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El barrio de Portales de la ciudad de México siempre me trae malos recuerdos: en un segundo piso de la calle de Odesa me pescó el terremoto de 1985. El edificio justo en la esquina se vino abajo. Ahora un territorio de talleres mecánicos, secundarias técnicas, zapaterías y expendios de alcohol, a la colonia Portales sólo se va a dos cosas: a comprar en el mercado de segunda mano o a ver a Carlos Monsiváis. Aquí es fácil extraviarse entre la discontinuidad de la numeración y los pocos letreros en las calles, pero basta preguntarles a los transeúntes por el escritor y todo mundo señala la puerta negra.

La medida del hombre más público desde hace décadas en México, y a la vez el más esquivo, es el buzón en la puerta: una enorme rendija por la que cabe un tomo de una enciclopedia. Hacerse visible e invisible es uno de los juegos favoritos de su dueño: el gato de Cheshire está al tanto de todo y, al mismo tiempo, a sus anchas en la desaparición voluntaria. Por eso el buzón por el que pasan libros, periódicos, revistas, manuscritos, invitaciones de estudiantes o de obreros en huelga, pero también de canales de televisión, galeristas, políticos, funcionarios culturales, universidades extranjeras. Y, dentro de la casa, el teléfono suena de mañana, tarde y noche. A Monsiváis se le caza por teléfono hasta un día en que no está ante algún público, en México o en cualquier parte del mundo, contesta, finge ser su propia secretaria, si está indispuesto, o hace una cita. Pero ello no es garantía de verlo.

Estoy parado frente a su puerta negra con el buzón descomunal y es posible que nadie me abra o que no esté siquiera en el país. Adentro, sus ayudantes no sabrán más que el día en que ha quedado de volver. Sé de unos jóvenes que esperaron a Monsiváis en la calle durante una hora. Habían concertado ir por él para llevarlo a hablar sobre contracultura juvenil en el oriente de la ciudad. Pero no les abrió. Cuando creyó que los jóvenes se habían dado por vencidos, Monsiváis salió. Y fue atrapado. Sin más alternativa, se dejó llevar hasta el coche y, cuando se distrajeron, Monsiváis se echó a correr.

¿Por qué todo mundo quiere ver y escuchar a Carlos Monsiváis, tanto que él mismo tiene que escapar de citas simultáneas? Para el gran público —el que no lo lee— Monsiváis es el escritor por antonomasia. Es el nombre que brotó de la boca de una actriz de telenovelas cuando hace unos años fue presionada por la prensa para que dijera su libro favorito: “Los poemas de Carlos Monsiváis”, dijo. Y, aunque equivocó el género literario, atinó al autor. Hasta para ella no cabía duda: Monsiváis es un escritor. Para el público que lo escucha en entrevistas grabadas, en directo, o por teléfono —en su última visita a México el director de la editorial Anagrama se quejó así de la ausencia del escritor en la mesa en el Palacio de Bellas Artes: “México está en una crisis de abasto. Se han quedado sin clones de Monsiváis”—, en presentaciones de libros, conmemoraciones y hasta en aniversarios de escuelas públicas, Carlos Monsiváis es la voz autorizada, por solitaria, creíble y siempre ocurrente: sus dichos y textos casi siempre están envueltos en un humor seductor. La distancia, física o irónica, es un juego de seducción. Ante el acontencimiento cultural o la tragedia persistente siempre tendrá un aforismo profundo y desparpajado a la vez: “El subdesarrollo es no poder mirarse en el espejo por miedo a no reflejar”; “Entre nosotros y la moda se interponen los harapos”; “Hasta los más apartados rincones de México han acudido el PRI, la Coca-Cola, y la noción del complejo de Edipo”; “Somos tantos en la ciudad de México que el pensamiento más excéntrico es compartido por millones”; “Sólo una Revolución obra la saña de anticiparse al cine”; “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la falta de locura”, por citar, al azar, algunos.

