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En medio del bullicio del estudio, Ruven Afanador mira, fijamente, una pared. Muchas cosas ocurren a su alrededor, pero él parece ajeno al movimiento. Todo su cuerpo está inmóvil. Menos sus ojos, que se mueven rápidamente: repasan, una y otra vez, las imágenes que están pegadas en la pared blanca. Son recortes que escogió como inspiración para la sesión de esta mañana.

Pocos fotógrafos tienen tanto éxito como él. Su trabajo —inconfundible— es publicado regularmente en las revistas más prestigiosas del mundo; las grandes marcas se pelean para que haga sus campañas; los diseñadores lo adoran; es comparado con Patrick Demarchelier, Annie Leibovitz, David LaChapelle, Mario Testino y el recién fallecido Irving Penn, su gran ídolo; y ha retratado a jefes de Estado, actores, músicos, artistas y modelos de quienes todos sabemos los nombres.

Cuando me acerco, sale por un momento de su trance. Le pregunto qué necesita una foto para ser buena. “Tiene que ser lo suficientemente poderosa para que la gente le dedique tiempo. Ser una imagen única, que obligue a que la miren, en un mundo en el que hay millones de cosas por ver”, responde. Y su mirada regresa al lugar original.

***

Me encuentro con Afanador un martes de septiembre en un estudio de Alphabet City, en el East Village. El barrio —que se llama así pues sus avenidas tienen nombres de letras— fue uno de los más peligrosos de Manhattan hasta hace unos años, pero hoy es un tranquilo sector bohemio. El edificio en el que estamos tiene una larga historia: en los años setenta albergó unos baños públicos, que fueron clausurados durante el auge del sida. Ahora es un foro en el que Afanador organiza varias de sus sesiones más importantes. Hoy es una de ellas: va a fotografiar por primera vez a la cantante Courtney Love.

Cuando llego, aún falta mucho tiempo para que empiece la sesión. Sin embargo, un grupo de diez personas trabaja desde la madrugada: montan las luces, ajustan el equipo, calibran las cámaras o preparan la ropa y el maquillaje. Para quien no ha estado nunca en una sesión de fotos de esta magnitud, podría parecer un evento muy emocionante. Para Afanador, en cambio, es una cuestión de todos los días:

“Los shootings son bastante más aburridos de lo que la gente cree, tienen muchas horas muertas y demasiada espera”. Pero, a pesar de su experiencia, él también está nervioso, porque nunca antes ha retratado a Love y no sabe qué le espera.

A sus cincuenta años es un hombre con una apariencia fuera de lo común: mide casi dos metros y es muy delgado. Su cabeza está rapada. Viste una camiseta gris de manga larga que le llega hasta las rodillas, jeans negros y botas. Sus ojos rasgados están detrás de unos pequeños lentes de marco de carey —el único toque de color— y tiene un tatuaje que cubre casi todo su brazo derecho: no sé si parece el integrante de una banda de rock gótico o un monje budista. Su presencia, un tanto intimidante, contrasta con su voz suave, que apenas se escucha, y sus maneras delicadas. Afanador es un hombre especialmente retraído —hecho para estar detrás de las cámaras— y su español no fluye demasiado. Al principio me cuesta entender lo que dice y él no parece tan cómodo: “Nunca había hecho esto, nunca había dejado que un periodista viera cómo trabajo. Éste es un proceso muy íntimo para mí”, me advierte.

Mientras revisa la planeación con sus asistentes lo sigo sigilosamente. En cada ciudad —sobre todo Los Ángeles, Nueva York y París— tiene un grupo de personas de confianza a las que no tiene que darles demasiadas indicaciones. La organización empieza varias semanas antes, cuando decide aceptar un proyecto. Entonces, selecciona fotos que sirven de referencia. Por lo general, las encuentran en la enorme colección de recortes que guarda en su oficina —y que ha acumulado desde la adolescencia— o en la biblioteca de su departamento en Chelsea, en el lado oeste de Manhattan. En estos dos archivos, Afanador pasa horas devorando información visual.

Luego viene la selección de ropa, maquillaje, accesorios y escenografía. Para la sesión de Love han escogido varias decenas de vestidos de alta costura —el más sorprendente es un traje de Givenchy de cuero y con taches de metal que pesa varios kilos— y ropa vintage; el maquillaje y los accesorios hacen referencia a la estética punk; y el escenario es completamente blanco, pues Afanador no quiere ningún elemento distractor en el montaje: quiere concentrarse en la personalidad arrolladora de Love.

—¿Qué tan claro tienes lo que buscas antes de empezar a disparar tu cámara?

—Depende del personaje. Si lo conozco, me imagino muy bien la escena. Si es la primera vez, tengo que improvisar un poco más.

—¿Cuáles son los personajes más difíciles?

—Los que no tienen límites, porque no se dejan controlar.

—¿Qué es lo más importante antes de iniciar?

—La clave es la iluminación. La luz lo es todo en una foto. Una vez encuentro esto, lo demás es más natural.

Poco antes de la una de la tarde, llega Courtney Love. Ella también está vestida de negro y su cara, sorprendentemente pálida, está camuflada bajo un sombrero y unos lentes de sol. Viene acompañada de dos amigos y apenas saluda a los que estamos ahí. Le da un abrazo a Afanador y le dice —con su inconfundible voz, poderosa y destruida al mismo tiempo— que está muy feliz de poder trabajar con él por fin. Él le responde, en un inglés perfecto, que lleva muchos años esperando este momento.

Love es el centro de atención. Su celular suena y habla a todo volumen con alguien que parece de confianza. Después de un rato cuelga y empieza a gritar: “¡Mierda!, ¡mierda!, ¡mierda! Era mi dealer de 2001. No entiendo qué quiere. Hace años le compro las drogas a otro”. Todo el mundo ríe, menos Afanador.

Él la observa con atención. Luego sale discretamente y le pide a sus asistentes que cambien la iluminación.

—¿Por qué decidiste cambiar a último momento?

—Necesito restringirla más, es muy explosiva.

—¿Estás asustado?

—Siempre trabajo con miedo. No creo que alguien que sienta verdadera pasión por lo que hace pueda trabajar sin miedo.

***

Bucaramanga es la capital de Santander, un departamento al noreste de Colombia, muy cercano a la frontera con Venezuela. Es una pequeña ciudad situada sobre una meseta, rodeada por montañas al oriente. Sus avenidas son estrechas, tiene muchos parques y casi todas las casas tienen antejardines. Durante mucho tiempo vivió de la industria petrolera, de la ganadería y del comercio, pues era un paso obligado entre Caracas y Bogotá. Muchos europeos se instalaron allí a principios del siglo xx. Su influencia fue muy fuerte en la elite bumanguesa, que estaba al tanto de la actualidad en Europa. Ruven Afanador pasó ahí los primeros catorce años de su vida.

Nació en 1959, y desde niño se interesó por la moda y por las imágenes que veía en las pocas revistas que se conseguían en Bucaramanga. Con la llegada del cine y de la televisión empezó a sentir fascinación por las celebridades. “Pero no me dejaron ir al cine hasta muy grande. Vi mi primera película a los doce años y quedé enamorado de lo que aparecía en la pantalla. No me acuerdo exactamentede cuál era la película, pero apenas empezó, pensé que algún día me gustaría ver cómo era ese mundo y estar con las personas que aparecían ahí”, cuenta. A muy pocas personas se les cumplen los sueños de juventud: a él se le hicieron realidad algunos años después.

Muy cerca de la casa de la familia Afanador, en el centro de Bucaramanga, estaba Fotos Serrano. En ese pequeño local, se hacían los mejores retratos de la ciudad y por eso era el favorito de las reinas de belleza, las quinceañeras y las novias. A Afanador le encantaba observar desde la vitrina todo el proceso de cómo se hacían las fotos. También le fascinaban las imágenes religiosas. Su familia pertenece a la iglesia Adventista del Séptimo Día, por eso desde muy temprano estuvo en contacto con la religión. La iconografía de los ritos y su sentido teatral son, todavía, grandes influencias en su trabajo. “Fue un niño diferente, le gustaba jugar a otras cosas. Desde los tres o cuatro años le encantaba montar obras de teatro. Cuando lo llevábamos a la iglesia, se impresionaba mucho con las historias de la Biblia y creaba juegos con las enseñanzas cristianas”, me cuenta su mamá, Isabel Peña de Afanador, desde su casa en Maryland.

Ella era profesora del Colegio Adventista Libertad, donde estudiaron los primeros años de su infancia Ruven, Marlene, Martha Cecilia —sus dos hermanas mayores— y Elizabeth —la menor de los cuatro—. Su papá, Ernesto Afanador, era propietario de una relojería y le gustaba coleccionar antigüedades.

Sin embargo, en 1972, Ernesto e Inés decidieron dejar Bucaramanga y buscar una mejor educación para sus hijos en Estados Unidos. Se instalaron en Harbor Springs, un pequeño pueblo en Michigan: “Recuerdo que fue muy difícil adaptarme, pues todo era tan diferente al principio. Tuve que hacer un gran esfuerzo para encajar”, cuenta Ruven sobre esa época. Después de un tiempo, la familia se mudó a Maryland, Washington, y llegó el momento de que el hijo escogiera una carrera universitaria: se inclinó por la economía. Duró muy poco tiempo en ese campo, por supuesto, y se pasó a la escuela de artes, donde se enfocó en la escultura y el diseño gráfico. Y aunque también dejó la escultura, ésta fue fundamental para enseñarle a construir estructuras.

En una clase de fotografía le pidieron que fuera a Georgetown a fotografiar a la gente en las calles. En ese momento se enamoró de la idea de retratar personas y recordó la pasión por las imágenes que siempre había sentido. Al poco tiempo les dijo a sus papás que quería ser fotógrafo. Ellos lo apoyaron, a pesar de que temían por su futuro, y le compraron una cámara Minolta con la que empezó a fotografiar a sus amigas, a sus hermanas y a su mamá. Esa vieja cámara Minolta está guardada, como un tesoro, en la casa de la familia Afanador, en Maryland.

***

Mientras preparan a la viuda de Kurt Cobain, hay poca actividad en el estudio. Por lo general, a Afanador le gusta escuchar música relajante en esos momentos. Pero cuando está trabajando con un músico, prefiere no escoger la banda sonora. Así que le pregunta a Love qué quiere escuchar. Ella le entrega un disco: una versión sin editar de Nobody’s Daughter, su nuevo trabajo, y le pide que lo ponga a todo volumen.

Apenas suenan los primeros acordes, Love salta de su silla y empieza a cantar. Se dirige hacia el escenario, mientras los peluqueros y maquillistas la persiguen para poder terminar la preparación. Ella los ignora. Afanador alerta a sus asistentes. Love se para frente a los reflectores: el maquillaje y las luces hacen que su piel se vea aún más blanca, como la de una alienígena, y los ventiladores hacen que su pelo enredado le cubra la cara. Canta y baila. Por momentos se detiene y dice: “Esto es muy bueno”. Disfruta aullando el coro de una de las canciones —que se llama “Skinny Little Bitch”— mientras

se contorsiona. Viste un suéter blanco con plumas en el cuello, unos shorts negros de cuero, mallas rotas y tacones altos. Dudo que esté actuando: creo que hace años su persona se diluyó en su personaje.

Afanador empieza a fotografiarla. Dispara su cámara profusamente. Los gigantescos flashes que cuelgan del techo bañan con una intensa luz plateada todo el recinto. La explosión de la luz suena más fuerte que la música grunge. Afanador se encorva para poder encontrar el ángulo indicado. Ella sigue el juego. Parece que sólo ellos dos estuvieran en el salón.

En menos de diez minutos el fotógrafo dice que ya está bien y pide que la cambien de ropa. Me asombra la rapidez.

Las fotos de Love son para la revista de fin de semana del London Times: debe enviarles cuatro imágenes, incluida la portada. Mientras Love se cambia, pasamos a un pequeño cuarto contiguo donde los asistentes descargan las imágenes en dos computadoras.

—¿Cuánto te tardas en editar?

—Muy poco. En un día ya puedo tener lista la primera selección.

—¿Les muestras las fotos a los personajes que retratas?

—Nunca. Por eso las computadoras están en un cuarto aparte. No me gusta que opinen.

—¿Cómo sabes cuando tienes la foto perfecta?

—Cuando era joven creía que los retratos sencillos eran los más fáciles. Pero con los años me he dado cuenta de que es lo más difícil que puede hacer un fotógrafo: es la prueba de fuego. Se requiere de mucho trabajo y disciplina para captar la esencia de una persona.

Han pasado ya más de ocho horas y todos estamos agotados. Menos Love: está eufórica y no para de moverse. Es la única que no ha comido nada en todo el día y sólo se alimenta de agua mineral y de unas pastillas misteriosas que le da, directamente en la boca, uno de sus amigos. Cerca de las nueve de la noche le hacen el último cambio de ropa: esta vez viste un traje rojo y blanco de cola larga. Cuando pasa al escenario empieza a quitarse el vestido al ritmo de la música, hasta quedar completamente desnuda. La veo ahí, con sus brazos y piernas delgadas, sus senos un poco flácidos y el maquillaje corrido sobre su cara pálida: entonces me parece más vulnerable que nunca. Su máscara desaparece y deja ver a una mujer que alguna vez fue guapa y que ahora está en ruinas. Afanador se detiene. Le pide que no se mueva y dispara su cámara frenéticamente. Creo que ha encontrado su esencia. Todos aplaudimos, aliviados.

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Una de sus mejores amigas de juventud es Marilú Menéndez, quien hoy trabaja como publirrelacionista en Nueva York. Menéndez es una cubana radicada en Estados Unidos que conoció a Afanador en los ochenta. “Somos amigos desde que Ruven era un joven fotógrafo en Washington. Nos encontramos en un evento de beneficencia en el que una estilista y un fotógrafo debían crear juntos un look para una modelo. Concursamos juntos y terminamos ganando la competencia —me cuenta—, lo que hace diferente a Ruven es que es un verdadero artista, con una intensa pasión por lo profundamente bello. Por eso su trabajo es tan apreciado”.

Durante sus años de estudiante conoció también a quien se convertiría en su gran maestro, Eric Ekhart. “Fue él quién me enseñó a ver. Yo estaba muy preocupado por aprender la parte técnica, pero él me dijo que lo primero era educar el ojo”, dice Afanador. Ekhart le mostró por primera vez la obra de Irving Penn y Richard Avedon. También le recomendó que fuera a Europa a formarse. Pero Afanador no siguió el consejo de su maestro y decidió empezar a trabajar como asistente en algunos estudios. Así mismo, trabajó en la universidad de Notre Dame, como encargado del archivo fotográfico. Al poco tiempo se dio cuenta de que en Washington no tenía mucho futuro y prefirió irse a Nueva York. Buscó trabajo en los estudios de Avedon y Penn, pero no logró nada. En ese momento se frustró, pero hoy reconoce que fue una suerte. El rechazo lo obligó a encontrar su propio lenguaje fotográfico intuitivamente y, por fin, irse a Europa.

Afanador escogió Milán, por obvias razones. Y no se equivocó: una madrugada de verano, recién llegado a Italia, se levantó de su cama y abrió las pequeñas ventanas de su habitación. Lo que vio entonces fue sobrecogedor: “Recordé cosas que había olvidado de mi infancia, la luz tan especial de Colombia, los amaneceres en Bucaramanga, los colores de los techos y de las casas”. La nitidez de ese recuerdo, tan intenso, lo marcó. “Sentí un cariño enorme por mi origen, entendí de dónde venía y desde entonces he querido reproducir ese sentimiento”, me dice muchos años después, cuando ya es uno de los fotógrafos más respetados del planeta.

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La fama es un buen negocio.

