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Aquí no es Miami

Publicado: 15 abril 2011 en Fernanda Melchor
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Corría el mes de enero y el viento del norte soplaba gélido contra el rostro desnudo de Paco mientras caminaba por la avenida Montesinos hacia la entrada del muelle. Eran cerca de las nueve de la noche y la temperatura seguía bajando. Probablemente alcanzaría los doce grados en la madrugada, predijo su padre, así que Paco se colocó encima un suéter y dos camisolas antes de abandonar la casa: su sangre jarocha se helaba siempre con más benigna de las brisas.

Compró dos tortas de cochinita pibil en el mercadillo establecido afuera de la garita de Morelos. Se empujó también dos tacos, uno de papa con chorizo y otro de papa con buebo, en el puesto de doña Almeja. Su turno empezaba a las diez de la noche y terminaba a las seis de la mañana, pero Paco esperaba trabajar solamente un par de horas debido al mal tiempo.

Solo habían nombrado a ocho trabajadores para el turno nocturno. El viento impedía la carga y descarga de mercancías y contenedores pero no afectaba a los trincadores, especializados en sujetar con bandas los autos dentro de los buques, o de supervisar las maniobras de descenso de los mismos. El trabajo de Paco, y de los otros siete hombres asignados aquella noche, consistiría en armar rampas de acero, arrastrarlas hacia las madrinas -esos camiones gigantes que llevan autos nuevos en sus vientres- y trincar los carros a las estructuras de acero.

El supervisor había anunciado que solo cargarían nueve madrinas.

– A lo mucho estamos saliendo de aquí a las doce- pronosticó uno de los obreros, un viejo de vientre fofo y brazos tatuados desde las muñecas hasta los hombros, que apodaban El Burro.

Paco nunca trabajaba los sábados por la noche pero tenía tantas deudas que había decidido pedir varios turnos extras y así compensar sus derroches. Era el más joven de los siete compañeros y le tocó en la primera línea. Entre trinca y trinca bromeaba y conversaba con los obreros. Todos tenían el rostro enrojecido por el frío pero nadie llevaba guantes. Las manos callosas de aquellos hombres lo sorprendían por su tosquedad y aparente aspereza, y Paco imaginó que algún día las suyas lucirían de aquel modo, si no se apuraba a terminar la preparatoria.

Así cargaron ocho madrinas. La última venía retrasada, explicó el supervisor, que caminaba de un lado a otro de la explanada con el radio en la mano. Al parecer se le había ponchado una llanta y el conductor reportaba hallarse apenas en Tamarindo. Eran pasadas las once y el frío apretaba.

Los obreros se habían sentado en el suelo. Se acurrucaban unos contra otros para protegerse del viento, cuando un resplandor de luces rojas y azules iluminó la noche.

– Hay pedos- murmuró El Chiles, otro de los obreros.

Una camioneta de Migración y dos camionetas repletas de policías auxiliares avanzaban por la explanada hacia un pequeños barco de carga atracado en el muelle dos. Detrás de los policías venía una patrulla de la Policía Federal, con la sirena encendida. Bajaron corriendo hombres armados con fusiles y perros y subieron al barco. Paco y sus compañeros solo alcanzaban a ver, sobre la cubierta de la nave, las lucecitas de las linternas apuntando hacia todos lados.

– Ese barco ha de traer droga- dijo Paco- Les han de haber encontrado algo…

Pero no acabó de decir esto cuando notaron que los agentes regresaban al muelle, acompañados de unas veinte personas, todas de raza negra: mujeres y hombres viejos que lloraban y se frotaban los brazos y que pronto desaparecieron en el interior de la camioneta de Migración. Algunos policías permanecieron, al pie del barco, apuntando al agua con sus linternas. Sus perros gruñían y arremetían contra las olas que reventaban con la orilla de concreto, pero después de un rato también se marcharon.

