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—Dame lápiz y papel —dice el piloto de Aerolíneas Argentinas Jorge Polanco, chomba amarilla, ojos claros, gesto tranquilo en este bar de Palermo.

Y en el cuaderno dibuja el gráfico de su aterrizaje en Bariloche: el lago, la pista, la maniobra en forma de gota, la flecha que representa el avión y, frente a él, a la derecha, la luz que le cambiaría la vida.

—En la cabina éramos cuatro. El primer oficial dijo: che, ¿qué carajo es eso? Y cuando levanté la cara vi algo de 30 metros de diámetro, con una luz arriba, naranja, que titilaba como si estuviera respirando, y otra verde, un verde rarísimo que en la puta vida había visto.

Empecé a pensar: esto es un sueño, no me puede estar pasando. Es un sueño y, en un rato, me voy a despertar.

Dijeron los diarios más importantes del país que el 31 de julio de 1995, una luz siguió durante 15 minutos al vuelo 734 de Aerolíneas Argentinas que manejaba Polanco. Según comentaron en el aeropuerto, durante ese cuarto de hora, que coincidió con un apagón eléctrico en toda la ciudad de Bariloche, los instrumentos de la torre de control fallaron: las agujas se movían violentas. Desde un avión de gendarmería, que volaba dos mil pies encima del Boeing, también vieron la luz.

—Fue la confirmación de algo que se venía hablando desde hacía mucho. La gente decía: este tipo no chupa, no es un boludo, no se confunde con una luz cualquiera.

Esa noche, Polanco volvió a Buenos Aires manejando el mismo avión.

—Estaba agotado. Como si me hubieran molido a palos, como después de un ataque de hígado que te hace vomitar toda la noche. Como si algo me hubiera sacado la energía.

A las 7.30 de la mañana siguiente lo despertó el teléfono. Querían hablar con él de una radio de Bariloche. A las 8, el timbre. El portero le avisaba que en la puerta había, por lo menos, quince periodistas.

“Era una luz entre ámbar y blanca, una especie de estrella pero bastante más grande y con un brillo muy intenso. En la torre, algunos instrumentos empezaron a moverse de un lado para otro sin ningún sentido”, dijo al diario Clarín, el entonces jefe de turno del aeropuerto, suboficial principal Daniel García.

—A los tres días me llamó mi abogado para que fuera a su estudio: me querían conocer. Al llegar, en la sala de reunión encontré la mesa con vasos de Coca Cola, sanguchitos de miga, parecía un cumpleaños de chicos. Y personas: jueces de la Corte Suprema, jueces federales, abogados. Mientras les contaba lo que había pasado hice un esquema en una hoja. Cuando terminé, uno me pidió el papel y otro: ¡Yo también lo quiero! Y un tercero, que gritaba que eso era un documento, una copia más. Me fui de ahí pensando que esos tipos estaban completamente locos.

“Vimos sobre el lago una luz ámbar que aumentaba y disminuía de intensidad y se desplazaba a gran velocidad hacia la Cordillera”, dijo al diario Crónica dos días después del incidente, Juan Domingo Gaitán, copiloto del avión de gendarmería que volaba encima del Boeing de Aerolíneas.

—Y después sí, fue una locura. Estaba comiendo en un restaurante y se me acercaba alguien y me decía: “yo también vi algo, dejame que te cuente”. Salí en revistas, fui a la televisión a almorzar con Mirtha Legrand dos veces, nota para esto, nota para el otro y a los diez días estaba harto. Me venían a ver los que estudian los ovnis: me querían usar de mujer barbuda. “Vení que tengo una conferencia en no sé dónde y quiero llevarte”. Yo he corrido turismo carretera, tengo un programa de televisión, pero la repercusión de ese caso superó lo que uno puede imaginar.

En la octava fila de asientos del vuelo 734 que manejaba Polanco, junto a la ventanilla derecha, sentado: el periodista Mariano de Vedia, hoy editor de política del diario La Nación, leía un libro de García Márquez. “El otoño del patriarca” o “Crónica de una muerte anunciada”. No se acuerda cuál. “Me enteré de todo al día siguiente —cuenta por teléfono—. Salvo por un sacudón y el comentario de que no se iba a poder aterrizar porque no había luz en el aeropuerto, no vi nada: miré por la ventanilla, pero todo estaba oscuro. A mí me quedó la sensación de que el piloto hizo una mala maniobra y debió arreglarla con un movimiento brusco. Tengo la sospecha de que para justificar ese movimiento ideó la fantasía que contó en todos lados. Quizás, después se la creyó. No sé si existen los ovnis, pero para mí en ese vuelo no hubo una certera señal de que se tratara de uno”.

—Yo me retrotraje mucho con este tema —sigue Polanco y de un trago termina el cafè—. Me saturaron. Me hincharon las pelotas. Soy comandante de Jumbo desde hace 33 años, soy asesor de la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC). Y en un momento dije: ya está. El que quiere tener la cabeza abierta, el que quiere creer, que crea. Pero es muy difícil encontrarte con tipos que te dicen: che, ¿vos viste un plato volador? No, boludo, estaba al pedo e inventé este quilombo porque no tenía nada más que hacer.

Creer o no creer

El mundo de los ovnis es un mundo de afirmaciones y negaciones, de crédulos e incrédulos, de ficción, dichos incomprobables, mitos y fantasía.

Los que creen parecen tener miedo de hablar abiertamente, reconocen que hay muchos prejuicios, y antes de explayarse tantean a quien pregunta, lo miden, certifican si, aunque mínimamente, comparte la creencia. Luego, ya en confianza, citan fechas y casos y eventos y nombres en inglés, declaraciones, una montaña de información que, a ellos, les resulta suficiente.

Dicen que los militares investigan y ocultan, que la iglesia pone mucho esfuerzo en que nada se sepa, que a nadie le conviene encontrarse con una civilización mucho más adelantada, con tecnología superior. Se esfuerzan en tratar de convencer a otros, despertarlos, abrirles los ojos para que vean que todo esto no son puras palabras. Dicen tener contacto con muchos científicos (físicos, astrónomos y otros) que no pueden decir lo que piensan por temor a ser excomulgados de la comunidad. Dicen que, aunque sea imposible de demostrar, de cada diez científicos, dos o tres creen en silencio.

Nombran comisiones locales que nunca se dieron a conocer, dicen que la página web de la fuerza aérea chilena publica casos puntuales de avistajes, nombran ejemplos internacionales de investigación y censura: mencionan el cierre del “Project Blue Book” (Proyecto Libro Azul) en 1969, un programa estadounidense para la investigación ovni. Y se preguntan por qué la fuerza aérea norteamericana dispuso las ordenanzas AFR 200-2 y JANAP-146, que establecen penas de 10 años de cárcel y US$ 10 mil a los pilotos civiles y militares que divulguen información de observaciones.

Sin embargo, en un momento de la charla, reflexivos, aceptan que hay una barrera infranqueable en cuanto a la investigación. Se llega hasta donde se puede y luego, a la hora de pensar el origen de los fenómenos, empiezan las hipótesis:

—Y ahí sí —dicen—, se propone cualquier cosa.

Y cuando se les pregunta qué se supone que son los ovnis, hablan de tres posibilidades:

Un fenómeno espacial que viene de otro planeta.

Un fenómeno de un mundo dimensional: adelantado al nuestro, quizás, 15 minutos.

Un fenómeno creado por una potencia terrestre. ¿Su utopía? Encontrar un método predictivo. Revisar la estadística, los casos y las particularidades de cada uno y así descubrir una clave, algo que indique cuándo un ovni va a aparecer; para estar preparados y poder ir a su encuentro.

Del otro lado, los que dudan o no creen hablan de locura, de ansias de fama y trascendencia, de mentira y negocios. Dicen que no hay nada concreto que demuestre que existen los extraterrestres, ni los ovnis ni nada.

Están los que no saben demasiado sobre el tema, no conocen casos, fechas ni detalles. Tampoco les interesan. Y los desmitificadores, que llevan adelante una guerra contra lo que nombran como una manga de chantas. Conocen, con precisión, casos falsos, burdamente armados y enumeran absurdos y sinsentidos, nombres de investigadores, a los que tildan de truchos y asocian con fraudes memorables.

Los que dudan o no creen parecen tener ganas de que todo sea mentira. Parecen temer que algo pueda ser verdad. Dicen que sí, que hay gente que ve. Y, luego, preguntan si de esos avistajes se puede deducir la existencia de civilizaciones avanzadas. Y, arrebatados, siguen: ¿Qué vieron? Seguramente meteoritos o globos aerostáticos o restos de un satélite o aviones o helicópteros, prototipos militares, o fenómenos climatológicos poco comunes, raros fuegos de San Telmo o meteoros ígneos, descargas de efecto corona electroluminiscentse provocadas por la ionización del aire en fuertes tormentas eléctricas.

Dicen los que no creen que uno puede encontrar a quince, veinte personas, que digan que un plato es circular aunque lo veamos cuadrado. Que el problema es cómo demuestra el que argumenta que ese plato es circular.

Hay, también, conversos, arrepentidos. El periodista Alejandro Agostinelli es uno de ellos. Y aunque hoy se defina como un agnóstico, hace unos 30 años armó un centro de investigaciones ufológicas: el Centro de Estudios de Fenómenos Aéreos no convencionales.

Luego, empezó a trabajar en diarios y revistas, investigó casos y se fue transformando, sin quererlo, en un desmitificador. Publicó un libro, “Invasores. Historias reales sobre extraterrestres en la Argentina” en el que compiló once historias de extraterrestres. En el prólogo resume la experiencia. Escribe: “Yo también sabía que la ufología no era una ciencia. Pero sus aficionados hacíamos lo posible por parecer científicos. Buscábamos asesores en diferentes ramas del conocimiento, aprendíamos a hacer encuestas con el manual Técnicas de investigación social, de Ezequiel Ander-Egg, y compartíamos un sueño: descubrir algo capaz de poner patas para arriba a la ortodoxia científica. Pero éramos, en realidad, una cruza extravagante de filatelistas, cazadores de pterodáctilos y micólogos: coleccionábamos recortes, buscábamos platos voladores cuando ya se habían retirado y desenterrábamos hongos en las zonas de aterrizaje”.

Hay, además de personas que creen y no creen, dudosos, agnósticos, conversos y arrepentidos, casos que sorprenderían al prejuicioso. Como el del físico Stephen Hawking, que uno supondría racionalista y escéptico, pero que en abril de 2010, meses antes de negar a dios, descartarlo como creador del Universo, dijo que casi seguramente los seres extraterrestres existan. Que los seres humanos deberíamos hacer todo lo posible para evitarlos.

Creer o no creer en Dios es una cuestión de fe.

Al parecer, creer en los ovnis, también lo es.

Una comisión oficial

En 2011, según la Fundación Argentina de Ovnilogía (FAO), hubo en el país 250 avistajes: observaciones de objetos, fotografías, videos, marcas de terrenos. Al menos para la Argentina, en materia de ovnis no fue un año demasiado prolífico. La oleada más grande de los últimos tiempos, según datos de la FAO, se produjo en 2008 con 555 casos registrados. Si hubo más, nadie lo sabe. Y sin embargo, para los amantes argentinos de los ovnis, los ufólogos, los curiosos del espacio, 2011 fue un año histórico por otro motivo: En abril, la Fuerza Aérea presentó una Comisión de Investigación de Fenómenos Aeroespaciales, un organismo oficial para estudiar casos ovnis, para responder “al incremento de avistamientos por parte de la gente”, integrada por especialistas en meteorología, interpretación de imágenes, fotografía aérea, ingenieros electrónicos, aeronáuticos, radaristas licenciados y geólogos: militares racionales. Y por cinco civiles que, sin duda alguna, creen.

El chico rubio, de unos veinte años y el modo amable y cálido de un militar de bajo rango, cuenta que se emitió un comunicado a las tres fuerzas que ordena que cualquier persona que vea “algo extraño” debe informarlo a la Comisión. Además, explica, reciben denuncias de civiles en la página. Y dice que esta mañana entrevistaron a un piloto, muy experimentado, que vio luces extrañas en el cielo. Dice que si un periodista le pidiera a su jefe el contacto de ese piloto, seguramente, él no tendría problemas en facilitarlo. Se equivoca.

El jefe, a cargo de la comisión, es el vocero de la Fuerza Aérea, el capitán Mariano Mohaupt. Hablar con él es como tratar de atravesar una pared de cemento empujándola con la frente. Amable, se saca las preguntas de encima como si fueran hojas que hubieran caído sobre su uniforme. Con delicadeza, las corre hacia el costado y, sonriendo, mientras espera las siguientes, las ve girar hasta el suelo.

Uno pregunta y él responde, en casos, como si las palabras que suceden a la consulta no tuvieran por qué tener una estricta relación con la misma.

—Leí que anteriormente que, si bien no se dieron a conocer, a lo largo de la historia en la Fuerza Aérea Argentina hubo comisiones que investigaron casos de ovnis. ¿Ese material de archivo se pudo usar?
—La comisión empieza basándose en cuestiones netamente técnicas y profesionales con personal que se encuentra en este momento en actividad, y personal que está afuera. Lo importante es que la comisión sea interdisciplinaria y que las profesiones de sus diversos integrantes confluyan en el objeto de estudio para, de esa forma, poder determinar cuestiones de la manera más conveniente posible.

Mohaupt explica que se trata de aprovechar “las capacidades remanentes de la institución”. Es decir, que el personal participa “sin perjuicio de sus funciones”. Dice que la Fuerza Aérea uruguaya tiene una comisión, que Chile tiene la suya, que Brasil lo mismo. “Somos parte de una suerte de contexto internacional”. Que la comisión nació a raíz de consultas de la ciudadanía. Y que hasta el momento han obtenido resultados satisfactorios.

Los procedimientos, detalla, son similares a los que usa la junta investigadora de accidentes. Llegan al lugar, entrevistan a posibles testigos y analizan la información. No obstante, en la charla, que durará media hora, el capitán dirá cinco veces que la comisión “no es un órgano de difusión”.

—¿A qué se refiere puntualmente?
—Nosotros investigamos. Si en un momento determinado no se sabe qué es algo, habrá que acumular información para que, en otro momento, quizás se pueda saber de qué se trata. Sin embargo, mientras tanto puede jugar la imaginación. Y nosotros no podemos estar sujetos a eso.

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Si en enero de 1976, Carlos Ferguson no hubiera visto, sobre esa terraza de Saavedra el objeto color aluminio, dos platos perfectos uno junto a otro, que se movía de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, a menos de 45 metros de donde él estaba, no se habría metido en este tema. Pero, dice hoy en el comedor de su casa de La Plata, lo vio.

—Era un platillo volador, que se elevó hasta quedar hecho un punto y desapareció hacia el sudeste.

Decidió empezar a investigar. Le escribió al reconocido ufólogo Fabio Zerpa: trabajó cinco años con él. Y, luego, en 1991, para aunar esfuerzos en la titánica tarea de entender el fenómeno ovni, decidió formar la Red Argentina de Ovnilogía (RAO), que reunía a 50 grupos nacionales y de países limítrofes.

Un día de 2010, Ferguson, que trabaja en el área logística del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, se enteró por los diarios de que la Fuerza Aérea iba a armar una comisión, pero no como las anteriores, puertas adentro, sigilosas, sino una más abierta. Y decidió contactarse.

—Tuve suerte, o habrá sido la insistencia al llamar.

Fue el primer convocado.

Luego, le pidieron que sugiriera nombres, y él sugirió. Alberto Brunetti, del Grupo Investigador de Fenómenos Aeroespaciales Desconocidos (GIFAD); Carlos Alberto Iurchuk, analista de sistemas e investigador independiente de fenómenos siderales, y Andrea Simondini, de la CEFORA, la Comisión de Estudios Fenómeno ovnis de la República Argentina. Todos prestarían servicios ad honorem.

El mayor aporte que hicieron a la comisión, dice, fueron dos test. Uno más simple, de extrañeza y credibilidad, creado por el norteamericano Josef Allen Hynek, que los ufólogos usan al llegar a un lugar.

Y otro, mucho más complejo, que sirve para clasificar los casos en cuanto a su puntaje: el test de índice de certidumbre. Un test difícil de aplicar, pero al parecer muy preciso, estructurado en base a tres factores (fuente, extrañeza y credibilidad) que al multiplicarse darán un número, un resultado que definirá si un caso es “bueno” o no merece atención.

1. La fuente tiene distintos valores. Si es desconocida o dudosa, no sirve (valor cero). Si pertenece a la prensa, el valor es 0,3. Si es un caso de difusión oficial o lo está investigando una comisión oficial, el valor es 1.

2. La extrañeza, a su vez, se divide en siete subfactores: aspecto anómalo, movimientos anómalos, incongruencia físico espacial, detección tecnológica, encuentro cercano (menos de 150 metros), existencia de seres, existencia de luces y efectos. Cada subfactor vale 1/7. Si hay cuatro, la extrañeza será de 4/7.

3. La credibilidad, por último, se divide también en seis subfactores (número de testigos, profesión, edad, relación entre testigos, relación geográfica entre ellos, actividad del testigo a la hora de la visión), que antes de ser sumados entre sí deben multiplicarse por un coeficiente fijo que corresponde a cada subfactor. Por ejemplo: si el testigo es trabajador o ama de casa, el valor es 0,1. Si es estudiante universitario: 0,6. Hombres de negocios, empleados, comerciantes o artistas: 0,14. A este valor hay que multiplicarlo por el número 0,2. No es lo mismo si los testigos están viajando (0,01) que si estaban haciendo una actividad cultural o intelectual (0,12), que si estaban trabajando (0.15). Este item debe multiplicarse por 0,15.

De acuerdo al puntaje que tengan, los casos se ordenan según fiabilidad.

—Desde 1940 a 2011, de 1.700 casos que tenemos contabilizados en la Argentina, sólo hay 150 realmente buenos —dice Ferguson—. Uno de los que figura como los mejores, que dio la vuelta al mundo y apareció en libros de investigación oficial en Europa es el de Bariloche, el del comandante Polanco. Si bien para los civiles que la integran la comisión fue un sueño, algo que habían esperado durante años, dentro de los ufólogos hay opositores furiosos que creen que todo esto es una maniobra de ocultamiento.

“Una verdadera cortina de humo”, dice por teléfono Luis Burgos, presidente de la Federación Argentina de Ovnilogía (FAO). “No se armó para aclarar sino para desinformar y ridiculizar a los investigadores”.

Burgos está enojado. Dice que desde hace un año, a pesar de los 300 reportes ovnis en el país, la Comisión no emitió una sola declaración. Dice: “La integran meteorólogos, ingenieros, personas que están en contra del fenómeno. Para ellos, nosotros le mentimos a la gente”.

El mundo ovni es más chico de lo que parece. Burgos trabajó con varios de los civiles que integran la Comisión. Civiles que, según dice, lo defraudaron: lo decepcionaron por completo. “Pensaron que debajo de una comisión gubernamental iban a tener acceso a algo. Pero, por ahora, no les dieron nada. Cada uno sabe lo que hace: yo, al menos, los pantalones no me los bajo”.

