Archivos de la categoría ‘Francisco Mouat’

Lo más entretenido para un carabinero de guardia, en este caso para el que tiene asignado el aeropuerto Cerro Moreno, es ver cómo aterrizan y cómo despegan los pocos aviones que durante el día hacen escala en Antofagasta. Lo otro que se puede hacer para matar el tiempo es distraerse mirando azafatas y viajeros que vienen o se van de la ciudad: familias completas, parejas, ejecutivos de maletín y celular, guapas del norte grande. Lo normal es que no haya mucho más que hacer. Uno si es cabo de guardia está ahí por si acaso, por si pasa algo, esperando el suceso. Eso estaba haciendo el cabo Ricardo Fuentes el martes 26 de enero, poco antes de las cinco de la tarde, vestido de uniforme riguroso, a una hora en que hacía un calor del diablo: esperando a ver si pasaba algo.

Como no pasaba nada, y como uno toma bastante líquido en estos parajes pampinos, el cabo Fuentes aprovechó de ir al baño. Y aquí, en el baño del aeropuerto Cerro Moreno, a un costado del lavamanos, bajo el espejo, se encontró solo frente a un sospechoso: un sobre grande blanco sellado con huincha café de embalaje.

El cabo Fuentes se asustó: por el peso y por la textura metálica de algunos objetos que había dentro del sobre, pensó que podía ser una bomba. Con delicadeza llevó el sobre hasta el aparato de rayos X que hay en la zona de embarque de pasajeros, y pidió -nervioso- que por favor lo revisaran.

Lo que se vio a través de la máquina estaba lejos de ser una bomba. Había allí, dentro de otro sobre, un reloj, una lapicera, un anillo, una chequera, llaves oxidadas, sujetadores laterales de anteojos, un par de cristales ópticos y una billetera que después, al abrir el sobre, supieron que era de cuero color café. El paquete incluía también billetes, documentos de identidad, un carnet del Partido Radical, un carnet del Deportivo Progreso de Chillán, un destapador de botellas, una cortaplumas pequeña, fotografías familiares, tarjetas de bautizo, un contrato de trabajo del Banco del Estado, dos gomas de borrar y una nota manuscrita en inglés, sobre una de las caras del mismo sobre, que decía que todos estos objetos habían sido encontrados en el desierto de Atacama junto a un esqueleto humano tendido de cara al sol. El texto en inglés indicaba las coordenadas precisas del hallazgo, lo situaba cien kilómetros al sur de Antofagasta, y dibujaba la posición del cuerpo. El nombre que figuraba en todos los documentos colocados dentro del sobre estaba escrito y subrayado: Julio Riquelme Ramírez.

NADIE SABE QUIEN DEJO EL SOBRE en el baño del aeropuerto. Pudieron ser gringos que con cierta frecuencia hacen prospecciones mineras en el desierto, o chilenos que lo escribieron en inglés para despistar y desentenderse del tema. Lo que sí es claro es que quien encontró este esqueleto humano en plena pampa pensó que se trataba de un detenido desaparecido: por eso la entrega del sobre sin remitente en el aeropuerto antes de subirse a un avión, y por eso también la mención en el mismo sobre para que esta información fuera remitida al Arzobispado de Antofagasta.

La abogado Alicia Vidal se hizo cargo del tema, y al día siguiente, el 27 de enero de 1999, se abrió un proceso en el Tercer Juzgado del Crimen de Antofagasta. ¿Probable delito?: “Inhumación ilegal del detenido desaparecido José Riquelme”. Hasta ese momento, los actores de la película estaban bastante confundidos. De partida, confundían al detenido-desaparecido José Riquelme, que figura como tal en el Informe Rettig, con Julio Riquelme Ramírez. Es más: nadie de los que estaba participando del hallazgo en el desierto sabía prácticamente nada de este empleado de banco de 58 años de edad que viajó en tren al norte en febrero de 1956, de la maleta de cocaví que apareció solitaria en un vagón de tercera, y de la denuncia por presunta desgracia que presentó en Iquique Celinda Chávez, esposa de Riquelme Ramírez pero separada de él hacía veinte años.