A las doce de la noche la explanada había vuelto a quedar desierta, y Paco y sus compañeros esperaban, con crecientes ansias, la llegada de la novena madrina. Sentados en el suelo les dieron la una, la una y media, y no fue hasta las dos de la mañana que los faros del enorme vehículo aparecieron en el portón de la garita. Despacharon su trabajo en pocos minutos y caminaron hacia el supervisor para preguntarle si ya podían marcharse.

– Espérenme, compañeros, que estoy pidiendo autorización- decía el tipo.- Denme una hora y les resuelvo.

Maldiciendo, Paco y sus compañeros volvieron a posar sus traseros yertos sobre el piso de cemento. Hablaron de mujeres, de música, de futbol, de métodos para ganar la lotería, de religión, de política, de mujeres de nuevo. La mente de Paco divagaba, aburrida, mientras contemplaba la negrura del mar a través de un pasillo que se formaba entre las dos hileras de madrinas estacionadas, cuyos conductores esperaban la entrega de la documentación para poder partir en caravana hacia Puebla.

Algo se movía en el pasillo. El corazón de Paco dio un brinco cuando alcanzó a ver un hombre harapiento que corría hacia donde estaban sentados. Paco se irguió, pensando que sería algún drogadicto pendenciero , y entonces pudo ver que el hombre no se acercaba solo: lo seguían ocho sombras esqueléticas. Eran nueve los hombres que se aproximaban en total, completamente mojados, con largas heridas como latigazos sobre los brazos y piernas, todos negros como el carbón y descalzos.

Paco se adelantó, con los puños en alto, y el primer polizón dijo, con un acento que le recordó al usado en Puerto Rico:

– Mi hermano, ayúdame, mi hermano, por favor, somos de República Dominicana, tenemos una semana sin comer…

– No nos delates- gemían los otros, en coro.

Sangraban de todas partes y escurrían agua helada. Eran todos jóvenes y fuertes; debían serlo para haber aguantado dos horas sujetos a los pilares que sostenían el muelle. Los viejos y las mujeres no pudieron escapar de las bodegas del barco, pero los más aptos alcanzaron a saltar al agua y aferrarse a los pilares de concreto infestados de percebes, soportando el embate de las olas embravecidas y el frío que recorría el puerto en una exhalación gélida.

– Dime, hermano, ¿dónde estamos? ¿Ya estamos en Miami?

A Paco se le escapó una risa nerviosa.

– ¿Miami? ¡No mames, están en Veracruz!

– ¿Qué tanto falta para Miami?- preguntaba el que habló primero.

– Falta un chingo, como tres días.

– ¿Y dónde estamos?

– En Veracruz

– ¿Pero dónde está eso?

Los negros volteaban hacia el barco de carga de donde habían saltado, como si buscaran la manera de introducirse de nuevo.

Paco dibujó en el aire la curva del Golfo de México; señaló un punto intermedio.

Los rostros de los dominicanos se llenaron de congoja. Paco pensó que, de haber tenido líquidos suficientes en el cuerpo, ya estarían llorando.

– ¿Y por tierra, cómo llegamos a Miami?- preguntó otro negro, desde la retaguardia.

– No tengo ni idea- respondió Paco.

Lo más lejos al norte que conocía era la ciudad de Poza Rica.

– Ayúdanos, hermano, por piedad – gimoteaba el líder.

Los nueve pares de ojos, enormes y amarillentos, miraban a los estibadores con aire suplicante.

– Hay que meterlos al baño, porque si los ven, van a valer verga- afirmó El Chiles.

Los condujeron a los sanitarios del almacén. Allá dentro, Paco sacó la última de sus tortas; sabía que no sería suficiente ni para alimentar a uno de ellos, pero sus rostros hambrientos le daban lástima.