Queremos saber la verdad

A principios de octubre de 2012, a días de la explosión que sacudió el barrio 9 de abril, en Esteban Echeverría, el cartel escrito sobre una sábana blanca, seguía colgado de una de las vallas que había puesto la policía. En letras negras, desprolijas, se leía: “No fue gas. Los vecinos queremos saber la verdad”.

El lunes 29 de septiembre, cerca de las dos de la mañana, una explosión increíble mató a la peruana Silvia Espinoza (43), hirió a otras ocho personas, derrumbó dos casas y afectó otras cien. Nadie sabe quién lo dijo primero, pero la mañana que siguió al accidente en la televisión había ufólogos y especialistas que hablaban de la posibilidad de un meteorito, un ovni, un microcometa, un fragmento de chatarra espacial, entre muchas otras cosas. En un canal, incluso, se publicó la foto de una bola de fuego roja que, dijeron, un vecino había tomado con su celular.

Julio Leiva, que vive en la esquina de Vernet y Los Andes, les contó a los periodistas que estaba en la cocina calentando agua para tomar unos mates, cuando en la ventana vio “una cosa roja con forma de pera que bajaba del cielo”. Otros vecinos también vieron, o sintieron, o creyeron ver o sentir que algo raro había pasado. Luego, alguien dijo que la foto era falsa. Luego, supuestamente, la policía detuvo al hombre que había difundido la foto.

La fiscal de la causa dio intervención a la Comisión Investigadora de Fenómenos Aeroespaciales. La comisión se hizo presente. Los civiles aplicaron el test de mayor simpleza, el de Hynek, el test de extrañeza y credibilidad. Se lo aplicaron a tres testigos, incluyendo a Julio Leiva. Según los resultados, el caso no cumplió con el mínimo valor aceptable para ser válido. Sin embargo, según los mismos resultados, los testigos no mintieron ni fabularon.

Ese mismo día, hombres de la CONEA, con trajes blancos y máscaras y guantes verdes, midieron la radiación en el lugar.

Luego, hubo una limpieza de los escombros.

El martes a la noche los vecinos quemaron gomas y cortaron la calle. Querían que liberaran al preso que habría difundido la foto, querían que dejaran de decir que había sido un escape de gas, querían una explicación: ellos sabían que todo era mentira.

“Una vecina que vive a 13 cuadras comentaba que se le prendió y se le apago la luz, esto lo dijeron un montón de vecinos, la luz se prendió y se apagó en el mismo momento”, decía alarmada la movilera de un canal de televisión y seguía: “A los vecinos les llamó atención que se hubiera limpiado tan rápido absolutamente todo”. En los demás programas se consultaban especialistas, se mostraba el lugar. Se hablaba mucho y se explicaba bien poco. Y cada vez era más los vecinos que decían haber visto un ovni.

A seis meses de la explosión, en el departamento de prensa de la Unidad Fiscal de Investigación 6 de Lomas de Zamora, a cargo del caso, indican que si bien “las tareas investigativas continuaban”, las pericias de Fuerza Aérea, bomberos y policía fueron concluyentes. “Se comprobó que hubo conexiones clandestinas de gas y se imputó a los dueños de la casa que explotó. Por otra parte, se agregaron oficios de la Fuerza Aérea donde dicen que en esa fecha no hubo movimientos interestelares ni meteoritos que pudieran estar relacionados con los hechos”.

Y sin embargo, los vecinos siguen creyendo que la municipalidad y la policía esconden algo. Cuando se les pregunta, no dejan de mencionar la palabra ovni. El creador de la Red Argentina de Ovnilogía cree que mucha gente entró al lugar. Que se hizo lo que no hay que hacer en estos casos: en vez de cercar el perímetro y realizar una minuciosa requisa del terreno, las topadoras removieron todo. Que la investigación se derrumbó en el momento en que las pruebas desaparecieron. Que, sin elementos, el caso quedará como inválido. Que ya, nunca más, se podrá saber qué fue lo que verdaderamente pasó.

Epílogo

¿Qué fue lo que verderamente pasó?

Mi tío me llama por teléfono desde Mendoza. Le cuento que estoy viendo unas fotos en internet, unas fotos que parecen cuadros pero son del espacio. Me pregunta por qué estoy viendo eso. Estoy terminando una nota sobre los OVNIS, tío, el eje de la nota es que, a fin de cuentas, creer o no creer es una cuestión de fe.

—No, no. Yo los vi.

Mi tío es universitario, da clases en un posgrado, hace poco lo convocaron desde Arabia Saudita para que hiciera una consultoría. Viajó: le fue bien.

— ¿Cómo?
— Fue a principios de febrero del 64. En ese momento yo vivía en una pension cerca del centro de Bahía Blanca, sobre la Avenida Alem, a unas cuadras de la Plaza Rivadavia. Me acuerdo, era una noche calurosa. Y de pronto, todos mirando hacia arriba. Una formación de tres estrellas. Me acuerdo, haber dicho: pucha, ¿y eso qué es?
—…
— Cambiaban de color: verde, azul, rojo, era muy extraño. Parecían estáticas, pero de repente salieron a una velocidad notable. Como tejos, rajando para un solo lado. No sé cuánto tiempo pasó, deben haber sido unos cinco minutos, pero al día siguiente saliò una nota en el diario La Nueva Provincia. Mucha gente los había visto.

Lo saludo. Corto. Sigo viendo fotos.

Parecen cuadros abstractos.

Así es el espacio. Debe ser así.

Habrá que creer, ¿no?

El 2 de febrero de 2008, Juan “Pico” Mónaco estaba en su mejor momento. Catorce en el ranking mundial, venía con un envión imparable. Pero ese partido, la final de dobles del ATP de Viña del Mar, cada vez se ponía más difícil. Jugaba con Máximo González, contra José Acasuso y Sebastián Prieto. Iban perdiendo 6-1, 3-0, cuando fue a buscar una pelota al fondo. Pisó el cajón de unos de los jueces de línea y se esguinzó el tobillo izquierdo. Quedó tirado sobre el polvo de ladrillo. Con la bronca entre los dientes y la conciencia de que su puesto en el ranking caería sin freno.

Se perdió la final en Chile y la primera ronda de la Copa Davisfrente a Gran Bretaña.

Terminó el año en el puesto 46.

Pero pudo reponerse.

***

Mónaco está sentado en una mesa para cuatro en este bar de esquina en Palermo. Lleva una campera de sponsor, roja con tiras blancas, chaleco y pantalón negro. Parece incómodo frente a la mesa, chica, sostenida sobre patas cruzadas, de madera filosa.

Antes de empezar la nota, me dice que su entrenador no me va a aclarar las respuestas que me dio por mail. Que los dos saben que eran un poco generales, no tan específicas, pero que hay cosas que quieren mantener en reserva. No pueden abrir tanto el juego, porque su trabajo depende de eso. “Es parte de la estrategia”, dice y pregunta cómo va a seguir el cuestionario. Y entonces sí, las preguntas y las respuestas.

Cuando Mónaco sale a la cancha está solo. Frente al oponente, red de por medio, es él con su raqueta, las muñequeras, la vincha, la ropa y nadie más. La soledad del tenista promedio. Sin embargo, durante la semana trabaja con un entrenador físico, uno técnico, dos médicos, dos kinesiólogos y un manager. Ningún psicólogo.

Mónaco trata de priorizar lo humano sobre lo deportivo. “No es como en el fútbol que ves al entrenador una vez por día: yo desayuno con mi equipo, almuerzo con ellos, ceno y comparto el hotel”.

A Ignacio Menchón, su coach físico, lo conoce desde chico, fueron al mismo colegio y los padres son amigos. A Gustavo Marcaccio, su coach técnico, desde la adolescencia.

Saber que ellos confían en su laburo, que no están con él por la plata lo deja tranquilo. Saber que si mañana le va mal y alguien les hace una buena oferta no le van a decir: fue un gusto, pero hasta acá llegamos.

—El tenis es un juego psicológico: estar bien afuera de la cancha hace que uno pueda rendir mejor adentro —dice.

***

Mónaco es fachero, famoso, tiene plata (según el diario BAE en diez años ganó unos US$ 4,7 millones), no para de entrenar, está todo trabado, y de vez en cuando aparece en la tapa de alguna revista de moda con alguna novia, Luisana Lopilato, Zaira Nara, aunque a él, lo que más le preocupa es el tenis. Lo que lo obsesiona, lo que piensa cada noche antes de dormir, es cómo hacer para mejorar, para precisar detalles en el saque o la volea.

Como si siguiera un dogma, por día, como mínimo, toma cuatro litros de agua, duerme ocho horas, consume cuatro mil calorías. Se levanta a las 8, desayuna cereales, tostadas con queso, café con leche, jugos, fruta y huevos. A las 9.30, al gimnasio. Ciento veinte minutos en los que busca desarrollar potencia en los brazos, estabilidad en la cintura; reacción y velocidad en las piernas.

Almuerza carbohidratos: papa, arroz, pastas. Duerme siesta. Dos horas de tenis, una hora de fisioterapia. Merienda batidos proteicos, algún sándwich de queso, come frutas y frutos secos. Descansa. Cena carne, pescado o pollo que acompaña con carbohidratos. De postre, flan, o dulce, o una fruta. Y a dormir.

Al día siguiente, si no juega, lo mismo.

Es autoexigente dentro y fuera de la cancha. Se obsesiona con las comidas, con el descanso. Tiene 28 años y sabe que, a esta edad, no puede regalar un centímetro. Quiere estar bien físicamente: su táctica de juego depende de eso.

—No soy un jugador supertalentoso. No tengo un juego muy agresivo ni un saque muy potente, tampoco soy especialista en canchas rápidas. Baso mi estrategia en el diálogo. Soy un jugador de ritmo que gana puntos a partir de la tercera o cuarta pelota, que va desgastando todo el tiempo y cuando el otro baja, sigue ahí —dice antes de morder el sándwich de queso.

La perseverancia, el pensamiento único y constante, no es algo de los últimos tiempos. A los 8 ó 9 años, Mónaco se entrenaba todos los días. En Tandil. En invierno, con  cero grados, con las canchas llenas de escarcha.

Después de cumplir 14, se fue siete meses a entrenarse a Miami. Luego, se mudó a Barcelona, donde se formó como tenista profesional. En España vivió cuatro años. Dejó a su familia, sus amigos, pasó las Navidades solo, se perdió la adolescencia, las fiestas de quince de sus compañeras de colegio, todos sus cumpleaños. Dice, fue un sacrificio muy grande. Hubo momentos, a los 15 ó 16 años, cuando empezaba a jugar profesionalmente y perdía casi todos los partidos, en los que dudaba.

—¿Y si me vuelvo? ¿Y si me pongo a estudiar y hago la vida que hacen mis amigos que la pasan infernal? Pero cada vez, me inclinaba por el sacrificio, por seguir y  luchar: ¡Vamos que podemos! ¡Vamos que podemos!

Casi no queda sándwich.

Ya jugó 400 partidos de ATP. Y a veces, después de alguno muy duro, los siente. En la muñeca, el hombro, las caderas, la espalda. Pero hay que seguir. Para mejorar hay que seguir. Y Mónaco sabe que es un jugador que se acelera muy rápido. Si quiere superarse tiene que luchar, sobre todo, contra la ansiedad. Contra eso se entrena.

—Si por ejemplo hay que pegarle con derecha cruzada durante veinticinco minutos. Bueno, hacerlo a conciencia. Sin mirar para otro lado, pensando en la técnica, pensando sólo en corregir —toma un trago de café con leche y sigue, enérgico—. Por ahí te pasan cosas por la cabeza, te distraés: uh, salgo de acá, tengo la nota de hoy a la tarde, las fotos, apenas termino me tengo que bañar. Estoy en la Argentina quiero ir a ver a mis viejos, la cabeza se dispara y es ahí donde decís: enfocate. Dale, volvé. Dale, volvé. Todo el tiempo pensar en ir a por más.

***

¿Qué es ir a por más? ¿Por qué alguien pierde toda su vida tratando de pegarle mejor a una pelota, de correr más rápido, de tirar una bola de metal más lejos?  ¿Por qué una persona que nada sin parar durante ocho horas y media para algunos es un héroe?

¿Qué hay más allá de la plata, de la fama, del reconocimiento?

¿La obsesión del deportista es algo sano? ¿O son enfermos: obsesivos socialmente aceptados?

Cuando uno le pregunta a un deportista de alto rendimiento por qué hace lo que hace, la respuesta suele ser “qué buena pregunta”. Luego, algunos segundos de silencio. Y después sí: “Porque me gusta”. “Porque no podría hacer otra cosa”. “Porque me pone contento”. “Es difícil de explicar, pero cuando hago esto siento que estoy en lo mío”.

¿La repetición como una búsqueda de orden?

¿Mejorar para llegar a qué?

¿Para ganar algo?

¿Para ser mejor?

¿Repetir por repetir?

¿O repetir para no pensar?

***

El 17 de abril de 2012, cuatro años después de aquella lesión, Mónaco había recuperado su mejor puesto en el ranking: de nuevo era el número catorce del mundo. Se sentía en el mejor momento de su carrera. Había hecho semifinales del Masters en Miami, había perdido con el mejor del mundo, Novak Djokovic, por 6-0 y 7-6( 5). Venía embalado. Jugaba contra el holandés Robin Haase, en Montecarlo, la primera ronda del Masters 1000. Iban 5-7, 6-0, 3-1 y Mónaco, vestido de naranja furioso, devolvió la pelota y pisó mal, pisó con la cara externa del pie derecho y oyó el ruido de una soga al romperse, tac, y cayó y desde el piso gritó que no podía creerlo. No quería tocarse. Pensaba que se había roto el talón de Aquiles. Pensaba que, de nuevo, una vez más, cuando estaba subiendo en el ranking, venía esta lesión. Pensaba que iba a perder todo el año y se agarraba la cabeza y gritaba: no puedo creerlo, no.

Después de revisarlo, el médico le dijo que era una torcedura tobillo. Sólo una torcedura de tobillo. Se relajó tanto que quiso seguir. Djokovic sacó. Mónaco no tuvo reacción, le costaba pisar.

—Dos veces estuviste número 14 en el ranking y las dos veces te lesionaste. ¿Cómo interpretás eso?
—Hay dos formas de ver las cosas: deprimirse y decir “qué mala leche tengo” y pensar en la mala suerte y en un montón de cosas. O pensar que las cosas pasan por algo, que hay que seguir adelante. Que si me lesioné hoy, esta noche me voy a mentalizar para que la recuperación sea lo más rápido posible.

Al día siguiente, los médicos le dijeron que con ejercicios y kinesiología, podía volver en seis semanas. Que quizás, con suerte, llegaba a Roland Garros.

Y él que se había matado para estar, de nuevo, top 15, pensó que le había costado tres años volver a su mejor ranking.

Pensó: en cuatro semanas vuelvo.

Y en cuatro semanas, volvió.

En el Masters 1000, en Roma. Con todo. Y aunque no pudo (4-6, 6-2 y 6-3), estuvo a punto de ganarle a Djokovic, al número uno del mundo.

***

El año se le hace largo. Empieza la pretemporada en diciembre y el circuito en enero; recién se relaja a mediados de noviembre.

—No es fácil con tanta exigencia en la cabeza estar motivado todo el tiempo. Uno sufre pequeños altibajos, por eso es bueno tener un grupo humano al lado que te mantenga en órbita: ni tan eufórico cuando te va bien, ni tan abajo cuando te va mal.

A medida que se hacen conocidos, la presión sobre los tenistas aumenta. Al llegar al puesto treinta, el público, los periodistas, ellos mismos, quieren estar en el quince. Y, luego, seguir subiendo. Pero Mónaco se traza objetivos a corto plazo, no tan difíciles de alcanzar, que pueda cumplir de a poco.

—Sé que si me entreno muy duro y tengo esa obsesión por mejorar pequeños detalles, como el saque, la derecha y el revés y gano puntos, el ranking va a venir solo.

A la noche, después de un partido, mira series norteamericanas: Mad men, Lost o Six feet under. En una semana puede ver treinta capítulos. No chatea. Chatear lo desenfoca. Si está en China y habla con amigos o familiares que le cuentan lo que están haciendo, se acuerda, extraña y se va a dormir triste. Por eso, mira series, o alguna película.

Y al acostarse, después de cerrar los ojos, antes de quedarse dormido, trata de visualizar el partido del día siguiente, piensa cómo va a ser, si va a haber algún punto largo, o revisa el entrenamiento.

Su vida, dice, pasa ciento por ciento por el tenis. No puede dejar nada librado al azar.

Su vida, dice, no tiene sorpresas. Se rige por un estricto cronograma: el primero de octubre va a estar en Japón (Rakuten Japan Open), el siete en Shangai (Rolex Masters), el lunes 22 en Valencia (Open 500); la semana siguiente en París (BNP Paribas Masters).

Y durante los partidos tiene costumbres, rituales, que lo ayudan a concentrarse, a no pensar en otra cosa que no sea cómo pegarle a la pelota para que vaya adonde él quiera dirigirla.

Cuando saca, pica la pelota de seis a trece veces. Se enfoca en el número y, en ese momento, no piensa en absolutamente nada más que en la técnica del saque.

Y antes de devolver, mira para abajo dos segundos, y luego sí al oponente.

Cuando toma agua o alguna bebida energizante, siempre: dos tragos. No importa cuánta sed tenga. Dos tragos. Así, va a estar hidratado. No sabe si hacer esto está bien o está mal, pero lo deja tranquilo.

Y tres o cuatro minutos antes de los partidos necesita estar solo. Música y pensamiento. Catupecu Machu: bien arriba, mucha energía; o U2 o, si está triste, una cumbia: Gilda o Los Totora, para seguir el ritmo.

Y siempre, desde aquella vez de la lesión en Chile, un diálogo interno. El rosario en el pecho, el mismo pedido.

— Terminar sano. No me importa el resultado, jugar bien o jugar mal no me importa, pero quiero terminar sano, es lo único que pido: terminar sano el partido.
—En tu equipo no hay psicólogos, ¿no?
—No. Somos muchos y no me parece bueno meter más gente. Tengo un entrenador, un preparador físico y un equipo médico, amigos, que son los mejores psicólogos que pueden existir. Si tengo alguna inquietud, prefiero hablarla con ellos. Hay muchísima confianza y me van a decir la verdad de lo que está pasando. Si me ven bien o me ven mal.

Hoy, una vez más, Mónaco está catorce del mundo. Viene embalado. Y aunque sabe que los Juegos Olímpicos son en Wimbledon y que en césped no ha tenido muy buenos resultados, está tranquilo. No podría calcular porcentualmente sus posibilidades de ganar una medalla. Eso depende de muchos factores, dice. Puede jugar el mejor partido de su vida y perder en primera ronda o jugar más o menos y ganar. Sabe que si hace las cosas bien, los resultados llegan.

No por nada hoy está donde está. Número catorce del mundo.

