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Catalina Carranza se esperanzó con los truenos de la tarde. Aquel viernes amaneció lloviendo cernido y empeoró a partir del mediodía. Por eso la aliviaron los truenos, porque Catalina –morena, seca, 42 años, vestido morado– creía que era la señal de que el aguacero terminaría pronto. Había aprendido a medir de esa manera, como muchos en el área rural, el final de las tormentas.

En el transcurso de la mañana oyó en la radio que las lluvias incrementarían. Un huracán en el mar Caribe al que habían bautizado seis días atrás con el nombre de Mitch se estaba ensañando ya con Honduras y Nicaragua en su lenta, lentísima aproximación a Centroamérica.

“Dicen que viene tormenta”, comentó Catalina a Mariano Ramos, su compañero de vida. Él decidió ir a tapiscar al cerro El Panecito, donde tenía sus milpas la mayoría de los vecinos del cantón Chilanguera, en el municipio migueleño de Chirilagua. Mariano había cultivado dos manzanas y tenía por costumbre recoger las mazorcas al no más comenzar noviembre. El plan original era subir el domingo, víspera de difuntos, pero como la radio daba malos augurios, se adelantó por temor a que se malograra la cosecha. Partió temprano, con su hijo.

Regresaron pasadas las 10 de la mañana y encontraron a Catalina preparándoles comida. Colocaron los sacos en una esquina, y comentaron sobre la lluvia y sobre el cielo triste y gris. Ella notó preocupado a Mariano, pero le pareció que exageraba. En la tarde fue cuando oyó los esperanzadores truenos y, pese a la radio y a la preocupación de Mariano, creyó que el cantón saldría bien librado del azote de eso que llamaban Mitch.

—Que se haga la voluntad de Dios, si nada va a pasar –dijo.

Se equivocó.

***

El 8 de octubre de 1998 se formó frente a las costas occidentales de África la baja presión que protagoniza este relato. Dos semanas tardó en atravesar el océano Atlántico y en adentrarse en el mar Caribe, donde el Centro Nacional de Huracanes –de Miami– la bautizó con el nombre de Mitch cuando el 22 de octubre en la tarde alcanzó la categoría de tormenta tropical.

El 26 de octubre, ya como un potencialmente catastrófico huracán categoría 4 y situado a menos de 200 kilómetros de Honduras, la imagen de Mitch apareció en el único y viejo receptor de fotos satelitales del Servicio Meteorológico Nacional, la entidad que trataba de realizar el trabajo que hoy hace el SNET. Era un gigantesco disco de gruesas nubes blancas que giraba en sentido contrario a las agujas del reloj y con un perfecto agujero en el centro de unos 25 kilómetros de diámetro. En la tarde, tras horas de discusión, Mauricio Ferrer, director del Comité de Emergencia Nacional (COEN), decretó una tímida alerta verde –preventiva– para todo el país.

Al día siguiente, a las 4:48 de la tarde, una oficina estadounidense de estudios meteorológicos manejaba cuatro posibles rutas para Mitch. En una se estrellaba contra Honduras; en las otras tres, bordeaba este país y tocaba tierra en Belice. Meredith Davenport, la jefa regional de fotografía de la Agencia France Presse (AFP) para Centroamérica, creyó que lo más sabio era moverse a Belice.

En El Salvador lucía el sol.

A media semana, se oyó el susurro de una posible desviación hacia el sur, pero fue desestimado. Moisés Urbina, el “hombre del tiempo” de Telecorporación Salvadoreña, hizo llamadas telefónicas al ministro del Interior, el cafetalero Mario Acosta Oertel, y al propio Ferrer.

—Viene un frente frío desde Estados Unidos. ¿Es probable que Mitch entre a El Salvador? –preguntó Urbina a Ferrer en una de esas llamadas.

—Probable, pero mire, Moisés, no sea tan alarmista, hombre. Ya va a ver que no va a pasar nada.

Ajena a estas pláticas, Davenport se desplazó a Belice, y fue estando allí cuando se enteró de lo errado de los pronósticos. Desilusionada por la apuesta errada, viajó a El Salvador, donde de nuevo le fallaría el instinto y se quedaría como espectadora de segunda fila.

Juan Sánchez buscó a su vecino Arístides justo cuando volvió a arreciar ese viernes. Eran pasadas las 8 de la noche, noche cerrada ya, y la calle principal todavía era transitable, aunque por las pequeñas quebradas que atraviesan el cantón bajaba abundante agua. Juan quiso convencer a su amigo de que salieran del centro del valle lo más pronto posible porque de un momento a otro el río Chilanguera se iba a desbordar. Arístides dijo que estaba ocupado. Se lo mandó a decir a través de su hija.

