de su hermana Anita, la mamá de Édgar.

—Es de confianza —me dice Ingrid—. Hace cuatro años, a él le sacó a dos sobrinos de la cárcel.

Orfilia lleva más de dos semanas en el East Hidalgo Detention Center de La Villa, Texas. La abogada habló con ella el jueves 4 de abril.

—Vive en Houston, la abogada. Yo le dije todo lo que usted me dijo. Le pasé todos los datos y los números de cada caso. Así no le costó encontrar a los patojos, pero, de sacadita, para verlos y por charlar, me cobra mil quinientos dólares.

(¿Dijo “mil quinientos dólares”?)

—Voy a luchar, don Diego. Dios me ayudará a que salga bien. La cosa es que estos cipotes se queden.
—¿Cipotes?
—Así es, con “c” de zapatos.

Ingrid ríe.

—Bueno, la abogada habló con mi hermana, la Mélita, y evitó que la deportaran, vea. Ella ya había firmado una hoja a la policía y fíjese que hasta eso le ayudó.
—Qué bien, estás contenta, ¿no?
—Contenta, sí.

Pero, ahora, Ingrid no ríe.

—¿Usted sabe, don Diego, que ni cobija le dieron a la Mélita en esa cárcel ingrata? Ayer recién le dieron la primera sábana. ¡Santo Dios! Me quedé sorprendida y asustada. ¡No tenía cómo taparse ni un dedo de los pies! ¿Hace frío allá?

Digo que no mucho, pero igual siempre es bueno tener algo para la noche.

—Hay que pedirle a Dios que nos ayude, don Diego.

Eso, que dios, que no creo, ayude.

—Del que sigo sin saber nada es del Edgardito. No sé dónde lo pasaron, no estaba con la Mélita. El lunes la abogada va a ver qué pasa. ¿Usté puede ver algo?

Digo que sí: estoy frente a la computadora. En el Sistema de Detección en Línea de Detenidos del ice tipeo “205-320-XXX”, el número en que Édgar se convirtió. La página me pide un captcha y, en nada, responde:

“Not in custody”.

—¿Y eso, don Diego?

Trato de ser cauto. “Not in custody”, explico, significa una de cuatro opciones: que Édgar —”el individuo”— fue liberado de la custodia del ice porque “dejó voluntariamente” Estados Unidos, porque su caso está pendiente, porque su caso fue resuelto y recibió permiso para quedarse en el país o porque fue transferido a otra agencia de la ley.

Ingrid ya no ríe.

—¿Y eso significa que me lo han enviado de vuelta al Edgarcito?

Elijo seguir siendo cauto: lo mejor es no apresurarse, digo, la abogada debe saber más.

—Lo importante es que el chico sobrevivió al desierto y a todo lo malo que pudo pasar. Y si quiere, puede volver a intentarlo.

Ingrid, de súbito, parece sonreír.

—¡Quiere! Cuando estaban en McAllen, me dijo clarito: “Si caigo, tía, yo me regreso”.

Yo no sé si reír o no.

***

A las 9:08 pm del viernes 5 de abril, cuando los Houston Rockets comienzan a bombardear balones a la canasta de los Blazers de Portland, entra un SMS al celular de mi mujer:

Mujer.buenasnochez.lecuento.que.Ace2.minutos.meyamo.mi.hermana.quebayegando.su.hijo.aguatemala.

ya.esta.consufamilia.El.muchacho.

La barba de James Harden atropelló a Houston, 116-98. Buena noche, buen juego.

No llamé a Ingrid.

Días sin noticias. Hablo con Ingrid, por hablar.

—¿Te acuerdas que una vez me dijiste que querías traer a tus hijos? ¿Sigues pensando igual?
—¡Ay, cállese! Mejor me estoy quieta o me van a terminar de matar los sustos. Ganas no me faltan. Si lo que daría porque mis niños estuvieran aquí. Si cuando yo voy a su casa, don Diego, es una alegría muy grande recibir un abrazo y un besito del niño. ¿Me le manda un beso a mi niño, vea?

***

“¿Recuerdas cuando dije que te iba a explicar acerca de la vida, amigo? Bueno, la cosa acerca de la vida, es que se pone rara. La gente siempre está hablándote de la verdad. Todo el mundo sabe siempre cuál es la verdad, como si fuera papel higiénico o algo así, y ellos tienen proveedor en el armario. Pero lo que aprendes, a medida que envejeces, es que no hay ninguna verdad. Todo lo que hay es una mierda, y perdona mi vulgaridad. Capas de mierda. Una capa de mierda encima de otra. Y lo que haces en la vida cuando te haces mayor es escoger la capa de mierda que prefieras y ésa es tu mierda, por así decirlo”.

En Héroe por accidente, Dustin Hoffman es el perdedor más convincente que he conocido y su nombre dignifica y sintetiza la derrota —alguien que se llama Bernie Laplante debe esforzarse mucho para triunfar en algo.

Laplante fue un héroe muy a su pesar: salvó a varias personas de morir en un accidente de aviación. Los medios le dieron el crédito a John Bubber, más joven, más televisivo, más vendedor. Laplante no se quejó: lo suyo era evitar figuraciones innecesarias. Derrotarse solo antes de ser derrotado.

“Tu padre es Bernie Laplante —dijo un día la ex esposa al hijo de ambos—. Va en contra de su religión asomar la cabeza”.

No me siento ni uno ni otro —no me dejo ganar fácilmente por mi Bernie Laplante interior ni tomo crédito que no me corresponda como John Bubber— pero no puedo borrar el recuerdo de Héroe por accidente desde el día en que, tras pedir ayuda por Facebook para Orfilia y Édgar, mis amigos y conocidos convirtieron a mi Bernie Laplante interior en mi John Bubber público.

Por ese runrún, desde que supe sobre la situación de Orfilia y la deportación de Édgar, no volví a publicar nada en Facebook ni en Twitter. No quiero —aunque no sé si no lo haré nunca—. Sé, sí, que he ayudado, que he sido el gránulo en la masa arenosa, pero también sé que pude abrir puertas porque quienes conocen sus cerraduras me dieron las combinaciones. No he hecho nada que alguien más con dos segundos de tranquilidad no hubiera hecho. Me asignaron informalmente la incomodidad del salvador cuando lo que sucedió fue una sucesión de decisiones individuales dentro de una red.

—Lo mío no fue nada heroico —al fin le digo a Ingrid una tarde, un poco cansado.

Ella no duda.

—Para mí, sí.

Yo no quiero escuchar. En ese momento, sí quiero actuar como Bernie Laplante: separarme del asunto, dejar todo en manos adecuadas. ¿No es acaso, Ingrid, la verdadera heroína? ¿No es ella quien dio cada paso por esos chicos, quien perdió el sueño, empeñó sus ahorros, lloró lo indecible, le rezó a su Dios y a sus santos?

Por primera vez en mucho tiempo, Ingrid habla en un tono decidido.

—Vea, yo en este momento tengo delante esta estampa: “Yo soy el pan vivo bajado del Cielo. El que coma este pan vivirá para siempre. El pan que Yo daré es mi carne, y la daré para la vida del mundo”. Cuando todo esto empezó yo llamé a su señora esposa y ella me dijo que le hable, que usted sabría ayudarme. Y ese día que le hablé mis ojos se llenaban de agua, don Diego. Pero desde ese día que usted averiguó de la Mélita y del Edgarcito, yo ya me sentí diferente. Mejor. Así que para mí sí fue importante. Que Dios me lo guarde, don Diego.

Dice John Bubber a Bernie Laplante, cuando éste lo convence de que asuma su rol como el héroe involuntario:

“Entonces, ¿no quieres el crédito?”.

Responde Laplante:

“Yo no tomo crédito. Soy más de efectivo”.

Psss.

***

Devolvieron a Édgar a Guatemala hace más de una semana e Ingrid no llamó una sola vez. Marqué un par de veces, di siempre con Lennon: la casilla de mensajes de voz estaba llena. Finalmente, la tarde calurosa de un miércoles de abril, Ingrid levanta mi —¿cuarta, quinta?— llamada. La abogada ya manejaba todo, pero tampoco había grandes novedades de su lado. Cuando las tuviera, le dijo, se las informaría. Ingrid —y el caso— entraban en el balanceo suave de los barcos anclados, sometidos a lo que el clima —la ley— dicte. A mí también me mecía: había tomado distancia desde que la abogada manejaba el caso. Era lo que quería, al cabo, pero, igual, no podía dejar de llamar a Ingrid, como si no hubiera otra cosa que hacer —como si fuera a hacer otra cosa.

—¿Hablaste con tu hermana?

Ingrid responde corta de palabras.

—Ayer, don Diego.
—¿Y?
—No mucho. Nada.

Demasiado corta de palabras.

—¿Nada?
—Bueno —parece revolverse incómoda, como si hablase con alguien a su lado: como si no quisiera hablar conmigo—, usté sabe lo que dicen, que lo que uno habla lo graban…

Esto supongo: Ingrid cree que alguien puede estar grabándonos también. La idea se me cruza como un golpe de viento: mi barco se sacude un poco, inquieto e inseguro.

—Ah —respondo.
—Sí.
—OK. Entonces…
—Bueno…
—¿Hablamos, no? Acá, en casa, digo, no sé…
—Sí…
—Digo, no por teléfono.
—Sí, sí, claro. Claro. Claro.
—Hasta luego, Ingrid.
—Hasta luego, don Diego.

Ingrid cuelga y yo me quedo en la línea esperando oír un segundo clic, el de los espías. Lo único que escucho es el eco de mi respiración en el vacío que deja una llamada terminada. Barcos hundidos.

Édgar está con su familia, en casa, cobijado. Pero no es un lugar en el que quiera quedarse: años atrás, su padre, el primer Édgar, fue asesinado por dos sicarios. Le dispararon por la espalda cuando entraba a la iglesia. Un medio hermano comenzó a llamar a Anita, la hermana de Ingrid y mamá de Édgar, para pedirle dinero a cambio, decía, de permitirle vivir: si no estaba tras la muerte del marido, estaba tras lo que quedase. Anita tomó a sus hijos y se marchó de la ciudad. Édgar no quiere nada de aquella suerte. Si dice lo que dijo, se volverá a jugar la vida en el desierto. Falfurrias parece dar más chances de sobrevivir que su pueblo en Guatepeor.

La estadía de Orfilia puede tomar meses, pues, con su abogada, la patoja ha desafiado el proceso de deportación y discute quedarse. Casi a mediados de abril, Orfilia pasó de East Hidalgo Detention Center, en La Villa, el complejo de quince barracones rectangulares casi en el límite de Texas con México, al T. Don Hutto Residential Center, una cárcel privada para mujeres inmigrantes que es el cuarto empleador de Taylor, un pueblo de catorce mil habitantes, unos kilómetros al norte de San Antonio. En aquel pueblo, donde aun predominan los blancos de ascendencia eslava, la cárcel es territorio latino, dentro y fuera. Sus directores se llaman Enrique Lucero y Francisco Venegas.

Intento informarle a Ingrid que su hermana ya no está en La Villa sino en la cárcel de Taylor, pero, cada vez, me topo con la barrera de la casilla de mensajes. Cuando pasa, allí está otra vez Prince Royce cantando a Lennon, diciéndome “Stand by Me”. Sin embargo, un jueves, la canción se me presenta más breve.