A París fue 27 veces. No conoce el Louvre, no conoce Notre Dame, no dio una vuelta en barco por el Sena. Subió una sola vez a la Torre Eiffel. Suele enfocarse en los partidos, en descansar, bajar la adrenalina en el hotel, no tiene tiempo para paseos.

La mesa, las patas cruzadas de madera.

— Si alguien me pregunta si conocí París. No, la verdad es que no lo conozco. ¿Roland Garrós? Sí, de punta a punta. ¿Los aeropuertos? Todos. La concha de tu madre, que…

Pone cara de dolor, se agarra la rodilla.

—Ay, boludo, me hice mierda… Me corté… Me pegué con la punta.

Agarra una servilleta, y se agacha, se acaricia la pierna. Deja la servilleta en la mesa. En el papel blanco, la mancha de sangre.

—Dale, no pasa nada. ¿Qué te estaba diciendo?

Agachado, remera, bermudas y zapatillas negras, medias blancas, Eugenio Raúl Zaffaroni busca un libro en su biblioteca. Uno de sus colaboradores acaba de descubrir, en el frente de cada estante, un papelito blanco con un número. Cuenta en voz alta: Treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve.

—Sí, los estantes están numerados —dice el ministro de la Corte Suprema de la Nación—. Pero con eso solo no alcanza.

Separada de la mansión del barrio de Flores por un jardín con plantas, helechos, una fuente y siete gatos callejeros atigrados e idénticos, la biblioteca es un gran salón lleno de diplomas, artesanías latinoamericanas, felicitaciones y plaquetas.

Los estantes cubiertos con vitrinas son muchos, demasiados. En total, estima el juez, entre 15 mil y 20 mil libros. En total, estima uno de sus asistentes, más de 30 mil. Una de las bibliotecas de derecho más importantes de la Argentina.

—Varias personas vinieron a ordenarla. Pero todos, sin excepción, propusieron hacer cosas complicadísimas.

En el salón principal, tres mesas cubiertas de libros, rebosantes. Arriba de la pila, El principito de Antoine de Saint Exupery, el libro del ex jefe de Gabinete Aníbal Fernández y uno de investigación periodística.

En otra mesa, más libros. Uno encima del otro.

La tercera, también repleta. Libros que fueron llegando, libros que le mandan colegas de otras partes del mundo, todavía desordenados, ensimismados, difusos.

—Nadie nos pudo dar una solución…

Pasando una puerta, un segundo ambiente. Dos pisos, más vitrinas.

—Son muchos. Habría que sacarlos. Ponerlos en el piso y contratar a algún empleado que ayudara. Yo definiría las palabras clave de cada uno y se los iría pasando.

Otello, uno de los dos perros Chow Chow del juez, husmea la alfombra blanca. Recorre el salón con expresión lejana y aire de dragón oriental, displicente.

—Contratando a dos personas, unas miles de horas, un par de meses, podríamos resolverlo.

La biblioteca está dividida por sectores. Abajo a la izquierda: filosofía y teología. Luego historia, sociología, procesal penal, menores. Arriba: constitucional y literatura política. Miles y miles de libros.

—El orden era regional. Más o menos sabía el lugar de cada uno. Pero desde hace un año, aproximadamente, se empezó a despelotar todo. Sé que algo está, pero no sé dónde.

Revisa, con la vista, las vitrinas.

—Y cuando comprás dos veces el mismo libro es porque tenés un quilombo importante.

Lo dice tranquilo. Como si, a fin de cuentas, no fuera un problema.

—Esta semana —dice el primero de sus colaboradores— voy a hablar con la bibliotecóloga de la Biblioteca Nacional. Ella tiene que saber cómo arreglarlo.
—Yo no necesito tanto —dice el juez—. Sólo necesito un tipo que sepa hacer eso en la computadora. Que ponga nombre, autor, número de estantes, dos o tres palabras básicas. Y nada más.

Buscan, sin encontrarlo, un libro que el juez (previa anotación de título y fecha en un cuaderno) les va a prestar a sus colaboradores.

—Es que hay muchos —comenta, resignado, el segundo.
—Tenías el de Brassé. Te estás olvidando de el de De Las Casas —dice el primero.
—No lo veo por ningún lado.
—Y si no tenés catálogo.
—Voy a tener que hacerlo yo mismo —dice Zaffaroni—. Con ficheros de papel y plumín de ganso.

Se ríen.

***

A los 55 años, el juez flotaba pero no sabía nadar.

Una tarde de 1994, en una playa de México, leía un libro de Derecho Penal cuando alguien propuso ir al agua. “Y yo pensé: qué estúpido que soy, no sé nadar”, dice Zaffaroni, diecisiete años después, vestido con guayabera y pantalón blanco, detrás del escritorio que usa en la Corte.

Volvió a Buenos Aires y esa misma semana fue al club del barrio. “Quiero aprender. Me miraron. ¿Para competición profesional? No, porque se me dio la gana. ¿Clase colectiva? Prefiero individual”. Comenzó al día siguiente. “Me asignaron una profesora que, al verme, debe haber pensado: ¿y este hipopótamo qué quiere hacer?”. Treinta minutos de brazadas y pataleos. “Volví a mi casa y me metí en la cama. No daba más. A los dos días se repitió exactamente lo mismo. Después de la clase tenía que dormir. Había sido sólo media hora pero necesitaba descansar. Y me asusté. Un susto grande. Dije: me estoy muriendo”.

Entonces continuó con las clases. “Vino el proceso de tragar agua, entrar a la pileta sentado por miedo a tirarme de cabeza. Las cosas que tienen que hacer los pibes yo las hice de boludo grande”. Aprendió a flotar mejor y luego se animó a nadar solo. “Cuando pude hacer un largo de veinte metros, sostenerme del otro lado, me sentí (José) Meolans”. Dos largos, tres, cuatro. A los seis meses llegó a los veinte. “Quedaba agotado, pero los hacía”.

Un día, en la pileta del colegio de abogados de Costa Rica, alguien lo salpicó desde el andarivel de al lado y el agua le entró en la nariz. Se ahogó; para recuperarse braceó más despacio. “Me di cuenta de que así no me cansaba, pasé los veinte largos y se produjo un efecto muy raro. Empecé a sentir una sensación impresionante. Nunca probé cocaína… Pero supongo… Era una euforia intensa”.

Sin darse cuenta, había sincronizado respiración y brazadas. Pudo nadar cincuenta, sesenta, setenta largos. Mejoró el estilo, levantó las piernas, empezó a respirar para los dos lados. Y viajó a San Pedro, donde un amigo le presentó a Agenor Almada, “el yacaré del Paraná”, la única persona que nadó cuatro veces de Rosario a Buenos Aires. “Me vio en una pileta y me preguntó: ¿No quiere nadar en el río? Venga, yo lo preparo”.

A los quince días, Zaffaroni estaba en el agua amarronada del Paraná, y Almada mirándolo desde el bote. “Solo no me hubiera metido ni loco”. Desde Vuelta de Obligado a San Pedro, quince kilómetros: tac, tac, respiración, tac, tac, respiración, tac, tac, respiración.

Y entre 2004 y 2009 se preparó para las aguas abiertas con un entrenador. Compitió en las maratones acuáticas de Baradero (nueve kilómetros), de San Pedro (siete kilómetros y medio) y de Ramallo (ocho kilómetros). En 2005 y 2007 salió tercero de su categoría en el cruce de la laguna de Chascomús.

A pesar de sus logros, con 72 años, se siente discriminado. Su categoría le molesta. “Para los organizadores, después de los 60 años todo da igual. ¿Por qué? Si tenés un tipo de 85: ¡dale una categoría! Pero no. Para ellos es todo lo mismo. Una única: la categoría descarte”.

***

Sólo sabiendo que no le gusta el ocio absoluto, que entiende las vacaciones como tiempo para pensar lejos de las computadoras, que a la noche lee y, luego, duerme unas cinco horas, se puede entender cómo Zaffaroni construyó su prestigio. Un currículum de más de ciento ochenta hojas que, telegráficamente, se podrían resumir como: abogado a los 22 años, un doctorado a los 24, juez de cámara a los 29, procurador general de la provincia de San Luis a los 33, juez nacional a los 35, ministro de la Corte Suprema a los 63, titular de la Comisión de Reforma del Código penal a los 72.

Dirigió un Instituto de Naciones Unidas, fue diputado de la Ciudad de Buenos Aires y presidente de la Comisión de Redacción de la Constitución. Escribió libros, muchos: dos tratados, uno de cinco tomos, diez manuales de Derecho Penal, más de 20 sobre temas específicos y colaboró de distintas formas en otros 100. En castellano y portugués. El Manual de direito penal brasileiro que escribió junto a José Enrique Pierangeli va por la novena edición: ya vendió más de 95 mil ejemplares.

Le dieron la Orden de Mérito del gobierno alemán, la orden de la estrella de la solidaridad italiana y, en 2009, un equivalente al Nóbel de criminología, el Premio Estocolmo, por un trabajo sobre crímenes de masas.

Es uno de los profesores con más Honoris Causa del mundo: ya recibió 32. Le hicieron una página de Facebook que le gusta a 21.920 personas. Tiene el título académico más alto al que se puede aspirar: profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires. Y discípulos en toda América Latina, algunos que ni siquiera conoce.

Zaffaroni podría decir: “Bueno, no escribo más, me voy a mi casa a cultivar plantitas”. Sin embargo, sigue produciendo como a los 30 años, cuando trabajaba en la provincia de San Luis y todas las semanas, los jueves, se tomaba un micro hasta Buenos Aires: trece horas en un micro sin baño, para dar clases en La Plata y pasar un día con su mamá. El domingo a la noche volvía.

Sus colaboradores dicen que es un popstar: lo paran para saludarlo, para pedirle un autógrafo o que firme libros. Ya no da clases regularmente, pero dicta cursos y conferencias.

Zaffaroni dice que a lo largo de los años formó una red de gente que conoce y que muchas veces, qué sé yo, rechazar invitaciones podría dar la sensación de decir: bueno, éste se considera el maestro supremo, se subió al caballo, ahora no da más pelota. Pero le da no sé qué hacer eso. Selecciona, claro, si no tendría que ser comisario de a bordo, explica antes de la carcajada.

—¿Qué lo impulsa a seguir en la actividad académica?

—Yo nunca tuve como objetivo ser ministro de la Corte —sentado detrás del enorme escritorio, acaba de encender un angosto cigarrillo, el segundo de los cinco que fumará en la hora y media de la primera charla—. Me autopercibo más como un investigador que como un profesor, o como un juez. Cuando alguien me dice: usted es juez. No. Yo trabajo de juez. Este es un trabajo: un accidente político.

***

—La gente se sorprende —dice el bañero sin dejar de mirarlo—. Es uno de los pocos que se queda tanto tiempo yendo y viniendo, yendo y viniendo. Una vez incluso alguien me ha dicho: “Ese tipo no para nunca”.

Es jueves y la pileta de este club de barrio en Flores, veinte metros, una calurosa carpa blanca que la cubre, está dividida en dos. De un lado, diecinueve mujeres hacen gimnasia: se mueven lentas, por el agua, por la edad, agarradas a coloridos flotadores cilíndricos. Del otro lado, dos carriles.

—Nada con ritmo regular una hora seguida.

En el segundo carril, slip turquesa, gorra celeste, antiparras, reloj, ajeno a los comentarios que suelen rodearlo, el ministro de la Corte Suprema bracea. Va y viene sin detenerse, constante.

—La técnica tal vez no sea de lo más vistosa —dice el bañero, que lo sigue con la vista—, pero es efectiva. El brazo derecho no entra muy bien, lo abre demasiado, pero no lo afecta mucho porque el agarre se consigue y el ritmo se mantiene.

Según indica el termómetro, el agua de la pileta está a 28 grados. Se siente tibia, agradable, quizá por el contraste con este día de enero que abochorna, inclemente.

Zaffaroni casi no mueve los pies. Respira, a cada brazada, siempre por el lado izquierdo.

—Es grandote, largo: aprovecha la envergadura de sus brazos. Las piernas consumen el doble de oxígeno, por eso, como los fondistas, casi no patea. No importa la velocidad sino soportar el trayecto —dice el bañero.

Al llegar al borde, el ministro de la Corte Suprema se agarra con una mano e, impulsado por los pies, rebota en las venecitas celestes.

—Para ir y venir durante tanto tiempo, para soportar ese sufrimiento (porque en un punto hay sufrimiento), tiene que ser un hombre mentalmente muy fuerte.

***

Zaffaroni era un chico de barrio. Fue al colegio Mariano Moreno, en Flores. Estudiaba inglés con una profesora y dibujo en una escuela nocturna. Leía a Julio Verne, a Emilio Salgari. Quería tener un laboratorio, hacer experimentos químicos. Luego, en la secundaria, a mediados de los cincuenta, le gustó la historia, la filosofía, la política y, también, el derecho.

A los 18 años empezó a trabajar: estaba a cargo de los ficheros de presentismo de los barrenderos de la Ciudad de Buenos Aires. Después fue inspector de hospitales públicos. Verificaba que la carne que decía ser lomo no fuera cogote, que las enfermeras de la noche atendieran a los pacientes en vez de dormir, y así.

En 1960, su voz se oyó en todas las radios de la Ciudad de Buenos Aires. Hacía micros sobre salud, que se emitían durante la tanda publicitaria. Zaffaroni decía: señora, vacune a sus hijos. Señor, lávese bien los dientes. Coma frutas y, por lo menos dos veces por semana, también pescado.

Su papá, dueño de un negocio de crickets mecánicos para camiones, murió cuando él tenía 24 años. Raúl lo reemplazó en la fábrica. Trabajó un tiempo. Después, se fue a estudiar a México.

En 1968, a los 28 años, Zaffaroni daba clases en la Universidad de Veracruz. En diciembre,volvió a Buenos Aires para pasar Navidad. Cuando sonó el teléfono, se estaba bañando. La madre le avisó que lo llamaban. Después de secarse, fue a atender.

—Hola, ¿Zaffaroni? Un gusto. Soy el doctor Viale. Vengo de San Luis. Tenemos un problema, pero deberíamos hablarlo personalmente.

“Habrá matado a la mujer”, pensó Zaffaroni, aunque dijo:

—Cómo no, doctor.
—¿Mañana le parece?

Al día siguiente, se encontró con Viale en el hotel Castelar.

—Tenemos un juez con un jury. Necesitamos un juez, pero el pueblo se dividió en dos y tenemos que traer a alguien de afuera. ¿A usted le interesaría?

Así, dice, empezó su carrera judicial.

***

No tiene celular. Lee los mails una vez por día o cada dos. Si le mandan correos largos, se aburre y se saltea partes. La única forma de comunicarse con él es a través del correo electrónico, o dejando un mensaje en el contestador de su casa y esperar en línea, “Raúl, ¿andás por ahí?”, o llamando al celular de alguien que esté con él; por ejemplo a Tito, su chofer.

Le gustan los animales. Le dedicó el libro La pachamama y el humano a los perros que tuvo: Biyú, Chiche, Toy, Laika, Lazzie, Petisa, Deisy, Eric, Günther, Chu-chu, Chispa, y a los de ahora: Otello y Gräffin. Y a sus gatos: Mimí, Manón, Microbio y Negrito.

Los que lo conocen dicen que no se lo comió el cargo: almuerza en la Corte con sus ayudantes y sigue dirigiendo tesis doctorales.

Sabe hacer salchichas y ensalada. Puede poner en la plancha un pedazo de carne y ver si está cocido. O meter un huevo en el agua. Pero no mucho más. Huevo frito, no. Es una técnica que no maneja.

Se llama Eugenio Raúl Zaffaroni. Su padre se llamaba Eugenio Raúl Zaffaroni.

Es partidario de un estado de bienestar incorporativo y un abierto enemigo del Estado gendarme. Los que lo conocen dicen que sigue una línea que respeta la libertad humana. Que, para él, la vida es un bien jurídico sagrado, y que propone un derecho penal reductor del poder punitivo: siempre va a estar del lado de los más vulnerables. Dicen que es coherente y que, por eso, la vez que entraron a su casa y le robaron la video y el televisor, dijo: “bueno… está bien, los muchachos debían necesitar una tele”. No hizo la denuncia.

Usa trajes a medida. Desde hace años los manda a hacer a una antigua sastrería de la calle Warnes porque tiene los brazos largos, uno más que el otro, y siempre que se prueba alguno le queda corto de mangas. Los trajes no son modernos o son deliberadamente feos. La ropa no le importa demasiado. Ha ido a la Corte combinando traje y zapatillas.

A diferencia de otros ministros no tiene custodios, no siempre viaja con chofer, y también toma taxis o, a veces, maneja.

Colecciona cactus: en la terraza tiene más de cien. Y pesebres o “nacimientos”: cerca de doscientos, de todas partes del mundo. Los guarda en cajas y antes de Navidad los saca y los acomoda sobre los muebles hasta ocuparlos todos y, luego, también, en el suelo; los últimos días de diciembre es difícil caminar por la casa de Zaffaroni sin pisar un burrito o un niño Jesús.

Cuando lee, le da igual si el libro está en portugués, inglés o italiano. “Quando eu me encontrava na metade do caminho de nossa vida”, “Along the journey of our life half way” o “nel mezzo del camin di nostra vita”, para él es lo mismo. También entiende, y habla, francés y alemán.

Casi no lee libros de ficción.

Si viaja a un Congreso no le importa si va en primera o en turista, o cómo es el hotel adonde se va a alojar, pero sí que haya una pileta cerca.

Sin importar lo incómodo que esté, apenas se sube a un avión se queda dormido.

En los viajes, además de asistir a conferencias y dar charlas y nadar, recorre librerías de nuevos y usados. Mete los libros en cajas. A veces son tantas que tiene que mandarlas por correo. Es muy respetuoso con los libros que le regalan: no tira ninguno y eso le produce un enorme problema de espacio.

Dicen los que lo conocen que no se enoja. Que la única vez que, se acuerdan, se enojó mucho, nadaba. Y la secretaria, que no lo conocía demasiado, llamó al celular de Tito y le dijo que lo interrumpiera. Cuando nada no hay que interrumpirlo.

Tiene una formación clásica: si hubiera un manual que dijera lo que tiene que hacer un penalista según su currículum, él lo habría cumplido paso a paso. En Europa la fama lo antecede. El comentario en los congresos, después de que él habla, suele ser: “Qué interesante lo que dijo”. “Avanzado”. “Quizás, un poco arriesgado intelectualmente, ¿no?”. “Pero es Zaffaroni”.Cuando aparece en malla y ojotas en el lobby del hotel los catedráticos se sorprenden y susurran.

Dicen los que lo conocen que lo material no le interesa. Que sin embargo, es cierto, con su sueldo no le falta nada. Tiene mucha plata. Todo lo que fue guardando y heredando lo convirtió en inmuebles. Quince inmuebles en la Ciudad. Dicen que nunca firmó personalmente un contrato de locación. Que siempre tuvo intermediarios. Y que ésa fue la causa de muchos, muchos, problemas.

Se crió en un espacio de clase media empobrecida con pocos recursos. Hay cosas que no valora. No le gustan los autos de alta gama. Y, si tiene que pagarlo, prefiere un hotel de dos estrellas a uno de cinco. Le alcanza con que no le roben la valija.