Es miércoles e intento ver a Sarah Jessica Parker detrás de la nube humana que la cubre. La estrella de Sex and the City es una de las protagonistas de la sesión fotográfica de hoy y tiene alrededor suyo un séquito de diez personas que la asisten: la maquillan, responden su celular, la peinan, le hacen las uñas, e incluso sostienen la taza de té verde que pidió apenas llegó al estudio. Otros le muestran vestidos, faldas, zapatos y accesorios que brotan de bolsas con nombres ilustres: Jimmy Choo, Balenciaga, Manolo Blahnik, Prada, Christian Louboutin y Dior, entre muchos otros. Ella escoge sus cosas favoritas y descarta la mayoría sin mirarlas demasiado.

Estamos en el mismo estudio de Alphabet City, pero el ambiente es completamente diferente al del día anterior. Hay mucha más gente —unas treinta personas— y todos parecen ocupados: veo a un hombre que sostiene en su mano derecha una BlackBerry, en la izquierda un iPhone y al mismo tiempo habla por otro celular. La fama es, en efecto, un muy buen negocio.

Pero, de alguna forma, la atmósfera es menos opresiva que el día anterior. Al fondo ya no suenan guitarras estridentes, sino boleros viejos. Afanador está hoy mucho más relajado y sonriente. Tal vez porque tiene una tarea un poco menos complicada: va a retratar a Parker y al actor británico Hugh Grant para la portada de la revista Entertainment Weekly. Ambos son los protagonistas de una nueva comedia romántica, Did you Hear About the Morgans?, que se estrenará a final de este año.

—¿Es difícil tener dos sesiones tan seguidas?

—Me cuesta muchísimo. Sobre todo porque tengo que cambiar completamente de visión.

—¿Te gustó fotografiar a Courtney Love?

—Me gustó, sentí mucha complicidad entre los dos. Me dijo muchas cosas interesantes y encontré que tenemos algunas referencias comunes.

—¿Cómo cuáles?

—Nos gustan ciertos diseñadores de moda y algunos artistas, por ejemplo.

—¿Te atraen las personas excéntricas?

—Me gustan los personajes oscuros porque tienen una personalidad más profunda.

Al igual que el día anterior, en una pared están colgadas varias imágenes de referencia: son viejas fotografías de Cary Grant, Katherine Hepburn, James Stewart y Steve McQueen. Atrás, en el espacio que pocas horas antes fue un pequeño escenario de paredes blancas, hay una escenografía que evoca los años dorados de Hollywood. Fue construida durante la noche por un equipo especial. Allí, entre antigüedades y viejos reflectores, Afanador intentará recrear el glamour de otra época.

Si bien viste casi idéntico —con camiseta de mangas largas, jeans y botas oscuras— es una persona ligeramente diferente: responde con entusiasmo y su español parece haber mejorado. Incluso me muestra algunas de las imágenes de Courtney Love que ya tiene preparadas, algo que casi nunca hace. Cree que los desnudos no serán publicados, pero dice que no podía perder la oportunidad de hacerlos.

Enseguida se va a charlar con Parker. Son amigos y han trabajado varias veces en el pasado. Él la considera un icono de la moda. Parker sonríe cuando Afanador se acerca y le dice que para la primera foto escogió un vestido amarillo corto. Él dice que le encanta.

Aunque nunca traiciona su visión personal, Afanador sabe qué quiere cada cliente y trabaja con eso en mente. Uno de los más difíciles, me dice, es The New Yorker. Los editores de la tradicional revista literaria son muy reticentes a utilizar fotografías y prefieren ilustrar las páginas con sus emblemáticas caricaturas. Publican muy pocos retratos y sólo contratan a los mejores fotógrafos del mundo, los cinco o seis que ellos consideran clásicos contemporáneos. Afanador es uno de ellos. Siempre que le encargan algo, él se esfuerza especialmente para complacerlos. Y, aún así, le han pedido que repita el trabajo en algunas ocasiones. Pero reconoce que también han sido muy generosos con él. Saca de su mochila la edición más reciente y me muestra, emocionado, una página que tiene marcada: es una sección en la que publicaron dos fotos de Mil besos, su nuevo libro, que saldrá publicado a final de mes. Pocas veces The New Yorker hace esa clase de homenajes.

Cerca de las tres de la tarde, llega el segundo protagonista de día: Hugh Grant. Saluda, con la típica formalidad británica, a todos los que estamos presentes. Cuando Afanador lo saluda y se presenta, Grant hace una broma —que no sale muy bien— para romper el hielo. “¿Qué clase de nombre es ése?”, le pregunta el actor. Afanador le dice que es un nombre colombiano. Grant le responde con un lacónico: “Ah, Colombia, qué interesante”. El nombre de Afanador siempre genera cierta curiosidad. Fue bautizado como Rubén, con “b” y acento, pero lo cambió para que fuera más fácil de pronunciar en inglés.

—¿Te impresionan las celebridades?

—He aprendido a convivir con ellos. Tienen una vida muy compleja y poco tiempo para perder.

—Para ti también debe ser difícil mantener este ritmo de trabajo…

—Claro, por lo general estoy entre viajes. Tengo que levantarme muy temprano y llegar a diferentes lugares a trabajar largas jornadas.

—¿Qué personaje te ha impresionado más?

—Tal vez García Márquez.

Al principio de su carrera, retrató al escritor colombiano, a quien considera su héroe personal. Fue una sesión bastante difícil en la ciudad de México, en medio de una tarde lluviosa. Afanador estaba muy nervioso, ya que Gabo detesta posar y sólo accedió a ponerse una ruana que utilizaba en sus años de estudiante en Bogotá. Si bien hablaron poco ese día, García Márquez le contó de su afición por la fiesta brava: fue esa conversación la que inspiró al fotógrafo a hacer, muchos años después, un libro sobre toreros. Afanador dice que, a pesar de que cometió algunos errores ese día, quedó encantado con el resultado y no quisiera repetir esa foto inolvidable.

***

En Milán, además de encontrar una nueva sensibilidad, Afanador descubrió un método único. “Nunca había visto trabajar a otro fotógrafo ni había estado realmente en una sesión de fotos de moda, así que me tocó empezar a improvisar”, dice. Como no tenía dinero suficiente para pagar el alquiler de un estudio o contratar a modelos profesionales, comenzó a retratar a amigas suyas. Las llevaba a su casa o a lugares solitarios, donde organizaba shootings artesanales. Vestía a las chicas con ropa que él mismo fabricaba e improvisaba escenografías. Lo importante de esas primeras fotografías es que le permitieron experimentar con las posibilidades técnicas de las cámaras y los lentes. También, en medio de los paisajes italianos, creó imágenes más complejas, en las que se cruzaban la estética europea y sus raíces latinoamericanas. Al cabo de seis meses de trabajo intenso, decidió regresar a Estados Unidos: no aguantó la soledad ni la lejanía de su familia.

Cuando volvió a Estados Unidos, ya era otra persona. Y, sobre todo, otro fotógrafo. Empezó a enseñar su nueva carpeta en revistas y agencias publicitarias. Sus clientes quedaban asombrados por la originalidad de su propuesta. Uno de los primeros trabajos importantes que le encargaron en esa época fue para la revista Connoisseur. En esa ocasión decidió fotografiar en blanco y negro a modelos vestidas con trajes de Isabel Toledo. Gracias a su estilo, empezó a hacerse famoso en el mundo la moda. En esas primeras fotografías, se empezaba a manifestar su gusto por una estética recargada. Ese

estilo se ha refinado con los años: ahora Afanador construye escenas que recuerdan, por momentos, los claroscuros de Caravaggio, los retratos más teatrales de Vermeer, las escenografías de Rembrandt y las Pinturas Negras de Goya. Sus imágenes, angustiosas y sensuales, tienen una extraña similitud con el arte barroco.

Cada vez recibía más propuestas de trabajo en Nueva York, así que decidió, de manera definitiva, mudarse a Manhattan. Ahí, los grandes contratos no se hicieron esperar. Afanador inició su colaboración con las más grandes casas de moda y con las revistas Elle, Rolling Stone, Vogue, Marie Claire, GQ y Vanity Fair.

Moschino, por ejemplo, lo contrató para que redefiniera la imagen de la marca. Su fundador, Franco Moschino, acababa de morir y la marca se encontraba en un mal momento. Afanador decidió entonces hacer algo osado: fotografió a una de las modelos, vestida en un traje de alta costura, sentada sobre un burro. La foto fue un éxito y la pusieron en buses y afiches por todo Nueva York. Para la inauguración de una nueva boutique en Madison Avenue, llevaron al mismo burro que aparecía en la foto. Esa refrescante campaña le devolvió a la marca su prestigio. Y convirtió a Afanador en una superestrella.

Pero aún tenía una deuda pendiente: regresar a Colombia. Afanador no había ido a su país desde que se marchó por primera vez. Así que, a principios de los noventa, casi veinte años después, quiso volver. “Cuando el avión se acercaba al aeropuerto de Bogotá, empecé a sentir una mezcla de todos los sentimientos. Tenía miedo y emoción a la vez. Regresar es la sensación más bonita del mundo”. Allí no conocía a nadie, pero mucha gente ya sabía de su trabajo. Poco a poco dejó de sentirse un extranjero y empezó a regresar al país con cierta frecuencia. Hoy en día va dos o tres veces al año.

En 1992 fue invitado por la directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá, Gloria Zea, a exponer una retrospectiva individual. En esa ocasión conoció a Monica Scarello, una italiana que vivía en Colombia y trabajaba como productora. “Nos entendimos bien de inmediato. Yo he conocido a mucha gente del medio artístico y creativo. Pero cuando vi el trabajo de Ruven, me di cuenta de que era alguien diferente. Una artista integral y fuera de serie”, me cuenta Scarello desde su oficina en Milán.

Juntos viajaron a Armero, una pequeña ciudad que en 1985 fue arrasada por la erupción del volcán Nevado del Ruiz. Más de 25 mil personas murieron entonces y Afanador quiso rendirles un homenaje. Scarello también le presentó a Álvaro Restrepo, un coreógrafo que fundó una escuela de danza contemporánea en Cartagena. Afanador quedó impresionado con el proyecto de Restrepo —que trabaja con niños de barrios muy pobres— e hizo una serie de fotografías y luego un libro. Cuando el músico Lenny Kravitz le pidió que dirigiera uno de sus videos, en 1995, Afanador pensó de inmediato en Restrepo. Utilizó a varios bailarines cartageneros de su escuela en el video “Rock and Roll is Dead”.

Por esa misma época recordó las palabras de García Márquez sobre la fiesta brava. Le pidió entonces a Scarello que viajara por España, Colombia, México y Perú en busca de jóvenes matadores para retratar. La búsqueda tardó más de dos años. Finalmente, en todos los países lograron encontrar toreros que accedieron a posar —de manera muy sensual y en ocasiones desnudos— frente a la cámara de Afanador. Uno de las primeras personas que vio el trabajo fue el escritor colombiano Héctor Abad Facciolince. “Estos retratos de Ruven Afanador descubren algo nuevo: los trajes de torero, más que vestir, desnudan […] ha sabido mostrarnos como nunca nadie el perfil y la gracia de los toreros vivos […] Con un tema que une lo barroco, lo hispánico, y los límites del riesgo y de la muerte, ha podido explicar que el placer de mirar va siempre unido al miedo de perder”, escribió entonces. Afanador decidió hacer su primer libro con estos retratos de matadores: lo tituló Torero y el prólogo fue escrito por Abad.

El diseñador John Galiano también quedó impresionado con Torero. Tanto así que mandó comprar todos los ejemplares que se conseguían en París y se los regaló a sus amigos en Navidad. Galiano contactó a Afanador y le encargó fotos de algunas de sus colecciones: desde entonces son muy buenos amigos. “Incluso en sus más descaradas fotografías, su sinceridad y empatía son innegables, su atención a los detalles no tiene paralelo. Cada página es como un guión sin palabras, pero sí con imágenes que evocan, provocan y rompen las barreras del tiempo, la cultura y la curiosidad. Sus imágenes me persiguen, bailan conmigo y se quedan a mi lado para siempre”, escribió Galiano en el prólogo de Mil besos.

En el año 2000, poco después del lanzamiento de Torero, Afanador recibió en París el Trophée de la Mode en la categoría de mejor fotógrafo de moda del año. Entonces las celebridades se rindieron a sus pies: Al Pacino, Pedro Almodóvar, Michael Jordan, Val Kilmer, Salma Hayek, Nicole Kidman, Bono, Jennifer Lopez, Scarlett Johansson, Linda Evangelista, Heidi Klum, Jennifer Aniston, Janet Jackson, Robert De Niro, Isabelle Adjani, Antonio Banderas y Bill Clinton, por sólo mencionar algunos, posaron para él. Y, a medida que pasa el tiempo, la lista se hace más extensa y selecta.

Su siguiente libro, Sombra de 2003, es un homenaje a algunos de los grandes maestros, como Nadar y Man Ray y, sobre todo, al Barón von Gloeden uno de los precursores de la fotografía homoerótica. Afanador retrató a un grupo de jóvenes bailarines de ballet, desnudos en medio de escenarios idílicos. En una corta introducción, Afanador explica el origen del título: dice que en los años treinta en Bucaramanga, cuando la gente quería hacerse un retrato, pedía que le hicieran “una sombra”. Si se miran con atención, los personajes de Afanador son como sombras: seres que deambulan entre la realidad y el sueño.

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Algunas imágenes valen más que mil palabras. Otras valen mil besos.

El libro más reciente de Afanador —el tercero— se llama justamente así: Mil besos. El volumen, editado por Rizzoli, tiene más de 200 páginas de fotografías dedicadas a las bailadoras de flamenco. En el prólogo, la diseñadora Diane von Furstenberg escribe: “He admirado el trabajo de Ruven Afanador por años […] Me dejo llevar por la profundidad y emoción de sus fotografías y su pasión incondicional por el movimiento de los cuerpos […] su lente penetra como una flecha; y uno no puede evitar rendirse”. La actriz Eva Mendes también participa: “En las imágenes de Ruven se está librando una guerra entre la luz y la oscuridad, entre el amor y la pérdida, entre la alegría y la melancolía”. La modelo —y una de sus mejores amigas— Heidi Klum dice: “Es un artista consumado. El lado fantástico e indignante que muestra nunca decepciona”. Asimismo, la actriz española Rossy de Palma escribe: “Es un chamán que retrata la libertad del cuerpo y la del espíritu. Sus gitanas son una excusa para celebrar la vida de la única forma en que merece ser vivida: con pasión”.

La producción del libro tardó más de dos años. En 2007, Afanador editó dos libros caseros con imágenes de referencia. Le mandó este material a Monica Scarello y ella empezó a buscar locaciones y modelos. Viajó varios meses por España hasta encontrar los lugares ideales en Andalucía: Sevilla y Jerez de la Frontera. Allá conoció a un grupo de mujeres, mayores de sesenta años, que mantienen intacta la tradición de la fiesta flamenca. Afanador las conoció también y quedó enamorado de ellas: “Lo más curioso es que no tenía idea de la relación que existe entre las bailadoras de flamenco y los toreros. Ellas llaman a sus hombres ‘toreros’. Fue una coincidencia sorprendente”.

Las sesiones fueron extenuantes. Se hicieron en exteriores —carreteras, montañas, playas, desiertos y minas— y requirieron un equipo de producción de 120 personas, quienes trabajaron bajo el sol canicular y la luz cegadora de la región. Además de esto, las modelos estaban vestidas con trajes oscuros —diseñados por Galiano, Versace, Gaultier y Cavalli para la ocasión—, maquilladas y con moños de treinta centímetros. Y, como si todo esto no fuera suficientemente exótico, Afanador quiso que un grupo de músicos flamencos tocara en vivo mientras hacía las fotos. “Él no sólo hace fotos. Hace actos de creación en los que logra imágenes nunca antes vistas. Quienes estuvimos presentes en las tomas de Mil besos, nos sorprendimos: fuimos testigos de un momento revelador”, dice Scarello.