“When the night has come

And the land is dark

Y la luna es la luz que brilla ante mí”

Y ya. Faltan los versos finales:

“Miedo no, no tendré, oh I won’t, no me asustaré

Just as long as you stand, stand by me”

“No tendré miedo, no me asustaré, mientras estés a mi lado.”

La providencia —o mi estupidez o mi culpa o la tonta casualidad— me hacen creer que hay un feo mensaje allí. Que, por un lado, mi tibieza tal vez ya no sea necesaria para Ingrid y Orfilia, y eso resultaría muy cómodo para mí. O bien, en el peor de los casos, que el miedo y el susto ganaron la partida. Y eso sería siempre incómodo para todos.

Belindia

Publicado: 3 enero 2013 en Diego Fonseca
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El próximo presidente norteamericano tendrá entre manos las brasas calientes de una crisis más grave que la Gran Depresión de 1929. En aquel tiempo, Estados Unidos marchaba a convertirse en el líder de Occidente y al mundo lo conectaban unos pocos teléfonos y aviones muy caros. La humanidad, el dinero y la información circulaban más lento. Ahora ocurre lo contrario: Estados Unidos es dominante pero está a punto de perder su hegemonía global por pasarse décadas barriendo sus problemas bajo la alfombra, vivimos 24/7 en tiempo y el dinero vuela de Tokyo a Frankfurt con un clic. No es un planeta para ser dirigido por personas de ideas estrechas.

Estados Unidos es cada vez más una economía enfocada en comercio, servicios y tecnología que en fábricas que producen autos, juguetes o licuadoras. A medida que las máquinas y los obreros más baratos del mundo absorbieron esas funciones, los trabajadores americanos menos educados se convirtieron en proletarios sufrientes. Esos obreros que apenas han terminado la escuela secundaria son los protagonistas de las líricas de Springteen en Born in USA y los documentales de Michael Moore por algo más que su valor simbólico: los que se están quedando fuera del mercado son seis de cada diez trabajadores estadounidenses. Que Apple piense el producto para que lo fabrique una empresa paraestatal de Guangzhou es un buen negocio para Steve Jobs y para China pero no para un operario industrial de Michigan.

Una provocación, el sueño de sus enemigos: Estados Unidos como Belindia. La riqueza y la modernidad de Bélgica para los más educados; la pobreza y la ignorancia de la India para las masas.

Las clases en Estados Unidos se están separando cada vez más. Entre 2002 y 2007, antes de la crisis, dos de cada tres dólares de aumento del ingreso fueron a manos del uno por ciento más rico del país, gente odiosa como Donald Trump y cool como George Clooney.

Ya durante la crisis, esos ricos perdieron mucho menos que los más pobres y que la clase media. Hoy, una familia americana promedio debe todos los meses el cinco por ciento de su ingreso; hace cuarenta años, ahorraba el quince.

En una sociedad sobreendeudada, la libertad de los individuos para tomar decisiones se reduce a micrones.

***

JJ fue camionero y ahora tiene un restaurante. Llegó a la capital a apoyar al Tea Party, la última bestia negra del sistema de partidos en Estados Unidos. La primera de esas bestias negras fue Barack Obama, que atropelló a la aristocracia demócrata y republicana en las primarias y la elección presidencial de 2008. Obama venía de los suburbios del sistema político, pero mientras él llegó para ser un presidente previsible, el Tea Party quiere encender hogueras. Para ellos, una plutocracia de burócratas, empresarios y medios les robó América, la endeudó y la sostuvo sin dignidad con el dinero de los árabes, los chinos y Japón.

JJ -“me llamo James Joseph pero me dicen JJ”- se quita el sombrero de Chindits y lo deposita en el banco de madera justo al lado de su culo de camionero. Es julio, es verano y JJ se derrite bajo el sol y la humedad tropical, tan inapropiada, tan desubicada, de Washington DC.

—Este país está jodido -dice JJ-. Un francés acá, un africano allá.

El francés-acá es la estatua de un francés: el Marqués de Lafayette monta un caballo brioso, las manos al cielo, presidiendo el centro de Lafayette Square, frente a la Casa Blanca.

JJ no sabe muy bien quién es Lafayette. Lo asume: si está en un caballo y frente a la sede del gobierno federal, fue un militar importante y merece respeto, pero era francés, y por alguna razón eso es un problema.

Lafayette fue general y coronel de caballería de George Washington durante la Guerra de la Independencia. Empujó a los ingleses al agua en Virginia, escribió los borradores de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en París y, después de escapar de los jacobinos, regresó a las bancas de la extrema izquierda de la Asamblea Nacional para pedir la prohibición de la pena de muerte y la eliminación de los privilegios de los nobles. Cuando murió, cubrieron el cuerpo con tierra de Virginia y plantaron la bandera de las barras y estrellas sobre él porque es un patriota estadounidense.

Pero JJ, que es un patriota libertario, no lo quiere.

—¿Cómo podemos tener una estatua de un francés justo aquí? ¿Por qué no George Washington?

El africano-allá es Barack Obama, un hombre que según JJ y millones de enojados como él hace como que es presidente sin saber bien de qué va eso. Aquí, en Lafayette Square, el enojo de JJ está escrito en negro sobre blanco en la camiseta que el sudor le pegó a la piel: “Una villa en Kenya extraña a su idiota”.

JJ es obtuso. No cree en casi nada más que en Dios, en su familia, alguna idea abstracta como perseguir la felicidad y otra más naturalmente americana como portar armas. El camino a la felicidad, en la cosmogonía de JJ, pasa porque el gobierno no lo acose con impuestos y le deje hacer con su vida lo que le da la real gana. El plan de portar armas es todavía más concreto. JJ tiene dieciséis y quiere más.

—Para matar conejos y venados, esas cosas, tú sabes.

No, no sé y no quiero saber.

Un miembro del grupo se acerca. Irán al mausoleo de Abraham Lincoln, sobre el río Potomac. El tipo -hueso y músculos muertos, bigote atabacado, anteojos espejados- quiere hacer fotos en las mismas escaleras donde meses atrás Glenn Beck, un locutor de radio convertido en ideólogo informal del Tea Party, reunió decenas de miles de conservadores molestos con Obama -muy molestos- y desencantados de los líderes republicanos para que entre todos recuperen, dijo, el honor perdido de América.

—Estamos locos de rabia -dice JJ, como si hiciera falta.

***

En 1773, el Parlamento británico sancionó el Acta del Té para que la Compañía Británica de las Indias Orientales pudiera ampliar su monopolio vendiendo la hierba a precio reducido en las colonias. El Acta alteró los nervios de los súbditos y de los contrabandistas de té americanos; el 16 de diciembre un grupo de ellos asaltó tres barcos de su Honrosa Majestad en Boston y arrojó la carga de té a las aguas de la bahía. El Motín del Té -en inglés, The Boston Tea Party- sirvió para protestar por los impuestos que Inglaterra cargaba a las colonias y armar el brazo para la independencia.

Figura conocida, primero la tragedia; salto de dos siglos y chirolas: el Tea Party como farsa.

Los primeros teteros se hicieron notar en 2008 -después de que se pinchó la burbuja inmobiliaria y George W. Bush rescató a los bancos con fondos públicos-, pero su fuerza se multiplicó con Obama. Los anfitriones conservadores de los shows de TV y radio enrabietaron a sus audiencias cuando Obama, el presidente demócrata, salvó también de la quiebra a las automotrices, y volvieron a hacerlo cuando presentó la reforma de salud y la de Wall Street, y cuando promovió migrar hacia energías más limpias, y cada vez que habló de crear una escuela más moderna y secular.

La derecha tomó velozmente las calles -un territorio que en el mundo pertenece a la izquierda y en Estados Unidos a los autos- y en menos de dos años llevó un buen puñado de hombres y mujeres a la Cámara de Representantes y al Senado. Quienes postulan el retorno a un pasado idílico en el que estaba de moda la peluca del tipo de Quaker, ahora toman o traban las decisiones del último gran imperio de Occidente.

La oratoria del Tea Party es un puñado de dogmas innegociables. En la Constitución de Estados Unidos y en la Declaración de Independencia, dicen los teteros, los Padres Fundadores escribieron con verdad profética las libertades que Dios legó a los individuos. Y como todo buen creyente sabe, la ley moral de Dios es inmutable y no puede ser modificada por el hombre. Por eso, en la América del Tea Party hay lugar para decir lo que se quiera y portar un arma -eso está en la Constitución-. Pero no para ilegales, abortistas, gays ni socialistas europeos -que no están en la Constitución-.

El Tea Party tuerce los extremos de cualquier filosofía antisistema. Sus miembros son mayoritariamente hombres, libertarios, nacionalistas y cristianos. Dicen representar a la América profunda, pero buena parte de sus líderes son millonarios, sus principales financistas son petroleros e industriales y en su base está la clase media, no los pobres de toda pobreza.

El Tea Party es, también, otras varias cosas más inasibles. Es un organismo vivo, sin plataforma escrita ni mando ni líder central sino células dispersas en todo el país que operan como guerrillas. Mucha gente enojada, que cree poseer una verdad revelada por Dios y que es muy blanca. Es basismo inorgánico, tribunales populares en la corte de facebook, un fundamentalismo de decisiones finalistas. El Tea Party es un lío enorme, un gran dolor de cabeza. Es La Cosa.

—Somos América -dice JJ.

América está en serios problemas.

***

El tísico crecimiento de los últimos años dependió en buena medida de los fondos de ayuda del gobierno para que las empresas tomen empleo y los consumidores, que generan seis de cada diez dólares del PIB, compren más autos, casas y chucherías y gasten en iPads, iPhones y vacaciones. Todo eso debiera permitir al Estado recaudar más, pero si no recauda debe tomar más deuda para financiarse y su deuda ya es ozónica. Tampoco puede subir los impuestos: en este Estados Unidos es un pecado capital.

El dos de agosto, la fecha límite para que el gobierno iniciara una escalera de impagos de la deuda, al Tea Party no le importó nada de eso. Sus representantes y los republicanos aceptaron fijar un nuevo límite de endeudamiento solo a cambio de que la Casa Blanca reduzca el gasto social y, a largo plazo, la deuda y el déficit. Pero, y ahí está el truco, debe hacerlo sin incrementar los impuestos ni eliminar exenciones tributarias que, básicamente, benefician a los ricos. El acuerdo coincide con esta figura: primero se venda el pie herido; luego se le echa encima un piano.

Nouriel Rubini, el economista que adelantó la crisis de las hipotecas tóxicas, definió en twitter el modo en que los teteros entienden el mundo: “Cerremos la Reserva Federal, los bancos y volvamos a esa bucólica economía autárquica del trueque donde yo te vendo mis papas por tus tomates”.

El tironeo por la deuda —el primer reality show político global— hirió la confianza en la habilidad de Estados Unidos para manejar sus asuntos internos, que equivalen en buena medida a los asuntos del mundo. La historia que siguió aún huele a pan fresco. La calificadora de riesgo Standard & Poor’s rebajó la calidad del crédito estadounidense, el precio del petróleo volvió del cielo a la Tierra Media y los productos agrícolas bajaron de Saturno a, digamos, Mercurio. Los inversores, mientras, se convirtieron en chihuahuas histéricos que saltan de una bolsa a la otra o al oro o al yen o a los títulos de deuda y que lo harían también a un acuario con tiburones si eso preservase el valor de su dinero —o los hiciera más ricos—.