Fuma unos cigarrillos norteamericanos, finitos, marca Vogue. Unos veinte por día, que según cree, por su bajo contenido de tabaco equivalen a diez de los comunes.

En las entrevistas teoriza, piensa en voz alta, cuenta anécdotas que repite casi idénticas. Como un actor, sabe dónde meter la pausa, en qué momento largar una carcajada. Pero si le preguntan sobre cosas de su vida íntima, puntualmente cómo era su madre, Elsa Clelia Cattaneo, contesta con unas pocas líneas. Dice: “No. Mi vieja era un ama de casa. No. Nunca tuvo actividad pública. Sí. Un ama de casa era…”. Y se queda en silencio esperando la pregunta que sigue.

Es hijo único, sus padres fallecieron, nunca se casó. Sólo tiene primos lejanos de segundo y tercer grado.

Dicen los que lo conocen que cuando era chico usaba anteojos pero que después no los necesitó más.

Que tiene una capacidad de abstracción que le permite generar un alto nivel de pensamiento, pero que si un empleado no le pagara las cuentas le cortarían la luz todos los meses.

Dicen que a la Corte va poco.

Que le molesta el aire acondicionado. Y le fascinan las máquinas de café.

Dicen que para escribir evita la compañía.

Dicen, también, que a veces se siente solo.

***

Pasaron cuatro meses desde la primera entrevista. La biblioteca está ordenada. En las tres mesas del salón principal sólo hay unos pocos libros, apilados y prolijos. El juez ya no puede mover los dos brazos. Tiene un cabestrillo en el derecho. La semana que sigue, aunque él no lo sepa, van a operarlo. Le pondrán una plaqueta, varios clavos, alambres. Todo saldrá bien.

Hace cuatro días, en Tucumán, fue al baño. Estaba oscuro, se tropezó y se cayó. Se fracturó la muñeca y el húmero. Dice que no le duele. Que está aprendiendo a firmar con la mano izquierda. Que lo único que no puede hacer, por ahora, es nadar.

—Usted asumió como juez de tribunal de juicio oral en 1969, durante la presidencia de facto de Onganía. Algunos lo critican por haber jurado por los estatutos de aquella dictadura.

—Es muy complicado pensarlo desde la perspectiva actual, después de treinta años sin golpes de Estado. Pertenezco a una generación que se crió con golpes (en 1943 era muy chico, pero luego el ‘55, ‘62, ‘66 y ‘76). Golpes de estado que eran dictablandas, con alguna que otra barbaridad, pero, te gustara o no, eran parte de nuestra política. La otra alternativa era irte. Qué sé yo. En líneas generales, hay un sector del Poder Judicial que siempre consideró este trabajo como una profesión. No es la visión que se puede tener hoy. Uno dice: bueno, en el ‘76 yo no sabía exactamente qué pasaba, ¡y claro que no lo sabía! Recién cuando viajé a Europa tuve una idea aproximada. Veía cosas, sí, pero no sabía qué carajo pasaba con la gente que secuestraban.

—Y en el ‘76, ¿se planteaba la jura por esos estatutos como algo cuestionable?

—No se planteaba porque nadie suponía lo que iba a pasar. En ese momento era un golpe más. Por otra parte, cuidado que en los últimos meses del gobierno de Isabel, la triple A ya estaba en la calle. Alfredo Nocetti Fasolino, Teófilo Lafuente, y yo, fuimos los últimos tres jueces del gobierno constitucional antes del golpe. Nocetti Fasolino andaba en la calle con dos autos de custodia y a Teófilo Lafuente le pusieron dos bombazos en la casa. Y no era la llamada subversión, el bombazo venía del otro lado. La llamada subversión nos consideraba la contradicción en el sistema. Nosotros éramos una mínima garantía. Éramos los tipos que dábamos los habeas corpus para salir del país. Declaramos la inconstitucionalidad del decreto de Isabel que prohibía la salida a cualquier país latinoamericano. Por eso hoy, cuando me hablan de que hay presión en los jueces, me cago de risa. ¿De qué presión me hablan? Te llama un tipo por teléfono para decirte algo, lo escuchás, te hacés el boludo y le decís: ¡Andate a la puta que te parió!, y chau. ¿Qué te puede pasar?

***

“Señora directora:

El 21 de marzo último fue un día de pérdida para los habitantes de las cárceles (…). Lamentablemente no hubo voces para impedir que nuestro Poder Judicial perdiera a uno de los más destacados penalistas, el doctor Eugenio Raúl Zaffaroni, quien era camarista y renunció ese día. Siempre recibió a los familiares de los presos y los escuchó sin discriminaciones, lo cual es muy raro, sobre todo cuando se trata de gente pobre y anónima. Siempre nos escuchó cuando pedimos una audiencia y visitó cárceles como ningún otro juez lo hizo. (…) Pasará el tiempo y, sin duda, el doctor Zaffaroni ocupará un lugar privilegiado en la historia del Derecho Penal…”

Eduardo S. Ulloa, Rubén H. Olivera, Ignacio C. Díaz (y otras firmas).

Internos de la Unidad 2 de Villa Devoto.

Texto publicado en el diario Clarín, el 14 de julio de 1990, sección Cartas de lectores.

***

—En una nota que le hicieron decía que cada sentencia es un acto político y encierra una determinada ideología. A riesgo de simplificar, ¿cómo definiría la suya?
—Soy un burgués despreciable. Un liberal, entendido como anarquista moderado mezclado con populista —dice entre risas.

En unas horas irá al Congreso. Cuando la presidenta Cristina Kirchner anuncie la difusión de un informe oficial sobre la guerra de Malvinas, estará sentado en la primera fila junto al diputado opositor Francisco De Narváez. Lleva un traje celeste muy claro. La corbata es del mismo color.

***

El peluquero Omar Colliano tiene canas, barba candado, una medalla al cuello y una camisa a rayas con varios botones abiertos. Vive en Remedios de Escalada, Lanús, frente a la cancha de Talleres. Los sábados se levanta temprano porque a las nueve y media de la mañana atiende al primer cliente en su peluquería de Gaona y Cucha Cucha, Caballito. El corte, sea para hombre, sea para mujer, cuesta $ 45 (us$ 10).

Hace dos meses, la nuera le contó a Omar que estaba estudiando Abogacía. Omar le dijo que, de vez en cuando, le cortaba el pelo a Zaffaroni y que, si ella tenía ganas, podía invitarlo a comer. Emilse, la nuera de Omar, dijo: “Si lo conozco me muero”.

—Y la vez siguiente que vino, se lo tiré —cuenta el peluquero, una tijera en la mano—. Pensé que podría poner reparos: yo vivo en un barrio, en una casa común, pero me dijo: “Sí, cómo no. Hable con mi secretaria y arregle con ella”.

El domingo siguiente comieron asado el juez, el chofer Tito, Omar y la nuera Emilse.

—En mi casa fue una revolución. Mi nuera no lo podía creer. Zaffaroni llegó al mediodía y se quedó como hasta las cuatro de la tarde. Ella, embobada, escuchándolo hablar. Creo que la única vez que abrió la boca fue para decirle si no le podía autografiar el libro. Se quedó callada durante toda la comida. Como si enfrente tuviera a un dios.

***

Los primeros días de junio de 2003, al volver de México, donde daba clases en la ciudad de Morelia, Zaffaroni leyó su nombre en la nota de un diario que hablaba sobre los posibles candidatos a jueces de la Corte Suprema. “Mi labor judicial había terminado en 1990 y para mí estaba cerrada. Me acuerdo de que empecé a llamar a periodistas amigos para preguntarles quién había largado esto: sonaba raro —dice, detrás del escritorio. Con la mano derecha apoya la colilla en el cenicero—. Cuando largan una candidatura que no se concreta, te queman un poco. ¿Quién estaba atrás de todo eso? Nadie sabía”.

A los pocos días el teléfono de su casa sonaba, intranquilo. Atendió. Era el ministro de Planificación Federal Julio de Vido y quería verlo en una hora. “Bueno, esperá que me tengo que bañar, le dije, pensando: ¿qué le pasará? Debe ser algo grave”. Ya en la Casa Rosada, después de hablar un rato, el funcionario le contó el motivo del llamado: querían proponerlo como juez de la Corte Suprema.

—Mirá: yo te agradezco, pero sinceramente querría ser defensor general.
—No, pero te queremos en la Corte.
—¿Y esto qué es? ¿Una prueba de militancia? ¿A las tres de la mañana en Curapaligüe y Cobo?

Se rieron.

—Hablando en serio —volvió Zaffaroni—. Hay dos puntos importantes. Sobre el corralito: creo que hay que devolver el capital. Y otra cosa, sobre los crímenes de lesa humanidad: no voy a legitimar las leyes de amnistía.
—Quedáte tranquilo, nosotros tampoco. Lo del corralito ya veremos.
—Está bien. Ustedes sabrán qué hacen.

Al salir del despacho pensó que todos estaban locos.

“Nunca creí que nadie bienpensante me llamaría para integrar la Corte —dice mientras maneja su auto, un Volkswagen Vento gris, desde su casa hasta el Palacio de Justicia—.Se supone que alguien que quiere pertenecer a ese cuerpo intenta dar una sensación de respetabilidad que yo nunca di. Siempre se me ocurrió decir cosas que los demás no dicen, o llevar adelante desafíos que no son muy normales en el mundo jurídico. Es cierto que tengo muchos años de juez, pero mi perfil no es el tradicional. Normalmente, los políticos no buscan problemas: se fijan si el tipo tiene cara de ministro de la Corte y lo nombran. Y la verdad es que yo, mucha cara de ministro no tengo”.

Zaffaroni ocuparía la vacante que en junio de ese año había dejado el entonces presidente de la Corte Julio Nazareno, que renunció para evitar que la Cámara de Diputados lo acusara en juicio político ante el Senado. Durante dos meses, la candidatura fue expuesta a la opinión pública.

El por entonces titular de la AFIP Alberto Abad lo definió como “tributariamente desprolijo y provisionalmente moroso”. En los diarios de mayor tirada del país se publicaron solicitadas a página completa que repetían: “El dr. Zaffaroni no es el candidato adecuado”. “Las condiciones intelectuales y académicas no acreditan necesariamente su idoneidad para desarrollarse como juez de la Corte”, “Ser complaciente con la delincuencia aumenta la inseguridad”.

—Al día siguiente de la reunión con De Vido hablé con Néstor (Kirchner) y le pregunté: ¿pero vos me conocés?
—Sí —le respondió el entonces presidente—, quedate tranquilo que te conocemos.

En sesenta días, la candidatura recibió 134 adhesiones y 831 impugnaciones.

Zaffaroni nunca imaginó el odio que podría despertar. “Uno está acostumbrado al debate político, la discusión, los golpes bajos, pero en ese momento me asusté. No por el ataque ideológico sino por la enorme cantidad de dinero que estaban invirtiendo: publicar solicitadas, mandar gente al extranjero para hacer averiguaciones, fabricar una ONG, intentar sacar la personería jurídica. Cuando vi eso dije: esto es una mafia”.

Sin embargo, en esa época, al juez le preocupaban otras cosas. Después de 30 años de vivir en la misma casa, se estaba mudando. En ese momento aprendió que, si los hechos lo superan, uno no puede hacer nada. “Pensé: que sea lo que Dios quiera. El tiempo resolverá estas cosas. Y me di cuenta de que la pulseada no era conmigo sino con (Néstor) Kirchner. También me di cuenta de que a él esto le venía muy bien, porque por tres meses se armó un despelote. Y eran los tres primeros meses de Gobierno y supongo que él no sabía adónde estaba parado. Yo aparecía en primer plano y él en la segunda página de los diarios”.

Para alejarse de ese debate mediático, de las acusaciones y reivindicaciones, para poder pensar aislado de todo eso, el juez se sumergía. “La natación es una actividad muy rara e interesante que te permite estar pensando dos cosas al mismo tiempo —dice—. Por un lado, llevar una cuenta de la cantidad de largos y, por otro, concentrarte en una segunda de una forma más relajada. Con un pensamiento que fluye, como si se deslizara mejor”.

Cuando puede, y puede bastante, Zaffaroni nada en la pileta de la Facultad de Derecho o en la del club del barrio, en verano, al mediodía, antes del horario de la colonia, antes de que los pibes llenen la carpa de gritos. Nada diez kilómetros por semana. Hoy hizo tres mil metros. El mínimo por día son dos mil: cien largos cada vez.

El agua clorada, el repetitivo ir y venir entre andariveles, también lo separó del escándalo mediático, de las acusaciones y los pedidos de renuncia cuando en julio de 2011 se conoció que, en al menos cuatro departamentos de su propiedad, funcionaban prostíbulos. “Son quince inmuebles en la ciudad que están en todas mis declaraciones patrimoniales. Es obvio que no puedo administrarlos personalmente, de modo que tengo un apoderado y una inmobiliaria que los alquila”, salió a aclarar Zaffaroni en un diario.

Las noticias se repetían: “Otro departamento atribuido al juez funcionaría como prostíbulo”, “Una estrella porno trabajaba en un departamento de Zaffaroni”. Dos diputados de la Coalición Cívica pidieron juicio político, la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) salió a defenderlo, el presidente de la Corte lo respaldó, hubo voces a favor y pronunciamientos en contra.

“Todos los colaboradores nos pusimos locos, como si nos estuvieran atacando a nosotros—dice el doctor en Derecho Penal Matías Bailone, que trabaja con el juez en la Corte—. Queríamos salir a defenderlo en todos lados. Estábamos al borde del ataque de nervios, y sin embargo él seguía tranquilo”.

Zaffaroni cree que fue una especie de lapidación mediática. Alguien tiró una piedra. Y otro tiró otra, y otra, y otra más. Lo que le preocupaba, dice el juez, no era su reacción, sino la de su entorno. “Uno no está solo. Yo puedo garantizar que no me descontrolo, pero no sé que puede hacer alguien que tengo cerca. No me gustó, pero tuve que tomar una actitud autoritaria para adentro: acá nadie se mueve si yo no lo digo. ¿Para qué nos íbamos a desequilibrar si no pasaba nada? Distinto es si tenés un cadáver en el ropero. Pero si sabés que el armario está vacío, sólo tenés que esperar”.

El juez dice que esto no es nuevo. Que le pasó también al mejor constitucionalista alemán. Peter Häberle dirigió la tesis de uno de sus alumnos que terminó siendo ministro de Defensa. La tesis era una copia de otra y todos los diarios hablaron del tema. “Sí, es cierto que la tesis estaba plagiada. Sí, es cierto que había una puta en el departamento. Es verdad. Pero no porque Häberle haya vendido una tesis plagiada, ni porque yo estuviera alquilando el departamento para eso”, dice el Juez.

El 11 de agosto de 2011 hubo un acto de desagravio en la Facultad de Derecho en el que Zaffaroni, frente a mil personas, habló. “A diferencia de lo que hace siempre, que nos muestra sus textos, esa tarde no nos contó nada —dice Bailone—. Teníamos miedo de que renunciara”. Sin embargo, luego de decir que no iba a dejar el cargo, el juez presentó la hipótesis de la “lapidación mediática”. “Era un actor, una mezcla de Churchill en discurso político con un gran manejo de la escena: el movimiento de las manos, la voz, la entonación, cómo jugaba con los silencios y los aplausos —dice Bailone—. Dio una clase magistral, mostrando que todo lo que le habían hecho estaba enmarcado en la teoría de la criminología mediática que él había escrito unos meses antes. Me acuerdo que al final, en medio de la ovación, pensé: este tipo es un monstruo político”.

***

El primer honoris causa fue en la Universidad de Río de Janeiro, en Brasil. Luego vino otro, y otro, y otro más: universidad de Santo Domingo, Particular San Martín de Porres, Privada Antenor Orrego, de Cajamarca, Morón, Tucumán, Lomas de Zamora, Macerata y así, 32 diplomas.

—¿Qué importancia le da a estos títulos?
—Qué sé yo —dice, dirá, una muletilla que repite cuando habla, y se ríe—. Creo que esto es una lucha a brazo partido contra la muerte.

A espaldas del juez, la enorme ventana, la cortina blanca. El escritorio con papeles, un enorme cenicero transparente, ningún marco, ninguna foto.

—Cuando en las asociaciones te sacan del staff ejecutivo y te pasan a la vicepresidencia, que son de los próceres, vos decís: bueno, acá está faltando la página necrológica.

Más risas. Prende el cuarto cigarrillo. Tiene un leve tic: a veces, cierra los dos ojos con fuerza.

—En Europa, cuando un catedrático llega a los 70 años se jubila y recibe un libro con artículos de sus discípulos y colegas: un libro homenaje. Yo nunca acepté uno. No, no, no, no, no. Libros homenajes, no. Les dije: ustedes pueden hacer los libros homenajes que quieran. Pero yo no voy a ir a aceptarlos, no los voy a aprobar, no me los van a entregar en público. Y no lo hicieron, por las dudas. Me suena raro. Es una costumbre académica, lo sé y todo, pero… no.
—¿Piensa seguido en la muerte?
—No. Creo que la muerte pertenece a la vida. No la vida a la muerte. Pertenezco a una generación en la que a los 20 años leíamos a Sartre, a Heidegger. Y me quedó bastante: soy muy existencialista.

***

Noticias: En varias entrevistas noté que el tema de su sexualidad es recurrente. ¿Usted es gay?

Zaffaroni: No formulo manifestaciones sobre opciones personales.

Noticias: ¿Por qué?

Zaffaroni: Eso es de cada uno.

Noticias: Cuando lo eligieron en la Corte intentaban cuestionarlo por ser soltero…

Zaffaroni: En la Argentina eso no le interesa a nadie.

Noticias: ¿Le parece?

Zaffaroni: Salvo a los chismosos, claro.

Noticias: Van a seguir preguntando.

Zaffaroni: Y seguiré sin contestar.

Noticias: Jorge Telerman dijo ser afrancesado…

Zaffaroni: Yo no soy afrancesado. Puedo ser mexicanizado o peruanizado. Pero afrancesado, no.

Nota de la revista Noticias, 2/12/2006

***

Los lunes a la mañana llega a la Corte temprano: tiene clase de alemán. Después del mediodía empieza a ver expedientes. Se junta con su equipo de trabajo. Cada uno tiene una pila. Cada uno le cuenta una causa. Le dicen al juez: esto está bien, está mal, es conveniente firmarlo, de ninguna manera. Así, la pila va bajando.

El trabajo no lo aburre. Pero es monótono. Las causas son distintas. Pero es monótono. Y, dice, llega un momento en que uno piensa que su misión está cumplida.

No es que esté cansado. No es eso. Pero piensa que hay ciclos que se cierran. Cree que habría que terminar una etapa, aunque no quiere ser el primero en irse y desarmar la Corte. Viene funcionando bastante bien, es la más longeva de la historia, y se siente cómodo.