—Dice mi papá que estás loco, Juan –dijo la pequeña Gilma.

Juan y su familia trataron de persuadirlo, sin éxito. Esa fue la última vez que se supo de Gilma.

Raquel Alfaro, una vecina que había escuchado la conversación, se la comentó a Alfredo, su esposo. Él también desconfiaba, y quería salir hacia un lugar elevado. Diluviaba.

—Yo te diría que mejor salgamos para lo alto –insistió Alfredo a su esposa.

—No’mbre, vas a ver que se quita.

El caos llegó como a las 11. Ni Raquel ni Alfredo ni el hijo mayor dormían. No podían. Un amigo de la familia, uno que había perdido el habla unos años atrás, llegó desesperadamente a tocar la puerta. Cuando le abrieron, contó con señas que acababa de perder su casa, que el río –a apenas unos 50 metros de distancia– estaba creciendo rápidamente y que había que huir.

En cuestión de minutos, el río se salió de su caudal, inundó la calle principal y comenzó a meterse en las casas. Raquel y Alfredo sabían que la inundación era inminente, pero todavía pensaron en los electrodomésticos: subieron la refrigeradora y la televisión sobre la mesa del comedor, metieron objetos de valor en unas bolsas que llevaron consigo y solo entonces treparon al camión de volteo de su propiedad al que, como por instinto, le habían colocado una lona sobre la cama. Salieron rumbo a la parte occidental de la comunidad, ahí donde estaban plantadas varias manzanas de henequén. No había otra ruta de escape, todo estaba inundado por la alocada corriente.

Recorrieron casi 200 metros hasta atascarse mientras intentaban sobrepasar una bóveda que hacía la vez de puente sobre una pequeña quebrada. El vehículo no podía avanzar: el agua de la quebrada rebalsaba y estaba inundando la escuela contigua. Alfredo retrocedió el camión y lo colocó en la parte más alta de la extensión de tierra que le rodeaba. El nivel subía y subía.

Pero mientras unos intentaban subir desde las zonas más bajas, hubo otros, residentes en zonas altas, que desafiaron las crecidas caminando hacia la hondonada. Uno de ellos fue Javier Ortiz, un padre de familia treintañero que optó por salir en busca de resguardo para su esposa, Johny, y su hijo, creyendo que su casa se inundaría. Recorrió junto a su hermano la parte honda del valle atravesando parcelas hasta alcanzar la casa de su madrina, con la que había estado unas horas antes. La lluvia era espesa como niebla y apenas se podía distinguir algo a lo lejos. Cuando llegó, preguntó si todo estaba bien y si había espacio para su familia. Obtuvo un sí, pero, cuando intentó regresar, el camino se había convertido en un furioso torrente, paralelo al río Chilanguera.

En la vivienda, Johny y el pequeño de cinco años comenzaron a mojarse los pies, los tobillos, las rodillas, la cintura… Salieron de la casa y se toparon con el oportuno camión de Alfredo, ese que sin querer fue lo más parecido a un arca de Noé, pues esa noche salvó a casi 40 personas que no tuvieron tiempo de huir hacia la altura. El camión se tambaleó toda la noche, y solo su peso unido al de su carga humana impidió que fuera arrastrado. Hubo llantos y lamentos hasta el amanecer. Casi una veintena de niños lloraron amargamente y las exclamaciones adultas no dejaron de implorar misericordia divina. Afuera, el río de lodo y escombros hizo desaparecer la calle principal del cantón.

Delmy Márquez –piel clara, pelo oscuro y colocho, 41 años– había ido hasta San Miguel a pasar consulta la mañana de aquel viernes. Ella también pudo ver el camión desde su casa. Lo vio de lejos, pasada la medianoche, cuando otro vehículo que arrastraba la correntada lo iluminó con los faros que irremediablemente se apagaron. Ella ardía en fiebre. Su plan era regresar al hospital al día siguiente y devolver la toalla que le prestaron al bajar del bus para que no se mojara tanto en el camino a la casa. Nada de eso pudo hacer.

Minutos antes dormía dentro de la casa de bahareque junto a su esposo, Vidal, y seis de sus ocho hijos. Anaíle, la tercera de más edad, descansaba en una hamaca con su hija de 13 meses en brazos. Bajó un pie para mecerse y sintió en sus dedos y una parte de la planta algo parecido a una quemada. Era agua fría.

—Mama, se metió el agua –susurró Anaíle.

—Mmmm, de la reguera es –respondió Delmy.

Como muchos aquella noche, Delmy creyó que el agua que entraba era del canal que conduce las aguas lluvias a una pequeña quebrada en lo bajo, pero no.