En los días posteriores a la desaparición de Julio Riquelme Ramírez, la única nota de prensa publicada sobre el caso fue la del diario iquiqueño «El Tarapacá», el domingo 12 de febrero de 1956, una semana después de la fallida espera en la estación de trenes. Bajo el título “Un pasajero desapareció en forma misteriosa desde el Tren Longitudinal”, la crónica, junto con señalar a Pueblo Hundido como la última estación del norte en que le habían visto, aventuraba la antojadiza hipótesis de que Riquelme “habría sufrido un trastorno mental que le impidió regresar al tren”.

Pueblo Hundido, visto desde el tren Longino, marca según Andrés Sabella en su libro «Norte Grande» la frontera que separa al resto de Chile de la pampa: “Pueblo Hundido es eso: un pueblo metido en la amarillez del desierto. Las calles están desiertas y parece que el abandono es el verdadero dueño de todas las casas. Los cerros pelados de la costa se ven a dos trancos de la línea férrea, y adormecen sus letreros algunos hoteles. Unas mujeres gordazas, envueltas en seda chillona, mostrando senos que son un escándalo de carnes, suelen venir al paso del tren”. Lo peor, según Sabella, viejo conocedor del norte chileno, viene después, cuando el tren arranca de Pueblo Hundido rumbo a Iquique, que es cuando dijeron en «El Tarapacá» que habían dejado de ver a Riquelme Ramírez: “Cuando el Longino se desprende de la estación y se mete pampa adentro, el corazón empieza a llenarse de piedras, de perspectivas lúgubres”.

La “prolija búsqueda” de Julio Riquelme Ramírez referida por «El Tarapacá» duró sólo algunos meses, con suerte, y nunca se sabrá si fue prolija o no. En los tribunales de justicia del norte no existe ninguna carpeta que hable de este caso en esos años, puesto que un incendio referido por funcionarios de Investigaciones, incendio que ni ellos ni nadie precisan cuándo ocurrió, acabó con varios miles de expedientes en Iquique. Ese incendio sería la razón de que se hayan hecho cenizas o humo los documentos que pudieran certificar qué se hizo y qué no se hizo por encontrar a Julio Riquelme Ramírez.

Su desaparición, en todo caso, no fue tema nacional en esos días. Había otros perdidos: un avión pequeño cerca de Vallenar, al que los diarios le dedicaban unas pocas líneas; un perro negro alemán llamado Candilejas, extraviado en calle San Antonio con Merced, y reclamado por la revista «Vea» para que lo devolvieran a sus dueños; y el tesorero del sindicato industrial de la oficina salitrera San Enrique, un tal René Vivar Vivar que le hacía harto honor a su apellido: se había fugado con 96 mil pesos, abandonando de paso a su mujer y a sus siete hijos. El caso del tesorero Vivar era para hacer llorar al más fuerte: según el relato de «El Tarapacá», la esposa se había visto obligada a regalar a su bebé de sólo un mes porque no tenía cómo mantenerlo.

De Julio Riquelme Ramírez ninguna noticia: el hombre se perdía solo y en silencio. El Banco del Estado no sabe si en esa época hizo algo para conocer el paradero de este empleado suyo, auxiliar del Departamento Agrícola durante veinte años, y que hacía poco, en junio de 1955, había firmado un contrato como portero, documento que guardaba celosamente consigo y que fue encontrado casi medio siglo después dentro de su billetera, resquebrajado por el sol y por el tiempo.

EL MIERCOLES 3 DE FEBRERO de 1999, el subcomisario Walter Rehren salió a las ocho de la mañana del edificio de la Policía de Investigaciones de Antofagasta rumbo al desierto. Iba en una camioneta todo terreno, y en la parte de atrás del vehículo llevaba motos areneras para hacer los tramos más difíciles. Lo acompañaban el comisario Roberto Yáñez y el inspector Jorge Ruiz. En otro jeep iban el subcomisario Ricardo Bevilacqua, el inspector Claudio Salas y el geólogo Jorge Valenzuela, que había prestado un instrumento de orientación satelital (GPS) para dar con las coordenadas exactas y no perderse en la pampa. La orden del juez Jorge Cortés Monroy era clara: localizar el esqueleto humano mencionado en el sobre, y mandarlo a buscar de inmediato para constituirse en el lugar.