En algún momento quiere volver a la Academia y, alguna vez, despuntar el vicio de asumir una defensa. Porque, explica, cuando es juez uno mira el trabajo de otros. De alguna manera, la responsabilidad la tienen los demás. La cosa ya está. En última instancia es muy poco lo que puede decidir. En la defensa, en cambio, de lo que el abogado diga o escriba depende la suerte, lo que le pase a una persona. Le gustaría recuperar aquella adrenalina.

***

Después de nadar se limpia el interior de la oreja con un hisopo húmedo en alcohol boricado. No usa tapones para los oídos desde que, hace unos años, en una pileta llamada Carlos Saúl Menem trató de acomodárselos debajo del agua y sintió un pinchazo intenso, la punta de un destornillador a la altura de la oreja. Seis meses de dolor profundo. “Tuve que ir a un hospital, me hicieron estudios, audiometrías. Y, después de unos días, como lamentándolo, el médico me explicó que por el daño de la lesión, no iba a percibir frecuencias bajas, no podría oír a los murciélagos —dice antes de bajarse del auto—. Aunque la verdad es que no sé, para qué querría yo oír a los dichosos murciélagos”.

En la foto se ve el cielo nepalés veteado por nubes difusas, el desnivel de la montaña, la nieve, lo áspero de las rocas: la inmensidad del Himalaya. Se ve, en primer plano, de espaldas, a un hombre, con una enorme mochila gris, una campera roja y botas con crampones, que mira hacia un punto no tan lejano en dirección a la cima. Y más allá, donde termina la nieve y aparecen las rocas, se ve también un bulto amarillo.

En la foto no se ve que ese bulto amarillo es un alpinista que hace dieciséis horas espera que alguien lo ayude. Estática, la imagen no muestra que el hombre de espaldas, que hace un día subió al Everest, que hace menos de tres horas salvó de la muerte a una pareja, va a rescatar, también, al alpinista de campera amarilla. No se ve, tampoco, lo que vendrá después: las denuncias por abandono de persona, el sentimiento de culpa de quienes no pudieron ayudar, las peleas, las notas a los argentinos heroicos, el debate por el uso de oxígeno, de corticoides, las amputaciones, la discusión sobre si esto sigue siendo un deporte o si todo se transformó ya en un negocio inmenso.

Y sin embargo, esta foto, que no podrá ser publicada por un acuerdo entre rescatado y rescatistas, dice mucho más de lo que muestra. Dice que hay cosas que se cuentan y otras que quedan allá arriba, enterradas en la montaña.

El domingo 22 de mayo, alrededor de las dos y media de la mañana, camino a la cima del monte Lhotse, en Nepal, el andaluz Manuel “Lolo” González se dio cuenta de que no tenía su piqueta. Volvió a la carpa a buscarla. Cuando retomó el sendero sintió de golpe unas irrefrenables ganas de ir al baño. La falta de inodoro a ocho mil metros de altura y el traje preparado para soportar vientos de cien kilómetros por hora hicieron que la cotidiana acción demorara más de lo previsto. Sus compañeros de cordada siguieron subiendo. Él llegó a la cumbre a las tres y media de la tarde.

Lolo se acuerda de que en la cima de la montaña se sacó una foto con el iraní Mahdi Amidi. Se acuerda de que el hombre le dijo que prefería esperar a una pareja de españoles que habían quedado retrasados; que empezó a bajar tranquilo, disfrutando del paisaje. Se acuerda de que a las siete de la tarde armó el teléfono satelital, llamó al campamento base, pidió que le llevaran agua caliente. Después, no se acuerda de más nada. En realidad, se acuerda de los sueños que, cree, hicieron que se moviera, que caminara en medio de la noche helada. De esas cuatro alucinaciones por las que hoy está vivo.

Una. Sobre la ladera de la montaña hay casas incrustadas en la nieve. Desde las puertas se asoman nepaleses que le hablan, le dicen que siga, le indican el camino.

Dos. Tres guardaparques vienen a pedirle ayuda. Dicen que se les rompió el auto. Lolo hace un llamado por teléfono y, al rato, llegan tres hombres que arreglan el problema: le ofrecen alcanzarlo a algún lugar. Él responde “no”: prefiere quedarse por ahí.

Tres. Un sherpa le pregunta por un nuevo hotel que han abierto en la zona. Caminan juntos, suben por la pendiente hasta llegar a una moderna construcción. Más tarde, otro sherpa. También busca el hotel. Él lo acompaña. Luego, una mujer. Lolo va con ella pero protesta, se pregunta qué pasa que todo el mundo viene a preguntarle, hoy, dónde diablos queda ese lugar.

Cuatro. Camina en la nieve, un rato largo, hasta llegar al campo base. Sin embargo, ahí, no hay nada. Piensa: han quitado las tiendas, han sacado todo. Está amaneciendo y él está cansado. Piensa: me voy a tumbar un poquito, con buena luz, seguro, encuentro el campamento. Se acuesta a dormir. Allí, en un rato, lo encontrarán los argentinos: Damián Benegas y Matías “Matoco” Erroz.

Pero no todavía, porque a Damián le faltan seis horas para llegar a esa altura: ahora está en su campamento, junto con su compañero Matoco, descansando luego de hacer cumbre en el Everest. El objetivo siguiente es subir al Lhotse (8.516 metros) y al Nuptse (7.861 metros), hacer las tres cumbres sucesivas y lograr, así, un récord; pero entra una llamada de radio: es su hermano mellizo, Willie, desde el campo base, que le dice que hay un problema.

— Sé que una persona no llegó al campo cuatro: está perdida. Del resto de la expedición, cinco o seis españoles, no se sabe nada.

Y como si algo se le hubiera encendido dentro, Damián se pregunta qué hacer. Trata de averiguar dónde pudo perderse el hombre. Si salió a tal hora, si llegó a la cumbre, si la última comunicación satelital la tuvo… y después no se sabe más nada: debería estar acá.

Cuando todo haya pasado, varios de los alpinistas que estuvieron esa noche en la montaña saldrán a defenderse de las críticas por haber abandonado a un compañero, por haber dejado morir a una persona. Aclararán que ellos no fueron juntos. Dirán que eran escaladores independientes, que no estaban todos en el mismo grupo. El español Lolo, que será rescatado por los argentinos, comparte carpa con Juanjo Garra y con Juanito Oiarzabal. Garra, en declaraciones a una revista española confesará haberse sentido mal por la situación. “Me duele no haber tenido la fuerza y el coraje para ir por él. Desde el campo base nos dijeron que bajásemos, pero ésa no es excusa”. Oiarzabal, en cambio, dirá: “Yo iba solo, compartiendo el permiso de la expedición con algunos alpinistas que conocía. Pero nuestra responsabilidad colectiva se acababa en el campo base. A partir de allí comenzaba la responsabilidad personal”.

Aún falta para eso. Damián y su compañero Matoco recién salen a buscar al hombre que está perdido. Sin embargo, cuando ven a lo lejos una mancha amarilla, escuchan más cerca los gritos de ayuda: el resto de la expedición. Primero, lo urgente. Luego, deciden, irán por el cadáver. Dentro de una carpa encuentran a dos españoles: la burgalesa Isabel García y el vizcaíno Roberto Rodrigo: él, muy mal. Ciego, ¿con edema cerebral?, y con los dedos negros. El frío es como el fuego: avanza sobre la piel y quema, deja ampollas de primero, segundo, tercer grado. Si el frío llega al hueso, no queda opción, habrá que amputar.

Aunque ahora eso no se piensa, porque lo que hace Damián es sacarse la máscara de oxígeno, para dárselas. Ellos, no entienden demasiado, le preguntan quién es. Les explica: les va a pasar la máscara, vino a rescatarlos. Y ellos, entonces, dicen que no. Y Damián: “¡Estoy acá arriesgando mi vida por ustedes! ¡Ya se murió otra persona en esta montaña, no quiero que se muera nadie más!”. Pero los españoles insisten. La verdad, oxígeno ellos prefieren no tomar.

En 1978, después de que el italiano Reinhold Messner demostrara que el cuerpo humano soporta un ascenso al Everest sin ayuda, empezó la polémica. Y a pesar de que el oxígeno está clínicamente exigido para quienes suben a más de 7.000 metros; de que la Agencia Mundial Antidopaje no lo considera doping; de que éste no es un deporte reglado (no hay puntos, controles ni clasificación), en algunos lugares como el País Vasco, donde empresas y gobiernos financian a sus deportistas, el hecho de ponerse la mascarilla unos segundos puede significar la pérdida del patrocinio. Que aunque uno haya llegado a lo más alto de la montaña, otros escaladores digan que no, que esa cumbre no cuenta. La polémica existe. Y los que se oponen a esta rigidez se preguntan por qué entonces la dexametasona, un fuerte corticoide, que los españoles usan cuando sienten que no dan más, que están entrando en edema cerebral, no es doping. Y dicen también que quienes hablan de la pureza de la escalada dependen de expediciones comerciales que usan oxígeno: que suben primero y ponen cuerdas fijas que ellos, después, van a usar en silencio.

Hoy, sentado en la oficina de un negocio de ropa de un shopping de Buenos Aires, un mes después del rescate, el mate en la mano, Damián Benegas dice que en ese momento, en esa carpa, no era él. Era un ser desensibilizado tratando de salvar a otra persona. Era una máquina de reaccionar. “A veces pienso: pobre flaco el español. Pero yo tenía enfrente dos personas que no querían ser ayudadas”.

Además de deshidratación, la falta de oxígeno puede provocar cambios en los parámetros sanguíneos, daños en los pulmones, el nervio óptico, el cerebro. Puede hacer que el corazón de una persona, de un segundo a otro, deje de latir.

Escribe en su blog el español Roberto Rodrigo la crónica del rescate; él ciego, los dedos congelados: “Son argentinos. Llegan a la tienda y nos dicen que vienen a rescatarnos. A mí me colocan directamente una bombona de oxígeno (mira por dónde, yo que siempre he estado en contra de llevar oxígeno, incluso de emergencia… pero en las circunstancias en las que estoy creo que me puede ayudar a salir de aquí) y me vendan los ojos totalmente. A Isa también le quieren poner el oxígeno pero ella no quiere ya que dice que no lo necesita, se encuentra bien. Prefiere que me lo pongan a mí. La verdad es que ella estaba cansada después de tantas horas bajando, pero la conozco y sé que podía salir de allí sin él; de hecho así lo hace. Un argentino se enfada y arremete contra ella diciendo bastantes burradas (los nervios son traidores y malos consejeros, así que no le doy más importancia)”.

Un sherpa sube y ayuda a Roberto Rodrigo, ciego, con congelamientos en manos y pies a bajar hasta el campo dos, donde lo vendría a buscar un helicóptero. Isabel García baja con el iraní Mahdi Amidi.

A través de la radio Willie, que está junto con otras personas en el campamento base coordinando el rescate, le dice a Damián: “Bueno, ahora, antes de ir a buscar el cuerpo, descansá, comé algo”. Y Damián, que ahora ceba un mate caliente, dice que a su hermano le presta atención hasta un momento. “Estoy a ocho mil metros. Dejame hacer las cosas tranquilo”.

Veinte grados bajo cero de temperatura, vientos de cuarenta kilómetros por hora, Damián, campera de duvet, máscara de oxígeno, movimientos lentos como los de un astronauta, vuelve a ver a unas diez cuadras hacia arriba, lo que supone es un cuerpo muerto. La foto que no será publicada.

Cuando en la montaña un alpinista encuentra un cadáver, se acerca y lo ata a una piedra, para que el viento no lo vuele, la nieve no lo tape, para que no se convierta en un desaparecido más. “No hay nada peor para una familia que no saber qué pasó. Desconocer dónde está el cuerpo es no tener un final. Entonces uno suele ir, poner un clavo en la roca, y sacar una foto”, dice Damián.

Entonces sube y lo ve tirado, en posición fetal, y piensa en una película de terror. Por radio, se comunica con Willie, le pregunta cómo se llama esta persona. Y Willie, desde el campamento base, dice: Lolo. Y Damián piensa: voy a gritar y si no se mueve, al menos, los malos espíritus van a alejarse. Y Grita: ¡Lolo! Y el cuerpo, la mancha amarilla, a unos cien metros de él, se estremece y entonces él dice: “¡Shit!”. Porque ahora es cuando realmente las cosas se complican. A más de ocho mil metros de altura, una cuadra son diez cuadras, un paso son diez pasos y si uno se saca la mascarilla de oxígeno y no se mueve lento, como si estuviera actuando, es probable que nada salga bien.

— Willie, ¿Y ahora qué hacemos?

Y Willie, a dos meses de aquel día, sentado en una oficina de un canal de televisión, dice que el escenario es como el que se le plantea a un bombero frente a un incendio. Está apagando las llamas en el primer piso y le avisan que en el cuarto hay una vieja, sola, con su gato: nadie quiere meterse dentro de ese fuego. Cualquiera tiene un miedo atroz. El cansancio de haber hecho cumbre en el Everest el día anterior, el estrés, la poca comida (barras energizantes, mucho mate), las veinte horas que faltaban hasta llegar abajo con una persona viva, sin máscaras de oxígeno, sin una camilla. “Si el rescate no se puede hacer, no se hace. La persona quedará ahí arriba”, dice Willie aunque también dice que si uno toma la decisión de meterse en el fuego, después, es casi imposible volver atrás.

Su hermano Damián, que subió la escalera con las llamas bajo los pies, cree que no existe un código de montaña. Dice que el respeto hacia la vida es uno, que se cumple ahí, en una ruta o en el medio de un valle. “Hubo personas que me dijeron: qué bajón que al final no pudiste terminar la expedición, llegar a la cima de esas tres montañas. Y mi respuesta fue que salvamos tres vidas. Y que las tres cumbres van a seguir ahí, pienso que pueden esperarme”.

—Esperá un poco. No te acerques. Pensá bien lo que vas a hacer —dice Willie, desde lejos, ahora preocupado.

Damián, desoyendo a su hermano, se acerca a Lolo. Le habla, le pregunta cómo está. El español, todavía confundido, pide dexametasona.

— No te pongas abajo, ni al lado. Trabajá desde arriba. No te ates a él, que si se cae te lleva. ¿Ok? Anclenlo a una roca. Tenés hasta las cuatro de la tarde, Damián. Estén donde estén, el rescate termina a las cuatro y ustedes vuelven. No largués el oxígeno. No me importa: no largues el oxígeno.

Lolo abre los ojos y durante unos segundos no entiende dónde está. No siente las piernas, piensa que se cayó, que las tiene quebradas. Matoco consigue atarlo a una roca. Ahora, tienen que trasladarlo 150 metros hacia la izquierda. ¿Cómo? Como sea.

Damián, el mate en la mano, recuerda que de a ratos miraba atrás, se fijaba si su rescatado seguía vivo. “Che, Lolo, ¿estás bien? Y si no me decía nada: ya está, buenísimo, lo dejamos acá, mañana lo buscarán. Pero siempre estaba ahí; atento. Incluso preguntándonos cómo estábamos nosotros”.

Y hoy, el sobreviviente dice que si alguien que no practica este deporte, que no conoce de qué va la historia, ve cómo se arrastra a un rescatado en el medio de la montaña, puede pensar cualquier cosa. “Puede parecer que es violencia injustificada. Pero si para que reaccione hay que darle dos tortazos, habrá que dárselos”.

Pasó. En febrero de 2009, el canal 7 de Mendoza emitió una filmación del rescate fallido del guía Federico Campagnini en el Aconcagua. Los diarios hablaron de crueldad, el Gobierno provincial echó al jefe de la patrulla, el padre del guía dijo que a su hijo lo dejaron morir. “El video fue una edición de cinco minutos de un proceso que duró dieciséis horas”, dice Willie Benegas, que estuvo en el rescate. Y dice que los contextos son distintos, que no se puede analizar una situación con los parámetros de otra. Que no todo es tan simple. Que el rescatista tiene que ser directo, frío, mantener alta la adrenalina, estar en actitud de enojado. Que si se sacara un guante para limpiarle la nieve de la cabeza al rescatado y el guante se volara, habría que amputar, como mínimo, uno o dos dedos.

“Hasta que llegamos a la cuerda fija, Damián me daba unos empellones, unos empujones para arriba que eran increíbles —dice por teléfono Manuel Lolo González—. Pero no estuvo mal. Sin esos gritos, dándome besos, yo no iba a reaccionar”.

Antes de tomar el mate, Damián dice que Lolo quería vivir. Que parecía un borracho caminando en una calle desierta: se paraba y de nuevo al piso, pero que puso todo. Lo que tenía y más.

“Yo estaba seguro que si no llegaba hasta el último aliento, me quedaba ahí —dice Lolo—. En un rescate no podés poner en peligro la vida de los rescatadores por salvar a una persona que, en cierta medida, ya está muerta”. Esa persona, moribunda, era él. Y por su actitud, por la ayuda de Damián, de Matoco, de Willie, por varias cosas más, pudo sobrevivir y hoy está, según dice, eternamente agradecido. Sin embargo, no cree que Damián y Willie sean héroes. “Son buena gente. En la montaña no hay héroes. Hay personas que se juegan la vida por ayudar a alguien con un problema. Si uno los compara con gente de ciudad, son héroes. Pero nuestra escala de valores es distinta”.

Dicen varios que Lolo tuvo mucha suerte. Que se salvó porque el accidente lo tuvo en una montaña llena de expediciones comerciales como el Everest-Lhotse (comparten campo base), donde había gente como Damián y Willie Benegas, que acompañaban a unos clientes. Dicen otros que la situación ya es insostenible. Y que todo se convirtió en un gran negocio. Pese a los costos, durante algunos meses en el campamento base coinciden más de 500 alpinistas.

Para subir al Everest hay que pagar un permiso al gobierno de Nepal de 10 mil dólares, hay que pagar el oxígeno (la botella de cuatro litros comprimidos, que dura de tres a seis horas, cuesta 1200 dólares), hay que pagarles a los sherpas. Si uno sube solo, el presupuesto oscila entre 30 mil y 40 mil dólares. Si uno contrata a una expedición, entre 40 mil y 50 mil. “La montaña ha perdido su esencia. Lo peor es que la masificación y el ritmo impuesto por los intereses de las expediciones que llevan clientes hace imposible poder practicar otra clase de alpinismo”, comentó Juanito Oiarzabal a la revista española Desnivel.

Y sin embargo, más allá de la rentabilidad, del buen negocio, detrás de todos esos números, hay otra cosa que impulsa a estos hombres: algo que Manuel Lolo González llama “un veneno”; algo que llevó a que los dos mellizos criados como pescadores marisqueros en la Península Valdés leyeran y leyeran libros de alpinismo y escalasen la chimenea de su casa, y viajaran hasta llegar a la cumbre de la montaña más alta del mundo para pensar, luego, a cuál subirían después. Eso que permitiría entender la respuesta de Isabel García, luego de que Juanjo Garra y su grupo le dijeran que, a esa hora, seguir subiendo era arriesgado: llegaremos a toda costa. Eso que explicaría que después de estar 43 días en cama un hombre como el vizcaíno Roberto Rodrigo escriba en su blog: “Mi intervención se aceleró debido a una infección y después de amputarme todos los dedos de los pies, no puedo sino pensar que soy muy afortunado: los médicos consiguieron salvarme los apoyos de los diez metatarsianos”. Que otro hombre como Lolo, mientras es arrastrado en medio de la nieve, sienta envidia de quien lo arrastra, por pensar que está haciendo un admirable trabajo de rescate. Que este mismo hombre, después de haber pasado dieciséis horas delirando a más de ocho mil metros de altura, de haber perdido el dedo gordo del pie izquierdo, una falange y media del segundo, otra falange del tercero, tenga dudas sobre cómo va a reaccionar cuando vuelva a pararse frente a una montaña de más de ocho mil metros. Porque, dice, sin ninguna duda, va a volver a pararse frente a una de esas montañas.