Los hijos más pequeños se subieron a una mesa, menos Emmanuel, de 11 años, a quien el padre le extendió una linterna para que estuviera iluminándolo mientras amarraba un lazo al techo. Emmanuel, pelo oscuro y corto, se había enrollado el pantalón café hasta las rodillas. “Para no mojarme”, había dicho, y hasta ese momento, que estaba iluminando a su padre, se mantenía seco.

El nivel comenzó a subir y hubo que nadar, algo a lo que pocos estaban acostumbrados en esa pequeña meseta del oriente del país. Como pudo, Delmy flotó mientras los otros cuatro niños seguían aferrados a una mesa que no tardó en volcarse por la correntada.

—Soltá la lámpara, Emmanuel, para que nadés bien –sugirió Delmy.

—¡¿Aaaaahhh?! –alcanzó a exclamar el niño.

Lo único que de él se vio fue la linterna, iluminando erráticamente, mientras era arrastrado hacia la muerte. El agua comenzó a fugarse por algún punto, y los niños fueron succionados. La última en salir escupida de la vivienda fue la propia Delmy. Afuera, cuando intentaba pararse, volvió a caer. Eran tumbos y tumbos, bajo una lluvia recia, insistente, pesada. Se sujetó a unas ramas de nance que pendían y que se habían doblado. Con fuerza, comenzó a subir al árbol hasta que una mano la sujetó de una de las pantorrillas. Eran su hija Anaíle con su nieta en brazos, quienes también habían logrado avanzar hasta el árbol. Rápidamente, Delmy sujetó a la bebé, mientras Anaíle se quedó nadando.

—¡Cuidadito y me suelta a la niña, cuidadito y me suelta a la niña! –repetía la joven.

De cuando en cuando, Anaíle sacaba la cabeza para respirar. Pasó buena parte del tiempo sumergida, y cuando salía era para vigilar si su hija estaba aún en manos de la abuela. El nance continuó doblándose y lesionó a Delmy, que quedó atrapada entre gruesas ramas. Ahí, viendo emerger por ratos a la única hija que en ese momento creía viva, quiso quitarse la vida.

—Yo me voy a aventar, comadre, nada me quedó –gritó Delmy en más de una ocasión a su vecina Abilia.

—Nooo, Delmy, allá le quedaron su esposo y dos hijas. Allá arriba están.

Emmanuel, el pequeño de la linterna, falleció, al igual que dos hermanos mellizos, ambos de ocho años. Días después, cuando encontraron los cadáveres, ya con algún grado de descomposición, los colocaron en uno de los 25 ataúdes facilitados por el Ejército. El de Ezequiel, uno de los mellizos, era blanco y a través de una ventanita de vidrio se veía una nariz sangrante, unos ojos hinchados y un letrero blanco que decía “11”.

***

—Que se haga la voluntad de Dios, si nada va a pasar.

Esas habían sido las palabras de Catalina a Mariano justo después de que él regresó de observar la crecida del río. No le gustaba hacerlo porque meses antes otra gente había muerto al acercarse a la orilla. Esa noche, pese a todo, le pareció que había que estar vigilante. Por eso no había pegado ojo. Catalina tampoco. Ella desistía de la idea de pasar el aguacero en otro lugar que no fuera su casa de bahareque. No la quería perder.

—¿Y para dónde nos vamos a ir Mariano, si no hay a dónde? –neceaba Catalina, confiada en que no iba a ocurrir nada serio.

Cuando se comenzó a inundar la vivienda, como a las 11:30, ambos por fin se pasaron a la casa de una vecina, que al poco rato también comenzó a inundarse. Desde ahí vieron cómo un gran árbol aplastó el que había sido su hogar por años. Estuvieron en esta otra casa hasta las 2 de la mañana, cuando el hijo de ambos, José Mauricio, comenzó a pasar gente a otro lugar más seguro. Cuando quiso volver por sus padres, ya no pudo regresar. Se formó una caudalosa correntada de por medio.

—Vení, pasemos –se apresuró Mariano.

—¿Y cómo? –preguntó Catalina.

—Vení, te voy a pasar.

Mariano subió a Catalina en sus hombros. Salió y, con el agua hasta la cintura, intentó pasar al otro lado, donde los esperaba su hijo. Logró dar unos pasos, pero se vino una crecida que lo alejó. Mariano intentó mantener el equilibrio; se vio forzado a caminar para no ser arrastrado, pero a la vez debió empujar contracorriente para cruzar el torrente. Catalina, muda del miedo, recibió de Mariano un último consejo:

—Si ves un palo grande, te agarrás y no te vayás a soltar.