Fue una frase la que me atrapó hacia finales de los años setenta cuando lo vi por primera vez, por supuesto, en un canal de televisión. Era un homenaje a Agustín Lara y, entre pianistas y cantantes, el cronista y teórico súbito fue compelido por el conductor a definir lo cursi. Monsiváis dijo: “Lo fallidamente bello”. La sensación —la recuerdo— fue que, de pronto, lo que se decía tenía relación con lo existente o, por ponerlo en una definición súbita, “Monsiváis dice lo que tú ibas a pensar”. Desde ese instante testifico la capacidad descomunal de un hombre que nos dice qué somos y hemos sido, qué leer y ver, a qué poner atención ante lo fugitivo del presente y lo abrumador de la tradición y, que, en fin, tiene como obra la construcción de la vida nacional como la réplica exacta de su propia cultura. Desde la aparición de Aires de familia (2000) este efecto se amplía hacia América Latina —lo que incluye a la franja sur de Estados Unidos— en esa doble vía de su pensamiento: recordarnos e interpretarnos.

Y parado en esta calle de la Portales recuerdo los terribles días que sucedieron a los sismos de 1985. Fue él quien, mirando a la ciudad en ruinas, apurada por rescatar sobrevivientes debajo de los escombros, afanada en la entrega de comida, agua y medicinas, frenética en el reestablecimiento del tránsito, aseguró que lo que estaba sucediendo era, en realidad, una insurrección civil. Y, en efecto, los habitantes de la ciudad se habían olvidado de notar que las autoridades seguían pasmadas, en el mejor de los casos, o que, de plano, obstaculizaban el rescate. Si eso no era una rebelión que hizo de lado a la autoridad, se convirtió en una cuando Monsiváis la describió como “la toma del poder” (Entrada libre, 1987). Pero Monsiváis se autocritica desde su perplejidad y murmura, cada vez que parece tener razón: “Cuando entendía lo que estaba pasando, ya había pasado lo que estaba entendiendo”.

***

Por fin alguien contesta el interfón y la puerta cede con el sonido de la bienvenida. Lo que sigue es un garaje largo con macetas y, al fondo, los restos de algo como una silla de ruedas. La casa es un vagón de tren a tu derecha y el estudio es la punta más baja de una “ele”. Éste es el patio de casi toda su vida, un lugar al que se mudó de niño y que recuerda en su Autobiografía (1966) como el destino del éxodo de la familia Joad en The Grapes of Wrath, de John Steinbeck, pero a la mexicana y en un barrio popular. La niñez del escritor es la de los libros, la memorización poética. En los años cuarenta fue parte del programa radiofónico conocido como Los niños catedráticos, que respondían con erudición a las preguntas del público. Casi 60 años después, sentado en un escritorio repleto de papeles, libros, informes, periódicos, libros antiguos, cuadros, Carlos Monsiváis extiende la mano izquierda para que me siente frente a él; en la otra mano tiene el teléfono. Los gatos circulan con libertad del librero a tu cabello al teléfono que contestan y cuelgan a placer. Y constato como Monsiváis es también un icono invariable: el pelo cano revuelto, los anteojos pesados, las cejas desgreñadas, el mentón rotundo, los atuendos de mezclilla, la camiseta debajo de la ropa. Es un hombre esencialmente del 68, cuando la ropa era una declaración de que la ropa no importa tanto como para no preocuparse por ponerse algo que contenga una declaración. O algo así.

Justo en la pared lateral dos dibujos cuentan una historia clave de la cultura nacional: uno es la primera página manuscrita de El llano en llamas, de Juan Rulfo, autografiada y con el trazo preciso de un coyote aullando. El otro es el dibujo hecho por José Luis Cuevas del rostro de Monsiváis con adornos muy pop en los lentes. Se da cuenta así de la construcción de un ambiente literario en los años cincuenta y sesenta que iba desde Salvador Novo, Rulfo, Juan José Arreola hasta José Emilio Pacheco y Monsiváis, pasando por Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Pero también registran las relaciones que esa misma comunidad tenía con los pintores que rompieron con la escuela de los muralistas mexicanos y que ayudó a crear el efímero Soho mexicano, la Zona Rosa de la ciudad de México que murió con el movimiento estudiantil de 1968 (Días de guardar, 1970). De esa etapa le queda al escritor el gusto del coleccionista de obra plástica. Cuando termine de recopilarla en estanquillos de todo el país, Monsiváis donará todo a un museo en la calle de Isabel la Católica, en el centro histórico de la ciudad. Su otra colección, la de películas clásicas, servirá para fundar una cineteca en el barrio de Portales.