El problema de los políticos estadounidenses es que no pueden sacar la cabeza del cepo. Los republicanos lanzaron en agosto su campaña para las elecciones de 2012 y a poco de andar el campo se llenó de esoterismo. Hace no mucho tiempo confiaban en que podrían controlar al Tea Party pero el desquicio de la deuda demostró que los dueños del manicomio son los locos. Como comparten base electoral y la base gusta de los disparates teteros, los republicanos han debido migrar a posiciones tan jacobinas que su candidato más moderado, el exgobernador de Massachusetts, Mitt Romney, parece un demócrata. Uno de los que tira hacia el extremo es el gobernador de Texas, Rick Perry, quien hace unos meses reunió a treinta mil cristianos en Houston para pedirles que recen por la recuperación de la economía y para que el Señor se lleve la sequía del estado y lo bendiga con una lluvia.

Pero el extravagante Perry no es la peor manzana del cajón. La figura profética que más devotos suma se llama Michele Bachmann, una cruzada contra todo lo que no responda al designio divino, llámese Washington, los gays o las lámparas fluorescentes que ahorran energía.

***

Los teteros no dudan: creen. Y Michele Bachmann es una conservadora literal: para ella, Dios no quiso decir algo en la Biblia; Dios dijo.

Su incontinencia verbal es una amenaza para la paz mundial. En un acto en Carolina del Sur a inicios de año, dijo que veía a Obama demasiado ocupado inclinándose ante reyes, agachándose ante dictadores, oliéndole el trasero a las élites de Europa y mimando a los yihadistas. Según Bachmann, Obama está consiguiendo un imposible: hacer que Jimmy Carter luzca duro como Rambo.

Bachman —bajita, ojos claros que se abren como si le hubieran pisado el pie, voz firme— es una abogada cristiana ortodoxa que dirigía su propia escuela religiosa cuando, apropiadamente, Dios le dijo que debía tener una carrera política. Su principal influencia intelectual es John Edismoe, un profesor fundamentalista que una vez afirmó, sin sombra de dudas, que hoy Jesús predicaría armado con un M16. Por sus enseñanzas, Bachman cree que la mujer debe ser sumisa y obediente del hombre y que los gays son seres aberrantes, que eligieron ser esclavos, y que quienes defienden el matrimonio del mismo sexo quieren convencer a los niños americanos de probar la homosexualidad.

Muchos líderes del Tea Party comparten su desprecio por la duda cartesiana y la verdad científica y favorecen los principios religiosos, los viejos dogmas o sus propias invenciones mesiánicas. Cuando no es una visión divina, la realidad para un tetero es un ejercicio de ficción personal. (Lo más grave de todo es que les creen.)

Sarah Palin, la candidata republicana a la vicepresidencia en 2008, inició el camino. Palin hizo un arte del palabrerío impune sin lógica, pero eso no ha hecho sino aumentar su popularidad. El ciudadano pedestre encontró en ella una heroína. “En nuestra política moderna, ser la clase correcta de ignorante entretenido es como tener una gran mano derecha en el boxeo”, escribió Matt Taibi en Rolling Stone. “Siempre tendrás una oportunidad de pegar duro.”

Palin asustó al establishment cuando amenazó con su candidatura presidencial, pero finalmente encontró más atractivo hacerse millonaria con su propio reality show y una autobiografía. Palin dejó Alaska y se compró una mansión en Arizona. Bondades del estrellato veloz, sin mérito alguno pero con fama, ahora bendice a los candidatos del Tea Party.

Por su boca habla Dios.

***

En Lafayette Square, poco antes de irse, JJ me muestra una impresión de la página de facebook de un avatar llamado Right Wing Housewife. El avatar es la ilustración de una mujer con cara de pocos amigos y que deja asomar un palo de amasar entre los brazos cruzados. Dice Right Wing Housewife: “Hace más de cinco mil años, Moisés dijo a Israel: ‘Recojan sus palas, monten sus asnos y camellos, y los guiaré a la Tierra Prometida’. Cuando Roosevelt introdujo el Estado de Bienestar, dijo: ‘Bajen sus palas, siéntense y enciendan un Camel, esta es la Tierra Prometida’. Ahora el gobierno robó tus palas, gravó tu trasero, subió el precio del Camel e hipotecó la Tierra Prometida con China”.

—¿No es magnífica? —se entusiasma—. La quiero distribuir por internet.

Le digo que no es muy original. Escuché la broma pero hablando de Bill Clinton.

—Mejor, porque entonces están hipotecando el país desde antes.

Lo corrijo. Clinton dejó el gobierno con superávit, Bush hijo aumentó la deuda y el déficit. JJ niega con la cabeza.

—Well, eso no es lo que dice Fox News.

Fox News, el zorro del cable, la mayor empresa de medios de Ruppert Murdoch en Estados Unidos, es el canal de noticias del conservadurismo y una tribuna del Tea Party. Ninguna novedad: América es un país de talk shows y el Tea Party es una organización moldeada por entretenedores electrónicos.

El primero fue Rush Limbaugh, un presentador de radio y TV a quien la revista conservadora National Review consideró el líder verdadero de la oposición a Bill Clinton. El público hizo multimillonario a Limbaugh por criticar a las feministas y desmerecer a los negros y por defender sin dudas el servicio prestado a la nación por los soldados que torturaban presos en Abu Ghraib. Su último contrato es más caro que el de Le Bron James, cuatrocientos millones de dólares por ocho años con Clear Channel, la cadena de AM y FM más grande de Estados Unidos.

Su sucesor, Glenn Beck, mantuvo al tope las audiencias de Fox News por años y es la quintaesencia del teterismo. Conecta con sus seguidores a un nivel primario, emocionalmente complejo. Ellos son antes fieles y devotos que ciudadanos políticamente organizados y Beck sabe cómo arrullarlos con discursos que resultan actos de fe y no de razón. Los líderes del Tea Party han abrazado su estilo. Beck elige un sesgo y machaca lo mismo que Bachmann extrapola y Palin distorsiona. Cuando critican a sus adversarios, todos, como Beck, muerden, se desdicen y contraatacan decenas de veces. No importa si lo que dicen es verdad: para cuando alguien se detiene a responderles, el cuento ya ha sido fragmentado, viralizado y vuelto a reproducir millones de veces.

Si la política de la mentira y la ignorancia sin filtros se perpetúan es porque su ejercicio no trae consecuencias. La impunidad siempre alimenta la próxima y más grande monstruosidad. Se puede mentir sin quitar la vista del ojo de la cámara. Dios perdona en el confesionario.

Curiosamente, la prensa liberal contribuye al fenómeno pues el menosprecio que muestran medios como el New York Times o The Onion fortalece al Tea Party. Fuera de grandes ciudades como Nueva York o San Francisco, en sus pequeñísimos pueblos del interior Estados Unidos sigue siendo un país de puritanos cuya principal actividad comunitaria es la misa del domingo. Cada vez que David Letterman se ríe de Bachmann, un granjero del Cinturón Bíblico enarca las cejas. La lectura es una sola: los citadinos siempre se burlan de la simpleza de la gente pequeña. Bachmann y Palin, por supuesto, son buenas madres de ciudades muy pequeñas.

***

Los conservadores más radicales creen que los cuervos se deben comer a los incompetentes, de modo que los salvatajes de Bush y Obama a bancos y automotrices rompió el ciclo higiénico de la naturaleza. No les importaba que el extorsivo too big to fail fuera también realista. El darwinismo les hizo romper lanzas con la meritocracia que gobierna Washington. Of the people, by the people, for the people, un cuerno.

William Voegeli, un teórico tetero, dijo hace un tiempo que el movimiento emergió como la culminación de un largo proyecto de suplantación de una clase gobernante basada en la posición social por otra basada en el cerebro. “Los meritocráticos que dirigen nuestro gobierno, economía y discurso son menospreciados en las reuniones y blogs del Tea Party por la gente que ellos gobiernan”, escribió en un ensayo del conservador The Claremont Institute.

La mayoría de los miembros del Tea Party cree, honestamente, que las corporaciones y los políticos profesionales les robaron América. Para criticarlos, las cabezas pensantes del Tea Party suelen citar a Cristopher Lasch, un reconocido historiador conservador formado en el marxismo. Lasch sostenía que la meritocracia era una parodia de la democracia: la movilidad social nunca mina la influencia de las élites sino que las fortalece pues sostiene la ilusión de que el progreso individual reside en el mérito personal.

Los teteros creen que un gobierno grande, grandes corporaciones y grandes medios y los profesionales que trabajan para ellos son una oligarquía autosuficiente, un grupo de parásitos de Harvard, Yale, Columbia y Princeton que vive de cargar impuestos y regulaciones invasivas a la espalda del buen contribuyente mientras se justifica diciendo hacer el trabajo que los votantes le delegaron. (En su narrativa, Obama es parte de esa plutocracia: nieto de una vicepresidenta de banco, hijo de una antropóloga y un economista entrenado en Harvard, estudió en escuelas de élite y se casó con una graduada de esa élite.)

Esos meritocráticos hipotecaron la Tierra Prometida y convirtieron el Sueño Americano en una colección de deudas. Los colleges y las universidades no otorgan títulos sino una hipoteca que el graduado paga toda su vida a cambio de una educación mediocre. La escuela pública es costosa e igual de ordinaria. Todos los niveles del gobierno han criado burocracias que chupan recursos como sanguijuelas. El sistema financiero es intocable: paga a sus cabilderos para esquivar regulaciones y sanciones, mientras enriquece más a los más ricos, cuando la mitad de la población puede acabar en la bancarrota por una deuda con un hospital, pues no hay un seguro de salud accesible y bueno. El sistema de retiro es otra bomba de tiempo. Tic-tac del estallido previsto: antes de 2050.

En el diagnóstico coinciden todos, republicanos y demócratas, los estadounidenses y los franceses que no quiere JJ. Pero ni los republicanos ni el Tea Party dejarán a los demócratas resolver esos problemas a su manera ni hay claridad de cómo los conservadores viejos y de nueva época podrían construir una agenda coherente y mesurada que no haga saltar el plantea por los aires.

Los teteros están convencidos de que la pérdida de rumbo se corrige con un retorno a los principios y que, con su pasión y creencias, un ciudadano ordinario puede tomar decisiones sin la guía ni la ayuda de expertos o profesionales. Les basta apoyarse en la Constitución, el individualismo y los dogmas elementales de la religión. En su visión idílica, la Historia está detenida y el tiempo se resuelve con un cambio de fotografías: las bondades del pasado se pueden transportar porque Dios les confirió eternidad.

Es el ideal libertario del siglo dieciocho en la sociedad hipervinculada del veintiuno. El bucolismo del trueque en el twitter de Rubini.

La Cosa no piensa.

***

JJ ha pasado por Carlisle donde las cosas no van bien. Está demorado en los pagos de su hipoteca y el banco amenaza con golpearle la puerta. El negocio familiar ha perdido clientes. Hay más desempleo en el área. El hijo mayor, que al terminar la escuela se había mudado al norte para trabajar en una ensambladora de autos, perdió el empleo. Lo mismo pasó con el menor, despedido de Walmart. Ambos están ahora haciendo turnos en el dinner. JJ acordó con Joanne vender los autos de ambos y comprar uno solo y más viejo.