Entre todas las modelos había una muy especial. “Me llevó a Sevilla y ahí conocimos a las damas que iban a aparecer en el libro. Luego me dijo que me quería tomar una foto vestida y maquillada como ellas. Ruven siempre ha sido un hijo muy obediente, pero esta vez me tocó obedecer a mí”, cuenta, entre risas, Isabel Peña de Afanador. Además el libro está dedicado a ella. Es el homenaje de un artista a su gran musa.

***

Por fin, Grant y Parker pasan al escenario. La directora de arte de Entertainment Weekly le da algunas indicaciones a Afanador de cómo quisiera que fuera la portada; sin embargo es él quien controla toda la escena: a pesar de que su timidez, que apenas le permite hablar, los actores siguen al pie de la letra las pocas direcciones que les da. De nuevo trabaja como una máquina: no titubea ni un segundo al momento de disparar. Parker y Grant tienen una gran empatía y él la logra captar muy bien. Entre toma y toma, los dos actores sonríen y hacen bromas: Grant es impertinente y le encanta hacer el papel de niño terrible. Parker, por su lado, prefiere ser la chica ingenua y adorable. El inglés viste un sencillo traje gris y una camisa blanca todo el tiempo, mientras que a ella le hacen cuatro cambios de ropa.

La sesión avanza mucho más rápido y, antes del anochecer, Afanador la da por concluida. En medio de aplausos y abrazos, empiezan a circular copas de Veuve Clicquot. Los dos actores se despiden efusivamente de su fotógrafo. Luego, mientras sus asistentes desmontan el escenario, me siento con él en uno de los camerinos, ya vacíos. Su cara se refleja en un espejo iluminado por cientos de focos y veo ya algunas señales de cansancio en su rostro. Han sido dos días agotadores.

—¿Alguna vez te imaginaste que llegarías a dirigir sesiones tan grandes?

—Nunca. Ni siquiera cuando empezaba mi carrera en Nueva York y veía a los grandes fotógrafos de moda y publicidad. Jamás pensé que llegaría hasta acá.

—No ha sido un camino fácil…

—No, y estoy muy agradecido por las oportunidades. Este mundo es complicado, los fotógrafos son muy celosos y competitivos. No es fácil destacarse.

—¿Crees que ya llegaste a tu punto más alto?

—Lo más bonito de la fotografía es que nunca dejas de aprender. Sigo haciendo cosas nuevas, pero lo importante es que tengo un hilo conductor, sé hacia donde quiero llevar mi trabajo.

—¿Qué buscas como fotógrafo?

—Que mis imágenes perduren en el tiempo. Que después de haber sido tomadas se puedan volver a ver y sigan siendo interesantes. Que no se agoten.

—¿Se hicieron realidad tus sueños?

—Sí, todos.

Mientras lo veo guardar sus cámaras, con extremo cuidado, me pregunto de qué está hecho este hombre indescifrable que ha dedicado su vida a buscar la esencia de los demás. Me quedo sin respuesta: quizá porque no tengo su mismo talento. O tal vez porque algunas personas nacieron para observar y no para ser observadas.

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Luces y sombras de Ingrid

Publicado: 14 septiembre 2009 en Felipe Restrepo
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Muy poco tiempo había transcurrido desde su liberación, acaso unas cuantas horas, cuando empezaron las especulaciones sobre el futuro de Ingrid Betancourt. Aún estaban frescas las conmovedoras imágenes de la colombiana regresando a la libertad, el pasado julio. Todavía era imposible adivinar qué podría pasar por la cabeza de una mujer que estuvo más de seis años sepultada en la jungla —algunos de ellos encadenada a un árbol y bajo una espantosa tensión psicológica— o cuál era realmente su estado emocional. Pero eso no importó: todos nos preguntábamos cómo capitalizaría su fama. A nadie le quedaba duda, eso sí, de que tendría un porvenir político. Algunos se aventuraron a decir que podría llegar a ser la primera presidenta de Colombia, que le entregarían el Nobel de la Paz o que la nombrarían en algún puesto en el gobierno de Francia, país que le otorgó la nacionalidad y en el que era vista casi como una santa.

Pero, con el paso de los meses, ese futuro brillante empezó a desdibujarse. Betancourt desconcertó con actuaciones fuera de lugar y algunas de las personas más cercanas a ella empezaron a desvirtuar su imagen en público. Las revelaciones de Clara Rojas —supuestamente una de sus mejores amigas y su fórmula vice-

presidencial—, de los tres ciudadanos estadounidenses que fueron compañeros de secuestro, de Juan Carlos Lecompte —su ex esposo— y de muchos otros, que la pintaron como una persona egoísta y ambiciosa, dejaron ver que Betancourt estaba lejos de ser la heroína que los medios habían creado. Incluso en Colombia, donde ya había sido muy criticada en el pasado, sorprendió la rapidez de su desprestigio.

Betancourt ha optado por el silencio desde hace un tiempo y no ha querido responder a los, cada vez más frecuentes, ataques. Es más: ni siquiera se sabe muy bien dónde está viviendo. Al principio se creía que estaba en París, pero todo parece indicar que se instaló en Seychelles, una minúscula república conformada por un grupo de islas en el Océano Índico. Ahí vivió entre 1985 y 1989 y obtuvo la nacionalidad. La última vez que habló en público fue a finales de diciembre, en la Ciudad de México. La escala final de una maratónica gira latinoamericana en la que visitó casi todos los países del continente y se reunió con los líderes de la región.

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Poco antes de la llegada de Ingrid Betancourt a México, recibo una llamada de una funcionaria del gobierno francés: me informa que la colombiana ha accedido a reunirse conmigo, en una sesión privada. Apenas estará tres días en el país. Me cita en la Embajada de Francia, al final de la tar-de del día siguiente.

Llego a la cita un poco antes de las seis de la tarde y me encuentro con un operativo de seguridad sorprendente: digno de la visita de un jefe de Estado. La calle está cerrada y la embajada es custodiada por varias patrullas de policía. Para llegar hasta la residencia —una de las más lujosas del exclusivo

barrio Lomas de Virreyes— hay que traspasar varios círculos de seguridad y es obligatorio pasar por una minuciosa requisa. En la puerta me espera Laurence Pattin, encargada de las comunicaciones de la embajada, que me acompaña hasta un acogedor salón amueblado con antigüedades y con las paredes repletas de obras de arte clásico. Me siento en un sillón frente a un ventanal que mira al enorme jardín trasero y a una piscina es-condida entre columnas envueltas por enredaderas. Al fondo de la sala hay dos agentes de seguridad que el gobierno de Nicolas Sarkozy le asignó a Betancourt y que tienen la misión de acompañarla a cualquier lugar.

Tras una corta espera, Betancourt aparece. Su apariencia me deslumbra: no sólo por su figura —casi atlética—, sino por su elegancia. Viste un arriesgado traje negro de una pieza, que deja al descubierto sus estilizados brazos. Su melena está recogida y, en la muñeca del brazo derecho lleva un escapulario que le regaló su padre y que la acompañó durante todo el cautiverio. Sólo tiene un adorno en su cuello: una imagen de la Virgen de Guadalupe, tallada sobre una piedra blanca, que cuelga de una delgada cadena de oro. “Divina mi virgencita, ¿verdad? Me la regalaron ayer en la basílica de Guadalupe”, me dice con genuina emoción. Recuerdo entonces las imágenes que inundaron esa mañana todos los diarios: Betancourt arrodillada y casi al borde de las lágrimas frente a la imagen de la virgen.

Aunque sencilla, su apariencia da muchas pistas sobre la nueva Betancourt, la que regresó de la selva: una mujer confiada, que no está abatida por su experiencia y que, al contrario, es más fuerte —y guapa— que nunca. Una mujer impecable y elegante que no desentonaría junto de ningún líder o celebridad. Y, tal vez lo más revelador, una mujer que se salvó gracias a su fe. Betancourt es ahora —y no lo esconde en ningún momento— muy religiosa. Algo que era impensable antes de su secuestro y que ha sido ferozmente criticado en Francia, donde ser creyente parece ser algo peor que ser criminal.

La observo, mientras toma un té antes de empezar nuestra charla. Levanta la taza con un gesto delicado y se la lleva a la boca casi en cámara lenta. Adelanta los labios y entrecierra los ojos: sus rasgos finos, como de ave exótica, se marcan. La luz de los flashes ilumina su cara, poniendo en relieve sus arrugas y las pocas canas que ya se filtran en su pelo. Posiblemente muchas de ellas se formaron durante las largas horas de angustia. Pienso entonces en todos los contrastes de su vida. Y sospecho que, por más que responda preguntas, que relate con detalle su cautiverio o que escriba cientos de libros con explicaciones, nadie podrá entender nunca lo que realmente le ocurrió a esta mujer.

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Está agotada. Ha visitado ocho países en diez días. Pero esto no impide que su discurso sea impetuoso. “Creo que en Latinoamérica se dio un fenómeno, del que yo sólo fui espectadora, durante los últimos diez años. Un momento de ruptura, un viraje, en el que la mayoría de países eligieron gobiernos de izquierda. Todos intentaron romper con su pasado político”, dice. Habla despacio y hace énfasis en cada palabra. Tiene un acento cambiante: en algunas frases es bogotano, mientras que en otras tiene un ligerísimo tinte parisino. “Así que esta gira nació de esa constatación. Cuando yo estaba en la selva, fue la posesión de Cristina Fernández de Kirchner. Todos los presidentes latinoamericanos que asistieron a su toma de poder, por coincidencia, tocaron el tema de los secuestrados. Sentí que ese momento fue un punto de quiebre y las cosas empezaron a cambiar”.

La gira latinoamericana fue intempestiva y se centró en el tema de los secuestrados. “Es muy importante que todos los presidentes hagan presión sobre las farc. Para que, primero que todo, liberen a los secuestrados. Porque mientras las farc sigan teniendo secuestrados, no son un interlocutor político válido para nadie. El secuestro, del que viven, terminó siendo un harakiri, pues perdieron la oportunidad de actuar en política”, dice. Sin embargo, y a pesar de las buenas intenciones, la visita de Betancourt a Latinoamérica no fue entendida. Pocos comprendieron por qué era recibida con las atenciones de una alta funcionaria o por qué el Estado francés financió la logística. Otros vieron una necesidad injustificada de recibir atención para subsanar una muy mala racha que ya llevaba un tiempo.

En efecto, la buena imagen de Betancourt empezó a decaer a finales de 2008. Después de su liberación la ex secuestrada se reunió con varios líderes mundiales: Sarkozy, Rodríguez Zapatero, Benedicto XVI, Bono y Madonna, entre muchos otros. También recibió la Legión de Honor, en el grado de caballero en París; el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, en Madrid; fue postulada al Premio Nobel de la Paz por el gobierno chileno y habló en la onu. Si bien todos eran reconocimientos merecidos, empezó a ser criticada por su exceso de exposición.

Luego vino el bochornoso incidente del Premio Nobel de la Paz. Cuando se anunció que el galardón de 2008 le había sido otorgado al finlandés Martti Ahtisaari, un reconocido mediador en conflictos mundiales, el jefe de prensa de la fundación de Betancourt, Olivier Roubi, reaccionó violentamente. En un comunicado cuestionó a la academia sueca por su decisión y dijo que Ahtisaari estaba muy lejos de personajes como Nelson Mandela o el Dalai Lama. No lo decía directamente, pero insinuaba que Betancourt sí lo estaba. El gesto fue considerado de muy mal gusto. María Jimena Duzán, columnista colombiana de la revista Semana y amiga de Betancourt en el pasado, fue una de las sorprendidas: “Lo ad-vertí en una columna. Lo que hicieron fue una vergüenza, una declaración agresiva en una ceremonia en la que la paz es la gran protagonista. Sólo les faltó decir que le habían robado el Premio Nobel a Ingrid, como sucede con las candidatas colombianas en Miss Universo, que siempre quedan de finalistas, pero nunca ganan”, me dice.

Enseguida Betancourt dio otro paso en falso en París. El 22 de noviembre se reunió en las oficinas de la alcaldía de la ciudad con varios miembros de su fundación y con amigos que, por años, habían luchado por su liberación. Según un reportaje publicado hace unas semanas en la revista Marianne, todos habían esperado meses para verla y no les importó que ella hubiera preferido encontrarse primero con famosos. Sólo querían ver a su heroína. “Dio la impresión de decir ‘hola y adiós’ a las personas que lucharon por ella. Nos habíamos hecho muchas ilusiones sobre ese encuentro, pero fue una decepción”, le dijo a la revista Hervé Marro, un estudiante de ciencias políticas que trabajó en la fundación casi desde su inicio. Betancourt fue especialmente fría con ellos, cuenta el artículo de Stéphanie Marteau, y les anunció que creería su propia fundación. También les pidió que ya no utilizaran su nombre.

Durante la gira latinoamericana, Betancourt jamás se refirió a estos incidentes y se concentró en atacar duramente a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (farc). Tal vez como una estrategia para desviar las miradas. “Creo que las farc son mulas, totalmente cerradas. Pero pienso también que son seres humanos y que algo tienen que entender. Algo de lo que está pasando en el mundo les tiene que entrar en la cabeza. No sé cuál va a ser el giro, pero sí estoy segura de que tienen que cambiar. No hay otra salida para ellos. O hay una profunda transformación en su esencia y se vuelven políticos, o se mueren”, me dice con un tono que no le había escuchado antes.

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De todas las personas cercanas a Betancourt, Clara Rojas parecía ser la más fiel. Las dos mujeres se conocieron en los noventa, cuando trabajaban juntas en el Ministerio de Comercio Exterior de Colombia. Rojas, una abogada bogotana, se fue involucrando poco a poco en el proyecto político de Betancourt y se convirtió en una de sus más cercanas colaboradoras. Tanto así que, el 23 de febrero de 2002, en plena campaña electoral, decidió acompañarla a un peligroso viaje a San Vicente del Caguán, una zona que el entonces presidente Andrés Pastrana había despejado y que estaba a merced de las farc.

El resto de la historia es conocido por todos. Betancourt y Rojas fueron retenidas esa mañana por un grupo de guerrilleros y empezó un largo secuestro que acabó, entre muchas otras cosas, con su amistad.

Cuando se conoció la noticia de su retención, se dijeron dos cosas sobre Rojas, una mujer muy poco conocida por el público. La primera, que era una de las mejores amigas de Betancourt y su fórmula a la vicepresidencia en una campaña política que había comenzado en 2001. También, que había decidido acompañar voluntariamente a Betancourt cuando los guerrilleros la raptaron. Sin embargo, ambas cosas resultaron ser falsas.

En una reciente entrevista con la edición española de la revista Vanity Fair, Rojas contó que ella nunca se entregó. Lo que ocurrió fue que confrontó a los guerrilleros cuando se llevaban a su amiga y ellos, como castigo, la raptaron también. Tampoco era cierto que en ese momento fuera fórmula vicepresidencial. Fue Juan Carlos Lecompte, el segundo ex esposo de Betancourt, quien lo inventó, después del secuestro. Lecompte, un publicista que había diseñado todas las campañas de su esposa, pensó que sería una buena estrategia pues le daría visibilidad a Rojas. Le consultó a la familia de ella y aceptaron.

Casi desde el comienzo del cautiverio la relación entre Rojas y Betancourt se desmoronó. Sus personalidades eran opuestas —Rojas es tímida e introvertida, mientras que Betancourt es explosiva— y llegó un momento en que no aguantaron más. “Yo tuve una actitud generosa y por eso esperaba algo diferente de Ingrid, pero no fue así. Ha sido desconcertante y doloroso. La selva nos distanció y todavía no sé muy bien qué ocurrió”, le dijo Rojas a Vanity Fair. La situación era muy tensa y los lazos de su amistad muy débiles. El momento más difícil, por supuesto, fue cuando Rojas anunció que estaba embarazada de un guerrillero y que pensaba tener el bebé. Betancourt no aceptó la decisión de su compañera y rompió relaciones con ella.