—¿Cuántas películas tienes ya? —lo atizo.
—Como cinco mil —responde esbozando una sonrisa triunfal.

Como en el caso de Borges con los relatos fantásticos, Monsiváis ha visto más películas de las que realmente existen.

***

Ahora vamos dentro de un taxi hacia cualquier lugar. Puede ser el Museo de la Ciudad de México o la Biblioteca México, el escritor invitado no lo tiene del todo claro. El taxista lo reconoce de inmediato:

—Usted es Carlos Monsiváis, el que habla de Cantinflas y María Félix en la tele. ¿Qué opina de lo que está pasando ahora?

Monsiváis es una figura de autoridad que se ha opuesto con consistencia a las figuras de autoridad. En muchos sentidos, él es el intelectual comprometido que emerge del sangriento 68 mexicano, una era en que el momento político era cultural porque el PRI había cerrado cualquier otro flanco. Desde la cultura da la batalla por la verdad histórica que llevo al PRI a masacrar estudiantes en la plaza de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968 (Parte de guerra, 1999) o a eliminar el único periódico opositor en 1976 (Tiempo de saber, 2003). Junto con otros, notablemente con el periodista Julio Scherer, Monsiváis fue uno de los principales arquitectos de la opinión pública que se creó enfrentada crecientemente al PRI, erigiéndose como un consenso de lo que era razonable, admisible y valorable, y lo que no; justo a la mitad entre el autoritarismo y la violencia política. No fue nunca un experto, sino un estratega cultural.

En una estancia en la Universidad de Essex, le escribe a Elena Poniatowska (1971): “Yo me sigo preparando para un acaso imposible trabajo periodístico. Todo lo que veo, leo y escucho lo refiero a una especie de archivo de experiencias utilizables. Leo un libro diario, veo de dos a tres películas y me inundo de revistas”. Así, la estrategia del cronista es registrarlo todo para cernirlo después sobre el público lector. Si es bien conocida su táctica de darle valor a la cultura popular (Amor perdido, 1977; Escenas de pudor y liviandad, 1981; Los rituales del caos, 1995), la otra ventana, popularizar lo elitista, está desde los inicios en su intención. De nuevo, como en el mapa que, según Borges, manda hacer el emperador chino con tanta exactitud que el plano acaba por tener la extensión del mismo imperio, cubriéndolo, la abrumadora obra de Monsiváis de registrar lo importante y lo revelador, la permanencia de lo fugitivo y lo brumoso de nuestras certezas, acabó por abarcarlo todo. Aun los temas que no son de su interés, como los campeonatos del futbol, son analizados en su conexión con el nacionalismo o la era de la televisión total. Pero sobre todo a últimas fechas, es una referencia obligada en temas del día al día de la política, porque las batallas culturales que ha peleado siempre se dieron, nunca desde el poder o la militancia de izquierda sino desde el lenguaje. Un código de sospechas, burlas, y llamadas de atención que minó al discurso priista y que, en 30 años, lo hizo perder el poder (su columna satírica que, por décadas, fustigó a los políticos con sus propias declaraciones bochornosas, “Por mi madre, bohemios”). Del otro lado del espectro, Monsiváis también ha sido distante: al Subcomandante Marcos le ha reprochado el discurso de la muerte y el sacrificio. Y de ambas batallas, el escritor ha salido más o menos airoso reivindicando lo mejor de la sociedad mexicana: el relajo, el caos creador, el desmadre sin más. Desde ese terreno creado desde el lenguaje, es que Monsiváis habla.

Pero ahora que el taxista continúa con su interrogatorio eufórico el escritor no parece muy dispuesto a responder la pregunta.

—¿Qué le parece la telenovela de las nueve? —pregunta el taxista.

El cronista murmura para sí, pero lo suficientemente claro para que yo lo escuche:

—No tengo idea de lo que habla. No veo televisión.

Y otra paradoja nos azota: el escritor mediático es un escéptico de la televisión.

Llegamos a la Biblioteca México y, aunque están muy orgullosos de que haya asistido a ese recinto la mesa no es ahí. Cambiamos de taxi a petición del cansado entrevistado. Cuando por fin traspasamos la puerta del Museo de la Ciudad, todo está a punto de terminar. Pero no es demasiado tarde. El público lo ovaciona y él se disculpa con un chiste:

—Llego tarde porque pensé que ustedes eran impuntuales.