Mariano siguió haciendo fuerzas hasta que un algo, un tronco o una rama, lo hizo tropezar. Su cuerpo salió hacia adelante. Catalina cayó, y se separaron en diferentes direcciones. Él encontró otro pequeño tronco que permanecía firme en el suelo y se agarró con fuerza. Ella no logró toparse con nada que evitara no ser arrastrada.

Mariano no la volvió a ver hasta 24 días después.

***

Marta Díaz tenía 21 años y dos hijos; el mayor, de cinco. Perdió a ambos, y su llanto quedó registrado para siempre en una fotografía tomada el 1.º de noviembre en la mañana, víspera de difuntos. “De Chilanguera, simplemente, no queda nada”, “Desapareció de un plumazo”, dijeron los mismos diarios que habían ignorado, casi por completo, la amenaza que suponía el Mitch. Aquel sábado 31 de octubre, por ejemplo, El Diario de Hoy abría con una entrega en la que se informaba que el fármaco Viagra iba a poder comercializarse. El domingo la revista Enfoques de La Prensa Gráfica abrió con lo que podría interpretarse como una insultante ironía: con más de 200 muertos por inundaciones sobre la mesa, el titular rezaba “Salvadoreños sedientos”. Se trataba de un reportaje sobre la escasez de agua potable en el interior del país.

Aminta Mercado –promotora de salud, cara redonda, piel clara, delgada– sobrevivió a esa noche junto a sus tres hijos y a su padre. A la hora de la embestida, prohibió abrir la puerta o salir. Rogó a Dios para que las paredes de adobe resistieran y para que el agua no les pasara del cuello, nivel al que llegó tres veces entre las 11 de la noche y las 3 de la mañana.

Al amanecer de aquel sábado 31 de octubre, participó en la recuperación de cadáveres. Por su cargo, conocía las señas particulares de muchos de los vecinos. Cuando se dio cuenta de la magnitud de la calamidad, decidió salir del valle a buscar ayuda. Un primo se ofreció a llevarla a la Gobernación de San Miguel.

***

Primero fueron los zompopos, y luego las lluvias torrenciales de aquel viernes los que terminaron de convencer a Carmen Lizama, de 86 años.

—Este invierno no va a parar todavía, hay mucho zompopo.

—Hoy me voy a bañar, abuela –ironizó su nieto, Wilmer Lizama.

Ambos vivían en San Miguel. Él trabajaba desde hacía un año como corresponsal para La Prensa Gráfica.

—Sí, está bueno, no vaya a ser que te caiga mal el agua de lluvia.

—No, abuela, con la lluvia que está cayendo me va a tocar bañarme hoy.

Eran las 8 de la mañana de aquel sábado 31 de octubre. Degradado a depresión tropical, Mitch seguía generando aguaceros en todo el país. Las cifras oficiales aún no consolidaban nada, pero parecía claro que la franja costera de la zona oriental era la que había recibido el mayor castigo.

En el edificio de la Gobernación migueleña Lizama encontró un salón donde estaban reunidos algunos miembros del Comité de Emergencia Departamental, bajo la supervisión del gobernador Mario Bettaglio, de 70 años. Allí recibían la información que llegaba por radiotransmisores desde distintos puntos. En Chilanguera, soldados y policías que durante la inundación habían tenido que subirse al techo de una casa dieron la primera voz de alarma, pero no era muy explícita.

—Fíjese que parece que hay problemas en Chilanguera, averígüeme –susurró un soldado a Lizama.

Nadie confirmó. La secretaria de Bettaglio solo brindó detalles de un derrumbe a la altura de El Capulín, lo que dificultaba ir desde San Miguel a la costa. En esos desprendimientos, dos ambulancias de la Cruz Roja quedaron atrapadas cuando se dirigían al cantón El Cuco, también en Chirilagua, y el lugar que las instituciones de auxilio creían como el más afectado. Chilanguera debió esperar.

—Púchica, don Wilmer, lo veo sin frío, como si nada. Ya le voy a mandar a comprar un sorbete. Y a usted lo voy a mandar a Chirilagua –bromeó Bettaglio.

—Ah, si es por ir a ver los derrumbes, entonces sí –respondió, tratando de averiguar más.

Al rato, al salón contiguo entró la voz angustiada de una mujer. Era Aminta Mercado, la promotora, quien contó lo que había vivido la noche anterior. Lizama la escuchó y le acercó su grabadora. Al día siguiente, domingo, un periódico citó por primera vez lo ocurrido. La información era precaria, y salió con error incluido. En uno de sus párrafos el cantón era rebautizado como Chinandega, nombre del departamento nicaragüense donde también conocieron la furia de Mitch.