Uno de cada tres trabajadores de la manufactura estadounidense perdió su trabajo a partir de 2000. Siete años más tarde Alan Blinder, un exdirector de la Reserva Federal, dijo que otro tercio de todos los empleos del país pueden irse al extranjero en las próximas dos décadas. El cálculo tiene un problema: fue al principio de la crisis y ahora hay economistas que amplían la pérdida. No le quise decir eso a JJ.

—They fucked us up.

***

¿Puede el Tea Party subsistir a su propio amorfismo? ¿Es la salvación del Partido Republicano o su condena?

Es difícil creer que la revitalización de los principios fundamentales del excepcionalismo americano puedan sostenerse sobre la base del anti-intelectualismo y la paranoia. Para ser gobierno, el Tea Party precisa más que grupos de voluntarios sin estructura pues, una vez en el poder, se verá sometido a la pasteurización natural de las instituciones en un país que suele normalizar a los radicales. Pero en las conversaciones con teteros corrientes como JJ u otros durante las manifestaciones de la deuda, toda estrategia está solapada por la pasión.

Hace un tiempo me di con un debate en los callejones de los blogs y publicaciones conservadoras al que los medios no le echaron el foco. Algunos quieren que el Tea Party acelere los pasos para construir una coalición populista con el ojo en la economía y una reforma para reducir el tamaño del gobierno. Pero edificar alianzas es un severo contrasentido para una organización poco dispuesta a dar concesiones y que no posee un líder capaz de amalgamar su dispersión.

En esa discusión encontré a Walter Russell Mead, un intelectual con muchos años en el Council of Foreign Affairs, el centro de estudios de política exterior más influyente de Estados Unidos. En una tarde completa con él, las opciones para el Tea Party me quedaron finalmente ordenadas. Sin un Ronald Reagan a mano y con Obama como contraste, los teteros asumirán un riesgo elevado si se decantan por líderes jóvenes con poca o ninguna experiencia. La variante sería hallar un líder con experiencia en Washington, alguien que conozca bien cómo funciona el gobierno, odie las burocracias y sepa liderar. Russell Mead sugiere que dos candidatos posibles serían Stanley McChrystal o David Petraeus. Dos generales.

O sea, el péndulo del movimiento que dice querer salvar a Estados Unidos de la bancarrota y devolverlo a un capitalismo purista se mueve, otra vez, entre extremos. Una fanática religiosa como Bachmann y los dos últimos jefes de la Guerra contra el Mal en Afganistán.

El individualismo inorgánico o la jerarquía corporativa militar.

La fe o la espada.

Es su última cita del día y Joseph Stiglitz no va a llegar a tiempo. Dentro de dos horas tiene una reservación para cenar y su mujer luce preocupada: a veces él se queda conversando durante horas sobre economía con sus colegas y se olvida de comer. Esperar por Joseph Stiglitz es un ejercicio de fe. Su vida es una vasta colección de momentos que suceden a destiempo. Cuando alguien pide una cita a su asistente para discutir con él sus problemas con el tiempo, la muchacha que debe administrar el caos de su agenda solo atina a reírse. En 2002, cuando un periodista de la revista The Nation debió entrevistarlo varias veces en Manhattan para escribir un reportaje biográfico, todas las entrevistas comenzaban al menos una hora tarde. Cuando era el conferencista principal de un debate sobre el mundo después del 11 de setiembre, estuvo a punto de perdér­selo porque había olvidado en qué día estaba. Una vez por fin llegó puntual a una charla en Australia, pero, al no tener tiempo de revisar la presentación que había preparado en el avión, cometió errores durante su dis­curso. Sus estudiantes enla Universidadde Columbia le preguntan por qué llega tarde y él les explica que, si su impuntualidad fuese real, la clase empezaría sin él. En una disciplina donde el prestigio está en acertar a los pronósticos, todos pueden asegurar que Stiglitz llegará, pero nadie se atreve a predecir cuándo. Que un Nobel llegue con retraso a las reuniones con familia y amigos lo humaniza; que lo haga a las cenas con presidentes, y nadie se enfade con él, certifica su estatus de celebri­dad: el poder es capaz de esperar por un señor miope que ve las cosas con demasiada claridad. Esta tarde de verano de 2011, el Nobel de Economía más rebelde de la historia entra al lounge ejecutivo de un lujoso ho­tel en Washington con el paso apurado de los que han aprendido a llegar tarde. Stiglitz mueve su metro se­tenta y cinco con agilidad, y como si la almohada que tiene por barriga fuera de plumas. Viste un traje azul oscuro y una camisa celeste de algodón que se afana por salirse del pantalón. Se ha sentado en el filo de un sillón de terciopelo borravino con filigranas dora­das y ha depositado el codo sobre el apoyabrazos y el mentón sobre su puño derecho con la tranquilidad de los que tienen todo el tiempo del mundo. Pero no es así: pronto deberá cenar, y antes tendrá que descan­sar, ver correos, darse un baño. No parece importar­le. Su trabajo es pensar el futuro del mundo pero no suele tener en mente sus próximas dos horas.

The Fairmont es un hotel para poderosos como Joseph Stiglitz. En los años noventa, Bill Clinton lo puso al frente de sus asesores enla Casa Blanca, y él luego recibió el siglo como el economista jefe del Banco Mundial. Stiglitz tam­bién es el Nobel de Economía del año en que los talibanes aprendieron a estrellar aviones, y antes fue el mejor eco­nomista joven de Estados Unidos el año en que los taliba­nes se fueron a las montañas de Afganistán a combatir a los soviéticos. En los últimos veinte años, Stiglitz se peleó con todos sus poderosos empleadores de Occidente y se ganó el cariño de naciones en miniatura como Indonesia y Ecuador, los globalifóbicos yla Chinaposcomunista. The New York Times dijo que era el economista teórico más influyente de su generación solo para que una déca­da después Newsweek lo llamara el hombre más incomprendido por el poder en Estados Unidos. Para llegar al hotel The Fairmont, esa tarde Stiglitz tomó un taxi en el centro de Washington DC hacia el noroeste de la ciudad a la hora en que los burócratas y los diplomáticos se su­ben a sus autos y escapan del verano de una capital que se derrite en un país que se derrite. Anya Schiffrin, su mujer, lo llamó a mitad de camino para planificar la cena. Quería que descanse, pues asumía que se sentaría a con­versar, un ejercicio al que se lanza con la determinación de los clavadistas. El hombre más esperado del mundo estimó que llegaría en diez minutos. Lo hizo en media hora, y con la camisa a punto de salirse del cinturón.

Joseph Stiglitz ha hecho de la impuntualidad un mé­todo. Si no llegó tarde a ser investido porla Academiasueca era porque el premio Nobel lo estaba esperando, y ese miércoles de octubre de 2001 un transporte pasó a buscarlo temprano por su hotel. Cuando lo conocí en su oficina dela Universidadde Columbia, en Nueva York, una mañana de primavera de 2011, Stiglitz venía de su casa con el periódico bajo el brazo y llegaba, por supuesto, tar­de. Había postergado una entrevista previa y la siguiente y, cuando concluyó, la agenda de sus asistentes ya era un calendario viejo. En un momento de la reunión, Stiglitz levantó el brazo para rascarse la cabeza y la manga de la camisa dejó asomar el reloj: eran las 11.30, pero marcaba las 10.30. Stiglitz es un iconoclasta que parece creer que los relojes, las agendas y los calendarios no son más que pro­ductos perecederos. Para él su tiempo personal resulta una abstracción de importancia efímera, un recurso que dista de ser una ventaja competitiva. Pero cuando le preguntan si siempre llega tarde, no tarda un segundo en responder:

—Por supuesto que no: lo consigo si me lo propongo.
—¿Nadie le dice nada por sus demoras?

Anya Schiffrin, la esposa, que lleva la estadística de sus tardanzas, sí.

—Joe olvida una cosa importante cada día.

Stiglitz bebe de la copa de agua Perrier que su mujer ha depositado sobre la mesa de centro en The Fairmont. Elige una uva de un plato con quesos y panecillos y la lanza a la boca sin mirar.

—¿Cómo define su relación con el tiempo?

Juega con la uva, la mueve de un lado al otro y parpadea.

—Yo diría que es más bien relajada.

Stiglitz tiene los ojos mínimos y azules, y mira con la intensidad de un búho. Uno de sus amigos dice que es la encarnación del Profesor Tornasol de Las Aventuras de Tintín, un genio que se distrae por experimentar en todos los campos posibles del conocimiento. Un sibarita de la curiosidad que goza pensando en la misma econo­mía que a otros los tiene con los dientes apretados. El hombre relaja el nervio: a su lado parece que el capita­lismo no se desmoronará jamás. La sonrisa de Stigtliz es breve, de labios finos como vainas que dejan asomar los dientes blancos, odontológicamente perfectos. Mientras escucha, la sonrisa está siempre a punto de soltarse, tem­blando en los labios, pero cuando habla se ensancha y se contrae en un solo movimiento; ese gesto dubitativo que los tímidos muestran cuando parecen recordar una picardía. Stiglitz, que se gana la vida resolviendo compli­cadas fórmulas matemáticas y traduciéndolas para que el resto de los mortales entiendan las leyes que gobiernan los bolsillos es un bromista sutil que oculta lo que ríe. Tiene la voz suave de los astutos.

Joseph Stiglitz ofrece esperanza para los menos favore­cidos en un lenguaje que todos pueden entender. Sus pa­labras taciturnas se reproducen en las naciones emergen­tes y el mundo más pobre. Es un descastado voluntario y, para muchos, un traidor. Su exuberancia no soporta el corsé retórico de los gobiernos y las instituciones, y sus peleas han sido grabadas en la memoria de quienes siguen los chismes de académicos como si fueran fenómenos de las guías de espectáculos. En 1999 el Banco Mundial lo despidió por criticar abiertamente sus políticas. Él, un justiciero de marcadores indelebles, ha declarado apoyar el cobro de un impuesto estilo Robin Hood a las activi­dades de la banca especulativa para aliviar las dificulta­des de los pobres. En 2002 Kenneth Rogoff, ex jefe del departamento de investigaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), le escribió una carta abierta en la que cuestionaba su autopromocionado estilo de lanzador de piedras. Rogoff recordaba una conversación de ambos cuando enseñaban enla Universidadde Princeton, en la que Stiglitz le había preguntado sobre Paul Volcker, ex jefe dela Reserva Federal(FED) durante las presiden­cias de Jimmy Carter y Ronald Reagan. “Ken, tú traba­jaste para él” –le dijo Stiglitz–. “Dime, ¿es realmente listo?”. Rogoff había trabajado para Volcker y creía que había sido el mejor presidente dela FEDen todo el siglo veinte. Stiglitz insistió: “Pero ¿es listo como nosotros?”. Después explicó que con esa pregunta sólo había querido indagar sobre la capacidad de Volcker como teórico, no sobre su inteligencia. Stiglitz también ha declarado que las políticas del Departamento del Tesoro de Esta­dos Unidos son sentencias de muerte y ha sido severo con sus ex colegas del Banco Mundial, a quienes acusó de imponer a las naciones más débiles recetas económicas como si fueran manuales de tormentos. Su blanco preferi­do ha sido el FMI, el financista de los gobiernos con pro­blemas de dinero. Stiglitz lo ha comparado con un hospital donde los enfermos empeoran que contrata estudiantes de tercera categoría en universidades de primera. Un día le preguntaron qué debían hacer los países en desarrollo con los consejos de los técnicos del FMI sobre sus economías.