Carcajadas. Lo ha hecho otra vez.

***

Como estratega cultural, Carlos Monsiváis ha sido un escritor de batallas. Si bien en 1961 participa con los escritores José Emilio Pacheco y José Revueltas en una huelga de hambre convocada por la feminista Benita Galeana en contra del encarcelamiento del líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo, él mismo minimiza la posible heroicidad de las 62 horas de ayuno: “Una de las hermanas Galeana me dio un chocolate”. En 1965 durante un seminario en Harvard, Monsiváis entra en contacto con organizaciones de derechos civiles y activistas de la entonces “Nueva Izquierda”. Pero no es un activista. De hecho, tanto su participación en el Comité de Artistas y Escritores en el 68 mexicano como el texto que ciñe esos meses de rebelión (Días de guardar, 1970) dialogan con Norman Mailer y “Los ejércitos de la noche”, un texto que pone en tensión la labor del escritor y el entorno de la rebelión de los años sesenta. Parece que es en ese instante que Monsiváis que decide que es sólo desde el lenguaje que puede hacer algo para cambiar el estado de cosas en los años más duros del autoritarismo del PRI. Quizá su principal batalla sea la de haber desvirtuado, a base de persistentes artículos periodísticos y libros, la versión que el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz dio de la masacre de estudiantes en Tlatelolco: una “conjura comunista contra el Presidente para sabotear los Juegos Olímpicos de México 68” o la idea de que los estudiantes, al igual que el ejército y los paramilitares vestidos de civiles, estaban armados. A lo largo de 30 años, Monsiváis se dedicó a clarificar, junto con otros periodistas, la verdad sobre el 68 mexicano: el gobierno creó a un enemigo con base en entrar en las escuelas y universidades públicas a detener estudiantes. Lo único que los estudiantes pudieron hacer fue salir a protestar en las calles por esa arbitrariedad y, una vez que las principales universidades del país estallaron la huelga, el gobierno los masacró en Tlatelolco. Esta simple verdad —que no había “conjura comunista” y que no había armas en Tlatelolco de parte de los jóvenes— costó 30 años de batalla desde la cultura. Pero se ganó.

Monsiváis, como personaje público, ha presentado otras batallas de igual importancia para la cultura mexicana: por una nueva moral del cuerpo (que va del elogio de la desnudez en el cine mexicano, la vida nocturna descabellada, hasta la educación sexual y la elección privada de las preferencias sexuales, pasando por el feminismo y la reproducción elegida); contra el racismo hacia los indígenas y por la derogación del término “naco”; contra la idea de que la religión oficial es la católica y no el laicismo; por un canon cultura que ponga en el centro a lo popular y no a los “hombres ilustres” que el PRI enterraba en un solo cementerio asediado por la gloria del orador vagamente encendido; contra la derecha radical que pretende despojar a los ciudadanos de derechos que ahora son vistos como “privilegios”; y contra la izquierda acartonada y solemne que sigue defendiendo a Fidel Castro y su maltrato a los disidentes o ETA y las supuestas buenas razones para volar civiles. De esta permanente atención a los lenguajes públicos y a los debates agitados, Monsiváis ha dicho: “Creo que el problema de mantener una actitud crítica, disidente, es un problema de lucha contra la locura”. A diferencia de los intelectuales vinculados al PRI o a sus facciones en la oposición, Monsiváis, en el fondo, piensa que el delirio baja desde el poder y que es la sociedad la que enarbola, vez tras vez, la cordura. Tiene una confianza casi absoluta en la ciudadanía informada y sus poderes saludables.

La oficina de fin de semana de Monsiváis es una mesa de un viejo café de la Zona Rosa a la que son convocados personajes siempre extraños, interesados en que escriba, asista, hable, recomiende. Por ahí he visto pasar a periodistas, funcionarios culturales, asesores de gobernantes, pintores, una peruana que se puso a cantar con él, tras hablar de Montesinos, una argentina que insistía en que debería escribir para su revista de cocina, estudiantes en busca de apoyo moral, cobradores de los estanquillos que siguen esperando el pago a plazos de unas acuarelas de Diego Rivera en Acapulco, y los infaltables: dos de los mejores caricaturistas del país que, muy serios, advierten de los problemas del nuevo orden del capitalismo global. Monsiváis va recibiendo a todos mezclándolos en el relajo absoluto filtrando chistes, rumores que siempre resultan ciertos o, al menos, creíbles, y anécdotas, decenas de anécdotas: el encuentro de los mariachis del mundo en Guadalajara, la entrega del “hijo predilecto” del estado de Durango a José Revueltas, o la última ida de una defensora de derechos humanos a la selva de Chiapas.