Cuando Rojas fue liberada unilateralmente por las farc, en enero de 2008, llevaban ya tres años separadas. Los jefes guerrilleros habían decidido aislar a Rojas en el momento en que dio a luz a su hijo Emmanuel, después de un parto salvaje que casi le cuesta la vida. Entonces ya era vox populi que las relaciones entre las dos estaban muy mal y varias veces sus familias se habían enfrentado por la manera en que querían que se llevaran las negociaciones con la guerrilla.

Desde entonces sólo han coincidido dos veces. Cuando Betancourt fue librada y tres meses después en un foro de mujeres líderes, en Deauville, Francia. Ese día, según varios medios locales, Rojas intentó acercarse a saludar a Betancourt. Pero ésta la ignoró. Rojas la siguió por un pasillo: “Ingrid, Ingrid, soy yo, Clara”, le gritaba. Pero Betancourt no se dio vuelta y entró a un salón reservado. Cuando Rojas quiso entrar, los guardaespaldas de su antigua amiga le impidieron el paso.

Con el tiempo las cosas empeoraron. Sobre todo porque Betancourt insinuó en algunas entrevistas que durante el cautiverio Rojas había enloquecido y tratado de ahogar a su bebé en un río. Y que ella lo había rescatado de las aguas. Este comentario enfureció a Rojas, quien respondió en un programa radial de la cadena rcn de Bogotá: “No sé de donde saca esto, pero Ingrid tiene algo de teatro (…) Hay cosas de ella que me asustan. Me asusta sobre todo esa incapacidad de fijar ciertos límites, esa sensibilidad por ciertas cosas. Porque ella es una cosa ante los medios y otra en su situación personal”, dijo.

A pesar de que la contacté, Rojas prefirió no dar declaraciones a Gatopardo. Su libro —cuyo título provisional es Rehén y que será editado por Norma en Latinoamérica— saldrá al mercado el próximo 16 de abril. Antes de su publicación, la autora prefirió guardar silencio y no hablar con ningún medio. “Es un testimonio honesto de su tragedia y su soledad”, me dijo un lector que tuvo acceso adelantado a la obra y prefirió no ser identificado. La publicación de la versión de Rojas ha generado mucha expectativa, pues contará detalles que hasta ahora son desconocidos. Betancourt, quizá, sea la menos entusiasmada con la idea de que el libro aparezca: ya ha salido muy mal librada de otros testimonios de antiguos compañeros de cautiverio.

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Mi futuro es muy sencillo, yo quiero sacar a mis hermanos de la selva. Quiero dedicarme a mi fundación y estar tranquila en mi vida familiar. No puedo desconocer la responsabilidad que tengo, en el sentido que sé que la gente me conoce, y que eso implica que puedo ayudar a otras personas. Eso no es un valor político ni mucho menos electoral”, me dice cuando le pregunto sobre sus planes. Su mirada siempre está puesta sobre mí. Pero a veces se pierde: sus grandes ojos se quedan mirando al infinito. Luego retoma con precisión: imagino que, durante esos segundos, algunas imágenes del secuestro vuelven a su memoria.

Desde que la rescataron, Betancourt ha dicho que no se sentirá realmente libre hasta que se acabe el secuestro en Colombia. También ha dicho que no tiene ningún interés en lanzarse a la política: “En este momento no veo nada que me podría hacer regresar”, me confirma. Lo que es, de cierta forma, muy sorprendente: siempre ha sido una política y parece increíble que se quiera retirar.

Durante su cautiverio redactó un plan de gobierno, de 190 puntos, que pretendía llevar a cabo si llegaba a ser elegida presidenta de Colombia. Todos los días discutía su proyecto con Luis Eladio Pérez, un senador nariñense, que también fue secuestrado por las farc el 10 de junio de 2001. Durante los primeros años de su cautiverio, los guerrilleros mantuvieron a Pérez aislado y no le permitían hablar con nadie. El senador se vio obligado a hablarle a los árboles para no volverse loco. Sin embargo, después de un tiempo, fue trasladado al mismo campamento de Betancourt y se convirtió en su confidente durante cuatro años. Él, mejor que nadie, conoce las aspiraciones reales de su compañera. Así que le pregunto si le cree cuando dice que no va a regresar a la política: “Sí, le creo. Lo ha demostrado con sus palabras y con hechos. Se ha marginado voluntariamente de toda discusión en el país”, me dice.

La parte que no le queda clara a Pérez es la de la liberación de los secuestrados. Le parece que si bien Betancourt tiene toda la voluntad, aún no tiene una propuesta concreta. Le pregunto entonces cuál cree que es una solución realista: “Creo que existen tres escenarios posibles. El primero es una liberación unilateral por parte de la guerrilla, que es bastante remoto. El segundo es un rescate militar, que, como todos lo sabemos, es muy riesgoso. Finalmente hay un tercer escenario, que es el que me parece mejor: la salida negociada. Si se llega a dar esa negociación creo que todos los ex rehenes tenemos que participar. Me gustaría mucho que Ingrid estuviera presente en ese caso”, explica. Pérez fue liberado unilateralmente el 27 de febrero de 2007, gracias a las gestiones de la senadora colombiana Piedad Córdoba.

Justamente ella es una de las más comprometidas con el acuerdo humanitario. Córdoba ha arriesgado su capital político y su vida —es, tal vez, la persona más amenazada en Colombia— para lograr la liberación negociada de los rehenes que continúan en poder de las farc. Así que conoce, como nadie, la situación de los secuestrados. Le pregunto sobre las intenciones de Betancourt: “La verdad, Ingrid no ha estado en Colombia desde su liberación. Apenas vino a Bogotá un día. El acuerdo humanitario está a punto de definirse y no veo cómo se puede enganchar”, dice. Córdoba insiste en que no quiere criticar a Betancourt pues ella no está presente y no puede defenderse ni debatir. Pero deja ver cierto extrañamiento: “Yo estoy muy comprometida con el tema de las negociaciones. Si ella quisiera participar me podría haber llamado, para enterarse. Y nunca ha hecho esa llamada. Tampoco una para agradecer todo el trabajo que hicimos en su caso. Para ser honesta, ha sido una verdadera desilusión”.

En el escenario político actual, además, parece bastante remoto que Betancourt tenga una opción real de hacer algo por los secuestrados. Las farc han repetido una y otra vez que no negociarán con el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Betancourt, que en el pasado fue muy crítica del gobierno de Uribe y de su política de mano dura, ha cambiado de opinión: “Sí, creo que el gobierno de Colombia está aislado desde el punto de vista ideológico y de sensibilidad. Pero, al mismo tiempo, el presidente Uribe tiene el apoyo de su pueblo. Aunque muchos piensan diferente a él, todos le reconocen su liderazgo y es un actor con el que cuentan”. Este cambio de opinión ha molestado a muchos, sobre todo a los activistas europeos que culpaban a Uribe de todas las desgracias de Colombia. Pero es bastante comprensible si se tiene en cuenta que fue gracias a un operativo orquestado por el gobierno que Betancourt recuperó la libertad.

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A Marc Gonsalves, Thomas Howes y Keith Stansell no les gusta la frase: “Lo que pasó en la selva se queda en la selva”, que tanto repiten otros secuestrados liberados. De hecho, estos tres estadounidenses decidieron contar con detalle su experiencia como rehenes de las farc en el libro Out of Captivity, publicado hace unas semanas en Estados Unidos. Los tres hombres fueron retenidos cuando el avión en el que viajaban —desde el cual fotografiaban cultivos ilícitos controlados por las farc— se estrelló en algún lugar de la jungla colombiana. Después del accidente fueron rescatados por guerrilleros y llevados al mismo campamento en el que se encontraba Ingrid Betancourt. Ahí permanecieron 1 967 días, hasta que fueron rescatados, también junto a ella, en la Operación Jaque.

Desde su llegada al campamento, los estadounidenses tuvieron problemas con Betancourt. “Es una persona a la que le gusta controlar y manipular. Eso en cautiverio es una cosa muy difícil”, dijo Howes en una entrevista con CNN. Según los tres empleados de Northrop Group, cuando llegaron al lugar —en el que había muy poco espacio y los otros secuestrados estaban hacinados— Betancourt los recibió con displicencia. Ella misma fue a hablar con Martín Sombra, el comandante guerrillero encargado de custodiarlos, y le dijo que sospechaba que los tres estadounidenses eran agentes de la cia y que era necesario registrar todas sus pertenencias. Betancourt también pidió que los instalaran lejos de ella, pues temía que el ejército estadounidense intentara rescatarlos y que su vida corriera peligro. “No los ponga bajo el mismo techo, déjelos afuera al lado de la basura, porque no tenemos espacio para ellos”, ordenó a los guerrilleros, según la versión que Stansell le dio al diario El Tiempo.

El libro da una imagen devastadora de Betancourt. Sus autores cuentan situaciones que, de ser reales, hablan muy mal de la colombiana. Relatan, por ejemplo, que los guerrilleros les permitían tener un pequeño radio para que no se sintieran aislados. Pero en una ocasión, por cuestiones de seguridad, se los quitaron: “El día en que las farc llegaron para quitarnos los radios vi cómo Ingrid se metía uno de los pequeños radios transistores en su bota. Todos esperábamos que ella nos pusiera al corriente de lo que escuchaba sobre cómo se desarrollaba todo en Colombia y que nos transmitiera cualquier mensaje de nuestros familiares, pero no hizo nada de eso”. Stansell narra otro incidente relacionado con un diccionario, la única lectura que tenían permitida en el campamento: “Cada día me llevaba el diccionario y me separaba del grupo para leerlo. Todo parecía bien, y nadie tenía problemas con mi pequeña rutina. Entonces, un día, busqué el diccionario y no estaba. Ingrid lo tenía”.

Las situaciones son, por momentos, confusas. Además los tres estadounidenses plantean versiones contradictorias sobre Betancourt. Marc Gonsalves la describe como una mujer fuerte y brillante. Cuenta cómo, incluso, llegaron a tener una relación amorosa: “Yo quería reunirlos y anunciárselo a todos: Ingrid y yo nos sentimos atraídos el uno al otro”, escribe. Mientras que los otros dos, Howes y Stansell, se ensañan con ella.

Una de las revelaciones más polémicas de Out of Captivity, tiene que ver con otra supuesta relación sentimental de Betancourt durante el cautiverio. Cuando llegaron al campamento, los tres estadounidenses se encontraron con que la colombiana era pareja de Luis Eladio Pérez. Él, desde luego, no quiere comentar nada sobre el tema: “Es mi vida privada, y eso sólo me importa a mí y a mi familia”, me dice enérgico. Sin embargo su mujer, Ángela, confirmó en una entrevista reciente con El Tiempo que los rumores eran ciertos. Pero confesó que ella ya había perdonado a su esposo: “Yo no podré jamás juzgar a Luis Eladio por cuenta del infierno en el que le tocó vivir. Para el ser humano, cuando tiene que pasar unas pruebas semejantes, una mano calurosa, una sonrisa, se convierten en cosas imprescindibles para sobrevivir. Así he intentado entender lo que pasó con mi esposo”.

El matrimonio de Betancourt, en cambio, no sobrevivió. Juan Carlos Lecompte, su segundo esposo, apenas ha podido intercambiar unas cuantas palabras con ella desde su liberación. “No he podido hablar al detalle con ella, pero el amor se puede perder en la selva, estar sometido a humillaciones y maltrato pueden crear sentimientos inesperados”, le dijo al diario El Espectador. Betancourt conoció a Lecompte cuando regresó a vivir a Colombia después de haber pasado varios años en París, donde su padre, Gabriel Betancourt, trabajaba como embajador ante la unesco. Allá estudió en Sciences Po, como se conoce al prestigioso y elitista Instituto de Ciencias Políticas de París. También se casó con el diplomático francés Fabrice Delloye, en 1981, y tuvo dos hijos: Melanie y Lorenzo. Cuando Betancourt decidió regresar a su país de nacimiento —en 1989, tras el asesinato del líder liberal y candidato presidencial Luis Carlos Galán—, se separó de su esposo francés, pero mantuvieron una relación muy amigable. Después de su liberación, no obstante, se han distanciado. “Es un poco violento”, le comentó Delloye a la revista Marianne. El hombre, que es embajador en Costa Rica, confesó que su contacto se ha reducido a algunos esporádicos mensajes de texto.

La relación con Lecompte también terminó abruptamente. Desde el día del secuestro él comenzó una intensa campaña para la liberación de su mujer. Se tatuó una imagen de su rostro en el brazo izquierdo y mandó hacer varios carteles de tamaño natural con una foto de ella. También alquiló una avioneta en la que sobrevoló las regiones donde se creía que Betancourt estaba y desde el aire lanzó cientos de fotos de Melanie y Lorenzo, con la esperanza de que ella recibiera alguna. Sin embargo, cuando Betancourt fue liberada, Lecompte se llevó una sorpresa. Apenas se vieron unos minutos y ella le dijo que sólo quería estar con sus hijos y su madre. El pasado 16 de marzo, Lecompte decidió contra demandar alegando incumplimiento de los deberes conyugales de su esposa. Me comuniqué con él, pero no quiso dar su versión. Me dijo que estaba pasando por serios problemas familiares y que no quería hablar más del tema.

Todo parece indicar que Betancourt quiso romper con su pasado sentimental. Y cortar relaciones con los hombres que hicieron parte de su vida antes y después del secuestro. Por supuesto algunos ya se han precipitado a inventar nuevos romances. En enero de este año, para no ir más lejos, la revista Caras publicó unas fotos tomadas durante las vacaciones de Betancourt y su familia, en Miami Beach. Dos cosas sorprendieron de esas imágenes: el cuerpo espectacular de la ex rehén y su compañía. En varias de las fotos aparece muy cerca de un hombre desconocido. La actitud afectuosa entre los dos estimuló la imaginación de la gente. Sin embargo, al poco tiempo, la fantasía se derrumbó: el hombre resultó ser Francisco Dueñas, un primo lejano con el que, parece ser, Betancourt tiene una relación sumamente cariñosa.

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Muy pocas figuras políticas latinoamericanas llegan a ser conocidas en Europa. Betancourt es una de ellas. Sin embargo, la imagen idealizada que se hicieron los europeos contrastaba con la que tenían los colombianos. Como ocurrió cuando Semana publicó una portada en la que criticaba las ínfulas mesiánicas de la entonces senadora Betancourt con un montaje de su cabeza sobre el cuerpo de Juana de Arco. Los medios franceses no entendieron la ironía del montaje y simplemente lo registraron como una prueba más de que Betancourt era percibida como una Juana de Arco tropical.

También empezaron a llamarla la candidata de “los verdes” como si se tratara de una ecologista europea, lo que nunca fue cierto. La confusión se debió a una mala traducción —que luego fue hábilmente capitalizada— del nombre de su movimiento político: Oxígeno. Un floricultor colombiano, que ya falleció, me contó hace unos años que colaboró en la financiación de la primera campaña de Betancourt al Senado. A cambio, ella le ayudó a aprobar una ley sobre patentes de variedades vegetales que él, como representante en Colombia de varios hibridadores europeos, necesitaba. Este tipo de leyes que favorecen a grandes multinacionales productoras de variedades genéticamente modificadas, no son bien vistas por los activistas verdes.