El negro que actuaba como líder por poco se la arrebata. Devoró la mitad de la torta de dos enormes mordiscos, y al ver la manera en que sus compañeros de infortunio salivaban, pasó el resto de la torta al negro que le seguía, un tipo enrome y musculoso con cicatrices en la cara. Otro de los obrero les llevó un balde con agua y los dominicanos se abalanzaron sobre del líquido; bebían con la desesperación de quien lleva días en el mar sin ver más que la oscuridad de las bodegas, rezando para que el capitán del navío no fuera inglés o alemán; sabían que los oficiales europeos tenían por costumbre arrojar a los polizones al mar, para evitarse trámites molestos al llegar a su destino.

Entonces, en susurros, los dominicanos comenzaron a contar su historia. Eran treinta los que habían subido al barco, que llevaba madera de República Dominicana a Miami. Habían sobornado a un grupo de tripulantes para que los dejaran esconderse en las bodegas. Iban contando las paradas que hacía al barco: Rio Jaina, Cristóbal, Veracruz, y bajaron cuando creyeron que se hallaban en Miami, pero no contaban con que el barco se detendría también en Kingston, Jamaica.

Uno de los polizones, el de las cicatrices en la cara, apartó a Paco del grupo-

– Mi hermano, tienes que ayudarme, tú no sabes los que yo he sufrido. Tengo que llegar a los Estados Unidos porque allá tengo una hermana, en Nueva York, que me está esperando…

Y apretaba el brazo de Paco con su manaza.

– Mi hermana me mandó una carta, diciéndome que allá están los tipos que mataron a mi padre. Tú no sabes lo que yo he sufrido, hermano. Mi padre tenía deudas y lo mataron, cuando mi hermana y yo habíamos ido por agua al río. Tú no sabes lo que es ver que están macheteando a tu papá, que están matando a tu mamá- jadeaba, con los dientes apretados .- La violaron y la mataron y yo sin poder hacer nada, escondido detrás de los matorrales.

Su rostro, arañado de líneas irregulares, estaba contraído de angustia.

– Mi hermana me escribió, diciéndome que esos tipos que mataron a mis padres están allá, en Nueva York, y yo nada voy a eso, voy a matar a ésos hijos de puta.

Paco no podía hablar. El odio del dominicano era tan intenso que tuvo miedo de proseguir el plan que había urdido con sus compañeros y los conductores de las madrinas: sacar a los polizones del muelle a bordo de las cabinas de los transportes. Aquel hombre estaba lleno de rencor y furia, de determinación asesina, y nada lo haría abandonar sus propósitos. Paco estaba seguro de que no dudaría en asaltar con violencia, o hasta matar, para obtener dinero y llegar a su destino, si no es que ya lo había hecho.

Uno de los compañeros de Paco, un hombre moreno y fornido apodado La Thalía, rescató a Paco del abrazo del dominicano y lo llevó hacia la explanada. El viento había arreciado y llevaba consigo el aroma a grasa quemada de los barcos.

– Paquito, no le vayas a dar tus datos a ése hijo de la chingada- dijo Thalía.

– ¿Cómo crees? Está bien zafado- respondió Paco, tomando el cigarrillo que el obrero le ofrecía.- ¿Escuchaste lo que me estaba contando? Hablaba de que quería llegar a Nueva York a matar a no sé quienes…

– Mira, que se los lleven los choferes y los boten en otro estado…

– Pero, ¿cómo vamos a dejarlos entrar a México? Tú no sabes si van a matar a alguien aquí afuerita…

– Mira, uno hace lo que puede…. Pero que te quede claro: nunca nadie es nomás una víctima.

Ése día, un sábado de enero a principios de siglos, fue el último turno nocturno que Paco trabajó en la trinca.

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No se metan con mis muchachos

Harto del calor, de las comidas basadas en garnachas, de la peste a sobaco y encierro del cuartel, el secretario de Seguridad Pública se sacude de encima al matón que le cuida la espalda y escapa hacia la capital del estado, a bordo de su automóvil. Hace semanas que no ve a su familia, justo desde que iniciaran las amenazas telefónicas.