Detrás de los números, el negocio, la solidaridad y la culpa, los golpes y los gritos, el oxígeno y las amputaciones, hay otra cosa.

Detrás, está eso que no todos llaman pasión.

La muerte se esconde ahí nomás. En un lugar oscuro, difuso, pero cercano: vaya uno a saber dónde. El 13 de septiembre de 2010, estuve a un tris de irme. Siempre estamos a un tris de irnos. Hay que conocer la diferencia y aprovecharla.

Cuanto más jóvenes somos, más inmortales nos creemos. Con el paso de los años, con la muerte de familiares y de amigos, uno se va dando cuenta de que esto, la vida, es así mientras dura.

Pero todo estaba oscuro, no había Luna ni ganas de teorizar. Estaba yo, trabado contra un arbusto, mientras pensaba: quedate quieto, esto es peligroso. Esperá que amanezca, que se vea el camino. No te muevas. Dejá que la noche pase, dejá que la evapore el sol.

Con mucho cuidado saqué la mochila, la puse a un costado y busqué la manta de papel aluminio. Me tapé y cerré los ojos. Hacía frío. Miré el reloj. Eran las dos y cuarto de la madrugada. Sólo oía el ruido del viento, de una pequeña caída de agua, de mis dientes chocando entre sí. Tomé varios sorbos de la cantimplora y traté de dormir. Al rato, volví a mirar el reloj. Habían pasado dos minutos.

***

Después de correr once horas de una carrera de ochenta kilómetros en el cerro cordobés El Champaquí, el gerente de Recursos Humanos del Banco Hipotecario, Cristian Gorbea, se dio cuenta de que había perdido el camino. Siguió trotando. Empezó a bajar, pastizales, pendiente, pero su objetivo era hacer una buena carrera. Estar en el percentil diez. De trescientos, entre los treinta primeros. Venía treinta y dos. Un carrerón. No quería perder posiciones.

La linterna que llevaba sobre la cabeza alumbraba lo suficiente como para saber que por ahí no podría retomar el sendero. Pero vio, delante de él, más abajo, las luces de otros corredores y pensó en agarrar un atajo. Entró en un bosque de tabaquillos. Mientras tomaba agua de un arroyo, se dio cuenta de que se había perdido. El tiempo corría. Los competidores que iban detrás de él, también. No iba a estar entre los treinta primeros. Siguió bajando, trotaba despacio. No veía nada. Pensó: Dios, cambio el podio por salir vivo de este lugar. Y el piso, bajo sus pies, pareció desaparecer.

***

Cuando amaneció, descubrí dónde había caído: una cornisa de roca, entre matorrales, de medio metro de ancho por dos de largo. Tuve dos sentimientos contradictorios. Me asomé al vacío. Ciento cincuenta metros de precipicio. Pánico. Si me caía centímetros a la derecha, milímetros a la izquierda, ahora, estaría muerto. Alegría eufórica. Por haberme enganchado en este tabaquillo. Por estar vivo.

Me duró un rato. ¿Cuánto? En una cornisa, en el medio de las sierras, con los pájaros como única compañía, el tiempo tiene otra intensidad. Se hace profundo. Fue un rato largo aunque, quizás, hayan sido pocos minutos.

De a poco recobré la lucidez y empecé a luchar contra mí mismo. Repetía: no tendría que haber caído acá. Debería haber doblado a la derecha, ido más despacio, esperar. Estaría duchándome en el hotel.

Pensé: el presente es inevitable, aceptalo. Traté de reconciliarme con el lugar. Trabajé a favor de la situación, no en contra, generando calor, no perdiéndolo en agredirme.

Dos mil trescientos metros de altura, quince grados de temperatura, apoyado en la roca, sentado en un hueco perfecto, hecho como para que yo pusiera la cola. Frente a un tabaquillo que detuvo la caída. Hacía arriba: una pared de unos tres metros, prácticamente lisa. Traté de trepar; demasiado empinada. Había musgo, algunos pliegues de cinco o diez centímetros. Imposible subir por ahí.

Volví a intentarlo.

Pensé: me equivoqué una vez y estoy vivo. No puedo empeorar una situación que ya es mala. No voy a tener otra oportunidad. Tengo que tranquilizarme y esperar. Son las seis de la mañana. A las doce termina la carrera. Hasta esa hora soy un corredor más; no el imbécil de la cornisa. A las cuatro van a dar los premios. A las cinco van a saber que no estoy, van a decidir ir a buscarme, va a ser tarde, va a haber anochecido. Van a venir, con suerte, mañana a la mañana. La noche de hoy, de nuevo, voy a estar solo. Esto es un juego de paciencia, un juego mental con un único participante.

Soy yo.

Y no quiero jugar.

***

Muchas veces, Cristian Gorbea sobrestima su capacidad deportiva. Piensa que termina una carrera en diez horas y tarda dieciséis. Su esposa Claudia Rama lo sabía.

También sabía que ahí, en el medio de la sierras, no había señal de celular. Así que cuando el domingo al mediodía su papá, Francisco, la llamó preocupado ella lo tranquilizó. Seguro no había pasado nada.

Tres horas después, Francisco repitió el llamado. Esta vez, Claudia decidió comunicarse con la hostería donde se había alojado Cristian. Un hombre que había corrido la carrera le dijo que, en ese cerro, demorarse era algo común. Ella le creyó. Su hija, no.

Desde el primer momento, Belén (18) pensó que su papá, Cristian Gorbea, estaba muerto. Santiago (14), el más chico de la familia, le pidió a su hermana que no se preocupara. Le dijo que debía estar bien. Ellos siempre miraban documentales de rescate y su papá tenía la cabeza fría, sabría qué hacer. Después de decir eso, se encerró en su cuarto a chatear con sus amigos. No salió hasta la noche.

Alrededor de las 17, la policía de San Javier los llamó por primera vez. Le pidieron a Claudia que denunciara que Cristian estaba perdido. Sin ese trámite, no podían empezar a buscarlo.

La segunda llamada distó de la primera en una hora. Y hubo más. En todas, después de atender y escuchar una voz con tonada cordobesa, que no era la de su marido, Claudia pensó que iban a anunciarle el título de una tragedia. Pero no. Nadie sabía nada.

Alberto Beúnza, amigo de Cristian, le propuso que viajaran a Córdoba, en auto, esa misma noche. Ella dijo: Mejor en avión, mañana, a primera hora.

A la una y media de la mañana, consiguió hablar con una persona de San Javier que alquilaba un avión privado. Le pidió que fuera a buscar a su esposo en ese momento. -Está oscuro, señora —le dijo el hombre—. Encontrarlo así va a ser imposible.

Esa noche, imaginando lo que iba a pasar el día siguiente, Claudia no pudo dormir. Con los ojos cerrados, rezó durante horas. Pensó en Ricardo Gorbea, el padre de Cristian, fallecido cinco años atrás. Le pidió que lo cuidara. Se tranquilizó al oír la voz de su suegro repitiendo, como en un susurro: está bien, Cristian está bien.

Los ojos cerrados, ese estado intermedio entre la vigilia y el sueño, cuando se acordó del triatlón de 2004. Detenido al costado de la ruta, Cristian fue atropellado por otro ciclista. Tres costillas rotas y una fractura en la pierna.

Desde ese momento, días antes de las carreras, Claudia le cosía en una de las mangas una medallita de San Benito, para que lo cuidara.

Los ojos cerrados cuando se acordó de que vaya uno a saber por qué, justo esta vez, se había olvidado de coserle la medallita.

***

Decidí armar una rutina para no volverme loco. Revisé la comida: cuatro barras de cereales, varios geles, chocolates, alfajores. Bien racionada, podía durarme cinco días. Encontré un pequeño hilo de agua. Sed no iba a tener. Busqué las pilas de repuesto para la linterna. Las que llevaba se habían perdido en la caída.

Cada diez minutos, tocaba el silbato de emergencia y gritaba auxilio. Cada quince, me incorporaba y con la espalda apoyada en la roca, caminaba lento hacia el hilo de agua. Gota tras gota, la cantimplora tardaba veinte minutos en llenarse.

En situaciones como ésta, el estómago se cierra, el hambre desaparece.

A lo lejos, veía un pastizal. Con el viento, los pastos se movían. Vi cuatro caballos. Vi un rancho con una ventana enorme. Vi a un Cristo en la cruz. Vi a cinco personas que parecían buscarme. Y vi, después, cómo el pasto se movía de un lado al otro y todas estas alucinaciones desaparecían de golpe. No me asusté. Me había pasado en otras carreras: el cansancio, la falta de comida y de sueño hacen que uno se imagine cosas.

Un pájaro se posó en un árbol cerca. Me miraba. Sentí su compañía. Traté de establecer un vínculo con él. Quise hablarle pero se fue antes de que pudiera decirle algo.

El tiempo no pasaba. Rezos de pedido de rescate, rezos de tranquilidad para mi familia. Pedí a Dios, a mis padres, que ya no están, a mis ángeles.

A quien sea que pueda ayudarme, le pido que lo haga.

Me angustiaba saber que mi familia me debía creer muerto. ¿Qué estarían haciendo Claudia, Belén, Santiago? ¿Qué podía hacer yo, ahora, más que pensar en positivo? Cuando nos encontráramos se darían cuenta de que sólo había sido un mal momento.

Grité auxilio. Hice sonar el silbato. Grité auxilio. Me senté. El sol empezó a bajar. También la temperatura. A las ocho ya estaba oscuro. Prendí la linterna. Tal vez, alguien pudiera verme. Me tapé con la manta de papel de aluminio, me acosté en posición fetal. Cerré los ojos. De a ratos, los abría para ver si veía una luz en la quebrada. Pensé que, como la noche anterior, no iba a poder dormir. No sé si fue por el cansancio o la tensión, pero pude. De a ratos, pero pude.

Sueño con gente que me busca. Que se mueve en la montaña. Oigo, claro, dos personas hablando. Un hombre y una mujer. No entiendo lo que dicen. Están arriba de mi cornisa. Trato de escuchar, hago un esfuerzo y cuando me concentro oigo que las palabras se deshacen, se transforman en el sonido del viento que pasa entre los árboles.

A la madrugada me despertaron los truenos. Hacia el oeste, para el lado de San Luis, veía los relámpagos y las nubes de una tormenta eléctrica. No tenía más que una manta. Hacía frío. Si llovía, la iba a pasar mal en serio.

Sin reconocer que lo único que podía tranquilizarme era un juego mental, me acordé que en la inscripción un corredor de 68 años me había dicho que este cerro tiene un raro mineral que genera un microclima en la zona.

No va a llover. Mineral milagroso. No va a llover.

***

Desde el patio de su casa, a unos4 kilómetrosde San Javier, el bombero José Luis Altamirano, exhausto después de haber corrido la carrera en quince horas, vio allá lejos, en el medio de la cuesta, la luz de una linterna. Eran las cuatro de la mañana del lunes. Llamó a la organización. Alguien se había perdido.

Unas horas después, él y otros cinco bomberos, dos policías y gente de la organización fueron a la zona. Sabían cuál era el paraje, pero no el lugar dónde estaba el hombre. Hay quebradas, bosques, muchos árboles. Para peor, debido al frío de la noche del sábado, en la mitad de la carrera, uno de los puestos de control había cambiado de ubicación. No estaba claro el lugar donde podría estar Gorbea.

Altamirano presentía que el perdido vivía. Por más que gritara no lo iban a oír: el arroyo estaba crecido. Narcisista, el ruido del fluir del agua absorbe otros sonidos.

Altamirano quería encontrarlo. Era su primera competencia. Su tierra y el hombre perdido, su compañero de carrera. Algunos de los que buscaban no tenían radio. Era escuchar un grito y preguntar: ¿Fuiste vos el que gritó? ¿Fuiste vos el del silbido? A esto se le sumaba el ruido de los dos helicópteros y del avión que daban vuelta por la zona. Estaban en una de las cuestas cuando apareció la neblina. Con la lluvia, el frío se hizo más intenso. Decidieron suspender la búsqueda un rato y bajar a la base del cerro.

***

El lunes amaneció nublado. Cielo gris, ánimo azabache. Saqué chocolate para el desayuno. Lo abrí con cuidado. Lo partí en dos, me metí una parte en la boca y lo saboreé sin pensar, jugando con la lengua.

Desde arriba no podrían verme. Quizás escucharan mis gritos o el silbato, pero sólo me podía encontrar alguien que viniera desde abajo, desde el valle.

Grité auxilio. Hice sonar el silbato. Grité auxilio. Estiré las piernas. Salté, con miedo, en el lugar.

De a ratos, las nubes bajaban, se acercaban a la montaña. No iban a encontrarme hoy. Tranquilo.

Mis ruegos a Dios, que eran internos, se fueron transformando en gritos desesperados.

¡Sacame!

¡Sacame por favor!

¡Hacé algo!

¡Sacame!

¡Ya aprendí lo que tenía que aprender!

Si hubiera sabido que nadie iba a escucharme, igual habría gritado.

***

La última vez que Lisandro Tagle vio a su amigo Cristian Gorbea fue durante la primera hora de la carrera. Corrieron juntos hasta que en una subida Cristian se alejó. Ahora, esperando en el aeropuerto de Córdoba el avión que traía a Claudia Rama y Alberto Beúnza de Buenos Aires, Lisandro pensaba qué habría pasado si hubiesen estado juntos más tiempo.

Salvo por la llamada del periodista Víctor Hugo Morales que la distrajo un poco con sus preguntas, en las tres horas que duró el viaje en auto hasta San Javier, Claudia sintió que estaba masticando un chicle de angustia.

-¿Hacía frío? -preguntaba ella.

-No -respondía Lisandro y pensaba: “Un frío helado que no te permitía dejar de tiritar”. Se imaginaba a Cristian con la cadera quebrada, en el fondo de un lecho. Muerto, después de un ataque cardíaco. Veinticuatro horas era demasiado tiempo como para que estuviese perdido.

Lisandro y Alberto hablaban y hablaban. Los llamados de la gobernación, de la policía, al celular de Claudia relajaban, un poco, el clima denso en una ruta sinuosa, elevada junto al precipicio, que parecía no terminar nunca.

Cuando llegaron a la posada donde se había hospedado Cristian, Claudia vio en el estacionamiento el Volskwagen Gol verde, cuatro puertas, alquilado por su marido. En ese momento, empezó a sentirse protagonista de una tragedia.

Podría haberse quedado llorando. Nadie la habría culpado. Pero, en cambio, fue a la estación de policía a declarar, coordinó la búsqueda del helicóptero y el avión privado, pensó en la posibilidad de que lo encontraran herido y llamó a la obra social para que le consiguiesen un médico. Así, pudo sentirse útil, ocupada en algo.

Mientras, atendía las llamadas de amigos y familiares. Algunos la reconfortaban. Otros le decían que su marido estaba loco. Una de sus amigas arriesgó: “Seguro está muerto”.

Lisandro y Alberto recorrían el pueblo de San Javier buscando baqueanos. Encontraron tres. Les dieron cien pesos a cada uno, les pidieron que encontraran a su amigo. Después, fueron a la estanciaLa Constancia, al pie del Champaquí. Quizás, ahí, alguien supiera algo.

Desde Córdoba, estaba llegando un camión con cuatro perros Golden retriever olfateadotes. La policía le dijo a Claudia que había que ir a buscar ropa de Cristian para que los animales pudieran reconocer su olor.

Los mensajes de texto de su hijo: ¿Apareció? Las remeras, prolijas, una arriba de la otra. El cepillo de dientes. Llenar la valija vacía. Levantarle el cuarto a un muerto. Pagarle a la mujer de la posada la noche que su marido, ¿muerto?, había pasado en una cornisa. Descubrir que ese pensamiento, ya aparece, para adentro, ya aparece, repetido, ya aparece, silencioso, ya aparece, no era más que un deseo fútil.

***

Me entreno desde hace veinte años. Corro carreras de aventuras. Hice trekkings que duraron una noche entera. Vi, junto a mi hijo Santiago, decenas de documentales de rescatismo. Eso me ayudó.

Estaba en un lugar que podía aguantar mi peso. Tenía comida y agua. Perderse formaba parte de las reglas del juego. Y para jugar, uno empieza por aceptarlas. Conozco montones de historias de gente que se equivocó de camino, que se rompió una pierna, que no pudo llegar. Tranquilo.

Me acomodé contra las rocas y pensé en mi familia. En el día en que me casé, los nacimientos de mis hijos, los trabajos que tuve, la escalada al Aconcagua, las carreras de expedición. Pensé en la charla en la que Fernando Parrado contaba su supervivencia en Los Andes. Él pudo sobrevivir en condiciones mucho peores. Pensé en mi mamá, en mi papá, ya fallecidos, en los buenos momentos que pasamos juntos. Pensé que había tenido una vida plena. Pensé que si alguien me decía que éste era el final, mi respuesta hubiera sido que no me arrepentía de nada.

Grité auxilio. Hice sonar el silbato. Grité auxilio.

Creí oír un ruido. Temí otra alucinación, pero un helicóptero, negro, pasó real sobre mi cabeza.

Más gritos: desesperados.

Por favor.

Que alguien.

Quién sea.

Me escuche.

***

Al ver la cara de preocupación de los dos hombres, Luis Dorado, dueño de las1.200 hectáreasde la estanciaLa Constancia, recordó, en un destello de intuición, los cóndores que esa mañana había visto revolotear sobre la cuesta de las cabras. Pensó: el hombre ya es carroña. Y mandó a dos baqueanos. A ver si encontraban algo.

Gabriel Ledesma subió con su compañero Darío “Peco” Díaz y Felipe, un perro cruza de ovejero. Conocía la zona, pero no mucho. El precipicio lo impresionó. Ciento ochenta metros de caída. Una sensación extraña, un vacío en el estómago. Le pidió a Peco, si no le sacaba una foto con el celular.

Por encima de sus cabezas, pasó el helicóptero. El grito. El eco del grito. Gabriel no supo si era Cristian o un lugareño que buscaba al corredor. Otro grito.

Era Gorbea. No había duda. Pero dónde estaba. El gerente de Recursos Humanos del Banco Hipotecario prendió su linterna. Detrás de un árbol, Gabriel vio la figura. Lo había encontrado.

Subió por la cuesta hasta llegar al lugar donde el piso había parecido desaparecer. Trató de ver a Gorbea. No pudo.

