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¡Hola hijo! ¿Cómo estás? Espero que te encuentres bien de salud al lado de mis nietos y de tu señora… Hijo yo estoy bien, no te preocupés. Estoy bien de salud. Pedile a Dios que me den de alta pronto…

Para mayo de 2007—fecha en que esta carta fue escrita—doña Juana Tórrez pensaba que iba a morir. Todo lo que le rodeaba era angustia, muerte y enfermedad. Llevaba casi cinco meses, que vestía de bata verde, que sentía ese a olor a cloro de hospital, y que recorría cada ladrillo de los pasillos del Bertha Calderón.

A esta mujer morena, canosa y robusta le habían detectado cáncer en la matriz.  Se revisó en la comunidad La Trinidad, luego la eviaron a Estelí y posteriormente a Managua.

A pocos días de haber ingresado al hospital—en febrero de 2007– Tórrez, originaria de la comunidad Las Calabazas, ubicada en Ciudad Darío, se convirtió en una de las 25 mujeres con cáncer que serían alfabetizadas por la Alcaldía de Managua. Su vida, tomó un rumbo diferente.  Ya no se dedicaría únicamente a recorrer los pasillos o platicar con sus compañeras, también convalecientes. Tenía el ánimo de aprender,  y aunque las quimioterapias y  radiaciones le robaban  fuerzas, ella, al igual que sus compañeras logró hacer sus primeros trazos con lápiz de grafito.

Su primera carta, la asignación de final de curso, la escribió para su hijo, quien esperaba que su madre regresara con vida a casa. “Me despido de ti con mucho amor y cariño…  Hasta pronto hijo.  Atentamente, tu madrecita”,  decía la carta con trazos repintados y letra temblorosa, como la de un pequeño que cursa sus primeros grados.

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Las mujeres vestidas de batas verdes y chinelas recibían clases en la sala de oncología. Era la primera vez en Nicaragua que un grupo de mujeres con cáncer eran alfabetizadas. En ese ambiente con aire de enfermedad, sabor a tristeza y olor a hospital, 25 mujeres intentaron olvidar el cáncer que les aquejaba y se dedicaron a aprender.

“No es lo mismo llegar a una aula de clases donde están los alumnos esperándote, vos dictás la lección  y nos vemos. Ahí fue un caso muy especial, donde estábamos enfrentados entre la vida y la muerte. No es igual dar clases a una persona que está bien de salud que uno que está prácticamente muriendo. A mí me impactó mucho el sufrimiento de esas mujeres”, confiesa el profesor Carlos Dávila.

El primer día de clases, 19 de febrero de 2007, las estudiantes llegaron ansiosas a la sala de conferencias del Hospital Bertha Calderón, sitio donde recibían clases cuando todas lograban levantarse de sus camas y caminar.

Con un televisor, un cuaderno y lápiz de grafito, empezaron a estudiar con el método Yo Sí Puedo. Sus profesores eran: Carlos Dávila, un señor delgado, moreno y de hablar pausado; y Ana Mercedes Ampié, una mujer de tez blanca, robusta y de un sonreír tímido. Ambos trabajadores de la Alcaldía de Managua.

Ese primer día, como en cualquier primer día de clases, las alumnas y profesores se presentaron. Contaron quiénes eran, cómo habían llegado hasta la capital y algunas contaron su experiencia con el cáncer.

Mientras el profesor Dávila dictaba la clase, Ana Mercedes Ampié ayudaba a que las estudiantes “tomaran el lápiz en la posición correcta, escribieran de manera adecuada, hicieran trazos, curvas…” Aprendieron a leer y escribir su nombre, oraciones completas y pequeñas cartas.

Doña Juana Tórrez, de 54 años, recuerda sus días de clases. “Había momentos que no podía ni agarrar un lápiz porque esa quimioterapia me dejaba sin fuerzas. Pasaba con ganas de vomitar y quería pasar sólo acostada”. Tórrez había estudiado hasta segundo grado, pero desde muy joven comenzó a echar tortillas y los estudios quedaron en el pasado. “Cuando me hacían quimioterapias me ponía muy débil y como ya tenía bastante rato de no agarrar un lápiz para escribir entonces ahí me entraban nervios”, confiesa con un gesto de vergüenza.