A la altura de Rinconada, en medio de una insistente llovizna,  dos camionetas negras se le pegan a los costados; una tercera unidad irrumpe desde una brecha rural y lo encajona. A punta de rifle, cuatro encapuchados lo obligan a bajar del vehículo.

— Te voy a pedir que tus muchachos no se metan con los míos—  dice el patrón de los sicarios, entonces conocido como Z-14, cómodamente recostado sobre el cuero del respaldo. En la letanía que recita, el secretario reconoce el nombre completo de su mujer, la dirección de su residencia en Jalapa, los horarios de los colegios privados a las que asisten sus hijos.

Ladrón que roba a ladrón

En el patio del doctor Careló, ubicado en la colonia Pocitos y Rivera, Pancho Pantera forja un cigarro de mariguana, pensativo. Se ha dejado crecer el bigote y lleva los cabellos pintados.

— Tengo que pensar bien cómo voy a chingar a esos vatos— murmura, pero no habla con nadie: maquina.

El oficio de Pancho Pantera consistía en robar a la mafia. Se hacía pasar por agente de ventas y ofrecía cocaína a precio de mayoreo a empresarios locales. Acudía a la cita con una bolsa llena de cal, pero antes de que pudiera abrir el paquete, una decena de malandros vistiendo playeras falsas de la Procuraduría Federal  y armados con rifles de asalto  irrumpía en el sitio y confiscaba la “droga” y el dinero a cambio de la libertad de los traficantes.

Los “agentes” eran amigos de Pancho; la mitad del botín era para ellos, la otra mitad iba al bolsillo de Pancho. Pero este perdió sus contactos tras una estancia de cinco años en prisión bajo el cargo de delincuencia organizada. Cuando salió, los Zetas le había arrebatado el negocio.

— No quieren socios, esos vatos, quieren asalariados.

La punta del cigarrillo resplandece en la penumbra.

— Allá adentro son ellos, los Zetas presos, los que mandan a los custodios a castigo.

Recuerdos de familia

Hijo de madre soltera, el Pollero fue criado en un hospicio y entrenado desde chico para el encierro. Cansado de madrugar y de pasar hambres, mutilando aves en el mercado, se aferra al sueño de convertirse en narco y salir de la pobreza. El Pollero comienza a visitar a los presos del penal y a regalarles alimentos; quiere que la mafia lo observe y lo reconozca. Un guatemalteco agradece su deferencia y lo premia con el primer conecte: un botín de droga oculto en el interior de una camioneta decomisada. Las autoridades le niegan al Pollero el permiso para disponer del vehículo de su “tío”, pero este los convence de que sólo busca “recuerdos familiares”. En el sitio indicado por el viejo, encuentra dos kilos de cocaína.

Cuentan sus vecinos que, al llegar a su casa, el Pollero pateó la olla de frijoles que hervían sobre el fogón y mandó a comprar cocteles de mariscos para todos.

— Ora que estamos en el negocio hay que comer como los ricos— decía.

Proliferan los narquíquiris

Hasta los años treinta del siglo pasado, el clorhidrato de cocaína podría adquirirse en forma de comprimidos en diversas farmacias del puerto. Fue en una de ellas, La Parroquia, ubicada en el corazón histórico de la ciudad donde el Hijo Predilecto de Veracruz, el cronista Francisco Rivera Ávila, laboró como farmacéutico  y obtuvo el sobrenombre con el que firmaría sus décimas, Paco Píldora.

Posteriormente, un selecto círculo de agentes aduanales, juniors y empresarios de la construcción y de bienes raíces acaparó la oferta y la demanda del producto. La droga colombiana llegaba en contenedores, a través de buques provenientes de Sudamérica, o atravesaba el Caribe a bordo de avionetas, hasta llegar a las bodegas en Mérida y Chiapas.