El día anterior, el martes 2 de febrero, detectives de Iquique habían interrogado por primera vez al único hijo vivo de Julio Riquelme Ramírez que entonces figuraba en las computadoras: Ernesto Riquelme Chávez, 63 años, jubilado, casado con Haydée Barrios, dos hijos, cobrador en las mañanas de Calzados Royle, defensa central vigente y de los duros en la liga de viejos cracks defendiendo la camiseta amarilla número 3 del equipo “Contadores”. De vuelta a casa después de una semana de vacaciones en Arica, invitado por su hija Patricia, Ernesto Riquelme Chávez se haía encontrado al llegar con una citación para ir a declarar a Investigaciones, doblada y dejada en el marco de la puerta de su departamento, en el barrio La Puntilla. No pudo dormir en toda la noche. Escuchó el ruido del mar más fuerte que nunca y no dejó de pensar en qué lío se había metido sin saberlo:

—Llamé temprano esa mañana por teléfono, y el detective que me atiende me dice que me quede tranquilo, que necesitan hablar conmigo por algo de mi padre…. Me vino un remezón fuerte… Imagínese… Yo no sabía nada, estaba desconectado de las noticias, no sabía que habían encontrado algo. A las once de la mañana me presenté en Investigaciones.

Un funcionario empezó a preguntarle si su padre había estado metido en política, si había sido dirigente de algún partido, si acaso era detenido-desaparecido después del golpe militar de 1973:

—Yo ahí lo interrumpí, le dije que nada que ver, y le conté la historia. Mi papá se había separado de mi mamá el año 36, y yo recién nacido me había venido con ella a Iquique desde Chillán. Después, cuando yo tenía 17 años, fui de vacaciones con mi hermano Rolando a Chillán para conocer a mi papá, y al final me quedé allá tres años. Le conté todo: que el año 55 me volví a Iquique, y que al año siguiente, el 56, mi papá se puso de acuerdo con mi hermano Rolando para venir al bautizo de uno de sus nietos, que es sobrino mío, y que se llama igual que mi papá: Julio Riquelme. Mi papá tomó el tren, viajó acá al norte en un vagón de tercera clase, pero en la estación sólo apareció la maleta del cocaví. Nunca más supimos del él. Eso fue lo que conté. Dije también que algunos pasajeros dijeron que se había bajado en Los Vientos y que había hecho amistad con otras personas arriba del tren, pero nada más: la gente sólo recordó cosas vagas. Nadie supo dar información precisa.

El testimonio de Ernesto Riquelme Chávez esa mañana ayudó a colocar las primeras piezas del puzzle judicial, pero no arrojó mayores luces sobre un rompecabezas que difícilmente podrá completarse algún día. El Tercer Juzgado del Crimen de Antofagasta sabía ahora a ciencia cierta algo que los familiares de Julio Riquelme Ramírez siempre supieron, y que no es ninguna novedad en esta historia: que él no era un detenido-desaparecido. Para confirmarlo legalmente, bastaban el relato del hijo y los billetes y documentos encontrados en el desierto, todos anteriores a 1960. El resto de la historia seguía siendo un misterio. ¿Por qué este pasajero se bajó en la estación Los Vientos? ¿O lo bajaron a la fuerza? ¿Qué significaban esas amistades mencionadas por otros pasajeros del tren? ¿Pasaba el tren por la estación Los Vientos de día o de noche? ¿Era posible perder el tren en medio del desierto, sin nada más que hacer y que ver en varios kilómetros a la redonda?