—Juntarlos y tirarlos a la basura –respondió.

La vida de Joseph Stiglitz es hoy la de una persona­lidad global con una armada de detractores y seguido­res en cada rincón del planeta. Han fracasado las ideas más conservadoras –lo que él llama el fundamentalismo de mercado–, y la heterodoxia de Stiglitz ocupó su espa­cio a la par que nuevas naciones –desde China a Bra­sil, desde India a Sudáfrica– suben como espuma para desafiar a Estados Unidos y Europa. La aburrida y re­servada existencia de los economistas se ha convertido en una asamblea pública en la que el nombre de Joseph Stiglitz crece en los pasillos creando bandos. El Nobel es cándido y humano para tirios y un intolerable arrogante para troyanos. Un ingenuo bienintencionado o un teóri­co puro incapaz de gestionar. Un intelectual insurgente, alborotador y tirabombas o un intelectual insurgente, al­borotador y tirabombas. Amigos como Barry Nalebuff, un colega en Yale que sabe de su trato amable de abuelo tranquilo, no dudan.

—Joe es un perrito hogareño.

Anya Schiffrin, la esposa, asegura que cuando sus pa­dres querían saber quién era ese hombre veinte años ma­yor que ella y con un Nobel en su vitrina, les dijo de Sti­glitz: “Es igual que nosotros, pero buena persona”. Para sus enemigos, en cambio, Joseph Stiglitz, la mascota del hogar, muerde.

Cuando Stigliz propuso reemplazar el dólar como moneda global por una nueva, el eje del planeta se mo­vió, pues los chinos giraron los oídos hacia sus oficinas de Nueva York. Robert Johnson, un economista del Se­nado de Estados Unidos que ha viajado con él, dice que en Asia lo reciben como si fuera un dios. Cuenta que gracias a sus ideas de una economía con los ojos en los pobres, algunas personas en Asia y Sudamérica lo re­conocen en la calle. No hay movimiento anticapitalista que no lo cite –sin saber qué hace– ni presidente sud­americano que no desee fotografiarse con él –sin saber qué es capaz de hacer–. Hugo Chávez tiene sus libros en el Palacio de Miraflores y los exhibe en sus mítines políticos como si fueran un recetario de cocina. Stiglitz puede sentarse a dos mesas distintas con la misma muda de ropa sobre el cuerpo. Allí está el primer ministro de China, Wen Jiabao, influido por todo su trabajo, y allí también el premier británico, Gordon Cameron, quien lo hizo viajar de Sudáfrica a Londres para que lo ayudara a prepararse para una reunión de las naciones más poderosas del mundo. La economía global vive en el mundo al revés, donde el Partido Comunista de Mao celebra a un liberal estadounidense y los conservado­res herederos de Margaret Thatcher piden consejos al rebelde que los azota. Sin proponérselo, Stiglitz ha ata­do a Carlos Marx y a Adam Smith: todas las ideologías quieren tomarse una foto con él. Hay un mundo según Joseph Stiglitz y un mundo para Joseph Stiglitz. Menos, por supuesto, en Estados Unidos.

—El apellido Stiglitz no nos consigue mesa en los res­taurantes de Washington o Nueva York –se ríe su mujer.

En alguna medida, Stiglitz se ha ganado a pulso el re­chazo en Estados Unidos. El presidente Barack Obama ha tratado a Stiligtz con pinzas. Dice escucharlo con atención, y a última hora lo ha invitado a cenar ala Casa Blancacon otros economistas, pero no ha logrado que el Nobel guarde el garrote. Obama nunca le ofreció un puesto en el gabinete pero sí a sus adversarios, y Sti­glitz ha sido especialmente crítico por su fracaso para controlar a los financistas que desataron la crisis y para dotar de músculo a una economía paralizada. La crisis de hoy –piensa Stiglitz– reclama un rol más decidi­do del gobierno, que gaste más dinero para reactivar el crecimiento de los países. Las teorías clásicas dicen que el mercado puede arreglar los problemas por sí solo, sin necesidad del Estado: la “mano invisible” de la oferta y la demanda asigna los recursos con mayor eficiencia. Esta forma de pensar, que Stiglitz califica de fundamen­talismo de mercado, ha dejado a los Estados reducidos a quioscos en los últimos treinta años y ha conducido al tren bala de la economía global hacia un murallón. An­tes de que se desplomaran las economías más poderosas, el Nobel ya había advertido que la “mano invisible” se parecía más a una mano negra. Los estados pequeños han dejado sin regulación los fondos de inversión y per­mitido el alegre dispendio de créditos hipotecarios que ahora son imposibles de pagar. Para Stiglitz el mundo debería aprender a equilibrar un mercado sin trabas ni control del gobierno. Pero quienes no quieren a Stiglitz en Estados Unidos, y son muchos, aseguran que sus ideas son inaplicables por la dimensión de los intereses en juego: el poder puede corregirse a sí mismo, pero como ejercicio de cosmética no con cirugía integral. Las primeras medidas después de la crisis no ayudan al Nobel: las corporaciones se salen con la suya, el Estado termina rescatándolas y pierde. Stiglitz gana en la tri­buna, pero no en el campo de juego.

***

Los primeros dos premios Nobel de Economía del si­glo XXI nacieron en el mismo lugar, Gary, Indiana, una ciudad industrial del medio oeste americano, a unos cuarenta kilómetros al sur de Chicago. Stiglitz creció en el ambiente donde los Estados Unidos de posguerra creían que el sueño americano era una casa, un auto, mil millones de cachivaches y un empleo a perpetuidad. Tolstoi llamó a pintar la aldea propia para descubrir lo que sostiene al mundo. Gary fue el mundo tosltoiano de Stiglitz. En su autobiografía cuenta que fue en esa ciudad donde los inviernos congelan el pensamiento que aprendió a preocuparse por quienes la pasan peor. Fundada a principios del siglo XX alrededor dela US Steel, una de las mayores corporaciones siderúrgicas de Estados Unidos, Gary creció rápidamente hasta dejar la llanura pinchada de chimeneas y cuadriculada por tu­berías, cables de alta tensión y autopistas que producían dinero. Pero esa pintura ideal de su aldea se revelaba distinta al levantar la alfombra: debajo de Gary corría un tajo con pus de la historia norteamericana. Los me­jores trabajos eran para los blancos. Stiglitz creció ro­deado por una fauna metalúrgica de obreros sometidos a empleos sulfurosos y empresarios que engordaban sus cuentas de dólares con el mismo afán con que llenaban sus bocas de espíritu patriótico. Una de las imágenes más viajadas dela Chinamás moderna muestra a cada ciudad industrial, desde la septentrional Guangzhou a la norteña Shenyang, hundida en un flan de hollín. En los años ochenta, antes de que ser verde estuviera tam­bién de moda entre los economistas, Stiglitz ya cono­cía esa postal. Parida por un horno de fundición, Gary respiraba nubarrones de plomo, y cuando no era una magnífica aurora boreal de polución eran las lenguas de fuego de la cama de petróleo y químicos sobre las aguas del Calumet River las que iluminaban la ciudad. El Nobel insurgente supo desde muy temprano que el progreso puede ser tóxico e intragable.

—¿Tuvo que luchar viniendo de allí? –le pregunto en el aire acondicionado de The Fairmont.

Suena el teléfono y Stiglitz se disculpa un segundo. Va hasta el bolsillo del saco y extrae un Motorola Razor des­pintado. Se resiste a comprar un teléfono más actual por sentido práctico: no tiene idea de cómo recuperar men­sajes de un contestador y pierde los aparatos con dema­siada frecuencia. Stiglitz tiene un iPad cuyos mecanismos desconoce, y en su oficina, donde conserva un teléfono de tubo inservible, la pantalla y el teclado de su compu­tadora Dell compiten para obtener primero la jubilación.

—No –dice cuando regresa de la llamada telefóni­ca–. Yo tuve suerte.

La suerte, en la vida de Stiglitz, asume tres formas. Sus padres, que lo impulsaron a estudiar y le dieron una buena vida. La escuela pública de Gary, que segre­gaba por raza pero reunía a los hijos de inmigrantes sin preguntar si sus padres fundían acero o atendían una consulta médica privada. Y sus maestros, gente de un magisterio en una época en que dedicaban tiempo per­sonal a sus estudiantes. Stiglitz se crió en una familia de clase media interesada por la política y gustosa de la conversación. Su madre, una maestra de inglés afiliada al Partido Demócrata, y el padre, un vendedor de segu­ros, lo formaron en la escuela del compromiso personal y la autoconfianza. A los diecisiete años, cuando salió de Gary, Stiglitz se dio con un supermercado de ideas liberales en el Amherst College de Massachussets. Allí se convirtió en el hombre que es ahora. Fue una estre­lla del club de debates, donde aprendió un esgrima de verbos ácidos y argumentos. Sus maestros le enseñaron el método socrático y él organizó su vida para respon­der preguntas con nuevas preguntas. Si el joven huma­nista creció rodeado de metales, el economista adulto germinó en un jardín de profesores de ideas clásicas. Allí recibió dos de sus principales influencias: las ideas de John Maynard Keynes, el gran teórico moderno que creía que el Estado debía intervenir en la economía para corregir los desequilibrios generados por los pri­vados, y de Robert Solow, un genio que construía mo­delos econométricos como quien hornea pasteles cada fin de semana. En su autobiografía, Stiglitz escribió que debía haber algo en el aire de Gary –además de polución– que orientaba a sus habitantes a la economía: Paul Samuelson, uno de los primeros economistas en adoptar las ideas de Keynes a la práctica política y el Nobel que lo precedió, era, como Stiglitz, nativo de la ciudad. Pero la mundana singularidad de Gary es toda­vía mayor. Cuando Stiglitz era un adolescente de quin­ce años, en un hospital de la ciudad se escucharon los primeros berridos del octavo hijo de Katherine Scruse y un obrero metalúrgico de los barrios pobres. El chico se llamó Michael Jackson y dejó ese pueblo para ser el Rey del Pop. Con su particular sentido del tiempo, Stiglitz también es un rock star.

Unas mil quinientas invitaciones para hablar en con­ferencias en todo el mundo llegan cada año a la oficina del profesor Joseph Stiglitz en el octavo piso del edifi­cio Uris Hall, la sede de Columbia Business School, en Nueva York. Cuando la economía del mundo empieza a toser, los teléfonos de su oficina y su casa suenan his­téricos por el asalto de la prensa internacional en busca de sus recetas de botica. En los últimos diez años, Stiglitz ha acumulado tantas millas de vuelo como para dar la vuelta al mundo varias veces. Solo quince días después de su estancia en The Fairmont, visitaría An­gola, Egipto y Grecia. Como parecía sobrarle el tiempo, escribió entre un país y otros dos ensayos sobre la crisis de Occidente para Project Syndicate y sobre el desmoronamiento europeo para The New York Times. En me­dio, viajó a España. En Madrid, Stiglitz suele visitar a la familia de su mujer, Anya Schiffrin, nieta de un general republicano exiliado. La rutina incluye salir de paseo por la Plaza Mayora beber una horchata y detenerse en el Café Gijón a comer churros. Pero esta vez Stiglitz cambió de ruta y se apareció a dar un discurso calleje­ro por el Parque del Retiro, donde se reunió con una fracción de los Indignados, el gran movimiento juvenil que levanta campamentos para exigir más democracia y menos atención a los intereses de los grupos de poder, tal como Stiglitz demanda en su libro Cómo hacer que funcione la globalización. Su aparición en la calle sorprendió a algunos de los jóvenes, pero la improvisa­ción es parte del protocolo de Stiglitz. Horas antes unos asistentes a su conferencia en el Palacio de El Escorial de Madrid se acercaron a invitarlo. Un rato después, un Stiglitz, en pantalones caquis y tenis, continuaba su revuelta personal en el Retiro, un antiguo parque de se­ñores y reyes que esa tarde andaba alborotado por mu­chachos en chancletas sentados en el césped quemado por el sol del verano.