Durante los años noventa, la cocaína cruza la avenida Circunvalación —ésa línea simbólica que divide a las calles del centro (la ciudad-museo) de las calles de las colonias (el reservorio del salvajismo) — y se oferta a precios asequibles. El tráfico de drogas en la periferia es catalogado por las autoridades como “suministro entre viciosos”,  una actividad que genera escasas riquezas entre sus actores pero que es fuente de prestigio en la comunidad.

El nuevo rico

Carnicero de oficio, Lázaro Llinas Castro es conocido en el puerto como el Rey de las Pastas. Sus familiares cercanos lo apodan El Loco. De abuelo y padre vendedores de mariguana, da su primer golpe cuando denuncia al Pollero ante las autoridades y se adueña de su coca, de su “plaza” y hasta de su mujer, Claudia. Instala su primera “tiendita” en una privada ubicada en las calles de Canal y Victoria. Algunos afirman que la fila para comprar droga era tan larga que parecía la de una tortillería.

Con el tiempo, Lázaro se convierte en el nuevo rico de Veracruz. Manda a que le arreglen los dientes y a que le respinguen la nariz con cirugía plástica. Llega incluso a comprar un yate y un equipo de futbol de tercera división, el célebre Gloisa, que ese mismo año se disputara la copa de la liga amateur en el estadio Luis “Pirata” Fuente. Kalusha, Francois Oman Biyic, Carlos Santos, Luis García y El Turco Mohammed son algunos de los deportistas que Lázaro Llinas solía contratar como cachirules para los encuentros.

El Templo del Vicio

Sobre la calva del doctor Careló brilla el foco desnudo de la sala. En sus manos sostiene la foto en donde aparece el Yiyo encendiendo una pipa.

— Se pegaba unas encabronadas tremendas cuando los de la tiendita le despachaban mal— recuerda, nostálgico— Por eso me pidió que hablara con Lázaro.

Yiyo sabía que Careló frecuentaba al clan de los Llinas. Aunque nunca tuvo tratos directos con El Loco, el doctor conocía a su primo hermano, Lazarito, un muchacho que solía visitarlo en secreto para fumar mariguana y no tener que compartir la droga con su familia.

— Lazarito tenía ocho años cuando llegó. No sabía ni ponchar pero se chingaba dos churros él solito, uno detrás del otro.

Ya de adolescente y durante un baile en la discoteca de salsa “Capezzio”, Lazarito sufrió una trombosis que le dejó paralizadas las piernas. A través de sesiones de acupuntura y rollos motivacionales, el doctor Careló lo hizo caminar de nuevo. La familia del Rey de las Pastas le prodigaba desde entonces un trato deferente.

Careló habló con las primas de Lázaro. Ellas le dijeron que cuando acudiera a comprar drogas pidiera siempre las del zapato. Por supuesto, se referían a la cocaína de mejor calidad que los vendedores escondían en una caja de zapatos.

Careló le contó a Yiyo del secreto. Este, agradecido por el dato, le abrió las puertas de su casa, que pronto fue conocida como El Templo del Vicio entre los adictos de la colonia.

El decreto

Dentro del Templo del Vicio reinaba el silencio. Solo se escuchaba el golpeteo de la navaja de afeitar partiendo las rocas de cocaína. Cinco pares de ojos contemplaban la formación de las líneas sobre la superficie del azogue. Sólo después de inhalarlas, el doctor Careló primero, se iniciaba la tertulia.

Una noche, un chilango, mimo de oficio, visitó la casa de Yiyo y le mostró la manera de hervir bicarbonato sódico o amoníaco con clohidrato de cocaína para fabricar la “piedra”. El éxito de la nueva droga fue absoluto. El Yiyo pasa de ser el burrero de la banda a adquirir el rango de Gran Cocinero.

— ¡En esta casa no se vuelve a inhalar! — decretó, después de consumida la primera alectoria.