El detective Walter Rehren se hacía estas mismas preguntas, mientra su camioneta y el jeep con GPS saltaban y serpenteaban en medio de la pampa, sorteando zanjas y peñascos, para llegar a destino y cumplir la orden del juez:

—Antes de que llegáramos al esqueleto se pudo haber presumido que le robaron y lo mataron, pero igual era poco probable porque tenía todo: el anillo con sus iniciales, dinero, la pluma parker, el reloj Urbina… Siempre me acuerdo del reloj Urbina; eran famosos los relojes Urbina en esos años. Yo me pregunto: ¿por qué no siguió la línea del tren?, ¿qué lo llevó a meterse en el desierto sin ninguna referencia de nada, sólo piedras, tierra, cerros? A lo mejor se desesperó por tratar de llegar a tiempo al compromiso que tenía con su hijo porque no quería defraudarlo.

Diecisiete kilómetros y medio de distancia desde la abandonada estación Los Vientos marcaba el GPS del geólogo Valenzuela cuando la camioneta, el jeep y las motos areneras detuvieron su marcha: a treinta metros del punto exacto indicado por las coordenadas escritas en el sobre había una cruz hecha de piedras gordas en el suelo, y junto a ella, en la misma orientación de la cruz, un esqueleto humano, blanco-blanco, calcinado por el sol, acostado íntegro sobre la tierra en la misma posición en que lo habían encontrado los gringos, calzando zapatos, con restos de ropa a su lado y con un detalle para mencionar: el zapato derecho sujetaba un sombrero, lo había afirmado durante 43 años, para que no se lo llevara el viento.

LE AVISARON CORRIENDO AL JUEZ. Jorge Cortés Monroy llegó al lugar a las dos y media de la tarde. Era verdad. Ahí estaban los restos. Julio Riquelme Ramírez no había desaparecido de la faz de la tierra, como creyeron algunos en su familia. Porque esos fueron los primeros pensamientos: que le habían bajado los monos y se había ido a Bolivia, que había cambiado de idea arriba del tren porque no quería saber más de sus hijos, que lo habían matado cerca de la estación y lo habían enterrado bien enterrado para que nadie supiera jamás. Cuentos. Puros cuentos. Fantasías que ni siquiera servían ahora para tratar de explicar por qué se bajó en Los Vientos, o por qué se cayó del tren, como cree su hijo Ernesto:

—Yo le he dado varias vueltas, y de repente pienso que él se cayó del tren. Para mí que se cayó, que quedó medio aturdido, y que esto debe haber sido de noche. Cuando se paró no encontró a nadie, caminó un poco para buscar donde guarecerse, y ya al otro día se le perdió la imagen de todo. Subió un cerro, cayó a algún vacío, y empezó a dar vueltas sin saber dónde estaba porque en la pampa es muy difícil ubicarse, hay mucha gente que se ha perdido en la pampa y que no aparece jamás.
—¿Los empampados?
—Claro, los empampados. Eso es terrible. Yo lo he experimentado. Ahí donde se perdió mi papá es solitario total. Imagínese que mi papá estaba íntegro: no había buitres ni lagartos ni nada. El estaba íntegro, con su ropa, y por supuesto con el tiempo encima, los 43 años que estuvo ahí, botado… Había algodón, trozos de género de su camisa y de sus calzoncillos largos, un botón del pantalón, pedazos de su abrigo, y lo que me contaron es que cuando fue el juez y lo examinaron, cuando lo levantaron se voló todo lo que era carne porque estaba hecho polvo. Por eso quedaron los huesitos blancos.

Lo que no se voló estaba ahí, rígido sobre la tierra, y lo estaban examinando los detectives junto al juez Cortés Monroy: Julio Riquelme Ramírez se había perdido 43 años, acostado en el desierto a pleno sol y a plena luna, sin que nadie advirtiera su presencia. Esa es, más nítida imposible, la soledad de la pampa.