Al terminar el informe, Aminta abordó nuevamente el pick up de su primo. Esta vez iban acompañados por el primer equipo de periodistas que se desplazó a la zona cero. Los rescates de cadáveres –más de 50, dijo Aminta en ese primer balance– la seguían esperando.

Lizama y otros tres periodistas iban en el pick up. Era casi mediodía y el cantón parecía una playa de arena oscura entre montañas, de la que esporádicamente aparecían las puntas de los tejados o las llantas de algún vehículo. Lo que había, por montones, eran rostros angustiosos que no dejaban de mirar el suelo o llorar por los cadáveres rescatados.

—No te preocupés, mamita, al menos te pusiste tu vestido de 15 años. Chula te ves –decía una anciana mientras consolaba el rostro y el largo cabello de una jovencita fallecida.

Por la tarde, hubo fotografías y relatos similares, pero a Lizama le urgía regresar a San Miguel para reportar lo ocurrido. Llegó entrada la noche, a bordo de un taxi que había tomado al bajar de un camión militar. Fue a su casa, reportó, se cambió, cenó y regresó a la Gobernación. Ahí se encontró con Edgar Romero, el fotógrafo ayudante de AFP. Aquel mismo sábado había viajado desde San Salvador, con la información de que en oriente había ocurrido algo. Su jefe en el país había sido movido a Honduras.

Edgar Romero –flaco, alto, cabello oscuro– llegó a San Miguel junto a Álvaro López, fotoperiodista de El Diario de Hoy, y otro colega del periódico Más!. Seguía lloviendo. Ya ahí, les informaron que un punto caliente era Chilanguera. Los tres salieron con ese rumbo, pero se toparon con el puente del río Grande inundado, lo que los obligó a regresar a la Gobernación. Siguieron un camión militar que iba para la zona del desastre, y cerca de las 10 de la noche estaban al pie de la ermita católica donde se amontonaban cadáveres y velas.

Edgar Romero tomó unas cuantas fotografías. Su flash acompañó la plegaria que con su rostro compungido elevaba Vidal, el esposo de Delmy, por la muerte de tres de sus ocho hijos. Con una mano tapaba su cara y con la otra tocaba la sien del mellizo Ezequiel. Pedía fuerzas. Delmy, mientras tanto, estaba en San Miguel, sanando de las heridas causadas por el árbol de nance al que se asió. Su nieta también sobrevivió.

El domingo a las 6 de la mañana el trío de fotoperiodistas salió a buscar más imágenes.

—Al principio no mirábamos mayores muertos, no nos imaginábamos lo peor. Pero luego comenzamos a ver que la gente escarbaba y escarbaba, y encontraba sus muertos –dirá Edgar Romero, casi una década después.

Esa mañana perdió la oportunidad de tomar, acaso, una de las fotos más desgarradoras de su carrera. Eran casi las 10 de la mañana. Él se había adelantado a sus colegas en busca de un cuadro en el que un vecino escarbaba donde había sido su hogar. Álvaro López y el fotógrafo del Más! estaban esperando a que finalizara su sesión. En eso apareció Jorge Pineda, un hombre alto, delgado, moreno y de un bigote escaso. Iba presuroso, con preocupación en el rostro. Cargaba en sus brazos a Moisés Alexander, de cinco años, el hijo mayor de Marta Díaz. Llovía mucho, pero importaba poco. Marta gritó de forma desgarradora al ver el cuerpecito inflado. Su esposo, Roberto Marroquín, trataba de controlarla con un abrazo.

El momento lo captó Álvaro López con su cámara. La imagen recorrió el mundo gracias a que National Geographic y la Cruz Roja la compraron. Pero detrás de esa trágica imagen hay una historia igual o más trágica que hoy, una década después, ve la luz.

Aquel viernes en la tarde, con la tragedia en ciernes, Marta había ido a curar de empacho y mal de ojo a Moisés Alexander, quien llevaba tres días sin comer bien. Después de dos sobadas, la curandera del cantón invitó a Marta y a su familia a que se quedaran a dormir en su casa.

—Es que el niño no se puede mojar; si no, se les va a morir –argumentó la curandera.

Aceptaron. Roberto fue a la casa a recoger sábanas y colchas para proteger al niño y, cuando regresó, mostró sus ropas como prueba de que la quebrada que acababa de atravesar estaba crecida.

—Hace 10 años pasó lo mismo y lo que hice fue subirme en esa mesa, y no me mojé nadita –dijo la sobadora, como anticipándose a los temores.

Esta vez la mesa no sirvió de nada. Roberto amarró una hamaca al techo, sobre la que montó a Moisés Alexander y a su hermanito. Marta se quedó abajo, con la curandera, con el agua que les subía poco a poco hasta impedirles hacer pie. Un conacaste cayó sobre la casa, y la despedazó.