—No te veo.
—Estoy acá.
—Quedate ahí. Tranquilo. Ya avisé por handy a los bomberos. Yo me quedo con vos. No me voy hasta que te rescaten. Si me tengo que quedar toda la noche, me quedo toda la noche.

Cuatro metros más abajo, de pie en la cornisa angosta en la que había pasado las últimas cuarenta y dos horas, sin un rasguño, emocionado, Cristian Gorbea lloraba.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, el bombero José Luis Altamirano agarraba el brazo del hombre atado con un arnés de soga naranja. Ahora, lloraban todos.

—Yo entiendo mi llanto, pero no el de ustedes. No me conocen —dijo Gorbea.
—No te imaginás lo que sentimos al encontrarte vivo —respondió alguien.

Cuando Claudia Rama llegó a la estancia La constancia encontró a su marido, la ropa sucia, tomando un plato de sopa. Gorbea no entendía qué hacía su esposa, sus amigos, la gente del banco en ese lugar. Parecía metido en una película. No hablaba de la cornisa, de las cuarenta y dos horas, de las alucinaciones, los ruegos, la tormenta eléctrica. Relataba la caída. Decía: “Iba treinta y dos en la general”. Como si eso fuera lo importante.

***

Estoy viviendo tiempo gratis. Fue un milagro. Lo cuento y no lo entiendo.

Pero todos sabemos que vamos a morir y lo negamos, cada día, al levantarnos de la cama.

Aunque cambié: soy más solidario. Trato de ayudar a otros en lo que puedo.

Antes, los bomberos me parecían unos tipos que trabajaban en un cuartel apagando incendios; ahora, son héroes.

Intento pasar más tiempo con mi familia.

Intento disfrutar los momentos. Pero, ¿no tratamos todos de disfrutar los momentos?

Las rabietas, por problemas de trabajo no desaparecieron. Sin embargo, cuando me broto, vuelvo a la cornisa. Trato de pensarme allá. Con mi barras de cereal, el frío. Sin saber cuándo iban a venir a rescatarme. Comparo situaciones. Y el enojo, de a poco, se apacigua.

Aprendí la lección. Pero competir es mi vida.

Mi trabajo incluye presión. Correr me relaja, me carga de energía. En los últimos veinte años me entrené, en promedio, cuatro veces por semana. Con picos de nueve entrenamientos y con días que no pude, por razones laborales.

Voy a tomar más recaudos. Pero no voy a dejar de competir. No puedo.

En septiembre voy a volver a Champaquí. Voy a volver a correr los ochenta kilómetros. Esta vez, con José Luis Altamirano. Yendo al lado de un bombero, no voy a  perderme.

Pensé mucho sobre lo que me pasó en el cerro. Esto es como una pizza grande: podés comerla, pero te lleva tiempo digerirla. ¿La conclusión? Me pido a mi mismo, le pido a Dios, no olvidarme de lo que pasó. Sin embargo, tenemos la inercia de vivir negando la muerte.

Nuestra cabeza funciona así: yo sigo siendo inmortal.

1.

El viejo nada despacio. Boca arriba. Lento. Muy lento. Mueve el brazo derecho, las piernas apenas. Mueve el brazo izquierdo. La pileta está casi vacía. En el segundo andarivel, solos: el viejo y yo. Él, con su parsimonia. Malla negra, antiparras oscuras, bigote finito y canoso. Lo conozco. De algún lado lo conozco. Lo paso por el costado. Llego al borde de la pileta, giro en el lugar, empujo con los pies. Son más de las nueve de la noche de un día de semana. Bajo los violentos reflectores del histórico club Almagro, me lo cruzo de vuelta. Cambio el ritmo: busco coincidir en los descansos de ese hombre que nada y no avanza. Trato de confirmar si la cara es la misma que aparece en la solapa del libro Restos diurnos. Foto en blanco y negro. Varios años menos. Ahora el hombre que nada descansa. Está apoyado en la pared del sector menos profundo de la pileta. Se saca las antiparras. Olor a cloro. Agitado, el viejo resopla con fuerza. Murmura.

–Disculpe. ¿Dijo algo? –pregunto.
–No. Hablaba solo.
–¿Usted es Fogwill?
–Sí. Por eso hablo solo.

2.

Dos años y dos meses después de nuestro encuentro casual en la pileta, vuelvo a ver a Fogwill en el comedor de su casa de Palermo. El hombre que nada tiene casi setenta años. Lo trato de usted. Nadie le dice señor. Fogwill es ya una marca. Su marca. El apellido le arrebató casi por completo el nombre. En la Argentina, si uno habla de literatura, dice “Fogwill” sin antecederlo por Rodolfo Enrique. Casi nadie recuerda su nombre de pila. De algún modo, él promovió este olvido a los 44 años, días antes de publicar su séptimo libro, Pájaros de la cabeza, cuando vio la futura tapa y decidió, por una cuestión estética, de diseño gráfico, truncar su firma. Desde entonces fue solo Fogwill. Para ello, este escritor y publicista creó un personaje del que pocas veces quiso escapar. Un personaje procaz, sincero, hipersexual, polémico. Egocéntrico, aunque a veces perdedor. Despiadado pero tierno en ocasiones. “Cada escritor tiene su máscara y arma su pose. Mi pose es esta: yo siempre aspiro a mentir con la verdad. Engañar de que valgo la pena diciendo que no valgo la pena”, dice sentado en una silla de diseño. En el piso, a su alrededor, hay diarios, ropa, un telescopio, discos, botellas vacías y libros. De fondo, suena una ópera en alemán. A un costado, un asiento ergonómico, que es una especie de tabla sin respaldo. Delante de este asiento, la computadora. El monitor cubierto de polvo y manchas pegajosas. Junto al teclado, un par de medias. El de Fogwill es un departamento de soltero, decorado con uno, dos, tres helechos.

Su pose, entonces: un escritor que repite ser malo aunque se sabe entre los mejores.

Digresión: en la Argentina, casi nadie tiene la menor idea de quién es Fogwill. A pesar de que ganó el Premio Nacional de Literatura, de que publicó libros en casi todos los géneros –novelas, cuentos, ensayos, poemas–; de que fue traducido al francés, alemán, croata y mandarín, Fogwill solo es popular en los círculos intelectuales. Más allá de lo prolífico del autor, salvo contadas excepciones y libros reeditados, como el de sus cuentos completos, si uno va a una librería argentina y pide por Fogwill lo más probable es no que no encuentre nada. Además de ser un escritor de culto, Fogwill es, sin referirse a un estado de cansancio ni a una ausencia de ideas, un escritor agotado. El hombre que nada es lo que suele conocerse como un “escritor de culto”. ¿Qué es un escritor de culto? No tiene la menor idea. Cree que, quizá, los que así lo califican entiendan por ese concepto a un escritor que vende poco y se admira mucho. A uno que tiene escasos lectores, pero que compran todos sus libros.

Tal vez, a uno que era un chico, como todos los chicos. Un chico consentido, “no con sentido, sino consentido”, el hijo único, que escribió su primer poema a los ocho años: “A Nuestra Señora de Fátima en la Entronización de Su Imagen Divina en la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Quilmes”. Y en el comedor de su casa de soltero, Fogwill sigue diciendo de sí mismo: “el que produjo esta mierda que soy ahora, que se permite todos los vicios; el tabaco y el chicle, por ejemplo”. Sin embargo, Fogwill trata de eludir cualquier referencia a su niñez. Prefiere hablar de otra cosa.

En el año en que la Argentina fue sede del mundial de futbol, durante la dictadura de Videla, Fogwill, que por entonces dirigía una agencia de publicidad, editó su primer libro: los poemas de El efecto de realidad. Un año después con Mis muertos Punk ganó el premio Coca-Cola que, además de plata, incluía la publicación del libro. Sin embargo, cuenta que, después de cobrar el cheque y sorprendiendo a los editores, se sentó a negociar. “Les dije: ‘Este libro vale tanto.’ Ellos querían publicarlo gratis, así que decidí no cumplir las condiciones del premio, y listo.” Fogwill, su propio personaje, empezó a hacerse conocido.

Cuatro años después, durante 72 horas sin dormir, con doce gramos de cocaína encima, Fogwill escribió una novela –Los Pichiciegos– que figura en los programas de letras de todas las universidades del país. La historia transcurre en las Islas Malvinas durante la guerra entre la Argentina y el Reino Unido, y retrata de forma casi premonitoria (la escribió en simultáneo con el conflicto) el clima que se vivía en el frente de batalla. “El miedo: el miedo no es igual. El miedo cambia. Hay miedos y miedos. Una cosa es el miedo a algo –a una patrulla que te puede cruzar, a una bala perdida–, y otra distinta es el miedo de siempre, que está ahí, atrás de todo. El miedo a algo, y el miedo al miedo, ese que siempre llevás y que nunca vas a poder sacarte desde el momento en que empezó.” Su consejo: escribir como se debe. No reprimirse. Saber contar lo que no se reprime y atreverse a llegar hasta el final, sin que importe lo que digan el portero, la novia, la vieja, los amigos o el tipo que nos pasa los tomates.

Hay quienes lo consideran el mejor escritor argentino vivo. En ningún momento, aunque escriba en prosa, Fogwill deja de ser un poeta. Es un placer leer en voz alta sus textos aliterados, cacofónicos, polisémicos. Después de escuchar Sobre el arte de la novela, Jorge Luis Borges lo definió como un maestro de la elipsis. “Los que le leyeron el relato, saltearon las partes pornográficas –minimiza Fogwill–; la verdad es que era un texto repugnante.”

Un amigo dice que el escritor se ocupa, con sorprendente dedicación, de que cada uno de nosotros podamos vivir nuestra propia “experiencia Fogwill” para luego tener que contarla. No es poco común que, al volver de una entrevista con él, cualquier cronista encuentre en su casilla de correo un e-mail con comentarios o pensamientos sobre algún tema de la nota. Un fotógrafo dice que a las semanas de un encuentro con él Fogwill lo llamó exaltado. Necesitaba, ya, una cámara prestada: su vecina se estaba cambiando. La desnudez era inminente.

Un dato que Fogwill se encarga de repetir en cada una de sus entrevistas es que siempre evitó vivir de la literatura. “Quien depende del mercado está definitivamente perdido”, me dice en su casa, sentado en su moderna silla, después de desperezarse. Él pudo conseguirlo gracias a lo que llama sus oficios. Se recibió de sociólogo y a partir de ese momento trabajó, y aún lo hace, en marketing, creación de productos, relevamiento de marcas y hábitos de consumo. “En idear estrategias para llevar a los mercados hacia el interés moralmente supremo de quien me paga.” De allí, de esa profesión, saca la plata para vivir. “Tengo un nivel de ingreso igual que un mediocre escritor de best seller, tipos que ganan el premio Alfaguara o el premio Planeta y los traducen a diez idiomas.” Para vivir como vive, no necesita vender miles de libros, acumular premios importantes, ser conocido en todo el mundo. Con ser Fogwill le alcanza.

Cuando ganó la beca Guggenheim, usó la plata del premio para cambiar el auto y comprarles computadoras a sus hijos. “Agarré la guita y la rrrrrrrreventé”, casi grita, y abre enormes los ojos aceitunados. “Si hoy me dan otra, la reviento igual. Uno hace un proyecto y lo tiene que cumplir. Pero si no lo cumple, no lo van a retar. No hay que rendirle cuentas a nadie.” El proyecto que Fogwill presentó para ganarla fue la renovación de su página web (“un laburo que se podía hacer en un día”) y la corrección de dos libros: “Que después publiqué con un cartelito que decía: corregidos con la beca.” Pelo grisáceo, mirada profunda, bigote prolijo, Fogwill, el hombre que nada, se pregunta: “¿Qué otra cosa iba a hacer?” Cuando habla, se apasiona: gesticula, enfatiza sus palabras, mueve las cejas histriónico.

El escritor, que admite su pose de engañar que vale la pena diciendo que no vale la pena, me dice que de toda su producción solo rescata dos o tres poemas buenos. “En un país donde debe haber miles y miles de poetas publicando, ser uno de los diez que publica cobrando ya es un logro.” Hay tres o cuatro poemas que, sabe, no va a poder superar en lo que le queda de vida. Versiones sobre el mar, “El antes de los monstruitos” y Tras el cristal de la pistola de acuario. “Es una cagadita, pero bueno, es lo que pude –dice Fogwill–. Yo no sé si Borges, al cabo de su vida, pudo estar satisfecho con cinco poemas de él. De él, que sabía leer, ¿no? Por ahí la culpa es mía y me sobrevaloro por tener una deficiente lectura. Él leía mejor que yo, pero yo veo mejor que él. Por ahora”, me sonríe con malicia.

Sí: Fogwill no está ciego.

Y no está muerto.

3.

Meses después de la guerra de Malvinas, el hombre que nada se enteró de que un amigo suyo, hijo de un capitán de marina mercante, estaba preso. Buscó poemas que se refirieran al mar. Los coleccionó y se los fue mandando por carta, uno a uno. Baudelaire, Mallarmé, Valéry, entre otros. Cientos de cartas. Cientos de poemas que, según dice, se transformaron, luego, en el origen de su poema Versiones sobre el mar. Compactación de todo lo que había leído y sentido, puesto al servicio de una ideología.

El mismo mar nos pierde; nos encuentra y nos pierde. Tema de las olas: se arman, desobedecen, las crea el viento –¿su amor?– y se derrumban para volver a armarse con restos de olas anteriores, idénticas. Historia de amor: la planicie del mar, el viento que la oprime, y todo se levanta para perderse. Y todo tiende a disolverse contra una línea de aguas eternas y sol dilapidado llamada mar. Mar: abundancia de sinsentido humano.

(Fragmentos del poema Versiones sobre el mar.)

4.

Dos años y cuatro días después del primer encuentro, el hombre que nada lleva algo más que la mallita negra que tenía en la pileta, aunque sigue respirando con dificultad, como si durante la última media hora hubiera nadado sin detenerse. Estamos en un bar del barrio de Palermo. Antes, Fogwill había ido a la pescadería. Pidió nueve filetes de merluza, pidió pan y, luego de piropear a la vendedora, también pidió si no le podían guardar un rato la compra. Cuando la mujer le preguntó un nombre para escribir sobre el envoltorio de papel, Fogwill dijo “Quique”. Luego, cruzó la calle hacia la verdulería, compró dos tomates grandes, una cabeza de ajo, dos plantas de lechuga, cuatro bananas y un kilo de naranjas para jugo que, según comentó el empleado del lugar, estarían muy sabrosas. Al igual que en el local anterior, el escritor, consciente de lo incómodo de sostener los paquetes durante el transcurso de nuestra conversación, pidió si le podrían cuidar un rato más su bolsita con frutas y verduras.

–Tengo que salir con una mina –mintió.

Dos veces por semana, Fogwill, que como buen soltero cocina lo que come, hace asado. Una vez por semana, pescado; todos los días: fideos. Al mediodía y a la noche. No se cansa de las pastas. Sin embargo, en este bar de Palermo, lejos de pensar en el menú de la cena, a lo largo de nuestra conversación que durará cerca de dos horas, Fogwill interrumpirá sus dichos para comentar las piernas de la mujer que acaba de pasar. Me indicará que observe a aquella increíble adolescente de la esquina o se quedará callado con la mirada fija en una colegiala junto al semáforo como si mentalmente quisiera sumergirse debajo de la pollera a cuadros.

Pero eso será más adelante: ahora mismo me dice que nunca decidió ser escritor. Que habría preferido ser rico, pero intentó y no le salió y que cuando acumuló un poco de obra lo calificaron de escritor. A los veinticinco años escribía doce horas por día. Informes, campañas de publicidad, guiones de cine y discursos políticos. Luego, siguió con poesía y ficción. Una de las claves para poder escribir bien, dice Fogwill, es poder mentirse y mentir a los otros.

–Hay gente que escribe pero no puede desdoblarse. No puede producir una voz que no sea la suya. Escribir no es un acto de habla natural, sino un acto de simulación –dice, y corre la mano para que el mozo apoye el cortado y el café con leche sobre la mesa–. Si no tenés un personaje, no podés escribir. Porque lo hacés en un registro monocorde y no sería tolerable. En la actuación es igual.

Y Fogwill tiene su personaje. Un personaje que desaparece cuando el escritor habla de literatura. Allí, se pone serio, fija la vista, mueve la taza del café, medita unos segundos y, solo entonces, opina. Como si durante esos instantes toda su libido estuviese puesta en eso que rodea al hecho literario. Basta que su interlocutor deje de mirarlo o se distraiga un momento para que él vuelva y suelte una frase que hace que uno, inevitablemente, ría a carcajadas.

A pesar de que disfruta escribiendo, “como disfrutaría diseñando autos”, Fogwill piensa que la de los escritores es una carrera de fracaso. “Miremos el siglo xx, tomemos a diez que nos parezcan los mejores. Pensá dónde terminaron Vargas Llosa y García ‘Marketing’, por ejemplo. Vargas Llosa está en la plenitud de sus facultades pero no le salen libros como antes. Y él escribió aquellos libros –hablo de La ciudad y los perros o Conversación en La Catedral, que eran realmente obras maestras– creyendo que siempre iba a ser tan innovador, tan genial. Nadie lo es. Uno agota su fuente. Cuanto más triunfa un escritor, más fracasa en tanto productor de sí mismo.” Es su propia derrota, asumida, pero transformada en herramienta de promoción. Fogwill no va a hacer una obra maestra. Lo acepta. Ni quiere.

Lo sabe: ya las hizo.

5.

Si bien Fogwill tuvo épocas de introspección (durante doce años no dio entrevistas porque le daba asco el sistema de medios), alguna vez se definió como “una máquina de hacerse prensa”. Siempre que puede, y puede bastante, lanza un comentario provocador, una chicana, un desafío a ver si alguien levanta el guante y se produce un debate que lo coloque en el centro de la escena o, al menos, en la columna de algún suplemento cultural. Fogwill es su propio personaje. “Aplico el carácter teatral en todo lo que es la participación del artista (el escritor en mi caso) en la comunicación”, me dice antes de darle un sorbo a su cortado. Con su estrategia, dice aprovechar una época en la que la comunicación se subordina al consumo, al intercambio económico. “En el caso de los imbéciles, los efectos de esta subordinación producen mucha más hipocresía. Porque hay escritores que se creen importantes por viajar, por ganar una beca o ser jurados de un concurso.” A corto plazo, dice el escritor, esto rinde muchos beneficios. “Pero, como alguien decía en un blog: son gente que se cree arriba de un caballo, sin darse cuenta de que está sentada sobre un poni con sueño.” Fogwill habla con ternura, piensa unos segundos, repite: sobre un poni con sueño. Y sonríe.

Fogwill lee blogs. Y no solo eso. Tiene un ejercicio matutino que consiste en entrar a internet, ir a la página de Google, tipear su apellido y verificar el número de menciones. Después, abre los links que cree interesantes. Hoy Fogwill aparece unas sesenta veces. “Es muchísimo”, dice sin ganas. En ocasiones contesta, pero no siempre. Solamente cuando le entran ganas de burlarse de los que lo nombraron.