Mercadotecnia

Aunque los mecanismos de la adicción a la cocaína convertida en crack- la “piedra” o “base”- no han sido aún establecidos por los investigadores, su uso está relacionado con una grave dependencia cuyo síndrome de abstinencia se manifiesta en insomnio, fatiga, apatía y depresión grave.

El efecto del crack es efímero: después de arrojar el humo del primer tanque, el cerebro y las entrañas ruegan por una segunda dosis. La “piedra”, al igual que la metanfetamina, es una droga diseñada para un consumo reiterado; un éxito de la narcomercadotecnia que empobrece al usuario y lo hace presa de sus más bajos instintos.

Bien ciscado

Las condiciones dadas, el Loco añade el nuevo platillo al menú de sus “tienditas”. Las aleja del centro y establece nuevas “plazas” en las colonias del oeste y el norte de la ciudad. Adquiere una manzana entera del Infonavit Buenavista, un barrio popular de condominios de interés social, y diversifica sus servicios: sus casas sirven para ocultar a las víctimas de secuestro, para almacenar lotes de mercancía robada.

Agentes verdaderos de la Procuraduría General de Justicia estatal lo detienen varias veces, incluso dentro del aeropuerto; el dinero y los contactos con autoridades locales  lo salvan. La suerte le dura hasta el mediodía del miércoles 18 de julio de 2001, cuando un comando de la Fiscalía Especializada en Delitos contra la Salud (FEADS) irrumpe en el restaurante “El Sanborncito”, en donde Lázaro Llinas solía desayunar en compañía de periodistas, funcionarios locales y miembros de las fuerzas de seguridad del puerto. Los presentes cuentan que, mientras los agentes federales lo arrastraban hacia la salida, el mayor capo del puerto dejó un reguero de orina sobre el piso de mosaicos.

Jalar a Dios de las orejas

Para el doctor Careló, existen dos tipos de adictos: los que fuman el crack en pipa— los exquisitos— y los que lo hacen en una lata perforada —los miserables—. Sobre la mesa de la cocina yace su máximo orgullo como artesano: un tubo de vidrio, ennegrecido, con una maraña de alambre anudada en un extremo. La piedra se fijaba entre los hilos de cobre y se calentaba a fuego lento con un mechero de alcohol; de esta manera, Careló evitaba que los vapores tóxicos se desperdiciaran en el aire. Incluso llegó a calcular en miligramos los ingredientes de la cocción— cocaína, bicarbonato y agua— para asegurar la calidad del resultado. Era un simulacro estequiométrico en el que intervenían, en partes iguales, los conocimientos adquiridos en la preparatoria y el fervor codicioso de la dependencia.

— ¿Por qué dejaste la piedra?

Careló tiene la cabeza vuelta hacia la puerta. Por primera ocasión soy capaz de notar la depresión, aparentemente mullida, que señala la ausencia de un pedazo cráneo: el recuerdo de un tiro que recibió en la selva de Nicaragua, cuando jugaba a ser guerrillero.

— La única piedra buena es la primera. Sientes como si hubieras agarrado a Dios por las orejas. Las demás son una cabronada que te haces a ti mismo.

— ¿Y si te invito una? — pregunto, para calarlo.

— Para tentarme tendrías que traer un kilo, como mínimo.

Turno mixto

Muchos conectes independientes han desaparecido en los últimos años, pero aún es posible comprar cocaína, en polvo o piedra, en esta colonia de calles deslavadas por las lluvias. Como las tiendas de conveniencia, funcionan las 24 horas del día. Los empleados apenas han dejado a tras la infancia; reciben 300 pesos por turno. Cualquier faltante durante el corte de caja es castigado mediante tablazos, diez por cada “grapa” perdida, en las asentaderas. La reincidencia es nula pues los infractores la pagan con la propia vida.

La policía conoce la ubicación de las tiendas de los Zetas, pero no interfiere. El mensaje es claro: que tus muchachos no se metan con los míos.