La publicación de su primer libro, La rage au coeur (La rabia en el corazón, 2001), contribuyó a que su fama aumentara. El libro, escrito en francés, era una especie de autobiografía en la que Betancourt narraba su trayectoria política. Contaba cómo, junto a los parlamentarios María Paulina Espinosa, Guillermo Martínez Guerra y Carlos Alonso Lucio, formó un bloque que se conoció como “Los cuatro mosqueteros”, que pretendía luchar contra la corrupción. O como, en 1997, en medio de una convención del liberalismo acusó a varios políticos de ser mafiosos y fue abucheada. El libro denunciaba la corrupción en el gobierno del entonces presidente Ernesto Samper quien, supuestamente, recibió dinero del narcotráfico para financiar su campaña. La rage au coeur se vendió muy bien en Francia, pero en Colombia fue destrozado, pues su autora se presentaba como la única política honesta del país.

Después del secuestro, la familia continuó con una campaña mediática que exaltaba la figura de Betancourt, pero que, en ciertas ocasiones, dejaba mal parado al gobierno de Colombia. Recuerdo haber visto a Melanie Delloye, la hija mayor, en algún programa de televisión francesa, diciendo que el presidente Álvaro Uribe impedía la liberación de su madre. Decía que a Uribe no le convenía que Betancourt estuviera libre pues ella había denunciado sus supuestos vínculos con paramilitares y, además, sería una temible contrincante en las siguientes elecciones.

Los medios europeos aprovecharon la confusión para inventarse un personaje ficticio, que vendía muy bien. Describían a Betancourt como una idealista, defensora de los valores democráticos más avanzados. Mientras que en Colombia se sabía, por ejemplo, que había sido parte de los llamados “conspiretas”, un grupo que a mediados de 1995 se reunió en secreto con Myles Frechette, el embajador de Estados Unidos en Colombia, para pedirle que aprobara un golpe de Estado contra Samper. “Existen dos Ingrids. Una es el personaje que ella misma se inventó en su libro, una especie de heroína que se enfrentaba a la corrupción y el narcotráfico. La otra es la real, la que conocemos en Colombia, que no fue más que una congresista normal”, me dice Duzán.

Para Jacques Thomet, ex corresponsal de la afp en Colombia y autor de varios libros sobre Betancourt, la cercanía de la colombiana con altos mandos del gobierno francés fue definitiva. Según él, toda la importancia que se le dio a su secuestro en Francia se debió a su cercanía con personajes claves del gobierno. Como Dominique de Villepin, entonces ministro de Relaciones Exteriores de Francia, quien fue profesor de Betancourt en Sciences Po y uno de sus mejores amigos. Thomet está convencido de que ese “asunto afectivo” movió toda la política exterior francesa. “Ese conflicto de intereses era doble pues Daniel Parfait, el embajador de Francia en Colombia, se convirtió en amante de Astrid Betancourt (la hermana de Ingrid)”, dice indignado. Gran parte de la teoría de Thomet —que por momentos es un tanto obsesivo— está expuesta en su blog y en sus dos libros: Affaire de coeur ou raison d’État y Les secrets de L’Opération Betancourt, que pronto será editado en Latinoamérica por Planeta.

Thomet —que fue demandado por la familia Betancourt por calumnia— también menciona el caso de Aida Duvalier, otra ciudadana colombo-francesa que fue secuestrada por el Ejército Popular de Liberación (epl) en 2001. El periodista sostiene que el gobierno de Francia no hizo nada por rescatar a esta mujer que estuvo retenida al mismo tiempo que Betancourt. De hecho, Duvalier murió en cautiverio y sus restos fueron hallados en 2006.

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El recibimiento en Francia es cada vez menos cálido. Ya pocos se acuerdan de la enorme foto de Betancourt que colgaba de la fachada de la alcaldía de París. O cuando los parisinos salían a las calles a marchar por su liberación. Su nueva imagen ya no concuerda tanto con sus ingenuos ideales románticos y revolucionarios. Su Juana de Arco se extravió y es el momento de buscar una nueva heroína en apuros en el tercer mundo. Florence Cassez, la francesa que está presa en México acusada de secuestro, parece ser la candidata ideal.

Además de los desaires con los miembros de su fundación, a los franceses les molestó la cercanía de Betancourt con el poder, su decisión de no regresar a Colombia a luchar por los pobres y desvalidos campesinos y su entrega religiosa. La prensa la atacó sin misericordia por su visita y sus elogios a Benedicto xvi. Ni siquiera sus hijos —que cumplen al pie de la letra con el arquetipo del francés educado, laico y de izquierda— la quisieron acompañar a su encuentro con el Papa en septiembre en Castel Gandolfo.

La desilusión también se apoderó de algunos funcionarios que trabajaron por su causa. Noël Saez, un ex militar y diplomático, fue el encargado de negociar con las farc desde 2001. Él tenía la misión de impulsar y facilitar el acuerdo humanitario. Su trabajo se acabó el día del rescate de Betancourt, y Saez se quedó esperando un agradecimiento que no llegó. “No hubo la más mínima señal de su parte, ningún encuentro, ninguna llamada. Ella se ha olvidado de algunos, los más pequeños, los más expuestos, los que han tomado más riesgos”, dijo durante la presentación de su libro L’émisaire, a principio de este mes.

Pero quizá no se puede culpar a Betancourt por la decepción de los demás. En Francia se tejió un mito sobre una persona que no existía y nadie hizo nada por desmentirlo. “La imagen de la Ingrid de antes del secuestro evocaba algunos aspavientos de mayo del 68 francés, la de después de la liberación remitía a la elegancia estática de Jacqueline Kennedy. Como todos los fenómenos mediáticos (e Ingrid Betancourt lo es en un grado difícil de superar), despide un magnetismo que viene de todas las partes de su ser y de ninguna, quizá por eso provoca adhesiones extraordinarias y rechazos exagerados, que en la mayoría de las ocasiones carecen de base racional”, escribió Juan José Millás en El País. También es cierto que Betancourt pasó de estar siete años en la selva a codearse, de un momento a otro, con los más poderosos y a ser una celebridad mundial. Aún no ha tenido tiempo para decantar lo que le ocurrió y tal vez sea muy pronto para exigirle que lo haga. Como me dice Piedad Córdoba: “Entre todo lo que se ha dicho de Ingrid últimamente hay mucho de desquite, de la gente que estuvo involucrada en el proceso y tiene resentimientos con ella. Por eso creo que lo mejor es no opinar sobre sus decisiones”.

Tampoco es prudente especular sobre su futuro. Se sabe que está trabajando en su fundación en absoluto secreto. Nadie sabe nada al respecto. La coordinadora del proyecto Marie Duvall —que en realidad se llama Cristina Laranjeira y que utiliza un alias por seguridad— no quiere revelar nada. Así mismo se sabe que a final del año saldrá publicado su libro. Nadie sabe sobre qué escribirá Betancourt pero, no cabe duda, dará mucho de qué hablar. Un editor parisino le dio un adelanto de 500 mil euros y ya varios productores de cine se pelean por los derechos del texto.

El gran enigma, para mí, es qué pasa por su cabeza. “Yo sigo sintiendo rabia. Es una rabia de no resignarme frente a lo que creo que es injusto. Pero también tiene que ver con una reflexión que no había hecho antes del secuestro y es ¿en qué país quiero vivir yo? Es decir: cuál es la Colombia que a mí me entusiasma, cuál es el futuro que yo quiero. Y veo en este momento un país que a mí me duele. Un país lleno de odio, por culpa de un sistema injusto. Y por eso también es mi repugnancia a hacer parte de ese sistema”, me responde cuando la pregunto por la rabia en su corazón.

En una carta que escribió durante uno de los peores momentos de su secuestro, en octubre de 2007, Betancourt decía que había perdido las ganas de vivir. “No tengo ganas de nada. Y creo que es lo último que está bien. No tener ganas de nada. Porque aquí en la selva, la única respuesta a todo es ‘No’. Es mejor entonces, no querer nada para quedar al menos libre de deseos”, escribió. Ahora me parece imposible que la mujer entusiasta que tengo al frente, hubiera tenido semejantes ideas. Le pregunto si recuperó el deseo de vivir y si le quedan ganas de hacer cosas. “¡Tengo deseos de todo!”, me responde con una inocencia conmovedora. A sus 47 años tiene claro lo que quiere: “Obviamente lo que más deseo es vivir. Recuperar el tiempo perdido”.

Segunda vuelta

Publicado: 8 septiembre 2009 en Felipe Restrepo
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Vamos por una pequeña autopista abandonada y le pregunto a Gael García cuál es el primer recuerdo que tiene de Diego Luna. Se queda callado y luego intenta una respuesta, más para él que para mí: “Está bueno. Nunca me lo habían preguntado”. En un semáforo solitario nos detenemos y se queda mirando por la ventana, en silencio. Estamos en Reykjavik, capital de Islandia, una pequeña ciudad costera de edificios blancos y grises, rodeada por un mar sorprendentemente claro y unas imponentes montañas de hielo. García vive ahí hace más de tres meses y aún se sorprende ante la belleza del lugar. El semáforo cambia a verde y el coche vuelve a avanzar sobre la carretera congelada. “No sé qué decir, tendría que pensarlo un poco más”.

Apenas unas horas antes esperaba la llegada del actor mexicano en el lobby del hotel donde tendríamos una sesión de fotos.

Cuando llegó me sorprendió su aspecto: tenía el pelo muy corto con mechones desiguales y una barba poblada, de varias semanas.

Subimos a la terraza del décimo piso, donde nos aguardaba el fotógrafo y, en el ascensor, me explicó qué había pasado con su pelo: “vengo de trabajar en una película en Madrid en la que hago un papel de enfermo de sarna, entonces me hicieron este corte”. La película se llama The Limits of Control del director de culto Jim Jarmusch, en la que comparte cartel con Tilda Swinton, Bill Murray y John Hurt.

Al contrario de lo que se podría pensar, Reykjavik es una ciudad soleada en marzo. Desde muy temprano en la mañana el cielo está despejado y un sol picante derrite el hielo que se ha formado en las calles durante la noche anterior. Debido a su posición geográfica es la capital más septentrional del mundo, de tal forma que recibe una iluminación extrema. Desde la terraza de uno de los edificios más altos de la ciudad se puede apreciar el espectáculo de la luz amarilla bañando las montañas plateadas. Nos sentamos y García dice que está muy feliz con el clima, pues al día siguiente comenzará a rodar un cortometraje en el que será director. Se trata de un proyecto que hasta ahora era secreto, para el que lo contrató la ONU. No es una misión humanitaria, claro. O sí, un poco: el organismo le pidió a ocho directores —entre los que se encuentran Jane Campion, Gus Van Sant, Wim Wenders, Gaspar Noé y Mira Nair— que realizaran un cortometraje para apoyar uno de sus principales programas, las ocho metas para el desarrollo que se pretenden cumplir en 2015. El proyecto se llama 8 y a García le pidieron que filmara una historia basada en la meta número 2: “Lograr la enseñanza primaria universal”.

— ¿No te sorprende que te hayan seleccionado junto a directores con tanta trayectoria?

— Sí, claro. Pero es que han pasado tantas cosas. Nunca me imaginé que me encontraría trabajando con gigantes así. Tampoco que terminaría haciendo películas. Mucho menos haciendo obras de teatro en lugares como éste.

Y sí: nadie se explica por qué García está viviendo en una ciudad ubicada en los 64° 04′ de latitud norte, muy cerca del círculo polar ártico. Para eso hay dos respuestas. La primera es que mientras estaba estudiando en Londres un amigo lo invitó a conocer la ciudad y le encantó. Y hace pocos meses lo invitó a que hiciera una obra con su grupo de teatro.

La segunda es que quería escapar: “Era un espacio que necesitaba, tenía la necesidad afectiva y sensorial de irme, de encontrarme de nuevo en un lugar que, antes que nada, irradia tranquilidad”. Es decir, alejarse de todo lo que significan para él México y la fama.

Durante todo el tiempo que pasé con él en Reykjavik nadie lo reconoció. Sólo una pareja que lo miró con curiosidad —“¿será ése el tipo que hizo de Che Guevara?”— y que, como buenos nórdicos, apenas se atrevieron a sonreír tímidamente. Debe sentirse bien no ser Gael García por un rato.

Desde el principio deja claro que no le gusta estar frente a la cámara —fotográfica— y que le incomoda posar. “¿No te has acostumbrado a estas cosas?”, le pregunto mientras cuadran las luces. Tuerce la boca y levanta las cejas: una mueca que deja clara la respuesta. En un momento David Franco, el fotógrafo, se acerca e intenta quitarle un vello largo que cuelga de su pómulo, García retrocede y le dice: “No, ése es el pelo de la suerte”. Después de un par de horas está agotado y me dice que vayamos a otro lugar para hacer la entrevista.

Salimos en su coche hacia el puerto. Nos detenemos en una cafetería donde acostumbran a ir los pescadores a tomar café y comer unos extraños sándwiches. El lugar se ve lleno, antes de entrar me dice: “Te presento la depresión islandesa”. En efecto, adentro la gente casi no habla, sólo mira su plato y come en silencio. García dice que debe alimentarse bien antes de la función que tendrá esa misma noche: ordena un sándwich, una torta de chocolate y dos tazas de café.

— ¿Cómo fue la experiencia de dirigir Déficit?

— Fue un viaje larguísimo y estructurante, del que aprendí mucho.

— ¿Cómo te sientes mejor, como director o como actor?

— Voy a decir algo que suena a lugar común: actuar es mi deporte, mientras que dirigir es mi diversión.

Su debut como director, que se estrenará en mayo en México, fue presentado en el pasado festival de Cannes. Es la historia de un grupo de amigos que se van a pasar un día en una casa de recreo en Tepozlán, cerca al Distrito Federal. García hace el papel principal y Camila Sodi —ahora esposa de Luna— interpreta a su hermana. En la cinta se reflejan las preocupaciones que tiene el director sobre las desigualdades sociales en su país. Algo que no es nuevo, pues García tiende a escoger proyectos que responden a sus convicciones: quiso llamar Déficit a su película pues le parece que es una palabra que marcó a su generación.

Diez minutos antes de las seis de la tarde salimos hacia el teatro de la Ciudad. A las siete presentará una función más de la comedia Together, basada en la película del mismo nombre dirigida en 2000 por Lukas Moodysson. La obra gira en torno a una comuna hippie en los años sesenta y García hace el papel de un exiliado español que se refugia en Islandia huyendo de la dictadura de Francisco Franco. La compañía, la Vesturport Theatre Group, está compuesta por actores islandeses y los únicos extranjeros son el mexicano y la actriz española Elena Anaya, que dicen sus parlamentos en inglés. La obra se presentará este mes en el Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México.

El teatro está lleno. A mi lado dos señoras ríen hasta las lágrimas. Together no es una obra experimental, es más bien una comedia ligera en la que los actores se divierten en el escenario e interactúan con el público. Tampoco es una gran producción: es una obra sencilla, con un montaje simple que pretende imitar una comuna hippie. Los actores están todo el tiempo en escena y derrochan toneladas de energía. Observo a García y me sorprende su faceta de comediante y lo mucho que disfruta hacer payasadas. Me parece que ahí, lejos de las poses, de los lentes de los fotógrafos y de la fama, se siente más tranquilo. Que ese escenario —así sea cerca al polo norte— es el lugar donde de verdad pertenece.

* * *

La amistad más famosa del cine mexicano reciente nació en el teatro. Y no podía ser de otra forma: las familias de Diego Luna y Gael García pertenecen al linaje más destacado del medio teatral mexicano y fue allí, entre los escenarios, donde los dos se conocieron.

Los padres de Diego, Alejandro Luna y Fiona Alexander, estuvieron desde siempre en el centro del mundo de las artes escénicas: ella era una actriz de origen británico y él un reconocido escenógrafo. En los ochenta Alexander murió en un accidente automovilístico y Diego, que tenía apenas dos años y era hijo único, quedó al cuidado de su padre. Alejandro lo educó entonces en medio de un ambiente privilegiado: por su casa, en el bohemio barrio Coyoacán, pasaban los más importantes directores de teatro y de ópera del país. A raíz de la muerte de la madre la relación entre padre e hijo se hizo muy fuerte y, al mismo tiempo, no podía desligarse de las artes escénicas. A los siete años, Diego debutó como actor en la obra De película, con el apoyo de su papá. Desde entonces han trabajado algunas veces juntos —hace poco unieron fuerzas en el montaje de la obra Celebración— y Diego ha dicho en varias ocasiones que uno de los temas recurrentes que alimenta su trabajo es la exploración de la relación entre padre e hijo.