7.

–Disculpe. ¿Me dijo algo?
–No. Hablaba solo.
–¿Usted es Fogwill?
–Sí. Por eso hablo solo.

Fogwill se sumerge y nada, lento, hacia el otro extremo de la pileta.

Al rato, ambos descansamos en la parte menos profunda.

–¿Comiste un caramelo rojo? –dice.
–¿Eh?
–No importa…
–Comí un caramelo de frutilla –digo, sin entender cómo se habrá dado cuenta.
–En el aire hay olor a acidulante de frutilla, o de frambuesa –me dice–. Debe ser tu transpiración.

Fogwill se sumerge de nuevo. Nada unos largos y sale de la pileta.

Vuelvo a encontrarlo en el vestuario.

El hombre que nada canta a gritos una ópera en italiano.

Un pelado que se seca con una toalla rosa lo mira con desconfianza. Hay olor a encierro, a cloro, a humedad. Ruido del agua de las duchas. El tipo que guarda los bolsos detrás de un mostrador lo ignora. Seguro debe conocerlo. Fogwill me ve y comienza el soliloquio.

–Estaba pensando en algo que me hiciste acordar. Por lo de los olores. El otro día me estaba cogiendo una mina. Una flaca, azafata. Le estaba chupando la concha.

El pelado de la toalla rosa nos mira. El que guarda los bolsos, ahora, también presta atención aunque discreto, haciéndose el que no escucha.

–En un momento, en medio del acto, le pregunto: ¿comiste cilantro? La piba no entendía nada. No sabía qué era el cilantro. Me dice que no había cenado. Que por ir y venir, por los viajes, solo había estado picando boludeces. Vos sabés lo que es el cilantro, ¿no?

Fogwill no espera mi respuesta.

Empiezo a reírme, y el pelado de la toalla rosa también se ríe, y el tipo que guarda los bolsos detrás del mostrador no puede disimular la sonrisa.

Fogwill, en estado puro.

–¿Ves? Yo a una mina le chupo la concha y puedo decirte qué comió el día anterior.

Ahora el hombre que nada se ríe a carcajadas.

Días después, releo su cuento “La chica de tul de la mesa de enfrente”: descubro los personajes, el hincapié en los olores. El fragmento: “Beso largo. Tierno y sensual, sabor a pepinos, café, torta de ciruela. Su perfume era delicado: fue necesario el beso para percibirlo a fondo. Y todavía lo recuerdo.”

8.

Sentado en la silla del bar Delicity, junto a la ventana que da a la calle, Fogwill respira por la boca. Da grandes bocanadas, igual que los peces cuando los sacan del agua. En el bolsillo derecho del pantalón lleva un broncodilatador. Tiene un enfisema pulmonar y, por eso, respira con dificultad. Por eso, también, necesita nadar dos kilómetros por día. Setenta y dos horas sin ir a la pileta le

destrozan el sistema respiratorio. Si no va, dice, hasta pierde el olfato.

En el gimnasio, el hombre que nada prefiere caminar en la cinta. Para no aburrirse lleva el iPod, y mientras hace ejercicio escucha poemas. De Eliot, Pessoa y de Borges leídos por él mismo. Y los sonetos de Shakespeare. Al nadar, Fogwill se concentra en el sonido del agua. Escucha y se da cuenta de si está salpicando. Su objetivo es hacer el largo en dieciocho brazadas. A veces no puede. Suele haber dos causas: le falta el aire o no le responde el corazón.

El corazón no es lo único que a veces falla. Con la edad, Fogwill también perdió la memoria espacial de corto plazo. Si está sentado frente a una mesa y pone el salero a la derecha, y luego cierra los ojos y quiere agarrarlo, estira la mano hacia la izquierda. “El adelante se vuelve atrás. La derecha se vuelve izquierda. Es degradación neurológica”, dice. Y, serio, no descarta que la nicotina y la droga hayan lesionado esa zona.

Fogwill se arrepiente de algunas cosas. Por ejemplo, del tabaquismo. También de las horas perdidas. “Si pudiera volver atrás, ni probaría la cocaína. Pero, quién sabe, no sería tal como soy, así que por las dudas no voy a volver para atrás.” Fogwill, quizá, producto de las drogas. Fogwill, sobre todo, producto de sí mismo.

Durante los años previos y la dictadura militar, la cocaína fue su anestesia para escapar al horror. Fogwill había sido trotskista y temía que lo hicieran desaparecer. Durante meses, los militares tuvieron secuestrado a un vecino suyo a quien confundieron con él. “Vivía como anestesiado. Y además, la droga fue un estimulante para la hiperactividad que tenía: gastaba miles de dólares mensuales en viajes de trabajo.” Lo dice con la voz neutra, como si todo esto le hubiese sucedido a otra persona.

En ese estado, Fogwill escribía. Tiene textos, relatos, pedazos de novelas redactados bajo los efectos de la droga que, me dice, son más o menos iguales a los que producía sobrio. “Lo que pasa es que con la cocaína yo podía estar 48 horas sin dormir. Durante ese tiempo uno conserva la memoria del espacio en el que está concentrado y no le importa absolutamente nada.” Fogwill se refiere a permanecer a salvo de los peligros de afuera, como el teléfono y lo demás. Y a esa acumulación de concentración que, según él, puede ser muy útil, aunque a veces también puede llevarlo a uno a perder el sentido crítico.

Ahora al hombre que nada le cuesta concentrarse. Nunca tiene más de una hora y media para escribir. Por los horarios del club, los horarios del trabajo, los de la cocina, los de sus hijos: tiene cinco cuyas edades van de los diez a los cuarenta años. No es igual la relación con los más chicos, que se la pasan sacándole plata, que con el mayor, que es rico, y al que, según Fogwill, él le saca plata.

A pesar de sus problemas físicos, Fogwill no le tiene miedo a la muerte: a su muerte. Me explica lo que se siente durante un broncoespasmo. Simula: abre grande los ojos y la boca. Deja de respirar. Se le empieza a enrojecer la cara y me dice en voz baja: “El aire se vuelve vidrio. Lo sentís como sólido. No entra ni sale. Cualquier intento por hacer fuerza con los brazos, o piernas, cualquier consumo de energía, incluso el angustiarte, te aumenta el ritmo cardíaco a una velocidad impresionante. Sentís que te vas a morir.” Le pasa dos o tres veces por año. La única solución sería un transplante de pulmón. Pero no es su estilo. “No soportaría un cadáver adentro. Ni el de Eva Perón. Ni el de una chica de catorce años en la cama entibiada –dice con mirada cómplice–. No. Cadáveres no. Por una cuestión ética.” El hombre que nada se pone serio.

–Si aceptamos los trasplantes, vamos a terminar aceptando los trasplantes involuntarios. Elegir el tipo justo para tener su corazón, sus pulmones o su hígado.
–¿Usted moriría por ética?
–Creo que sí. Sí. “La ética es la estética del porvenir”, decía Lenin.

Se queda pensando unos segundos. Luego, sonríe, señala a una adolescente rubia que, en la esquina, está por cruzar la calle y dice:

–Estética. Eso es estética.

9.

Un viernes a la noche, dos años y cinco meses después de nuestro encuentro, entro al natatorio: Fogwill sumergido en el segundo andarivel. Estilo mariposa. Amplia brazada, inmersión. Amplia brazada. Lleva antiparras. La malla negra. Debe estar concentrado en si salpica al sumergirse, en el sonido del agua. El escritor que se oye sumergido, el que pierde el aliento cuando nada, como si recrease el poema de Héctor Viel Témperley, uno de sus poetas preferidos, una y otra vez, con sus brazadas.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arroyos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
[…]
Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.

El hombre que nada, tratando de conseguir aire, resoplaba.

Fue la última vez que lo vi.

No somos inmunes a la muerte de otro. No importa si no lo conociste. Da igual si no sabés cómo se llamaba, cuántos años tenía, qué le gustaba hacer. El cuerpo está ahí en el suelo y acá estamos nosotros. Hay que levantarlo y llevarlo a otra parte. Cuando lo movemos, queda una huella. En la nieve aparece una marca que tiene forma de persona. Dentro de nosotros, también.

El escalador italiano Reinhold Messner decía que las grandes montañas no son justas o injustas, simplemente son peligrosas. Los escaladores sabemos que, cuando salís a la montaña, la muerte es una posibilidad. Creo que aunque sea inconscientemente todos lo saben. Ahí está el desafío. Si no hay riesgo, el desafío no existe.

Los padres de algunos chicos no entienden la pasión de sus hijos por la montaña. En esos casos, es más difícil aceptar la muerte. Aunque no sé si existe un caso en el que sea fácil aceptarla.

Cuando atendés el teléfono y alguien te avisa de una avalancha, no hay espacio para miedos, nervios ni reflexiones. Una descarga de adrenalina te cae sobre los hombros. Y la cabeza, como si no estuviera unida al cuerpo, se escapa para adelante. ¿Cuánta gente tenemos? ¿A qué distancia estamos?  ¿Hay camionetas? Los sentimientos se borran o, mejor dicho, se adormecen por unos días; se ocultan detrás de la euforia de la concentración metódica. El cirujano opera en el quirófano. El rescatista, donde sea, organiza el rescate. Hay poco tiempo. O, lo que no es lo mismo pero se le parece, hay personas que ahora están vivas. Que lo sigan estando depende de que nos apuremos.

***

El primero de septiembre de 2002, en la planta baja de la casa, el teléfono sonaba desesperado. En el primer piso, el médico e instructor de ski Ramón Chiocconi, que había vuelto temprano del cerro Catedral, donde trabaja como responsable médico de las pistas, pensó en no atender. Algo lo hizo cambiar de idea. Bajó la escalera y levantó el tubo.

—Avalancha en el Ventana —escuchó—. Hay entre diez y doce desaparecidos.

Y la cabeza, como si no estuviera unida al cuello, se le escapó para adelante. Con lo que le quedaba del cuerpo, pasó a buscar a un amigo.

Desde hace veinte años, Chiocconi es uno de los cien voluntarios que integran la comisión de auxilio del Club Andino de Bariloche. Ninguno cobra: todos ponen su equipo, su tiempo, su experiencia. A veces, reciben donaciones que usan para comprar cuerdas, cascos o camillas. En la Comisión no hay jerarquías ni reglamentos. Los voluntarios tienen otros trabajos. La decisión de acudir a un llamado es una cuestión de compromiso interno. Pero, frente a un problema, siempre hay de diez a treinta personas listas, preparadas para ayudar.

Mientras iban en el auto, pensaban qué había pasado en avalanchas anteriores. Siempre, o la mayoría de las veces, las víctimas estaban en el depósito final: la nieve se acumula a los pies de la ladera y allí, sepultados, quedan los escaladores.

En la sede del Club Andino se encontraron con otros voluntarios. Fueron hasta el cerro, donde se cruzaron con bomberos que iban en cuatriciclos. Así, pudieron subir, más rápido, por el bosque.

Al llegar al cauce, el lugar de la avalancha, encontraron una especie de río, de un kilómetro, con depósitos a diferentes alturas. Había sol, estaba despejado y no hacía demasiado frío. Un depósito final, enorme, y otros intermedios, más chicos. Imposible saber dónde buscar.

***

Después de una avalancha, cuando la nieve frena, más del 90% de las personas sepultadas están vivas. Sabemos por estudios que a la media hora, debido a la asfixia, ese porcentaje cae al 40%. A veces, la hipotermia protege. Si el cuerpo se enfría muy rápido, la necesidad de oxígeno de las células es menor y la persona puede sobrevivir por más tiempo.

Las estadísticas marcan que a las dos horas de producida la avalancha, sólo el 8% de los sepultados está vivo. Pero, ¿quién nos asegura que en el próximo rescate no entren todos dentro de ese pequeño grupo? No podés anticiparte. Hay que ir al lugar y buscar. Una vez que sabés dónde está el cuerpo, ubicar la cabeza y liberar la vía aérea. Es importante que en el grupo haya un médico o un guía experimentado que evalúe si delante de la cara, bajo la nieve, hay una cámara de aire: un pequeño espacio que le permita al sepultado respirar. El pronóstico cambia radicalmente.

Cuando las personas sepultadas son varias, hay que actuar rápido. Demora significa muerte. Si pasaron noventa minutos y encuentro a alguien sin pulso: o se murió por asfixia o está bajo hipotermia. En ese momento, hay que tomar una decisión. Se intenta salvar a esta persona o se sigue para encontrar a otros. Si no tiene cámara de aire, mejor buscar a los demás: tienen más chances de estar vivos.

***

¿En cuál de todos los depósitos buscar? No había tiempo para reflexiones. A un costado del bosque, Chiocconi fue a atender a tres heridos. Uno de ellos estaba bien. El segundo, Nicolás Lemos, tenía traumatismo de cráneo. Martín, su hermano mellizo,  fractura de pelvis. Era el más grave. Chiocconi habló con él durante unos 45 minutos. Le puso oxígeno y suero. Lo mejor hubiera sido trasladarlo. Pero no había forma. De a poco, el cuadro se fue agravando hasta que el chico murió. Seguramente, por una hemorragia interna.

Llegaron más voluntarios, y Chiocconi pasó a estar encargado de la evaluación de los heridos. Tres veces tuvo que certificar la muerte. Mario Sebastián Tapia, Paolo Jesús Machello, Oscar Fabricio Vaccari. Eran adolescentes de 18 y 19 años. Y había que seguir buscando.

Para poder cubrir la zona de una manera más o menos lógica, los voluntarios se dividieron en grupos. De cinco, ocho, diez personas. Una al lado de la otra, como en una barrera de fútbol. Con una sonda de caño, pinchaban la nieve.

Trabajo lento.

Un paso. Clavar la sonda, sacarla. Otro paso. Clavar la sonda, sacarla. Cuando uno toca una piedra, se siente rugoso y duro. Si es una rama, se siente distinto. Si hay enterrada una persona, la sensación, para alguien con experiencia, es inconfundible.

Sin embargo, esa tarde, hubo muchas alarmas falsas.

***

En el momento lo tomás con relativa naturalidad. Estás ahí, en ese lugar. Hacés lo que hay que hacer. En realidad, las limitaciones son gigantes: hacés lo que podés. Lo más terrible es decirle a la familia de alguien perdido en la montaña que la búsqueda se va a detener. Pero, a veces, el riesgo de avalancha continúa. Y nuevos muertos por buscar casi cadáveres no tienen sentido.

Dos o tres días después de un rescate en el que murió gente, la anestesia que dormía los sentimientos empieza a desaparecer. Surge el cansancio. Un cansancio brutal. Mental y físico. Es difícil de explicar la frustración por no poder devolverle a la familia una persona viva, mezclada con la tristeza por la muerte. Te pesa hasta la piel.

Uno maneja la angustia como puede. Tenés que contarlo, hablar, sacarlo afuera. Porque es acumulativo. Es como si te fueras cargando muertos arriba de la espalda. Y, aunque se diga lo contrario, con el tiempo no te hacés más resistente. Te volvés más trágico. Ahora, por ejemplo, que estoy acá sentado acordándome de esto, lo siento: sin que yo haga nada para que pase, cambia mi tono de voz.

Siempre digo que no tiene sentido aparentar dureza, simular que a uno estas cosas no lo afectan. Todos sufrimos igual. Lo importante es que el dolor, esa mezcla ácida que se extiende por las venas, no nos quede dentro del cuerpo.

***

Sin embargo, esa tarde, no todas las alarmas fueron falsas.

En la nieve se había formado un cañadón. Los rescatistas bajaron. Al rato, uno de ellos quiso subir por una pared de hielo. Para hacerlo más fácil, pensó en tallar escalones. Picó y encontró una mancha marrón. Siguió picando. Era el pelo de Adrián Mercado (18), que ya había muerto. Mientras lo sacaban, alguien creyó escuchar un grito.

—¡Silencio! — pidieron.

Iban cinco horas de búsqueda. Las chances de haber oído lo que parecía un pedido de auxilio eran inverosímiles. Los ruidos de treinta personas que no querían hacer ruidos. El sonido del viento. Y de nuevo, el grito.

Liliana Alonso, novia de Mercado, sobrevivió después de estar enterrada durante más de cinco horas. Había quedado en una posición en la que un brazo le cubría la cara. Así, pudo respirar. Estaba bien abrigada. La primera imagen que vio al salir de la nieve fue la de su novio congelado.

A las tres de la mañana, después de diez horas, los organizadores suspendieron la búsqueda. Podía haber más avalanchas y las posibilidades de encontrar a alguien vivo eran prácticamente nulas. De cualquier modo, un grupo, con bolsas de dormir, se quedó a hacer una guardia. Chiocconi bajó al pueblo. Fue al hospital a ver a los heridos. Unas horas más tarde, ya en su casa, intentó dormir. Se quedó acostado hasta aceptar que no iba a poder hacerlo.

***

Muchas veces volví a pensar en aquella tarde. Muchas otras, lo hablé con amigos. Qué habría pasado si hubiéramos buscado más en este lugar, si nos hubiésemos quedado otros quince minutos en aquel. Pero sería como hablar de la carrera después de que el último cruzó la meta. No había un equipo armado esperando que esto sucediera. El grupo se organizó la tarde en que sonó la alarma. Se hizo lo que se pudo y de la mejor manera. Y se hizo muchísimo.

Un operativo de siete días en el que participaron 742 personas. Una presión mediática inmensa: fue tapa de todos los diarios del país, había cámaras de cada uno de los canales de televisión de Buenos Aires.

Con pequeños cortes, lo que pasó esa tarde me quedó grabado, casi como si hubiera sido una película.

***

En la peor tragedia del andinismo argentino murieron Mario Tapia, Paolo Machello, Adrián Mercado, Martín Lemos, María Gimena López, Fabricio Vaccari, Antonio Díaz, Roberto Monteros y Gimena Padín cuyo cuerpo fue encontrado dos meses después de la avalancha, una vez que se derritió la nieve. Siete personas sobrevivieron a la avalancha. Además de la Comisión de Auxilio del Club Andino, en el rescate participaron Gendarmería, Parques Nacionales, Defensa Civil y dos cuarteles de bomberos voluntarios.

En mayo de 2005, el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de General Roca condenó al guía y profesor que conducía el grupo, Andrés Lamuniere, a tres años de prisión de cumplimiento efectivo e inhabilitación por diez años para ejercer como docente o guía de montaña. El cargo: homicidio culposo agravado por el número de víctimas fatales y lesiones culposas.

***

Los voluntarios sabemos que no quedamos en deuda con nosotros ni con los demás pero, de cualquier modo, la situación es triste.

Poco tiempo después de la avalancha, empecé a dar clases en la universidad y tuve como alumnos a algunos de los chicos sobrevivientes.

Nunca dudé de si seguir trabajando en esto. Aunque reflexioné mucho sobre esa, noche sobre lo importante de transmitir lo que fui sintiendo. A los chicos que recién empiezan, suelo decirles que lo fundamental es aprender a sacarse el sufrimiento de encima; para que, con a las palabras, de la boca también salga esa sensación horrible que los psicólogos llaman angustia.