“Cuando ellas estaban enfermitas, tal vez que acababan de salir de quimioterapia y se sentían débiles nosotros trasladábamos el equipo a la sala y les decíamos que nos se preocuparan que ahí acostaditas escribieran lo que pudieran. Además era un sistema audiovisual. Lo importante era que vieran la clase y que hicieran los ejercicios poco a poco”, asegura Dávila, quien considera esta experiencia como una lección de vida.

Tórrez afirma que aún puede escuchar a sus compañeras de clases diciendo al unísono:

–La ca-ma es de ma-de-ra

También con sólo cerrar los ojos puede escuchar la melodía de aquellas sílabas que hoy olvida:

–Ma-me-mo…

Y lo único que esas remembranzas le provocan es nostalgia y tristeza. Sí. Aprendió, pero antes que terminara el camino de la alfabetización, algunas de sus compañeras no volvieron empuñar el lápiz. Murieron.

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–Disculpe. Busco a Doña Justa Eladia Olivera.

La mujer pone rostro de asustada y pregunta entre titubeos.

–¿Doña Justa? ¿A ella la anda buscando o a su familia?

–A ella. ¿Usted la conoce?

–La conocí. Ella murió hace varios meses. Pero vivía ahí—dice la señora mientras señala una casita de bloques sin pintar.

En la puerta de la casa– que señala la vecina– se asoma curiosa una pequeña de unos ochos años. Es la hija menor del matrimonio de Francisco Gutiérrez y Justa Olivera. Corre desesperada hacia el fondo de su casa y de pronto sale María Dolores Gutiérrez, de 20 años, la hija mayor. Sonríe y pregunta que se quiere saber de su madre. Sin problemas empieza a contar parte de la vida de su progenitora.

Hace diez años “a ella le dijeron que tenía cáncer en la matriz, pero ella no quiso ir a ningún hospital, no quería que la operaran porque le daba miedo, entonces iba donde un naturista”, recuerda esta joven de características casi idénticas a su mamá: morena, cabello liso, cara alargada, sonrisa disimulada…

Respira hondo. Continúa. “De pronto salió embarazada de mi hermanita (actualmente de 9 años) y ella decía que si podía tener a la niña era que estaba bien y si no pues era que seguía enferma. Tuvo a mi hermanita sin problemas, pero el año pasado le dijeron que todavía tenía cáncer”, cuenta la veinteañera  de ojos grandes y temblorosos.

Así fue como Olivera llegó al Hospital Bertha Calderón. Durante su estadía aprendió a leer y a escribir. “Ella nos contaba que estaba muy contenta de estar aprendiendo, aunque ya era mayor. Decía que aunque se fuera a morir era importante estudiar en la vida”, asegura su hija mayor.

La pesadilla de tener a su madre lejos parecía terminar. Después de cuatro largos meses en el hospital, en agosto de 2007, los médicos le dieron de alta. Doña Justa regresó a casa, al lado de su familia en Condega. Reabrió su fritanga y para ella, según dicen sus hijos, la vida seguía como si nunca hubiera estado enferma. “Yo creo que mi mamá fue muy valiente que estando enferma, con cáncer, se pusiera a estudiar. Y cuando vino del hospital siempre le ayudaba a mis hermanitos hacer la tarea con lo poco que ella sabía”, considera María Dolores.

La vida de los Gutiérrez Olivera comenzaba a transcurrir en relativa normalidad.  Doña Justa viajaba una vez al mes a la capital para sus chequeos de rutina, pero un día no volvió más. Un dolor abdominal no la dejó llegar hasta Managua y tuvo que quedarse en el Hospital de Estelí. Allí los médicos le dieron la mala noticia. No había remedio para su cáncer.  Sus familiares la llevaron de vuelta a casa para que muriera al lado de los suyos. A los 22 días falleció.