Cuando me invita, salgo de esa oficina improvisada con una o dos frases memorables. Por la tarde, siempre alguien me pregunta, al momento de soltar una carcajada fuera de lugar:

—¿De qué te ríes?
—De nada.

Es que hoy vi a Monsiváis y dice que…

—¿A poco vas a entrar? —me dice Monsiváis en la puerta del Auditorio y asiento con la nariz—. No vayas a publicar luego algo que dije o que dices que dije —advierte sonriendo.
—A eso vengo —le respondo y nos metemos.

Es una de las tantas apariciones del cronista ante el público esta semana, pero es el tema el que me atrajo: “Los cinco libros que más me impactaron”. Es un ciclo al que han concurrido otros escritores, pero a mí me interesaba saber si el lector ávido que es Monsiváis podía haber llegado a una lista de cinco, sólo cinco. Y lo hizo, al menos por un rato.

El primer libro es, por supuesto, la Biblia:

—No creo en lo que dice —advierte—, pero la fuerza del lenguaje, la poesía, por ejemplo, en los Salmos, me resulta todavía extraordinaria.

Rezo y poesía están vinculados en el pensamiento de Monsiváis.

El siguiente es una obra de teatro, La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde:

—Cada línea contiene un aforismo brillante.

El tercero es La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán:

—Es la gran novela de la conspiración política, de la intriga, y la barbarie institucional.

El penúltimo es Noticia Bomba, de Evelyn Waugh:

—No comparto las posturas políticas del autor —vuelve a advertir—, pero es la novela que mejor parodia el trabajo periodístico.

El último es Adiós a Berlín, de Christopher Isherwood:

—El retrato de lo prohibido y la fiesta clandestina, los lugares escondidos de una ciudad.

Pero cuando llegan las preguntas del público el asunto deviene en listas bibliográficas, en algún momento, Monsiváis comienza a recitar poesía, y ya no son cinco, sino 60 libros los recomendables: ciencia ficción, policiaca, Dickens, Shakespeare y más.

Del acto me escabullo con un aforismo que creó al ser interrogado por la ausencia de Sófocles en su lista:

—A la tragedia griega me la ahorro en forma de telenovela mexicana.

A pesar de que Monsiváis aparezca en varias películas —un Santaclós borracho y un jugador de dominó— o que haya tenido con el escritor José Agustín un grupo de rock humorístico llamado Los Tepetates, o que haya sido personaje de cómics mexicanos o, incluso, que aparezca de sí mismo en alguna telenovela, lo suyo ha sido la crónica. En este 2004 se cumplen 50 años de su primera incursión en el género que él ayudó a valorar y a enriquecer (A ustedes les consta, 1980). Nunca he leído esa crónica pero sé que describe una manifestación política en la que participaron Diego Rivera y Frida Kahlo. Monsiváis tendría apenas 16 y Frida moriría ese mismo año. Entusiasmado por el hallazgo, le telefoneo para preguntarle si puedo entrevistarlo para cosas sobre su vida que siempre mantiene alejadas de la publicidad.

—No es mucha la autobiografía —responde comiendo algo—. Un día nací y otro me moriré —y se tira una carcajada.

Asumo que se ha imaginado en el carnaval de los vivos justo como hace años se lo dijo a Elena Poniatowska: sus cenizas esparcidas por el piso del California Dancing Club, mientras la concurrencia se revienta un conmovido danzón.

Me río de lo que no ha dicho. Monsiváis guarda silencio del otro lado de la línea. Y se despide con esa cordial invitación que siempre hace pero que puede resultar en que no esté, no conteste el teléfono, que yo no me levante para llamarle, o que en efecto, terminemos hablando delante de un capuchino y una empanada de atún en el café:

—Háblame el sábado.