DESPUES DE REVISARLO durante tres horas, el juez ordenó que leventaran los restos de Riquelme, los guardaran en las clásicas bolsas negras con que trabaja la Brigada de Homicidios y los llevaran en camioneta al Servicio Médico Legal de Antofagasta para hacerle exámenes más especializados. A Walter Rehren le llamaron la atención los zapatos:

—No eran zapatos cualquiera. Eran zapatos de ocasión, para ir al bautizo. Azules con verde, elegantes, como de gamuza. ¿Qué hacía aquí, a casi veinte kilómetros de Los Vientos, un hombre con esos zapatos? No sé: a lo mejor se bajó del tren a hacer sus necesidades, a estirar las piernas. A lo mejor se había tomado sus tragos y tal vez se cayó. Y la estación tampoco quedaba a seiscientos metros de la carretera, como ahora. Entonces no había nada de nada. Quizás alguien lo vio perdido y le dijo que el camino más cercano era el de Paposo, en la misma dirección en que se perdió, hacia la costa, pero nadie le explicó que había entremedio como cincuenta kilómetros de puro desierto, sin ningún rastro humano: sol todo el día, mucho viento, y en la noche un frío tremendo. Aquí donde apareció Riquelme no llegan ni los jotes, ¿sabe por qué? Porque el esqueleto estaba íntegro, perfectamente armado, y cuando hay algún tipo de depredador los huesos quedan desparramados.

A Ernesto Riquelme le habían dicho que lo iban a mandar a llamar de Antofagasta, pero no aguantó más la espera, dice que le entró la “urticaria” y llamó por teléfono para acelerar los hechos. Habló con el detective Rehren, y fue citado para el día siguiente, el viernes 5 de febrero, a las ocho de la mañana. Agarró su mochila, viajó en bus a Antofagasta toda la noche y a la hora señalada estaba en la puerta de Investigaciones listo para entenderse con Rehren.

Lo que hubo ese día fueron diligencias y más diligencias, siempre acompañado de detectives. Primero una declaración en el Tercer Juzgado del Crimen en la que reiteraba la historia del viaje en tren a Iquique desde Chillán, y donde luego reconocía las pertenencias con todo detalle: “En cuanto a las llaves, las más chicas corresponden a los cajones de su escritorio, y la que está oxidada es la de la caja de fondos que tenía en su lugar de trabajo”.

Después Ernesto Riquelme fue a la morgue, y allí le sacaron sangre para poder hacer el examen de ADN en Santiago. Luego volvió al juzgado, para pedir formalmente que le devolvieran las pertenencias de su padre y también los restos de Julio Riquelme Ramírez.

No hubo problemas con los objetos: le entregaron todas sus cosas, hasta una peineta rosada de plástico, menos el carnet de identidad, por un asunto legal. Le dijeron que para poder entregarle los restos había que esperar los exámenes de ADN y el peritaje de los médicos legistas. Ernesto Riquelme no quiso ese día ver los restos de su padre:

—¿Para qué? Lo había visto en las fotos de los diarios. ¿Para ver otra vez lo mismo?

Tampoco quiso ir al desierto, al lugar del hallazgo.

ERNESTO RIQUELME volvió esa misma noche a Iquique, en bus, y ya nada fue como antes. No había necesitado ver los restos de su padre en una bolsa ni ir de nuevo a la pampa para empezar a entender la historia de Julio Riquelme Ramírez y la suya propia como la historia de un gran desencuentro, real, humano y con un final concreto, demasiado concreto tal vez, lejos de la ciencia ficción.

La historia aquí contada, como piensa el propio Ernesto Riquelme, no tiene nada que ver con cosas raras, con ovnis, con sujetos que aparecen y desaparecen y después salen en la televisión. “Pero esta historia hay que cerrarla”, dice. Por eso el hijo espera para los próximos días el dictamen del juez que ordene entregarle los restos del padre. Será el momento de reunir a la familia, de traer a la media hermana de Santiago, de juntar a los más de veinte nietos y entre todos despedir a Julio Riquelme Ramírez en Iquique: con vista al mar, lejos de Los Vientos, en un funeral distinto, donde será legítimo botar lágrimas guardadas en las entrañas, y donde sobre todo se castigará el olvido y se le rendirá un homenaje a la memoria.