Gael también pasó su niñez entre bastidores. Aunque su familia es originaria de Guadalajara, se mudaron a Ciudad de México al poco tiempo de su nacimiento. Ahí, Patricia Bernal y José Angel García, ambos actores, se convirtieron en protagonistas del círculo teatrero. José Angel trabajó en producciones de Arturo Ripstein, Felipe Cazals y Julio Castillo, mientras que Patricia oscilaba entre el cine y la televisión. Gael fue educado en un ambiente muy político: sus padres eran sin duda una pareja comprometida con la izquierda y con el discurso anticolonialista de Eduardo Galeano.

Muy seguido lo llevaban de vacaciones a Cuba. En su entorno y en su escuela —el colegio Británico Edron— había muchos refugiados de las dictaduras extranjeras. En su adolescencia, comenzó a jugar fútbol con los alumnos de otro colegio: el Madrid —entre los que se encontraba Luna— donde también había muchos hijos de exiliados argentinos, uruguayos, chilenos y españoles. Toda esta carga política en su educación tiene que ver, sin lugar a dudas, con la empatía que siente con el personaje del Che Guevara.

Esa época dejó una marca muy fuerte en ambos. “Para mí el teatro es una forma de recrear mi infancia y mi familia. Nací en ese medio y cada vez que estoy haciendo una obra siento que vuelvo a eso, que vuelvo a estar en mi casa”, dice García, “muchos de los actores o de la gente que trabajaba en las obras tenían hijos. Ellos eran y siguen siendo mis mejores amigos. Diego era uno de ellos”.

Algo que también recuerda Luna: “Gael estaba ahí desde que nací. Nuestros padres trabajaban juntos y crecimos en el mismo círculo. Nos enamoramos de esta profesión a través del teatro, no del cine o de la televisión”.

Muchos creen que la primera vez que trabajaron juntos fue en la serie de televisión El abuelo y yo. Pero ya existía un precedente. A los doce años actuaron en El rapto de las estrellas, una obra que muy pocos tuvieron el privilegio de ver. En realidad saltaron a la fama con la telenovela infantil, que se estrenó en 1992: El abuelo y yo fue uno de los grandes éxitos de la década de los noventa en México. Cuando llegaron a la serie, Diego ya era un actor más experimentado, mientras que Gael había trabajado poco. Su madre, que actuaba regularmente en producciones de Televisa, pensaba que la televisión —y en especial las telenovelas— no eran un buen lugar para formar a su hijo. Sin embargo todos los niños que hacían parte del elenco venían de familias relacionadas de alguna forma con el teatro: Edwarda Gurrola, Julián de Tavira y Eugenio Polgowsky —con quien, en 2004, idearon el proyecto del festival de cine Ambulante— entre otros. Tal vez por eso la madre de Gael dejó que protagonizara el programa. Sin duda una buena decisión: El abuelo y yo convirtió a Diego y a Gael en estrellas infantiles y, aunque ahora ellos prefieren olvidarse un poco del tema, fue un punto de partida inmejorable.

Después de El abuelo y yo, Luna siguió trabajando: participó en varios programas de televisión y obras de teatro. También actuó en algunas cintas: Un dulce olor a muerte de Gabriel Retes y Before Night Falls de Julian Schnabel fueron las más relevantes. García, por su parte, se alejó de los escenarios y comenzó la carrera de filosofía en la UNAM. Cuando estalló la huelga universitaria de 1999, decidió irse a Londres a estudiar en una de las mejores escuelas de arte dramático de Europa: el Central School of Speech and Drama.

Después de un proceso extenuante de selección —del que casi quedó afuera por su inglés con un ligero acento latino— García fue el primer mexicano en ser admitido en la escuela donde estudiaron actores como Sir Lawrence Olivier y Vanessa Redgrave y dramaturgos como Harold Pinter. La decisión de García de irse a Europa marcó una diferencia importante en el trayecto de los dos: los años que pasó en la escuela lo hicieron un actor más metódico, mientras que Luna aprendió a partir del oficio.

En Londres, García recibió una llamada de Alejandro González Iñárritu. El director mexicano lo contactó a través de sus padres y le pidió que leyera el guión de su primera película. El actor lo hizo y le envió una grabación en la que interpretaba una de las escenas. Al poco tiempo González Iñárritu le pidió que regresara a México para protagonizar Amores perros. García no podía ausentarse de su escuela por más de quince días y debió falsificar una excusa médica para poder faltar. “Dije en mi escuela que tenía una extraña enfermedad tropical y que no podía volver a Londres. Mis compañeros se preocuparon tanto que me mandaron una tarjeta”, cuenta.

Una mentira que valió la pena si se tiene en cuenta que Amores perros partió en dos la historia del cine mexicano. “Creo que fue paradigma. No sólo en términos de cine: hay un después y un antes de Amores perros en lo comercial, en lo social y en lo cultural. Se formó todo un dialogo a partir de esa película. Y cada vez va adquiriendo mayor importancia lo que ocurrió en ese momento: esa película mostraba cuánta energía, cuántos contrastes y cuánta efervescencia había en el país después de la crisis”, me dijo cuando lo entrevisté en marzo del 2007 en su oficina en Canana Films.

Pero más que cualquiera de las anteriores fue Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón, la película que les dio a los dos una dimensión diferente dentro del cine mexicano. Esa cinta tocó fibras muy sensibles entre los espectadores y sacó al aire muchos temas que la filmografía nacional nunca antes se había permitido tocar. Y tu mamá también hablaba de la corrupción de las clases altas, las diferencias sociales, el consumo de drogas y la ambigüedad sexual de los jóvenes chilangos. Un retrato preciso y sin consideraciones de una juventud menos inocente —y un poco nihilista— de la que nadie se había atrevido a hablar antes. Y son las caras de Diego Luna y Gael García las que se asocian a ese destape. Entre los dos ayudaron a exorcizar muchos de los demonios que tenían los mexicanos.

* * *

“De su mamá”, responde sin dudarlo demasiado.

Ocho días han pasado desde que García no logró responder la misma pregunta en Islandia. Luna, en cambio, sí recuerda con exactitud el primer recuerdo que tiene de su amigo: “Es que era difícil fijarse en él. Su mamá nos encantaba a todos”, agrega. Estamos en un restaurante de comida oaxaqueña en la colonia Cuauhtémoc, cerca al centro de la Ciudad de México. Llegamos ahí caminando después de una sesión de fotos en un estudio cercano. En el camino nos acompaña un hombre alto y sonriente: es el guardaespaldas de Luna. Desde que su esposa, Camila Sodi, está esperando un hijo, el acecho de la prensa y de los paparazzi es intenso. “Parece que lo más importante que puedes hacer en este país es tener un hijo”, se queja el actor.

La presencia de Luna en el restaurante genera una pequeña conmoción. Nos sentamos en una mesa alejada y pedimos dos cervezas. Luna, que no había tenido tiempo de comer en todo el día, pide arroz con plátanos y mole. Al fondo del salón hay una pantalla encendida en la que transmiten los últimos minutos del partido entre Cruz Azul y Monterrey. Luna le pregunta al mesero cómo van y a mí si soy fanático de algún equipo. Le respondo que no. “Yo le voy a los Pumas y al Barcelona”, me dice con toda la seriedad del caso. Desde la mañana ha estado rodando escenas de la película Sólo quiero caminar de Agustín Díaz Yanes. “Es una película sobre un robo y una historia de amor. Algo muy distinto a lo que estaba haciendo antes”, dice.

A lo que se refiere con “antes” es a una serie de proyectos excéntricos en los que se embarcó desde 2006 y que significaron un giro radical en su carrera. El primero de ellos fue El búfalo de la noche, dirigida por Jorge Hernández Aldana y basada en la novela de Guillermo Arriaga. Ese personaje, bastante oscuro, marcó una ruptura con los papeles que había aceptado hasta el momento. Más tarde trabajó con Harmony Korine —uno de los hitos del cine independiente estadounidense— en Mister Lonely. Ahí hace el papel de Michael: un joven que vive de imitar a Michael Jackson.

— ¿Cómo te sentiste en ese rol?

— Es lo más enloquecido que he hecho hasta ahora. Cuando se anunció el proyecto, empezó el rumor de que yo haría el papel de Michael Jackson.

— Pero eres un imitador…

— Exacto. Lo interesante de ese personaje es que yo entendía bien el concepto de querer ser otra persona. Pero en este caso es alguien que decide ser una persona que ha cambiado su identidad constantemente. Era como una matrioshka.

Además de darse el lujo de trabajar con un elenco impresionante —Samantha Morton, Denis Lavant y Werner Herzog— la participación en Mister Lonely le permitió conocer a Gus Van Sant. En la presentación de la cinta en el festival de Toronto, Korine le presentó al director estadounidense, uno de los más prestigiosos hoy en día. Van Sant lo invitó entonces a participar en su cinta Milk. La producción —que marca un regreso de Van Sant al cine más comercial— cuenta la vida de Harvey Milk, un político homosexual que fue asesinado en 1978. Luna interpreta a su amante y comparte cartel con Sean Penn, Josh Brolin, Emile Hirsch y James Franco.

Entretanto, en 2007, dirigió J.C. Chávez, un documental que le trabajó durante casi dos años. Su opera prima es una exploración de la vida del boxeador Julio César Chávez, el hombre que por años fue su héroe. Luna descubrió que Chávez estuvo presente en los momentos más importantes de su vida y quiso hacer un documental que fuera en parte un retrato y un homenaje. Para Luna, Chávez es una metáfora muy fuerte del poder y la fama en los países latinoamericanos.

— ¿Cómo fue la decisión de hacerte director?

— Estaba muy cansado de actuar y metido en un viaje depresivo y solitario. Siempre me interesó el proceso de lo que pasaba en una película antes de que llegan los actores. Por eso cometí la irresponsabilidad de hacerme director

— ¿Y qué tal te fue?

— Es la experiencia más fuerte que he tenido. Primero tener algo que contar y luego, una vez que ya lo tienes, lograr transmitir esa claridad. Y cuando lo terminas es como tu hijo. Ser director me enseñó que quería ser padre.

Como ocurre con García, Luna se define como actor sobre todas las cosas. Pero eso no significa que no esté interesado en seguir con la dirección: dice que ya está escribiendo una nueva película. Y aunque encuentra fascinante el cine documental, esta vez será una pieza de ficción.

García y Luna insisten en que la idea de dirigir nació al mismo tiempo —sus dos primeras películas estuvieron listas con un mes de diferencia— pero que fue una coincidencia. Pocas veces lo habían hablado y no planearon que fuera así. “Me acuerdo que nos llamábamos constantemente para preguntarnos sobre cosas que no entendíamos o partes del proceso que nos confundían. Fui muy afortunado de tenerlo ahí siempre”, dice Luna.

Cuando termina nuestra charla el dueño del local se acerca: le pide un autógrafo y se toma una foto con él. En la pantalla se anuncia el final del partido. Monterrey le gana al Cruz Azul, 3 goles a 2.

* * *

Más allá de los premios y buenas críticas que recibió Y tu mamá también, la película fue sobre todo el detonante del éxito internacional de Luna y García. Su carisma, su humor y la naturalidad de su interacción revelaron que no sólo se trataba de dos jóvenes actores talentosos, sino de una pareja que funcionaba a la perfección en la pantalla. Además eran absolutos protagonistas: no sólo fueron actores sino que también se involucraron en el proceso creativo, al punto que trabajaron con el equipo de segunda unidad, filmando tomas secundarias y cargando cables. Muchos pensaron que el camino natural para los dos sería seguir haciendo películas juntos y convertirse en una versión posmoderna —y un poco más sexy— de Viruta y Capulina. Pero tomaron caminos diferentes y, durante los siete años que siguieron a Y tu mamá también, sólo coincidieron en proyectos que tenían que ver con cine pero no con su actuación.

García actuó, entre otras cintas, en El crimen del padre Amaro de Carlos Carrera, Sin noticias de Dios de Agustín Díaz Yanes y Vidas privadas de Fito Paéz. Pero en ninguna de ellas parecía encontrar su lugar: sus interpretaciones fueron, en la mayoría de los casos, desiguales. En 2004, sin embargo, reapareció en tres papeles fantásticos que le permitieron, por fin, lucirse: La mala educación de Pedro Almodóvar, The King de James Marsh y Diarios de motocicleta de Walter Salles. Fue justamente el rol del Che Guevara el que más satisfacciones le trajo. Porque para García era casi una misión —por sus orígenes y convicciones políticas— interpretar al revolucionario. En 2006 tuvo de nuevo un gran año y protagonizó La ciencia del sueño de Michel Gondry, El pasado de Héctor Babenco y participó en Babel, de su amigo y mentor González Iñárritu.

Luna se mantuvo aún más activo. Hizo parte de diferentes proyectos, entre los que se destacaron Frida de Julie Taymor, Soldados de Salamina de David Trueba, Nicotina de Hugo Rodríguez. En 2003 dio un salto hacia Hollywood cuando Kevin Costner lo invitó a participar en su western Open Range y al año siguiente trabajó con Steven Spielberg y Tom Hanks en la superproducción The Terminal y con Gregory Jacobs en Criminal. “Lo interesante como actor es que puedes transitar entre directores, países y géneros”, dice sobre su decisión de aceptar papeles —un poco débiles, hay que decirlo— en Hollywood. A diferencia de Luna, García aún no ha participado en grandes producciones estadounidenses. Según él no se trata de una decisión definitiva: “Lo que pasa es que no me han ofrecido un papel que me parezca interesante. Además, me ha pasado algo curioso: cada vez que me llega una propuesta de Hollywood, coincide con alguna de otro lugar. Y ésas siempre han ganado”. A pesar de mantenerse al margen, García es una de las celebridades latinoamericanas más conocidas en Estados Unidos.

Pero no por eso se alejaron. Al contrario: cada vez que regresaban de un rodaje a Ciudad de México —donde nunca han querido dejar de vivir— se juntaban para discutir sobre uno de sus temas favoritos, la situación del cine en su país. Después del éxito de cintas como Amores perros, Y tu mamá también y El crimen del padre Amaro, existía la sensación de que el cine mexicano estaba viviendo una nueva época dorada. García y Luna no estaban del todo de acuerdo con esto: sentían que los triunfos eran más bien un premio a los esfuerzos individuales de algunos —como González Iñárritu, Salma Hayek o Guillermo del Toro— que se sobrepusieron al impedimento de hacer cine en su propio país. Porque en su ciudad los dos actores se encontraban con una situación opuesta: muy pocos realizadores podían concebir películas.

Cada vez que tocamos el tema de la industria cinematográfica mexicana, García y Luna tienen opiniones muy fuertes. Básicamente ambos creen que el cine nacional compite de una manera injusta con las producciones internacionales. La única forma que tiene de sobrevivir es generando expectativa y comentarios boca a boca, pues le queda imposible competir contra el marketing de las producciones de los grandes estudios. Como fue el caso de El crimen de padre Amaro o de El violín que —por razones muy diferentes— generaron una gran expectativa entre el público y se convirtieron en fenómenos mediáticos. “Siempre nos quedamos en esto de que hay limitaciones gubernamentales. Pero al final me gusta pensar que estas limitaciones se pueden superar cuando la gente tiene ideas. Pienso en el caso de Carlos Reygadas, que es admirable. Es alguien que comenzó a hacer cine sin saber cómo y poco a poco fue encontrando la manera”, dice García.