—Joe es una de las pocas personas en el mundo que podría ser excusada de comportarse como una prima donna –dice por correo electrónico Ha-Joon Chang, un profesor de la Universidadde Cambridge que prolo­gó sus ensayos de El Rebelde Interior–. Y lo es, pero jamás actúa como tal.

En el parque El Retiro, Stiglitz, quien cree que el capitalismo de este siglo será conducido por las perso­nas y no por las corporaciones, tomó un megáfono con la misma naturalidad que utiliza en el podio del Foro Económico Mundial que reúne a los empresarios y pre­sidentes más poderosos del planeta. Stiglitz repitió su discurso habitual que reclama por un Estado regulador y convocó a la solidaridad frente al sálvese quien pueda de las ideas conservadoras.

—No se pueden reemplazar malas ideas por “no-ideas” –dijo al final–, sino por ideas mejores.

Fue una frase común e intrascendente en un discur­so sin nada del énfasis teatral de los políticos. Pero fue efectiva. Los Indignados aplaudieron y teclearon en sus teléfonos celulares con furia. Unas horas después la no­ticia ya estaba en su biografía de Wikipedia, y Twitter, YouTube y Facebook contagiaban los videos de los ce­lulares a todo el mundo. Stiglitz, el rockstar de los eco­nomistas pop, lo había hecho otra vez.

Hasta hace unas décadas, los economistas teóricos eran señores de traje y corbata pasados de moda que se peinaban para atrás y envejecían en los departamen­tos de estudios de las universidades. Hoy el Nobel Paul Krugman da cátedra a amas de casa y jubilados desde uno de los blogs de The New York Times y Nouriel Rou­bini, quien predijo la crisis de las hipotecas tóxicas que desataron el colapso global, es invitado al programa de humor Saturday Night Live. ¿Por qué habría de sor­prender que la economía haya ido del libro de texto a la televisión si un grupo de estudiantes de Física son las estrellas de una serie de TV como The Big Bang Theory y la biopic del fundador de Facebook es candidata al Os­car? El siglo XXI ha hecho carne la película La vengan­za de los nerds: la tecnología y la educación amplia­rán más la brecha entre quienes tienen conocimiento y quienes solo tienen manos para trabajar. Algo de eso está en los estudios por los que Stiglitz obtuvo el Nobel en coautoría. Su teoría de las asimetrías informativas es una idea tan obvia que parecía raro que nadie la hubie­ra visto antes. Una explicación simple es ésta: en toda relación hay alguien que sabe más que otro, y eso genera desequilibrios de poder y oportunidades. La teoría de Stiglitz, que puede aplicarse a todo tipo de relación, desde una transacción de negocios hasta los noviazgos, refuta la idea de los economistas clásicos, que asumen que todos los tomadores de decisiones tienen informa­ción perfecta. La última crisis financiera comprueba sus ideas: los banqueros ofrecían hipotecas a gente poco informada; Wall Street maquillaba su riesgo y vendía las deudas entre especuladores ávidos de ganancias rápi­das. La burbuja se infló hasta que explotó y, como no había regulaciones, las ganancias quedaron en manos de privados y los costos fueron absorbidos por los go­biernos, algo que habían advertido Stiglitz y otros nerds. Un nerd como Stiglitz, que ha dedicado su existencia al cálculo aritmético y no tiene interés por asuntos tan humanos como los deportes o la ficción, puede explicar la vida de la sociedad moderna, su pasado y los días por venir. La nueva especie dominante escribe el mundo con lentes de aumento.

***

Joseph Stiglitz ha aprendido a vivir con la fama como si no fuera él a quien le toca. En The Fairmont, mientras acaba con los bocadillos, un vecino de otra sala mira a Stiglitz con fijación, mientras se rasca la barbilla. Va, viene y se peina el cabello, uno de esos gestos usua­les de quien no se decide a interrumpir. El merodeo dura unos diez minutos, hasta que el desconocido se desanima y el Nobel parece no notarlo. Está hablando de sus problemas con el tiempo. Stiglitz, un economista neoclásico, es el mejor vendedor de la economía pop. En su más reciente viaje a China, uno de los vicepresi­dentes del Congreso Nacional del Pueblo se le presentó con una de sus primeras publicaciones en la mano. La había leído quince años atrás, cuando no era más que un economista de nivel medio. Era una edición en papel económico y tenía las páginas amarillentas y curvadas, y estaba subrayada y escrita en los márgenes.

—Fue conmovedor –dice de repente, y parpadea rá­pido; sonríe otra vez, y se disculpa por salir.

Estos días, millones de copias de sus dos docenas de libros recorren el mundo. Stiglitz ha tenido la ha­bilidad de convertir en bestsellers temas de aridez de­sértica, como la macroeconomía, las regulaciones fi­nancieras y el comercio internacional o la propiedad intelectual y las privatizaciones. Para El malestar en la globalización se sentó a escribir varios meses du­rante jornadas de siete o más horas, de las que emer­gía con los ojos rojos. Su mujer, una ex redactora de finanzas, es también su consejera y editora. Llegó a corregirle doce borradores. Anya Schiffrin dice que fue agobiante, pero ese libro llevó a su marido a otro nivel de popularidad y justo a tiempo, pues, cuando el mundo explotaba con la crisis, Stiglitz se convertía en protagonista de una película: la suya.

Jacques Sarasin fue trabajador humanitario en África, circunstancial emprendedor en Argentina y vendedor de botes en su Suiza natal hasta que un día decidió con­vertirse en cineasta. Sarasin leyó El malestar en la globalización, llamó al Nobel, lo invitó a ver una pelí­cula, fueron a cenar y, a la vuelta de una larga conver­sación, lo convenció de hacer Alrededor del mundo con Joseph Stiglitz. El filme repara en los fracasos y desafíos de la globalización para hacer al mundo más rico –o menos pobre– y se grabó en Estados Unidos, Ecuador, India, China y Botswana. En los primeros fotogramas, Stiglitz llega a Gary en un tren plateado y baja del vagón en un andén de deprimente concre­to gris. Una estación vacía, viejas pipas echando humo blanco, la congestión de cemento y hierro hecha fábri­ca bajo una telaraña de cables de electricidad. El tren de Stiglitz deja la estación y la sirena de una patrulla se despega del sonido de fondo: Gary es una ciudad que boquea como un pez sin agua, un cementerio de óxi­do, un escombro en el derrumbe de Estados Unidos. En un momento, Stiglitz visita al alcalde del pueblo, Rudy Clay. El experto en globalización quiere saber cómo la globalización afectó a Gary y de qué modo respondió la ciudad. Clay viste un delicado terno gris, una camisa blanca y corbata color uva para recibir al hijo pródigo de la que hoy parece una ciudad fantasma. Stiglitz lleva también traje, pero el suyo es negro, como si asistiera a un velorio. Con tono pausado, Clay explica que se ha reunido treinta veces con inversores de China para convencerlos de montar en Gary las líneas de ensam­blaje de los productos que fabrican en Oriente. Es una fotografía triste. Gary, cuando ascendía hacia las estrellas, fue llamada La ciudad del siglo. Hoy la ciudad natal de Stiglitz ruega clemencia al mundo.

—Eso es lo opuesto de lo que debiera estar pasando –dice Stiglitz al alcalde, que buscaba una ayuda y en­contró sarcasmo.

Las entrevistas para la película sumaron seis horas y me­dia de grabación entre Estados Unidos y China, y un Sti­glitz entusiasta nunca perdió el tiempo en mirar su reloj.

—Joe quiere que lo entiendas y se toma el tiempo para explicar –dice Sarasin a través del ojo de Skype–. Te hace sentir que eres importante, no un estúpido.

Las crisis son momentos para profetas, y Stiglitz tie­ne feligresía. El mundo ha perdido la brújula, y él es de los pocos economistas con fondo para arriesgar un trata­miento a los desequilibrios entre quienes saben y no sa­ben, tienen y no tienen. Su mérito es más que paradójico: puede criticar el discurso único dominante porque parti­cipó en las organizaciones que lo inocularon. Compartió el nido de las serpientes y, cuando se revolvió contra ellas a denunciar el veneno, las multitudes lo abrazaron. Quie­nes lo odian le gritarían traidor. Quienes lo aman, aliado.

—La globalización abrió oportunidades para encontrar nueva gente a la que explotar su ignorancia –dijo él, una vez, a Newsweek–. Y la encontramos.

Stiglitz admite que podría haber empezado a tirar de la fra­zada mucho antes para descubrir al FMI y al Banco Mundial, y que los abusos de las grandes empresas y gobiernos han llegado demasiado lejos. Pero es un profesor, no un político en busca de votos, y recién habló cuando las evidencias fueron irrefu­tables, como cuando el FMI y el gobierno de Estados Unidos recomendaban a las naciones asiáticas enfrentar su crisis de fin de siglo recortando gastos. Ahora ha adoptado una costumbre muy temprano, a la hora del desayuno: buscar las bombas de tiempo que esconde la economía mundial en las páginas de fi­nanzas de The Wall Street Journal, Financial Times y The New York Times y en las columnas escritas por Paul Krugman y Martin Wolf, otros dos viudos de Keynes que piden al go­bierno de Estados Unidos que salve al país gastando dinero mientras los conservadores proponen serruchar las patas de las camillas de los hospitales para ahorrar.

—Joe lee y dice: “Esto va a ser un problema” –cuenta su esposa, relajada en el sofá del President’s Club de The Fairmont–. Y acaba siendo un problema.
—¿Así de simple?
—Así de simple –sentencia Schiffrin–. Joe sabe cómo funciona el mundo.

Entender al mundo es una buena razón para excu­sar demoras.