Los esposos se encontraron casi cinco horas después, ya cuando había claridad en el cielo. Sus hijos no habían aparecido, y por eso Marta comenzó a maldecir a Roberto. Creyó que por su culpa sus hijos habían muerto. Le gritó y lo insultó, y tardó en comprender que Mitch no se había ensañado solo con ella, sino con el cantón entero.

De sus dos descendientes, solo encontraron el cadáver de Moisés Alexander. Fue justamente Jorge Pineda, a quien el fotógrafo Álvaro López inmortalizó, quien lo halló. De José Efraín, que hoy tendría 11 años, nunca se supo nada.

***

La cobertura periodística prosiguió el domingo de lágrimas desde el aire, a bordo de helicópteros militares.

La Fuerza Armada no logró despegar ningún helicóptero aquel sábado. Pero al día siguiente, aprovechando un resquicio de cielo despejado, el comandante de la Primera Brigada Aérea, con base en Ilopango, ordenó el despegue de los helicópteros UH-1H, aunque solo tres pudieron hacerlo antes de que el cielo volviera a cerrarse. Amanecía.

Los helicópteros, donados por Estados Unidos para el conflicto armado, iban cargados con un piloto, un copiloto, un mecánico y un enfermero. Despegaron y agarraron dirección suroeste, hacia el río Lempa. Ahí tuvieron su primera misión: el rescate de familias atrapadas por las inundaciones en el Bajo Lempa, otro de los puntos críticos de la emergencia originada por Mitch en El Salvador, pero donde no hubo decesos debido a la aplicación de un novísimo –tenía dos semanas– sistema de alerta temprana que la Organización de Estados Americanos había financiado.

Los vuelos fueron rasantes, a no más de 60 metros de altura, por las condiciones meteorológicas, que complicaron las evacuaciones. Lluvia y viento. En el Bajo Lempa, el piloto José Guillermo Sosa, a cargo de la formación, se vio obligado a descender completamente y para discutir con los directivos locales, quienes demandaban a los soldados que les entregaran sus fusiles. No se los dieron. Diez años más tarde, Sosa dudará si es bueno publicarlo o no. Por la coyuntura política, dirá.

—Solo hemos venido a sacar a la gente, hay que sacarla ya. Viene la repunta –sentenció Sosa quien desde la nave había avistado las desmedidas –y judicializadas– descargas que se hicieron desde la represa 15 de Septiembre.

A los helicópteros se subía la gente y la llevaban a un descampado situado tres kilómetros arriba, un terreno lo suficientemente elevado. Fueron decenas las misiones de rescate, a ras de suelo, sin aterrizar, porque la tierra estaba inestable. Los primeros en subir fueron los niños y las mujeres que habían buscado los techos de sus casas.

Sosa recibió la orden de regresar a Ilopango, desde donde lo movieron a la zona occidental del país. Fue el piloto Luis Antonio Cubías el que se trasladó a San Miguel. Aterrizó en el cuartel de la Tercera Brigada de Infantería, donde recibió instrucciones precisas: volar a Chilanguera, entregar víveres y medicinas, y evacuar gente hacia los albergues habilitados en el casco urbano de Chirilagua y en San Miguel, adonde mucha gente había llegado en viajes por tierra. Fueron, de nuevo, decenas de rescates bajo una persistente lluvia y con la desesperación de la gente por montarse al aparato que se tambaleaba con cada embestida.

Como a las 5 de la tarde, Cubías fue informado de una nueva misión: trasladar a la zona del desastre a un grupo de periodistas llegado desde la capital. Entre esos comunicadores estaba Roberto Hugo Preza, de Canal 12, quien ese día había hecho su segundo intento para llegar a oriente. Cuando llegó casi 48 horas después de la inundación, era tal la gravedad del hecho que los 40 minutos que le dieron para reportear antes del regreso del helicóptero no alcanzaron. El periodista ni se dio cuenta cuando la nave partió. Lo único que pensaba era que la tragedia había sido grande y que estaba en el lugar indicado. Lo demás podía esperar.

Hugo Preza recuerda el suceso encarnándolo en un lugareño que lloró mientras explicaba a la cámara que debajo de donde estaban vivía su familia.

Nadie sabía la cantidad de muertos con precisión. Incluso pasados los meses, con informes de las autoridades, se cifró en alrededor de 140 los fallecidos en Chilanguera. Javier Ortiz corrige la cifra. Con la autoridad que le dio haber participado en la organización de la reconstrucción, dice que fueron 84 los fallecidos y seis los desaparecidos. En los medios de comunicación y en los informes oficiales aparecen más.