Así que decidieron crear una empresa que ayudara a promocionar el cine. Junto a su amigo Pablo Cruz, fundaron Canana Films, una productora que toma su nombre del cinturón donde los revolucionarios zapatistas cargan su munición. Desde su creación en 2006, Canana ha producido cuatro largometrajes: Drama/Mex de Gerardo Naranjo; Cochochi de Israel Cárdenas y Laura Amelia Guzmán; Rudo y Cursi de Carlos Cuarón; J.C. Chávez y Déficit. Y el próximo año producirá In the Playground de David Alcalde y Voy a explotar de Naranjo. Además distribuyeron El violín de Francisco Vargas, que se convirtió en el gran éxito del año 2007. “Somos un público que espera ver buenas películas. Por eso nos interesa que se hagan y se distribuyan cintas más diversas e interesantes. Canana es un intento de abrir esa vía”, dice Luna. Ambos ven a Canana como una estructura que les ha permitido crecer y llevar a cabo proyectos de una manera más organizada. Además, su empresa les ha permitido involucrarse en todas las etapas de una película: desde la preproducción hasta la distribución. Y así lo entiende García: “Como todo productor entenderá, no es buen negocio hacer cine en México. Lo bueno de Canana es que hemos logrado hacer que las cosas se vuelvan reales más rápido de lo que esperábamos”.

Canana no es el único de sus proyectos de difusión. Casi simultáneamente a su creación, los dos actores se embarcaron en un proyecto que también tiene que ver directamente con sus preocupaciones. Se trata de Ambulante: un festival que busca promocionar lo mejor del cine documental. La idea nació cuando Eugenio Polgowsky —antiguo compañero de El abuelo y yo— les mostró su documental Trópico de Cáncer. A los dos les encantó y se sorprendieron cuando su director les contó que nadie lo quería exhibir en México. Así pues decidieron crear un espacio alternativo para mostrar lo mejor de este género.

Con el apoyo de Canana, del festival de cine de Morelia y de empresas privadas, se pusieron en la tarea de seleccionar y encontrar el mejor material producido en Latinoamérica y en el resto del mundo para exhibirlo en diferentes ciudades de México. Porque otro de los principales intereses de Ambulante es llevar su muestra por todo el país y no restringirse al Distrito Federal. Las películas se exhiben en dieciséis ciudades. “Me gusta ver que no estamos solos en esto y que los esfuerzos que hemos hecho están teniendo repercusión. El cine es una de las herramientas de cambio más fuertes que tenemos hoy en día”, dice Luna. La prueba del éxito es que en tres años el festival ha crecido y a la última edición han asistido más de 25.000 espectadores. Parece que el cine sí es un arma poderosa y que las cosas sí están cambiando.

* * *

Llegué a Cihuatlán, Jalisco, el último fin de semana del rodaje de Rudo y Cursi en esa locación. Todo el mes de julio de 2007 se hicieron ahí las primeras secuencias de la película, que fue filmada casi en orden cronológico, algo muy poco común en la industria. Cihuatlán es una población de la costa pacífica de México, cercana a una plantación de banano que es propiedad de la familia Cuarón y en donde los hermanos Alfonso y Carlos pasaron vacaciones en la infancia.

Por eso no es una coincidencia que Carlos —guionista de Y tu mamá también— escogiera el lugar para iniciar su opera prima: se trata de la historia de amor y odio entre dos hermanos. Toto (García) y Beto (Luna) son dos jugadores de fútbol que se hacen rivales cuando comienzan a jugar profesionalmente. Algo similar a lo que ocurre en la vida real: en la cancha es en el único lugar que los dos actores parecen rivalizar. Cuando coinciden en México, juegan todavía juntos en el mismo equipo al que pertenecían en la escuela. Y cada uno insiste en que es mucho mejor jugador que el otro.

Es verano y el calor es intenso y húmedo. Varios periodistas esperamos en la terraza de un hotel a que comience un almuerzo en el que darán una rueda de prensa. Los primeros en llegar son Luna —con el cabello teñido de negro y bigote—, García —con una gorra estilo militar, sin barba y en shorts y playera— y Carlos Cuarón. Atrás de ellos viene Eugenio Caballero (director de arte y ganador de un Oscar), Adam Kimmel (director de fotografía), Dolores Heredia, Jessica Mas y el comediante argentino Guillermo Francella (los coprotagonistas). Los dos actores son el centro de atención: bromean sobre todo lo que les preguntan y sobre sus compañeros. Cuentan lo mucho que cambiaron las cosas desde las primeras veces que actuaron juntos. García y Luna insisten en que tienen más oficio y son más profesionales, pero que el cariño entre los dos sigue intacto.

De sorpresa aparecen Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón. “La familia reunida de nuevo”, murmura alguien. “El Negro” González Iñárritu se sienta en un extremo de la mesa, pero la admiración de todos los demás se hace evidente. Lleva un sombrero de fieltro blanco, que le da un aire de padrino. Explica que Rudo y Cursi es la primera película que producirá Cha Cha Chá, la productora que crearon él, Alfonso Cuarón y Guillermo Del Toro. Es la primera de una serie de cinco cintas que harán tras firmar un contrato de cien millones de dólares con Universal Pictures. Carlos Cuarón insiste en que la cinta no es la segunda parte de Y tu mamá también, pero sabe que las comparaciones serán inevitables.

Quienes han visto la película concuerdan en que es totalmente diferente: tiene un tono un poco más oscuro y los dos personajes principales nada tienen que ver con Tenoch y Julio, los adolescentes sobreexcitados de Y tu mamá también. Esta vez sus personajes son más trabajados y se alejan de sus propias personas. Lo que parece lógico si se tiene en cuenta que ambos llegaron al rodaje con un bagaje enorme, con la experiencia de haber trabajado con algunos de los directores más importantes del mundo e incluso siendo ellos mismos realizadores. “Rudo y Cursi era una asignatura pendiente. En Y tu mamá también se acomodaron muchas cosas en la vida de todos nosotros. Y ahora nos reencontramos en otro momento vital importante”, me cuenta Luna meses después, cuando la cinta ya está terminada.

Una vez acabado el almuerzo, nos dirigimos hacia el estadio del pueblo, en donde el equipo de la filmación organizará un partido de fútbol contra el equipo local. Cuando llegamos más parece una fiesta que un evento deportivo. Todos los habitantes de Cihuatlán han llegado al lugar: finalmente no todos los días las grandes estrellas del cine de su país juegan en su casa. Los dos actores se mantienen en pie —con cierta dificultad— los noventa minutos e incluso hacen un par de goles. Celebran con el público, que parece fascinado ante el carisma de los dos. Tanto así que muy pronto todo el mundo deja de llevar la cuenta de las decenas de goles que recibe el equipo de García y Luna. Cuando termina el partido el equipo de producción da una fiesta de despedida. Ahí se proyecta un video —parte de la cinta— en el que García hace su debut como cantante grupero. Vestido con ropa de colores brillantes y sombrero vaquero, interpreta la canción “Yo te vi”: el cover de un famoso tema de rock interpretado en los setenta por Cheap Trick.

Al día siguiente dejo Cihuatlán y el equipo de filmación continúa el camino que lo llevará a Toluca y a Ciudad de México.

El rodaje de Rudo y Cursi terminó a finales de 2007 y se espera que su estreno sea pronto. Desde entonces Luna y García se separaron de nuevo y se han visto en pocas ocasiones. No saben cuándo volverán a encontrarse en un set de filmación, pero no han dejado de estar en contacto. Hablan casi todos los días por teléfono y se mantienen informados de lo que están haciendo. El camino de la fama es uno de los más solitarios que existen y ellos han tenido la fortuna de atravesarlo al lado de su mejor amigo. Su amistad ha marcado sus propias vidas y, de paso, la historia reciente del cine mexicano.

El resplandor blanco de la pantalla viene y va. Cuando viene, la cara concentrada del cantante aparece en la penumbra del salón. Cuando va, sólo se ve la silueta de un tipo sentado en un sillón ancho al que, como si fuera un trono, rodean varias personas de pie.

Esas personas somos algunos fotógrafos, maquillistas, periodistas, guardaespaldas, agentes de prensa —catorce en total— que nos hemos reunido, desde muy temprano en la mañana, para una sesión fotográfica y una entrevista con el colombiano, en un hotel de la zona de Polanco en Ciudad de México.

Y hay alguien más: un director de cine. El hombre —de chaqueta verde militar, sombrero marrón, lentes de marco grueso negro— es el responsable de que Juanes observe, concentrado, la pantalla del computador. Ahí se proyectan las escenas de una película sobre el secuestro que el cineasta acaba de rodar. El cantante apoya la máquina en sus rodillas y la sostiene con ambas manos, tamborileando con sus dedos delante del tablero, girando las puntas de los pies hacia dentro como para que no se le caiga. Después de unos minutos, se termina la proyección y las luces se prenden.

Todos esperamos a que diga algo.

Juanes levanta una ceja, frunce los labios hacia adelante, luego deja caer la comisura izquierda de la boca. “Está violento”, dice, serio. “Está chévere”, agrega al final, devolviendo la computadora a su dueño. Con el corazón latiendo fuerte, el director habla rápido y le explica que La milagrosa —así se llama la cinta— “es muy aterrizada, muy social, sin tomar partido por ningún lado… Obviamente, sobre las minas. Obviamente, sobre los niños en la guerra”. “La parte humana, yo sé”, asiente Juanes, que frunce los labios una vez más, mordiéndose el de abajo un poco.

Al salir del salón, el cineasta está feliz. Dice que Juanes, de quien se declara fanático, le dejará usar su canción Sueños —“…sueño libertad para todos los que están secuestrados hoy en medio de la selva…”—, y que también prometió componer una nueva, especialmente para la banda sonora de la cinta.

Así lo consiguió. Logró que Juanes hablara, una vez más, sobre eso que todos quieren que hable. Sobre la guerra.

Es jueves y Fernán Martínez está preocupado. Camina nervioso por los pasillos del hotel, mira constantemente su Blackberry, responde mails en segundos, opina sobre las fotos y comenta, al aire, sobre todo lo que está ocurriendo alrededor. Parece disperso, pero la realidad es que no ha dejado de fijarse en ningún detalle. Sabe que después de la sesión de fotos y la entrevista le queda un largo camino. Durante los próximos tres días, acompañará a Juanes a decenas de eventos —apretados dentro de un estricto cronograma que no deja ni un segundo de descanso— que culminarán con una presentación el domingo, en el programa Noche de estrellas, uno de los más populares de México. Luego, cuando termine esta visita relámpago a la capital mexicana —que tiene como intención presentar la gira mundial que se inicia este 6 de marzo en el Madison Square Garden de Nueva York—, viajarán en la madrugada del lunes a Miami. Allí estarán grabando un video otros tres días. Y así pasarán los próximos meses, en un ritmo frenético que sólo pueden aguantar las estrellas de la música y sus sagaces managers.

En un momento logro acorralarlo en un pasillo. Sé que es casi una leyenda: es el hombre que hizo famoso a Enrique Iglesias y que luego ayudó a transformar a Juanes en un fenómeno global. “La gira mundial comienza y por ahora no vamos a parar ni un minuto”, dice. Le pregunto si le molesta que constantemente se relacione a Juanes con temas políticos. “Es que es imposible desligarlo del tema. Los políticos de todos lados lo buscan. No sólo en Colombia, esta semana nos llamaron de la campaña de Barack Obama, porque quieren que Juanes los apoye”, cuenta, como si nada.

La noticia no me extraña. Como ocurre con Obama, el discurso de Juanes parece sacado de una charla de amigos. No le interesa buscar metáforas o imágenes, sino decir las cosas tal cual. Y le funciona. Además, de la mano de su manager, se convirtió en una estrella internacional que funciona en cualquier escenario público. “Su éxito se debe, en parte, a que lo respalda Fernán Martínez, el gran sabueso buscadólares del continente. Martínez ha metido a Juanes en las grandes ligas de los que saben hoy, cuando los discos se venden poco, arreglárselas para aprovechar los nuevos sistemas de mercadeo. Fernán es calvo, pero de tonto no tiene un pelo”, dice Gustavo Gómez, periodista de Caracol Radio en Bogotá.

Tanto así que, en los últimos años, el cantante se ha transformado en uno de los experimentos proselitistas preferidos del poder colombiano. En una época en la que los políticos buscan desesperados salir del desprestigio, obtener el respaldo de Juanes se ha convertido en un botín inmejorable.

Así lo demostraron los tres políticos más populares el año pasado. Álvaro Uribe, el presidente, no sólo lo nombró “Embajador de Colombia ante el Mundo”, sino que logró que en 2006 el artista diera una declaración pública en apoyo de su reelección.

Aníbal Gaviria, ex gobernador de Antioquia, logró que Juanes viajara con él a uno de los pueblos más apartados del departamento y apadrinara uno de sus programas de educación temprana. Sergio Fajardo, ex alcalde de Medellín, lo convenció de que diera un concierto gratis en una de las principales avenidas de la ciudad. El resultado: la envidia de los rivales del alcalde y 150 mil personas aplaudiendo a ambos.

Pero, a pesar del acoso del poder, Juanes ha hecho una selección consciente sobre qué causas apoya. El ejemplo más claro fue su vinculación, el año pasado, a la campaña electoral de Alonso Salazar, actual alcalde de Medellín. Entonces la capital de Antioquia se dividía entre dos candidatos: Salazar —que representaba la continuidad de las políticas progresistas de Fajardo— y Luis Pérez Gutiérrez —más aferrado a los partidos tradicionales—. Ahí el cantante decidió que era momento de dejar la música y pasar a los hechos y apoyó a Salazar, en el momento más crítico de la contienda. “La transformación que ha tenido Medellín es increíble y, cuando Fajardo terminó su alcaldía, que fue impresionante, venían dos candidatos con ideas totalmente diferentes. En ese momento pensé que, como ciudadano, estaba dispuesto a hacer lo que fuera por el bien de la ciudad. Decidí no casarme con ningún partido, pero sí ayudar a Alonso. En momentos así hay que tomar decisiones”.

Y fue ese gesto, para muchos, el que le dio el triunfo al alcalde. Para Fernán Martínez no cabe la menor duda: “Fue el apoyo de Juanes lo que decidió esa elección”.

Juanes define estos últimos siete años —desde que comenzó su carrera como solista— como un viaje insólito. Un viaje que lo ha afectado como músico, no como persona. Porque, queda claro desde su llegada a la entrevista, sigue siendo el mismo tipo introvertido, ojitriste, despelucado y decidido a ser roquero sin renunciar a ser hijo de familia. Ni siquiera su estilo de vestir ha dado un giro inesperado. El día de la entrevista lleva uniforme de rock star: botas cortas negras, pantalón gris oscuro, camiseta negra, chaqueta verde un tanto futurista, un tanto militar.

Enseguida queda claro que La vida… es un ratico, su nuevo disco, es para él un regreso a sus raíces. Repite la palabra “esencia” varias veces en pocos minutos. Es un álbum que se acerca mucho a lo que siempre quiso hacer, con una fusión más equilibrada del rock con lo popular. “Un disco muy simple y muy directo”, dijo cuando lo lanzó en octubre pasado, “podría ser como la conclusión de los tres anteriores”. Y tal parece que aferrarse a sus lineamientos musicales le ha traído buenos resultados: su primer sencillo, “Me enamora”, vendió más de seis millones de copias digitales.

John Echevarría, presidente de Universal Music Latinoamérica, le dijo a Billboard que La vida… es “muy probablemente, el primer álbum en español en la historia que se lanza simultáneamente en cinco continentes”.

El entusiasmo de Echevarría y Universal es comprensible.