Joseph Stiglitz comienza el día temprano: a las siete y media baja de su departamento con vista al río Hudson en el Upper West Side, en Manhattan, a una cuadra de la iglesia de Saint Paul & Saint Andrew y a unos minutos a pie del Museo de Historia Natural, y camina un buen rato por Central Park. Regresa a la casa por un café, que marea durante cuarenta y cinco minutos mientras desanda los periódicos, y allí agota la mañana escribiendo, sentado en el sillón con las iniciales «J.S.» que se llevó del Banco Mundial, rodeado de libros y papeles. Por la tarde, asiste a reuniones y, si le corresponde, da clases en la Universidadde Columbia. La noche es para una cena con su mujer o con amigos si es fin de semana. Antes de dormir, leerá y conversará otro tanto. Dejará sus gafas sobre la mesa de noche, junto a la pila de libros y las vitaminas. Stiglitz abo­rrece la televisión: al economista pop le parece una pérdi­da de tiempo, pero sí ve en DVD 30 Rock la serie donde la cadena de TV NBC está patas arriba y en manos de Jack Donaghy, el director ejecutivo protagonizado por el actor Alec Baldwin, un hipócrita adorable que añora a Ronald Reagan y esclaviza al personal para ocultar que en realidad es sensible. En 30 Rock, el personaje preferido de Stiglitz es el pasante multiuso Kenneth Parcel, un chico ingenuo y amable hasta el abuso. El pasante es hijo de un granjero que cría cerdos en un pueblito de Georgia y tiene una ab­negación de misionero. En un episodio, su jefe lo encierra en un elevador con nueve personas, le informa que sólo hay aire para ocho y el bueno de Parcel se ofrece a volar­se la cabeza de un disparo. Es un voluntario al sacrificio ante el problema básico del que se ocupala Economía: la escasez de recursos. En otro episodio de la serie favorita de Stiglitz, un sacerdote le pregunta a Donaghy si tiene fe.

—Por supuesto; tengo fe en cosas que pueda ver y comprar y desregular –dice el personaje dela NBC–. Mi religión es el capitalismo.

Stiglitz se ríe de las devociones de los conservadores.

Annya Schiffrin sugiere que, cuando su marido se con­centra, se separa del mundo. El economista no deja de hacer una tarea hasta que la concluye, y en la red de la concentración pierde la noción del tiempo. Cuando co­menzó a estudiar en el Massachusetts Institute of Tech­nology, se convirtió en la estrella de la camada de doc­tores en Economía de su año encerrándose a estudiar y dormir en la oficina. Schiffrin insinúa que el Nobel tiene más parecido con un dinka del África que con un ha­bitante de Kansas City. Los dinkas son una etnia de la cuenca del Nilo que vive de criar ganado: un dinka toma sus vacas y las lleva a pastorear en los campos ribereños, se sienta a esperar hasta que los animales terminan de comer y no hace nada más. Recién comenzará algo nue­vo después de regresarlos a los corrales. Schiffrin dice que esa misma dedicación es evidente en su marido, los primos de su marido, los hijos y los nietos de su marido. Stiglitz viene de una tribu cerebral que agota las horas sin dar una respuesta por definitiva. Cuando piensa, el profesor que llega tarde es un velocista que pulveriza cronómetros y agota al tiempo por extenuación.

—Joe puede ser el máximo ejemplo de –profesor dis­traído–. En una discusión, él ya ha resuelto lo que otros tratan de entender –dice Ha-Joon Chang, el economis­ta de Cambridge–. Se traslada a un argumento similar, resuelve ese, y está pensando en el siguiente paso lógico, así que cuando expresa sus pensamientos los demás qui­zás no entiendan de qué está hablando.

Después de estudiar en el MIT, Stiglitz siguió con­centrado en pasarse las luces rojas de los formalismos y tomando todas las verdes del éxito académico. En las dos décadas siguientes cubrió posiciones en Cam­bridge, Yale, Oxford, Stanford y Princeton, la crema de la academia. Sus largas tardes y noches dedicadas a macerar ideas le pusieron en el pecho la medalla John Bates Clarke, que todavía hoy se entrega cada año al economista joven más influyente de Estados Unidos. Stiglitz tenía entonces treinta y cuatro años, y, a la par que no perdía el tiempo, construía el mito que asegura que él no es una persona común. Mientras sus colegas cuidan sus formas, él se pasea sin zapa­tos por su oficina, usa las mismas camisas celestes o blancas y los mismos pantalones caquis. Sus pelos se despeinan por nada y puede pasarse el día en reunio­nes con VIP sin notar que los cristales de sus anteojos de aumento están sucios de sebo.

A Stiglitz lo domina el afán de conocer, y para saber es preciso tiempo: perderlo hoy para ganarlo luego. Stiglitz ha estudiado y estudia mucho: él mismo es la premisa de su teoría de la información asimétrica que gana por acumulación de poder y acceso. Tiene reu­niones de largo aliento para discutir nuevos modelos y teorías. Conversador nato, sus charlas de sobreme­sa pueden romper un récord y sus reuniones de me­dia hora en la universidad nunca duran media hora. Stiglitz llega tarde para adelantarse al futuro. En su universo, la importancia de las cosas no está determi­nada por el reloj. Para saber arreglar la economía, en la que el tiempo es uno de los bienes más escasos y complejos de administrar, Stiglitz ha debido apren­der a perderlo. Le ha robado horas con impunidad a la trivialidad del calendario para entender los meca­nismos que mueven al poder y encontrarles una so­lución. Llegar tarde es su modo de estar a tiempo, de ser el hombre indicado en el momento correcto.

Ahora, en The Fairmont, Stiglitz come sus últimas uvas cuando su mujer regresa de hacer llamadas de un pasillo del President’s Club. No hay tiempo para más. Una mesa los espera en Ris, un restaurante de autor en Washington DC, muy cerca del hotel, luego debe descansar. Schiffrin lo apura. Stiglitz se disculpa con la mirada. Mañana espera otro viaje, otra batalla por el mundo por el que Joseph Stiglitz va a seguir perdiendo el tiempo. Stiglitz se embucha una última uva. De salida, dice ser optimista, muy a pesar de la crisis. En su mente, el capitalismo del siglo XXI va a ser más democrático, pero las naciones que deseen crecer deben educarse más y tomar decisiones por sí mismas. Volverse adultos es un asunto que siempre excede al tiempo. Stiglitz toma su saco y Schiffrin le cuenta que, de regreso a la sala, se había cruzado con Jack McBryer, el actor que interpreta al pusilánime Kenneth Parcel en 30 Rock. El actor esperaba a alguien frente al escritorio de la concierge del President’s Club. Schifrrin dice que McBryer es idéntico –idén­tico– a su personaje. Stiglitz festeja el hallazgo, ríe y se acomoda los pantalones.

—¿Le dijiste que somos sus fans? –le pregunta.

1.

No tienen más de nueve años. Rubios, cabellos cortados a la taza, shorts y chanclas. Los dientes como puertas, la flacura de un lápiz.

Pasan a la carrera pero alcanzo a verles las camisetas estampadas. Mamá los jala por un pasillo de cemento que lleva hasta un pequeño bosque en el Glenn Chamberlin Park. Es mediodía y el sol lanza balazos de 40 grados sobre nuestras cabezas. Pero lo que aprieta a Mamá y los hermanos es el hambre.

Casi corren hacia una doble hilera de carros blancos que venden hot dogs, Coca-colas, hamburguesas, pretzels y 60 variedades de chips. Cuando se acomodan en la fila yo ya estoy allí, poniendo mi mejor cara y pidiéndole que me autorice a tomar una foto de los críos. La mujer me escanea rápido. Lo que la convence es la credencial lila sobre mi pecho. MEDIA, grita en Arial 16.

Mamá se relaja, dice sí, dice rápido, que deben comer, y dice pero una no, mejor dos.

Serán media docena. Los hermanos frente a frente. Espalda contra espalda. Apuntando a la lente con el índice. El rostro al cielo. El pequeño que abraza al mayor. El mayor al pequeño. En todas se ve la inscripción de las camisetas: I’m the original. He’s the clone.

—Bien entrenados, ¿verdad? —dice Mamá, sonrisa blanquísima.

Aquí no es extraño que los niños estén acostumbrados a las cámaras. Esto es Twinsburg, Ohio, y hoy comienza el Twins Days, un festival de gemelos donde lo más raro es que no te pidan fotos o que tú las saques. Y que estés solo, como yo.

2.

Para llegar hasta esta legión de humanos con fotocopia debí volar una hora desde Washington, D.C., alquilar un auto en Cleveland y conducir hasta un pueblo de paso. Twinsburg tiene 15.000 habitantes y cabe en los nueve kilómetros de una recta llamada Ravenna Road, sobre cuyas calzadas, hechas de jardines de un verde británico, se alinean perfectos caserones de madera. Aquí viven soccer moms y papás profesionales que trabajan en Cleveland, media hora y 30 millas al norte por la cinta gris de la ruta I-480. En la mayoría de las casas hay una bandera americana y dos autos.

En general, casi todo reluce. Pero nadie lo ve pues no hay gente en las calles. Es curioso: las veredas son anchas —dos metros de cemento liso— y en los patios hay espacio para montar dos guarderías por casa. Pero no hay niños jugando ni vecinos conversando.

La gente está, por supuesto, pero no donde yo busco. True Value, el principal supermercado, tiene el estacionamiento lleno. El McDonald’s frente al Hawthorne Valley Mall —un bloque color arena grande como dos estadios en un playón de cemento grande como otro estadio más—trabaja a destajo. Patio Furniture está liquidando sus árboles y plantas de estación al 50% de su valor: lleno también.

Pero en las calles, nadie.

En realidad, debo corregirme otra vez: los pasillos interiores del Glenn Chamberlin Park están colmados de individuos. O quizá debiera decir individuos dobles. Pero allí es otro mundo. Llamémosle Gemelandia.

3.

Nadie en Ohio presta demasiada atención a Twinsburg, que vive la mayor parte del año de sus parques industriales, hasta que llegan el primer viernes, sábado y domingo de agosto. El Twins Days Festival es el mayor evento de Twinsburg por la muy básica razón de que hay pueblos que tienen escrito el destino en el ADN. Twinsburg fue fundado en 1817 por los gemelos idénticos Moses y Aaron Wilcox. Los Wilcox hacían negocios juntos, vestían igual, se casaron con hermanas, tuvieron el mismo número de hijos. Como debía ser, contrajeron la misma enfermedad, murieron el mismo día y están enterrados en la misma tumba. Por esa dualidad irrompible, cada año Twinsburg se convierte en el mundo imaginario de Gemelandia.

Desde 1976, gemelos, mellizos, triples y cuádruples de medio mundo se reúnen aquí para el Twins Days, una asamblea que nada más se propone reunir en un mismo lugar a los que afuera son demasiado diferentes por ser iguales. El Twins Days es el primer y más grande encuentro de gemelos del mundo, jamás igualado por sus sucedáneos de Italia, Australia, Francia, Japón, Canadá o China.

Todo Twinsburg se vuelca a hacer la corte a los visitantes. Dos mil vecinos se emplean de voluntarios. Los cuatro hoteles quedan no vacancy. Las cadenas de comida rápida pueden tardar horas para entregar una pizza. La única licorera sobre Ravenna Road y las dos gasolineras se forran.

Del viernes 6 al domingo 8 de agosto, una buena porción de las 1728 parejas registradas cumplió con la consigna de homenajear al Viejo Oeste vistiendo como vaqueros, apaches, Ben Cartwright y bailarinas de saloon. La mayoría de los visitantes viene de la costa este de Estados Unidos. La crisis ha restado visitantes internacionales al Festival pero igual se han registrado gemelos de Vietnam, las Islas Salomón, Rusia y otra media docena de naciones. Todos marcan su procedencia en un planisferio gigante al lado de las boleterías. Nada más Perú aparece con un pincho al sur del Río Grande. Los ocho bromistas que dicen venir de la Antártica no cuentan.

4.

La inauguración del Festival es el viernes, en los predios de la Twinsburg High School, pero las celebraciones ya comenzaron el jueves en los hoteles. Hay bailes, karaoke y una primera reducción de los inventarios de alcohol del pueblo. Este es el momento en el que los cazadores de amor planean sus movimientos. La mayoría, dicen, acaba en nada.