***

Una década después, cuando se visita el cantón en día de lluvia, el río crece rápido y surgen leyendas. La que más se repite tiene que ver con una maldición que consiste en que las inundaciones martillan este cantón una vez por década. Comenzó al menos con el huracán Fifí, en 1974. Dicen que en agosto de 1988 otro desbordamiento provocó la muerte de 21 vecinos. Y en 1998, los 90 del Mitch.

Fue a finales de septiembre cuando estuve en Chilanguera, y ese fantasma siempre estuvo presente. “Pero Dios quiera que nada pase, usted”, me dijo Raquel Alfaro en su casa, justo cuando acababa de decir por radio a los soldados de la Tercera Brigada que el río esta vez no era amenaza.

—Estamos más seguros que antes. Vivimos en lo alto, sembramos barreras vivas en la montaña, y avisamos de cualquier emergencia –me dijo Javier Ortiz–. Lo único que falta es un muro de contención para los que aún viven en lo bajo.

Semanas después, a mediados de octubre, hubo un susto. Las aguas se desparramaron por el cantón, inundaron 50 casas y destruyeron dos. Por fortuna, nadie murió.

Hay dos tipos de historias en Chilanguera para el Mitch. La de los sobrevivientes y la de sus muertos. Dentro del primer grupo cuentan, por ejemplo, la hazaña de Jaime, un niño al que le gustaba sacar a pastar el ganado y que aquella madrugada se salvó por ir a buscar a su vaca preferida para salvarla. El pequeño sabía que si lograba asirse al animal, este lo iba a conducir a un lugar elevado. Y así fue. Cuando pregunté por él, me dijeron que se había marchado a Estados Unidos, igual que tantos otros que sobrevivieron. Se fueron sin documentos, la mayoría de ellos, y dejaron abandonadas las casas que les donaron en 1999.

La historia de Víctor Robles es la otra cara de la moneda. Representa el luto, y los vecinos suelen citarlo como ejemplo de desdicha. Víctor dejó a dos hijos pequeños –niño y niña– en una sólida roca de su patio, confiado en que estarían a salvo. Los dejó ahí mientras ayudaba al resto de la familia. Cuando regresó por ellos, la riada se los había llevado. Lo más triste, cuentan, es que al dejarlos, la niña preguntó en su inocencia si era verdad que los había puesto ahí para que murieran. Ahora Víctor regenta una tienda y amablemente explica que no quiere recordar el tema nunca más, que ya sufrió bastante, que no quiere hablar. Nunca más.

Al caminar por las calles de tierra del cantón, uno puede obtener en cualquier casa algún testimonio del Mitch. “El mix”, dicen, y buscan fotos. Casi todos tienen algo que contar. En algunos casos, miran las viviendas a su alrededor y recitan, primero, el nombre de la persona sobreviviente y luego, los familiares que perdió. La muerte modificó la convivencia, y así sigue una década después. Y aunque en el cementerio las tumbas están colocadas unas junto a otras y parecen iguales a excepción del color y el nombre del difunto, los de Chilanguera distinguen entre las muertes naturales, a las que les corresponde la palabra “finado”, y las que ocurrieron durante la tragedia, a las que les acompaña un irremediable “fue con el mix”.

***

Epílogo

Mariano Ramos. Encontró el cadáver de su esposa, Catalina, 24 días después de separarse de ella cuando cruzaba la quebrada. Lo que halló fue una osamenta arropada en jirones morados, el color dominante en el su vestido de aquella noche. Portaba una cadena de oro con un broche de color metal que facilitó la identificación. Mariano estuvo en tratamiento psiquiátrico en San Miguel durante seis meses, y hoy tiene pánico a las inundaciones. El día que lo encontré en Chilanguera llovía. Se había puesto una capa amarilla y estaba dispuesto a salir a vigilar la correntada, como aquella noche de octubre de 1998. El trabajo y su hijo, al que pocas veces ve, es lo poco que le queda. Me insistió en que le consiguiera una cocina.

Delmy Márquez. Fue trasladada a un albergue en el casco de Chirilagua. Sus familiares se quedaron buscando el cadáver de Raquel, una de sus tres hijos ahogados. Sus restos aparecieron 11 meses con siete días después. En el albergue, Delmy fue entrevistada por un canal de televisión. Otra hija suya, Mayra Rubidia, de 18 años, la vio desde su casa en San Miguel. Estaba embarazada de 33 semanas, y el impacto complicó todo. Mayra fue trasladada de emergencia al Hospital de Maternidad. Allí falleció pocos días después, igual que el hijo de su vientre. “Con un hijo que haya fallecido se siente, no digamos cuatro. Pero Dios a uno le pone la carga que puede aguantar”, dice resignada.