En las paredes de la casa de los Gutiérrez Olivera cuelgan dos fotografías de doña Justa Eladia. Sus hijos y esposo aún conservan el diploma por el que un día esta señora de 49 años llegó con el pecho henchido de orgullo. Éso, es lo único que les queda. Recuerdos y más recuerdos de su madre, de su esposa, por esa por la que aún lloran su ausencia.

***

Un viernes de marzo del año pasado, el profesor Carlos Dávila asignó tarea para que las estudiantes hicieran el fin de semana. El lunes siguiente, cuando Dávila se preparaba para recibir la asignación notó el rostro entristecido de las mujeres. Mientras preparaba el material didáctico en aquella sala fría y silenciosa, una de las alumnas se le acercó y le susurró:

–La Dora se nos fue.

–¿Qué pasó?–preguntó asustado.

–Murió– contestó la estudiante cuyas lágrimas no dejaban de correr por sus mejillas.

Fue un día de reflexión, tristeza y  desesperanza. Aquella mujer con la que habían compartido, no sólo durante las clases, sino sus noches y sus días en el hospital había partido. “Eso nos daba aflicción porque ¿ideay? nosotros estábamos ahí con ella, con la misma enfermedad y en cualquier momento podía ser una de nosotras. Sentíamos que la muerte andaba cerca”, asegura doña Juana Tórrez.

Al recordar aquellas escenas Dávila no puede evitar conmoverse. Su voz parece temblar. “Eso era triste irse un viernes, dejarles tarea y al volver el lunes no encontrar a una de ellas. Es muy impactante”.

Ese día no hubo clases. Tampoco al día siguiente. “Las mujeres estaban muy tristes y muy conmovidas”, dice la profesora Ana Mercedes Ampié. En esos tres meses de clases también murió  Isabel Rodríguez García, de 19 años, quien era originaria de San Juan de Río Coco.

Era en momentos como ese que muchas de las estudiantes se preguntaban ¿para qué seguir estudiando? “Había una de ellas que nos decía que ya no quería estudiar ni aprender nada porque de todas formas no le iba a servir para nada porque iba a morirse”, cuenta Ampié, quien además asegura que uno de sus trabajos era animarla y hacer que se reintegrara.

El diploma que le sería entregado a doña Dora Centeno permanece empolvado en uno de las gavetas con cientos de papeles que guardan en la Alcaldía de Managua.

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“Hola mis queridos hijos. Que Dios los guarde en su mano poderosa. El motivo de esta carta es para decirles que los amo mucho y que estoy bien así que no se preocupen…”.

“Omar, Espero que te encuentres bien cuidando de nuestros hijos, no te preocupés porque estoy bien…”. 

Al final del curso de alfabetización, la prueba final era escribir una pequeña carta. Las mujeres podían dirigirla a quienes desearan. Algunas le escribieron a sus hijos, al esposo, a profesores o al Alcalde de Managua. Cartas que nunca llegaron a sus destinos, porque eran sólo eso, una asignación para demostrar lo aprendido. Ahora, esas primeras letras de las mujeres con cáncer son parte de un archivo más dentro de la alcaldía.

Esos conocimientos, esas cartas escritas, esos trazos… permitieron que las mujeres se graduaran. En mayo de 2007 el curso finalizó. Las 23 mujeres que sobrevivieron subieron al estrado a recibir de manos del alcalde Dionisio Marenco su diploma. No parecían recién graduadas. Subieron poco sonrientes, marchitas y afligidas. Las imágenes de ese día muestran rostros de mujeres golpeadas por la vida.

A más de un año de la promoción, muchas otras mujeres han muerto. Justa Eladia, María Lucila… sólo engrosan la lista de las fallecidas. Otras como doña Juana Tórrez siguen batallando contra el cáncer y listas para lo que venga.

–¿Le tiene miedo a la muerte?

–(Sonríe) Miedo no le tengo. Si para eso nacimos, para morir. Pero sí pienso: pobrecitas mis hijas que van a quedar solas.

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