En la mañana del viernes los gemelos se dedican a tapar agujeros: es el torneo de golf en el Gleneagles Golf Course, un campo odioso, donde 11 de los 18 hoyos tienen trampas de agua y hay 20 búnkeres de arena. Pero los jugadores están entusiasmados: es el primer día, el pasto es bueno, la humedad perfecta.

A la tarde, niños y adultos participan del Corn Hole Tournament. El Corn Hole es un juego sencillo. Se trata de lanzar pequeñas bolsas de maíz dentro de una caja con un agujero. El que acierta al hoyo suma tres puntos, el que queda en los bordes, uno. Gana quien llega a 21. Entre los gemelos parece despertar una seria pasión. Está dispuesto que el torneo dure seis horas y media, hasta las 9:30 de la noche.

En el gimnasio de la escuela hay karaoke y fiesta con un DJ. Durante la reunión anuncian que dos adolescentes de Illinois, Spencer y Skyler Nick, han sido elegidos los reyes del Twins Days Festival 2010. Los hermanos —cuerpos de oso, mejillas de un rubí intenso— no tienen más atributo que una simpatía contagiosa. Quizás eso sea suficiente para destacar aquí.

5.

Todos se preparan durante 362 días del año para que la ficción de Gemelandia —todos somos iguales y estar juntos nos pone felices— se agote en un fin de semana. Mientras la ilusión dura, nada hace diferente al Twins Days de una convención anual de ejecutivos de Met Life en Punta Cana o un té-canasta de vendedoras de Tupperware en Pasto.

Aquí y por tres días es posible simular que no hay otro mundo al que dobles, triples y cuádruples puedan pertenecer con mayor comodidad que Twinsburg/Gemelandia.

—Afuera es muy distinto —dice Candice Warthy, morena, pechos como balones, pelo de muñeca y voz de barítono—. Allá somos los freaks, todos tienen preguntas. Que si vistes igual, que si piensas distinto, si compartes novios. Aquí no.

—Aquí encajamos, cariño —dice Camille, su copia/original, chupando un lollipop, y me pregunta si no quiero tomarles una foto.

6.

El programa anuncia que el sábado comienza con un desfile. Suena interesante.

No lo es. Desfile es una palabra grande. Mejor sería decirle caminata: 800 metros por Ravenna Road, desde la plaza del pueblo hasta la escuela. Los vecinos acompañan. Muchos saludan y la gran mayoría sonríe al paso de los hermanos.

Entre los vestidos y disfraces duplicados, algo atrae mi ojo. En medio del grupo vienen dos muchachotes de poco menos de dos metros vestidos con colores que reconozco de inmediato. La camiseta de San Lorenzo de Almagro.

Quizás esto se ponga interesante, después de todo.

7.

El sábado es el día central de los Twins Days y las atracciones son el concurso de talentos y la competencia de gemelos. En la carpa central están planificados 35 shows de cinco minutos de duración. Tomará toda la tarde, entre la 1:00 y las 5:00 p.m. La lista de participantes incluye 23 duetos, seis grupos de bailarines, cuatro gemelas que harán destrezas con sogas y lazos, y los hermanos Gerald y Lawrence Lorkowski, mimos.

Abren el show Jerry y John Starrett junto a Jodie y Jamie Qualkinbush. El cuarteto de gemelos va a cantar The Star-Spangled Banner.

8.

Bajo los árboles, el sol es menos rencoroso. Un grupo de curiosos rodea a dos hombres de pelo blanco con aire de rockers. Alguna vez, hace mucho, Larry y David Demone trabajaron en la construcción y en un buque-tanque petrolero. Jubilados, su vida es conducir el motorhome por montañas y bosques registrando la salud de las águilas calvas como miembros de la American Eagle Foundation.

Los Demone —canas hasta los hombros, gafas de aviador, las facciones afiladas del Corto Maltés y la estampa y risa liviana de un surfer— vienen al Festival desde 1998. Todos quieren fotos con ellos, y ellos acceden sin aturdimiento. Apenas los voyeurs se alistan, uno mira a cámara sonriendo y el otro al horizonte, sin un gesto. No sé cuál hace qué, pero, vistos en conjunto, dan un cuadro trascendente. Como si fueran primos de Lou Reed: gastados, pero dignos. La melancolía y la ausencia en las arrugas de los ojos.

Le pregunto a David qué hace distinto a alguien que es igual a otro. Lo hago aún consciente de que los Twins Days no cuajan con filosofía fast food y que esa identidad es ficticia —la psicología lo sabe y la ciencia acaba de notar que los ADN idénticos no significan iguales. Larry, que por supuesto escucha/intuye/anticipa mi pregunta, mira a su hermano. Sonríe con picardía.

—Bueno, hijo —dice David rascándose la cabeza—, yo diría que realmente eres único si te puedes coger a ti mismo.

Es mi culpa. Yo amartillé el arma.

9.

En otro lado las hermanas Starla y Darla English, dos rubias vaqueras con cintura de Betty Boop y minifaldas de cuero negro, generan aglomeraciones en el pasillo central. Frente a ellas, en este momento, hay cinco Nikon Coolpix, videocámaras Flip, alguna antigua videograbadora de casete, un par de Powershots.

Shoot me, sugieren, y dan un paso a la derecha y otro a la izquierda, apuntando con los ojos a cada cámara para que nadie se quede sin su registro.

El asunto no es estar en todas las fotos sino en ser la mejor de cada sesión. Hay que estar en el cuerpo de estas gentes. Ser diferente en medio de la normalidad e igualitarismo de Gemelandia entraña un esforzado ejercicio de significación. Se ve en las camisetas:

Soy tan genial que mis padres hicieron dos copias para acaparar el mercado.

Deja de mirarme tanto. Ella también es bonita.

Te quiero para mí si adivinas cuál de las dos soy.

Esos eslóganes provocarían sonrisas en cualquier calle. Pero en Twinsburg su efectividad no es —oh— idéntica. El recurso de la frase original y catchy se reitera tanto que lo que estaba destinado a marcar diferencia acaba anulado.

Léalo lento: tanto empeño ponen los iguales por ser distintos entre los suyos, que acaban indiferenciados. Cuando ya nadie mira a nadie, el shooting es mecánico e interminable.

10.

Los domingos son huecos. No importa el lugar.

Hoy las familias con niños pequeños se reparten bajo los árboles del parque y dominan los concursos de talento, que han acumulado una docena de horas desde el viernes. Los más jóvenes han desaparecido. Anoche hubo fiesta larga. Hoy solo sacan fotos los jubilados.

Y yo: he dado con Derek y Brian Berezonsky, nacidos en New York de madre argentina. Eran ellos, ayer, los que portaban los colores de San Lorenzo, pero hoy les brotó la patria. Visten la camiseta celeste y blanca. Los niños se les abalanzan.

—¡Messi, Messi, Messi!

—Spain!

Los Berezonsky han tomado el pasillo a los gritos. Les propongo una foto y un video y empiezan a saltar. Se quitan las camisetas y hacen el helicóptero. Arremeten con el clásico de tribuna volveremo-volveremo en un español repleto de shos y shuvia de un acento atravesado. No les falta voluntad.

Una señora gorda echa a los brazos de los muchachos a sus gemelas adolescentes, tímidas como flores. Los hermanos abrazan y sonríen, pero no parecen entusiasmados.

Anoche, Brian perdió una oportunidad única. Le gustaba una gemela de Kentucky. La vio en la fiesta del hotel.

—Sho le enseñé a bailar un poco de tango, pero no pasó nada —dice ahora, un tanto desesperanzado—. Se fue con un mexicano.

El mexicano es uno de los hermanos Peralta, Miguel Ángel y Marco Antonio. Los Peralta son los lovers. Han gastado los días jugando al voley con el torso desnudo y sacándose fotos con cuanta mujer cruce. Bajitos y fibrosos, con un six-pack dibujado y los antebrazos haciendo pop, los Peralta manejan en la Florida OneMiami Paradise, una compañía de propiedad raíz. En las fotos de su sitio posan como para un casting de telenovela venezolana.

Ahora, cuando el sol empieza a dejar tranquilo al domingo, tienen tomadas por la cintura a Lauren y Allison Knight, dos pelirrojas de Ontario, Canadá. Ayer en la tarde fueron por las vaqueras Betty Boop.

Lauren mira a Miguel Ángel como si fuera una loba y él el cuarto trasero de un reno. Sonríe. Se le hincha el pecho. Les tomo una foto y los dejo quererse.

12.

Aprovecho para visitar a los científicos.

Los gemelos son cobayos humanos, ofrecen la posibilidad de estimar cómo la interacción de los genes y el ambiente se relaciona con enfermedades y comportamientos. Céteris páribus, la menor variación entre idénticos es significativa.

Por eso los gemelos le han puesto el cuerpo al estudio sobre el miedo, el reuma, el impacto de las guerras. La ansiedad, la vejez, la diabetes. Los más diversos tipos de cáncer. La esclerosis múltiple. El lupus y la pérdida del pelo.

Por eso desde hace algunos años Twinsburg ha empezado a atraer a los científicos como una pastelería a un goloso. Es una cuestión de escala: dos días de trabajo aquí equivalen a 12 meses de recolección de datos por todo Estados Unidos.

El laboratorio al aire libre tiene al Mount Sinai Hospital, el Instituto Nacional de Salud (INS), University Hospital (UH) de Ohio y otros investigadores repartidos en 13 tiendas y dos tráileres. Procter & Gamble y UH estudian cómo la historia personal y los genes afectan el cuidado de la piel y el envejecimiento y el INS hace tests de audición y DNA a niños de seis a once años para buscar soluciones a la sordera.

Los científicos tienen prohibido abordar a las personas, pero el tráfico de voluntarios no ha sido ningún problema. Uno de los puestos más concurridos está al fondo. Es un set de TV equipado con una cámara RED HD y otras cinco de fotografía dispuestas en semicírculo alrededor de una banqueta. Ya se han sentado allí 250 parejas de gemelos.

El set es parte de un estudio biométrico de West Virginia University. Allí registran el iris y las huellas digitales de los gemelos y calculan la dimensión y forma de sus cráneos en 3D. La información se usa en “discriminación biométrica”: qué tengo yo que no tiene él y nos distingue. Desde los atentados del 11 de septiembre es el último grito de la alta moda en seguridad antiterrorista, adonde se cree que nada podrán hacer los cirujanos plásticos o los falsificadores de pasaportes. Al menos eso espera su patrocinador, el FBI.

Janet y Jeanette Reed, dos elegantes damas en unos muy joviales 50 años, dicen que se han anotado como voluntarias porque la ciencia necesita apoyo (Janet) y también el país (Jeanette).

El calor es duro en el set y los técnicos solo necesitan tomas directas de un par de minutos. Las Reed saben eso, pero también son coquetas. Emplearán el doble de tiempo que los científicos para corregirse el rímel, acomodar el peinado y untar más lápiz en los labios.

Luego, clic y clic y clic.

Miro la hora. En minutos Gemelandia cerrará el bosque hasta 2011 y todos volverán a la normalidad. Mi normalidad, donde los iguales son distintos.

Suena un clic a mi lado. Me están tomando una foto a mí. ?