José Guillermo Sosa. Piloto de helicópteros, hoy es el comandante de la Primera Brigada Aérea en Ilopango. Fue trasladado ahí para poner a funcionar las unidades que estaban averiadas, que eran la mayoría y que ahora son menos. Él y Luis Antonio Cubías, su compañero de batallas durante el conflicto armado y durante el azote de Mitch, son los pilotos de prueba de las naves. Ambos concuerdan en que volar cerca de árboles y casas, con vientos fuertes y una lluvia copiosa, fue igual de intenso que volar durante la guerra.

Raúl Murillo. Técnico del Servicio Meteorológico Nacional, fue contratado después del Mitch para trabajar en el Ministerio de Gobernación. Hoy es subdirector del Sistema Nacional de Protección Civil. Su fuerte, dice, no es tratar con la prensa, sino el seguimiento a fenómenos meteorológicos. Asegura que él sí previó la posibilidad de que Mitch golpeara a El Salvador, pero que nadie les creyó. El tema abrió una ventana por la que se colaron encendidas críticas a las autoridades del Comité de Emergencia Nacional (COEN).

Mauricio Ferrer. Entonces director del COEN, no quiso sentarse a hablar para elaborar este relato. Se escudó en falta de tiempo y en que tenía otro cargo, aunque siempre dentro del Ministerio de Gobernación al que está adscrito Protección Civil, nombre que ahora recibe el extinto COEN.

Mario Acosta Oertel. Era en 1998 el ministro del Interior, la cartera de la que dependía el COEN. Está convencido de que Mitch puso a prueba el incipiente sistema de protección civil y de que se obtuvo una calificación honrosa. Cuestiona a los críticos: “Después de la guerra, todos son generales”. La tragedia de Chilanguera, dice, fue fortuita y se agravó porque muchas familias estaban dormidas. Como casi todos, él se enteró de lo ocurrido muchas horas después. De inmediato regresó a San Salvador. Había ido temprano a verificar los daños en los cultivos de Ahuachapán, incluyendo los suyos en Concepción de Ataco. “Antes que arenero, soy cafetalero”, bromeó durante la última plática.

Mario Bettaglio. Ex gobernador de San Miguel, ahora se dedica a su empresa distribuidora de gas. Tiene 80 años, su mano derecha afectada por el Parkinson y sorprende su agudeza mental. Recuerda con aprecio al presidente de la República Armando Calderón Sol por sus constantes visitas a San Miguel después del Mitch. Del sucesor, Francisco Flores, opina lo contrario. No recuerda haberlo visto en San Miguel mientras él era gobernador. Cuando lo entrevisté en su casa, se despidió diciéndome que él se consideraba de derecha, pero que esta vez estaba desencantado.

Armando Calderón Sol. Tuvo una agenda apretada esos días de noviembre de 1998. Se le escapan los detalles, pero sí recuerda lo que él considera una actitud ejemplarizante de los candidatos presidenciales –Francisco Flores y Facundo Guardado–, quienes postergaron una semana el arranque oficial de la campaña electoral. En la Asamblea, los diputados donaron un día de salario. “Los salvadoreños nos portamos muy solidarios, y gracias a eso, y a la organización, salimos bien”, reflexiona el ex mandatario.

Chilanguera. Es un cantón cuyo nombre quedará asociado durante varias generaciones al Mitch. Sus pobladores no olvidan lo sucedido hace una década. Parece que la naturaleza no quiere permitirlo. De cuando en cuando, como quedó demostrado a mediados de este mes de octubre, sus calles vuelven a inundarse. Chilanguera significa en lenca “Ciudad de las tristezas”.

Mitch. Se llevó hace una década 90 vidas del cantón Chilanguera –donde residían unas 2,200 personas–, y la cifra oficial para El Salvador se sitúa en 239. Este dolor, sin embargo, se disuelve ante lo que generó en la región. El número total de fallecidos oscila entre los 11,000 y los 18,000, concentrados en su inmensa mayoría en dos países: Honduras y Nicaragua. Mitch aparece en casi todas las recopilaciones históricas como el segundo huracán más mortífero del que se tiene registro en el continente americano, solo superado por el Gran huracán de 1780, que asoló las Antillas menores.  El listado con los nombres de los ciclones que elabora el Centro Nacional de Huracanes –el referente hemisférico para el monitoreo de estos fenómenos, con sede en Miami– se repite cada seis años. Solo se deja de utilizar un nombre cuando con él se bautizó a un huracán que resultó ser especialmente destructivo. Mitch no se volverá a usar nunca más.

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