Juanes es uno de los pocos artistas latinos que está teniendo éxito en su intento por penetrar el competidísimo mercado estadounidense. Ganó doce Grammy Latinos —la señal de aceptación más evidente de la industria musical del norte— y cada una de sus últimas tres producciones vendió más de medio millón de discos, cifras notables para un artista que no tiene entre sus planes cantar en inglés. Pero su conquista de Estados Unidos no sólo se basa en premios, ventas de discos y descargas de internet. El colombiano es también uno de los primeros artistas en vender un álbum precargado en un celular, gracias a un acuerdo con Sony Ericsson y la telefónica Sprint.

Su éxito, sin embargo, no está ligado a las buenas críticas. El crítico y profesor de apreciación del rock Juan Carlos Garay, quien colabora con revistas como Rolling Stone y El Malpensante, dice: “En el disco Fíjate bien, había mensajes claros y bien estructurados en contra de las minas antipersonales, por ejemplo. Los dos últimos discos, en cambio, se han vuelto primordialmente colecciones de canciones de amor. Sus letras, además, me parecen de una simplicidad vergonzante: ‘Me enamora que me hables con tu boca’…

¿Acaso con qué más le puede hablar?”.

Con cualquier otro músico en tour promocional, la conversación hubiera girado en torno a eso: su música, sus letras, su proceso creativo. Aunque él sí vino a hablar de eso, muy pronto nuestra charla se desvía hacia lo que ocurre hoy en Colombia. Es más, creo que no podría ser de otra forma: en el mundo Juanes, a la música y a la realidad colombiana las divide una línea casi imperceptible.

De hecho, como suele suceder, algunas canciones del nuevo disco —como “Minas piedras” (un dueto con Andrés Calamaro) y “Bandera de manos”— hacen referencia directa a asuntos precisos: el secuestro, el conflicto armado y las manifestaciones populares. Por eso, el primer tema que pongo en la mesa es el de las dos marchas masivas de los últimos meses: en julio de 2007 —contra el secuestro— y en febrero pasado —contra las farc—. En la primera, fue uno de los promotores y protagonistas e incluso cantó “Volverte a ver” —inspirada en la historia real de un soldado herido— en la avenida San Juan de Medellín. “Lo que está pasando con las manifestaciones es bien importante. Los diálogos bilaterales están desgastados en este momento y ahora existe un tercer elemento clave, un mediador, que es la gente, los ciudadanos. Las manifestaciones generan mucha presión contra las instituciones. Que la gente pueda tener una voz, para que los gobernantes hagan lo que realmente quieren los gobernados”, me dice.

Luego —y ya que estamos en esto— le pregunto su opinión sobre los secuestrados y un posible acuerdo humanitario con la guerrilla. “El día que liberaron a Clara Rojas y a Consuelo González de Perdomo, no me despegué de la televisión. Pensaba: ‘no puedo creer esto que está pasando’. Pero, a pesar de la felicidad que sentía, todo me parecía extraño y oscuro, porque creo que así no debe ser un intercambio humanitario. Me quedó un vacío, porque creo que las intenciones de las FARC y del gobierno venezolano no son apropiadas”.

En su discurso, coherente y sincero, no hay generalidades. Las cosas se llaman por su nombre. Eso en cualquiera, y más en una celebridad, es admirable. “Juanes sabe que él es la conciencia social contemporánea. Con la guerra de fondo, él cree haberse identificado con toda la generación de colombianos que si bien no tiene militancia política de otras décadas, se esfuerza por sacar a sus familias y al país adelante. Y dice que sintetiza eso en su propuesta musical: ‘Yo lo único que le canto es al amor.

Lo que ocurre es que en mi momento histórico el amor se ha escrito con sangre’”, escribió Armando Neira en la revista Semana en febrero de 2005, cuando Juanes presentó su primer gran concierto en Bogotá ante cuarenta mil personas.

Frases —¿eslogans?— como ésa han llevado a comparaciones inevitables con el discurso aguerrido del presidente Álvaro Uribe Vélez. De hecho, los dos tienen muchos más puntos en común: son antioqueños y criados en pueblos pequeños, tienen un carisma impresionante y son las dos figuras más prominentes de esa nueva generación de colombianos orgullosos que quieren cambiar el país. “Estamos en una época en la que ser un patriota visible —es decir, el que se pone la pulsera con la banderita y que emplea otros símbolos notables— coincide con el ambiente político de Colombia. Digamos que cada era política tiene su juglar. Así como Carlos Vives fue el del gobierno de César Gaviria, Juanes es el que corresponde a la era de Uribe”, explica Jorge Patiño, periodista colombiano especialista en música.

Pero las similitudes no van más allá. Básicamente porque Juanes no tiene ambiciones proselitistas —al menos por ahora— y el total de su capital y su energía lo invierte, además de la música, en una notable labor humanitaria.

Cuando Juan Esteban Aristizábal —nacido el 9 de agosto de 1972 en Medellín, pero criado en el municipio de Carolina del Príncipe— era tan sólo un muchacho de provincia, Medellín era una zona de plomo y sangre y el escondidijo del capo del narcotráfico más buscado del mundo, Pablo Escobar Gaviria. Las bombas, las amenazas de muerte y las balas hacían parte de la cotidianidad de los paisas. En 1991 la ciudad alcanzó la cifra récord de 6 349 homicidios y terminó de convertirse en uno de los lugares más peligrosos del planeta. Generaciones de jóvenes sicarios se perdían en esa guerra y mientras ellos caían en las aceras, en un garaje o en una terraza de Medellín, Juan Esteban —y la que sería su banda por una década, Ekhymosis— tocaban rock. Era su forma de exorcizar la impotencia frente a una ciudad que se desangraba. “El movimiento metalero era impresionante en esa época. Mi conexión era con la música, no con las drogas, ni con la violencia. El mismo hecho de que viviéramos en esa ciudad, en ese momento, cambió nuestra manera de pensar. De ese joven metalero me queda la actitud, la rebeldía. También la manera de afrontar la guerra que se tiene que vivir en los escenarios”, recuerda con cierta melancolía uno de los máximos representantes del pop comercial.

El escritor mexicano Juan Villoro dice que las estrellas del rock con ansias de cambiar al mundo luchan lejos de sus escenarios habituales. Y menciona a un Sting que se adentra en el Amazonas, a un Bono que recorre África y a un Peter Gabriel que colabora con Amnistía Internacional. En el caso de Juanes, la cosa parece ser más centrada: su labor humanitaria se enfoca en el lugar donde nació, una ciudad entre montañas verdes, con dos millones de habitantes.

Su lucha se lleva a cabo en el campo de batalla que mejor conoce. En Medellín creó desde hace dos años la Fundación Mi Sangre, que trabaja con hombres y mujeres que han sufrido alguna discapacidad por las minas antipersonales y con los niños del campo de hasta seis años. Hoy esa ayuda beneficia a personas de Antioquia y de otros departamentos de Colombia. La directora de Mi Sangre, Tatiana Sánchez, que conoce a Juanes desde la época del colegio, recuerda el momento en que el artista decidió comenzar: “Un día me llamó y me dijo: ‘Encargate de esto… quiero hacer algo serio por la paz de Colombia’”.

Si bien Juanes había estado vinculado con causas filantrópicas —siempre a través de terceros—, decidió entonces, en sus horas extras y con su propio dinero, oficializar su liderazgo social.

Este año, la fundación tiene un presupuesto de 2 600 millones de pesos colombianos (casi dos millones de dólares) y atiende a 42 mil personas.

Como otros famosos que presiden fundaciones, Juanes no es sólo una sombra que aparece para poner su firma y posar en fotos.

“Si estoy en Colombia, estoy todos los días pendiente. Tenemos varios proyectos que desarrollamos a distancia. Todo lo que hacemos es desde la educación: si encontramos un soldado que perdió sus piernas y que nunca hizo sus estudios, lo apoyamos. También tenemos, con la gobernación de Antioquia, un proyecto para llevar la educación a los lugares marginales del departamento. La idea es que, si ahora invertimos en educación, en unos años no van a tomar la decisión de tomar un arma”. Y se ha encargado, también, de convertirse en un amigo de los afectados.

“Claro, yo soy amigo de Juanes desde hace casi tres años”, dice John Giraldo, un joven de dieciséis años a quien le amputaron parte de la pierna izquierda por la explosión de una mina en un pueblo al oriente de Medellín. “La última vez que me llamó, él estaba en Los Ángeles y me preguntó por el estudio, la novia y otras cosas.

Me dijo que nunca me fuera a salir del colegio y me habló de una fiesta que nos iba a hacer”. La fiesta se hizo. En diciembre pasado, luego de inaugurar “Juanes, el Parque de la Paz” con el alcalde Fajardo, organizó una fiesta en el sector más exclusivo de la ciudad para 25 niños de su fundación. Esa tarde, cantó más de tres horas sólo para ellos.

Es miércoles y Juanes da un concierto en el Hard Rock Café de Ciudad de México. Durante más de una hora y frente a un público de casi 300 personas que se amontonan hombro con hombro, toca sus grandes éxitos en versión acústica. En los palcos de arriba —reservados para periodistas, celebridades no tan célebres y otros invitados especiales—, hay más espacio para bailar, pero no tantos quieren hacerlo. Hay, claro, algunas excepciones: la rubia maciza que emite unos “¡Hey!” desafiantes y guturales desde lo profundo de su pecho ancho, con cierto tono de desafío porque algunos no compartimos su entusiasmo. Al mismo tiempo, otra chica se gana un lugar en el balcón del palco para, desde allí, ondear en sus manos una camiseta negra de blancas letras predecibles: “Tengo la camisa negra”.

Juanes hace declaraciones de amor al público y canta, con el alma, el clásico mexicano “El Rey”. “Ése va a ser nuestro próximo sencillo”, bromea al terminar su interpretación impecable.

Antes de arrancar con “La paga” —“…y si tú me pagas con eso, yo ya no te doy más de esto, amor…”—, Juanes cuenta una anécdota que ya es parte de su mitología oficial: de cómo cuando era niño se dormía escuchando las canciones populares que sonaban en la cantina vecina a la casa de sus padres y de cómo esa herencia musical se le quedó en la sangre. Menciona a Lucho Gatica, al trío Los Panchos, a Los Chalchaleros, a Los Visconti y a Octavio Mesa, El Rey de la Parranda, autor de temas como “El hijo e’ tuta, Mula hijueputa” y “La putería”. Juanes alguna vez le dio crédito a los ritmos de Mesa, antioqueño como él, por inspirar varios de sus éxitos. “Esa influencia se hace muy evidente en canciones como “La paga” o “La camisa negra”, que a mi modo de ver son su verdadero aporte a la música moderna colombiana. Pero incluso en los riffs de su guitarra en temas como “Me enamora” uno siente todavía ese toque a medio camino entre el rock y la rumbita campesina”, comenta el crítico Garay.

Nadie sabe qué hubiese pasado si Juanes se hubiera quedado en Medellín. Es posible que hubiese seguido con Ekhymosis y hoy continuaran siendo una banda bastante aceptable de rock nacional, quizá regional. O tal vez se hubiera dado cuenta de que lo suyo era la música popular y se hubiera convertido en una versión glam de Los Panchos. Pero lo que ocurrió fue que en 1999 el productor argentino Gustavo Santaolalla escuchó su demo. Como hicieron los Estefan con Shakira, el productor le ayudó a encontrar su voz, a mezclar sus influencias y a hacer éxitos musicales infalibles. “En 1999, Santaolalla me contó que ya tenia casi listo el disco de ‘un cantante colombiano que mata. Es un pibe joven, tenía un grupo de rock, es impresionante, hace unas canciones buenísimas, canta y toca la guitarra, las letras no dicen boludeces’. El productor de rock latino más influyente del mundo tenía una asignatura pendiente: hacer un disco exitoso de pop”, cuenta el periodista argentino Fernando Sánchez, que dirige la revista Soy Rock. “El tiempo pasó.

A Juanes le volvió a crecer el pelo. Santaolalla se lo cortó. Juanes vendió millones de discos. Santaolalla ganó Oscares. ¿Acaso no era eso con lo que soñaba Santaolalla allá por 1999?”

Pero no por eso Juanes olvidó al Rey de la Parranda. Octavio Mesa murió el año pasado y todos recuerdan cuando el cantante llegó a la sala de velación Villanueva, en el centro de Medellín, luciendo una camisa negra y jeans azules desteñidos. Llegó solo y en las manos cargaba un casco oscuro de una moto BMW de alto cilindraje. Era un martes de marzo y en el lugar había familiares, amigos, curiosos de la calle y periodistas. Juanes fingió no verlos. Caminó hasta una de las paredes donde se encontraba una hermana del difunto y la abrazó.

Poco más de una hora después, se puso el casco y se marchó.

Al otro día, casi todos los medios anunciaron el hecho: “Juanes se puso la camisa negra por Octavio Mesa”. Lo que no contaron fue que llegó sin escoltas hasta el lugar. Y no lo contaron porque ésa es la rutina del cantante en su ciudad natal. Aunque viva la mayor parte del tiempo en otros países, cada vez que está en Medellín se comporta como un vecino cualquiera. Parece como si aún fuera el mismo muchacho de finales de los ochenta con pelo largo, cara cachetona y fanático de James Hetfield, el cantante de Metallica. Como me lo recordó en la entrevista, sigue siendo alguien que no se confía en el éxito, porque sabe que en cualquier momento las cosas buenas se pueden acabar.

Todos miramos con atención cada movimiento del fotógrafo y sus cinco asistentes y cada instante de quietud de Juanes, que parece capaz de retener un gesto en sus facciones por segundos incontables. El fotógrafo, en total oscuridad, mueve lentamente una luz fluorescente por delante y por detrás del fotografiado. El obturador de la cámara permanece abierto, captando la luz escasa en su recorrido por el rostro famoso y sus alrededores.

En los largos minutos en que está parado solo, el único iluminado en un cuarto penumbroso, piensa en las cosas de su casa —hacer algún trámite, llamar a su mamá o a una de sus dos hijas— o en letras y música para sus canciones. “Estoy totalmente elevado”, explica. Pasa una hora, pasan cuatro cambios de ropa, cientos de clics de la cámara. Todo termina. Juanes levanta una mano y dice: “Gracias, muchachos”, antes de desaparecer por una puerta trasera hacia las entrañas del hotel.

“Cada vez llevo mejor este estilo de vida errante”, había dicho un poco antes. “Me gusta conocer gente, componer y, sobre todo, cantar: ésa es la conclusión de todo”.

Porque, no se nos puede olvidar, Juanes es un músico. Un músico que toca, sí, temas sociales en sus letras, pero que sabe que existe un delicado equilibrio que no puede romper. “Sus canciones son más bien apolíticas en el sentido de que no es militante de nada. Toca los temas sin comprometerse. Las raras veces que toma partido lo hace a punta de generalidades (‘Ama la tierra en que naciste’) o no toma partido (‘fíjate bien donde pisas’). Jamás canta contra nadie en particular y lo suyo es más bien una plegaria positivista. Cuando se lamenta por algo, dice que hay esperanza, hay optimismo, hay una luz al final del túnel”, explica Eduardo Arias, periodista cultural que conoce como pocos la historia del rock colombiano.

Tal vez ahí está la clave de todo. Juanes es el muchacho que camina por las calles de Medellín, el que canta emocionado una ranchera en México, la estrella de rock que va de país en país, la celebridad que se ha echado el peso de un conflicto sobre los hombros, el que se toma el tiempo de llamar por teléfono y cantarle a los heridos, el líder latino que Barack Obama quiere en sus filas.

En Juanes —y es posible que el plural de su nombre artístico no sea pura casualidad— se cruzan diferentes cualidades que lo han convertido en un símbolo. Un cantante con muchos rostros que responde a la necesidad de esperanza de mucha gente y cuyo éxito está ligado a un momento preciso de la historia de Colombia.

Un hombre que, así no lo busque, siempre debe hablar de la guerra.